No se tema que profanemos el santuario de la ciencia. Estamos ayunos de los conocimientos que son indispensables para penetrar en el templo.

Pero desde la puerta o tan lejos como se quiera, permítasenos decir unas pocas palabras.

El mundo se ha alborozado ante el prodigioso descubrimiento que da en tierra con una de las causas más poderosas de podredumbre social. Y no es para menos. Estamos llenos de cacas, de pestilencias, de lepras. Somos un organismo putrefacto, cubierto de úlceras, saturado de purulencias repugnantes. Sífilis, tuberculosis, cáncer, endemias y epidemias, trabajan nuestros misérrimos huesos y nuestras flácidas carnes. Nos encorvamos tristemente hacia la tierra que ha de recibir nuestros míseros restos.

¡Lucha titánica la de aquellos hombres sabios que disputan a la muerte sus despojos!

Es un éxito, un triunfo colosal, la fórmula 606 que acaba con los estragos de la sífilis. Será otro éxito, otro colosal triunfo el de cualquier otra combinación que ponga coto a la tuberculosis, al cáncer, a la lepra. La ciencia triunfa, triunfará siempre de la corrupción humana.

Pero doloroso es declararlo. Los sabios se esfuerzan en vano. Héroes de lo desconocido, laboran por lo imposible.

Curarán la sífilis, pero los sifilíticos se multiplicarán mañana; como hoy y como ayer. Curarán la tuberculosis y los tísicos retornarán en el campo y en la ciudad, siempre igual. Ellos no suprimen ni el mal ni sus causas, y el mal resurgirá siempre porque sus causas persisten. Un remedio cura, pero no previene la dolencia. Aun con las vacunas inmunizantes, la viruela y otras enfermedades análogas continúan haciendo estragos. Todo lo que se ha conseguido es disminuir el número de víctimas, que no es ciertamente poco.

Para que los esfuerzos de los sabios fueran del todo eficaces, sería necesario que paralelamente a su obra humanitaria se cumpliera otra obra de liberación de justicia, de igualdad. Porque mientras haya hambrientos, habrá tísicos: mientras haya prostitutas y sátiros monos, habrá sifilíticos. Acaso la famosa fórmula tenga por fruto próximo la pérdida de cierta prudencia que escuda a la juventud y la defiende. Y los que viven de la explotación de la mujer y se mantienen del lupanar y se agazapan en la clandestinidad para acumular riquezas, no dejarán ni ahora ni luego de laborar por la persistencia de males que son su negocio y su vida.

La organización social con todos sus vicios, con todas sus irritantes desigualdades, con sus tremendas injusticias, es la que invalida la obra magna de las ciencias médicas. En vano que heroicamente se luche contra las pestilencias de la civilización, porque la civilización continúa engendrándolas, multiplicándolas y acaso inventándolas. Las causas de la destrucción son tan indispensables al privilegio como las de conservación.

Y como todas las vacunas y todas las fórmulas posibles serán incapaces de renovar la humanidad civilizada, porque ella continuará reproduciéndose tal cual es, los nobles esfuerzos de la ciencia, que podrían ser vida nueva, no serán sino estremecimiento de la vieja vida, remendada y recosida.

Nosotros saludamos gozosos a esos hombres que combaten contra el dolor, que luchan por suprimirlo. Pero el dolor de los dolores, el hambre y la miseria, la esclavitud y la ignorancia, que en su proceso de depauperación llevan a la humanidad a una próxima ruina, requiere otros hombres heroicos y otros heroicos esfuerzos: aquellos que sean capaces de renovar el mundo de abajo arriba para que en plena justicia, en plena libertad y en completa igualdad de condiciones, recobremos la salud perdida, la salud que nos haga fuertes y poderosos frente a las adversidades de la naturaleza.

Entretanto, ¡bien haya el magnánimo empeño de los sabios, porque él nos alienta a otros empeños que un día u otro harán fructíferos los grandes éxitos de la ciencia actual!