Madrid, la ciudad de la muerte, se ha estremecido ante el doloroso calvario de la tuberculosis. La visión de la vida que se extingue lánguida y tristemente en la flor de la juventud, ha llenado de pavor los corazones, de reprobación los cerebros, de miedo insuperable las almas.

Y la rutina se puso en camino de organizar la caridad, cubriendo de aromas y de flores las inconfesadas culpas que depauperan y aniquilan la raza.

Se ha conseguido ahuyentar el pavor, la reprobación y el miedo. Se ha logrado que la conciencia calle y que al gesto del dolor humano que borra las castas y extingue los antagonismos, suceda la loca alegría que alboroza en calles y plazuelas, inconsciente de su responsabilidad e ignorante de su castigo.

Las jóvenes burguesas y los jóvenes artistas que divierten al público a tanto por hora, han hecho derroche de gracia, de belleza, de abnegación por arrancar unas pesetas al sexo arrogante de la fuerza que claudica ante la sutileza de unas faldas que crujen suavemente.

Ellos las han lanzado a la calle organizando la limosna de un día; ellas han obedecido los impulsos de su sensibilidad exquisita, capaz de amparar todas las angustias y de mitigar todos los dolores. Ellos han preparado una farsa, ellas han hecho un alarde de amor al prójimo.

Tan burguesas como se quiera, esas jóvenes valen mil veces por sus vetustos inspiradores. Allí está la inconsciencia de toda culpa; aquí la certeza de una responsabilidad exigible, de un delito consumado a toda hora, de un crimen social impune.

Se ha organizado la limosna de un día; ¿y qué será la limosna de un día ante la miseria y la extenuación de cada instante que agota tantos millares de existencias juveniles, empobrecida la sangre, corroídos los pulmones, deshecho el organismo entero? ¿Qué será una y todas las limosnas posibles ante la pertinacia de la explotación del trabajo, del hambre organizada, de la pobreza envilecida? ¿Qué será de esos sentimientos caritativos ante la formidable realidad irreductible que emerge de la desigualdad social y económica?

Satisfacción a la hipocresía ambiente, de un lado, satisfacción a la sensualidad femenil, de otro. Y nada más.

Unas cuantas almas generosas habrán demostrado que hay algo que no es ruin egoísmo y sórdida avaricia en la especie humana; otras cuantas almas decrépitas habrán creído probar que no son insensibles a los dolores del prójimo y que al prójimo han rendido tributo de solidaridad y de amor. Pero la tuberculosis continuará triunfante su camino de muerte; los campos, las minas y las fábricas seguirán arrojando pulmones rotos, estómagos exhaustos, organismos arruinados; y la multitud explotada proseguirá famélica su sendero de espantosos sacrificios a pesar de todas las limosnas.

Un sanatorio en cada ciudad, en cada villa y en cada aldea, y todos las posibles millones de la piedad embustera y del amor bien sentido, no serían bastante para curar un mal que arranca de la raíz misma de nuestra organización económica. El capitalismo y el industrialismo; el monopolio en la ciudad y el latifundio en el campo; la explotación por doquier, crean las riquezas inmensas de unos; labran la miseria insondable de otros. El hambre es consustancial de la civilización; la tuberculosis es su resultado fatal.

Lo saben bien los mismos que organizan estas limosnas en busca de gratitudes humillantes; lo saben bien cuantos tienen en sus manos el pandero de la gobernación y de la explotación públicas; lo saben bien, los predicadores de caridad, los mantenedores pretendidos del derecho, los que presumen de distribuidores de justicias. Lo saben bien y no ignoran la importancia de su mentida piedad; pero la gaveta tiene una lógica inflexible, la explotación un rigor matemático y sería inútil pedir peras al olmo. La caridad nada remediará, mas dejará tranquilo al burgués.

El modelo físico —digamos con Le Dantec— de todas las caridades se encuentra admirablemente ilustrado en este cuadro de un cuentista italiano: «Un patricio sumergido en las delicias de Capua, y que suda viendo a un esclavo partir leña».