Se ha creado en Francia una oficina de criminología, adjunta al Ministerio de Justicia, con la pretensión de descubrir las leyes sociales de la génesis del delito. Mediante el presupuesto modestísimo de 17.000 francos, se trata de organizar y metodizar el estudio individual de los delincuentes desde el punto de vista fisiológico, del psicológico y del de las influencias sociales. Un grano de anís.

Parece que la sociedad francesa se ha alarmado por el creciente aumento de la criminalidad en los jóvenes. Casi todos los apaches son muchachos de pocos años, algunos adolescentes. Los «jóvenes bárbaros» son legión. Poco más o menos, así se expresa un sesudo periodista de la corte.

Este sesudo periodista se entrega a muy atinadas y muy ordenadas consideraciones sobre el particular. Ante todo, estima que la escuela laica (oficial en Francia) es uno de los factores de la criminalidad aun cuando «per se» dicha escuela no sea ni amoral ni inmoral, pero que no es, como debiera ser, órgano adecuado de formación moral. De otra parte observa el citado periodista que existe una gran laguna entre el final de la edad escolar y el comienzo del desenvolvimiento del carácter y de la personalidad. En este periodo desaparece la acción tutelar del Estado y disminuye considerablemente la de la familia. El joven de familia obrera entra en el taller o en la fábrica sin preparación y a merced de los perniciosos ejemplos. El joven de la clase media se lanza al comercio, invade la oficina pública o privada e, indefenso, queda sometido a las más perniciosas influencias. No recuerdo si el periodista sesudo dedica también algunas palabras a los jóvenes ricos, aristócratas de la sangre o aristócratas de la banca.

Nuestro hombre quiere la tutela del Estado más allá de la Escuela. Está encantado con un programa de preservación moral de la adolescencia acordado por el gobierno prusiano al encomendar al Ministerio de Cultos la tutela postescolar. Y a mayor abundamiento, preconiza la empleomanía científica en las prisiones para estudiar paso a paso al individuo delincuente. Otro u otros granos de anís.

El propósito del Gobierno francés, la previsión del prusiano y la perspicacia del periodista significan una sola y misma cosa: el deseo de echar al odre roñoso de la criminología histórica unos remiendos llamativos de ciencia nueva. Así remozada, la sapiencia gubernamental podrá continuar apretando los tornillos de la represión y ejerciendo la «vendetta» social a su entera satisfacción. Extender la tutela del Estado, pretender que el Estado nos acompañe desde la cuna a la tumba como la sombra al cuerpo, es, en todos los órdenes de la vida pública, la obsesión predominante. Frente a la rebeldía de los jóvenes y aun de los viejos bárbaros, delincuentes o no, no queda a las clases directoras otro recurso. Es su lógica.

¿Qué podrá decirnos la ciencia oficial que no esté ya dicho en todos los tonos? Podrá mentir estadísticas, catalogar prejuicios, inventar estigmas, justificar horrores; pero no descubrir y, sobre todo, proclamar una sola verdad, mucho menos si puede resultar en su daño.

¿Qué podrá lograr una mayor extensión de la tutela del Estado cuyos daños no hayan sido puestos ya de manifiesto? Podrá estrujar la personalidad un poco más, disminuirnos, modelarnos, guiarnos a su antojo: pero no habrá de darnos ni un solo adarme de moralidad, mucho menos de salud, de bienestar, de alegría, que serían unos magníficos factores de moralización pública y privada.

La escuela laica, oficial en Francia, ¿qué es sino la traducción al lenguaje político de la escuela religiosa? ¡«La formación moral de los jóvenes»! Esto, en palabras recias, quiere decir la castración de los hombres.

El boum del aumento de la criminalidad es un tópico del que se echa mano cuando conviene para justificar mayores atropellos, más grandes atrocidades. Es la hidra revolucionaria traducida al idioma de los leguleyos. ¡Ay de los hombres de bien que tiemblan ante estos augurios! La nota de delincuencia caerá sobre ellos y la prisión los engullirá vorazmente. El Estado quiere eunucos, quiere siervos, quiere parias. Está famélico.

Si la criminalidad aumenta es porque disminuye atrozmente el bienestar de unos mientras crece, fuera de toda ponderación, el de otros; es porque la alegría se recluye en un puñado de afortunados y se niega a la muchedumbre sin amparo; es porque la salud anda quebrantada en todas partes. Después de los tormentos de la miseria la brutal exhibición del lujo y del hartazgo; después de los dolores y de las lágrimas de la multitud, las bacanales indecentes de los poderosos, alegres con la alegría del mono. Y sobre todo esto, que es bastante, la neurosis, la sífilis, la tisis, el alcoholismo corroyendo las entrañas de la humanidad.

¡Son un grano de anís estas causas fisiológicas, psicológicas y sociológicas de la criminalidad!

¿Qué ridículo remedio se pondrá con esa ridícula ciencia oficial a 17.000 francos anuales? ¿Qué ridículo remedio se pondrá con esa ridícula tutela postescolar, con esos empleados científicos en las prisiones? ¿Qué ridículo remedio proporcionaría la vuelta a la escuela religiosa, ni peor ni mejor que la escuela cívica, tan cara a los republicanos?

El pan, el pan, señores hartos; el pan para el cuerpo y el pan para el alma; el bienestar, la alegría, la salud para todos: ese es el remedio, señores imbéciles de la ciencia oficial, del periodismo profesional, del hampa política que sólo os proponéis continuar el estruje de vuestros rebeldes subordinados.

Bienestar, alegría, y salud, ¿cómo podríais darlas? Emplastos de ciencia, cataplasmas de educación no bastarán a contener el avance humano por la conquista de cuanto tenéis detenido y detentado y por tenerlo lanza al crimen a la multitud desheredada

Los bárbaros llaman a vuestras puertas de granito. Abridlas o serán derrumbadas.