Pugna con la idea de libre análisis y de libre acuerdo toda fórmula a priori, ya se trate de procesos de lógica, ya de procedimientos de organización.

Cuando adjetivamos nuestra aspiración libertaria queda establecido de antemano lo que queríamos, no sólo hacer, sino también que hiciese todo el mundo al día siguiente de la revolución. Por defectos naturales de educación social, propendemos a encerrarnos en fórmulas simples y concisas que bien pronto se truecan en dogmas. Las enseñanzas actuales y nuestro organismo, saturado por la herencia autoritaria de siglos, quieren que seamos previamente blancos o negros, azules o rojos.

Es frecuente que la primera exposición de nuestras doctrinas deje atónitos a los oyentes. Choca de tal modo la idea anarquista con las costumbres, las opiniones y los sentimientos corrientes que no es extraño que el común de las gentes nos tenga por locos. La cordura está en razón directa de la generalidad, por no decir de la vulgaridad, de ideas.

Mas como la fuerza de lógica de la afirmación libertaria es realmente incontrastable, no es menos frecuente que el atónito espectador, pasada la estupefacción del momento, acoja la idea con cariño y al fin la proclame. En su cerebro se opera entonces profundo cambio, y presto se lanza a los mayores atrevimientos del pensamiento. Júzgase transformado, libre de prejuicios, pero apenas intenta concretar sus ideas nuevas, los añejos errores, los inveterados dogmatismos reviven. Naturalmente, el catecúmeno no se da cuenta de ello y se cree el mejor y más puro de los libertarios. No pongáis en duda sus opiniones: al punto surgirá la polémica y el encastillamiento. Los que se sentían unidos por un ideal común, resultarán separados por abismos dogmáticos.

Los resabios autoritarios no se alimentan por ensalmo. La herencia y la educación actúan constantemente sobre cada uno de nosotros y de ellas somos prisioneros.

Aún entre los militantes bien conscientes del ideal, los resabios autoritarios perduran. Somos blancos o negros, azules o rojos, olvidados de que nos decíamos anarquistas.

¿Cómo conciliar con la afirmación libertaria un adjetivo cualquiera?

Se dice: «Es necesario saber qué ha de hacerse al día siguiente de la gran revuelta; cómo organizaremos el trabajo, la distribución y el consumo. Será indispensable actuar de algún modo».

Razonamos como si hubiéramos de disponer de algún órgano de gobierno. Es exigible a los partidos autoritarios la confesión previa de lo que se proponen realizar. Aspiran al poder y es preciso que digan cómo van a gobernar. Los anarquistas no. Sería contradictorio que pretendiéramos nosotros establecer de antemano los jalones de la organización futura. Daríamos un programa, un dogma, y no tendríamos medios de realizarlo; y si los tuviéramos y los usáramos, no seríamos ya libertarios.

Sin llegar al mañana, ahora mismo cuestionaríamos Por las más insignificantes cosas, exactamente igual que hacen los autoritarios. Lo somos realmente cuando nos obcecamos en que prevalezca nuestro coto cerrado, nuestro credo, nuestro castillo en el aire.

Se nos dirá: «¿Cómo, pues, explicaremos a las gentes nuestra concepción de una sociedad nueva?»

Delinead una fórmula más o menos comunista, más o menos individualista, y el ideal libertario se esfumará inmediatamente. De un modo fatal, explicaréis comunismo, y seréis comunista; explicaréis individualismo, y seréis individualistas; cualquier cosa más que anarquistas.

Hay un principio común no sólo a los anarquistas sino también a los socialistas y hasta a muchos hombres que no son ni lo uno ni lo otro; es en nuestros días universalmente reconocido- Nadie duda ya de que todos y cada uno tenemos derecho al usufructo de los bienes naturales y de los belenes sociales. Lo que se llama capital ha de estar a la libre disposición de todo el mundo; cada uno dispondrá así de los medios necesarios para subsistir y desenvolverse.

Más allá de este principio comienzan las escuelas, los dogmas. Para nosotros debe empezar solamente la actuación libertarla. ¿No es la anarquía la posibilidad para todos, absolutamente para todos, de proceder como mejor parezca a cada uno, la posibilidad de actuar libremente, concordándose como quiera con los demás o no concordándose de ninguna manera?

Pues comenzad por ahí la lección. La anarquía no será entonces la realización voluntaria o forzada de ningún plan previo. Será el instrumento necesario para obtener, como resultado, una organización libre, o una serle de organizaciones libres según el estado moral e intelectual y según la voluntad de los hombres en cada momento.

Discurriendo en esta dirección se barren los resabios autoritarios que nos inducen a conducirnos como lo contrario de lo que somos y también nos capacitamos para transmitir, lo más exactamente posible, la esencia misma del ideal.

Es indiscutible que la revolución venidera tendrá por principal objeto socializar la riqueza, poner a disposición de todo el mundo los medios necesarios para vivir y desenvolverse. Como haya de procederse luego, lo proclama el socialismo a la manera autoritaria prometiéndose organizar desde arriba y en común la producción, el cambio y el consumo.

Nosotros los anarquistas deberemos enseñar a los trabajadores que se organicen por sí mismos, sin esperar las órdenes de nadie; que, por medio de acuerdos libres, se asocien para los diversos fines de la resistencia.

Esto bastará. Todo lo demás que decirles pudiéramos, o lo saben mejor que nosotros, porque es materia de su particular competencia, o tendría por objeto sugerirles sistemas que, aun pareciéndonos los mejores, pueden ser grandemente erróneos.

Lo esencial para el anarquismo es desbrozar el camino de resabios autoritarios, perseguir sañudamente hasta los últimos resabios del autoritarismo, no cejar, jamás en la tenaz labor de emancipar consciencias que mil prejuicios funestos tienen encarrilados en la servidumbre voluntaria.

La posibilidad, por medio de la igualdad de condiciones, de todas las experiencias, es la afirmación netamente anarquista. El resto o pertenece a la hipótesis o es fruto del autoritarismo.