Recientemente tuve la oportunidad de participar en la conferencia académica internacional, “Jerarquía y Poder en la Historia de las Civilizaciones”, organizada por la Academia Rusa de Ciencias, en Moscú. Estuve en dos paneles enfocados en construir alternativas a la jerarquía y al estado actual de represión de los movimientos sociales. Me parece divertido esto porque yo soy un desertor universitario: ni siquiera terminé tres semestres de universidad, en general me desagrada la academia, y creo que la academia es una de las instituciones de poder que es necesario abolir. De más de cien participantes, creo que yo era uno de solo dos que no tenían un PhD ni era candidato a PhD (y el otro no intelectual estaba en los mismos paneles que yo) y el único sin ningún título universitario. Hubiese sido gracioso y hubiese valido la pena que me hubiese colado ahí — de hecho los currículums universitarios son fáciles de falsificar, así que los radicales que quieran ser profesores no necesitan perder cinco años de su vida para obtener los papeles reales. Pero en este caso fui invitado por los organizadores del panel, quienes también tenían sus críticas a la academia y querían juntar paneles sin una distancia teórica tan grande de la realidad de los movimientos sociales y la represión.

Si fuese yo un antropólogo podría escribir tamaña etnología acerca de aquella extraña tribu de académicos. Pero desde mi punto de vista, como anarquista, puedo decir incluso más. Sería tan fácil señalar como dogma que la academia es una de las instituciones del poder, por lo tanto es nuestro enemigo, y no hay nada más que decir. Esto oscurecería además las realidades que son más complicadas y útiles. Las universidades han sido también una zona (¿o debiese decir “centro neurálgico”?) para la rebelión y los movimientos sociales. Mis amigos rusos me dicen que el movimiento anarquista ahí reemergió en gran medida desde el Departamento de Historia en la década del 80 y su último bastión fue el museo de la Casa Kropotkin, finalmente cerrado en 1931. Entre las rebeliones, las universidades proveen de mucho alimento gratis, copias gratis, financiamiento, medios de comunicación, espacios, y empleo.

Los vínculos universitarios pueden mitigar la represión del Estado y conferir legitimidad a aquellos rebeldes que se hacen pasar, al menos temporalmente, por disidentes. No es coincidencia que los fraudes para obtener recursos sean tan fáciles en las universidades. La universidad intenta ser un espacio relativamente liberado dentro del marco de la dominación. Personalmente conozco varios académicos que son sinceros anti-autoritarios y que me han enseñado mucho. Y conozco a algunas personas que son derechamente anarquistas y que ocurre que tienen empleos dentro de la academia. No puedo pensar en ninguna otra institución de élite con tantas buenas personas en ella y que no olvidan las cuestiones sociales cuando van a trabajar sino que las tratan directamente.

Pero cuando la anarquía y la academia se intersectan, siempre me pregunto: ¿estas personas son anarquistas académicos o académicos anarquistas? Howard Ehrlich, Noam Chomsky, Michael Albert, David Graeber, bell hooks (no es anarquista pero es teóricamente relevante para muchos anarquistas), y Pyotr Kropotkin han dicho o hecho todos cosas que yo encuentro extremadamente inocentes y dañinas, en modos que directamente reflejan su relación privilegiada con la autoridad como miembros de una institución de élite. ¿Pero quién podría negar sus contribuciones al movimiento? Bueno, los anarquistas pueden negar lo que sea, pero la mayoría de nosotros encuentra cosas que valen la pena en el trabajo de al menos algunos de estos estudiosos. Y sin ellos, el movimiento solo tendría personas que hacen investigación, como John Zerzan (o yo, por ejemplo). Y la investigación es un gran área donde la academia puede ser útil para los anarquistas. Nos tienen arrinconados cuando se trata de investigación y debate crítico.

Los anarquistas son holgazanes para la investigación. Muchos prefieren la religión a la investigación. Afirmaciones objetivas, y objetivamente falsas, que cargan gran importancia para la teoría anarquista circulan libremente en nuestros círculos. Algunas de las premisas básicas de las ramas primitivista, vegana, y materialista histórica del anarquismo habrían sido abandonadas hace mucho tiempo si tuviésemos una cultura seria de investigación y debate. En vez de eso tenemos insultos por foros de internet. Creo que además podríamos haber hecho algún progreso en el eterno debate acerca de la naturaleza del poder formal e informal y del grado en que cada cual permite que se establezcan o se desafíen las jerarquías. Pero desafortunadamente, en nuestros círculos todavía cualquier suposición es válida.

En Moscú supe sobre el proyecto Early State, una red de científicos sociales que estudia la aparición y evolución del Estado. ¿Por qué los anarquistas no saben de esta investigación? ¿Por qué no permanecemos en nuestros propios círculos, y en nuestra propia bibliografía, cuando buscamos nueva información? ¿Y por qué no intentamos intervenir e influir más en los debates académicos? Un conocido mío relató la interesante historia de una conversación que tuvo con un deprimido científico climático. El científico no veía salida alguna al desastre que presenta el cambio climático. Se lamentaba de la falta de alguna red global de personas activas con una visión de una sociedad descentralizada y no-industrial, y describió algo muy similar al movimiento anarquista, sin saber que ya existía. El hecho de que prácticamente ningún científico climático esté involucrado en la acción directa y luchando junto al movimiento (y son un grupo de personas muy desesperadas) es evidencia de nuestra falla en comunicarnos con un grupo clave de aliados potenciales, así como también es evidencia de una falla de los académicos por comprender su rol en el sistema, de lo cual hablaré más adelante.

Permítaseme interponer que no intento retratar a la investigación académica como algo incondicionalmente válido. Como todos, los académicos tienen su propia mitología. Quizás la parte más odiosa se puede encontrar en su propio Cuento de la Creación, y es la parte acerca de que no tienen una mitología. La mayoría de los mitos individuales difieren de una disciplina a otra, pero he oído, de las bocas de profesores bien respetados en sus campos, afirmaciones tan míticamente cargadas como: “el propósito de los organismos es perpetuar el ADN” (a ver, ¿una cadena de ácidos puede tener agencia? ¿Algo que afirmas que es solo una colección de proteínas tiene un propósito? ¿Y cuál es tu propósito al invertir la cadena de valores tradicional de modo que la vida se convierta simplemente en un instrumento redundante? ¿Y por qué tienes ese cuchillo en tu mano y dónde está mi rata mascota?); o: “es inútil rastrear [la resistencia indígena] más allá de 30 años atrás” (oh, entonces la construcción de identidad significa que, por una parte, dado que el individuo construye su propia identidad en el curso de su vida no hay mayor validez en estas identidades, por ende la frase “quinientos años de resistencia” es solo un eslogan político con no más peso que, digamos, “desalojar a los indios”, y por otra parte tu teoría te otorga la autoridad para interpretar la identidad de otro, y es solamente coincidencia que las personas en tu lugar quinientos años atrás tenía exactamente la misma autoridad). Por supuesto, no todos los académicos son creyentes, pero la clara mayoría lo es.

Los académicos pueden ser un lote realmente arrogante que se opone a que entren extraños en su territorio. Recuerdo una discusión que surgió hace unas cuantas semanas cuando una académica anarquista me acusó de “romantizar” las sociedades no-Occidentales. Ella no podía respaldar tal acusación, y de hecho todo lo que yo había hecho fue nombrar un par de sociedades en las que el ideal para la resolución de conflictos se basaba en la intervención generalizada en vez de la de árbitros especializados, la que no es una afirmación cualitativa, por lo tanto no había espacio simplemente para el romanticismo a menos que yo hubiese dicho algo como “y todos ellos creen que...” o “... y funciona perfectamente!”, lo cual no hice. En realidad ella se opuso a mi intromisión, porque se supone que las sociedades no-Occidentales deben ser propiedad intelectual de los antropólogos, al mismo tiempo que sus plantas tradicionales se patentan y sus religiones se destrozan y se ponen en el mercado para los hippies.

Pero en otras circunstancias los académicos se bajarán voluntariamente de sus elevados equinos y escucharán a los anarquistas, puesto que somos tan obviamente mejores que ellos en muchos aspectos. En Moscú, varios profesores vinieron a los paneles anarquistas y después le dijeron a los organizadores que se conmovieron casi hasta las lágrimas al oír a personas hablando con pasión e inteligencia acerca de las experiencias vividas en vez de tergiversar como lo hacen los expertos esnobs que protegen su terreno. Y obtuvimos esta reacción simpatizante a pesar de que la mayoría de nosotros no estábamos bien vestidos y con frecuencia hablábamos francamente acerca de la necesidad de quemar automóviles de la policía o de sacar a las personas de la cárcel (ya saben, aquellas cosas que se supone que los anarquistas no debemos mencionar a las personas normales por temor a enajenarlos).

Ocasionalmente mojar nuestros pies en la academia nos puede proporcionar información teóricamente útil y estimulante producida por personas con absolutamente ningún interés en confirmar nuestra cosmovisión. Puede también hacernos ganar aliados que pueden traer mayor legitimidad social a nuestro movimiento y nuevas conexiones, nuevas posibilidades de comunicación, y ni siquiera tenemos que hacer como que no deseamos abolirles. En el texto que envié a esta conferencia, señalé abiertamente que el discurso académico puede solamente contribuir a las injusticias del sistema judicial, y que la academia necesita ser abolida tanto como la prisión.

Si los anarquistas hacen eventualmente mayor uso de la academia, debemos ser cuidadosos con varios peligros, y mantener conscientemente la diferencia entre la anarquía y la academia. No queremos ser como esas personas. Debemos siempre identificarnos y luchar junto a los miembros más explotados y excluidos de la sociedad, y cualquier forma de respeto y legitimidad que desarrollemos debe ser de un tinte completamente distinto. Hay honor entre los ladrones, y preferimos ese tipo de honor al de los profesionales titulados. Imaginemos la hipocresía, la ceguera, de los científicos sociales que estudian “la jerarquía y el poder” y que se hace evidente en una escena en particular, la cena de recepción al final de la conferencia. Un centenar de damas y caballeros en costosos vestidos y trajes, engullendo hors d’ouevres en un edificio custodiado por seguridad privada en la capital de un país pobre, solo estéticamente consciente de la docena de anarquistas en camisetas y jeans entre ellos, algunos portando armas porque su muy real lucha contra la jerarquía les pone en riesgo constante del ataque de fascistas, hurtando cubiertos casualmente y llenando bolsas plásticas con delicias del banquete para alimentarse los días siguientes. Recuerdo una conversación: un coqueto profesor mencionó el adorable hotel costero en el que alojó durante una conferencia en Barcelona. No pude sino interrumpir: “ah sí, solía haber un poblado de pescadores antes que lo demolieran y construyeran la playa artificial. Era muy agradable”. No entendió la ironía. Déjenme repetirlo: no queremos ser como estas personas.

Entonces ¿qué significa esta separación parcial para los anarquistas en la academia? No veo hipocresía alguna en aquella postura, solo un conflicto de intereses. “Tú no eres tu trabajo”, citando a Brad Pitt. Yo fui chofer de taxi, y creo que los automóviles debiesen ser abolidos. Esto solo refleja una contradicción de la realidad capitalista: nos matamos para ganarnos la vida.

Hay muchas buenas obras que los anarquistas pueden hacer en la academia. Trabajo teórico, comunicación directa con muchas personas fuera de nuestros círculos, e intervención en el discurso público. Como es el caso en todo el trabajo anarquista, si lo hacen bien este trabajo les ocasionará problemas. Creo que Ward Churchill y David Graeber, por nombrar dos ejemplos, debiesen ser elogiados por no dar el brazo a torcer cuando sus decisiones políticas les pusieron bajo amenaza de perder el empleo. La academia puede fácilmente cooptar a antiautoritarios bien intencionados pero pasivos, tornándoles en meros disidentes y funcionarios. Como todos, los académicos deben escoger bandos.[1] Clamar neutralidad objetiva mientras nada se dice de su posición de élite en la sociedad hace demasiado clara su elección.

Un peligro serio para y por los científicos sociales es la cuestión de estudiar el movimiento. Nuestro lado narcisista podría estar encantado con estudios académicos sobre los anarquistas, pero estos estudios son una amenaza. Sí, queremos una crítica constructiva, pero digo que debiésemos absolutamente no querer ser legibles para las autoridades, y las autoridades son la audiencia final de toda la producción académica. Así como los antropólogos ayudan a la CIA a controlar Irak y Afganistán, podrían también proveer de información que facilite la infiltración y la represión de nuestro movimiento. No necesitamos profesionales que habiliten nuestra comunicación con otras personas. Solamente nos traducirán para las autoridades. Debemos construir nuestras propias redes y que se expandan más allá del ghetto.

Mientras tanto necesitamos obstruir toda etnología o estudio serio de nuestras redes. Parece extraño, ya que las redes nos son muy naturales, pero las autoridades realmente no las entienden. Muchas de nuestras victorias tácticas hasta ahora son atribuibles a su ignorancia del funcionamiento de las redes. Aún están intentando identificar nuestros líderes y estructuras de financiamiento! Una vez que algún astuto académico encuentre un modo de traducir las redes a términos que sean procesables para los tecnócratas, el control policial de los movimientos horizontales se hará mucho más efectivo.

Por esa razón, con ironía y con seriedad, llamo a la excomunicación de todos los anarquistas académicos que producen no para el movimiento sino para la academia. Si estudias las redes, encuentra modos de explicarnos a nosotros cómo extenderlas efectivamente a personas actualmente enchufadas al sistema (o algún otro asunto útil), no cómo analizar nuestras redes de modo que puedan ser comprendidas por extraños, por intelectualmente estimulante que pueda ser esa tarea.

Simplemente producir información ayuda al sistema, incluso si esa información parece ser revolucionaria en sus implicaciones. Esto se debe a que en las sociedades democráticas, las personas están pacificadas, y aunque estén bien informadas no habrán obtenido lo que necesitan para luchar. La información no es lo que está haciendo falta. Son las instituciones del poder, y no las personas, quienes están en posición de actuar respecto a esta información, e incluso la información crítica que viene de los académicos disidentes puede ayudar a estas instituciones a corregirse. El proyecto Early State ofrece un gran ejemplo. Entre sus escritos, uno encuentra muchos artículos que de lleno desaprueban la mitología estatal respecto a la creación del Estado —que surgió por necesidad o por un contrato social. Dejan en claro que el Estado es una institución coercitiva, por lo tanto tienen una visión más clara de la real naturaleza de la democracia que la que tienen casi todos en la izquierda. Sin embargo esta información no encontrará caminos hacia la mente popular, porque el gobierno y los capitalistas controlan la infraestructura que le da forma a la mente popular y aquellos académicos no están involucrados en ninguna acción política para esparcir directamente esa consciencia a las personas. Y hay algo más: entre los escritos de Early State uno encuentra inevitablemente trozos humanitarios que, aprovechándose del nuevo conocimiento sobre cómo se formaron los Estados en primer lugar, ofrecen análisis sobre cómo establecer el control estatal en situaciones de Estados “fallidos” o “débiles”, por ejemplo en Somalía, donde los gobiernos de EE.UU. y Etiopía están luchando contra piratas, tribus, y terroristas, muchos de los cuales se organizan en gran medida horizontalmente.

Entre estas variadas aproximaciones, ¿cuáles estudios supones que encontrarán financiamiento gubernamental? ¿Cuáles se repetirán y se expandirán, y hallarán camino hacia el desarrollo de políticas y estrategias gubernamentales? Es por esto que la aparente independencia de la academia es tan indispensable. Los disidentes afinarán la máquina.

Este irónico resultado apunta a quizás la distinción más importante entre académicos y anarquistas. Los académicos ponen todo en términos de discurso. Su clamor fundamental por la neutralidad es que ellos están simplemente intentando hablar de estas cosas, de estudiarlas, y de no ser actores. En su modo más activo, harán recomendaciones de políticas (apuntadas a aquellos que crean políticas, es decir, la élite), y por ende su preferencia por el discurso indica su leal pasividad como técnicos en una institución dominadora. Al más absurdo final, cosas que son muy claramente acciones son referidas como “parte de la bibliografía”.

Los anarquistas, por otra parte, hablan de las cosas en términos de acción. Incluso el habla, en su forma ideal, es una acción, pues su propósito es crear cambio. En nuestros momentos más absurdos, nos referimos a protestas puramente simbólicas como “acción directa”. Con este lenguaje queremos decir que estamos en guerra con el sistema y que realmente queremos hacer algo al respecto, empoderarnos en vez de volvernos observadores invisibles.

Esta es nuestra fuerza, y a pesar de cualquier incursión en la academia que algunos anarquistas puedan escoger hacer, es la única cosa que no debemos perder. Y es esto, este énfasis en la acción, lo que debemos empujar a adoptar a aquellos académicos que se consideran antiautoritarios.

[1] Desde un punto de vista anarquista, escoger bandos debe incluir la posibilidad de crear tu propio bando. Si hablo de escoger bandos no estoy diciendo que alguien deba simplemente acatar, es solo que es imposible ser neutral en un tren en movimiento.