Terminada la fiesta de luz, aquel crepúsculo ebrio de rojo se iba lejos en las profundas vorágines de su imperio.
El sol enloquece.
Se marchaba, lejos, lejos.
Y con él, la fiesta que me había excitado de entusiasmos y de promesas.
Y en la borrachera de su rojo, le envié mi último adiós con la mirada, mientras triunfalmente ingresaba en la amplia vorágine de fuego. ¡Se había marchado!
¡Oh, voracidad jamás saciada de nostalgia!
¡Oh, desesperación infinita de tanta libertad huida!
¡Oh, desgarro inmenso de amor que concluye tan rápidamente y, nos abandona presuroso!
Legado ansioso de ti; ardiente en el deseo de tu fugaz estada.
Y así insatisfecho y sediento me abandonas en la noche con el solo recuerdo del aire ardiente que sofoca con su perfume opresor.
Pero también tu perfume se desvanece lentamente mientras profunda y majestuosa viene la noche. Y siento con su llegada el reverbero de un enjambre infinito de luces fosforescentes, mil cantos que llegan a mis oídos como mil gritos. Y se acentúan, silban susurran, se entrechocan, crepitando en gritos mayores y en música nocturna.
Griterío nocturno, para mi nostalgia voraz y desesperada, la eterna música nocturna.
¡Música nocturna!
Llanto del universo y risa borbollante de vientos quejumbrosos.
¡Oh, cuánta fiebre arde en tu inmensa oscuridad!
¡Oh! ¡Cuánta alegría haces gozar con tu dolor de silencios!
¡Oh música nocturna!
Gritos de las tinieblas.
En el calor sofocante de la fiesta solar de mi juventud de ilusiones, en esta noche transcurrida entre el fresco del aire y el rocío que ataviaba la hierba de húmedas perlas, encontré el descanso restaurador y con ímpetu canté mi canción.
Canción libre, que se unía a la música de los gritos de las tinieblas.
Canté.
Oh, noche de misterios, de consuelos y de silencio que pesa sobre mi espíritu.
Tu peso, como el cuerpo de una bella muchacha que se aproxima, se compenetra y deja un olvido infinito.
Y mi espíritu de ti siente el dolor que después me atraviesa mi carne.
Y pesa.
Como el cuerpo de una bella muchacha.
Y me da voluptuosamente la posesión de ti.
Oh, noche de misterios.
Oh, noche de silencios sin la pálida luna y las luces de las estrellas.
Pero solo.
Oh, mi noche oscura, solo, sin claros, y en tu posesión me das dulzuras y tormentos.
Con momentos de deseos livianos como una aureola.
...
¡Y con mi canción cantaban también los secretos y misteriosos cantores de la noche!
Y su canción era el eco de un coro melodioso que envolvía casi completamente mi canto.
Coro de gritos, golpes y crepitar de ramajes arrancados y destrozados por el viento, artífice del canto eterno, que mezclados en el dolor, resultan ser mis compañeros.
Cantemos aún más y mezclemos mis lágrimas de alegría con vuestra linfa jugosa de dolores, que ahora la gran noche es nuestra, como es nuestro el velo negro que adorna el ataúd donde aguardamos nuestra festiva resurrección.
¡Resurrección de vida!
¡Placer de poseer tan inmensamente que transforma nuestro tormentoso dolor en infinitas dulzuras!
Y la grandiosa posesión de la noche que transforma el tormento en delicia, borra la nostalgia que brama en mi pecho y me libera de la sed de desesperación.
Todas las fuerzas cercanas de los coros eternos rimaban con la noche y me regocijaba con ellos amando la tenebrosa compañía que me otorgaban el vigor para nuevas conquistas.
Exultante, olvidé todo y cuando el sol me quiso reprender con su aurora de oro, huí al regazo interminable del nuevo sueño conquistado y no quise mirar más sus danzas de rayos y luces.