Presentación

    Nota editorial

    Práxedis G. Guerrero ha muerto

    Práxedis G. Guerrero

    Cronología de Práxedis G. Guerrero

    Práxedis G. Guerrero y la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano

      A. Primer contacto a través de la Junta Auxiliar Obreros Libres

        Constitución de la Junta Auxiliar Obreros Libres

        Carta de Ricardo Flores Magón a Praxedis G. Guerrero[4]

        Comunicación de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano acerca de las actas de instalación de la Junta Auxiliar Obreros Libres

      B. Correspondencia de Práxedis G. Guerrero con Ricardo Flores Magón y Manuel Sarabia

        Carta de Ricardo Flores Magón a Práxedis G. Guerrero

        Carta de Ricardo Flores Magón a Práxedis G. Guerrero del 21 de septiembre de 1906

        Cartas de Ricardo Flores Magón a Práxedis G. Guerrero y a Enrique Flores Magón del 13, 15 y 17 de junio de 1908

      Cartas de Práxedis G. Guerrero a Manuel Sarabia

        Del 28 de mayo de 1910

        Del 16 de junio de 1910

        Del 4 de agosto de 1910

        San Antonio, 16 de agosto de 1910

    C. Documento que acredita a Práxedis G. Guerrero como Delegado Especial; expedido por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano el 29 de junio de 1907[13]

    Artículos de combate

      Nota al calce

      ¡Justicia![15]

      ¡Paso!

      ¡Obremos, luchadores!

      Escuchad

      Púgil

      Odios viles

      Manifiesto a los trabajadores de todos los países

      Pasividad y rebeldía

      Mendigo...

      ¿A quién amáis, mujeres?

      Habitantes de El Paso

      ¡Y sin embargo... sois pasivos!

      Aniversario

      ¡Miserables!

      Ulúa habla

      Impacientes

      Algo más

      El interés verdadero del burgués y del proletario

      El objeto de la revolución

      Sopla

      Soy la acción

      La inconveniencia de la gratitud

      Obscuridades

      Dulce paz

      Impulsemos la enseñanza racionalista

      El argumento de filogonio

      Trabajando

      Programa de la Liga Panamericana del Trabajo

        Plan de organización

        Exposición

      La probable intervención

      El medio y el fin

      Los consejos del amigo

      La mujer

      Blancos, blancos

      Pensamientos

      Ideal blanco en estandarte rojo

      No es obrero, es burgués

      Las revolucionarias

    Episodios revolucionarios

      Las vacas

      Viesca

      Palomas

      La muerte de los héroes

      Puntos rojos

Presentación

La primera edición de Artículos de combate de Práxedis G. Guerrero, fue hecha en junio de 1977. El trabajo de recopilación y selección del material nos llevó, aproximadamente ocho meses, visitando varias bibliotecas y hemerotecas, para, finalmente, lograr nuestro objetivo.

Aquella primera edición de la selección de artículos de Práxedis G. Guerrero era el quinto título publicado con nuestro sello editorial, Ediciones Antorcha. Los cuatro anteriores habían sido, por orden de aparición, el Epistolario revolucionario e íntimo; el ¿Para qué sirve la autoridad? y otros cuentos, las Obras de teatro y los Discursos, todos de Ricardo Flores Magón.

La edición de Artículos de combate fue el primer trabajo de investigación que publicamos, puesto que para los cuatro títulos anteriormente mencionados, tomamos como base las ediciones realizadas en la década de 1920 por el Grupo Cultural Ricardo Flores Magón, compuesto, entre otros, por Nicolás T. Bernal, Librado Rivera y Diego Abad de Santillán.

Decidimos realizar aquella investigación porque el libro de los escritos de Práxedis G. Guerrero que en su momento editó el Grupo Cultural Ricardo Flores Magón, nos parecía limitado habida cuenta de que conocíamos de la existencia de más material que valdría la pena incluir. Así, ni tardos ni perezosos nos dimos a la tarea de ir realizando el trabajo de recopilación, y al mismo tiempo fuimos elaborando una cronología de su vida.

Una vez que terminamos nuestro trabajo, lo mandamos a imprimir en el taller que administraba el compañero Benjamín Cano Ruíz, del Grupo Tierra y Libertad, y en los créditos respectivos, además de firmar como el grupo editor, nos aventamos el puntacho de enfatizar: el grupo editor no se reserva ninguna clase de derechos, leyenda con la que patentizábamos nuestra ideología ácrata. Y... sucedió lo que jamás esperábamos que sucediera: el gobierno del Estado de Guanajuato quizá se tomó al pie de la letra nuestra declaración de fe anarquista y... ¡pácatelas! se aventó un piratazo de nuestra edición. En efecto, bajo el título de Vocación de libertad, y sin hacer la menor mención de nuestro trabajo, se piratearon nuestra edición de Artículos de combate con nuestras notas y nuestra cronología.

Fue en ese momento que nos mostramos inconsecuentes cuando hicimos un berrinche chinche, y, al percatarnos de que el prólogo de esa edición pirata había sido realizado por el compañero Muñoz Cota, raudos, veloces y presurosos fuimos a verle para que nos explicará lo que había sucedido.

Le pedimos una cita que nos concedió y fuimos a su departamento, preguntándole el por qué de aquella edición piratona y, también sobre su participación en la misma. Hay que decir que no podíamos imaginar que no sabía de la existencia de nuestra edición. Se concretó en precisarnos que le habían escrito solicitándole ese prólogo, pero que nunca le hicieron llegar más información al respecto. Así, conociendo la calidad moral del compañero Muñoz Cota, no dudamos absolutamente de nada y hubimos de hacer mutis mutandis, esperando que se nos bajara el berrinche, aunque el coraje no se nos pasaría sino hasta muchos meses después.

Ahora, visto aquel episodio con la sana perspectiva que da el tiempo, no cabe duda de que todos los sentimientos que exteriorizamos fueron la clara muestra de nuestra inconsecuencia. Porque de que fuimos profundamente inconsecuentes, ni duda cabe. Bien dice el dicho que primero cae un hablador que un cojo, y el azotón que nos dimos fue claro. Así, en vez de habernos sentido orgullosos y satisfechos de que el consejo editorial del gobierno de un Estado de la República mexicana hubiera tomado en cuenta nuestro trabajo editando nuestra recopilación, nuestras notas y nuestra cronología, nos concretamos a patalear berreando como infantes, sobre todo cuando nos enteramos de que hubo alguien que cobró presentándose como autor del trabajo que nosotros realizamos, ¡¡¡aquello sí que nos enchilo!!!

Pero, con todo y el piratazo que representó la edición de Vocación de libertad, nuestra edición de Artículos de combate se desplazó bien, al grado de que hubimos de realizar una segunda reimpresión.

Ahora, veintiocho años después de aquella anécdota, colocamos aquí, en nuestra Biblioteca Virtual Antorcha la edición virtual de los Artículos de combate del periodista, organizador y revolucionario guanajuatense, Práxedis Gilberto Guerrero.

Y ahora, al igual que hace veintiocho años, continuamos lamentando la gran pérdida que su prematura muerte significó para los anhelos libertarios del Partido Liberal Mexicano porque, ciertamente, nadie pudo jamás llenar el hueco que Práxedis dejó en las filas liberales.

Es de esperar que la presente edición cibernética sirva para comprender a uno de los más preclaros personajes de la Revolución Mexicana.

Chantal López y Omar Cortés

Nota editorial

El total desconocimiento del desarrollo de los movimientos revolucionarios mexicanos y del pensamiento de sus principales instigadores constituye un auténtico freno para nuestra lucha emancipadora. Decimos esto porque los problemas a los cuales nos enfrentamos no son problemas que se han iniciado hace apenas unos años, sino que su origen se encuentra en tiempos muy remotos, y a ellos se enfrentaron, tratándoles de dar solución, los movimientos revolucionarios que se han sucedido a través de la historia.

Conocer la manera en cómo tales movimientos abordaron estos problemas constituye una necesidad para todo aquel que luche —cualquiera que sea su militancia política— por su emancipación. Solo así tendremos una clara idea de lo que es nuestra situación socio-política actual, cosa imprescindible para poder proponer alternativas.

Práxedis Gilberto Guerrero representa precisamente a un instigador de lo que se ha llamado corriente radical del movimiento revolucionario de 1910. Junto con Ricardo Flores Magón viene a constituirse en el intelecto que con mayor claridad afrontaba los problemas de una clase social que, sometida por siglos, se consumía —y sigue consumiéndose— en la total explotación material y cultural.

Auténtico representante honesto del periodismo militante y revolucionario, Práxedis desarrolló su concepción teórica mediante el artículo periodístico, el cual manejó con gran fluidez y calidad.

Su prematura muerte fue una notoria pérdida, como neto elemento clarificador y organizador, para el movimiento revolucionario en general y para la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano en particular.

Bastante razón tenía Diego Abad de Santillán en 1924 al comentar la muerte de Práxedis:

Práxedis G. Guerrero, secretario de la J. O. del P. L. M. y combatiente de la revolución social, cayó en la flor de su juventud en un encuentro con las tropas del gobierno, en Janos, Estado de Chihuahua, la noche del 30 de diciembre de 1910. En aquellos que lo conocían, su desaparición produjo un dolor inenarrable, pues fue opinión unánime de sus amigos que la pluma y el valor moral de un P. G. G. no se sustituye fácilmente. Y en efecto, han pasado catorce años y todavía no hemos podido llenar el vacío que dejó la muerte heroica del guerrillero y del poeta de la revolución proletaria mexicana.

Chantal López y Omar Cortés

Práxedis G. Guerrero ha muerto

Últimas noticias procedentes del representante de la Junta en la ciudad de El Paso, Texas, confirman los rumores que circulaban sobre la suerte que corrió en las montañas de Chihuahua el secretario de la Junta Organizadora del Partido Liberal, Práxedis G. Guerrero.

Guerrero ha muerto, dice el Delegado de la Junta. En la gloriosa jornada de Janos dio su adiós a la vida Práxedis G. Guerrero, el joven libertario.

Práxedis ha muerto y yo todavía no quiero creerlo. He acopiado datos, he tomado informaciones, he analizado esos datos, he desmenuzado a la luz de la más severa crítica esas informaciones, y todo me dice que Práxedis ya no existe, que ya murió; pero contra las deducciones de mi razón se levanta anegado en llanto mi sentimiento que grita: no, Práxedis no ha muerto, el hermano querido vive...

Lo veo por todas partes y a todas horas; a veces creo encontrarlo trabajando en la oficina en sus sitios favoritos, y al darme cuenta de su ausencia eterna, siento un nudo en la garganta.

El hermano se fue, tan bueno, tan generoso.

Recuerdo sus palabras, tan altas como su pensamiento. Recuerdo sus confidencias: yo no creo que sobreviviré a esta Revolución, me decía el héroe con una frecuencia que me llenaba de angustia. Yo también creía que tendría que morir pronto. ¡Era tan arrojado!

Trabajador incansable era Práxedis. Nunca oí de sus labios una queja ocasionada por la fatiga de sus pesadas labores. Siempre se le veía inclinado ante su mesa de trabajo escribiendo, escribiendo, escribiendo aquellos artículos luminosos con que se honra la literatura revolucionaria de México; artículos empapados de sinceridad, artículos bellísimos por su forma y por su fondo. A menudo me decía: qué pobre es el idioma; no hay términos que traduzcan exactamente lo que se piensa; el pensamiento pierde mucho de su lozanía y de su belleza al ponerlo en el papel.

Y sin embargo, aquel hombre extraordinario supo formar verdaderas obras de arte con los toscos materiales del lenguaje.

Hombre abnegado y modestísimo, nada quería para sí. Varias veces le instamos a que se comprase un vestido. Nunca lo admitió. Todo para la causa, decía sonriendo. Una vez, viendo que adelgazaba rápidamente, le aconsejé que se alimentase mejor, pues se mantenía con un poco de legumbres: no podría soportar, me dijo, que yo me regalase con platillos mejores cuando millones de seres humanos no tienen en este momento un pedazo de pan que llevar a la boca.

Y todo esto lo decía con la sinceridad del apóstol, con la sencillez de un verdadero santo. Nada de fingimiento había en él. Su frente alta, luminosa, era el reflejo de todos sus pensamientos. Práxedis pertenecía a una de las familias ricas del Estado de Guanajuato. En unión de sus hermanos heredó una hacienda. Con los productos de esa hacienda pudo haber vivido en la holganza, cómodamente; pero ante todo era un libertario. ¿Con qué derecho había de arrebatar a los peones el producto de su trabajo? ¿Con qué derecho había de retener en sus manos la tierra que los trabajadores regaban con su sudor? Práxedis renunció a la herencia y pasó a unirse a sus hermanos los trabajadores, para ganar con sus manos un pedazo de pan que llevar a la boca sin el remordimiento de deberlo a la explotación de sus semejantes.

Era casi un niño Práxedis cuando después de haber renunciado al lujo, a las riquezas, a las satisfacciones casi animales de la burguesía, se entregó al trabajo manual. No llegaba a las filas proletarias como un vencido en la lucha por la existencia, sino como un gladiador que se enlistaba en el proletariado para poner su esfuerzo y su gran cerebro al servicio de los oprimidos. No era un arruinado que se veía obligado a empuñar el pico y la pala para subsistir, sino el apóstol de una gran idea que renunciaba voluntariamente a los goces de la vida para propagar por medio del ejemplo lo que pensaba.

Y a este hombre magnífico le llama El Imparcial, bandido; con grandes caracteres esa hoja infame, al dar cuenta de los sucesos de Janos, dice que allí encontró la muerte el temible bandido Guerrero.

¿Bandido? Entonces, ¿cuál es la definición de un hombre de bien? ¡Ah, duerme en paz, hermano querido! Tal vez esté yo predestinado para ser tu vengador.

Al hablar de Práxedis G. Guerrero, no es posible dejar de hacer mención de aquel otro héroe que cayó atravesado por las balas de los esbirros en la gloriosa acción de Palomas en el verano de 1908... ¿Os acordáis de él? Se llamó Francisco Manrique, otro joven guanajuatense que renunció a su herencia también para no explotar a sus semejantes. Práxedis y Francisco, bello par de soñadores, fueron inseparables camaradas a quien solo la muerte pudo separar; pero por breve tiempo...

En el hermoso artículo que escribió Práxedis sobre la acción de Palomas, dice refiriéndose a Francisco Manrique: Conocí a Pancho desde niño. En la escuela nos sentamos en el mismo banco. Después, en la adolescencia, peregrinamos juntos a través de la explotación y la miseria, y más tarde nuestros ideales y nuestros esfuerzos se reunieron en la Revolución. Fuimos hermanos como pocos hermanos pueden serlo. Nadie como yo penetró en la belleza de sus intimidades; era un joven profundamente bueno a pesar de ser el suyo un carácter bravío como un mar en tempestad. Práxedis era el alma del movimiento libertario. Sin vacilaciones puedo decir que Práxedis era el hombre más puro, más inteligente, más abnegado, más valiente con que contaba la causa de los desheredados, y el vacío que deja tal vez no se llene nunca. ¿Dónde encontrar un hombre sin ambición de ninguna clase, todo cerebro y corazón, valiente y activo como él?

El proletariado tal vez no se da cuenta de la enorme pérdida que ha sufrido. Sin hipérbole puede decirse que no es México quien ha perdido al mejor de sus hijos, sino la humanidad misma la que ha tenido esa pérdida, porque Práxedis era un libertario.

Y todavía no puedo dar crédito a la terrible realidad. A cada rato me parece que va a llegar un telegrama consolador dando cuenta de que Práxedis está vivo. La verdad brutal no puede aniquilar en el fondo de mi corazón un resto de esperanza que arde como una lámpara de aceite próxima a apagarse. Y mi torturado espíritu cree encontrar todavía en sus sitios favoritos, en la oficina, donde tanto soñamos con el bello mañana de la emancipación social él y yo, al mártir, inclinado en su mesa de labores, escribiendo, escribiendo, escribiendo.

Ricardo Flores Magón
De Regeneración, 14 de enero de 1911.

Práxedis G. Guerrero

Hace un año que dejó de existir en Janos, Estado de Chihuahua, el joven anarquista Práxedis G. Guerrero, secretario de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano.

La jornada de Janos tiene las proporciones de la epopeya.

Treinta libertarios hicieron morder el polvo de una vergonzosa derrota a centenares de esbirros de la dictadura porfirista; pero en ella perdió la vida el más sincero, el más abnegado, el más inteligente de los miembros del Partido Liberal Mexicano.

La lucha se desarrolló en las sombras de la noche. Nuestros treinta hermanos, llevando la Bandera Roja, que es la insignia de los desheredados de la tierra, se echaron con valor sobre la población fuertemente guarnecida por los sicarios del Capital y de la Autoridad, resueltos a tomarla o a perder la vida. A los primeros disparos del enemigo, Práxedis cayó mortalmente herido para no levantarse jamás. Una bala había penetrado por el ojo derecho del mártir, destrozando la masa cerebral, aquella masa que había despedido luz, luz intensa que había hecho visible a los humildes el camino de su emancipación. ¡Y debe haber sido la mano de un desheredado, de uno de aquellos a quienes él quería redimir, la que le dirigió el proyectil que arrancó la vida al libertario!

Toda la noche duró el combate. El enemigo, convencido de su superioridad numérica, no quería rendirse, esperanzado en que tendría forzosamente que aplastar aquel puñado de audaces. Los disparos se hacían a quemarropa, se luchaba cuerpo a cuerpo en las calles de la población. El enemigo atacaba fieramente, como que contaba con una victoria segura; los nuestros repelían la agresión con valentía, como que sabían que, inferiores en número, tenían que hacer prodigios de arrojo y de audacia.

El combate duró toda la noche del 30 de diciembre, hasta que, al acercarse el alba, el enemigo huyó despavorido rombo a Casas Grandes, dejando el campo en poder de nuestros hermanos y un reguero de cadáveres en las calles de Janos. El sol del 31 de diciembre alumbró el lugar de la tragedia, donde yacían dos de los nuestros: Práxedis y Chacón.

Práxedis fue, sencillamente, un hombre; pero hombre en la verdadera acepción de la palabra; no el hombre-masa atávico, egoísta, calculador, malvado, sino el hombre despojado de toda clase de prejuicios, el hombre de abierta inteligencia que se lanzó a la lucha sin amor a la gloria, sin amor al dinero, sin sentimentalismo. Fue a la revolución como un convencido. Yo no tengo entusiasmo, me decía; lo que tengo es convicción. Cualquiera se imaginaría a Práxedis como un hombre nervioso, exaltado, movido bajo el acicate de la neurastenia. Pues, no: Práxedis era un hombre tranquilo, modestísimo tanto en teoría como en la práctica. Enemigo de tontas vanidades, vestía muy pobremente. No bebía vino como muchos farsantes por alardear de temperantes: no lo necesito, decía cuando se le ofrecía una copa, y, en efecto, su temperamento tranquilo no necesitaba del alcohol.

Práxedis fue heredero de una rica fortuna que despreció: no tengo corazón para explotar a mis semejantes, dijo, y se puso a trabajar codo con codo con sus propios peones, sufriendo sus fatigas, participando de sus dolores, compartiendo sus miserias. Era niño entonces; pero no se arredró ante el porvenir tan duro que se le esperaba como esclavo del salario. Trabajó varios años en México, ya de peón en las haciendas, o de caballerango en las casas ricas de las ciudades, o de carpintero donde se le daba ese trabajo, o de mecánico en los talleres de los ferrocarriles. Por fin vino a los Estados Unidos, ávido de aprender y de ver esta civilización de la que tanto se habla en los países extranjeros, y, como todo hombre inteligente, quedó decepcionado de la pretendida grandeza de este país del dólar, de la insignificancia intelectual y del patriotismo más estúpido.

Aquí, en este país de los libres, en este hogar de los bravos, sufrió todos los atentados, todos los salvajismos, todas las humillaciones a que está sujeto el trabajador mexicano por parte de los patrones y de los norteamericanos que, en general, se creen superiores a nosotros los mexicanos porque somos indios y mestizos de sangre española e india. En Louisiana, un patrono a quien le había trabajado algunas semanas, iba a matarlo por el delito de pedirle el pago de su trabajo.

Práxedis trabajó en los cortes de madera de Texas, en las minas de carbón, en las secciones de ferrocarril, en los muelles de los puertos. Verdadero proletario libertario, tenía aptitud especial para ejecutar toda clase de trabajos manuales. Así fue como se templó ese grande corazón: en el infortunio. Nació en rica cuna y pudo haber muerto en rico lecho; pero no era de esos hombres que pueden llevarse tranquilamente a la boca un pedazo de pan, cuando su vecino está en ayunas.

Práxedis fue, pues, un proletario, y por sus ideales y sus hechos, un anarquista. Por dondequiera que anduvo, predicó el respeto y el apoyo mutuo como la base más fuerte en que debe descansar la estructura social del porvenir. Habló a los trabajadores del derecho que asiste a toda criatura humana a vivir, y vivir significa tener casa y alimentación aseguradas y gozar, además, de todas las ventajas que ofrece la civilización moderna, ya que esta civilización no es otra cosa que el conjunto de los esfuerzos de miles de generaciones de trabajadores, de sabios, de artistas, y, por lo tanto, nadie tiene derecho de apropiarse para sí solo esas ventajas, dejando a los demás en la miseria y en el desamparo.

Práxedis fue muy bien conocido por los trabajadores mexicanos que residían en los Estados del sur de esta nación, y la noticia de su muerte causó gran consternación en los humildes hogares de nuestros hermanos de infortunio y de miseria. Cada uno tenía un recuerdo del mártir. Las mujeres se acordaban de cómo el apóstol de las ideas modernas blandía el hacha para ayudarlas a partir leña con qué cocer los pobres alimentos, después de haber permanecido encerrado todo el día en el fondo de la mina, o de haber sufrido por doce horas los rayos del sol trabajando en el camino de hierro, o de haberse deslomado derribando árboles en las márgenes del Mississippi. Y las familias, congregadas en la noche, oían la amable y sabia plática de este hombre singular que nunca andaba solo; en su modesta mochila cargaba libros, folletos y periódicos revolucionarios, que leía a los humildes.

De todo esto se acordaban los trabajadores y sus familias cuando se supo que Práxedis G. Guerrero había muerto. Ya no se hospedaría más en aquellos honestos hogares el amigo, el hermano y el maestro...

¿Y qué habrá ganado el hijo del pueblo, que por sostener el sistema capitalista tronchó la fecunda vida del mártir?

¡Ah, soldados que militáis en las filas del Gobierno: cada vez que vuestro rifle mata a un revolucionario, echáis otro eslabón a vuestra cadena! Volved a la razón, soldados de la Autoridad; sois pobres, vuestras familias son pobres, ¿por qué matáis a los que todo lo sacrifican por ver a toda criatura humana libre y contenta?

Volved, soldados, las bocas de vuestros fusiles contra vuestros jefes y pasaos a las filas de los rebeldes de la Bandera Roja, que luchan al grito de ¡Tierra y Libertad! No matéis más a los mejores de vuestros hermanos.

Y vosotros, trabajadores, pensad en la ejemplar vida de Práxedis G. Guerrero. Ved su rostro: es una blusa de peón la que tiene encima, y, la actitud en que está, es la misma en que se le veía cuando al frente tenía unas hojas de papel en que vaciar generosamente sus exquisitos pensamientos.

Práxedis G. Guerrero, el primer anarquista mexicano que regó con su sangre el virgen suelo de México, y el grito de ¡Tierra y Libertad! que lanzó en el obscuro pueblo del Estado de Chihuahua, es ahora el grito que se escucha de uno a otro confín de la hermosa tierra de los aztecas.

Hermano: tu sacrificio no fue estéril. Al caer al suelo las gotas de tu sangre, surgieron de ella héroes mil que seguirán tu obra hasta su fin: la libertad económica, política y social del pueblo mexicano.

Ricardo Flores Magón
De Regeneración, 30 de diciembre de 1911.

Cronología de Práxedis G. Guerrero

1882. El 28 de agosto, en el seno de una familia acomodada, nace, en Los Altos de Ibarra, cerca de León, Guanajuato, José Práxedis Gilberto, sexto hijo de José de la Luz Guerrero y de Fructuosa Hurtado.

1889. Ingresa a la escuela del señor Jesús Lira, en León, en la que conoce a Francisco Manrique.

1894. Termina su instrucción primaria en la escuela de Francisco Hernández, en León.

1896-1898. Lleva a cabo los estudios secundarios en el internado del profesor Pedro Hernández, uno de los principales colegios de León.

1899. Envía a los periódicos El Heraldo del Comercio, de León, y a El Despertador, de San Felipe, sus primeros artículos sobre cuestiones de interés general.

1900. Al principiar el año se marcha con uno de sus hermanos a San Luis Potosí, donde se quedan varios meses trabajando como obreros en la Cervecería de San Luis y luego en la Fundición de Morales. Regresa a la hacienda familiar y, dos meses después, va a León para atender los asuntos mercantiles de su familia. Ahí trabaja también como agente de seguros de La Mexicana.

1901. Realiza una serie de viajes comerciales —la mayoría de las veces a Puebla, México y Laredo— llevando carros de ferrocarril con loza fabricada en la hacienda familiar. En mayo solicita ser corresponsal del Diario del hogar. Cargo que le fue concedido en julio por Filomeno Mata, director de ese periódico.

Después de solicitar su ingreso a la Segunda reserva del ejército —organizada por el aquel entonces ministro de la guerra, Bernardo Reyes— es nombrado en noviembre subteniente de Caballería.

1903. Empieza a leer los periódicos de oposición (El Demófilo, de San Luis Potosí, El hijo del ahuizote, de México, etc.) así como a varios autores anarquistas (Bakunin, Kropotkin, etc.). En abril, a raíz de los sucesos del día 2 en Monterrey[1] renuncia a su cargo en la reserva.

1904. No podemos precisar la fecha exacta de su regreso a Los Altos de Ibarra, que pudo ocurrir entre 1901 y 1904; sin embargo sabemos que en este año se encuentra en la hacienda familiar dirigiendo las faenas agrícolas, trabajo que ejerce hasta septiembre, ya que el 22 sale de Los Altos de Ibarra para León con Francisco Manrique y Manuel Vásquez, encaminándose luego a los Estados Unidos.

El 25 de septiembre llega a El Paso para después ir hacia el Estado de Colorado en donde, a principios de octubre, empieza, junto con Francisco Manrique, a trabajar en The Colorado Supply Co., una compañía minera de Denver.

1905. A principios de año, cesan su labor en Denver y emprenden un viaje rumbo a San Francisco, Cal. Pero por falta de dinero se ven obligados a detenerse en El Dorado, en donde encuentran trabajo como leñadores, logrando de esta manera reunir los fondos necesarios para llegar a su destino.

A mediados de febrero arriban a San Francisco, siendo ahí donde publica Alba Roja, periódico por el cual, probablemente, los miembros de la futura Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano tuvieron conocimiento de la existencia de Práxedis.

Realizan el trabajo de estibadores en los muelles del puerto hasta fines de septiembre. Recordemos que el 28 de septiembre se constituye la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano en St. Louis Mo., compuesta por Juan y Manuel Sarabia, Ricardo y Enrique Flores Magón, Antonio I. Villarreal, Librado Rivera y Rosalío Bustamante. Después se dirigen hacia Arizona para buscar empleo en las minas de carbón del pueblo. Al no encontrar trabajo parten a Morenci, en donde, en el transcurso del mes de octubre, consiguen laborar en los talleres de la fundición de Detroit Cooper Mining Co. En esa compañia Práxedis permanece cerca de dos años.

1906. En mayo, Manuel Sarabia lo visita. Es el primer contacto que se establece entre Práxedis y la Junta, cuyo resultado fue la unión de Práxedis a esta.[2]

El 3 de junio constituye, junto con Francisco Manrique y Manuel Vázquez, una organización llamada Obreros Libres, entre los mexicanos que laboran en las minas de Morenci, con el objeto de propagar los principios de la Junta.[3]

El 27 de junio, envía el acta constitutiva de la organización a la Junta así como una cantidad de dinero para los gastos de propaganda.

El 1° de julio, la Junta expide su Manifiesto.

1907. En junio, se traslada a Douglas, donde trabaja en la compañía minera Cooper Queen. Se reúne con Manuel Sarabia. Colabora en el periódico Revolución, fundado el 1° de junio en Los Ángeles, Cal., por A. I. Villarreal, L. Rivera y L. Gutiérrez de Lara.

El 29 de junio es nombrado Delegado especial de la Junta.

El 23 de agosto, R. Flores Magón, A. I. Villarreal y L. Rivera son arrestados en Los Ángeles, Cal., por lo que Gutiérrez de Lara se encarga de Revolución, pero solo hasta el 27 de septiembre, ya que los agentes del servicio secreto lo arrestan y encarcelan. Inmediatamente después llega Práxedis a Los Ángeles, Cal. y se hace cargo, junto con Manuel Sarabia, de Revolución que, durante esa época, por sus brillantes artículos, fue llamado el puente entre la vida autoritaria y la vida libertaria.

El 7 de octubre, procedente de Nueva York, llega Enrique Flores Magón a Los Ángeles, Cal., encargándose de los trabajos secretos interrumpidos por el arresto de R. Flores Magón, A. I. Villarreal y L. Rivera, y colaborando también en Revolución.

El 9 de noviembre, Práxedis conoce en la cárcel de Los Ángeles, CaL, a los tres detenidos.

A principios de diciembre es nombrado Segundo secretario de la Junta.

1908. A principio de año, debido al arresto de Manuel Sarabia, deja de aparecer Revolución.

El 18 de abril, muere el padre de Práxedis.

A finales de abril, Práxedis y Enrique Flores Magón reanudan la edición de Revolución, gracias a la ayuda de Modesto Díaz.

A finales de mayo, Revolución queda definitivamente clausurado, ya que los agentes del servicio secreto, habiendo encontrado la dirección del taller en donde se imprimía, destruyeron prensas, muebles, etc., y encarcelaron a los tres impresores bajo el cargo de libelo criminal. Modesto Díaz muere en la cárcel, Práxedis y Enrique obtienen su libertad por la intervención de Arizmendez y UIibarri.

(Notemos que, para mediados de ese año, la Junta había logrado establecer una ramificación de grupos revolucionarios en México, dividida en seis zonas con 64 centros armados, sin contar el Estado de Chihuahua, la región Lagunera, a los Yaquis y a los Tarahumaras).

Inmediatamente después de la clausura de Revolución, Práxedis marcha a El Paso, Texas, con Francisco Manrique, para ponerse en contacto con los grupos de la frontera, reunir dinero y toda clase de armamentos, transmitir instrucciones de la Junta a los contingentes que iban a levantarse en el Estado de Coahuila y para ponerse al frente de un grupo en una población de Chihuahua. Práxedis fija la fecha del levantamiento general de los grupos para la noche del 24 al 25 de junio, fecha que da a conocer por carta a Ricardo y a Enrique. Envía varios delegados a México, entre ellos a Francisco Manrique.

El 24 de junio, al ser descubierto este movimiento por la dictadura, son capturados en toda la República grandes cantidades de parque y armamento, cayendo prisioneros varios centenares de revolucionarios.

Sin embargo, pudieron estallar levantamientos en Viesca, Las Vacas (Coahuila) y Palomas (Chihuahua).

En la noche del 24 al 25 estalla el levantamiento de Viesca, con éxito, ya que toman la población y proclaman el programa del Partido Liberal Mexicano, pero luego un fuerte destacamento de federales se abalanzó sobre el pueblo y los obligó a retirarse, capturando a muchos, posteriormente trasladados a San Juan de Ulúa.

Junto con Enrique, Práxedis organiza una nueva expedición por el norte de México.

El 29 de junio, salen de El Paso a Ciudad Juárez, en donde se reúnen con ocho compañeros entre los cuales está Francisco Manrique.

A la una de la mañana del día 30 llegan a Palomas, situada a 100 kms al oeste de Ciudad Juárez.

Se inicia el combate en el que Francisco Manrique muere, Práxedis y otros tres compañeros son heridos. Nueva derrota.

Práxedis y Enrique se retiran de Palomas dirigiéndose a Ciudad Guzmán, en donde se quedan varios días, marchándose luego a Ciudad Juárez y de ahí a El Paso con el fin de llegar a Alburquerque, Nuevo México, donde Práxedis pudo curar sus heridas.

Después se dirigen a San Francisco, en donde Enrique se queda trabajando como mecánico mientras Práxedis se marcha a Douglas, Arizona, encontrándose con Jesús María Rangel, a quien comunica que el próximo levantamiento armado deberá tener lugar el 15 de septiembre de 1908, fecha que la Junta aplaza hasta 1909 por considerar que faltan elementos suficientes. A consecuencia de esto, Rangel es encargado de ir a Oklahoma para recoger fondos, armamentos y municiones de los obreros mexicanos que trabajan en las minas.

Después de su estancia en Douglas, Práxedis se dirige a El Paso, Tex., para reorganizar a los grupos revolucionarios.

1909. En enero Práxedis y Rangel se reúnen en El Paso.

A principios de año, la Junta decide que Práxedis, como delegado, haga un recorrido por los Estados del centro y del sur de la República con el fin de lograr que los grupos liberales entrasen a luchar en el mismo año conjuntamente con los que se preparaban en Texas. Este recorrido lo realiza en la última semana de febrero.

De regreso a los Estados Unidos hace gestiones para obtener el apoyo del Partido Socialista, efectuando una gira por los Estados de Kansas, Illinois y Missouri. Entre algunos líderes socialistas obtiene el apoyo de Haldeman Julius y Eugenio Debs.

Al terminar esa gira, se dirige a San Antonio reuniéndose con Andrea ViÍllarreal (hermana de Antonio) y con Jesús María Rangel, que le informa acerca de los grupos organizados en Texas, quienes solo están esperando instrucciones para entrar en la lucha. El día siguiente, Rangel es arrestado con Tomas Sarabia. Son sentenciados a dos años de cárcel por haber violado las leyes de neutralidad. Práxedis llega al sur de Texas, en donde trabaja en unos aserraderos con el fin de publicar un periódico, ya que Revolución había dejado de aparecer. Logra ese fin publicando el 8 de agosto el periódico Punto Rojo, el cual llegó a tener un tiraje de 10,000 ejemplares semanales.

Algunos meses después de la aparición de Punto Rojo, teniendo que huir de las persecuciones, encarga la impresión del periódico en El Paso, a William Lowe, Clemente García y Antonio Velarde.

Recorre distintos lugares de la costa de Texas hasta llegar a...

1910. ... Houston a principios de año.

En mayo huye de Houston y se refugia en Bridgeport, Texas. Allí trabaja en unas minas de carbón. Colabora en Evolución social, semanario liberal editado en Tohay.

A mediados de abril, la dictadura ofrece una recompensa de 10,000 dólares por su captura.

A finales de mayo, Punto Rojo es suprimido al descubrir la policía el lugar en donde se imprime.

A fines de junio, abandona Bridgeport por nuevas persecuciones.

Llega a Derby, luego a San Antonio, en donde trabaja en los talleres del ferrocarril.

En aquella época germina en él la idea de organizar la Liga Panamericana del Trabajo o Liga Internacional del Trabajo.

El 3 de agosto Ricardo Flores Magán, Antonio I. Villarreal y Librado Rivera salen de la cárcel.

Al ser perseguido en el Estado de Texas a fines de agosto, Práxedis abandona San Antonio y se dirige a Los Ángeles, Cal., reuniéndose con Ricardo, Antonio y Librado.

El 3 de septiembre Regeneración reaparece. Práxedis publica en él artÍculos de suma importancia.

A finales de noviembre, Práxedis abandona Los Ángeles, Cal. y se dirige a El Paso en donde organiza un grupo de 22 rebeldes, entre los cuales se encuentra Lázaro Gutiérrez de Lara.

El 19 de diciembre llegan por la noche al Estado de Chihuahua.

El plan ideado por Práxedis era capturar Ascensión, San Pedro, Janos, Corralitos, Casas Grandes, Terrazas, San Diego, San Buenaventura, San Lorenzo, y otras ciudades más para luego marchar sobre la ciudad de Chihuahua. Entran a Sapeyó, estación ferroviaria del noroeste de la República, a 39 kms. al sur de Ciudad Juárez.

El 23 de diciembre, expropian un tren. Con él llegan a la estación Guzmán, donde pasan la noche.

El 24, en la madrugada, se marchan a El Sabinal para recoger a 25 rebeldes que estaban esperándolos. Ahí se quedan todo el día discutiendo el plan de ataque a Casas Grandes.

El 25 regresan a Ciudad Guzmán, donde se dividen en dos grupos: uno de 32 rebeldes, dirigido por Práxedis y el otro de 9 rebeldes, dirigido por Prisciliano Silva. Este último se dirigió a la Laguna de Santa María.

El 27, el grupo de Práxedis marcha en dirección a Casas Grandes para tomarla, pero deciden abandonar este proyecto ya que esta ciudad tiene una guarnición de más de 450 hombres.

El 29 llegan a Janos. En la noche empieza el combate. Después de dos horas de lucha, el grupo revolucionario sale victorioso, haciendo prisioneros al presidente municipal y al teniente de rurales. Pero poco tiempo después llegan refuerzos de Casas Grandes. Se inicia un nuevo combate en el que muere Práxedis y once revolucionarios más. No obstante, este combate acaba en la victoria del grupo revolucionario sobre las tropas federales, a pesar de la diferencia numérica existente entre los dos bandos.

1935. En noviembre, son transportados los supuestos restos de Práxedis a la capital de Chihuahua, con una pomposa ceremonia. Fue decretado Benemérito del Estado de Chihuahua... a pesar suyo.

Práxedis G. Guerrero y la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano

A. Primer contacto a través de la Junta Auxiliar Obreros Libres

Constitución de la Junta Auxiliar Obreros Libres

Los suscritos reunidos en el salón de la Fraterlanza Italiana, declaramos solemnemente instalada una Junta Auxiliar denominada Obreros Libres que se adhiere a la Junta organizadora del Partido Liberal Mexicano para trabajar por la regeneración de la patria.

Protestamos luchar enérgicamente por los derechos del pueblo mexicano actualmente infamado y vergonzosamente escarnecido por la tiranía de la dictadura. La reforma social y la reforma política de México son los ideales por los que estamos y estaremos siempre dispuestos a sacrificar nuestras energías todas.

La causa del pueblo es la nuestra.

Reforma, Libertad y Justicia, Ariz., 3 de junio de 1906.

  • Práxedis G. Guerrero, presidente;

  • Manuel S. Vázquez, secretario;

  • Agustín Pacheco, tesorero;

  • Francisco Manrique, primer vocal;

  • Filiberto Vázquez, segundo vocal;

  • Abraham Rico, tercer vocal;

  • Telésforo Viguerilla, cuarto vocal;

  • Félix Rubalcaba y,

  • Cenobio Orozco.

Carta de Ricardo Flores Magón a Praxedis G. Guerrero[4]

St. Louis, Mo.[5] julio 14 de 1906.

Sr. Práxedis G. Guerrero.

Morenci, Arizona.

Estimado correligionario:

Tengo el gusto de referirme a su grata de fecha 17 del pasado con la que recibimos el Acta de Instalación de la Junta Auxiliar Obreros Libres. Adjunto se servirá Ud. encontrar la comunicación de la Junta.

Recibí y entregué a la Tesorería la suma de $22.00 que fue recogida en la segunda sesión de esa Junta del modo siguiente: Sr. Agustín Pacheco, $ 2.00; Sr. Filiberto Vázquez, $ 2.00; Sr. Francisco Manrique, $ 5.00; Sr. Félix Rubalcaba, $ 2.00; Sr. Telésforo Viguerilla, $ 2.00; Sr Manuel S. Vázquez, $ 5.00; Sr. Práxedis G. Guerrero, $ 2.00; Sr. Abraham Rico, $ 2.00.

Remitimos a Ud. cupones y la suscripción de Regeneración.[6]

Mucho gusto tenemos de que se hayan resuelto Uds. a agruparse para trabajar en beneficio de la causa común, y es de desear que los entusiasmos que los animan no se resfríen.

Lo urgente en estos momentos es activar la unión, formar el Partido fuerte que tenga que derrocar al despotismo reinante en la patria, y hacer efectivo el Programa del Partido Liberal.

La unión se hace más fuerte cada día tanta en la República mexicana como en la región suriana de los E. U. donde residen millares de compatriotas, y no hay más que contarnos, saber cuántos somos para poder calcular la fuerza del Partido, y una vez fuertes, reclamar con la energía necesaria lo que se nos niega a los mexicanos: la libertad y el bienestar.

Así, pues, no hay que ahorrar esfuerzo alguno para que nuevos adeptos ingresen al Partido.

Es bueno, por lo demás, que nos pongamos de acuerdo sobre el medio que hemos de emplear para imponer el Programa del Partido Liberal. Consideramos que no debemos dejar que el programa quede solamente escrito, sino que hay que luchar por todos los medios hasta conseguir su triunfo. Sobre el asunto es bueno que discutan Uds. y participen a la Junta el resultado de su deliberación que será tomado en cuenta.

En espera de sus apreciables letras, quedo de Ud. Afmo. Atto. Amigo y correligionario.

Ricardo Flores Magón

Comunicación de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano acerca de las actas de instalación de la Junta Auxiliar Obreros Libres

Con entusiasmo acogió esta Junta el acta de instalación de la Junta Auxiliar Obreros Libres y hace votos por que todos y cada uno de los miembros de esa nueva agrupación, perseveren en sus propósitos de luchar enérgicamente por los derechos del pueblo mexicano.

Los ideales no pueden ser más nobles: reforma social y reforma política y bien merecen cualquier sacrificio por sostenerlos y hacerlos triunfar, como es indudable que triunfarán a pesar de los obstáculos de un gobierno traidor, de una plutocracia corrompida y de una clerecía hipócrita.

La Junta da a ustedes la bienvenida. Son una unidad más que viene a robustecer al ayer agonizante y casi muerto Partido Liberal.

Correligionarios: No desmayéis. Tal vez la gloria tenga ya preparado el laurel que ha de ceñir a vuestras frentes de luchadores. ¡Adelante!

Reforma, Libertad y Justicia.

St. Louis, Mo., Julio 14 de 1906.

Presidente, Ricardo Flores Magón.
Secretario, Antonio I. Villarreal.

B. Correspondencia de Práxedis G. Guerrero con Ricardo Flores Magón y Manuel Sarabia

Carta de Ricardo Flores Magón a Práxedis G. Guerrero

St. Louis, Mo., septiembre 6 de 1906.

Sr. Práxedis G. Guerrero.

Morenci, Ariz.

Estimado correligionario:

Confiado en la sincera amistad que nos une y, sobre todo, en su alto patriotismo y discreción, me he permitido indicar a varios de nuestros correligionarios que residen en la República mexicana que me escriban por conducto de usted.

Esta medida tiene la ventaja para la causa, de que no viniendo las cartas desde México directamente para mí, se salvaran de la violación que ha ordenado el déspota de la correspondencia dirigida a nosotros.

Es posible que reciba Ud. giros y otros valores. Ruégole los cobre y me envié en Money Order de correo el importe, descontando el valor de todos los gastos que haga Ud. para enviarme las correspondencias o fondos que se me dirijan por su apreciable conducto.

Espero que perdonará Ud. esta molestia y le suplico que guarde absoluta reserva sobre el asunto, no porque corra Ud. algún peligro que ninguno hay para Ud., sino porque es conveniente que no se llegue a saber que algunos correligionarios me escriben por su conducto. Asimismo le suplico que si cambia de dirección, se sirva comunicarlo a la mayor brevedad posible para dar a los correligionarios su nueva dirección y no dudo que preocupará de alguna manera seguir recogiendo lo que le llegue a su antiguo domicilio, para que no vaya a perderse alguna correspondencia de interés.

Le ruego me escriba inmediatamente para saber si esta llegó a poder de Ud. y dar con confianza su dirección a algunos de nuestros correligionarios.

Sírvase escribirme directamente a 2645 Lafayette Ave., St. Louis, Mo. Su amigo y correligionario que lo aprecia y distingue.

Ricardo Flores Magón

Carta de Ricardo Flores Magón a Práxedis G. Guerrero del 21 de septiembre de 1906

Estimado correligionario:

Le adjunto unos nombramientos y en sobre separado le mando más hasta completar 18 que fue el número de cupones que mandó Ud.

Sírvase felicitar a nombre de la Junta a cada nuevo luchador que, unido a nosotros, ha del ayudar a la reconquista de las libertades patrias. Nos complace en verdad ver el empeño que toman por la causa. La patria, ya libre de sus odiosos tiranos, sabrá premiar los esfuerzos que hicieron sus hijos por libertarla.

Recibimos el giro de express que se sirvió mandar. Hemos anotado todas las cuotas debidamente.

El número 14 de Regeneración no lo hemos podido sacar por estar escasos de recursos. Para poder burlar las últimas persecuciones de la dictadura, tuvimos que gastar todo lo que teníamos. Pero con la ayuda de nuestros correligionarios muy pronto lo publicaremos.

Si alguno de los miembros de esa H. Corporación no conoce el Programa del Partido Liberal, tenga la bondad de decírnoslo para mandarle algunos ejemplares.

Conviene seguir trabajando con mucho ardor, ya que la hora de la justicia nacional se aproxima rápidamente, pero con mucho sigilo, querido amigo, que los espías del gobierno mexicano no se enteren para que no entorpezcan nuestros trabajos.

Reciba saludos de mis compañeros y míos. Quedo de Ud. Afmo. Amigo y correligionario.

Ricardo Flores Magón

Cartas de Ricardo Flores Magón a Práxedis G. Guerrero y a Enrique Flores Magón del 13, 15 y 17 de junio de 1908

Esta carta la escribo hoy, trece de junio de mil novecientos ocho, queridos hermanos Práxedis y Enrique, para comunicarles un asunto que, a mi modo de ver, es de capital importancia. La idea que paso a mostrar a ustedes se la expuse ya a nuestro compañero Librado, quien está de acuerdo con ella. Vamos al grano.

Ustedes saben tan bien como yo que ninguna revolución logra hacer prevalecer después del triunfo y hacer prácticos los ideales que la inflamaron y esto sucede porque se confía que el nuevo gobierno hará lo que debió hacer el pueblo durante la revolución.

Siempre ha sucedido lo mismo. En todas partes se enarbola una bandera con reformas más o menos importantes; se agrupan alrededor de ella los humildes; se lucha; se derrama más o menos abundantemente la sangre, y, si triunfa la revolución, se reúne un Congreso encargado de reducir a leyes los ideales que hicieron al pueblo tomar las armas y batirse. Al Congreso van individuos de toda clase de ideales, avanzados unos, retrógrados otros, moderados otros más, y en la lucha de todas esas tendencias las aspiraciones de la revolución se marchitan, se desvirtúan y después de largos meses, cuando no después de largos años, se vienen aprobando leyes que ni siquiera se adivinan los ideales por los cuales dio su sangre el desdichado pueblo. Pero supongamos que por un milagro se dicten leyes en las que brillen con toda su pureza los ideales de la revolución, cosa que nunca se ha visto ciertamente, porque muy pocos diputados tienen los mismos ideales que del pueblo que empuñó las armas; supongamos que el milagro se realiza y que en el caso especial de nuestra lucha, el Congreso ordena el reparto de las tierras, la jornada de ocho horas y el salario no menor de un peso ¿podremos esperar que los terratenientes se cruzarán de brazos para dejar escapar lo que los hace poderosos y les permite vivir en la holganza? Los dueños de toda clase de empresas donde se emplean brazos ¿no cerrarán sus negociaciones o, al menos, no disminuirán el número de obreros que emplean, para obligar al gobierno a revocar la ley con la amenaza del hambre del pueblo, fingiendo que les es materialmente imposible pagar más por menos horas de trabajo?

Agotados los recursos para la revolución, el pueblo se encontrará en una condición más difícil que aquella por la cual se vio obligado a rebelarse. El pueblo, sin pan, escucharía la palabra de los burgueses que dirían que se les había engañado y lo acaudillarían pardo derrocar al nuevo gobierno, con lo que se salvarían de perder sus tierras unos y de hacer concesiones a los trabajadores otros.

Los ricos se rebelarán cuando se trate de hacer práctico el programa del partido liberal, en caso de que, por un verdadero y único milagro en la historia de las revoluciones de los pueblos, se hubieran conservado intactos los ideales de la revolución después de su triunfo.

Como anarquistas sabemos bien todo esto. Sabemos bien lo que hay que esperar del mejor gobierno que pueda pesar sobre cualquier pueblo, y, como anarquistas, debemos poner todo lo que esté a nuestro alcance para que la revolución que está en vísperas de estallar dé al pueblo todos los beneficios que sea posible conquistar.

Para alcanzar grandes beneficios para el pueblo, beneficios efectivos, hay que obrar como anarquistas fácilmente aplastados aun por los mismos que nos tienen por jefes. Todo se reduce a mera cuestión de táctica. Si desde un principio nos hubiéramos llamado anarquistas, nadie, a no ser unos cuantos, nos habría escuchado. Sin llamarnos anarquistas hemos ido prendiendo en los cerebros ideas de odio contra la clase poseedora y contra la casta gubernamental. Ningún partido liberal en el mundo tiene las tendencias anticapitalistas del que está próximo a revolucionar en México, y eso se ha conseguido sin decir que somos anarquistas, y no lo habríamos logrado ni aunque nos hubiéramos titulado no ya anarquistas como somos, sino simplemente socialistas. Todo es, pues, cuestión de táctica.

Debemos dar las tierras al pueblo en el curso de la revolución; de ese modo no se engañara después a los pobres. No hay un solo gobierno que pueda beneficiar al pueblo contra los intereses de la burguesía. Esto lo saben bien ustedes como anarquistas y, por lo mismo, no tengo necesidad de demostrarlo con razonamientos o con ejemplos. Debemos también dar posesión al pueblo de las fábricas, las minas, etc. Para no echamos encima a la nación entera, debemos seguir la misma táctica que hemos ensayado con tanto éxito: nos seguimos llamando liberales en el curso de la revolución, pero en realidad iremos propagando la anarquía y ejecutando actos anárquicos. Iremos despojando a los burgueses y restituyendo al pueblo. He aquí el medio que se me ocurre y que someto a la atención de ustedes: En virtud de la revolución las fábricas, las haciendas, las minas, los talleres, etc., van a cerrar sus puertas, no porque los trabajadores tomen las armas, pues no todos las tomarán, sino por otras razones entre las cuales pueden contarse la paralización o amortizamiento de las transacciones comerciales debido a la inseguridad que hay para los intereses en tiempos en que el respeto a la autoridad está relajado, y la orden en todos los lugares dominados por la revolución de que no se pague a los trabajadores menos de un peso por la jornada establecida de ocho horas. La consecuencia de ese proceder de la burguesía será el hambre, porque agotadas las existencias no se da paso a producir más.

Nosotros no debemos esperar a que llegue el hambre, por lo mismo, tan pronto como una hacienda paralice sus trabajos, una fábrica cierre sus puertas, una mina deje de extraer metal, etc., invocaremos la utilidad pública de que no cese el trabajo cualquiera que haya sido el pretexto de los amos para suspenderlo, y con la razón de que es preciso reanudar los trabajos, para impedir el pauperismo, daremos a los trabajadores las negociaciones que hayan cerrado los burgueses, para que ellos las sigan explotando bajo un pie de igualdad.

Para evitar que los trabajadores así beneficiados pretendan hacerse burgueses a su vez, se prescribirá que todo el que entre a trabajar a esas negociaciones tendrá derecho a participar una parte igual a la de los demás. Los trabajadores mismos administrarán esas negociaciones.

Si se trata de haciendas sería injusto dar todo el terreno a los trabajadores de las mismas porque entonces muchos se quedarían sin nada. Se daría a los trabajadores de haciendas lo que actualmente trabajan en ellas, reservándose lo que se utiliza para los demás pobres. Como los trabajadores de las haciendas seguirán trabajándolas conforme a este plan, los que quieran tierras de las que no se utilizan actualmente, al ver las excelencias del trabajo en común practicado por los peones redimidos en lugar de trabajar la tierra individualmente querrán trabajar en común también ellos y así no habrá necesidad de fraccionar la tierra en parcelas, con lo que se ahorrará a la Junta el odioso trabajo de dar a cada quien que lo solicite un pedazo de tierra.

Aunque queden las negociaciones en manos de los trabajadores, se prohibirá su enajenación como en el programa se prescribe para las tierras. De este modo se reanudará el trabajo en medio de la revolución y se habrá hecho obra anarquista invocando la necesidad de que no cese la producción para evitar el hambre de las masas.

Hay que tener en cuenta que no contando los trabajadores con moneda para pagarse un diario con qué comprar lo que necesiten para vivir, es preciso que ellos mismos establezcan una comisión de estadística que llevará un registro de los recursos con que cuenta cada región dominada por la revolución, así como de las necesidades de los habitantes laboriosos de las mismas regiones.

Teniendo ese registro los trabajadores se cambiaran mutuamente sus productos y habrá tal exceso de producción, que podrán fácilmente sin sacrificio mantener a los soldados de la revolución.

Además se aconsejará a los trabajadores que estén armados ellos mismos para defender lo que la revolución les ha dado de las embestidas que den los soldados de la tiranía, y la probable acometida que nos den los gringos o algunas naciones.[7]

Al principio no molestaremos a los burgueses extranjeros, sino hasta que el pueblo casi todo tenga algo material que defender y algo para hacerse respetar. Cuando los parias tengan algo que defender veremos que no habrá uno que deje de empuñar el fusil.

Se presentarán problemas nuevos pero no creo que sean de difícil solución estando los mismos trabajadores interesados en el asunto. Vendrán, además, muchos anarquistas españoles e italianos al ver lo que está ocurriendo, y ellos ayudarán muy bien. Me parece que sería muy bueno que uno de nosotros fuera a dar una vuelta durante la revolución para animar a aquellos compañeros a darnos una buena ayuda viniéndose a agitar las masas y a dirigirlas en todo lo que se necesite. Yo creo que vendrían muchísimos y hasta se les podría costear el viaje derramándose después por todo el país una nube de compañeros.[8]

Obrando como propongo, si no se vence al menos habrá quedado una gran enseñanza.

Ya estoy cansado. Escribo en posición tan forzada que me duele el pecho, del que, entre paréntesis, estoy ya muy enfermo. No ceso de toser, me duele la espalda y me siento mal, muy mal. Lo que me sostiene es que no me abato. El frío que continuamente hay en esta cárcel me está agravando. Pesaba yo doscientas diez y ocho libras y hoy solo peso ciento sesenta y ocho. La cárcel es de hierro; nunca recibe un rayo de sol; el viento frío sopla de día y de noche, y delicado como he sido siempre de los pulmones, siento que no resistiré otro invierno en esta cárcel en donde no hay calentadores para los presos. Tengo un catarro muy fuerte que desde que nos metieron a la cárcel no se me quita. Se me calma dos o tres días pero para atacarme con más fuerza. En este momento estoy acalenturado. La fortuna es que no me abato y así yo mismo me doy fuerza. Pero volvamos al asunto que motiva esta carta.

Creo que es necesario que vengan muchos anarquistas para que aleccionen al pueblo. Además, es bueno hacer reimprimir folletos y libros anarquistas para que sean repartidos por millones.

De ese trabajo pueden encargarse amigos de confianza.

No debemos mandar representantes cerca de los gobiernos extranjeros, porque entonces entraríamos en un mar de compromisos que quitarían a la revolución su carácter especialísimo. Deberemos cultivar relaciones internacionales, pero no con los gobiernos sino con las organizaciones obreras de todo el mundo ya sean simplemente trade-unionistas, socialistas o anarquistas.

No se me ocurre algo más por lo pronto. Librado los saluda cariñosamente. Reciban un fuerte abrazo de su hermano Ricardo que mucho los quiere.

* * *

Continúo hablando del mismo hoy, quince de junio, queridos hermanos.

Va a haber burgueses muy ladinos que al ver lo que pasa a sus compañeros, no cerrarán sus negociaciones y entonces no habrá pretexto inmediato para arrebatarles la propiedad. En este caso que va a ser tal vez el más frecuente, se agitará a los obreros de esas negociaciones para que pidan imposibles de manera que los patrones se vean forzados a cerrar. Entonces los obreros tomarán posesión de la negociación.

Sé que de escoger dos caminos el que deba mejor seguirse para las expropiaciones la Junta puede decretarlas, o bien los obreros pueden consumarlas, y en este caso, que me parece el mejor, porque disfraza muy bien el carácter anarquista de la Junta, no tenemos más que aprobar hechos consumados. Para seguir esta última táctica hay necesidad de hacer una gran agitación entre los obreros, repartirles folletos, libros, meter entre ellos agitadores anarquistas. Todo esto se puede hacer muy bien (me refiero a la agitación) y creo que, lo que se haga por los obreros mismos, será más sólido de lo que se haga por decretos de la Junta. La cuestión es traerse, una vez comenzada y formalizada la revolución, un gran número de compañeros de Europa a fomentar en México la publicación de muchos periódicos anarquistas. Como tendremos dinero, todo eso se podrá hacer fácilmente. Solo los anarquistas van a saber que somos anarquistas, y les aconsejaremos que no nos llamen anarquistas para no atemorizar a tanto imbécil que en el fondo de la conciencia abriga ideales como los nuestros, pero que sin saber que son ideales anarquistas, pues están acostumbrados a oír hablar de los anarquistas en términos desfavorables. Más bien que imbéciles son ignorantes. No hay que ser injustos.

Lo que se haga por los obreros mismos tendrá que ser más sólido, por ser el resultado de un esfuerzo consciente. Así, pues, creo que ésa será la mejor táctica; agitar a los obreros induciéndolos a que expropien. La Junta ante los hechos consumados tendrá que aprobar. Así seguiremos dando el timo de liberalismo en beneficio de nuestros bellos ideales.

Me parece que no tengo más que agregar.

Si Librado o yo tenemos hoy visita extraordinaria tal vez podremos echar fuera esta carta y mi anterior adjunta.

* * *

Hoy es diez y siete de junio y me refiero, querido hermanito, a la tuya de ayer. Quedamos enterados de que saldrán el próximo sábado y, hermanito, deseamos que no te ocurra nada desagradable en el viaje. A Paulina o a Rómulo como lo indicas ocurriré cuando se trate o llegase aquí algo en secreto, quedando entendido de que conocen la clave.

Ayer hablé con el compañero Gaitán, quien va a El Paso con Goliat para entrar a la lucha. La compañera de Gaitán sale mañana para El Paso y convenimos en que ella te llevaría como equipaje el bulto de manifiestos. La oportunidad es brillante. Si ya enviaste a Ulibarri todos los membretes, quedará listo el asunto. Manda decir desde luego a Gaitán, Ulibarri o Loya la dirección a que deba ir el bulto de manifiestos para que no haya tropiezo. Toma nota dirección Prisciliano y de la indicación de sí es a Paulita a quien debo por conducto del excelente Salvador mandar lo que para ustedes tenga para que ella le dé curso.

Ustedes con más acierto podrán resolver sobre lo que propone la formación de la primera zona de occidente, pero me parece que es muy poca la sierra para constituir una zona. Magnífica la noticia de la Unión del escuadrón Zaragoza con Díaz Guerra.

No caben rollitos más gruesos que los que se hacen con papel de fumar wheat straw. En ese papel me has de escribir: digo esto porque no me puede dar Salvador la carta que rompiste en cuatro. Tal vez en ella se diga sobre Díaz Quintas. Ya no es tiempo para ir a verlo, así es que no urge.

Yo también opino porque se publique Revolución, el nombre después de todo es lo de menos, pero por un romanticismo muy natural, me gustaría más que fuera Regeneración el periódico.

No tengo más que decir, querido hermanito, sino que me quedo desesperado porque también quisiera estar cerca del teatro de los próximos deseados sucesos.

Yo creo que ahora sí no podrá sofocar el viejo la revolución y que al fin el pueblo se hará justicia.

Ojalá que la sangre que se derrame sea fecunda en bienes para el proletario, y creo que lo será si nos proponemos mejor que obtener un triunfo fácil aliándonos a la burguesía obtener verdaderas libertades para el pueblo emancipándolo económicamente, paso a paso o salto a salto, como se pueda en el curso de la grandiosa revolución en cuyos umbrales nos hallamos.

Sueño con grandes, efectivas conquistas durante la revolución. No debemos titubear. Es muy posible que nuestra revolución rompa el equilibrio europeo y se decidan aquellos proletarios a hacer lo que nosotros. Tal vez si llevamos a cabo lo que propongo se nos echen encima las potencias de Europa, pero eso será el último acto de la farsa gubernamental, porque estoy seguro no nos dejarán perecer nuestros hermanos del otro lado del mar.

Si logramos tener éxito durante la revolución, esto es, si logramos ir despojando y restituyendo, no importa que se prolongue por años nuestro movimiento.

Debemos esforzamos porque la gran mayoría de jefes y oficiales revolucionarios sean más o menos hombres de nuestro modo de pensar y, al efecto, Gaitán, como Palomares, como otros más, Loya por ejemplo, para que esté la fuerza de nuestra parte, porque hay muchos, muchísimos, que no piensan sino en su engrandecimiento personal. Teniendo el mando los libertarios haremos una gran obra.

Para jefes de las zonas donde no hay ahora grupos, debemos nombrar libertarios.

Una fenomenal propaganda libertaria se impone. Procuremos encargarnos envíen folletos los periódicos anarquistas y reimprimirlos en México con dinero que se arranque a los burgueses. Todo ese trabajo lo pueden desempeñar amigos de confianza para que la Junta siga conservando aparentemente un papel de libre.

Siguiendo la táctica que a ustedes propongo en la adjunta carta no volveremos a tener una oportunidad mejor para trabajar por el ideal como en medio de la revolución.

Ya me despido.

Envía un fuerte abrazo a todos, y a ti, hermanito, mi grande fraternal cariño. Librado también los saluda. Saluda a todos.

Ricardo Flores Magón

Cartas de Práxedis G. Guerrero a Manuel Sarabia

Del 28 de mayo de 1910

Mi querido amigo:

Recibí su carta, pero no la había contestado porque lo creía burgués; su casamiento con una persona tenida por rica, así como su alejamiento, me hicieron pensar de tal modo. Hoy sé que tal cosa no es cierta, y que alejado y todo, usted procura combatir al enemigo común. Rompo pues mi silencio y hablo a usted con la franqueza ruda que acostumbro.

Sé que nos entenderemos no importa que diferencia de medios nos separen, nuestra situación geográfica es actualmente la causa de que a usted le parezca militamos en distintos campos. Estoy sobre un terreno distinto al de usted, eso es todo, aquí se impone el empleo de tácticas diferentes a las que utilizan los compañeros de Europa, hay que crear el elemento nuevo que hará tras de las reformas que hoy buscamos, la revolución social, hacia la cual van mis esfuerzos de hombre universal. Al contrario de Arquímedes, yo tengo el punto, me falta la palanca, que está en manos del enemigo: o la arrebato o me despedazan. Voy hacia la anarquía práctica, tratando de no cometer el error de muchos dogmáticos que se colocan fuera de la masa y quieren dar la efectividad del acero a un instrumento de blanda madera.

No creo que su regreso le favoreciera. Si alguna vez regresa Ud., que no sea para entregarse, sino para combatir. Entretanto, pienso como usted, ahí están Malatesta, Kropotkin, Tarrida del Mármol y otros revolucionarios de gran prestigio que pueden ayudar mucho. Empero, si tiene usted algún otro proyecto en que pueda servir mi cooperación, dígame cuál es.

Salude afectuosamente a su apreciable compañera, dé un par de besos a su hijita, y acepte los buenos deseos que para todos tiene su amigo.

Práxedis G. Guerrero

Del 16 de junio de 1910

Estimado amigo Manuel:

En mi carta anterior explico a usted la causa de mi silencio, por lo cual omito repeticiones en la materia. Tengo en proyecto un buen plan para libertar a X.[9] En lo general hay muy poca fe en los abogados; mejor se quiere apresurar la justicia revolucionaria que pedirla en los tribunales de los tiranos.

Al mismo tiempo que empujo la organización, estoy trabajando en las minas de carbón para sacar algunos recursos. Esto me hace tener muy pocos ratos desocupados, o mejor dicho ninguno. Tengo que hacer mi correspondencia lo más breve posible, quiera o no quiera.

Va a llegar la fecha del segundo aniversario de la muerte de mi amigo y hermano Francisco: el 1° de julio. Las balas de la tiranía nos arrebataron prematuramente un compañero que hubiera sido un héroe inmenso.

Sí, se siente la nostalgia de la amistad, se siente la pesadumbre de la ausencia de aquellos que partieron con nosotros el pan de la idea y las fatigas del peregrinaje rudo. En la playa, o batiéndonos con el oleaje amenazante, siempre queda en la mente un hilo irrompible que nos ata al recuerdo.

Salud.

Práxedis G. Guerrero

Del 4 de agosto de 1910

Mi estimado amigo:

Dos o tres veces antes de ahora he tenido el propósito de contestar sus cartas más recientes, y aun las he principiado a leer de nuevo con ese fin, pero las exigencias de mi vida de vagabundo me imponen su tiranía.

Creo que usted convendrá conmigo en que la palabra es un medio excelente, cuya eficacia está bien reconocida, pero no se debe hacer de ella el arma crónica para derribar la tiranía. La frase revolucionaria cuando no la acompañan los hechos, o no la siguen, va adquiriendo insensiblemente la monotonía soporífica de los rezos cristianos.

Vimos buenas probabilidades de éxito y llamamos a la lucha a nuestros compañeros, fuimos con ellos; la traición y la cobardía nos cortó las alas al principiar el vuelo y caímos, para levantarnos de nuevo a continuar el combate, llamando a la muerte o a la victoria a los que quieran seguirnos, sean pocos o muchos.

En la próxima insurrección nuestro cuerpo, o el mío cuando menos, tendrá tanto blanco para los juanes del dictador, como el de cualquier otro de los compañeros.

En la actualidad, las persecuciones, la lucha con sus múltiples accidentes me han cambiado algo desde que usted me conoció. Ahora ni amo ni odio; la fuerza del sentimiento se ha ido a la conciencia. El ascua que chispeaba en la fragua, es hoy la herramienta que cumple fríamente su misión.

Reciba recuerdos de su amigo.

Práxedis G. Guerrero

San Antonio, 16 de agosto de 1910

Querido Manuel:

Ya sabrá usted, que Díaz mandó fusilar a Maximiliano Ramírez Bonilla, Atilano Albertos y José Kankum, en Yucatán; son los rebeldes de Valladolid. Quedan allá algunos grupos que continuarán la resistencia en la sierra. En Saltillo acaban de fusilar a José Lugo, de los de Viesca; murió como vivió, bravo y altivo.[10]

La lucha se hace cada día más intensa. Por mi parte, muy pronto abandonaré este suelo; iré a México y correré igual suerte que Lugo o realizaré mis propósitos. Nadie me manda y voy contra la opinión de algunos compañeros, que sin duda quieren verme morir de fastidio en este país embustero.

Dejo aquí los primeros grupos organizados de una Liga Internacional de Trabajadores que tendrá como campo de acción el continente y las islas de América.

Usted contribuyó a que dedicara mis energías todas a los trabajos de la causa, y los sucesos ocurridos después me colocaron en un lugar que habría desechado cien veces si las cosas hubieran marchado fácil y cómodamente. De largo tiempo he sido enemigo de las tiranías, pero siempre he tenido una gran dosis de escepticismo en mi cerebro.

Para unirme a ustedes necesité un largo período de observación, hasta que comprendí su sinceridad, les ví más de cerca y supe que mi esfuerzo era necesario. Sin la visita de usted a Morenci, sin los sucesos subsecuentes: su plagio,[11] la prisión de los compañeros en Los Ángeles, y las dificultades que surgieron a continuación, mi insuficiencia no se hubiera visto obligada a un papel superior a ella.

Cuando iba a continuar esta carta llegaron con su notita del mes de julio y el retrato de ustedes. Este lo conservaré cuidadosamente, estimando mucho el obsequio.

En la prensa americana he visto lo que pasó en la Argentina.[12] También he leído algo de ello en los periódicos libres de habla española. Mi comentario es seco, lacónico: ¡Brutos!

Saludos muy afectuosos para su estimable compañera, Anita y usted.

Práxedis G. Guerrero

C. Documento que acredita a Práxedis G. Guerrero como Delegado Especial; expedido por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano el 29 de junio de 1907[13]

Teniendo en cuenta el desinterés y el entusiasmo con que trabaja usted en pro de la causa de la revolución, y no dudando que, como hasta aquí, seguirá poniendo sus energías al servicio de tan noble causa, esta Junta ha tenido a bien conferirle el cargo de Delegado Especial para que active los trabajos del próximo levantamiento en México contra la dictadura de Porfirio Díaz.

En virtud de su cargo queda usted facultado para acoplar cuantos elementos sean necesarios, otorgando en nombre de la Junta los recibos correspondientes en los que especificará si las armas, municiones o dinero que usted consiga se han obtenido en calidad de préstamos o como donativos, para hacer su pago en el primer caso al triunfo de la revolución.

Artículos de combate

Nota al calce

Sobre el trabajo de recopilación de material para el libro Artículos de Combate de Práxedis G. Guerrero[14]

Los periódicos en que Práxedis publicó la gran mayoría de sus artículos son: Alba roja, Revolución, Punto rojo y Regeneración; ocasionalmente los difundía en hojas sueltas.

Logramos, no obstante la serie de dificultades que tal empresa representó, conseguir el periódico Regeneración, pero, desgraciadamente, no nos fue posible localizar Alba roja. Solo pudimos consultar algunos números de Revolución y Punto rojo, percatándonos de que varios artículos que Práxedis publicó en estos dos últimos periódicos, fueron posteriormente insertados en las páginas de Regeneración.

Por lo tanto, el orden cronológico en que publicamos los presentes artículos presenta deficiencia en lo que a la fecha de primera aparición se refiere. Hecho que nos imposibilita realizar un serio análisis del desarrollo intelectual de Práxedis.

Chantal López y Omar Cortés

¡Justicia![15]

La voz del pueblo se ha levantado airada y justiciera; la acción popular conduce a los autores del plagio de Manuel Sarabia, al banquillo del reo. Allí están todos: el borracho truán llamado Maza; los polizontes que vendieron la vileza de su conciencia y el canalla chauffer que batió el record de la criminal complicidad; no falta el jefe de los bandoleros cosacos, tampoco ese otro banquillo está solo, lo ocupa el feroz jefe supremo, el que ordenó el delito, el que pagó las manos mercenarias que apretaron la garganta de Sarabia y estrujaron el pabellón americano. El tribunal está formado, se instruye el proceso. Examinemos uno a uno los reos.

Antonio Maza, hombre de bajos instintos, borracho, adulador, cobarde y servil, de profesión esbirro, fue el director del nefando atentado; manejó el engaño, la corrupción y la infamia para apoderarse de un hombre inocente. Obro según él por amor al Czar y pensando que el carácter de Cónsul aseguraba su impunidad para atropellar la justicia universal y burlarse de una nación entera.

Los rufianes que vendieron por unas cuantas monedas su dignidad y cubrieron con un sanbenito la bandera de las estrellas, entregaron la víctima a los verdugos. Alegan en defensa su ignorancia completa de lo que son el honor y el patriotismo. Los cafres se avergonzaran de tenerlos por compatriotas.

El chauffer: para este hombre no se hicieron los escrúpulos y como los anteriores tiene la conciencia bastante elástica y a disposición del mejor postor; se le ofreció una buena propina e hizo prodigios para ganarla. Por media docena de dollars ayudaría a robar a media humanidad.

El coronel cosaco, el pretoriano Kosterlizky, obedeció órdenes superiores: fiel perro de presa del dictador Díaz, su oficio es morder a los enemigos del Czar. No discute sobre la iniquidad de este acto; le basta el placer que siente en ejercitar sus instintos de tártaro salvaje sobre el inerme pueblo.

Veamos el otro, ese que tiene la cabeza cana y la mirada del felino decrépito; ese sangriento Maztla que se agita en el cubil de su impura senectud, ordenando, aterrorizado, un crimen tras otro crimen, una violación tras otra violación, un fusilamiento tras un tormento. La sombra del derecho por él asesinado, le inquieta y le persigue; a veces es una mujer la que encarna ese espectro, a veces es un niño o un anciano y Abdul estremecido de remordimiento y de espanto ordena a sus genízaros la matanza. Tiberio febril y feroz se levanta galvanizado por innoble ambición al escuchar el suspiro de la libertad de este lado del Bravo y exclama: ¿Quién osa llamarse libre viviendo yo? Pero, no narremos su vida, no hagamos desfilar en fúnebre procesión la legión de mártires sacrificados por este enano hermano de Timur Bey y de Christian II, por este compinche de Ludovico el moro y de Estrada Cabrera.

Hablemos de un solo hecho, del escandaloso atentado cometido en la persona indefensa del digno mexicano Manuel Sarabia.

Porfirio Díaz fue la mano que movió todos los hilos de la trama. No satisfecho con haber cojido a la Nación Mexicana en la trampa de Tuxtepec; no contento con robar hasta la camisa a un pueblo desventurado, ha querido más. Después de apuñalear por la espalda al sufragio popular y acogotar a la Constitución; después de llenar las cárceles de ciudadanos y hecho morir en la esclavitud al libre pensamiento; cuando contemplaba el cadáver de la libertad colgado de un ahuehuete de Chapultepec, imaginó una iniquidad más. Se dijo: la obra de la pacificación (?) no está completa, es necesario que mi saliva llegue hasta el Capitolio, y que las botas de mis rufianes salpiquen de lodo el suelo de Lincoln para que esos rebeldes mexicanos que no pueden vivir bajo mi látigo perezcan como unos perros. Y para llevar a cabo sus tenebrosos proyectos no le detuvo nada, no retrocedió ante el ceño adusto de Jefferson; halagó a sus lacayos con la perspectiva de honores abyectos; estimuló a sus brutales agentes, derramó el oro arrancado al pueblo y apuntó cínicamente el honor del pueblo americano en una partida de su libro de caja. Pero... ¡insensato! Creyéndose envuelto en la sombra, no vio que un ojo irritado y colérico le miraba. Rodeado de histriones, pensó que la atmósfera del servilismo y adulación que le rodean, se extendía por todo el continente americano. ¡Necio! En estos momentos, el Derecho, guardián y defensor de los débiles, le ha cojido por el cuello como a un malhechor vulgar y le arrastra ante el tribunal inapelable de la opinión pública.

El castigo de los culpables empieza ya; unos están bajo la acción de la ley; otros, los más culpables tal vez, los que llevan en el uniforme condecoraciones y en la frente la marca candente del desprecio universal, aguardan temblando el grito de Espartaco; ven aparecer la silueta amenazante del cadalso construido por la gleba.

El pueblo americano ha cruzado con la fusta de su viril civismo el rostro del nacionicida Porfirio Díaz que palidece no de vergüenza sino de miedo. Al pueblo mexicano toca limpiar el nombre de su patria de la mancha porfirista. ¡A nosotros los flagelados, los humillados, los vendidos, los proscriptos en nuestro mismo país, corresponde la vindicación de nuestro honor! ¡Guay de nosotros si el miedo detiene nuestro brazo! ¡Eterna maldición para el cobarde; para el que falto de patriotismo reniegue de un pasado glorioso! ¡Borremos del suelo patrio la palabra tiranía y coloquemos esta otra sobre la que descansa la única paz aceptable para los hombres: JUSTICIA!

Douglas, Arizona, 5 de julio de 1907

Práxedis G. Guerrero
Revolución N° 9 del 27 de julio de 1907.

¡Paso!

Del montón de nubes que arremolina el huracán entenebreciendo el cielo, sale la espada flamígera que esgrime invisible brazo y con zigs-zags deslumbradores escribe en la página rugiente de los negros vapores la palabra ¡PASO! Cuanto más densa es la sombra, más resplandece el brillo de esa espada.

Del turbión de odios que nos cercan; del negro seno de las tempestades que la tiranía desencadena en torno de nuestras frentes, sale la espada invulnerable de la Idea y escribe con los relámpagos del verbo, en las entrañas mismas de las tinieblas, cuartillas de honor al grito inextinguible: ¡PASO!

Caminamos sin desfallecer hacia la cima: hallamos obstáculos; las rocas no nos detienen; si encontramos abismos que nos cortan la marcha, echamos sobre ellos, como un puente, la palabra ¡PASO!, y pasamos. En medio de siniestra selva de puñales, apartando malezas; saltando del campo al taller, del calabozo a la tumba, del colegio al cuartel; flagelando al apretado ejército de traidores y espías, echamos pie adelante diciendo: ¡PASO!

Nuestro avance no se estaciona a contemplar las toscas paredes que oprimen a nuestros hermanos; el espíritu indomable de ellos ha quebrantado los cerrojos y cruzado los cuerpos de guardia; ha dicho desdeñosamente a los centinelas: ¡PASO! y ha seguido a nuestro lado la ruta del porvenir.

Hombres quiméricos, arrojados por criminal ocaso a la cumbre del poder, torpes, sonámbulos ¿que no sentís la gestación del fuego? La montaña os lanzará al abismo cuando explote rugiente: ¡PASO!

Del fondo del antiguo cofre que guarda las históricas y queridas reliquias, se ha sacado una: manos bellas y delicadas van a ceñirla al bizarro busto del guerrillero: la blusa roja, terror de los galones, dice a los pretorianos: ¡PASO!

El viejo sable de Ayutla y la Reforma salta impaciente en la enmohecida vaina... ¡PASO! a las armas heroicas de las luchas redentoras.

Llegamos con el corazón sereno a la puerta de la muerte gloriosa y llamamos con el puño del acero exclamando: ¡PASO!

Práxedis G. Guerrero
Revolución, N° 14 del 14 de septiembre de 1907.

¡Obremos, luchadores!

Violentemos el paso, multipliquemos la acción. En tanto que la patria esté esclavizada no debemos tomar una hora de reposo. Mientras las cárceles priven del movimiento y de la luz a nuestros hermanos caídos es un crimen fijar a nuestros pies el grillete de la indolencia.

Avancemos; el camino está a nuestro frente esperándonos; los despojos de los guerreros sorprendidos por la infidencia, nos indican los peligros no para que los esquivemos sino para que venciéndolos, pasemos sobre ellos.

No podemos detenemos un momento porque el grito de nuestros camaradas, los héroes aprisionados traidoramente, nos llama al cumplimiento del deber.

No podemos dormir porque nuestra conciencia vela en la noche del infortunio para mostramos el cuerpo ensangrentado de la patria, abandonado al diente del chacal, al corvo pico del buitre, al feroz arrebato del sayón. Nuestros ojos, siempre abiertos, no pueden substraerse a esa visión dantesca, enclavada en la sombra. Agrandemos la llama de nuestra tea soplando sobre ella a pleno pulmón hasta darle magnitudes de incendio, para desvanecer en rojos resplandores ese cuadro de horror.

Las heridas de la madre patria están envenenadas; tomemos la candente braza y apliquémosla a ellas, sin tardanza.

El fuego ahuyenta las bestias; agreguemos combustible a nuestra hoguera y su radio lumínico crecerá, y dominando a la oblicua pupila del felino, dilatará nuestro campo.

No malgastemos un minuto, no dilapidemos en el ocio ni un segundo; demos a nuestros nervios la rápida vibración de la onda eléctrica, para sacudir la atmósfera del qwetismo infame que sofoca a nuestro suelo.

El látigo de la tiranía cae implacable sobre los mártires nuestros hermanos; su continuo chasquido es un oprobioso silbido que llega a nuestros oídos, que zumba provocativo y sangriento sobre nuestras cabezas, y hiere nuestras almas indomables, excitando la tempestad de nuestros odios.

¡Obremos luchadores!

Nuestro deber es combatir sin tregua.

No permitamos que aumente la lista de los sacrificados sin mermar el número de los sacrificadores.

Descarguemos el golpe de nuestros puños y desatemos la tormenta de nuestros cerebros.

Si no podemos dar pasos para alcanzar la libertad, demos saltos.

Derrochemos energías sin temor de quedar exangües; el patriotismo y la voluntad tienen caudal inagotable de fuerzas poderosas.

Retrasarse en la marcha, quedar a espaldas de los que sucumben, sin apresurarnos a vengarlos, permanecer mudos, tomar aliento en vez de empuñar la espada y asaltar la brecha arrollando al enemigo; es ser desertores de la gloriosa vanguardia.

Doblemos la fatiga, más tarde descansaremos cuando el cuerpo del viejo histrión de Tuxtepec, en la extremidad de una cuerda, sirva de plomada al arquitecto Porvenir, a levantar las paredes de la casa del pueblo.

Práxedis G. Guerrero
Revolución, N° 21 del 9 de noviembre de 1907

Escuchad

¿Oís? ¡Es el viento que mece las frondas de misteriosa selva! El soplo del porvenir, que despierta a la quieta y somnolienta maleza; es el primer suspiro de la virgen floresta al recibir en su frente cabizbaja, el beso del impetuoso Eolo.

¿Oís? Es el viento que desgarra un manto invisible, en las sinuosidades de la montaña dormida, el viento de la idea que quiebra sus ráfagas, en los ramajes del pueblo inmenso, bosques de almas; es la racha iniciadora que sacude a los robles, la descubierta del huracán, que barre en la hondonada y en la cumbre la niebla confusa de la estéril resignación.

Hálito tibio y fecundo atraviesa la selva; cada hoja que toca es una voz que nace, cada rama que mueve es un brazo que arma; voz que se une al concierto heroico que saluda al mañana redentor, brazo que se extiende buscando el pecho de un tirano.

Es el aliento de la Revolución.

¿Sentís? Es la trepidación del granito que se agrieta, batido por los férreos puños de Plutón; es el corazón del mundo que palpita bajo el enorme tórax; es el espíritu ígneo del gigante que rompe su cárcel para lanzar al espacio su verbo de llamas.

Es el temblor que anuncia la aurora de un cráter.

¿Sentís? Son las vibraciones de divinos martillos que golpean en el fondo del abismo. Es la vida que brota del negro vértice, haciendo estremecer el asilo de la muerte donde reinan tétricos vampiros.

Es el empuje de la Revolución que avanza.

Práxedis G. Guerrero
Revolución, N° 2 del 9 de noviembre de 1907.

Púgil

El rudo combate que hemos sostenido no ha debilitado nuestras fuerzas; las rebeldías de nuestras almas continúan lanzando el rayo acusador sobre las cabezas de los malvados. Nos hemos sentido al borde de un abismo, el de los odios de los poderosos, y hemos echado pie adelante sin un temblor en el corazón porque sabemos que el vértice es una cima cuando lo aborda la verdad.

Muchos de nuestros compañeros han caído, y sobre nosotros está suspendida la amenaza, una jauría famélica nos cerca esperando el momento de hincarnos el colmillo; hoy, mañana, a cualquier hora, en cualquler sitio podemos sucumbir; pero mientras tanto nuestra pluma, barreta incansable y demoledora, sigue expugnando inexorable y tenaz las trincheras del crimen, abriendo el camino al porvenir vengador y justiciero, porque las venganzas del pueblo son las justicias de los derechos del hombre cuando estos juzgan a los privilegios del amo.

Nuestro silencio solo puede ser conseguido con la muerte; pero aun así, la pluma rebelde que empuñamos seguirá implacable mercenando el manto del césar para enseñar a la espada el camino de su podrido corazón; el espíritu inmortal de la revolución, identificado en ella, encontrará cien manos dispuestas a sucedernos en la brega. Bien pueden los tiranos eliminarnos como a nuestros camaradas; no adelantarán con ello una sola pulgada: lograrán tan solo hacer más grande la hoguera de la rebelión, alcanzarán más presto el último collar: el del dogal.

Nuestro batallar es épico; tenemos por armas nuestras cadenas, que romperemos en la frente de los déspotas; no nos cubriremos los pechos: desnudos como están los ofreceremos al golpe de los esbirros. Hemos planteado el dilema en esta forma: la vida o la muerte; la vida para nosotros es el triunfo, la muerte es la sola fuerza que nos puede cortar al paso.

Estamos de pie, no doblaremos la rodilla ante ningún poder. Damos frente al enemigo; no volveremos la espalda ante ningún peligro.

Práxedis G. Guerrero
Revolución, N° 26 del 14 de diciembre de 1907.

Odios viles

Las olas del mar se encrespan para besar las furias de los protervos; burbujean para escupir lo que está por cima de sus bajezas.

La conciencia de los déspotas, sucia charca, remeda pobremente las turbulencias del océano.

Las ondas amargas y profundas del líquido abismo abren inmensa tumba a los hombres y a las naves, sus endebles juguetes. El revuelto cieno de las almas viles de tiranos quiere convertir su seno en estrecho sepulcro para lo que es tan grande como el infinito, el pensamiento libre, el verbo rebelde, la verdad, la justicia, la libertad; pero lo mezquino, lo ruin, lo infame, no tendrá nunca magnitudes de vorágine.

El hervor del pantano no usurpará el vértigo del torbellino.

El miasma que emponzoña no será nunca la nube incubadora de centellas.

Díaz y sus hermanos de crímenes, aunque sientan cóleras de infierno, serán siempre charcas y solo producirán burbujas.

Las víboras, aunque escalen las montañas, siempre se arrastran para llegar a quienes piensan morder.

Díaz y sus cómplices, en la cumbre de su poder omnímodo, no caminan más alto que los demás reptiles. Jamás como el águila, caerán de lo alto sobre el enemigo: siempre escondidos en espeso matorral, esperan un pie desnudo para morderle, espían el sueño de la víctima para enredársele al cuello. Odios viles fermentan en sus malvados pechos.

Odios viles nos combaten.

Estamos, no en el cubil del tigre, sino en el nidal del crótalo. Luchar con tigres sería hermoso. Machacar serpientes es repugnante.

El vaho de los pantanos ambiciona llegar a nuestros pulmones. Los anillos del oxímaco sueñan con nuestra garganta.

Los odios viles se deslizan en torno de nuestra puerta.

Práxedis G. Guerrero
Revolución, N° 29 del 25 de enero de 1908.

Manifiesto a los trabajadores de todos los países

(Traducción del inglés por Proudhon Carbó)

La publicidad que en los dos últimos años se ha hecho en torno a la causa de la Revolución Mexicana ha despertado una gran simpatía entre los trabajadores del mundo entero, simpatía que ha crecido y se ha ido transformando de materia de simples resoluciones y palabras, en un deseo cada vez mayor de ayudar en forma práctica. Sin embargo, como todavía parecen subsistir algunas dudas en relación con los objetivos y miras del movimiento de la clase obrera mexicana, nosotros, miembros de la Junta del Partido Liberal Mexicano, lanzamos este manifiesto:

La prensa capitalista en general, así como los periódicos directamente subsidiados por el dictador de México, Porfirio Díaz, han estado trabajando sin cesar para inclinar la opinión pública en favor de los patrones. Sus mentiras impresas han levantado barreras que hacen muy difícil para los esclavos mexicanos entenderse con sus hermanos de otros países. Es para disipar esas dudas, para derribar esas barreras, para evidenciar la solidaridad del movimiento obrero internacional, que escribimos este manifiesto.

Este grito, surgido del oscuro antro en que yacen los esclavos mexicanos, no pretende provocar misericordia ni compasión. Es un grito de protesta contra los verdugos de la clase obrera. Vosotros, hermanos nuestros, no debéis dormir mientras el enemigo común continúa exterminando despiadadamente a los peones de nuestro infortunado país. Las cadenas que están oprimiendo nuestros miembros son igualmente vuestras cadenas.

La situación de los trabajadores mexicanos es distinta de los de otros países; diferente porque Porfirio Díaz ha estado durante años conspirando con los capitalistas extranjeros para edificar un sistema que implicase disensión entre los asalariados mexicanos y los de otros países. Otorgó grandes concesiones de tierras, minas y ferrocarriles a capitalistas extranjeros quienes a su vez contrataron gerentes y capataces no mexicanos para dirigir los trabajos, en los cuales los trabajadores de fuera percibían con frecuencia salarios dobles de los pagados a los nacionales por la misma clase de trabajo. Este doloso sistema de provocar discordia entre los operarios hacia imposible para los mexicanos en los talleres, factorías y ferrocarriles organizar poderosas uniones como ocurre en otras partes. Esta gran conspiración capitalista trajo como resultado reducir el nivel de vida en México por debajo del límite de la miseria y crear enormes fortunas para los amigos extranjeros de Díaz, en detrimento de la totalidad de la clase obrera mexicana.

Fomentar la discordia y el odio entre los trabajadores mexicanos y los extranjeros, tal era el propósito del capitalismo, con la mira de salvaguardar sus riquezas. Aislar a los trabajadores mexicanos y ahogar en ríos de sangre sus esfuerzos por alcanzar la libertad: tal es el propósito de los espoliadores de México. Por ello, por la causa del proletariado mexicano, es por lo que acudimos ante vosotros, trabajadores del mundo, para informaros de lo que está ocurriendo en México. Porque, con el conocimiento de la verdad, podréis participar en una lucha que no tiene más enemigos que los verdugos de la clase obrera. Solo anhelamos romper nuestras cadenas, trabajar codo con codo con vosotros por el progreso futuro. La causa que estamos defendiendo es igualmente vuestra causa.

Para demostrar la generosidad con que la mano de Díaz ha enriquecido a los capitalistas americanos, bastará señalar que E. H. Harriman detenta 2.500,000 acres de terrenos petrolíferos al Oeste de Tampico; que los intereses de Hearst controlan alrededor de 3.000.000 de acres cerca de la Ciudad de Chihuahua, y que la superficie total de terreno acaparado actualmente tan solo en la costa del Golfo por los intereses combinados de la Standard Oil y de Harriman abarca una longitud de más de mil millas por una profundidad media de setenta, incluyendo las tierras más ricas de México. Esto es solo una muestra de las concesiones otorgadas por Díaz a los capitalistas americanos.

Una especie de sangrienta saturnal ha acompañado siempre la carrera de Porfirio Díaz, cuyo record de asesinatos entre su propio pueblo se estima generalmente en unas treinta mil vidas.

Ocurrió en Monterrey, durante las elecciones de 1903: las tropas hicieron fuego contra una manifestación pacífica de ciudadanos, sembrando las calles de montones de cadáveres y de moribundos.

Ocurrió en Cananea, en 1906, donde los rurales bajo el mando de Kosterlisky y los cow-boys a las órdenes de Greene asesinaron a mineros en huelga y obligaron a los supervivientes a reintegrarse al trabajo.

Ocurrió frente a la fábrica de textiles de Río Blanco, durante la huelga de 1907, donde sesenta y cuatro hombres, seis mujeres y cuatro niños fueron muertos por la soldadesca de Díaz.

Esta es solo una muestra de los hechos sangrientos que constituyen la carrera del verdugo de México.

La Revolución Mexicana no es un fenómeno puramente político; es un problema social que nos concierne directamente. Nos vemos obligados por la voluntad del tirano Díaz a un enfrentamiento violento. Nosotros no hemos provocado la lucha, hemos sido arrastrados a ella. Hemos aprendido la lección tan hábilmente expresada por un gran pensador: Es mejor un puñado de fuerza que un costal de derechos.

Nuestro programa es simple; no pretendemos hacerlo todo en un día, y por lo mismo empezaremos por desatar la cuerda que nos tiene sujetos para poder iniciar nuestra marcha hacia el progreso: libertad de imprenta, de palabra y de enseñanza, derecho de reunión; y la restitución al pueblo de las grandes propiedades de tierra no cultivadas; la abolición de la pena capital, la desaparición del brutal sistema carcelario imperante. La cancelación de las deudas que gravitan sobre los hombros de los peones a través de muchas generaciones, manteniéndolos atados a sus amos en auténtica esclavitud desde el nacimiento hasta la muerte. Todas estas reformas están incluidas en el programa del Partido Liberal. La jornada de ocho horas, el establecimiento del salario mínimo y el derecho de los ciudadanos de la República a participar en todos los asuntos públicos forman también parte de nuestro programa. De esta forma la Revolución Mexicana abrirá una brecha en la que se edificará un organismo social más justo, más en armonía con los sentimientos de amor y de solidaridad que algún día presidirán la marcha del mundo. Es axiomático que quienes luchan por la liberación del individuo y la emancipación de un pueblo acortan los días de la esclavitud del mundo entero.

Los pueblos que han alcanzado una relativa libertad no deben cerrar los ojos a las miserias de los menos afortunados, no deben volver la espalda a una lucha que es para bien de todos.

Los mercenarios armados del déspota mexicano arrastran a nuestros campesinos a prisión, donde se les prolonga la vida únicamente para hacer más cruel su agonía. Y ustedes deben tener presente que el poder que permite a Díaz llevar a cabo tales atrocidades lo debe en gran parte a sus amigos los inversionistas extranjeros, muchos de los cuales proceden de los Estados Unidos.

Pero no es tan solo en México que nos vemos acorralados por los agentes de la policía. También en los Estados Unidos se nos acosa como si fuésemos fieras. Los hogares mexicanos en este país carecen de toda garantía; los patriotas son esposados y arrojados a las cárceles, mientras otros son detenidos en la frontera y entregados a los rurales que los están esperando. Nuestros compañeros Ricardo Flores Magón, Antonio I. Villarreal y Librado Rivera están en Arizona, en espera de ser procesados por violación de las leyes de neutralidad de los Estados Unidos. Si en este país el patriotismo es un crimen, son culpables. Pero si el derecho americano de asilo es respetado, deben ser puestos en libertad. Entre los más encarnizados enemigos de estos prisioneros políticos se encuentran el antiguo procurador de justicia de los Angeles, Oscar Lowler, que llegó al extremo de denigrar a los prisioneros en la Prensa mientras ordenaba a los carceleros mantenerlos incomunicados. La recompensa a Lowler por sus cobardes ataques a prisioneros puestos por él en la imposibilidad de defenderse, ha sido su nombramiento para un puesto en las oficinas del procurador general, en Washington.

En la prisión federal de Leavenworth, Kansas, están los compañeros Antonio de P. Araujo, A. D. Guerra, P. G. Silva y L. Treviño, todos ellos convictos a causa de su amor a su país y su determinación de luchar por las libertades de México. También en las cárceles de Texas hay presos políticos mexicanos: Basilio Ramírez y Calixto Guerra se encuentran detenidos desde julio pasado en espera de ser juzgados.

La influencia de Díaz en Estados Unidos se manifiesta de diferentes maneras: en enero pasado en Tucson, Arizona, un joven trabajador llamado Cenaido Reyes fue arrestado a causa de su parecido con un conocido miembro del Partido Liberal Mexicano. Este joven mexicano no es un revolucionario, pero por el solo hecho de que las autoridades creyeron haber capturado a un hombre señalado por Díaz, fue llevado a la frontera sin más averiguaciones y librado a los rurales. Y desde ese momento hasta ahora ha desaparecido de la faz de la tierra, y su angustiada familia es impotente para averiguar si está vivo o si está muerto. Tales son los trabajos secretos del gobierno de Díaz en este país.

Los amigos de Díaz en los Estados Unidos están siempre prestos a ayudarle a aplastar los intentos del pueblo mexicano para lograr su liberación. He aquí un ejemplo de su trabajo: muchos de los propietarios de importantes minas de carbón de Oklahoma y el Norte de Texas poseen también considerables concesiones en los terrenos carboníferos de Coahuila; en tiempos de la sublevación de junio de 1908, estos propietarios redujeron los salarios y limitaron los días de trabajo en las minas de Estados Unidos para impedir a sus trabajadores mexicanos dar ayuda financiera a los revolucionarios.

Pero, a pesar de todo, —las matanzas en México y los encarcelamientos en Estados Unidos— perseveramos en nuestra lucha por la libertad. Nosotros, el proletariado mexicano, hemos de ser libres, y no hay precio que no estemos dispuestos a pagar para lograrlo.

Aquí terminamos nuestro manifiesto, ya que nuestra tarea sería interminable si intentásemos hacer la lista completa de los casos de explotación, deportación, encarcelamiento y asesinato perpetrados contra el pueblo mexicano por Porfirio Díaz, actos llevados a cabo, en muchos casos, con la ayuda del gobierno de los Estados Unidos.

Compañeros de todo el mundo: leed con atención nuestro manifiesto, y después adoptad la actitud que mejor pueda ayudar a la causa de la libertad.

Vuestros, por la emancipación humana.

Enrique Flores Magón.
Práxedis G. Guerrero.

Por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano.

San Antonio, Texas, 10 de mayo de 1909.

Pasividad y rebeldía

En los rincones húmedos de las viviendas miserables, se producen seres obscuros, viscosos, las más de las veces torpes, que empeñan también la lucha por la vida, explotando el medio que los produce, el lodazal infecto, mefítico y malsano, sin el cual su existencia no vendría a provocar la repugnancia de otros seres que se desarrollan en medios diferentes.

Posible es que la sabandija llegue a creerse, de buena fe, la protectora y salvadora del rincón negro y húmedo, y que intente esfuerzos para prevenir que el sol y la escoba entren a él revolucionando, transformando el medio con la destrucción del medio y sus productos. Cumple con ello el deber de la propia conservación, porque ¿a dónde iría ella, falta de miasmas, de sombra y podredumbre?

La resistencia del pasivismo se revuelve ahora contra el impulso progresista de la revolución.

Los miriápodos y los arácnidos, los escorpiónidos y los necróforos, el mundo de sabandijas que vive de las miserias del pueblo, ensayan actitudes y reptaciones hábiles para esquivar y detener el golpe de la escoba y el rayo del sol.

Defienden su medio de convencionalismo y enervamiento, porque él garantiza su vitalidad en detrimento constante de la masa de los productores.

Los pasivos alzan el clamor llamándose apóstoles de la evolución y condenando todo lo que tiene algo de rebeldía; apelan al miedo, hacen llamamientos patéticos al patriotismo; acuden a la ignorancia y llegan a aconsejar al pueblo que se deje matar y ultrajar en los próximos comicios y vuelvan una y otra vez a ejercer pacíficamente el derecho de sufragio, a que una y otra vez lo burlen y lo asesinen los tiranos. Pero nada de salirse del fétido rincón, al cual se pretende evolucionar agregando más y más inmundicias, más y más cobardías.

A una voltereta dentro de un centímetro cúbico de légamo, llaman ellos la evolución salvadora, la evolución pacífica necesaria; necesaria para ellos, que están en su elemento, en el medio que los crea y los nutre, pero no para los que buscamos el ambiente puro, claro y saludable que solo la Revolución podrá hacer al destruir a los déspotas actuales y también, muy esencialmente, las condiciones económico sociales que los han producido y que harían brotar otros nuevos si tuviéramos la insensatez de acabar únicamente los efectos para dejar subsistir las causas, si evolucionáramos como ellos, los pasivos, dando un tumbo en su centímetro cúbico de légamo.

La evolución verdadera que mejore la vida de los mexicanos, no la de sus parásitos, vendrá con la revolución: esta y aquella se completan y la primera no pueda coexistir con los anacronismos y subterfugios que despiertan hoy los redentores del pasivismo.

Para evolucionar es preciso ser libre y no podemos tener libertad si no somos rebeldes, porque nunca tirano alguno ha respetado a los pueblos pasivos; jamás un rebaño de carneros se ha impuesto con la majestad de su número inofensivo, al lobo que bonitamente los devora sin cuidarse de otro derecho que el de sus dientes.

Hay que armarse, pero no de un voto inútil, que siempre valdrá tanto como el tirano quiere, sino de armas efectivas y menos candorosas cuyo uso nos traiga la evolución ascendente y no la regresiva que preconizan los luchadores pacifistas.

¡Pasividad, nunca! Rebeldía, ahora y siempre.

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 3 del 29 de agosto de 1909. El Paso, Texas.

Mendigo...

¿A dónde vas, extendida la descarnada mano, tétrico y cabizbajo el continente?

¿Qué quieres con la plañidera súplica que brota temblorosa de tus labios descoloridos?

Mendrugos y harapos, dádivas insultantes y compasiones cáusticas; he ahí lo que siempre alcanzarás con actitud y medios tan tristes.

Mendigo: no es inclinando la cabeza y extendiendo la mano como podrás satisfacer tu cruel hambre de pan y tu ardorosa sed de justicia. Es irguiendo la frente y levantando el brazo, como lograrás tu objeto.

Mendigo de libertad... Mendigo de pan... deja ya de implorar, exige. ¡Cesa ya de esperar: toma!

No reptes más, mendigo...

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 3 del 29 de agosto de 1909. El Paso, Texas.

¿A quién amáis, mujeres?

Hay seres que por la forma parecen hombres; seres que hablan de energía, de honor, de dignidad, de honradez, de independencia, de superioridad masculina y de otras cosas de que componen su matizado disfraz, que les sirve para acercarse a vosotras sin causaros asco y para sorprender vuestra inocencia y estrujar los íntimos sentimientos vuestros y hacer de vosotras las esclavas vitalicias de sus caprichos y sus brutalidades. Hay hombres y cuéntanse a millones, que solo os buscan y as quieren para satisfacer en vosotras su necia vanidad, para pasear sobre vuestra delicadeza su orgullo de cobardes y su decantada superioridad, para desquitarse en vosotras, tiernas sensitivas, de las indignidades y bajezas que ellos diariamente tienen para con los déspotas que los oprimen y tratan como bestias aprovechándose de su espíritu pusilánime.

¿A quién amáis mujeres?

A un ciervo que no emplea energías ningunas para redimirse y redimiros y sí para vilipendiaros. Amáis a un ente que solo posee el torpe valor de insultaros y no pocas veces la ferocidad de azotaros. Amáis a ese individuo vergonzante que reclama preeminencia sobre vosotras y que os impone un yugo doblemente ominoso, porque trae el peso abrumador de una ignominia inmensa... porque ese yugo desciende del cuello de un sometido.

¿A quién Amás? ¿A quién amáis? ¿A quién entregáis esa ternura que únicamente el hombre digno y libre sabe apreciar, merecer y conservar, acrecentar y defender?

¡Ah!, si vosotras quisierais ver detrás de esa careta con que os miran los hombres que aspiran a ser vuestros dueños o que ya lo son... ¡qué enorme oleada de indignación y de vergüenza agitaría vuestros bellos corazones! Qué rugiente marejada de infinitos desprecios saltaría desbordante de vuestros pechos sobre el rostro de esos hombres que dicen amaros, cuando lo que desean es poseeros como una cosa y encadenaros a su dominación, para vosotras más triste que muchas desventuras, puesto que viene de un esclavo, de un esclavo que hundido en abyecto servilismo tiene la imprudente audacia de hacer de vosotras, que deberíais ser las dulces compañeras del hombre fuerte, el escaño de sus ruindades.

¿A quién amáis mujeres?

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 3 del 29 de agosto de 1909. El Paso, Texas.

Habitantes de El Paso

¿Queréis regocijaros con la asquerosa presencia del asesino-tirano Porfirío Díaz? ¿Pensáis que os honra mucho la visita de ese sombrío bandido? Recordad su historia: Tiene páginas imborrables, frescas como el sucio limo de las charcas, y vosotros no podréis menos de sentir vergüenza, al solo pensamiento de que a nombre de vosotros se le haga un festival odioso. Millares de víctimas os contemplan y esperan ver en vosotros el gesto de la dignidad altiva protestando de la vileza que os suponen los corifeos de Porfirio Díaz.

Recordad siquiera los crímenes que ese malhechor ha cometido junto a vosotros. Tened presente que Díaz fue el que pagó asesinos que quitaron la vida al Doctor Ignacio Martínez, en Laredo, Texas. Que él fue el autor del secuestro de Manuel Sarabia, en Douglas, Arizona; que él es quién tiene infestada vuestra ciudad con sus esbirros, que él es el que día a día, en negra complicidad con vuestros mandatarios, abofetea con atentados abominables la memoria de Lincoln, que os debe ser querida.

Probable es que Díaz, aunque lo haya ofrecido, no venga al fin, porque ese asesino es un cobarde y tiene miedo de acercarse a la frontera; más, de todos modos, vosotros debéis protestar de la comedia que en el vuestro se le hace a su nombre empapado de sangre y de cieno.

En México existe una disculpa para los que fingen en presencia del Tirano: esa disculpa es el terror. Pero vosotros no la tenéis, no podéis tenerla, y si aceptáis la parte que os asignan en el degradante sainete, no habrá subterfugios que valgan; ni el agua de cien diluvios bíblicos podrá limpiarnos la mancha que os habréis arrojado encima.

Manteneos dignos o aguardad a que yo os queme el rostro con esa palabra que vendría a ser vuestro distintivo del porvenir: ¡Abyectos!...

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 3 del 29 de agosto de 1909. El Paso, Texas.

¡Y sin embargo... sois pasivos!

Una mujer: la mujer de un periodista del orden, que no puede ser para nadie sospechoso revolucionario, ha sido encarcelada en la capital de México, y puesta bajo rigurosa incomunicación en una bartolina de la muy célebre como infame y asquerosa prisión de Belem.

Péres de León, el Juez de las consignas liberticidas, que tanto se ha distinguido como vil perseguidor de los que marca el rojo índice del Díazpotismo, es quien cierra, con el lujo bárbaro de la incomunicación, el calabozo de la mujer de Paulino Martínez y clausura y decomisa la imprenta de La Voz de Juárez, cuyo propietario es uno de los más ardientes defensores de la paz y el orden actuales, pero que en algún modo se ha visto mezclado en la agitación sufragista que nació de la entrevista Creelman, y que ha llegado a molestar al que quiso dejarla hacer su epifanía.

Martínez andaba huyendo cuando su compañera fue arrebatada del lado de sus hijos y encerrada en Belem, para satisfacción de la justicia, por una nimiedad, una nonada: una frase amable para el Ejército, y de la cual no era siquiera autor el dueño y director de La Voz de Juárez.

Este atropello tan burdo y cobarde ejercido en una mujer, a la que por pura deferencia se le admiten dos colchas en la prisión, viene a dar de lleno en el espíritu apocado de muchos ilusos, que, cantando la vieja y temblorosa salmodia del orden y la paz y el respeto a la legalidad, esperan que la tiranía les hiciera gracia de todo maltrato y premiara su pasivismo con la libertad cuya conquista temen emprender digna y virilmente.

El desencanto brutal hace oír su voz agria a los pobres bebés que todo lo veían de color de leche.

La labor de Paulino Martínez era una labor de paz; aconsejaba al acatamiento a las autoridades hasta un grado sublimemente candoroso, y a pesar de ello, la Dictadura le persigue y le hiere casi como a un revoltoso o a un mitotero; porque la tiranía es la tiranía, y nunca podrá ser la niñera cuidadosa de ningún movimiento que tenga ni remotamente, tintes de liberación.

Díaz no gusta de los siervos a medias, y en esto demuestra más lógica y experiencia que los evolucionistas pacientes.

Por largos, larguísimos años, hemos estado presenciando y soportando las atrocidades de la Dictadura. Lo que está ocurriendo se ha repetido millares de veces, con detalles más negros, pero todavía hay quien sostenga que con el civismo inerme y humilde, o armado de una boleta electoral, da lo mismo, todo se alcanzará.

Habéis visto muchas infamias, habéis digerido muchas vergüenzas, estáis contemplando ahora nuevos crímenes y aún veréis y padeceréis más y, sin embargo, sois pasivos.

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 4 del 16 de septiembre de 1909. El Paso, Texas.

Aniversario

Un año más y hará centuria que una epopeya de redención se inició con la brava desobediencia de un viejo visionario, de un utopista que agrupó alrededor de su estandarte de rebeldes, a los humildes, a los explotados de 1810.

Presto será el Centenario de aquel acto ilegal.

El aniversario de 1810 saluda a las generaciones actuales con un formidable apóstrofe.

Una interrogación inmensa surge en el horizonte mexicano, cual si fuera flamígero cometa aproximándose a nosotros en carrera desenfrenada.

1810 acusa; 1810 interroga.

¿Que respondéis, mexicanos?

La obra de los descamisados de entonces, en vez de progresar se ha ahogado en la apatía y el miedo de sus descendientes. México ha regresádose en ferrocarril más allá de donde partió a pie desnudo.

La celebración suena profundamente irónica.

Vivimos bajo la zarpa del raposo del Norte, se respira apenas temiendo provocar el enojo de un déspota senil; la autonomía y la libertad son para el pueblo de México dos miserables paradojas, y así se piensa en fiestas conmemorativas de hechos que fueron dignos y gloriosos.

Los esclavos dirigidos por sus cómitres cantan epinicios a la libertad que han renunciado y a la bravura que han cambiado por la mansedumbre.

Palabrería, humo, genuflexiones, tal es lo que el ritual del momento histórico que enfrentamos prescribe para los entusiasmos de los que se alimentan de ilusiones, y también para los enterradores de la raza mexicana.

¿El sol del Centenario, quemará los lomos de un rebaño o besará la frente altiva de un pueblo?...

Contestad, mexicanos; aún es hora de lavar nuestros harapos para que brillen a la primera luz del Centenario del esfuerzo libertador de 1810.

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 4, del 16 de septiembre de 1909. El Paso, Texas.

¡Miserables!

La última noticia que nos ha llegado viene de Yuma. El 12 del corriente fueron trasladados a Florence, Arizona, nuestros compañeros Rivera, Magón y Villarreal.

El mal tratamiento que han tenido en Yuma continuará sin duda en Florence; es la consigna. En el primer lugar se tuvo a Librado Rivera encerrado por muchos días en un departamento llamado Las Culebras, el cual es una cosa igual a El Purgatorio de Ulúa. Rivera estaba gravemente enfermo, y así lo sujetaron a pan y agua los sicarios de Yuma, de donde es jefe el Capitán Rynning, que condujo a Cananea en 1905 las tropas invasoras que Izábal y Green llamaron para asesinar a los huelguistas mexicanos.

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 4 del 16 de septiembre de 1909. El Paso, Texas.

Ulúa habla

Echad un vil secreto en la más honda sima: sepultad una infamia bajo miríadas de montañas y apartaos del sitio en que pensáis dejarlos para siempre inmóviles y mudos: lavaos el rostro y las manos; cubríos de dorados, vestíos de adulaciones. Marchad; id tan lejos como podáis, y al fin de cada etapa y en todas partes, saldrán a saludaros el vil secreto que arrojasteis a la sima y la infamia que dejasteis debajo de miríadas de montañas.

No hay sima que oculte, ni montañas que cubran los secretos sucios y las infamias cobardes.

El alma doliente de los presidios deja escuchar de cuando en cuando, con disgusto de los sicarios, su rugido o su lamento. Ulúa, ese Vitelio de coralinas rocas emergido en la orilla del Atlántico, que devora vidas preciosas, sin más tregua que el tiempo que se toma para vomitar cadáveres, siente escaparse de su vientre ahíto de sacrificios el vaho de un martirio que latiguea las carnes mancilladas de una República (?) que todavía tiene en su frente sumisiones y en sus labios plegarias para la Bestia que lo estruja.

El horror que abrigan las trágicas humedades del implacable engullidor estalla como un grito esquilino y denuncia un poema entero de iniquidades.

En poco más de un año, cien prisioneros, revolucionarios, o simples sospechosos, han perecido en Ulúa, víctimas del régimen especial con que se les trata. Doscientos compañeros más, están siendo empujados rápidamente al mismo fin. Entre horribles penalidades pasan los días estos hermanos nuestros: baños inmundos, comidas podridas, envenenadas, incomunicaciones interminables, insultos, azotes y mil cosas más, indignas, canallescas, cobardes, se usan sobre ellos con un refinamiento que haría gozar a las torvas imaginaciones de un Felipe II y un Stambouloff.

Y la llamada prensa independiente, con rarísimas excepciones, calla, y los adalides de la redención pacífica, silencian estos crímenes, en tanto que titulan mártires de su amor a la libertad a los oficiales reyistas que fueron destinados a Yucatán por su ambición de formar parte del futuro pretorio del Caudillo de Galeana.

Pero más vale así, ¡que callen! ellos, los apocados, los dúctiles, los siervos por idiosincrasia no pueden protestar. Sus cerebros son invernaderos de flores cortesanas que al extenderse sobre el lecho del Sibarita tienen cuidado de no formar ni un pliegue que moleste. Su silencio es mejor que su verbo glutinoso.

Escondiéndose dentro de ellos mismos, hacen honor al heroísmo que sucumbe en los potros dictatoriales.

Y nosotros, revolucionarios, no hagamos protestas que se borran y olvidan: ¡Venguemos a los hermanos!

Venganza es hoy día igual a justicia.

Seamos vengadores y seremos justos.

Ya es tiempo...

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 4, del 16 de septiembre de 1909. El Paso, Texas.

Impacientes

La impaciencia del momento actual hunde en nuestros nervios su acicate de fuego.

Nuestros deseos se adelantan ansiosamente al desenvolvimiento de los hechos.

La lucha tiene momentos de espectación, que sofocan como el abrazo de un crótalo.

Queremos nuevamente descargar el brazo sobre nuestro viejo enemigo y nos vemos forzados a esperar que nuestras armas adquieran el temple necesario para que su choque sea terrible, aniquilador, tremendo.

La Bestia permanece frente a nosotros, y allá, en el fondo sanguinolento de su pupila pérfida, fosforece el reto y la injuria, mientras sus garras se emergen voluptuosas en cuajarones de sangre libertaria, de sangre que es la nuestra.

Y cuesta inmenso sacrificio aguardar... aguardar a que el momento llegue de hendirle el malvado cráneo, de arrancarle las garras nacionicidas y desbaratarle a puntapiés el negro, el asqueroso corazón.

Porque ¿cómo tener paciencia? ¿Cómo esperar; si se nos hace aspirar su aliento de traiciones; si estamos sintiendo el estremecimiento agónico de muchos seres, si oímos el ¡ay! de mil y mil bocas contraídas por la desesperación y el hambre, si vemos retorcerse sobre el suelo erizado de injusticias a un pueblo entero, pisoteado ferozmente por la Bestia?

Y, si la impaciencia hunde en nuestros nervios su acicate de fuego, centupliquemos el esfuerzo, y que ella sea el rápido corcel que nos conduzca a la realización de nuestro ideal.

Hay un freno para la impaciencia nuestra; la actividad sin tregua.

Que cada quien empuje los obstáculos que tiene delante de sí; que cada uno trabaje con toda su energía, y así, pronto, muy pronto estaremos todos listos y reunidos.

Somos la máquina del reloj; si estamos de acuerdo siempre y nos damos prisa en marchar, temprano fijaremos en la carátula de los tiempos la hora bella y sonriente de la emancipación.

Práxedis G. Guerrero
Punto Rojo, N° 4, del 16 de septiembre de 1909. El Paso, Texas.

Algo más

La disculpa de algunos resignados desaparece.

El relativo bienestar económico con el cual se satisfacían las raquíticas aspiraciones de mejoramiento de algunos trabajadores mexicanos emigrados, huyó de sus hogares, burlando sus esperanzas de sometidos.

Ya no es la exclusión de los niños mexicanos de las escuelas blancas contra lo cual ha protestado apenas una minoría digna.

Ya no es el insultante No Mexican AllowedNo se admiten mexicanos— que abofetea la vista de nuestros nacionales en algunas tiendas y otros establecimientos públicos de Texas.

Ya no es el Mexican Keep Awaylos mexicanos deben alejarse—, que ha tenido a nuestros nacionales estupefactos en las orillas de ciertos pueblos de la frontera norteamericana.

Ya no es el ultraje violento de la turba racista y de la policía abusiva que ebrias del salvaje espíritu de Lynch han ensangrentado sus manos con seres inocentes e indefensos.

Ya no es tan solo eso. La última ilusión se va...

La amarga ración de pan se acorta. Los bocados que hacían llevadera la vejación y el desdén se reducen considerablemente, augurando la vuelta del peonaje, lleno de privaciones y miserias, que desertaron de México.

En Oklahoma, en Texas, en Arizona, en todos los Estados donde abunda el elemento mexicano, se suceden hechos que tienen mayor elocuencia para los trabajadores pasivos o indiferentes, que los más poderosos incentivos morales. El peonaje, el horrible peonaje que había quedado entre las brumas de un recuerdo de ignominia flotando en los tugurios de las haciendas se desliza hacia acá.

Los terratenientes de los condados de Texas han tenido varias reuniones para establecer ciertas reformas en su sistema de parcionismo con los labradores mexicanos. Las nuevas condiciones pondrán a estos a merced de los amos completamente. Se piensa exigirles el cultivo gratuito de la tierra que pueda cultivarse con un tiro de mulas, el cuidado de las bestias de trabajo y de paseo de los burgueses, también gratuitamente; la compra de todas las herramientas necesarias para el cultivo, la prohibición de vender libremente la parte de productos que les puede tocar; el compromiso de preferir como compradores a sus patrones o a los recomendados de estos, y otros no, inicuas e injustas. A su vez un pequeño grupo de labradores ha iniciado la formación de una Unión de resistencia, que no conseguiría nada práctico si no adopta tácticas de acción solidaria con los elementos conscientes que por diferente vías revolucionarias se dedican a la lucha contra los tiranos y los explotadores.

En Oklahoma, el gobierno triplicó este año la renta de las tierras que tenían arrendadas algunos colonos mexicanos. Antes se pagaban dos pesos anuales por acre; ahora se exigen seis por igual extensión de terreno, dando el plazo de un día para hacer el pago. Lo intempestivo de ese aumento, lo perentorio del plazo no permitió a varios hombres satisfacer las exigencias del gobierno y fueron lanzados con sus familias brutalmente.

En Arizona, donde hace dos años se pagaba como salario ínfimo $ 2.00 diarios se ha reducido ahora en los talleres de Morenci, por ejemplo, a $ 1.50, mientras que en los mismos lugares y por iguales labores se paga a los negros $ 1.75, Y $ 2.00 a los italianos.

Podrían citarse más hechos como estos, que unidos al alza de precios en los artículos de consumo indispensable estrechan en un terrible torniquete a los obreros de raza mexicana, empleados en la industria y en los campos de este país.

La situación se hace insoportable, y no podría ser de otra manera, puesto que los burgueses de aquí saben que una gran cantidad de proletarios mexicanos al tocar esta tierra se plegan sin protesta a las condiciones que les imponen los explotadores; contentándose con ser los primeros en las fatigas y los últimos en la recompensa.

Pero la triste disculpa de nuestros resignados no existe ya. La miseria, el hambre, y el atropello están en México. La vergüenza, la humillación y el hambre están aquí. Son los compañeros universales de los impotentes. ¿A dónde irá el pasivo, el sometido, el resignado que no le escupan y le roben? Ahora que ya no existe esa ruin disculpa de la pitanza por asegurada, seguiréis siendo pasivos, seguiréis desconociendo a los que luchan para hacer que la humanidad coma un pan que no amase la ignomia? ¿Continuaréis poniendo los músculos faltos de nutrición, al servicio de los esclavistas, en vez de venir con vuestras fuerzas a precipitar la desaparición de los males comunes?

Si los ideales no han podido arrancar del rebañismo a ciertos hombres, hay que esperar algo más del rudo estrujón que hoy los coloca en medio de dos hambres.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 1, del 3 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

El interés verdadero del burgués y del proletario

Buscando la felicidad, muchos individuos pasan el tiempo dedicando sus faenas a la defensa de intereses falsos, alejándose del punto objetivo de todos sus afanes y aspiraciones: el mejoramiento individual y convirtiendo la lucha por la vida en la guerra feroz con el semejante.

Se oponen los privilegiados, con toda la fuerza que les presta la ignorancia atemorizada, a la emancipación de los proletarios; la ven como una horrible desgracia, como una catástrofe, como el fin de la civilización —cuando apenas es el comienzo de ella—, como un peligro que debe ser combatido con el hierro y con el fuego, con todas las armas de la astucia y de la violencia, y se oponen, sencillamente, porque no comprenden sus intereses verdaderos, que son los mismos para cada entidad humana.

Robar a otro el pan es poner en peligro cierto el propio sustento. Arrebatar a otros la felicidad, es echarse cadenas. Destruir la felicidad ajena para fabricar la nuestra con sus despojos, es una necedad. Porque pretender levantar la dicha propia sobre la miseria y el dolor de los demás, es igual a querer fortificar un edificio, comenzando por destruir sus cimientos. Y, sin embargo, la mayoría de las gentes, engañadas por la apariencia de sus falsos intereses, así caminan por el mundo en busca del bienestar, llevando por bandera este principio absurdo: hacer daño para obtener provecho.

En la satisfacción completa de las necesidades morales y físicas, en el disfrute de la vida, sin amenazas ni cargas que la amarguen, están radicados tanto el interés particular de los individuos, como el de la colectividad. Los que se opongan a ellos, rompiendo los lazos de solidaridad que la naturaleza estableció entre los miembros de la especie, laboran en contra de sí mismos; hiriendo a los otros se hace imposible el bienestar, que no puede ser duradero ni cierto, en medio de una sociedad que duerme sobre espinas; de una sociedad donde el hambre pasea su rostro lívido frente a las puertas de los almacenes repletos; donde una parte de los hombres, trabajando hasta el agotamiento, solo pueden vestir mal y comer peor; donde otra parte de ellos arrebatan a los productores lo que sale de sus manos y de su inteligencia para entregarlo a la polilla o al estancamiento inútil; en una sociedad desequilibrada, donde sobran riquezas y abundan miserias; donde el concepto justicia tiene tan inicua representación, que se mantienen instituciones bárbaras para perseguir y martirizar a las inocentes víctimas de las aberraciones del medio.

La herencia, la educación, la desemejanza de las circunstancias de vida, habrán creado diferencias profundas, morales y hasta físicas entre burgueses y proletarios, pero una ley natural los mantiene reunidos en una sola tendencia: el mejoramiento individual. Ahí radica el interés verdadero de cada ser humano.

Conocido eso, precisa obrar racionalmente, sobreponiéndose a los prejuicios de clase y dando la espalda a los romanticismos. Ni la caridad, ni el humanitarismo, ni la abnegación, tiene poder bastante para emancipar la humanidad, como lo tiene el egoísmo consciente.

Allí donde los burgueses sean bastante sabios para comprender que la transformación del sistema presente es inevitable y que vale más para sus propios intereses facilitar esa transformación que oponerle necia resistencia, el problema social que agita en todos momentos en todos los rincones del mundo perderá su aspecto de tragedia y se resolverá blandamente en beneficio para todos. Aquellos habrán ganado con la libertad el completo derecho a la vida; estos habrán perdido con lo superfluo, el temor a perderlo todo. Y sin duda que los privilegiados de hoy serán los que mejor parte saquen. En lo general, y eso debería avergonzarlos, son incapaces para servirse a ellos mismos; hay algunos que hasta para comer y echarse a dormir, necesitan la ayuda de esclavo. Cuando este les falte, adquirirán hábitos distintos, que harán de ellos seres útiles y activos, aptos para unir su impulso al esfuerzo colectivo que se aplicará entonces sobre las brusquedades y asperezas de la naturaleza, no ya en la imbécil pugna del hombre contra el hombre.

Pero si los intereses falsos siguen ejerciendo influencia dominante en el cerebro de los burgueses, y si una parte de los trabajadores continúa como hasta hoy, oponiéndose con su pasividad sus tradiciones a la causa del trabajo, su causa, el cambio se impondrá por la violencia aplastando a los obstruccionistas del progreso.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 2 del 10 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

El objeto de la revolución

¿Por qué, si quieres la libertad, no matas al tirano y evitas de ese modo los horrores de una gran contienda fratricida? ¿Por qué no asesinas al déspota que oprime al pueblo y ha puesto precio a tu cabeza? —me han preguntado varias veces—. Porque no soy enemigo del tirano, he contestado; porque si matara al hombre, dejaría en pie la tiranía, y a esta es a la que yo combato; porque si me lanzara ciegamente a él, haría lo que el perro cuando muerde la piedra inconsciente que le ha herido, sin adivinar ni comprender el impulso de donde viene.

La tiranía es la resultante lógica de una enfermedad social, cuyo remedio actual es la Revolución, ya que la resistencia pacífica de la doctrina tolstoiana solo produciría en estos tiempos el aniquilamiento de los pocos que entendieran su sencillez y la practicaran.

Leyes inviolables de la naturaleza rigen las cosas y los seres; la causa es creadora del efecto; el medio determina de una manera absoluta la aparición y las cualidades del producto; donde hay materias putrefactas sobreviene el gusano; dondequiera que asoma y se desarrolla un organismo, es que ha habido y hay elementos para su formación y nutrimento. Las tiranías, los despotismos más sanguinarios y feroces, no quebrantan esa ley, que no tiene escotillones. Existen, luego a su derredor prevalece un estado especial de medio ambiente, del cual ellos son el resultado. Si ofenden, si dañan, si estorban, ha de buscarse su anulación en la transformación de ese mórbido medio ambiente, y no en el simple asesinato del tirano. Para destruir la tiranía es ineficaz la muerte aislada de un hombre, por más que él sea zar, sultán, dictador o presidente, que equivale a procurar la desecación de un pantano matando de cuando en cuando las sabandijas que en él nacen.

Si fuera de otra manera, nada más práctico y sencillo que ir hacia el individuo y despedazarlo. La ciencia moderna pone en nuestras manos instrumentos poderosos de una eficacia segura y terrible, los que manejados una vez y haciendo un número insignificante de víctimas, realizarían la libertad de los pueblos, y la Revolución no tendría excusa ni objeto.

Para una mayoría de gentes, revolución y guerra tienen igual significado: error que a la luz de extraviados criterios, hace aparecer como barbarie el supremo recurso de los oprimidos. La guerra tiene las invariables características del odio y las ambiciones nacionales o personales; de ella sale un beneficio relativo para un individuo o grupo, pagado con la sangre y el sacrificio de las masas. La revolución es el sacudimiento brusco de la tendencia humana hacia el mejoramiento, cuando una parte más o menos numerosa de la humanidad es sometida por la violencia a un estado incompatible con sus necesidades y aspiraciones. Contra un hombre se harán guerras, pero nunca revoluciones; aquéllas destruyen, perpetuando las injusticias; estas mezclan, agitan, confunden, trastornan y funden en el fuego purificador de ideas nuevas, los elementos viejos envenenados de prejuicios y carcomidos de polilla, para sacar del ardiente crisol de la catástrofe un medio más benigno para el desarrollo y la expansión de los seres.

La revolución es el torrente que desborda sobre la aridez de las campiñas muertas, para extender sobre ellas el limo de la vida que transforma los eriales de la paz forzada, donde solo habitan reptiles, en campos fértiles, acondicionados para la espléndida floración de las especies superiores.

Los tiranos no surgen de las naciones por un fenómeno de autogeneración. La ley universal del determinismo los sube a las espaldas de los pueblos. La misma ley, manifestada en el poderoso transformismo revolucionario, los hará caer para siempre, asfixiados como el pez que fuera privado de su morada líquida.

La Revolución es un hecho plenamente consciente, no el espasmo de una bestialidad primitiva. No hay inconsecuencia entre la idea que guía y la acción que se impone.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 3 del 17 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

Sopla

Las mansas multitudes hacían un ruido como de rebaño en el esquiladero; rodeábanme la brutalidad, la infamia, la adulación, la mentira, la vanidad; cansáronse mis nervios; huí de la ciudad porque sentíame prisionero en ella, y vine hasta esta roca solitaria que será el mausoleo de mis fastidios. Solo estoy por fin; la ciudad y sus ruidos quedáronse muy lejos; libre soy de ellos; respiraré otro ambiente; el murmullo de la naturaleza será la dulce canción que escuchará mi oído.

De pie sobre el alto cantil sonríe el vagabundo.

Llegó ligera brisa; y a los pulmones del vagabundo penetró algo asfixiante; oyó que en las madejas de su cabellera bronca gemía una voz extraña.

¿De dónde vienes tú, brisa ligera, que causas ansiedades y tristezas locas?

Vengo de largo peregrinaje. Pasé por las cabañas de los peones y vi cómo nacen y crecen esos esclavos; con mis dedos sutiles toqué las carnes sin abrigo de los pequeños, los senos lacios y enjutos de las madres feas y bestializadas por las miserias y los maltratos; toqué las facciones del hambre y de la ignorancia; pasé por los palacios y recogí el gruñido de las envidias, el regüeldo de las harturas, el sonido de las monedas contadas febrilmente por los avaros, el eco de las órdenes liberticidas; palpé en mi mano invisibles tapices, mármoles dorados, joyas con que se adornan para valer algo los que nada valen. Pasé por las fábricas, por los talleres, por los campos y me impregné de la salobridad de muchos sudores sin recompensa; permitiéronme apenas asomarme a las minas y recogí el aliento cansado de miles de hombres. Atravesé las naves de los santuarios y hallé al crimen y a la pereza moralizando; tomé de allí acres olores de vil incienso. Escurríme en las cárceles y acaricié a la infancia prostituida por la justicia, al pensamiento encadenado en las bartolinas y vi cómo miríadas de insectos chicos comen la carne de insectos grandes. Forcé cuarteles y vi en sus cuadras humillaciones, brutalidades, vicios hediondos, una academia de asesinato. Entré a las aulas de los colegios y vi a la ciencia en amistad con los errores y los prejuicios; a seres jóvenes, inteligentes, en pugna recia por adquirir certificados de explotadores, y vi en los libros derecho inicuo que da derecho para violar todo derecho. Pasé por valles, por serranías; silbé en la lira de los tiranos, que la han formado las cuerdas tiesas de los ahorcados en los ramajes de las florestas. Traigo dolores, traigo amarguras, por eso gimo; traigo resignaciones, vengo del mundo, por eso asfixio.

Vete, ligera brisa; quiero estar solo.

Fuése la brisa, pero en la cabellera bronca del vagabundo quedó apresada la angustia humana.

En rachas fuertes llegó otro viento, intenso y formidable.

¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes?

Vengo de todos los rincones del mundo; traigo el porvenir justiciero; soy el aliento de la revolución.

Sopla, huracán; peina mi cabellera con tus dedos terribles. Sopla, vendaval, sopla sobre mi cantil abrupto, sobre los valles, en los abismos, gira en torno de las montañas; derriba esos cuarteles y esos santuarios; destruye esos presidios; sacude esa resignación; disuelve esas nubes de incienso; quiebra las ramas de esos árboles en que han hecho sus liras los opresores; despierta a esa ignorancia; arranca esos dorados que representan mil infortunios. Sopla, huracán, remolino, aquilón, sopla; levanta las arenas pasivas que hollan los pies de los camellos y los vientres de las víboras y haz con ellas proyectiles ardientes. Sopla, sopla, para que cuando la brisa vuelva no deje aprisionada en mi cabellera la horrible angustia de la humanidad esclava.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 3 del 17 de septiembre de 1910.

Soy la acción

Sin mí, las concepciones del cerebro humano serían unos cuantos fósforos humedecidos en una cerillera mohosa.

Sin mí, el fuego no habría calentado el hogar de los hombres, ni el vapor habría lanzado sobre dos líneas de acero la rápida locomotora.

Sin mí, la casa del hombre sería el bosque o la caverna.

Sin mí, las estrellas y los soles serían todavía los parches brillantes que Jehová pegó al firmamento para deleite de las pupilas de su pueblo.

Sin mí, Colón hubiera sido un loco; Bernardo Pallissy, un demente; Keplero, Copérnico, Newton, Galileo y Giordano Bruno, embusteros; Fulton, Franklin, Roentgen, Mongolfier, Marconi, Edison y Pasteur, soñadores.

Sin mí, la rebeldía de las conciencias sería una nube de humo encerrada en el hueco de una nuez, y las ansias de libertad, los aleteos inútiles de un águila encadenada y presa.

Sin mí, todas las aspiraciones y los ideales rodarían en la mente de los hombres como hojarasca arremolinada por el cierzo.

El Progreso y la Libertad no pueden ser sin mí.

Soy la Acción.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 3 del 17 de septiembre de 1910.

La inconveniencia de la gratitud

Los abusos de los poderosos, las miserias del pueblo, las injusticias que sangran la espalda de los oprimidos, el hambre y la explotación que fabrican ancianidades prematuras y prostituciones dolientes, llaman un día a la puerta de la sensibilidad de un hombre fuerte y justo; sus sueños de libertad se vuelven deseos vehementísimos; sus aspiraciones de mejoramiento social erectan sus energías convirtiendo en acción el idealismo y ese individuo, temperamento guerrero, apóstol o filósofo, a veces reuniendo a los tres en su persona, y brega, batalla, lucha con la fuerza del cerebro y del puño, hasta perecer o conquistar la victoria de su causa; pero o alcanza la victoria ayudado de otros hombres como él determinados a las grandes luchas por los grandes ideales. Si lo primero, o pasa a la sombra como un olvidado o el fetichismo de las masas lo sienta en el ridículo pedestal de los ídolos. Si lo segundo, si sobrevive al triunfo, la admiración y el agradecimiento de las multitudes desvían sus tendencias justicieras, lo instituyen árbitro de los destinos públicos y acaban por transformarlo en glorioso tirano. La gratitud de los pueblos es la más fecunda y creadora de los despotismos. Malea los hombres buenos y abre el camino del poder a los ambiciosos.

Trabajadores recios, luchadores constantes y desinteresados socavan la base granítica de una fuerza que siembra el terror y la muerte sobre las llanadas que gimen a su pie; la mole cruje, se estremece, los sillares se agrietan, la ruina del gigante se anuncia más y más próxima a cada golpe de zapa, va a caer, pero los cavadores de aquel cimiento están débiles, sus manos sangran, sus frentes chorrean sudor, la fatiga amenaza reventar sus pechos; detiénese un segundo para preparar el final impulso; el decisivo, el que abatirá al monstruo que vacila a la orilla de su tumba: es el momento propicio del oportunismo ambicioso; disfrazado de redentor y de héroe surge un hombre del montón de espectadores que se burlaron de aquella obra o la estorbaron cuanto pudieron antes de verla próxima a terminar y da el último picazo que le conquista la gratitud general, que hace de los escombros del viejo despotismo el trono del nuevo, que se encumbra con el libertador por cálculo político. Al calor de una libertad fugaz se forjan nuevas cadenas. Agustín de Iturbide es un ejemplo típico del REDENTOR oportunista.

En los dos casos: en el del hombre sincero que lucha por la satisfacción de sus propias aspiraciones de justicia, que busca la felicidad de él mismo en el bienestar de quienes lo rodean, y en el individuo convertido en HÉROE y SALVADOR, por mero oportunismo utilitario, la gratitud del pueblo es inmotivada y sin razón plausible que la justifique. Hay acciones merecedoras de estimación, pero no de agradecimiento. La gratitud hace de una suposición falsa, origen también de la inicua justicia autoritaria: la suposición del libre albedrío en los individuos. Y resulta inconveniente en sus manifestaciones, ocupando lugar principalísimo entre las causas de la esclavitud. Ella hace que las naciones paguen muchas veces una libertad ilusoria con la pérdida de sus derechos y libertades verdaderas, y que encaramen tontamente sobre sus hombros todavía llagados por el azote de un señor derribado, el poderío titánico de sus libertadores, que desde ese momento dejan de serlo y asumen el papel de compradores de esclavos, no importa que la moneda con que hizo la transacción haya sido de sus padecimientos y su sangre.

Y lo que es la gratitud para los pueblos es también para los individuos; cuerda que ata más fuerte que la del terror y parálisis que hace desfallecer el brazo del derecho; mordaza en la boca de la justicia y barrera para la serena crítica, que es el génesis de todas las reformas.

La gratitud es una flor de servilismo; el libertario la rechaza porque tienen olores de ergástula.

La admiración que es una gran reclutadora de rebaños, ayuda a la gratitud, que es una gran forjadora de cadenas, a perpetuar los yugos.

Los pueblos no deben gratitud a sus libertadores, como no deben amor a sus tiranos.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 4 del 24 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

Obscuridades

La sombra es sudario para la impostura, la vanidad y los oropeles; por eso hay tantos que la odian.

La sombra mata la inútil belleza de las piedras preciosas que cautivan las mentes primitivas.

En las sombras nacen las tempestades y las revoluciones que destruyen, pero también fecundan.

El carbón, piedra obscura que tizna las manos que la tocan, es fuerza, es luz, es movimiento cuando ruge en el fogón de la caldera.

La rebeldía del proletario obscuro es progreso, libertad y ciencia cuando vibra en sus puños y trepida en su cerebro.

En el fondo de las tinieblas toman forma los seres y empiezan las palpitaciones de la vida.

En el vientre del surco la simiente germina.

La obscuridad de la nube es la fertilidad de los campos; la obscuridad del rebelde es la libertad de los pueblos.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración N° 4 del 24 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

Dulce paz

La Prensa de México habla de sucesos sangrientos ocurridos en la celebración del Centenario. Refiere disolución de manifestaciones pacíficas a caballazos, encarcelamientos en masa, asesinatos de hombres indefensos y mujeres inermes, niños errando por los bosques, llenos de hambre y de terror; casas abandonadas, frías, desiertas, porque en ellas ha penetrado la terrible escoba del terror oficial; bandas rurales entrando a los pueblos sorprendidos al galope de sus caballos disparando sus armas sobre el tendero que se hallaba tranquilamente a la puerta de su tienda, sobre la pobre fondista que aguardaba parroquianos, sobre todo el que no tuvo tiempo de ocultarse al escuchar el tropel de los asesinos; cuerpos desfigurados a machetazos y abandonados en las alcobas asaltadas a media noche por los esbirros; mujeres poniendo en huida vergonzosa, con las piedras arrancadas del camino, a los soldados del tirano, que se alejan para vengar su derrota en el primer viandante que tiene la desgracia de tropezar con ellos; el cuerpo de una mujer clareado por las balas, sirviendo de alimento a los perros trashámbridos y vagabundos... Todo en pleno Centenario de la Independencia.

La policía de la Capital pisotea a los manifestantes, golpea con sus sables todo lo que tienen delante, no importa el sexo ni la edad; arrea a la cárcel a mujeres y hombres, rechaza brutalmente fuera de los lugares aristocráticos al pueblo harapiento. La soldadesca de Tlaxcala siembra la muerte y la desolación sacrificando en la matanza a hombres, a mujeres y a niños.

Ya no es México esa porción de tierra que limitan el Bravo y el Suchiate; es la Compañía de los Borgia, escarbada y convertida en lodazales rojizos y hediondos. México ha tenido brutales tiranos que han vendido sus territorios; que han fusilado en tiempo de guerra a los filósofos y a los pensadores; que han sacrificado a médicos y heridos en los hospitales; que han robado, encarcelado, matado sin freno, pero ninguno como el despotismo actual se ha caracterizado como verdugo de niños y mujeres.

Los sacerdotes de la paz servil tendieron sus impuras manos sobre las multitudes, e hicieron que las frentes se envilecieran en el polvo de la sumisión, y las rodillas, trémulas de cobardía, se hincaran en la tierra, prostituidas por el crimen. La barbarie paseó altanera y engreída su bandera de exterminio sobre el rebaño mustio, todo se sacrificó en aras del mito: dignidad, derechos, libertad, el pan de los hijos, la castidad de las mujeres, la conciencia humana, el porvenir de la raza, el recuerdo de los antepasados indómitos y batalladores, el pensamiento, motor y riel para el progreso y la civilización. El cubo nacional tuvo un altar inmenso, y el ídolo, groseramente pintarrajeado exigió millares de víctimas, ya no cogidas como antaño en los campos de batalla, sino en los talleres, en las minas, en las fábricas, en las haciendas, en el rincón de sus cabañas. El canto de las nuevas liturgias es la combinación de siniestros ruidos que se anudan unos a otros en el extremo de sus ecos; la plegaria, el lamento, el silbido del látigo, el crujimiento de los huesos triturados por la herradura de los caballos, el rechinamiento de las puertas de los presidios, la maldición del sicario, la caída de los cuerpos en las aguas del mar, el chisporroteo de las rancherías incendiadas, el paso cauteloso del espía, el cuchicheo del denunciante, la risa del cortesano, el clamor de la adulación, el lloro de los pequeñuelos y el murmullo monótono de oraciones estúpidas...

Paz dulce, paz divina. Adoremos la paz. Conservemos la paz al precio de la tranquilidad, de los afectos más queridos y aun de la misma vida, han sido las palabras que abyectos labios han pronunciado, sin cesar, al oído del pueblo sacrificado, ensordeciéndolo, destruyéndolo para que no escuche la voz del rebelde iconoclasta que rasga el espacio buscando oídos viriles. Gimió Cananea con la afrenta, el asesinato y el robo; gritó Acayucan con épico y desafiador acento; apostrofó Río Blanco en el martirio; rujieron Viesca, Las Vacas y Palomas; hablaron Tehuitzingo, Tepames y Velardeña, Ulúa y Belén bostezaron como bestias ahítas; el Yaqui lanzó alaridos de agonía; el Valle Nacional se irguió como un espectro sangriento; Valladolid levantó trágicamente el puño y... el pasivismo nacional permaneció de rodillas. Niños y mujeres perecieron en Sonora; niños y mujeres han muerto en Veracruz y Tlaxcala; niños y mujeres, sangrantes las espaldas, entristecidos los rostros, enflaquecidos los miembros, viven esclavos y prisioneros en Yucatán y las Islas Marías y... tenemos paz, dulce paz, divina paz, comprada con el martirio de los seres que defender debíamos con nuestras vidas que son una vergüenza en la esclavitud.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 5 del 1° de octubre de 1910. Los Ángeles, California.

Impulsemos la enseñanza racionalista

Próximamente hará un año que Francisco Ferrer murió asesinado por los enemigos de la civilización en el interior del fuerte de Montjuich, en Barcelona. Las escuelas racionalistas fundadas por él cerraron sus cátedras obedeciendo la imposición brutal del Gobierno español, y sus libros, fuentes de ideas y conocimientos sanos, ardieron en las hogueras encendidas por los seides fanáticos del error. Solo pocos ejemplares se salvaron, y de ellos algunos permanecen guardados por nuestro cariño, esperando la posibilidad de hacer nuevas ediciones para dotar las escuelas obreras que ya empiezan a formarse a impulso y deseo de varios grupos de trabajadores mexicanos.

Cuando tuve noticia del crimen de Montjuich, me invadió un gran deseo de protestar, pero no en la forma declamatoria que a fuerza de tanto repetirse a cada atentado del despotismo se ha hecho inútil, pudiendo considerársele como el enfurecimiento de la espuma contra el granito, sino con algo que fuera en vez del verbo, de la protesta, la acción de ella. Propuse entonces a los trabajadores, de raza mexicana el establecimiento de escuelas y la formación de pequeñas bibliotecas racionalistas, con nuestros propios elementos, que son bien escasos, pero no del todo ineficaces para ir poco a poco desarrollando un sistema de educación libre para nuestros pequeños, y para nosotros mismos. Mi propuesta fue aceptada por algunos grupos que han estado trabajando para realizar la idea, luchando continuamente con las dificultades de la miseria y con la carencia de libros apropiados para las escuelas, pues que, como es sabido, las obras editadas por la Escuela Moderna de Barcelona, fueron quemadas por mandato de los necios gobernantes españoles. Existen ya varias bibliotecas que cuentan con pocos, pero excelentes volúmenes formadas colectivamente por grupos de trabajadores de la Liga Panamericana, verdaderos centros de estudios sociales donde se discute el libro que se lee y establece con el cambio de ideas de fraternidad sólida y duradera, producto de la desaparición de los viejos prejuicios que se ahogan en el nuevo ambiente; van cada día en progreso, aumentando el número de compañeros que las visitan y el de los libros que se compran por el que tiene la posibilidad de hacerlo.

Las escuelas, desgraciadamente no han podido establecerse completamente sobre el plan moderno: faltan libros y maestros.

Me ocurre un medio de resolver la cuestión ahora que se acerca el aniversario del asesinato de Ferrer, que muchos amigos de su obra piensan celebrar con manifestaciones de protesta y otros actos de simpatía. ¿Por qué no celebramos los trabajadores mexicanos ese aniversario haciendo un esfuerzo en pro de las escuelas modernas? Eso sería la mejor protesta, la más lógica, la más consciente, la más efectiva. No se necesitan ni gritos ni amenazas, simplemente acción, acción inmediata, constante, para que nuestra protesta llegue al corazón del despotismo y sea en él veneno saludable que le acorta los días. En muchos lugares de los Estados Unidos, los trabajadores mexicanos pagan lo que aquí se llama school taxes para que sus hijos reciban educación en las escuelas oficiales; en otros tienen escuelas propias donde se siguen métodos antiguos que perjudican más que instruyen a la niñez, y en otros, a pesar de ser numeroso el elemento mexicano, no hay escuela para sus niños, que son arrojados de los planteles blancos por no tener la piel descolorida. ¿Por qué no fundar y sostener escuelas nuestras donde aprendan los niños a ser buenos y libres al mismo tiempo que saborean los deleites de la ciencia?

Con lo mismo que se paga al gobierno para escuelas que muy poco enseñan, lo que se gasta en las escuelas particulares establecidas con el antiguo régimen y si es necesario, con un pequeño sacrificio más, puede hacerse nueva edición de las obras editadas por la Escuela Moderna de Barcelona y traerse algunos educadores de los que la persecución ha hecho salir de España, y así quedarán vencidas las dos dificultades principales para el nacimiento de la enseñanza racionalista en América.

En Nueva York, el grupo Solidaridad Obrera y su órgano Cultura Proletaria, trabajando con algunos intelectuales avanzados, tratan igualmente de hacer algo práctico, en idéntico sentido; pero, como nosotros, parece que no andan muy abundosos de recursos monetarios.

Bueno es que aquellos compañeros y los del sur se pongan de acuerdo para hacer obra rápida y seria de propósito común que nuestros afectos por Ferrer no degeneren en lirismos y fantasías de idólatras; su obra está en manos de los que amamos la libertad; continuándola, protestamos contra sus verdugos y herimos directamente al despotismo.

Que nuestros niños tengan el pan intelectual que vigoriza los cerebros y no la comida indigesta que los debilita.

La educación libre asegurará las victorias que contenga la revolución armada.

Convirtamos en profecía cumplida la última exclamación del mártir de Montjuich. Hagamos vivir la Escuela Moderna.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 5 del 1° de octubre de 1910. Los Ángeles, California.

El argumento de filogonio

Cruzando un río volcóse una barca donde iban Filogonio y sus compañeros; algunos entre ellos sabían nadar y trataron de ganar la orilla remolcando a los que por temor o ineptitud se dejaban arrastrar por la corriente. Filogonio fue hábil para mantenerse a flote durante algunos minutos; pero no nado hacia la ribera, ni remolcó a nadie; solamente habló en nombre de la prudencia y del bien común a los que disputaban su vida con las aguas.

¡Imbéciles! ¿Qué hacen ustedes? ¡Imprudentes! ¿No ven que con tales esfuerzos y dando tales brazadas podemos morir de cansancio? Caímos en esta odiosa corriente por culpa de alguno de nosotros, ahora lo prudente es maldecir y protestar en contra de ella y no hacer esos movimientos, porque pudiera suceder que muriéramos de fatiga, que es la peor de las muertes.

Y Filogonio, gritando cada vez más irritado a los que luchaban por alcanzar la orilla, se fue alejando, arrastrado por el río.

Desaparecía entre las olas dando tragos de agua, y cuando volvía a la superficie, tornaba a exclamar: ¡imbéciles, van a morir de fatiga!

El cuento parece inverosímil, sin embargo, por ahí, en el mundo, corren algunos hábiles y prudentes patriotas que usan y abusan del argumento de Filogonio, sin parecer locos, sino muy inteligentes y cuerdos sujetos.

La amenaza del Norte, el peligro norteamericano ha sido y es para muchos la razón patriótica de más peso para oponerse a la revolución. El temor a la absorción yanqui, explotado por la Dictadura y explotado por ciertos elementos de la oposición platónica y del apostolado transante, han hecho al pueblo mexicano olvidar en parte el peligro real en que lo han precipitado los traficantes del Gobierno.

Durante la violenta paz porfirista, han caído en la amenazadora corriente del capitalismo yanqui, los grandes y pequeños intereses de México: las fuentes naturales de riqueza, minas, bosques, tierras, pescaderías; y rápidamente la dependencia a los financieros de Estados Unidos, ha sido un hecho nacional en el orden político y en el orden económico. La voluntad de los multimillonarios yanquis es en la actualidad el factor más potente del statu quo mexicano. Esto es sabido por los mexicanos y reconocido por los extranjeros. La paz en México, tal y como es hoy día, constituye el medio más favorable para su completa absorción en la ambiciosa corriente del imperialismo del Norte que trabaja por conservarla, entendido como lo está de que una Revolución, si no arranca por completo la presa de sus manos, si disminuirá considerablemente su preponderancia y las probabilidades de dominio absoluto que ahora tiene el futuro de México.

Unos de mala fe y otros por ignorancia, dicen que los Estados Unidos esperan un movimiento revolucionario en México, para intervenir, enviar su escuadra y sus tropas y declarar la anexión en cualquier forma. Y aconsejan que se conserve la paz a toda costa, aun al precio mismo de la esclavitud, para no dar lugar a que el poderoso y omnipotente Gobierno de Washington nos declare provincia yanqui.

El argumento es pueril, como cándido es el consejo. El Gobierno de los Estados Unidos, instrumento y servidor del capitalismo, no espera ni desea una revolución en México, al contrario, la teme. Todos sus actos lo han demostrado plenamente.

Atropellando los principios más triviales de justicia, el gobierno yanqui ha trabajado por aniquilar a los revolucionarios mexicanos, lanzándose contra ellos con una saña sin precedente en su historia, escrita en actos de diferente complacencia hacia todos los revolucionarios que han buscado refugio en su territorio y que han organizado desde él muchos movimientos triunfantes o fracasados. Esta persecución ha tenido incidentes que revelan el interés particular que el capitalismo yanqui pone en que la paz actual no se quebrante, interés que está muy lejos de ser el simple deseo de apurar el resorte de los tratados internacionales para salvar el poder de un déspota amigo, sino que es el esfuerzo desesperado del que combate a un enemigo propio, del que siente que le arrebatan un tesoro del que se creía indiscutible dueño.

De otra manera el Gobierno de Washington no habría llamado con tanta frecuencia y audacia a la puerta del desprestigio, ni hubiera levantado con sus violencias y abusos ese gran movimiento de indignación que ha forzado la investigación que se está llevando en el Congreso para el esclarecimiento de los crímenes cometidos con los liberales mexicanos en los Estados Unidos.

En los Estados Unidos, como en todas partes, hay gentes honradas que se oponen al imperialismo de su Gobierno, y a la rapacidad del capitalismo que ha venido minando las antiguas libertades republicanas. El socialismo, fuerza en continuo desarrollo, se extiende por las praderas del Oeste. Escala las vertientes de los montes rocallosos, se agita en las enormes ciudades del Este, penetra en las selvas del sur, toma asiento en el escritorio de la intelectualidad; se difunde en las minas, en los ferrocarriles, en los campos, en las fábricas, y se levanta frente al Capitalismo para decirle: No pasarás de aquí. Las uniones obreras, cada día más numerosas y radicales, ganan terreno en sus disputas con los patrones; y gracias a los trabajos y persecuciones del los revolucionarios, han abierto los ojos en la cuestión mexicana para ver la relación que la esclavitud y el peonaje de México tienen con la situación de ellos. El trabajo barato de allá es el gran enemigo del trabajo organizado de aquí. El capitalismo yanqui tiene en cuenta estos dos factores: socialismo y unionismo; los suma al problema negro, cada día más agudo, a la liquidación pendiente con el Japón, a los fermentos emancipadores de Filipinas, al descontento de la América española, al crecimiento de la idea civilizadora que rechaza las guerras de conquista, a la resistencia que un pueblo en rebelión ofrecería a la dominación armada en un extenso territorio cubierto de montañas; y sabiamente trata de prolongar la paz existente, que le permite usar de México como de un almacén de esclavos baratos y de un depósito inagotable de recursos materiales.

Tal vez si la revolución mexicana fuera acaudillada por un ambicioso y no llevara, como lleva, tendencias poderosas de reforma social y económica, el capitalismo yanqui, por medio de sus hechuras en el Gobierno, asiría la oportunidad ayudando al pretendiente para tener con él iguales privilegios que con el tirano viejo que se debilita y que forzosamente desaparecerá. Pero en cualquier caso, la empresa de reconquistar a México a sangre y fuego sería una aventura de malos resultados.

Los Estados Unidos no quieren la revolución en México; eso está plenamente demostrado en su conducta, el peligro de la absorción y de la conquista no es una amenaza para el futuro; cuando el pueblo mexicano quiera obtener su libertad, por el único medio práctico, por medio de la revolución; es un peligro de actualidad; es la corriente que nos arrastra y de la cual no saldremos con facilidad; estamos ya en ella y es preciso nadar, nadar vigorosamente hacia la orilla, aunque Filogonio nos grite que así podemos morir de fatiga.

Los rebaños de borregos no imponen respeto a nadie, solo Don Quijote pudo ver en ellos escuadrones de combatientes.

Un pueblo pasivo es la esclavitud, es miel sobre hojuelas para los ambiciosos explotadores.

Un pueblo revolucionario por su libertad y derecho, se hace temible a los conquistadores.

Dejemos a Filogonio y a los prudentes que arguyan sobre los peligros de la fatiga. Nademos para salir de la corriente.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 6 del 8 de octubre de 1910. Los Ángeles, California.

Trabajando

Sobre el barbecho que reverbera por los rayos del sol, tostado el cutis por la inclemencia de la intemperie, con los pies y las manos agrietados, el labrador trabaja; va y viene sobre el surco; el alba le halla en pie y cuando la noche llega, todavía empuña la herramienta y trabaja, trabaja ¿Para qué trabaja? Para llenar graneros que no son suyos; para amontonar subsistencias que se pudren en espera de una carestía, mientras el labrador y su familia apenas comen; para adquirir deudas que lo atan a los pies del amo, deudas que pasarán sobre las generaciones de sus descendientes; para poder vegetar unos cuantos años y producir siervos que labren cuando él muera los campos que consumieron su vida y dar a la bestialidad de sus explotadores algunos juguetes femeninos.

Sudoroso y jadeante en el húmedo fondo de la mina se debate contra la roca un hombre que vive acariciado por la muerte, a la cual se parece con la palidez del rostro, martillea y dinamita; trabaja con los reumas filtrándose a través de sus tejidos y la tisis bordando sus mortales arabescos en las blanduras de sus pulmones sofocados. Trabaja, trabaja. ¿Para qué trabaja? Para que algunos entes vanidosos se doren los trajes y las habitaciones; para llenar cajas de sórdidos avaros; para cambiar la piel por unos cuantos discos metálicos fabricados con las piedras que él ha hecho salir a la superficie a toneladas; para morir joven y abandonar en la miseria a los hijos queridos.

En destartalada casucha, sentada en humilde silla, una mujer cose. Ha comido mal, pero cose sin descanso, cuando otros salen de paseo ella cose; cuando otros duermen, ella cose; huye el día y a la luz de una lámpara sigue cosiendo y poco a poco su pecho se hunde y sus ojos necesitan más y más la proximidad de la pobre lámpara que le roba su brillo, y la tos viene a hacerse la compañera de sus veladas. Sedas, hermosas y finas telas pasan bajo su aguja; trabaja, trabaja. ¿Para qué trabaja? Para que ociosas mujeres, damas aristócratas, concurran al torneo de la ostentación y la envidia, para surtir lujosos guardarropas donde se picarán los trajes en tanto que ella viste de harapos su vejez prematura.

Envuelta en llamativos adornos, cargada de acres perfumes, teñido el rostro marchito y fingiendo acentos cariñosos, la prostituta acecha el paso de los hombres frente a su puerta maldecida por la gazmoñería, misma que la obligó a llevar al mercado social, los efímeros encantos de su cuerpo. Esa mujer trabaja, horrible trabajo el suyo, siempre trabaja, trabaja. ¿Para qué trabaja? Para adquirir sucias enfermedades; pagar al Estado moralizador el impuesto del vicio y expiar en el asco y en la inmundicia crímenes ajenos.

En lujoso escritorio el rey de la industria, el señor del capital, calcula; las cifras nacen de su cerebro y nuevas combinaciones van allá, lejos de la opulenta morada, a disminuir el calor del hogar y los mendrugos de los proletarios; trabaja, trabaja; también él trabaja. ¿Para qué trabaja? Para amontonar superfluidades en sus palacios y recrudecer miserias en las casuchas; para quitar, al que fabrica sus riquezas, el pan y el abrigo que producen sus manos; para impedir que los despojados tengan algún día asegurado el derecho a vivir que el derecho concedió a todos, para hacer que una gran parte de la humanidad permanezca como rebaño que se esquilma sin protesta y sin peligro.

Afanoso busca el juez en los volúmenes que llenan los armarios de su gabinete; consulta libros, anota capítulos, revuelve expedientes, hojea procesos, hurga en las declaraciones de los presuntos delincuentes, violenta la inventiva criminalogísta de su cerebro; trabaja, trabaja. ¿Para qué trabaja? Para disculpar con el pretexto legal los errores sociales; para matar con el derecho escrito el derecho natural; para ser respetados y temidos los caprichos de los déspotas; para presentar siempre a los ojos de los hombres la espantable cabeza de medusa en el estrado de la justicia.

Escuchando pasa el esbirro junto a las puertas, sus ojillos inquieren por las rendijas, estudian los semblantes tratando de adivinar el rasgo característico de la rebeldía, sus oídos se alargan tratando de percibir todos los ruidos inquietantes para el despotismo; se disfraza, pero no se oculta; el esbirro tiene un olor propio que lo denuncia; tan pronto es gusano como es una serpiente; se agita, se retuerce, se escurre por entre la multitud queriendo leer los pensamientos, se pega a las paredes como sí quisiera chupar los secretos que guardan; golpea, mata, encadena; trabaja, trabaja. ¿Para qué trabaja? Para que los opresores tengan tranquilidad en sus palacios, erigidos sobre miserias y esclavitudes; para que la humanidad no piense, no se enderece, ni marche a la emancipación.

Señalando al cielo con un dedo simoniaco y deletreando páginas de absurdos libros, corre el sacerdote a casa de la ignorancia; predica la caridad y se enriquece en el despojo; habla mentira en nombre de la verdad; reza y engaña; trabaja, trabaja. ¿Para qué trabaja? Para embrutecer a los pueblos y dividirse con los déspotas la propiedad de la tierra.

Y, obscuro y pensativo, el revolucionario medita; se inclina sobre un papel cualquiera y escribe frases fuertes que hieren, que sacuden, que vibran como clarines de tempestad; vaga, y enciende con la llama de su verbo las conciencias apagadas, siembra rebeldías y descontentos; forja armas de libertad con el hierro de las cadenas que despedaza; inquieto, atraviesa las multitudes llevándoles la idea y la esperanza; trabaja, trabaja. ¿Para qué trabaja? Para que el labrador disfrute del producto de sus cuidados, y el minero, sin sacrificar la vida, tenga pan abundante; para que la humilde costurera cosa vestidos para ella y goce también de las dulzuras de la vida; para que el amor sea el sentimiento que, ennobleciendo y perpetuando a la especie, una a dos seres libres; para que ni el rey de la industria, ni el juez, ni el esbirro pasen la existencia trabajando para el mal de los hombres; para que el sacerdote y la prostituta desaparezcan; para que la tiranía, el despotismo y la ignorancia mueran; para que la justicia y la libertad, igualando racionalmente a los seres humanos, los haga solidarios constructores del bienestar común; para que cada quién tenga, sin descender al fango, asegurado el derecho a la vida.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 6 del 8 de octubre de 1910. Los Ángeles, California.

Programa de la Liga Panamericana del Trabajo

Esta organización, como su nombre lo indica, es de los trabajadores de ambos sexos de todas las naciones de América, y su programa, dirigido al mejoramiento de la especie humana, tiene como principios los siguientes:

  1. Propaganda y sostenimiento de la Enseñanza Racionalista.

  2. Emancipación de la mujer.

  3. Destrucción de los prejuicios de raza y nacionalidad que al presente dividen a la humanidad.

  4. Participación de los proletarios de todas las naciones de América en los asuntos de carácter social que afecten a cualquiera de ellas.

  5. Mejoría de salarios y demás condiciones de trabajo. amw

  6. Abolición de la guerra.

Plan de organización
  1. Los compañeros o compañeras, no menos de cinco, que vivan en el mismo lugar o distrito podrán formar un grupo.

  2. Individuos aislados también podrán formar parte de la Liga inscribiéndose en el grupo más cercano a su residencia o pidiendo su tarjeta de miembro a la Oficina Internacional.

  3. Cada grupo tendrá un secretario, un organizador y un tesorero internacionales, que funcionarán provisionalmente hasta que se reúna la primera Convención de Delegados de los Grupos.

  4. Un año será el término de las comisiones de todos los funcionarios.

  5. La cuota inicial de todos los miembros será de cinco centavos oro, e igual cantidad se pagará como cuota regular semanariamente.

  6. Los grupos formarán un fondo de emergencia que conservarán en su poder, dando solamente aviso mensual de las cantidades existentes a la Oficina Internacional.

  7. El producto de las cuotas de iniciación y regulares se aplicará a los gastos de organización y propaganda.

  8. El fondo de emergencia se empleará en casos de huelga y otros movimientos obreros análogos.

  9. Las compañeras o compañeros que tengan una misma ocupación u oficio podrán formar Uniones Especiales dentro de la Liga.

  10. En cualquier tiempo pueden los miembros de la Liga deponer a los funcionarios que se hagan indignos de ella, nombrando otros en su lugar.

  11. Todas y todos tienen derecho a iniciar y a revisar.

  12. Cuando el número de grupos organizados lo requiera, el Secretario Internacional convocará una Convención, en la cual los delegados de los grupos de la Liga formarán los estatutos definitivos de ella, de acuerdo con los principios de su programa.

Exposición

La Liga Pan-Americana toma como campo de acción el Nuevo Continente y las islas que le rodean, sin perjuicio de apoyar y contribuir solidariamente a los movimientos obreros de otras partes del mundo: simple cuestión de táctica es la que motiva que la organización sea regional teniendo como base principios universales.

Por mucho tiempo ha estado la educación escolar de la niñez proletaria en manos de las clases dominantes y explotadoras, que han podido con ese medio modelada para la obediencia y la servidumbre. Hay muchos obreros que luchan contra los amos en diferentes formas, pero cuyos hijos acuden a las escuelas que estos mantienen para encarrilar a la humanidad por el camino que a ellos les place. Así, con el enemigo en casa, apoderado de los cerebros en formación, resulta casi del todo estéril la lucha de los proletarios, que suelen alcanzar en una generación victorias y ventajas que la generación siguiente deja perder o desaprovecha porque ha sido educada por su enemigo.

La educación del proletariado debe estar en manos de proletarios para que sea benéfica, responda a sus necesidades y sea fuente verdadera de emancipación. La Liga trabajará por la Enseñanza Racionalista, fundando escuelas, bibliotecas, centros de estudios sociales y fomentando prensa libertaria.

Al decir mejoramiento de la especie humana claro está que en él se comprenden todos los problemas que a ella se relacionan, inclusive la emancipación de la mujer; pero la Liga ha hecho de esta uno de sus principios porque la considera un punto de gran importancia, descuidado deplorablemente por muchos individuos que manteniendo despotismos en el hogar buscan en otros campos la libertad. La injusticia de las condiciones sociales existentes si es pesada para los hombres, lo es más, y de una manera abrumadora, para las mujeres. Si en realidad se quiere hacer labor libertadora en el mundo debe esta empezarse en la familia, ayudando a dignificarse a la que es nuestra madre, nuestra hija, nuestra compañera o nuestra hermana. Interesar a la mujer en los trabajos de la emancipación común, facilitarle los medios y las oportunidades de desarrollar libremente su individualidad fuera del molde deformador de las supersticiones y las llamadas conveniencias sociales que en muchos países la oprimen, será tarea que desempeñará la Liga.

Un río, una cadena de montañas, una hilera de pequeños monumentos bastan para mantener extraños y hasta enemigos a dos pueblos; de un lado y de otro vive la desconfianza, la envidia y el rencor por actos de generaciones pasadas. Cada nacionalidad pretende estar en cualquier sentido por encima de las demás, y las clases dominadoras, que son dueñas de la enseñanza y dueñas de la riqueza de las naciones, alimentan en los proletarios la creencia de superioridades y orgullos tontos a fin de imposibilitar la unión de los trabajadores en el esfuerzo que separadamente hacen por libertarse del Capital. Los odios de raza, y sobre todo las enemistades de nacionalidades contra nacionalidades tienen su origen, en lo general, de crímenes de unos cuantos cometidos con la fuerza inconsciente de las multitudes fanatizadas por la patriotería.

Los prejuicios de raza y de nacionalidad, hábilmente manejados por los tiranos y los capitalistas, impiden a los pueblos acercarse entre sí fraternalmente; destruyéndolos se quitará a los ambiciosos una arma poderosa. Muchas organizaciones e individuos se han ocupado ya del asunto; la Pan-Americana no hace más que secundar el movimiento.

Si los trabajadores de todas las naciones de América tomasen participación directa en las cuestiones de carácter social que afecten a uno o más grupos proletarios se conseguiría resolver pronto y felizmente muchas dificultades; huelgas, reformas de todas clases, movimientos libertadores, triunfarían fácilmente en la región donde se produjeran teniendo el apoyo solidario del proletariado internacional, a cuya completa emancipación contribuyen las victorias logradas en cualquier punto. La Liga tomará empeño en hacer efectiva la acción solidaria del proletariado de América.

El aumento de salarios, la disminución de horas en las jornadas de labor; la humanización de todas las condiciones de los lugares de trabajo traerá consigo mejores medios y oportunidades para la evolución de los obreros; estas pequeñas ventajas, reformas indispensables del momento, valen la pena de no desdeñarlas mientras se consigue hacer desaparecer el sistema injusto del salariado.

Con armas fabricadas por manos proletarias, con riquezas arrebatadas a masas proletarias, con sangre y sacrificios de proletarios, se hacen las guerras para provecho de capitalistas y tiranos. El principal elemento para las guerras son las multitudes proletarias, de donde salen ejércitos y contribuciones: quitando ese elemento a las clases dominantes, haciendo que cuando menos una parte numerosa de los trabajadores se opongan decididamente a las intervenciones, las conquistas y los robos enmascarados con pretextos de humanitarismo, de honor nacional y patriotismo, se harán imposibles esas horribles matanzas colectivas que los famosos Congresos de Paz de los gobiernos no impiden porque están formados por instrumentos de los mismos que se interesan en hacerlas. La civilización demanda la abolición de la guerra, nosotros, los proletarios, podemos impedirla presentando a los gobiernos que quieran hacerla la protesta colectiva en las más eficaces formas.

Ningún pueblo que luche en estos tiempos por su verdadera emancipación puede contar como únicos enemigos a los opresores de casa; tiene que tomar en cuenta la fuerza que reciben de los de afuera; tiene que combatir con un enemigo internacional; tiene que disputar sus derechos con el enemigo común de los trabajadores mundiales; necesita, pues, la solidaridad de todos ellos, y está obligado por conveniencia propia a apoyar con la suya a los demás.

La Liga no trae ideas nuevas; viene solamente como nueva unidad de lucha para hacer prácticos los principios que orientan a la humanidad a su mejoramiento.

Trabajadores, meditad en los principios de este Programa y si los halláis justos y merecedores de vuestro esfuerzo organizaos con ellos.

Unidos hemos estado para obedecer y sometemos a la voluntad de los amos y el resultado ha sido el engrandecimiento de unos pocos y la miseria de muchos. Unámonos ahora para luchar, y el resultado será la emancipación de todos.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 8 del 22 de octubre de 1910.

La probable intervención

La vieja cuestión de la intervención armada del gobierno de los Estados Unidos en México va creciendo en interés al paso que las facciones del movimiento revolucionario se acusan entre las desgarraduras del secular manto de la paz porfirista.

Con los intereses y las tendencias varían las opiniones, los temores y las esperanzas que de la tan explotada intervención se tienen. La oligarquía mexicana desea la intervención y cree poder atraer al ejército de los Estados Unidos a sostener el régimen de Porfirio Díaz o del sucesor que la oligarquía le escoja; una parte del pueblo, muy pequeña por cierto, la teme a fuerza de tanto y tanto estar oyendo a los periodistas de la dictadura y a otros vividores ponderar el peligro americano; algunos políticos que pretenden constituirse ellos mismos en oligarquía substituyente de la actual se sirven de ella como del más fuerte de sus argumentos para combatir la idea revolucionaria, inconveniente para sus proyectos y ambiciones; pero la mayoría de los mexicanos, aunque predomina en ellos la creencia de que la intervención se efectuará, se hallan dispuestos a resistirla hasta lo último llegado el caso; la consideran como un peligro inevitable al cual hay que combatir hasta vencerlo o perecer. En los Estados Unidos, el gobierno y los capitalistas mejor quieren impedir la revolución que meterse en la aventura intervencionista de la que pueden surgir complicaciones desastrosas para su política de imperialismo; guerra de exterminio sería la que se tendría que llevar a México, y ¿puede calcularse lo que ese hecho sacudiría y provocaría en la América Española y en el propio territorio de los Estados Unidos? Una parte del pueblo yankee, los jingoístas patrioteros, que no faltan en ninguna parte, están por la conquista armada; se la imaginan cosa fácil: unos cuantos cañonazos en los puertos mexicanos sin defensa, dos o tres matanzas con título de batallas en las que el número y la superioridad de las máquinas de guerra den a los americanos la victoria, un paseo de escuadras al derredor de los litorales mexicanos, una marcha triunfal de regimientos y batallones a través del país y luego la sumisión de los vencidos y la dominación establecida. Las gentes sinceramente cándidas y superficiales apoyan también la idea intervencionista con el propósito humanitario de acabar con las atrocidades de la tiranía porfirista, pensando que la anexión sería un bien para los mexicanos, porque así las leyes y libertades que aquí existen mejorarían la situación allá. Los jingoístas y cándidos se equivocan: ni la conquista violenta de México es cosa fácil, ni la intervención produciría mejoramiento para los oprimidos; más adelante veremos por qué. Un tercer elemento que puede colocarse frente a frente de la política imperialista de Wall Street y del gobierno de Washington, se opone a la intervención; ese elemento está compuesto de socialistas, anarquistas, unionistas y librepensadores conocidos con distintas denominaciones como liberales, iconoclastas y agnósticos; cuéntase también la Liga Anti-Imperialista y la Liga Anti-Intervencionista que ha empezado a formarse y no tardará en extenderse por todas partes: sumanse aquí energías militantes, veteranas en los diversos campos donde luchan como individuos u organizaciones, que pueden contrariar seriamente y tal vez hasta impedir las acciones depredatorias que contra el pueblo de México pretenda realizar el gobierno de la Casa Blanca y sus inspiradores, los dueños de concesiones y monopolios.

En realidad, la intervención no es un peligro cierto sino solamente probable como están las cosas actualmente; de la actitud que asuman en lo futuro los elementos que acabo de mencionar dependerá el aumento o la anulación de las probabilidades que por ahora lo colocan frente a nosotros como un problema que no debe despreciarse.

La oligarquía mexicana con Díaz, Corral, Creel o cualquiera otro a la cabeza, llamará directa o indirectamente la intervención del gobierno de Washington, jugará sin duda dobles papeles, como ya lo ha hecho en otras veces, que no son los tiranos de México los que se detengan por vileza más o menos grande; pero al gobierno de Washington tendrá que meditar cuidadosamente sus actos, pesando los factores nacionales y exteriores que pueden arrastrarlo a un desastre en vez de llevarlo blandamente a la victoria y al apogeo de su expansionismo. Mas si los tales factores, que hoy por hoy casi son potencias, se reducen por imprevistas circunstancias a la categoría de ceros, o si el orgullo de los mandarines de los Estados Unidos crece hasta la ceguedad completa y se hace efectiva la intervención armada, el primer resultado de ella será la caída inmediata de los oligarcas de México y la unión del pueblo, el ejército y la burguesía en un común esfuerzo para rechazar la conquista. Parte del ejército, una pequeña parte, podrá permanecer fiel al gobierno, pero será aplastada antes que las tropas yankees lleguen a socorrerla; no faltarán pocos leaders pacificadores que aconsejen la sumisión a la tiranía de casa como el medio mejor para alejar al invasor, aunque nadie les escuchará en esos momentos de terrible efervescencia; esos leaders no ofrecerán más resistencia a la actividad revolucionaria que la paja caída en mitad del torrente. La guerra se entablará, sin cuartel, guerra de exterminio, inacabable; los rencores viejos, los odios que paulatinamente se enfriaban o dormían se despertarán rabiosos, llameantes, indomables porque la estúpida intervención fue a soplarles y sacudirles cuando las energías de un pueblo atroz y largamente oprimido se levantaban en lucha de reivindicaciones. La zanja de los prejuicios étnicos se ahondará hasta ser abismo que la civilización tardará siglos quizá en rellenar; la intervención cumplirá obra contraria al sueño de los humanitaristas que la creen salvadora; determinará una regresión psicológica en los dos pueblos; y, ya demasiado tarde por desgracia, hará comprender a los jingoístas yankees la torpeza cometida, porque la contienda no se decidirá en grandes batallas; los acorazados, los ejércitos, los grandes cañones son inútiles en la guerra de las guerrillas modernas, el arma suprema de los pueblos oprimidos, con la cual la fuerza invisible de los oprimidos puede destrozar día a día, año tras año las aparatosas fuerzas de las masas militares.

La dominación de Filipinas, con todo y la alianza del gobierno de Wastington y los frailes, no causa más que molestias; es una condecoración ridícula prendida en la carne; la vanidad y la necesidad de conservar el prestigio de un poderío formidable hacen que la aguante el pecho del vencedor aunque su rostro no pueda disimular el gesto del disgusto: tarde o temprano la medalla se desprenderá dejando una llaga en la carne que la sostiene mientras acaba de pudrirse.

México anexado o intervenido será peor que Filipinas, incomparablemente peor. El zapato mexicano es muy estrecho para el pie del imperialismo yankee; que se lo calce con la intervención y pronto se le verá cojear lastimosamente, yendo de tropezón en tropezón no a las grandes jornadas de la ambición triunfadora sino a la vergüenza del fracaso de los esfuerzos sin gloria, arrastrando consigo a la nación.

La intervención del imperialismo yankee no es solo cuestión de nacionalidades y banderas; entraña serias complicaciones en el problema social cuya solución se busca por las minorías avanzadas de todos los países; al evitarla no se protege a un Estado, se previene razonablemente un mal gravísimo para dos pueblos.

La revolución llega, desafiando la amenaza intervencionista; los mexicanos tenemos derecho de hacer que no nos vean de reojo los déspotas de toda la tierra. Que los amantes de la justicia piensen en las consecuencias de la intervención y la impidan en cualquier forma que se intente, ya sea en favor de la tiranía o en favor del pueblo mexicano, porque será una tontería de resultados trágicos.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 9 del 29 de octubre de 1910. Los Ángeles, California.

El medio y el fin

Tiranos y criminales vulgares están igualmente sujetos a la ley natural del determinismo, y aunque sus actos nos horroricen e indignen, hemos de convenir con la justicia en la irresponsabilidad de unos y otros; pero sin llegar a las consideraciones absolutas, podrá decirse que la tiranía es el más disculpable de los crímenes, porque ningún individuo puede cometerlo si no concurren a ello circunstancias muy complejas, extrañas a su voluntad y fuera del poder del hombre más apto y mejor dotado de cualidades para el mal. En efecto, ¿existiría un tirano sobre un pueblo que no le diera elementos para sostenerse? Un malhechor común puede cometer sus fechorías sin la complicidad de sus víctimas; un déspota no vive ni tiraniza sin la cooperación de las suyas, de una parte numerosa de ellas; la tiranía es el crimen de las colectividades inconscientes contra ellas mismas y debe atacársele como enfermedad social por medio de la Revolución, considerando la muerte de los tiranos como un incidente inevitable en la lucha, un incidente nada más, no un acto de justicia.

Las dos pesas y las dos medidas carecen de uso en el criterio libertario; la ciencia, negando el libre arbitrio en los individuos destruye la base de las actuales y bárbaras instituciones penales, los revolucionarios no establecemos criterios diferentes para los actos del malhechor en grande y el malhechor en pequeño; ni hemos de buscar subterfugios para barnizar las violencias que inevitable y necesariamente tienen que acompañar al movimiento libertador, las deploramos y nos repugnan, pero en la disyuntiva de seguir indefinidamente esclavizados y apelar al ejercicio de la fuerza, elegimos los pasajeros horrores de la lucha armada, sin odio para el tirano irresponsable, cuya cabeza no rodará al suelo porque lo pida la justicia, sino porque las consecuencias del largo despotismo sufrido por el pueblo y las necesidades del momento, lo impondrán en la hora en que rotos los valladares del pasivismo den franca salida a los deseos de libertad, exasperados por el encierro que han padecido, por las dificultades que siempre han tenido para manifestarse.

Vamos a la lucha violenta sin hacer de ella el ideal nuestro, sin soñar en la ejecución de los tiranos como en una suprema victoria de la justicia.

Nuestra violencia no es justicia, es simplemente necesidad que se llena a expensas del sentimiento y del idealismo, insuficientes para afirmar en la vida de los pueblos una conquista del progreso.

Nuestra violencia no tendría objeto sin la violencia del despotismo, ni se explicaría si la mayoría de las víctimas del tirano no fueran cómplices conscientes o inconscientes de la injusta situación presente; si la potencia evolutiva de las aspiraciones humanas hallase libre ambiente para extenderse en el medio social, producir la violencia y practicarla sería un contrasentido; ahora es el medio práctico para romper añejos moldes que la evolución del pasivismo tardaría siglos en roer.

El fin de las revoluciones, como lo hemos dicho muchas veces, es garantizar para todos el derecho a vivir, destruyendo las causas de la miseria, de la ignorancia y el despotismo; desdeñando la grita de sensiblería de los humanitaristas teóricos.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 10 del 5 de noviembre de 1910. Los Ángeles, California.

Los consejos del amigo

Desde que El Imparcial empezó a comprender que es imposible evitar que el proletariado de México perciba el movimiento obrero del mundo y se identifique a él, abandonó su actitud desdeñosa y se convirtió en amigo y mentor de los que tanto ha despreciado y robado en compañía de la dictadura. Editorial tras editorial viene la amarillenta hoja de los científicos tratando de los asuntos obreros con aparente seguridad, para dar a los de México la orientación que conviene a los intereses del gobierno y la burguesía; pero mal disimula sus inquietudes cuando dice: ... problema que nosotros vemos a distancia pero que no deja de interesarnos por su aspecto pavoroso e indudable trascendencia. —Problema pavoroso—, sí que lo es para los engreídos explotadores el problema obrero, cuya solución se aproxima con la abolición de los privilegios, al paso que la huelga general revolucionaria gana terreno en Europa y en América.

Aconseja a los trabajadores la amarilla hoja que paga Porfirio Díaz, con el dinero que roba; nada más que sus consejos tienen la encantadora cualidad de sugerir la idea contraria del objeto con que son escritos sus editoriales, verdaderas carabinas de Ambrosio más eficientes que si las hubiera reformado Mondragón. Menos ingenioso que aquel pillo Menonio Agripa, que contó a los primeros huelguistas romanos el apólogo del cuerpo en que el estómago eran los patricios y los brazos y las piernas los plebeyos, que debían trabajar para alimentar el estómago que les pagaba el servicio elaborando sangre para ellos, asegura que quienes padecen con la huelga general no son los ricos, que tienen automóviles y pueden ir y venir cuándo y por donde les plazca y comer como de ordinario porque tienen almacenes bien surtidos, sino los trabajadores que no pueden cambiar de lugar en busca de otro amo que los explote, ni pueden satisfacer el hambre porque no tienen almacenes ni reservas de ninguna clase. Cree hallar en esto un argumento efectista de peso, capaz de hacer desfallecer de desesperanza y miedo a los trabajadores, ¿para qué hacer huelgas si los amos solo se ríen de nuestra negativa a trabajar, puesto que nosotros somos los únicos perjudicados? Sabiduría imparcialesca, ignorante del alcance de sus amistosos consejos.

Los amos tienen almacenes con todo lo necesario para vivir largo tiempo, hasta que los esclavos diezmados por el hambre vuelvan a reanudar sus tareas para llevar a los almacenes lo que sus amos han consumido durante el paro; los amos tienen automóviles para ir a donde les plazca y dejar a sus siervos desobedientes con un palmo de narices en la disyuntiva de reventar de hambre en pocas horas o de reventar de fatiga en algunos días; los amos se ríen de las huelgas porque el mayor daño que pueden recibir es paralizar el aumento de sus riquezas por un cierto tiempo, para resarcirse con creces al volver sus explotados arrepentidos y escarmentados; los amos son invulnerables a la miserable arma de la huelga. Bueno. Lo primero que piensa cualquier trabajador que tenga el mal gusto de leer los consejos amistosos de El Imparcial es una cosa sencillísima. Si las huelgas son contraproducentes para los obreros, si los ricos se ríen de la imbecilidad de los esclavos que se condenan voluntariamente al hambre extrema para pedir una mejoría en las condiciones de trabajo, es porque al declararse en huelga dejan, tan generosa como tontamente, todo lo que han producido en manos de los explotadores; los ricos no se reirían de la huelga, ni los trabajadores se rendirían vergonzosamente por hambre si estos acompañaran al paro la toma de posesión de los almacenes, las fábricas, las minas y las tierras, llenos los unos por su trabajo, productivas las otras por su trabajo también, todo debido a su esfuerzo.

Tiene razón la hoja amarilla de los científicos en condenar la huelga pacifica, rebelión incompleta de resultados nulos o adversos: la huelga pasiva causa risa a los burgueses y es contraria a los intereses de los trabajadores, porque no arrebata a los detentadores del trabajo los medios de subsistencia y producción que pertenecen al trabajador.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 10 del 5 de noviembre de 1910. Los Ángeles, California.

La mujer

Siempre han sido el niño y la mujer las víctimas escogidas de la barbarie, y solo en ciertos países ha gozado la primera de algunos privilegios, que en ocasiones la han colocado por encima del hombre socialmente, como en los clanes primitivos en que existió el matriarcado. Pero la mujer todavía no ha ocupado el verdadero lugar que como mujer le corresponde en las sociedades.

La Biblia, que consagra la impureza de la mujer, nos dice que el pueblo judío trataba inconsideradamente a las mujeres y a los niños: los padres tenían derecho absoluto sobre las hijas, las vendían como esclavas o las sacrificaban, como lo demuestra el célebre caso de jefté, y el atroz culto de Moloch, que puso en práctica la quema de niños vivos y especialmente de niñas, en todos los pueblos de raza semítica. Los judíos acostumbraron el monopolio de las mujeres por los ricos. Salomón nos da un ejemplo de ello, y debido a eso se produjeron naturalmente en los pobres, los repugnantes vicios de que la misma Biblia nos habla, acarreando el consiguiente rebajamiento en las costumbres, cuyas víctimas de preferencia lo fueron las mujeres.

En el antiguo Egipto, donde los pobres fellahs construyeron a fuerza de látigo y palo gigantescos monumentos al servilismo y al orgullo, que la erosión de los vientos no ha podido destruir en el transcurso de miles de años, la mujer tuvo privilegios extraordinarios: estipulaba libremente las cláusulas de los contratos matrimoniales; podía obtener el divorcio con solo manifestar su deseo de no continuar unida a su marido y no pocas veces obligaban a este a la servidumbre, exactamente como ahora exigen muchos maridos que llevan el título de civilizados, la servidumbre de la mujer.

Las mujeres de la India, por el contrario de las egipcias, padecían la tiranía de horribles costumbres: las viudas se quemaban vivas a la muerte de sus maridos. No eran obligadas por la violencia al sacrificio; los hombres hallaron el medio de llevarlas voluntariamente a la pira inculcándoles absurdas nociones de honor y explotando su vanidad, su orgullo y su casta, porque es de saber que solo las mujeres de los personajes se quemaban. Las mujeres pobres, pertenecientes a las castas consideradas como inferiores, se confundían con sus hijos en la desgradación; su vida no ofrece nada de atractivo.

China es otro de los países más funestos para la mujer: la autoridad paternal era y es allá despótica, al igual que la autoridad del marido: la mujer no es más que una sombra o un eco en la casa, según dice el proverbio; la mujer no puede manifestar preferencia ninguna porque los preceptos del pudor se ofenderían; se ha de considerar contenta con el marido que se le asigna, viejo o muchacho, repugnante o pasadero; el matrimonio es simplemente una venta. La mórbida sensualidad de los chinos llega hasta la mutilación de los pies femeninos y otros refinamientos comunes entre los ricos. Como en la India, en China se acostumbró el suicidio de las viudas aunque sin la concurrencia de las piras y premiándose con inscripciones encomiásticas en los templos. El infanticidio es cosa corriente, sobre todo en las niñas.

Los griegos, con todo y su poderosa mentalidad, no fueron muy humanos con sus mujeres; Esquilo, poeta y filósofo, defensor de las instituciones patriarcales, llega a la peregrina teoría de que la mujer no es madre de su hijo, sino un temporal depositario del hijo del hombre. El gineceo era el lugar destinado para las mujeres helénicas, aunque se adiestraban con frecuencia en los gimnasios, y en una época llegaron a recibir educación especial para el amor, nunca se las vio en realidad como iguales al hombre. El matrimonio no era cuestión de inclinación; se unía a los jóvenes más robustos y hermosos con las doncellas mejor formadas, como se procede en las ganaderías para el mejoramiento de las razas. Los niños recibían una educación militar; para mantenerse superiores sobre sus esclavos y vecinos, los griegos formaban soldados desde la cuna, sanos de cuerpo, pero mutilados de espíritu pues el intelecto griego, brillante en algunas facetas, permaneció oscuro en muchas, a pesar de las exageradas alabanzas que se hacen de la cultura ateniense; matando a los niños raquíticos y deformes, ejercitando a los otros en la lucha, en la carrera, en toda suerte de juegos corporales, hicieron buenos guerreros de cuerpos ágiles, de formas bellas y gallardas; pero con la disciplina detuvieron el desarrollo intelectual de la raza, que de otra manera habría alcanzado alturas y esplendores mayores.

Una tribu Madagascar, los Hovas, puede dar ejemplo de buen trato a la mujer a muchos de los pueblos tenidos por civilizados. También saben las mujeres hovas comprender su situación, que designan respectivamente a sus vecinas las mujeres de los negros del Senegal, civilizados militarmente por los franceses, con el nombre de mulas, porque estas infelices viven sujetas a los trabajos más rudos y humillantes.

Los calumniados beduinos nómadas tienen rasgos que los abonan; entre ellos un delincuente podía librarse del castigo si lograba colocar la cabeza debajo del manto de una mujer exclamando me pongo bajo tu protección.

Diferente, como se ve ha sido la suerte de la mujer. Entre los judíos fue una esclava impura y vendible, propiedad absoluta del padre. En el Egipto, pudo ejercitar tiranía sobre el hombre; en la India fue un apéndice que debía desaparecer con el dueño; en la China, víctima de la sensualidad y los celos masculinos, tuvo y tiene una triste suerte; en Grecia se le consideró, con algunas excepciones, como un objeto; entre los Hobas, los Beduinos y otras tribus, ha gozado de relativa libertad y de muy simpáticos fueros.

Busquémosla ahora en la situación también diversa que guarda en las naciones modernas.

La moral que las antiguas civilizaciones heredaron de los primeros núcleos sociales, conocidos con el nombre de clanes, se ha venido modificando con la evolución de las costumbres, con la desaparición de algunas necesidades y el nacimiento de otras; mas en lo general la mujer permanece fuera del lugar que le corresponde, y el niño que de ella recibe el impulso inicial de su vida psíquica, se encargará, cuando llegue a hombre, de perpetuar el desacuerdo entre las dos partes que forman la humanidad. Ahora ya no se quema a las viudas con el cadáver del marido, ni los padres tienen derecho de vida y muerte sobre sus hijos, como acontecía en Roma; ya no se practican razzias a mano armada para proveer de mujeres a los hombres de una tribu, ni se queman niños vivos bajo las narices de Moloch; las leyes escritas y las simples conveniencias sociales, ejercen de verdugos de la mujer; la patria protestad se manifiesta aún en mil formas opresivas. La trata de blancas para proveer los harenes de los potentados, ocupa el sitio de las razzias violentas, y el infanticidio, resultado de la miseria y de la mojigatería es un hecho harto común en todas las clases sociales.

Fuera del campo del liberalismo que reivindica la igualdad de la mujer y del hombre, la tendencia de la época, débil todavía para romper con todos los obstáculos que se ofrecen a la emancipación de la mujer, ha motivado esa desviación conocida con el nombre de feminismo. No pudiendo ser mujer, la mujer quiere ser hombre; se lanza con un entusiasmo digno de un feminismo más racional en pos de todas las cosas feas que un hombre puede ser y hacer; quiere desempeñar funciones de policía, de picapleitos, de tirano político y de elegir con los hombres los amos del género humano. Finlandia va a la cabeza de este movimiento, después le siguen Inglaterra y Estados Unidos.

El feminismo sirve de base a la oposición de los enemigos de la emancipación de la mujer. Ciertamente no hay nada atractivo en una mujer gendarme, en una mujer alejada de la dulce misión de su sexo para empuñar el látigo de la opresión; en una mujer huyendo de su graciosa individualidad femenina para vestir la hibridez del hombrunamiento.

La teoría bíblica de la impureza de la mujer, ha perdido su infalibilidad; la substituye la moderna inferioridad de la mujer, con su pretendido apoyo en la ciencia.

¡Inferioridad de la mujer! cuando para ser sinceros deberíamos decir: ¡esclavitud de la mujer!

Incontables generaciones han pasado sometiendo a los rigores de una educación a propósito a la mujer, y al fin, cuando los resultados de esa educación se manifiestan; cuando los perjuicios acumulados en el cerebro femenino y las cargas materiales que los hombres le echan encima, actúan de lastre en su vida impidiendo el vuelo franco de su intelecto en los espacios libres de la idea; cuando todo lo que la rodea es opresivo y mentiroso, se viene a la conclusión de la inferioridad de la mujer, para no admitir ni confesar la desigualdad de circunstancias y la ausencia de oportunidad, que a pesar de todo, no han impedido que la emancipación de la mujer se inicie ayudada por los heroicos esfuerzos de ella misma. Las mujeres revolucionarias, emancipadas morales, contestan victoriosamente el cargo de superficialidad hecha a su sexo; hacen meditar con respetuosa simpatía en la suma del valor, de energía, de voluntad, de sacrificios y amarguras que su labor representa, es el mérito mayor que su rebeldía tiene, comparada con la rebeldía del hombre. El acto de la revolucionaria rusa que se desfiguró el rostro porque su belleza era un estorbo en la lucha por la libertad, revela mentalidad superior. Comparad esa acción con la de los soldados de Pompeyo, huyendo de las tropas de César que tenían la consigna de pegarles en la cara; ved a Maximiliano de Austria rechazando la fuga por no cortarse la hermosa barba. ¿De qué lado están la superficialidad, la coquetería estúpida, la vanidad necia? Se acusa de fragilidad a la mujer y ¿se comparan esos deslices que condenan la hipocresía moral con los extravíos homosexuales, con esa prostitución infame de los hombres, tan extendida en todos los países del mundo y practicada escandalosamente por representantes de las clases llamadas cultas, entre los hombres de Estado y la refinada nobleza, como lo hizo saber la pluma irreverente de Maximiliano Harden, en Alemania, como se descubrió ruidosamente en México en un baile íntimo de aristócratas?

La religión, cualquiera que sea la denominación con que se presente, es el enemigo más terrible de la mujer, A pretexto de consuelo, aniquila su conciencia; en nombre de un amor estéril, le arrebata al amor, fuente de la vida y la felicidad humanas; con burdas fantasmagorías, bosquejadas en una poesía enfermiza, la aparta de la poesía fuerte, real, inmensa, de la existencia libre.

La religión es el auxiliar de los déspotas caseros y nacionales; su misión es la del domador; caricia o azote, jaula o lazo, todo lo que emplea conduce al fin: amansar, esclavizar a la mujer en primer término, porque la mujer es la madre y la maestra del niño, y el niño será el hombre.

Otro enemigo no menos terrible tiene la mujer: las costumbres establecidas; esas venerables costumbres de nuestros mayores, siempre rotas por el progreso y siempre anudadas de nuevo por el conservatismo. La mujer no puede ser mujer, no puede amar cuando ama, no puede vivir como la libre compañera del hombre, porque las costumbres se oponen, porque una violación a ellas trae el desprecio y la befa, y el insulto y la maldición. La costumbre ha santificado su esclavitud, su eterna minoría de edad, y debe seguir siendo esclava y pupila por respeto a las costumbres, sin acordarse que costumbres sagradas de nuestros antepasados lo fueron el canibalismo, los sacrificios humanos en los altares del dios Huitzilopochtli, la quema de niños y de viudas, la horadación de las narices y los labios, la adoración de lagartos, de becerros y de elefantes. Costumbres santas de ayer son crímenes o pueriles necedades de hoy. ¿A qué, pues, tal respeto y acatamiento a las costumbres que impiden la emancipación de la mujer?

La libertad asusta a quienes no la comprenden y a aquellos que han hecho su medio de la degradación y la miseria ajenas; por eso la emancipación de la mujer encuentra cien oponentes por cada hombre que la defiende o trabaja por ella.

La igualdad libertaria no trata de hacer hombre a la mujer; da las mismas oportunidades a las dos facciones de la especie humana para que ambas se desarrollen sin obstáculos, sirviéndose mutuamente de apoyo, sin arrebatarse derechos, sin estorbarse en el lugar que cada uno tiene en la naturaleza. Mujeres y hombres hemos de luchar por esta igualdad racional, armonizadora de la felicidad individual con la felicidad colectiva, porque sin ella habrá perpetuamente en el hogar la simiente de la tiranía, el retoño de la esclavitud y la desdicha social. Si la costumbre es un yugo, quebremos la costumbre por más sagrada que parezca; ofendiendo las costumbres, la civilización avanza. El que dirán es un freno; pero los frenos nunca han libertado pueblos, satisfecho hambres, ni redimido esclavitudes.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 11 del 12 de noviembre de 1910. Los Ángeles, California.

Blancos, blancos

Quemaron vivo a un hombre.

¿Dónde?

En la nación modelo, en la tierra de la libertad, en el hogar de los bravos, en el pedazo de suelo que todavía no sale la sombree proyectada por la horca de John Brown; en los Estados Unidos, en un pueblo de Texas, llamado Rock Springs.

¿Cuándo?

Hoy en el año décimo del siglo. En la época de los aeroplanos y los dirigibles, de la telegrafía inalámbrica, de las maravillosas rotativas, de los congresos de paz, de las sociedades humanitarias y animalitarias.

¿Quiénes?

Una multitud de hombres blancos, para usar del nombre que ellos gustan; hombres blancos, blancos, blancos.

Quienes quemaron vivo a ese hombre no fueron las hordas de caníbales, no fueron negros del África Ecuatorial, no fueron salvajes de Malasia, no fueron inquisidores españoles, no fueron apaches ni pieles rojas, ni abisinios, no fueron bárbaros escitas, ni trogloditas, ni analfabetos desnudos habitantes de la selva; fueron descendientes de Washington, de Lincoln, de Franklin, fue una muahedumbre bien vestida, educada, orgullosa de sus virtudes, civilizada; fueron ciudadanos y hombres blancos de los Estados Unidos.

Progreso, civilización, cultura, humanitarismo. Mentiras hechas pavezas sobre los huesos calcinados de Antonio Rodríguez. Fantasías muertas de asfixia en el humo pestilente de la hoguera de Rock Springs.

Hay escuelas en cada pueblo y en cada ranchería de Texas; por esas escuelas pasaron cuando niños los hombres de la multitud linchadora, en ellas se moldeó su intelecto; de ahí salieron para acercar tizones a la carne de un hombre vivo y decir días después del atentado, que han hecho bien, que han obrado justicieramente.

Escuelas que educan a los hombres para lanzarlos más allá de donde están las fieras.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 12 del 19 de noviembre de 1910. Los Ángeles, California.

Pensamientos

No hay que asustarse de los medios que se emplean para conquistar la libertad, calificando de barbarie y brutalidad a la acción rebelde. Es absurdo batir el hierro con un martillo de madera, aunque algunos se oponen al sacrificio de unos cuantos conscientes en beneficio de la masa pasiva retardataria.

Los políticos oportunistas e hipócritas quienes quieren cubrir su cobardía y su interés egoísta con los encajes de una civilización que desconocen, haciendo alarde de sensiblería y de histerismo creen sentar plaza de hermanos; cuando en realidad se encuentran moralmente al nivel de tres animales inferiores: la hiena, el cocodrilo y el ratón; porque les gusta comer cadáveres, porque lloran y porque son el azote de los graneros públicos.

La fuerza opresora debe de ser destruida con la fuerza libertadora, sin asustarse de la fatal necesidad de los medios violentos.

Ideales que no marchan hacia la práctica, son ideales; ramánticismos estériles para el progreso del mundo.

Un pensamiento que vuela, necesita una mano enérgica, fuerte, audaz, que abra, así sea despedazándolas, todas las puertas que le cierren el espacio de la realidad.

Morir... ¿Qué significa morir, cuando la vida es la esclavitud y la vergüenza; cuando ella nos ata, pese a nosotros, a los pies del despotismo? La época actual es un cuadro en el cual no caben ciertas figuras: o aquel se agranda o estas se despedazan.

Ser arrastrado en el tumulto del rebaño pasivo, y pasar una y cien veces bajo la tijera del esquilador o morir solo como un águila bravía sobre el duro picacho de una montaña inmensa: es el dilema.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 25 del 18 de febrero de 1911. Los Ángeles, California.

Ideal blanco en estandarte rojo

La revolución no es un sueño de sangre; ni es una fantasía de bruto: es el arado del obrero consciente que abre muy hondo surco para el blanco ideal que se desgrana de la espiga libertaria.

Desearla no es amar la matanza: es querer la libertad sin espantarse del miedo para conseguirla.

Sin lengua de mendigo para pedir, hay que tener cerebro y brazo para conquistar.

¿La Civilización?... Esa, combate. No es la Legión Tebana recibiendo la muerte de rodillas, con los ojos estúpidamente fijos en el cielo.

A cada cual lo suyo; cada ser humano en posesión de sus derechos; la justicia y la razón solidarizándose a los hombres; la tiranía es imposible; el es Ideal, que necesita para ser un hecho flotar en la bandera roja de la acción rebelde y pasearse sobre la ruina material del despotismo.

Los que se asustan de la brutalidad de nuestro esfuerzo, o son convenencieros o pobres neurasténicos.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 25 del 18 de febrero de 1911. Los Ángeles, California.

No es obrero, es burgués

En un artículo del Monitor Democrático, encaminado a levantar la personalidad de don Francisco l. Madero, candidato del mencionado periódico para presidente de México, se dice que ese capitalista es un obrero agrícola, que ha sudado al lado de sus trabajadores; frases que pueden ser útiles para crearle simpatías entre los proletarios que no lo conocen, pero que están muy lejos de ser verdades. Madero ha sido y es un burgués neto y nunca manejó el arado que el Monitor dice abandonó para empuñar la pluma del apóstol, —cuando ya otros habían denunciado con entereza los crímenes de la dictadura, a quien Madero atribuye haber gobernado con el MINIMUM DEL TERROR; después que muchos abnegados habían sacrificado sus vidas por la libertad del pueblo—. No hay tal obrero agrícola, sino un gran terrateniente; un hacendado de los muchos que, con más o menos piedad, explotan al trabajador mexicano.

Hay diferencias de consideración entre el obrero que trabaja la tierra y el amo que aprovecha ese trabajo. Si no, habría que admitir que los Terrazas, los Molina y los Creel son también obreros agrícolas porque tienen acaparadas enormes extensiones de terrenos.

No hay que vestir los ídolos de papel de china, porque suelen sudar en las procesiones.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 40 del 3 de junio de 1911.

Las revolucionarias

La causa de la libertad tiene también enamoradas. El soplo de la revolución no agita únicamente las copas de los robles; pasa por los floridos cármenes y sacude las blancas azucenas y las tiernas violetas. Aliento de lucha y esperanza, acariciando a las olientes pasionarias, las transforma en rojas y altivas camelias.

Nuestro grito de rebelión ha levantado tempestades en muchas almas femeninas nostálgicas de gloria. El ideal conquista sus prosélitos entre los corazones limpios, y la justicia elige por sacerdotizas a las heroínas que adoran el martirio; las irresistibles seducciones del peligro tienen el mismo atrayente imán para todos los espíritus grandes, por eso, cuando el odio de los déspotas nos acomete más fieramente, el número de las arrogantes y animosas luchadoras se multiplica.

No envidiamos a Rusia sus bellas revolucionarias; en torno de nuestra bandera acribillada se agrupan las obreras de la revolución, merced a las persecuciones salvajes y a las traiciones infames; gracias al furor desbordado de los tiranos, la pureza de nuestra causa ha encontrado franco asilo en el delicado pecho de la mujer. La lucha redentora que sostenemos se ha hecho amar de la belleza, y amar, no con el platonismo inútil de los caracteres, sino con la pasión ardorosa, activa y abnegada que lleva a los apóstoles al sacrificio.

La resignación llora en la triste sombra del gineceo; el fanatismo destroza inútilmente sus rodillas ante la pena de los mitos insensibles, pero la mujer fuerte, la compañera solidaria del hombre, se rebela; no adormece a sus hijos con místicas salmodias, no cuelga al pecho de su esposo ridículos amuletos, no detiene en la red de sus caricias al prometido de sus amores; viril, resuelta, espléndida y hermosa, arrulla a sus pequeños con cantos de marsellesa, prende en el corazón de su esposo el talismán del deber y al amante le impulsa al combate, le enseña con el ejemplo a ser digno, a ser grande, a ser héroe.

¡Oh, vosotras las luchadoras que sentís ahogaros en el ambiente de la ignominiosa paz! ¡Cuánta envidia causaréis con vuestros ímpetus de divinas iluminadas a los hombres débiles, a los hombres mansos que forman el esquilmado rebaño que baja estúpidamente la cabeza cuando siente en sus lomos el ultraje del fuerte!

Vosotras las inspiradas por el ígneo espíritu de la sublime lucha; vosotras las fuertes, las justicieras, las hermanas del esclavo rebelde y no las siervas envilecidas de los señores feudales; vosotras que habéis hecho independiente vuestra conciencia cuando millares de hombres viven aún en la sombra medrosa del prejuicio, cuando todavía muchas nervudas manos permanecen enclavijadas en ademán de súplica ante el rebenque implacable y odioso de los amos; vosotras que levantáis los indignados brazos empuñando la rojiza tea, y que erguís las soñadoras frentes en épica actitud de desafío, sois las hermanas de Leona Vicario, de Manuela Medina y de la Corregidora, y hacéis enrojecer de vergüenza a los irresolutos, a los viles encariñados con el oprobio de la ergástula. ¡Cómo temblarán los protervos cuando el rayo colérico de vuestras hermosas pupilas fulgure sobre ellos, anticipándose al golpe del libertario acero!

Cuando la mujer combate, ¿qué hombre, por miserable y pusilánime que sea, puede volver la espalda sin sonrojarse?

Revolucionarias: ¡El día que nos veáis vacilar, escupidnos el rostro!

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 123 del 11 de enero de 1913. Los Ángeles, California.

Episodios revolucionarios

Las vacas

Había llovido tenazmente durante la noche; las ropas empapadas de agua y la insistencia del barro que se pegaba a los zapatos, dificultaban la marcha.

Amanecía; el sol del 26 de junio de 1908 se anunciaba tiñendo el horizonte con gasas color de sangre. La Revolución velaba con el puño levantado. El Despotismo velaba también con el arma liberticida empuñada nerviosamente y el ojo azorado escrutando la maleza, donde flotaban aún las sombras indecisas de la noche.

El grupo de rebeldes hizo alto, a un kilómetro escaso del pueblo de Las Vacas. Se pasó lista. No llegaban a cuarenta los combatientes. Se tomaron las disposiciones iniciales para el ataque, organizando tres guerrillas: la del centro dirigida por Benjamín Canales, la de la derecha por Encarnación Díaz Guerra y José M. Rangel, y la de la izquierda por Basilio Ramírez; se indicó el cuartel como punto de reunión, barriendo con el enemigo que se encontraba en el trayecto.

El insomnio y la brega de largas horas con la tempestad y el fango del camino, no habían quebrantado los ánimos de los voluntarios de la libertad; en cada pupila brillaba un rayo de heroísmo, en cada frente resplandecía la conciencia del hombre emancipado. En el ligero viento del amanecer se aspiraba un ambiente de gloria. El sol nacía y la epopeya iba a escribirse con caracteres más rojos que el tinte fugaz de las gasas que se desvanecían en el espacio.

¡Compañeros!, dijo una voz, la hora tan largamente ansiada ha llegado por fin. ¡Vamos a morir o a conquistar la libertad!

¡Vamos a combatir por la Justicia de nuestra causa!

En aquel momento un pintor épico habría podido copiar un cuadro admirable. ¡Qué de rostros interesantes! ¡Qué de actitudes expresivas y resueltas...!

En marcha las tres diminutas columnas, con dirección al pueblo, llegaron al borde de un arroyo. De repente alguien, que iba a la cabeza, gritó: ¡Aquí están estos mochos! Y el arroyo fue atravesado rápidamente, con el agua a la cintura. Los soldados que estaban tendidos pecho a tierra entre los matorrales, se levantaron en desorden ante la acometida de los rebeldes, buscando, unos, abrigo en las casas, mientras otros desertaban pasando el río a nado para internarse a los Estados Unidos.

Las calles de Las Vacas fueron recorridas en pocos minutos, trabándose combates a quemarropa con el resto de la guarnición, que dividida en varias secciones y protegida por los edificios, pretendió detener a los libertarios. Canales, al frente de la guerrilla del centro, llegó el primero a pocos pasos del cuartel; las balas rodeaban su altiva figura; sus grandes y bellos ojos, normalmente plácidos como los de un niño, brillaban intensamente; su clásico perfil se destacaba puro, viril, magnífico, en medio de la lluvia de acero; mas su lucha fue breve: disparando su carabina y dando vivas a la libertad, se acercaba a la puerta del cuartel, cuando recibió una infame bala en medio de su frente, de aquella frente suya tan hermosa, donde hicieron su hogar tantas aspiraciones justicieras, tantos sueños de libertad, donde tomaron alas tantos pensamientos nobles. Benjamín quedó muerto, con el cráneo deshecho y los brazos extendidos. No pudo ver lo que tanto deseaba: la libertad de México.

Desalojados repetidas veces, los defensores de la tiranía buscaban una posición que pudiera librarlos del ímpetu de los libertarios, que inferiores en número y armamento, se imponían por su temerario arrojo y su terrible precisión de tiradores. Al principiar el combate, los tiranistas llegaban a muy cerca de cien, entre soldados de línea y guardias fiscales; al cabo de dos horas su efectivo había descendido considerablemente por las deserciones y las balas. En ese primer periodo, en el cual muchas veces se dispararon las armas chamuscando la ropa del contrario, fue en el que cayó el mayor número de los nuestros.

El primero de todos, Pedro Miranda, el revolucionario por idiosincrasia a la vez que por convicción, el Pedro Miranda cuyos dichos mordaces se repiten todavía por los compañeros que lo trataron; el que era la acción y la firmeza encarnadas en un cuerpo hecho a las luchas con la naturaleza y con los hombres de la injusticia; el mismo que pasaba los años trabajando sin descanso y dedicando a la Revolución cada centavo que salvaba de la rapiña burguesa. Sus carabinas, un arsenal siempre con perspectiva de aumento, se hallaban a toda hora listas para entrar en acción por la libertad. Entre los compañeros ha venido a ser proverbial esta condición invariable de las armas de Pedro; cuando se quiere significar que una persona o una cosa está en muy buenas condiciones, se dice: Está como las carabinas de Pedro Miranda. Sus palabras postreras fueron: Ya no puedo... sigan ustedes...

Néstor López, el activo y sincero propagandista, admirable para encontrar recursos para la causa, quedó con una pierna rota a una cuadra del cuartel.

El valiente Modesto G. Ramírez, autor de una carta llena de consciente heroísmo, escrita la víspera del combate y publicada más tarde por la prensa norteamericana, cayó junto a una cerca de ramas, al lado de dos bravos, muertos minutos antes en aquel sitio fatal. Pasaba un compañero, y Modesto en la agonía le dijo: Hermano, ¿cómo vamos?... Dame agua... y... sigue... adelante...

Juan Maldonado encontró la muerte cuando osadamente avanzaba a desalojar al enemigo.

Emilio Mungía, un joven fríamente temerario, pereció también.

Antonio Martínez Peña, viejo y constante obrero de la causa, acabó allí su vida de sacrificios al exponer su cuerpo a muy corta distancia de la boca de los máusers.

Pedro Arreola, revolucionario y perseguido desde los tiempos de Garza, y por largos años uno de los hombres más temidos por los esbirros de la frontera de Coahuila y Tamaulipas, murió con la frase burlesca en los labios y el gesto del indomable en el semblante. Atravesado por una bala que le rompió la columna vertebral, arriba de la cintura, se esforzaba por alcanzar su carabina que había saltado lejos de él al tiempo de caer; un camarada se acercó y puso el arma en sus manos desfallecientes; sonrió, quiso, sin conseguido, colocar nuevo cartucho en la recámara de su carabina; interrogó sobre el aspecto que llevaba la lucha y en medio de su trágica sonrisa deslizó lentamente la última frase de su áspera filosofía: La causa triunfará; no hagan caso de mí;, no porque muere un chivo se acabará el ganado.

Manuel V. Velis, a menos de veinte metros del enemigo disparaba con asombrosa tranquilidad apoyándose en un delgado arbusto; contestando con mucha flema todas las instancias que se le hacían para que abandonase aquel sitio barrido por las fusiladas, permaneció sirviendo de blanco hasta que casi agotada su cartuchera fue a reunirse a sus compañeros. Una bala salida de una casa dejó tendido a este sereno luchador, a quien nadie vio reñir nunca; a este hombre de hábitos apacibles y laboriosos, de convicciones profundas de libertario, en quien la conciencia dominaba al temperamento.

Hubo otros muertos cuyos nombres no he podido recoger; ya en los momentos del combate se unieron a los nuestros. Se dice que uno era de Zaragoza; el otro vivía en Las Vacas, y al sentir el ruido de la pelea y oír las exclamaciones de los combatientes se despertó en él la solidaridad de oprimido; ciñose la cartuchera, tomó su carabina, se echó a la calle al grito de ¡Viva el Partido Liberal! se lanzó a pecho descubierto sobre los soldados del despotismo. Una fusilada lo dejó en medio de la calle.

Por largas cinco horas se prolongó el combate. Pero después de las dos primeras ya no fueron mortales los disparos de los tiranistas; su pulso se había alterado notablemente, no obstante que algunos tiraban a cubierta. Las carabinas libertarias hablaban elocuentes. Asomaba el cañón de un máuser y en diez segundos la madera de la caja saltaba echa astillas por las balas de Winchester. Aparecía un chacó por alguna parte y presto volaba convertido en criba por los 30-30. Los libertarios estaban diezmados; había muchos heridos; pero su empuje era poderoso, su valor muy grande. Díaz Guerra se batía en primera fila con su revólver; sus viejos años pasados en el destierro, se habían vuelto de repente los ligeros y audaces del guerrillero de la Intervención. Un fragmento de bala le hirió en la mejilla; otra bala disparada sobre él a quemarropa desde una ventana le atravesó un brazo. Esa herida costó el incendio de una casa. Se avisó que salieran de ella los no combatientes y se le prendió fuego. Rangel sostenía una lucha desigual; solo en un extremo tenía en jaque a un grupo de soldados, mandados por un sargento, que recortaba su figura de león enfurecido con el acero silbante de sus fusiles.

Por todas partes se desarrollaban escenas de heroísmo entre los voluntarios de la libertad. Cada hombre era un héroe; cada héroe un cuadro épico animado por el soplo de la epopeya.

Un joven, rubio como un escandinavo, corría de un peligro a otro con el traje desgarrado y sangriento; una bala le había tocado un hombro, otra una pierna, abajo de la rodilla; otra en un muslo y una cuarta fue a pagarle en un costado sobre la cartuchera; el choque lo derribó; el proyectil liberticida había encontrado en su camino el acero de los proyectiles libertarios y saltó dejando intacta la vida del valiente, que, puesto de nuevo en pie, continuó el combate.

Calixto Guerra, herido como estaba, se mantuvo en su puesto con bravura y energía admirables.

Los enemigos tuvieron también sus grandes hechos; los defensores de la tiranía y la esclavitud se revelaron en sus actos.

Un grupo de ocho soldados y un sargento se vieron cortados de sus compañeros y acometidos de flanco por el fuego de los rebeldes; junto a ellos estaba el cuartel, pero tenían para llegar a él que cruzar la calle que estaba en poder de cuatro rebeldes.

Apurado el sargento por salir de la falsa posición en que lo había metido una de las bruscas acometidas de los libertarios, apareció en la calle agitando un pañuelo blanco en señal de paz, seguido de los soldados llevando los fusiles con las culatas hacia arriba; los rebeldes creyeron que se rendían y los dejaron avanzar; pero de pronto, cuando los traidores esbirros se hallaban próximos a la puerta del cuartel, volvieron los fusiles e hicieron fuego sobre los que les habían perdonado la vida.

Hicieron fuego sin efecto y corrieron a meterse al cuartel, menos tres, que no pudieron llegar. Las balas de 30-30 les evitaron para siempre la repetición de su cobarde estratagema.

En el cuartel había un montón de cadáveres; otros se veían en las calles. Las huellas de las balas se encontraban por todas partes. Las casas presentaban un aspecto desolador. Era después de las diez; el parque de los libertarios estaba agotado; los soldados de la tiranía no llegaban a quince, guarecidos en las casas donde había familias; el resto eran muertos o desertores. El capitán, jefe de la guarnición, se defendió tenazmente con el triste valor de la fidelidad del siervo. Aquello habría concluido en un triunfo completo para los revolucionarios, pero... ya no había parque... Rangel hizo un esfuerzo más; con cuatro tiros en el revólver y algunos compañeros con él, intentó un ataque decisivo; avanzó algo y recibió un balazo en un muslo: la última sangre de libertarios de aquella jornada tremenda.

Se inició la retirada; paso a paso fueron reuniéndose los supervivientes y abandonando el pueblo. Nadie quería dejar, con los cuerpos de tantos camaradas, una victoria que ya era suya. Pero... ya no había parque... Un rebelde se negó a salir; tenía algunos cartuchos; no iría con ellos sin completar el triunfo; escogió un lugar y él solo permaneció frente al enemigo hasta las tres de la tarde.

La carabina vacía, la cartuchera desierta, se alejó, intocable para las balas, a continuar la lucha por la emancipación. Más tarde el nombre de este héroe, y los de todos los que tomaron parte en la acción de Las Vacas, se oirá cuando de sacrificios y grandezas se hable.

Fracaso, murmuran algunas voces.

Ejemplo, enseñanza, estímulo, episodio inmortal de una revolución que triunfará, dice la lógica.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 2 del 10 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

Viesca

La organización había sido trabajo laborioso ejecutado en medio de grandes dificultades y peligros. La indiscreción y cobardía de las masas, la vigilancia de las autoridades apoyada en la sucia labor de espías y delatores, la carencia de recursos monetarios, todo fue venciéndose o esquivándose por los revolucionarios del grupo de Viesca. Su organización adquirió vigor y consistencia al impulso constante que supieron emplear aquellos pocos trabajadores libertarios. Una a una fueron reuniéndose armas para el grupo; un día era una pistola, otro una carabina; poco a poco se las dotó de parque. Hubo que imponerse dobles privaciones, que trabajar triple de lo ordinario para pagar unas cuantas monedas más de las necesarias para pagar el derecho de vivir; pero al fin, cuando se aproximaba la fecha de la insurrección, se contaba con algunos elementos, valiosísimos desde el punto de vista de las condiciones miserables que rodean a todos los luchadores de principios.

La revolución nunca ha tenido capitales. Los ricos, difícilmente llegan a militar en las luchas por la emancipación humana; cuando más, arriesgan alguna parte de sus capitales en tal o cual juego político. Son egoístas del tipo suicida: quieren para ellos hasta lo innecesario, aunque la plétora los reviente. Por eso Tolstoi y Kropotkin son dos tipos extraordinarios en estos tiempos.

La noche del 24 al 25 de junio, aniversario de los asesinatos de Veracruz, era la fecha indicada para iniciar la rebelión en distintas partes del país. El grupo de Viesca se alistaba sigilosamente; se habían tomado minuciosas precauciones; pero todas ellas no pudieron impedir que sus trabajos se manifestaran tan claros y amenazadores que las autoridades principales del lugar, temerosas, huyeron la víspera del levantamiento. Además, la traición de Casas Grandes, reveló al gobierno la existencia de la vasta conspiración, y lo que era más importante para el buen éxito de sus planes, la fecha en que comenzaría la agresión de los rebeldes.

El telégrafo había comunicado órdenes apremiantes a todos los pueblos y ciudades, para que las autoridades civiles y militares hicieran cuanto pudieran para sofocar la revolución, mientras se preparaba un embajador a presentarse en Washington a pedir la más vergonzosa ayuda en favor de la tiranía mexicana.

A la media noche se reunieron los compañeros, señalóse a cada quien su sitio y se puso manos a la obra. La policía pretendió resistir; se cruzaron algunos disparos que causaron un herido de cada lado y un muerto de los gendarmes. La cárcel fue abierta cuan grande era la puerta; no quedó allí nadie. Proclamóse el Programa Liberal, y se declaró nulo el poder de la Dictadura.

Se efectuó una requisa de caballos y se tomaron los escasos fondos que había en las oficinas públicas. La revolución se apoderó del pueblo por completo, sin que se diera un solo caso de violencias o atropellos contra las familias o las personas neutrales.

José Lugo, que no había tomado parte en los preparativos, la tomó muy activa en los momentos de la acción.

La denuncia paralizó el movimiento de muchos grupos; otros, que pudieron levantarse oportunamente, faltaron a sus deberes de solidaridad, quedándose en un silencio bochornoso.

El gobierno empezó a destacar tropas sobre la región lagunera, y entonces vino también sobre los valientes insurrectos de Viesca la inundación de la calumnia y de la injuria. Escritorzuelos que ostentan el título de liberales y amigos de los proletarios, emprendieron la tarea de levantar contra los rebeldes el odio ciego de la patriotería nacional. Se insinuó unas veces, se aseguró otras, que las armas de los revolucionarios eran facilitadas por los Estados Unidos, que ávidos por adueñarse de México, lanzaban al motín a unos malos mexicanos, traidores o ilusos, comparados como los de Panamá, como bandidos y forajidos. El epíteto más benigno que se les aplicó fue el de mitoteros.

De ese modo los amigos del pueblo manifestaron lo que son y lo que valen. Quisieron con sus pobres declamaciones facilitar el aplastamiento de los dignos por los mercenarios del poder y el patrioterismo ignorante de las masas. La brutalidad de la represión podía ejercerse sobre ellos tan ampliamente como agradara al despotismo; ya había entre los liberales mismos quien condenara a los pocos que, para vergüenza del rebaño, habían roto con la pasividad y la mansedumbre. Pero aquellas voces que traían todas las notas de las bajas pasiones, aquellos murmullos que eran el gruñido de una impotencia envidiosa, murieron al llegar al oído de los parias, hermanos de los bandidos insumisos.

A pesar de la cobardía, a pesar de la abyección y del envilecimiento que deprimen el carácter de las masas, no se dio entero crédito a la calumnia de los amigos del pueblo. En lo general se amaba y se admiraba a los audaces que supieron enfrentarse resueltamente con el poder que espantaba a los viles. La evacuación de Viesca se impuso; los voluntarios de la libertad salieron de su recinto, despedidos por la mirada cariñosa y llena de esperanza de las mujeres proletarias, cuyas simpatías se despertaban delirantes por los transformadores de la paz y el orden, que llevaban sobre sus indómitas espaldas el título de bandidos, como lo habían llevado todos los iniciadores de una reforma, como lo han merecido los libertadores de todas las épocas.

Hacia la serranía, hacia las montañas amigas, se encaminaron sus pasos. Allí el núcleo se quebró obedeciendo a un nuevo plan; la cantidad se descompuso en unidades proyectadas en todas direcciones, a donde irían a crear nuevas organizaciones rebeldes, repitiendo el fenómeno biológico de ciertas especies zoológicas que se reproducen en sus fragmentos.

Viesca dio a conocer caracteres como Lugo y otros, cuyos nombres todavía no es tiempo de mencionar.

Viesca desenmascaró a los liberales de conveniencia y excluyó de la revolución elementos dañados con el temor o la incompetencia.

En 1908, las tropas de la tiranía no vencieron en ninguna parte.

La traición aplazó el triunfo de la revolución; fue todo.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 3, del 17 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

Palomas

Este capítulo de historia libertaria debería llamarse Francisco Manrique, debería llevar el nombre de aquel joven casi niño, muerto por las balas de la tiranía el 1° de julio de 1908 en el poblado fronterizo de Palomas. Los hechos trazan su silueta sobre el fondo borroso de esa jornada semidesconocida, que se esfuma en el gris panorama del desierto.

Apenas once libertarios pudieron reunirse cuando las persecuciones caían como granizo sobre el campo revolucionario. Once nada más para intentar con un audaz movimiento salvar la revolución que parecía naufragar en la marejada de las traiciones y las cobardías.

Había brillado ya el alba roja de Las Vacas, y Viesca evacuada por la revolución, retumbaba todavía con el grito subversivo de nuestros bandidos, cuando este grupo diminuto se formó en medio de las violencias represivas y se lanzó con un puñado de cartuchos y unas cuantas bombas manufacturadas a toda prisa con materiales poco eficientes, sobre un enemigo apercibido a recibirlo con incontables elementos de resistencia; contra la tiranía fortalecida por la estupidez, el temor y la infidencia, contra el secular despotismo que hunde sus tacones en la infamada alfombra de espaldas quietas que se llama pasivismo nacional.

Palomas se hallaba en el camino que debía seguir el grupo; su captura no era de importancia para el desarrollo del plan estratégico adoptado, pero convenía atemorizar a los rurales y guardas fiscales que lo guarnecían para cruzar el desierto sin ser molestados por la vigilancia.

En el camino los hilos telegráficos fueron cortados de trecho en trecho.

Las carabinas empuñadas y listas a disparar, los sombreros echados hacia atrás, el paso cauteloso y a la vez firme, el oído atento a todos los sonidos y el ceño violento para concentrar el rayo visual que batallaba con la negrura de la noche, los once revolucionarios llegaron a las proximidades de la Aduana. Dos bombas arrojadas a ella descubrieron que estaba vacía. Los rurales y los guardas fiscales, obligando a los hombres del lugar a tomar las armas, se habían encerrado en el cuartel. Antes de atacarlo se registraron las casas del trayecto para no dejar enemigos a la espalda, tranquilizando de paso a las mujeres, explicándoles el objeto de la revolución en breves frases.

Pronto se tocaron con las manos los adobes del cuartel, y pronto sus aspilleras y azoteas enseñaron, con los fogonazos de los fusiles, el número de sus defensores. Adentro había el doble o más de hombres que afuera. La lucha se trabó desigual para los que llegaban. Las paredes de adobe eran una magnífica defensa contra las balas del Winchester, y las bombas que hubieran resuelto en pocos segundos la situación, resultaron demasiado pequeñas.

Francisco Manrique, el primero en todos los peligros, se adelantó hasta la puerta del cuartel; batiéndose a pecho descubierto y a dos pasos de las traidoras aspilleras, que escupían plomo y acero, cayó mortalmente herido.

La lucha continuó, las balas siguieron silbando de arriba abajo y de abajo hacia arriba. El horizonte palidecía con la proximidad del sol, y Pancho palidecía también, invadido por la muerte que avanzaba sobre su cuerpo horas antes altivo, ágil y temerario. El día se levantaba confundiendo sus livideces con las de un astro de la revolución que se eclipsa.

Era necesario continuar la marcha hacia el corazón de las serranías. Era preciso llevar rápidamente el incendio de la rebelión a todos los lugares que se pudiera.

La última bomba sirvió para volar una puerta y sacar algunos caballos.

Pancho, desmayado, parecía haber muerto.

El interés de la causa había sacrificado la vida de un luchador excepcional, y el mismo interés imponía cruelmente el abandono de su cuerpo frente a aquellos muros de adobe salpicados con su sangre, espectadores de su agonía, testigos de su última y bella acción de sublime estoicismo.

Pancho volvió en sí poco después de la retirada de sus diez compañeros. Le interrogaron y tuvo la serenidad de contestar a todo, procurando con sus palabras ayudar indirectamente a sus amigos. Conservó su incógnito hasta morir, pensando lúcidamente que si su nombre verdadero se conocía, el despotismo, adivinando quiénes lo acompañaron, procuraría aniquilarlos si la revolución era vencida. De él no pudieron saber ni proyectos, ni nombres; nada que sirviese a la tiranía.

Pancho amaba la verdad. Jamás mentía para esquivar una responsabilidad o adquirir un provecho. Su palabra era franca y leal, a veces ruda, pero siempre sincera. Y él, que habría desdeñado la vida y el bienestar comprados con una falsedad, murió mintiendo (mentira sublime), envuelto en el anónimo de un nombre convencional —Otilio Madrid— para salvar a la revolución y a sus compañeros.

Conocí a Pancho desde niño. En la escuela nos sentamos en la misma banca. Después, en la adolescencia, peregrinamos juntos a través de la explotación y de la miseria, y más tarde nuestros ideales y nuestros esfuerzos se reunieron en la revolución. Fuimos hermanos como pocos hermanos pueden serlo. Nadie como yo penetró en la belleza de sus sentimientos: era un joven profundamente bueno, a pesar de ser el suyo un carácter bravío como un mar en tempestad.

Pancho renunció al empleo que tuvo en el ramo de Hacienda, en el Estado de Guanajuato, para convertirse en obrero y más tarde en esforzado paladín de la libertad, en aras de la cual sacrificó su existencia, tan llena de borrascas intensas y enormes dolores que supo domeñar con su voluntad de diamante. Sus dos grandes amores fueron su buena y excelente madre y la libertad. Vivió en la miseria, padeciendo la explotación y las injusticias burguesas, porque no quiso ser burgués ni explotador. Cuando murió su padre, renunció a la herencia que le dejara. Pudiendo vivir en un puesto del gobierno, se volvió su enemigo y lo combatió desde la cumbre de su miseria voluntaria y altiva. Era un rebelde del tipo moral de Bakunin: la acción y el idealismo se amalgamaban armoniosamente en su cerebro. Dondequiera que la revolución necesitaba de su actividad, allá iba él, hubiera o no dinero, porque sabía abrirse camino a fuerza de astucia, de energía y de sacrificios.

Ese fue el Otilio Madrid, a quien llamaron el cabecilla de los bandidos de Palomas. Ese fue el hombre que vivió para la verdad y expiró envuelto en una mentira sublime y en cuyos labios pálidos palpitaron en el último minuto dos nombres: el de su madre querida y el mío, el de su hermano que todavía vive para hacer justicia a su memoria y continuar la lucha en que él derramó su sangre; que vive para apostrofar al pasivismo de un pueblo con la heroica y juvenil silueta, del sacrificado de Palomas...

¿Cuántos fueron los hombres del gobierno que perecieron en combate? La tiranía ha sabido ocultarlo.

La naturaleza se alió al despotismo.

El grupo fue vencido por esa terrible amazona del desierto: la sed; llama que abraza, serpiente que estrangula, ansia que enloquece; compañera voluptuosa de los inquietos y blandos médanos... Ni el sable, ni el fusil... La sed, con la mueca indescriptible de sus caricias; tostando los labios con sus besos; secando horriblemente la lengua con su aliento ardoroso; arañando furiosamente la garganta, detuvo aquellos átomos de rebeldía... Y, a los lejos, el miraje del lago cristalino riendo del sediento que se arrastraba empuñando una carabina, impotente para batir a la fiera amazona del desierto y mordiendo con rabia la hierba cenicienta sin sombra y sin jugo.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 4, del 24 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

La muerte de los héroes

Después del estremecimiento de Viesca, las prisiones recibieron abundante suplemento de huéspedes. Al lado del anciano y del hombre llegaba el adolescente a hundirse en la penumbra de los calabozos. Rebeldes y sospechosos se amontonaban confundidos en el infecto recinto de los presidios. Tras del espía y del soldado, se presentó el juez, con la consigna en el bolsillo. Los culpables comparecieron a responder de sus delitos ante la barra del despotismo. Desenvolvióse el proceso; un proceso como todos los que la ceguedad, el miedo y la pasión constituyen. Se pronunció sentencia.

  • Lorenzo Robledo: veinte años de reclusión.

  • Lucio Chaires: quince años.

  • Juan B. Hernández: quince años.

  • Patricio Plendo: quince años.

  • Félix Hernández: quince años.

  • Gregorio Bedolla: quince años.

  • Leandro Rosales: quince años.

  • José Hernández: quince años.

  • Andrés Vallejo: quince años.

  • Juan Montelongo: tres años.

  • Julián Cardona: quince años.

Los once, a Ulúa; al viejo Ulúa de las tinajas inquisitoriales.

Para José Lugo, la pena de muerte.

Su juventud vigorosa, su audacia, su personalidad simpática y resuelta hirieron la mente atrabiliaria de los verdugos. Fusilarían a la revolución en el pecho de aquel joven tan valiente y altivo.

El frío de su cadáver apagaría la brasa que chispeaba.

Lugo afrontó sin inmutarse las consecuencias de sus acciones de libertario; se negó a delatar a sus compañeros y abofeteó con su verbo de libertad y justicia a los sicarios que le enviaron al patíbulo. La ejecución fue aplazándose, y Lugo vivió largos meses en la prisión, esperando diariamente la muerte con la tranquilidad del consciente; tratando con fraternal bondad al amigo que torpemente le entregó a los opresores. En sus labios no asomó nunca la recriminación o la queja.

Era inmenso aquel joven que espantó a sus jueces con la grandeza de su carácter.

Llegó al fin el momento que el despotismo creyó oportuno, y José Lugo fue conducido a un corral; quisieron ponerle una venda; la rechazó desdeñosamente; se colocó firme, sereno, sin alteración en el pulso frente a la escuadra de soldados, que pálidos descargaron sus armas en pecho heroico.

Luego, la plancha; la exhibición salvaje de un cadáver agujereado para causar terror en los ánimos. Una madre desolada. La tiranía más débil. La revolución en pie. ¡José Lugo inmortal! Una fecha que no olvidaremos: 3 de agosto de 1908.[16] La ardiente Siberia yucateca tuvo un hermoso sacudimiento de energías rebeldes; sus vibraciones llenan todavía la trágica aridez de sus estepas. La lzidra, cortada en pedazos, se reproduce en cada uno de ellos.

Tras de Valladolid se repiten los hechos que sacudieron a Viesca. Henchimiento de cárceles, persecuciones absurdas, asesinatos inútiles, cobardes ensañamientos represivos.

RamÍrez Bonilla, Kankum y Albertos son llevados violentamente a un Consejo de Guerra: la justicia no fue allí el leguleyo artero y solapado, sino la bestia uniformada. Rápidamente, con la rapidez denunciadora del pánico oficial, se instruyó un sumario, y los tres rebeldes recibieron su sentencia de muerte, ya que no quisieron dedicar sus vidas a la sumisión y al servilismo. Su magnífica serenidad no se alteró al oír el fallo. Dos de ellos llamaron a las prometidas de sus amores para verificar sus bodas junto al cadalso; ¡mujeres fuertes, compañeras dignas de tales bravos! La vida palpitó intensamente sobre el abismo que se abría.

Ramírez Bonilla, Kankum y Albertos rodaron por el suelo frente al cuadro fatídico, para levantarse como enseñanzas de fortaleza y rebeldía. Luego, el luto de las viudas. Los periódicos viles aplaudiendo o justificando a la justicia. La tiranía agonizante.

¡La revolución en marcha! Un nuevo error apresurando el desquiciamiento del mundo viejo.

¿Y el pueblo...?

¡Ah! Si Lugo, si Albertos, Ramírez Bonilla y Kankum no conmueven la conciencia de los mexicanos, ¡yo negaré a ese pueblo hasta el desprecio de mi saliva!

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 1 del 3 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.

Puntos rojos

Para desvanecer la atmósfera de los enemigos de México, la Dictadura ha enviado una circular a los maestros de escuelas yanquis haciéndoles saber que Díaz cuenta con la confianza absoluta del Pueblo a quien ha sabido civilizar y hacer feliz y pidiéndoles que celebren la fiesta del Centenario; sin duda para que los mexicanos emigrados olviden que esa fecha es de luto para ellos.

Un conejo digerido en el estómago de un lobo ya no es conejo sino lobo, y siguiendo esa lógica tiene razón el Dictador Díaz, en llamar enemigos de México a los de su despotismo.

* * *

El cadáver del médico Adolfo Beltrán Lagos, acribillado por 18 balas de mauser y ultrajado brutalmente por la policía y el Jefe Político de Tonalá, Chiapas, es una bella decoración para el monumento del Centenario. ¿Verdad, gentes pacíficas?

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Millares de proletarios están viviendo en Guanajuato de tunas y quelites.

Si el vegetarianismo es una prueba de cultura, bien puede admitirse que México es la nación más culta por obra y esfuerzo de tiranos y burgueses.

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¡Luz! ¡Luz! ¡Mucha luz! ... Las lentejuelas necesitan luz.

Un millón quinientos mil pesos para luz en las próximas fiestas, para lucir las charreteras, los galones, las bayonetas, los coloretes y los postizos. Habrá luz, porque los harapos, las cicatrices viejas y las frescas, las miserias, todas que repugnan, quedarán fuera de la ciudad. Nuestra gran fiesta es la fiesta de los satisfechos.

* * *

La revolución yanqui de Nicaragua ha triunfado colocando a Juan Estrada en el poder.

Wall Street se regocija.

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La India y el Egipto, desmintiendo el héroe de San Juan Hill, están manifestando que son aptos para buscar por sí mismos su bienestar sin la tutela desinteresada de la noble albión.

Los actos individuales, preliminar de la acción colectiva, continúan en esos países desafiando las crueldades de la represión.

* * *

El movimiento obrero en Bilbao y Zaragoza, España, ha motivado la consabida declaración del estado de sitio en los distritos afectados. Huelguistas y esquiroles han tenido varios choques sangrientos.

Cuando los productores comprendan mejor sus intereses y declaren el estado de sitio general para los explotadores, serán estos los competentes para romperlos.

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Algunos politicastros rojistas, acogidos temporalmente a otras banderas estos creen en la vuelta de la isla de Elba. ¿Habrá quien les tome en serio sus declaraciones por el bien público?

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Hace mucho la prensa dio la noticia de la libertad de setenta y cuatro reos políticos; actos meritorios del gobierno, según ciertos políticos; triunfo de las peticiones humildes, según otros. Los periódicos, aun muchos de los llamados independientes, mencionaron como disfrutando de la libertad a varios mártires liberales, años o meses ha, muertos por malos tratos en la prisión, entre ellos el eximio artista Jesús Martínez Carreón, director de El Colmillo Público. La mayor parte de los libres habían compurgado hacía tiempo su condena; los más estuvieron encarcelados por dos años, como simples sospechosos.

Vayan mis sinceros desprecios para los periodistas independientes que ayudaron al gobierno a dar al mundo el mito de la magnanimidad.

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Díaz Mirón, el poeta gendarme, está enfermo; el inspirado esbirro autor de las famosas Lascas, se encuentra en su casa hecho una piltrafa, de resultas de su valerosa campaña en persecución de Santanón, que ha de reír todavía de las bravatas del Bate-polizonte, que prometía ridículamente ir a cortarle la cabeza.

Santana Rodríguez es un hombre valiente, honrado y valeroso a quien los despojos y los ultrajes de las autoridades obligaron a levantarse en armas; un hombre que avergüenza con su virilidad indomable a los degenerados como su infeliz perseguidor, enfermo ahora de miedos y fatigas policíacas.

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Los avanzados del mundo entero van a celebrar el aniversario del asesinato de Francisco Ferrer, haciendo propaganda por la Escuela Moderna. El grupo Solidaridad Obrera, de Nueva York, trata de fundar un plantel similar a los suprimidos en Barcelona, en la Semana Sangrienta. Varios grupos de libertarios mexicanos trabajan igualmente para establecer la enseñanza racionalista.

Ferrer está muerto; pero la obra a que dedicó sus desvelos está asegurada.

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En la pila donde bautizaron a Hidalgo, remojarán la mollera de 30,000 niños, en el próximo carnaval septembrino. No estaría malo ver que a ese número del programa y al de los huehuenches, agregaran un sacrificio a Huitzilopochtli ya que él también era buen dios de nuestros mayores.

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De la Barra, el trabajador de Porfirio Díaz, cerca de Taft, se ha dedicado a escribir para desvanecer la atmósfera de los enemigos de México pero refuta a Turner. ¿Turner prueba lo contrario de lo que han rebelado muchas plumas justicieras? No. Solo panegiriza servilmente a su amo.

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Informan de México, de una remesa de mujeres y niños de Tres Marías; los mayores de menos de 15 años. Iban amarrados, vacilantes y demacrados por el hambre. ¿Su crimen? Rateros...

¡Oh, sí! Hay muchos rateros en México. Hay gentes depravadas que roban hasta la insignificancia de un pambazo, cuando podrían darse el lujo de morirse de hambre...

Por buena suerte para los satisfechos, en México hay justicia, que envía amarrados a los niños hambrientos de la capital al presidio del Pacífico, para gastar sin remordimientos algunos millones en divertirse.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 2 del 10 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.


Los estudiantes argentinos, reunidos en turba de fanáticos, destruyendo las bibliotecas y periódicos obreros de Buenos Aires, han erigido el mejor monumento a la enseñanza burguesa, cultivadora de las pasiones del bruto.

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Pronto desaparecerá Belem. La tiranía se civiliza; está haciendo casa nueva a la barbarie.

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Agosto dio la cifra más alta de la emigración de trabajadores mexicanos a los Estados Unidos.

Nuestros patrioteros se alarman y desesperan de no poder evitar el éxodo de los proletarios; porque les disgusta quedarse sin esclavos y pensar que los extranjeros pensarán que así somos todos los mexicanos; andrajosos, sucios y miserables.

Que haya miseria horrible en México, no importa; lo que si debe evitarse a toda costa, es que se crea que en México no hay señores que han sabido hacer fortuna a costa ajena y visten bien desnudando a los de abajo.

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Alfonso, el asesino de Montjuich, le ha enviado a Porfirio Díaz, el carnicero de Río Blanco, el gran collar de Carlos III que usó el difunto Eduardo VII. Según los heraldos de la Corte, el tal collar es un tesoro de arte y de honores, trae la inspiración latina Virtuti et mente. La Revolución, que también sabe premiar la virtud y el mérito, prepara otro collar para el héroe de la Paz, hecho de materiales indígenas: un collar de ixtle.

¿Cuál será mejor para el augusto cuello?

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Dice Peña, el tiranuelo de la Argentina, que su frase: América para la humanidad, no tiene ninguna significación agresiva para el gobierno de los Estados Unidos.

Fácil es creerlo. América para la humanidad es tan solo una frasecilla efectista para tapar las masacres, las deportaciones y encarcelamientos humanitaristas de Buenos Aires.

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Juan de los Ríos, un joven periodista chileno que se permitió la audacia de escribir en México un artículo criticando a Taft, fue cogido a media noche por la policía y conducido fuera de la República (?).

Esto es un cumplimiento de reciprocidad y nada más. Cuando el célebre Magón era gobernador de Cuba, encarceló en la Habana al periodista obrero Saavedra por haber escrito irrespetuosamente del Dictador Díaz.

¡Oh! fuerza del internacionalismo autoritario.

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Para cuando se formalice, exclaman los que tienen delirio del fracaso, para cuando sea una cosa segura, haré esto y aquello. Y se quedan tan frescos haciendo el papel de críticos de los que luchan, esperando que los trabajos por alcanzar la libertad se formalicen, de tal manera que ya no tengan ellos otra cosa que hacer que abrir la boca para saborearla.

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Los burgueses franceses, de las minas de El Boleo, en la Baja California, explotan y azotan a los obreros mexicanos a su antojo, y estos por falta de elementos con qué pagar su pasaje para salir de la península, están viendo morir de hambre a sus hijos.

Pero es fuerza amar la paz, el nuevo Saturno de los patrioteros.

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Son esfuerzos inútiles, son sacrificios estériles. No os mováis, quietos. Eso es; así está bien, bípedos amaestrados; comeos vuestras amarguras con el pan de la mansedumbre, que al fin no moriréis hartos.

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Se anuncia el próximo reconocimiento del gobierno de Juan Entrada, por el de la Casa Blanca, como si hubiera menester de las aparatosas declaraciones diplomáticas para saber que Estrada es el instrumento de la política de Taft, en Centroamérica.

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Ahora es Bonilla el que hace la guerra a Dávila en Honduras. Las multitudes siguen con más facilidad a las ambiciones que las sacrifican, que a los principios que las emancipan.

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Hace un año que una descendiente de Hidalgo murió de hambre en México; donde hay tal sentimentalismo patriótico que se permite al gobierno gastar millones en hacer dignamente la fiesta del Centenario y excluir de los parajes aristocráticos a todos los que se muestran reacios a gastar lujos.

Hoy el gobierno de Michoacán acaba de pensionar a Soledad Rábago Hidalgo y Costilla, con la suma de... tres centavos diarios.

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De la Huasteca Potosina y de Yucatán, se siguen arrancando numerosas personas acusadas de sospechosas de participación o simpatía con la revolución; los cuarteles y las cárceles se están llenando literalmente.

La tiranía es el mejor propagandista de la rebelión; facilita el campo a los organizadores. ¡Adelante!

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Las tropas de guarnición en la frontera, compuestas de los elementos más leales al tirano, merman continuamente por las deserciones. Los soldados aprovechan todas las oportunidades para tirar lejos de sí los infamantes uniformes y las armas populicidas.

En los Estados del centro, la cosa tiene mejor aspecto. No hace mucho procesaron a un coronel porque en tres días de maniobras en las orillas de Querétaro, le abandonaron más de 80 soldados.

Las 60 mil bayonetas, pesadilla de los cobardes se vuelven humo.

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La palabra, como medio para unificar las tendencias. La acción, como medio para restablecer los principios en la vida práctica.

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América tiene ya otra Siberia, a más de Yucatán, y es la tierra del fuego; lugar escogido por los bárbaros de la Argentina para deportar a los obreros conscientes.

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Al espectáculo repugnante de la mujer-gendarme, se da el nombre de feminismo; siendo ese deplorable hombrunamiento lo contrario de la idea que expresa ese vocablo moderno.

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El derecho a vivir es el primero de todos los derechos. Para apreciarlo y defenderlo basta la jurisprudencia de la propia conciencia.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 3 del 17 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California.


El poeta-gendarme, vergüenza de Veracruz, sigue desarrollando sus aptitudes de esbirro en la Cámara de Diputados con mejor éxito que en las montañas, donde tan mal le fue.

Díaz Mirón atacó duramente a los antirreeleccionistas que pidieron la anulación de las elecciones a los representantes de la dictadura que hizo el fraude en ellas.

Las letras nacionales se honran con nuestra policía intelectual.

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Después de Bahía Magdalena, El Chamizal y los inolvidables fondos piadosos, viene rodando sobre el tapete de los tratados amistosos el Valle de Imperial de la Baja California.

Varios burgueses yanquis entre los que figura el famoso general Otis (el de la Mula de Manila) piden que el Delta del Colorado con una faja de terreno de 100 millas de largo por 10 de ancho, pase a poder de los Estados Unidos. Ellos creen que México (léase Porfirio Díaz) aceptará gustoso el arreglo, puesto que él ha regalado gran parte de esas tierras a varios periodistas yanquis que le defienden.

El asunto se tratará en la próxima sesión del Congreso y un diario de los Angeles dice que esto dará a los Estados Unidos otro puerto en el Golfo de California. ¿Será el otro Topolobampo, o para llamarle propiamente Port l' tilwell?

Pero nuestros grandes pacifistas no quieren que nadie se muera para que las naciones extranjeras no se imaginen que somos salvajes.

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La libertad no es la prerrogativa de escoger amo; es la imposibilidad del amo.

La sociedad antiesclavista de Londres, se propone abrir una campaña sistemática y formal contra la esclavitud de Yucatán y en general contra el despotismo porfirista. Cuenta con numerosos escritores avanzados en Europa y América.

Y Díaz seguirá gastando millones en policía extranjera, y escritores venales. Y los mexicanos, sumisos, seguirán llenándole la caja.

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¿Que tenéis miedo? Y bien, ¿acaso hay hombre que no lo tenga? Lo que se necesita es hacerse superior a él y no ponerlo sobre nosotros como el primer déspota.

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Cierta clase de yanquis tratan de enseñar historia a los niños de Estados Unidos, pintándoles a Porfirio Díaz superior a Washington y Lincoln.

La porfirización de las escuelas merece el Premio Nobel.

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Amar la vida cuando se sacrifica diariamente para satisfacer la avaricia, el orgullo y la lujuria de los déspotas, es el más necio de los amores.

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Las fiestas del Centenario estuvieron espléndidas. No faltó nada al colorido principesco del que habla El Imparcial. Aquello fue una Rusia aristocrática con cargas de caballería en las calles, sablazos y prisiones.

Por desgracia, esto último solo fue obra de un jefe de policía, si hemos de creer a los periodistas hábiles que siempre hallan disculpas para no indignarse contra el tirano.

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Es muy fácil suplantar un ídolo en la conciencia de los idólatras; no así destruir la idolatría. Por eso los suplantadores tienen mejor suerte que los reformadores.

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La pereza se contenta con ser agradecida; si cada quien pusiera su parte en la conquista de la libertad general, nadie tendría la vergüenza de agradecer.

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Hay gentes que se creen humilladas si no devuelven la copa que les ofrece el vecino o el amigo, y aceptan sin ruborizarse el bienestar y la libertad que otros preparan sacrificando hasta la vida.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 4, del 24 de septiembre de 1910. Los Ángeles, California


Según El Constitucional órgano del Centro antirreeleccionista de México, En España están azotando dos calamidades: los obreros y los temporales. Con el criterio de ese amigo de los oprimidos vamos a considerar calamidades nacionales a los insurgentes que lucharon once años por la libertad de México, y hasta los mismos anti-reeleccionistas de buena fe que ahora trabajan para derrocar a Porfirío Díaz no escaparían al mote de calamidades.

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¡Tierra! fue el grito que salvó a Colón. ¡Tierra! es el grito que salvará a los esclavos del Capital.

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Para desplumar a los huastecos y emplumar a los mexicanos, se gastó una bonita suma, y otra más hermosa todavía se gastó en iluminaciones.

La compensación vendrá. Cuando los descamisados hagan su fiesta ya pondrán luminarias en los palacios de sus opresores.

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Si sentís deseos de inclinaros ante un déspota, hacedlo, pero levantad una piedra para terminar dignamente el saludo.

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Que al retrógrado y conservador Polavieja le hayan aplaudido en México, no asombra. Polavieja ha tenido dos acciones brillantes en su traída del gran Cordón de Carlos III al tirano Díaz; justo era que le aplaudieran los que han aplaudido a Bernardo Reyes, asesino de Ramírez Terrón y antes de la matanza de Monterrey.

Matarse por un candidato es una tontería. ¿Comprenderán esto los que quieren solamente cambiar de amos?

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A Canalejas, el Primer Ministro de España le está sucediendo lo que a la manzana buena en el cesto de las podridas; pues parece que ya busca transacciones con el vaticanismo enemigo de los libertarios.

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Derechos escritos, nada más escritos, son burlas al pueblo, momificados en las constituciones.

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La organización obrera entre los compañeros españoles está progresando rápidamente a despecho del fanatismo y los estados de sitio. Pronto la España trabajadora, la España libre, será más grande que la España conquistadora.

* * *

Instruir al cerebro es hacer efectivo el golpe del brazo; armar el brazo, es dar fuerza a las concepciones del cerebro.

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El Czar Nicolás ha fracasado en su propósito de extraditar al revolucionario ruso Julio Wezozoll, acusándolo de robo a un banco del gobierno, en Tiflis. La Liga de Defensa de Refugiados Políticos ha obtenido otra victoria; pero el tirano de Rusia, siguiendo las técnicas de Díaz, quiere que se castigue aquí a Wezozoll por el delito de haber traído a este país, para los trabajos de propaganda, una parte del dinero confiscado por los revolucionarios.

Libertarios de todas las razas, el compañero Wezozoll, necesita nuestra solidaridad. El enemigo es común.

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La libertad no es diosa que pide adoración, ni hada que regala dones a quienes la invocan con palabras melosas; es una necesidad que los seres dignos y conscientes procuran satisfacer poniendo en juego el cerebro y el músculo.

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Habla El Imparcial de un acontecimiento de verdadera importancia: la visita a la frontera mexicana del Presidente don Manuel Estrada Cabrera, déspota repugnante y feroz. Habrá los inevitables festejos para que se divierta el asesino de Ramón Corona y el matador de Barillas. ¿Quién pagará? Los pueblos pasivos.

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Vivir para ser libres, o morir para dejar de ser esclavos.

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La unión para obedecer y respetar a los verdugos ha traído a los hombres la opresión y la miseria; la unión en la desobediencia y en la acción irrespetuosa dará a los esclavos el pan y la Libertad.

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Manos iconoclastas lanzaron piedras a las ventanas de la casa del Dictador, rompiendo los vidrios.

Ahora fueron vidrios; mañana, serán coronas y cruces y galones los que caerán hechos pedazos.

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¿Qué no podéis ser leones? Bueno. Sed simplemente hombres.

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¿Teméis a la Revolución? Renunciad a la injusticia y el miedo se acabará en vosotros.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 5 del 1 de octubre de 1910. Los Ángeles, California.


En los tiempos que corren se humaniza cuando se cambia el instrumento de tortura.

* * *

El ejército progresa, clama El Imparcial, tenemos fusil automático superior al de los ejércitos europeos, acaba de inaugurarse la fábrica de pólvora sin humo, y en cuanto a disciplina los soldados de la tiranía hacen diarios progresos.

¿Pruebas? Zacatelco Penzacola.

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Este mundo es un Valle de lágrimas o mejor dicho un lcamole perpetuo para ciertos chicos de la prensa.

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Las persecuciones siguen tenaces desatando hogares en Tlaxcala, en Campeche, en Yucatán y en San Luis. Como si la tiranía estuviera cansada de vivir se empeña en precipitar la revolución que ha de darle la muerte.

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La pequeñez aparente del astro se debe a la debilidad de nuestra vista.

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La burguesía de México quedó tan contenta con el baile que le obsequió al dictador, que ha pedido graciosamente el Bis, que costará otro medio millón de pesos.

* * *

Otras gentes piden —ya eso de pedir es manía crónica en México—, la repetición del paseo de los huehuenches, que también se llevará otra cantidad regular en caso de acudir el gobierno a la súplica de los admiradores de los carnavales septembrinos.

* * *

Las plumas huastecas son caras. Resultaría más barato el paseíto adornado con las muchas y relativamente baratas plumas de escritores mercenarios, que abundan en todo el país, y sobre todo, sería verdaderamente histórico.

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La Justicia no se compra ni se pide de limosna, si no existe, se hace.

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La Cámara de Diputados declaró bien electos por seis años más a Porfirío Díaz y a Ramón Corral.

Está demostrada la eficacia de los medios pacíficos para destruir tiranías cimentadas y engreídas con la fuerza.

* * *

Los triunfos morales no bastan para emancipar a un pueblo, como las comidas espirituales no alimentan ningún cuerpo.

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Portugal está en abierta rebelión: los republicanos dominan prácticamente en Lisboa. Es posible que en España se declare también la revolución con tendencias libertarias.

Turquía y Persia echarán abajo a sus viejas tiranías. España y Portugal se disponen a librarse de las suyas. ¿Querrán los mexicanos pasivos conservar lo que tanto han tenido encima, para ser el único ejemplo de pueblo abyecto?

* * *

No se sabe por qué aplaudieron en México a Polavieja, si por los relumbrones que traía en el pecho, por ser el portador de una condecoración para el tirano y del vestido de Morelos, o por la parte que tuvo en el asesinato de Rizal.

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Los mismos que condenan como desleales a los obreros, que se rebelan contra los amos y que piden cárcel para los que cometen algún pequeño robo moralizan a la sociedad ofreciendo premios a los delatores y a los traidores.

* * *

Habláis de amor a los hijos mientras vuestra pasividad les prepara una vida de esclavitud. Algún día ellos bendecirán vuestro amor, cuando se vean tratados como bestias.

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Para algunos espíritus sensibles, es más doloroso y bárbaro que perezcan mil hombres en la revolución, que vivan y mueran millones de hombres, mujeres y niños en la cárcel y en la explotación.

* * *

El látigo que un día azota la espalda de un compañero, puede otro día despellejar la nuestra.

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La solidaridad con los demás, es la protección de nosotros mismos.

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Por la fisonomía del tirano se saca la filiación del pueblo que le obedece.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 6 del 8 de octubre de 1910. Los Ángeles, California.


No sesenta, sino más de cien trabajadores perecieron en la última explosión de Las Esperanzas.

Las viudas y los huérfanos, que empezaban a importunar a la compañía culpable de la catástrofe, fueron arrojados fuera del campo, sin más recursos que su abundante miseria.

Es más cuerdo sacrificarlo todo y perecer como una miserable rata para enriquecer a los amos que arriesgar la vida para alcanzar la libertad y con ella el bienestar cierto, ¿no es así sensatos pasivos?

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Hacer mil esfuerzos diarios para beneficio de un holgazán es obrar cuerdamente; hacer uno solo en la vida para contribuir al bienestar general es una locura.

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Es la época de los juramentos: los esbirros juran; los periodistas juran; a los niños se les hace jurar también; pero como decía Esquilo: el hombre es el que nos hace creer el juramento y no el juramento al hombre.

* * *

Donde se usa del juramento es donde se abusa de la mentira.

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¿Quién es más responsable, el tirano que oprime al pueblo o el pueblo que lo produjo?

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Agunos periódicos independientes aseguran que nuestro bien diciplinado Ejército no es capaz de olvidar sus deberes para entrar en complots libertadores. Niego: Hay muchos oficiales y generales que se mezclan en ellos para traicionarlos y dar lustre a sus méritos militares.

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El general Mass, que asesinó al ingeniero Olivares, acaba de obtener su libertad absoluta después de haber cumplido una sentencia de unos cuantos meses de cómodo encierro y sigue desempeñando altas funciones en el Ejército.

No hace mucho que el gobierno condenó a quince y veinte años de presidio en San Juan de Ulúa a varios hombres que no asesinaron a nadie, pero que cometieron el feo delito de pensar en la libertad; y cuando cumplan su condena se hallarán por ukase de la tiranía privados de sus derechos de ciudadanos por el resto de su vida.

Esa es justicia pacificadora.

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Los delegados de nueve millones de socialistas internacionales se reunieron en Copenhague recientemente y aprobaron el empleo de la acción violenta para impedir las guerras.

Guerra no quiere decir revolución; a esta no se opondrán los socialistas que ven en ella un medio de los oprimidos para librarse de sus tiranos.

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La revolución con todo y sus violencias acabará con la posibilidad de las guerras.

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Valeriano Weyler, el feroz verdugo español, dijo que si el pueblo de Barcelona hacía algunas demostraciones revolucionarias no se necesitarían hospitales sino cementerios.

No olviden los revolucionarios españoles la frase, y cuando el tiempo llegue no busquen hospitales para la tiranía; simplemente cementerios.

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Hay muchos impacientes por la hora de la libertad, pero ¿cuántos trabajan por acercarla?

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Todavía la naturaleza no produce árboles que den frutos de justicia y de bienestar. Sembremos y cultivemos.

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Acompañad la acción al deseo y tendréis probabilidades ciertas de satisfacerlo.

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Un individuo manso podrá ser mártir pero nunca libertador.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 8 del 22 de octubre de 1910. Los Ángeles, California.


Los fermentos revolucionarios en Yucatán crecen a pesar del fusilamiento de Kankum, Albertos y Ramírez Bonilla. En un solo pueblo del Estado, en Acanceh, han estallado en un corto número de días más de quince bombas; en Seyé han sido arrojadas otras, lo mismo que en Tekit y otros lugares. Los asaltos de los pequeños grupos rebeldes sobre las fuerzas de la tiranía se repiten con frecuencia.

Habrá quizá más fusilamientos, más consignaciones al ejército, más encarcelamientos, más persecuciones, y con todo ello la revolución será más potente, más audaz, más inexorable.

Vengan los horrores de la represión; el miedo se acaba, la rebeldía contestará con la acción.

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Los cigarreros de Tampa testifican que se hallan en el clásico país de las libertades, pues han visto que los burgueses las tienen que linchar a los huelguistas.

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En interesante sesión se presentó en la Cámara de Diputados de Porfirio Díaz, una interesante iniciativa: el aumento de sueldo para el tirano y sus principales adláteres, porque su posición social y el estado bonancible del tesoro público lo exigen.

Sobran esas farsas de rateros, después de estar robando al pueblo desde hace tantos años.

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Corre la noticia de que Santanón ha sido muerto por la décima vez a manos de los heroicos bandidos de la policía rural.

Lástima que esos laureles no sean para la frente del poeta esbirro Díaz Mirón.

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Enrique Creel está orgullosísimo con la cruz de Isabel la Católica que le regaló el reyezuelo Alfonso, porque no hubo en Europa quien quisiera aceptarla. La tal cruz es la misma que el alcalde de Cherburgo, M. Mathieu, devolvió al asesino de Ferrer. Buena cruz para buen señor.

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Hamilton Holt, editor de The Independent, quien acaba de regresar de un viaje a México, donde fue muy agasajado por el tirano, publica un articulo encomiástico para Díaz, en el cual se aporrean la lógica y los hechos dentro de la burbuja de la alabanza, dejando después de todo afirmados los conceptos de México Bárbaro que Holt tacha de mendaces. Allá van algunas frases de muestra: Al presente, Díaz gobierna con todo el formalismo y ceremonia de un monarca europeo. Nuestra audiencia con él tuvo todas las formalidades y etiquetas de una audiencia con el Czar o el Papa. Domina en el Congreso y los tribunales hacen lo que a él le place. Sus oponentes son encarcelados y la prensa amordazada. Pero a pesar de abusos que nosotros no toleraríamos ni un minuto en los Estados Unidos, México está bien gobernado y la propiedad y la vida del hombre que solo se ocupa de sus negocios están tan seguras allá como en cualquier otra parte.

Con defensores como este logrará el tirano de México recuperar su prestigio; cuando menos esa es su esperanza.

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Ciento sesenta presos políticos llevados de Yucatán a la prisión militar de Santiago Tlaltelolco están en horribles condiciones de miseria y maltrato. La pésima alimentación del presidio se les da a menos de media ración; muchos están pereciendo de inanición y es tal su debilidad que los esbirros tienen que levantarlos de los brazos y llevarlos en vilo cuando quieren que comparezcan a declarar.

Hay que trabajar, trabajar duro y constante para que terminen los horrores de la paz que tanto aman los corderos y sus pastores.

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Canalejas, el dizque liberal Ministro de Alfonso XIII y último, ha perdido con el agua fuerte del poder sus apariencias de medio civilizado. No es más que un inquisidor tan bruto como Maura, según declaración propia.

Que los pueblos aprendan con este otro ejemplo a despreciar a los farsantes arribistas como Canalejas.

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Los burgueses de Tampa quieren llevar rompe-huelgas para vencer a los tabaqueros huelguistas, a los cuales les han infligido ya muchos y sangrientos atropellos.

Si alguien va a Tampa que vaya a enseñar su solidaridad a los compañeros; que vaya a decir a los asesinos de Figarrota y Albano que al proletariado consciente no se le mata impunemente con el salvaje linchamiento.

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El gobierno de Washington, hermanado con los frailes, sentencia a veinte años de presidio a los revolucionarios filipinos. ¿Cuál es la garantía de los tagalos con tener en vez de un capitán general español un gobernador yankee?

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La libertad no se alcanza llevando puesto el freno de la legalidad. Cada libertador ha sido un ilegal; cada progreso de la civilización un atentado contra las leyes consagradas por el conservatismo enemigo del adelanto.

Respetad el orden existente, someteos a las leyes que lo hacen inviolable para los cobardes y seréis eternamente esclavos.

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Sembrad una pequeña simiente de rebeldía y determinaréis una cosecha de libertades.

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La tiranía no es el crimen de los déspotas contra los pueblos; es el crimen de las colectividades contra ellas mismas.

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Proletario, ¿qué es tu vida que la amas tanto, que la cuidas del viento revolucionario y la metes gustoso en el molino de la explotación?

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Para luchar por la libertad no hacen falta odios; sin odio se abren los túneles, sin odio se ponen diques a los ríos, sin odio se hiere la tierra para sembrar el grano, sin odio puede aniquilarse a los despotismos, puede llegarse a la acción más violenta cuando sea necesaria para la emancipación humana.

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La pasividad y la mansedumbre no implican bondad, como la rebeldía no significa tampoco salvajismo.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 9 del 29 de octubre de 1910. Los Ángeles, California.


Yucatán marcha; es inútil ya la presión de las tropas federales y de los esbirros del gobernador Muñoz Arístegui, para detener las manifestaciones del descontento. Al atravesar los parajes públicos el cacique ha sido saludado por el pueblo y los estudiantes con silbidos y mueras, que no pudo reprimir ni castigar porque le falta fuerza y le sobra miedo frente a la revolución que se precipita.

Centenares de compañeros yucatecos se pudren en Ulúa, en Belén y en Santiago Tlaltelolco, pero Yucatán marcha a las reivindicaciones.

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La ley fuga está en diaria aplicación despoblando a Veracruz, sacrificando a muchachos como Ezequiel Padrón, que apenas vuelto de Yucatán, a donde le enviaron las autoridades por rivalidades amorosas, lo aprehendieron y fusilaron infamemente en El Paso de Santa Ana.

Paternal despotismo es ese que mata con la sencillísima ley fuga a niños de quince años.

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Los trabajadores de Lisboa no han tardado en desengañarse del beneficio negativo que traen para el pueblo las revoluciones puramente políticas y de la necedad de exponer la piel por echarse a cuestas un Teófilo Braga en lugar de un Manuel II. Los soldados del golpe de Estado, que no fue otra cosa el último movimiento portugués, desempeñan maravillosamente el papel de esquiroles en las huelgas de los obreros, y en defensa de los nuevos mandarines emplean sus armas contra el pueblo, como antes las empleaban en defensa de los Braganza.

Que aprendan algo del caso de Portugal los que se imaginan que poniendo en otras manos el azote que los fustiga conseguirán la libertad.

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Explosión de gas, debido quizá a un intencional descuido del dueño de Los Ángeles Times, se ha probado que fue la causa de la destrucción de la planta de ese indecente libelo. La maliciosa teoría dinamitera de Harrison Gray Otis, para perseguir a los trabajadores unionistas y envolver en la trama a los enemigos de su amigo el tirano Díaz, se ha desvanecido en el ridículo, a pesar de los recursos inquisitoriales que se han empleado con pobres mujeres para forjar pruebas legales.

Bien deseará Otis que se repita la experiencia, porque como quiera, el negocio le ha dejado buenas ganancias, y al fin las víctimas son trabajadores.

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El Imparcial no puede ocultar los signos manifiestos del desquiciamiento que se acerca; en su edición del 27 de octubre noticia la fuga de un piquete de soldados del Batallón Zaragoza, en Puebla. Los soldados, que formaban la guardia, acompañados del cabo de la misma, se llevaron no solo las armas que portaban sino también las espadas de un subteniente y del capitán de vigilancia.

Confíen en su ejército de forzados los tiranos de México; su confianza es tan legítima como su legítimo despotismo.

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Semilla fecunda es la semilla imparcialesca; buena para enriquecer a los cultivadores de desvergüenzas.

San Antonio, Texas, cuenta ya con un Reyes Spíndola, que ciertamente no escribe pero que alquila escribidores mientras se dedica a defender los intereses de los mexicanos, vendiendo marihuana, y prohijando estupideces tan sucias como sus combinaciones de traficante.

Semilla imparcialesca; semilla fecunda; buena para enriquecer a los gusanos de la ignominia.

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El gobierno de Yucatán necesita diputados para su congreso de mulos. En la península ya no hay hombres que quieran entrar a esa cuadra.

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Imaginaos un tigre, un lobo, una fiera cualesquiera, rabiosa o hambrienta, atacando a vuestros compañeros y amenazando vuestra propia vida. Supongo en vosotros algunos sentimientos humanitarios, cierto valor y serenidad de ánimo y a vuestro alcance un arma. ¿Qué harías para evitar los daños de la fiera? ¿Escogerías la súplica, la prédica moralizador a, la amenaza con los juicios de la historia; argumentos incomprensibles para la bestia, o tomarías el arma que mata; argumento lógico, efectivo, para la violencia que ciegamente mata y devora?

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Una causa no triunfa por su bondad y su justicia; triunfa por el esfuerzo de sus adeptos.

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Detrás de la religión está la tiranía; detrás del ateísmo la libertad.

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Hay individuos que se habitúan a la vida de las cárceles ¿será cosa extraña, en esta sociedad de la desigualdad consagrada, ver esclavos encariñados con el látigo de sus amos?

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Un grupo de hombres tiene que levantar un peso que a todos interesa cambiar, pero la mayor parte abandonan la tarea; se marchan, riendo y murmurando de la poca fuerza de los que quedaron en su puesto con la sobre-carga de lo que tocaba a los otros levantar. La falta nuestra, la culpa ajena.

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Muchos hombres dicen que aman a una mujer cuando se desborda en ellos el sentimiento del propietarismo.

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Maldecid a los descontentos, vosotros los que amáis la estabilidad del hongo; el descontento es el nervio más poderoso del progreso.

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Puede haber agua sin peces y pueblos sin tiranos, pero no puede haber peces sin agua ni tiranos sin pueblos.

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Cread un ídolo y os pondréis un yugo.

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Los trabajadores no tenemos necesidad de amistades piadosas que nos ofrezcan la salvación a cambio de una presidencia o una dictadura benignas y paternales; queremos compañeros que luchen con nosotros, conscientes de sus intereses.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 10 del 5 de noviembre de 1910. Los Ángeles, California.


Según El Imparcial, las fuentes de la miseria son la embriaguez, la intemperancia, la ausencia del ahorro, el mitin subversivo, los paros y el matrimonio prematuro.

Nuestros aristócratas son borrachos, intemperantes, dilapidadores, amigos de juergas colosales, huelguistas eternos y muy jóvenes tienen tres o cuatro mujeres en vez de una; beben abundantemente en las fuentes imparcialescas y sin embargo no viven en la miseria.

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El acaparamiento de las tierras por unos cuantos, el monopolio de los artículos necesarios para la vida, la tiranía, la ignorancia, la cobardía, la infame explotación del hombre por el hombre, las fuentes de la riqueza burguesa son las de la miseria proletaria.

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Hay militares de mala fortuna aunque sean generales; Melitón Hurtado es uno de ellos; la primera vez que pretendió lavarse los pies se los quemó, y cuando se dedicó al oficio de delator se puso en ridículo y perdió el aprecio del jefe y las propinas.

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El Embajador Wilson dijo que las demostraciones de protesta por el linchamiento de Rock Springs eran una desgracia para el pueblo de México, ¿Querría Wilson que se aplaudiera y se enviara un voto de gracias a los que quemaron vivo a Rodríguez?

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Cuarenta y cinco minutos estuvieron los manifestantes del día 10 en posesión de la planta baja del edificio de El Imparcial.

Es mucho tiempo para medio quemar unos cuantos papeles. No se necesitaba tanto para tan poco.

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Hay gentes que son humanitarias en extremo cuando se trata de una revolución que beneficie al pueblo, pero que olvidan todo escrúpulo cuando se trata de una guerra que sirva a sus ambiciones.

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Todavía hay periodistas que se llaman honrados que no entienden o hacen por no entender el título de los artículos de Turner.

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La protesta contra la quema de un hombre vivo no pertenece a una nacionalidad, es de todo el género humano.

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La brutalidad de los castigos, si acaso los hay, no detendrá los brutales linchamientos; se necesita civilización verdadera, establecida con la educación racional.

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En Guadalajara, en México, en Chihuahua, en Piedras Negras y en otros lugares hubo manifestaciones anti-linchadoras; muy lógicas y naturales, pero que han sorprendido a muchos acostumbrados a ver al pueblo mexicano recibiendo sin protesta todas las humillaciones y las vergüenzas.

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Está de moda en los partidos personalistas llamarse partidos del porvenir, y, sin quererlo profetizan; tiene partido el porvenir, porque cada día son menos las que pasan las ruedas del molino.

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Tenemos hambre y sed de justicia, se oye por todas partes; pero ¿cuántos de esos hambrientos se atreven a tomar el pan y cuántos de esos sedientos se arriesgan a beber el agua que está en el camino de la revolución?

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Si os parece que andando no llegáis a la libertad, corred entonces.

Si no podéis ser espada, sed relámpago.

Práxedis G. Guerrero
Regeneración, N° 12 del 19 de noviembre de 1910. Los Ángeles, California.

[1] Ese día Bernardo Reyes ordenó que la fuerza federal balaceara a numerosos liberales que manifestaban su apoyo en la plaza Zaragoza de la capital del Estado de Nuevo León, a la candidatura de Francisco E. Reyes, para gobernador, en contra del mismo Bernardo Reyes.

[2] Existen algunas contradicciones relativas a este dato: Enrique Flores Magón en el libro Peleamos contra la injusticia, afirma que este contacto se estableció en 1905, y Eugenio Martínez Núñez en su obra La vida heroica de Práxedis G. Guerrero, precisa que tuvo lugar en mayo de 1906. Damos más crédito al dato de este último historiador, ya que tuvo acceso al diario personal de Práxedis G. Guerrero. (Chantal López y Omar Cortés).

[3] Durante su permanencia en Morenci, tenemos conocimiento de que editó un periódico, pero no nos ha sido posible obtener datos más precisos, tanto acerca de su nombre como de su contenido y duración.

[4] Al recibir la comunicación de la afiliación del grupo Obreros Libres a la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano.

[5] En realidad, fue redactada en Toronto, Canadá.

[6] Los cupones eran solicitudes de ingreso al Partido Liberal.

[7] De los Estados Unidos, esperaba Ricardo una agresión.

[8] Ricardo confiaba en el apoyo de los anarquistas europeos.

[9] Se refiere a Juan Sarabia.

[10] José Lugo fue, en efecto, fusilado el 3 de agosto de 1910, y no en 1908, como han asegurado algunos historiadores. (Martínez Núñez, Eugenio, La vida heroica de Práxedis G. Guerrero, pág. 192).

[11] El 30 de junio de 1907, Manuel Sarabia fue secuestrado en Douglas, Ariz., por agentes del servicio de espionaje. En la noche de ese día fue conducido a la frontera mexicana y entregado al ejército federal, siendo finalmente trasladado a la penitenciaría de Hermosillo, donde permanecería una semana, al cabo de la cual las autoridades mexicanas se vieron obligadas a devolverle la libertad, debido a la intensa campaña periodística que se realizó en Estados Unidos denunciando el secuestro.

[12] El 8 de mayo de 1910 la F.O.R.A. (Federación Obrera Regional Argentina) anuncia en un mitin el emplazamiento a la huelga general para el 18 de mayo si el gobierno no acepta sus demandas (derogación de la ley de residencia y liberación de los presos políticos). El gobierno no cede y el 13 de mayo realiza un sin fin de detenciones implantando al día siguiente un estado de sitio. A raíz de esto, la burguesía patriotera, apoyada por las fuerzas gubernamentales, organizó manifestaciones antiobreras, saqueando y destruyendo los locales obreros, así como las imprentas de los diarios La Protesta y La Vanguardia.

[13] Fechado en St. Louis, Mo., pero en realidad fue expedido en Los Ángeles. Cal.

[14] Publicado como Nota en la edición en papel editada por Ediciones Antorcha en el año de 1976.

[15] Este escrito fue difundido profusamente en hojas sueltas en la población de Douglas, Arizona.

[16] Véase la carta de Práxedis a Manuel Sarabia del 16 de agosto de 1910, en donde se comprueba que José Lugo no fue fusilado en 1908, sino en 1910.