Un crimen horrendo ha sido descubierto en la capital de España. El éxito, tardíamente obtenido, se lo disputan todos: periodistas, agentes de policía y policías de afición. El beneficio, contante y sonante, del descubrimiento del delito, va a las cajas de la prensa de gran circulación, que estos días ha hecho absoluto abandono de los asuntos públicos.

Sus nutridas columnas son insuficientes para relatar, de todas las maneras posibles, las cosas más espantables. Sin duda, no es ahora oportuno velar con los pudores de la moral corriente las suciedades más repugnantes y las infamias más horribles. Prensa y público, pasado el primer momento de asombro, parecen gozosos de refocilarse con las más repugnantes escenas de bestialidad.

Que sepamos, nadie se ha parado a considerar cómo durante tan largo tiempo se han podido cometer monstruosidades tales entre gentes que vivían en la ponderada esfera de las personas decentes, cultas, bien educadas. Porque es lo cierto que, de los largos relatos de la misma prensa, resulta que el estupro, el asesinato, el juego y la prostitución figuran en el haber de ciertas categorías sociales de una manera tan considerable, que invita a dudar si el hampa verdadera se cobija en cuevas y sótanos o en edificios pulcros y bien amueblados; que sugiere la idea disolvente de que las clases que se dicen superiores están absolutamente degradadas.

En el desmedido afán de información, se nos ha hecho ver que no se trata de un crimen personal aislado. Se está haciendo Un terrible proceso del mundo social en que vivimos. La espuma arroja ahora a la superficie todas las inmundicias. Danzan a un mismo tiempo los garlitos y los círculos aristocráticos, las grandes cocotas y las miserables callejeras, los aficionados y los profesionales del vicio, del delito, del crimen. Hay una porción de cosas que se desmoronan. No es menester señalarlas.

¡Cuántas ignominias todavía ocultas, ignoradas por siempre y para siempre! El feroz descuartizamiento de un hombre plantea brutalmente el problema de la degeneración humana y de la impotencia jurídica para curar o reprimir el crimen.

No falta quien hable de regresión a la barbarie. Pero ¿hay algo semejante en el hombre prehistórico? Nada nos permite afirmar de nuestros antepasados análogas abominaciones. En la lucha por la vida, como quieren algunos que haya sido durante las primeras edades, habrán podido llegar los hombres al canibalismo por necesidad, por hambre no saciable de otra forma. Lo de ahora es cosa muy distinta: es el fruto, es la espuma de la civilización; es también el corolario de aquellas teorías que, con nombres nuevos y sonoros, quieren justificar todos los desmanes, todos los horrores del canibalismo dorado y bien vestido. Van desfilando por las columnas de los diarios depravaciones, vilezas, estafas, porquerías, robos, asesinatos. A mayor abundamiento, se recuerdan terribles delitos impunes cuya génesis quedará para siempre olvidada. ¿No es ésta la revelación de un estado social de envilecimiento, de decadencia? El mismo hecho de que al presunto delincuente se le trate a cuerpo de rey, puesto que la prensa le lleva la cuenta de los filetes que come y sus preferencias por los buenos manjares, ¿no pone bien de relieve cómo hasta en esto de la delincuencia bestial hay categorías, y cómo es posible aún que la multitud halle atenuaciones para la infamia decente mientras es capaz de ensañarse con un demente, con un fanático o con un pobre enfermo de irremediable epilepsis?

Si nosotros tuviéramos poder bastante, habríamos hecho de modo, por respeto a la dignidad humana, que ninguna de las abominaciones de estos días trascendieran al público. Una humanidad que se juzga capaz de esos horrores está decapitada moralmente. Ni los gritos de indignación, ni las airadas protestas, ni la exaltación de la ética en uso, la limpia de las excrecencias que la espuma va arrojando con motivo de una abominación inconcebible.

Tratárase de seres egoístas, solitarios de la vida, desesperados de la existencia, hampones de lupanar y de garito, sin amores a su rededor, sin ternuras y sin caricias que no sean mercenarias, y aún tuviera explicación la horrible tragedia. Pero hay de por medio hermanos, hijos, niños inocentes, la familia amorosa, presa de ansias y de cuidados, y no existe, para nosotros, explicación posible fuera de la decadencia bestial a que nos conduce la civilización con todas sus aberraciones políticas, sociales y religiosas. Sin duda, por el fruto se conoce al árbol. Y si en el mundo todas las cosas obedecen a un determinismo en que concurren herencias del pasado y adquisiciones del presente, dígasenos si la actualidad aterradora de estos días no hace el proceso y dicta la sentencia contra un orden social, en que, a poco que se haga, habrá que buscar un hombre honrado con la linterna de Diógenes.

La espuma, la fétida espuma, pone a borbotones, sobre la superficie todas las impurezas de una sociedad moribunda.