Periodistas, literatos y políticos no saben pasarse sin una plataforma de temporada para entretener al respetable público.

Ahora mismo han puesto de moda el tema de la cultura y no pasa día sin que le dediquen largas, latas y enfadosas parrafadas.

En verdad que el asunto es de verdadera importancia para todos. Nosotros se la concedemos sin regateo.

Somos un pueblo rezagado, casi dormido, que apenas se conmueve por nada. El desarrollo intelectual es poco más que nulo y la voluntad no suele resolverse a la acción por impulsos reflexivos, movida a veces solamente por los pasionales. El pensamiento no sirve aquí sino para formar Châteaux en Espagne, que dicen nuestros vecinos los franceses. Y en esto nos quedamos.

¿Quién duda de la imprescindible necesidad de cultura en que vivimos? ¿Quién duda de la eficacia de una labor intensamente cultural que sacudiera la pereza de las inteligencias?

Saltar, en tiempo y razón oportunos, del «yo quiero» contemplativo, al «yo hago» fecundo, sería inmediato resultado de aquella indicada labor.

Mas para tan grande obra, carecemos en España de elementos adecuados. Los llamados intelectuales son, en su mayor parte verbalistas y, por añadidura, abúlicos. Los que se atribuyen la misión de dirigirnos, los políticos, son profesionales de la trampa y del escamoteo, hueros de meollo, incapaces de grandeza, raquíticos de alma y de corazón.

Así, toda la obra presente de cultura se resuelve en una enorme mentira convencional. Nadie lo ignora, pero casi todo el mundo lo calla: los centros de enseñanza privada u oficial, son templos de castración y de atrofia; los programas, tupida malla de enredijos de pretendida ciencia; los años de estudio y los métodos de enseñanza, eterno y sostenido aprendizaje de masturbación intelectual. Título académico es frecuente equivalencia de imbecilidad incurable.

Sobre ese carril resbaladizo, continuamos deslizándonos felices. Se han instituido enseñanzas nuevas, nuevos centros de instrucción popular con pretensiones de sano practicismo, de viable reforma, y los nuevos centros no son sino triste remedo de los antiguos.

El mismo profesorado carece, en general, de condiciones, cuando no de bastantes conocimientos para la enseñanza. ¿Y cómo no, si es el fruto maduro de la rutina, de la castración y de la atrofia?

Persisten los mismos factores, los mismos medios, los mismos procedimientos, hasta los mismos cachivaches y las mismas corruptelas del tiempo viejo.

Fuera de los pretendidos templos de la sabiduría oficial, ¡qué pobreza, qué lastimosa pobreza de acción! En lucha a brazo partido con la penuria, la enseñanza privada ha de limitarse a copiar servilmente la enseñanza oficial, cuando no la empeora y agrava. Toda la idealidad se reduce a la conquista del garbanzo. Verdad que el profesorado sería heroico, si no fuera esclavo, siervo y paria de la miseria.

Y ya no queda más que la obra de los escritores bregando un día y otro por la anhelada regeneración y la obra legislativa de los gobernantes.

Con permiso de unos y otros, diremos lisa y llanamente que lo que se necesita no son artículos, discursos y leyes, sino hechos, hechos y hechos.

Porque hemos llegado a un punto en que el mal sólo tiene remedio revolucionariamente. Mientras se opere sobre los viejos organismos y sobre los viejos preceptos, toda labor será infecunda.

Que no se espanten los meticulosos del eufemismo, los pisaverdes de la elegancia y los circunspectos de senil seriedad de asno. Hay que decir muy alto lo que todo el mundo dice por lo bajo.

Y es a saber: que si se quiere una verdadera campaña de cultura general, es necesario que se empiece por destruir, por aniquilar todo el vetusto edificio de la enseñanza, por suprimir los aparatos repetidores que se llaman catedráticos y maestros de antonomasia; por quemar, así como suena, los malditos textos sólo atentos a los fines especulativos y no a los científicos; por arrinconar para siempre enredosos programas y encasillamientos de tiempo y facultades; y hasta, en fin, por derribar los antihigiénicos y apestantes caserones donde se fabrica la estulticia y la idiotez patentadas.

A compás de esta primera obra de saneamiento, habría que dar el golpe de gracia al privilegio que reserva a los ricos y a los semirricos el monopolio de los conocimientos, con lo que al propio tiempo se redimía materialmente la enseñanza, se la emancipaba espiritualmente. La avalancha de las multitudes ansiosas de saber, sería campo abonado para la experimentación de aquellos que supieran y quisieran emprender la obra de la enseñanza integral.

Entonces, y sólo entonces, con profesores de verdad, y de verdad libres; con absoluta independencia para la elección de libros; con métodos nuevos adoptados a la naturaleza de cada enseñanza y a la variedad de las actitudes; con edificios, patios y campos higiénicos y confortables; con todos los elementos necesarios a un indispensable practicismo y a la eficacia de precisas demostraciones para no producir loros ilustrados, podremos dar por comenzada esa gran empresa de cultura que tantos proclaman y tan pocos quieren.

Entretanto hay una labor preparatoria que tampoco se hace, aunque mucho sobre ella se declama. Y esta labor consiste en que los que saben y pueden salgan de su torre de marfil, dejándose de estériles predicaciones a la luna, y vayan derechamente a ofrecer al pueblo el tributo de sus conocimientos, no sólo con palabras y razones, sino también con hechos que las verifiquen.

Aldeas, villas y ciudades esperan ansiosas la buena nueva y allá no llegan sino necias peroratas, y mazacotes de insulsa prosa, vacías ambas de contenido científico y hasta de contenido artístico.

Y si se nos dijere que aún para esta preparatoria empresa de cultura se necesitan recursos y medios de que se carece, contestaremos sencillamente que así como los hay para mantener con boato un culto y un clero que maldita la falta que nos hace; así como los hay abundantes para sostener en pie de guerra una multitud de jóvenes que estarían mejor estudiando y trabajando, así como no se escatiman para el mantenimiento de cien instituciones de holganza; así y más que así debe haberlos para enseñar, para ilustrar, para emancipar las inteligencias del automatismo enfermo en que nos estamos agotando.

Porque a todo evento queda patente la razón, la razón poderosa de los que afirman —y nosotros con ellos— que esa obra de cultura ni aun revolucionariamente se llevará a cabo si no se hace previamente esa otra revolución que quiere ante todo llenar los estómagos, abrigar las carnes y fortalecer los cuerpos.