Título: ¿Qué es el anarquismo de lucha de clases?
Autor/a: Wayne Price
Fecha: 2007
Fuente: Recuperado el 28 de julio de 2013 desde anarkismo.net
Notas: Traducido por Hernán Díaz.

Parte 1: Por qué la clase obrera

Recientemente me escribió un amigo activista, quien ha sido influenciado por el programa de Economía Participativa de Michael Albert. Él me preguntaba “¿Por qué deberíamos llamarnos anarquistas de lucha de clases en vez de anarquistas feministas-antirracistas-verdes-de lucha de clases?”. Cómo mínimo su enfoque incluye al conflicto de clase como uno de los aspectos de la lucha social. Hay muchos, liberales y radicales, quienes rechazan completamente la lucha de clases. Muchos denuncian los sindicatos (desde derecha). Hardt y Negri han sido influyentes en reemplazar teóricamente a la clase obrera con el concepto de “multitud”.

Entre los anarquistas, una gran parte rechaza cualquier rol importante de los trabajadores en la lucha de clase. Esto es así para aquellos que dicen rechazar la civilización y la industria. A pesar de no estar de acuerdo con los primivistas, también es cierto para Murray Bookchin. Por ejemplo, en su ensayo “¡Escuchen marxistas!” (en Post-Scarcity Anarchism, 1986, Montreal: Black Rose Books), él denunció “El mito del proletariado”. “La clase obrera [ha sido] neutralizada como ‘el agente del cambio revolucionario’... La lucha de clases [ha sido] cooptada en el capitalismo.” (p. 202) Niega el potencial revolucionario de los trabajadores, en lugar de esto se enfoca en la “juventud”, el “pueblo”, o los “ciudadanos”, quienes cambiarían la sociedad únicamente por razones morales.

El rechazo de la clase trabajadora es la posición real de casi todos los marxistas-leninistas (incluyendo a los Partidos Comunistas, Maoístas, y Trotskistas ortodoxos). El marxismo-leninismo de la boca para afuera defiende la creencia de Marx en la centralidad de la lucha de la clase obrera. Pero en realidad los marxistas creen que puede haber revoluciones “socialistas” sin la clase trabajadora (como en Europa del Este, China, Vietnam y Cuba). Y que puede haber sociedad “socialistas” (“poscapitalistas” o como sea) sin la participación de la clase obrera y, de hecho, con los trabajadores siendo brutalmente oprimidos (como en la Unión Soviéntica, China, etc.). En condiciones no revolucionarias, estas visiones los llevan hacia la colaboración de clases (reformismo). Ya que el socialismo no requiere el despertar de los trabajadores, en su visión, sus partidos bien pueden formar alianzas con capitalistas.

¿Por qué entonces debemos los anarquistas revolucionarios llamarnos anarquistas de lucha de clases? Mi amigo ofrece una explicación parcial: no es controversial en la izquierda llamarnos feministas o antirracistas. Incluso los liberales lo hacen. Algún tipo de pensamiento ecologista o ambientalista es aceptado por casi todos salvo por la extrema derecha. Pero la convicción en una perspectiva de clase contra clase es mantenida sólo por una minoría. Para estar seguros, hay mucha gente que está a favor de los sindicatos. Ahora mismo John Edwards está presentándose para presidente de los Estados Unidos con un programa de apoyo a los sindicatos y de lucha contra la pobreza. Aún así su programa es opuesto a la lucha de clases. Es para conseguir el apoyo de los trabajadores a su partido capitalista.

De modo similar, Andy Stern, presidente del Sindicato Internacional de Empleados de Servicio (y lejos, de lo peor del sindicalismo oficial), hace coaliciones con las empresas. Él ha escrito, “Empleados y empleadores necesitan organizaciones que resuelvan problemas, no que los creen.” Eso no es lo mismo que “La emancipación de la clase trabajadores debe ser conquistada por la misma clase trabajadora” (la primera cláusula del Estatuto de la Primera Internacional, escrita por Marx y amada por los anarquistas revolucionarios). Llamándonos a nosotros mismos anarquistas de lucha de clases, puntualizamos en favor de quiénes estamos... y en contra quiénes estamos.

El anarquismo de lucha de clases continúa la tradición del anarquismo comunista y el anarcosindicalismo, y se superpone con el marxismo libertario (autonomista), como el comunismo consejista. En su revisión del anarquismo británico actual, Benjamin Franks escribe, “Las organizaciones identificadas bajo el encabezado de ‘anarquismo de lucha de clases’ incluyendo aquellas que se identifican a ellas mismas como tal, así como aquellas que provenientes del marxismo inspirado en las tradiciones autonomista y situacionista.” (Rebel Alliances, 2006, Edinburgh: AK Press & Dark Star, p. 12) Yo no pretendo hablar en nombre de todas esas organizaciones, ni soy el portavoz oficial de mi propia federación. Sin embargo, creo que mis opiniones son coherentes con la corriente principal del anarquismo de lucha de clases. No voy a examinar todos los aspectos del anarquismo de lucha de clases (como nuestro objetivo de socialismo descentralizado, autogestivo). En vez de eso, focalizaré en la importancia de la clase obrera, del enfoque de clase contra clase.

La lucha de clases es central para el capitalismo

Echemos una mirada al sistema “económico” del capitalismo —sin considerar todavía como se relaciona con otros sistemas de opresión, como género o raza (esto será discutido en la parte 2). No afirmo que los trabajadores individuales son mejores, más nobles o más bellos que los capitalistas individuales, o granjeros, o rectores de universidades. Individualmente, los trabajadores pueden ser tan malos como cualquier otro. El asunto es el rol social potencial de la clase trabajadora.

Los trabajadores, como una colectividad, tienen una relación especial con los medios de producción. Los medios de producción (y distribución, y servicios sociales) son poseídos por una minoría, la clase capitalista, que está obligada a acumular capital. Nosotros los trabajadores, careciendo de tierra o maquinaria, debemos vendernos a los capitalistas, o más bien, debemos vender nuestra habilidad para trabajar por un tiempo (la mercancía fuerza de trabajo). Trabajamos hasta que hemos producido suficientes productos para igualar el valor de nuestros salarios. Entonces continuamos trabajando, para producir más productos, creando extra-plus-valor, el cual es la base del beneficio de los jefes. Eso es, somos explotados. Somos explotados, no sólo como individualidades, sino como una colectividad, toda una masa de gente cooperando, que es requerida para trabajar junta en el lugar de trabajo y en la sociedad como una totalidad con el fin de mantener el sistema funcionando.

Observando estadísticas de empleo, Michael Zweig define 62 por ciento de la fuerza laboral estadounidense como clase obrera (en The Working Class Majority, 2000, Ithica, NY: ILR/Cornell Univ. Press). También señala que el Departamento de Trabajo de Estados Unidos, clasifica 82 por ciento de los empleados del sector privado, no agrícola como empleados no supervisores. “Este es el porque digo que vivimos en un país con una clase obrera mayoritaria.” (p. 30) Los trabajadores incluyen trabajadores de cuello azul y de cuello blanco, trabajadores “del brazo y del cerebro” (y trabajadoras de cuello rosa, como es llamado mucho del trabajo de la mujer).

La clase obrera, como una CLASE, es más amplia que los trabajadores inmediatamente empleados por salario. Ésta incluye a los trabajadores desocupados y jubilados. Además de las mujeres empleadas, incluye a las amas de casa casadas con hombres trabajadores, y a sus hijos. Esta es una clase entera, contrapuesta a la otra clase.

(Existe lo que usualmente es llamado como “clase media.” Esta es típicamente considerada como incluyendo trabajadores en mejor situación —trabajadores de cuello blanco y calificados, profesionales independientes, pequeños empresarios, y los niveles gerenciales más bajos. Estas capas medias no son en realidad una clase independiente. En su mayoría, son parte de una de las dos clases principales, capitalista y clase obrera, y ellos usualmente se orientan hacia una o la otra.)

Tradicionalmente, el anarquismo, como todas las variedades de socialismo, se opuso a la explotación de clase, al consecuente trabajo alienado, y a la pobreza que crea. Anarquistas y marxistas por igual apuntaron a una sociedad sin clases. ¿Quién podría crear dicha sociedad? Moralmente es el interés de toda la humanidad. Pero seguramente aquellos que son inmediatamente explotados tienen un interés especial en terminar la explotación. Su experiencia hace que sea más fácil para ellos tener una visión moral. Es un error elevar “al pueblo” o a “los ciudadanos” sobre los trabajadores en su necesidad directa de terminar la explotación. Esta visión significaría que aquellos que no son inmediatamente explotados por el capitalismo tienen tantas razones para pelear en contra de la explotación como aquellos que están obligados al trabajo alienado. Es considerar que es igual de probable que el capitalista, el oficial de policía y el gerente se opongan a la explotación capitalista que aquellos que están “bajo el látigo” en su trabajo. Esta opinión es conveniente para aquellos que quieren negar la necesidad de una revolución.

En su brillante defensa de la perspectiva de la clase obrera, The Retreat from Class (1998, London: Verso), Ellen Meiksens Wood critica varios “pos-marxistas” (pero bien podría estar criticando a Bookchin): “La implicancia [de sus puntos de vista no clasistas — WP] es que los trabajadores no son más afectados por la explotación capitalista de lo que lo es cualquier otro ser humano que no es objeto directo de la explotación. Esto también implica que los capitalistas no obtienen ninguna ventaja fundamental de la explotación de los trabajadores, que los trabajadores no obtienen ninguna desventaja fundamental de su explotación por el capital, que los trabajadores podrían no obtener ninguna ventaja fundamental cesando de ser explotados, que las relaciones entre el capital y el trabajo no tienen consecuencias fundamentales para toda la estructura del poder social y político, y que los intereses conflictivos entre el capital y el trabajo sólo están en el ojo del espectador... Esto hace que no tenga sentido... la historia completa de las luchas obreras contra el capital.” (p. 61).

No es inevitable que los trabajadores se volverán revolucionarios (aunque Marx y Engels puedan ser leídos en este sentido). Los trabajadores en mejor situación pueden ser comprados. Los trabajadores en peor situación pueden estar desmoralizados y vencidos. Bookchin argumenta que la jerarquía natural del lugar de trabajo capitalista enseña a los trabajadores a aceptar la subordinación. Sea esto así, los oprimidos se resistirán. Si el interés de los trabajadores es resistir a su explotación. De hecho, hay una falta de satisfacción y luchas constantes (de bajo nivel) en todo lugar de trabajo. Este conflicto ha resultado en consciencia revolucionaria, al menos para una minoría. Desde que los trabajadores (a diferencia, por ej., de los campesinos) no tenemos tierra o maquinaria de nuestra propiedad, tendemos a ser colectivistas y cooperativos en nuestras organizaciones y programas. Y, teniendo en nuestras manos los medios de producción, transporte, distribución, comunicación, y servicios, nuestra clase tiene un enorme poder (potencial), el cual podría sacudir a toda la sociedad. Nuevamente, estas tendencias y potencialidad, no son inevitables.

El estereotipo negativo de la clase obrera

No debería sorprender que la mayoría de la izquierda —anarquista y no anarquista— tenga puntos de vista anti-clase trabajadora. La izquierda está dominada por gente de la clase media. Algunos, como los estudiantes universitarios, pueden ser más fácilmente radicalizables que la mayoría de los trabajadores, porque los estudiantes no tienen responsabilidades inmediatas de ganarse la vida y mantener una familia. Pero sus privilegios relativos los hacen más predispuestos a tener prejuicios de clase contra los trabajadores. Ellos pueden tener hipótesis elitistas inconscientes sobre su “derecho” a mandar. Los liberales buscan mejorar la sociedad dentro de los centros de poder existentes. Los más radicales son atraídos por visiones de una clase dominante burocrática, con nacionalización y planificación centralizada, como existió bajo el capitalismo de Estado de la Unión Soviética, la China maoísta y la Cuba de Castro. Otros imaginan que ellos pueden crear un mundo mejor solo viviendo en una libertad personal bohemia (lo cual no está mal en sí mismo pero no es una alternativa de construcción de movimientos populares).

Los enemigos de clase media de la clase obrera argumentan que los trabajadores estadounidenses son ignorantes, racistas, sexistas, superpatrióticos, religiosamente supersticiosos, anti-inmigrantes, y políticamente pasivos. Este es el estereotipo negativo. Como la mayoría de los estereotipos, contiene verdades y falsedades. Ignora el hecho de que la clase trabajadores incluye a la mayoría de la gente de color, inmigrantes, mujeres, etc. Deja de lado que los trabajadores están generalmente a favor del cuidado de salud universal y de otros servicios sociales, contra la guerra en Iraq, sospechan de los grandes empresarios y los políticos, son pro-sindicatos, antifascistas y pro-democracia. En la medida en que el estereotipo negativo es cierto, es cierto para todas las clases. Los trabajadores no son más políticamente ignorantes, racistas, etc. que las clases medias o altas estadounidenses.

Ciertamente es verdad que los trabajadores (en Estados Unidos y en cualquier otro lado) no son anarquistas revolucionarios. Pero esta es otra forma de decir que la población de Estados Unidos o de cualquier lado, sin consideración de clases, no es anarquista revolucionaria. En algunas partes de la población puede haber más radicales que en otras, en general estamos muy, muy lejos de un periodo pre-revolucionario en el cual la mayoría popular quiera un gran cambio social.

Desafortunadamente, hay mucho de verdad en el estereotipo negativo de la clase obrera. No es suficiente que los trabajadores no sean peores que las clases media o alta. La clase trabajadora necesita ser mejor que las otras clases si vamos a crear una sociedad autogestionada. ¿Cómo superará sus debilidades la clase trabajadora? Únicamente luchando. En el curso de la lucha —desde los talleres y las cuestiones comunitarias hasta la revolución— nuestra clase aprende y mejora. A través de la lucha nos educamos a nosotros mismos. Nos volvemos capaces de una verdadera democracia. No hay otro camino.

Ahora mismo, la minoría que está a favor de la revolución anarquista debería estar pensando sobre una estrategia de largo plazo: ¿quiénes están interesados en acabar con la explotación capitalista? ¿Quiénes tienen el poder potencial para parar la sociedad y cambiar el sistema? ¿Quiénes tienen una historia de luchas contra la explotación capitalista? Las respuestas a estas preguntas estratégicas nos llevarán a una perspectiva de clase trabajadora.

Parte 2: La relación entre la clase trabajadora y las opresiones no clasistas

Como argumenté en la parte 1, la clase trabajadora es central en la lucha contra el capitalismo. ¿Pero cuál es su relación con otros sectores de la población y sus sistemas de opresión? ¿Cómo la clase se refiere a las mujeres y al patriarcado; a los afroamericanos y la supremacía blanca; a las naciones del “tercer mundo” y el neocolonialismo; a los inmigrantes y el nativismo; y a las otras opresiones, tan numerosas para nombrarlas? ¿Cómo se refiere la clase a los asuntos aparentemente no clasistas como la guerra o el calentamiento global? No estoy discutiendo la moralidad de la opresión, y mucho menos si una forma de opresión es peor que otra (como el antisemitismo vs. la discriminación contra los sordos). Todas las opresiones son malvadas y deberíamos oponernos. Quiero discutir un análisis de las relaciones entre las opresiones y las conclusiones estratégicas que se pueden sacar de este.

El modelo base/superestructura

Los marxistas han usado tradicionalmente un modelo de una base y una superestructura. La base se supone que es el proceso de producción como está organizado en una sociedad particular, particularmente las relaciones entre las clases. La superestructura es todo lo demás: el Estado, la cultura, las relaciones de género y raciales, etc. La ventaja de esta metáfora es que hace hincapié en la influencia enorme de las relaciones de clase sobre todos los aspectos de la sociedad; esta es la fuerza de materialismo histórico. Pero hay dificultades con este modelo. Por ejemplo, si el Estado es esencial para el mantenimiento del capitalismo, entonces, ¿por qué está en la superestructura y no en la base? Estratégicamente, esta imagen puede llevarnos a considerar todos los asuntos no clasistas sólo como derivados. Esto puede ser tomado en el sentido de que los revolucionarios sólo deberían enfocarse en los asuntos clasistas, porque las opresiones no clasistas serán automáticamente resueltas una vez que la sociedad sin clases se haya alcanzado. Según este punto de vista, los asuntos no clasistas son distracciones irrelevantes del verdadero asunto. No son reales. Una vez que los trabajadores tomen el poder, puede pensarse, las opresiones no clasistas, como el Estado, se “extinguirán”, sin ningún esfuerzo especial para tratar con ellas.

Los marxistas sofisticados tienen una interpretación sutil, más dialéctica, pero el modelo se presta a esta política mecanicista. Consideremos la declaración de la libertaria Class War Federation (Reino Unido) de que las funciones de la clase media son “promover ideas que nos mantienen divididos como el racismo y el sexismo... para distraer nuestra energía en actividades inofensivas lo que es llamado reformismo, por ej., Greenpeace, CND [Comité para el Desarme Nuclear], feminismo, sindicalismo...” (Unfinished Business..., 1992, Stirling, Scotland: AK Press; p. 57). El libro tiene una caricatura en la cual la gente rica está danzando en una plataforma que está siendo sostenida por personas que esta atontadas pensando (en globos), “Ecología; No bombas, No carne; Feminismo; Tercer mundo, Salven a las...” (p. 8). Como mínimo, en esta declaración y caricatura, los movimientos para el balance ecológico, la liberación de las mujeres, la liberación nacional y la oposición a la guerra nuclear no son vistos como posibles aliados de la “guerra de clase”, sólo como diversiones de clase media. Racismo y sexismo son vistos como problemas sólo porque dividen a la clase obrera, y no como temas en sí mismos.

En el otro lado, el historiador marxista, Ellen Meiksins Wood, concluye, “la metáfora base/superestructura siempre ha sido más problemática de lo que vale la pena... Ha sido hecha para soportar un peso teórico más allá de sus limitadas capacidades...” (Democracy Against Capitalism, 1995, Cambridge, Britain: Cambridge Univ. Press; p. 49-50) (Como establezco en la parte 1, el anarquismo de lucha de clases se solapa en una gran extensión con el marxismo libertario; me considero a mí mismo como un anarquista informado sobre marxismo.)

Hay una metáfora alternativa que también rechazo, que es un estricto pluralismo. Las distintas opresiones de la sociedad son vistas como paralela de cada una de las otras, cada una por separado, sosteniéndose a sí misma. La opresión a las mujeres es vista como real pero distinta del racismo, el cual está separado de la opresión a los homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales, y están todas en paralelo a algo llamado “clasismo”. Aún cuando este punto de vista acepta la realidad de las distintas opresiones, lleva a un punto de vista reformista: que vale todo para la lucha de las mujeres, por ejemplo, ignorar clase y raza (y luego ser dominados por mujeres blancas de clase media que aceptan el capitalismo), como que el movimiento obrero paralelo puede ignorar el sexismo y el racismo, ya que son opresiones distintas. No obstante, desearía enfatizar que todas las opresiones están entrelazadas y sobrepuestas, inclinándose y soportándose unas a otras. Me gusta la metáfora de una pila de palitos chinos, todos inclinados sobre los otros, aunque algunos pueden ser más centrales en la pila que otros.

Supremacía blanca

Muchos tratan las opresiones como poblaciones distintas; como si los trabajadores estuvieran por aquí, las mujeres por allá, y los afroamericanos en otra área. Esto es engañoso. La población estadounidense, por ejemplo, puede ser analizada en términos de clase: capitalistas, trabajadores y sectores medios. Puede ser también analizada en términos de raza y nacionalidad/etnia: europeos-americanos, afro-americanos, latinos, asiáticos-americanos, nativos americanos y otros. Pueden ser analizada en términos de género: hombre o mujer. Puede ser analizada en términos de orientación sexual: heterosexual, gente GLBT, etc., etc. Sin embargo, estos siguen siendo los mismos seres humanos. Estos análisis con abstracciones: abstraemos (sacamos) ciertas características con el fin de entenderlas mejor. El análisis de sistemas de opresión es, verdaderamente, útil para entender como la gente se comporta y como se definen a sí mismos. Pero sigue siendo la misma población. Los sistemas se superponen e interactúan. Por ejemplo, las mujeres trabajadoras afro-americanas no están oprimidas como negras parte del tiempo, y entonces parte del tiempo como mujeres, y luego parte del tiempo oprimidas/explotadas como trabajadoras (considerando que incluso en sus horas no laborales depende de sus ingresos obtenidos como trabajadora). Podrían analizarla a ella de esta forma, pero en los hechos su vida es una totalidad.

Consideremos la supremacía blanca. Los africanos fueron primero secuestrados y traídos a Norte y Suramérica por claras razones económicas: ser un tipo de trabajadores, llamado esclavos. Ellos producían mercancías (tabaco, algodón, etc.) las cuáles eran vendidas en el mercado mundial. Hoy los afroamericanos son abrumadoramente clase obrera, la mayoría pertenecen a los sectores más pobres. Su opresión sirve a dos clases de propósitos: crean un fondo de trabajadores que pueden ser súper-explotados a bajos salarios y debilita a la totalidad de la clase, dadas las divisiones raciales y la creencia de los trabajadores blancos en su superioridad. Mientras el etnocentrismo es tan antiguo como la especie humana, el racismo es una ideología que fue inventada durante el esclavismo para justificar la esclavitud y el robo de nativos americanos. Fue elaborada en la era del imperialismo para conseguir apoyo al colonialismo.

Pero este análisis no significa que la supremacía blanca es solo asunto de la economía. Hay, después de todo, algunos ricos afro-americanos, quienes pueden seguir siendo arrestados por mientras conducen por ser negros. Sea cual sea sus orígenes, la opresión racial es real. En su lucha contra esta, los afro-americanos se han creado a sí mismos como un pueblo, con su propia cultura y consciencia —un pueblo que sigue la luchando por su libertad. Como un conjunto de opiniones, el racismo es casi universal entre los blancos, en el rango que va desde los “puntos ciegos” liberales, que incluso los antirracistas también tenemos, a los prejuicios moderados de la mayoría de los blancos, hasta el odio virulento de raza de los fascistas. El racismo afecta no solo la economía, también la política y la cultura de la sociedad. Éste no desaparecerá sólo a través de argumentos razonables; se requiere luchas de masas —luchas del pueblo negro como pueblo negro, en alianza con los antirracistas blancos.

Las luchas de los afro-americanos se superponen con todas las otras luchas. En los cincuentas y sesentas, la rebelión de los afro-americanos jugó un rol clave en el sacudimiento de toda la sociedad, inspirando al movimiento antiguerra, el movimiento de mujeres, el movimiento gay, como también a las luchas de la clase trabajadora (M.L. King fue asesinado en Memphis mientras apoyaba una huelga de trabajadores de la sanidad mayormente negros). Se hicieron grandes progresos en la limitación de la supremacía blanca —el llamado fin de la segregación legal (Jim Crow). Pero los variados mecanismos de la sociedad racista-capitalista han dejado a los afro-americanos en el fondo de la sociedad. Requerirá una revolución total cambiar esto.

Patriarcado

El patriarcado —supremacía masculina— también interactúa con todos los otros aspectos de nuestra sociedad opresiva, autoritaria. Las vidas de las mujeres son directamente afectadas por su raza y por su clase. Aproximadamente la mitad de las mujeres adultas son trabajadoras empleadas. Incluso las desempleadas amas de casa dependen de los ingresos de sus maridos, los cuales dependen de su clase, y están influenciados por su raza.

Más fundamentalmente, las vidas de las mujeres están determinadas por su rol en la familia, el cual está determinado por el tipo de sociedad en que se está. La familia nuclear del capitalismo tardío es el centro del consumo de mercancías. Es donde la mercancía fuerza laboral de los trabajadores (hombres y mujeres, adultos y niños) es creada y recreada. Es donde la psicología social de nuestra sociedad es pasada a la próxima generación. Las relaciones entre la familia y el capitalismo son sutiles y complejas pero muy reales. La imagen de la mujer está directamente relacionada con su rol en la familia (y antes del capitalismo, en las familias de las sociedades de clases feudal, esclavista, etc.).

Interesante. Engels incluye el rol de la mujer en la “base” de la sociedad junto a la producción de bienes. “De acuerdo a las concepciones materialistas, el factor determinante de la historia es, en última instancia [subrayado por WP], la producción y reproducción inmediata de la vida. Esto, nuevamente, en un doble carácter: ... la producción de los medios de existencia...; y por otro lado, la producción de los mismos seres humanos, la propagación de la especie... La organización social... está determinada por ambos tipos de producción: por el estado del desarrollo del trabajo por un lado y por la familia por otro.” (Sobre el origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1972, NY: International Publishers; p. 71-72). Él especulaba que la opresión de las mujeres precedió a la sociedad de clases y fue su origen.

Sin aceptar el modelo de base/superestructura de Engels (nótese el calificativo destacado “en última instancia”; ¿alcanzaremos alguna vez la “última instancia”?), acuerdo con que “la producción y la reproducción inmediata de la vida” influencia fuertemente todos los otros procesos sociales. También acuerdo con que la opresión de las mujeres viene desde muy atrás en la prehistoria y está muy profundo en las estructuras de nuestra sociedad. Ésta afecta directamente a, y es afectada por, la estructura de clase y todos los otros aspectos de nuestra política y cultura. También será necesaria una revolución total para ponerle fin.

Podría seguir citando muchas otras formas de opresión y relacionándolas entre ellas y con la estructura de clases. Por ejemplo, la opresión nacional está directamente relacionada al imperialismo, enraizado en las relaciones de clase capitalistas. La destrucción ecológica está relacionada con el impulso del capitalismo de acumular capital constantemente, tratando el mundo natural como una mina. La homofobia está relacionada con la definición social de género, enraizada en la estructura familiar capitalista y su psicología social. Y también, en complejas formas de interacción. El punto es que cada opresión soporta todas las otras; y todas ellas soportan a la explotación capitalista y son soportadas por ella. La lucha contra cada una requiere la lucha contra todas; el fin de cada una requiere el fin de todas. No habrá sociedad sin clases si no hay también liberación de la mujer, de la gente de color, etc.

En su estudio de las tendencias del anarquismo, Benjamin Franks resume el punto de vista aquí levantado: éste “considera a las relaciones capitalistas como dominantes en la mayoría de los contextos, pero no como la única fuerza organizada... El capitalismo interactúa con otras formas de prácticas opresivas que pueden no ser totalmente reducibles a la actividad económica. Aquí las diferentes identidades subyugadas se forman... No obstante, como el capitalismo sigue siendo un factor significativo, la liberación económica debe también ser una característica necesaria.” (Rebel Alliances, 2006, Edinburgh: AK Press; p. 181)

El rol especial de la clase

Cada forma de opresión debe ser analizada en su concreción. Por ejemplo, la opresión de la mujer no trabaja de la misma manera que la opresión/explotación de la clase trabajadora. Mirando al sistema de clases, hay aspectos específicos que lo distinguen de otras formas de opresión sistémica.

Primero, en el objetivo. El objetivo de la liberación de las mujeres no es la destrucción del hombre sino la reorganización de las relaciones entre hombres y mujeres (aunque la definición de qué son los hombres y qué son las mujeres probablemente cambie a lo largo del tiempo). El objetivo de la liberación negra no es la destrucción de la gente blanca, sino la reorganización de las relaciones entre los europeos-americanos y los afro-americanos (aunque, en el largo plazo, las razas podrían disolverse como grupos separados). Pero el objetivo de una revolución de la clase trabajadora es el derrocamiento total de la clase capitalista, su destrucción como clase, y su reemplazo con el dominio sin Estado de la clase trabajadora (moviéndose hacia una sociedad sin clases).

Segundo, en el poder de los dominantes. Como un colectivo, los hombres dominan a las mujeres. Pero eso no quiere decir que los hombres —todos los hombres— dirijan la sociedad. No hay reuniones de varones para tomar las decisiones de cómo gobernar. (Si las hay, yo no he sido invitado). Muchos hombres son parte de la clase trabajadora y tienen poco poder. Dándoles a elegir, ellos preferirían probablemente programas de cuidado infantil y el fin de la discriminación contra la mujer en el trabajo (que probablemente incluya a sus esposas e hijas). Similarmente la gente blanca, como un colectivo, domina a la gente de color. Pero la gente blanca no tiene reuniones especiales donde ellos deciden sobre política doméstica y exterior. De nuevo, la mayoría de los europeos-americanos son de la clase trabajadora y realmente no tienen poder (sea lo que sea que se imaginen).

Sin embargo, ¡la clase capitalista realmente gobierna la sociedad! Por eso son llamados clase dominante. (Por supuesto, la mayoría de los empresarios son hombres y blancos). Los capitalistas poseen sus empresas y las gobiernan (directamente o a través de gerentes). Alrededor de sólo el uno al cinco por ciento de la población, controla la producción de bienes y servicios con los cuales vivimos todos nosotros. Ellos determinan el empleo o desempleo de los trabajadores. Con su riqueza e influencia, controlan los dos partidos políticos. Ellos poseen y dirigen los medios de comunicación masivos, que son las principales vías de salida para las noticias y que dan forma a la cultura popular. Ellos dominan el gobierno en todos los niveles. Su dominio de clase deberá ser completamente derrocado si queremos un mundo mejor.

Tercero, en el poder potencial de los oprimidos. Como ya se ha establecido, las luchas de los afro-americanos en los cincuentas y sesentas sacudieron todos los aspectos de la vida estadounidense. Debería también puntualizar la influencia de los vietnamitas, una nación oprimida que resistió al imperialismo estadounidense. Sus luchas por la liberación nacional sumaron grandemente en este período de sacudimiento en Estados Unidos (y el mundo). El movimiento de liberación de las mujeres también afectó toda nuestra cultura y política. El movimiento gay fue más marginal en tamaño, pero su impacto fue muy grande causando la reconsideración de los estereotipos sexuales. (Los derechos de las mujeres y los derechos de los gays siguen siendo asuntos principales en la política estadounidense).

Sin embargo, la clase trabajadora es única entre los grupos oprimidos por su poder posible. Como dije en la parte 1, solo los trabajadores (como trabajadores) pueden todos juntos frenar esta sociedad. Y sólo la clase trabajadora puede comenzar de nuevo sobre nuevas bases. Nuestra clase produjo todos los bienes; nosotros los transportamos; nosotros los distribuimos; nosotros servimos a las necesidades del pueblo. Tenemos un potencial enorme. Cualquiera que haya estado en una ciudad durante una huelga general sabe cuán cierto es esto. Una huelga general exitosa en una ciudad podría transformar la política estadounidense. Gran parte de las políticas capitalistas existen para prevenir que la clase trabajadora se percate de su poder y lo utilice.

Conclusiones estratégicas

Del anterior análisis, saco conclusiones de nivel estratégico (y no sólo moral). La primera es que está bien llamarnos anarquistas de lucha de clases. Estamos en lo correcto al poner la lucha de clases específicamente en el centro de nuestras políticas. Estratégicamente, el enemigo clave es la clase capitalista dominante y sus aliados. Nosotros buscamos movilizar el poder enorme, único, de la clase trabajadora mayoritaria contra ellos.

Segundo, nosotros los revolucionarios deberíamos apoyar todas y cada una de las luchas contra la opresión, sin importar cuan grande o pequeña sean, o si estén conectadas de un modo obvio a la clase o no (en la medida que todos los tipos de opresión se superponen con la opresión de clase). Además de tener sus propias fuentes, cada sistema de opresión soporta al capitalismo, y es soportado por el capitalismo. Lo cual es igual a decir que luchando contra cada opresión se socava al capitalismo, como luchando contra el capitalismo se socava cada opresión.

Este sistema es muy poderoso y complejo. Será necesaria cada cosa que tengamos para derrocarlo. Debemos puntualizar en cada maldad de esta sociedad para abrir los ojos a la gente sobre la necesidad de la revolución. Necesitamos todos los asuntos que puedan movilizar a la gente a luchar en su nombre. En la práctica, un grupo revolucionario necesita priorizar sus limitadas energías, pero en los principios debemos oponernos a cada efecto maligno de esta sociedad, y estar del lado de todos los que estén luchando por un mundo mejor.

Estas dos conclusiones estratégicas no se contradicen una con la otra. Es en la intersección entre la explotación y las opresiones no clasistas que encontraremos el más grande potencial para la pasión revolucionaria —entre la clase trabajadora inmigrante o la clase trabajadora mujer, por ejemplo. En cada lucha de los trabajadores, deberíamos buscar los efectos en las mujeres, afro-americanos, inmigrantes, juventud, etc. Deberíamos utilizar conexiones de este tipo para fortalecer la lucha —de lo contrario pueden convertirse en fuentes de divisiones y debilidad. Por otro lado, en cada movimiento no clasista, deberíamos buscar conflictos de clases. Deberíamos oponernos al liderazgo de clase media pro-capitalista en el movimiento de mujeres, en el afro-americano, pacifista, etc. —¡e incluso en los sindicatos! En lugar de eso, levantamos un programa que sea de los intereses de la clase trabajadora femenina, de los trabajadores afro-americanos, etc., y que expone las causas capitalistas de la guerra. El capitalismo es el centro de la red autoritaria de opresiones. Todas ellas deben ser abolidas.

El Manifiesto Comunista establece (y los anarquistas de lucha de clases acordarían), “Todos los movimientos históricos previos fueron movimientos de minorías, o de los intereses de minorías. El movimiento proletario es el movimiento auto-consciente, independiente de la inmensa mayoría, por los intereses de la inmensa mayoría. El proletariado, el estrato más bajo de nuestra actual sociedad, no puede levantarse a sí mismo, sin hacer saltar por los aires a la totalidad de los estratos superpuestos de la sociedad oficial.” Una traducción alternativa: “El proletariado... no puede permanecer erguido sin estallar la superestructura completa de los estratos que conforman la sociedad oficial.” (en H. Draper, The Adventures of the Communist Manifesto, 1998, Berkeley CA: Center for Socialist Studies, p. 133).

En otras palabras, la rebelión de la clase trabajadora, especialmente de aquellos que están en el fondo, sacude todo, revolucionando cada aspecto en todas las partes de la sociedad capitalista. Sin embargo, Marx y Engels sabían que, incluso en la Inglaterra de su tiempo, los trabajadores asalariados no eran una mayoría, menos aún en otros países. (Incluso hoy, donde tenemos una clase obrera mayoritaria en muchos países, el núcleo del proletariado, los trabajadores industriales, sigue siendo minoritaria —si es que es grande.) Ellos hablaron de la clase trabajadora ganando aliados entre los oprimidos (incluso aunque no tuvieran un completo entendimiento de todas las opresiones). Veinte años después, Engels escribió “La clase exclusivamente dependiente toda su vida del salario sigue estando lejos de ser mayoritaria entre el pueblo alemán. Está, entonces, compelida a buscar aliados.” (en Draper, 1998; p. 232).

Una revolución liderada por la clase obrera no va a ser la toma del poder estatal por una élite sino que va a ser la auto-liberación consciente de la “inmensa mayoría”: todos los oprimidos, en cuyo centro está el proletariado. Y es sólo el proletariado —la clase trabajadora (multi-nacional, multi-racial, multicultural, etc.)— quien puede unir todas esas fuerzas rebeldes, y encauzarlas en la revolución. La existencia de un movimiento proletario mayoritario no viene dado, sino que deberá ser creado a través de la práctica revolucionaria.

Por aproximadamente dos siglos nuestra clase ha peleado. Ha alcanzado victorias y sufrido terribles derrotas. Esta clase trabajadora del capitalismo ha sido triturada, vendida, masacrada, engañada, ha sido prejuzgada como la peor, negados todos los derechos, otorgados limitados derechos democráticos, mandada a la guerra, sus sindicatos y partidos se han vuelto contra ella, ha sido calumniada y contada por los teóricos de clase media. Aún en este breve tiempo, ha luchado más de lo que cualquier otra clase explotada lo hizo a lo largo de milenios. Ha construido organizaciones de masas, ha hecho pequeñas huelgas y huelgas generales, forzado a los capitalistas a concederle derechos democráticos y sacudido el mundo con levantamientos revolucionarios. ¿Hay garantía de que nuestra clase, con sus aliados entre todos los oprimidos, destruirá al capitalismo y todas las opresiones? ¿Voltearemos —“inevitablemente”— al capitalismo antes de que el capitalismo destruya el mundo con guerras nucleares o desastres ambientales? No, no hay garantía. ¡Este es un asunto a ser decidido en la lucha! Pero tampoco hay algún defecto fatal que garantice que nuestra clase nunca triunfará. La historia está lejos de terminar.