Título: La anarquía
Autor/a: Élisée Reclus
Fecha: 1894
Tema: Anarquía
Fuente: Recuperado el 23 de septiembre de 2015 desde anarquismoenpdf.tumblr.com
Notas: Conferencia pronunciada en 1894 ante la Logia Masónica “Amis Philantropcs” de Bruselas. Biblioteca de “Tierra y Libertad", Barcelona.

La Anarquía no es una palabra nueva. La palabra misma tomada en su acepción de “ausencia de gobierno”, de “sociedades sin jefes”, es de origen antiguo y fue empleada mucho antes por Proudhon.

Por otra parte, ¿qué importan las palabras? Antes de los anarquistas existieron “ácratas” y se habían sucedido ya muchas generaciones cuando éstos imaginaron su nombre, de formación erudita. Siempre ha habido hombres libres, despreciadores de la ley, gente que ha vivido sin amos; según el derecho primordial de su existencia y de su pensamiento. Aun en los primitivos tiempos, encontramos en todas partes tribus compuestas de hombres rigiéndose a su modo, sin leyes impuestas ni otra regla de conducta que “su querer ser libre voluntad”, como dijo Rabelais, e impulsados también por el deseo de fundar la “fe Profunda”, como los “caballeros bizarros” y las “damas tan graciosas” que se reunieron en la abadía de Théleme.

Pero si la Anarquía es tan antigua como la humanidad, al menos los que la representan aportan algo nuevo, puesto que tienen la conciencia precisa del fin que se proponen y desde un extremo al otro de la tierra, están de acuerdo dentro de su ideal para rechazar toda forma de Gobierno. El sueño en la libertad del mundo ha dejado de ser una pura utopía filosófica y literaria, como lo era para los fundadores de las ciudades del Sol o de las nuevas Jerusalén; y ha llegado a ser el fin práctico, activamente buscado por multitudes de hombres que, unidos y resueltos, colaboran al advenimiento de una sociedad en la que no habrá amos, ni conservadores oficiales de la moral pública, ni carceleros, ni verdugos, ni ricos, ni pobres, sino hermanos que tendrán todo su plan cotidiano, iguales en derechos, manteniéndose en paz y en cordial unión, no por obediencia a las leyes, acompañadas siempre de terribles amenazas, sino por el respeto mutuo de intereses y por la observación científica de las leyes naturales.

Sin duda este ideal parece quimérico a muchos de vosotros, pero estoy seguro también que en la mayor parte lo considera deseable y que entrevéis a lo lejos la imagen etérea de una sociedad pacífica en que los hombres, ya reconciliados, dejarán oxidar las espadas, fundirán los cañones y desarmarán los barcos de guerra. Además, ¿no sois vosotros de los que hace miles de años, según decís, trabajan para construir el templo de la Igualdad? Vosotros sois maçons (albañiles), con el solo fin de maçoner (construir), un edificio de proporciones regulares donde sólo entren los hombres libres, iguales y hermanos, trabajando sin cesar en su perfeccionamiento y renaciendo por la fuerza del amor a una vida nueva de justicia y de bondad. Está muy bien esto, seguramente, y no estáis solos. De ninguna manera pretendéis el monopolio del espíritu de progreso y de renovación. No cometéis ni siquiera la injusticia de olvidar a vuestros especiales adversarios los que os maldicen y os excomulgan, los católicos ardientes que dedican al infierno a los enemigos de la santa Iglesia, pero que también profetizan la venida de una edad de paz definitiva. Francisco de Asís, Catalina de Sena, Teresa de vila y tantos otros entre los fieles de una fe que no es la vuestra, amaron, ciertamente, a la humanidad, con el amor más sincero y debemos contarlos en el número de los que vivieron por un ideal de felicidad universal. Y ahora los miles y millones de socialistas, a cualquier escuela que pertenezcan, luchan también por un porvenir en que el poder del capital será destruido y en que los hombres podrán, por fin, llamarse “iguales” sin ironía.

El ideal de los anarquistas es, por tanto, el mismo de muchos hombres generosos, pertenecientes a las religiones, a las sectas, a los partidos más diversos, pero se distinguen claramente por sus medios, como indica su nombre, sin dejar lugar a dudas ni al equívoco. La conquista del Poder fue casi siempre la gran preocupación de los revolucionarios, hasta de los mejores intencionados. La educación recibida no les permitía imaginarse una sociedad libre funcionando sin un gobierno regular, y en cuanto habían derribado a los amos odiados se apresuraban a reemplazarles por otros amos, destinados, según la fórmula consagrada, “a hacer la felicidad de sus pueblos”. Ordinariamente, no se permitían preparar ni un simple cambio de príncipe o de dinastía sin haber hecho homenaje de su obediencia a un soberano futuro. “El rey ha muerto. ¡Viva el rey!”, gritaban los súbditos, siempre fieles, hasta en su rebeldía. Durante siglos y siglos éste ha sido, indefectiblemente, el curso de la historia.

“¿Cómo se podría vivir sin amos?” decían los esclavos, las esposas, los niños, los trabajadores de las ciudades y de los campos y, deliberadamente, ponían la cabeza bajo el yugo como el buey que arrastra el arado. Recordemos a los sublevados de 1830 que reclamaban “la mejor de las repúblicas” en la persona de un nuevo rey, y los republicanos de 1848 retirándose discretamente a sus buhardillas después de haber puesto “tres meses de miseria al servicio del Gobierno provisional”. Al mismo tiempo estallaba una revolución en Alemania y se reunía un parlamento popular en Francfort. “La antigua autoridad es un cadáver”, decía uno de los representantes. “Sí, replicó el presidente, pero nosotros vamos a resucitarla. Llamaremos a hombres nuevos que sabrán reconquistar para el Poder la confianza de la nación”. Hay que repetir el verso de Victor Hugo:



Un viejo instinto humano conduce a la bajeza

Contra ese instinto la Anarquía representa, verdaderamente, un espíritu nuevo. No se puede reprochar a los libertarios que busquen desembarazarse de un Gobierno para sustituirle. “Quítate tú para ponerme yo”, es una frase que les repugna y, por adelantado, avergüenzan, menosprecian o compadecen, al compañero que, picado de la tarántula del Poder, se permite solicitar algún cargo con el pretexto de hacer él también “la felicidad de sus conciudadanos”. Los anarquistas entienden, apoyándose en la observación que el Estado, con cuanto de él depende, no es una pura entidad o una forma filosófica, sino un conjunto de individuos colocados en un medio especial, cuya influencia sufren. Estos, elevados en dignidad, en poder, en tratamiento, por encima de sus conciudadanos, son por esto mismo forzados, por decirlo así, a creerse superiores al común de las gentes, y, sin embargo, las tentaciones de todas clases que les asedian les hacen caer casi fatalmente por debajo del nivel general.

Esto es lo que repetimos sin cesar a nuestros hermanos —a veces hermanos enemigos— los socialistas del Estado:

Tened cuidado con vuestros jefes y mandatarios. Seguramente están animados, como vosotros de las más puras intenciones; desean ardientemente la supresión de la propiedad privada y del Estado tiránico; pero las relaciones, las ocasiones nuevas, les modifican poco a poco; su moral cambia con sus intereses, y creyéndose siempre fieles a la causa de su representados llegan a ser, forzosamente, infieles. También ellos, detentadores del Poder, habrán de servirse de los instrumentos de dicho Poder; ejército, moralistas, magistrados, polizontes y espías.

Hace más de tres mil años el poeta indio de! “Maha Bharata” formuló la experiencia de los siglos: “El hombre que pasea en el carro triunfal no será nunca el amigo del hombre que va a pie”.

Los anarquistas tienen sobre este punto los principios más fijos: según ellos, la conquista del Poder no puede servir sino para prolongar la duración del Poder mismo y la esclavitud correspondiente. No sin razón se nos designa universalmente con el nombre de “anarquistas”, palabra que, después de todo, sólo tiene una significación negativa. Se nos podría llamar “libertarios”, como se califican muchos entre nosotros, o bien “armonistas”, a causa del acuerdo libre de voluntades que, conforme nuestra convicción constituirá la sociedad futura; pero esos nombres no nos diferencian bastante de los otros socialistas. Es la lucha contra todo poder oficial lo que nos distingue esencialmente. Cada individualidad es para nosotros el centro del Universo, y cada uno tiene los mismos derechos a su desarrollo integral, sin intervención de un Poder que le dirija, le corrija y le castigue.

Vosotros conocéis nuestro ideal. He aquí ahora la primera cuestión que se presenta; ¿Este ideal es verdaderamente noble y merece que por él se sacrifiquen los hombres y se corran los terribles riesgos que entrañan todas las revoluciones? ¿Es pura la moral anarquista y dentro de la sociedad libertaria, si llega a constituirse, será el hombre mejor que en una sociedad basada en el miedo al poder y a las leyes? Yo respondo con toda seguridad, y espero que bien pronto vosotros responderéis conmigo: “Sí, la moral anarquista es la que mejor corresponde a la concepción moderna de la justicia y de la bondad”.

El fundamento de la antigua moral ya lo sabéis, no era otro que el miedo, el “temor”, como dice la Biblia, y como os han enseñado tantos preceptos en vuestra juventud; “El temor de Dios es el principio de la sabiduría”, tal fue hasta hace poco el punto de partida de toda educación: la sociedad, en su conjunto, se basaba sobre el terror. Los hombres no eran ciudadanos, sino súbditos o borregos, las esposas eran criadas, los hijos esclavos sobre los que sus padres conservaban algo del antiguo derecho de vida y muerte. Por todas partes, en todos los órdenes sociales, aparecían las relaciones de superioridad y subordinación; en fin, en nuestros días aún, el principio mismo del Estado y de todos los Estados particulares que le constituyen, es la jerarquía o la arquía “santa”, la autoridad “sagrada”; éste es el verdadero sentido de la palabra. Y esta dominación sacrosanta implica toda una sucesión de clases superpuestas en las que las más altas tienen todas el derecho de mandar y todas las inferiores el deber de obedecer. La moral oficial consiste en doblar el espinazo ante el superior y erguirse orgullosamente en presencia del subordinado. Cada hombre debe tener dos caras, como Jano, dos sonrisas: una lisonjera, solícita, hasta servil; la otra, soberbia y de una noble condescendencia. El principio de autoridad (así es como se llama esta cosa), exige que el superior no parezca jamás que se haya equivocado, y que en todo cambio de palabras él diga la última. Pero sobre todo es preciso que sus órdenes sean obedecidas, así se simplifica todo: no hay necesidad de razonamientos, explicaciones, dudas, discusiones, escrúpulos. Los negocios, los asuntos, marchan así, mal que bien, ellos solos. Y cuando no hay un amo para mandar, ¿no existen fórmulas ya hechas órdenes, decretos o leyes dictadas también por amos absolutos o por legisladores de diversas categorías? Estas formulas reemplazan las órdenes directas y se las obedece sin preocuparse en buscar si están conformes con la voz interior de la conciencia.

Entre iguales, la empresa es más difícil, pero más elevada; es preciso buscar trabajosamente la verdad, llegar a conocer el deber personal, adquirir conciencia de sí mismo, hacer de continuo la propia educación, obrar siempre respetando el derecho y los intereses de los camaradas. Tan sólo entonces se alcanza la condición de ser moral, se nace, al sentimiento de la responsabilidad. La moral no es un orden al que hay que someterse, una vana palabra que se repite, una cosa puramente exterior al individuo; ella constituye una parte del ser, un producto de la vida misma. Así es como comprendemos la moral nosotros, los anarquistas. ¿No tenemos el derecho de comparar con satisfacción este concepto de la moral con el que nos legaron nuestros antepasados?

Quizá me daríais la razón. Sin embargo, muchos de vosotros pronunciaréis la palabra “quimera”. Ya me considero dichoso de que veáis, por lo menos, una noble “quimera”; yo veo más lejos y afirmo que nuestro ideal, nuestra concepción de la moral, está por completo en la lógica de la historia, traída, naturalmente, por la evolución humana.

Acosados en otro tiempo por el terror de lo desconocido y por el sentimiento de su impotencia en la investigación de las causas, los hombres crearon, con la vehemencia de su deseo, una o muchas divinidades protectoras que representaban, a la vez, su ideal informe y el punto de apoyo de todo ese mundo misterioso, visible e invisible, que les rodeaba. Estos fantasmas de la imaginación, revestidos de la omnipotencia, llegaron a ser, a los ojos de los hombres, el principio de toda justicia y de toda autoridad: amos del cielo, tuvieron, naturalmente, sus intérpretes sobre la tierra: magos, consejeros, caudillos militares ante los cuales se aprendió a prosternarse, como representantes de lo alto. Esto era lógico; pero el hombre vive más que sus obras, y estos dioses que él creó no han cesado de cambiar como sombras proyectadas sobre el infinito.

Visibles en un principio, animados de pasiones humanas, violentos y formidables, retrocedieron poco a poco en una inmensa lontananza; llegaron a ser abstracciones, ideas sublimes, que no se les daba nombre siquiera, y acabaron por confundirse con las leyes naturales del mundo; volvieron a entrar en ese universo que habían tenido la obligación de hacer salir de la nada, y ahora el hombre vuelve a encontrarse solo sobre la tierra, por encima de la que había erigido la imagen colosal de Dios.

Toda la concepción de las cosas cambia, pues al mismo tiempo. Si Dios se desvanece, los que de él sacaban sus títulos para hacerse obedecer vieron empañarse su prestado esplendor y también deben volver a entrar gradualmente en las filas, acomodándose lo mejor que puedan a la realidad de las cosas. No se encontrarían hoy una Tamerlán que mandase a sus cuarenta cortesanos tirarse de lo alto de la torre, seguro de que en un abrir y cerrar de ojos vería desde las almenas los cuarenta cadáveres sangrientos y destrozados. La libertad de pensar ha hecho a todos los hombres anarquistas sin saberlo. ¿Quien no se reserva ahora un rinconcito de cerebro para reflexionar? Ahí está, precisamente, el crimen de los crímenes, el pecado por excelencia, simbolizado por el fruto del árbol que revela a los hombres el conocimiento del bien y del mal. De ahí el odio a la ciencia que profesa siempre la Iglesia. De ahí ese furor que Napoleón, un Tamerlán moderno, tuvo siempre contra los “ideólogos”.

Pero los ideólogos han llegado. Han desvanecido con un soplo las ilusiones de otros tiempos, recomenzando de nuevo todo el trabajo científico por la observación y la experiencia. Uno de ellos, nihilista anterior a nuestro tiempo, anarquista, si lo fue, a lo menos por sus palabras, comenzó por hacer tabla rasa de todo lo que había aprendido. Casi no hay ahora ningún sabio ni literato que no la tenga por su propio maestro y modelo, pensador original de su propio pensamiento y moralista de su moral “Si quieres surgir, surge de ti mismo”, decía Goethe. ¿No tratan los artistas de representar la Naturaleza tal como ellos la ven, la sienten y la comprenden? Esto es lo usual, en verdad; es lo que se podría llamar una “anarquía aristocrática”, que no reivindica la libertad sino para el pueblo escogido de las Musas, para los trepadores al Parnaso. Cada uno de ellos quiere pensar libremente, buscar a gusto su ideal en el infinito; pero diciendo siempre que se precisa “una religión para el pueblo”. Quieren vivir como hombres independientes, pero “la obediencia está hecha para las mujeres”; quieren crear obras originales, pero “la multitud de abajo” debe permanecer sujeta como una máquina al innoble funcionamiento de la división del trabajo. Con todo, estos aristócratas del gusto y del pensamiento no tienen fuerza para cerrar la gran esclusa por donde se desborda la ola. Si la ciencia, la literatura y el arte han llegado a ser anarquistas; si todo progreso toda nueva forma de la belleza se deben al florecimiento del pensamiento libre, este pensamiento trabaja también en lo profundo de la sociedad y no es ya posible contenerlo. Es muy tarde para contener el diluvio.

La disminución del respeto, ¿no es el fenómeno por excelencia de la sociedad contemporánea? Yo he visto en otro tiempo en Inglaterra atropellarse las multitudes por contemplar el coche vacío de un gran señor; de seguro no lo veré más. En la India los parias se detenían devotamente a los ciento quince pasos reglamentarios que les separaban del orgulloso brahaman;[1] ahora, como en las estaciones se tiene prisa, no hay entre ellos más separación que el tabique de la sala de espera. Los ejemplos de bajeza, de arrastramiento vil, no faltan todavía en el mundo; sin embargo, hay progreso en el sentido de la igualdad. Antes de prestar su respeto, se pregunta uno si aquel hombre o aquella institución verdaderamente son respetables; se estudia el valor de los individuos o la importancia de las obras. La fe en la grandeza ha desaparecido, y allí donde la fe no existe desaparecen las instituciones a su vez. La extinción del respeto implica, naturalmente, la supresión del Estado.

La obra de crítica irrespetuosa a que está sometido el Estado se ejerce igualmente contra todas las instituciones sociales. El pueblo no cree ya, no cree en absoluto en el origen santo de la propiedad privada, producida, nos decían los economistas, y ya nadie se atreve a repetir, por el trabajo personal de los propietarios; se sabe que el trabajo individual no puede crear millones y millones, y no se ignora que este enriquecimiento monstruoso es siempre la consecuencia de un falso Estado social, que atribuye a uno el producto de millares de hombres; respetará siempre el pan que el trabajador ha ganado duramente, la cabaña que ha construido con sus manos, el jardín que ha plantado, pero perderá seguramente el respeto a las mil propiedades ficticias representadas por los papeles de todas clases que se guardan en los bancos. Vendrá el día, no lo dudo, en que volverá a tomar tranquilamente posesión de todos los productos del trabajo común, minas y tierras, fábricas y palacios, caminos de hierro, navíos y sus cargamentos. Cuando la multitud, esa multitud vil por su ignorancia y por la consiguiente cobardía, haya cesado de merecer el calificativo con que se la insulta; cuando sepa con toda certidumbre que el acaparamiento de este inmenso haber está fundado únicamente sobre una ficción manuscrita, sobre la fe en papeluchos, entonces el Estado social estará bien amenazado. En presencia de estas evoluciones profundas, irresistible, que se realizan en todos los cerebros humanos, ¡que simples, qué faltos de sentido parecerán a nuestros descendientes estos clamores furibundos que se lanzan contra los innovadores! ¡Qué importan las palabras groseras que desbordan una prensa obligada a pagar en buena prosa los subsidios que recibe! ¡Qué importan hasta los insultos sinceramente proferidos contra nosotros por los devotos, “santos, pero simples, que llevaban leños a la hoguera de Juan Huss! El movimiento que nos arrastra no es obra de energúmenos o de soñadores, sino de la sociedad en su conjunto. Es necesario para la marcha del pensamiento. Ha llegado a ser fatal, ineludible, como la rotación de la Tierra y de los cielos.

Sin embargo, una duda podría subsistir en los entendimientos si la anarquía no hubiese sido nunca más que un ideal, un ejercicio intelectual, un elemento de dialéctica; si nunca hubiese tenido realización concreta; si nunca un organismo espontáneo hubiese surgido poniendo en acción las fuerzas libres de los camaradas para el trabajo en común sin amo que les mandase. Pero esta duda puede fácilmente descartase. Sí, en todo tiempo han existido organismos libertarios y otros nuevos se forman incesantemente, cada año más vigorosos, siguiendo los progresos de la iniciativa individual. Podría citar, en primer término, diversos pueblos llamados salvajes que viven en perfecta armonía social, hasta en nuestros días, sin tener necesidad de jefes, de leyes, de cercas ni de fuerza pública; pero no insisto sobre estos ejemplos, a pesar de su importancia; temería que se me objetase la poca complejidad de estas sociedades primitivas comparadas con nuestro mundo moderno, organismo inmenso en que se entremezclan tantos otros organismos con infinita complicación. Dejemos, pues, a estas tribus primitivas para ocupamos tan sólo de naciones ya constituidas que poseen todo un mecanismo político social.

Sin duda, no podría mostraros ninguna en el curso de la historia que se haya constituido como sociedad puramente anárquica, porque todas se encontraban en su periodo de lucha entre los elementos diversos, aún no asociados; pero lo que si será fácil comprobar es que cada una de estas sociedades parciales, aunque no fundidas en un conjunto armónico, fue tanto más próspera, tanto más creadora, cuanto más libre era y el valer personal del individuo estaba mejor reconocido. Desde las edades prehistóricas en que nuestras sociedades nacieron a las artes, a las ciencias, a la industria, sin que los anales escritos hayan podido traemos a la memoria, todos los grandes periodos de la vida de las naciones han sido aquellos en que los hombres, agitados por las revoluciones, hubieron de sufrir menos la amplia y pesada dirección de un gobierno no regular. Los dos grandes periodos de la humanidad por los numerosos descubrimientos, por la florescencia del pensamiento, por la belleza del arte, fueron épocas perturbadas, edades de “peligrosa libertad”. El orden reinaba en el inmenso imperio de los medas y los persas, pero allí no salió nada grande; mientras que la Grecia republicana, perturbada sin cesar, agitada por continuas sacudidas, vio nacer a los iniciadores de todo lo elevado y noble que nosotros tenemos en la civilización moderna. Nos es imposible pensar, emprender una obra cualquiera sin relacionamos enseguida con los libros helenos que fueron nuestros precursores y son aún nuestros modelos. Dos mil años más tarde, después de tiranías, después de tiempos de sombría opresión que semejaban inacabables, Italia, Flandes, Alemania, toda la Europa municipal, de nuevo probó de tomar aliento; revoluciones innumerables sacudieron el mundo. Ferrari, no cuenta menos de siete mil revueltas locales tan sólo en Italia, pero también comenzó a arder el fuego del pensamiento libre y volvió a florecer la humanidad: con los Rafael, los Vinci, los Miguel Angel, ella se sintió por segunda vez joven.

Después vino el gran siglo de la Enciclopedia, con las revoluciones que se siguieron en todo el mundo y la proclamación de los derechos del hombre. Enumerad, si podéis, todos los progresos realizados después de esta gran sacudida de la humanidad. Verdaderamente, podemos preguntamos si el último siglo no condensa más de la mitad de la historia. El número de los hombres se ha acrecentado en más de quinientos millones; el comercio se ha hecho diez veces mayor; la industria se ha transformado y el arte de modificar los productos naturales se ha enriquecido maravillosamente; ciencias nuevas han hecho su aparición y, según se dice, comienza un tercer periodo del arte; el socialismo consciente e internacional ha surgido en toda su amplitud. Por lo menos se siente uno vivir en el siglo de los grandes problemas y de las grandes luchas. Reemplazad con el pensamiento los cien años nacidos de la filosofía del siglo decimoctavo, reemplazadlos por un periodo sin historia en que cuatrocientos millones de pacíficos chinos hubiesen vivido bajo la tutela de un "Padre del pueblo", de un tribunal de los ritos y mandarines provistos de diplomas. Lejos de vivir las emociones que nosotros hemos vivido, nos hubiéramos gradualmente aproximado a la inercia y a la muerte. Si Galileo encerrado en las prisiones de la Inquisición pudo murmurar sordamente: “¡y sin embargo, se mueve!,” nosotros podemos ahora, gracias a las revoluciones, gracias a las violencias del pensamiento libre, gritar en todas partes, en la plaza pública: “el mundo se mueve y continuará moviéndose”.

Aparte de este gran movimiento que transforma gradualmente la sociedad entera en el sentido del pensamiento libre, de la moral libre, de la acción libre, es decir, de la anarquía en su esencia, se hacen también experiencias directas que se manifiestan por la fundación de colonias libertarias y comunistas, pequeñas tentativas comparables a las experiencias que hacen los químicos y los ingenieros en el laboratorio. Estos ensayos de municipios modelos tienen todos el defecto capital de que se hacen fuera de las condiciones ordinarias de la vida, es decir, lejos de las ciudades donde se codean los hombres, donde surgen las ideas y se renuevan las inteligencias. No obstante, pueden citarse algunas empresas que han tenido éxito completo, entre otras, aquéllas de la “Joven Icaria”, transformación de la colonia de Cabet fundada, bien pronto hará medio siglo, según los principios de un compromiso autoritario; de emigración en emigración, el grupo de comunistas ha llegado a ser puramente anarquista, y vive ahora modesta existencia en los campos de Iowa, cerca del río Desmoines.

Pero donde la práctica anarquista triunfa es en el curso ordinario de la vida, entre las gentes del pueblo, que ciertamente no podrían sostener la terrible lucha por la existencia si no se ayudaran espontáneamente, desconociendo las diferencias y las rivalidades de intereses. Cuando uno de ellos cae enfermo, los otros pobres toman a sus hijos, se les alimenta, se comparte la escasa pitanza de la semana, se trabaja por él doblando las horas. Entre los vecinos se establece una especie de comunismo por el préstamo, el vaivén constante de provisiones y de utensilios domésticos. La miseria une a los desgraciados en una liga fraternal; juntos tienen hambre, juntos se sacian. La moral y la práctica anarquistas son la regla hasta en las reuniones burguesas, de donde, a primera vista, nos parecerían completamente ausentes. Que se imagine una gira campestre en que cualquiera, sea el anfitrión o alguno de los invitados, afecte aires de amo permitiéndose mandar o hacer prevalecer indiscretamente su capricho.

¿No fuera esto la muerte de toda alegría, el término de todo placer? No hay alegría sino entre iguales y libres, entre gentes que puedan divertirse como les convenga, por grupos sueltos si esto les place, o reunidos y entremezclándose a su guisa, porque las horas pasadas parecen más dulces.

Aquí me permitiré contaros un recuerdo personal. Viajábamos en uno de estos hermosos buques modernos que cortan las olas soberbiamente con la velocidad de quince o veinte nudos por hora, trazando una línea recta de continente a continente, a pesar de vientos y mareas. El aire estaba en calma, la noche era dulce, las estrellas se iban encendiendo una a una en el cielo negro. Se conversaba sobre la toldilla ¿y de qué se puede hablar si no de esa eterna cuestión social que nos arrastra, que nos ahoga como la esfinge de Edipo? El reaccionario del grupo se veía apretado por sus interlocutores, todos más o menos socialistas. De repente se volvió hacia el capitán, el jefe, el amo, esperando hallar en él un defensor nato de los buenos principios: “Usted manda aquí. ¿Vuestro poder no es sagrado? ¿Qué sería del buque si no estuviese dirigido por vuestra constante voluntad?” “No sea usted simple —respondió el capitán, de ordinario y no sirvo absolutamente para nada. El timonel mantiene el buque en su línea recta, dentro de algunos minutos otro le sustituirá, luego otros, y seguiremos regularmente sin más intervención el camino acostumbrado. Abajo los fogoneros y maquinistas trabajan sin mi ayuda, sin mi parecer, y mejor que si yo me metiese a aconsejarles. Todos estos gavieros y marineros saben también lo que han de hacer, y llegado el caso yo no tengo sino que concordar mi pequeña parte de trabajo con la de ellos, más penosa aunque menos retribuida que la mía. Sin duda tengo la obligación de guiar el buque, ¿pero no ve usted que esto es una simple ficción? Aquí están los mapas que yo no he dibujado; la brújula que tampoco es invención mía; para nosotros han dragado el canal del puerto de donde venimos y el del puerto en donde entraremos; y este soberbio navío que lentamente se inclina sobre sus cuadernas bajo la presión de las ondas, balanceándose con majestad impulsado poderosamente por el vapor, yo no lo he construido. ¿Qué soy yo aquí, ante los grandes muertos, los descubridores y los sabios, nuestros precursores, que nos enseñaron a atravesar los mares? Somos sus asociados y los marineros son mis camaradas; y ustedes también, los pasajeros, porque por ustedes cabalgamos sobre las olas, y en caso de peligro contamos con ustedes para que nos ayuden fraternalmente. Nuestra obra es común, y somos solidarios los unos de los otros”. Todos callaron y yo guardé cuidadosamente en el tesoro de mi memoria las palabras de ese capitán como no hay muchos.

Así ese buque, ese mundo flotante en que, por otra parte, los castigos son desconocidos, lleva una república modelo a través del océano, a pesar de las chinchorrerías jerárquicas. Éste no es un ejemplo aislado. Todos vosotros conocéis, por lo menos de oídas, escuelas en que el profesor, a despecho de severidades reglamentarias que jamás se aplican, tiene a todos los discípulos por amigos y afortunados colaboradores. Todo está previsto por la autoridad competente para matar a los pequeños criminales, pero su buen amigo no tiene necesidad de todo ese arsenal de medidas represivas; trata a los chicos como a hombres, haciendo constantemente a su buena voluntad, a su comprensión de las cosas, a su sentido de la justicia, y todos corresponden con alegría. Así se encuentra constituida una minúscula sociedad anárquica, verdaderamente humana, aunque todo parece coaligado en el mundo ambiente para impedir su nacimiento: leyes, reglamentos, malos ejemplos, inmoralidad pública.

Grupos anarquistas surgen, pues, sin cesar, a pesar de viejos prejuicios y del peso muerto de las costumbres antiguas. Nuestro mundo nuevo despunta alrededor de nosotros como germinaría una flora nueva bajo el detritus de las edades. No solamente no es quimérico como se repite de continuo, sino que se muestra ya bajo mil formas; ciego es el hombre que no sepa observarlo. Por el contrario, la que es una sociedad quimérica, imposible, es, seguramente, el pandemonium en que vivimos. Me concederéis en justicia que yo no he abusado de la crítica, por otra parte tan fácil, respecto del mundo tal como lo han constituido el llamado principio de autoridad y la lucha feroz por la existencia. Pero en fin, si es verdad que, según su misma definición, una sociedad es una agrupación de individuos que se unen y conciertan para el bienestar común, no se puede decir, sin caer en el absurdo, que el más caótico ambiente constituye una sociedad. Según sus abogados, porque toda mala causa los tiene, tendidos como fin el orden perfecto para la satisfacción de los intereses de todos. ¿No es risible considerar que su sociedad ordenada este mundo de la civilización europea, con su séquito continuo de dramas internos, asesinatos y suicidios, violencias y fusilamientos, catástrofes y hambres, robos, maldades y engaños de todas especie, quiebras, hundimientos y ruinas? ¿Quién de nosotros al salir de aquí no verá levantarse a su lado los espectros del vicio y del hambre? En nuestra Europa hay cinco millones de hombres que no esperan una señal para matar a sus semejantes, para quemar casas y cosechas, y otros diez millones de resentidos fuera de los cuarteles están dispuestos para cumplir la misma obra de destrucción. Cinco millones de desgraciados viven, o por lo menos vegetan, en las prisiones, condenados a penas diversas; Diez millones mueren al año de anticipada muerte; y de trescientos setenta millones, trescientos cincuenta, por no decir todos, tiemblan con inquietud justificada por el mañana. No obstante la inmensidad de las riquezas sociales ¿quién de nosotros puede afirmar que un revés brusco de la suerte no le quitará su haber? Estos son hechos que nadie puede contradecir y que deberían, me parece, inspiramos a todos la firme resolución de cambiar este estado de cosas, preñado de revoluciones incesantes.

Tuve un día ocasión de conversar con un alto funcionario, arrastrado por la rutina de la vida en el mundo de los que dictan leyes y penas: “¿pero defendéis vuestra sociedad? Le decía yo. ¿Cómo queréis que yo la defienda?, me respondió; ¡no es defendible!” Ella se defiende, sin embargo, pero con argumentos que no son razones: con el vergajo, el calabozo y el cadalso.

Por otra parte, los que la atacan pueden hacerlo con toda la serenidad de su conciencia. Sin duda, el movimiento de transformación traerá consigo violencias y revoluciones; ¿pero acaso el mundo ambiente es otra cosa que violencia continua y revolución permanente? Y en las alternativas de la guerra social ¿quiénes serán los responsables? ¿Aquellos que proclaman una era de justicia y de igualdad para todos, sin distinción de clases ni de individuos, o los que quieren mantener las separaciones y, por consecuencia, los odios de casta, los que acumulan leyes represivas y que no saben resolver las cuestiones sino con la infantería, la caballería y la artillería? La historia nos permite afirmar con toda certidumbre que la política de odio engendra siempre el odio, agravando fatalmente la situación general, y ha arrastrando una ruina definitiva. ¡Cuántas naciones perecieron así, opresoras lo mismo que oprimidas! ¿Pereceremos nosotros también?

Espero que no, gracias al pensamiento anárquico que se abre camino cada día más, renovando la iniciativa humana. Vosotros mismos, si no sois anarquistas ¿no estáis, por lo menos, muy tocados de anarquistas? ¿Quién de vosotros, en el fondo de su conciencia, tendrá por superior a su vecino y no reconocerá en él a su hermano y su igual? La moral tantas veces proclamada aquí, con palabras más o menos simples llegará a ser ciertamente una realidad. Porque nosotros los anarquistas sabemos que esta moral es justicia perfecta, de libertad y de igualdad, es la verdad y nosotros la vivimos de todo corazón, mientras nuestros adversarios dudan. No están seguros de tener razón; en el fondo, hasta están convencidos de que se equivocan y por adelantado nos entregan el mundo.

[1] El nombre correcto es Brahmán (Nota del editor).