Cuando leo los himnos de alabanza fúnebre con los cuales se han dirigido al muerto algunos de sus más irritados enemigos, acuden involuntariamente a mi memoria las palabras amonestatorias que empleó Angélica Balabanova frente a Clara Sheridan, la dama que esculpió bustos de Lenin, de Trotsky y de otros jefes del bolchevismo. ¿Se le hubiera ocurrido cincelar hace tres años a Lenin —le pregunto Balabanova— entonces, cuando el gobierno inglés lo anatematizaba como espía alemán? Lenin no ha hecho la revolución. La hizo el pueblo ruso. ¿Por qué no cincela usted a las mujeres y a los hombres del pueblo obrero ruso, los verdaderos héroes de la revolución? ¿Por qué ese repentino interés por Lenin?

Con Balabanova pregunto yo a los que sobrecargan ahora de alabanzas a Lenin, entre los cuales hasta se encuentran algunos menchevistas y social-revolucionarios: ¿Por qué esa repentina simpatía? ¿Por qué ese estático estallido de homenajes para el hombre que ayer mismo era cubierto de anatemas? ¿Acontece esto en base a aquella endeble máxima que afirma que sólo se debe hablar bien de los muertos? ¿O acontece porque hoy es un signo de valor no ir contra la corriente del culto a los héroes? ¿O en resumen, no es más que un efluvio de ordinaria hipocresía? Esos escritores saben tan bien como lo sabía la Balabanova que Lenin no ha hecho la revolución. Más aún, que fue él quien puso un fin a la revolución. Paso a paso, desde el histórico respiro —desde la paz de Brest-Litovsk— hasta marzo de 1921, cuando impuso a sus rebaños su nueva política económica, persiguió Lenin la tarea que se había propuesto, intentó llevar la revolución a la calma, castrarla, desnaturalizar sus fines, privarla de su contenido, de modo que de ella no quedó más que la vestimenta exterior, que debía servir como ornamento en las revistas de gala de la Tercera Internacional.

Esa tarea no era fácil. El pueblo ruso, que se arrojó con toda el alma en la revolución, tenía ardiente fe en sus fuerzas, en sus posibilidades, en su persistencia. Lenin era demasiado perspicaz para oponerse a ese entusiasmo general, a esa honda fe. Al contrario, marchó con el pueblo y se pronunció por las medidas más extremas. Pero el objetivo que perseguía era otro y se diferenciaba esencialmente de los objetivos que el pueblo anhelaba. Era el Estado marxista, —como él lo comprendía— una máquina que involucraba todo en sí, que lo absorbía todo, que todo lo destruía, y cuya palanca tenían Lenin y su partido en las manos. Esa divinidad fue bendecida por Lenin toda la vida.

Cuando la ola revolucionaria llevó a Lenin al poder, vio llegada su hora, la hora en que debía transformarse su sueño en realidad. ¿Qué le importaba que la revolución fuera a la debacle? ¿Qué significaba que Rusia se cubriera de escombros y de ruinas? De la sangre y las pavesas de un gran devenir surgió el Estado marxista. La gloria de la obtención de ese artificio corresponde exclusivamente a Lenin. Nadie trabajó más hábilmente ni con tan absoluta abnegación para ese objetivo que él. El porvenir, sin embargo, no dejará de apreciar justamente el carácter dudoso de esa gloria que incumbe al muerto jefe del bolchevismo, al leninismo, como llama hoy con orgullo el rebaño fanático de sus adeptos la formación política autocrática que pesa gravemente sobre las espaldas de la esclavizada Rusia.

Los incensadores de Lenin lo llaman grande. Pero él no poseía seguramente la grandeza del espíritu y del corazón que constituyen las condiciones previas esenciales de toda grandeza verdadera y general. Lenin mismo habría llenado de vejaciones y de burlas a los que le atribuyen hoy tales cualidades burguesas. Grandeza de espíritu, magnanimidad de corazón, comprensión y simpatía para un adversario eran rasgos que escapaban totalmente a este hombre, que sin embargo, fue tan extraordinariamente humano en sus defectos y criminal en sus errores. Más de una vez se ofreció a Lenin la ocasión de revelar la verdadera grandeza, pero su conformación espiritual entera no le permitió percibir la ocasión magnífica y ni siquiera comprender su importancia. Desde este punto de vista, Lenin ha quedado siempre fiel a sí mismo. Der Tag del 27 de enero da cuenta de una interesante historia. Era en 1890; Rusia se vio visitada por una terrible miseria. Toda la inteligencia rusa, sin diferencia de opiniones, se asoció para encontrar medios y vías que pudieran aliviar la situación del pueblo hambriento. León Tolstoi mismo escribió un caluroso llamado de socorro. En Samara, el centro del distrito del hambre, se reunió un grupo de intelectuales para deliberar sobre su trabajo en pro de los hambrientos. En esa reunión se levantó un joven y se expresó así: El hambre revoluciona a las masas y facilita la lucha contra la autocracia rusa. Por esa razón considero un crimen el proyectado socorro. Naturalmente no tengo ninguna inclinación a participar de ese crimen. Ese joven era Vladimir Ilyitsch Ulyanof Lenin.

No sé si el autor de esta historia, presente en aquella reunión, ha citado exactamente el discurso del joven Lenin, pero es tan notablemente significativo para toda la conformación espiritual de Lenin y refleja tan excelentemente su conducta frente a la vida y a los padecimientos humanos, que bien podría ser la verdad. Lenin demostró la misma fría inflexibilidad en otra ocasión memorable, y fue frente a Dora Kaplan, que tenía tras sí largos años de cárcel; no había sido conducida a su acción ni por motivos personales ni por motivos contrarrevolucionarios. Sabía también que su muerte, lo mismo que su existencia, no podrían contribuir a la prosperidad de Rusia. Con un gran gesto habría podido atraer hacia su persona, de parte del mismo partido a que Dora Kaplan pertenecía, humana consideración. Podía reservar la vida de esa mujer. Ese hubiera sido un signo de grandeza que habría señalado bajo las circunstancias un elemento nuevo, vital, al curso entero de la revolución. Pero nadie puede dar lo que no tiene. Lenin, a quien toda verdadera grandeza humana le era extraña, entregó a Dora Kaplan a sus verdugos, a la tcheka. ¿Se puede representar uno por un sólo momento que un Tolstoi, un Bakunin, un Kropotkin, los tres grandes rusos, hubieran podido hacerse culpables de una crueldad tan innecesaria e infructuosa? ¡Pero para qué mencionar esos espíritus universales! Hubo dos mujeres en el movimiento anarquista: Luisa Michel y Voltairine de Cleyre. También contra ellas se intentó la muerte. ¿Cómo procedieron contra sus atacantes? ¿Se atuvieron a su libra de carne? ¡No, al contrario! Ambas se negaron a participar en un asesinato. Solicitaron la vida de los hombres que habían querido quitarles la suya. Compárese los actos de Luisa Michel y de Voltairine de Cleyre con el acto de Lenin y se verá la mísera impresión que produce el último en realidad.

Y sin embargo poseía Lenin una grandeza, que nadie podrá disputarle, poseía la grandeza del jesuitismo, la voluntad de seguir su camino con astucia y despreocupación de los medios y un menosprecio extremo hacia los asombrosos sacrificios que ofrendaba a su divinidad. En este sentido, los Torquemadas de todos los tiempos han sido grandes. De algunos se sabe que estallaban en sollozos al mandar a sus víctimas a la cámara de tortura o a la muerte. Tal vez sollozó también Lenin por el tributo que debía pagar por sus tentaciones. Felizmente tales lágrimas eran el factor paralizador del espíritu de la humanidad y destructor de todo intento de una nueva forma de vida. Los Torquemadas han sido siempre las fuerzas más reaccionarias y contrarrevolucionarias de la historia humana. Y Lenin era un reaccionario. Todos sus hechos políticos desde 1917 son una demostración viviente de sus aspiraciones contrarrevolucionarias. Contrarrevolucionarias en el sentido que han contribuido con todos los medios al fracaso de la revolución.

La paz de Brest-Litovsk infligió a la revolución la herida más mortal. El establecimiento de latcheka transformó a Rusia en un matadero humano. La recaudación violenta de los impuestos y las expediciones punitivas asociadas a ella aniquilaron millares de vidas y destruyeron aldeas enteras. Kronstadt y el tributo de sangre que debieron satisfacer sus mejores hijos a la divinidad de Lenin. El decreto que sancionó la guerra hasta el extremo contra la oposición obrera y los anarquistas sindicalistas (esa orden secreta impartida en el X congreso del Partido Comunista Pan-ruso, aparece ahora a la luz del día; fue utilizada como un apoyo por los leninistas en las últimas discusiones con la oposición); y finalmente el restablecimiento del capitalismo por elNEP (Nueva Política Económica); todo esto y más surgió del cerebro del hombre que ha sido canonizado como un santo por la iglesia comunista. Y todas esas medidas han contribuido a sofocar la revolución y a destruir las esperanzas del pueblo ruso. Pero no sólo Rusia, todo el mundo debió experimentar el jesuitismo de Lenin, pues llevó a todas partes el germen de la descomposición a las filas de los oprimidos.

Pero Lenin creía absolutamente en la necesidad de tales métodos, en la necesidad de sembrar el desconcierto, la abominación y la descomposición. Consideraba todo eso como una parte esencial de su doctrina. Tenemos sus propias palabras al respecto: Krasnaia Lotopies No.7, contiene un discurso de Lenin en el quinto congreso de la social democracia rusa (partido obrero), que remitió su defensa ante un tribunal del partido. Se le achaca entonces la difamación y la calumnia de treinta y un menchevistas, que habían abandonado el partido y formado un bloque con los cadetes. El jefe de ese grupo era F. Dan.

Lenin formuló su opinión entonces en las siguientes palabras: En el ataque a los opositores políticos es la forma, no el contenido, de importancia. En realidad, la forma representa el tono que dirige toda la música. La forma debe ser, pues, tal que provoque en el oyente o en el lector odio, desprecio, horror contra los atacados. La misión de la forma no es convencer sino dispersar las filas de los adversarios, no mejorar sus defectos, sino aniquilar su organización y su actividad, extirparlas de la Tierra. La forma del ataque debe ser tal que incite a los peores pensamientos y a la sospecha y lleve el caos y la desorientación a las filas del proletariado. Al preguntársele si no pensaba que tales métodos son reprobables, contestó Lenin: Ciertamente cuando se aplican al propio partido y contra los propios camaradas. Pero en la lucha contra todos los adversarios políticos no sólo no es reprochable ese método, sino que es digno de recomendación y necesario. Lo repito, en mi ataque contra los grupos salidos de los menchevistas he escogido intencional y conscientemente esa forma, que es apropiada para escindir las filas del proletariado y provocar odio, desconfianza y horror contra nuestros enemigos políticos.

Nadie puede hacer a Lenin el reproche de que ha utilizado sutilidades alguna vez. Pero eso no puede encubrir el hecho de que toda su vida ha esparcido un peligroso veneno en las filas del proletariado. Las filas de su pequeño partido fueron infestadas poco a poco. Mientras Lenin tuvo en sus manos los hilos del bolchevismo, no podía surgir nada a la superficie. Pero ahora que la muerte misma ha disuelto el férreo puño, hace explosión el veneno contenido y amenaza devorar el edificio entero que ha construido tan diligentemente el gran jesuita de nuestro tiempo.

La muerte es la gran niveladora de toda la vida. Fue hacia Lenin como había ido sobre los montones de víctimas del leninismo, sólo que hacia él fue con más consideración. Dora Kaplan, Fanny Baron, León Tchorny y muchos otros debieron morir más de una muerte cruel antes de que la tcheka de Lenin los colocara de espaldas a los muros. Sus cuerpos muertos no fueron expuestos a la vista. Ningún homenaje se les ha ofrendado. Ningún canto mortuorio resonó en su sarcófago y las campanas de las cuarenta iglesias de Moscú no les rindieron ningún quejumbroso acompañamiento. Murieron de una muerte afrentosa, pues habían quedado fieles a la revolución, aunque no tuvieron éxito. No así Lenin. Este tuvo éxito. Consiguió poner en pie su máquina. Ha despertado a nueva vida todos los males que la revolución quería extirpar: el capitalismo, la explotación y todo lo que de ello se deriva. No es milagro que Lenin fuera enterrado con la pompa de un potentado y que su reino sea reconocido hoy por las potencias europeas. ¿Y por qué no? La revolución ha muerto. ¡Larga vida al leninismo!

El Vaticano, Mussolini, el patriarca Tikon, los reaccionarios, los aventureros y arribistas del mundo pagan ahora su tributo al hombre que hubieran matado hace siete años si hubiese caído en sus manos. ¡Mentirosos e hipócritas todos! La expresión de su respeto y de su simpatía es solo una máscara tras la cual ocultan su alegría porque el leninismo les ha proporcionado la llave de las riquezas de Rusia, que ahora están dispuestos a extraer hasta el fondo.

Pero la última palabra en la determinación de Rusia no ha sido dicha aun. El pueblo, tan grande en su cólera de los días de octubre, se levantará de nuevo y testimoniará que el triunfo delleninismo y su muerto jefe fue al mismo tiempo su trágica derrota.