Es pasmoso como arraigan, en el espíritu humano los conceptos hechos, las ideas fijas, los prejuicios tradicionalistas. Dijérase, que después de adquirida una noción cualquiera, el hombre la sigue mecánicamente, la obedece por instinto, sin intervención alguna del raciocinio. Quien nos examinara desde un ambiente distinto del humano, no nos distinguiría del perro que ladra sistemáticamente al que pasa y se humilla ante el que le pega. En la sumisión a la costumbre nada nos diferencia de los que reputamos irracionales por la sola razón de que no los entendemos.ASi es verdad que cualquier especie animal permanece invariablemente la misma a pesar de las repetidas y continuas experiencias hereditarias, no lo es menos que al animal-hombre casi no le ha servido de nada su larga experiencia histórica, ni este mismo privilegio de registrar espiritualmente sus experiencias. Educado en la práctica autoritaria, no acierta con ningún remedio que no sea calcado en el ejercicio de la autoridad y en la obediencia a la autoridad. Instruido en el trabajo servil, no se le ocurre ningún expediente que le permita trabajar en libertad para subvenir lo mejor que pueda y sepa a sus necesidades. Perro fiel a su amo, acata al cura, sirve al propietario, obedece al jefe. Si lo sustraéis a este dominio, a buen seguro que no sabrá qué hacer de su persona. Se encontrará como desorientado en la inmensidad de un desierto o en el enredijo de indescifrable laberinto. Las viejas rutinas son el alma del hombre y, sin ellas, el rey de la creación quedaría por debajo de la más ruin alimaña. La soberbia humana va de tumbo en tumbo en cuanto pierde los andadores.

Nuestras mismas ponderadas filosofías, nuestras pomposas ciencias, no son sino modulaciones sobre el eterno tema de la vida rutinaria, del pensamiento encasillado, de la acción metodizada, prisionera, sometida. La razón y sus sutilezas sólo han servido para variar hasta lo infinito las formas de la subordinación y de la servidumbre.

Por grados, los sistemas filosóficos, las concepciones ideales, siempre renovadas, han parecido ascender en dirección progresiva. Pero si se nos examina despacio, se ve pronto que todos parten de las mismas viejas rutinas, pasan por los mismos prejuicios y arriban a los mismos errores: autoridad, propiedad, casta, privilegio.

Se toma al hombre como a un animal domesticable. Consecuencia obligada: unos domestican, otros son domesticados; unos mandan, otros obedecen; aquéllos poseen, éstos trabajan. Hay gobernantes y gobernados, propietarios y proletarios; en suma: amos y esclavos. La experiencia fisiológica y la experiencia histórica no han dado más de sí.

¡Qué ímprobo trabajo el de llevar a las inteligencias la necesidad y la justicia de la vida libre! Aun en los más clarividentes, las viejas rutinas se atropellan con inusitado estrépito para oponerse a la utopía. En vano será que apeléis al poder de la lógica, de cuyo dominio tanto se ufana el hombre; en vano que mostréis cómo por naturaleza las fuerzas universales llevan en sí mismas la razón de sus convergencias y de sus divergencias; en vano que acumuléis hechos, relaciones, analogías para demostrar que en la ecuación de las actividades humanas, la legislación y la propiedad son en cantidades extrañas. Sistemática, mecánica y obstinadamente, las viejas rutinas repetirán la misma cantinela.

Y aun cuando el espíritu humano se muestra propicio a la razón y se lanza a formular términos de progreso, de mejoramiento, de emancipación, no es raro ver como de nuevo cae en los mismos prejuicios y reproduce las mismas rutinas. Bajo la promesa de libertad, hay siempre la sugestión de una nueva servidumbre; bajo el anuncio de la igualdad, hay siempre el fermento de nuevos privilegios. La tradición manda. El doméstico acata. Las viejas rutinas prevalecen.

Tantas cuantas veces el credo social se ha renovado, otras tantas ha caído en el autoritarismo y en la desigualdad. Lentamente los factores hereditarios recobran su influjo y al fin se imponen.

El socialismo actual es un ejemplo patente de estas reviviscencias. Le evolución regresiva iniciada el mismo día de su nacimiento, lo conducirá a su total negación. Cuanto más poderoso se hace, más autoritario se torna. Es un proceso de identificación con la rutina ambiente. Se le acepta tanto más, cuanto más se le acomoda a la tradición autoritaria, fuertemente arraigada en las gentes de todas las calañas.

El perro continúa ladrando al que pasa y lamiendo la mano al que pega.

¿Evolución progresiva? Sin duda. Mas en el correr de los tiempos la ímproba labor emancipadora apenas se advierte; ¡tan aferrados estamos a la sinrazón de nuestra razón y al oropel de nuestra ciencia! Es difícil ser nuevo con todo el bagaje tradicional a cuestas, arriesgado ponerse delante de la corriente de los siglos, temerario lanzarse al ignoto futuro. Más fácil y más cómodo y más tranquilo es dejarse conducir y bailar al son que nos tocan. Tenemos demasiado de rebaño. Y los hay que tienen mucho de danzantes. No faltan tampoco los malos cómicos ni los cínicos explotadores de la ignorancia y de la simpleza popular.

¿Vida libre? ¿Igualdad de condiciones? ¿Solidaridad humana? ¡Bah! Desvaríos de manicomio. Las viejas rutinas; eso es lógica, sabiduría y ciencia.

Mañana corno hoy y hoy como ayer, quieren los imbéciles que el perro ladre al que pasa y lama la mano al que le pega.

Aunque el perro se llame hombre.