El problema ruso

Rusia se encuentra desde tiempo atrás en un estado de crisis, cuyas consecuencias tendrán un significado mucho más grande para el porvenir ruso que todos los anteriores acontecimientos que revolvieron el país durante la actual revolución. Los compromisos económicos del gobierno ruso con el capitalismo extranjero, la sublevación de Cronstad, la guerra abierta a los anarquistas y sindicalistas declarada por Lenin en el X Congreso del Partido Comunista Ruso, las persecuciones horribles a los socialistas de todas las tendencias y partidos que no son bolcheviques, la crisis interna del mismo Partido Comunista que ya originó ciertas diferencias entre el gobierno soviético y la Tercera Internacional, son todos síntomas cuya importancia no es posible desmentir y cuya incidencia en el movimiento obrero de los diversos países nadie debe ignorar. Debido a este significado extraordinario de la crisis para el movimiento socialista internacional, nos vemos obligados a tomar una abierta y decidida actitud en dicha cuestión, sabiendo bien que nuestra misión es por demás ardua y que está ligada a muchas responsabilidades.

Lo que hace nuestra actitud tan difícil es la circunstan (sic) un fin señalado o librarse de un enemigo poco grato. Es suficiente echar un vistazo sobre la prensa comunista, sobre todo aquí, en Alemania, para cerciorarse de que nuestra opinión es del todo exacta. Todo el que no comulga con las ideas y los métodos de los dirigentes rusos y de sus representantes en el extranjero es calificado de «contrarrevolucionario» y «traidor del movimiento obrero».

Toda su táctica se basa en el envanecimiento moral de la opinión pública. Es característico que estos mismos señores que llaman «pequeño burguesa» a toda tendencia que no concuerde con la de ellos acusándola de representante de los intereses de la burguesía, se valgan ellos mismos en todo momento de las mismas armas burguesas con la sistemática sospecha de sus contarios políticos.

Cuando Robespierre resolvió enviar a la guillotina a los hebertistas, fueron antes acusados por la prensa jacobina de «agentes pagados por el primer ministro inglés Pitt». Y ese mismo juego siguió repitiéndose en el transcurso de la historia moderna. Más palpable lo hemos visto durante la última guerra: en cuanto uno protestaba en Inglaterra o en Francia contra las matanzas en masa podía estar seguro de que la prensa «patriótica» lo denunciaría como «espía del Kaiser» y en Alemania, en idéntico caso, como «agente inglés». Ese método indigno que hasta ahora fue el privilegio triste del bajo periodismo de revólver en la prensa burguesa se ha convertido hoy en el arma más importante del arsenal de la prensa comunista.

María Spiridonova y los maximalistas: ¡contrarrevolucionarios! Los anarquistas y los sindicalistas: ¡contrarrevolucionarios!

Los insurrectos de Cronstad: ¡contrarrevolucionarios! Y los que no lo quieran creer, claro está que también son ¡contrarrevolucionarios!

Se comprende que tales argumentos jamás podrán dilucidar el problema, son de la misma especie que los argumentos de las «Ligas Antibolcheviques», que pretenden convencernos de que cada bolchevique es un asesino y un criminal con instintos sádicos.

Las diferentes circunstancias bajo las cuales se operó la revolución rusa fueron la causa de que pudiera desarrollarse con cierto éxito esa táctica. La revolución rusa fue la señal de fuego de la renaciente humanidad que salía del horrendo caos de la gigantesca matanza de los pueblos que convirtió a la Europa en una verdadera carnicería.

Los hombres empezaron de nuevo a respirar. Tocó a su fin el espantoso hechizo. El hipnotismo de la locura roja, que durante muchos años envolvió a la humanidad en un mar de sangre y destrucción, perdió su poder; se dejó sentir el fin ya no lejano. Así como la lucha de los campesinos americanos por independizarse de Inglaterra tuvo una influencia poderosa sobre el estado revolucionario de la vieja Francia, de igual modo la revolución rusa influyó en la evolución revolucionaria de Alemania y Austria y precipitó la caída de los Habsburgo y de los Hohenzollern.

La revolución libró al mundo de la maldita guerra y por lo tanto fue saludada con un entusiasmo enorme, que partía no sólo de las filas proletarias, sino también de otras tendencias que antes estuvieron bien lejos de tener simpatía alguna hacia los movimientos revolucionarios. Se vio el comienzo de una nueva era en Europa, y cuando los bolcheviques tomaron el poder, al ser derrocado Kerensky, nació en la clase trabajadora de todo el orbe el deseo de liberarse del yugo del salario.

En los países latinos, donde la tradición del viejo movimiento bakuniniano está aún latente en las masas, infinidad de trabajadores saludaron al bolcheviquismo tomándolo como una nueva faz del viejo bakuninismo.

Cuando el imperialismo de la Entente se movilizó contra Rusia, cuando las bandas de Koltchak, Yudenich, Denikin y otros cayeron sobre la República del Soviet, la simpatía de todos los verdaderos revolucionarios y socialistas, sin distinción de tendencias, estaba con la Rusia del Soviet. Y de que esa simpatía no fue tan sólo platónica lo hemos visto cuando estalló la guerra entre Polonia y Rusia.

Esta misma actitud asumieron nuestros camaradas anarquistas de Rusia y de los demás países. Hombres como Kropotkin, Malatesta, Domela Nieuvenhuis, Bertone, Sebastián Faure y muchos otros, que desde un comienzo fueron contrarios en principio a los bolcheviques, al hallarse Rusia en peligro no dejaron un solo momento de defenderla de los ataques contrarrevolucionarios, no porque estuvieran de acuerdo con las ideasy métodos bolcheviques, sino porque eran revolucionarios y anarquistas.

Y fue justamente la prensa anarquista y sindicalista la que se mantenía en reserva en su crítica y en sus divergencias fundamentales con los bolcheviques, temiendo que quizá su crítica pudiera ser aprovechada por los contrarrevolucionarios. Ciertos hechos que ya entonces llegamos a conocer y ciertas disposiciones del gobierno bolchevique, que a nuestro juicio eran un peligro para la revolución, fueron callados, por la mera razón de que no era el momento propicio para consideraciones de crítica. Se sintió vivamente el enorme peso y el sin fin de dificultades con que tuvo que contar Rusia y que debía vencer de uno u otro modo y, como es más fácil criticar que mejorar algo, se reservaron para mejor oportunidad las polémicas de fondo.

Hubo un verdadero sentimiento de responsabilidad que no permitió ninguna crítica, justamente cuando Rusia, sangrando por miles de heridas, tenía que luchar por su existencia entre la vida y la muerte.

Pero esta actitud, que las mismas circunstancias exigieron a los anarquistas y sindicalistas, fue la que dio motivo a los bolcheviques a sospechar de todos los que no compartían sus ideas y métodos y a tildarlos de contrarrevolucionarios.

Pero los tiempos han cambiado. Rusia misma se encuentra ahora en la encrucijada de su historia, en el lugar en que resolverá su porvenir: los 21 puntos de Lenin y el intento de la Tercera Internacional para imponer sus ideas y métodos por encima de todo el movimiento obrero internacional, la guerra abierta declarada por Lenin a los anarquistas en el X Congreso del Partido Comunista y la vasta persecución a nuestros camaradas en Rusia son acontecimientos de tal importancia que han creado, de una vez por todas, una situación perfectamente clara y están exigiendo una definida y resuelta actitud.

Tomar una actitud en esta cuestión significa también tomar una actitud frente al Socialismo de Estado.

El camino hacia la derecha

Aquellos que opinaron que el gobierno ruso, debido a la guerra, se veía obligado a adoptar actitudes y tomar resoluciones que él mismo no encontraba justas, pero que suprimiría en cuanto terminara la guerra, se han visto amargamente desilusionados. La guerra terminó pero la situación política lejos de mejorar ha empeorado aún. Una reacción espantosa impera hoy en Rusia y suprime todo signo de libertad e independencia.

Han ido a Moscú delegados de todos los países y a su regreso nos han relatado sus impresiones. ¡Qué diferencia de ayer a hoy! La mayoría de los que antes llegaban a Rusia, y con los cuales tuvimos oportunidad de hablar, no encontraban palabras para alabar todo lo que habían visto.

Todo les parecía perfecto, excelente, y si algo no encontraban como lo hubieran deseado lo atribuían a las circunstancias por que se tenía que atravesar. El que se atrevía a dudar daba prueba suficiente para ser considerado como un traidor a la revolución.

En verdad, el 90 por ciento de esos peregrinos rojos que iban a Moscú para empaparse de sabiduría en la misma fuente no habían visto nada de la verdadera situación de Rusia. La mayor parte de ellos desconocía el idioma; eran alojados en el hotel «Lux» o en otros idénticos lugares, por demás cómodos. Todo un batallón de siervos fieles al gobierno, principalmente agentes de la «Checa», estaban prontos para informar a los huéspedes de todos los pormenores del paraíso comunista. Escoltados por ellos visitaban teatros, fábricas, escuelas, etc., y hacían excursiones en ferrocarriles cómodos o en autobuses. En tales condiciones todo venía a pedir de boca. Los delegados veían en esta forma todo lo bueno del Estado comunista y ni siquiera sabían que se hallaban sobre un abismo.

De las verdaderas interioridades de Rusia muy pocos de ellos llegaron a saber algo. La mayoría de ellos ni siquiera soñaron que habían sido engañados. Tampoco hay que olvidar que el Ministerio de Finanzas ruso atendía «liberalmente» a los huéspedes y esto contribuyó, en muchos, al desarrollo de la admiración. Podría narrar a los lectores varias historietas interesantes como ilustración viva de mis palabras, pero las dejaré para más adelante.

De esta manera durante varios años se abarrotó al mundo con artículos, folletos y libros escritos por personas que estuvieron una semana en Rusia y que sintieron la necesidad de transmitir a sus contemporáneos lo que habían visto. Un ejemplo clásico de tales hechos nos lo dio últimamente Bill Haywood. Habiendo estado apenas dos días en el hotel «Lux» de Moscú llenó las columnas del «Daily Herald» de Londres halagando al sistema bolchevique y a sus sostenedores. Y cuando una persona de la talla de Haywood no comprende la irresponsabilidad de tal acción, ¿qué puede esperarse ya de los centenares de otras personas cuyos nombres no son tan populares como el de Haywood?

Pero, como ya he dicho más arriba, se ha operado ahora una gran transformación. Comienza a desvanecerse la embriaguez. He conversado con infinidad de hombres y mujeres de diversas tendencias que han vuelto de Rusia durante las últimas semanas y todos ellos, sin excepción, están amargamente decepcionados de lo que han encontrado allí. He visto a personas que al ir a Rusia eran fanáticos y acérrimos partidarios de los bolcheviques y a quienes ninguna lógica pudo impresionar. Ahora han vuelto destrozados, sin ninguna esperanza, sin fe alguna. Entre ellos había también un camarada español, quien unos meses antes atacaba rudamente a los sindicalistas alemanes porque asumieron la defensa de los anarquistas perseguidos en Rusia e hicieron público su desgarrador llamado.

No han sido las circunstancias económicas desastrosas las que hicieron cambiar de opinión a esa gente con respecto a la situación rusa. ¡No! Ha sido la atmósfera sofocante del despotismo insoportable que cubre como una densa nube a Rusia lo que les condujo a tales cambios.

La represión brutal de todo pensamiento libre, la no aceptación de determinadas garantías para el amparo de la libertad personal, por lo menos dentro de ciertos límites, como ocurre en los Estados capitalistas, el despojo a la clase trabajadora de todo derecho que le permita emitir su propia opinión, como la libertad de reunión, la libertad de huelga, etc., el desarrollo de un sistema de espionaje y de policía peor que en los tiempos del zarismo, la corrupción de los «señores» comisarios y la rutina sin espíritu de una nueva jerarquía de subalternos que aniquiló hace tiempo ya aquella iniciativa vital del pueblo, todo esto e infinidad de otras cosas que ya no se pueden ocultar, como hasta ahora, abrió los ojos que estuvieron antes completamente hipnotizados.

Observamos también otros acontecimientos trágicos con los cuales a mayoría de la gente no hubiera soñado unos meses antes. Hombres que hasta no hace mucho tildaban de contrarrevolucionario y traidor de la causa obrera a quien se atreviera a criticar los métodos de los dictadores de Moscú están hoy en lucha abierta con ellos; un ejemplo sorprendente de esto es el Partido Comunista Obrero de Alemania (K.A.P.D.). Los dirigentes de este partido, sedientos de rublos, tenían todo el tiempo las miras fijas en Moscú e intentaron por todos los medios posibles atraer la atención de la Central Rusa sobre sus pequeñas personalidades. Esos héroes de estopa, con sus cerebros microscópicos y sus bocas grandes, que hasta han sacrificado sus mejores cabezas con tal de ganar las simpatías de la Tercera Internacional y —lo que es más importante— la ayuda financiera de Moscú, esa gente lanza hoy su bilis venenosa sobre Rusia y sobre los bolcheviques.

«Lenin no desea la revolución». «La Tercera Internacional es el peor embuste». «Trotsky, Zinovieff y Radeck son unos estafadores políticos». «El mismo gobierno del soviet s el defensor del capitalismo». «El gobierno sovietista burgués defiende los intereses de la burguesía internacional». Esto es lo que hoy en día se lee en el órgano central del K.A.P.D.

Temo mucho que estos cambios de opiniones en el futuro serán más frecuentes y que por nada divertirán a los bolcheviques, ni aún a los que son sus más fanáticos y serviles adictos. Esos acontecimientos son inevitables, porque un partido que compra en el extranjero los adictos por fuertes sumas de dinero no puede de ninguna manera crearse verdaderos amigos y camaradas; todo lo contrario: esta política crea sólo un pantano de corrupción que atrae a todos los políticos degenerados y que poco a poco se convierte en un peligro para el partido que emplea tales medios.

Se entiende que los gritos que levantan los dirigentes del K.A.P.D. en contra de los bolcheviques hacen en nosotros el mismo efecto que sus anteriores alabanzas. Pero el ejemplo es característico para la actual situación y al mismo tiempo una triste ilustración de la corrupción que impera actualmente en el movimiento obrero gracias a la «política financiera» rusa.

Lo que vemos hoy en día en Rusia es el desastre de un sistema, la bancarrota del socialismo estatal en su forma más temeraria y repugnante. Por consiguiente, es el carácter personal, o para algunos la falta de carácter en ciertas personas que tienen un rol importante en este drama, un factor de una importancia liviana. Cuando el mismo Lenin se vio obligado a declarar que el cincuenta por ciento de los comisarios no son competentes para los puestos que desempeñan, esto sólo no hubiera sido suficiente demostración en contra de la bondad de su sistema. Pero la prueba de que él mismo no puede deshacerse de los demonios que trajo, como el hado en la poesía de Goethe, es algo que sólo se explica por el sistema mismo.

Lenin, el gran oportunista, lo sabe bien a pesar de que teme manifestarlo abiertamente. Sabe que la intentona de su partido ha sido un fiasco terrible en toda la línea; sabe que no hay poder en el mundo que pueda volver lo ocurrido al punto de partida. Por eso llama en su ayuda al capitalismo internacional, ya que no le queda otro recurso.

Fuera ridículo creer que Lenin se moderó y que es cambio de opinión es la causa de su actual política de compromisos. Al entablar el gobierno ruso convenios con los capitalistas del extranjero no es porque Lenin y sus amigos se hayan vuelto más moderados en sus ideas, sino porque la férrea necesidad les obliga a dar ese paso; no les queda más que este último recurso y se aprovecha de él, como el que se ahoga trata de prenderse aunque sea de una paja.

Cierto es, podría abdicar y dejar el lugar a otros, pero eso es algo que no hace nunca un gobierno. Está arraigado en la naturaleza de todo poder el hecho de que sus sostenedores pretendan mantenerse al frente de todo lo más que les sea posible. Los sostenedores del actual poder soviético están doblemente interesados en su actitud, porque temen que su renuncia al gobierno se encuentre ligada, para cada uno de ellos, a consecuencias graves. Las palabras conocidas de Lenin: «Estamos dispuestos a realizar cualquier compromiso en el terreno económico, pero no haremos ningún compromiso en el terreno político», son claras y no se prestan a equívocos.

La actual situación explica también las persecuciones infames a los anarquistas, sindicalistas y socialistas de otras tendencias en Rusia. Son los únicos que están en oposición al «camino hacia la derecha» y por lo tanto hay que limpiarlos del paso porque así lo exige la razón estatal.

La mejor prueba de esto está en que aparece en Moscú un periódico del partido de los cadetes, mientras que ningún periódico de las tendencias de la izquierda puede aparecer; otra prueba está en que el gobierno bolchevique clausuró la imprenta del «Golos Truda», que se ocupaba exclusivamente de la edición de las obras de Kropotkin. Y para que el cambio de rutas se efectúe sin dificultades hay que acabar con esos elementos «pequeño-burgueses», como los calificó Lenin en el X Congreso del Partido Comunista ruso, es decir, hay que librarse de los verdaderos socialistas.

En Rusia se repite la misma función histórica que aconteció en Francia en marzo de 1794. Cuando Robespierre y el puñado de hombres en cuyo poder estaba entonces la suerte de Francia encaminaron su política hacia la derecha sofocaron al mismo tiempo la oposición de la izquierda.

Así mandaron a los hombres de la Comuna (los herbertistas y los «enragés») a la guillotina, y como hoy en Rusia se encierran en la cárcel o se entrega al verdugo a los verdaderos defensores del sistema soviético: los anarquistas, los sindicalistas y los maximalistas. La política de Robespierre llevó a Francia al 9 thermidor y la dictadura militar de Napoleón. ¿A dónde conducirá la política de Lenin en Rusia?

Un error histórico

Hemos dicho ya que las diversas circunstancias en las que se desenvolvió la Revolución Rusa, fueron propicias para los bolcheviques en la lucha que tuvieron que sostener con sus contrarios por el predominio del campo socialista. La situación peligrosa en que se hallaba la República Soviética, durante las primeras fases del régimen bolchevique, cuando los bandos contrarrevolucionarios se lanzaron sobre ella con la ayuda de la reacción extranjera, motivaron la costumbre de tomar poco a poco, como cosa natural, toda actitud despótica del gobierno ruso, así como también su opresión brutal hacia la crítica pública y franca. Tomando en cuenta las circunstancias graves se justificaban moralmente tales arbitrariedades. Se puede comprender esa interpretación, pero lo malo del caso es que debilita el conocimiento analítico en las personas hasta dejarlo completamente fuera de juego. En esta forma pierde el observador, sin darse cuenta, lentamente, todo juicio individual y toda comprensión de la realidad. Una suposición momentánea se convierte en un principio férreo, en una necesidad fatalista. Así resulta que hasta una gran cantidad de nuestros camaradas —y que no son los peores— defiende todos los actos de los bolcheviques porque ven en ellos «necesidades históricas» inevitables. La mayoría de nuestros camaradas de la misma Rusia estuvieron durante largo tiempo, hipnotizados con esa idea, hasta que la cruel experiencia los llevó a otro camino.

Por esta razón se aprobaba todo lo que venía de Rusia y aun cuando no encontraban sus atrocidades se las encontraba necesarias para proseguir la Revolución. Y finalmente ni siquiera impresionaron ya a muchos la violación brutal de los más elementales derechos humanos, ni tampoco les llamó mayormente la atención el hecho de que esa opresión iba dirigida en contra de revolucionarios honestos, a quienes el socialismo era tan querido, por lo menos, como a los defensores del Estado bolchevique.

«¿Qué queréis?» —se nos pregunta— «Revoluciones no se hacen con guantes de seda. Mientras la reacción internacional se aliaba en contra de Rusia el gobierno estaba obligado a emplear esas arbitrariedades». —Y se nos indica comúnmente la historia de la Revolución Francesa para demostrarnos con la experiencia histórica que todas las grandes revueltas sociales están ligadas a acontecimientos como los actuales en Rusia.

Pero casualmente la experiencia histórica nos demuestra todo lo contrario. La propia dictadura de Robespierre y sus adictos y con ella la persecución de todas las verdaderas tendencias revolucionarias, comenzó recién cuando la Revolución tocaba a su fin y cuando el Estado centralista se hizo cargo de su herencia. Ni siquiera en los períodos más críticos por los que pasó la Francia revolucionaria se soñó nunca con suprimir la prensa revolucionaria de las diversas tendencias y permitir solamente los órganos oficiales del gobierno.

Los defensores más extremos de la dictadura no se permitieron siquiera soñar con tales arbitrariedades. Hasta en el tiempo crítico en que los ejércitos extranjeros entraron en Francia y en que se levantó la contrarrevolución en la Vandée y en otros puntos del país no se intentó suprimir la libertad de reunión y prohibir toda crítica de los asuntos públicos, como ocurre en Rusia durante estos últimos años. Es cierto; los Jacobinos tenían siempre la intención de unificar todas las fuerzas de la Revolución a favor del gobierno, pero sus intentonas no obtuvieron éxito alguno mientras la Revolución siguió su curso.

Hasta los hombres ultrarrevolucionarios como Jacques Roux, Varlet, Dolivier, Charlier, etc., tan detestados por Robespierre, pudieron realizar su propaganda oral y escrita. Y no se debe suponer que la crítica revolucionaria al gobierno se hacía con guantes de seda. Basta echar un vistazo a la prensa de la época de la gran revolución para cerciorarse de que fue todo lo contrario.

Y esa libertad de crítica era de absoluta necesidad para la iniciativa creadora del pueblo, para la marcha de la Revolución francesa, la cual, si pudo vencer todos los obstáculos y liberar a Francia y a toda Europa de la tiranía de la monarquía absoluta y del yugo feudal, fue porque todas las fuerzas revolucionarias supieron defender su autonomía y no se sometieron a ninguna dictadura de gobierno. Las «secciones» revolucionarias en Parías y en toda Francia, donde se reunían los elementos revolucionarios y que fueron como el sistema nervioso del gran movimiento popular, era un medio seguro contra el poder de un gobierno central que hubiese paralizado el impulso de la revolución invirtiendo el sentido real de sus propósitos. Más tarde, cuando los elementos revolucionarios más activos disminuyeron considerablemente, lo que permitió por fin a los Jacobinos robar la autonomía a las «secciones» e incorporarlas a la máquina estatal, comenzó la decadencia de la revolución. El triunfo de Robespierre fue al mismo tiempo el triunfo de la contrarrevolución. El 24 de marzo el 9 Thermidor fueron los dos símbolos de la reacción triunfante.

Si se nos recuerda la Revolución Francesa para justificar la táctica de los bolcheviques en Rusia es con un completo desconocimiento de los factores históricos. La misma historia nos enseña un cuadro muy distinto. En todos los momentos decisivos de la gran revolución francesa el mismo pueblo tomaba la iniciativa. Y en esa actividad creadora del pueblo está el secreto de la revolución. Justamente porque las fuerzas revolucionarias pudieron desarrollarse libremente y porque cada tendencia distinta del pueblo encontraba un amparo para sus actividades pudo la Revolución vencer todas las aspiraciones enemigas y barrer con el sistema feudal. Y justamente porque el gobierno bolchevique pudo paralizar toda actividad independiente del pueblo, oprimir toda otra tendencia revolucionaria con el terror brutal y con el estrangulamiento sistemático de toda otra iniciativa verdaderamente revolucionaria del seno del pueblo se ve hoy obligado a retornar al capitalismo, después de haberse convencido sus sostenedores de la imposibilidad de realizar lo que tenían en vista al principio.

Los soviets en Rusia podrían jugar el mismo rol que las «secciones» de la Revolución Francesa; pero como la violencia central les ha quitado toda independencia existen hoy tan sólo de nombre y han tenido que perder su influencia fructífera en la marcha de la revolución. Se componen actualmente nada más que de órganos designados por el estado y no tienen siquiera otra misión.

Los bolcheviques nunca fueron partidarios del verdadero sistema de Soviets. Hasta el mismo Lenin explicaba en 1905 al presidente del soviet de Petrogrado que su partido no podía relacionarse con el sistema soviético, el cual constituía, a su juicio, una institución vegestoria. Pero las primeras fases de la revolución rusa se desenvolvieron sobre la base del sistema de soviets y cuando los bolcheviques llegaron al poder se vieron obligados a aceptar la, para ellos, no deseable herencia. Toda su actividad de entonces se concretó a buscar formas para quitar el poder a los Soviets y someterlos al gobierno central. El haberlo logrado es, a nuestro entender, toda la tragedia de la Revolución Rusa.

Con la obra sistemática de someter todas las instituciones sociales al cuidado del gobierno todopoderoso poco a poco se ha tenido que llegar a la incongruente situación del predominio social por una nueva clase de empleados y subalternos; este ha sido el golpe mortal para la Revolución Rusa.

Al declarar ahora Lenin que hay que encaminar el Socialismo hacia el Capitalismo de Estado, porque el Socialismo sólo puede desarrollarse dentro del Capitalismo de Estado, no hace otra cosa que lanzar una frase de confusión, nacida bajo la presión de las circunstancias. Lenin es el que mejor lo sabe. Pero necesita convencer a la clase trabajadora socialista de que la actual política del gobierno soviético es la más correcta y por lo tanto no titubea en decir lo que más le conviene.

Pero nosotros podemos estar bien seguros de que las persecuciones atroces a las tendencias socialista no bolcheviques —sobre todo a los elementos más extremistas— y la opresión brutal y sistemática de toda opinión que no participe del sistema actual en Rusia no han nacido de la necesidad de defender las conquistas de la Revolución y la existencia de la República Soviética. No. Son el resultado del despotismo ciego de un pequeño grupo de hombres que enmascaran su dominación bajo el rimbombante nombre de «Dictadura del proletariado».

La actitud «contrarrevolucionaria» de los anarquistas

En la última sesión del Congreso de la Internacional Sindical Roja ocurrió un hecho característico. Bukarin, que se hallaba en el congreso como simple espectador, tomó la palabra de improviso atacando acerbamente a los anarquistas y dejando estupefactos a los delegados extranjeros. Los delegados tenían, en verdad, motivos para quedar sorprendidos, porque la mayoría de ellos no se explicaba el origen de ese episodio hostil.

Cuando los delegados extranjeros llegaron a Moscú destacaron inmediatamente de su seno una comisión con el objeto de que se entrevistara con Lenin y otros representantes prominentes del Estado Soviético para recabar la libertad de los anarquistas y anarco-socialistas presos. Se les prometió hacer todo lo posible en tal sentido con tal de que no mencionasen para nada este asunto durante las sesiones del congreso. La comisión cumplió exactamente su palabra y durante todo el tiempo que duró el congreso no se habló de los revolucionarios presos. Es fácil imaginarse pues el estupor de los congresales cuando Bukarin —justamente en los momentos de terminar el congreso— trajo al tapete de la discusión este asunto. Pero mayor aun fue el estupor cuando solicitó la palabra Sirolle, el delegado francés, después del discurso de Bukarin, para dar una explicación en nombre de la comisión, y el presidente Losovsky se la negó.

Se comprende que esta actitud del presidente al dar la palabra a un espectador —y todavía para una cuestión que no figuraba en la orden del día— mientras que se le negaba a un delegado, levantó gran tumulto. La tormenta fue tal que se creyó que el congreso terminaría en un caos general. Pero para evitar ese escándalo el señor Losovsky se vio por fin obligado a dar la palabra a Sirolle.

La intención de Bukarin era bien clara. Pretendía tomar al congreso por sorpresa para que no molestara más al gobierno con un asunto que le resultaba poco grato. Pero para las delegaciones extranjeras, que aún no estaban acostumbradas a esta clase de artificios, el truco resultó demasiado descabellado y por lo tanto no produjo el efecto que se buscaba:

Bukarin quiso convencer a los delegados de que los anarquistas rusos no son como los anarquistas de los demás países; que se trata en Rusia de una clase de anarquistas muy diferente, contra los cuales el gobierno se ve obligado a defenderse. Los anarquistas detenidos son —dice Bukarin— criminales comunes, simpatizantes del jefe de bandidos Makno, y han sido detenidos con las armas en la mano; son por lo tanto contrarrevolucionarios declarados y otras cosas por el estilo.

La inmensa mayoría de los anarquistas que actualmente se encuentran en las cárceles bolcheviques no son «maknovistas», ni tampoco han sido detenidos con las armas en la mano. Ni siquiera se les manifestó por qué fueron arrestados. Fueron encerrados en la cárcel por sus ideas. Algunos de nuestros camaradas, que útilmente han sido arrestados, exigieron de los agentes de la «Checa» que declarasen cuál era el delito de que se los inculpaba.

Por toda respuesta se les dijo: «no han cometido ningún delito, pero pueden cometerlo en lo sucesivo». ¡Qué tempestad se hubiera levantado si la policía de cualquier Estado burgués hubiese hecho esa aclaración!

Es tiempo de que observemos desde cerca la acción contrarrevolucionaria de los anarquistas, de la que tanto se habla. Si estudiamos el rol que los anarquistas desempeñaron en la revolución rusa, aunque más no sea superficialmente, llegaremos a la conclusión de que la acusación de los bolcheviques no tiene base alguna, que las suyas son simples calumnias con fines políticos.

Cuando se inició la revolución, los anarquistas desempeñaron un rol muy importante y formaron parte de los elementos más activos del movimiento revolucionario en general. Poseían gran cantidad de diarios y su propaganda penetró hondamente en la masa. En Cronstad, Odessa, Ekaterinenburg e infinidad de otras ciudades importantes la clase trabajadora estaba con ellos.

Los anarquistas fueron los primeros en oponerse abiertamente al gobierno provisorio de Kerensky. Ocurría esto cuando Lenin, con los bolcheviques, estaban todavía en favor de la Asamblea Constituyente. También inscribieron en su bandera el lema: «Todo el poder a los Soviets», cuando los bolcheviques ni siquiera sabían qué actitud asumir en esa cuestión.

Cuando empezó la lucha abierta contra Kerensky, fueron también los anarquistas los primeros en el frente de combate. Antes aun de efectuarse los levantamientos de Petrogrado y de Moscú, los trabajadores anarquistas de Ekaterinenburg se levantaron en revuelta. Pero también en Moscú y Petrogrado marcharon en primera fila. Fue el anarquista Anatol Grigorivich Zelesnikof quien, al frente de los marinos de Cronstad, entró en el parlamento y expulsó a los diputados, Zelesnikof, por cuya cabeza Denikin ofrecía 40,000 rublos, cayó en la lucha contra los guardias blancos en la gobernación de Ekaterinoslav, en junio de 1919.

Es un hecho histórico irrefutable que sin la cooperación de los anarquistas y de las otras tendencias de la izquierda los bolcheviques no hubieran podido escalar el poder. En todas partes luchaban en las zonas de más peligro. Así, por ejemplo, bombardeaban el Hotel Metropol, donde se concentraron los guardias blancos y los «cien negros», lucha que duró tres días.

Un camarada ruso describió fielmente los acontecimientos de aquel tiempo en «Les Temps Nouveaux» de París. Transcribimos a continuación un extracto de la interesante descripción:

«Lenin se apresuró a lanzar un decreto —era el primero— en el que declaró que su partido resolvía denominarse, en lo sucesivo, Partido Comunista. El decreto en cuestión fue publicado en el «Isvestia», el que al mismo tiempo hizo público que el gobierno resolvía realizar el comunismo en toda Rusia. La federación anarquista de Petrogrado le interrogó qué entendía por «comunismo» y cómo pensaba realizarlo. Si tenía en cuenta el comunismo anárquico o si se trataba de un comunismo diferente, descubierto por los bolcheviques, con el propósito de atraerse hacia su partido a los campesinos y obreros. La respuesta de Lenin fue que pensaba verdaderamente en el comunismo libertario, pero que no se podía realizar de una vez, sino por grados. Por lo tanto apelaba a los grupos anarquistas para que le ayudasen con toda energía a fin de poder llevar a cabo tan ardua y enorme misión. Los anarquistas fueron bastante ingenuos, empezando a actuar en ayuda de los bolcheviques.

Ocurría esto cuando los bolcheviques aun no se sentían seguros, cuando estaban rodeados por todos lados de enemigos y cuando los elementos contrarrevolucionarios de todo el país comenzaban a actuar. En Petrogrado, sobre todo, los sostenedores de la reacción no dormían. Intentaban por todos los medios imaginables provocar desórdenes entre las masas, incitándolas a que cometiesen asesinatos o «progroms» para que el gobierno no pudiera sostenerse.

Fue una época muy crítica para los bolcheviques. Únicamente los anarquistas eran para ellos un buen apoyo en que se podía fiar. Así es que mientras la situación fue crítica y se necesitaba ayuda, los bolcheviques se volvieron hacia ellos.

En diciembre de 1917, todo Petrogrado estaba ocupado por ejércitos que volvían del frente y por elementos sospechosos. Estas bandas estaban armadas y se lanzaron a los almacenes y depósitos de la ciudad. Los bolcheviques mandaron a los guardias rojos para que los detuvieran en sus desmanes. Pero en aquel entonces no se estaba seguro tampoco de los guardias rojos. Entonces mandaron a los marinos, en los que aún se podía confiar un poco. Los marinos hicieron algunos intentos débiles para contener la masacre, pero por último se pasaron a las filas de los «progromistas», saqueando toda la ciudad. En tan grave situación fueron los anarquistas los únicos capaces de afrontar la lucha contra los «progromisas» y acallar los desórdenes. Pero les costó caro, pues muchos de ellos fueron muertos.

Cuando ya estuvieron apartados los peligros comenzaron los bolcheviques a mirar de reojo a las organizaciones anarquistas. Vieron en ellos a enemigos peligrosos, más peligrosos que a los contrarrevolucionarios, porque los anarquistas ganaban día a día la simpatía de los campesinos y obreros, y organizaban por todas partes uniones industriales y comunas agrícolas de acuerdo con sus principios. Pero el gobierno bolchevique aún no se atrevía a proceder contra ellos: su posición no estaba aún afianzada.

Después del armisticio con los alemanes, la miseria del pueblo se mostraba cada vez más pavorosa. Pero los respetables comisarios del pueblo no tenían otro remedio, para aminorar las necesidades, que lanzar cada día nuevos decretos, los que, se entiende, no han tenido efecto alguno. Los anarquistas, así como otros revolucionarios sinceros, reconociendo que esta política del gobierno infaliblemente conduciría a una catástrofe para toda la población, no podían quedar indiferentes frente a tales acontecimientos. Conjuntamente con los socialistas revolucionarios de la izquierda empezaron a crear cocinas populares y habitaciones para los pobres y miserables.

Al mismo tiempo intentaron organizar a los trabajadores de la ciudad y campaña en organizaciones de oficio, para la administración de la producción, y fundar comunas agrícolas de carácter comunistas.

El conde von Mirbach, representante del gobierno alemán en Moscú, hizo comprender a Lenin que un Estado que se tiene un poco de respeto a sí mismo, no debe de ninguna manera tolerar a gente de la categoría de los anarquistas. Para Lenin fue un buen pretexto para ponerse frente a frente con ellos. Dictó una orden de ocupación por la violencia de todos los clubs anarquistas. En la noche del 14 de mayo de 1918 las casas donde los anarquistas se reunían, fueron rodeadas de cañones y ametralladoras. Durante toda la noche los bombardearon y el estallido de las bombas era tan espantoso que en la ciudad se creía que un ejército enemigo estaba tomando Moscú. Al día siguiente, se vieron cuadros horrorosos en los lugares de los sucesos. Una parte de las casas estaban completamente derrumbadas. Sobre las paredes caídas y los muebles destrozados, en los patios y sobre los adoquines de las calles había muertos. Por todas partes había trozos de carne humana, cabezas, brazos, intestinos, etc. La sangre corría por las calles. El gobierno triunfó. Bela Kun, después dictador de Hungría, jefe de la masacre, salió vencedor».

Pero la población de la ciudad estaba exaltada. La protesta unánime era tan formidable que Lenin y Trotsky se vieron obligados a justificarse ante a la población. Declararon públicamente que no era su intención perseguir a todos los anarquistas, sino a los que no se querían someter a la dictadura. Con el fin de tranquilizar a la opinión pública, la «Checa» puso en libertad a unos cuantos anarquistas. Pero al mismo tiempo empezaron a perseguir las organizaciones anarquistas, confiscar sus bibliotecas y quemar la literatura que encontraban en ellas; una buena parte de los grupos anarquistas fueron exterminadas; infinidad de camaradas se consumen en las cárceles y el resto está dividido y esparcido por todo el país como en tiempos del zarismo».

La veracidad de estas aseveraciones ha sido confirmada por camaradas rusos cuyos nombres son bien conocidos en el movimiento revolucionario internacional. Presentan un cuadro bastante detallado de los acontecimientos ocurridos en Rusia.

Con respecto a las ideas y aspiraciones generales de los anarquistas rusos en esos momentos, la resolución aprobada por el Congreso Pan-ruso de los Anarquistas-sindicalistas, nos da una apreciación clara. Dicha resolución, aprobada el 25 de agosto de 1918, es la siguiente:

1º. Luchamos contra el poder estatal y capitalista y aspiramos a unificar los soviets autónomos, las uniones de las organizaciones independientes de los campesinos y obreros en una forma federativa, para la producción común.

2º. Recomendamos a los trabajadores formar soviets libres y combatir al mismo tiempo a los consejos de los comisarios de pueblo, pues esas instituciones tendrán una influencia pésima sobre la clase trabajadora.

3º. Exigimos la disolución del ejército militarizado y el armamento de los campesinos y obreros. Al mismo tiempo es nuestra intención poner en claro que la interpretación de una «patria socialista» no tiene para los obreros ningún valor, porque su patria es el mundo entero.

4º. Proseguiremos en esta lucha sin desmayos y con todos los medios contra los checo-eslovacos contrarrevolucionarios y contra toda intentona imperialista, pero al mismo tiempo no olvidamos tampoco que el partido extremista revolucionario de los bolcheviques se ha estancado hoy en un punto determinado y se ha vuelto reaccionario en sus aspiraciones.

5º. Queremos que las organizaciones de obreros y campesinos tomen en sus manos el reparto de los medios de vida y de todos los demás útiles de la necesidad cotidiana. Exigimos que no se manden más expediciones armadas contra los campesinos, porque con esto se so convertirá a los aldeanos en enemigos de los obreros; se debilitará la solidaridad entre campesinos y obreros y originará que el frente revolucionario pase a manos de los contrarrevolucionarios.

Cada cual puede tener su opinión propia respecto al valor teórico o práctico de la mencionada resolución, pero ningún hombre que no tenga interés político determinado atribuirá a tales aspiraciones carácter contrarrevolucionario.

Al contrario, las sucesivas evoluciones de los acontecimientos en Rusia nos han demostrado que nuestros camaradas tuvieron un juicio exacto de la situación y mucho de lo que profetizaron se ha cumplido ya. Los anarquistas rusos jamás ayudaron a los reaccionarios, ni siquiera dieron motivo para que con sus actitudes pudiera perjudicarse la revolución. Fueron siempre los primeros en levantarse contra los planes tenebrosos de los verdaderos contrarrevolucionarios, sacrificándose en beneficio de la revolución. Los anarquista rusos han dado infinidad de víctimas, de sangre y de vidas y cuando, después de cumplida esa labor heroica se quiere tildarlos de contrarrevolucionarios, se comete una infamia inconsciente, una difamación asquerosa – aun cuando esa bajeza infame es cometida por distinguidos hombres del Estado socialista y con fines políticos... De los que se hacen eco de estas difamaciones, sólo porque vienen de Rusia, ni siquiera vale la pena hablar. Seres con cerebros tan microscópicos nos son responsables de sus acciones.

Mientras los bolcheviques necesitaban a los anarquistas no notaban que eran «contrarrevolucionarios». Todo lo contrario, más de una vez fueron expuestos por los bolcheviques, ante los suyos, como modelos, elogiándolos por su energía revolucionaria y por el valor demostrado.

Algunos de los dirigentes bolcheviques, que representan hoy un rol tan importante en el mundo comunista, necesitaban entonces en verdad un ejemplo de energía revolucionaria. Basta recordar el triste papel que hicieron Kamanef y Zinoviev en aquellos días trágicos, poco antes del levantamiento de octubre de 1917. Fueron en aquel momento los enemigos más encarnizados de ese levantamiento que dio a su partido la posibilidad de escalar el poder y trataron por todos los medios de estorbarlo. Fue el mismo Lenin quien salió públicamente contra ellos con un escrito de acusación especial, en el que les inculpaba de obrar «cobardemente y sin carácter» y «de haber olvidado las ideas fundamentales del bolchevismo y del internacionalismo proletario y revolucionario». Pero Zinoviev y Kamanef se arrepintieron y fueron por lo tanto aceptados de nuevo en la comunidad de los santos, y esos mismos individuos de tan hostiles recuerdos llaman «contrarrevolucionario» a todo el que no quiere bailar al son de su flauta. La comedia sería demasiado grotesca si no fuera al mismo tiempo tan espantosamente trágica.

Sin querer, nos hace esto recordar las palabras que el famoso prefecto de barricadas, Cosidiére, expresaba en 1848 sobre Bakunin:

«¡Qué hombre extraordinario: el primer día de la revolución es una joya, pero al siguiente día hay que fusilarlo!»

La política que emplearon los bolcheviques con los anarquistas es exactamente la misma. El primer día les cantaron loas, pero al siguiente gritaron: ¡fusiladlos! Pues esa ha sido siempre, en todas las épocas y en todos los países, la táctica de los políticos desde el poder.

Los bolcheviques demostraron así que ellos no constituían una excepción a la regla.

Néstor Mackno y los bolcheviques

Es menester en esta oportunidad decir algunas palabras con respecto a Mackno y a su acción, que tanto es atacada en la prensa bolchevique. Es interesante observar que para ello se valen los bolcheviques de los mismos medios con que combatían a los anarquistas en general, es decir, lo elogian o condenan conforme a la necesidad del momento. Hubo tiempos en los que la prensa bolchevique atacó a Mackno como el peor contrarrevolucionario, cooperador de Denikin y de Wrangel, y hubo otros tiempos en los que la misma prensa lo presentaba como buen revolucionario y consocio de la República Soviética.

Un camarada de Moscú, con quien tenemos conocimiento desde hace años, nos envió el siguiente bosquejo biográfico, muy característico del jefe ukraniano de las bandas:

«Néstor Mackno es un simple campesino joven; tiene ahora unos treinta años. A partir del año 1917 tomó participación activa en el movimiento revolucionario perteneciendo a una agrupación de anarquistas terroristas. Por dar muerte a un policía en la gobernación de Ekaterinoslav fue condenado a muerte y conmutada la pena por la de trabajos forzados a perpetuidad, debido a sus pocos años. Libertado en 1917, por el advenimiento de la revolución, volvió en seguida a su lugar nativo, participando en la organización de los campesinos.

A principios de 1918, comenzó la reacción en Ukrania. Los austriacos, los alemanes, el hetman Skoropadsky conmovieron al país, legiones enteras de obreros, campesinos y revolucionarios fueron fusilados. Mackno, en compañía de otros seis camaradas, formaron un destacamento armado y pelearon con los soldados extranjeros y con la policía de hetman, saliendo victoriosos, lo que les valió cierta popularidad. Se plegaron entonces nuevos adictos y el pequeño grupo muy pronto contó con 20 hombres.

Una vez limpia la Ukrania de los soldados extranjeros y de las bandas armadas del hetman, Mackno dirigió la lucha contra Petlura. Antes de finalizar el año, ya mandaba un ejército entero de macknovistas. Una vez derrotado Petlura los bolcheviques ocuparon la Ukrania. Siendo Mackno un anarquista no podía concordar con los bolcheviques, a pesar de habérsele prometido verdaderas minas de oro. Querían nombrarlo comandante superior de todas las reparticiones de guerra en Ukrania, con la condición de que se pusiera bajo las órdenes de Trotsky, pero Mackno rechazó el ofrecimiento manifestando que no podía colaborar con los que tenían por único objeto detentar el poder.

Inició en seguida una agitación por todo el país y muy pronto se halló en el frente de combate contra el flamante ejército de Denikin. Declararon entonces los bolcheviques que no podían reconocer a un ejército constituido por voluntarios, pero no sintiéndose aún lo suficientemente fuertes para emprender una acción contra los macknovistas hallaron el medio de eliminarlos indirectamente, negándoles armas y municiones.

Trotsky declaró que sólo lo proveería de municiones cuando se sometiese al comando del ejército rojo. Mackno se encontró en una situación crítica. Tenía un ejército de unos cincuenta mil hombres, pero estaba casi totalmente desprovisto de municiones, teniendo en su contra a Denikin y al ejército rojo. Al principio, cuando dirigía la guerra contra Skoropadsky y Petlura, lo habían dejado casi solo en la lucha porque el ejército rojo era débil y mal organizado todavía.

Entonces los bolcheviques proveyeron a los macknovistas de todas las municiones que necesitaban, por ser de su interés, mientras que ahora se negaron a cualquier socorro militar en tanto que Mackno se resistiese a someterse a las órdenes de Trotsky.

«Trotsky creyó que al negarse a proporcionar municiones a los macknovistas se verían éstos precisados a reconocer sus pretensiones, pero viendo que Mackno se mantenía firme resolvió terminar con él, costara lo que costara. En una asamblea en Karkov, el 29 de abril, declaró que Mackno era un simple aventurero y que era preferible que Ukrania cayese en poder de los «blancos» a que la tomaren los macknovistas, porque cuando Denikin fuera dueño del país los mismos campesinos llamarían a los bolcheviques.

De esta manera Mackno fue dejado sin municiones y el ejército rojo no quiso intervenir para nada, mientras Denikin atacaba reciamente a los macknovistas rompiendo el frente. Los rojos también tuvieron que retroceder, pero consiguieron su propósito de aniquilar a Mackno. La derrota de Mackno fue desastrosa, pudiendo apenas huir con la gente que le quedaba. Al mismo tiempo, en la prensa bolchevique se hacían declaraciones de que Mackno era un simple traidor, inculpándole el retroceso de los rojos. Poco después de este suceso dieron con un hermano de Mackno en un sanatorio y tomándole por el mismo Mackno lo fusilaron sin mayores miramientos.

A causa de la derrota de Mackno, los soldados de Denikin, en su avance, persiguieron al ejército rojo, cruzando victoriosos la frontera rusa. En esta situación crítica Makno logra reorganizar sus partidarios y atacar el costado de Denikin, y en esa arremetida eficaz pudo apoderarse de las municiones y provisiones de Denikin, logrando los rojos por este medio tomar la ofensiva. Con tal acto, la prensa bolchevique volvió a reconocer en Mackno un verdadero revolucionario y el gobierno retiró la orden de fusilarlo. Pero una vez derrotado Denikin, Trotsky volvió exigir a los macknovistas que entregasen sus armas, y, al ser desoído, Mackno volvió a ser tratado de bandido, siendo por segunda vez descalificado por el gobierno. Desde entonces comenzó una lucha desesperada entre Mackno y los bolcheviques, tomando con frecuencia un carácter temerario.

Pero no se llegó a una solución definitiva hasta más tarde, cuando, por los ataques de Wrangel y la Rusia soviética las relaciones entre el gobierno bolchevique y los macknovistas volvieron a cambiar».

Estas aseveraciones de nuestro camarada de Moscú fueron confirmadas totalmente por nuevas afirmaciones que desde entonces hemos recibido de fuente directa. Tengo delante mío un manuscrito de 112 grandes páginas sobre el movimiento macknovista, que unos camaradas me han traído de Rusia, conteniendo todos los detalles de los hechos que relatamos, acompañados con infinidad de documentos. La publicación de ese material dará a los lectores un cuadro claro y exacto de Mackno y su movimiento, destruyendo todas las leyendas antojadizas que los bolcheviques tejieron alrededor de ese hombre y de la causa que defiende.

A principios de 1920, Mackno se vio obligado a luchar a un mismo tiempo contra los bolcheviques y contra Wrangel. Pronto la situación se hizo tan crítica que los bolcheviques se vieron precisados a pedir apoyo de Mackno. La situación era peligrosa. La guerra con Polonia había agotado ya tanto las fuerzas militares del gobierno ruso, que el ejército rojo no estaba más en condiciones de rechazar los ataques salvajes de Wrangel, abastecido por los aliados con todos los elementos modernos de guerra. Encontrándose en situación tan crítica, que fácilmente podría conducir a una catástrofe, el gobierno el soviet resolvió pactar una alianza con el «bandido» Mackno, el mismo a quien la prensa bolchevique no se cansaba de tratar de «socio» del «Barón Blanco», como se le llamaba a Wrangel.

El 6 de octubre se firmó entre Mackno y el gobierno bolchevique el siguiente:

Tratado

Entre la República Ukraniana del soviet y el ejército revolucionario macknovista, para la colaboración provisoria en las operaciones militares acuerdan:

1º. El ejército revolucionario de los macknovistas se fusiona con los soldados del ejército republicano, quedando íntegro el ejército macknovista y reconociendo sólo la supercomandancia del ejército rojo. Guarda su propia forma de organización, sin reconocer los principios y reglamentos de organización del ejército rojo.

2º. El ejército revolucionario de los macknovistas, que se encuentra en territorio del soviet, en toda la extensión del frente, no puede aceptar en sus filas a unidades del ejército rojo o a desertores.

Observaciones: Las unidades del ejército rojo que se junten a los macknovistas en el costado de Wrangel deben, en la primera oportunidad, pasar de nuevo al ejército rojo. Los macknovistas que aún se encuentren en el costado de Wrangel, como así los habitantes de dicha región que se afilien a los macknovistas quedarán en sus filas, aun cuando hayan sido antes movilizados por el ejército rojo.

3º. El convenio de la supercomandancia del ejército rojo y el ejército revolucionario de los macknovistas se hace con el fin de aniquilar al enemigo común, el ejército blanco. Los macknovistas se declaran de acuerdo con el llamado de la comandancia del ejército rojo a los habitantes para que cese todo ataque al ejército rojo. Al mismo tiempo el gobierno del soviet publica el acuerdo con objeto de tener mayor éxito en la obra para el propósito común.

4º. Las familias de los soldados del ejército revolucionario macknovista que habitan en el territorio de la República del Soviet disfrutan de los mismos derechos que los soldados rojos y perciben del gobierno soviético Ucraniano los beneficios acordados.

Entre la República Ukraniana del Soviet y el ejército revolucionario de los macknovistas para los asuntos políticos acuerdan:

1º. Todos los revolucionarios macknovistas y anarquistas que se encuentran en las cárceles de la República del soviet y que no lucharon contra el gobierno soviético con las armas deben ser inmediatamente libertados, como así mismo debe cesar toda persecución posterior.

2º. Libertad completa de propaganda oral y escrita para todos los macknovistas y anarquistas, de sus ideas y principios. La censura militar sólo será permitida cuando se trate de asuntos militares. El gobierno del Soviet reconoce a los macknovistas y anarquistas como organismos revolucionarios y está dispuesto a proporcionarles todos los materiales necesarios para la edición de publicaciones (libros, folletos, periódicos), sobre la base de acuerdos generales y de acuerdo con las regulaciones técnicas que es menester para tales publicaciones.

3º. Los macknovistas y anarquistas pueden participar libremente en las elecciones para los soviets, teniendo también el derecho de ser miembros de los soviets. Los macknovistas y anarquistas podrán tomar parte en el próximo quinto Congreso de los Soviets de Ukrania, a celebrarse en diciembre de 1920. También tendrán participación libre en los preparativos del Congreso.

A algo por los representantes de los dos partidos, en la Conferencia de 16 de octubre de 1920.

(Firmado): Bela Kun – Popof.

Sobre la base del citado convenio, los macknovistas lucharon a la par del ejército rojo contra Wrangel. El éxito pronto se dejó ver. En la tercera semana de noviembre, el «Barón Blanco» era totalmente derrotado y el resto de sus tropas huía al ser perseguido por el ejército rojo.

Pero, ¿qué sucede entonces? En el momento en que el Wrangel era derrotado, el gobierno del Soviet, de un modo vergonzoso, rompió el tratado convenido con Mackno, y el ejército rojo atacó repentinamente a sus aliados de la víspera, matando bárbaramente a gran parte de ellos. Mackno apenas pudo escapar con vida y la prensa bolchevique lo llamó nuevamente «bandido» y «traidor». Todos los anarquistas excarcelados de acuerdo con el tratado, entre ellos los amigos de Mackno, Chubenko y Volin (W. M. Eichenbaum) fueron de nuevo arrestados y junto con ellos muchos que hasta entonces aún estaban libres.

Estas son las distintas fases por las que hasta ahora ha pasado el movimiento macknovista: de todas las comprobaciones se puede ver exactamente que de ningún modo Mackno es un traidor o un contrarrevolucionario y que todas las noticias propaladas contra él por los bolcheviques no son verdaderas y si sólo imaginarias, porque la razón estatal bolchevique así lo exige. Si hay alguien que tenga derecho a lamentarse de haber sido traicionado, inicuamente traicionado, es tan sólo Mackno. Él fue en verdad el traicionado: una traición no tan sólo contra él, sino contra la causa de la Revolución, cuando en la primavera de 1919 lo dejaron sin municiones ni armas, permitiendo de este modo a Denikin derrotar a sus partidarios y dispersarlos en todas direcciones. Fue traición de la peor índole cuando el gobierno del Soviet rompió el tratado que él mismo celebró con Mackno. Fue una traición que nos recuerda los métodos políticos de un César Borgia o de un Alejandro VI.

El gobierno bolchevique calificó de contrarrevolucionario a Mackno ante el mundo entero después de haber reconocido con el tratado que celebró con el mismo Mackno que su movimiento era revolucionario. Declara que Mackno es un simple salteador y bandido. ¿Cómo es posible entonces que haya celebrado con este salteador y bandido un contrato oficial, firmado por uno de sus colaboradores prominentes? Y si Mackno no fue en verdad más que un simple bandido, ¿cómo se califica a los que pactan con un bandido? Que no se nos diga que el gobierno se encontraba en una situación desesperante y por lo tanto se vio obligado a dar ese paso. Ni siquiera este motivo podrá justificar acción tan ruin. Pero el gobierno del Soviet estaba en la misma situación cuando fue atacado por Denikin y entonces abandonó a Mackno y a sus guerrilleros en una situación desesperada, sabiendo que la derrota de Mackno forzosamente pondría en aprietos al ejército rojo y efectivamente así ocurrió. Pero entonces se quiso sacrificar a Mackno porque Trotsky estaba en ello interesado, porque la razón estatal lo exigía.

¡No! Los hombres de Estado de Moscú saben muy bien que Mackno no es un bandido; saben que lucha por una causa que no conviene la situación por ellos creada. También saben que el hombre que dos veces salvó a Rusia de la catástrofe de una contrarrevolución triunfante no puede ser un contrarrevolucionario. Sí, todo eso lo saben bien los jefes bolcheviques, pero Mackno no cabe en el marco del artístico Estado Soviético y por lo tanto había que eliminarlo a toda costa. Por esto Mackno es un bandido, traidor y contrarrevolucionario. Debe serlo, como también los anarquistas en general, como también todos los revolucionarios de otras tendencias que no creen en la Biblia bolchevique son bandidos, traidores y contrarrevolucionarios. Estas afirmaciones son falsas, sus propaladores del o bien lo saben; pero ¿qué importa? La mentira siempre fue un factor decisivo en toda obra de diplomacia y según parece sin ella tampoco pueden arreglar sus asuntos los defensores de la «diplomacia proletaria».

La insurrección de Cronstad

La misma «diplomacia proletaria» logró hacer de la insurrección de Cronstad una conjuración de los «blancos» preparada con tiempo por los elementos contrarrevolucionarios del extranjero. Y esta tergiversación hábil y antojadiza recorrió toda la prensa comunista internacional hallando eco hasta donde, en general, no simpatizan con las ideas bolcheviques.

Encontrándonos hoy en condiciones de dar un fallo exacto de las causas interiores y del verdadero carácter de la insurrección de Cronstad, debemos reconocer nuevamente que el cuento de la intentona contrarrevolucionaria de los marinos de Cronstad es tan verídico como las leyendas de las aspiraciones contrarrevolucionarias de Mackno y de los anarquistas. Hasta un periódico de tendencia bolchevique bien manifiesta, como lo es el «Novi Put» de Riga, tuvo la imprudencia de decir toda la verdad de la insurrección de Cronstad y del carácter de su movimiento; según parece, la redacción no recibió a tiempo las «informaciones» oficiales. En el número del 19 de marzo leemos lo siguiente:

«Los marinos de Cronstad son en su mayoría anarquistas. Marchan a la izquierda y no a la derecha de los comunistas. En sus últimos radios repiten constantemente: ¡Viva el poder de los soviets! Más de una vez leemos allí: ¡Viva la convención nacional! ¿Por qué se han rebelado contra el gobierno del soviet? Porque para ellos no es suficientemente soviético. Inscribieron en su bandera el lema semianarquista, semicomunista que los mismos bolcheviques adoptaron hace tres años y medio, después de la revolución de octubre. En su lucha contra el gobierno soviético, los rebeldes de Cronstad han expresado por repetidas veces su profundo odio a los “burgueses” y a todo lo que sea política. Manifiestan que la República soviética se aburguesó y que Zinoviev se “hartó”. Tenemos pues que vernos con una insurrección extrema y no con un levantamiento de la derecha».

La presente crónica de levantamiento de Cronstad en el periódico bolchevique «Novi Put» ha sido desde esa fecha confirmada en todo sentido; todos los documentos y proclamas de los rebeldes de Cronstad lo atestiguan. Ni una sola palabra se puede entresacar de que los obreros y marinos de Cronstad hayan tenido relación alguna con los verdaderos contrarrevolucionarios.

Los marinos de Cronstad han pertenecido siempre a los elementos más enérgicos y dispuestos al sacrificio en el movimiento revolucionario ruso; tomaron ya un rol importante en el año 1905. Cuando estalló la revolución de 1917 fueron nuevamente los primeros en la lucha, demostrando un valor heroico. Bajo el gobierno de Kerensky y proclamaron la comuna en Cronstad y se opusieron enérgicamente a la Asamblea Constituyente, en la que veían un peligro para la revolución. Cuando más tarde comenzó la revolución octubrista, que otorgó el poder a los bolcheviques, estuvieron otra vez al frente del movimiento. Su lema era: «¡Todo el poder a los soviets!».

En la lucha sangrienta con Yudenich, los marinos de Cronstad fueron la muralla de hierro contra la cual todas las intentonas reaccionarias se desbarataron. La influencia de las ideas anarquistas en los marinos de Cronstad fue la verdadera causa por la que defendían con tanto tesón su autonomía cuando el gobierno central de Moscú empezó a coartar más y más los derechos primitivos de los soviets. Todos los intentos de Trotsky para someter a los marinos de Cronstad a las mismas condiciones que implantó en el ejército no tuvieron casi éxito alguno.

En febrero de 1921 estallaron grandes perturbaciones entre los trabajadores de Petrogrado, causadas por las nuevas regulaciones en la repartición de los víveres. Los obreros se declararon en huelga. Muchos de ellos fueron arrestados, reagravándose con ello, como es de suponer, la situación. En dichas circunstancias los marinos de Cronstad enviaron una delegación a Petrogrado con la misión de estudiar la situación en el propio lugar del hecho y para ver también si era posible unir a los trabajadores para una acción conjunta.

El primero de marzo de 1921 se verificó en Cronstad una asamblea de la gente de todas las líneas fluviales, en la cual la delegación debía presentar el informe. Resultado de la reunión fue la aprobación de la siguiente resolución:

«Después de haber escuchado el informe de la delegación nombrada por la gente de todos los barcos, la asamblea acuerda presentar las siguientes exigencias:

1º. Considerando que los soviets existentes hoy no interpretan el anhelo de los obreros y campesinos, exigimos la convocatoria a nuevas elecciones para los soviets, con votación secreta, y que todos los obreros y campesinos tengan completa libertad de realizar su propaganda antes de que se efectúen las elecciones.

2º. Libertad de reunión para los sindicatos industriales y organizaciones de los campesinos.

3º. Libertad de palabra e imprenta para los campesinos y obreros, para los anarquistas y socialistas revolucionarios de la izquierda.

4º. Convocar una conferencia imparcial de los obreros, soldados rojos y marinos de Cronstad, Petrogrado y de la circunscripción de Petrogrado, antes del 10 de marzo de 1921.

5º. Liberación de los presos políticos de todos los partidos socialistas, y de todos los obreros, campesinos, soldados rojos y marinos arrestados con motivo de las revueltas de campesinos y obreros.

6º. Nombrar una comisión especial para revisar los procesos de los presos en las cárceles y campos de concentración.

7º. Suprimir todas las reparticiones políticas especiales, para que ningún partido cose privilegios especiales para su propaganda y esté subvencionado por el Estado. (Se refiere a aquellas organizaciones, en todas las instituciones civiles y militares de Rusia, en las que sólo pueden pertenecer miembros del Partido Comunista.) El lugar de estas corporaciones será ocupado por comisiones especiales para la preparación educacional y sus haberes serán costeados por el gobierno.

8º. Supresión del contralor en las estaciones ferrocarrileras. (Refiérese a los guardias militares en las estaciones para prohibir el transporte de los víveres que el Estado no compra ni vende.)

9º. Fracción igual para todos los obreros, exceptuando a los que estén ocupados en industrias malsanas.

10º. Supresión de todas las reparticiones comunistas en todas las corporaciones militares y de los guardias comunistas en las fábricas. Si fueran necesarias tales secciones, que sean elegidas directamente por los soldados de los regimientos y por los obreros de las mismas fábricas.

11º. Que los campesinos tengan derecho a disponer de sus productos y puedan tener hacienda siempre que no ocupen asalariados.

12º. Apelamos a todas las corporaciones militares y a los camaradas de las escuelas militares para que se adhieran a nuestro movimiento.

13º. Rogamos a todos la difusión posible de nuestra resolución.

14º. Que se nombre una oficina para el contralor callejero.

15º. Libertad de trabajo a domicilio, mientras no se empleen asalariados.

Esta resolución fue leída en una asamblea de los trabajadores de Cronstad, en presencia de diez y seis mil personas, siendo aprobada por unanimidad.

El 2 de marzo se reunieron los delegados de los vapores de las corporaciones militares y de las fábricas y talleres, en total unas 300 personas. Se nombró un «Comité revolucionario provisorio», que debía preparar las elecciones para los soviets. El Comité publicó un boletín diario, él «Isvestia», que informaba sobre el curso del movimiento. Nuestro camarada ruso Isdinie, publicó en «Les Temps Nouveaux» de París varios recortes del «Isvestia» de Cronstad que acreditan el carácter y el espíritu de este movimiento tantas veces vilipendiado y sospechado.

En un artículo con el encabezamiento «Por qué luchamos» se lee:

«La paciencia de los obreros se acabó. Ya se nota por todas partes del país los primeros síntomas de la oposición a un sistema de violencias y opresiones. Los obreros declararon la huelga, pero los gendarmes bolcheviques se hallaban a la vanguardia, valiéndose de todos los medios para sofocar la Tercera Revolución en su comienzo. Pero estalló a pesar de todo, siendo los mismos obreros quienes la declararon...

Aquí, en Cronstad, ha sido colocada la base de la Tercera Revolución, que abrirá el camino hacia el socialismo, tachar. Que nuestra revolución convenza a los obreros de Oriente y Occidente de que todo lo acaecido hasta ahora en Rusia nada tiene que ver con el socialismo.

Los obreros y campesinos marchan adelante. Se alejan de la convención nacional con el régimen burgués, como también de la dictadura del Partido Comunista con su «comisión extraordinaria» y su capitalismo de Estado que estrangula el pueblo trabajador como la sobra del verdugo.

La actual revolución permite a los obreros elegir libremente su soviets, sin tener la presión de partido alguno, y hará posible a los sindicatos, ahora completamente burocratizados, su reorganización en asociaciones libres de obreros manuales e intelectuales».

En otro artículo, «Las etapas de la revolución», aparecido en el número del 12 de marzo se lee:

«El Partido Comunista detenta el poder público dejando a un lado a los obreros y campesinos, en cuyo nombre obra. Se ha establecido un nuevo feudalismo en nombre del comunismo. Del campesino se hizo una simple ilota y de los obreros, esclavos asalariados en las fábricas estatales. Los obreros intelectuales fueron degradados por completo... Llegó la hora de terminar con la comisariocracia. Cronstad, la guardiana alerta, no dormía. En marzo y en octubre de 1917 se halló al frente y hoy es nuevamente la que despliega la bandera de la Tercera Revolución: la revolución proletaria.

Cayó la autocracia. La asamblea constituyente pertenece al pasado. La comisariocracia también caerá. Llegó la hora para el verdadero poder del proletariado, para el poder de los soviets!»

Y en un «Llamado a los obreros, soldados rojos y marinos», que apareció en el número del 13 de marzo, rechazan enérgicamente la acusación del gobierno del soviet de que el movimiento de Cronstad sea dirigido por generales blancos y reaccionarios. Escriben allí:

«El 2 de marzo nos hemos levantado en Cronstad contra el yugo maldito de los comunistas y desplegamos la bandera roja de la Tercera Revolución de los proletarios.

¡Soldados rojos, marinos, obreros! La revolucionaria Cronstad os exhorta.

Señalamos que se os engaña, que no se os dice la verdad de lo que acontece en ésta. No se os dice que estamos prontos a dar nuestra vida en holocausto de la causa sagrada, la emancipación de los obreros y campesinos. Os quieren persuadir de que el Comité Revolucionario Provisorio está supeditado a los generales blancos y a los popes. Damos a continuación los nombres de todos los miembros de nuestro comité: 1, Petrichenko, empleado en las oficinas de las líneas marítimas «Petropavlovsk»; 2, Jacobenko, telefonista de la sección telefónica de Cronstad; 3, Osozow, maquinista en las líneas marítimas «Sebastopol»; 4, Perepelkin, electricista en la «Sebastopol»; 5, Archipow, primer maquinista, 6, Petruchew, primer electricista en el «Petropavlovsk»; 7, Kupolow, médico; 8, Verchinin, marinero en la «Sebastopol»; 9, Tukin, obrero en la obras eléctricas; 10, Romenko, jefe de los materiales para las reparaciones navieras; 11, Oreschin, inspector en la tercera escuela del trabajo; 12, Pavlow, obrero en municiones; 13, Baikow, administrador de la fortaleza férrea; 14, Walk, director en un aserradero; 15, Kilgast, soldador».

Impresionado hondamente el «Llamado a los proletarios del mundo entero», en el número de marzo 13, el cual dice:

«Hace doce días un puñado de verdaderos héroes, obreros, soldados rojos y marineros; apartados de todo el mundo, soportan los ataques salvajes de los verdugos comunistas. Estamos firmes para la causa que hemos hecho nuestra de libertad al pueblo del yugo que el fanatismo de un partido le impuso y moriremos gritando: «¡Vivan los soviets libremente elegidos!» Que lo sepa el proletariado del mundo entero. Camaradas, necesitamos vuestra ayuda moral. ¡Protestad contra los actos terroríficos de los autócratas comunistas!»

Esta última demanda de los rebeldes de Cronstad, cuando tenían ya la muerte delante de sus ojos, repercutió como una voz en el desierto. Nadie comprendió la importancia de la causa por la que lucharon y empeñaron sus vidas. Ni siquiera se supo que fueron asesinados a millares, como lo habían sido los hombres y mujeres de la Comuna de París cuando las bandas mercenarias de Gallifet los azuzaban hacia la muerte.

Pero los hombres y mujeres de la Comuna de París hallaron un lugar en el corazón gigantesco del proletariado universal; en cambio ellos, que con su sangre tiñeron las calles de Cronstad, fueron cauterizados por su propia clase como traidores y contrarrevolucionarios, fueron condenados sin que se conozca la causa por la cual lucharon y su último llamado solo halló oídos sordos. ¡Y pensar que estos hombres lucharon por una causa que fue también la de sus verdugos! El mismo lema que los rebeldes de Cronstad inscribieron en su estandarte fue el grito de lucha de los bolcheviques, cuando en octubre prepararon el levantamiento que derrocó a Kerensky.

¡Quién hubiera soñado entonces que unos pocos años después la «dictadura del proletariado» enviaría sus soldados rojos contra los defensores de las mismas ideas que los dictadores de hoy sustentaban cuando se decidieron a asaltar el poder político!

Uno de los argumentos más importantes contra la insurrección de Cronstad fue que la prensa contrarrevolucionaria en el extranjero expresó su simpatía hacia los insurgentes. En un artículo aparecido el 20 de abril en la «Revue hebdomadaire de la Presse Russe», Radeck intentó demostrar el carácter contrarrevolucionaria de la insurrección de Cronstad, valiéndose sobre todo del precitado argumento. Los lectores de la prensa comunista son en general muy modestos y se conforman con lo que se les da para leer, siempre que venga de Moscú. Por lo tanto no es de extrañar la impresión, pues el artículo de Radeck hizo su recorrido por toda la comunista internacional. A nadie se le ocurrió siquiera averiguar el sentido exacto de tal argumento. Bastaba con que era Radeck quien lo había escrito. En verdad nada demuestra ese argumento. Y a pesar de que Radeck empleó toda su sabiduría de abogado, que tan bien le cuadra, su argumento no tiene el valor de una pompa de jabón. Es vieja experiencia que los reaccionarios de todos los tintes siempre han buscado de bailar en fiestas ajenas. Ahí está, por ejemplo: el gobierno español hace varios años que suprime la prensa anarquista y sindicalista, pero el órgano del partido comunista «El Comunista» puede salir con regularidad en Madrid. Nadie lo molesta. La causa de esa táctica del gobierno es bien comprensible. No procede así porque quiere de corazón a los comunistas, sino porque cree de esta manera romper el movimiento y fraccionar las fuerzas. Y cuando la vieja Alemania kaiserista permitió a Lenin y sus amigos cruzar Alemania en un tren cerrado que se dirigía de Suiza a Rusia no fue tampoco porque tenía una simpatía especial hacia los bolcheviques, sino porque le pareció conveniente a su política. Por esto tales argumentos no demuestra nada, y cuando Radeck se vale de ellos para enlodar a los rebeldes de Cronstad, es menester convenir que tal proceder, además de ser una bajeza, es bastante ridículo.

El hecho es que los insurrectos de Cronstad rechazaron con desprecio toda ayuda de los reaccionarios.

Cuando llegó a París la noticia de levantamiento de Cronstad, los capitalistas rusos ofrecieron a los rebeldes 500,000 francos. Pero los insurrectos rechazaron enérgicamente dicha oferta.

Y cuando ciertos oficiales contrarrevolucionarios, en París, mandaron un radiograma a los cronstadinos ofreciendo sus servicios, los marineros les contestaron por la misma vía:

«Quédense donde se encuentran. No tenemos empleo para gente de la calaña de ustedes».

¿Hablan así los contrarrevolucionarios? Segurísimo que no. Los hombres de Estado de Moscú son los que mejor lo saben.

Origen y significado de la idea de «soviet»

Si echásemos la culpa a los acontecimientos que están ocurriendo en Rusia solamente a unos cuantos individuos nos equivocaríamos por completo. Los individuos son tan sólo responsables en la medida en que lo pueden ser los dirigentes de determinada tendencia ideológica. Pero las causas de estos acontecimientos trágicos o más hondas. Son las consecuencias de un sistema que infaliblemente debía provocar tal situación.

Esto fue hasta ahora tan poco comprendido porque se ha pretendido siempre complementar o identificar dos conceptos antitéticos, a saber: la organización de los soviets (consejos de obreros) y la famosa «dictadura del proletariado». Observando la revolución rusa se ha llegado poco a poco a esta interpretación y se ha creído ver en una idea el necesario complemento de la otra. Pero la verdad es que tenemos que vernos aquí con dos formas diversas de organización cuya unión es imposible. La dictadura es la contradicción directa de la organización soviética y si se pretende por la fuerza ligar a las dos tendencias se obtendrá como resultado un producto híbrido de la especie de la comisariocracia bolchevique en la Rusia actual, que está concluyendo por ser la enterradora de la Revolución Rusa.

La idea de «soviet» no admite dictadura alguna debido a que se funda sobre cimientos distintos. En la organización de los soviets rige la voluntad de abajo, la energía creadora del pueblo, en cambio en la dictadura rige la violencia de arriba, la sumisión ciega al molde sin espíritu de un dictador. Las dos formas, una frente a otra, no pueden existir. En Rusia triunfó la dictadura; por consiguiente no hay soviets. Lo que allí existe es nada más que una nefasta caricatura de la idea soviética.

La idea de «soviet» es, en su exacto significado, la idea misma de la revolución social y abarca todo lo que de propiamente constructivo existe en el socialismo. La idea de «dictadura» es de puro origen burgués y no tiene relación alguna con el socialismo. La idea de «soviet» no es nueva, de manera alguna, ni recién nos ha llegado con la Revolución Rusa. Comenzó a desarrollarse en el seno de la fracción más avanzada del movimiento obrero europeo, cuando la clase proletaria organizada se estaba preparando para sacudir todo el brillo artificial del radicalismo burgués que la cubría, para levantarse por cuenta propia. Esto aconteció en aquella lejana época en que la «Asociación Internacional de Trabajadores» trató de unir por vez primera a los proletarios de todos los países en una gran unión con el propósito de abrir una brecha hacia la liberación del yugo del salario.

No obstante que la Internacional tenía un marcado carácter de unión internacional de oficios y organizaciones de industria, sus estatutos eran lo suficientemente amplios para ofrecer albergue en sus filas a todas las tendencias socialistas de aquel entonces, siempre que se declarasen de acuerdo con la finalidad de la Asociación. Lógico es suponer que en los primeros tiempos la ruta ideal de la gran unificación proletaria no tenía la claridad de comprensión ni la exactitud de expresión que cobró notablemente en los primeros congresos de Génova (1868) y Lausana (1867). Pero a medida que la Internacional iba madurando interiormente y crecía como organismo de lucha, las doctrinas de sus adherentes se purificaban con tanta mayor rapidez. La actividad práctica en la lucha cotidiana entre capital y el trabajo condujo por sí misma a los obreros a una interpretación más profunda de los problemas sociales con el propósito de hallar medios para resolverlos.

En el congreso de Basilea, el año 1869, la evolución interior de la gran Asociación Obrera llegó a su meta. Exceptuando la cuestión de la tierra —sobre la cual se reafirmó la resolución anterior—el congreso dedicó especialmente su atención al problema industrial. En el informe que presentaron el belga Hins y el francés Pindy se expresaba por vez primera desde un nuevo punto de vista los principios y el significado de las organizaciones industriales, aunque mostrando muchas analogías con las ideas de Robert Owen, cuando éste, en el tercer decenio del siglo pasado, había fundado la «Grand National Consolidated Trade Union». El congreso de Basilea declaró clara y explícitamente que el tradeunionismo o sindicalismo no es únicamente una organización de resistencia común y temporaria cuya razón de ser se explica sólo dentro de la sociedad capitalista, debiendo luego desaparecer conjuntamente con ésta. Por el contrario, se corrigió en su origen el concepto de la tendencia socialista estatal que trata de circunscribir la acción de los organismos obreros industriales al mejoramiento de las condiciones de trabajo agotando allí toda la misión de éstos. En el informe de Hins se declaraba que la organización para la lucha económica de los trabajadores debía ser considerada como una finalidad de la futura sociedad socialista y que incumbía, por lo tanto, a la Internacional instruir a la organización obrera para esta misión histórica. En este sentido el Congreso aprobó la siguiente resolución:

«El congreso declara que todos los trabajadores deben intentar la fundación de sociedades de oficio en las diversas industrias. A medida que se vayan fundando tales sociedades se comunicará a las organizaciones del mismo oficio, para de ese modo facilitar la fundación de uniones nacionales de la industria. Esta corporación deberá coleccionar todos los materiales que tuvieran alguna relación con su industria y llegar a un acuerdo común con respecto a las disposiciones necesarias para que la federación de productores libres pueda reemplazar al actual sistema de salario. El Congreso autoriza al consejo general a facilitar las relaciones de las organizaciones de oficio de los diferentes países».

Comentando la precedente resolución, que la comisión presentó al congreso, declaró Hins que de esa doble forma de organización, «es decir, de las sociedades de oficios locales y las uniones generales de industria ha de nacer más adelante la administración política de la comuna y la representación general del trabajo en un sentido regional, nacional e internacional».

«Los consejos de las organizaciones de oficios y de industria ocuparán el puesto de los actuales gobiernos. Éstas representaciones concluirán de una vez por todas con los viejos sistemas políticos del pasado».

La susodicha idea, nueva y fructífera, nació del conocimiento de que toda nueva forma de organización societaria, imprescindiblemente, debe llevar también a una nueva forma de organización política y puede llegar a realizarse tan sólo en esa nueva forma política y que, por lo tanto, el socialismo necesita también una forma política nueva y diferente en la que puede hallar su propia expresión para incorporarse a la vida. Los hombres de la vieja Internacional estaban posesionados de la idea de que el sistema del «soviet» era la forma política más adecuada a una sociedad socialista.

Los trabajadores de los países latinos, donde la Internacional halló su mayor apoyo, desarrollaron el movimiento sobre la base de las organizaciones para la lucha económica y de grupos socialistas de propaganda, siguiendo el espíritu de las resoluciones adoptadas en el congreso de Basilea. Como vieron que el Estado era únicamente el representante y el protector de las clases privilegiadas no aspiraron a la conquista del poder político, sino al triunfo sobre el Estado, con objeto de abolir toda forma de poder político, ya que es solamente la expresión legal de la tiranía y de la explotación.

Por ese motivo no buscaron jamás imitar a la burguesía formando un nuevo partido político y cooperando por tal método a la formación de una nueva casta de políticos profesionales. Por el contrario, vieron la finalidad de sus luchas en la conquista de las fábricas, de las industrias y del suelo, y comprendieron que esa finalidad era totalmente distinta a la que persiguen los políticos de la burguesía radical, que gastan todas sus energías en el poder estatal. Comprendieron que con el monopolio de la riqueza caería también el monopolio del poder, que toda la vida social futura debía ser construida sobre bases completamente nuevas. Aceptando que la dominación del hombre por el hombre cumplido ya su época y que ahora corresponde estudiar la gran técnica de la dirección de las cosas en vez de gobernar a los hombres, colocaron frente a la política autoritaria de los partidos la política gremial del trabajo. La fracción progresiva de la Internacional entendía que la reorganización de la sociedad debía surgir del mundo industrial y del campo y que es allí donde debe colocarse el fundamento del socialismo. De ese convencimiento nació la idea de los consejos de obreros (soviets). Este pensamiento fue analizado y profusamente expuesto por la prensa, los libros y los folletos del ala antiautoritaria de la Internacional, agrupada alrededor de Bakunin y sus amigos. De un modo muy especial fueron desarrolladas tales ideas en los congresos de la Federación del Trabajo de España, donde hasta se llegó a emplear las expresiones «juntas y consejos de trabajo».

Los socialistas libertarios de la Internacional vieron claramente que el socialismo no podía ser dictado por gobierno alguno, que debía desenvolverse orgánicamente desde abajo, del seno de las masas, y que correspondía a los trabajadores mismos tomar la dirección de la producción y del consumo. Tal fue la idea que sostuvieron frente a la doctrina de los socialistas autoritarios y de los políticos socialistas parlamentarios.

La lucha sostenida por Bakunin y sus camaradas contra Carlos Marx y el Consejo General de Londres, y que terminó con la división de la gran unión obrera, tenía por origen las contradicciones expuestas entre federalismo y centralismo y las diferentes interpretaciones del rol que el Estado debe tomar en el periodo transitorio.

No fueron cuestiones personales las que condujeron a esa lucha interna, a pesar de que Marx y Engels hicieron todo lo humanamente posible para torcer hacia el lado personal la contienda que sostenía Bakunin, divulgando diversos chismes y sospechas sobre Bakunin y sus amigos. Se trata en verdad de dos interpretaciones diversas del socialismo y, más aún, de la elección de dos caminos diferentes en la marcha hacia el socialismo. Marx y Bakunin fueron únicamente los dos representantes más destacados en la lucha de principios fundamentales, pero sin ellos el conflicto se hubiera producido en igual forma, ya que se trata de una contienda entre dos corrientes de ideas que han tenido y siguen teniendo un significado propio.

En el transcurso de las grandes persecuciones desencadenadas contra el movimiento obrero en los países latinos, que principiaron en Francia con la caída de la Comuna y se propagaron a España e Italia en los años siguientes, la idea de «soviet» sufrió contrariedades enormes, ya que toda propaganda pública era perseguida, mientras que los trabajadores con sus grupos secretos tenían que concentrar todas sus fuerzas en combatir la reacción y ayudar a sus víctimas. Pero tan pronto como mejoró un poco la situación y con la evolución del sindicalismo revolucionario se despertó una nueva vida, sobre todo en la época de la gran actividad de los sindicalistas franceses, entre 1900 y 1907, la idea de «soviet» llegó a adquirir una exacta y clara interpretación. Sólo es necesario echar una mirada sobre los escritos de Pellieter, Pouget, Grifueihes, Monatte, Ivetot y muchos otros —de teóricos puros como Lagardelle no quiero hablar ahora por cuanto no han tomado participación práctica en el movimiento— para convencerse que ni en Rusia ni en otro país cualquiera la idea de «soviet» se ha enriquecido con ningún pensamiento que los propagandistas del sindicalismo revolucionario no hubieran establecido ya quince o veinte años atrás.

Por aquel entonces en los círculos de los partidos obreros socialistas no se quiso saber nada de la idea de «soviet» y la gran mayoría de los que hoy figuran como sus más fervientes admiradores y partidarios —especialmente en Alemania— consideraban con desprecio a esta «utopía idealista».

Los bolcheviques no constituyen una excepción a esta regla general. El hecho de que esa gente tenga hoy que rendir pleito homenaje a la idea del «soviet» de los socialistas libertarios es la prueba más significativa de la época porque atravesamos y del nuevo derrotero que tomará el movimiento proletario. La «utopía» ha venido a resultar más poderosa que la «ciencia».

La idea de «soviet» es el resultado natural del socialismo libertario. Comenzó a desarrollarse en el seno del movimiento obrero revolucionario y representa total abandono por parte de los verdaderos socialistas de la ideología burguesa y de las viejas tradiciones referentes a la concepción del Estado. De la dictadura no se puede decir lo mismo.

La concepción dictatorial no ha nacido en el mundo de las ideas socialistas ni es el resultado del movimiento obrero; es, por el contrario, una herencia peligrosa que la burguesía legó al proletariado. Está estrechamente ligada a los anhelos de conquistar el poder político, otra idea que es también de origen burgués.

La dictadura es una forma de violencia del Estado: es el Estado bajo el rigor de la ley marcial (o estado de sitio). Al igual que los adictos de la idea de Estado los partidarios de la dictadura creen que las buenas cosas de hoy pueden y deben ser dictadas desde arriba obligatoriamente. Este solo pensamiento hace que la idea de dictadura sea un verdadero estorbo para la revolución social, cuyo elemento vital más importante consiste en la participación constructiva y en la iniciativa directa de las masas. La dictadura es la negación y el más completo desmentido de toda formación orgánica, de toda construcción de abajo arriba, es la declaración franca de que el pueblo no está capacitado ni ha crecido aún lo suficiente para ser su propio dueño, es la imposición violenta de tutelaje de las masas por parte de una pequeña minoría. Los simpatizantes de la dictadura podrán estar animados de las mejores intenciones, pero la lógica de los hechos los obligará siempre a practicar el despotismo más terrible.

Acertadamente lo concibió Bakunin cuando escribía: «La causa fundamental de que todas las autoridades estatales revolucionarias del mundo entero hayan hecho siempre bien poca cosa para impulsar la marcha de la revolución está en que han pretendido siempre impulsarla con su autoridad personal y la ayuda de su propio poder. En consecuencia sólo dos resultados podían siempre provocar: en primer lugar estaban obligados a limitar la acción revolucionaria al menor grado, porque hasta los hombres de Estado más inteligentes, enérgicos y sinceramente revolucionarios no tienen concepto alguno de todas las cuestiones e intereses de la vida. Por lo tanto toda dictadura, sea tanto de una sola persona como de un comité revolucionario, necesariamente es apocada, pobre en pensamientos grandes, y así como el barco más gigantesco no puede medir la extensión ni la profundidad del mar, los dictadores no pueden ni saben concebir toda la profundidad de la vida del pueblo. Y, secundariamente, porque toda acción que se pretenda imponer al pueblo por medio del poder oficial y legal desde arriba, provocará siempre un sentimiento de sublevación y oposición en las masas».

Impresiona entrañablemente ver como Lenin y sus secuaces, con el propósito de desacreditarlas entre las masas, no se cansan de llamar «pequeño-burgueses» a todas las tendencias socialistas que no convergen hacia su biblia. Pero lo más raro del caso es que, por el contrario, son precisamente esos mismos hombres los que tienen bien metida en la cabeza toda la ideología pequeño-burguesa y los que, seguramente, ya no saldrán de ella.

Fue del partido pequeño-burgués de los jacobinos de donde nuestros socialistas estatales sacaron la idea de dictadura. Y es bueno recordar que fue ese mismo partido jacobino el que marcó toda huelga obrera como crimen —exactamente como hoy en Rusia— y el que prohibió toda organización industrial bajo la pena de muerte. Saint-Just y Couthon fueron sus portavoces más enérgicos y Robespierre el «ejecutor» de esos pensamientos, después de haberlos rechazado durante largo tiempo «temiendo que Brissot se erigiera en dictador». Hasta Marat, a pesar de comprender el peligro que entrañaba la dictadura, simpatizaban mucho con esa idea y en consecuencia exigía un dictador «con cadenas en los pies».

Dictadura y socialismo

La narración falsa y antojadiza que de la Gran Revolución han hecho los historiadores burgueses radicales —y que tanta influencia ha tenido sobre la mayoría de los socialistas— contribuyó mucho a dar a la dictadura de los jacobinos un brillo inmerecido que se acentuó mayormente por la ejecución de sus más preclaros dirigentes. Es interesante ver cómo los hombres se llenan siempre de un culto por los mártires y como este culto los hace incapaces de emitir una crítica imparcial sobre las ideas y las acciones. Justamente fue Louis Blanc, con su gran obra histórica, quien más contribuyó a la florificación incoherente de jacobinismo. Son evidentes los grandes hechos realizados por la revolución, como la abolición del sistema feudal y de la monarquía absoluta, y se ha visto a los «escribidores» de la historia constantemente elogiarlos y sublimizarlos como la obra de los jacobinos y de la Convención Revolucionaria; en esta forma se ha ido formando, con el transcurso del tiempo, una falsa interpretación de la revolución francesa. Hoy en día sabemos que la narración corriente de la gran epopeya está basada en una completa ignorancia de los factores históricos y que los hechos verdaderos y durables de la revolución se produjeron únicamente por la actuación de los campesinos y de los proletarios de la ciudad, contra la voluntad misma de la Asamblea Nacional y de la Convención. Los jacobinos y la Convención combatían siempre toda idea de cambio radical, hasta que frente ya a los hechos consumados tenían forzosamente que amoldarse a ellos. Así, por ejemplo, la abolición del feudalismo fue obra exclusiva de las interminables revueltas de campesinos, las cuales habían sido boicoteadas y hasta castigadas del modo más severo por los partidos políticos. Todavía en el año 1792 la Asamblea Nacional confirmó el feudalismo y recién en 1793, cuando los campesinos conquistaron por cuenta propia sus derechos, la Convención revolucionaria se decidió a sancionar la abolición de los derechos feudales. Idéntico caso ocurrió con la abolición de la monarquía absoluta.

Los primeros comentadores del movimiento socialista popular en Francia salieron del círculo de los jacobinos y, naturalmente, estaban todavía cubiertos con el brillo de sus ideas anteriores. Cuando Babeuf, Darthé, Buonarotti y sus amigos organizaron la «Conspiración de los iguales» tenían la intención de transformar a Francia por medio de una dictadura militar. Como comunistas reconocieron que los ideales de la gran revolución podían realizarse únicamente por la solución del problema económico; pero como jacobinos creían que ese propósito sólo era alcanzable por medio del riguroso ejercicio de la violencia estatal investida con plenos poderes extraordinarios. Esa creencia en el poderío supremo del Estado, que los jacobinos llevaron a su forma más culminante, estaba tan profundamente arraigada en la sangre y en los huesos mismos que aquellos comunistas que no podían ver otro camino de liberación.

Babeuf y Darthé fueron conducidos a la guillotina en estado agonizante. Buonarotti y otros fueron desterrados, pero sus ideales siguieron viviendo en el pueblo y hallaron albergue en las sociedades secretas de los babeuvistas, durante el reinado de Luis Felipe. Hombres como Barbés y Blanqui luchaban en ese mismo terreno y anhelaban en advenimiento de una «dictadura del proletariado» con el fin de poner en práctica sus principios comunistas estatales.

Fue de esos hombres precisamente de donde Marx y Engels tomaron la idea de «dictadura del proletariado», tal como la expresaron en el «Manifiesto comunista». También ellos entendieron bajo tal nombre la implantación de un gobierno centralizado y poderoso, cuya misión sería romper por medio de leyes obligatorias el poder de la burguesía, prepara luego y realizar más tarde la semblanza de una nueva sociedad fundada en el socialismo estatal.

Todos estos hombres vinieron al socialismo del campo de la democracia burguesa, y estaban completamente empapados de tradiciones jacobinas. Por otra parte, el movimiento socialista de aquel entonces no estaba completamente desarrollado para seguir un camino propio, y aun permanecía bajo una influencia más o menos pronunciada de las tradiciones burguesas. Exceptuando a Proudhon y sus adictos, todas las tendencias socialistas de los años 30 y 40 del siglo pasado eran partidarias decididas de la idea de Estado. Recién con el desarrollo del movimiento obrero, en la época de la Primera Internacional, llegó el momento propicio para que los socialistas fuesen capaces de sacudir los últimos residuos de tradiciones burguesas que aún conservaban y para que pudieran situarse completamente sobre sus bases socialistas.

Así se desenvolvió entonces la idea de «soviet» como contraposición a las ideas de Estado y de poder político en cualquier forma y como tal en pugna, en primer lugar, con la idea de «dictadura», que quiere no solamente mantener el instrumento de poder de las clases privilegiadas —el Estado— sino que hasta pretende asignarle un super desarrollo prodigioso.

Los pioneros del sistema soviético previeron muy claramente que desapareciendo la explotación del hombre por el hombre desaparecería también el dominio del hombre por el hombre. Comprendieron con toda exactitud que el estado —la violencia organizada de las clases dirigentes— no podía jamás transformarse en un instrumento de liberación para los trabajadores. Por eso sostuvieron que la primer tarea de la revolución social sería derrumbar el viejo aparato del poder político para impedir así toda nueva forma de explotación. En el congreso de La Haya en 1872, donde se dividió la Internacional, James Guillaume, el portavoz de la minoría, expresó claramente que a la idea de la conquista del poder político se debe anteponer la idea de aniquilamiento de todo poder político como exigencia principal.

Que no se nos venga ahora a decir ingenuamente que la tal «dictadura del proletariado» es algo completamente diferente a toda otra dictadura, por tratarse de una dictadura de clase.

No hay tal cosa; no es ni puede ser la dictadura de una clase sino únicamente la dictadura de un partido determinado que se abroga el derecho de hablar en nombre de una clase, así como la burguesía justifica sus actos despóticos en nombre del pueblo.

Resultan siempre más peligrosos los partidos que escalan por vez primera el poder, porque en sus jefes está generalmente más desarrollada la arrogancia y la creencia de ser grandes, que los otros partidos acostumbrados ya a gobernar.

Justamente Rusia es un excelente ejemplo del caso. Allí ya ni siquiera se puede hablar de la dictadura de un partido, sino a lo sumo de la dictadura de un puñado de hombres sobre los que ya ni el mismo partido tiene influencia. La inmensa mayoría del pueblo ruso está en contra de la dominación de la actual oligarquía, que ha perdido desde hace tiempo toda simpatía en el proletariado ruso. Si la clase trabajadora rusa —de los campesinos no diré nada ahora porque es de todos conocido su aversión al gobierno soviético— tuviera la posibilidad de elegir libremente sus representantes a los soviets, el dominio bolchevique se derrumbaría en pocas horas como un castillo de naipes. No es la voluntad de una clase la que se expresa con la famosa dictadura del proletariado en Rusia; es tan solo el poder de las bayonetas, el poder del ejército rojo. Bajo la «dictadura del proletariado» Rusia ha quedado transformada en una cárcel gigantesca donde no se puede encontrar ningún asomo de libertad. Pero en todo esto no se ha logrado alcanzar el propósito fundamental de la revolución; al contrario, se ha alejado de ella cada vez más, proporcionalmente, a medida que el poder de la nueva autocracia crecía y la iniciativa revolucionaria en el pueblo era ahogada. Hoy, finalmente, se ha llegado hasta la atrevida actitud de abandonar los mismos propósitos que se pretendía representar, retornando con todos los bagajes a la sociedad capitalista. Es verdad que se pretende con toda clase de embrollos dialécticos aliviar el efecto de del retroceso —todo general derrotado hizo lo mismo hasta ahora— pero los más hábiles artificios sofísticos de Lenin y Radeck ya no pueden cubrir por más tiempo las pruebas fehacientes. La famosa «dictadura del proletariado», además de convertir al trabajador ruso en el peor esclavo del mundo entero, construyo también el puente para el nuevo dominio de una burguesía.

La verdadera esencia del Estado

Unos meses antes de que estallara la revolución de octubre de 1917, escribió Lenin su conocida obra «El Estado y la Revolución» que contiene una extraña confusión de ideas marxistas y de pretendidas ideas anarquistas. Fundándose en un bien seleccionado material, Lenin pretende demostrar que Marx y Engels sostuvieron siempre la idea de que el Estado desaparecerá, pero que mientras dure el «período revolucionario transitorio», es decir, mientras la sociedad cambie su fundamento capitalista por un fundamento socialista, habrá que valerse de la maquinaria gubernativa. Al mismo tiempo la obra contiene recios ataques a Kausky, Plekanov y los denominados «oportunistas» del socialismo marxista moderno; los acusa de haber falseado intencionalmente la biblia de los dos maestros con no aclarar nunca a los trabajadores el rol que el Estado jugará durante el período de la dictadura del proletariado. No es ahora nuestra intención averiguar la veracidad de las aseveraciones de Lenin. Algunos de sus argumentos son bastante descabellados, y no sería difícil elegir de las obras de Marx y Engels u otros en cierto período de su vida. Lo que importa saber es si tal manera de ver fue confirmada o rechazada en la práctica. Toda otra cuestión tiene el mismo valor que los comentarios escritos por teólogos hábiles sobre interpretaciones de la Biblia.

En la precitada obra, nos declara Lenin que «la diferencia entre los marxistas y los anarquistas consiste en que los primeros tienen como propósito la abolición del Estado, pero creen que esto sólo puede ocurrir cuando por medio de la revolución socialista sean suprimidas las clases, como resultado de la implantación del socialismo, mientras que los últimos aspiran a abolir el Estado de hoy a mañana sin abarcar toda la labor que tal abolición requiere».

Con esta declaración consiguió que muchos anarquistas creyeran ver en Lenin y su partido a camaradas de coalición. Muchos de ellos hasta estaban dispuestos a aceptar la dictadura del proletariado creyendo que se trataba solamente de un «período transitorio» inevitable y que era imprescindible para la revolución. No se quiso o no se pudo comprender que justamente en el pensamiento de que la dictadura es necesaria como fase de transición gravita todo el peligro.

Se necesitaría tener una lógica bastante diferente de la humana para considerar que el Estado es indispensable hasta tanto no sean abolidas las clases, como si el Estado no fuera siempre el creador de nuevas clases, como si no fuera la encarnación viva de las diferencias de clases en la sociedad Todo su ser es la eternización de los contrastes de clase. La historia entera nos ha demostrado siempre esta verdad irrevocable, que es ahora confirmada en Rusia por el desgraciado experimento de los bolcheviques. Habría que estar completamente ciego para no reconocer el valor inmenso de la última lección que nos ha dado Rusia.

Bajo la «dictadura del proletariado» se ha desarrollado en Rusia una nueva clase, la comisariocracia, que es hoy tan detestada por la masa como los representantes del antiguo régimen. Y esta nueva clase lleva hoy la misma vida inútil y parasitaria que sus antecesores bajo el dominio del zar. Ha monopolizado las mejores viviendas y está ricamente asegurada con todo lo necesario, mientras la gran masa del pueblo padece hambre y miseria. Y esa clase se vale de los mismos procedimientos tiránicos que los poderosos del viejo régimen. Más aún: ha desenvuelto con más rigor el despotismo, que pesa como una carga enorme sobre la vida del pueblo. En el vocabulario la ruso se creó la palabra nueva «soviet-bruschoi» (burgués soviético). Esta palabra es bastante característica para el estado actual bajo el imperio de Lenin. Es una expresión empleada en todos los círculos obreros y precisamente esta misma designación nos demuestra cómo el pueblo siente el yugo de esa nueva clase dominante que gobierna hoy en su nombre.

Observando tan crueles factores nos resulta un chiste de mal gusto la interpretación de Lenin de que no se puede tocar al Estado antes de que desaparezcan las clases. Pero lo esencial en esto es más profundo.

El aparato del poder estatal sólo puede crear nuevos privilegios y mantener los viejos. En esto consiste su particularidad propia, todo el contenido de su existencia, desempeña su autoridad bajo el estandarte zarista o bajo la «dictadura del proletariado»; no se puede convertir una institución de monopolio y dominio de clases en instrumento de liberación para el pueblo.

En su excelente tratado «El Estado moderno» hace Kropotkin la siguiente advertencia profunda:

«Esperar que una institución que representa una determinada gorma histórica de evolución sirva como medio de destrucción de los privilegios que ella misma desarrolló no significa otra cosa que reconocer la propia incapacidad de comprender lo que es una forma histórica de evolución en la vida de la sociedad. No significa más que la ignorancia de una de las reglas más fundamentales en toda la naturaleza orgánica, a saber: las nuevas funciones exigen órganos nuevos y son estas mismas funciones quienes deben desarrollarlos. Quiere decir simplemente que se tiene pereza y se es demasiado timorato para pensar en la nueva dirección a que nos conduce la evolución moderna».

Las palabras de Kropotkin contienen una de las verdades más grandes de nuestra época y tocan al mismo tiempo uno de los peores vicios espirituales que el hombre moderno sufre.

Las instituciones ocupan en la vida de la sociedad el mismo lugar que los órganos en el cuerpo de un animal o de una planta. Son los órganos de un cuerpo social. Los órganos no se desarrollan arbitrariamente, sino por necesidades determinadas. El ojo de un pez en la profundidad del mar es distinto al ojo de un animal que habita en la tierra, pues tiene sus funciones bajo condiciones completamente distintas. Nuevas necesidades de vida crean nuevos órganos, pero un órgano realiza siempre la función para cuyo propósito fue desarrollado y va muriendo poco a poco, cuando el organismo no tiene necesidad de la función que realizó. Pero jamás ocurre que un órgano llene funciones que no tienen relación alguna con su propia determinación.

Lo mismo ocurre con las instituciones sociales. Tampoco ellas nacen arbitrariamente, sino que se desenvuelven bajo determinadas circunstancias sociales con el fin de cumplir una determinada misión. De esta manera se desarrolló el Estado moderno. En el seno del viejo orden social se desarrolló el monopolio y junto a éste una fuerte división de clases diferentes con intereses distintos. Las nacientes clases poseedoras necesitaban un instrumento de poder para sustentar sus privilegios sociales y económicos sobre la gran masa del pueblo. De esta forma nació y se desarrolló el Estado moderno como órgano de la clase privilegiada para la esclavitud explotación violenta de las masas.

Al implantar en Rusia la «dictadura del proletariado» los bolcheviques no se conformaron solamente con haberse hecho cargo del aparato de violencia de la vieja sociedad, sino que le dieron un poder tal sobre sus ciudadanos que ningún otro Estado llegó antes a poseer. Le entregaron todas las ramas de la vida pública y hasta llegaron a estrangular toda idea propia, todo sentimiento propio de las masas creando la burocracia más temeraria que se haya visto jamás. Las famosas palabras de jacobino Saint-Just de que la misión del legislador debe ser la de paralizar en el individuo la conciencia privada y enseñarle a pensar en el sentido de la razón estatal nunca ni en parte alguna han sido realizadas hasta el punto en que lo son hoy en Rusia bajo la llamada «dictadura del proletariado». Toda opinión que no sea la de los dictadores no tiene probabilidad alguna de ser conocida porque la libertad de palabra hace años está suprimida y las imprentas están en manos del Estado. Sólo lo que se escribe conforme a la razón estatal se publica en la prensa del Estado.

En su conocida obra «Democracia burguesa y dictadura proletaria» intenta Lenin justificar la supresión de la libertad de reunión en Rusia, señalando que las revoluciones de Inglaterra y Francia tampoco permitieron reunirse a los monárquicos y expresar públicamente su opinión. Pero no es nada más que un velo sofístico a los verdaderos factores. Tanto en Inglaterra como en Francia la joven república tuvo que sostener una lucha desesperada con sus enemigos monárquicos; se comprende una lucha donde se debatía el ser o no ser, por lo cual la opresión violenta a la reacción monárquica no fue más que la exigencia elemental de la propia defensa, que de hecho se justificaba. Pero en Rusia no se persigue solamente a los adeptos al viejo régimen, sino también a todas las tendencias revolucionarias y socialistas que contribuyeron a derrocar a la autocracia y que siempre y en todos los momentos en que la contrarrevolución pretendió levantar cabeza empeñaron su sangre y su vida. Esta es la gran diferencia que Lenin calla intencionalmente para halagar los sentimientos de sus adepto en el extranjero.

También tiene esto su valor para todo lo que Lenin sabe narrar respecto a la libertad de prensa. Cuando nos explica que la denominada «libertad de prensa» en los países democráticos no es más que un engaño mientras las mejores imprentas y los más grandes depósitos de papel estén en manos de los capitalistas, él mismo sabe mejor que nadie que no es este el caso y que no trata la cuestión que debería explicarnos. Lo que Lenin dice respecto de la libertad de prensa en los Estados capitalistas son verdades viejas que todo socialista hace tiempo que sabe, pero calla el hecho de que en la Rusia soviética las condiciones para la prensa revolucionaria y socialista son mil veces peores que en cualquier Estado capitalista. Ciertamente, en los demás países poseen los capitalistas las mejores imprentas y los más grandes depósitos de papel; pero en la Rusia comunista es el Estado el dueño de todas las imprentas y de todo el papel y por lo mismo está en condiciones de reprimir toda opinión, ya sea de los reaccionarios como de los verdaderos revolucionarios y socialistas que a sus representantes no les agrade escuchar. Ahí está el quid de la cuestión. En la época de la revolución inglesa y francesa se reprimía la propaganda oral y escrita de los monárquicos, pero nadie jamás tuvo la idea de querer estrangular las opiniones libres de las diversas tendencias revolucionarias, a pesar de que la prensa revolucionaria no trataba al gobierno con guantes de seda y que muy a menudo lo atacaba muy acerbamente. Por esto no tienen ningún valor los argumentos de Lenin. Sus palabras no son más que una máscara de la realidad.

¿Cuál ha sido el resultado de esta situación? ¿Dieron el resultado deseado todas las limitaciones a la libertad personal y la represión brutal a toda opinión libre? ¿Acercaron a Rusia más hacia el comunismo? ¡No y mil veces no!

Revolución popular y dictadura de partido

Muchas veces se ha dicho que la guerra, que durante tan largo tiempo no dejó tranquila a Rusia, contribuyó mucho al desarrollo de la situación política en que el país actualmente se encuentra. No cabe duda de que existe una buena porción de verdad en esta afirmación. Kropotkin en su «llamado a proletariado de la Europa Occidental» la recuerda. Pero al reconocer este factor no quiere decir que no debamos ya esforzarnos por hallar las causas más de la situación rusa actual.

Es verdad; si no fuera por la guerra y la lucha permanente con la contrarrevolución, seguramente los bolcheviques no hubieran podido satisfacer sus necesidades dictatoriales hasta un grado tal como hoy lo vivimos. Tendrían que medirse con la oposición del pueblo al no poder justificar cada nuevo menoscabo de la libertad señalando la horrible situación en que está la República de los Soviets. Pero como todas sus prédicas y objetivos estuvieron siempre en contradicción fundamental con la propia esencia de una revolución social, su política de entonces también hubiera sido un peligro para la revolución.

Los bolcheviques, al igual que todos los socialistas estatales y jacobinos, están en la creencia de que toda nueva forma social puede ser impuesta a las masas desde arriba; como no confían en la fuerza constructiva del pueblo se comprende que sean hostiles a toda iniciativa de las masas que no lleve el sello de su partido. Estando colocados en esta posición ven con malos ojos todas las instituciones y asociaciones que nacen directamente de los campesinos y obreros y se comprende que traten, con todas sus fuerzas, de limitar la independencia de tales organismos, para en la primera oportunidad poder colocarlos bajo el contralor de su partido. De esta manera obran con los soviets y con los organismos industriales de Rusia. Otras asociaciones, como por ejemplo las asociaciones cooperativas de campesinos y obreros fueron destruidas casi por completo. Ahora se intenta construirlas de nuevo, pero se entiende que bajo la dirección del Estado, para que, como manifestó Lenin, «suavicen las relaciones entre el Estado y el capitalismo e implanten un contralor mejor».

Este ejemplo de desconfianza, tan arraigada en los bolcheviques, hacia las aspiraciones que vienen de abajo, explica su fe fanática en el poder de los decretos. El decreto es el fetiche del arte celestial bolchevique. Ocupa entre sus sostenedores el lugar de los hechos revolucionarios, de los que sólo por la acción de las masas se pueden realmente crear. De esta manera nació esa epidemia temeraria de decretos y úcases «revolucionarios» que puede trastornar hasta al abogado más hábil y que es tan característico de la situación actual de Rusia. En esta inmensa montaña de decretos ha sido sofocada la Revolución Rusa. Aunque cualquiera sabe que el 99 por ciento de todos los úcases y órdenes existen nada más que en el papel y mueren durante la tramitación por la infinidad de escribanías y oficinas de la burocracia, la abundancia de papeles crece y cada día el pueblo ruso es ofrendado con nuevos decretos. Ningún gobierno en todo el mundo ha producido ni la décima parte de los decretos que han lanzado los bolcheviques. Si fuera posible libertar al mundo con decretos, Rusia a estas horas estaría convertida en un verdadero paraíso terrenal. Forzosamente esto hace recordar las elocuentes palabras de Bakunin:

«Soy el peor enemigo de todas las revoluciones que se hacen por medio de decretos, que son nada más que el resultado de la aplicación práctica de la idea del Estado «revolucionario», es decir de una reacción cubierta por la máscara de la revolución. Frente al método de los decretos revolucionarios coloco el método de los factores revolucionarios que es el único eficaz, lógico y real. El método autoritario, al querer imponer a la gente, desde arriba, la libertad y la igualdad, estrangula la libertad y la igualdad. El método anarquista de la acción provoca factores revolucionarios y despierta en la multitud la necesidad de hechos, sin la intervención de toda violencia oficial y autoritaria. El primer método, el método del Estado «revolucionario», conduce necesariamente al triunfo de la reacción franca. El segundo, hace la revolución sobre el argumento natural y franco de la acción del mismo pueblo».

Seguramente Bakunin no soñó que justamente la historia rusa sería una confirmación trágica de sus palabras.

Quien no confía en la habilidad constructiva del pueblo, cree en los milagros de los decretos. Pero el que cree en ellos, no comprende absolutamente nada lo que significa la libertad. Sólo un hombre como Lenin, que no es capaz de concebir las fuerzas creadoras del pueblo, puede afirmar que la libertad es un «concepto burgués». La manía marxista de ver en todas las revoluciones del pasado nada más que manifestaciones de la burguesía lo llevó a esa interpretación. Pero esta interpretación es completamente errónea. Tanto en la Revolución Inglesa como en la gran Revolución Francesa, se puede fácilmente distinguir dos corrientes distintas, la revolución popular y el movimiento revolucionario de los políticos, pero estas dos corrientes con frecuencia se encuentran y se unen en los grandes acontecimientos revolucionarios, aunque cada cual conserve su propia finalidad. Sin la revolución popular, es decir, sin el gran movimiento de los campesinos y proletarios de la ciudad, jamás se hubiera abolido en Francia el feudalismo y la monarquía absoluta.

El propósito corriente de la burguesía era una monarquía constitucional como en Inglaterra y una reforma modesta del feudalismo y se hubiera conformado perfectamente con partir el poder con la aristocracia, pues desconocía otras intenciones. Las conocidas palabras de Camille Demoulins: «antes de 1789 en París no había una docena de republicanos» nos demuestra clara y detalladamente la situación de entonces. Fueron las continuas revueltas de los campesinos y proletarios de la ciudad las que impulsaban la revolución cada vez más adelante y fueron amargamente combatidas por la burguesía. Fue la revolución popular la que puso fin al feudalismo y destrozó la monarquía absoluta, a pesar de que los políticos intentaron por todos los medios detenerla. El haber triunfado finalmente la burguesía y acaparado el poder en sus manos no quiere todavía decir que toda la revolución tenía un carácter puramente político. Es suficiente señalar el movimiento de los «enragés» y la conspiración de Babeuf con sus compañeros para darse cuenta cabal de que en el seno de las masas había fuerzas que obraban y que de ninguna manera se podían llamar «políticas».

Por la revolución del pueblo y combatiéndola siempre la burguesía se vio obligada a ir cada vez más lejos de lo que pensaba y a incluir en sus códigos ciertos derechos y libertades para la comunidad que nunca hubiera dado motu proprio. Sabemos que más adelante sus representantes intentaban a cada paso restringir estos derechos interpretando a su antojo a las leyes o mediante violaciones directas. También son de todos conocidas las arduas luchas que debieron llevar a cabo, y aún continúan luchando, los trabajadores de todo el mundo para conseguir el derecho de organización, el derecho de huelga, el derecho de reunión, etc., que forman hoy la base de todo movimiento popular. Pero todos estos derechos que gozamos hoy en los Estados capitalistas no deben, de ninguna manera, reconocimiento alguno a la buena voluntad burguesa: son fruto de una lucha tenaz, incansable. Son el resultado de las grandes luchas populares, en las que el pueblo más de una vez ha tenido que derramar sangre y sacrificar sus mejores hijos. Manifestar que estos derechos no son más que una «idea burguesa», significa ni más ni menos que defender el despotismo de los tiempos pasados.

Que nadie se crea que nos engañamos con respecto al significado de estos derechos. Sabemos muy bien que hasta en los países más «libres» esos derechos están muy limitados y tienen solamente un valor relativo, hasta donde llega la consideración de los trabajadores. Así que nada nuevo nos dice Lenin con esto. Pero persiste el hecho de que en los países capitalistas los trabajadores pueden disfrutar de esos derechos, aunque tan limitados, mientras que en Rusia, bajo la dictadura de los bolcheviques ni siquiera existe.

En todo gran movimiento revolucionario del pueblo se puede observar detalladamente dos aspiraciones en la acción de las masas, que no aparecen bien claras, pero que son siempre distinguibles: la necesidad de igualdad social y sobre todo el deseo de libertad individual. Puede decirse categóricamente que la necesidad de libertad fue siempre hasta ahora la fuerza impulsora de todas las revoluciones. No fueron siempre las cuestiones del pan y de la manteca las que removieron los ánimos de las multitudes; cuanto más poderosamente se desarrolla en ellas el sentimiento de la dignidad humana más concretas aparecen en sus luchas las exigencias idealistas. Sería suficiente echar un vistazo a las pequeñas luchas diarias de nuestros días para convencernos de que muchas huelgas se realizan día a día sin que revistan ningún carácter de beneficio material, pues son huelgas de solidaridad con un camarada despedido del trabajo por defender los intereses de sus compañeros, o tiene por objeto librarse de un capataz que no respetó la dignidad personal de los trabajadores o una infinidad de cuestiones idénticas.

El que actúa en el movimiento obrero sabe que justamente son esta clase de luchas las que se realizan con mayor resolución y energía.

Ignorar el deseo de mayor libertad individual en el hombre demuestra no comprender la eficacia de una de las fuerzas más elementales de la evolución de la historia humana. La prueba la tenemos con los bolcheviques. Es el bolcheviquismo en todo su ser un enemigo de la libertad y es éste también el motivo porque sus adictos son enemigos encarnizados de todas las tendencias socialistas que ven en la libre evolución de las fuerzas contenidas en el seno de las masas la única garantía de una revolución triunfante. Sus representantes más prominentes sólo pueden concebir un socialismo en el círculo del cuartel. Esto de ninguna manera es una exageración y sería suficiente leer las siguientes palabras de Bukarin para conocer toda la concepción bolchevique hostil a la libertad:

«Represión proletaria, comenzando con las ejecuciones administrativas y concluyendo con los trabajos forzados, aun cuando suena paradójicamente, es el método para transformar el material humano de la época capitalista en la humanidad comunista».

Pero, se dirá, ¡ese hombre habrá salido de un manicomio! Según parece Bukarin no cree que él mismo y sus compañeros pertenecen al «capital humano de la época capitalista» y necesitan ser «transformados en humanidad comunista».

Voluntaria o involuntariamente hace recordar la tenebrosa figura de Torquemada, que acompañaba a sus víctimas al «auto de fe» con lágrimas en los ojos y que decía que el material humano se corrige solamente por el fuego para convertirlo en siervo ferviente de la Santa Iglesia. El propósito de Torquemada era el triunfo de la «Santa Iglesia»; el propósito de Bukarin es la «humanidad comunista»; en cambio los métodos para logar el propósito son iguales, nacieron de la misma dirección ideológica.

Lamentablemente las palabras de Bukarin no tienen solamente un significado platónico. No, son la expresión de una verdad trágica. Bajo el predominio bolchevique el trabajo ha sido completamente militarizado y sometido a una disciplina férrea. En ese sentido escribe un obrero comunista en el número 13 del «Metalista»:

«En las fábricas de Kostroma se implantó una sumisión completa de los trabajadores a las órdenes del director. Toda orden del Comité de Trabajo concuerda con las órdenes de la dirección de arriba. El que queda fuera del trabajo sin autorización de la dirección pierde las raciones extras. El que se niega a trabajar horas extras, lo mismo. Negativas continuas son castigadas con arresto. Al que llega demasiado tarde al trabajo se le castiga quitándole dos semanas de salario».

El gobierno de los soviets levantó una montaña de decretos para explicar a los trabajadores que es indispensable a los interese del país implantar en las fábricas la misma disciplina absoluta que en el ejército, pero los trabajadores no quisieron aceptarlo de ninguna manera. En 1920 empezó un movimiento huelguista inmensamente grande en la mayoría de los centros industriales del país, provocado principalmente por la militarización del trabajo. Para darse una idea de la potencialidad del movimiento se puede leer los cuadros estadísticos del comité central del Secretariado Obrero, que nos informan:

1) Se llevaron a cabo huelgas en el 77 por ciento de las fábricas grandes y medianas. 2) En las fábricas y talleres nacionalizados se hace huelga siempre y el 90 por ciento de ellas ocurren en dichos establecimientos. 3) En algunas fábricas hubo nada más que tres o cuatro huelgas durante todo el tiempo. 4) En mayor escala se hicieron huelgas en Petrogrado y en menor escala en Kasan.

Un manifiesto de los trabajadores de Petrogrado que se publicó durante el gran movimiento huelguista, poco antes de la insurrección de Cronstad, refleja bien detalladamente la disposición de los huelguistas. Dice el manifiesto:

«La vida nos resulta como si se nos hubiera condenado a trabajos forzados, donde hay que hacerlo todo según determinadas «órdenes». No somos más hombres libres, somos simples esclavos».

En el informe de la «Inspección de campesinos y obreros para la revisión de las cárceles de Moscú», aparecido en junio de 1920, se comunica: «En la cárcel de Butirka, en Moscú, hay 152 trabajadores que fueron arrestados por haber participado en una huelga ocurrida el 1° de marzo, y hasta la fecha no se les ha tomado declaración».

Todas estas huelgas fueron reprimidas brutalmente por el gobierno bolchevique. Muchos trabajadores fueron condenados a muerte y han sido fusilados. En todas las fábricas se encuentran espías del Partido Comunista para husmear la disposición en que se encuentran los obreros, Y el que se atreve a decir alguna palabra respecto a la situación es arrestado y encerrado en la cárcel. De esta manera aterrorizan a las clases trabajadores y se estrangula toda opinión. Y esta tiranía vergonzosa que supera todos los límites se le ocurre a Bukarin y a sus camaradas como único método para «transformar el capital humano de la época capitalista en humanidad comunista». En verdad, el tal método de ninguna manera nos puede convencer. Todo lo contrario: opinamos que provoca exactamente lo contrario de lo que sus representantes esperan alcanzar y que la cruel experiencia nos ha dado la razón. El método bolchevique, en vez de conducir a Rusia hacia la «humanidad comunista», comprometió el comunismo y ha imposibilitado su realización por largo tiempo. En vez de «humanidad comunista» se ha vuelto al capitalismo. En tales condiciones no hay esperanza de poder «transformar el material humano de la época capitalista en humanidad comunista» como Bukarin y los suyos pretenden hacernos creer.

La «dictadura del proletariado» pudo crear un nuevo tipo de mandatario y convertir a Rusia en el país más esclavizado del mundo, pero ha tenido un terrible fracaso cuando sus representantes quisieron reorganizar la vida económica y social. No cabe duda que todo intento de reorganizar la vida económica tenía que luchar con toda clase de obstáculos. Las terribles consecuencias de una guerra larga y horripilante, la escasez de materias primas y herramientas de trabajo, la mala comunicación férrea e infinidad de otras cosas son factores que tienen un significado enorme y de los cuales, se comprende, los bolcheviques no son responsables. Se entiende que la reconstrucción de toda la vida económica y social sobre fundamentos completamente nuevos ha debido ser en tales condiciones una misión grandiosa. Ningún hombre razonable lo querrá negar. Pero esta misión debió ser resuelta a toda costa, porque de su solución dependía todo el porvenir de la revolución.

El reproche que hacemos a los bolcheviques consiste en que por sus métodos de violencia destruyeron sistemáticamente la posibilidad de resolver esta cuestión importante y decisiva, arruinando toda la organización económica. Con la represión de toda iniciativa que partía del pueblo ellos mismos han destruido la fuerza constructiva de la revolución, lo cual originó el desarrollo de la detestable burocracia, en cuyas oficinas se apagaron las últimas chispas de la verdadera voluntad revolucionaria. Ahí va un ejemplo entresacado de centenares idénticos:

Siendo adictos fervientes de Marx los bolcheviques intentaron organizar el trabajo en un gran cuadro industrial y por lo tanto ignoraron casi por completo en las pequeñas fábricas y talleres en las que sólo vieron un estorbo a su centralización. Pero todos saben que las grandes empresas industriales prosperan únicamente si cuentan con una buena administración, con elementos independientes y de primera clase, siendo pues para Rusia un problema arduo por ser este un país donde los elementos organizadores idóneos en las grandes empresas industriales no abundan. Al mismo tiempo los directores bolcheviques hicieron todavía más pesada esta misión colocando por todas partes comisarios ignorantes con la única condición de ser afiliados al Partido Comunista, para que controlasen a los profesionales de oficio y determinasen su actividad. De esta manera ya desde un principio sofocaron toda iniciativa propia, sometiendo el trabajo a un modelo muerto, y por lo tanto el resultado fue un enorme fracaso.

Cuando las fábricas pequeñas y medianas se derrumbaban cada vez más, las cooperativas rusas propusieron al gobierno que las industrias fueran entregadas a su contralor. Un gobierno que dice querer implantar el comunismo debería aceptar con entusiasmo esa proposición. Primeramente, las cooperativas tenían elementos organizados expertos, y en segundo lugar hubieran podido ser buenos intermediarios entre la ciudad y todo el país, porque tenían muchos asociados en las aldeas. Pero justamente esto es lo que no quería el gobierno. Una relación directa entre el obrero y el campesino sin la intervención del comisario hubiera sido algo horrible y contra todas las leyes de la burocracia. El ofrecimiento fue entonces rechazado por el gobierno.

En cambio hoy se devuelven las fábricas a los dueños capitalistas que antes de la guerra emplearon menos de trescientos obreros, para revivir de ese modo nuevamente la actividad productiva de las pequeñas industrias y el transporte de sus productos por todo el país. Lo que antes se negó a entregar a las cooperativas hoy se devuelve a los capitalistas, juntamente con sus derechos anteriores.

Este ejemplo es típico. Una luz inmensa ilumina este revés terrible de un método inverosímil, cuyos ingenuos partidarios creen ser los únicos capaces de implantar el comunismo.

El mismo método originó en los trabajadores la pérdida de interés hacia toda su obra. Con haberlos convertido en simples condenados a trabajos forzados, que no tienen ningún contralor sobre su trabajo y que deben someterse a las órdenes de sus capataces sin ninguna oposición, se sofocó en ellos todo sentido de responsabilidad, toda concepción de los intereses colectivos. El trabajo forzado no es ningún medio para desarrollar el placer y el amor al trabajo. Sólo puede ocurrir tal cosa por el conocimiento de la libertad individual y por el desarrollo del sentimiento de responsabilidad del hombre que liga a cada uno a los intereses de la comunidad. El método genial del «trabajo atractivo», que desarrolló Fourier hace más de cien años, no influyó para nada en los jacobinos comunistas de la República Rusa de los Soviets.

Con razón dice Kropotkin, en su «llamado a los trabajadores de Europa occidental»: «Estamos aprendiendo en Rusia cómo no debe ser impuesto el comunismo, ni siquiera a una población cansada del viejo régimen y que no opone ninguna resistencia al experimento hecho por los gobernantes. La idea de los soviets con facultades de controlar sobre la vida política y económica del país es grande, pero mientras un país está gobernado por la dictadura de un partido es evidente que los consejos de obreros y campesinos pierden toda su significación. Están reducidos al papel pasivo desempeñado antaño por los «estados generales» y los parlamentos, cuando eran convocados por el rey y tenían que luchar con un consejo real todopoderoso. Un consejo del trabajo deja de ser un cuerpo consultivo libre y eficaz cuando en el país no existe la libertad de prensa y ésta es la situación en que nos encontramos de dos años acá so pretexto de que se vive en estado de guerra. Más aún. Los consejos de obreros y campesinos pierden todo su significado cuando las elecciones no son precedidas por una campaña electoral libre y cuando las elecciones se efectúan bajo la presión de la dictadura de un partido. Como es natural, la excusa corriente presente inevitable una ley dictatorial como medio para combatir el antiguo régimen. Pero una ley de esta naturaleza constituye evidentemente un retroceso desde el momento en que la revolución se da a la tarea de construir una nueva sociedad sobre una nueva base económica. Ella implica una condena de muerte para la nueva construcción».

Hoy ya sabemos que la famosa «dictadura del proletariado» resultó un fracaso en todos los terrenos de la actividad constructiva socialista, pues todo lo que ha conseguido es aniquilar a la revolución superando en tiranía a todos los sistemas despóticos. En esto consiste su trágico significado para la historia venidera.

La tercera Internacional: un instrumento del gobierno ruso

No somos nosotros los únicos que vemos el estado de la situación en Rusia tal como lo hemos descrito. De ningún modo; también los jefes de los partidos comunistas en los diversos países de Europa que aun no se han convertido del todo en gramófonos del partido dictatorial de Moscú, y que aún poseen un poco de valentía para opinar, conocen perfectamente el aspecto que hoy presenta Rusia. Pero es de lamentar que la mayoría de ellos no tenga el suficiente valor moral para decir públicamente la verdad debido a los intereses partidistas. Solamente cuando ocurre alguna división se consigue entresacar diversas novedades.

Es de todos conocido que el Partido Socialista de Italia fue el primero en pasarse al campo bolchevique. El «Avanti», órgano oficial del partido, glorificó a Lenin con una especie de entusiasmo religioso, y el partido italiano, casi unánimemente, se declaró en favor de Moscú. Pero después de que algunas delegaciones de bolcheviques italianos regresaron de Rusia, veladamente se llegó a saber ciertas cosas, por las que se pudo entrever que, en algunos de ellos, el entusiasmo primitivo se debilitó enormemente después que llegaron a ver con los propios ojos el paraíso comunista. Públicamente, se comprende, no lo hicieron notar; al contrario, la prensa socialista continuaba alabando a Rusia y a los bolcheviques. Pero algo de lo que vieron en Rusia finalmente se llegó a conocer. De igual manera la prensa burguesa llegó a saber algo y, como se comprenderá, no lo calló. Fue principalmente por estos descuidos que los hombres de Moscú exigieron tan enérgicamente a los italianos que purificasen el partido de todos los elementos inseguros. La lucha a que esto dio lugar condujo más tarde a la división del partido. Durante esa lucha entre hermanos, Serratti, el entonces redactor en jefe del «Avanti!», una de las principales personalidades de la Tercera Internacional, dio a Lenin la siguiente respuesta característica:

«No pretendo discutir con usted respecto a su propuesta de que expulsemos de las organizaciones proletarias, no sólo de las políticas, sino también de las industriales, cooperativas, culturales, etc., a todos los jefes viejos y que ocupemos sus puestos con comunistas. Sólo puedo decirle que en Italia encontraría esto muchos inconvenientes porque nos faltan los hombres adecuados. Es posible que algunos de los que recién vinieron con nosotros y que hacen todo lo posible por aparecer como si fueran los comunistas más radicales ocupen el poder. Pero justamente esto sería un gran peligro para nuestro partido. Usted mismo conoce bien ese peligro, porque es uno de los peores males que tiene que soportar esa república. Desde la revolución de octubre el partido ruso consiguió diez veces más miembros de los que tenía anteriormente. Pero no se ha ganado gran cosa con eso, a pesar de la gran cantidad, a pesar de la disciplina enérgica y de las depuraciones periódicas. Todo el fardo de serviles se fue con ustedes, porque son los poderosos. El beneficio de la revolución queda para ustedes, pero de sus errores y bajezas son responsables aquellos a quienes se les debería llamar los tiburones de la revolución. Son los que cimentaron esa burocracia temeraria y fútil, los que quieren crearse nuevos privilegios en la República Soviética, mientras la masa de campesinos y obreros debe soportar el peso enorme de la revolución sin deseos de tener privilegios. Esos son los que acaban de incorporarse a ustedes, los revolucionarios de ayer, que colman todas las medidas y esparcen a su alrededor el terror, que les sirve solamente como medio para sus intereses particulares. Son los que han hecho de la revolución proletaria un instrumento de placer personal y de predominio, sin importarles los sufrimientos de las masas. Tomando una enseñanza de nuestra propia experiencia y de la de ustedes, meditaremos bien antes de aceptar en nuestras filas a esos flamantes comunistas, que se nos presentan como las más puras perlas, y antes de confiarles la dirección de nuestro movimiento. Sobre todo cuando ayer mismo eran partidarios de la guerra y de la “santa unión” y simpatizantes de los miembros del gobierno».

Estas palabras de Serratti son típicas bajo distintos puntos de vista. Primeramente nos señalan que hasta en los círculos comunistas —pues al escribir lo precitado era aún un ferviente adicto de Moscú— no se engañaban sobre la verdadera situación de Rusia. Pero el callar todas estas cosas o el escribir las que se sabe bien que no son ciertas es el más alevoso crimen que se haya cometido en detrimento de la clase trabajadora. La mayoría de los comunistas cometen ese crimen porque moralmente son cobardes y temen ser sospechosos de contrarrevolucionarios. Esto, naturalmente, no les impedirá arrojar piedras sobre los bolcheviques en el momento en que éstos pierdan el poder. Otros lo hacen con una fría premeditación, que llaman diplomacia secreta, en bien de los intereses del partido. De los que engañan a los trabajadores y para ello perciben un estipendio no vale la pena hablar siquiera: están colocados en la misma escala que cualquier agente de gobierno.

Se comprende que Serratti fuera excomulgado y tildado de contrarrevolucionario. Pero poco a poco se acostumbra uno a tales pequeñeces y no son tomadas trágicamente. Ya se sabe que en Moscú alabanzas y censuras son regaladas por las demandas y las ofertas como cualquier otra mercadería. Basta reconocer el «affaire» Daumig en Alemania. Lenin mismo calificó públicamente a Daumig de «filisteo cobarde» y «reaccionario», pero en cuanto éste se afilió al Partido Comunista quedaron olvidadas todas las «bellas» cualidades que Lenin le había asignado. Además de ser compañero grato llegó a ser miembro de la Central.

Pero las palabras de Serratti tocan otro punto de gran importancia, como ser la influencia del bolcheviquismo sobre el movimiento internacional. Con la fundación de la Tercera Internacional, el gobierno del Soviet se creó un órgano para hacer propaganda en favor de su política entre los trabajadores de los diversos países. En los primeros momentos no se sabía con claridad los propósitos y fines de esta organización. La bancarrota de la llamada Segunda Internacional, al estallar la guerra, y la influencia que la revolución rusa tenía sobre la clase obrera de todo el mundo, despertaron en todos el deseo de una nueva unión internacional, que aumentó más tarde porque la guerra creó en varios países una situación revolucionaria. Por esto la fundación de la Tercera Internacional fue en todas partes saludada con mucha simpatía. Como al principio no se sabía nada con respecto a los propósitos y métodos de la nueva unión, nada debe extrañar que las diversas tendencias hayan manifestado estar dispuesta a adherirse a la tercera Internacional. Tendencias tan moderadas como por ejemplo el partido Socialista español o el «Independent Labour Party» de Inglaterra se contagiaron de la general disposición y expresaron abiertamente su simpatía hacia la Tercera Internacional. Organizaciones sindicalistas y hasta revolucionarias se dejaron llevar por el entusiasmo revolucionario adhiriéndose también, aunque estas últimas debieron haber tenido más precaución.

Nuestro viejo amigo y luchador Errico Malatesta comprendió enseguida la rara situación, tomando una actitud definida en «Umanitá Nova».

«¿Qué clase de corporación es la Tercera Internacional —pregunta— que toda su vida da una impresión tan misteriosa? En primer lugar debe su prestigio tan sólo al hecho de que la iniciativa de fundarla viene de Rusia, que se encuentra en estado de revolución. Pero así y todo se presentan los problemas: ¿Está todavía rodeada de una niebla legendaria? ¿Tiene ya un programa determinado que puede ser aceptado por todas las tendencias que se adhieran a ella? Quizá en el primer congreso un tal programa sea propuesto, discutido y formulado. Si ese es el caso ¿en qué posición se colocará el congreso? ¿Estará dispuesto a admitir delegados de todas las organizaciones obreras y de todos los partidos revolucionarios y a garantizar a todos los mismos derechos? ¿Invitará siquiera a los anarquistas a participar en sus deliberaciones? Pero si la Tercera Internacional sólo persigue el propósito de crear una organización partidista socialista, con la intención de ocupar el poder político y establecer la llamada “dictadura del proletariado” para, de este modo, fundar el Estado comunista autoritario, entonces está bien claro para nosotros que no tenemos nada que hacer en ella. Una verdadera Internacional deberá reunir en sus filas a todos los trabajadores que siguen los intereses de su clase; a todos los trabajadores que gimen bajo el yugo de los explotadores y que anhelan sacudirlo; a todos los trabajadores que están decididos a llevar la lucha contra el capitalismo, cada tendencia a su modo y con los medios que supone que son los mejores y más convenientes. En una Internacional de esa índole todos podrían unirse: anarquistas, socialistas y sindicalistas de modo que ninguna tendencia tuviera que renunciar a sus propósitos y métodos propios. Cada cual hallaría un campo para su propaganda y al mismo tiempo una fuerza potente para impulsar a las masas a una lucha decisiva. Ese es el día que esperamos».

Hoy conocemos los propósitos y aspiraciones de la Tercera Internacional y la experiencia nos ha mostrado que Malatesta tenía mucha razón cuando recordaba a los compañeros que prestáramos atención a sus resoluciones y actuaciones.

Los famosos 21 puntos, que el Segundo Congreso de la Tercera Internacional aprobó, tuvieron la virtud de abrir los ojos a todos los que aún poseían un poco de independencia. El centralismo desarrollado hasta el más alto grado es la negación de toda muestra de libertad, la supresión de toda iniciativa personal, la degradación de todo el movimiento obrero en un rebaño de ovejas que cumplen ciegamente las órdenes de su pastor. Así como en Rusia misma se estrangulo toda iniciativa independiente y se allanó toda oposición con fusilamientos y prisiones, del mismo modo se intentó imponer idéntico yugo sobre todo el movimiento obrero internacional. Si dicho intento hubiera triunfado habría significado la desaparición de todo verdadero movimiento socialista, la petrificación de todas las ideas, la muerte de todas las formas vigorosas propulsoras del socialismo. Un código de libertad y de esclava sumisión, impuesto a sus feligreses, tal como lo encontramos en sus famosos 21 puntos, ni siquiera la iglesia católica romana se había permitido hasta la fecha elaborar.

La idea de sujetar las riendas del movimiento existente en cada país, bajo las diversas circunstancias históricas, a los órdenes de una central en Moscú, es tan errónea que sólo pudo salir de un cerebro que sufre la manía de que es posible obrar con los seres vivientes como con las figuras de un teatro de títeres o con las de un tablero de ajedrez. Verdaderamente es tan gran idea, que hasta en el mismo Ludendorf debe provocar envidia hacia sus descubridores.

Pero lo real es que se intentó efectivamente imponer los delirantes 21 puntos en la política práctica. Así ocurrió en el último levantamiento de marzo en Alemania: esa tragedia sangrienta que fue el resultado directo de esta política que tan cara costó a los trabajadores.

Los obreros de la Alemania central fueron simplemente empujados a un levantamiento que todo hombre sensato sabía anticipadamente que terminaría en un horrible fracaso, porque en aquel momento no había ni la menor posibilidad para un levantamiento de las masas en Alemania. Fue un levantamiento por encargo, el producto de la dictadura. La declaración de guerra del doctor Levi y sus adeptos contra la central del Partido Comunista y las discusiones que provocó en las filas de los comunistas alemanes nos facilitó la tarea de aclarar un poco ese «affaire» oscuro. Todo el que no está ciego o directamente interesado en la mentira, sabe hoy que Levi dijo la verdad, declarando: «que la primera causa de esta acción, en la forma en que aconteció, no vino de los alemanes». Pero como Moscú estaba interesada en ese movimiento, no cabe duda, pues, que es allí donde fue preparado. El gobierno ruso se hallaba en ese tiempo en una situación crítica. Las grandes huelgas en Petrogrado y la insurrección en Cronstad, unidas a la necesidad general, provocaron en Rusia una disposición de ánimo tal que pudo llegar a desarrollarse un gran peligro para el gobierno de la manifestación de la misma política maquiavélica que en Moscú es mejor conocida y practicada que en cualquier otra parte.

La influencia del bolcheviquismo sobre el movimiento obrero internacional

Al que desee conocer la insana influencia bolchevique sobre los partidos comunistas de los demás países, le recomendamos que estudie la circular que la Central de Berlín del «Partido Comunista Unido» envió en mayo de 1921 a todas sus organizaciones. En la circular en cuestión tienen un rol importante las llamadas «nachrichtensamlungen» (colecciones informativas) y en ella se impone además a los afiliados del partido la obligación de participar directamente en distintas organizaciones con el propósito de espiar a sus miembros y estar al tanto de sus opiniones y acciones. Leemos allí.

«Las colecciones informativas se forman por la completa investigación de todos los acontecimientos políticos y militares de importancia que ocurrieran en cada caso. Todo compañero que se dedica a esta labor ha de saber qué fuerza revolucionaria hay en cada casa, cuántos son del ellos miembros del Partido Comunista, del Partido Independiente, de los socialistas mayoritarios y así mismo cuántos son los que no pertenecen a ningún partido. También ha de conocer la fuerza contrarrevolucionaria que hubiese; cuántos de ellos se mantendrían pasivos durante una lucha abierta y cuántos tomarían una participación activa. Ha de averiguar si los habitantes de las viviendas que están a su cuidado tienen armas, si no hay depósitos clandestinos que pertenezcan a los burgueses o a los organismos de autodefensa, si en esas casas los contrarrevolucionarios efectúan reuniones secretas, etc. Además tiene la misión de cultivar, con regularidad, especialmente la amistad de los soldados de la seguridad del Estado, de la policía, de los trabajadores indiferentes, etc. En el terreno de sus actividades debe conocer a cada persona y saber qué actitud adoptaría frente al proletariado revolucionario en la hora actual y durante las luchas del futuro».

De este modo se instruye a los trabajadores para espías, corrompiendo su carácter. La más vergonzosa institución de la Rusia bolchevique, la famosa «Checa», ya extiende su sombra sobre Alemania, y es posible que también en los demás países, en lo que respecta a los comunistas, se imitará ese ejemplo. Es imposible describir el abismo de odio y desconfianza que con todo esto se ha creado en el movimiento obrero. Estamos viendo ya los resultados de esa táctica en todas las fracciones del movimiento internacional. No se conoce otra época igual en la que el movimiento obrero estuviera interiormente tan dividido y agitado como lo está ahora. Nunca hasta la fecha una organización socialista opuso tantos obstáculos a la unión obrera como lo hacen los bolcheviques con su órgano, la Tercera Internacional.

No obstante, sería injusto desconocer que una gran parte de los trabajadores de nuestro Partido Comunista tienen las mejores intenciones. Están honestamente convencidos de la corrección y conveniencia de sus métodos debido a que sus dirigentes no se cansan de machacar que su táctica es la quinta esencia de toda sabiduría política. Ese es también el por qué justamente en los círculos comunistas se anhela hacer el llamado «frente único del proletariado». Se siente la necesidad de una unificación y se cree poder realizarla de la mejor manera posible por medio de una forma férrea de organización centralista. Por eso se quiere ver en la Tercera Internacional la base de tal unificación y se espera siempre que logrará abarcar a todo el movimiento internacional.

Si la unificación de un movimiento no fuera más que una simple fusión mecánica de las fuerzas al estilo de nuestros militaristas, entonces quizá los famosos 21 puntos del segundo Congreso de Moscú, hubieran sido el medio de realizar ese sueño, porque su tendencia centralista supera a todo lo que se ha creado hasta ahora en ese sentido. Esta calificación puramente mecánica de los acontecimientos es la señal característica de toda dirección ideológica militarmente desarrollada y demuestra el mismo temor ciego a los factores vivos de la historia, que fue hasta ahora el rasgo principal de todo Napoleón. Si el movimiento socialista llegase algún día a ser la víctima de ese método sería únicamente por la desaparición de todas las aspiraciones libertarias y verdaderamente socialistas, de todos los principios revolucionarios.

Se habla mucho de la unificación del movimiento obrero, pero tal unificación sólo pueden imaginarla dentro de los límites estrechos de un partido con un fuerte y ajustado programa. Pero el socialismo —que debe ser el alma del movimiento obrero y que está en condiciones de aspirarlo sólo con la fuerza vital de un nuevo ser social— no es una idea ajustada con férreos límites inconfundibles, sino que se encuentra e constante evolución y conduce a incesante renovación en el conocimiento y en la concepción de los diversos acontecimientos de la vida social. Si no lo hiciera así sólo quedaría de él un dogma muerto: en el momento en que llegue a ser olvidado el germen de su verdadero ser se derrumbará como concepción mundial y como movimiento de las masas. Por eso cada una de sus diversas tendencias tienen su existencia justificada porque cada una de ellas nos muestra aspectos y perspectivas enteramente nuevas y nuevos acontecimientos. Al que no es capaz de concebir esta verdad elemental le resultará siempre un acontecimiento puramente mecánico, que no puede unir orgánicamente.

La vieja Internacional influyó tan poderosamente en la evolución del movimiento obrero europeo solamente porque sus fundadores comprendieron la significación profunda de ese principio elemental, que fue para ellos el punto esencial para realizar la organización interna de la grandiosa unión obrera, pues mientras la Internacional se mantuvo dentro de ese principio se desarrolló vigorosamente alentando con sus ideas creadoras todo el movimiento proletario. La Internacional tuvo una idea fundamental para poder asociar a todas las tendencias en sus filas: la supresión del salario de esclavo y la reorganización de la sociedad sobre la base del trabajo común en todas sus formas. Anunció a los trabajadores que esa gran finalidad de la emancipación social sólo podía ser alcanzada por los propios trabajadores, pero reconocía al mismo tiempo que cada fracción perteneciente a la Internacional tenía un derecho ilimitado de luchar y de aspirar a la finalidad común con los medios y métodos que le parecieran mejores y más convenientes y de realizar la propaganda a su modo.

En el momento en que el Consejo General de Londres, que estaba completamente bajo la influencia espiritual de Marx y sus amigos, pero que nunca representó el espíritu fundamental de la Internacional y las aspiraciones propias de sus federaciones, realizó el lamentable intento de destruir ese derecho elemental y de suprimir la autonomía de las secciones y federaciones, al haber pretendido imponer obligatoriamente la participación en la actividad parlamentaria, rompió la unidad en la gran liga proletaria originando una división tan grave que fue una desgracia para todo el movimiento obrero y cutas consecuencias trágicas se muestran hoy más fuertes que en cualquier otra época.

La vieja Internacional era una gran unión de organizaciones y grupos socialistas de propaganda. El punto principal de su eficacia consistía en que sus miembros pertenecían a diversos partidos políticos en su calidad de productores, mineros, marinos, campesinos, técnicos, etc. Por eso fue una verdadera Internacional de los trabajadores, la única que hasta la fecha realmente mereció el nombre de tal. El ala radical de sus adeptos, cuyo representante más influyente y conocido fue Bakunin, no quiso despojar a los trabajadores alemanes del derecho de participar en la actividad parlamentaria, a pesar de que Bakunin y sus amigos eran los más encarnizados enemigos del parlamentarismo, pero exigía el mismo derecho sus convicciones y aspiraciones, y cuando la famosa Conferencia de Londres (1871) pisoteó ese derecho se enterró la unión orgánica de la clase trabajadora, que había hallado en la Internacional su más poderosa expresión.

La llamada Segunda Internacional fue desde su origen, en vez de Internacional proletaria, una Internacional de partidos obrero socialistas unidos sobre la base común de la acción parlamentaria. Con la exclusión de los anarquistas y todas las demás tendencias que rechazan en principio la conquista del poder político como condición previa para la realización del socialismo, dejó de ser una Internacional obrera y socialista, porque representó solamente una determinada tendencia en el movimiento obrero y en el mundo de las ideas socialistas.

Completamente idéntica es la posición de la Tercera Internacional, cuya actuación práctica ha sido hasta ahora bastante íntima, salvo que sus ruidosas proclamas y las continuas divisiones que origina en el movimiento obrero sean tomadas por un ejemplo de gran actividad. El plan original de sus comentaristas —sin hablar de los intereses particulares de la política estatal bolchevique, que seguramente jugó un rol importante en su fundación— fue, según parece, crear una unión internacional de todos los elementos extremistas del movimiento obrero político, esperando que sería la levadura de la revolución mundial. Tampoco en ese caso se puede hablar de una verdadera Internacional obrera, ni siquiera de una nueva fusión de los partidos socialistas obreros, por cuanto lo que se unificó en la Tercera Internacional es una minoría insignificante de esos partidos. El mismo Lenin, según parece, desde un principio comprendió la situación y, al ver que la nueva Internacional no tendría mayor importancia, intentó hacer un lugar para los sindicalistas, que antes atacaba tan reciamente y a los que ahora mismo ha declarado de nuevo una guerra a muerte en Rusia. Pero esta política no ha tenido éxito y creo que en Moscú ha dado más de un dolor de cabeza.

Se comprende que las pequeñas minorías tengan también el derecho de unirse en el orden internacional y ningún ser razonable les combatirá ese derecho. Pero lo que sí debemos exigirle es honestidad. Que realicen su propaganda abierta y libremente pero que no se introduzcan en las demás organizaciones con el propósito de perjudicarlas o utilizarlas con el fin político de una determinada tendencia. Ese nuevo jesuitísmo en el uniforme del moderno comunismo del partido es tan peligroso como los métodos torcidos de la compañía de Jesús que justifica todos los medios cuando se trata de alcanzar un fin determinado o cuando procura salvaguardar los intereses de la iglesia. El origen de los «fines comunistas» en todas las organizaciones obreras que no sean comunistas de partido, que la Tercera Internacional impuso como obligación a sus miembros, ¿no es acaso una especie de nueva edición de los mismos principios jesuitas en el movimiento obrero? ¿Cuál es el sentido de las siguientes palabras vertidas por Lenin en su conocido libro «El radicalismo, enfermedad infantil del comunismo»?

«Se debe saber resistir a todo esto, prestar todos los sacrificios —si la necesidad no manda— se debe emplear estratagema, dolo, métodos ilegales, ocultamiento de la verdad sólo para poder entrar en los gremios, para quedarse en ellos, para realizar en ellos la obra comunista».

¿Qué clase de confianza se puede tener en gente que obra de acuerdo con tales principios y justifica esa táctica en nombre de la razón del partido? ¿No significa eso crear una banda de embusteros e intrigantes de la peor calaña y querer corromper el movimiento obrero hasta la médula? ¿No es una semilla venenosa la que se está sembrando? ¿Quién es capaz de predecir las consecuencias desastrosas que esta táctica acarreará al movimiento obrero? Finalmente, ¿hay posibilidad alguna de colaborar con organizaciones que sustentan esas ideas?

Leyendo detenidamente las palabras de Lenin se comprende entonces con exactitud el secreto del arte de un gobierno, cuyos representantes deshacen un convenio de un modo tan vergonzoso como el que se efectuó con Mackno y se puede fácilmente concebir el valor moral que tienen todas las noticias que salen de fuentes bolcheviques oficiales.

En cuanto se comienza por utilizar esos métodos contra las tendencias distintas no hay entonces límite para terminar. Lo que es permitido hacer en casa ajena también debe permitirse la propia; por eso no es de extrañar que el mismo sistema jesuita sea practicado dentro del partido comunista mismos para comprobar las intenciones de cada miembro. Desde Rusia se envían agentes de la Tercera Internacional con objeto de espiar en las centrales de los partidos comunistas de los diversos países y enviar los informes a Moscú. En su conocida obra «Unser Weg» (Nuestra senda), nos refiere el doctor Levi, ex dictador del partido comunista alemán, los siguientes interesantes pormenores:

«La observación oficial del compañero Radeck nos señala otra operación más vergonzosa aún del sistema de delegados. Es la relación directa de esos delegados con la central de Moscú. Creemos que casi en todos los países, en los que tales emisarios están actuando, el descontento es el mismo. Es un sistema de conspiración donde los delegados no colaboran nunca con las centrales de cada país sino que obran siempre a su espalda y con mucha frecuencia en contra suya. Es un sistema que destruye toda confianza mutua en la labor común de los dos lados —la central y los partidos adheridos—. Esos camaradas no deben ser empleados para la dirección política; además están poco habituados con las circunstancias. En consecuencia tenemos una situación desesperada, sin ninguna dirección política del Centro. La única actividad que el Ejecutivo desarrolla en ese sentido es lanzar proclamas que llegan demasiado tarde, y sentencias condenatorias, que llegan demasiado temprano. Esa índole de comportamiento político de la Internacional Comunista conduce a la nada, a la desgracia... El Ejecutivo opera de igual modo que la policía secreta, cuya influencia traspasa los límites rusos. La situación es imposible. Las determinadas exigencias por crear una transformación en ese terreno, el deseo de que las manos incompetentes de delegados incompetentes no vuelvan a atrapar la dirección de los distintos países, el deseo de tener una dirección política en vez de una policía de partido, no quiere decir que se exija la autonomía».

Es de comprender que el hombre que se atrevió a una protesta de tal índole después de haber, un año antes, defendido tan ardientemente los famosos 21 puntos, fuera excomulgado por la central de Moscú. Añádase que la Tercera Internacional, teniendo la completa ayuda financiera del gobierno ruso, está en condiciones de proveer a sus agentes de periódicos, propagandistas, etc.; éstos, en los diversos países, con grandes sumas de dinero, atraen a cada charlatán proletario, como la sociedad a las moscas.

La corriente centralista

El centralismo, que se ha convertido en una especie de dogma de los adictos de la mayoría de las tendencias socialistas, no sólo no han sido capaz de llevar a cabo la unificación del movimiento obrero en general, a lo que tanto aspira, sino que ni siquiera ha sido capaz de mantener la unidad dentro de los mismos partidos comunistas. Cuanto más fuertes resultaban las tendencias centralistas en la organización de las diversas fracciones mayor era el fracaso. La mejor ilustración la tenemos en los partidos comunistas de los diversos países. Casi en todas partes hubo divisiones y en aquella donde se ha podido hasta la fecha mantener la unidad del partido es fácil notar su debilidad interna.

En Alemania, donde el divisionismo está tan estrechamente ligado a los partidos, como el embustero a la política, es donde mejor demostración de ese estado tenemos. Pero no hay que pensar que esa situación despejará, poco a poco, la mente de nuestros «comunistas». ¡Todo lo contrario! Después de cada fracaso se trata de implantar más fuerte centralismo y de tonificar más aún la disciplina. «El Comunista» de Stutgart muestra que punto alcanza en ese sentido la «evolución», con la siguiente perla que obsequia a sus lectores:

«Cada miembro del partido estar pronto a pegarse un tiro si el partido lo manda. ¡No hay más voluntad propia!»

Esto deja de ser locura: es simplemente idiotez.

Antiguamente se combatía por la mejor forma de la Iglesia, Teólogos protestantes y católicos trataban de superarse unos a otros en piruetas metafísicas y los pueblos escuchaban sus palabras con respetuoso fervor. Los pocos pensadores de valor, dispersados a través de los siglos, que comprendieron con claridad que no era la forma de la Iglesia sino su existencia la causa de las reyertas, eran combatidos por todos, y sus contemporáneos los calumniaban y denigraban. Más tarde, comenzó la lucha la mejor forma del Estado. Los diversos partidos políticos que juegan en el círculo del poder estatal el mismo rol que las diversas escuelas teológicas en la esfera del poder de la Iglesia, y que en realidad no son más que teólogos del Estado, trataron de superarse en el descubrimiento de la mejor forma estatal. ¡Pero cuán pocos fueron los que comprendieron que toda esa lucha no es más que una interpretación falsa de la cuestión, que no es la forma, sino la existencia misma del Estado, la raíz de las reyertas, que no tiene importancia la manera que se nos gobierna sino el hecho del gobierno en general!

Ahora es la idea de centralismo la que deslumbra a los espíritus. El centralismo se ha convertido en el gran hechicero de nuestra época, en el remedio para todas las enfermedades. De la misma manera que antes se debatía por la mejor forma de la Iglesia y que aún se pelea por la mejor forma del Estado, hoy se invierten todas las energías en explicar todos los defectos y males del centralismo como debidos simplemente a la incompetencia de sus casuales representantes y no quiere comprender de manera alguna que el mal reside en el sistema mismo. Se nos dice que centralismo quiere decir fusión de las fuerzas, concentración de la voluntad proletaria para un determinado fin; en una palabra, la unidad en la acción. Pero esa afirmación es una temible confusión y con mucha frecuencia una conocida mentira de la que se valen para defender los intereses del partido. El centralismo no fue nunca la unificación de las fuerzas, sino la paralización de toda fuerza. El centralismo es la unidad artificial, de arriba abajo, que trata de alcanzar su propósito por la uniformación de la voluntad y por la sofocación de toda iniciativa independiente. Es la unidad de acción en un teatro de marionetas, donde cada figura es movida por un hilo conforme se le tira. Pero en cuanto se corta el hilo la marioneta cae al suelo porque no tiene vida propia.

Es comprensible que el Estado vea en el centralismo la forma más completa de organización y desde el punto de vista de sostenedores sea también deseable. Para el Estado ordenar el pensamiento y la acción humana es el hecho esencial de su propia existencia. Odia y combate la iniciativa personal, la fusión voluntaria de las fuerzas que parten de la comunidad de los intereses propios, de la solidaridad. Para el Estado cada ciudadano no es más que una pieza inorgánica de un mecanismo y tiene un lugar determinado en la máquina. En una palabra, para el Estado la supresión de toda independencia individual es una cuestión vital que trata de solucionar por medio de la centralización de las fuerzas. Su misión más importante consiste en instruir súbditos leales y hacer de la mediocridad espiritual un principio. Ninguna acción sin su orden, ninguna resolución sin inspiración de arriba. Burocratismo disecado e imitación inconsciente de las formas aprobadas son las consecuencias inevitables de todo centralismo.

Pero para el movimiento obrero revolucionario hacen falta exponentes bien diversos si quiere alcanzar el propósito que anhela. Pensamiento independiente, observación crítica de los acontecimientos, instinto personal libertario y acción creadora, son los exponentes más importantes para su futuro triunfo. Por esto, todo el centralismo en el movimiento obrero es un acontecimiento reaccionario que se dirige contra su propia existencia y que conduce su objetivo a una lejanía nebulosa. Para un movimiento verdaderamente libertario es el federalismo la única forma de organización posible. El federalismo no significa la dispersión de las fuerzas, ni está en contraposición con una acción común. Al contrario, el federalismo es la unión de las fuerzas, pero una unión basada en la acción voluntaria de los diversos grupos y en la viva solidaridad de la generalidad. Para el federalismo la independencia del pensamiento y la acción es el fundamento de toda obra común. No trata de alcanzar su propósito por medio del establecimiento de determinadas resoluciones, que un grupito de elegidos hayan confeccionado para la masa, sino por la coordinación voluntaria y metódica de todas las fuerzas existentes que aspiran hacia el mismo fin.

El centralismo que en Rusia halló en la «dictadura del proletariado» su más alta expresión, sofocó la revolución, tornando finalmente de nuevo al capitalismo. En Alemania, donde en noviembre de 1918 todo el poder político cayó en manos de los partidos socialistas, ni siquiera se trató de reconstruir la vida económica sobre fundamentos nuevos.

Se conformaron con palabras banales referentes a la socialización. En Rusia se enterró la revolución por la dictadura; en Alemania por la Constitución. En los dos países del socialismo pereció por la política del poder de los partidos socialistas. En Alemania la política del poder de la social-democracia «moderada» condujo a la dictadura de Noske; en Rusia, la política del poder de la social-democracia «extremista» condujo a la dictadura de Lenin-Trotsky. El resultado fue en los dos casos el mismo: la subyugación sangrienta de las clases desposeídas y el triunfo de una nueva reacción capitalista.

La era de Noske fue la edad de oro de las leyes excepcionales, de los estados de sitio y de los principios militares bárbaros. Ningún gobierno burgués en Alemania se atrevió hasta la fecha a tiranizar a los proletarios en la forma en que se hizo bajo el predominio de esa déspota socialista. Ni siquiera los peores tiempos —durante la ley antisocialista de Bismarck— se pueden comparar a ese régimen de Noske.

La era Lenin-Trotsky es la edad de oro en que se excomulga a todos los verdaderos socialistas y revolucionarios y se expropia a la clase trabajadora todo derecho, todo rastro de libertad. Es la era del terror del partido y de la burocracia, que supera la brutalidad y corrupción al antiguo régimen.

Las dos han contribuido, en todo lo posible, a la represión de toda libertad y a la violación brutal de toda dignidad humana. Los dos han fracasado lamentablemente en cuanto trataron de realizar ideas y necesidades verdaderamente socialistas. Confiamos en que los proletarios aprenderán algo de estos resultados desconsoladores y en que finalmente concebirán que los partidos políticos, con un programa todo lo radical que siquiera, no son capaces de reorganizar la sociedad sobre una base socialista porque les falta toda preparación práctica. Cada partido concentra sus fuerzas para la conquista del poder político, es decir la dictadura de arriba. Por eso es enemigo de todos ser orgánico que se desarrolla dentro de las masas, porque no tiene conocimiento para apreciar las fuerzas y capacidades creadoras escondidas en el pueblo. Despertar y desarrollar esas fuerzas es la más grande e importante misión del socialismo, pero esa obra sólo es posible en las organizaciones económicas de la clase trabajadora que están en condiciones de preparar por sí solas el traspaso a la sociedad socialista y su realización en la práctica.

Aquí es donde hay que educar a los proletarios para esa misión. Allí hay que enseñarles las relaciones internas entre la producción y el reparto de los productos elaborados y la relación de la agricultura y la industria. Hay que desarrollar en ellos las habilidades administrativas con el objeto de que aprendan administrar una fábrica, un taller, una mina, etc., para que sepan lo que deben hacer en caso de una situación revolucionaria que exija una acción metódica y conjunta. Hay que completar esa actividad por medio de experimentos prácticos, siempre que se pueda. Esta es la única y verdadera escuela para preparar los hombres para la realización del socialismo. Esa unión económica de todos los obreros del brazo y del cerebro, y no el partido, será el puente que nos llevará a una nueva sociedad basada sobre los fundamentos del socialismo. Y ese puente lo han de construir las masas que gimen bajo el yugo del salario; ella sola si nadie más.

Es verdad, también nosotros sabemos que las revoluciones no se hacen con guantes de seda; también sabemos que las clases poseedoras no abdicarán voluntariamente de sus privilegios. En el día de la revolución victoriosa el pueblo trabajador de las fábricas y de los campos tendrá que imponer su voluntad a los poseedores actuales de la tierra y de los medios de producción.

Pero esto sólo podrá realizarse por la expropiación común del capital social y por la supresión del aparato político de violencia que siempre fue y siempre será el fundamento de hierro de toda explotación de las masas. Esa acción es para nosotros un acto de liberación, una manifestación de justicia social; es el contenido esencial de la Revolución Social y no tiene ninguna relación con la idea presa de la dictadura.

Es indispensablemente necesario que los trabajadores se emancipen de las viejas tradiciones burguesas referente al significado de las revoluciones políticas del pasado, que terminaron siempre con la ocupación del poder político por otros hombres, con los mismos privilegios que las viejas sociedades. El que posee poder abusa de él. Por lo tanto los trabajadores deben tratar de evitar que determinados partidos o personas ocupan el poder por cuanto será siempre el comienzo de una nueva esclavitud. Si se nos esclaviza bajo la insignia de la corona y el cetro o bajo la insignia del martillo y la hoz, si es acompañada con el «Boschio Tzar rojani» (Dios salve al zar»; himno nacional ruso) o con «La Internacional» tanto da.

La liberación de toda esclavitud sólo será posible cuando desaparezca el aparato del poder político porque el monopolio del poder no es menos peligroso que el monopolio de la riqueza. Sólo de ese modo será posible despertar todas las fuerzas escondidas en el pueblo para que puedan ser empleadas por la revolución. De ese modo desaparecerá también la posibilidad de que cualquier partido puede introducirse en el poder y reprimir a todas las verdaderas fracciones revolucionarias con la pretensión de que ello es necesario para los «intereses» de la revolución. Ya es tiempo de que los trabajadores comprendan que he llamado «interés de la revolución» quiere decir, en tales circunstancias, el interés de un determinado partido o el interés de un puñado de políticos hambrientos de poder y sin conciencia.

Sovietismo y no Bolcheviquismo. Libertad y no dictadura. ¡Todo el poder a los soviets! Ésta es nuestra palabra de orden y ésta será también la palabra de orden de la Revolución Social.