En un ensayo escrito poco antes de su fallecimiento, David Graeber argumentó que, después de la pandemia, no podemos caer de nuevo en una realidad en la que la forma en que nos organizamos como sociedad —pensando en satisfacer todos los caprichos de un pequeño puñado de ricos mientras se desvaloriza y degrada a la gran mayoría de nosotros—, es vista como sensata o razonable.

Antes de su trágica muerte a la prematura edad de cincuenta y un años en septiembre del 2020, el anarquista, antropólogo y activista David Graeber escribió este ensayo sobre cómo podrían ser la vida y la política después de la pandemia de COVID-19. Jacobin se enorgullece de publicarlo por primera vez.

En algún momento de los próximos meses, la crisis se dará por terminada, y podremos volver a nuestros trabajos “no esenciales”. Para muchos, será como despertar de un sueño.

Los medios de comunicación y la clase política nos alentarán a pensar así. Es lo que ocurrió después de la crisis financiera del 2008. En ese entonces hubo un breve momento para cuestionamientos: ¿Qué significa “finanzas”, al fin y al cabo? ¿No son solo las deudas de otras personas? ¿Qué es el dinero? ¿Solo deuda también? ¿Qué es deuda? ¿Solo una promesa? Si el dinero y la deuda no son más que una colección de promesas que nos hacemos unos a otros, entonces, ¿no y podríamos hacer otras promesas diferentes con la misma facilidad? Esa ventana fue cerrada casi al instante por quienes insisten en que nos callemos, dejemos de pensar, y volvamos al trabajo, o al menos empecemos a buscar uno.

En esa ocasión, la mayoría caímos en la trampa. Es fundamental que no lo hagamos ahora.

Porque, en verdad, la crisis que acabamos de vivir fue como despertar de un sueño, una confrontación con la realidad actual de la vida humana: que somos una serie de seres frágiles que se cuidan unos a otros, y que aquellos que realizan la mayor parte de este trabajo están tapados de impuestos, mal pagados y constantemente humillados, y la gran mayoría de la población no hace más que fantasear, cobrar rentas y, en general, estorbar a quienes fabrican, reparan, mueven y transportan cosas, o cuidan de las necesidades de otros seres. Es imperativo que no volvamos a una realidad en la que estas cosas cobren sentido de forma inexplicable, de la misma manera en que lo hace aquello que vemos mientras estamos soñando.

¿Por qué naturalizamos que, cuanto más obviamente un trabajo beneficia al resto de nosotros, menos probable es que se le pague a quien lo realiza? ¿Por qué insistimos en que los mercados financieros son la mejor forma de dirigir la inversión a largo plazo incluso cuando nos está impulsando a destruir la mayor parte de la vida en la Tierra?

¿Por qué, en su lugar, una vez que la emergencia se dé por terminada, no recordamos lo aprendido? Que si “la Economía” realmente significa algo, es la forma mediante la cual nos proporcionamos todo aquello que necesitamos para estar vivos (en todos los sentidos del término). Eso que llamamos “el mercado” es, en gran medida, un modo de tabular los deseos de las personas ricas, la mayoría de las cuales son al menos levemente patológicas. Las más poderosas ya estaban completando los diseños de los bunkers, en los que piensan refugiarse si seguimos siendo tan tontos como para creerles a sus secuaces cuando nos dicen que carecemos sentido común para hacer algo respecto las catástrofes futuras.

¿Podemos simplemente ignorarlos esta vez?

La mayor parte del trabajo que hacemos es “trabajo-sueño”. Existe solo porque sí, o para hacer que los ricos se sientan bien consigo mismos, o para hacer que los pobres se sientan mal consigo mismos. Y si simplemente nos detuviéramos, sería posible hacernos un conjunto de promesas mucho más razonable: por ejemplo, crear una “economía” que nos permita realmente cuidar de las personas que cuidan de nosotros.