El 14º Congreso del Partido Comunista Ruso ha condenado sin paliativos la noción de igualdad. Con anterioridad al congreso, Zinoviev había mencionado esa noción en el transcurso de una polémica con Ustrialov y Bujarin. Declaró entonces que toda la filosofía contemporánea estaba basada en la idea de igualdad. Kalinin habló enérgicamente al congreso contra este parecer, defendiendo que ninguna referencia a la igualdad podía ser de utilidad, sino más bien perjudicial y que por ello no debía ser tolerada. Sus razonamientos fueron los siguientes:

«¿Podemos hablar de igualdad a los campesinos? No, de ningún modo porque, en ese caso, se plantearían demandar iguales derechos que los trabajadores, lo que estaría en absoluta contradicción con la dictadura del proletariado. ¿Podemos hablar de igualdad a los trabajadores? No, de ningún modo, porque pueden plantearse por qué si un miembro del partido comunista y uno que no lo es hacen el mismo trabajo el primero cobra el doble que el segundo. Para conceder la igualdad habría que permitir que los que no son miembros del partido comunista demandaran el mismo sueldo que el de un comunista. Camaradas ¿sería esto aceptable? No, de ninguna manera. ¿Podemos hablar de igualdad entre los propios comunistas? No, tampoco, porque ocupan diferentes posiciones, tanto en relación a sus derechos como a sus circunstancias materiales».

En base a estas consideraciones, Kalinin concluyó que el uso por parte de Zinoviev de la palabra «igualdad» sólo podía considerarse como demagógico y perjudicial.

En su réplica, Zinoviev expuso al congreso que, aunque había hablado de igualdad, lo había hecho con un sentido diferente. Todo lo que tenía en mente, dijo, era la «igualdad socialista», esto es, la igualdad que un día en un futuro más o menos cercano sería una realidad. Para el tiempo presente, hasta que llegara la revolución mundial (y no había manera de saber cuándo ocurriría eso), no podía ni plantearse la cuestión de la igualdad. En particular, no podía haber igualdad de derechos, porque eso sería arriesgarse a virar hacia desviaciones «democráticas» muy peligrosas.

Esta interpretación de la noción de igualdad no salió en forma de resolución del congreso. Pero, en la esencia, los dos bandos que se enfrentaron en el congreso estaban de acuerdo en que la idea de igualdad era intolerable.

Antes, y no hace de eso tanto tiempo, los bolcheviques hablaban un lenguaje bastante diferente. Ellos obraron durante la gran revolución rusa bajo la bandera de la igualdad, para derrocar a la burguesía conjuntamente con los obreros y los campesinos, en cuyo nombre se hicieron con el control político del país. Fue bajo estos colores que, después de ocho años de mandar sobre las vidas y las libertades de los trabajadores de la vieja Rusia.

De modo que, después de ocho años de ser dueños y señores de las vidas y libertades de los trabajadores de la antigua Rusia (de ahora en adelante conocida como «Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas») los zares bolcheviques buscan persuadir a los trabajadores de dicha «Unión» (oprimidos por ellos), así como a los trabajadores de otros países (a los que aún no controlan) de que si ellos han perseguido, enviado a prisión, deportado o asesinado a sus enemigos políticos, lo han hecho exclusivamente en nombre de la revolución, cuyos principios igualitarios (que ellos afirman haber introducido en la revolución) supuestamente querían destruir dichos enemigos.

Pronto hará ocho años desde que la sangre de los anarquistas comenzara a correr por su negativa a inclinarse servilmente ante la violencia y la desvergüenza de quienes han amasado el poder, ni ante su ideología mentirosa y su total irresponsabilidad.

En ese acto crminal, que no puede ser descrito de otra manera que como una carnicería a cargo de los dioses bolcheviques, los mejores frutos de la revolución han perecido porque fueron los exponentes más leales de los ideales revolucionarios y porque no pudieron ser sobornados para que abjuraran de ellos. Defendiendo con honestidad los principios de la revolución, estos hijos suyos intentaron frenar la locura de los dioses bolcheviques y encontrar una salida ante su vía muerta, así como abrir paso a la libertad real y a la genuina igualdad de los trabajadores.

Los poderosos bolcheviques pronto comprendieron que las aspiraciones de estos hijos de la revolución cavarían la tumba de su locura y de todos los privilegios que hábilmente habían heredado de la burguesía, entonces con sus malas artes hicieron uso de su posición. Por estos motivos condenaron a muerte a los revolucionarios. Hombres con alma de esclavos les apoyaron en ello y la sangre corrió. Durante los últimos ocho años ha continuado corriendo y ¿en el nombre de qué? podríamos preguntar. En el nombre de la libertad y la igualdad de los trabajadores, dicen los bolcheviques, continuando con el exterminio de miles de revolucionarios anónimos, de luchadores por la revolución social, a los que motejaron de «contrarrevolucionarios» y de «bandidos».

Con estas desvergonzadas mentiras, los bolcheviques han ocultado la verdadera naturaleza de los hechos en Rusia de la vista de los trabajadores del mundo entero, particularmente su fracaso total en lo que se refiere a la construcción del socialismo, cuando se trata de algo evidente para todo aquél que tenga ojos.

Los anarquistas alertaron en todo momento a los trabajadores de todos los países de los crímenes bolcheviques durante la revolución rusa. El bolchevismo, encarnando el ideal del Estado centralizado, se ha mostrado como el enemigo mortal del espíritu libre de los trabajadores. Recurriendo a medidas sin precedentes, ha saboteado el desarrollo de la revolución y destruido sus aspectos más sublimes y dignos. Con un disfraz exitoso, ocultó su rostro real a los trabajadores, presentándose ante ellos como campeón de sus intereses. Sólo ahora, después de un reinado de ocho años, flirteando cada vez más con la burguesía internacional, comienza ya a quitarse esa máscara y mostrar directamente al mundo del trabajo su rostro de rapaz explotador.

Los bolcheviques han enarbolado la idea de igualdad, pero no en la práctica, sino sólo en la teoría y la mera enunciación de ella les parece hoy peligrosa. Esto es comprensible, pues su dominio descansa en una noción diametralmente opuesta, en una sangrante desigualdad, el horror más absoluto y las maldades de quienes viven encaramados sobre las espaldas de los trabajadores. Esperemos que los trabajadores de todo el mundo saquen las conclusiones oportunas y, a continuación, acaben con los bolcheviques, esos defensores de la esclavitud y opresores del Trabajo.