Al emprender el trabajo de componer la biografía de Bakounine, hallo esta afirmación que lanza Urales a propósito de la de Tolstoy:

“Todos los revolucionarios rusos son místicos”.

Como la revolución es el único medio de salir de este pantano de injusticias en que la humanidad se halla sumida por no haber seguido racionalmente la vía recta del progreso, y, por tanto, como el título de revolucionario equivale al de salvador, y éste es tan digno de aprecio como despreciable es ya el de místico, su antagónico, con el fin de fijar exactamente los términos, recurro al Diccionario para dar a la palabra su valor preciso, y hallo: “Misticismo: doctrina religiosa o filosófica que enseña la comunicación inmediata y directa entre el hombre y la divinidad”. “Místico: la persona que se dedica mucho a Dios o a las cosas espirituales”. Dadas estas definiciones, que son las verdaderas, no porque lo diga la Academia, sino porque así entiende esas cosas todo el mundo, y las palabras no pueden tener la significación arbitraria que quiera darles un pensador, las comparo con la siguiente afirmación tomada de un discurso de Bakounine en el Congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad, celebrado en Berna en 1868, repetida en no menos enérgicos términos en todos los escritos de mi biografiado:

“No a la ligera, ni bajo la inspiración de un sentimiento caprichoso y frívolo vengo aquí a combatir la religión; lo hago en nombre de la moral, de la justicia y de la humanidad, cuyo triunfo sobre la tierra será imposible, mientras ésta se halle aterrorizada y gobernada por los fantasmas religiosos... Tengamos el valor de ser lógicos y sinceros, y no vacilemos en proclamar que la supuesta existencia de Dios es incompatible con la dicha, con la dignidad, con la inteligencia, con la moral y con la libertad de los hombres. Si Dios existe, mi inteligencia, por grande que pueda concebirse, mi voluntad, por poderosa que sea, son nulas ante la voluntad y la inteligencia divinas. Ante Dios, mi verdad es una mentira; mi voluntad, la impotencia, y mi libertad, una rebeldía contra su omnímodo poder. Él o yo: si existe, debo anularme; si se digna enviarme profetas para revelarme su divina verdad, incomprensible siempre a mi inteligencia; sacerdotes para dirigir mi conciencia, incapaz de concebir el bien; reyes ungidos por su mano para gobernarme y verdugos para corregirme, les deberé una obediencia de esclavo. Pues quien quiere Dios, quiere la esclavitud de los hombres. Dios o la indignidad del hombre, o bien la libertad del hombre y la anulación del fantasma divino. Este es el dilema: no hay término medio, escoged”.

Y concluyo: Bakounine, aunque revolucionario nacido en Rusia, no es místico. Bien hará Urales en rectificar sus ideas sobre este asunto.

Bakounine, prescindiendo de los accesorios de tiempo y de lugar en que encuadrara su existencia y considerándole en aquello que caracteriza y distingue esencialmente su pensamiento y su acción, es cosmopolita, como Moisés, como Sócrates, como Pablo después de lo de Damasco, como Francisco de Paula, como Galileo, como Miguel Ángel, como Cervantes, como Blanqui, como lo son todos aquellos que, por la libertad, por la teosofía, por la religión, por la filosofía, por la caridad, por la ciencia, por el arte, por la literatura, por la revolución o por cualquiera otra de esas concepciones universales que parten de un juicio sintético sobre el universo y sobre la humanidad, sienten sobre su frente el fuego de la inspiración y tienen la sublime osadía de lanzarse a lo absoluto.

Claro está que los hombres-guías tienen sus debilidades de carácter humano; hasta los místicos, que forjaron la figura del hombre-dios, le presentan cobarde y temeroso en el Huerto de las Olivas, pidiendo al Padre que aparte de sí el cáliz de la pasión, y luego, en la cruz, se queja de su abandono. Además, todo el mundo reconoce que no hay hombre grande para su ayuda de cámara cuando le tienen. Por eso se toma de ellos únicamente su grandeza excepcional sin contar para nada lo que pudiera tener de común con Juan Cualquiera.

Los que alcanzan el insigne honor de poseer personalidad con pensamiento propio y no toman del caudal de conocimientos humanos más que lo necesario para robustecer su juicio y dar forma y vida a sus concepciones, dejando a un lado como escoria vil los errores que constituyen el pasto intelectual del vulgo, no son vasallos, súbditos o ciudadanos de una nación cualquiera; su propio valer les exceptúa de esa especie de solidaridad para lo malo en que viven sus contemporáneos sometidos al yugo del dogma, de la ley y de la costumbre; de esa innoble pasividad en que, abdicando del sentimiento y de la razón, vegetan las gentes que tranquilamente se dejan dominar por los que dirigen las Iglesias, los Estados y las Academias y a quienes explotan a su sabor los usurpadores de la riqueza pública. Antes al contrario, aquellos hombres eminentes acaban por imponerse a todas las Iglesias, a todos los Estados y a todas las Academias, y cuando esas entidades desaparecen o se transforman o sufren las peripecias que por los cismas, los progresos científicos, las guerras, las conquistas o las revoluciones consigna la historia, ellos siguen ejerciendo positiva influencia y se hallan en disposición de continuar ejerciéndola en lo porvenir, y cuando en siglos futuros se trate de otro porvenir remotísimo, sus nombres tendrán aún valor de presente y serán una gloria por la gratitud y la admiración de las generaciones a la vez que un ideal y una esperanza.

Sólo quienes viven de rutinas, de preocupaciones, de convencionalismos: los que atacan sin discernimiento ni examen, las ideas de bien y de mal consignadas en los códigos, en los catecismos y en los tratados de urbanidad compuestos por falsos y tiránicos mentores, sólo esos, que por desgracia son tantos que por ello y por su igualdad en la abyección y en la ignorancia merecen ser llamados la masa, son los nacionalistas y forman parte de esos grupos de millones y millones de hombres que pasaron y pasan anónimos, sin personalidad definida, dejando sólo obras de carácter colectivo, destacándose entre ellos aquí, allá y de tiempo en tiempo algunos nombres que brillan como estrellas de mínima magnitud, ofuscados por los vividos resplandores de los soles del pensamiento.

* * *

Nació Bakounine en Torschork, gobierno de Tower. Hijo de un rico propietario y descendiente de una familia de la más encumbrada aristocracia, su ilustre origen y sus excepcionales aptitudes le permitieron ingresar en la privilegiada carrera de las armas, pasando en edad temprana con el grado de alférez y el cargo de abanderado a la guarnición de las sometidas provincias polacas.

Cuando vio que la nobleza de su alcurnia, su honor individual y su porvenir estaban en abierta oposición con la dignidad y la dicha de los habitantes de aquel país, y pensó que sus ascendientes, su propio ser y hasta su descendencia eran instrumentos de brutal opresión, y consideró además que no tenía más misión que desesperar a los pacientes y matar a los rebeldes, y que en pago de semejante tarea, si podía contar con ascensos, tendría siempre las censuras de su conciencia y las maldiciones de sus víctimas, se horrorizó de sí mismo, aborreció a sus protectores, abominó del medio en que se le colocaba para vivir, y dimitió su empleo de oficial del ejército. Libre por ese acto de independencia, fue, según la frase de un biógrafo, a estudiar la ciencia a Berlín y la revolución a París.

En Berlín se adhirió con entusiasmo a las doctrinas de Hegel y formó parte de la Joven Alemania; en París se relacionó con los revolucionarios que en aquella época formulaban como verdaderos apóstoles el credo democrático, libre aún de las impurezas y sofisticaciones con que le ha manchado después el oportunismo republicano gubernamental, nefando recurso de gobierno que es como una concesión hecha al crimen y al absurdo, que se funda por una parte, en el respeto a los intereses creados, aunque signifiquen una usurpación y por otra, en la incapacidad intelectual en que sistemáticamente se ha obligado a vivir a los despojados.

En Zurich tomó parte activa en los trabajos de las asociaciones socialistas. Vuelto a París, fue de allí expulsado a petición del gobierno ruso, y se dirigió a Bruselas, donde cultivó sus relaciones con todos los revolucionarios, por medio de su sistema epistolar, que constituye su principal riqueza literaria y que formaría numerosos volúmenes, llenos de sabiduría y bellísimas concepciones, si fuera posible salvarle de su obligada dispersión.

Hallóse en París durante las jornadas revolucionarias del 48; siempre agitador y organizador, pasó a Praga, a Berlín y por último a Dresde, y allí se puso al frente del movimiento insurreccional que, después de efímero triunfo, fue sofocado, cayendo mi héroe en poder de las tropas en Koenigstein, donde, juzgado por el Consejo de guerra, fue condenado a muerte en Mayo de 1850, cuya pena se le conmutó por la de prisión perpetua.

El gobierno austriaco reclamó después el preso para juzgarle y castigarle por las insurrecciones intentadas en sus dominios, y la reclamación fue atendida por el prusiano. Sometiósele pues, a nuevo consejo de guerra, que también le condenó a muerte; pero el ruso reclamó a su vez al infeliz condenado, y también se dio satisfacción a la demanda.

Por orden del zar, debida sin duda a poderosas influencias, Bakounine fue destinado al ejército del Cáucaso en calidad de soldado raso.

Utilizando entonces el castigo que se le infligía, Bakounine transformó su tienda de soldado en foco de propaganda revolucionaria.

Una noche de Agosto de 1852, en la rivera de Tchechna, en Daghestan, en el campamento de Bariatinsky, general en jefe del ejército ruso que operaba en el Cáucaso contra los rebeldes que Schamyl había llamado a las armas para rechazar la tiranía moscovita, en el interior de una tienda que en nada se distinguía de las otras, se hallaban materialmente apiñados unos treinta hombres de todas las armas y de diferentes grados, que escuchaban con veneración y entusiasmo a un joven que ostentaba los caracteres de una vejez prematura, debidos a la grandeza del pensamiento, a la energía de la pasión, a los peligros vencidos, a los sufrimientos experimentados; aquel joven extraordinario, un soldado raso, era Miguel Bakounine, quien, terminada su conferencia, hizo saber a sus oyentes que entre ellos se había deslizado un traidor que había descubierto sus trabajos, por lo que, probablemente la mayoría de los presentes y él mismo se verían forzados a cambiar el campamento del Tchechna por las heladas soledades de la Siberia, exhortándoles al mismo tiempo a confiar en la revolución y comunicándoles estas líneas que su amigo Herzen le había dirigido secretamente desde Francia:

“Es preciso extirpar radicalmente toda vana esperanza, toda ilusión falaz, sometiéndolas al tribunal incorruptible de la razón. La libertad será una palabra sin valor positivo mientras todo lo religioso y político no sea sencillamente humano y no quede por tanto, sometido a la crítica y a la negación”.

Pocos días después, en efecto, la mayor parte de aquellos revolucionarios formaban una cuerda y se dirigían al presidio polar, llevando consigo un ideal y una fundada esperanza.

Cinco años duró el cautiverio de Bakounine. Grande debía ser la influencia de su familia cuando el autócrata permitió la atenuación de la pena del condenado, que fue admitido como escribiente en las oficinas del gobernador.

De allí se escapó Bakounine, logrando un éxito rayano en lo imposible, único tal vez en el mundo en lo pasado y en lo porvenir, consistente en recorrer las inmensas regiones árticas del Asia, a pié, donde todo es hostil a la vida humana: selvas vírgenes, heladas estepas, escabrosas montañas, fieras hambrientas, frío insufrible; sin más guía que su valor, su inteligencia, su fuerza hercúlea, su energía de apóstol. Allí, solo, a centenares de leguas de toda vivienda humana, en lucha con el mundo, trocando el significado de los términos, debilidad y fuerza, puesto que él, en su pequeñez individual, resulta vencedor, y el mundo con sus grandezas, queda vencido, se ofrece a la fantasía como el genio de la libertad enseñando a todos los oprimidos que el poder de la tiranía y del privilegio es nulo ante el indomable esfuerzo que lleva consigo la idea hecha voluntad. Aquella preciosa vida, sometida a tan rudas contradicciones que el héroe hollaba con firme planta, sustentaba aquel cerebro que era como el arca santa de la libertad.

Al admirar tan tremenda hazaña, con entusiasmo que hace temblar la mano que sostiene la pluma con que escribo y arrasa de lágrimas mis ojos, siento gratitud inmensa hacia aquel filósofo mártir, y me conforta la esperanza de que sus trabajos son cimientos indestructibles de la sociedad libre y justa que nos promete el progreso.

Llegado a las costas del Pacífico, sano, firme, templado, como si lo que acababa de realizar no excediese de los límites de un mediano sport, tomó pasaje en un barco ballenero, pagando con sus servicios y con su inspirada palabra, y arribó a San Francisco de California. Pasó corto tiempo en los Estados Unidos, donde se ganó la vida enseñando idiomas y matemáticas, volviendo a Europa y fijando por entonces su residencia en Londres, después de haber dado la vuelta al mundo, realizando así aquella inconcebible odisea revolucionaria.

Lejos de agotar su extraordinaria energía, dedicóse con nuevo ardor a la propaganda de su ideal. Recorrió después, y siempre con el mismo objeto, varias poblaciones de Europa, y cuando el movimiento insurreccional de Polonia en 1863, intentó, sin éxito, levantar los aldeanos de Lituania contra el zar. Tampoco consiguió, aunque no por culpa suya, lanzar a la revolución la Sociedad Tierra y Libertad que bajo sus auspicios se fundó en Rusia y países por ella dominados. Frustradas sus tentativas, se dirigió a Italia con el propósito de organizar los antiguos elementos revolucionarios pero habíales ganado la indiferencia y el escepticismo y no pudo conseguir nada de provecho; sin embargo, fundó en Nápoles, en unión de Cafiero y algunos pocos que permanecieron fieles a las convicciones honradas, el periódico Libertad y Justicia, digno continuador de Kolokol, que antes fundara con Herzen y Ogareff.

Formó parte de la Asociación llamada Liga de la Paz y de la Libertad, con el intento de impulsar a los demócratas burgueses que la constituían por la vía francamente revolucionaria, y asistió al Congreso de dicha Asociación celebrado en Berna en 1869; pero las preocupaciones y los escrúpulos reaccionarios allí dominantes le obligaron a separarse de ella, lanzando una protesta que ha quedado como la marca infamante que acusa la incapacidad progresiva a la democracia universal. Hela aquí:

“Considerando que la mayoría del Congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad se ha declarado, apasionada y categóricamente, contra la igualdad económica y social de las clases y de los individuos, y que todo programa y toda acción política que no tenga por objeto la realización de ese principio no pueden ser aceptadas por demócratas socialistas, esto es, por los amigos lógicos y convencidos de la paz y de la libertad, los que suscriben creen de su deber separarse de la Liga”.

Precedió a esta declaración y a la votación consiguiente un discurso de Bakounine, de que entresaco los siguientes conceptos:

“Todos los que nos hallamos aquí reunidos no somos reyes, ni gobiernos, ni representantes de la burguesía. No tenemos ni debemos tener interés opuesto al de los trabajadores. Estamos reunidos en nombre de la paz y de la libertad, no para negociar con los trabajadores ni para engañarlos y explotarlos, sino para proclamar los principios que puedan asegurar la paz, la libertad y el bienestar de los hombres. No les debemos concesiones, sino justicia... ¿Queremos como ellos, con ellos, francamente la igualdad económica y social, o lo que en lenguaje burgués se llama el mejoramiento de la condición de los obreros?... Y digámoslo claro... Sí, como mercaderes de mala fe, vendemos partículas de justicia, los trabajadores no querrán de nuestra mercancía ni de nosotros...”

No se con qué argucias saldrían del paso los retóricos de la democracia. Castelar se hallaba presente, y hablando de ello un día, inspirado en su terror ratonil y en su odio irreflexivo a todo lo que reúne y amalgama en su fantasía con el nombre de socialismo, presentó como un monstruo capaz de devorar el orden social al “¡bárbaro comunismo moscovita!” e hizo con espanto la descripción de “un gigante vestido de mujik que ostentaba luenga barba, melena de león y facciones reveladoras de poderosa energía”.

* * *

La minoría del Congreso de la Liga de la Paz de Berna formó la alianza de la Democracia Socialista, agrupación destinada a impulsar el estudio de la sociología y a activar la agrupación y organización de los trabajadores. Sus afiliados se comprometieron al sacrificio de sus privilegios para la realización de sus ideales; y sugestionados por el ejemplo y por la elocuencia de Bakounine, en sesión solemne arrojaron al fuego cuantos títulos y documentos poseían acreditativos de sus grados académicos y privilegios de toda clase.

A partir de este momento, la vida de Bakounine sale del período brillante para entrar en otro más tranquilo y fructífero. Antes, impulsado por su bravura y sus convicciones, emprendió las más atrevidas aventuras; desde aquí sólo se ocupó en dar el fruto de su poderosa inteligencia al nuevo factor revolucionario creado con la Asociación Internacional de los Trabajadores.

La creación de aquella Asociación fue para Bakounine como la revelación de un mundo. Tuvo antes como colaboradores de su obra la juventud procedente de las clases privilegiadas que aun conservaba nobleza de sentimientos y razón libre de preocupaciones de clase. Después vio que la última capa social, aquella a quien parecía preciso emancipar a pesar de su inconsciencia, se emancipaba de hecho y de derecho por sí misma y tomaba por cuenta propia la realización de sus propósitos de justicia social; vio que muchos obreros, a pesar de sus privaciones y de la falta de condiciones regulares en que vivían, se agigantaban hasta las cumbres de la inteligencia como lo atestiguaba la prensa obrera y los Congresos internacionales, y esto, no sólo confirmó sus convicciones, sino que además robusteció sus esperanzas.

Marx vio con desagrado la intervención de Bakounine en la Internacional, que juzgó peligrosa para sus propósitos, y aquel desagrado frente al prestigio del que consideraba como su competidor, produjo una escisión que anticipó los resultados del autoritarismo marxista.

No me toca historiar aquellos sucesos ni juzgar sus consecuencias; me limito a consignar el hecho. Bakounine fijó su residencia en Ginebra en 1869, desde donde activó vigorosamente la propaganda. Trabajó en L’Egalité, de Ginebra, y en Le Progrés, de Locle, y asistió como delegado al Congreso de Basilea en 1869. En aquel Congreso, que señala el apogeo de la Internacional, Bakounine se mostró el apóstol del colectivismo, doctrina que ha tenido la poca fortuna de ser desprestigiada por los que se han valido de su nombre para ocultar una forma nueva de individualismo, y también por los que han necesitado anularla para que a sus expensas brillara el comunismo. Para que los sinceros y desapasionados formen juicio exacto, cito este pasaje de su discurso en el citado Congreso:

“El hombre más extraordinario, si hubiese vivido desde su infancia en un desierto, nada hubiera producido. La propiedad individual no ha sido ni es más que la explotación y la apropiación individual del trabajo colectivo... La concesión de la propiedad al individuo es una pura ficción; ha sido obtenida en su origen por las armas, por la conquista, por la brutalidad; después por la venta y compra, que no son en sí mismas sino brutalidades enmascaradas... Todo trabajo productivo es, ante todo, un trabajo social, necesariamente colectivo, y el trabajo que impropiamente se llama individual es también un trabajo colectivo, puesto que él sólo es posible, gracias al trabajo de las generaciones pasadas y presentes”.

Obligado por las insidias de la policía se retiró a Locarno, y desde allí partió para Lyon, en cuya ciudad tomó parte en el movimiento comunalista. Poco tiempo después se retiró a Berna y allí murió el 1º de julio de 1876.

Tal fue Bakounine: inteligencia poderosa, voluntad ilimitada, energía indomable. Filósofo, economista, guerrero, poeta, no podía acomodarse a esa filosofía dominante, criminal por sus crueles efectos, ridícula por sus necios fundamentos, según la cual la evolución y la transformación progresiva de los períodos históricos no son más que simples variaciones en la manera de efectuarse, la iniquidad social. Eso lo confundía él en su desprecio con el famoso “valle de lágrimas” de los cristianos, y trabajaba por un ideal de justicia y de felicidad perfectamente definido y concreto, que es el resultado racional del curso que lleva la humanidad, que expresaba en estos términos:

“Después de la antropofagia vino la esclavitud a continuación la servidumbre de la gleba; después el salariado, al cual debe poner término el día terrible de la justicia para entrar definitivamente en la era de la fraternidad ”.

Bakounine es muy poco conocido en la actual sociedad, que olvida sistemáticamente a los grandes hombres y eleva estatuas a medianías, a quienes antes dejó perecer de hambre. Se comprende: atacaba con rudeza muchos intereses ilegítimos e infinidad de preocupaciones arraigadísimas.

Si se tratara de buscar una analogía conocida de todo el mundo para comparar a Bakounine, habría que recurrir a Jesús, a quien se asemeja muchas veces en el sermón de la montaña; nunca, cuando mandaba que se diera a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; menos, en el acto de profetizar que siempre habría pobres en el mundo; siempre, en aquel rasgo de indignación que le impulsó a arrojar a zurriagazos del templo a los burgueses de la época.

Termino afirmando que la obra de Bakounine es imperecedera; del mismo modo que la reacción conservadora es impotente. Y así como por atavismo reaparecen cada vez más degenerados y a más largos intervalos los tipos de especies ya desaparecidas, los pensamientos lanzados por los precursores de la verdad y de la justicia se encarnan cada vez más y con mayor intensidad en los que vienen después; por eso podemos congratularnos de ver sus efectos en todas las manifestaciones de la inteligencia humana, a pesar de la mala voluntad de los tiranos.