No voy a hablar, naturalmente, a título de patriota; pero como pudiera parecerlo, allá va una pequeña digresión a tal propósito.

Sustituir una preocupación a otra preocupación, un prejuicio a otro prejuicio, nada resuelve ni nada corrige. La afirmación de la patria, estado de fuerza o de derecho, nada o poco tiene que ver con la afirmación de la patria, estado afectivo. Se pueden sentir hondamente las cosas de la tierra y ser tan cosmopolita como se quiera. Para negar las patrias, expresión de antagonismos irreductibles, no es menester que demos de bruces en el exclusivismo que halla bueno, excelente, todo lo distante; y malo, más bien pésimo, todo lo próximo, por la sola razón de referirse a la patria propia. Es esta manera de ser patriota al revés, es decir, patriota de las otras patrias. Para tratar desapasionadamente cualquier asunto que con la idea o la realidad de la patria se refiera, hay que estar curado de esos dos prejuicios, igualmente dañosos.

¿Puede, en ese supuesto, hablar un anarquista de cualquier país, así haya nacido en él, y examinar, sin parti pris, las condiciones recomendables o censurables del mismo? Creo que la respuesta no es dudosa.

Parezca lo que parezca, así se me tache de patriotero, amparado en una razón y en un derecho, que tengo por indiscutible, vaya decir, a renglón seguido, lo que pienso de ciertos juicios y de ciertas afirmaciones referentes a España.

Anda por ahí una leyenda que nos pinta como país absolutamente ignorante, degenerado por la tauromaquia y el flamenquismo, sometido servilmente a la más dura tiranía, atenazado por el atavismo inquisitorial. Aquí, por lo visto, llevan todavía las mujeres la navaja en la liga, perdura el derecho de pernada, subsisten los señores feudales y la sopa de convento, se mata el hambre arañando rabiosamente las cuerdas de la guitarra, y entre cañas y toros, y juergas y rezos, el pueblo español está embrutecido ogaño como antaño. Los demás países de Europa y América nos miran como a bichos raros y nosotros mismos parecemos complacidos de que se nos tenga por anacrónicos.

Dije leyenda y no rectifico. Porque España, a la hora presente, guarda sin duda reminiscencias del tiempo viejo (¿cómo negarlo?); conserva acaso demasiados restos del dominio inquisitorial y del despotismo político; anda sin pulso, en crisis innegable de transición; persiste en su idiosincrasia singular, en costumbres y hábitos que tal vez arraiguen en el carácter y en el temperamento; pero la España actual tiene también otras condiciones que la alejan, definitivamente del tiempo pasado. Desconocerlas, vale tanto como negar la evidencia y empeñarse en galvanizar un cadáver. Esto pretenden, sin duda, los que desde fuera o desde dentro gritan, pintan y exageran cosas que fueron y callan cosas que son.

Cierto que el mundo oficial, religioso y capitalista se nutre en la historia de tiranías y crueldades bárbaras, cierto que nuestro llamado progreso político es mera apariencia, máscara el constitucionalismo, farsa el parlamento; cierto que no hay respeto ni garantía para la independencia y el derecho personal, que gobierna el capricho y la nulidad, que reviven a ratos castigos infamantes, torturas y suplicios, y que, por poco más de nada, se persigue y se encarcela a todo el que disiente del cómodo pensar de los que mandan. Pero, ¿dónde, cómo y cuándo se vive fuera de los atavismos políticos y religiosos? ¿Qué país ha roto con su pasado de sangre y de negrura? ¿Dónde está el Edén en que no sea farsa el parlamento y máscara la constitución? ¿Cuál es la tierra de promisión de las leyes inflexibles, iguales para todos, donde no gobiernan los granujas, los prevaricadores y los concupiscentes?

La República francesa tiene a su cuenta las leyes de excepción contra los anarquistas, la cuestión Dreyfus, los fusilamientos de huelguistas, los procesos escandalosos en que se pretendió englobar a escritores revolucionarios con delincuentes comunes. Las asechanzas policiacas contra nuestros amigos, no han tenido hasta ahora semejanza en parte alguna. Se los asediaba hasta arrojarlos de los talleres y de las viviendas, acorralándoles solapadamente. El Congreso socialista revolucionario convocado cuando la Exposición, se habría, seguramente, reunido en España, y no pudo reunirse en París porque lo prohibió aquel gobierno republicano. El lema Libertad, Igualdad, Fraternidad se ostenta en todas partes fanfarronamente y es allí, como en cualquier nación, burla grosera con que se insulta al pueblo.

Las leyes de represión del anarquismo son en España copia de las francesas, como los destierros actuales son una pésima traducción del domicilio coatto de Italia. Si aquí tenemos los tormentos de Montjuich, la muy republicana y muy federal América del Norte tiene las horcas de Chicago; su expulsión de anarquistas la muy libre Argentina.

Estos son apuntes a la ligera y muy someros. Puesto a documentar este artículo, no bastaría un volumen para las pruebas mil de que en todas partes cuecen habas. ¿Diremos una perogrullada afirmando que hay otra España que no es rufianesca, que no es despótica, que no es servil, que no es ignara; que hay, en fin, dos Españas, como hay dos Francias, dos Italias, etc.?

Pues sí; hay otra España que no se quiere conocer, de la que por acá mismo no se tienen muchas noticias. Socialmente hay una España opuesta a la chulapería y a los toros, una España que estudia y labora por un mejor estado; que desarrolla y extiende la cultura, fomenta las artes y moraliza las costumbres.

Principalmente en Cataluña, y conste que no es catalán el que habla, la clase obrera y la burguesía modesta podrían y deberían servir de modelo a otros países que nos juzgan mal porque nos desconocen. La afición a la música y al canto son generales. Las diversiones favoritas son los teatros, los conciertos, las conferencias, las excursiones al campo. La moderación en las costumbres es tal, que difícilmente se ve un borracho en las calles. Guardo grata memoria de una de esas excursiones a que fui invitado por algunos amigos. Mi sorpresa fue grande, no obstante los antecedentes que ya tenía, cuando observé que en aquella reunión de veinte o treinta hombres y sus familias, en la que se hizo música, se cantó, se bailó, comió y bebió bien, no hubo ni una sola nota discordante, ni el menor indicio de embriaguez, ni el más pequeño choque, nada que pudiese hacer torcer el gesto al más exigente.

¿Y qué decir del Norte y del Noroeste de España? Bien conocidos y ponderados son los hábitos morigerados, la bondad de trato y de costumbres de aquellas gentes.

Se dirá que Andalucía es atrozmente ignorante y miserable y vive aún en plena Edad Media. ¡Desdichada región que por rica, es pobre; ella da la nota, a un tiempo penosa y risueña de la España clásica! Y sin embargo, el ingenio, la viva imaginación, la riqueza de sentimientos y la alegría del vivir de aquellos escuálidos y depauperados campesinos, para sí las quisieran los misántropos que los denigran. Allí se canta, se baila y se ríe porque la Naturaleza toda —aire, luz, sol— canta, ríe y baila. Cabrillea en los cerebros el fulgor de la vida plena, difundido en el ambiente espléndido, magnifico, insuperable. Cosquillea en los nervios el impulso vigoroso, el hábito fecundante y cálido de la Naturaleza que allí vibra fortísimo como en parte alguna. Y la alegría de vivir salta y brinca en el frou frou de las faldas mujeriles y en el aroma de las flores con que adornan su cabeza, y en los vivos colores de sus pañuelos mantones. Ello no impide ni impedirá que Andalucía progrese, que sus campesinos vayan entrando en los dominios de la cultura general. El obstáculo feroz, obstinado, es la riqueza acumulada, la explotación escandalosa que auxilian autoridades bárbaras. Pero el obstáculo será vencido porque hay una España que lo arrollará, una España sin manolas y chisperos, que estudia, rinde culto al arte y ambiciona la ciencia.

¿Somos, por todo lo dicho, mejores o peores que otros? Ni peores ni mejores; somos como somos y los otros son como son. Y los que quieran conocernos que se den una vuelta por acá y en lugar de colarse de rondón en las plazas de toros y en los degenerados cafés cantantes, donde sólo obtendrán la caricatura de España, que se tomen la molestia de estudiarnos. Y a su vez los que del lado de acá, cargados de bilis, vociferan sus pesimismos, que se den una vuelta por Europa y América, y si no se reducen a visitar museos y bibliotecas, verán que en ninguna parte se atan los perros con longaniza.

Politicamente, la España actual, la otra España, ajena al oficialismo, distinta y opuesta al Estado, contraria a la frailocracia, nuestra mayor calamidad, reñida del todo con la tradición de que la leyenda arranca, es quizá menos conocida que la España social. Esta otra España, es la del federalismo insurgente, del socialismo y del anarquismo activos, una España netamente de ideas progresivas, fautora, no simple recipiente de ideales y aspiraciones generosas. Esta otra España es la de centenares de escuelas neutras clausuradas ahora por la reacción, sin duda para hacernos conocer lo que ni nosotros mismos conocíamos en toda su magnitud; es la de esa gran obra de educación y cultura que revela la existencia de un pueblo capaz de todas las empresas, lleno de energía y de constancia y de firmeza. Al lado de esos centenares de escuelas que se abrirán de nuevo, los mil centros políticos, sociales, de cultura, las asociaciones progresivas, los sindicatos y las cooperativas obreras, ponen bien de manifiesto que en todas las direcciones labora una España nueva por la regeneración total del país, más aun, de todos los países.

El alzamiento de Cataluña entera, más algunas ciudades del resto de España, en julio de 1909, caso no igualado hasta el día, ¿no demuestra con hechos, que la España de la leyenda es una España falsa, amasada con convencionalismos y mentiras negras o rojas?

No obstante los reiterados acuerdos de la Internacional obrera sobre la guerra, nadie hizo, —ni el pueblo francés cuando en Casablanca—, protesta tan vigorosa como la realizada por este pueblo español que no obedece acuerdos, pero sigue valientemente impulsos propios.

Cuidado que no hago comparaciones para establecer supremacías y menos para mortificar. No hago tampoco patriotismos. Constato hechos para fijar ideas y condiciones y me defiendo y defiendo a mis camaradas de lucha, demostrando que estamos donde está todo el mundo progresivo.

Hay, pues, una España que no es la España de Torquemada, como hay una Francia que no es la de la hiena Thiers.

Los tormentos de Montjuich no se repetirán, no se repiten ahora mismo, a causa de la acción constante de esa España nueva, pues digan lo que quieran amigos o adversarios, —aquellos que no pueden vivir sin forjar novelas—, la reacción actual no osa dar la batalla de frente. Reta con las palabras, es cruel e hipócrita en los hechos, pero también cobarde con relación a sus ansias de exterminio contenidas por la amenaza de mayores males que presiente y rehuye.

Lo que ocurre, en realidad de verdad, es que los reaccionarios de acá hinchan el perro revolucionario, con los fines que son de suponer, y los revolucionarios de allá Inflan el perro reaccionario con los mismísimos fines, pero en sentido contrario. Y me dan ganas de gritar: ¡embusteros todos! De esta reacción no blanda ciertamente, ni rastro quedará dentro de unos meses. Se abrirán las escuelas clausuradas, se reanudarán las propagandas, se reorganizarán centros y sindicatos, se creará nueva prensa y acaso, acaso, ni aun presos quedarán en las cárceles. ¿De qué nos serviría, si no, esta indómita independencia y esta testarudez indómita que nos distingue de otros pueblos?

Quedan unos cuantos Torquemadas, pero son a millares los rebeldes. Yo me río cuando veo a gentes graves organizar campañas truculentas alrededor de un simple nombre cuando aquí tenemos algún millar de nombres de encarcelados a su disposición. Yo me río de las notas conminatorias que parecen declarar nuestra impotencia revolucionaria. Y me reiré locamente, por no indignarme, si se repiten las amenazas de algunos de los nuestros en otra campaña reciente, amenazas de apelación a los gobiernos extranjeros formuladas por circunspectos internacionalistas. ¿Es que la libertad, el respeto al ciudadano, las garantías del derecho, la humanidad, la equidad, se dan en los gobiernos, en la magistratura, en el capitalismo y en las iglesias del lado de allá de los Pirineos y de las costas ibéricas?

Bien está la solidaridad internacional, pero que no se nos trueque en compasión y limosna, que no se convierta en mentira que deprime y molesta. La España nueva va donde vayan todos los pueblos renovadores y brinda su solidaridad espontánea a cuantos de ella tengan necesidad, y no sólo acepta, sino que reclama, ahora más que nunca, la solidaridad de cuantos luchan por la emancipación humana.

En las horas de combate huelgan los distingos. Combatamos sin tregua, con la verdad, que es lo que interesa por encima del fárrago de preocupaciones que anidan aún en nosotros mismos, radicales, socialistas y anarquistas de todos los tonos.

Cuanto no sea esto, es pisar los talones a nuestros enemigos, siguiendo su propia ruta de mentiras, de engaños, de iniquidades. Y, ciertamente, para tal viaje no se necesitan alforjas.