Título: La responsabilidad y la solidaridad en la lucha obrera
Subtítulo: Sus límites actuales y su posible extensión
Autor/a: Max Nettlau
Fecha: 1889
Fuente: Recuperado el 18 de enero de 2013 desde kclibertaria.comyr.com
Notas: Traducido por J. Prat.
Digitalización KCL.

Las siguientes observaciones, basadas en un artículo que publiqué en el número de Freedom de noviembre de 1897, no deben interpretarse por el deseo de substituir la propaganda anarquista directa por un medio indirecto; de limitan a poner de relieve una cuestión general que, por lo que he podido saber y he oído decir, ha sido descuidada hasta ahora. Me refiero a la posibilidad de alguna nueva forma o combinación en la lucha obrera. Llamo la atención de la crítica de los anarquistas para que, aparte la posibilidad general, examinen si los medios sugeridos tienden o no hacia la libertad, y, por consiguiente, si merecen o no su apoyo.

Los progresos del movimiento obrero me parecen desesperadamente lentos sobre todo. Las ideas que nos parecen tan claras, tan evidentes y aceptables en sí mismas, encuentran a menudo un círculo tal de prejuicios y de ignorancia, que permite dudar si las grandes masas las aceptarán alguna vez seria y concienzudamente, a no ser que se produzcan cambios que la lección de las cosas en vasta escala nos aclare el camino. Hasta allí donde la misma lección de las cosas existe ya hasta cierto punto, cuando la solidaridad de los trabajadores queda demostrada, no por la propaganda de las ideas libertarias, sino por las ventajas materiales directas, por pequeñas que sean —como en el caso del tradeunionismo y de la cooperación—, el grueso de la masa propiamente hablando no llega a tener conciencia a pesar de un siglo de propaganda y agitación.

Que el pesimismo en nuestro modo de ver las cosas esté o no justificado, la utilidad de hallar, si es posible, medios nuevos que fortifiquen la situación del trabajador es incontestable, y algunos medios, permanentes o transitorios, han sido sugeridos y hasta se han intentado en estos últimos años: tales son la huelga general, la huelga militar, la huelga internacional de los mineros, la marcha de los obreros desocupados o en huelga hacia la capital (como en América y no hace mucho en Francia), etc., el sabotaje (el trabajo lento y defectuoso, el «go canny» preconizado en Francia), etc. Se han hecho también esfuerzos para utilizar las organizaciones obreras de producción o de consumo para ejercer una acción económica directa, por ejemplo, una combinación del tradeunionismo y de la cooperación, colonias corporativas, bolsas de trabajo (según la expresión americana relativa al cambio directo de los frutos del trabajo), etc. He aquí por qué me aventuro a sugerir otros medios de acción. La actitud de los anarquistas no puede ser diferente de la que han adoptado para con los medios que acabo de citar, es decir, ayudarles prácticamente cuando sea posible, pero sin apartarse de la propaganda de nuestra concepción social completa de hombres libres en una sociedad libre.

Lo que convendría, además de la propaganda intelectual directa de las ideas anarquistas y de la acción realmente revolucionaria que es independiente de toda discusión preliminar, es conducir a las grandes y crecientes masas del pueblo a que comprendan y abracen el principio de la dignidad y de la libertad humanas así como el de la solidaridad y tiendan y vivan según estos principios. Además, es necesario que la conexión inseparable que une estos dos principios esté reconocida, pues el primer principio superficialmente interpretado puede conducir a la acción personal del individuo para sí mismo, sin que se preocupe de si su mejora deja atrás la de sus compañeros, mientras que la solidaridad, no es más que la que vemos aplicar todos los días en torno nuestro y que nos hiere a cada momento —la solidaridad de la mayoría compacta con las peores fealdades del sistema actual: competencia, patriotismo, religión, partidos políticos, etc.— Una mayor y consciente combinación de los sentimientos y de liberad con los de solidaridad es muy necesaria y los que hayan progresado hasta este estado estarán más inclinados a aceptar nuestras ideas o serán más capaces de comprenderlas que ciertas capas de la población presente. Por esto no creo equivocarme fijando semejante criterio, piedra de toque de los medios de acción posibles; y los medios de acción que no se eleven hasta este nivel deben mejorarse.

Antes de entrar en materia, es necesario que dé a conocer mis opiniones sobre dos puntos relativamente a los cuales creo ser un hereje que se aparta de las creencias económicas corrientes y, en ciertos casos, de los argumentos en uso de la acción. Mis ulteriores conclusiones estarán basadas sobre estos dos puntos preliminares.

Uno de ellos se refiere a esto que se llama el público. Este factor, a mi modo de ver, no se toma lo suficiente en consideración en las luchas obreras. Los trabajadores de una industria están organizados y luchan tenazmente para mejorar su situación económica; los patronos hacen lo mismo y pueden verse obligados, por el poder de una fuerte unión de trabajadores, a hacer concesiones al trabajo. Pero los consumidores de productos de esta industria no están organizados y nada hacen para poner a salvo su interés y para la reducción de sus gastos a la tarifa más baja posible, lo cual da por natural resultado que los capitalistas buscan el modo de recuperar, y lo logran casi íntegramente, el precio de sus concesiones al trabajo sobre el público que compra. El trabajo, que yo sepa, no se toma interés alguno por esta última consecuencia de la lucha. Por eso los precios suben o la calidad de los productos va siendo más inferior y el público paga los gastos de las concesiones arrancadas por el trabajo al capital por ser el partido más débil.

Pero, ¿quién es el público? Todos, los consumidores, naturalmente. De momento podemos dividirlo en dos categorías; los que gozan de grandes ingresos y que las fluctuaciones de los precios no les afectan seriamente (y podemos ponerles fuera de la cuestión) y la masa inmensa cuyos ingresos son menores o pequeños y a quienes la menor alteración de los precios ocasiona un verdadero perjuicio, privaciones o ruin. Un considerable número de estos últimos puede soportar esta nueva carga, consecuencia del triunfo de la huelga de sus compañeros de trabajo, sea por su convencimiento anarquista o socialista, sea gracias al instintivo sentimiento de solidaridad y de amor hacia una causa que hace de ellos la base de nuestras esperanzas en un porvenir más amplío; pero creo que sería hacerme ilusiones si cerrara los ojos sobre el hecho de que la gran masa, no tocada por las ideas de progreso y por los nobles sentimientos (si los tuviera, ¿soportaría el sistema actual?), no siente crecer su simpatía por el trabajo organizado y permanece indiferente, cuando no hostil, como antes.

Me imagino, por ejemplo, que si durante una huelga de mineros, un trabajador, el marido, simpatiza con los huelguistas y ayuda pecuniariamente la huelga con algunos céntimos, la mujer, que tiene el doble problema de resolver con el mismo salario la compra del carbón encarecido y los demás artículos necesarios a la vida, se guardará muy bien de participar de las simpatías del marido y hará valer la cuestión doméstica neutralizando los sentimientos de éste.

Las huelgas de este género dejan las cosas en el mismo estando económico y moral de antes, aun cuando la huelga salga victoriosa, pues la carga de concesiones económicas la endosan los capitalistas al público comprador. La masa de los trabajadores sufre sus consecuencias tanto más, cuanto más grande sea su pobreza; y la elevación moral y el entusiasmo de los huelguistas y de los que simpatizan con ellos están contrarrestadas por la depresión y la hostilidad mudas del resto de la masa que, en realidad, paga los platos rotos.

Por esto sería utilísimo encontrar el modo que el público (la masa de los trabajadores) pueda interesarse de modo material y no únicamente sentimental del propio modo que se interesan los huelguistas. Una vez interesados seriamente, su ayuda podría ser enorme, pues además de la ayuda y de las subscripciones, pueden manejar fácilmente el arma poderosísima del boicotaje.

He aquí el primero de mis dos puntos preliminares.

Mi segunda herejía concierne a la responsabilidad de los trabajadores relacionada con el trabajo que efectúan. Esta responsabilidad no ha sido aún reconocida. Es la costumbre de considerar honrado trabajador a un individuo que trabaja por un salario, sin fijarse nunca en su clase de trabajo. ¿Hay ocupación alguna que de modo efectivo se evite o se execre? Aparte el hecho descorazonador de las solicitudes para ocupar la vacante de verdugo, ¿no leemos todos los días que personas de todas las clases sociales solicitan un empleo en el cuerpo de policía o se ofrecen para criados y cocineros particulares? Los soldados que en nuestro país se alistan voluntariamente saben que su ocupación no consistirá en defender «su patria», que nadie ataca, sino en reprimir las rebeldías de los pobres compatriotas suyos mal armados y reprimirlas tan despiadadamente como sea posible para ahogarlas en sus comienzos. Así, pues, vemos como hay gentes que no se avergüenzan de ser verdugos, policías, corredores, recaudadores de impuestos, agentes de propiedad con sus crowbarmen en Irlanda, etc., la misma masa no se avergüenza de fraternizar con los soldados. La sedicente opinión pública, que tanta profesión hace de humanitarismo y civilización, parece, en nuestro ambiente, que desprecia a sus enemigos, y si se ocupa de ellos es para disculparlos, porque no es culpa suya.

Yo voy más lejos y digo: mientras esta escoria de la humanidad goza de alguna popularidad entre la mayoría del pueblo, ejercen industrias y profesiones atroces mayor número de individuos y nadie los vitupera. Me refiero a la gran masa de trabajadores manuales que producen habitaciones de calidad inferior, vestidos de calidad inferior, alimentos de calidad inferior, etc., que degradan la vida, embrutecen el espíritu y aniquilan el cuerpo de sus mismos compañeros de trabajo. ¿Quién ha construido los tugurios —y lo que es peor— quién los mantiene en un estado que permite su explotación continua con reparaciones simuladas? ¿Quién produce los vestidos que caen a jirones a los pocos días de usarse, los alimentos y las bebidas abominables que únicamente compran los pobres? ¿Quién es, en fin, el que los vende fraudulentamente al público después de haberles hecho sufrir mil manipulaciones químicas que acaban de deteriorarlos? Todo esto lo efectúan (aunque inspirado, sin duda, por los capitalistas) importantes ramas del trabajo respetadas y bien organizadas: la industria de la edificación, la industria textil y los empleados del comercio. Esto me indigna y subleva y sería inexcusable no ocuparse de ello.

En el fondo de todo esto se encuentra siempre la vieja y egoísta excusa: «Debo hacerlo, yo no puedo escoger el género del trabajo. Si no lo hago yo, lo hará otro. No hago ningún beneficio, preferiría hacer otra cosa verdaderamente útil. Pero yo no soy responsable, la responsabilidad es del patrono que me ordena hacer lo que hago».

Creo que mientras esta excusa, excusa de mercenario, fuego fatuo, se admita y acepte generalmente, las cosas continuarán como hasta hoy y el provenir de paz soñado no vendrá. De acuerdo los capitalistas con esta manera de ver, estarán siempre en disposición de pagar a una mitad de trabajadores para que tenga a la otra mitad. Continuarán, además, manteniendo a la mayor parte de los trabajadores en un estado de degradación física e intelectual, abatidos, carentes de energía, ignorando en su mayor parte los goces infinitos de la vida, gracias a su medio deprimente y a la insuficiencia de alimento que debilita sus cuerpos y sus cerebros. Y el trabajo manual, el trabajo práctico que engendra este estado de cosas es obra de los mismos trabajadores que sufren sus consecuencias. El homicidio directo, el cometido por los soldados que fusilan a los huelguistas, y el asesinato indirecto hijo de la producción de estas horribles habitaciones, de los alimentos, etc., cometido por los trabajadores en sus propios compañeros, son dos acciones igualmente perjudiciales por sus consecuencias, acciones que hay que tener en cuenta antes de pensar en obtener alguna mejora.

A esto llamo yo la responsabilidad de los trabajadores para con su trabajo. Y voy más lejos diciendo que la carencia de este sentimiento de responsabilidad degrada a los mismos trabajadores tanto como a sus víctimas. Nadie negará que los policías son gente sumamente degradad y embrutecida por el ejercicio continuo de esta caza al hombre que constituye su profesión, verdadero asesinato en perspectiva. No titubeo en decir que pasa lo mismo a los trabajadores que ejercen oficios o industrias basadas en el fraude. Tomen, por ejemplo, al lampista que hace creer continuamente al cliente que repara las tuberías, o al empleado de la tienda que pasa el día contando a los clientes las excelencias de una mercancía averiada o falsificada que proporciona pingües ganancias al patrono. No creo que el carácter de esos hombres —por honrados que sean al principio— pueda mejorarse. Hay más probabilidades de que se vayan volviendo insensibles e indiferentes, que libres y entusiastas. Del mismo modo la multitud de los productores de mercancías inferiores o mediocres no pueden tomar un interés en su trabajo. Nadie puede vivir sin interesarse por su trabajo; sus facultades se atrofian, su inteligencia decrece y él mismo se vuelve incapaz para comprender las ideas de libertad y de rebeldía y mucho menos podría ponerlas en práctica. Comparen estos hombres con los que describe William Morris en su The Revival of Handicraft (Rehabilitación del oficio manual), News from Nowhere (Noticias de ninguna parte), etc., y comprenderán fácilmente lo que quiero decir.

Cada individuo está, pues, destinado a ser víctima de este estado de cosas, como los autores de actos antisociales no dejan de sufrir las consecuencias de ellos. Todos los trabajadores odian a los espías y a los delatores: la mayor parte detestan a los traidores (blacklegs), pero si este sentimiento no se hace extensivo a todo aquel que efectúa un trabajo antisocial, trabajo perjudicial a sus semejantes, no tengo ninguna confianza en el porvenir.

He aquí expuesto el segundo punto preliminar y heme aquí llegado al tema principal que trataré brevemente ahora que el fondo ha sido aclarado con estas observaciones.

* * * * *

Me faltaba hallar un medio de acción que conduzca la gran masa a la concepción y aceptación de una real y seria combinación de los inseparables sentimientos de dignidad, libertad y solidaridad humanas.

Creo que el medio podría dar resultado, si los dos elementos de que acabo de hablar se utilizan y combinan convencionalmente, es decir: la necesidad de dar al público (a la masa de trabajadores) un interés económico en las huelgas, así como a los mismos huelguistas, y la necesidad para los trabajadores del sentimiento de su responsabilidad con relación a su trabajo, para que ambas les inciten a poner un término a este principio que un trabajo antisocial ocasiona a sus semejantes.

Este medio daría una impulsión a los sentimientos del propio respeto y de solidaridad y conduciría, por consiguiente, a la gran masa obrera por el camino de la libertad, haciéndola accesible a una propaganda más avanzada, pues las enseñanzas de la propaganda no estarían ya en contradicción por su propia existencia y por la nuestra.

Las grandes líneas de este plan de acción estriban, según mi modo de ver, y por lo que concierne a los trabajadores, en que se nieguen a efectuar un trabajo perjudicial al público y robustezcan su posición haciendo comprender a dicho público el modo como se le engaña y roba; y por lo que concierne al público, sostener estos movimientos, estas huelgas basadas en estos motivos, con una simpatía activa y empleando el boicot. Estas huelgas pueden terminar con la victoria de los huelguistas y del público, esta vez haciendo pagar realmente los platos rotos al capitalista, reduciéndole sus ganancias. No podrán estas huelgas destruir las raíces del sistema actual; ninguna huelga puede destruirlo, a no ser que las produzca una negativa determinada a trabajar por los demás, en cuyo caso sería la huelga general, la revolución social; pero pueden establecer un lazo más estrecho y más general entre las clases trabajadoras; las huelgas perderían su carácter individual y se convertirían en sucesos de interés colectivo, en lugar de estar, como hoy, engendradas por el sentimiento y la convicción personal de unos pocos y no estar basadas sobre un principio económico.

En la práctica estas tácticas pueden revestir múltiples formas. Deberían primordialmente obrar y dirigirse a la conciencia de los tradeunionistas y de los socialistas, y una vez encarriladas, no tardarían en producirse efectos prácticos.

Si, por ejemplo, las corporaciones organizadas del ramo de construcción de edificios acordaran que ningún miembro de la sociedad reparara los tugurios y edificios que se están cayendo de puro viejos o mal construidos, explicando al propio tiempo al público la imposibilidad de repararlos útilmente para sus moradores, la cuestión de la habitación tomaría a los ojos del público una importancia mayor de la que le darían los comités, los mítines y todas las propagandas de la prensa. Nada de extraño tiene que el pueblo haya permanecido indiferente a la agitación creada en Inglaterra en este asunto viendo que las cosas marchan como antes. Los que hoy ven con indiferencia a sus compañeros de trabajo, albañiles, ocupados en perpetuar la deficiencia y vejez de los tugurios por medio de reparaciones inútiles, en las tiendas acaso venden mercancías nocivas que envenenan la salud de los albañiles y demás trabajadores. Esto es el asesinato lento y recíproco de los trabajadores efectuado por los mismos trabajadores, mientras el capital maneja los múltiples hilos de la matanza general que le proporciona pingües ganancias. No son nunca los trabajadores los que condenan una casa a ser derribadaabandonándola voluntariamente, negándose a repararla, sino la autoridad la que se encarga de ordenar el derribo obrando solidariamente con los ricos, para quienes sería un foco de infección el mantenimiento de ciertos tugurios. La iniciativa y el respeto para consigo mismo son poco conocidos entre las víctimas de este sistema. No hay que ahorrar esfuerzo alguno para despertar estos sentimientos, y el de la responsabilidad es uno de los medios que deben emplearse.

Si los trabajadores del ramo de construcción de Londres tomaran el acuerdo de no reparar ninguno de los edificios que ocupan la inmensa extensión del este y sur de esta ciudad, no tan sólo la cuestión de la habitación ocuparía el primer lugar, de golpe y porrazo, en la atención pública, sino que hasta la del landlordismo se colocaría en primera línea. El público respondería con un unánime ¡fuera rentas! y los empleados de los almacenes podrían ayudarle abandonando sus puestos, negándose a vender los alimentos abominables que hoy nos engullimos. Esto podría dar lugar a que algunos habitantes del East-End inspeccionaran las condiciones de las habitaciones del West-End o estudiaran cómo están las provisiones almacenadas en los docks. En muchos casos habría probabilidades de que pudiéramos desembarazarnos de estas suciedades que constituye el East-End, lo cual ya sería algo, y la gran cantidad de edificios nuevos que tendrían que construirse podría compensar a los trabajadores de los sacrificios que les habría impuesto semejante huelga.

Que los obreros de las industrias textiles hagan público cómo se confeccionan los vestidos defectuosos y se nieguen a fabricarlos; que las ramas menos numerosas y similares que dan a estas mercancías un aspecto brillante y de duración hagan lo propio ayudando a los primeros, y el público se irá acostumbrando a simpatizar con los huelguistas que le enseñan de qué modo escandaloso le roban.

Del mismo modo, referente a los trabajos químicos, que, como el infernal trabajo del blanco de cerusa o análogos, o el mismo modo de efectuar el trabajo que arruina la salud, ya que ninguna conmiseración ni ninguna legislación es efectiva, convendría cubrir de vilipendio a los que permiten se les mate de este modo, colocándolos por debajo de los «blacklegs», como en realidad están, a ver si de este modo despertaban algún tanto.

¿No podrían los empleados del comercio hacer triunfar algunas de sus inmediatas reivindicaciones tomando la firme resolución del considerar como deshonroso mentir al público para realizar ventas considerables que producen únicamente ganancias a los dueños? El público se pondría de su parte boicoteando a los comerciantes testarudos que caerían justamente con sus mercancías desacreditadas. Es realmente difícil que el público en general tenga simpatía a estos trabajadores; podremos afligirnos ante su excesiva jornada de trabajo y soportar los inconvenientes que nos causa el tener las tiendas cerradas por la noche, pero toda nuestra simpatía no impedirá que nos vendan alimentos podridos si el comerciante se lo impone.

En resumen, como consumidores, no podemos sentir simpatía hacia los instrumentos del capitalismo, y como las grandes masas están formadas por trabajadores, tanto de una parte (consumidor) como de otra (productor), la división y la hostilidad persisten. Únicamente una acción práctica, la solidaridad mutua, puede vencer esta hostilidad; las convicciones y el sentimiento son buenos factores.

Estos ejemplos, bien o mal escogidos, creo que esclarecen hasta cierto punto mi pensamiento, que, por lo demás, no depende del valor de los ejemplos. Me doy exacta cuenta de la dificultad de dar un impulso en esta dirección y propongo que en primer lugar se discuta el tema de la Responsabilidad. Cuando en principio es comprendido y aceptado por un cierto número de individuos, otros se presentan sin llamamiento, sin preparación, dispuestos a obrar conforme el principio. Un movimiento puede tener su punto de partida en un pequeño taller cuyos operarios se nieguen a efectuar el trabajo mediocre y antisocial, o puede ser inaugurado por el voto de resoluciones de congresos, etc. Después de todo, la idea no es más que un pequeño eslabón que nos conduce al altruismo. Si un hombre que contribuye a hacer bajar los salarios es considerado como un falso compañero en virtud de su acto antisocial en esta cuestión, bien puede hacerse extensivo este desprecio a todo trabajo antisocial; si los trabajadores particulares no saben ver este principio, que lo vea por lo menos el público y obre en consecuencia.

Todo esto podrá acogerse con pena y frialdad, pero yo veo solamente dos alternativas. O ser puramente sentimental, cerrar los ojos a la razón y apiadarse de los individuos, disculpándolo todo, y llegaremos hasta llorar la suerte del soldado herido o del policía atropellado en cumplimiento de su deber; o ser lógico, y entonces no hallaremos excusa a todo esto, salvo la de no preparación del público sobre el particular, y nuestro primer acto consistirá en esforzarnos para despertar la opinión pública e ilustrarla sobre el caso. Ignorando o negando el principio de la responsabilidad se camina simplemente por la senda falaz o de la superficialidad y de la cobardía echando sobre hombros ajenos el peso de lo que nosotros mismos esquivamos hacer, o del puro sentimentalismo que no nos deja aceptar una verdad desagradable. Digo desagradable, porque aumenta el trabajo a efectuar antes de obtener un cambio real, pero si, como he dicho al principio, el pueblo permanece indiferente, no se producirá nunca cambio alguno.

De lo que precede resulta claramente que mi propósito es doble: despertar el sentimiento de la responsabilidad y utilizarlo para las huelgas, digamos colectivas, en interés del público. Si este segundo punto se juzga impracticable, el primero subsiste de todos modos y convendría hallar otro medio para crear y utilizar este importante sentimiento.

Siendo que es indigno de un hombre que haga a sus semejantes todo el daño que el capitalista le ordena hoy hacer, aun creyéndose disculpado con la excusa de no soy más que un instrumento. Esta puede bastar a los que aceptan el presente sistema y están satisfechos de ser los instrumentos de los capitalistas y destructores de la libertad de sus semejantes. Pero los que ejecutan estos actos antisociales y rechazan el actual sistema capitalista son, inconscientemente, unos cobardes que no lograrán derribarlo nunca. Quiero hombres que sepan primero emancipar sus cerebros, que se nieguen después a efectuar un trabajo que perpetúa la miseria y la esclavitud de sus semejantes, y de este modo vayan creando una amplía corriente de simpatía y de solidaridad, base propia de una acción más acentuada.

Me parece que la acción económica estará más al alcance del individuo que se sienta libre y que halle la base de su libertad en la libertad y en el bienestar de los demás. Si negándose a trabajar para el capitalista no puede derrocar el sistema actual, por lo menos se esforzará en no trabajar en detrimento de sus semejantes, guiado por el respeto a sí mismo, sin inquietarse por saber si la solidaridad de éstos responderá o no en seguida a la suya. Es el método anarquista: hacer uno mismo lo que quisiera ver hacer a los demás.

El viejo método político y autoritario consiste en lavarse las manos proclamando que estas cosas son inevitables. Confiándolas a los demás, las perpetuamos. Lo que nosotros mismos no queremos o no podamos hacer, tampoco lo harán otros. Los que no aceptamos este principio fundamental de la política debemos rechazarlo también en lo social, acentuando la responsabilidad de cada uno en todo aquello que hace.

Discutiendo este tema. El término moralidad no ha de interpretárseme en el sentido que deje creer que exhorta a los trabajadores a ser más morales. No lo empleo en este sentido. Deseo, ante todo, que tengan el respeto a sí mismos, consciencia de su dignidad y de su libertad, y entonces su propia consciencia les hará negarse a efectuar actos antisociales en el más amplio sentido de la palabra, del mismo modo que ahora se niegan a ser delatores o «blacklegs». Es muy cómodo y fácil decir: derribemos primero el sistema capitalista y adquiriremos estas cualidades; ¿pero quien se encargará de derribarlo, pregunto, si el dogma de Marx, según el cual los capitalistas acabarán destruyéndose mutuamente hasta el último, ya no convence a nadie, ni siquiera a los mismos demócratas socialista?

Para concluir, repito que de ningún modo deseo amenguar la importancia de los métodos actuales de propaganda, pero me daría por muy satisfecho si viera discutir éste que presento, particularmente cuando los anarquistas se encuentren reunidos con los sindicalistas. Si se creara una extensión de la acción de las sociedades de oficio que tuviera por objeto ir de las cuestiones puramente corporativas a provocar un esfuerzo para emancipar al público, creo que nos haría salir del presente callejón sin salida y conquistaría las simpatías de todos los que se sienten libres y desean sinceramente emancipar a los demás.

Asimismo desearía ver iniciar corrientes previas en la misma dirección.