Unos cuantos afamados periodistas no cesan de batir el parche clamando por el resurgimiento de España. Las principales empresas periodísticas y talentudos corresponsales que cumplen su patriótica misión señalándonos el florido camino por donde los grandes pueblos van hacia la fortuna y hacia la dicha. Secundan esta maravillosa obra de cultura los dioses menores de tierra adentro que gozan en las redacciones de nuestros rotativos —y no más allá de sus paredes, tal vez mugrientas— de justo y muy merecido renombre. La envidia nos come. Con el celo de la sangre africana, que dicen que tenemos, andamos presurosos en corresponder a los nobles esfuerzos de nuestros más preclaros intelectuales. España renace.

¿Renace? Todavía los clásicos tenderos de ultramarinos andan remisos en vender algo más que ochavos de pimentón y cuartos de azúcar. Todavía los respetables «todo lo vendo» de los pequeños bazares oscuros y tétricos repletos de cachivaches y de trapos de toda especie, apenas si osan salir de la penumbra sórdida en que nacieron y en que morirán. Todavía los asombrados industriales de su gran industria yacen en admirativa contemplación de sus forjas paupérrimas de sus telares históricos, de sus risibles fábricas. Todavía la ciencia de los graves e inflados técnicos salidos de escuelas y universidades anda repleta de hojarasca, muy pagada de hueros teoricismos de cabalísticas fórmulas, de vanas pretensiones. La persistencia en lo mediocre y en lo superfluo corre pareja con la repugnancia a lo grande y necesario.

Toda nuestra burguesía, desde el más humilde mercader hasta el más poderoso banquero, desde el último aprendiz de ciencias hasta el más docto de los titulados por los centros oficiales; toda nuestra burguesía continúa impertérrita en su apego a la rutina de los jornales de hambre, del trabajo extensivo, sin cuenta ni medida de tiempo; continúa la tradición de intransigencia y de odio a las ideas, de persecución al hombre independiente; continúa adscrita a todas las ranciedades que le impiden asomarse al horizonte de las cosas modernas, buenas o malas, que de todo hay, pero precursoras de una vida nueva que se viene a todo correr de los andares revolucionarios. Toda nuestra burguesía es incapaz de rehabilitación si no sacude antes la roña medieval que la carcome.

El renacer de España podría venir tan pronto como su majestad el capital se diera a partido reconociendo que con salarios de una, dos y tres pesetas no puede haber obreros hábiles, obreros fuertes, obreros inteligentes; que con jornadas de diez, doce y más horas no puede haber producción esmerada, regular y remuneradora; que con ganancias de avaro no puede haber espléndidos compradores; que con rutinas de práctica ramplona no puede haber adelantos industriales; que con petulancias librescas no puede haber aciertos técnicos, ni perfeccionamientos ni invenciones. El renacer de España podría iniciarse el día en que, en lugar de ochavos, se vendieran pesetas de pimentón y de azúcar; en que, en vez de sucios y oscuros baratillos, se establecieran anchurosos, ventilados y bien limpios almacenes; en que, a los pretenciosos talleres, sucedieran bien montadas y bien dotadas fábricas; en que, a la ramplonería práctica y a la cursilería teórica, se acometiese de verdad el estudio atento y el ensayo consciente de todos los problemas de la técnica industrial. El renacer de España podría comenzar el día mismo en que las clases medias dejaran de espantarse ridículamente de las agitaciones obreras; dejaran de asustarse a la sola presencia de quienquiera que se diga revolucionario, socialista, sindicalista o anarquista; dejaran de vivir en la santa ignorancia de todo lo que es ideología y pasión y amor abnegado por las cosas que afectan a todos los hombres, cualquiera que sea su raza, su color o su condición.

¡Qué inútilmente agitan algunos el problema de la cultura! ¡Qué neciamente repiten el estribillo de la europeización!

Nuestro consejo, consejo de adversario, de enemigo si se quiere, va por otros senderos. Para dejar de ser un pueblo de pordioseros y de ignorantes, —más pordioseros, al menos, y más ignorantes que otros pueblos— bastará que la burguesía abra su bolsa y sacuda su pereza mental. Que pague buenos salarios a los obreros, que remunere dignamente a sus empleados y a sus mismos directores, que no exija del que trabaja mayor esfuerzo que el que exigiría a sus máquinas. Tiempo y dinero, dinero y tiempo, y habrá cultura, alguna cultura, y menos hambre y menos fatiga. El trabajo será más inteligente, la producción más remuneradora. Las transacciones comerciales serán más amplias y de mayor importancia. También las exigencias serán mayores, y también las agitaciones más hondas y pavorosas. Habrá más revolucionarios, más socialistas, más sindicalistas, más anarquistas.

¿No queréis la rehabilitación del país? Pues no lo dudéis: no hay otro camino. Los dos términos se implican. A mayor industria, a mayor comercio, a mayor ciencia y a mayor riqueza, corresponden más tremendas inquietudes, más graves problemas, más enconadas luchas. En la elevación de todas las cosas, todas las cosas se agrandan. La escaramuza se convierte en batalla, la batalla en epopeya.

Del enemigo el consejo; seguidlo. El día en que sepáis ser ricos y poderosos, que no lo sabéis; el día en que seáis capaces de las grandes combinaciones financieras, que no lo sois; el día en que tengáis arrestos para las colosales empresas industriales, que no los tenéis; el día en que poseáis la ciencia de que carecéis; y también el día en que no os espanten la anarquía y la revolución, ese día estaréis rehabilitados y estará rehabilitada la patria de vuestros amores. Se habrán, entonces, colmado vuestros anhelos de grandeza. Seréis grandes.

En la ascensión hacia esa grandeza, tendréis que arrastrar el bagaje del proletariado. Sin él no daréis un solo paso. Y para arrastrarlo, tendréis que desprenderos de la ganancia avara, del interés usuario, sacrificando, en su honor, dinero y tiempo.

El proletariado corresponderá, no lo dudéis, a vuestra nobleza. Aprenderá a vivir, y querrá vivir más, aprenderá a gozar, y querrá gozar más; se hará más exigente, más revoltoso, más anarquista. Aquí de vuestro fuste de luchadores a lo grande. Ahora sois pobres, mezquinos, despreciables. Después podremos dispensaros el honor de consideraros alguna cosa.

Bien vale la pena de vivir algo, de ser algo, de luchar por algo. En la derrota del mundo viejo, todavía podéis, caer airosamente. Seguid del enemigo el consejo, si no queréis perecer como cochinos.