Título: De Molde
Autor/a: Teresa Claramunt
Fecha: 1900
Fuente: Recuperado el 16 de septiembre de 2014 desde viruseditorial.net
Notas: Suplemento de la Revista Blanca, N° 56, Madrid, 9 de junio de 1900. Extraído desde «Teresa Claramunt, la virgen roja barcelonesa».

Bárbaras son las leyes escritas por los hombres, porque a una condición y regla someten todos los seres humanos sin tener en cuenta los diferentes temperamentos, educación, conocimiento, atavismos, etc. Esas leyes, faltas de lógica en su base, son un criadero de infamias e injusticias, originando en la sociedad inquietudes sin cuento, de las cuales resulta un malestar general. Los anarquistas, desligados de todo convencionalismo y prejuicio social, no aceptamos otras leyes que las de natura, ya que ella, en su inmensa variedad, nos demuestra la unidad más compacta. Pero las ideas muertas tienen algún tiempo dominio en el individuo y he ahí el por qué muchas veces oigo aberraciones como las siguientes: «Yo era anarquista; pero desde el hecho del Liceo, dejé de serlo. Es anarquista el hombre de talento, o el que aspira a tenerlo; el que empuña un puñal o un objeto destructor y atenta contra la vida de un prójimo, no debe llamarse anarquista, porque la anarquía es el orden, es la vida, y el que comete un acto que produce víctimas no puede ni debe ser anarquista». Esos anarquistas que dejaron de serlo por tal o cual causa, y esos otros que han forjado un molde para que de él salgan los anarquistas derechos y perfectos, me hacen mucha gracia. Yo dejé de ser católica, no por las pillerías de algunos curas o gente católica sino porque al tener uso de razón comprendí que el catecismo católico era muy inferior a mi moral y a mis aspiraciones y aunque todos los católicos fueran buenos yo sería atea. Soy anarquista porque no podría ser otra cosa mientras mi organismo funcione con la regularidad que ha funcionado hasta hoy. Siento amor sin límites, y la infame sociedad actual pone ante mi noble deseo una valla. Anhelo el gozo, y sólo dolor me rodea. Deseo la vida, y la muerte con su faz fría se presenta a mi vista. Lo bello, lo grande me fascina, y por doquier veo fealdades, pequeñeces y miseria. Amo el trabajo por ser fuente de vida, y a los que trabajamos nos roe la anemia, la escasez nos agobia, el hospital es nuestra recompensa. Creo posible una sociedad más justa, más bella, más humana, que hemos dado por llamar la sociedad anarquista, ácrata o libertaria; y aunque todos los hombres que se titulan anarquistas cometiesen mil crímenes a diario, continuaría yo llamándome tal con noble orgullo, aún ante un tribunal a lo Marzo, muriendo convencida de la pureza del ideal, convencida a la vez que los crímenes perpetrados son resultado de la sociedad actual, porque todos somos hijos del ambiente que nos rodea, y en una sociedad tan corruptora, todo crimen tiene clara explicación y hasta su justificación. ¿Qué diríamos del naturalista que lo fuese tan sólo en los hermosos días de primavera o en la época que el sol de estío ha dorado los sabrosos frutos del campo, o en la noche serena y apacible que convida al goce? Le diríamos insensato, porque las revoluciones atmosféricas que producen el rayo y la centella por el choque de dos corrientes eléctricas, son para la vida de los campos tan útiles como los hermosos días de primavera, el sol de estío y las noches serenas y apacibles. ¡Seamos anarquistas en la buena!