A fuerza de repetirlo la mayor parte de los sociólogos; a fuerza de insistir en ello los más renombrados biólogos, han llegado a constituir dogma científico el salvajismo y la ferocidad originarias del hombre.

Bajo la influencia del postulado evolutivo, forzados a explicarse por un desarrollo presupuesto todo el contenido del progreso humano, se afirma, sin pruebas, la maldad, la bestialidad y la ferocidad del hombre primitivo, reservando para el hombre civilizado una bondad y un humanismo que, si corona triunfalmente la teoría, no por ello está de acuerdo con la realidad.

Y no es lo peor que simples hipótesis se conviertan en dogmas de sabios; lo peor es que las gentes aficionadas al estudio o a la lectura solamente tomen como articulo de fe los artículos de lógica científica, sin duda necesarios, pero indudablemente discutibles.

Es más que probable la animalidad originaria del hombre; es un hecho de experiencia, casi presente, su humanización progresiva. Nuestra razón no podría darse cuenta del desenvolvimiento de la especie y del mundo sin esas dos concepciones, o si se quiere realidades.

Pero ¿por qué la animalidad ha de suponer salvajismo y ferocidad necesariamente?

Hay muchos indicios de hombres primitivos todo bondad y mansedumbre. Ahora mismo hay pueblos en estado salvaje que viven apaciblemente, sin odios ni rencores, sin luchas, sin bárbaras crueldades. El sociólogo Tarde, entre otros, afirma la bondad originaria del hombre.

Por otra parte, animalidad no quiere decir fatalmente ferocidad. Hay animales fieros y hay animales dulcemente pacíficos. No está demostrado que el hombre sea una fiera en evolución o en domesticación humanizadora, aun cuando “la biología pruebe que somos el resumen biopsicológico por el que ha pasado la especie humana hasta la aparición del individuo”.

Todo lo que se quiera respecto a las fases por que pasó el embrión del hombre, siempre quedará en pie la dificultad insuperable de unificar todas las especies en una común característica, sea de fiereza, sea de bondad.

Puestos a documentar nuestra tesis, no bastaría un libro para reunir todos los datos de pueblos, no sólo primitivos sino actuales también, que, no obstante su estado de absoluta incultura, de estancamiento histórico, viven casi vida idílica, alejados de toda civilización.

Los pueblos más feroces son los que han pasado por una civilización o los que viven en la vecindad de una civilización. Es ésta una verdad de hechos que no necesita pruebas.

Ahora mismo, en plena Europa civilizada, se está dando el más espantoso ejemplo de crueldad, de ferocidad, de bestialidad, que registra la Historia. No recordamos nada semejante al vandalismo búlgaro, que abre el vientre a las mujeres encintas, extrae el feto y lo ensarta en la punta de una bayoneta. Sería una atroz injusticia imputar nada igual a las gentes primitivas, salvajes, bárbaras.

El refinamiento de la crueldad es un producto semicivilizado o civilizado del todo. Los horrendos crímenes de que están llenos los anales de las naciones civilizadas, apenas explicables aun para el más ferviente determinista, no tienen antecedentes históricos en la existencia de los pueblos primitivos. El mismo canibalismo tiene mayores y más sólidos fundamentos que el ensañamiento, sin adjetivo adecuado, de ciertos monstruos humanos que emborronan horriblemente la ascensión progresiva de que tanto nos ufanamos.

Nada iguala a los tremendos y continuados crímenes de las grandes religiones. Y ni el cristianismo, ni el islamismo son religiones de los pueblos primitivos. Nada semejante a las cruentas, inacabables luchas a que nos conduce el mercantilismo moderno. La, rapacidad organizada es la médula de la civilización. No somos ladrones y asesinos tanto por atavismo como por progresismo. No hablemos de la banca, de la burocracia, del militarismo. De ningún modo podría sostenerse que el hombre civilizado es el resumen en que están contenidas todas las supuestas maldades originarias.

Estamos en presencia de una desviación. Estas vituperables atrocidades modernas no pueden ser cargadas a la cuenta de aquellos pobres desdichados progenitores nuestros que vivían en plena naturaleza, del todo indefensos y del todo exhaustos. La palabra atavismo, abulismo, es frecuentemente un comodín de la pereza mental.

El animal-hombre, sin duda, ha sido empeorado por la civilización, porque el progreso humano es un perenne desequilibrio entre todos los adelantos imaginables y todas las miserias patentes. Jamás la esclavitud se ha adornado con tan vivos colores. La desigualdad social es el abismo del que brotan las más horribles bestialidades.

No es el ayer lejano. Es el ayer próximo y el hoy.

Hay quien vuelve la vista al pasado y añora la paz perdida. Hay quien nos acusa de anhelar también retornos imposibles. Hay, en fin, quien se ampara en una novísima dogmática de la ciencia para hacer revolución.

Infundada es la añoranza; ridícula la acusación; endeble el amparo.

Nada se nos ha perdido en el tiempo pasado; nada mejor podría darnos. Nada tampoco puede esperarse de teologías al revés que llevan el germen de futuros y posibles despotismos.

La humanidad ha progresado éticamente. Pocos o muchos, hay quien abomina de todas las bestialidades, ama la paz; anhela el bien del semejante. Hay quien estudia, trabaja, lucha por un mundo mejor. Es algo, bastante. Pero materialmente, económicamente, el progreso y la civilización son una enorme mentira para la mayor parte de los hombres. No hay tortura más grande que la de haber entrevisto todas las bellezas de la vida y estar condenado a sufrir todas las vilezas. Y éste es el abismo que la civilización ha abierto ante la humanidad y que no se cegará con los paños calientes de la dogmática, aunque se diga científica.

El salvajismo y la ferocidad no están detrás de nosotros, sino entre nosotros. A la obra revolucionaria de sus víctimas toca continuar la evolución progresiva de la humanidad.