Los espíritus superiores han dado en la flor de ponderar las excelencias de la guerra. El valor, la audacia, la temeridad, son las virtudes primordiales. La guerra hace los hombres fuertes y heroicos. Las razas se mejoran, progresan, se civilizan por las artes de guerrear sin tregua. De la lucha entre hermanos, a cañonazo limpio, sale la humanidad purificada y ennoblecida.

Eso es el anverso. El reverso va enderezado contra el pacifismo. En la dulcedumbre de la vida tranquila, ordenada, amorosa, se agostan las masculinas energías, las razas degeneran y se extinguen. La paz es un narcótico. El mundo se convierte en montón de cobardes y enclenques. De la paz entre los humanos, en la vida muelle y regalada de las necesidades satisfechas, sólo puede surgir la humanidad extenuada.

El dilema final se comprende claramente.

La literatura actual está impregnada de estos barbarismos guerreros. Como si obedecieran a una consigna, los escritores de los más diversos matices entonan himnos entusiásticos al bélico ardor de los combatientes.

Es un flujo y reflujo de la espada a la pluma y de la pluma a la espada.

Despierto y en acción el apetito conquistador de las naciones, fluye naturalmente de la literatura el canto épico de las batallas. De los campos sembrados de cadáveres vuelven los cuervos con los picos ensangrentados y con sangre escriben. También cuando vuelven de las charcas escriben con cieno. El literato es lacayo de todos los éxitos.

Y allá, en la lejanía, donde la muchedumbre en manada rinde la vida sin saber a qué ni por qué, repercute el rasguear de las plumas belicosas que empuercan de sangre y cieno el papel en que escriben. La sugestión convierte los borregos en lobos.

Si la serena, irrefutable filosofía de un Spencer muestra que la humanidad evoluciona rápidamente del estado guerrero al estado industrial; si la voz poderosa de cien genios clama por el término definitivo de las matanzas inútiles; si el griterío multitudinario atruena el espacio en demanda de paz y sosiego, ¡qué importa eso a los serviles y lacayunos emborronadores de cuartillas!

Hay una fuerza todopoderosa a quien servir, y la retórica se arrastra humilde a sus pies. Si esa fuerza se llama Estado, la retórica se engalla enderezando el discurso por los senderos trillados de las grandezas y de las heroicidades nacionales. Si se llama Capital, la retórica Se torna financiera y apologética de los grandiosos adelantos de la industria moderna. Si se llama Iglesia, la retórica trueca la pluma por el hisopo, viste el sayón de inquisidor y se postra humilde ante los vetustos muros de las tétricas catedrales. La fuerza triunfante es Dios, trino y uno, en cuyo altar se hace el sacrificio de todo lo que debiera ser más caro al hombre.

Pero si la fuerza se llama proletariado en rebeldía, exaltación utópica, pensamiento emancipado, entonces la retórica se alza iracunda, y, sobre la turba soez de los desarrapados fulmina los rayos de su cólera. ¡Miserable ramera que brinda la piltrafa del sexo averiado al ansia loca de todas las decrepitudes!

La guerra no engendra el valor y la audacia y la temeridad. La temeridad, la audacia y el valor se prueban descendiendo a la mina centenares de metros bajo la superficie bañada por el sol; se prueban sosteniéndose en lo más alto de un edificio sobre cimbreante tabla suspendida de una deshilachada cuerda: se prueban con el trabajo impasible en el Infierno de las fundiciones y de las forjas; se prueban en las máquinas y los topes de los barcos, en los tenders de las locomotoras, en las bregas con la tempestad, en las rudas luchas con la naturaleza. El hombre se templa en la conquista del planeta que habita, de la atmósfera que le rodea, del espacio sin límites poblado de bellos e innumerables mundos.

En la guerra sólo hay un momento de locura tras un supremo esfuerzo del espíritu de conservación. Antes nada, después nada, como no sea cobardía, miedo de perder la vida, horror de la sangre, del bruñido acero, de la bala mortífera. La manada en montón, cobra ánimos apretujándose contra los repetidos asaltos del temor. Y luego, la procesión de inválidos, los detritus de las batallas, las caravanas de vagos, desmoralizados, corrompidos, traen a las ciudades y a los campos el estímulo a la holganza, a la depravación, al desorden, al desenfreno. La guerra tiene por secuela el envilecimiento.

La literatura épica es el cebo con que el poder sugestiona a las masas, el espejuelo para atraer incautos a las mallas de la red, hábilmente tendida.

Hacen falta borregos, dóciles instrumentos de matanza, gentes propicias al sacrificio, y la literatura belicosa lanza sus estrofas heroicas a la heroicidad de las naciones. ¡Miserable ramera que brinda la piltrafa del sexo averiado al ansia loca de todas las decrepitudes!