Palabras previas

El anarquismo ha dejado de ser un movimiento de grupos aislados y se ha convertido en un movimiento de masas y en un factor de valor social innegable y positivo. Los conceptos anarquistas influyen ahora fuertemente en todos los campos de la vida social y en la actividad intelectual, espiritual, moral e individual de los hombres; el ideal anarquista de la reorganización social sobre bases de libertad, mutualidad, solidaridad y amor, lo mismo que los métodos anarquistas de acción antiautoritaria, han penetrado profundamente en la conciencia de las grandes masas humanas y hasta influyen hondamente sobre la actividad y aspiraciones de una cantidad de movimientos proletarios, intelectuales, sociales, espirituales y morales.

Las ideas anarquistas son ya factores de un valor grande, innegable y reconocidas por muchos miles y miles de hombres en todas las partes del mundo. Pero no siendo el anarquismo una idea política, sino social, el anarquismo difiere de los partidos políticos en que se basa sobre la conciencia y la iniciativa individual de los hombres, y no sobre una fe, cualquiera que sea, rebañismo, o adhesión incondicional. Y la participación de los individuos en el movimiento anarquista se basa sobre la conciencia y la voluntad de la personalidad humana para luchar por una vida social y una humanidad mejor, y no sobre los intereses materiales y económicos pasajeros, y menos todavía sobre una fe ciega y la sumisión.

Por eso el conocimiento del anarquismo y la conciencia anarquista son las bases primordiales y el fundamento ineludible para la actividad de cada anarquista por separado, como igualmente para los movimientos anarquistas de conjunto.

Sin conciencia anarquista no es posible que un hombre sea anarquista, sin conocimiento de este ideal es imposible ninguna actividad útil y de provecho para las aspiraciones de las masas humanas.

Por desgracia, la conciencia anarquista lo mismo que el conocimiento del anarquismoestán bastante poco y débilmente desarrollados entre las grandes masas humanas. La mayoría de los hombres simpatizan con las ideas anarquistas sin conocerlas y participan en los movimientos anarquistas sin base firme, o convicción anarquista basada en el estudio y conocimiento profundo del desarrollo humano y social.

La adhesión y simpatía a las ideas anarquistas en la mayoría de los casos se basan todavía, como en los partidos políticos, sobre la fe en el ideal, la simpatía hacia la actividad de sus hombres y muchas veces en el simple descontento de la actividad de los otros partidos y agrupaciones sociales.

Más aún. Este escaso conocimiento, semiconocimiento, y hasta desconocimiento mismo de los principios básicos del anarquismo, crea, muy a menudo, situaciones equívocas, inconvenientes y hasta situaciones peligrosas para las ideas anarquistas. Cualquier descontento, cualquier charlatán capaz de decir algunas palabras fuertes contra las cosas y los grupos ideológicos existentes, descalificados por su ineficacia y esterilidad, es muchas veces tomado, calificado y aceptado como anarquista, cuando en realidad ni él mismo sabe qué quiere, ni conoce el anarquismo, no siendo muchas veces más que un simple aventurero, o deshonesto y canalla.

Todo esto es posible solamente porque los anarquistas se preocupan muy poco de la propaganda de las ideas y conceptos anarquistas. Pero el cambio radical en las relaciones humanas y sociales se acerca y los anarquistas están obligados a pensar bien qué tienen que hacer ahora para que la revolución que se acerca logre dar a las masas humanas el máximo posible de sus aspiraciones. Porque la revolución futura será social y anárquica en la medida de la conciencia y la actividad anarquista de las masas humanas que participen en esta revolución.

La revolución rusa ha demostrado que una revolución es popular y social en cuanto las masas humanas son socialmente activas e ideológicamente preparadas.

Una gran parte de los anarquistas son comunistas. Pero ante todo ellos son anarquistas. Están por el comunismo libertario; esto es, por un comunismo libremente aceptado y organizado diversamente según las distintas condiciones y las voluntades de los asociados. Quien prefiera trabajar individualmente o con cualquier otro sistema distinto del comunista, lo más que tendrá que hacer es poder hacerlo, siempre que no explote el trabajo ajeno. Los anarquistas comunistas están convencidos que pronto la práctica demostrará que el anarquismo comunista es el medio de convivencia social que mejor utiliza las fuerzas humanas y deja más ancho campo a la libertad individual. Pero sobre esto el porvenir dirá si los anarquistas comunistas tienen o no tienen razón. Ellos no quieren imponer nada por la fuerza y no quieren soportar ninguna imposición. Porque la idea fundamental del anarquismo es precisamente la eliminación de la violencia en las relaciones humanas.

Ellos son anarquistas comunistas. Pero el comunismo impuesto por esbirros, no solamente no lo aceptan, sino que lo combatirían con todas las fuerzas, junto con todos los otros anarquistas, porque tal comunismo no solamente violaría la libertad que les es querida, no solamente no lograría producir efectos benéficos, porque le faltaría el concurso cordial de las masas y porque tendría que contar tan sólo con la acción estéril y perniciosa de los burócratas, sino que, sin duda, conduciría a la rebelión, la cual, siendo por las circunstancias anticomunista, peligraría con acabar en una restauración burguesa y capitalista.

Ellos están convencidos que sin la anarquía, sin la libertad, se puede concebir un convento de los católicos, un régimen despótico-paternal de los jesuitas o cualquier despotismo al estilo asiático, pero no un comunismo de hombres conscientes, civilizados, cultos y evolutivos.

Cómo entienden los anarquistas el comunismo libertario

El comunismo es un ideal. En el comunismo, según la fórmula clásica, cada uno da según su capacidad y cada uno toma según sus necesidades. Pero esta fórmula clásica puede subsistir solamente si se funde con la otra: cada uno da y toma lo que quiere. Mas esto presupone la abundancia y el amor.

Por eso el comunismo, para ser posible, para ser realidad la comunión de las almas y de las cosas y no ya la vuelta a la esclavitud, debe surgir localmente, entre grupos afines, por la experiencia de las ventajas materiales que reporta, por la seguridad que inspira, por la satisfacción de los sentimientos de sociabilidad, de cordialidad, que están en el alma de cada ser humano y que se manifiestan y se desarrollan inmediatamente después de cesar la necesidad de la lucha contra los demás, tendente a asegurar la existencia propia y la de las personas más queridas. El comunismo, en fin, debe estar primero en los sentimientos y después en las cosas. Se vive en comunismo si se ama y en proporción a cuanto se ama. Se da más al débil, al que más necesidades tiene y cada uno está contento de concurrir al bienestar común solamente si existe la armonía, el amor entre los miembros del grupo y la convivencia.

Para llegar al comunismo es necesario y suficiente que todos los hombres tengan asegurados la libertad y los medios de producción, que nadie pueda imponer a otros su propia voluntad y ninguno pueda obligar a los demás a trabajar para él.

A fin de poder realizar estas condiciones, los anarquistas comunistas creen que será inevitable una revolución. Pero una vez abatidos los obstáculos materiales (el gobierno, la explotación y los privilegios económicos) que se oponen a la realización de una convivencia libre y de bienestar general, toda violencia no solamente será inútil, sino dañosa, nefasta y criminal, porque ahogará toda espontaneidad y toda posibilidad de cambio real y productivo, someterá de nuevo los intereses de los individuos y de las colectividades a los intereses de una casta gobernante, porque en la mejor de las hipótesis vendría a imponer con la fuerza el bien que no puede subsistir si no es libremente deseado.

* * *

Los anarquistas comunistas sostienen que el comunismo puede y debe ser solamente voluntario, libremente deseado y aceptado, pues si, por el contrario, debiera ser impuesto por la coacción o por la fuerza, produciría una tiranía más monstruosa para después causar el retomo al individualismo burgués en las relaciones económicas de los hombres.

Para organizar convivencias comunistas en gran escala sería necesaria una reconstrucción radical de toda la vida económica de la humanidad, y para una obra de tal magnitud es necesaria la participación de las grandes masas humanas con sus aportes voluntarios de amor y de sacrificios para tal obra ; pero si, al contrario, creyeran crear el comunismo haciéndolo de un solo golpe, por la voluntad y la prepotencia de algunos hombres o algún partido, las masas, acostumbradas a obedecer y servir, tomarían las nuevas formas de vida como nuevas leyes impuestas por un nuevo gobierno, y si se les sometiera, esperarían que el poder superior prescribiera a cada uno los nuevos métodos de trabajo y midiera sus necesidades de consumo.

Y el nuevo poder, no sabiendo y no pudiendo satisfacer la multitud de las diferentes y muy a menudo contradictorias necesidades y deseos, y no deseando declararse a sí mismo inútil, dejando a los mismos interesados la libertad de actuar su vida como querrán y como podrán, crearán de nuevo un Estado, basado como todos los Estados sobre las fuerzas militares y policiales, y los cuales, si consiguen afianzarse, no harán otra cosa que reemplazar a los dueños viejos por nuevos y todavía más fanáticos.

Bajo el pretexto, y a veces con deseos completamente honestos y sinceros, de resurgir el mundo con un nuevo testamento, ellos desearán imponer a todos un único reglamento, una única regla de conducta, declararán abolida la libertad y harán imposible la iniciativa libre. Y el resultado de todo esto será la desorganización y paralización de la producción, un comercio ilegal y especulativo, una burocracia prepotente, la miseria general y, al fin, un más o menos completo retroceso a las mismas condiciones de opresión y explotación que la revolución quiso abolir.

La revolución bolchevista en Rusia no debe perderse inútilmente para la experiencia humana.

En general ningún sistema económico puede ser vital y libertar totalmente la humanidad de la esclavitud hereditaria, si ello no es el fruto de una evolución libre. Las sociedades humanas, si ellas tienen que convertirse en convivencias de hombres libres y que cooperen en el máximo bienestar para todos, y no solamente convenios o despotismos que se sostienen sobre prejuicios religiosos o fuerza brutal, no pueden ser creaciones artificiales de un hombre o de una secta. Tienen que ser el resultado de las necesidades y de las voluntades de todos sus miembros, los cuales, probando y experimentando, encuentran las formas de convivencia y las instituciones que en el momento dado son las mejores posibles, y las desarrollan y cambian a medida que cambian los ambientes, las circunstancias y las voluntades.

Por lo tanto, se puede tener preferencia por el comunismo, por el individualismo, por el colectivismo o cualquier otro sistema imaginario, y trabajar con la propaganda y el ejemplo para la conquista de sus propias aspiraciones, pero hay que cuidarse siempre, bajo el peligro de un fracaso seguro, de las pretensiones que el sistema propio sea el único, infalible y bueno para todos los hombres, en todos los lugares y en todos los tiempos, y no llevarlo a la conquista de ninguna otra manera que por la convicción y que sea consecuencia de la realidad de las cosas.

Lo que es importante, lo que es necesario es que el punto de partida consista en la aseguración por todos los medios necesarios para ser libres.

Los anarquistas tendrán una misión especial: ser los guardianes de la libertad contra todos los buscadores de poder y contra las posibles tiranías de las mayorías.

* * *

Los anarquistas saben bien, y jamás lo olvidan, que para la reorganización de la vida social no existe y no puede existir camino medio, y que para la convivencia anarquista comunista sólo pueden existir los dos siguientes caminos: o la Comuna será una convivencia verdaderamente libre y voluntaria y los que vivirán en las Comunas tendrán el pleno derecho de introducir en ellas todas las instituciones que sus miembros desearán experimentar y producir todos los cambios, todas las reformas o las revoluciones en sus senos que crean necesarias y deseables; experimentar cualquier forma de posesión, de trabajo, relaciones, intercambios, conducta y moral que no estén en contradicción con las finalidades aspiradas, y hasta tener el derecho de errar o crear convivencias específicas, a veces contradictorias, para así, por medio de la libre iniciativa y libre experimentación, seguir perfeccionando y mejorando las convivencias humanas; o la Comuna quedará como lo que es ahora, es decir, no será nada más que una organización autoritaria, una repartición del Estado, coartada en todas sus iniciativas y actividades y que arriesga chocar a cada paso con el Estado, en cuyo choque, claro está, la victoria será siempre de parte del Estado.

Pero hay algo más que el anarquista jamás olvida ni debe olvidar: para el comunista autoritario, igual que para el ciudadano medieval, su Comuna es y fue un Estado estrictamente separado de los otros Estados por fronteras; mientras que para los anarquistas comunistas la Comuna no es una unidad territorial, sino más bien un concepto general de una unión de iguales, que no conocen ni muros urbanos ni fronteras. La Comuna anarquista no podrá tener fronteras definidas o ser circunscrita a un territorio definido, y menos todavía conocerá las divisiones por raza, nacionalidad, casta o clase. Será una unidad de hombres libres que se asociarán voluntariamente para poder convivir en armonía libre y voluntaria, respeto, tolerancia mutua y amor.

Cada unificación dentro de una Comuna, inevitablemente buscará acercamiento con otros grupos con los mismos intereses que viven en otras Comunas; estos grupos se trenzarán entre ellos, por lo menos, de la misma manera que con los miembros de su propia Comuna. Y así se creará una Comuna de intereses comunes, los miembros de la cual estarán diseminados en miles de aldeas y ciudades. Los miembros de una Comuna anarquista encontrarán satisfacción solamente cuando se unan con los hombres que tienen las mismas necesidades, las mismas aspiraciones e inclinaciones en miles de otras Comunas.

Hoy en día muchas sociedades ya empiezan a desarrollarse según estos conceptos en todos los ramos de la actividad humana. Los hombres se unen ya no solamente para fines científicos, literarios y artísticos. Tampoco se crean las uniones solamente para la lucha por mejoras inmediatas. Es difícil ya encontrar entre las múltiples y diferentes actividades humanas una en la cual no se ha creado alguna unificación de ayuda mutua de intereses y aspiraciones, de cultura y de divulgación, de intercambio intelectual y moral, o de entretenimiento. Y la cantidad de tales unificaciones crece y aumenta diariamente.

La Unión Libre y Voluntaria es la dirección en la cual se desarrollan las relaciones humanas en el último siglo y en la primera mitad del actual; es su contenido y su forma de actividad, es su dirección característica.

En esta dirección, en la cual están ahora abiertos vastos campos de actividad y de infinitos horizontes, va la creación de la sociedad nueva.

De las libres y voluntarias uniones se creará la Comuna anarquista, y son justamente estas uniones las que voltearán los muros que derribarán los postes fronterizos y abolirán las fronteras. Surgirán millones de Comunas sin fronteras, aspirando a tenderse manos fraternales a través de ríos, de montañas, de mares y océanos que les separan, unificando a hombres y pueblos sobre la tierra toda, en una sola familia de hombres iguales y libres.

Los anarquistas y la dictadura del proletariado

Sobre la tierra domina actualmente la locura dictatorial. Todo el mundo está abrazado por esta anormalidad morbosa, y no hay ahora lugar sobre la tierra donde la dictadura, en una u otra forma, oculta o abiertamente, no se manifieste. Y la dictadura del proletariado no es más que una rama de la idea común de la dictadura, de la psicosis general, y el entusiasmo que por estos métodos de gobierno tienen las masas laboriosas.

Pero la idea de la dictadura del proletariado tiene su significado especial para las masas trabajadoras, porque esta dictadura se ejerce en su nombre y, aparentemente, para el bien de ellos mismos.

Por la influencia de la doctrina marxista, los sueños y esperanzas de las masas obreras de las ciudades se basaban, en los últimos decenios, en la dictadura del proletariado. Especialmente tomó impulso esta idea después de la revolución rusa del año 1917, cuando en nombre de los obreros y de los campesinos se apoderaron del gobierno los partidarios políticos de la izquierda: los socialdemócratas bolcheviques y los socialistas revolucionarios de la izquierda.

El pueblo laborioso del mundo entero se estremeció, creyendo, una vez más, que por fin había llegado el momento, largamente esperado, de la liberación de las masas trabajadoras; que había llegado el momento de vivir una vida nueva en una sociedad libre e igualitaria, y que se iniciaba una nueva era en la vida de la humanidad.

Pero poco tiempo duró el regocijo de las masas laboriosas. Pronto empezó a sentirse que la dictadura del proletariado no es más que una reforma de poder y un poder cruel e insoportable, igual que todas las demás formas de poder. Y el mareo del entusiasmo empezó a atenuarse poco a poco, y muchos de las masas laboriosas hasta llegaron a desesperarse, perdiendo la fe en la libertad y la buena voluntad de los hombres, viendo en la fuerza física, en la coerción y en la violencia los únicos medios de expansión y de actividad social. Y seguían y aceptaban a cualquier aventurero, a cualquier dictadura o régimen de fuerza.

Y como consecuencia de esta desilusión y desesperación de las masas humanas surgieron el fascismo y el nacionalsocialismo. Desengañados en la bondad de la dictadura del proletariado, se ilusionan con la dictadura de algún héroe, de algún salvador.

He aquí por qué es tan necesario discutir y estudiar la idea y la práctica de la dictadura del proletariado y elaborar y difundir un concepto claro y definido sobre este problema.

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Hay muchos que quieren ver todo el mal que aqueja a la idea y la práctica de la dictadura del proletariado en Rusia en la maldad y la deshonestidad de una u otra persona, y todo el problema de la dictadura del proletariado lo reducen a cuestiones de bondad o maldad personal de algunos dirigentes.

Pero el problema es demasiado serio e importante para verlo reducido a cuestiones de personas y poder resolverlo con métodos de ataques personales.

Especialmente, cuando las ideas no se matan ni se destruyen con juicios y condenas arbitrarias de personas aisladas, defensoras o sostenedoras de estas ideas. Es necesario luchar con la idea misma de la dictadura del proletariado. Mas para combatir una idea es necesario, es imprescindible, conocer el contenido y las bases teóricas de esta idea.

Y estudiando bien la revolución rusa, se verá que ella dio los resultados que podía dar después de tantos años de propaganda revolucionaria de la idea de la dictadura del proletariado por todos los partidos políticos y agrupaciones sindicalistas. Como el movimiento fascista es la consecuencia del concepto que se ha inculcado a las masas sobre el valor de la violencia en la vida individual y social, así la dictadura es la consecuencia inevitable del concepto autoritario, de la idea del derecho del más fuerte.

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Existen dos interpretaciones del origen y del desarrollo de la vida. Una, que considera que la vida fue creada y es mantenida por fuerzas extrañas a la Naturaleza, que están fuera de la vida: dioses, héroes, la revolución, etc. Otra, que considera que la vida no es más que la manifestación de las fuerzas naturales y las propiedades de la materia, cuyo origen aún no está determinado, y cuyas manifestaciones son libres y limitadas únicamente por las posibilidades naturales. Unos son monistas y creen que la vida se rige por el derecho del mejor dotado o del más fuerte y, especialmente, por la ley de «la lucha por la existencia», los otros son pluralistas y creen que la vida no es más que la mayor o menor armonía de las fuerzas naturales existentes.

De estos dos conceptos emanan todos los demás, con algunas inclinaciones hacia uno u otro de ellos.

Esta misma distinción de conceptos sobre origen y desarrollo de la vida de la Naturaleza conduce también a distintas interpretaciones de los caminos del desarrollo de la vida social y de tal o cual fenómeno de la vida de la sociedad o del individuo, igual que la de la Revolución Social y los métodos de la realización de ésta.

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Según la teoría de los socialistas y sindicalistas, en la vida rige la ley del derecho del más fuerte, más capacitado y más audaz, y que la lucha de todos contra todos es la base de la vida social y de la sociedad humana. Por consiguiente, según ellos, es imprescindible la existencia de una fuerza moderadora, es inevitable que exista una fuerza física permanente capaz de reprimir cualquier desviación de las líneas de conducta y las relaciones sociales preestablecidas y defender el derecho del más fuerte y el más audaz a conservar los privilegios, que en una u otra forma pudieron conseguir. De ahí también los socialistas, y especialmente los marxistas, deducen la inevitabilidad y necesidad de la existencia del capitalismo, el cual, desarrollando la industria y proletarizando las masas, prepara el camino para que los obreros lleguen al poder estatal y reconstruyan la vida de la sociedad. Sostienen la necesidad de que el proletariado debe contribuir al desarrollo del capitalismo nacional de cada país, porque, según ellos, solamente de la sociedad capitalista podrá surgir la sociedad socialista, la sociedad en la cual los obreros detentarán el poder estatal. Porque únicamente los obreros, y no todos los trabajadores, serán capaces de substituir a los capitalistas en el poder y en la dirección de la vida social y económica de cada país.

Solamente cuando por el proceso histórico se operará la descomposición del capitalismo y los obreros se adueñarán del poder y crearán la sociedad socialista, la autoridad estatal irá desapareciendo paulatinamente y la sociedad quedará no solamente sin capitalismo, sino también sin autoridad del hombre sobre el hombre.

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«El primer paso de la revolución obrera será la transformación del proletariado en clase dominante» (Manifiesto comunista), sostenían Marx y Engels.

«El proletariado toma el poder estatal en sus manos y ante todo convierte los medios de producción en propiedad del Estado. Pero así se anula a sí mismo como proletariado y también anula todas las distinciones y antagonismos de clases, y junto con ello al Estado» (Engels, Anti-Dühring).

Pero «ante la sociedad capitalista y la comunista está la transformación de la primera en la segunda. A este período corresponde el período político de transición, y el gobierno de este período no puede ser otra cosa que la dictadura revolucionaria del proletariado» (carta de Marx a Bracke del 5 de marzo de 1875).

Así fundamentaban Marx y Engels la teoría de la inevitabilidad de la dictadura del proletariado. Y todos los marxistas siguen sosteniendo lo mismo, explicando cada uno a su manera las formas de su manifestación y los métodos de su aplicación.

He aquí cómo lo entendía, por ejemplo, un socialdemócrata menchevique durante la revolución rusa: «Una sola es la clase que está ligada por todos sus intereses al socialismo y que es indefectiblemente hostil al capitalismo. Esta clase es la clase obrera. En manos de esta clase caerá la dirección de la Revolución Social. Llegará el tiempo de la dictadura del proletariado, o sea de su poder para implantar y afirmar el socialismo» (N. Roskov, Capitalismo y Socialismo).

En poco se distinguieron entonces también Lenin y sus conceptos sobre la dictadura del proletariado, difiriendo únicamente en cuanto a la oportunidad de la implantación de éste y a las formas de manifestación de la misma.

De toda la historia del socialismo y de la lucha política dedujo Marx que el Estado deberá desaparecer, y que la forma transitoria de su desaparición (el paso del Estado al no Estado) será «el proletariado organizado en clase dominante».

Pero «el proletariado necesita el gobierno por un tiempo únicamente».

«No somos utopistas. No somos “soñadores” en que podamos arreglarnos desde un principio sin ninguna dirección, sin ningún sometimiento. Estos sueños anarquistas, basados en la incomprensión de los problemas de la dictadura del proletariado, son en sus raíces extraños al marxismo y de hecho sirven tan sólo al aplazamiento de la revolución socialista hasta que los hombres sean diferentes. No, nosotros queremos hacer la revolución socialista con los hombres tales como son ahora, los cuales sin sometimiento, sin control, sin “vigilantes y contadores”, no podrán vivir.

»Pero someterse es necesario a la vanguardia armada de todos los explotados y trabajadores: el proletariado.» (Lenin: Estado y Revolución.)

Pero el que más claramente definió la dictadura del proletariado fue el profesor Varga, ex comisario del pueblo durante el gobierno de los Soviets en Hungría, en el prefacio de su libro: Les problémes économiques de la dictadure prolétarienne:

«No hay otro camino para llegar a la sociedad socialista que la dictadura del proletariado.

»Las formas de esta dictadura pueden ser distintas: habrá, probablemente, países que no adoptarán la forma de Soviet como en Rusia, sino otros sistemas de organizaciones proletarias, que servirán de base a la dictadura. Es también posible que haya países en los que se conservará el parlamentarismo durante el mismo período de la dictadura. Y habrá también —lo esperamos— países en los cuales la dictadura se realizaría sin terror. Es absurdo querer predecir las formas que se crearán en el futuro histórico del nuevo orden social. Pero sin la dictadura del proletariado —o sea, sin el período transitorio durante el cual el proletariado será la clase dominante y encauzará la política del país, excluyendo a todas las otras clases de la sociedad capitalista— la transición del capitalismo al socialismo será imposible

Tal es en realidad la esencia de la teoría de la dictadura del proletariado. Y en la forma de una dictadura del proletariado dirigida por el partido comunista fue aplicada en la práctica en varios países, y especialmente en Rusia, y dio resultados palpables y definidos, que enseñaron a las masas humanas la esencia de la dictadura proletaria y lo caro que tenía que pagar el pueblo trabajador ruso este experimento comunista. Ha mostrado a las masas humanas cómo no se debe hacer una revolución social por medio de la dictadura de una clase o grupo social. El experimento ruso ha demostrado claramente que la dictadura del proletariado no es más que una nueva forma de opresión y explotación de las grandes masas humanas, que se encuentran a merced de algún héroe, o algún genio.

* * *

Pero con todo esto la idea de la dictadura de la clase obrera no fue extirpada. Sobre las masas laboriosas pende aún la espada de Damocles de esta idea autoritaria. Y, según parece, la humanidad, y especialmente la humanidad laboriosa, no se curará de esta enfermedad psíquica hasta que no reniegue y rechace la esencia misma de la dictadura en general.

Porque todos los movimientos de los trabajadores, que se adornan o se visten con distintos ideales, el ideal anarquista inclusive, están, en realidad, impregnados de esta idea de la supremacía y de la importancia de una u otra clase y de la inevitabilidad del predominio de un grupo de hombres sobre otros grupos, de una clase sobre las demás clases. Todas estas organizaciones, unificaciones o grupos reúnen generalmente a los hombres creyentes en el autoritarismo y en el derecho de imponer la voluntad de su grupo a los demás hombres.

Y la revolución próxima, si es que estallara en breve, tendrá inevitablemente un carácter autoritario y de opresión, aunque ella se realice no bajo la bandera de un partido político, sino de organizaciones económicas o sindicales.

Porque la idea de la supremacía de la clase obrera en la revolución y de su dictadura —aunque en una forma menos aguda— es sustentada también por los sindicalistas, los industrialistas y por algunos anarquistas.

Ya antes de la revolución rusa de 1917 hubo en las filas anarquistas hombres que sostenían el punto de vista sindicalista y que al mismo tiempo reconocían la inevitabilidad de un período transitorio, durante el cual el proletariado ejercerá su dictadura:

«Para nosotros (los anarcosindicalistas) no hay la menor duda de que a la realización del ideal anarquista de la comuna “exterritorial” deberá preceder el período del régimen “sindicalista”, lo que únicamente se podrá realizar mediante el “adueñamiento de Poder” por los sindicatos obreros. Y la realización de la dictadura del proletariado, en este sentido de la palabra, se convertirá inevitablemente en objeto principal de la revolución obrera...» (M. Raevsky: Anarcosindicalismo y sindicalismo crítico.)

Como se ve, lo único que separaba entonces a los anarcosindicalistas de los marxistas fue quién ejercerá esta dictadura, quién se beneficiará de este poder extraordinario: una organización política, o una organización económica de los obreros.

En el mismo sentido está la resolución tomada por los industrialistas en el Congreso de Chicago de 1920 (sección rusa):

«Reconociendo que en el período revolucionario, a fin de sofocar la resistencia de las fuerzas reaccionarias y las de los servidores del capitalismo, habrá que contraponer a la fuerza del capitalismo la fuerza mancomunada de los productores revolucionarios; reconociendo que para la lucha revolucionaria es necesario concertar toda la fuerza en manos de los elementos avanzados de los productores organizados, reconocemos también que el Comité Ejecutivo de los Obreros Industriales del Mundo (IWW), ayudado por los delegados de las organizaciones locales, tendrá la obligación de ejecutar la voluntad de los trabajadores revolucionarios.

»Sin dar importancia al problema de la fundamentación teórica de la dictadura del proletariado, somos partidarios de la implantación práctica de la dictadura de las Uniones Obreras Industriales de abajo arriba...»

En el mismo terreno del reconocimiento de la supremacía de la clase obrera en la dirección de la vida económica y social y en la reconstrucción de la sociedad por las organizaciones se colocaron también el Congreso de los sindicalistas revolucionarios de 1920 en Berlín y la Asociación Internacional de los Trabajadores:

«1. La Asociación Internacional de los Sindicatos Revolucionarios se coloca incondicionalmente en el punto de vista de la lucha revolucionaria de clases y del poder de la clase obrera.

[...]

»3. La clase obrera no será capaz de abolir la esclavitud económica, política y moral de la sociedad capitalista, si no recurre a los medios más extremos que le proporciona su poder económico y que encuentra su expresión en la acción revolucionaria directa de la clase obrera, la única capaz de realizarlo.

»4. La Asociación Internacional de los Sindicatos Revolucionarios considera que la organización y la dirección de la producción y del consumo es el objeto de las organizaciones económicas de cada país.» (Congreso de diciembre de 1920 en Berlín.)

«1. El sindicalismo revolucionario, apoyándose en la lucha de clases, tiende a la unificación de todos los obreros manuales e intelectuales en organizaciones económicas de combate en nombre de la liberación del yugo del Capital y del Poder.

»Su objeto es la reconstrucción de toda la vida social a base del comunismo libertario, mediante la acción común de la clase obrera misma.

»Considerar que únicamente las organizaciones económicas del proletariado son capaces de ejecutar esta obra...

»2. A la política del Estado y del partido contrapone las organizaciones del trabajo; al gobierno de los hombres la dirección de las cosas.» (Estatutos de la AIT) (Subrayado por el que escribe, A. G.)

Estas citas tomadas al azar, y que se podían traer aquí en gran cantidad, demuestran claramente que no son solamente los marxistas que adolecen del mal de la dictadura del proletariado y que sostienen la idea de la supremacía de la clase obrera. Estos conceptos corroen todos los ambientes revolucionarios y contaminan las masas obreras y trabajadoras.

Y muchas agrupaciones que en la actualidad atacan furiosamente la política y el poder de los comunistas en Rusia, son al mismo tiempo partidarios declarados de los métodos comunistas. Porque se puede ser adversario de la dictadura del partido comunista y partidario de lo inevitable de un período transitorio y de la dictadura de la clase obrera, o sea de los métodos marxistas.

Las revoluciones, como la vida social en general, son las consecuencias y las resultantes de las fuerzas que las preparan y que actúan eficazmente en ellas. Y de la calidad ycantidad de los esfuerzos de los anarquistas antiautoritarios, antes y durante la revolución, dependerán sus resultados y su iniciación hacia el antiautoritarismo.

Porque la idea de la dictadura de la clase obrera todavía sigue dominando los espíritus de la mayoría de los trabajadores y pende aún como un sueño pesado sobre las masas obreras. Y la humanidad, y sobre todo la humanidad laboriosa, tendrá que sufrir de esta enfermedad psíquica hasta que reniegue de la esencia misma de la dictadura de la clase obrera.

* * *

Muchos creen que la dictadura del proletariado apareció con el gobierno comunista. Pero, en realidad, la actual dictadura rusa en gérmenes existía entre las masas humanas y se infiltró en toda la vida social mucho antes de estallar la revolución rusa de 1917. El principio autoritario, que es la base de cada dictadura, se manifestaba ya antes, como se manifiesta claramente ahora en todos los partidos políticos y en todas las organizaciones obreras. Y su adaptación en una escala social no es más que la consecuencia del espíritu y del principio autoritario que reinaban y reinan en las organizaciones obreras y en los vastos movimientos políticos, económicos y culturales de las masas humanas y laboriosas.

Muchos ven todo el mal y el horror de la revolución rusa en sus manifestaciones exteriores y superficiales, en aventureros aislados que hablan en nombre de todos los trabajadores de Rusia. Mas en realidad todo el mal de la práctica de la revolución rusa está en la psicología de las masas, en sus conceptos e ideas y en la interpretación de la vida, que durante muchos años les inculcaban los socialistas, los sindicalistas y hasta una parte de los anarquistas: la creencia en la supremacía y en el rol histórico especial de los obreros en el desarrollo de la humanidad. No el rol de cada trabajador como hombre, sino el rol del conjunto obrero como clase elegida por la historia para dirigir la vida social de la humanidad, su misión como obrero para ocupar el lugar del noble, del dirigente, del privilegiado.

El obrero en nuestros días se glorifica de: «¡Soy proletario!» o «¡Soy obrero!», igual que el noble de antaño, que se sentía un ser superior, cuando declaraba con tono grave: «¡Soy noble!». Y bien tenía razón Gorki cuando escribía: «... Si el obrero dice: ¡Soy proletario!, con el mismo tono repugnante de casta como antes el noble decía: ¡Soy noble!, a este obrero hay que ridiculizarlo implacablemente». Y con tanta más razón, cuanto que este tonto orgullo de casta o de clase quieren utilizarlo diferentes agrupaciones para fines políticos y demagógicos. Para cada hombre consciente e idealista honesto el: ¡Soy proletario!, suena tan desagradablemente y tan repugnante como antes el: ¡Soy noble!

* * *

Precisamente en este absurdo orgullo de ser proletario y en esta idea fija de la misión histórica de la clase obrera, que es también predicada por muchos anarquistas, hay que buscar la causa principal del fracaso de la revolución rusa de 1917. Y la consecuencia de este concepto fue que en lugar de los privilegiados y gobernantes de la casta de los explotadores, tiene el pueblo ruso privilegiados y gobernantes de la clase de los explotados de ayer. Lo que los obreros y los trabajadores tenían impreso en su mente no era una unión libre de los hombres y la creación práctico-experimental de una vida nueva, sino el principio autoritario y la organización y regularización estatal e impositiva de la vida humana y social, Y esto justamente era lo que se realizó en la revolución rusa, con la ayuda de todos los partidos políticos revolucionarios y muchos sindicalistas y anarquistas.

E igual ocurrirá con las demás agrupaciones sociales, como los sindicalistas, los industrialistas o los anarquistas que creen en la misión histórica y la supremacía obrera y que sostienen «que únicamente las organizaciones económicas son capaces de cumplir este objeto...».

Por esto no es de tanta importancia quien esté en el poder en nombre de la clase obrera. Lo que importa es la psicología que se forma en el obrero, en el trabajador, en el revolucionario honesto al tener el Poder en sus manos; en lo que se convierte la persona que se convierte en gobernante, y cómo el veneno de la autoridad influye sobre las personas y los grupos que poseen el Poder.

En este sentido el estudio detenido de la dictadura de la clase obrera en Rusia es de un valor inapreciable y puede enseñar muchas cosas a cada uno que quiere sacar algún provecho de este experimento autoritario-socialista.

La corrupción del partido que está en el Poder ha superado todo lo que se pudo prever, sin excluir sus miembros más honestos.

Los obreros y trabajadores de ayer, una vez llegados al Poder, se corrompen y se convierten en burócratas y tiranos implacables y feroces. No lo evitaron tampoco los anarquistas que estaban en el ejército rojo, en los destacamentos militares y en el movimiento makhnovista. Porque «no hay peor veneno que el poder del hombre sobre el hombre».

La posibilidad de permanecer en el Poder lleva a estos ex obreros a convertirse en políticos profesionales, y entre ellos y los que quedan en los talleres, fábricas, campos, oficinas y escuelas se crea un abismo tan profundo como el que existe entre los obreros y los privilegiados en los países capitalistas.

Hay que hacer notar aquí que este proceso psicológico en los que se convierten en privilegiados o gobernantes no es la consecuencia de la maldad de estos hombres, o del partido, sino su desgracia. Con toda la honestidad de la mayoría de los comunistas y con todas las buenas intenciones de muchos de ellos de proporcionar la felicidad a las masas trabajadoras rusas, el Poder les corrompió y les convirtió en lo contrario de lo que ellos sinceramente deseaban ser: en enemigos de los trabajadores y en perseguidores implacables de todos los verdaderos revolucionarios y de todos los que se permiten estar en desacuerdo con sus experimentos y prácticas sociales ruinosas, y que el pueblo trabajador paga tan caro con su bienestar y hasta con su vida en cantidades apreciables.

Lo mismo sucederá con cualquier otro grupo de hombres que quiera gobernar o dirigir los asuntos sociales. Porque la lucha social se producirá no solamente entre clases o capas sociales, sino dentro de los grupos y las clases mismos, si es que se puede hablar seriamente de clases sociales.

Porque si mañana cualquier organización obrera tomara la dirección de las cosas en sus manos —todos los obreros no podrán gobernar y dirigir, aparte que están divididos en grupos ideológicos que se odian mutuamente a veces hasta más no poder—, se entablará inevitablemente la lucha entre las organizaciones y movimientos obreros de diferentes ideologías y diferentes tendencias, y una lucha muy sangrienta. El experimento ruso lo confirma sin dejar lugar a dudas, igual que los episodios de las revoluciones de la postguerra de Alemania, Hungría y otros países. El obrero comunista en Rusia persigue y mata a sangre fría al obrero socialista, anarquista o sin partido por no estar éste dispuesto a someterse a su voluntad. El obrero socialista en Baviera y Hungría ayudaba a los capitalistas y militaristas de sus países a exterminar a los obreros comunistas y anarquistas que querían introducir algún cambio radical en la vida social y económica de sus países. Y en todos los países del mundo las diferentes organizaciones obreras luchan entre ellas encarnizadamente, sometiendo los intereses sociales de la humanidad a los intereses de su grupo o de su organización. Sin hablar ya de las organizaciones obreras católicas, fascistas y reaccionarias, masas enteras de obreros en Italia y Alemania se han convertido, igual que cualquier otro hombre, en los pilares de la reacción más abyecta y más sanguinaria y bárbara, como el fascismo.

En realidad no existen clases de intereses económicos, sino de intereses pasajeros de grupos, y tampoco existe como tal la clase obrera; y es por eso que no hay país en el que no luchen entre sí varias organizaciones obreras y que no se arrogue cada uno de ellos la representación genuina de la clase obrera.

Para que la reconstrucción social sea realmente útil para la causa de la liberación de las masas laboriosas del yugo de la explotación y de todos los hombres de la opresión de la autoridad, es imprescindible luchar no solamente contra el autoritarismo capitalista, sino contra toda forma de autoridad y contra toda forma de dictadura.

La propaganda debe ser no solamente anarquista, sino también antiautoritaria y libertaria.

Porque el anarquismo no es un sueño de lejano porvenir. El anarquismo es la interpretación real de la vida como un proceso incesante de desenvolvimiento y perfeccionamiento. Y cada obrero, cada trabajador, cada hombre que entra en la vida revolucionaria, en la actividad social, desde que enaltece y perfecciona su personalidad, la hace más grande, más socialmente útil, más hermosa y más meritoria, mientras su participación en la vida como hombre de ideas nobles y humanas, como anarquista y antiautoritario, despierta, elabora y prepara en los demás hombres y en el ambiente en el cual él se desenvuelve y activa personalidades más elevadas que las actuales y cimenta las bases para una vida futura mejor, más justa y más humana que la existente.

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De cada hombre, de todos los que activan las ideas anarquistas, depende la futura vida. He aquí por qué es necesario trabajar incesantemente para que cada individuo, cada ser humano se compenetre con las ideas anarquistas, comprenda bien el verdadero valor de la dictadura y trabaje para que la vida nueva esté basada sobre principios de libertad y ausencia de toda forma de autoridad, inclusive la del proletariado. Solamente entonces se creará una verdadera posibilidad para la creación de una convivencia social sin cadenas ni verdugos y se descubrirán todos los tesoros ocultos que contiene el hombre y la humanidad para poder convivir en ayuda mutua, solidaridad y amor.

La humanidad —toda la humanidad— se lanzó en busca de una vida mejor, todos los hombres condenan lo viejo y buscan algo nuevo y mejor, que terminaría con esta sociedad de hambre, dolor y sufrimientos. Y las nuevas revoluciones no están lejanas.

Los socialistas y los comunistas ya mostraron lo que se puede esperar de sus ideas y de ellos mismos, y ya están en el pasado. La aplicación de sus conceptos autoritarios y de sus métodos estatales y dictatoriales en la vida social ha llevado a una reacción más terrible y a un fascismo más bárbaro. El único ideal que no fue experimentado todavía es el anarquismo y sus métodos libertarios y antiautoritarios.

El socialismo y el comunismo autoritario fueron experimentados y han fracasado en sus intentos.

Y es a los anarquistas a quienes corresponde ahora preparar las masas humanas para que las futuras revoluciones sean antiautoritarias y para que los experimentos que se harán sean anárquicos y libertarios. Deben trabajar para crear personalidades humanas nuevas y libertarias entre las masas humanas en el presente y una vida individual y social mejor y libre en un futuro próximo.

El anarquismo y el gobierno revolucionario

El pueblo siempre da sus mejores fuerzas para la reconstrucción de los sistemas sociales. Pero, desgraciadamente, el pueblo no se ocupa conscientemente de la reconstrucción, o se ocupa poco y sólo en los momentos excepcionales que son las revoluciones.

Pero la desgracia más grande del pueblo consiste en que por todos lados está rodeado por «amigos» y «cuidadores» que se cobijan en casi todos los partidos políticos y que en los momentos más acalorados de la lucha del pueblo por su emancipación y liberación, en el calor del desarrollo de la obra destructora y creadora de las masas humanas se introducen en el movimiento ideológico y social y se dedican a «dirigir» la obra creadora y reconstructiva del pueblo, deteniendo el desarrollo de la obra revolucionaria y social en la mitad del camino, impidiendo así la realización completa de la liberación humana del yugo del capitalismo, del Estado y de la Iglesia.

La Historia está repleta de tales hechos.

Estos «amigos» y «benefactores» políticos mayormente juegan sobre sus sentimientos y sufrimientos y le dicen: «Sufres, vives en la esclavitud y la ignorancia. Nuestro corazón se destroza al ver tus sufrimientos y nos preocupamos sin cesar de tu bien. Pero tú mismo eres el culpable de tus sufrimientos. No quieres comprender que tienes malos amos, directores malos. Cámbialos y todo irá bien. Especialmente si nos pones a nosotros en lugar de ellos.»

Y el pueblo —este niño grande— les presta oídos, les cree y da sus vidas y su sangre para exaltarlos al Poder, con la esperanza de que los nuevos amos les traerán la libertad, el bienestar y la dicha. Embaucados por las charlatanerías de los políticos, que ocupan ahora el lugar de sacerdotes y curas, las masas humanas van de fracaso en fracaso, sembrando el camino de la vida social con cadáveres, sufrimientos, horcas, patíbulos, sangre y desdichas. Y así seguirán devorándose mutuamente, hasta que comprendan toda la inutilidad de seguir buscando buenos amos y buenos dirigentes, porque es imposible encontrarlos, y se darán cuenta de que es más simple y mejor y más razonable convivir en buena voluntad, hermandad y ayuda mutua, sin amos ni dirigentes, porque su misma naturaleza de privilegiados no les permite ser ni buenos ni humanos.

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Un idealista no debe tener miedo a la verdad y debe tener un concepto claro sobre el papel que puede y debe jugar en la vida, y también en la revolución. Porque no basta aceptar un programa de reivindicaciones sociales para ya tener derecho a llamarse socialista o anarquista, y menos todavía pretender serlo. Es necesario libertarse ante todo de los prejuicios religiosos, políticos y sociales que se inculcan al hombre por medio de la educación, el libro, la Prensa y la tribuna; es imprescindible compenetrarse una vez por todas con la idea de que un idealista no puede seguir por el mismo camino que la Iglesia, el Estado o el capitalismo en la realización de sus finalidades.

Es también imprescindible comprender que igual que las finalidades que persiguen los anarquistas difieren profundamente de las finalidades que perseguían la Iglesia y la burguesía en sus revoluciones, también deben diferenciarse los medios y los métodos de los anarquistas de los que usaban la Iglesia y la burguesía. Porque mientras éstos aspiraban al predominio de una u otra capa social sobre los demás hombres en intereses de su partido o grupo, los anarquistas aspiran a la abolición completa de todos los privilegios y de cualquier predominio o autoridad. Quieren renovar completamente toda la vida humana y social sobre bases de igualdad real, de bienestar general y de libertad para todos los hombres, y no solamente conquistar tales o cuales reformas o mejoras.

Únicamente basando su actividad sobre las bases enunciadas, los anarquistas y socialistas revolucionarios comprenderán y sabrán qué deben hacer y qué harán en el momento del despertar del espíritu revolucionario en las masas humanas, cuando todos los hombres aspiren a una renovación completa de la vida humana y social.

Tales hombres —hombres compenetrados por una base ideológica y espiritual firme y sólida— trabajarán consciente y asiduamente para amplificar, profundizar y afirmar en las masas humanas, con la palabra y la acción, de aspiraciones elevadas y nobles, de un deseo irrefrenable de conquistar libertad, bienestar e igualdad para todos los hombres sin excepción. Jamás tratarán de limitar la revolución, sino todo lo contrario, con todas sus fuerzas lucharán contra cualquier tentativa de limitarla, y especialmente contra cualquier tentativa de implantar y afianzar cualquier Gobierno revolucionario. Porque un Gobierno revolucionario siempre fue y será la muerte de la revolución.

El Gobierno revolucionario fue la causa del fin prematuro de la Revolución Francesa de 1789-93. El Gobierno revolucionario mató la revolución del año 1848. El jugar a Gobiernos revolucionarios llevó al desastre la Comuna de París de 1871. El Gobierno revolucionario de la «Dictadura del Proletariado» ha esterilizado y desnaturalizado la Revolución Rusa de 1917. Hasta tal punto que se convirtió en su propia negación. Y los anarquistas, y especialmente los trabajadores, deberían meditar bien sobre estos experimentos dolorosos y no permitir que esto se repita otra vez.

Bajo cualquier bandera que aparezca, cualquier nombre que se dé y cualquier forma que adopte, el Gobierno revolucionario siempre fue y será la limitación y mutilación de la revolución. Y hasta queriendo ser una ayuda para la obra reconstructiva en la vida social, no lo podrá ser por su carácter de autoridad. Una revolución significa derrocamiento del Poder existente y búsqueda libre de nuevas formas de convivencia, mientras que Gobierno revolucionario significa el triunfo de la autoridad, que es la negación de la libre reconstrucción social y del libre desenvolvimiento de la personalidad humana; el triunfo de la violencia organizada y de la ilegalidad legalizada, de la reacción y del autoritarismo.

En una revolución siempre sucede una de estas dos cosas: o el pueblo rompe y destruye todo el régimen viejo, y entonces no existe ninguna razón para recurrir a la creación de un Gobierno revolucionario, que solamente frenará y obstaculizará la obra revolucionaria e impedirá cualquier iniciativa libre de las masas humanas de reconstruir libre y experimentalmente las relaciones humanas y sus conveniencias sociales, como en general cualquier iniciativa espontánea en la obra revolucionaria y libertaria; o el pueblo no consigue triunfar o triunfa parcialmente, y entonces ningún Gobierno revolucionario lo podrá conseguir.

Por eso ningún revolucionario honesto o anarquista consciente debe ni puede tratar de crear un Gobierno y menos todavía una dictadura, sino todo lo contrario: tendrán que trabajar con todas sus fuerzas para impedir la creación y el afianzamiento de cualquier Gobierno y especialmente la implantación de una dictadura, incluso si es de su partido o del proletariado.

Porque un Gobierno siempre es un Gobierno y siempre hará todo lo posible para estrangular la revolución y eternizarse. Cualquier Gobierno que sea, siempre será autoritario, antilibertario y antipopular, y para sostenerse se verá obligado a apoyarse sobre fuerzas militares y policiales, y jamás sobre las fuerzas revolucionarias del pueblo en sublevación, estando siempre listo y preparado para salir al paso de las exigencias «exageradas» de las masas humanas. Y si un Gobierno revolucionario persigue a veces a los enemigos de la revolución y de la obra revolucionaria reconstructiva, lo hace para no perder el poder que ostenta (porque estos elementos se adaptan fácilmente al nuevo régimen y a menudo hasta ocupan puestos de responsabilidad en el nuevo Gobierno), mayormente y más despiadadamente persigue el Gobierno revolucionario a los defensores de la revolución social y libertaria, a los amigos de la revolución y del pueblo y que quieren llevar la obrarevolucionaria hasta su finalidad lógica y aspirada: crear una sociedad nueva sin violencia, sin imposiciones, fundamentada sobre bases libertarias, de respeto mutuo, ayuda recíproca, solidaridad, hermandad y amor.

Un Gobierno revolucionario, inevitable y fatalmente debe colocarse en la parte media entre la reacción y la revolución y convertirse en un fango en el cual encuentran lugar a su gusto toda clase de reptiles y de pillos.

La esencia básica de un Gobierno revolucionario es luchar encarnizadamente con todo lo que no se encuentra en el centro medio, con lo que está fuera de lo establecido y aceptado por los elementos mediocres que le componen. Y como esta lucha se lleva por un Gobierno que no se afianzó todavía bastante y no se siente seguro en el poder que ejerce, ella toma aspectos bestiales y salvajes y un carácter tan cobarde, enfermizo, inhumano y cruel, que lleva a la sublevación contra la revolución no solamente a los enemigos de ésta o a los elementos indiferentes y neutrales, sino hasta a los amigos más firmes de la revolución y de la obra revolucionaria y reconstructiva.

Todos los hombres amantes de la libertad y los que piensan y sienten independientemente, se ahogan bajo la presión de un Gobierno revolucionario, porque éste no permite ni hablar, ni obrar, ni pensar, ni expresarse libremente; y obliga a todos a rebajarse, mentir, ser esclavos, animales irracionales para que puedan subsistir y no perecer de hambre y de frío, o terminar sus días en las prisiones y los exilios.

De estas situaciones se aprovecha la reacción, la cual, explotando el descontento natural de las masas populares contra el Gobierno revolucionario, se arma y ataca no solamente al Gobierno revolucionario, sino también a la revolución y a la obra revolucionaria. Y cuando la reacción sale victoriosa, los mismos elementos reptiles, que se cobijan bajo el manto del Gobierno revolucionario y que resultaban los más fervientes perseguidores de los elementos revolucionarios y libertarios, resultan los más bestiales verdugos de todo pensamiento libre e independiente, de cualquier aspiración a la emancipación o reconstrucción social. Los mismos reptiles que defienden al Gobierno revolucionario y la dictadura del proletariado resultan los que apoyan una reacción y dictadura fascista no menos abyecta y bestial.

Tales son las verdaderas enseñanzas de la Historia.

Agregando a lo dicho anteriormente la aspiración de cualquier Gobierno o dictadura a eternizarse, a concentrar todas las fuerzas de su país en un centro único, alrededor del cual siempre pululan, como lobos hambrientos, aventureros y charlatanes políticos de diferentes clases, cuya única aspiración es apoderarse del Gobierno y poder reinar sobre todo el país, se puede comprender qué arma terrible y mortífera es un Gobierno revolucionario para una revolución y para las aspiraciones populares al bienestar, a la libertad, a la igualdad y al amor mutuo entre todos los hombres.

Las últimas revoluciones, y especialmente la Revolución Rusa de 1917, lo han demostrado sin dejar lugar a dudas. Jamás en la historia de todas las revoluciones un Gobierno revolucionario resultó útil para la reorganización de la vida social sobre bases más libres y mejores. Todo lo contrario: los Gobiernos revolucionarios casi siempre llevaban a la reacción o a la entronización de algún aventurero despiadado y bestial.

Porque lo que no puede realizar el pueblo en revolución, jamás lo podrá realizar ningún héroe ni Gobierno.

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Un Gobierno revolucionario como organismo complementario de una revolución, es un concepto falso y está en contradicción completa con la idea anarquista.

Los socialistas y comunistas son autoritarios en sus conceptos sociales y van por el camino estatal, y es claro que no quieren otra cosa que aprovecharse de la revolución popular en los intereses de su partido o de su organización, la cual ya ordenará las cosas según lo crean más conveniente los dirigentes y los jefes de estos partidos u organizaciones.

Los anarquistas son antiautoritarios y trabajan para que la primera revolución popular se convierta en una revolución social y sirva a las masas humanas para reconstruir la vida humana y social sobre bases nuevas y más libres, de bienestar y de amor. Que la sociedad sea una convivencia de hombres libres y dichosos que trabajan para el bien de todos los hombres y de toda la humanidad.

Los socialistas y los comunistas se sirven del pueblo, pero desconfían de él, le tienen miedo y le quieren dirigir desde sus centros políticos. Por eso quieren afirmarse en el Gobierno revolucionario para poder así llevar la obra revolucionaria según sus planes políticos elaborados y preparados de antemano, imponiéndoles por la fuerza a los que no concuerdan con ellos y no quieren aceptar voluntariamente sus imposiciones. La autoridad es la ley suprema para ellos, y el que posee la fuerza está en el derecho de resolver todos los problemas a su voluntad y antojo e imponerlos a todos a quienes pueda alcanzar.

Los anarquistas, al contrario: no desconfían del pueblo y de las masas humanas, sino que creen que justamente son ellas las únicas indicadas para reorganizar la vida social sobre bases nuevas. Por eso ponen todo su empeño en hacer conscientes a estas masas de su valor y de su rol en la vida social, y junto con estas masas están siempre, negándose en cualquier circunstancia a convertirse en sus mentores, en sus gobernantes, sabiendo que este poder les va a envenenar y desmoralizar, y en lugar de ayudar a las masas en su obra renovadora, se convertirán en sus verdugos y expoliadores. Porque no hay veneno más peligroso que el poder del hombre sobre el hombre.

Los anarquistas no creen en la posibilidad de imponer una vida mejor a un pueblo. Porque un paraíso impuesto siempre será una esclavitud para los hombres y será aborrecido por ellos. Solamente lo que se consigue por voluntad y esfuerzos propios es estimado y defendido por el hombre. Por eso los anarquistas quieren que los hombres mismos conquisten su emancipación y liberación de los prejuicios y del poder de los demás. Para eso están siempre con las masas humanas en todas sus luchas más insignificantes, tratando de que aprendan que la reconstrucción de toda la vida social debe ser obra de ellos mismos y que nadie —ni héroe ni Gobierno— les podrá crear una vida mejor si no lo hacen ellos mismos. Lo único que los anarquistas quieren es estar siempre con el pueblo como iguales y junto con él trabajar en la reconstrucción humana y social desde sus cimientos; luchar con las masas humanas hombro a hombro contra cualquier tentativa de los políticos de convertirse en salvadores del pueblo; contra todos los que tratarán de erigirse en mandatarios, gobernantes o dictadores. Ayudarles con sus conocimientos, su experiencia, su saber y su práctica en todo lo posible y no permitir la creación de ningún Gobierno revolucionario, de ninguna fuerza autoritaria que se ponga en el camino de las masas en revolución y detengan su obra revolucionaria y constructiva.

Los anarquistas, siempre y con todas sus fuerzas, luchan contra toda tentativa de limitar la iniciativa popular en la revolución, y además hacen todo lo posible para ensanchar y profundizar el movimiento social revolucionario hasta que se convierta y tome las formas de una revolución social. Toda su propaganda, toda su actividad social, cultural y espiritual son dirigidas indefectiblemente a la consecución de este fin. Los anarquistas están convencidos de que mientras exista la explotación y el poder del hombre por el hombre, la vida humana y social no podrá cambiar fundamentalmente. Y si una revolución se detiene con la creación de un Gobierno revolucionario, lo más avanzado e izquierdista que sea, será inevitablemente necesario empezar de nuevo toda la obra revolucionaria destructiva, y toda la obra reconstructiva quedará por hacer.

Por eso justamente los anarquistas dirigen sus mayores esfuerzos y actividad a la creación de una conciencia humana antiautoritaria y libertaria y a preparar y capacitar las masas humanas para que puedan, en cualquier momento, ejercer iniciativa propia, activar sus ideas y estar dispuestos a construir voluntaria y libremente una sociedad nueva libre y mejor y a formar una personalidad humana más moral y elevada, integralmente desarrollada, más justa y más humana.

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Los anarquistas quieren con todo su ser la reconstrucción de la sociedad anormal existente, dedican a esta obra todas sus fuerzas y toda su voluntad, pero saben bien que ningún hombre, que ningún héroe, que ninguna fuerza divina, ni ningún Gobierno, por más revolucionario que sea, podrán hacerlo, ni convertir una revolución popular en una revolución social.

Lo podrán hacer y realizar únicamente las masas humanas mismas, instruidas y preparadas debidamente por las minorías revolucionarias en los momentos de reacción y ayudados por ellos en los momentos de la revolución.

De los hombres mismos depende la reconstrucción social y solamente las masas humanas podrán realizar una obra tan grande y extensa. Solamente ellas podrán reconstruir la vida social sobre bases libres y de bienestar para todos los hombres. Cualquier Gobierno y dirección autoritarios llevarán a un fracaso, a la desilusión y a la reacción. Por eso los anarquistas no ven ninguna otra posibilidad: o las masas mismas realizan la obra reconstructiva de la revolución social, o no habrá revolución social.