Empecé a escribir este texto un par de meses antes del levantamiento en respuesta a la muerte de George Floyd. El levantamiento, que ahora se ha convertido en un acontecimiento mundial, me ha motivado a compartir mi perspectiva en este texto. Mis experiencias en Minneapolis entre el 26 y el 30 de mayo han aumentado mi desprecio por la política de identidad y por ello he incluido críticas adicionales a la misma basadas en esas experiencias.

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Retrocede a una época y lugar en el que la gente utilizaba buscapersonas y teléfonos públicos. Cuando los porches y los parques públicos eran los lugares de encuentro. Una época en que los conflictos se resolvían cara a cara y en la que hablar mierda tenía consecuencias en la vida real. Eran los días anteriores a la «cultura de la funa»[1], el «troll-baiting»[2] y otras actividades sociales dominadas por Internet. Algunos dicen que Internet y la expansión tecnológica han hecho avanzar la lucha contra la opresión. ¿Mi opinión? Internet es el lugar donde todo el potencial de revuelta social va a morir. Además de las peticiones inútiles y los interminables memes, el reconocimiento como rebelde se puede obtener a través de las fiestas de la compasión y la lealtad académica en lugar de la acción directa práctica. Al mismo tiempo que proporciona un excelente caldo de cultivo para los guerreros de teclado y los académicos pretenciosos, Internet también permite el desarrollo atrofiado de las habilidades sociales necesarias para navegar por la comunicación cara a cara. La resolución de los conflictos adopta la forma de un drama indefinido en Internet y, a lo sumo, una incómoda reconstrucción en la vida real de juez, jurado y verdugo. La interacción cara a cara es casi innecesaria en la sociedad tecnológica, en la que los teléfonos se han convertido en una mercancía personalizada que parece estar fusionada con la mano. Desde una pantalla con atenuación ajustable, todo un espectro de expresiones emocionales se puede representar digitalmente a partir de un montón de emoticones.

Internet es también un lugar en el que la mentalidad de linchamiento de la «cultura de la funa» anima a las personas a verse unas a otras como seres unidimensionales, definidas únicamente por sus errores e imperfecciones. En nombre de la «justicia social» y de la «denuncia de los maltratadores», surge un nuevo estatismo que utiliza el miedo y la culpa para coaccionar la conformidad de lxs aliadxs. Y, al igual que ocurre con las acusaciones del Estado, una vez condenada en Internet, una persona nunca podrá escapar de esa reputación. En cambio, todo o cualquier crecimiento y desarrollo personal sigue siendo trivial para la naturaleza estática de sus errores pasados. A pesar de la mejora personal, un individuo condenado está sentenciado a permanecer para siempre cautivo de la esencia de su representación en línea.

En mi experiencia como «voz marginada» he visto cómo lxs activistas utilizan la política de identidad como una herramienta de control social dirigida a cualquiera que se ajuste a los criterios de identidad del «opresor». La tradicional lucha de poder por la igualdad se ha convertido en un deporte olímpico de palanca social, invirtiendo la misma jerarquía social que debería haber sido destruida en primer lugar. Muchxs políticxs identitarixs con los que me he cruzado están más interesados en explotar la «culpa blanca» para obtener beneficios personales (e incluso de capital) que en enfrentarse físicamente a cualquier modelo organizativo de supremacía blanca. He sido testigo de cómo el victimismo se utiliza para ocultar mentiras flagrantes y acoso, motivado por la venganza personal. Con demasiada frecuencia he visto cómo la política de identidad crea una cultura en la que las experiencias personales se trivializan hasta el punto de guardar un silencio pasivo. Pero todo esto son noticias viejas. Cualquier anarquista experimentadx y que se identifique a sí mismx ha visto o probablemente experimentado alguna forma de ser «funadx» o «canceladx». Entonces, ¿por qué lo menciono? Porque todavía veo que esta mierda ocurre y todavía veo mucha gente que no tiene el valor de enfrentarse abiertamente a ella.

No espero que este texto haga que la política de identidad se detenga. Sólo expreso mi hostilidad hacia ella y su carácter autoritario y antiindividualista. Todavía veo autoproclamadxs anarquistas alborotando por las rastas «blancas» (así como veo a gente cortarse las rastas por presión social). Todavía veo gente justificando el voto como lo hicieron para Obama (esta vez es para Bernie). Todavía veo «aliadxs» murmurando su frustración en voz baja, demasiado asustadxs para enfrentarse al autoritarismo que ven delante de ellos.

¿Cuántos anarquistas «blancxs» fueron llamadxs racistas (o privilegiadxs) y avergonzadxs por negarse a votar en las pasadas elecciones de 2020?

Imagina cómo sería la anarquía si la gente se negara a obedecer las exigencias condescendientes de lxs políticxs de identidad. ¿Se sentiría la gente más libre para explorar su vida más allá de las estrechas limitaciones de la identidad prescrita? ¿Reclamarán sin miedo su poder para formular sus propias opiniones? ¿Se puede experimentar alguna alegría en la burla histérica del elitismo académico?

¿Sería este texto menos válido si no lo hubiera escrito una persona queer de color? ¿Y si yo fuera un “hombre blanco” “cis”? ¿Por qué importaría?

En el gran esquema de las cosas, no importa. Porque, al fin y al cabo, no se trata sólo de la identidad. Se trata de la anarquía antiautoritaria. Si hay algo que he visto más en los últimos años, es cómo la política de identidad se mueve como una plaga, consumiendo todos los espacios sociales — irónicamente incluyendo los círculos anarquistas. Para mí, la anarquía consiste en destruir la identidad asignada socialmente y todas las limitaciones que impone a la imaginación. La anarquía es una experiencia individualista que se encuentra cautiva de la prisión de la identidad asignada. En lugar de destruir esa prisión junto con la sociedad que la construye, el anarquismo se ha convertido hoy en día en un cementerio de potencialidades muertas, victimismo interiorizado y una competencia ideológica por quién es «más oprimidx».

En lugar de apuntar a la identidad misma y al aparato que mantiene este paradigma, se gasta energía en derribar a lxs demás, ignorando la complejidad de la singularidad individual, y desempeñando el papel del Estado de definir a las demás personas en función de su pertenencia a categorías identitarias. Abrazar una identidad particular sólo reafirma la existencia de esa identidad como una «verdad» universal —y por lo tanto, por las intenciones coloniales de la identidad asignada, la servidumbre y esclavitud de unxs a otrxs como una verdad universal también.

Me niego a participar en el mantenimiento de la esclavitud como condición de mi existencia y, por tanto, estas «verdades» no son más que obras políticas de ficción. Son el producto de un complejo de dioses bien perfeccionado y socialmente diseñado que entra en la mente como un cordyceps[3] parásito, exigiendo una obediencia incuestionable. El átomo de la manipulación mental es una mente institucionalizada por el encarcelamiento de la sociedad industrial. Las políticas de identidad son las cadenas anticuadas de la colonización, pulidas por quienes les asignan un valor personal. Estas «verdades» son las construcciones sociales del control, que mantienen la vida de la rebelión encadenada en un frío pozo de reformas. Y mientras muchxs se han acomodado allí, yo he salido a explorar el infinito terreno desconocido del hedonismo y la anarquía antipolítica. El poder «negro», «moreno» o «blanco» es la antítesis de la libertad; es la obra de caridad ideológica de una forma de rebelión civilizada y humanista. La política de identidad es la esterilización de la individualidad, que la vuelve obediente a la autoridad colectivista de la identidad y crédula al mito nacionalista de la supremacía.

En última instancia, el «humano» es un animal domesticado con etiquetas construidas socialmente para corresponder a una jerarquía de estatus económico. Y aunque esta jerarquía ha cambiado a lo largo de los años, se mantiene constantemente en una relación de lxs que exigen y lxs que obedecen. Independientemente de cómo se ordenen las categorías, la jerarquía representa el autoritarismo; el grupo dominando al individuo. Lo que define a un «humanx» es el grado de obediencia y compromiso con los roles y comportamientos civilizados que exige la sociedad industrial. Cuanto menos cooperativo sea un «humanx», más probable será que se le compare con un animal. El animal es el ser indeseable, incluso para lxs políticxs identitarixs que prefieren adoptar el antropocentrismo ideológico de los colonizadores. Quizás esto explique por qué hay tan poca discusión sobre la liberación animal en los escritos de la izquierda anarquista. La voz de lxs marginadxs está más preocupada por ser retratadxs como iguales ante el colonizador civilizado que por la conexión perdida entre su animalidad y la tierra. En el centro de la política de izquierda está el objetivo humanista de la igualdad social dentro del progreso industrial, todo ello mientras la tierra sigue siendo troceada en estados-nación y devastada para la explotación y expansión antropocéntrica.

En mi opinión, mientras unx mantenga una relación personal con la identidad «humana», similar a las identidades «blanca» o «masculina», el individuo sólo seguirá reforzando el paradigma colonial de civilizadx vs. salvaje. Y mientras este refuerzo continúe, el individuo también sigue siendo vulnerable al encarcelamiento dentro de otras construcciones de identidad que reprimen aún más el potencial salvaje.

Me pregunto cuándo o si lxs anarquistas en general se moverán más allá de la mentalidad de grupo del izquierdismo hacia la insurgencia individualista — reconociendo la confrontación con la identidad como un acto de emancipación personal. ¿Llegarán algún día lxs anarquistas a darse cuenta de que cualquier cosa o persona por encima del individuo representa una figura de autoridad, ya sea «La Comuna», el «Movimiento» o el gobierno cultural de la identidad? Tal vez algunxs, pero estoy segurx de que no todxs.

El Santo del Victimismo

Después de un viaje de 45 minutos por fin llegamos. Ha sido un largo día de robos al retail y esta es la última parada. Es mi turno y planeo salir con al menos $500+ de mercancía para revender en línea. Pero ya tengo un mal presentimiento de este lugar. A diferencia de las otras locaciones, esta tienda es mucho más pequeña, lo que para mí significa que Prevención de Pérdidas tendrá una ventaja visual vigilando las puertas. Lugares más grandes significa que las puertas de entrada y salida están más separadas. Además, cuanto más grande es la tienda, más difícil es seguir a cada comprador a través de las cámaras. Decido ir de todos modos. Nunca se sabe nada con seguridad hasta que se prueba.

Entro, tomo un carro y empiezo a buscar los artículos específicos que pienso llevarme. También echo un vistazo a las cajas y el mostrador de atención al cliente. Dos empleados del servicio de atención al cliente están ocupados charlando, las vías de salida están bloqueadas, excepto la de la entrada y las dos de la salida. En el camino de entrada hay un trabajador limpiando los carros. Una de las cajas tiene un cajero, la de al lado está totalmente vacía. Tomo nota de que parece «demasiado fácil», pero decido volver a centrarme en la ubicación de mis artículos en la tienda. Después de cargar mi carro, comienzo mi camino hacia la salida. Para cualquiera que se gane la vida robando en tiendas, sabe que esta es la parte emocionante. En todo momento hasta este punto he sido un comprador normal. Pero ahora, mientras camino hacia la salida, empiezo a despojarme del disfraz de «comprador» y me preparo para la experiencia delictiva de «ladrón». Cuando mi corazón empieza a latir con fuerza, siento que mis nervios inician una respuesta tranquilizadora bien desarrollada en la que me disocio temporalmente del pánico para mantener mis sentidos agudos y concentrados. Tengo que estar preparado para todo. Y todavía tengo que mantener mi cara de «comprador habitual» y mi lenguaje corporal. Al pasar por la salida «demasiado fácil» todo se ve bien.

El personal de atención al cliente sigue charlando sin prestar atención, la única cajera está demasiado ocupada cobrando a alguien para darse cuenta. Saco mi recibo falso y me dirijo despreocupadamente a la primera puerta de salida. Si me vieran o me atraparan, este sería el momento en que oiría que alguien se me acerca por detrás o sentiría que alguien me agarra por el hombro. Al salir por la segunda puerta, todo está bien. Es hora de empezar a dirigirme hacia la parte trasera del estacionamiento, y entonces ocurrió...

Cualquiera que haya robado alguna vez en una tienda conoce estas temidas palabras: «Señor... Señor!». Oigo gritar a alguien detrás de mí. Hago como si no lo oyera. Entonces oigo unos pasos rápidos que se acercan por detrás. «Señor, necesito ver su recibo», me dice mientras me enseña su placa de Prevención de Pérdidas. Mierda. ¿Dónde me vio este hipster de aspecto limpio? Debe haber estado en la zona de ropa detrás de mí...¿tal vez esa salida era una maldita trampa? No importa. Suelta el carro y aléjate. Empiezo a alejarme y oigo «No, no... señor, tenemos que volver a entrar y llenar el papeleo». No se preocupe, no será detenido». Sí, llenar papeles con toda mi información, tomarme una foto para sus registros... a la mierda. Continúo caminando. Otro guardia sale corriendo y está al teléfono. Este tipo está al teléfono con la policía. ¡Al instante me doy cuenta de que el primer tipo me estaba entreteniendo secretamente hasta que llegara la policía! Me pongo a correr a toda velocidad. Oigo a los dos correr cerca de mí. Cruzo la calle y me meto en un parque de casas rodantes, zigzagueo entre casas rodantes y finalmente me escondo en un cobertizo de acero. Obligo a mi respiración de pánico a respirar profundamente y con tranquilidad. Me calmo y escucho cómo me buscan cerca.

Finalmente, después de no oírlos más, envío un mensaje de texto a mis cómplices con una idea aproximada de dónde estoy. Salgo del cobertizo, tratando de ordenar un par de cosas que cayeron cuando irrumpí allí. La policía llegará en cualquier momento. Veo pasar lentamente el auto de mis cómplices y les hago señas para que bajen. Me subo y me acuesto y nos vamos.

Debería haber confiado en mi instinto. Esta fue una mala racha. Pero podría haber sido peor. En lugar de estar en la cárcel esta noche, estoy cómodamente aquí escribiendo este texto. Pero esta es la realidad del robo en tiendas, o de cualquier otro delito. No importa cuántas veces te salgas con la tuya, es importante esperar que te pillen algún día. Prepárate para ello. Y cuando ocurra, estudia el pánico, las emociones, las respuestas físicas... conócelo todo bien. Así, la próxima vez que te involucres en una actividad delictiva, comprenderás mejor el peor escenario posible. Para mí, esto es elemental, y no hay lugar para el victimismo o para un grito de inocencia.

Mientras el Covid-19 creaba las condiciones para la represión estatal en forma de órdenes de «quédate en casa», ¡irónicamente mi oportunidad de diversión ilegalista se ha ampliado! Muchos negocios quedan desatendidos durante semanas, lo que significa que los daños materiales quedan más tiempo sin ser denunciados. En medio del pánico, el personal de prevención de pérdidas y de seguridad del supermercado se centra en el número de artículos que la gente compra en cada carro, sin darse cuenta de los carros llenos de comida que se cuelan tranquilamente por la otra puerta.

Antes de cerrar, muchas tiendas como REI, L.L Bean y otros lugares desactivaron sus torres de seguridad. Supongo que esto se debió al gran volumen de personas que pasaron con mercancía comprada con etiquetas ocultas aún adheridas. Probablemente para evitar la molestia de que la alarma sonara cada pocos segundos, las torres fueron apagadas, dejando abierta una gran oportunidad para simplemente salir con los artículos etiquetados sin problemas.

Las últimas semanas me han hecho revivir viejos recuerdos de cuando mi concepción de la anarquía era la de una actividad que sólo duraba una marcha del primero de mayo, una manifestación o una salida de diversión nocturna. Recuerdo sentir que la anarquía era el momento en que me ponía pantalones negros, zapatos, guantes y una camiseta alrededor de la cara. Después de estas actividades se volvía al «mundo real». De vuelta a la esclavitud asalariada, de vuelta a la rutina diaria de pagar el alquiler y de gastar mis cupones de alimentos para comprar comida. Por supuesto, había alguna actividad clandestina ocasional junto con la distribución de fanzines en tocatas punk o eventos radicales. Pero existía esta división que siempre creaba una separación, tratando siempre la anarquía como una actividad extracurricular. Claro, mi vida estaba comprometida con la rebelión; el mismo concepto de una distro de fanzines antes de llamarla «Warzone Distro» fue concebido mientras perdía el tiempo de la empresa en el cagadero. A pesar de la esclavitud salarial, mi mente siempre estuvo obsesionada con entender cómo recortar gastos y trabajar lo menos posible por la mayor cantidad de dinero. Yo era el trabajador que cedía mis horas extra a otros. ¿Medio día en el trabajo debido a una carga ligera de camiones? ¡Diablos, sí, me voy!

Con el tiempo, la anarquía como mera actividad extracurricular no fue suficiente. Y lo que quiero decir con esto es que cada vez tolero menos a los jefes, a la esclavitud salarial, a los despertadores, al pago del alquiler y a la tacañería. Recordé cómo era ser niñx y no tener que ajustarse a esas obligaciones. Recordé que me aventuraba todo el día en el exterior, desde la mañana hasta la noche. Cada día era una nueva aventura, y cada día aprendía algo nuevo sobre mí mismx. Entonces, como adultx responsable, estaba aprendiendo algo nuevo sobre mí mismx. Odiaba el adultismo, la adultización y el papel performativo y la identidad de «adulto». Pero no estaba tratando de volver a ser un niñx. Esos días han llegado y se han ido. Empecé a preguntarme cómo podría ser una vida anarquista que trascendiera el binarismo adultx/niñx.

Años más tarde, aquí estoy, sin trabajo pero ya no contando centavos, y más viejx pero más joven que nunca. Algunxs dicen que soy de lo peor del mundo; hedonista, violentx e infantil. Por supuesto, lo que significan estas palabras y cómo se aplican a mí es subjetivo a la interpretación, pero una cosa es segura: me siento mucho más libre de lo que nunca he sentido y experimentado. Y tengo una relación de amor con el crimen. Es una experiencia íntima: cometer un crimen con un furioso desprecio por la sociedad y la ley. Causar daños y salirme con la mía complementa mis deseos de anarquía momento a momento. Hoy en día me aventuro todo el día en el exterior, desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche. Y con cada actividad delictiva estoy aprendiendo más y más sobre mí mismx. Además de aceptar el hecho de que mis días de juerga en la vida acabarán en la cárcel o en una muerte súbita, estoy aprendiendo a apreciar el presente más que el pasado o el futuro.

Una cosa de la delincuencia de la que me he dado cuenta es una singularidad que conlleva infringir la ley, un sentido de las capacidades, incapacidades, fortalezas y debilidades individuales. Todas se descubren dentro de la experiencia de infringir la ley. Y es esta experiencia la que pretendo ampliar para descubrir más sobre mí mismx, volviéndome ingobernable en un sentido antisocial.

Reflexiono sobre mi yo del pasado aprisionadx por el culto a la identidad-política. Recuerdo que una de las razones para glorificar el victimismo era ganar atención social y representar las identidades (marginadas) que se me asignaban de forma positiva. «¡Mírenme! Una persona de color responsable que mantiene un trabajo como ciudadano respetuoso de la ley». ¿Pero por qué? ¿Para poder demostrar lo parecido que era a todos esos héroes «blancos» de clase trabajadora que Estados Unidos necesita para mantener su sistema colonial? ¿Otrx esclavx asalariadx que acepta pasiva y voluntariamente las condiciones de mi esclavitud? ¿Para convertirme en otrx cristianx de color pretendiendo que hay un reino imaginario en lo alto para todxs nosotrxs, lxs rufianes, que nunca tuvimos una oportunidad justa en la vida? A la mierda con todo eso.

Las razones por las que los supremacistas blancos, los homófobos, los patriarcas y los patriotas temen a personas como yo van más allá de la política de identidad; soy un enemigo jurado de su control y su orden. El castillo social que pretenden construir y mantener será siempre el objetivo de mi sabotaje

Creo que la mayoría de la gente puede ver y entender que abrazar identidades asignadas socialmente no es necesario para entender cómo la sociedad las utiliza como herramientas de control social. Creo que es igualmente fácil ver cómo la identidad es limitada como herramienta de la revolución y, de hecho, ha provocado conflictos internos en muchos proyectos revolucionarios. Pero lo que me sorprende es el hecho de que para tantas personas, estas identidades no fueron inmediatamente rechazadas como una forma de rebelión personal y primaria. Pero, para ser justxs, creo que se puede decir que estas identidades mantienen el poder que tienen porque las organizaciones de izquierda las utilizan con mucha frecuencia para la persuasión moral. A través del victimismo y la inocencia, la política de identidad se utiliza como un método de apelación a todxs para crear un pensamiento de grupo que, en última instancia, anima al individux a someter el pensamiento independiente a un complejo de dios de la moral y el colectivismo. Creo que esto también juega un papel bastante importante en el estatismo y el rechazo a la revuelta ilegalista.

Rechazo el binarismo estatista y civilizado de la culpa e inocencia, y por lo tanto también rechazo la internalización del victimismo. No me sirve de nada la «cultura de la funa» ni el linchamiento por internet de mis enemigos. En Internet, los intentos de obtener apoyo público contra un enemigo sólo informan y dan poder a otro enemigo (el Estado) para confiscar mi responsabilidad. Y la culpabilidad e inocencia es un binarismo legalista que sólo sirve para juzgar y dividir en base a la determinación moral. Desprecio al Estado, todas sus manifestaciones sociales, y su aplicación de la represión contra el caos. Por lo tanto, no soy una víctima; soy un enemigo autodeclarado en guerra contra él. No espero compasión, ni perdón, ni caridad de él, ni de sus defensores.

Fue el día en que Chicago emitió su orden de quedarse en casa. Mi compañerx de delito y yo estábamos en mi ciudad natal visitando a mi madre. Mientras voy conduciendo a casa después de llevarle a mi madre la compra, me doy cuenta de que hay alguien sentada sola en un banco del parque. «Big Momma» es su nombre. Me sorprendió verla a la intemperie en el frío y no dentro de uno de los refugios locales. Al final descubrí que los refugios habían cerrado sus puertas, probablemente por el Covid-19. Empecé a preguntarme cuántos otros estaban fuera en el frío...

Mi compañerx y yo nos dirigimos a un parque en el que solía hacer Food Not Bombs y, para mi sorpresa, hay unas 20 personas acampando frente a la ventilación de un edificio soplando aire caliente. Nos acercamos y preguntamos cómo están todos. Algunas personas, tras reconocerme de proyectos activistas de hace años, corren emocionadas a saludarme. Todxs ellxs son lxs desafortunadxs que se han quedado fuera de los refugios, al menos durante ese fin de semana. Mi compañerx y yo volvemos a subir al coche e ideamos un plan.

Media hora después estamos en otra tienda de comestibles. A diferencia de otras veces, salir de esta con comida gratis va a ser un poco difícil. La configuración ha cambiado para dar mayor seguridad en la puerta debido al Covid-19 y el miedo a los saqueos. Pero aún es posible salir con el carro lleno. Cargamos el carro con agua embotellada, varios panes de molde, mantequilla de maní, mermelada, más de 20 bolsas de fruta seca, manzanas y plátanos. Estamos listxs. Nos dirigimos a la puerta, yo voy delante. Mi papel es mirar a la vuelta de la esquina a dos empleados de la caja de autoservicio para asegurarme de que no están mirando. Si lo hacen, sacaré mi teléfono como si estuviera haciendo una llamada. Si no, sigo caminando hacia adelante. Mi compañerx con el carro se acerca por detrás, y no hay moros en la costa. Primera puerta... segunda puerta... todo bien. Finalmente llegamos al auto y descargamos en el maletero. ¡Éxito! La siguiente parada es otra tienda de comestibles, pero en esta no compraremos comida: asaltaremos los baños de hombres y mujeres en busca de rollos enormes de papel higiénico. Los dispensadores pueden ser un poco ruidosos al abrirse a veces, pero es relativamente fácil hacerlo con cualquier tipo de llave de casa. Con dos mochilas llenas con unos tres rollos enormes cada una, estamos listos.

En casa de mi madre nos lavamos bien las manos antes de hacer bolsas y bolsas de sándwiches de mantequilla de maní y mermelada. Una vez que terminamos con eso nos fuimos de vuelta al campamento. Cada persona recibe dos sándwiches, dos manzanas, dos plátanos, algunos frutos secos y una botella de agua. Además, envolvemos los rollos de papel higiénico en las bolsas de la compra para mantenerlos secos y los repartimos. Nos quedamos un rato e intercambiamos risas y hablamos mal de la policía. Fue bueno hacer nuevxs amigxs y ponerse al día con lxs viejxs. Fue bueno ver que todxs se mantenían y tenían mucho ánimo a pesar de las circunstancias del tiempo y del cierre de los refugios. Nos fuimos y decidimos buscar gente en otros parques. Encontramos unxs cuantxs lobxs solitarixs que se llevaron alegremente lo que nos quedaba de agua y bocadillos. Llegamos a casa de mi madre y nos instalamos para pasar la noche. Abro la nevera y me río mientras examino toda la comida vegana robada contemplando qué cenar.

Cobarde aliadx

En mi opinión, el concepto de «aliadx» comenzó con buenas intenciones, pero al igual que otros aspectos de la política de identidad se agrió y quedó listo para su eliminación inmediata. Esto es lo que pienso de lxs «aliadxs»: Si necesitas una palabra de moda y un concepto politizado para motivarte a crear lazos con personas más allá de las categorías de género o raza, tu «solidaridad» no es sincera. Si tu estilo de comunicación está cargado de temas de conversación preaprobados por algún taller de Despierta Aliade 101, te has convertido en una marioneta de libre acceso. La ayuda mutua o la solidaridad genuinas no requieren frases de moda en Twitter para motivar la creación de vínculos. En otras palabras, no trabajes conmigo sólo porque eso es lo que lees que es lo «correcto», o porque tu profesor progresista de la universidad te lo dijo. No me beses el culo y me sigas porque soy una víctima, ‘marginada’ o ‘la voz de una persona de color’. O porque tus amigxs o compañerxs te culpan. No dejes que algo tan falso como las categorías construidas socialmente definan nuestra relación. Trabaja conmigo sólo si tú personalmente disfrutas de nuestra interacción, mi personalidad y lo más importante, porque tú quieres por deseo individual. No creo en la ayuda mutua coercitiva: deja en ridículo a dos personas a la vez.

También hay quienes asumen que saben cómo piensan otras personas basándose en suposiciones raciales y de género. Estxs son lxs políticxs identitarixs que actúan como policías y representantes de los demás, coaccionando la alianza mediante campañas de culpabilidad y vergüenza. Utilizando su identidad, se declaran irreprochables mientras utilizan un método de comunicación pasivo-agresivo para intimidar. Pero en mi opinión, nadie está obligadx a apoyarles o escucharles, ni a nadie, especialmente en base a algo tan plano como la identidad. Siempre me cansan lxs que hablan como si representaran los intereses de personas que nunca han conocido. Es una tontería pensar que sólo porque a las personas se les asignan socialmente identidades similares, cada individux suscribe los estereotipos de esas identidades.

La política de identidad ha ofrecido con éxito una comprensión de cómo funciona la sociedad civilizada, pero como solución para derribarla sólo conduce a identidades de vigilancia de fronteras, nacionalismo, victimismo internalizado y más estereotipos contra los que la gente se encuentra luchando.

¿Quieres conocer la experiencia de alguien? Interactúa con ellxs directamente. No hagas suposiciones basadas en construcciones sociales. ¿Quieres ser solidarix con la gente? Trátales como individuos con experiencias e historias únicas, no como merxs miembrxs zánganos de agrupaciones homogeneizadas. Y a lxs que todavía obedecen sin cuestionar, otra palabra para aliadx blancx es todavía ¡cobarde!

El liderazgo despierto

Personalmente, no me gusta utilizar la palabra «educar» para describir la comunicación de ideas entre dos individuos. «Educar» implica la inculcación de «verdades» universales más que el intercambio horizontal de perspectivas personales. El contexto en el que más veo utilizar esta palabra «educar» refuerza una jerarquía social entre quienes están «despiertxs» y quienes no lo están. ¿Aprende la gente realmente algo cuando la comunicación de ideas se hace de forma descendente? Tal vez. Pero prefiero no complacer esa jerarquía.

Las personas son algo más que «blancas», «morenas» o «negras», «hombres» o «mujeres», o cualquier construcción social que se les asigne al nacer. Por lo tanto, comunicar con suposiciones basadas en la identidad casi siempre resultará condescendiente. Veo mierdas como «educa a tus amigxs», o «edúcate», como para dirigirte hacia una Iglesia de la Justicia Social para ser «despertadx». Y, por lo visto, la mentalidad capitalista de seguir monetizando la información es aceptable sin discusión. Algunxs piensan que el «trabajo» de responder a las preguntas merece un salario, citando algo tan voluminoso como una búsqueda en Google si unx no puede pagar. Irónicamente, muchas preguntas vienen de buena fe, y son de activistas bien intencionadxs que soportan que se les hable mal en primer lugar. En mi opinión, esta forma elitista de responder a las personas bienintencionadas desalienta su empoderamiento al trivializar sus historias personales y obligarlas a aceptar a lxs demás como superiores. Hay un colectivismo en este método de «educar» que crea la base de otro sistema social de coerción. No tengo ningún interés en contribuir a que eso se materialice. Puedo ofrecer una opinión crítica o rebatir un punto sin estratificar socialmente el intercambio.

Considero que todas y cada una de las mentes individuales son un caudaloso y salvaje cauce de ideas que se derraman cuando se rompe el dique de la subordinación social. La sociedad desalienta colectivamente cualquier tipo de salvajismo, domesticando al individuo y creando, en última instancia, un animal enjaulado dentro de la mente. Debajo de todos los condicionamientos sociales hay un individuo único que se descubre en caótica contradicción con la sociedad.

La uniformidad es el enemigo de la libertad de expresión. No hay «educación», sólo opinión popular impuesta por quienes pretenden pensar por lxs demás. Creo que se pueden intercambiar ideas y perspectivas de una manera que no se parezca a un modelo autoritario de comunicación descendente. No soy un educador y no pretendo educar a nadie. Más bien, a medida que crecen y se desarrollan, comparto mis experiencias e ideas personales con el mundo, entendiendo que otros diferirán y tendrán experiencias únicas propias.

Por ejemplo, una cosa de la que me he dado cuenta es que la vida ilegalista no es para todxs. He visto a algunas personas hacerlo durante un tiempo y, al final, romperse bajo el peso de la tensión muy real de la actividad delictiva. Así que cuando escribo estas palabras sobre la criminalidad —y mi desprecio por la política de identidad— hablo sólo por mí. Cuando empecé a escribir «Descendiendo a la locura», fue la misma noche en que salí de un REI[4] de Seattle con dos mochilas de más de 300 dólares cada una. Las alarmas de la torre de seguridad nunca se dispararon mientras salía caminando con dos etiquetas de seguridad. Antes de salir bromeé conmigo mismx diciendo que mis asuntos criminales indicaban que estaba descendiendo a la locura porque intentar esto era una puta locura. Y entonces tuve éxito. Y me di cuenta en el viaje de vuelta a casa de que si no fuera porque me entretuve en tan arrojada locura, quizá nunca me hubiera enterado de que algunas de estas tiendas tienen torres de seguridad no operativas.

En mi opinión, el «liderazgo despierto» del izquierdismo conduce al anarquismo a un precipicio hacia una acelerada desintegración. Paralizadxs por el miedo y la vergüenza que impone un nuevo orden, algunxs anarquistas nunca llegarán a la autoemancipación, o al pensamiento independiente como rechazo a la autoridad del pensamiento de grupo. Muchos individuos se definen a sí mismxs como anarquistas mediante una definición estrecha y liberal de la lucha contra la opresión, un tipo de definición que limita la lucha contra la opresión a los confines moralistas y humanistas de la sociedad civilizada. No es una coincidencia que la mayor parte de la praxis contra la opresión requiera un aparato estatista para hacer cumplir las leyes que dan cabida a la igualdad de derechos. Y aunque no hay nada malo en que la gente tenga los mismos derechos bajo el capitalismo, esa victoria celebra el poder de la reforma estatista en lugar del ataque antiautoritario. Y frente a este poder estatista están lxs «líderes comunitarios» o aquellos que no tienen interés en criticar a la autoridad. En lugar de ello, han construido sus carreras sociopolíticas a base de pequeñas reformas en nombre de «la comunidad» y regañan a lxs radicales, llamándoles «agitadorxs externxs». Y detrás de estxs líderes están lxs aliadxs anarquistas ‘blancxs’, confundidxs y frustradxs, tratando de decidir entre ser llamadx racista por incendiar mierda o un buen aliadx por besar el culo a un predicador ‘negrx’.

«Lo que tú o yo podamos considerar o no “táctico” no es realmente relevante. Esto es menos una guerra en el sentido tradicional y más una tormenta: incontrolable y caótica. Este es uno de los problemas de la caracterización que hace la izquierda del “movimiento” como algo uniforme, monolítico e ideológicamente coherente. No lo es. No lo será. El “movimiento” está formado por un millón de individuxs con sus propios puntos de vista, opiniones y acciones individuales, y no sirve de nada burlarse de quien no hace las cosas exactamente como unx las ve». Baba Yaga

Otra palabra para “Liderazgo negro” es autoritarismo

Después de marchar, llegamos a la 3era Comisaría en East Lake St y Minnehaha Ave. Los organizadores de BLM comienzan a aullar en el megáfono sobre las demandas, con algunas oraciones y cantos zumbantes mezclados. Noto a alguien escabulléndose lentamente detrás de mí que empieza a golpear con el puño en la ventana. Preocupados por que se rompa, tres transeúntes comienzan a increparle en voz baja “this ain’t the place for that, keep it peaceful![5].La persona responde en voz baja, pero con una tensión furiosa en su voz “that’s the fuckin’ problem, y’all muthafuckas never wanna do shit except march and chant...[6]. Desanimado, comienza a alejarse. “I’m with you on that shit fo real tho[7] le digo. “That’s what’s up — fuck all this other shit[8] responde mientras se aleja. Más o menos un minuto después, pierdo la paciencia escuchando a BLM hablar de ser pacíficos y decido ir a busar a ese mismo individuo de nuevo. Doblo la esquina a la parte trasera de la comisaría y veo una gran conmoción. Un grupo de entre 5 y 7 personas «negras» están bloqueando las puertas traseras de cristal de la comisaría, discutiendo con un grupo de unos 20 jóvenes «negrxs» y «morenxs» enfadadxs, incluido el de antes. Incapaz de contener mi propia frustración me veo envueltx discutiendo con lxs defensores de la policía también. Finalmente, en medio de los gritos, un par de jóvenes «negrxs» y «morenxs» empiezan a pintar con spray «fuck 12» cerca de la conmoción. Los vítores estallan detrás de mí desde una multitud que ahora ha triplicado su tamaño. Una riña estalla cerca de las puertas, y entonces una sola piedra rompe y pasa a través de la ventana, inmediatamente seguida de una tormenta de piedras, conos de tráfico, botellas de agua y cualquier cosa al alcance. El grupo de 5-7 pacifistas «negros» gritan desesperadxs para detener la destrucción, llegando tan lejos como a intentar detener físicamente a las personas, pero finalmente son superadxs. Intentan recoger las piedras después de ser lanzadas y se encuentran con múltiples enfrentamientos físicos mientras lo hacen. La gente de la parte delantera del edificio se acerca y se une al vandalismo. Finalmente, después de romper todas las ventanas, la multitud se dirige hacia el estacionamiento de la policía y comienza a dañar los coches de policía. Finalmente me detengo para recuperar el aliento cuando oigo estallar una granada de aturdimiento. La policía sale corriendo por otra puerta y comienza a disparar balas de goma y gases lacrimógenos. La multitud se dispersa, pero con risas histéricas de alegría y realización. La 3° comisaría está en ruinas — y poco sabía yo que todo esto era sólo el comienzo.

Al día siguiente, una multitud más numerosa de jóvenes, en su mayoría «negrxs» y «morenxs», se presentó y continuó haciendo la guerra en la 3era comisaría. Por la noche, un radio de tres millas fue liberado del control policial por la gente de esas calles. La 3° comisaría fue vulnerada y tomada. La policía abandonó la zona por completo. Su edificio fue saqueado y los autos de policía fueron arrojados a la calle e incendiados. Un Target al otro lado del estacionamiento fue asaltado y saqueado junto con otras tiendas cercanas. La gente celebró la victoria disparando sus armas al aire. Los desconocidos cantaban y bailaban alrededor de los autos de policía quemados, se chocaban los cinco al pasar y compartían la comida saqueada. La gente socializaba despreocupadamente frente a los edificios en llamas mientras otros lanzaban piedras a través de los restos de los escaparates de las tiendas para practicar la puntería.

Aunque podía parecer una utopía perfecta, no estaba divorciada de la realidad. Se produjeron peleas entre pequeñas facciones de personas y se resolvieron conflictos personales largamente esperados en las calles, ahora libres de policías. Los dueños de los negocios dispararon y mataron a los saqueadores y conjuntos de viviendas de bajos ingresos ardieron hasta los cimientos. Pero esta es la diferencia entre las ideologías de manual recubiertas de azúcar, de la política y la rabia cruda y sin intermediarios. La revuelta no se produjo por ninguna enseñanza de Mao ni por mensajes religiosos de un dios. Los incendios, los saqueos y los ataques contra la policía no necesitaron marxismo, una transcripción de La insurrección que viene, o un curso académico sobre la historia del anarquismo. Lo único que se necesitó fue la expresión caótica de la rabia contra las representaciones de la autoridad.

Como era de esperar, mucha gente en Internet —incluyendo muchxs autoproclamadxs anarquistas— emitió juicios sobre la situación, en la mayoría de los casos desde una posición ideológica que daba valor a la uniformidad y a una gama reducida de formas «aceptables» de revuelta. Según mi experiencia, los levantamientos de este tipo florecen mejor cuando están menos controlados u organizados. Cuanto más se controlan y organizan las expresiones de ira, menos anarquistas se vuelven — esencialmente se pacifican para acomodarse a una visión política particular. Para mí eso es indeseable y además poco realista. La destrucción es la destrucción, la violencia será la violencia, y esperar que un levantamiento sea algo menos es, en el mejor de los casos, ingenuo. Mientras que algunos pueden sentarse al margen y moralizar tácticas específicas o formas de expresión emocional, ignoran la realidad de que la guerra en toda regla no tiene una moralidad inherente. Los negocios que fueron tapiados y declarados «propiedad de negros» no se salvaron por ninguna consideración moral; también fueron asaltados, saqueados y posteriormente quemados hasta los cimientos.

Además, en mi opinión, cuanto más incontrolable e ingobernable sea una revuelta, menos posibilidades tendrá la policía de adaptarse a su formación y dominarla. La policía era lo que menos controlaba a los cientos de individuos que se rebelaban de forma tan caótica que los desbordaba y los hacía huir.

Durante los días siguientes, se produjeron ataques contra la 5ta comisaría mientras lxs liberales, pacifistas y políticxs identitarixs se arrastraban silenciosamente para vengar su pérdida e incapacidad de controlar el primer disturbio. Internet se convirtió en su punto de partida para una de las peores campañas de mentiras y alarmismo que he visto personalmente.

Mientras las victorias de los autos de policía y las comisarías en llamas circulaban por Internet desde todos los estados, los liberales se apresuraron a las escenas en un desesperado intento autoritario de afirmar su moral ideológica y su programa político. Insisten en una narrativa que califica a cualquiera que se dedique al sabotaje como «supremacista blanco» o «policía encubierto» «infiltrándose» en el levantamiento.

Muchxs de estxs liberales son lxs mismxs «negrxs» que fallaron impidiendo que lxs rebeldes «negrxs» y «morenxs» saquearan y destruyeran propiedades. No lograron convencer a toda la gente «blanca» de que evacuara los disturbios (porque incluso algunas personas «blancas» sabían que no toda la gente «negra» o «morena» tenía problemas con su presencia, reconociendo su valor como cómplices). Y en un esfuerzo por preservar los valores capitalistas y reformistas, los liberales de todas las razas trataron de detener los saqueos y el vandalismo bombardeando las redes sociales con información descaradamente falsa. Esta información falsa está plagada de frases hechas como «agitadores externos» y «supremacistas blancos» para motivar emocionalmente a lxs lectorxs a elegir un bando dentro de una falsa dicotomía. Y aquellxs que no están físicamente en las calles o allí con los rebeldes luchando contra la policía son el público objetivo de estas representaciones estrechas e inexactas de la realidad.

Diferentes motivos ideológicos crean diferentes interpretaciones de los acontecimientos. Y como lxs liberales y lxs pacifistas tienden a dominar las redes sociales más que quienes están demasiado ocupadxs en las calles, tienen una ventaja. Y como lxs liberales enmarcan moralmente a todas las personas de color como héroes obedientes y victimistas, a la mayoría de la gente le cuesta admitir que las personas de color son capaces de destruir propiedades y participar en formas violentas de protesta. Esto también contribuye a la compulsión de culpar a los «blancos» por las formas de rebelión consideradas moralmente indeseables. Las revueltas no son todas utópicas y bonitas. Son los peligrosos elementos de liberación que se producen cuando todas las demás opciones han fracasado. Que la gente tenga o no miedo a la violencia no cambiará el hecho de que la policía mata, y seguirá matando mientras exista el concepto de aplicación de la ley. En mi opinión no se puede «mejorar» a la policía, y no hay «justicia» cuando ya se está enterrando a alguien a dos metros de profundidad.

Y lxs policías no son todxs «blancxs». Lxs policías «negros» también matan gente «negra».

Lo peor de la interpretación online de los acontecimientos es que las personas que difunden esta desinformación no comunican al mundo online la alegría, las sonrisas, los cantos y los bailes de lxs rebeldes de diversas razas mientras celebraban la destrucción de la 3era comisaría.

Quiero decir, mierda, imagina ser una persona de color, acosada por la policía toda tu vida, y luego llega un día y una noche en la que realmente puedes ver una comisaría ardiendo, y a la policía abandonando completamente la zona. Todo esto se borra de la historia cuando lxs liberales se lo atribuyen a un grupo de personas —lxs supremacistas blancxs— que no existían en esas batallas en primer lugar.

A día de hoy, mientras escribo esto, todavía hay gente que difunde teorías conspirativas en Internet, como el famoso vídeo del «cebo de ladrillos» en el que los policías descargan ladrillos (detrás de su propio edificio, no en un callejón como se propagó en un principio). Si bien no puedo decir con absoluta certeza que no había supremacistas blancos en los eventos (quiero decir que vi a algunos pasar en camionetas gritando white power shit, y el tipo «moreno» que se presentó en un camión rockeando consignas a favor de la policía y una bandera confederada), estoy muy seguro de que no vi ninguno en las batallas. He visto imágenes de personas «negras» tomándose de los bazos para proteger a la policía antidisturbios, de aliadxs «blancxs» entregando a otras personas «blancas» a la policía en nombre del apoyo «negro» y, finalmente, a la policía recuperando el control y utilizando estos esfuerzos pacificadores para brutalizar a manifestantes pacíficos.

Delincuencia salvaje

En mi opinión, los últimos meses exponen las debilidades de la civilización de forma muy evidente. El control gubernamental había aumentado como respuesta al pánico ante la tensión social y las rupturas espontáneas de la actividad ilegal. El Covid-19 rompió el orden de la productividad diaria y la esclavitud civilizada, dejando a la gente con más tiempo para contemplar su vida y el valor de su tiempo libre fuera del trabajo. Los levantamientos en respuesta al asesinato de George Floyd demostraron las debilidades del poder y el control de la policía, incluso en su propia base. En este momento no tengo idea de lo que vendrá después.

Reconozco que me fascina ver cómo florecen los animales no humanos y la tierra en medio de nuestra desesperación industrial. Ver cielos más despejados, animales diversos paseando por las calles, inundaciones que aflojan los cimientos de esta jungla de hormigón. No puedo evitar sentir que tanto la pandemia como estas continuas rupturas contra la autoridad son mejores que una vuelta a la normalidad; una normalidad en la que la muerte a manos de la civilización industrial y el Estado es tan rutinaria como un matadero en pleno funcionamiento.

Me pregunto qué tipo de conversaciones está teniendo la gente entre sí o consigo misma durante esta floreciente desestabilización del orden domesticado. ¿Aprovechará cada vez más gente esta oportunidad para expresar su ira y frustración mediante actos aleatorios de violencia y sabotaje contra lxs demás? ¿Contra las fuerzas del orden? ¿Contra las instituciones que se han debilitado debido a las pérdidas financieras y que ahora son más vulnerables que nunca? Sólo puedo esperar que los levantamientos continúen de alguna manera — por encima o por debajo de la tierra, que es personalmente más favorable para mí en este momento.

¿Suplicará la gente el regreso de la vieja miseria diaria de la monotonía, o explorará las profundidades de la incertidumbre permanente? ¿Volver al trabajo o volver a la vida salvaje? Supongo que sólo el tiempo lo dirá.

Pero aquí, sólo puedo hablar por mí mismx. Mi anarquía es mía, al igual que mis pensamientos y palabras en este texto. No escribo para impresionar a ningún club de anarquistas de Internet que flexionan textos intelectuales para recibir elogios autocomplacientes. Hago público mi diario en un esfuerzo antagónico por burlarme de la narrativa victimista y antiindividualista del izquierdismo que actualmente domina el anarquismo contemporáneo.

No deseo volver a la normalidad y a la miseria cotidiana de la producción industrial. No tengo ningún deseo de celebrar «victorias» ridículas, como la rendición de cuentas de la policía, los despidos o las penas de prisión, a las que sólo seguirá la reconstrucción de sus recintos en ruinas o quizás un reemplazo «basado en la comunidad» igualmente autoritario. Deseo nada menos que la abolición total de todo gobierno y policía. Y tal vez quienes ostentan alguna forma de poder elitista me consideren indeseable y orquesten una campaña de desprestigio contra mí, prohibiendo mis escritos y «funándome» de su Movimiento. Pero poco podrían saber que los días y las noches, entre los amplios campos y las estrellas, y entre las copas de los árboles y el suelo — es el dominio de mi aventura! Y con ello una alegría que sigue a la anarquía como una experiencia vital vibrante más que una medida de capital social online, o una teoría congelada en una revista académica.

Internet ha creado una cultura de la desesperación por la continuidad social y la validación digital. Es el caldo de cultivo de «nuevos» conceptos de anarquismo que no son más que cadáveres comunistas con estética hipster. La anarquía anti-civ, impregnada de izquierdismo muestra ahora el alcance de su poder con interminables debates en twitter sobre el «eco-fascismo». Twitter —un lugar en el que la reivindicación de la propia vida y el cuerpo es avergonzada por lxs discípulxs de la política de privilegios— es un cementerio de voces que glorifican su propia muerte por Internet.

Mi animalismo no se parece en nada a la adopción de la imaginería y los comportamientos de los animales existentes. En cambio, es la silueta de una amenaza ilegalista y salvaje que baila alrededor de la ardiente prisión de la domesticación. Mi abandono de la victimización es una exclusión tanto de la política de lástima de la organización basada en la moralidad como de la santidad de la inocencia. Mi anarquía es un obituario de la política identitaria. Es una insurgencia personal sin futuro, un sueño sin la anestesia de la esperanza, una declaración de alegría que dura lo que una explosión de bomba.

Este texto está dedicado a todxs aquellxs rebeldes cuya única negociación con la autoridad es el fuego y la destrucción... Estoy siempre inspirado por su arrojada ira más allá de las líneas de raza y género. A la juventud que hizo historia el 26 de Mayo, a lxs rebeldes que perecieron, y a todxs aquellxs actualmente cautivxs por su participación en la guerra contra el Estado. Q.E.P.D. George Floyd

[1] También llamada cultura de la cancelación.

[2] El acto de darse credibilidad a sí mismx o a su argumento en “redes sociales” martirizándose intencionadamente mediante la provocación de enfrentamientos con extremistas que defienden la posición contraria.

[3] Género de hongos parásitos.

[4] Tienda gringa de artículos para actividades al aire libre.

[5] ¡Este no es el lugar para eso, mantén la calma!

[6] Ese es el puto problema, ninguno de ustedes hijos de puta quiere hacer nada excepto marchar y cantar...

[7] Estoy contigo en esa mierda, en serio.

[8] Eso es lo que pasa, que se joda toda esta mierda.