Título: Anarquistas meditemos
Autor/a: Teresa Claramunt
Fecha: 1905
Fuente: Recuperado el 16 de septiembre de 2014 desde viruseditorial.net
Notas: Publicado originalmente en El Productor, Barcelona, 17 de julio de 1905. Extraído desde «Teresa Claramunt, la virgen roja barcelonesa».

Lo que representa seriedad, todo lo consecuente al valor y a la energía, cuanto procede, en fin, de una firme conciencia, constituye, principalmente en el campo de las ideas, una fuerza moral tan grandiosa que sorprende siempre y atemoriza en determinadas situaciones al adversario.

Cuando por el contrario un partido, los adeptos a una escuela, sea cual fuere, se confabulan con elementos heterogéneos, que no le son afines en ciencia ni en conciencia para luchar contra una fuerza que consideran necesario destruir, ponen al descubierto su impotencia, su valor propio, perdiendo así su serenidad y anulándose para las luchas leales, francas, enérgicas y por tanto fecundas. Esto enseña que el hombre de verdaderas convicciones, amante de los ideales que ostenta debe únicamente transigir con el progreso si no quiere obtener el denigrante calificativo de apóstata. En más sencillos términos, transigir significa, inconsistencia, vacilación, cobardía, cuando no influyen determinados propósitos.

El elemento demoledor, socialmente considerado, o sea los libertarios, en pugna con todo lo que no ampara el progreso, en contra de todo lo que constituye el modo de ser de nuestra sociedad hipócrita y malvada, abiertamente enemigos de toda política y de todos los políticos sustentamos el siguiente criterio: «quienes no están con nosotros, están contra nosotros y por lo tanto son nuestros enemigos».

Desde que las ideas anarquistas empezaron a influir en el movimiento de los pueblos, los rastrillos de las cárceles han ido abriéndose para encerrar en sus mazmorras a muchos defensores. Numerosos son los que podría citar quienes habiendo sufrido años y años de destierro y de presidio jamás perturbó su mente la debilidad de mendigar favores a sus enemigos, los políticos, y si por manejos de sus respectivas familias, de la madre, de la mujer o de la hermana llegaban hasta las puertas de sus calabozos ofrecimientos de los tales, sabían rechazarlos con una dignidad que avergonzaba al enemigo a la par que aumentaba el prestigio de nuestros magnos ideales.

Desde algunos años a esta parte el campo anarquista habrá aumentado en hombres sabios en hombres superiores, pero ha menguado en sus adeptos aquel espíritu de dignidad que les hacía temibles, ha menguado en ellos aquella fuerza moral tan ardientemente conquistada reprochando todo contacto corruptor y distinguiéndose en procedimientos, en táctica, en todo cuanto puede informar la grandeza de un sentimiento consciente. Pero un día, hubo quien le pareció útil acudir a las antesalas de los ministerios, a los domicilios de los pequeños políticos solicitando, como pedigüeño socialero, la libertad de unos compañeros víctimas de desenfrenada reacción, y este procedimiento, que en otras épocas hubiera obtenido completa desaprobación, preparado que fue con estudiada maestría, se aceptó sancionándose desde luego la labor, más funesta que ha perturbado la marcha del proletariado revolucionario.

De ahí ha seguido fatalmente que cada vez que han ingresado en la cárcel algunos anarquistas se haya acudido a la misma cuerda, esto es a la influencia de los políticos, mistificando nuestra actitud, tras de lo que se devaluará la concepción ideal de la propaganda.

Yo creo que todo aquel que no tiene valor para luchar, es decir, para sufrir las consecuencias de la lucha, no debe agregarse a las filas de los militantes, de los combatientes. No intento reprochar su concurso a la obra general, pero bien puede prestarle desde otras esferas que la eliminen de los choques violentos que provoca despiadadamente la reacción.

En Barcelona se está dando un triste espectáculo a causa de haber descuidado los puntos que somete a la consideración de mis compañeros. Hombres que en el fondo de sus entrañas ocultan la asperosidad del odio contra el anarquismo, aparecen ejerciendo de tutores, de protectores de los anarquistas. Hermosa es la libertad aun en el mezquino grado que nos permite gozarla el presente orden social, pero si ella ha de obtenerse desviando el curso obligado que señalan los sublimes principios de la anarquía es justo detestarla, y quien no tenga este necesario valor que deserte, como he mencionado, en los sitios que corresponden a los temperamentos enérgicos e inquebrantables.

Hora es de que reflexionemos. Toda inteligencia, todo contubernio con los políticos nos es denigrante. Los anarquistas que no estamos conformes pues con tales procedimientos debemos protestar de ello públicamente sin atenuantes sin temores.

Repetimos que amamos mucho; mucho la libertad de todo compañero, se la deseamos fervientemente, pero por encima de todo deseo se manifiesta nuestro amor al ideal que sustentamos, y consecuentes siempre, lo que nos propongamos obtener ha de ser obra de nuestro esfuerzo propio, labor de nuestras energías.