“La Izquierda”, un término significativo desde la Revolución Francesa, adoptó una importancia más amplia con el surgimiento del socialismo, el anarquismo, y el comunismo. La revolución rusa instaló a un gobierno completamente izquierdista en su concepción; los movimientos izquierdistas y derechistas quebraron a España en dos; los partidos democráticos en Europa y Norteamérica se ordenaron entre los dos polos; los caricaturistas liberales retrataron a la oposición como un gordo plutócrata con un habano, mientras los reaccionarios en Estados Unidos demonizaron a los “izquierdistas comunistas” desde los 1930 y durante la Guerra Fría. La oposición izquierda/derecha, aunque a menudo una sobre-simplificación, por dos siglos fue ampliamente útil como descripción y como recordatorio del equilibrio dinámico.

En el siglo veintiuno seguimos usando estos términos, pero ¿qué queda de la Izquierda? El fracaso del comunismo de estado, la silenciosa consolidación de un grado de socialismo en los gobiernos democráticos, y el implacable movimiento derechista de la política resuelta por el capitalismo corporativo han hecho que mucho del pensamiento progresivo parezca anticuado, o redundante, o ilusorio. La Izquierda está marginalizada en su pensamiento, fragmentada en sus fines, insegura de su habilidad de unir. En América [sic] particularmente, la inclinación hacia la derecha ha sido tan fuerte que el mero liberalismo es ahora el duende terrorista que el anarquismo o el socialismo solían ser, y a los reaccionarios se les llama “moderados”.

Así que, en un país que no ha hecho más que cerrar su ojo izquierdo y que está intentando usar solo su mano derecha, ¿dónde cabe un Viejo Radical ambidiestro y binocular como Murray Bookchin?

Creo que encontrará sus lectores. Hay muchas personas buscando un pensamiento consistente y constructivo sobre el cual basar la acción — una búsqueda frustrante. Las aproximaciones teóricas que parecen prometedoras resultan ser, como el Partido Libertario, Ayn Rand travestida; las soluciones inmediatas y efectivas para un problema resultan, como el movimiento Occupy, carecer de estructura y vigor para el largo plazo.

Los jóvenes, personas a las que esta sociedad descaradamente engaña y traiciona, están buscando pensamiento inteligente, realista, y de largo plazo: no otra ideología vociferante, sino una hipótesis de trabajo práctica, una metodología de cómo retomar el control de hacia donde vamos. Lograr ese control requerirá de una revolución tan poderosa, que afecte tan profundamente a la sociedad como un todo, como la fuerza a la que quiere poner riendas.

Murray Bookchin era un experto en la revolución no-violenta. Pensó en los cambios sociales radicales, planeados y no planeados, y en cómo prepararse mejor para ellos, toda su vida. Una nueva colección de sus ensayos, “The Next Revolution: Popular Assemblies and the Promise of Direct Democracy”, [La Revolución Siguiente: Asambleas Populares y la Promesa de la Democracia Directa] publicada el mes pasado por Verso Books, lleva su pensamiento más allá de su propia vida hacia el amenazante futuro que enfrentamos.

Los lectores impacientes e idealistas podrían encontrarle incómodamente severo. No está dispuesto a pasar la realidad por alto hacia sueños de finales felices, no simpatiza con la mera transgresión que pretende ser acción política: “Una ‘política’ del desorden o de ‘caos creativo’, o una práctica ingenua de ‘tomarse las calles’ (usualmente poco más que un festival callejero), revierte a los participantes a la conducta de un rebaño juvenil”. Eso aplica más al Verano del Amor, por cierto, que al movimiento Occupy, sin embargo es una advertencia permanentemente convincente.

Pero Bookchin no es ningún puritano sombrío. Primero le leí como un anarquista, probablemente el más elocuente y reflexivo de su generación, y al alejarse del anarquismo no ha perdido su sentido de la dicha de la libertad. No quiere ver que esa dicha, esa libertad, se derrumbe, una vez más, entre las ruinas de su propia irresponsabilidad eufórica.

Lo que todo pensamiento político y social ha sido finalmente forzado a enfrentar es, por supuesto, la irreversible degradación del medioambiente por parte del capitalismo industrial descontrolado: la enorme realidad de la que la ciencia ha estado intentando por cincuenta años de convencernos, mientras que la tecnología nos ofrecía distracciones cada vez mayores. Todo el beneficio que el industrialismo y el capitalismo nos han brindado, todo maravilloso avance en conocimiento, salud, comunicación y confort, hacen la misma sombra fatal. Todo lo que tenemos, lo hemos tomado de la tierra; y, tomándolo con cada vez más rapidez y codicia, ahora devolvemos poco más que lo que es estéril o envenenado.

Pero no podemos detener el proceso. Una economía capitalista, por definición, vive del crecimiento; como observa Bookchin: “Para el capitalismo, desistir de su absurda expansión sería cometer un suicidio social”. Hemos, esencialmente, escogido el cáncer como modelo de nuestro sistema social.

El imperativo crece-o-muere del capitalismo choca radicalmente con el imperativo de interdependencia y límite de la ecología. Los dos imperativos ya no pueden coexistir más; ni puede sociedad alguna fundada sobre el mito de que pueden ser reconciliados esperar sobrevivir. O bien establecemos una sociedad ecológica o la sociedad se hunde para todos, independiente del estatus de cada quien.

Murray Bookchin pasó una vida oponiéndose al ethos rapaz del capitalismo crece-o-muere. Los nueve ensayos en “The Next Revolution” representan la culminación de esa labor: el apuntalamiento teórico para una sociedad igualitaria, directamente democrática y ecológica, con una aproximación práctica a cómo construirla. Critica los fracasos de los movimientos pasados en el cambio social, revive la promesa de la democracia directa y, en el último ensayo del libro, bosqueja su esperanza de cómo podríamos tornar la crisis medioambiental en un momento de elección real — una oportunidad para trascender las jerarquías paralizantes de género, raza, clase, nación, una oportunidad para encontrar una cura radical para el mal radical de nuestro sistema social.

Al leerlo, estaba emocionada y agradecida, como lo he estado tan a menudo al leer a Murray Bookchin. Fue un hijo verdadero de la Ilustración en su respeto por el pensamiento claro y la responsabilidad moral y en su búsqueda honesta e inflexible por una esperanza realista.