Me lo decían amigos queridos, y me resistía a creerlo. La evidencia ha venido a mí en forma de alegorías y postales y también en forma de noticia periodística.

Tan baja mentalidad no podía suponerla en gentes que se llaman radicales, que se llaman socialistas, que se llaman anarquistas. ¡Cómo! —me decía— si eso que se me cuenta es cierto; si tan hondo hemos caído, ¿no habrá una sola voz que se alce en son de protesta, que execre la ruin y vil idolatría, que rechace valientemente toda complicidad con labor tan nefasta?

Un día el fetichismo se manifiesta en forma de reuniones apologéticas, de artículos encomiásticos, de glorificaciones que rechaza el más débil espíritu de justicia. Otro día se revela en manifestaciones callejeras, en aclamaciones serviles, en endiosamientos que degradan, que encanallan a la multitud. Y la ola crece hasta el arrollamiento de toda consideración de decencia y de honestidad públicas.

De un lado Lerroux, de otro Ferrer. No me importan los hombres. No quiero juzgarlos ahora. Tiempo habrá de tirar resueltamente de la manta, si ello es necesario. Lo que me importa, lo que importa a todos ahora son las manifestaciones de baja idolatría, de indigno fetichismo hechas al uno y al otro.

Unos hombres que rinden las banderas al paso de Lerroux como el ejército rinde las armas al paso del rey o al paso de Dios; unos hombres que entonan himnos al caudillo, que le reverencian y le agasajan en todas formas, que casi le adoran por su linda estampa más que por sus ideas, esos hombres no pueden alardear de ideas progresistas o radicales y miente quien diga que con tales gentes vive el espíritu de rebeldía y que tales hombres enarbolan la roja bandera de la revolución. Esos hombres no son radicales, no son progresivos; son lacayos o peor que lacayos, capaces de sustituir a los nobles brutos que arrastran el coche del señor. Y aquéllos que reciben y aceptan tales homenajes y tales servilismos sin protesta, ni quieren la elevación moral del pueblo ni hacen nada por emanciparle. Le engañan, le explotan, le envilecen.

¿Y qué decir de los que han hecho de la antiartística alegoría, de la postal ridícula, del dije y del medallón pretenciosos, signo de rebeldía, de revolucionarismo? Ahora mismo tengo delante una tarjeta ignominiosa: un trozo de tela con el rostro de Ferrer rodeado de una corona de espinas y en lo alto un letrero que dice: Ecce Homo. Abajo una burda representación de su fusilamiento por Maura y secuaces. Sólo falta la Magdalena, sin duda porque el autor se olvidó de Soledad Villafranca. ¿No es horriblemente ridículo, no es una burla sangrienta, no es una brutalidad incalificable semejante modo de endiosamiento, de cristalización del ferrerismo? ¿No es ello una revelación evidente de que hay revolucionarios de pacotilla que adoran en el hombre y por el hombre?

Quienes tales cosas hacen, quienes tal obra secundan, ni pueden ser anarquistas, ni pueden ser socialistas, ni pueden ser radicales. Son sencillamente idólatras, cristianos de Ferrer, Torquemadas rojos, almas de fraile dentro de blusas de obreros, salvajes europeos capaces de arrojarse al paso del carro de los dioses para que los aplaste y triture. No hay manera de conciliar estas manifestaciones, más que primitivas, vesánicas, de un fanatismo bestial, con cualquier idea progresiva, mucho menos con el ideal anarquista. Y si hay anarquistas capaces de laborar por este fetichismo de un modo activo o de un modo pasivo, para ellos, más que para los otros, ténganse por dichas las palabras duras y cortantes que más vivamente expresen la indignación del que escribe.

Toda complicidad con esos dos fanatismos por dos personas, así ellas valieran lo imponderable, es imposible para un hombre de ideas, de recio juicio, de pensamiento libre de rutinas y prejuicios.

Y es bien seguro que cuantos se estiman en su propia dignidad, que es como estimarse en su propia libertad, condenarán francamente esa pestilencia de los amuletos, de las estampillas y de las efigies de la religiosidad revolucionaria, diríamos mejor, pseudorrevolucionaria.

Hombres libres por encima de todo, podremos ser tolerantes, somos tolerantes con todas las ideas; jamás nos rendiremos al fanatismo por los hombres, así sean más representativos que los mismos supuestos dioses. No ayudaremos a forjar una nueva cadena aunque sean de oro y de diamantes sus eslabones.

Un cerebro libre, un corazón entero, una conciencia recta, no puede sino abominar de todas esas bajezas idolátricas que degradan, que encanallan a las multitudes.