Cuatro palabras

    I

    II

    III

Cuatro palabras

Permítaseme ante todo presentar mis excusas al Ateneo Obrero de Tarrasa, por sustituir el título que había imaginado para el tema a que concurro con otro de mi cosecha.

Soy de aquellos emborronadores de cuartillas, para quienes el título es la verdadera clave de sus obras.

Así he dado a este modesto diseño el título de la «Nueva Utopía», porque representa para mí la idea misma que he concebido.

Utopía, del griego, ontopos, no lugar, lo que no existe en realidad, es un término que se emplea, no sólo en su sentido literal, sino también para indicar lo imposible en el presente y en lo futuro. Pero como esto último es completamente arbitrario, yo no he vacilado en adoptar, quizás por esta misma razón, aquel término gráfico con que comúnmente se nos designa.

Si la preocupación social prevaleciera, todavía pasarían por utopías la teoría de Copérnico respecto al movimiento de la tierra y el enérgico ¡epour se mouve! de Galileo, la gravitación universal de Newton y el nuevo mundo descubierto por Colón; si las ideas de las mayorías hubieran de ser invulnerables, todavía se reputarían como utopías el cristianismo, la emancipación del tercer estado, el gobierno representativo, la democracia, la república y el federalismo. Hoy que todo esto ha sido evidenciado o solamente aceptado por la sociedad o una parte de ella, aún queda utopía por descartar, la utopía aterradora del socialismo, y más que ésta, la de las aspiraciones del cuarto estado por la libertad y la igualdad económica.

Y como en el proceso de la historia se ha evidenciado, según la expresión de Pí, que la utopía de hoy es la verdad de mañana, creo firmemente que esta que yo califico de nueva utopía es la verdad inmediata de un tiempo relativamente próximo.

Por eso y a pesar de la sonrisa incrédula del indiferente y de la burla necia del preocupado, tomo por lema una palabra que se ha servido para tachar de ensueños tantas maravillas de la ciencia y tan grandes verdades negadas sistemáticamente por el error.

Sólo siento que mi insuficiencia literaria no me haya permitido dar a este bosquejo todo el colorido de que es susceptible.

Bien hubiera intentado revestirlo, por lo menos, de formas más amenas, pero confieso mi impotencia. Escrito, además, al correr de la pluma, adolecerá, seguramente, de graves defectos, entre ellos la monotonía de la descripción. No he sabido ni he podido hacer más.

Vive en mí el convencimiento por la idea y vivirá hasta la anulación de mi organismo. Presto, pues, mi concurso sin reparar si vale más o vale menos.

Y termino contestando anticipadamente a los que puedan tacharme de soñador, que prefiero soñar siempre a la realidad abrumadora que me rodea.

R.M.

I

A orillas del mar, en el Cantábrico, se levanta, sobre una ligera colina, una soberbia ciudad, emporio de riquezas y de bienestar. Los habitantes de aquella mansión feliz gozan de todas las comodidades apetecibles y viven en completa armonía, nunca turbada por las agitaciones comunes a otros tiempos y otras costumbres. La «Nueva Utopía», creación grandiosa de una raza libre, es el producto de una profunda conmoción social que transformó, en tiempos no lejanos y de un modo radical, el mundo viejo, echando las raíces firmísimas del soñado ideal de cerebros de locos reputados y por visionarios tenidos.

Cuentan las crónicas que la «Nueva Utopía» era un pequeño villorrio de pescadores, privados de todo bienestar y de toda ilustración. Gente nacida a la intemperie, criada entre andrajos, educada en las rudezas del tráfago de las embravecidas olas, aterrorizada por la preocupación del miedo a lo desconocido, imbuida en todos los antiguos errores y fanatismos, debilitada por el exceso de trabajo y la casi carencia absoluta de alimentos, así en el orden físico como en el intelectual, vivían aquellos miserables como verdaderos parias, apartados del concierto de los pueblos semicivilizados, olvidados de los filántropos a la moda en aquellos tiempos, unos hombres que predicaban la caridad y la pobreza sin prejuicio de enriquecerse a más y mejor y dejar en la miseria a la inmensa mayoría de los miembros verdaderamente activos de la sociedad.

El villorrio perdía de tiempo en tiempo un cierto número de sus habitantes, por regla general la gente joven y fornida, la más útil para el trabajo, que era llevada a otros pueblos por unos hombres armados, vestidos de colorines, y encargados, al parecer, de la defensa de los intereses comunes y de las vidas y haciendas de los ciudadanos. Aquellos hombres rudos y groseros no se condolían de las lágrimas maternales ni de los dolorosos gemidos del padre y del hermano. Su corazón era de acero tan duro como el de sus armas. Además, recorrían anualmente los pueblos, y por tanto el villorrio en cuestión, otros hombres con el encargo especial de cobrar un tributo que llamaban contribución territorial e industrial, y que obtenían por el procedimiento llamado del embargo o expropiación de los irrisorios bienes del menguado que no pagaba la odiosa gabela. Aunque la propiedad estaba suficientemente garantizada y castigado el robo, nada de esto rezaba con el llamado Estado, cuyos representantes se encargaban de atropellar todas las leyes por él dictadas. Nada más sabían los pobres pescadores de lo que ocurría en el resto del mundo, pues el cura, una especie de holgazán que vivía a expensas de la ignorancia de sus fieles, ninguna ilustración les aportaba y sólo les sugería ideas encaminadas a sumirlos más y más en las sombras que oscurecían sus vírgenes inteligencias.

Así vivían y así hubieran vivido eternamente los infortunados antecesores de la «Nueva Utopía» si un gran sacudimiento universal, iniciado en remotas tierras, no hubiera llegado hasta aquel rincón del mundo para transformarlo por completo. Ruido de armas, estruendo de cañones, el fragor imponente del combate, raudales de sangre derramada necesariamente, habían sido el prólogo fatal de aquella inmensa transformación.

Al despertar de su largo sueño, los pueblos sacudieron con horror todas sus preocupaciones y se lanzaron como una avalancha a la conquista de su dignidad. Apartaron un momento la vista del sacrificio inmenso que a la humanidad costaba su despertar, y entraron llenos de entusiasmo y de vigor en la nueva vida.

Un núcleo numeroso de trabajadores se unió a los habitantes del mísero villorrio y fundó la «Nueva Utopía». Al principio lucharon los innovadores con grandes escollos; tuvieron que vencer formidables resistencias y no sin grandes y titánicos esfuerzos llegaron a realizar su bello ideal. La preocupación y la ignorancia, aun no desterradas en el orden moral, hicieron necesaria una obra portentosa de regeneración. Los elementos viejos pugnaban constantemente contra toda innovación, y no sin nuevos combates parciales se pudo llegar, después de largo tiempo, a su definitiva conquista.

Lentamente fue formándose, a la vez que un orden moral completamente nuevo, una vida social nueva también por completo. Los vicios del pasado, los hábitos de servidumbre determinaron en el presente abusos del ideal no comprendido o erróneamente interpretado, siendo notable el hecho de que estos abusos provenían en general de aquellos que resistían más tenazmente a la invasión bienhechora de las nuevas ideas.

Inmensos sacrificios costó hacer entender a los más reacios que la familia no se constituía por la mediación de una mogiganga ridícula, que los ciudadanos podían pasarse perfectamente sin la reglamentación de sus actos por otros ciudadanos impuesta, que el productor tenía perfecto derecho a todos los medios de producción y podía usar directa y libremente de todos ellos; que no necesitaba, en fin, la sociedad, ni de padres espirituales, ni de amos privilegiados, ni de defensores armados, ni de jueces invulnerables, ni de administradores convertidos en verdaderos señores y dueños absolutos del bien común, ni de otra infinidad de zarandajas que pasaron, a la postre, como pasa todo lo corrompido, con la maldición de la humanidad, entera, al montón de los errores estigmatizados por la historia.

Transcurrieron algunos siglos, y nuevas generaciones renovaron y vigorizaron el nuevo orden social, afianzándolo por la ciencia, por la libertad y por la justicia conquistadas heroicamente, no concedidas con apariencia de generosidad por quien no podía concederlas.

La «Nueva Utopía» es el orden material el producto de este lento trabajo, de esta penosa labor de varias generaciones mil veces bendita.

Los caracteres distintivos de la gran ciudad son el hierro y la fuerza eléctrica aplicada pródigamente a todas las combinaciones maravillosas de la mecánica. El amontonamiento de las viviendas, la lobreguez de las habitaciones, el reducido espacio y el acotamiento de las alcobas, el inmundo contubernio del basurero y la cocina, el dormitorio y el comedor; la caprichosa alineación de las calles, todos los restos del sistema antiguo han desaparecido en absoluto de la «Nueva Utopía». En su lugar se han levantado grandes edificios perfectamente alineados, separados por pequeños jardines, donde juegan alegremente los niños de la vecindad. Una parte de la ciudad está dedicada exclusivamente a las viviendas y al otro lado se ven tan sólo inmensas fábricas, talleres, granjas de labor en las afueras, grandiosos mercados, conjunto hermoso y grandilocuente de todas aquellas manifestaciones de la actividad humana, del trabajo. Los edificios dedicados a viviendas satisfacen a todas las prescripciones de la higiene y de la ciencia: espacio suficiente, aire y luz abundante, agua por doquier, surtidores eléctricos para los servicios mecánicos, e ingeniosísimos aparatos de calefacción, limpieza y seguridad. Las escaleras han desaparecido, y en su lugar sencillos y magníficos ascensores prestan automáticamente sus servicios a todos los vecinos. La piedra o el ladrillo y el hierro han desterrado a la madera. La máquina ha suprimido el servicio doméstico: cada uno puede servirse a sí mismo sin molestia. La separación de los edificios por medio de jardines ha anulado los efectos insanos de la aglomeración de las grandes ciudades. Todo es nuevo, bello, magnífico. Las diferencias no existen: el palacio y la cabaña se han fundido en el edificio moderno prescrito por la ciencia.

Al otro lado, una gran extensión superficial ofrece un horizonte mágico. Centenares de chimeneas lanzan al aire penachos interminables de humo. La industria en todo su apogeo, la maquinaria con toda su grandiosidad combinatoria utilizan para transformarlo en trabajo, ya el vapor, ya el salto de agua, o ya bien el poderoso motor eléctrico que va venciendo al carbón y desterrándolo de las fábricas. Inmensos edificios cobijan máquinas gigantescas que funcionan sin cesar, y aquí y allá el obrero apenas tiene otro trabajo que el de dirigir y observar la marcha ordenada de los diversos mecanismos sometidos a su dominio. Los trenes circulan por todas partes transportando los productos de aquella colosal industria. La fuerza animal, el motor de sangre, apenas se utiliza en las labores agrícolas. Las locomotoras marchan a impulsos de poderosas tracciones eléctricas o de perfectísimas aplicaciones de vapor.

Los mercados se extienden a una y otra parte de una superficie vastísima. Grandes bazares alternan con los mercados, y unos y otros sirven de centro al cambio de varios productos mediante sencillísimas combinaciones. Los concurrentes se mueven libremente, sin estorbarse en lo más mínimo, merced a la capacidad de aquellos inmensos almacenes.

Por las calles anchurosas de la «Nueva Utopía» circulan numerosos tranvías eléctricos que pueden detenerse instantáneamente, y luminosísimos focos irradian durante la noche torrentes de luz, haces intensos que compiten con la intensidad solar. Se pasa del día a la noche sin variaciones perceptibles, gracias a la sustitución de un gran foco por innumerables focos de menor potencia que, reunidos, bastan a suministran la claridad diáfana del día a toda la población.

Entre los edificios notables de la ciudad descuellan las escuelas públicas, el centro local de relaciones y negocios, la casa de corrección médica, las bibliotecas y museos, los centros de recreo y otros.

Las escuelas públicas, fomentadas por la iniciativa de asociaciones consagradas a la enseñanza, son un verdadero resumen enciclopédico de todos los conocimientos humanos. Los elementos necesarios a la enseñanza primaria allí reunidos, permiten a los niños adquirir los conocimientos consiguientes en medio de sus juegos y sin coartar su libertad ni torcer las inclinaciones ni movimientos espontáneos de su naturaleza. Los profesores aprovechan las aficiones infantiles, y sutilmente van introduciendo entre sus juguetes las letras del alfabeto, figuras geométricas, láminas demostrativas de los primeros elementos de geografía, historia natural, fisiología, aritmética y otras ramas de la ciencia universal. Los jardines donde juegan los alumnos, son centros verdaderamente de experimentación. El aro con que juegan es un elemento geométrico para conocer las primeras nociones sobre la circunferencia y sus líneas. La pelota, un medio físico para demostrar las leyes de la gravedad, la composición y descomposición de los colores, y otro medio geométrico para conocer diversas clases de líneas.

Para esto la pelota está cubierta de estambre de los colores del arco iris y pendiente de un cordel que en diversas posiciones determina la línea recta, la curva, la quebrada, la horizontal y la vertical, etc. Las láminas, divididas convenientemente en trozos, los entretienen en la combinación, ya de cartas geográficas, ya de otras figuras necesarias. Otros juguetes elegidos sabiamente les enseñan la diversidad de movimientos y sus leyes. Con pedacitos de cartón recortados a propósito combinan las letras y los números; y los arbustos y plantas del jardín sirven de unidades para adquirir los primeros elementos del cálculo aritmético. La curiosidad natural de los niños es el más poderoso auxiliar del profesor. La actividad que en ellos se manifiesta tan potente tiene su aplicación en los gimnasios, donde desarrollan sus fuerzas y su agilidad sin cansancio ni fatiga y como un pasatiempo agradabilísimo. El niño pasa de uno a otro ejercicio siempre contento y siempre aprendiendo.

Más tarde, cuando su desarrollo físico e intelectual lo permite, van ampliando sus conocimientos con nociones generales de todas las ciencias. Las principales teorías les son enseñadas por métodos teórico-prácticos que hacen facilísimo el conocimiento de su naturaleza y desarrollo. Varias combinaciones de esferas con movimientos propios adecuados enseñan los principios de la astronomía, y una multitud de sencillos aparatos de experimentación ofrecen al alumno los principales fundamentos de la física y de la química. Los movimientos y propiedades de los astros, las atracciones y repulsiones moleculares, la circulación y difusión de la luz, la propagación del sonido, la composición y descomposición de las materias de los cuerpos, el estudio, en fin, de todos los elementos naturales en sus diversos estados, forman el conjunto de una sabia enseñanza integral. Allí se encuentran miniaturas de todas las máquinas más importantes, instrumentos de trabajo de diferentes clases, aperos de labranza, instrumentos científicos de maravillosos resultados, todo cuanto puede interesar a la instrucción del hombre, desde lo más rudimentario hasta las más complicadas combinaciones de las leyes naturales aplicadas hábilmente al trabajo.

No es el objeto de estos centros la formación de sabios enciclopédicos, cosa por otra parte imposible, dado el gran desarrollo alcanzado por las ciencias. El plan de enseñanza no tiene otro objeto que dar a conocer a todos los hombres los principios generales de las artes, las ciencias para que de este modo puedan manifestarse las inclinaciones de cada uno libremente y consagrarse a la especialidad más en armonía con su temperamento, su carácter y sus aficiones. El alumno no ignora nada de cuanto pueda interesarle, todos los órdenes de conocimientos le son comunes, y así puede elegir a conciencia su profesión, a fin de entrar en el concierto social como miembro útil a sí mismo y a sus semejantes. La desigualdad intelectual ha recibido así un rudo golpe. La ciencia médica presta sus auxilios a la enseñanza y hace desaparecer muchas imperfecciones patológicas y fisiológicas que abrían en otros tiempos verdaderos abismos entre los hombres. Hay pequeñas desigualdades de aptitudes producidas por la misma naturaleza, que se manifiesta siempre en diferentes grados de diversa perfección, pero no desigualdades incomprensibles de los conocimientos adquiridos, de los medios sociales necesarios a la producción. Las manifestaciones pueden ser desiguales, pero la causa originaria es idéntica. En calidad de inteligencia todos los hombres son esencialmente iguales, se dijeron los soñadores de la «Nueva Utopía», y no cejaron en su empeño hasta ver confirmado por la experiencia este bello ideal.

El Centro local de relaciones y negocios es lo que pudiera llamarse una inmensa casa de todos. Lo forman extensos salones para reuniones públicas, un gran patio para avisos y noticias de interés general o particular y varias habitaciones para oficinas. En estas últimas la asociación de estadística presta sus servicios a la colectividad por iniciativa propia y acuerdo espontáneo. Al patio acuden cuantos necesitan de la publicidad y allí fijan libremente, sin trabas de ninguna especie, edictos, convocatorias, noticias, avisos o anuncios importantes para una o más agrupaciones, ya en el orden de la producción, ya en el de consumo, ya en el del cambio, o bien en el del arte, en el de las ciencias, etc. En los salones celebran sus asambleas las agrupaciones, formulan sus contratos, establecen o modifican sus relaciones y ventilan, en fin, cuantos asuntos interesan a la cooperación de dos o más individuos, de dos o más colectividades. Este centro es, en resumen, el medio adecuado para que la comunidad, el pueblo, pueda reunirse, concentrarse y comunicarse con facilidad, sin esperar previas disposiciones ajenas, ni temer ingerencias extrañas. Los ciudadanos de la «Nueva Utopía» quisieron vivir la vida de la libertad y, para ello, fue suficiente la anulación de todos los poderes a cambio de la manifestación espontánea de todas las iniciativas, así individuales como de grupo.

La casa de corrección médica es de creación completamente moderna, sin antecedentes en el sistema del mundo antiguo. En la «Nueva Utopía» no hay prisiones, porque al desaparecer la causa del delito ha desaparecido el delincuente. Esos antros de corrupción que los antepasados llamaban neciamente correccionales, pertenecen a la historia. El contagio de las enfermedades morales e intelectuales ha desaparecido al mismo tiempo que las prisiones. Con éstas han sido también suprimidos los hospitales, creación de una mentida filantropía, de una falsa caridad fuera de moda. Estos centros epidémicos, esas prisiones de los delincuentes físicos, los enfermos por la miseria no tienen lugar donde la miseria es un mito, y la «Nueva Utopía» los ha destruido garantizando a todo el mundo la existencia y el trabajo. ¡Ni hospitales ni cárceles! El hombre libre, responsable de sus actos, no necesita de otras garantías que las del mutualismo y la solidaridad, y para una y otra acude al hogar del amigo, del hermano antes de que el mal ocurra, y lo previene y lo evita si es posible. ¿Por qué matar, donde la muerte del semejante no tiene objeto ni por el robo, ni por los celos, ni por la ambición, ni por la envidia? ¿Por qué ponerse en abierta lucha con la sociedad constituida, cuando ella nos garantiza la satisfacción de todos nuestros deseos dentro del orden natural de la vida?

La «Nueva Utopía» vive sin cuidado, descansa en la virtud misma del principio que la informa, la libertad.

Todos los organismos obedecen a leyes naturales. El universo gira en lo infinito del tiempo conforme a leyes inmutables. La materia se transforma por composición y descomposición en lo infinito del espacio, según leyes permanentes. La humanidad vive en lo eterno del pensamiento con arreglo a las leyes inmanentes e indestructibles. Pero no hay ley sin fenómeno, y un día parece perturbarse el orden universal por un cuerpo que desobedece las leyes de la gravitación o de la atracción, y así la humanidad parece perder también el orden establecido, por la presentación de un fenómeno patológico, fisiológico o moral. El fenómeno surge, pero ni el orden universal ni el humano se perturban por eso. Las leyes generales de la existencia de todo, permanecen sometiéndole y subordinándole.

Así la sociedad no cuenta nunca el fenómeno como factor general en su constitución. Se organiza conforme a la ley, no conforme al fenómeno.

La «Nueva Utopía», formada con arreglo a las leyes de la naturaleza humana, no ha hecho entrar el fenómeno en la combinación de sus elementos constitutivos. Es una fuerza negativa que tiende a destruirla y le basta prevenirse y guardarse de ella.

Ya no hay pues criminales; hay contados fenómenos, raras excepciones de la regla general, y estos fenómenos, estas excepciones no pueden provenir más que de un desequilibrio físico, intelectual o moral. La naturaleza rompe a veces la regularidad de sus leyes, o más bien produce la perturbación por la intervención de un agente extraño a su funcionamiento, y así el individuo, por la intervención de un agente cualquiera, quebranta el equilibrio de su propio organismo y lo perturba. Descubrir este agente para destruirlo y restablecer el equilibrio, es la única misión que la sociedad puede y debe atribuirse. Este agente lleva el nombre genérico de enfermedad. Los fenómenos sociales son, pues, enfermos, y todo enfermo necesita ser curado; todo organismo descompuesto, corregido.

El principio de la solidaridad social obliga por otra parte a la curación del enfermo, y por eso la «Nueva Utopía» ha creado su «Casa de Corrección médica». Los profesores de esta ciencia, los especialistas en diversas dolencias, no bien definidas, que en otros tiempos se reputaban como delitos o crímenes, constituyen una asociación en alto grado beneficiosa, que es la encargada, no por ajena delegación, sino por voluntad propia, de precaver a la sociedad contra los raros ataques de ciertos enfermos para reintegrárselos luego como miembros útiles arrancados por la ciencia a un principio interno de destrucción individual.

La «Casa de Corrección médica» es un pequeño compendio de cuanto en la vida social necesita el hombre. Allí se estudia al enfermo en medio de sus habitantes faenas; la inteligente mirada del hombre de ciencia le sigue a todas partes, y su elocuente palabra le solicita con cariño a fin de obtener exteriorizaciones adecuadas al objeto perseguido. El desdichado enfermo goza de relativa libertad, según lo pernicioso de su mal, y no se ve privado de cuantas ventajas pudiera ofrecerle la sociedad. Se le traslada de un mundo grande a un mundo pequeño: he ahí todo. Trabaja, estudia, pasea, goza, disfruta, en fin, de la vida. Cuando se le declara curado, vuelve a la sociedad emocionado, agradecido a los cuidados de aquellos sacerdotes de la ciencia, de aquellos sabios que le devuelven a la libertad física y social de que su propio organismo enfermo le había privado. Es un miembro de la humanidad renegado, que retorna a ella dispuesto a la lucha por la existencia en fraternal cooperación con sus semejantes. Lo que no había podido realizar la sensiblería de la prehistórica caridad cristiana, lo realiza el principio sublime de la solidaridad universal establecido por un núcleo de soñadores en la «Nueva Utopía».

Los centros de recreo, las bibliotecas y los museos, verdaderas escuelas de gimnasia moral e intelectual, completan aquel cuadro grandioso del más alto grado de perfección humana. Faltan palabras para cantar las excelencias de tanta belleza, de tanta sabiduría, de tanta bondad y de tan inmenso trabajo. El placer del estudio, del arte y de la ciencia, el agradable entretenimiento de ejercicios higiénicos, de ingeniosos juegos de paciencia y de inteligencia, han sustituido al vicio que envilecía al esclavo, a la pasión que le degradaba, a la bestialidad que le sumía en el idiotismo. ¡Notable diferencia entre el hombre esclavo y el hombre libre!

La magnificencia de la «Nueva Utopía», su engrandecimiento material, respondía a una elevación proporcionada del nivel moral. Todo allí es grande, colosal, sublime como producto de una más grande transformación del mundo, realizada a impulsos del huracán revolucionario.

Los sueños más temerarios se han realizado. Navegación aérea, navegación submarina, potencia eléctrica aplicada al movimiento, a la luz y al trabajo, la palabra transmitida inalterable a través del tiempo y del espacio, maravillas de la fotografía jamás previstas, progresos de la mecánica nunca imaginados, todo se ha transformado en realidad para esta feliz generación.

A orillas de aquella playa cubierta de docks innumerables, surcada por ferrocarriles de inmensa potencia, no se ve ya el artilloso coloso de los mares que lleva la destrucción a todas partes. Desde el más pequeño barquichuelo hasta el formidable y férreo transporte, todos son vehículos de paz y bienandanza que cruzan los mares del uno al otro confín con rapidez vertiginosa. La vela legendaria ya no existe, el naufragio aterrador casi se ha anulado. El Océano parece admirarse de la obra portentosa del hombre. Son dos colosos que se respetan, pero no se temen. Los elementos son impotentes contra el poder inconmensurable del ser humano.

¡Cuánto naufragio inútil, cuánta preocupación perniciosa, cuántas instituciones, cuántos poderes, cuántas fuerzas ficticias, cuántas ciencias mentidas han sido destruidas, aniquiladas! ¡Ni el polvo infeccioso del pasado ha prevalecido!

Todo es nuevo, como nueva es la idea, como nuevo es el principio. como nueva es la vida. Todo es puro, como puro es el ideal, el ambiente, los pensamientos, los sentimientos, las obras, resumen imperecedero de un concepto superior de la Justicia que ha acabado para siempre con la mentira religiosa, con la mentira política, con la mentira económica, con todas las mentiras de que se alimentaba el hombre en tiempos lejanos.

La «Nueva Utopía» es el mundo mejor de los sueños humanos. ¡Gloria eterna a la criatura!

II

Si le fuese preguntado a cualquier habitante de la «Nueva Utopía» cuál era el régimen social que había hecho tales maravillas, contestaría sin vacilar: el de la libertad.

«Vivimos —diría—, en un medio tal de equidad y de justicia, que cuanto mayor es el grado de libertad que alcanzamos, más sólido y más firme es el orden resultante. Las preocupaciones y los errores del pasado nos son poco menos que incomprensibles. Así no acertamos a explicamos la necesidad que nuestros antecesores tenían de tantas reglas escritas a que llamaban leyes, cuando les hacían verdaderos esclavos, cuando les reducían a simples instrumentos de sus propios extravíos. No comprendemos la utilidad de aquellas reuniones de representantes populares o privilegiados, y mucho menos la conservación de las instituciones denominadas poderes públicos. No podemos figurarnos cómo con tantas trabas y tantos y tan múltiples obstáculos, resultaba siquiera viable la vida social para el ciudadano. Todas estas cosas se han convertido por nosotros en curiosidades raras, y nos parece que los sabios gobernantes, los poderosos legisladores de aquellos tiempos tenían mucho de embaucadores, y los que les seguían y apoyaban, mucho de esclavos voluntarios; que los llamados guardadores del orden eran verdaderos tiranos, déspotas infames, obedecidos por cobardes sin sentimiento de su propia dignidad; que los padres espirituales eran unos forjadores de mentiras fantásticas para adormecer a los pueblos; que los llamados propietarios eran en puridad unos señores ladrones amparados por las leyes; que los jueces y magistrados, atribuyéndose el poder de la justicia, eran el amparo de los gobernantes, los guardadores del orden, los propietarios y los curas, diferentes engranajes de una máquina dispuesta para anular en los demás hombres todas sus cualidades más apreciables: la dignidad, la soberanía, la razón, el sentimiento, la justicia. Aquí vivimos como deben vivir los hombres. La función de gobierno es propia de cada uno, y todos somos completamente libres. No discutimos el ejercicio de tal o cual derecho, ni disputamos a nadie lo que antes se llamaban derechos políticos o sociales. Todos gozamos de la plenitud de los derechos, y cada uno los ejercita como mejor le place. Nuestro único cuidado consiste en respetar a nuestros semejantes, y cooperar con ellos al bien común al mismo tiempo que trabajamos y producimos para nosotros mismos. Si intentáramos dar reglas para el ejercicio del derecho, inmediatamente quedaría perturbado el orden social. No comprenderemos el orden ni creemos que pueda existir sino como resultado de la más amplia libertad. Mediante ésta, nuestro camino es fácil y despejado. No tenemos por qué ni contra quién rebelarnos; no necesitamos luchar con nadie ni batallar inútilmente. Las contradicciones todas de la vida están así resueltas; porque la armonía es el fruto natural de la conservación y mutuo respeto de todas las iniciativas, de todas las actividades. En resumen, todo nuestro problema se reduce a esto: satisfacer las necesidades sociales lo mejor posible con el menor gasto de fuerzas necesario, desenvolver cuanto más nos sea sable la esfera de nuestros conocimientos y nuestros placeres, y contribuir a la conservación de los múltiples elementos de la sociedad por la solidaridad de los intereses.

El sistema social de la «Nueva Utopía» es de una sencillez admirable. Sus dos principios fundamentales, son la libertad y la igualdad. Por la primera el hombre usa de sus naturales disposiciones, emplea sus actividades, aplica sus fuerzas sin estorbos, sin rozamientos perniciosos. La naturaleza es su único límite. Por la segunda dispone de cuantos medios necesita para la traducción real de la primera, medios de producción, de estudio y de recreo que le colocan en identidad de condiciones con sus conciudadanos. El contrato o pacto es el único medio de relación, de transacciones, de acuerdo entre los diversos miembros de la sociedad. No hay un pacto único, general y permanente. Hay diversidad de contratos más o menos generales y variables, rescindibles y anulables.

Todos los elementos naturales, más los producidos por la labor continua de las generaciones, pertenecen al patrimonio universal. La propiedad privada de estos elementos ha sido desterrada de la «Nueva Utopía». El productor aislado o asociado cuenta siempre con la posición usufructuaria de estos medios generales de trabajo.

La organización del trabajo es sumamente sencilla. En la agricultura se aplican diversos procedimientos de explotación. Según la calidad y circunstancias del terreno y sus labores consiguientes. Diferentes asociaciones se dedican al cultivo, auxiliadas por los modernos aparatos adecuados al objeto. Tal o cual faena la realizan trabajadores aislados que prefieren los placeres del pequeño cultivo en el huerta y el jardín. Tal o cual otra, agrupaciones cooperativas de organización más en armonía con la necesaria división de los trabajos. Esta o la otra labor, pequeñas o grandes comunidades que la naturaleza misma de un trabajo uniforme reclama y necesita. Esta diversidad de procedimientos orgánicos, hace más fructífera la producción y más fáciles las tareas del campo. Los extensos terrenos dedicados a cereales, las grandes huertas, los inmensos bosques, se ven asiduamente cuidados por estos ciudadanos laboriosos e inteligentes, que, a su práctica, reúnen conocimientos científicos suficientes para mejor realizar sus diferentes operaciones. Estas agrupaciones forman parte por lo general de grandes núcleos federativos, cuyo objeto es conservar y fomentar la solidaridad de los elementos componentes, asegurar el bien de la comunidad y prevenir los males imprevistos a la vez que conocer y establecer o fijar las necesidades de la producción, el cambio y el consumo en sus relaciones con las demás corporaciones económicas.

En la industria la diversidad es aún más notable. La variedad infinita de productos reclama una variación semejante de aplicaciones y procedimientos. El industrial aislado no es común en la «Nueva Utopía», porque las ventajas de la producción colectiva, resultan de tal evidencia, que determina una mayor atracción entre los trabajadores. Por otra parte, el gran desarrollo de todas las industrias ha hecho, como en las ciencias, necesarias las especialidades, y una meditada división del trabajo aumenta la producción y la perfecciona a cambio de pequeño gasto de fuerzas. Ha desaparecido, sí, el obrero de las minuciosidades, la especialidad exagerada, extremada por la ambición de los explotadores, porque esta ambición se ha trocado en loable estímulo de hombres libres por el bien general, y una más perfecta instrucción le permite ensanchar, a la vez que la esfera de sus conocimientos científicos, la de sus aplicaciones necesarias. Las asociaciones se fundan generalmente en la cooperación libre como más apropiada a la naturaleza humana y a los fines sociales. La comunidad, como la explotación individual, constituye la excepción. Por aquel otro sistema o procedimiento, nadie se obliga a más de lo que puede o quiere, y sin mermar la fuerza colectiva, se encuentra siempre dueño de sí mismo y en actitud de modificar las condiciones del contrato o de romperlo para reconstruirlo con otro u otros. En las grandes fábricas estas agrupaciones se subdividen en secciones, según la naturaleza de los trabajos, y cada una se asigna su faena y se organiza conforme a los fines de la misma. El ingeniero, el fundidor, el ajustador, todos concurren y cooperan a un mismo fin en la esfera de su especialidad, y se completan sin necesidad del amo, del señor feudal de la industria en otros tiempos. Y lo que ocurre en la fábrica citada sucede en la de paños, en los telares, en cuantas aportan su trabajo a las necesidades comunes de la sociedad. Sus federaciones son inmensas y se extienden por todo el territorio en perfecta armonía con las federaciones agrícolas, científicas y artísticas. Los conflictos están siempre resueltos por la libertad y para la libertad, y sólo así pueden subsistir tan vastísimos organismos. Estas relaciones federativas no se concretan a una localidad, no se encierran en el exclusivismo de un pueblo, sino que se mantienen con otros pueblos en correspondencia necesaria de reciprocidad, mutualismo y solidaridad de intereses y fines. Las agrupaciones agrícolas, las agrícolas-industriales y las industriales, propiamente dichas, se relacionan frecuentemente y pactan y contratan sobre objetos determinados del momento para el provenir, y así, por la cooperación voluntaria y libérrima de tan variadas entidades, se convierte en realidad aquel sueño de los guerreros y tiranos de otras épocas, que pretendían reunir a todos los pueblos del mundo en una poderosa unidad de hecho y de derecho. El trabajo fundado en la libertad y en la igualdad de condiciones, es la aplicación sencilla de este suceso grandioso.

Al igual que la agricultura y la industria, las ciencias y las artes han tomado nuevos vuelos merced a este procedimiento de asociación. El carácter distintivo de estas agrupaciones es el de un individualismo originario más marcado. Agrúpanse para sus estudios y cooperan en sus obras los hombres de ciencia y los artistas, préstanse mutuo auxilio, pero la producción es más personal, más individualista. Aquí el productor, por la índole misma del trabajo, se reserva una cierta independencia en sus faenas, un cierto aislamiento propio en quien necesita tanto en la soledad como de la cooperación, del trabajo subjetivo como del asociativo. El artista no vive sin los misterios de su estudio reservado; el hombre de ciencia y estos artistas, no son comúnmente seres privilegiados ajenos a toda producción directamente útil. El trabajo mecánico les es necesario para el equilibrio de su organismo, y trabajan con ardor en diversas industrias o faenas agrícolas, según sus inclinaciones. El productor de la «Nueva Utopía» tiene tiempo para consagrarse a la ciencia y al arte. Si es naturalista, las faenas del campo son para él al mismo tiempo medio de estudio provechoso y ejercicio necesario para su cuerpo; al químico, las grandes fábricas de productos correspondientes, campos de experimentación extensísimos; si matemático, los inmensos talleres de mecánica, centros de observación y aplicación inapreciables; si pintor, la producción de los colores le ofrece nuevos horizontes a estudiar. No todos, sin embargo, pueden dedicarse a este doble trabajo. El médico tiene sobradas penalidades con el cuidado y la curación de sus semejantes; es necesario en la escuela, en el taller, en el campo y en el hogar. Si es músico o profesor de enseñanza, su misión bien definida le reclama aliado de la juventud. La ciencia y el arte, no son, en fin, un misterio para nadie, están al alcance de todos.

Los tres órdenes de producción, agrícola, industrial e intelectual, forman un todo armónico en mutua correspondencia de relaciones y solidaridad. Se necesitan recíprocamente y se completan entre sí agrupándose por el lazo federativo en vastas asociaciones locales, regionales, continentales y universales. Este inmenso todo, no obedece a reglas determinadas, ni subsiste por fuerza alguna extraña. Las fuerzas cohesivas de subsistencia son fuerzas propias, naturales, que a ejemplo de la ley de gravitación en el mundo sideral, mantienen en equilibrio permanente las diversas agrupaciones elementales o simples y compuestas. Las reglas, las leyes por que se rigen y desenvuelven estos organismos, son las inmutables de la sociología, deducidas de la naturaleza libre y espontáneamente observadas por todos y cada uno.

Rotas todas las trabas, todos los diques que en la antigüedad viciaban el medio social de desarrollo biológico y torcían la evolución del progreso humano, esclavizando al hombre y fomentando el antagonismo y la guerra de los intereses, restituida la naturaleza humana a su estado de libre manifestación y desenvolvimiento, surge brillante y poderosa la armonía y la fraternidad de los hombres y los intereses, y se realiza sin violencia el perfeccionamiento evolutivo de la sociedad y el individuo por la doble compensación de la lucha por la existencia y la cooperación para la lucha. Por la primera, el estímulo necesario a la multiplicación de los productos entra en noble lid y le da a la sociedad medios abundantes para satisfacer ampliamente sus necesidades morales, intelectuales y materiales. Por la segunda, se asocian las fuerzas y se conserva la energía y se encamina al bien común, evitando la perversión de la lucha y haciendo converger los opuestos estímulos a un mismo fin, el del mayor bienestar posible mediante el menor esfuerzo necesario. ¡Fruto magnífico de la libertad y de la asociación, verdaderas manifestaciones de las fuerzas centrífuga y centrípeta del organismo social!

A semejanza de la producción, el cambio y el consumo en sus diferentes aspectos material, moral o intelectual, responden necesariamente al nuevo medio ambiente en que se verifican.

Conseguido ya el proceso de adaptación, consecuencia inmediata del cambio realizado en las instituciones humanas, nada hay con bastante poder para perturbar el magnífico orden establecido, nada hay con fuerza suficiente para anular los efectos de la libertad a tanto coste conquistada. Evolución, Revolución, Adaptación, tres períodos sucesivos y complementarios que han dado todo el vigor indispensable a la nueva idea realizada: he ahí la clave del problema.

La forma antigua del cambio, el comercio, sistema de holganza y latrocinio; la mentira del crédito y de la circulación monetaria, organización de usura y de bandolerismo, han sido destruidas, aniquiladas hasta en sus fundamentos. El verdadero cambio de los productos y su circulación regular implantada por la revolución, ha ido perfeccionándose por la evolución al mismo tiempo que la sociedad se modificaba en sus hábitos, usos y costumbres. El crédito universal y gratuito, libre de todas las preocupaciones viejas, ha entrado como factor principal en este nuevo orden de cosas, y crédito y cambio juntamente resuelven el problema de la distribución de las riquezas, del consumo en todas sus variantes en armonía con el novísimo modo de producir.

El bazar y el mercado son grandes exposiciones de toda clase de productos, más que suficientes a satisfacer las necesidades locales. Cada productor, cada agrupación de productores lleva al mercado o al bazar, si lo cree conveniente, el resultado de su trabajo y lo entrega así a la circulación general. Cada productor o cada agrupación de productores hace sus emisiones personales o colectivas de valores representativos de trabajo realizado o a realizar, simples signos de cambio sin más valor que el atribuido al trabajo y al crédito personal del trabajador. Cada productor o grupo de productores organiza conforme a sus necesidades en el orden mismo de la producción y del consumo, el cambio y el crédito en sus relaciones con los demás productores o agrupaciones, y así por medios tan expeditos, sin instituciones bancarias o comerciales de gusto anticuado, cada uno facilita cuanto puede o quiere a los demás, y en tanto quiere o puede, se utiliza así mismo de los otros. El interés, esa plaga social de los antepasados, no existe aquí, y por esto precisamente ese sistema de confianza universal en el crédito y en el cambio puede realizarse libremente y en bien general del cuerpo social. El gasto de administración se reduce en el mercado y en el bazar a ínfimas proporciones que no alteran en nada el valor de los productos, y suprimida naturalmente la ganancia, una vez suprimido el comerciante, se verifica el ideal del cambio a precio de coste, el ideal del cambio entre trabajos equivalentes o iguales.

El obrero, el productor que realiza una obra a largo plazo no tiene que pasar por las privaciones que parece indicar la falta de productos propios entregados a la circulación. Su cuenta corriente en el mercado o en el bazar, le permite tomar a cuenta de trabajo prometido, cuanto necesita, y sus valores representativos y personales tienen el mismo valimiento que un producto realizado y cambiado. La teneduría social y privada resuelve todos los conflictos, todas las dificultades. El trabajador que inventa, que estudia, que pinta, todos tienen, a falta de productos cambiables en el momento, crédito personal equivalente para cubrir todas sus necesidades.

Así el consumo no es un problema para nadie, no es un abismo de miserias para el trabajador. Aquí la comunidad facilita a todos lo necesario a cambio del esfuerzo posible; allí la cooperación establece la distribución por medio del cambio, de la reciprocidad de los servicios; allá el esfuerzo individual encuentra su correspondencia equitativa en las transacciones con los otros trabajadores de la comunidad y de la asociación cooperativa. La solidaridad, la confianza social, mediante la libertad compleja de las relaciones humanas, resume en un solo interés común la infinita variedad de los intereses sociales, corporativos e individuales. Esta magnífica variedad, coronada por la unidad federativa de tantos y tan múltiples elementos, que no excluye ningún sistema, que los consagra todos, en el resultado inmediato de la producción colectiva, de la asociación de los esfuerzos y la consagración tácita de la libertad individual.

El hombre siente, piensa y obra. Este es un hecho de evidencia incuestionable. Todo obstáculo interpuesto en la libre manifestación de sus sentimientos y en la realización y disposición de sus obras es un atentado contra la naturaleza que ha querido garantizar al ser humano aquellos tres modos de producirse personal y colectivamente. Es, pues, por la libertad inherente a su personalidad que dirige sus sentimientos, publica y propaga sus pensamientos, concluye y distribuye sus obras. Es también por esa misma libertad que elige el modo y medio de producir, cambiar y consumir socialmente considerado. Dispone cómo y cuándo le place de sus sentimientos, de sus pensamientos y de sus obras, de todas sus exteriorizaciones individuales. Si quiere reservarse el derecho de cambiar sus productos, nadie se lo impide; si quiere concederlos a la comunidad nadie se lo estorba; si quiere entregarlos a la cooperación nadie se le opone. En el primer caso conserva la propiedad del producto, determinada personalmente, si es individual, o por medio del contrato, si es colectiva, hasta el instante mismo que lo entrega a la circulación. En el segundo renuncia a esta propiedad a trueque del derecho de apropiarse cuanto sea indispensable a sus necesidades. En el tercero participa de estos dos extremos y se asegura del mismo modo la propiedad del producto y el derecho de apropiación de los necesarios a la vida por medio del cambio y del crédito. En todos los casos la propiedad, garantía de su libertad personal, existe de hecho y de derecho. Ya dura el momento preciso que media entre la producción y la circulación; ya el que existe entre el instante de la circulación y el consumo; ya en fin a un mismo tiempo estos dos momentos necesarios de la vida social. ¡Prodigio sólo dable a la libertad sin limites ni barreras!

Y este magnífico sistema comprende lo mismo al agricultor, al industrial, al artista, al hombre de ciencia porque el ser humano no tiene solamente necesidades materiales, sino también morales e intelectuales; no vive por y para el estómago con exclusión de todo otro término, sino que es a la vez sensible, pensante y productor, y como tal sus necesidades son al propio tiempo físicas, psíquicas e intelectuales o ideales. Y así como se manifiesta en estas tres formas, se gasta y se repone y consume del mismo modo que si ha de mantener activa la energía de su organismo.

Ya no hay, pues, castas entre los hombres. Todos gozan de las comodidades materiales, de los placeres artísticos, de los goces del estudio y de la ciencia. Todos son esencialmente iguales.

La «Nueva Utopía», realización de un sueño de muchos siglos, conquistado al fin a pesar de todas las resistencias del pasado, ha llegado a ser la verdad de presente. ¡Verdad magnífica que ha unido a los hombres en la más noble de las aspiraciones, en el más alto concepto de la vida, la felicidad prometida en imaginarios mundos por los mercaderes de religiones y metafísicas venenosas y corruptoras ¡Verdad sublime que ha establecido para siempre el reinado de la fraternidad universal! ¡Verdad grandiosa que ha desterrado del mundo las infamias de tiempos remotos! ¡Verdad imperecedera que asegura a la humanidad la posesión y el goce de la Ciencia, la Libertad y la Justicia!

¡Nueva Utopía realizada, sueño de tantos héroes y tantos mártires, aspiración constante del ser humano, tus hijos te bendicen, te santifican, y arrojan el manto de sus olvidos sobre todas las preocupaciones y errores del tiempo pasado! ¡EI presente y el porvenir son tuyos: que nuestros sucesores te perfeccionen y te reverencien como nosotros te perfeccionamos y reverenciamos! ¡Que el progreso sea tu única ley, tu único fin, porque progresar es perfeccionarse, es gozar, es vivir!

III

En el orden de las funciones públicas se ha llegado en la «Nueva Utopía» al grado máximo de simplicidad. Todo aquel fárrago de complicados mecanismos administrativos y gubernamentales, propios de un estado social desviado de toda lógica y de toda naturaleza, ha desaparecido al par que el sistema mismo que lo hacía necesario. Los servicios comunales se han reducido o purificado, cuando no se han anulado por innecesarios. Las relaciones generales se concretan a las puramente económicas y de seguridad y garantía mutua.

La asistencia, la seguridad, la estadística, las comunicaciones y transportes, la enseñanza, son las principales funciones públicas. La limpieza se ha eliminado de los servicios comunales, porque es función privada de cada productor, que la hace mecánicamente mediante un aparato adosado a las viviendas y dispuesto de forma que arroja a los sumideros de absorción automática los sedimentos producidos por la circulación. Además, cada casa tiene su servicio especial de aguas, no sólo para el consumo, sino también para el riego como complemento de la limpieza, y, finalmente, la disposición de las construcciones habitables y de las destinadas al desagüe y desinfección evitan al ciudadano toda otra molestia en este sentido.

La asistencia y la seguridad no están representadas por el hospital y fuerza, por la limosna y el sable como en otros tiempos. Las asociaciones de medicina y farmacia tienen organizado el primero de estos servicios de modo que en ninguna ocasión ni lugar puede el ciudadano verse desamparado contra las incorrecciones necesarias de la naturaleza, las enfermedades. Las instalaciones médicas son tan numerosas como demandan las necesidades públicas, y los profesores de esta ciencia se reparten por toda la comunidad prestando generosa y sabiamente su poderosa ayuda al desgraciado. Este servicio se completa con su correlativo, la seguridad. Para organizarla existen agrupaciones dedicadas exclusivamente a la propagación del seguro, y lo organizan en su propio seno. Cada productor se asegura a sí mismo para lo porvenir por la cooperación mutua, y asociándose, ya tan sólo para este fin, ya para los demás fines de la vida. De esta manera el servicio de seguridad ha dejado de existir por innecesario en el orden social y se ha transformado en el económico, dejando de ser una escandalosa explotación de las necesidades humanas. La previsión se ha desarrollado de tal modo en los ciudadanos, que su culto por este sistema de seguros les fortalece contra todas las irreflexiones y ligerezas del presente, contra toda excitación de las pasiones que pueda perjudicarles.

Constituyen la asistencia y la seguridad los dos términos de un principio superior, la solidaridad, que garantiza a todos el tranquilo goce del bien presente y el posible remedio del mal futuro. Cada productor, con un empleo regular de su fuerza, produce, además de lo necesario, un sobrante que, por medio de este principio saludable de la seguridad, le asegura una vejez descansada y placentera. Más aún; supuesta una imperfección física, una inutilidad inesperada, algún mal presente o imprevisto, aquel mismo principio obliga a todos los asociados por igual a garantizar la existencia en identidad de condiciones al desdichado que se encuentra en situación desventajosa para sostener la lucha por la vida, El pacto tácito que constituye a toda agrupación incluye necesariamente esta eventualidad o la refiere a las agrupaciones especiales consagradas a este fin de la seguridad. Lo que cada uno toma es así de su propiedad, de su derecho, y la limosna, la caridad humillante queda desterrada totalmente.

La seguridad social contra el ataque de un semejante es innecesaria y sobra asimismo la consiguiente organización de la justicia. El ataque personal, o se reduce a una simple diferencia de apreciación, o proviene forzosamente de un miembro enfermo. En este último caso la justicia ha sido reemplazada por la medicina, y la venganza individual no tiene razón de ser del mismo modo que la llamada vindicta pública ha dejado de existir. En el primer caso los ciudadanos ventilan libremente sus cuestiones. Entréganlas generalmente, si hay lugar a ello, a sus amigos y conciudadanos y se resuelven sin violencias ni mutilaciones de derecho. Cada parte ofendida y lastimada elige sus representantes, que, en unión de su representación social, que por lo común determina voluntariamente la agrupación o agrupaciones de que son parte los contendientes, forman lo que se llama el jurado de honor. Y así, sin leyes escritas, sin prejuicios inmorales, sin jueces de derecho, sin jurisprudencias absurdas, cada diferencia queda zanjada de momento según las circunstancias especiales conformidad de las partes contendientes, y al propio tiempo se resuelve el problema de que cada uno se haga justicia a sí mismo y por sí mismo se constituya en una seguridad para la comunión de todos los miembros sociales. Tales son los sencillos términos de la distribución de la justicia.

La organización de la enseñanza ha perdido también su carácter oficial y su uniformidad forzosa. El ideal del precepto único, del productor universal, de la garantía del Estado, son conceptos desterrados de todas las inteligencias. En la «Nueva Utopía» menosprecian esas instituciones que suponen incapacidad e insuficiencia de las iniciativas privadas, y así no necesitan del Estado como curandero único, como maestro exclusivo, como productor indispensable, como protector irremplazable. Para la enseñanza, como para las demás manifestaciones de la actividad bastan las iniciativas particulares asociadas. Los hombres consagrados a la instrucción de la niñez forman poderosas agrupaciones, y asimismo no les falta la cooperación de la mujer, cuya vocación las arrastra a compartir con ellos las penalidades y los grandes placeres de su sacerdocio. Las agrupaciones son tan diversas como diversas son las necesidades de su ministerio y los diferentes métodos aplicados. La enseñanza es común para los sexos, pues seres nacidos para vivir constantemente en mancomunidad de relaciones y de sociedad deben ser educados también fuera de toda separación irracional. La mujer adquiere así cuantos conocimientos puede adquirir el hombre y se sustrae a esa inferioridad que por tanto tiempo la ha reducido a la esclavitud y a la servidumbre. Cada familia instruye a sus hijos, según lo cree conveniente, y no viene obligada a aceptar una reglamentación común imposible. La difusión de la ciencia ha alcanzado de este modo el más alto grado de extensión posible, hallándose todos iniciados en ella, y teniendo todos, por consiguiente, la aptitud necesaria para su aplicación a las necesidades de la vida, sin que sean ya necesarios aquellos títulos académicos que en la antigüedad constituían un privilegio y que hacían de la Universidad un centro odioso donde, más bien que difundir la ciencia, se daba a los privilegiados la instrucción necesaria para oprimir y explotar a los desheredados. Sólo así ha podido llegarse a los maravillosos resultados de que en otro lugar dejamos hecha mención.

Otro de los más importantes servicios públicos, la organización de las comunidades y de los transportes, está encomendado a las asociaciones correspondientes de ferrocarriles, tranvías, vapores y demás medios de locomoción. Ellas dirigen los servicios de telégrafos y postal a la vez que desempeñan la misión de regular los transportes. Una bien estudiada división de los trabajos, correlativa a la división semejante de agrupaciones, ha hecho excesivamente económicos los gastos de locomoción y comunicación. Ingenieros, maquinistas, electricistas, mecánicos, forjadores, carpinteros, todos los diversos elementos que concurren a esta empresa colosal, forman una inmensa federación, digna competidora de las demás federaciones de la producción y el cambio, la enseñanza y la seguridad, la ciencia y el arte. Mediante este trabajo asociativo se ha conseguido una rapidez y una seguridad en los servicios de locomoción nunca vistas. La inviolabilidad y regularidad en las comunicaciones han alcanzado un alto grado de perfección jamás imaginado. La digna emulación que preside a todas las funciones, así sociales como privadas, ha dado a este servicio tantos y tan múltiples medios de progreso que no hay quien no tenga asegurada la circulación y la comunicación gratuita con sus semejantes, porque gratuito es todo servicio que sólo cuesta la parte alícuota de gastos ocasionados por el mismo.

Y como suplemento de este armónico conjunto, las asociaciones de estadística coronan la obra grandiosa de todos los esfuerzos humanos. Estadística de la producción, estadística del consumo, estadística de la circulación, de la asistencia, de las enfermedades, de la enseñanza; estudio detenido de cada una de estas estadísticas especiales de las correspondientes manifestaciones del trabajo, indican al productor el camino que debe recorrer con paso firme y le orientan en el inmenso campo de sus operaciones. El «Centro de relaciones y negocios públicos» es el gran foco de este ímprobo trabajo. Cuantas agrupaciones productoras no llevan por sí mismas el estudio en lo que se les atañe particularmente, allí entregan sus datos a la publicidad. Las agrupaciones especiales de estadística recogen

esos datos voluntariamente suministrados y los dados a luz en los Boletines de las demás asociaciones, y van formando lentamente el estudio comparativo y general de los maravillosos resultados obtenidos por el trabajo, la enseñanza, la medicina, etc., etc. Estas mismas agrupaciones de estadística publican al día sus trabajos y resumen mensualmente, metodizados y ordenados con arreglo a un amplio criterio científico, los resultados de sus importantes tareas. Hombres eminentes en la ciencia económica ilustran con sus estudios y sus deducciones la obra acabada de esta relación general de la vida, llamada estadística.

Las verdaderas leyes de la economía y la sociología son así reconocidas sin gran esfuerzo, y este conocimiento permite a todo el mundo eliminar el error sin violencia.

El inútil mecanismo de los servicios públicos bajo la dirección del Estado ha sido, como se ve, radicalmente transformado. Aquel laberinto de confusiones, elevadas oficialmente a dogmas, a verdades axiomáticas, que imbuían en el error aun a los hombres más eminentes por su ciencia, que extraviaban a la sociedad en un caos de injusticias e iniquidades. Aquel laberinto ha desaparecido para dar lugar a la grandiosa obra de la libertad, del trabajo y la iniciativa particular por tanto tiempo atrofiada, por tanto tiempo desconocida en sus virtudes, por tanto tiempo viciada y corrompida por un infeccioso medio social por la fuerza impuesto y por la fuerza mantenido.

¿De qué serviría en la «Nueva Utopía» un ejército armado? ¿De qué una organización del espionaje, de la policía? ¿De qué una organización de la justicia, armada del espíritu de venganza? ¿De qué las instituciones para fomentar las obras públicas, para gobernar la hacienda, para regular los cultos, para mantener las relaciones exteriores? ¿De qué servirían los hospitales, las cárceles, las casas de caridad, de lactancia o de socorro? ¿De qué los institutos y universidades? ¿De qué la farsa ridícula de la diplomacia?

Los ciudadanos tienen en la «Nueva Utopía» un más justo y racional concepto de sí mismo. La fuerza y el espionaje es propio para guardarse de las fieras, no de los hombres. La venganza es cualidad de los dioses, como decían en la antigüedad, y el ser humano está al presente muy lejos, de considerarse a la altura de esas representaciones de la pasión desencadenada. El fomento de las obras públicas y el gobierno de la hacienda son funciones para las cuales se basta el ciudadano, sin necesidad de poderes que se suplanten. La regularidad de los cultos es cosa reservada al sentimiento personal, desligado de toda aberración antinatural. Las relaciones del exterior corresponden directamente a los pueblos, pues que la sinceridad ha sustituido a la diplomacia. Hospitales, cárceles, hospicios, casas de lactancia o de socorro, todo esto pertenece a la categoría de las instituciones creadas por el poder para remediar en parte la anulación de la fuerza individual y colectiva. Máscara de la hipocresía gubernamental, ha sido arrancada al destruir el principio mismo de gobierno, de absorción centralizadora. Los institutos y universidades oficiales, creados para fomentar una enseñanza errónea y convencional, dentro de límites estrechos y coercitivos, sobran donde la libertad lo ha invadido todo. La enseñanza no pude ni debe organizarse como un cuartel o un convento.

Buscad la relación entre el presente y el pasado y apenas percibiréis el rastro de lo que fue. Una inmensa solución de continuidad media entre el ayer y el hoy. Esta solución de continuidad tiene un nombre: revolución.

Y es por esta revolución que se ha verificado tan inmenso cambio, no sólo en el orden de la vida pública, si que también en el de la privada. Todo se ha modificado: principios de sociabilidad, de economía, de justicia; producción, cambio y consumo; ciencia, arte y trabajo; enseñanza, asistencia, solidaridad. Las costumbres de los pueblos en el orden moral han sufrido una profunda perturbación. Ya no intervienen en la constitución de las familias ni el cura, ni el juez, ni la ambición, ni el engaño. El amor preside a todas las uniones; la libertad las realiza. El hombre libre, la mujer libre, se aman y se unen. Fórmulas de ritual: cada uno adopta las que quiere. La intervención del padre y del amigo del conciudadano, más que impuesta, solicitada, suelen acompañar a estas solemnidades de la vida. Es, si se me permite la palabra, y aunque suponga retroceso, una costumbre patriarcal. La mutualidad de afectos basta a resolver todas estas cuestiones. Las costumbres sociales determinan, mejor que las leyes y sin imposiciones, los modos y formas de consagrar lo que por el amor está previamente consagrado. Las necesidades de la estadística pueden quedar satisfechas sin la intervención de un registro oficialmente impuesto. Nacimientos y defunciones son, como la constitución de las familias, datos que todo el mundo suministra de buen grado.

Que hay rozamientos, disgustos, diferencias, indudablemente. La «Nueva Utopía» no es una ciudad de ángeles, sino de hombres. ¿Pero acaso faltaban aquéllos en el sistema anulado por la revolución? ¿Acaso no eran más en número y más profundas las diferencias, los disentimientos? No es dado al hombre suprimirlas, sino evitarlas y remediarlas. La libertad bien puede reemplazar a ese organismo inútil, y más que inútil perjudicial. Están de su parte todas las ventajas. ¿Qué importa si no puede evitar o eliminar algunos de los inconvenientes sugeridos por la naturaleza misma?

La «Nueva Utopía» es un pequeño bosquejo de la sociedad humana. Sin límites, sin fronteras, se ha extendido por todo el mundo la buena nueva. Quedan algunos rincones sin conquistar, rezagados en el movimiento progresivo de la sociedad en general. Son cristalizaciones que atestiguan una edad pasada. De Norte a Sur, de Oriente a Occidente el mundo se ha regenerado. Razas y pueblos se han fundido en una confederación universal, ligados por la identidad de sentimientos, de aspiraciones y de intereses.

Acaso esto no es más que el período constituyente de la revolución; acaso los elementos sociales tienden a constituirse definitivamente y de modo permanente en virtud de los nuevos principios practicados. Las sociedades son como las reacciones isotérmicas de la química, que por sí mismas se verifican y forman cuerpos complejos, permanentes, en tanto una nueva fuerza, un factor nuevo no viene a provocar reacciones necesarias a estados más complejos de la materia.

Pero, sea de esto lo que quiera, la «Nueva Utopía» se encuentra de lleno en el principio de la Justicia, y por este principio subsiste y progresa. Allí todas las fuerzas concurren al fin común de la felicidad humana. Las luchas de la religión y de la política no empeñan ya a los hombres en guerras fraticidas. La plenitud de los derechos, consagrada por la libertad, hace imposible todo choque violento de afecciones e intereses.

¿Qué puede inquietar a los moradores de la «Nueva Utopía»?

La revolución es su origen, la Justicia su fin. Pueblo regenerado, emancipado por tan potente esfuerzo, no se dejará arrebatar su preciosa conquista.

¿Quién puede por otra parte tener interés en ello?

Cantemos, pues, nuestra victoria; cantemos la gloriosa transformación que nos ha legado una generación de héroes; cantemos la posesión indestructible de la nueva idea. Los principios eternos de la renovación, de la revolución, nos aseguran el presente y el porvenir.

Trabajar, cambiar, consumir, estudiar, gozar, vivir, en fin, en la más alta expresión de la palabra, es nuestra aspiración común. Progresar, perfeccionarse, nuestro constante anhelo.

¡Venid, negras sombras del pasado, a arrebatarnos esta nuestra conquista! ¡Venid a sumimos de nuevo en los horrores de la preocupación y el fanatismo! ¡Venid a destruir esta obra grandiosa de la más imperecedera de todas las revoluciones!

Aquel mundo prometido en regiones etéreas por los interesados en mantener el cautiverio de aquí abajo, ya no nos seduce. Vuestro mundo mejor, embaucadores de la humanidad, nos lo ha dado la misma revolución que os ha destruido.

¡Cómo nos reímos de vuestras paparruchas teológicas; cómo nos deleitan vuestros pasatiempos espirituales; cómo gozamos con vuestras cabriolas políticas!

Nuestro presente ha roto por completo con vuestro pasado. No intentéis invertir la dirección del mundo. Todo marcha hacia adelante, sin mirar hacia atrás, sin cuidarse del que parece aplastado por el gigante de la revolución. Pequeña piedra colocada sobre el rail, será aplastada por la potente locomotora en su veloz carrera.

¡Mártires de la revolución, héroes del ideal que os atrevisteis a luchar con el coloso de la tiranía, levantaos y admirad vuestra obra! ¡Seres generosos que supisteis sacrificar vuestras vidas por la libertad de vuestros hijos, gozaos en vuestro intento! ¡Utopistas de ayer, que esforzados perecisteis por vuestra idea, venid y contemplad vuestros sueños realizados!

El ímpetu ciclónico de la revolución ha barrido los miasmas del pasado y el sol esplendente de la libertad alumbra al mundo.

La humanidad alborozada grita del uno al otro confín ¡Eureka, eureka y prorrumpe en exclamaciones de alegría y canta unida himnos de gloria a la revolución grandiosa que ha roto todas las cadenas y ha derribado a todos los tiranos.

«Nueva Utopía» feliz, el mundo te saluda y reverencia al fin, porque eres la verdad realizada, eres el sueño ideal conquistado. En ti convergen todas las virtudes desconocidas de la naturaleza humana; en ti se compendian el supremo bien, la suprema dicha; en ti viven en armónica bienandanza todas las potencias, un tiempo adormecidas, de la justicia, de la bondad, de la felicidad humana. Tú eres principio, medio y fin de todas las cosas; tú eres la expresión acabada de la nueva vida; tú eres la luz, la razón, la ciencia, la naturaleza, la justicia; tú eres la verdad universal por todos acatada.

¡Gloria a la humanidad que te da vida! ¡Gloria al hombre que te realiza! ¡Gloria a la libertad que en ti alienta!

¡Gloria inmortal al mundo nuevo!