Maravíllame el aturdido despertar de una porción de inteligencias jóvenes a las ideas nuevas. Y digo nuevas, sometido un tanto a los serviles modismos de una pobre literatura que se hincha con palabras y se nutre de vaciedades. Nuevas no lo son. Cualquier postura que se tome se acomoda bien a ésta o aquella filosofía del tiempo viejo. Quitad las formas y las influencias de la época, y lo hallaréis todo, mejor o peor definido, en la sabiduría vulgar y en la sabiduría de casta. Cuestiones de método, injerto de ciencia desenvuelta en raquíticos arbustos de especulación naciente, refinamientos de la nerviosidad contemporánea, es cuanto de novedad puede ofrecerse al incauto lector que busca en el libro orientaciones sanas para su cerebro. Lo mismo en el período sociológico, que el político y el teológico, se debate un asunto primordial, un problema único, pero amplísimo, que abarca la existencia individual y la existencia de la humanidad entera: el derecho al desenvolvimiento integral. En cada tiempo, los términos del problema afectan una forma diferente; pero la incógnita permanece irreductiblemente lo mismo. Y es que, procediendo los hombres por tanteos, a la hora actual todavía no se sabe si hemos dado con la ecuación que, ligando por sus verdaderas relaciones los términos verdaderos de la cuestión, nos ha de facilitar el hallazgo inmediato del valor real de la incógnita.

La anulación del individuo se llama un día fe, después ciudadanía; el trabajo se organiza un tiempo en la esclavitud, en la servidumbre luego, en el asalariado finalmente. Y el nacer de las teorías redentoras implica siempre las mismas pretensiones; ya se llame libre examen, ya igualdad ante la ley o bien emancipación del esclavo y supresión de la servidumbre, para venir a parar, como último término, en la libertad total de manifestación y de acción y en la igualdad económica y social. En suma: grados diferentes de una misma aspiración que se resume en lo que hemos llamado el derecho de desenvolvimiento Integral de la personalidad como productor y como hombre.

En nuestros días, cuando el pensamiento ha formulado los mayores atrevimientos, hallada, según creemos, la ecuación definitiva del problema, las inteligencias se han lanzado resueltamente por el sendero de las sorpresas intelectuales. Empiezan las singularidades, las posturas airosas, los gestos bellos, y en la infecundidad de un diletantismo personalísimo, se consuma la obra extraordinaria del levantamiento de una Babel a la mayor gloria de los egoísmos individuales. En el despertar de la juventud sólo hay por el momento una cosa buena, noble, pura: la bondad del propósito. Pero a partir de esta bondad, cada uno mira para sí mismo y con mayor intensidad hacia el exterior de oropeles y plumajes que hacia dentro, donde radica el entero y positivo valor de la personalidad. La multitud queda sacrificada cuando no sumida en el desprecio olímpico de los escogidos: puesta en cruz antes, puesta en cruz ahora, puesta en cruz siempre.

Así como tuvo Proudhón y tuvo Marx sus satélites, así como los astros brillantes de la escuela filosófica alemana hicieron su obra de proselitismo y dividieron las inteligencias en tantas cuantas legiones requerían sus distingos sutiles; así tambIén nuestra juventud, nuestros apóstoles, nuestros novísimos precursores se han dividido hasta lo infinito, sumidos en la beatitud contemplativa de unas cuantas tesis hermosas, chocantes a veces, a veces crueles y antihumanas. Marx y Bakunin, Stirner y Nietzsche, Spencer y Guyau, todos los que han¡ puesto en la labor especulativa un poco de arte o un poco de ciencia, todos los que han dado una nota vibrante, tienen a su devoción entusiastas partidarios cuya visualidad es apta solamente a través de un cristal único de coloración invariable.

Y allá van los preconizadores, jóvenes y viejos, atropelladamente tras un mundo nuevo, una sociedad libre, mientras su mentalidad se extravía en el angosto cauce del dogma y de la secta, mientras su neurótica afectividad se diluye en una egoística moralidad infecunda, muerta. No hay liberación allí donde el exclusivismo de una tesis seca las fuentes de la verdad amplia, grande y generosa. No hay liberación allí donde sólo repercute armoniosamente un ritmo único. No hay liberación ni mental ni moral. Hay reproducción, bajo nuevas formas, de las viejas preocupaciones y de las viejas inmoralidades.

La propaganda marcha así envuelta en todo género de errores y particularismos. Quien sólo para mientes en las necesidades materiales; quien canta monótonamente las excelencias de una vida que hasta ahora no merece la pena de ser vivida; quien se enajena en la contemplación arrobadora de la belleza harto lejana en medio de las miserias y de los horrores del momento; quien se encarama a las alturas de la superhombría y mira con desdén olímpico la pequeñez de los microbios, que trabajan como lobos y sudan sangre para que todo esto que vivimos no se derrumbe; quien, en fin, después de recorrer toda la escala del humanismo sentimental, va a encenagarse en la charca del más bestial egoísmo elevado a la categoría de suprema ley de los hombres.

Entretanto, los supervivientes de la esclavitud y la servidumbre, los mismos jornaleros del surco, del taller y de la fábrica, la masa ignorante y grosera que dicen algunos, allá se debate y revuelve rabiosa contra todas las fatalidades ambientes que la aniquilan. Sojuzgados, sometidos, materialmente anulados como hombres por falta de lo que gozan hasta las bestias, ¿qué gran obra no es la de los obreros que sin sutilezas filosóficas o artísticas está transformando el mundo en el fragor de las luchas contemporáneas?

La chispa, la luz, estará allí en la mentalidad de los precursores; la acción está aquí en el impulso irresistible de los bárbaros.

¿Hay dualismo? Si existe búsquese su origen en la sequedad y el particularismo de los intelectuales, palabreja inventada en mal hora para acusar la existencia de una casta más, cuando es preciso que no quede sobre toda la tierra ni un solo muro, ni un solo vaIladar, ni una divisoria, ni un amojonamiento.

Preconizamos una sociedad nueva a nombre de ideales amplísimos de emancipación integral. ¿Nos hemos emancipado nosotros mismos moral e intelectualmente? Mostramos a cada paso nuestros exclusivismos hasta el punto de que mientras abajo —permítaseme este lenguaje clásico de los tiempos heroicos de la sensiblería democrática y socialista— que mientras abajo, digo, se bate el cobre todos los días, arriba, entre los que alardean, quedamente o en alta voz, de una superioridad harto dudosa, se bate... la tontuna teorizante, se hace alarde de fatuidades intelectuales necias y se libra la batalla de los mezquinos personalismos y de los rencorcillos mal encubiertos.

Se me dirá que entre la multitud grosera e ignorante, que así entre los campesinos extenuados por un trabajo aplastante, como entre los obreros industriales embrutecidos por la fábrica, cuando no por la taberna, también la pasión hace estragos y el raquitismo de miras y la envidia y el encono esterilizan la fuerza necesaria a la emancipación personal y a la emancipación colectiva. Mas cuando esa fuerza es sacudida por cualquier circunstancia, la legión de esclavos se sobrepone a todas las minucias; y entonces es menester entonar himnos a la bravura, al espíritu grande de solidaridad, a los arrestos heroicos de los bárbaros. Hablad de aquel mágico erguirse del proletariado barcelonés, hablad del obrero de La Coruña, de Badajoz, de La Línea, de Sevilla y de tantas ciudades que hicieron en pocas horas por el advenimiento de la revolución más que las innumerables y largas tiradas de artículos y de discursos de los intelectuales. Salid de España: Holanda, Italia, Norte América, la República Argentina, ¿no han presentado en línea de batalla enormes masas conscientes de trabajadores solidarios en la más amplia y generosa labor humana?

Es menester aniquilar el prurito teorizante, dar garrote vil a todos los exclusivismos: al dogma, al espíritu sectario. ¿Autoliberación se ha dicho? Pues es preciso desembarazarse de los prejuicios de escuela, de los errores de método, de los vicios de estudio. Todo es verdad fuera de cualquier particularismo doctrinal. Exáltese cuanto se quiera la personalidad, que contra el encogimiento cobarde del individuo sometido a todas las brutalidades de la fuerza que le anula, grande, formidable es necesario que sea la reacción provocada. Cántese con fuerte y vigorosa voz la vida, la vida digna de ser vivida, que contra el moribundo aliento de una humanidad sojuzgada, famélica y enferma, enérgica, decisiva ha de ser la pócima que le retorne a las esplendideces de la existencia sana, alegre y satisfecha. Ríndase a la belleza, el arte, el tributo de los más puros entusiasmos, que contra la fealdad espantosa de una sociedad que se arrastra en todas las pestilencias y suciedades de la bestialidad, ha de ser necesariamente poderoso el reactivo. Llevemos tan allá como quepa en los espacios de nuestra mentalidad la supremacía del hombre, su propio yo como eje de toda la existencia; que habituados a la vida servil, somos incapaces de comprender que todo se deriva de nosotros mismos y que el más hermoso ideal de todos los ideales es aquel que formulamos al afirmar que la labor de los siglos y de las generaciones no es para el hombre más que uno: el de superarse a sí mismo. Vayamos tras el hombre nuevo, trepemos animosos por los abruptos riscos; que la fe, sin embargo, no nos ciegue hasta el punto de olvidar que no hay un término para el desenvolvimiento humano; que el ideal se aleja tanto más cuanto más a él nos aproximamos; que la cima, en fin, es inaccesible. Pero abramos de par en par las puertas de nuestro entendimiento, reuniendo en una amplia síntesis el contenido de la aspiración suprema, de la cual no son más que elementos componentes todas esas parciales doctrinas que parecen dividir a las falanges que preconizan una sociedad libre. El desarrollo integral de la personalidad, el anarquismo sin prejuicios, sin particularismos, tal es la expresión genérica, universal, positiva de tantas y tantas al parecer divergentes tesis de nuestros jóvenes, de nuestros precursores y de nuestros propagandistas.

Cuando esto se haya hecho habrá comenzado la autoliberación, cuya necesidad viene impuesta por el desarrollo de las ideas y las exigencias de la lucha. Pero no habrá hecho más que comenzar. Faltará todavía que nadie se encierre en su torre de marfil, que nadie pretenda quedarse en las cumbres del saber, engreído que se desvanece con los zahumerios de su propia soberbia. Antes que seres pensantes, antes que artistas, somos animales de carne y hueso que necesitamos nutrirnos, llenar el estómago, cumplir todas las funciones fisiológicas, acallar la bestia para que el hombre surja. Es menester mirar a las multitudes que mal comen y mal visten, que lo ignoran todo porque de todo carecen, que arrastran una existencia más miserable que la de los brutos; y mirarlas, no por caridad ni por humanidad sino porque tienen el mismísimo derecho, a su total desenvolvimiento que el más pulcro, el más sabio, el más esteta de los intelectuales, de los escogidos; porque la emancipación, para ser real y efectiva, ha de ser universal, que en medio de un rebaño de hombres nadie podría gloriarse de gozar libertad, bienestar y paz.

Si no hubiere íntima comprensión entre todos los que de un modo o de otro sufren las consecuencias de los anacronismos sociales; si se hiciere de los ideales modernos regalo exquisito de los entendimientos superiores y se dejara a la masa ignorante —que no lo es más que en los términos de una petulancia sabia inaguantable—; si se dejara a los bárbaros abandonados a su estultez y a su miseria, ni la emancipación llegaría jamás para los humanos, ni sería, en último término, para los que la fían a su propio esfuerzo y a su propio valer, más que un espejismo que al cabo, les llevaría a la negación y a la degradación de sí mismos.

Por los bárbaros ha de ser el lema de los preconizadores de una sociedad nueva. Pan, mucho pan para los estómagos vacíos; abrigo confortable y abundante para los ateridos de frío, para los desnudos; vivienda amplia, bien oreada, con mucha luz y alegría para los que se acurrucan en sombríos tugurios; y venga luego, o mejor al propio tiempo, ciencia, mucha ciencia; arte, mucho arte; venga la vida gozada intensamente en todas sus modalidades; venga la obra personalísima de trepar por los abruptos riscos; venga el caminar sin tregua tras el más allá jamás logrado. Cada uno de nosotros no vale más que su vecino por mísero que sea. No vale una buena pluma, una bella palabra más que un golpe de martillo que forja el hierro, que labra la piedra, que abre la mina; no vale más que la cuerda por donde el pocero se descuelga para limpiar las basuras comunes. No debería ser menester que tal se dijera a las alturas sociológicas a que hemos llegado y de que muchos se envanecen; pero lo es, sin duda ninguna, porque todavía estamos en las mantillas de una liberación muy voceada, pero incumplida.

Es necesaria esta liberación para todos los preconizadores de una sociedad libre. No hagamos, por ello, capillas; no levantemos muros divisorios. La anarquía es la aspiración a la integralidad de todos los desenvolvimientos. Trabajemos, pues, en bloque por la emancipación de todos los hombres, emancipación económica, emancipación intelectual, emancipación artística y moral.

La pobre presunción de un puñado de hombres que haya podido concebir con alguna amplitud este porvenir hermoso y grande, humanamente justo, vale bien poco. Son los bárbaros los que empujan vigorosamente, los que van derechos al mañana entrevisto, los que con su acción decidida, muy grosera, pero muy eficaz, despiertan las soñolientas imaginaciones de nuestros jóvenes y de nuestros precursores. Son los bárbaros que golpean furiosamente nuestra mentalidad y nuestra efectividad, sumergida todavía en los atavismos filosóficos y dogmáticos; que golpean con igual furia a las puertas de la fortaleza capitalista y autoritaria.

¿Odios? ¿Palabras gruesas? ¿Adjetivos duros prodigados en demasía? ¿Para qué?

Lo que hace falta son ideas, ideas e ideas; acción, acción y acción. Y después, que los superhombres, los escogidos, los talentosos, tengan todavía el arranque, que pudiera juzgarse sacrificio, de repetir conmigo: Todo por los bárbaros.