En vano se alzan voces poderosas contra la creciente centralización en vida pública. Inútilmente se declama contra la absorción de las energías y de las actividades en los centros de mayor intensificación vital. Poco o nada importa que el espíritu federalista aliente vigoroso tanto en los partidos más avanzados como en los más retrógrados. El centralismo prosigue su obra avasalladora.

Madrid, el Madrid oficial, lo es todo. En política, en literatura, en artes, en ciencias, no hay más que Madrid. La vida entera de España se refunde, se concentra allí, y no hay modo, al parecer, de evitarlo. Todos los esfuerzos de las capitalidades subalternas por sustraerse a la dominación, al influjo todopoderoso de la capital de la Monarquía, sus políticos, sus literatos, sus periodistas, sus pintores, sus poetas, a Madrid han de someterse si quieren salvar las fronteras del provincialismo.

La centralización es la médula de la superestructura social moderna. La gran industria, el gran comercio, el acaparamiento de la riqueza, la organización toda de la vida política, jurídica y económica, tiene por condición el centralismo de las funciones. Sin ese monstruo pletórico de la savia de todos sus órganos esenciales, la superestructura se vendría al suelo con estrépito, y adiós orden público, mecanismo legislativo, disciplina social, feudalismo capitalista, jerarquía militar, jurídica y teocrática, todo lo que es artificio impuesto a la Naturaleza, en que parece no vivimos hace ya largo tiempo.

Todo principio ha de desenvolverse hasta sus últimas consecuencias. Podrá vacilar en teoría; una vez llevado a la práctica, va hasta el fin, quiérase o no.

La centralización tomará todos los nombres posibles: absoluta, parlamentaria, constitucional, monárquica, republicana, socialista. Esta es su última etapa. Por de pronto el socialismo se parapeta tras la palabra intervención; a poco tardar se hará francamente socialismo de Estado, socialismo centralista, socialismo de capitalidad.

Los mismos partidos que protestan de la centralización, por la centralización laboran. Ellos hacen la misma cosa que el Estado. Son pequeños estados de estructura semejantes a la estructura política. Toda la vida del partido fluye a la cabeza, jefatura, consejo, lo que fuere. De arriba procede todo, aunque parezca y aunque debiera ser lo contrario. La taumaturgia centralista tiene el poder de nutrirse de la savia de los componentes y devolver a éstos, como cosa propia, lo que de ellos ha recibido. El gran creador está allí en lo alto; en lo alto el gran dispensador. Y cuanto devuelve, lo devuelve falsificado, con la ponzoña de todo lo que se acumula y se estanca y se descompone. Se le manda sangre rica, roja, pura, y devuelve postemas repletas de pus. El tamiz de la centralización sólo deja pasar detritus.

En el mismo movimiento proletario, los tentáculos del centralismo deprimen la vida de los centros subalternos. Los grandes focos de industria ejercen la capitalidad y la hegemonía. El periódico central, la junta central, el grupo central, lo son todo. Los modestos periódicos de provincias, los comités, las agrupaciones de pueblo apenas sirven para otra cosa que para reflejar y obedecer los mandatos de arriba. Hacia el centro van las cuotas, los votos, los donativos. Y si algo vuelve, ¡qué mermado!

Pocas son las fuerzas realmente opuestas a tan funesta tendencia. Y son pocas porque la rutina, el hábito adquirido, la herencia de siglos de subordinación, son más poderosas que las predicaciones y las rebeldías. Aun queriendo descentralizar, se va ciegamente, inconscientemente hacia el centralismo avasallador. Brilla arriba con destellos deslumbradores un trozo de cristal; fulgura abajo con luz mortecina el más esplendoroso diamante. La distancia acrece las cosas y el charlatán es tenido por oráculo, el bravucón por héroe, el vivo por sabio, el farsante por mártir. La transmutación de todos los valores es el eje sobre el que gira el centralismo.

No importa que nos digamos resueltamente rebeldes a la absorción del grupo o del individuo. La pesadumbre de nuestros prejuicios nos lleva a la inconsciente sumisión ¡Somos tan perezosos para el ejercicio de la libertad!

La lucha es dura y es larga. Luchemos. Es menester que vivamos de nosotros mismos, que cada uno encuentre en sí mismo la razón de su vida, de su fuerza, de su acción. Las ideas iluminan; los hechos emancipan. Reconozcámonos en plena servidumbre real e intelectual y comenzaremos a saber cómo nos haremos libres intelectual y realmente. Cada uno sabiendo y queriendo su propio yo. Otra vez: las ideas iluminan; los hechos emancipan. Con todas las ideas del mundo, si no sabemos actuarlas, seremos siervos, esclavos, cosas a merced del listo, del vivo, del charlatán, del farsante.

Hacerse autónomo, gobernarse a sí mismo, de hecho valdrá más que las mejores predicaciones y propagandas. Es así cómo el centralismo será barrido de entre nosotros.

Allá en los dominios de la política, del industrialismo, del comercio, de la vida corriente y moliente, no se puede entender esto más que a medias a lo sumo. Allá se puede ser autonomista sin querer las condiciones indispensables de la autonomía. Nosotros, no. El proletariado mira a la emancipación real y sabe que la centralización, aunque sea socialista y obrera, es régimen de servidumbre, de superestructura, de cosa sobrepuesta a la naturaleza. Y porque lo sabe es radicalmente anarquista, píenselo o no. Pero es necesario pensarlo y serlo, tener conciencia del ideal y ciencia (conocimiento) para practicarlo. En la inconsciencia de las cosas, más fácil es ser dirigido que dirigirse; más fácilmente gobernado que gobernarse. Que cada uno delibere y obre en consecuencia. Sin deliberación se es autómata. Ni aun la fe en el ideal es suficiente. La ceguera intelectual no puede servir de guía a nadie. Quien voluntariamente cierra los ojos, voluntariamente se declara irredento. Abramos bien los ojos y seamos nosotros mismos. La vida verdadera no está en el conjunto; está en los componentes.

Cuando cada uno sepa ser su dios, su rey, su todo, será el momento de la conciliación humana. La solidaridad será una resultante, al contrario de la centralización, que es forzamiento.

Laboremos por la anarquía consciente, que es al mismo tiempo libertad y solidaridad.