La comodidad es la peor cosa que puede sucederle a un movimiento social, y es lo que aplastó a la insurrección de Gezi. Para que un movimiento permanezca en movimiento, hace falta que algo insoportable continúe alentándolo, día y noche. Si nada te incomoda, si por el contrario comienzas a estirar los brazos, vas a detenerte, y esto es normal; la necesidad de puntos de referencia, de estabilidad, es algo natural. Ahora bien, rebelarse consiste en estar listos a luchar contra las propias necesidades naturales. Para rebelarse hace falta sentirse fuertes pero despojados, despojados pero fuertes. La incomodidad es la única fuerza que nos incitará a seguir adelante.

Kenan Görgün, Rebellion Park

La agitación comenzó en marzo contra un proyecto de ley sobre el trabajo, la así llamada ley El Khomri, en referencia al nombre de la ministra de Trabajo. «La controversia suscitada por la ley sobre el trabajo deriva en una crisis ideológica y en un rechazo al sistema en su conjunto», según una nota interna del Servicio Central de Información Territorial (SCRT por sus siglas en francés) con fecha del 28 de abril, día en que se produjeron algunas de las manifestaciones más duras. «Contra la ley trabajo y su mundo», se decía en algunas pancartas... Asimismo, esta ley llega después de una larga serie de medidas gubernamentales en ruptura flagrante con las promesas de campaña electoral de François Hollande...

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La ley El Khomri forma parte de las medidas legislativas que hacen época. En Francia, vivimos el fin de todo el ciclo inaugurado por el pacto estalino-gaullista de la Liberación.[1] La noción de contrato entre el capital y el trabajo, que fundaba a dicho pacto, y aseguraba a la mano de obra el beneficio de ciertas protecciones sociales en el marco de su explotación, se encuentra actualmente caduca. La institucionalización de los sindicatos, tras el abandono definitivo de toda referencia a un salto cualitativo (la famosa «huelga general insurreccional» preconizada por el sindicalismo revolucionario de antaño), instalaba a aquellos en un papel de co-gestores de la fuerza de trabajo en el interior del capitalismo. Lo cual iba a funcionar perfectamente durante todo el período fordista, mientras los sindicatos disponían en tal momento de una capacidad de negociación inédita. Esta no bastaría eternamente para impedir huelgas salvajes en la industria fordista de la década de 1970, que en ocasiones eran capaces de expresar un verdadero rechazo al trabajo. Pero en lo esencial, las luchas obreras en Francia permanecieron contenidas dentro de este marco sindical, que muchas veces fue desbordado en algunos países vecinos...

Sucede que la regulación de los conflictos vinculaba a varios protagonistas con intereses opuestos, aunque solidarios, bajo esta forma misma. La oposición entre trabajo y capital jamás había de transformarse en contradicción, bajo pena de que los conflictos sociales no desembocaran en un conflicto político como el que se produjo en 1968... La oposición podía asumir formas agudas, pero ellas tenían que resolverse siempre de modo contractual, a través de acuerdos sectoriales (el modelo seguía siendo el de los acuerdos de Grenelle que, a finales de mayo de 1968, cortocircuitaron la huelga general salvaje que paralizaba el país). Esta dinámica conflicto-negociación entre el capital y el trabajo, que funcionaba en el marco de un mercado interno y de una moneda nacional, entró doblemente en crisis: en primer lugar, con el declive del sistema fordista que comenzó en Francia a finales de la década de 1970, y después, con la constitución del mercado único europeo. La instauración de la zona euro marcó la salida irreversible del capitalismo fuera del marco estatal-nacional con la subordinación del mercado interno a las reglas de un mercado común y a los imperativos de una moneda supranacional.

No existe otra economía que la política. La economía no es una categoría del mundo, como lo son el dinero, la mercancía, el asalariamiento y el capital: la economía es tan solo el pensamiento burgués y burocrático sobre el mundo. Pero para ejercerse, este pensamiento necesita un campo de aplicación —o más bien, es la aparición de tal campo lo que necesita un cierto tipo de competencia que funcione después como discurso dominante. La economía política nació históricamente con la constitución del Estado-nación, el cual instauró un campo de gobernanza atravesado por una tensión entre el interior y el exterior del mercado que trataba de regularse. Pero actualmente la gobernanza ha sido transferida a instituciones internacionales que constituyen el verdadero poder político: FMI, Banco Mundial, OMC, ¡sin olvidar evidentemente a la Unión Europea! La tensión entre poder y riqueza, que determinaba toda la actividad del Estado, se ha desplazado y se ejerce ahora, por lo tanto, según otros parámetros distintos a los de la economía política clásica— esa que se extendía desde los Fisiócratas hasta Keynes. Los gobernantes no tienen otra vía que aferrarse a los dictados de la gobernanza mundial: ¿terminarán por firmar el TTIP, que los despojará aún más de sus prerrogativas? Probablemente sí, porque en ello se juega «el crecimiento» y «el empleo»...

El discurso de los dirigentes suena entonces tan falso como en otro tiempo la ideología del Partido en los regímenes estalinistas en sus últimas. Cualquiera percibe el carácter mentiroso e irreal del discurso político, que debe contentarse con transmitir una semántica neoliberal estructurada en torno a algunos significantes reiterados al infinito —«el crecimiento», «el empleo», «el desarrollo sostenible», etc. Nunca el espectáculo de la política había alcanzado tal nivel de antinomia entre lo que es prometido y lo que es cumplido, entre lo que es afirmado y lo que es verificado. Lo cual explica la importancia asumida por el léxico guerrero y seguritario en el lenguaje del poder, ya que se relaciona con el único campo en el que la política estatal tiene todavía una efectividad: la gobernanza nacional que ya no puede ejercerse como economía política, sino como pura gestión disciplinaria de las poblaciones— ya ni siquiera nos atrevemos a hablar de «protección»...De ahí el papel que han llegado a asumir en la opinión pública los temas de seguridad y xenófobos.

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La ley El Khomri tiene objetivamente por meta «proteger a los asalariados, favorecer la contratación, y dar más márgenes de maniobra a la negociación empresarial». Apoyada por el MEDEF, sindicato de los patrones franceses, apunta en realidad a incrementar la flexibilidad de la mano de obra, a acentuar la precariedad salarial y a reducir el costo del trabajo, siguiendo en esto las recomendaciones de la Comisión Europea — cuyo presidente, Jean-Claude Juncker, deploraba durante su último paso por París que se hayan dado tan pocas evoluciones del derecho al trabajo en Francia desde hace decenios: «Que se eliminen ciertas rigideces parece ser un gesto legislativo apropiado». Otros países de Europa, Alemania, España, Italia con el Jobs Act de Matteo Renzi, han tomado de ahora en adelante medidas que van en este sentido. En Bélgica, un proyecto de ley análoga, la ley Peeters, provocó manifestaciones y huelgas en la primavera de 2016.

La mayoría de las legislaciones europeas preveían efectivamente que, en cada sector de la actividad, acuerdos contractuales definieran las condiciones de trabajo y de salario: según las disposiciones introducidas por la ley El Khomri, los acuerdos por iniciativa primarían ahora sobre los acuerdos sectoriales. Estos últimos, si consideramos que instauran una regla general, aplicable a todas las empresas del mismo sector de la actividad, metalurgia, química, transportes, inmuebles, etc., son en efecto denunciados tanto por el MEDEF como por los eurócratas ya que impedirían un uso flexible de la mano de obra. Es claro que en las empresas en las que la relación de fuerza no es favorable a los asalariados, estos serían más fácilmente constreñidos a ceder ante el chantaje patronal.

Que ya no haya economía política más que en el mero marco de la UE arrastra evidentemente consecuencias en el interior de cada país. Por ejemplo, tras entrar en la zona euro cada Estado perdió la capacidad de jugar con su moneda (lo cual era una prerrogativa esencial del poder estatal). A partir de entonces resulta imposible estimular la producción industrial, estancada desde 2008, volviendo a lanzar las exportaciones a través de una devaluación de la moneda. Para compensar esto, por lo tanto, cada gobierno debe entregarse a una sobrepuja de desinflación salarial, por todos los medios imaginables, a fin de garantizar a las empresas instaladas sobre su territorio una tasa de beneficio aceptable. Tal es el sentido de cierto número de medidas tomadas estos últimos años en Francia, las cuales mitigan las iniciativas de una parte de sus cargos fiscales y de sus cotizaciones sociales: y, con la ley El Khomri, reducen el coste del trabajo disminuyendo el pago de las horas suplementarias y del trabajo nocturno y reduciendo el coste de los despidos. Aquí todavía, esta ley no hace más que seguir la tendencia general en los países de la zona euro.[2] Por consiguiente, no cabe ninguna duda de que la aplicación de la ley El Khomri acentuará en Francia el desarrollo de los working poors, como se vio en Gran Bretaña tras la dictadura de Margaret Thatcher. Existen de ahora en adelante en todos los países dos millones de estos working poors, que corresponden a 7.6 % de los empleos asalariados (según cifras que datan de 2013): trabajadores que ganan tan poco para morir de hambre, pero lo suficiente para vivir.

La ley El Khomri intenta también barrer las disposiciones que, reglamentando el tiempo de trabajo, vuelven más lenta la lógica de los flujos extendidos. Esta exige en efecto horarios de trabajo cada vez más flexibles, una mano de obra confinada a un estatuto precario, como remplazo o con contrato corto, así como la subcontratación en el sitio. No es fortuito que muchas acciones de bloqueo en mayo-junio hayan apuntado a empresas logísticas: el transportista, que debe obedecer a los mismos imperativos de rapidez y de flexibilidad que la fabricación, el conductor-repartidor o el descargador, se encuentran cada vez más oprimidos por la exigencia de ganar tiempo, y condenados a mostrarse cada vez más disponibles. Y esta flexibilidad desatada impacta en la vida de los trabajadores fuera del trabajo propiamente dicho, afectando la simple posibilidad de tener un poco de vida social o familiar...

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La debilidad de la movilización sindical durante los dos primeros años contrastaba con la fuerza de las movilizaciones de los universitarios y, sobre todo, de los estudiantes de liceo. La agitación nunca presentó el carácter de un movimiento masivo como en 1994 (contra el CIP), o en 2006 (contra el CPE), ni siquiera como en el otoño de 2010 (contra la reforma de las jubilaciones).[3] Incluso entre los estudiantes de liceo: de 188 liceos en París, solo 33 fueron bloqueados. Por el contrario, presentó una determinación fuertísima de los participantes, tanto más impresionante si se toma en cuenta el nivel de violencia policiaca y judicial implementada contra ellos. El Movimiento Inter-Liceos Independiente que agrupa en París a estudiantes de liceo, universitarios, precarios, aprendices, desempleados, es emblemático de esta determinación. En las demás ciudades, la cohesión se hizo a partir de vínculos colectivos conformados en luchas locales (contra el aeropuerto de Notre-Dame-des-Landes en el caso de Nantes y Rennes) o improvisados (el colectivo «13 en lucha», en Marsella).[4] La dirección confederal de la CGT tuvo que acabar movilizando a nivel nacional, bajo la presión de las secciones empresariales e incluso de uniones locales, de las cuales algunas comenzaban a revolverse (particularmente en los sectores de transportes), al mismo tiempo que no podía arriesgarse a parecer demasiado desfasada con respecto a la agitación de los jóvenes. No obstante, nunca lanzó una consigna de huelga general prorrogable — por lo demás, no es completamente seguro que tal consigna hubiera tenido oportunidades de acabar en algo más que en un fracaso desmovilizador.

Continental, PSA-Aulnay, Goodyear, Air France, Bosch — las recientes luchas obreras en Francia se inscriben sobre una línea recta trazada desde el fin de la década de 1970: en reacción a supresiones de empleo, o a cierres de fábrica, a menudo deslocalizados en otro continente o, desde hace una veintena de años, en un país de Europa del Este. La única cosa que sigue siendo negociable es entonces el alza de la indemnización del comienzo: escenario que se repitió desde hace más de treinta años en la siderurgia, la construcción naval, la petroquímica, el automóvil... En el sector público, las huelgas se produjeron en reacción a medidas que agravaban las condiciones de trabajo, particularmente para los ferroviarios y el personal hospitalario. En todos los casos, se trata de luchas que, vistas a veces muy duras, no son menos defensivas. En este contexto, el sindicato ya no puede administrar más que su propia supervivencia, y debe funcionar como un supletorio tecnocrático del capital (CFDT) o bien luchar para conservar su estatuto de oponente-interlocutor privilegiado (CGT para el sector obrero, FO para los funcionarios, ambos tildados de arcaísmo por la CFDT, o el sindicato alterativo SUD que es tratado de aventurero).

La composición del asalariamiento obrero en Francia polarizó desde hace varios decenios a, por un lado, obreros calificados y asegurados, en CDI, y, por el otro, precarios poco calificados, provisionales o CDD. El modo de organización sindicalizado siempre ha impedido la comunicación entre los dos, lo cual no ha carecido de consecuencias, cuando los sindicatos admiten, como una contraparte inevitable de los derechos adquiridos por los trabajadores calificados, la generalización de la precariedad al exterior de esta zona salarial protegida. Y este modo se opone a fortiori a toda comunicación entre estos trabajadores adultos e integrados y los jóvenes todavía libres (lo testimonia el odio de los miembros de los servicios de orden sindicales hacia esos jóvenes «que siembran el caos»).

En la medida en que el horizonte sindical esté delimitado por la empresa o bien por el sector de la actividad, la muchedumbre atomizada de los trabajadores interinos, precarios, desempleados y beneficiarios del RSA se seguirá encontrando excluida en los hechos de las luchas reivindicativas: los movimientos de desempleados aparecidos en Francia durante el invierno de 1998 se extinguieron al cabo de algunos años. No tener empleo equivale por tanto a una nada social, desde el punto de vista sindical. Los sindicatos, en todo caso la CGT y FO, se afianzaron tanto más en la defensa de las conquistas de los trabajadores asegurados, a los cuales pretenden evitar que caigan en esa nada. Pero esas famosas conquistas son únicamente una cristalización de relaciones de fuerza al día de hoy superadas: de ahí la dificultad para movilizar en la actualidad incluso en sectores tradicionalmente combativos como los ferroviarios o el personal hospitalario.

El objetivo primero de los sindicatos, y particularmente de la CGT (que sigue siendo el principal sindicato del país, pero podría bien encontrarse superado por la CFDT en las próximas elecciones de delegados), es conservar un papel institucional en un período en que las grandes decisiones se toman a partir de ahora sin ellos, quienes en el mejor de los casos se ven conceder un simple papel de consulta. Y si, en tal caso, la CGT era aún el interlocutor privilegiado bajo Sarkozy, con Hollande se vio remplazada por la CFDT, que inspiró directamente el contenido de la ley El Khomri. La CGT, desde el derrumbamiento del Partido Comunista Francés, ha dejado de ser el sindicato monolítico que había sido durante cincuenta años, para asumir una cierta heterogeneidad — por el contrario, es la CFDT, que jugaba a la autogestión después de 1968, ¡la que se ha vuelto realmente monolítica y piramidal! La CGT conservó sin duda su burocracia, en todos los escalones de su organización, sus congresos están siempre bloqueados y caracterizados por la ausencia de debate de fondo, sus servicios de orden siempre tan policiacos, pero, en el interior de este sistema estalinista se abren fallas por todos lados, las estructuras de base ondulan, en una relativa autonomía con respecto a la dirección confederal, mientras que las Uniones Locales de la CGT se arriesgan a tomar iniciativas en otro tiempo impensables.

En este contexto, es imperativo para los sindicatos controlar el momento más espectacular de la agitación en curso: la manifestación. Su problema es que aquí la energía viene de los jóvenes, y más todavía de los estudiantes de liceo que de los universitarios — esto no es ciertamente una novedad. Lo que es nuevo, sin embargo, es que esos jóvenes se organizan para llevar a cabo sus propias manifestaciones, y que en las manifestaciones «unitarias» hayan conseguido, a pesar de los servicios de orden de la CGT, imponerse en la cabeza de la marcha. Es en sí sobresaliente el simple hecho de que en el interior de estos cortejos incontrolados varios cientos de jóvenes, a menudo enmascarados y vestidos con sudaderas negras, hayan podido encarar a los policías como lo vimos durante las manifestaciones del 17 y del 31 de marzo en París. En estas situaciones, no parecen ya tan fuertes los desacuerdos que se habían revelado, de modo a veces violento, durante el movimiento anti-CPE de la primavera de 2006: los cortejos de estudiantes eran manifiestamente pintorescos, jóvenes negros y árabes participaron en ellos.

La aparición de estos cortejos tomó por sorpresa a los sindicatos, engendrando una lucha por el espacio simbólico en las manifestaciones. Los cortejos incontrolados no dejaron de crecer, atrayendo a sindicalistas desde finales de abril, al punto de ser designados como «el cortejo de cabeza», y para empezar de nuevo en modo de manifestación salvaje después de la dispersión oficial. De ahí las intervenciones violentas de los servicios de orden de la CGT y de FO. Estos servicios de orden, que nunca han protegido a ningún manifestante contra la violencia policiaca, están ahí únicamente para mantener el control de los aparatos sindicales sobre el desarrollo de las manifestaciones.[5] Lo que se volvió flagrante durante la manifestación del 17 de mayo en París, donde cargaron literalmente contra los manifestantes que tardaban en dispersarse. En Nantes, el servicio de orden CGT impidió que se introdujeran en la manifestación los tractores de los campesinos de la ZAD de Notre-Dame-des-Landes, bajo el argumento imbécil de que «la ZAD no tiene nada que ver con el objeto de esta manifestación». En Marsella el 12 de mayo el servicio de orden, por pura paranoia, agredió a palazos y gases a todo tipo de manifestantes que se dispersaban. Abusos análogos han sido realizados en varias otras ciudades. Estas violencias llegaron incluso a provocar protestas de numerosos sindicalistas contra el comportamiento provocador del servicio de orden. Por su lado, la policía dejaba tranquila a los cortejos sindicales, y atacaba sistemáticamente a los cortejos incontrolados, actuando a veces con ayuda de los servicios de orden sindicales. ¡Con razón, es aquí donde al fin pasaba algo!

Si los turbulentos cortejos de cabeza hicieron resonar otra tonalidad en toda esta agitación, los aparatos sindicales de ningún modo se proponen renunciar a la muy convencional «jornada de acción», con sus muchedumbres disciplinadas que desfilan detrás de los camiones sonorizados. Estas jornadas ofrecen el espectáculo de una movilización que, precisamente, es convocada solo para desmovilizar. No es por tanto sorprendente que esta técnica disciplinaria se acompañe de un discurso de sometimiento a la legalidad que es alegremente reivindicada: así el llamado de SUD Rennes a ir a manifestarse con casco —y nada más—, lanzado en mayo después de una serie de heridas graves infligidas a manifestantes de Rennes por los policías, provocó una protesta unánime de los demás sindicatos. Cuando el simple hecho de protegerse es percibido como un atentado a la ordenación educada de la manifestación, podemos decir que el discurso de las direcciones sindicales ha llegado al nivel del: «No tenemos nada que ocultar si no tenemos nada de qué reprocharnos», del colaborador-delator promedio. En el lado contrario, se sitúa el bello gesto de solidaridad de los estudiantes de liceo del distrito XI de París, justamente en rebelión por la paliza a uno de los suyos la noche anterior: ataque de las comisarías del X y XIX el 25 de marzo —improvisada, ciertamente, hubo por desgracia pocos daños materiales— y después saqueo de un supermercado y distribución de una parte del botín a los refugiados sirios que acampaban no lejos de allí, en plaza Stalingrado.

Por su lado, la policía dio a entender que no toleraría la menor desviación con respecto al esquema de la manifestación-sindical-todos-en-fila-detrás-del-camión-sonorizado-y-los-globos-del-sindicato. Desde el comienzo de las protestas contra la ley, no hubo sino una secuencia de intervenciones policiacas a las puertas de los liceos para impedir los bloqueos, tanto en la ciudad como en las periferias, en cada ocasión con una brutalidad hábilmente calculada. Asambleas generales en las facultades fueron dispersadas tanto más brutalmente. Los manifestantes arrestados y esposados recibieron palizas de forma metódica después de su arresto, entre ellos chicos de 15 años. La técnica del encapsulamiento implicaba cortar sistemáticamente en dos a los cortejos de las marchas para aislar y encerrar una parte de la muchedumbre, en medio de la cual los policías lanzaban inmediatamente granadas. A lo cual se añade la utilización de drones para vigilar las manifestaciones en París. El recurso al RAID, unidad de élite antiterrorista, para evacuar la Casa del Pueblo en Rennes, ocupada tras una manifestación, indica una tendencia todavía más inquietante.

No solamente los sindicatos cerraban deliberadamente los ojos ante estos casos de violencia policial, sino que rivalizaban con el gobierno, cada uno arrojando al otro la responsabilidad de los destrozos. Que la figura del «vándalo», «revoltoso» o «rompevidrios» sea un elemento clave de la neolengua espectacular no es ciertamente una novedad. Es como mínimo importante señalar que los destrozos han estado por lo general apuntados a blancos: las vitrinas de agencias bancarias, rotas o recubiertas de pintura, con los cajeros vandalizados, agencias inmobiliarias o de trabajo temporal, y locales del Partido Socialista evidentemente... Hubo excepciones a esta inteligencia del vandalismo, la más notable fue el famoso incidente del hospital Necker el 14 de junio. Pero por primera vez la división revoltosos/manifestantes se vio puesta en entredicho — o al menos comenzó a serlo. Así la portavoz de la Coordinación Estudiantil, Aissatou Dabo declaraba públicamente: «Decidimos no disociarnos de lo que ustedes llaman los revoltosos». La intervención de Samir Elyes, anciano del Movimiento de la Inmigración y de las Periferias, en Nuit Debout, el 17 de mayo, articulaba los enfrentamientos actuales con aquellos de las revueltas de las periferias pobres en 2005: «La convergencia debe hacerse con aquellos que lanzan piedras [...]. Un motín es político». Durante este tiempo, el burócrata líder de la CGT prosiguió incansablemente sus denuncias contra los «vándalos», supuestamente manipulados por el gobierno...

En este instante, la agitación contra la ley El Khomri habrá tenido el mérito de ridiculizar el estado de emergencia, que fue renovado por tres meses a finales de febrero y una vez más a finales de julio. Las calles del país, que habían sido ocupadas en 2015 por los manifestantes-Charlie Hebdo abrazando a los antimotines, lo han sido durante varios meses por aquellos que gritaban: «Todo el mundo detesta la policía». Un eslogan que tiene la ventaja de trazar una opción común: de las barriadas periféricas pobres a los liceos en la ciudad, numerosos son los jóvenes que pueden reconocerse aquí sin la sombra de una indecisión. Si tenemos que emplear el lenguaje de la vieja política, diríamos que es un eslogan federador, que no ha dejado de tomar amplitud a medida que la agitación tiene en consideración la actitud de la policía.

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Tercer protagonista de la agitación, después de la juventud de los liceos y los reductos obreros sindicalizados: la clase media más o menos en proceso de desclasamiento. Y más precisamente las profesiones encargadas de la reproducción cultural del sistema (docentes, animadores culturales o sociales, comunicadores, artistas y técnicos del espectáculo, etc.). Nuit Debout está conformado por ellos en primer lugar, quienes apenas parecen propensos a cuestionar su propio papel en este bajo mundo: de hecho, hubo pocas intervenciones críticas sobre la enseñanza y la cultura en los fórums de Nuit Debout. Así pues, esta clase extiende su papel social a la agitación en curso, en lugar de partir de esta para poner en entredicho su función. Aterriza con los códigos y los conformismos de su medio social, de lo cual se sigue un discurso ciudadanista con un toque de ecologismo coqueto — una película como Demain refleja bien el modo de pensamiento de una importante parte de estas personas, al igual que el demagógico Merci patron de François Ruffin.

La primera «Noche de pie» (Nuit Debout) tuvo lugar el 31 de marzo, con la idea de dar una secuela a la manifestación de aquel día llamando a los manifestantes a encontrarse después en la plaza de la República (en donde también se encuentra la Bolsa de trabajo). El equipo de Ruffin desempeñó un papel no despreciable en esta iniciativa. Ocupando una plaza que lleva este nombre, Nuit Debout enviaba un fuerte mensaje contra el estado de emergencia: después de los atentados de noviembre de 2015 la estatua de la República, en el centro de la plaza, había servido de lugar de recogimiento a la memoria de las víctimas, y la primera manifestación pública contra el estado de emergencia en diciembre fue reprimida en este mismo lugar. Una carga simbólica que no había escapado a los instigadores, de los cuales algunos acariciaban el proyecto de redactar allí una nueva Constitución. Nuit Debout intentaba reconciliarse con la publicidad, como se denominaba al debate público y ejecutivo en el tiempo de las Secciones populares de 1792-93 (antes de que fueran destruidas por los jacobinos). Pero no se puede fundar la publicidad sobre una inmediatez. Por consiguiente, Nuit Debout ofreció el espectáculo de una palabra generalmente desarmada y desarmante, sin desembocadura práctica —de ahí a menudo los pequeños motines de consolación al final de la tarde... El abandono de la ley El Khomri ya solo funcionaba como tema vagamente unificador. En todos los casos, la ocupación de la plaza de la República siguió siendo ambigua con respecto a otras ocupaciones de plazas— las de la plaza Tahrir de El Cairo en 2011, de la plaza Taksim de Estambul en 2013, y, más lejos todavía, del zócalo de Oaxaca en 2006. Se relaciona más al 15-M, del cual tomó sus peculiaridades — de hecho, un equipo de Madrid desembarcó para procurar sus conocimientos en materia de comunicación a los ocupantes de la plaza de la República y, efectivamente, los animadores de Nuit Debout aparentan principalmente haber sido expertos en el manejo de los medios de comunicación llamados alternativos, desde Radio Debout hasta las redes sociales sobreactivadas.

Nuit Debout ha sido por tanto un lugar de con-fusión, en el cual muchos lugares comunes se repetían, atravesados por fulgores. Este lugar siguió estando, sobre todo, desesperadamente fuera de suelo y fuera de campo. Como lo señalaba con pertinencia Almamy Kanouté, del Val-de-Marne (periferia del sur): «Ninguna persona tiene la paciencia de aterrizar y escuchar a la gente hablar durante cuatro-cinco horas. En las periferias se da la urgencia. Diversas familias están siendo expulsadas. Los habitantes de los barrios populares aguardan por acción. ¿Por qué no hacer una planeación de las expulsiones y darse la dirección de todos para impedir esto?». ¿Por qué el público de Nuit Debout no retomó con fuerza tal sugerencia? Recordemos que el resultado más interesante del 15-M, en España, fue la multiplicación de los colectivos en oposición a los desalojos de familias que no pueden pagar su alquiler o su crédito (mientras que otros preferían emplearse en la edificación de una nueva extorsión política...). Fuera de campo, por tanto, porque el espacio mismo de la capital, de esta plaza simbólica, provoca ilusiones. El campo de los posibles se abre en otra parte, a las entradas de los liceos y de las facultades y, más lejos todavía, sobre un plano geográfico, pero también social, a las entradas de zonas industriales y en las barriadas periféricas. Es notable que pocos estudiantes de liceo hayan venido a las Nuit Debout, considerando que la plaza de la República se encuentra en el este de París, donde se encuentran igualmente los liceos más implicados en la agitación. De igual modo, hubo poca gente de las periferias pobres, incluso si varias personas fueron intervenidas, como Amal Bentounsi por denunciar los asesinatos policiales contra jóvenes de origen inmigrante, o el rapero Fik’s Navio, de la periferia del sur, y otros más.

Se suponía que el intelectual Frédéric Lordon aportaría a Nuit Debout la densidad teórica que, muy evidentemente, ni la película de François Ruffin ni las editoriales de su periódico Fakir podían aportar. Las consideraciones de Lordon en su discurso en la Bolsa de trabajo el 14 de abril son reveladoras de una gran parte del idealismo que ha precedido a Nuit Debout: «Reivindicar es ya estar sometido, es dirigirse a potencias tutelares amables». Tales palabras señalan en primer lugar la incoherencia de su discurso, él que, en su último libro Imperium, se dedica a argumentar, en contra de los pensadores de la tradición libertaria, que la verticalidad es necesaria... Y si se piensa que toda sociedad obedece fatalmente a una organización vertical, como es su caso, entonces no se puede deplorar que unas personas se dirijan a las potencias tutelares que ocupan la cumbre de la pirámide — las cuales, dicho sea de paso, son raramente amables. Pero pasemos... La sociedad existente está de todos modos construida de modo vertical, jerárquico, y las personas como Lordon ocupan un lugar que no está desprovisto de privilegios en esta jerarquía. Por lo demás, cada uno de estos intelectuales de izquierdas se dedican a acariciar su propio tema recurrente, uno propone la supresión de la Bolsa, otro la implementación de un ingreso o subsidio garantizado; otro más propone el sorteo de los representantes políticos mientras que algunos la llevan con el impuesto Tobin... Hace falta, sobre todo, admitir que ninguna de estas recetas de poción mágica tiene la menor oportunidad de convertirse un día en reivindicación colectiva. Nunca veremos a los trabajadores detener el trabajo para exigir la supresión de la Bolsa, estribillo querido por Lordon; menos aún para exigir la aplicación del impuesto Tobin.

Y si hace falta de manera absoluta remitirse a una consigna, existe esta formulada hace ciento cincuenta años y que es más que nunca de actualidad: «Expropiación del capital y abolición del asalariamiento».[6] La pregunta no es por tanto sustituir las reivindicaciones inmediatas («alimentarias», como dirían con desprecio los radicales de servicio) con objetivos aparentemente más ambiciosos: la cuestión es más bien saber cómo la difusión capital de la agitación en torno a reivindicaciones inmediatas crea una situación en la cual actos inéditos devienen posibles. Se trata de alquimia política, pero esta no podría depender de una manipulación sabia sino del hecho de que la lucha instaura un campo inesperado donde las mediaciones institucionales no son ya operantes. Una modesta reivindicación local como la de defender un parque puede desembocar en una situación insurreccional, como hemos visto en plaza Taksim, Estambul.

El hecho de que el público de las Nuit Debout de la plaza de la República haya seguido siendo mayoritariamente monocolor es también significativo. Hubo bastantes Nuit Debout en la periferia cercana, en donde viven la mayoría de los inmigrantes y de los hijos de inmigrantes — en St. Denis los 13 y 14 de abril, en Ivry, St. Ouen, Noisy-le-Grand, Romaiville, Montreuil, Fontenay-sous-Bois, y más lejos en Créteil, Blanc-Mesnil, y todavía más lejos en Cergy, Evry, Mantes-la-Jolie. Iniciativas repletas de buena voluntad pero que no pasaron de la noche y no parecen haber tenido demasiadas secuelas... En la mayoría de las ciudades francesas hubo también Nuit Debout, y a veces hasta en pequeñas ciudades. En Marsella, la Nuit Debout que se reunía en la ciudad en el Cours Julien se transfirió por una tarde, el 23 de abril, a la ciudad HLM des Flamands, en los barrios del norte. Después de hacer gárgaras con discursos consensuales durante un mes, evacuando a toda voz disonante como una agresión, los gentiles ciudadanos quisieron ir a arriesgarse en los sitios de los salvajes... y soportar una cierta brutalidad verbal. En efecto, una habitante del barrio, militante de larga duración en cuestiones de alojamiento, de racismo y de brutalidades policiales, les dio la bienvenida precisando: «Aquí, hace treinta años que estamos de pie. No hemos esperado para combatir la precariedad, la violencia de la policía, las injusticias sociales...¿Ustedes vienen a liberar nuestra palabra? Pero nuestra palabra es libre. Nadie la escucha porque es censurada y estigmatizada». Otro habitante con perfil idéntico añadió: «Hay tal relegación social en nuestros barrios que a la gente le importa un carajo la reforma del código de trabajo, de la ley El Khomri. Tiene otras prioridades». Sería fácil objetar que esta ley golpeará primero a los más precarios, a saber, precisamente a los jóvenes de las barriadas periféricas, pero la cuestión no reside en esto. La cuestión es que los relegados de las periferias pobres se sitúan de entrada, en su horizonte de espera, tan lejos tanto de todo el marco sindical como del marco ciudadano de Nuit Debout.

El eslogan «Valemos más que esto» que hace secuela a la orden «Indígnense» de hace algunos años, fue ante todo el grito del corazón de la clase intelectual frustrada en sus ambiciones de reconocimiento social. El 21 de abril, Ruffin y su equipo llamaban a agruparse con los sindicatos en el cortejo del 1o de mayo, pero en la víspera sus propuestas por una alianza durante el mitin de la Bolsa de trabajo no fueron retomadas ni por la CGT ni por Nuit Debout. Por un lado, la voluntad de los dirigentes sindicales de guardar el control de los acontecimientos, por el otro, la desconfianza de mucha gente de Nuit Debout hacia los aparatos burocráticos, hicieron girar profundamente la maniobra. Ruffin se consoló multiplicando las intervenciones en todo el país, ofreciendo su película como carta de introducción: lo que no aumenta ciertamente el nivel del debate, sobre todo si consideramos el credo soberanista y productivista de Ruffin que remite a los peores momentos del PCF azul-blanco-rojo. No obstante, Nuit Debout no se resume a Ruffin (cuyo liderato fue puesto en cuestión), sino con sus sueños de una nueva Constitución, que ilustró perfectamente esta anotación de Marx contra los burgueses liberales de su época: «Cuanto más poderoso es el Estado, más es por tanto político un país, y menos está dispuesto a buscar en el principio del Estado, y por tanto en la organización actual de la sociedad de la que él mismo es una expresión activa, consciente y oficial, la razón de los males sociales y de comprender su principio general. La inteligencia política es precisamente inteligencia política porque piensa en el <em>interior de los límites de la política. Cuando más aguda es, más viva está y más es incapaz de comprender los males sociales».[7]</em>

No obstante, Nuit Debout no funcionó como lo esperaban sus promotores. El pacifismo más chillón, que llevaba a algunos a ofrecer flores a antimotines que, momentos después, iban a darles porrazos sin piedad, o el legalismo que limita a la colaboración, no pudieron impedir que bellos excesos se dieran libre curso a partir de la plaza de la República ocupada. La cumbre fue alcanzada con la manifestación salvaje en la tarde del 9 de abril: como cuando alguien lanzó a Nuit Debout la idea de darle una visita a la pareja de Manuel Valls, que vive no muy lejos de la plaza de la República. Dos mil personas partieron en marcha espontánea, chocando contra los cordones de antimotines implementados en el último minuto, escapando de un intento de encapsulamiento policial y, volviendo a la plaza, destruyeron a su paso bancos y agencias de trabajo temporal, muchos en el bulevar Voltaire. Es esa noche cuando uno de los responsables autoproclamado de Nuit Debout fue a pedir ayuda a los policías para restablecer el orden en la plaza — en vano... Al final, la confusión tuvo de positivo el haber impedido finalmente a los ambiciosos de todas las clases servirse de Nuit Debout como de un trampolín.

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Tras los choques con los servicios de orden sindicales, diversos grupos y colectivos no institucionales implicados en la agitación convocaron a la fraternización de los chalecos rojos y de las sudaderas negras.[8] Lo cual testimonia una buena visión, horizontal: la solidaridad a nivel elemental, el mismo de la calle. Por su lado, los aparatos sindicales tuvieron que tomar nota de que entre los condenados de las manifestaciones figuraban también algunos delegados sindicales... La actitud de los sindicalistas fue por tanto muy variada, desde los muchachos que se deshacen de las insignias antes de unirse al cortejo autónomo hasta los sindicalistas rencorosos al ver ese cortejo desbordar el suyo.

El acmé de las manifestaciones fue alcanzado el 14 de junio. En París esta manifestación aparentó por lo menos medio millón de personas. El conjunto del recorrido fue clausurado por vallas de varios metros de alto, que volvían imposible toda escapada — y también toda entrada, de los miles de manifestantes que querían unirse al cortejo ya en camino, que de hecho se encontraron bloqueados por este dispositivo. La policía no dejó de cargar contra el cortejo de cabeza a los lados, encontrando una resistencia encarnizada. Al final de la manifestación, un grupo importante de estibadores cegetistas se enfrentó a los antidisturbios después de que uno de los suyos fuera gravemente herido por un tiro de granada. Esa tarde, el prefecto de policía de París se declaró escandalizado de que numerosas banderas de la CGT flotaban en el cortejo de cabeza: «Había una forma de solidaridad, por lo menos pasiva, con los revoltosos», denunciando el hecho de que algunos sindicalistas intentaron entorpecer las intervenciones de las fuerzas del orden, principalmente las interpelaciones. Valls acusó por su cuenta a la CGT de haber tenido una «actitud ambigua hacia los vándalos», y el presidente Hollande amenazó por último con prohibir toda manifestación mientras las condiciones de seguridad no estuvieran aseguradas, chantaje hacia la dirección de la CGT para que retomara la cabeza de las marchas y que sus servicios de orden volvieran a ser los suplentes de la policía contra los «inorganizados». Y, sobre todo, prioridad absoluta, destrozar las solidaridades que se construyeran en ese cortejo.

Lo que estaba en juego ahí era bastante más que vidrios rotos, era más bien una comunicación inédita — un amigo tuvo a este respecto una bella fórmula, al hablar de una polinización de las energías en estos cortejos donde la oposición mediático-policial entre «vándalos» y «manifestantes» no funcionaba ya verdaderamente y fue evidente el 14 de junio para quien se encontraba en el cortejo de cabeza. Sudaderas negras rompían las vitrinas de los bancos, de las agencias inmobiliarias, hasta un pinche Starbucks Coffee que recibió el castigo que merecía, muchos les aplaudieron, algunos deploraron, pero, en fin, todo este bello mundo avanzaba a un mismo paso, cada uno atento a sus vecinos. Las incursiones de los policías en el cortejo y los tiros de granadas no pudieron con esta fraternidad. Una reivindicación puntual desemboca entonces en formas de vida que se esbozan en el curso de la lucha.

El Estado desempeñó, por tanto, la sofocación en contra de esta comunización de energías y de sensibilidades, ejerciendo presión sobre dirigentes CGT que no conseguían separar el buen grano de los manifestantes dóciles de la cizaña de los incontrolados. La etapa siguiente en el dispositivo policial iba a ser encerrar las manifestaciones, en el modelo de las fanzones experimentadas en la capital con ocasión de la Euro de fútbol, en una suerte de encapsulamiento gigante. Y, efectivamente, Valls rechazó algunos días después el trayecto previsto por los sindicatos para la marcha del 23 de junio, proponiéndoles a cambio una concentración estática en la plaza de la Nación —que sería clausurada en todos sus extremos por un dispositivo policial hermético... Esta propuesta fue rechazada por los sindicatos que presentaron propuestas de recorridos alternativos a aquel que habían previsto inicialmente. En respuesta, Valls anunció el martes 21 una prohibición pura y simple de la manifestación, a lo cual respondieron los sindicatos que estaban listos para Desafiar tal prohibición— ¡hasta la Liga de los Derechos Humanos hizo un comunicado que iba en este sentido! Nadie pudo tomar en serio, evidentemente, estas fanfarronadas: el legalismo obstinado de las direcciones sindicales les habría condenado de hecho a contentarse con una protesta platónica en caso de prohibición... Pero la tensión simulada entre los dos protagonistas de este show debía finalmente desatarse mediante una propuesta inédita: girar en círculo al interior de un encapsulamiento policial a partir de la plaza de la Bastilla a lo largo del canal del Arsenal (o sea un trayecto de 600 metros de ida). Las direcciones de la CGT y de FO estuvieron encantadas con la contrapropuesta gubernamental, que les permitía salvar la cara al mismo tiempo en que se unían con el gobierno en una exigencia común: acabar con ese cortejo de cabeza y los actos de vandalismo que autorizaba. Esta marcha clausurada, sin nada en juego, que pondría espectacularmente adelante la sumisión de las muchedumbres sindicalizadas a los imperativos del mantenimiento del orden, iba a instaurar por fin un acuerdo sobre un punto que era fundamental para las centrales sindicales y el gobierno: que unos u otros hablan el mismo idioma, el secretario general de la CGT Philippe Martinez lo demostró más de una vez, llegando incluso a justificar las prohibiciones de manifestarse dirigidas en la velada del 14 de junio a 130 personas (entre ellas cegetistas...): «es normal, son revoltosos» (juzgando así con base en los expedientes de policía). En el lado opuesto a este colaborador-delator, los estibadores de Le Havre, que advertían al inicio de abril que bloquearían toda la ciudad si estudiantes o universitarios de esta ciudad eran encarcelados tras las manifestaciones...

Hasta una fecha reciente, el principal parámetro en materia de «mantenimiento del orden» en Francia era la dispersión de los manifestantes, de los amotinados, lo cual implicaba dejarles al menos una vía libre para que ellos se largaran. Es claro que desde hace algunos años otro parámetro domina, el de la sofocación según la técnica del encapsulamiento, importada de Gran Bretaña. El objetivo primero no es ya librar las calles, sino infligir un castigo a quienes se atrevieron a ocuparla, una vez que son inmovilizados entre filas de antimotines y gendarmes — el arsenal tecnológico del que disponen les permite herir y mutilar a voluntad. Una demostración ejemplar fue la técnica del 1o de mayo, incluso si ese día las ambiciones de la policía (encapsular a varias decenas de miles de personas) fracasaron ante la determinación de los manifestantes. Pero según todas las personas que participaron en el 1o de mayo en París, el tornillo policial del 14 de junio fue todavía peor.

El 23 de junio aparece como un acto de cercamiento más que simbólico —despoja a los manifestantes de su dignidad haciéndolos girar en círculo como animales en un zoológico, no sin haberlos registrado previamente y arrojado a las patrullas a todos aquellos y aquellas que disponían de material de protección— así un cartero de Sur-92 se vio en esta situación por haber llevado consigo unos lentes de piscina, ¡y tendrá que dar cuenta de este delito ante la justicia! Sin embargo, la humillación no fue completa, porque hubo igualmente algunos cortejos salvajes por fuera del dispositivo: ese 23 de junio un grupo importante consiguió forzar el encapsulamiento de la policía ante la estación de Lyon, escapándose hacia Daumenil, otro irrumpió del lado de la plaza de las Victorias y por la tarde 500 personas se manifestaron en Belleville, destruyendo diversos símbolos del capitalismo. Sin embargo, el dispositivo se repitió el 28 de junio y después el 5 de julio: y aunque en cada ocasión la afluencia haya bajado, una parte importante de los oponentes a la ley El Khomri aceptaron así, de hecho, entrar en este compartimento que les fue asignado, los otros encontrándose a menudo privados del espacio que les ofrecía a pesar de todas esas grandes manifestaciones. Improvisar manifestaciones salvajes en otros lugares es siempre posible —a condición de estar bien entrenado en correr—, pero el inconveniente es entonces arrojar a esos manifestantes más determinados a una endogamia que los cortejos de cabeza habían permitido precisamente superar. «Hemos alcanzado los límites del motín», así lo titulaba con lucidez un artículo sobre la manifestación del 14 de junio.[9]

Si el deal entre ministerio de Interior y servicios de orden de la CGT, durante las manifestaciones nunca dejó de funcionar, sobre el terreno se encontró parcialmente cuestionado en la segunda fase de agitación, la de los bloqueos: incluso si las consignas sindicales en el sitio eran no asumir un enfrentamiento con la policía, esto no le impidió a esta deshacerse de los bloqueadores con un exceso de violencia. En efecto, después de dos meses de retrasos, las huelgas en marcha habían comenzado a multiplicarse, en los sectores vinculados a la circulación de la mercancía (SNCF, RATP, Puerto fluvial de Gennevilliers, transporte de carreteras), en las refinerías de petróleo, en los centros de tratamiento de desechos (Vitry, Port St. Louis). En mayo los bloqueos no dejaron de ganar en intensidad durante una decena de días (refinerías, pero también plataformas logísticas y vías de ferrocarril y hasta el aeropuerto de Roissy, el más importante de París). En Le Havre, la CIM, que descarga 40% del petróleo importado en Francia y que es distribuido en varias refinerías de la región, continuó bloqueado por la huelga durante varias semanas, al punto de comprometer el abastecimiento de París y de sus aeropuertos... Más anecdóticas, pero que apuntaban bien, el bloqueo en Marsella del centro comercial Les Terrasses du Port, construido sobre emplazamientos portuarios, el 26 de mayo por la Intersindical, o el bloqueo del tren publicitario de la Eurofoot 2016 en la estación de París Montparnasse por los ferroviarios de Sud-Rail en lucha el 18 de junio... Estos bloqueos duraron solo algunas horas, vista la intervención rápida de la policía, pero indican una vía más fecunda que las manifestaciones repetitivas.

Como lo explica Jean-Pierre Levaray, «Las huelgas se volvieron casi ineficaces, detener el país se ha vuelto más complicado que eso. Las centrales, las refinerías y las fábricas de producción se han vuelto cada vez más difíciles de detener y de volver a poner en marcha, lo que desanima a más de uno. Las grandes industrias son menos numerosas que hace treinta años y, cuando existen todavía, el trabajo resulta separado entre asalariados con estatuto de empresa y los PME subcontratados, los interinos, incluso los autoempresarios que no pueden hacer huelga. De igual modo, en los transportes, la energía, la salud, poderosas barras de metal han sido implementadas para que el “servicio” sea realizado cueste lo que cueste. Conseguimos, por tanto, bloquear el nervio de la guerra económica: la gasolina, el desplazamiento, la logística. Elementos esenciales de la producción y del consumo. Bloquear los ejes de caminos, las zonas industriales, los puentes o los rieles, se ha vuelto la práctica de lucha social de estos últimos años. “Una vez más, la estrategia del bloqueo se impone como la práctica más inmediata, más evidente y más eficaz en un conflicto político”, dixit el Comité Invisible».[10]

No obstante, la estrategia del bloqueo no ha conseguido detener los engranajes de la fábrica global durante la agitación de la primavera. Si abrió una nueva línea del frente, nosotros estamos forzados a admitir que, no obstante, no alcanzó sus objetivos: a lo mucho provocó un comienzo de rarefacción de la gasolina en las estaciones de servicio, a la mitad del mes de mayo, y acarreó una ralentización de la producción en ciertas industrias. En cuanto a lo demás, los centros comerciales continuaron siendo abastecidos, y los franceses promedio continuaron saliendo inocentemente el fin de semana. Está claro que, para los sindicatos, no se trataba efectivamente de bloquear el país, sino solamente de servirse de los bloqueos como de un medio de presión para obligar al gobierno a abrir negociaciones — que no estaba de ningún modo dispuesto a abrir, ¡y que no abrió! El plazo siguiente fue el de la Euro de fútbol 2016, organizada en diversas ciudades de Francia a partir de la mitad de junio hasta el comienzo de julio. El big boss de la CGT había anunciado claramente que no pretendía perturbar este evento. En París, la circulación del metro fue un poco interrumpida por las huelgas en marcha de los trabajadores de la RATP, en las otras ciudades ni siquiera hubo esto. Es evidente que bloquear la Euro de fútbol habría implicado acciones concertadas de bloqueo y sabotaje, apuntando a impedir los transportes colectivos y que se detuvieran en los estadios y las fanzones, a cortocircuitar sus abastecimientos eléctricos, a estropear las retransmisiones televisadas, etc... Lo cual habría llevado la agitación a un nivel superior. Tal estrategia habría puesto ciertamente al gobierno en peligro: porque la industria del entretenimiento de masas es tanto más una técnica de gobernanza, cuestión de vida o de muerte para las autoridades. Que ni siquiera haya sido posible considerar este plazo muestra los límites de la agitación contra la ley El Khomri.

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A pesar de todo, se trató de un bello momento. Esta agitación fue tanto más ejemplar si se mide qué capa de plomo recubre este país donde, desde hace años, solo los partidarios del orden se hacían escuchar en las calles, desde la Manifestación para Todos hasta las marchas Soy-Charlie. Francia se abandona a la crispación seguritaria e identitaria, en una paranoia creciente que tiene que encontrarse a enemigos: los musulmanes, los gitanos, los inmigrantes clandestinos, los desempleados y los jóvenes de las periferias. Tiene que encontrarse con ellos tanto en el interior como en el exterior. El fanatismo salafista, ese enemigo que el mundo occidental se fabricó pacientemente desde hace treinta años, permitió cerrar filas bajo el espectáculo del terrorismo. Francia nunca ha estado tanto en guerra como bajo la presidencia de Hollande; estas guerras llevadas a cabo por profesionales en diversos países musulmanes, lejos del hexágono no solamente no provocan protestas, sino bien al contrario sirven para cerrar filas al interior. El terrorismo y el estado de emergencia revotan así uno en otro, el Estado francés envía su aviación, a cada atentado salafista, a bombardear alguna ciudad en Siria, dejando a decenas e incluso a centenas de civiles asesinados o mutilados, que convocan invariablemente a otros atentados en una espiral sin fin. Arrastrarnos por las buenas o por las malas en esta espiral es el último medio de gobierno del que el Estado dispone. En cuanto al estado de emergencia, proclamado después de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París y susodichamente destinado a combatir otras tentativas salafistas, ha servido sobre todo para prohibir las contramanifestaciones durante la COP21 en diciembre de 2015 y después para justificar un cierto número de medidas de baja intensidad aplicadas contra la agitación social en la primavera de 2016. Finaliza la tendencia instaurando un estado de excepción en el país desde hace una quincena de años.

En este contexto, es altamente significativo el hecho de que Manuel Valls, que se había vuelto un especialista en el Partido Socialista para tratar las cuestiones «de seguridad», antes de volverse lógicamente ministro de Interior, se encuentra a la cabeza del gobierno actual. No es por tanto la policía la que escapa del control del gobierno sino más bien el gobierno el que se ha vuelto completamente policial. El ministerio de Interior se ha vuelto la clave de todo gobierno en Francia, y a lo sumo el ministro mostrará posturas marciales o tendrá oportunidades de volverse primer ministro, e incluso presidente de la República. El desempeño ejecutivo es de todas formas el valor supremo de esta gente, que calca su comportamiento en aquel de los raiders. Nicolas Sarkozy había ya encarnado tal cinismo calculado, según una trayectoria que Valls ha seguido a su vez.[11]

Valls dirige un gobierno que no es en realidad más que un simple organigrama institucional, la dimensión simbólica, la del pseudo-debate parlamentario, que desde entonces puede ser evacuada — el recurso al 49.3, procedimiento expeditivo que permite hacer pasar con fuerza una ley sin examen en la Asamblea nacional, es en este sentido revelador de un autoritarismo monárquico cuya herencia es detentada por la República francesa, pero aquí el Estado Es ya únicamente un aparato subordinado a la gobernanza eurocrática. Y como lo decía el presidente de la Comisión Europea durante el referéndum griego sobre la austeridad en 2015, «No puede haber elección democrática contra los tratados europeos». A escala europea, esto se traduce en la dominación de una tecnocracia que no reconoce por interlocutores más que a los funcionarios dirigentes del capital; a escala nacional, la transferencia de la decisión política, que abandona el legislativo en beneficio del ejecutivo, acarrea una concentración de las funciones al más alto nivel (así la ley El Khomri ha sido de hecho pensada y preparada en el gabinete de Manuel Valls). A este respecto se pudo hablar de un gobierno putschista, cuyo instigador es Valls desde 2012.

Al igual que la represión policial, el tratamiento judicial de las personas arrestadas durante la agitación deriva de un estado de excepción que está en proceso de banalizarse. Como lo habíamos anunciado en 2010 en el momento del proceso de los amotinados de Villiers-le-bel, un precedente iba a ser creado: la noción misma de prueba, que fundaba hasta ahí la posibilidad de una acusación, es actualmente barrida ante la simple presunción. Basta con ser considerado como capaz de la acción para ser culpable de ella. Al inicio de julio de 2016, había desde el comienzo de la agitación exactamente 896 personas bajo custodia, 32 condenadas a penas de cárcel con sentencia suspendida, de las cuales 23 fueron puestas bajo libertad condicional. El perfil de los condenados está compuesto a imagen del cortejo de cabeza, extremadamente variado — ¡entre ellos encontramos incluso a delegados sindicales! Novedad en el arsenal represivo, las prohibiciones de manifestarse, con prohibición de penetrar en un cierto perímetro, entregadas por la policía a personas que ya han sido interpeladas o simplemente identificadas durante manifestaciones precedentes, les han tocado a varias centenas de personas, principalmente en París y las ciudades del oeste (Nantes, Rennes, Rouen). La técnica del encapsulamiento no está destinada, por tanto, únicamente a castigar, sino también a fichar a decenas y centenas de manifestantes, que podrán por consiguiente ser objeto de interpelaciones preventivas, de asignación a residencia, etc., e incluso encontrarse en los archivos antiterroristas.[12]

El desencadenamiento de violencia policial estos últimos meses ha sido tal que algunos comentadores se han preguntado si la policía no había escapado al control del gobierno... lo cual es bastante ingenuo. La policía detenta de todas formas un poder especial, el número de homicidios policiales cometidos sobre jóvenes árabes y negros, invariablemente cubiertos por las autoridades judiciales, basta para testimoniarlo. Pero no tiene solamente el campo libre cuando se trata de castigar a ciertas categorías de población, tiene igualmente derecho al cabildo de la gobernanza: así el sindicato de policías Alliance que se expresó públicamente y de manera repetida a propósito de las operaciones de mantenimiento del orden, a lo largo de toda la agitación, otorgando buenos y malos puntos al ministerio de Interior, llegó incluso a organizar el 18 de mayo una concentración sindical en plaza de la República «contra el odio anti-policías». En cuanto a la cuestión de saber si la policía está todavía bajo control, la respuesta es bastante evidente: un cuerpo del que sus dos tercios votan Frente Nacional está perfectamente adaptado para aplicar la política de la extrema que un régimen acorralado necesita. Hay por tanto una perfecta coincidencia entre este gobierno Partido Socialista y sus policías fascistoides, como había perfecta coincidencia entre los socialdemócratas en el poder en la Alemania de 1918 y las guardias blancas que asesinaron a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Ejemplar a este respecto fue la intervención sin precedentes de los policías contra la tradicional manifestación del 1o de mayo: antimotines y gendarmes móviles no actúan así sin órdenes. La movilización contra la ley trabajo y su mundo habrá puesto en cuestión la fiesta del trabajo...[13]

Además, desde hace quince años los gobiernos sucesivos han equipado metódicamente a los diferentes cuerpos de policía con materiales cada vez más sofisticados, permitiendo técnicas más y más viciosas del mantenimiento del orden y respaldando un desencadenamiento de violencia gratuita por parte de los policías. El uso del «flash-ball» y otras armas llamadas no-letales está destinado a intimidar, e incluso aterrorizar, causando heridas que son graves, pero no mortales — el miedo obsesionado con un nuevo Malik Oussekine... El hecho de asfixiar a los manifestantes con gases lacrimógenos y después enviar granadas ofensivas justo en medio de la muchedumbre expresa claramente esta intención, que se tradujo en un número impresionante de heridas graves y mutilaciones. Hay gente que ha perdido ojos, algunos han caído en coma, y muchos conservan en su carne las huellas de esas granadas llamadas de «désencerclement», las cuales contienen cartuchos de caucho que se dispersan. La bestialidad policial no ha perdonado a los periodistas independientes, y no más a los equipos de Street Medics que con una dedicación admirable han curado en el sitio mismo a los heridos: varios de estos cuidadores benévolos han sido ellos mismos arrestados y brutalizados.

La sobrepuja en el equipamiento militar no cesa, estimulada por la amalgama entre el terrorismo salafista y formas de agitación social incontrolables. Un nuevo fusil de asalto, un casco balístico y un escudo antibalas ágil se añaden a una panoplia ya bastante provista. En los medios de comunicación, esto arroja este género de discurso: «Desde 2013, las unidades antidisturbios reflexionan en la respuesta cuando los amotinados o los manifestantes les apunten con armas de fuego. Con la amenaza terrorista en particular y riesgos de matanzas masivas, el plan de formación se ha acelerado. Antes de la Euro 2016, 1500 antidisturbios entrarán en operación [...]. Durante los motines urbanos de Villiers-le-Bel, en 2007, aguantaron tiros de fusil de caza, sin poder defenderse con armas iguales...». Lo que la policía y los medios consideran como el arma «igual» a un simple fusil de caza que dispara posta, es en este caso un arma de guerra, el fusil de asalto HK G36, que equipará a los antimotines pero también la BAC... Fusil equipado con un cargador de 30 cartuchos, pero que puede recibir una centena para disparar en modo ametralladora (es utilizado en México y en Brasil por los policías federales).

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La agitación de la primavera de 2016 surgió por tanto de casi nada —la insatisfacción creciente en diversos sectores de la sociedad francesa. El período festivo (julio/agosto), que es el de las vacaciones pagadas, acarrea fatalmente una suspensión de las luchas, pero es bastante posible que la agitación vuelva a iniciar desde el regreso a clases en septiembre. Un cegetista de base resumió bien el punto decisivo hablando de «guerrilla a largo término»: un hostigamiento repetido, que cuida las respiraciones en el tiempo de lucha, puede parecer bastante más fecundo que un choque frontal. Y seríamos proclives a arriesgar la hipótesis siguiente: la huelga general, que algunos veían como el horizonte primero e imprescindible de la lucha, y que bastante a menudo no ha conducido más que un agotamiento de los recursos hasta que los sindicatos llamen a retomar el trabajo —pretendiendo que «la lucha continúa bajo otras formas» mientras los huelguistas se agotan—, esta huelga general llegaría tal vez, en sentido contrario a 1968, como consecuencia del momento político y no como su causa.

En cualquier caso, es interesante notar que, en la agitación en curso, los trabajadores en lucha no han formulado cuadernos de reivindicaciones, se han contentado con exigir el retiro de la ley El Khomri. Algunos, que ya desde antes tenían motivos para hacer huelga (en particular los ferroviarios) han aprovechado esto simplemente para añadir esta exigencia a sus reivindicaciones iniciales. A lo cual se añaden huelgas locales como la de la fábrica Bosch, en Vénissieux, en huelga desde el 26 de abril hasta el 11 de mayo contra el cierre anunciado del sitio. Otros se apoyaron en la agitación en curso, como esos obreros de Ascométal, en Fos-sur-mer, que iniciaron una huelga a comienzos de julio contra el despido de uno de los suyos, supuestamente sorprendido por su capataz fumando marihuana, y que ganaron apoyos por bloquear la entrada de la fábrica que probablemente nunca habrían tenido en tiempo normal — a no ser que con respecto al aislamiento geográfico de la fábrica, entre los altos hornos de Sollac de un lado y la llanura de la Crau del otro, a 50 km de Marsella...

El problema del sindicalismo, desde el punto de vista de una crítica revolucionaria, no es su carencia de combatividad (reproche habitual de los izquierdistas y cenetistas). Hemos visto sindicatos extremadamente combativos desde que se trataba de «defender el empleo» — en el Puerto de Marsella esto se vio con la CGT de los estibadores, de los marineros de la SNCM y de la metalurgia naval, capaces de asumir un enfrentamiento de gran intensidad pero que seguían estando cuidadosamente encerrados en este espacio, sin ninguna comunicación con el resto de la ciudad. Es el estatuto del trabajador el que dirige la lucha sindical, no el espacio social y urbano al que ese mismo trabajador pertenece. Y no se puede invertir una relación social permaneciendo encerrado en un estatuto.

Colocar el trabajo vivo como una potencia autónoma frente al capital, tal habrá sido el horizonte del movimiento obrero durante un siglo. Ahora bien, el trabajo tal como existe desde la gran domesticación industrial (que los economistas se atreven a llamar «revolución») es solamente la condición de existencia del capital. La subordinación del trabajo al capital no es una desgracia infligida al trabajo por el capital —incluso si es una desgracia para la gente condenada al trabajo, condenada a la esclavitud asalariada. El trabajo no existe más que subordinado al capital— de no ser así, es actividad, y no trabajo. Esta oposición entre trabajo y capital, fijada y teorizada por las diferentes corrientes revolucionarias del siglo XIX, ha relegado en los hechos el elemento subjetivo, el del rechazo al trabajo, a la clandestinidad. Desde esta perspectiva, ningún devenir sería viable: las luchas obreras podían ser victoriosas a corto término, a largo término el capital volvía a ganar ampliamente sus posiciones reconfigurando los términos de la oposición de tal modo que el trabajador sea siempre cada vez más dependiente y esté más sujetado a los dispositivos implementados por la ingeniería capitalista.

Lo que conocemos bajo el nombre de trabajo no es una realidad ancestral, que el capital habría alienado: es algo que nos fue impuesto con el advenimiento del capitalismo. Este solo puede reproducirse en la sola medida en que consigue imponer el trabajo asalariado como horizonte general de la vida. Es lo que muchos jóvenes del cortejo de cabeza rechazan, pancartas y más todavía grafitis lo dicen clara y poéticamente: «El trabajo está roto, ¡tirémoslo!», «Burn-out general», «El trabajo es la peor de las policías», «No acondicionemos el trabajo, ¡generalicemos la pereza!», «Ni ley ni trabajo», decían algunas pancartas en los cortejos de cabeza, ¡sin olvidar el magnífico «Nosotros somos de aquellos que hacen el amor después de mediodía»! Estos eslóganes formulan abiertamente algo la mayoría de las veces indecible por aquellos que deben ir al partirse el lomo. Por lo demás, cierto número de estos jóvenes del cortejo de cabeza son ellos mismos trabajadores, precarios en su mayoría. Pero la articulación entre los huelguistas, sindicalistas o no, y estos jóvenes (estudiantes de liceo, universitarios, futuros desempleados, trabajadores precarios), entre unas reivindicaciones y una aspiración, ¿dónde y cómo se hace ella? Los sindicatos y la multitud del cortejo de cabeza corresponden a modos de socialización diferente, si no es que antagónicos. Por un lado, la socialización a través del trabajo, mediante un estatuto de trabajador asegurado, que recubre todavía mucho mundo a pesar de la precarización galopante, mientras que atrás del cortejo una zona de incertidumbre se abre, la cual contempla de modo subjetivo una superación. El momento en que estos dos componentes distintos convergerían hacia un mismo punto de fijación sería verdaderamente político. Está permitido pensar que ese horizonte de espera no está ausente de los cortejos sindicales — si no, ¿por qué tantos sindicalistas se dirigirían hacia un cortejo de cabeza que muestra tales eslóganes?

Si es muy evidente que lo que se juega en esta agitación supera a la ley El Khomri, esta permitiría poner sobre el tapete la cuestión del trabajo. Después de todo, esta ley no hace más que sancionar la pérdida de sentido social del trabajo. Durante mucho tiempo, en el interior de un régimen global de explotación el trabajo constituía, sin embargo, la mayor forma de socialización y de legitimación individual. A tal grado de precarización, de flexibilidad y de movilidad el trabajo ya ni siquiera ofrece esto. Sin hablar del objeto mismo de ese trabajo, cada vez más absurdo —fabricar hamburguesas en McDonald’s, trabajar como vigilante en una agencia de seguridad o apilar trapos en una tienda H&M... Contrariamente a los obreros de las cadenas de montaje de la época fordista, cuya revuelta se socializaba en el espacio de la fábrica, la revuelta de los jóvenes precarios y desempleados-de-por-vida está de alguna forma suspendida en un vacío social. Y si la relación con la necesidad del dinero constituye el elemento común a todos aquellos que se encuentran obligados al asalariamiento bajo sus diversas formas —o bien a la indigencia—, ¿qué va a operar una comunicación en la lucha? Dicho de otro modo: ¿cómo esta atadura va a verse comunizada? No se trata únicamente, como lo dice placenteramente un grupo de camaradas de Toulouse, de exigir «dinero esperando el comunismo» (después de todo, es lo que hicieron los piqueteros argentinos y los Kirchner supieron neutralizarlos redistribuyendo dinero) sino de dar consistencia al rechazo al trabajo, experimentando formas de actividad que no estén sometidas al imperativo de la valorización.

Lo más significativo es que en Nuit Debout, que surgió no obstante de las manifestaciones contra la ley trabajo, ¡casi no hubo debate sobre la cuestión del trabajo! Un sinnúmero de intervenciones sobre incontables «cuestiones de sociedad», pero prácticamente nada sobre una cuestión tan fundamental como es la del trabajo, o más precisamente de la crítica del trabajo. La cual es también crítica de la separación y de la jerarquización entre trabajo manual y trabajo intelectual. Lo que pasaría entre otras cosas por el hecho de renunciar a hacer hablar a los intelectuales en cuanto tales, a partir de la posición especializada y privilegiada que ocupan en la sociedad; y a cultivar la duda sobre todo discurso que se construya y se despliegue a partir de esa posición. Nuit Debout, lejos de poner en cuestión el estatuto del intelectual, le confería una posición dominante en el interior de la agitación en curso — dos minutos era el tiempo de intervención promedio de un desconocido, intervenciones sin fin para las personalidades intelectuales reconocidas. La crítica del trabajo sería en primer lugar una crítica de la división dominante del trabajo.

* * *

Si la constricción que pesa sobre el trabajador se expresa abstractamente, como resultante de relaciones sociales impersonales —la necesidad del dinero, que lo constriñe en silencio a la esclavitud asalariada—, no obstante, se ejerce en un trabajo según modalidades bien concretas. Es por tanto vano decir que la verdadera lucha comenzaría más allá de toda reivindicación particular. La cuestión es más bien: ¿de qué forma una reivindicación común puede abrir un campo conflictual, y cómo, llevada a un cierto punto de incandescencia, puede acarrear una crisis del poder y convertirse así en momento político? Marx había mostrado en su tiempo, con un talento inigualable, cómo la lucha de clases latente en Francia desembocaba en la insurrección aprovechando fases de crisis política — la primavera de 1858, el invierno de 1870. La condición primera es por tanto que la agitación actual consiga ya inscribirse en la duración.

El capital imprime al trabajo un doble carácter: al trabajo concreto del ejecutante hace frente la omnipotencia del trabajo abstracto, que determina el contenido y la forma del trabajo concreto. «De hecho, el trabajo que es así medido por el tiempo, no aparece como el trabajo de individuos diferentes, sino que los diferentes individuos que trabajan aparecen más bien como simples órganos del trabajo».[14] El sindicalismo se despliega en el campo del trabajo concreto, pero ese trabajo —que no es ciertamente el trabajo libre y más o menos creativo del artesano de antaño sino aquel, repetitivo y agotador, del obrero explotado— no tiene él mismo ninguna consistencia frente al trabajo abstracto. Lo que está bien expresado en el contenido de la ley El Khomri. ¿Qué le sucede a die beruf cuando el trabajo vivo está hasta este punto modificado? ¡Quién puede todavía creer en la realización a través del trabajo después de los sesenta suicidios en France Telecom entre 2006 y 2009![15]

Esta crisis del trabajo hace que los sindicatos puedan cada vez más difícilmente asumir la función que fue históricamente la suya, la de negociar el precio de la fuerza de trabajo, reducidos a hacerlo a partir de una posición de retaguardia, a saber, «la defensa del empleo» — agregando el hecho de que el campo así delimitado entra también en contradicción violenta con exigencias ecológicas elementales: para un CGT Vinci que acepta condenar el proyecto del aeropuerto de Notre-Dame-des-Landes, cuántas secciones CGT que defienden el empleo en las fábricas fabricando y exportando material militar, sin siquiera hablar de la posición pro-energía nuclear de la CGT Energía...[16]

La CFDT asume la crisis del trabajo, desde una perspectiva que ciertamente no tiene nada de revolucionaria: una buena parte de la ley El Khomri responde a las orientaciones de este sindicato cogestionario. Pero que sea la CFDT o inversamente la CGT, FO y SUD, los sindicatos razonan, cada uno a su manera, desde una perspectiva que mantendría la centralidad del trabajo. Y esto mientras la parte del trabajo vivo en la producción de valor no cesa de adelgazarse en proporción inversa de la parte del trabajo muerto (el pensamiento materializado en el aparellaje tecnológico, toda la inteligencia capitalista de hecho). Que 6.5 millones de desempleados sean contabilizados en el sexto país rico del mundo no deja flotar por encima ninguna duda. Pero mientras que el trabajo vivo ve su papel efectivo en el interior de la fábrica global, continúa siendo planteado como un absoluto en la moral dominante, es decir, en la economía y en el discurso político que dicta. Estos axiomas que son «el empleo» y «el crecimiento» funcionan como binomio, cada uno convocando al otro para formar un discurso circular que clausura el campo de cuestionamiento, y que se traduce en el modo de la orden moralista: por ejemplo, el eslogan de la campaña presidencial de Sarkozy en 2007, «trabajar más para ganar más», o más recientemente las insolencias de su homólogo Emmanuel Macron quien, envuelto en sus trajes de lujo, va a dar clases de moral a los obreros tan mal vestidos...[17] La primera función política de la economía, que ciertamente no data de ayer, es adiestrar a la gente en la moral del trabajo.

Los sindicatos, por su parte, se encuentran cada vez más desplazados con respecto a la revolución del asalariamiento: no solamente no reagrupan más que una parte de los asalariados asegurados, sino que corresponden únicamente a esa figura del asalariamiento — que se podría designar como la parte fija del capital variable. Considerando que 85% de los contratos de trabajo actualmente firmados en Francia son CDD, de corta duración para la mayoría, es evidente que las grandes movilizaciones sindicales solo pueden ignorar todo ese asalariamiento flotante. A lo cual se añade el peso del trabajo no declarado en sectores tan importantes como la construcción, la agricultura y la industria alimentaria... El movimiento de los Intermitentes del espectáculo había comenzado a hacer cuestionamientos a propósito de esta extensión del asalariamiento: «Hace ya un tiempo que lo que antaño fue privilegio de los artistas y técnicos del espectáculo, practicantes del empleo discontinuo (ser inventivos, disponibles, flexibles), es lo que es cada vez más exigido al conjunto de los asalariados. Y es sin duda para conducirlos a esa docilidad entusiasta al empleo precario, subpagado e indigno, que fueron concebidos los acuerdos Unedic (sobre el seguro-desempleo)» declaraba hace algunos años la Coordinación de los Intermitentes y Precarios de Île-de-France. «El gobierno de una “población flotante” requiere dispositivos de control social, de ahí la constitución de nuevos “patrones” como el Unedic, Pôle Emploi, el Estado a través de la gestión del RSA: este seguro de desempleo no es simplemente una institución de indemnización y de ayuda que permita a los desempleados encontrar un empleo, es también un dispositivo de constitución, de regulación y de gobierno de un mercado del empleo pobre y de una “población flotante”. Se puede decir lo mismo de la gestión del RSA por el Estado y las colectividades locales».[18] Este ángulo muerto del asalariamiento queda de facto abandonado por los sindicatos a los dispositivos de gestión estatal, aparatos disciplinarios encargados de ejercer un chantaje permanente sobre los beneficiarios con miras a obligar a una parte a aceptar trabajos mal pagados. Y el workfare, importado de los USA, anuncia días venideros todavía más fáciles para muchos: los programas de workfare plantean como principio que los beneficiarios de la ayuda social deban trabajar benevolentemente para tocar una prestación mensual. Varios Consejos generales han decidido desde ya condicionar el desembolso del RSA al hecho de efectuar horas de trabajo gratuito con el beneficio de colectividades locales o asociaciones... el retorno de los workhouses de antaño, pero en medio abierto.[19] Además, ¡el recurso al trabajo gratuito de los beneficiarios contribuirá a agravar las condiciones de trabajo de numerosos asalariados haciéndoles competencia a ciertos costos imbatibles!

Los habitantes de las periferias pobres están evidentemente aún más abandonados a estos dispositivos, y la asistencia social sospechosa va de la mano con la vigilancia policiaca. Expuestos a la precariedad, a los trabajitos temporales y subpagados o a la prisión, es evidente que todas estas personas, que tendrían excelentes razones de manifestarse, apenas tienen la posibilidad de hacerlo a medida que la lógica sindical permanece dominante. No es el mantra de una «convergencia de luchas» lo que incitará a los relegados de las periferias a entrar en el baile. Tanto como un factor claramente contrarrevolucionario juegue en su contra en muchas periferias, a saber, el clientelismo, principalmente asociativo.[20] Pero este podría también entrar en crisis, en un período en el que los recursos para la distribución se rarifican —hoy en día, los elegidos tienen que acordar empleos precarios de tiempo parcial pagados como un favor con algunas centenas de euros al mes... En las periferias pobres del país la cuestión social se plantea de entrada a un nivel completamente distinto al que es planteado por los sindicatos o por Nuit Debout— o por ciertos anarcos y autónomos monomaniacos...

Si el trabajo sigue siendo la referencia en los discursos de los políticos y de los economistas, lo es también para los sindicatos, porque es la base de su existencia. Ahora bien, la sola cosa que identifica a los proletarios en cuanto tales en la actualidad, es la relación con la necesidad del dinero: dicho de otro modo, algo que es en primer lugar vivido en el modo de la carencia. Es esta necesidad lo que es común a todos — mientras que los capitalistas no conocen el dinero más que bajo el exacto contrario de la carencia, como capital. Algunos, creyeron responder a esta contradicción entre la necesidad del dinero y el estatuto del trabajo, proponen instaurar un salario justo, un ingreso garantizado por un nuevo Estado benefactor (cf. las elucubraciones del estalinista reciclado Bernard Friot, entre otros). Ni siquiera entraremos en las discusiones ociosas para saber cómo sería extraído y después distribuido tal ingreso, porque pensamos que se trata muy al contrario de definir un campo que escapa a la influencia del discurso económico y en el que se dejaría de pensar en términos de empleo y de ingreso para pensar en términos de puesta en común directa de los recursos. Esto no surgirá de la cabeza de un economista, incluso aterrado, sino de la multiplicación de acciones directas. Y para decirlo claramente, esto se hará con toda ilegalidad, en detrimento de las empresas y del Estado. Para tomar un ejemplo en la reciente agitación, acciones como las de los empleados de EDF que, en varios departamentos, interrumpieron los contadores en horas pico, van en este sentido.

Ciertamente, tal campo no puede concebirse a través de una posición de sobrevuelo. No hay un solo universitario que nunca haya estado triste para decir que reivindicar es ya someterse... «Si la clase obrera cediera en su conflicto cotidiano con el capital, se privaría ciertamente a sí misma de la posibilidad de emprender tal o cual movimiento de mayor envergadura».[21] La conflictualidad propia de la oposición trabajo/capital es solo el estado normal de la sociedad, que condujo a la burguesía y sus gobernantes a reconocer la necesidad de tener un interlocutor sindical para volver negociable el conflicto. Pero está claro que esta regulación ha entrado en crisis. Los dirigentes de Air France con sus camisas desgarradas y los funcionarios de Goodyear secuestrados hicieron la experiencia quemante de esto: delegados sindicales participaron en estas acciones violentas, y fueron condenados por esto...[22]

Las luchas sobre los lugares de trabajo son reivindicativas, ya que surgen en un campo de tensión bien determinado entre el trabajo y el capital: pero diversas intensidades se ejercen ahí, las cuales van bastante más allá —por ejemplo, en el placer de cerrarle su hocico al jefecito. Cuando se generalizan y salen de la empresa, acarrean un desplazamiento del conflicto hacia lo que nosotros llamamos un momento político: dan entonces un vuelco en una dinámica que no es ya la de la reivindicación sino la de la autoorganización— no la autogestión, que permanece encerrada en la lógica de la empresa y del mercado, sino la comunicación de los recursos. Esto se vio últimamente en diversos países de América Latina, desde Argentina hasta México pasando por Bolivia. Es aquí en donde hace falta inspirarse.

Hemos visto premisas para la constitución de tal campo en la Italia de la década de 1970 donde la separación entre el espacio de la fábrica y el de la metrópoli caía bajo el golpe de las luchas autónomas. Más recientemente en la Argentina de la década de 2000 donde el movimiento de los desempleados había alcanzado una potencia verdaderamente política: cuando se trataba de defender las fábricas ocupadas contra una expulsión, eran los desempleados organizados quienes proveían lo sustantivo de las tropas, invirtiendo la relación entre trabajadores y desempleados que hace habitualmente de estos los padres pobres de la lucha. Cuando en un barrio de Buenos Aires los desempleados constituyen la principal fuerza capaz de sostener a los trabajadores, el campo de socialización es tal que desborda los muros de la empresa. Se piensa también en formas de solidaridad inéditas experimentadas en Andalucía, y no solamente en Marinaleda sino también en esos barrios de Cádiz en los que quienes tienen un trabajo comparten su salario con los vecinos desempleados cada uno su turno. La perspectiva sería la de construir un campo de relaciones que salga del marco de la empresa (para los trabajadores) y de la asistencia social policial (para los sin-empleo). Como condición previa a una desviación social de los recursos técnicos que el momento político (es decir, las vacaciones del poder) autorizaría. No se trata solamente de experiencias prácticas sino también de un campo de reflexión. En resumen, de una comunicación experimental.

El hecho de que existan luchas importantes por fuera del campo sindical va en el sentido de tal apertura: nadie ignora el papel de la ZAD de Notre-Dame-des-Landes, en el oeste, sobre las dinámicas de Nantes y de Rennes estos últimos meses. De igual modo la cuestión de los refugiados, particularmente de Siria: la expulsión violenta de los campamentos de Calais, donde se vieron a los grupos fascistas ayudar a los antimotines, algún tiempo antes del comienzo de la agitación, contribuyó a incrementar el resentimiento contra este gobierno. Se vio en París durante la agitación de la primavera varias acciones de solidaridad, mientras que el apoyo activo al campamento de la plaza Stalingrado iba hasta la apertura de un colegio abandonado para recibir a migrantes. Y es notable que el MILI se haya constituido durante la movilización contra la expulsión de una estudiante de liceo en Rrom hace algunos años.

* * *

«No es la manifestación lo que desborda, es el desbordamiento lo que se manifiesta» podíamos leer en los muros en esta primavera de 2016... Los camaradas del MILI definen bien el inicio de un momento político: «hasta las ganas de crear las condiciones de algo que nos desborda, no de controlar algo». No hacemos política, lo que hacemos es, momentáneamente, política. Ese momento donde un incremento de potencia colectiva es susceptible de hacer saltar el poder estatal.

El poder estatal se funda en dos polos que siempre tienen que permanecer en tensión, el del orden jurídico y el del orden disciplinario. El primero se presenta como el polo positivo, que asegura protección, el segundo como el polo negativo, que inflige castigo. Cuando estos dos polos dejan de estar en tensión, bajo el efecto de una agitación incontrolable, la dinámica del poder entra en crisis. Las premisas de esto son actualmente perceptibles. Por un lado, vemos el polo jurídico del poder, que es también el que lo legitima, se encuentra cada vez más debilitado (por ejemplo, el derecho al trabajo es ahora relegado a segundo plano) y según procedimientos expeditivos (la representación nacional cortocircuitada por el recurso al 49.3). Nuestro propósito no es defender el código del trabajo, que no hace más que regular la explotación, y tampoco lo es defender el pseudo-debate parlamentario, que no hace más que escenificar el espectáculo de la política. Observamos únicamente que la gobernanza comienza pasando fuera de todo ese dispositivo de legitimación y de regulación que constituye la esfera del Derecho civil y político — hasta el Derecho penal, ¡que se encuentra empujado por las disposiciones antiterroristas! Por otra parte, vemos el polo disciplinario, que es también el que reprime, desbocarse con la explosión de una violencia policiaca sin precedentes y la implementación inexorable de un estado de excepción en todos los países. La gobernanza actúa ahora en una emergencia que siente el fin del reino.

El acontecimiento político que no hay que perder, será el de organizar la desmotivación electoral con la cercanía de las elecciones presidenciales y después legislativas de 2017: no podría tratarse de soportar pasivamente dos trimestres de campaña presidencial. Inspirarse por el contrario en la Otra Campaña que los camaradas zapatistas han organizado en México 2006: que por todas partes en el país la gente que está organizándose pueda debatir sus experiencias respectivas, dejando la indignación a los impotentes.

Pues la indignación, por su parte, encuentra siempre una caja de resonancia electoral, así Ruffin declara ahora a quien quiere escucharlo que «Nuit Debout se acabó»: «Actualmente lo que cuenta es ganar las elecciones presidenciales de 2017», dicho de otro modo, hacer campaña para el apparátchik Mélenchon. Lo que tendrá la ventaja de colocar claramente a tal gente, con su retórica soberanista y productivista, en el campo del enemigo. En cuanto al Partido Socialista, fue obligado a anular su «universidad de verano» anunciada en Nantes a finales de agosto, temiendo sufrir la vindicta proletaria en una ciudad que se mostró singularmente agitada durante toda la primavera...

A su derecha, el gobierno es denunciado por su incapacidad para detener la agitación y traer el orden — aunque la derecha pueda difícilmente hacer demagogia, al haberse revelado Hollande todavía peor que Sarkozy en materia de represión. En cuanto a la extrema derecha, que tejió laureles a Hollande por su política belicosa desde los atentados, no tiene vocación de ejercer el poder; ha llenado, de hecho, ya ampliamente su función en el espectáculo de la política. Por su cuenta, el PS podrá recuperar con dificultades votos jugando, como lo hace desde hace treinta años, con el miedo al Frente Nacional: en un país donde un clon de Pierre Lavan es Primer ministro, es claro que esta falsa oposición no movilizará ya. Una vez más, para retomar lo que habíamos escrito hace diez años, si Francia ha evitado el fascismo no es porque sería el país de la libertad sino porque es el país de la autoridad.[23] La reproducción del aparato estatal y disciplinario es lo esencial, el color del pelaje gubernamental es accesorio.

Mientras que el estado de emergencia arrancó para durar, y las diversas medidas de excepciones que restringen el campo de las libertades jurídicas son manifiestamente llamadas a constituir la norma por mucho tiempo, es claro que la campaña presidencial de 2016 tendrá por objeto obtener sobre esto el consentimiento explícito de los electores-espectadores. Desde hace veinte años, la «seguridad» es el tema en el que se enfrentan los candidatos, cada uno colocándose como el más adecuado para garantizarla a los franceses. En estas condiciones, el país podría balancearse en un régimen de excepción militar-policiaco sin siquiera necesitar simular un golpe de Estado como Erdogan en Turquía... La campaña electoral constituiría en sí misma tal golpe de Estado, que bastaría al vencedor con ratificar en el plano constitucional. Importa por tanto destituirlo por adelantado.

«Continuemos el comienzo...»

Alèssi Dell’Umbria,
Marsella, junio/julio de 2016

[1] Entre 1944 y 1946, una serie de medidas, que se inspiraban en el programa del Consejo Nacional de la Resistencia que intentaba reconstruir el país sobre bases de cogestión sindicato/patronato/Estado, desembocaron en la creación de la Seguridad Social, la nacionalización total de los servicios considerados como públicos (Caminos ferroviarios, Minas de hulla, Electricidad y Gas... compañías aéreas y de navegación, bancos, seguros, más el fabricante automóvil Renault), así como al reconocimiento de los sindicatos. Ocurriendo tras las medidas del Frente Popular en 1936 a favor de los trabajadores (derecho a vacaciones pagadas, limitación de la semana de trabajo a 40 horas), estaban destinadas a apaciguar las tendencias revolucionarias del movimiento obrero en un momento en que numerosos trabajadores, armados de su papel en la Resistencia contra la ocupación alemana, estaban todavía armados. De hecho, la mayoría persistieron en deponer las armas bajo la orden del Partido Comunista Francés en nombre de la reconstrucción nacional... Desde 1946, la alianza entre De Gaulle y el PCF había terminado, la Guerra Fría comenzaba, pero las medidas sociales tomadas durante estos dos años se quedaron...

[2] Si la tasa de beneficio de las empresas se llevó casi en todas partes de Europa una ruin paliza después de la crisis de 2008, para Francia esto estuvo cotizado en cerca de 60 mil millones de euros. En un contexto en que las industrias sufren inconvenientes para encontrarse nuevos encargos, el único medio para los gobernantes para permitir a los capitalistas volver a ganar los beneficios perdidos tras 2008, fue bajando las cotizaciones sociales y ofreciendo reducciones fiscales a las empresas — lo cual debería gravar las ganancias del Estado de 41 mil millones de euros en 2017, ¡sin duda recuperados sobre la espalda de los beneficiarios del RSA y de los desempleados indemnizados!

[3] CIP, Contrato de Inserción Profesional, que preveía que el contrato de duración determinada para los jóvenes de menos de 26 años fuera pagado a 80% del Salario Mínimo (SMIG). Fue retirado ante la amplitud de las protestas callejeras. CPE, Contrato Primer Empleo, proyecto de ley sobre el empleo de los jóvenes adoptado en marzo de 2006, después retirado dos meses más tarde ante la amplitud de las manifestaciones. En los dos casos, fueron los jóvenes, estudiantes de liceo y universitarios quienes lanzaron el movimiento, seguidos por los sindicatos de trabajadores.

[4] Por otra parte, el MILI cambió su nombre, llamándose ahora Movimiento Inter-Luchas Independiente. Podemos leer una entrevista del miembro de MILI en el sitio de Quartiers Libre.

[5] Durante la manifestación del 14 de junio, tres policías de civil se encontraban a la cabeza del cortejo sindical, quienes señalaban a los responsables del servicio de orden cuándo debían detenerse, para dejar avanzar al cortejo de cabeza y aislarlo del resto de la manifestación. Es pues evidente que existe una colaboración directa, sobre el terreno, entre los responsables del servicio de orden CGT y la policía.

[6] ¡Hay que leerlo para créelo! «¿Cómo salir de la antinomia entre la improductividad y el retorno a la caballeriza parlamentaria? La única respuesta a mis ojos es: estructurándose no para volver a las instituciones, sino para rehacer las instituciones. Rehacer las instituciones quiere decir reescribir una constitución. Y he aquí entonces la segunda razón por la cual la salida mediante la Constitución tiene sentido: el combate contra el capital. Para acabar con el asalariamiento como relación de chantaje, hace falta acabar con la propiedad lucrativa de los medios de producción, ahora bien, esta propiedad resulta santuarizada en los textos constitucionales. Para acabar con el imperio del capital, que es un imperio constitucionalizado, hace falta rehacer una Constitución. Una Constitución que abola la propiedad privada de los medios de producción e instituya la propiedad de uso: los medios de producción pertenecen a quienes se sirven de ellos y que se servirán de ellos para otra cosa que la valorización del capital». Lordon cree que basta con abolir la propiedad privada de los medios de producción para acabar con el capital: no ha aprendido, por tanto, nada de la experiencia del capitalismo de Estado, en la URSS y otros lugares... Pero su idealismo ingenuo alcanza cumbres: ¡la expropiación del capital decretada constitucionalmente! Bastaría con rehacer la Constitución para realizar la abolición del asalariamiento, y, además, esto puede hacerse a través de fórums en Internet, sin tener que ir a la calle como hacían los revolucionarios de antaño — de hecho, ¡una «asamblea ciudadana digital y participativa» funciona desde finales de junio para proyectar esta refundición de la Constitución entre ancianos de Nuit Debout! Al menos, aquí, ya se corre el riesgo de acabar pegado al muro de los Federados: en el peor de los casos, ¡el Estado tendrá únicamente que cortar la conexión Internet para disolver una asamblea tan peligrosa!

[7] K. Marx, Glosas marginales críticas al artículo «El rey de Prusia y la reforma social», Vorwärts!, 1844.

[8] El chaleco rojo es el que portan los adherentes de la CGT durante las manifestaciones.

[9] http://www.lundi.am/

[10] «Quand tout s’arrête, tout commence», artículo de J.-P. Levaray publicado enCQFD de junio de 2016, n° 144. Levaray fue obrero durante 35 años en una fábrica de productos químicos de Rouen, y ha contado esta experiencia en varios libros que es muy necesario leer, comenzando por Putain d’usine !.

[11] Estos dos políticos tienen además en común ser visceralmente pro-sionistas, lo que no es inocente en un país en que una gran parte de las clases peligrosas es culturalmente, si no es que de confesión, musulmana. Lo cual significa un alineamiento incondicional con el imperialismo US, con sus elecciones militares con las consecuencias que implican, y con la teoría del «choque de civilizaciones» que pretende justificar tales elecciones — choque en el cual, evidentemente, Israel es colocado como un aliado privilegiado. Este pro-sionismo activo ha contribuido a nutrir el terrorismo salafista en Francia, justificando a cambio un estado de emergencia y legislaciones peores que la Patriot Act. No obedece por tanto únicamente a un imperativo de política exterior, sino también interior.

[12] Varias personas se encuentran así encarceladas bajo la acusación de terrorismo por el incendio de un vehículo de policía en París al margen de la aglomeración policial organizada por Alliance el 18 de mayo. En Rennes, una veintena de personas que habían intentado sabotear los distribuidores de las entradas al metro, durante una manifestación, fueron arrestados e inculpados por este mismo motivo. Recordemos también que en el caso de Tarnac, que se remonta a noviembre de 2008, el juez de instrucción a cargo del expediente había terminado por renunciar a esta calificación tan grotesca de terrorismo vista la naturaleza de los hechos reprochados: pero en plena agitación social, en mayo de 2016, la Corte Suprema de Justicia, que constituye la instancia jurídica más alta del país y es por tanto una emanación directa del gobierno, impugnó esta decisión. Algunos días antes, Manuel Valls, que denunciaba las violencias esparcidas por los cortejos de cabeza, atribuía públicamente su responsabilidad a los «amigos de Julien Coupat, toda esa gente a la que no le gusta la democracia» (Julien Coupat es uno de los inculpados de Tarnac, a los cuales la policía había imputado la redacción del libro La insurrección que viene).

[13] El 1o de mayo fue antes la fiesta de los trabajadores, a menudo marcada por enfrentamientos con los policías. Fue primero legalizada por el régimen de Vichy, y después por la IVa República en 1947, y se volvió fiesta del Trabajo, lo que no es la misma cosa... Desde 1968 es la ocasión de una gran marcha intersindical perfectamente institucionalizada. La intervención de la policía durante este 1o de mayo de 2016 indica directamente que el castillo arde...

[14] K. Marx, Fundamentos de la crítica de la economía política.

[15] France Telecom, empresa estatal que tenía el monopolio de las telecomunicaciones en Francia, fue privatizada entre 1998 y 2001. Nuevas técnicas de management, particularmente agresivas, introducidas algunos años después condujeron a unos sesenta de empleados a suicidarse, algunos defenestrándose o inmolándose con fuego frente a sus colegas de trabajo.

[16] En cuanto al PCF, que controló la CGT durante tanto tiempo, ha llamado a votar sí al referéndum sobre ese proyecto de aeropuerto en nombre del empleo... Este nuevo aeropuerto, con centros comerciales y hoteles, debería ser construido en el norte de Nantes por la multinacional francesa Vinci, en el territorio de Notre-Dame-des-Landes — ¡en una región que cuenta ya con tres aeropuertos a 100 km de distancia cada uno! Los campesinos de la región se oponen a este proyecto, e invitaron a ocupar la zona en cuestión después del intento de expulsión policial del otoño de 2012. La Zona A Defender de Notre-Dame-des-Landes se ha vuelto un lugar de concentración de numerosas iniciativas. Varias manifestaciones de apoyo a la ZAD han reunido hasta a 60 000 personas. Existen contactos entre la ZAD y los camaradas de San Salvador Atenco en lucha desde 2001 contra el proyecto de construcción del nuevo aeropuerto de México DF en sus tierras comunales.

[17] Emmanuel Macron es el ministro de Economía (!), de Industria y de Digital. Proveniente de la Escuela Nacional de Administración, este antiguo banquero declaró recientemente en Las Vegas (todo encaja...): «Necesitamos a jóvenes franceses que tengan ganas de volverse millonarios». Durante un evento público, apostrofado por un obrero huelguista con overol de trabajo que le reprocha su traje lujoso, responde que «para pagarse un traje hace falta trabajar»...Las leyes Macron han extendido la alfombra roja a los empresarios, multiplicando particularmente los regalos fiscales y autorizando el trabajo dominical.

[18] M. Lazzarato, Misère de la sociologie, pp.78/79, 2014.

[19] El Consejo general es el órgano que asegura la gestión del departamento. Este último es un escalo administrativo y geográfico intermediario entre el municipio y la Región (cada departamento reagrupa a decenas de municipios, y cada Región a varios departamentos). El RSA es financiado por el Estado, pero son los departamentos quienes aseguran su distribución.

[20] Así se dice que el fracaso de Nuit Debout en la barriada HLM des Flamants en Marsella habría estado vinculado a una campaña de desinformada llevada a cabo por algunas personas de la barriada vinculadas a políticos, que tenían todo el interés de desacreditar tal iniciativa poniendo trabas a los de Flamants que habían decidido acogerla.

[21] K. Marx, Salario, precio y beneficio.

[22] En febrero de 2015, la dirección de la compañía aérea Air France anunciaba públicamente un plan que preveía 2000 despidos. A la salida de la conferencia, dos dirigentes y sus guardaespaldas fueron insultados y golpeados pro trabajadores furiosos, y tardaron en escaparse con el pecho desnudo, camisas y corbatas desgarradas. El proceso de los camaradas de Air France fue prolongado al otoño de 2016. En enero de 2014 dos funcionarios de la multinacional Goodyear habían sido secuestrados durante 36 horas: los obreros protestaban contra el cierre de la fábrica de Amiens, que dejaba a 1143 asalariados en paro. Varios obreros que habían participado en esta acción fueron condenados a veinticuatro meses de prisión, de los cuales nueve seguros por esto. El proceso tuvo lugar en enero de 2016, tres semanas antes del anuncio de la ley El Khomri...

[23] Cf. C’est de la racaille ? eh bien j’en suis !, ed. L’Échappée, 2006, reed. aumentada con el título La rage et la révolte, Agone, 2009. Visto que el término de fascismo es empleado a diestra y siniestra por la izquierda y la extrema izquierda, recordemos que los regímenes fascistas se caracterizaban por orientaciones claramente antineoliberales, proteccionistas y corporatistas, lo cual no corresponde al programa de ningún partido actualmente, incluso si el Frente Nacional de Marine Le Pen y el Partido de Izquierda de Jean-Luc Mélenchon preconizan un retorno a las fronteras comerciales de antaño y un retorno al franco. El fascismo tenía el culto a la autoridad, sin embargo, no todo lo que es autoridad es fascismo — el estalinismo, por ejemplo, o la democracia made in US.