Uno se admira, al leer los periódicos, de que todas las atrocidades de la guerra de China no sean un sueño feo, sino una lamentable realidad. ¿Cómo es posible que hombres que hayan tenido la dicha de ser acariciados por sus madres, y de escuchar en las escuelas las palabras de justicia y de bondad, cómo es posible que esas fieras de cara humana encuentren gusto en amarrar los chinos unos a otros por sus vestidos o sus colas para lanzarlos al río?

¿Cómo es posible que maten a los heridos y que hagan ahondar sus tumbas a los prisioneros antes de fusilarlos? ¿Y quiénes son esos horrorosos asesinos? Son gentes que nos asemejan, que estudian y leen como nosotros, que tienen hermanos, amigos, una mujer o una novia; y tarde o temprano estamos expuestos a encontrarlos, a estrecharles la mano sin encontrar los vestigios de la sangre derramada.

¿Pero no hay acaso una relación directa de causa a efecto entre la alimentación de esos verdugos que se dicen “civilizados” y sus actos feroces? ¡Ellos también se han acostumbrado a ponderar la carne sangrienta como generadora de salud, de fuerza y de inteligencia! Ellos también entran sin repugnancia en las carnicerías donde uno resbala sobre un piso rojizo, donde se respira el olor acre de la sangre.

¿Hay acaso una diferencia tan grande entre el cadáver de un buey y el de un hombre? Los miembros descuartizados, las entrañas mezcladas del uno y del otro se parecen mucho: la matanza del primero facilita el asesinato del segundo, sobre todo cuando resuena la orden del jefe y que se oyen de lejos las palabras del señor soberano coronado: “¡Sed implacable...!”.

No es una digresión el mencionar los horrores de la guerra a propósito de las hecatombes de animales y de los banquetes para los carnívoros. El régimen de alimentación corresponde del todo a las costumbres de los individuos.

Para la gran mayoría de los vegetarianos, la cuestión no es saber que su músculo es más sólido que el de los carnívoros, ni tampoco que su organismo presenta mayor cúmulo de resistencia contra los choques de la vida y los peligros de la muerte, lo que no deja de ser muy importante: para ellos se trata de reconocer la solidaridad de afección y de bondad que une el hombre al animal; se trata de extender a nuestros así llamados hermanos inferiores el sentimiento que en la especie humana ha puesto ya fin al canibalismo.

Las razones que podían evocar en el pasado los antropófagos contra el abandono de la carne humana en la alimentación diaria, tenían el mismo valor que aquellos que usan hoy los simples carnívoros. El caballo y el buey, el conejo, la liebre y el venado nos convienen más como amigos que como carne. Deseamos conservarlos, ya sea como compañeros de trabajo respetados, ya como simples asociados en la alegría de vivir y de amar.

Pero no se trata de ningún modo entre nosotros de fundar una nueva religión y de atenernos a ella con dogmatismo de sectarios: se trata de hacer nuestra existencia tan hermosa como sea posible y de conformarla en cuanto dependa de nosotros a las condiciones estéticas del medio en que vivimos.

Así como nuestros antepasados llegaron a tener náuseas al comer la carne de sus semejantes y dejaron un buen día de adornar sus mesas con carne humana; así como entre los carnívoros actuales hay muchos que se negarían a comer la carne del noble caballo, compañero del hombre, o la del perro y de los gatos, los huéspedes acariciados del hogar, así también nos repugna a nosotros beber la sangre y triturar entre nuestros dientes el músculo del buey, el animal labrador que nos da el pan.

Tenemos, en fin, el deseo de vivir en un lugar donde no correremos más peligro carnicerías llenas de cadáveres, al lado de tiendas de tiendas de sederías o de alhajas, al frente de la farmacia o del mostrador con frutas perfumadas, o de la bella librería, adornada con grabados vistosos, estatuas y obras de arte. Queremos en tono nuestro un medio que guste a la vista y que armonice con la belleza. Y dado que los fisiólogos; dado —mejor aún— que nuestra propia experiencia nos dice que esta fea alimentación de carnes disfrazadas no es necesaria para sostener nuestra existencia, nosotros alejaremos todos esos horribles alimentos que gustaban a nuestros antepasados y que gustan aún a la mayor parte de nuestros contemporáneos.

¿Cuáles son, pues, los alimentos que parecen adaptarse mejor a nuestro ideal de belleza, tanto en su naturaleza como en la preparación a que tendrán que ser sometidos? Esos alimentos son precisamente los que en todo tiempo fueron los más apreciados por los hombres de vida sencilla y que pueden mejor que ningún otro pasarse de los artificios engañosos de la cocina. Son los huevos, los granos y las frutas, es decir, los productos de la vida animal y de la vida vegetal. El hombre los recoge para su alimentación sin matar el ser que los da, visto que se han formado en el punto de contacto entre dos generaciones.

Volvámonos bellos nosotros mismos y que nuestra vida sea bella.