Título: Artículos políticos 1910
Fecha: 1910
Fuente: Recuperado el 20 de agosto de 2016 desde kcl.edicionesanarquistas.net
Notas: Edición original de antorcha.net.

Presentación

Al ir capturando y diseñando la presente edición virtual de los Artículos políticos 1910 de Ricardo Flores Magón, acudieron a nuestra mente recuerdos relacionados con la elaboración de la primera edición en papel de esta obra.

Fue en el año de 1980 cuando nos abocamos a realizarla. En aquellos momentos convivía con nosotros un compañero de nombre Joël Fieux.

Este amigo, quien en Francia colaboraba con los compañeros del Atelier Libertaire de la ciudad de Lyon, se ofreció para elaborar la carátula del libro. Nosotros, gustosos, dimos de inmediato nuestra aprobación, y en efecto, se puso a trabajar y la terminó.

Cabe mencionar que también colaboró en la diagramación del número cuatro de una revista titulada Caos que en aquel tiempo editaban un grupo de compañeros de la ciudad de México.

Tiempo después, Joël saldría de México para, finalmente, establecerse en la Nicaragua sandinista. Allá, participaría entusiastamente en las labores comunitarias de una revolución criminalmente asediada, hasta que... ¿cómo poder olvidarlo? ... ¿cómo olvidar aquella mañana, cuando, leyendo la prensa en el desayuno, Chantal irrumpe en llanto... para decir con voz entrecortada... ¡mataron a Joël!? Y después, leer entre sollozos una nota extensa en la que se daban pelos y señas del asesinato cometido por la contra. Eran seis brigadistas de la revolución sandinista de origen suizo, alemán y francés; y ahí reconocimos, mal escrito, el nombre de nuestro amigo y compañero, Joël Fieux.

Meses atrás de aquel terrible acontecimiento, habíamos recibido una carta suya comunicándonos del nacimiento de su hijo, de un hijo que no iba a poder departir y jugar con su padre porque balas mercenarias se encargaron de cegar su vida.

No queríamos colocar esta edición virtual sin recordar a Joël Fieux, de quien, quizá un día de estos realicemos una edición de homenaje, porque tenemos muchos y muy buenos recuerdos así como algunos documentos y cartas que nos envió.

De la obra que aquí editamos, los Artículos políticos 1910 de Ricardo Flores Magón, realizamos tres ediciones en papel; dos de ellas de un tiraje de dos mil ejemplares, y la tercera de mil ejemplares.

Chantal López y Omar Cortés

Nota editorial

El año de 1910 marca, en la historia de México, el inicio de una nueva época. El movimiento revolucionario comenzado en este año contra el régimen porfirista sería irreversible. El porfirismo tocaba a su fin. La larga lucha que remontaba a diez años atrás, durante la cual fueron miles quienes perdieron la libertad y otros miles la vida, había logrado su objetivo: una insurrección general, multitudinaria.

Efectivamente, ya varios acontecimientos habían sentenciado a la oprobiosa tiranía porfirista; basta recordar los sucesos de Cananea y los de Río Blanco. Todo ello evidenciaba la incapacidad del régimen y revelaba la existencia de un núcleo organizativo formado con gente de entrega, honestidad y talento indiscutible. Sin duda, la actuación de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, formada en 1905 al calor de los acontecimientos nacionales, fue decisiva para que se lograra el estallido de 191O.

En agosto de aquel año, Ricardo Flores Magón, Librado Rivera y Antonio I. Villarreal salen de la cárcel. Un mes después Regeneración reaparece. En él, Ricardo expondría sus conceptos sobre la revolución, las masas, el proletariado, el clero, el Partido Antirreeleccionista y otros temas más. Lúcidamente analizaría punto por punto los elementos que propician o frenan el desarrollo de toda lucha libertaria. En este vocero, no solo se hacía propaganda, se exponía también claramente que una revolución es, además de una lucha armada, un enfrentamiento de valores éticos y que para forjar una sociedad sin opresores es preciso que los individuos que luchan para ese fin, lo tengan bien presente y opongan, en la práctica, frente a frente, esos valores.

Chantal López y Omar Cortés

Regeneración

Aquí estamos. Tres años de trabajos forzados en la prisión han templado mejor nuestro carácter. El dolor es un acicate para los espíritus fuertes. El flagelo no nos somete: nos rebela.

Apenas desatados, empuñamos de nuevo la antorcha revolucionaria y hacemos vibrar el clarín de combate: Regeneración. Los malvados palidecen; los buenos levantan las manos y aplauden.

Regeneración es el anuncio de una nueva era. Viejo luchador es este periódico; pero siempre joven en sus entusiasmos por la libertad y la justicia, siempre viril en sus demandas por la igualdad y la fraternidad. Por eso, cuando se anunció su salida, los brazos musculosos de los trabajadores se aprestaron a sostenerlo. Es que a ellos más que a ningún otro, interesa la vida del viejo campeón de la libertad y de la dignidad humanas; es que a ellos, los esclavos del salario, los desheredados, los parias en todas las patrias les trae Regeneración un mensaje de esperanza. En las humildes viviendas se iluminan los rostros en que habría puesto su sello de muerte la resignación; es que el proletario anuncia a la familia que Regeneración va a salir. En la fábrica, en el taller, en el campo, en la mina, la buena nueva corre de boca en boca, y parece que pesa menos la cadena; más risueño y alegre parece el sol.

En cambio, en los palacios, es otro el sentimiento que domina. Regeneración, que es caricia y es alivio para el que trabaja y el que sufre, es fusta y es castigo para los que oprimen y explotan. El poderoso recuerda con horror con qué fuerza, con qué implacable destreza hemos dejado caer el látigo sobre sus lomos. Díaz y Corral, Creel y Limantour, Reyes y Olegario Molina, y mil más, si fueran desnudados por el pueblo, mostrarían en sus carnes viejas los surcos que dejó nuestro látigo al caer.

Aquí estamos, con la antorcha de la Revolución en una mano y el Programa del Partido Liberal en la otra, anunciando la guerra. No somos gemebundos mensajeros de paz: somos revolucionarios. Nuestras boletas electorales van a ser las balas que disparen nuestros fusiles. De hoy en adelante, los marrazos de los mercenarios del César no encontrarán el pecho inerme del ciudadano que ejercita sus funciones cívicas, sino las bayonetas de los rebeldes prontas a devolver golpe por golpe.

Seria insensato responder con la ley a quien no respeta la ley; seria absurdo abrir el Código para defendernos de la agresión del puñal o de la Ley Fuga. ¿Talionizan? ¡Talionicemos! ¿A balazos se nos quiere someter? ¡Sometámoslos a balazos también!

Ahora, a trabajar. Que se aparten los cobardes: no los queremos; para la Revolución solo se alistan los valientes.

Aquí estamos, como siempre, en nuestro puesto de combate. El martirio nos ha hecho más fuertes y más resueltos; estamos prontos a más grandes sacrificios. Venimos a decir al pueblo mexicano que se acerca el día de su liberación. A nuestra vista está la espléndida aurora del nuevo día; a nuestros oídos llega el rumor de la tormenta salvadora que está próxima a desencadenarse; es que fermenta el espíritu revolucionario; es que la Patria entera es un volcán a punto de escupir colérico el fuego de sus entrañas. ¡No más paz!, es el grito de los valientes; mejor la muerte que esta paz infame. La melena de los futuros héroes flota al aire a los primeros soplos de la tragedia que se avecina. Un acre, fuerte y sano aliento de guerra vigoriza el medio afeminado. El apóstol va anunciando de oído en oído cómo y cuándo comenzará la catástrofe, y los rifles aguardan impacientes el momento de abandonar el escondite en que yacen, para lucir altaneros bajo el sol de los combates.

Mexicanos: ¡a la guerra!

(De Regeneración, septiembre 3 de 1910).

A los proletarios

Obreros, escuchad: muy pronto quedará rota la infame paz que por más de treinta años hemos sufrido los mexicanos. La calma del momento contiene en potencia la insurrección del mañana. La revolución es la consecuencia lógica de los mil hechos que han constituido el despotismo que ahora vemos en agonía. Ella tiene que venir indefectiblemente, fatalmente, con la puntualidad con que aparece de nuevo el sol para desvanecer la angustia de la noche. Y vais a ser vosotros, obreros, la fuerza de esa revolución Van a ser vuestros brazos los que empuñen el fusil reivindicador. Vuestra va a ser la sangre que matizará el suelo patrio, como rojas flores de fuego. Si algunos ojos van a llorar su luto y su viudez, esos serán los de vuestras madres, de vuestras esposas, de vuestras hijas. Vosotros, pues, vais a ser los héroes; vais a ser la espina dorsal de ese gigante de mil cabezas que se llama insurrección; vais a ser el músculo de la voluntad nacional convertida en fuerza.

La revolución tiene que efectuarse irremisiblemente, y, lo que es mejor todavía, tiene que triunfar, esto es, tiene que llegar a sangre y fuego hasta el cubil donde celebran su último festín los chacales que os han devorado en esta larga noche de treinta y cuatro años. Pero ¿es eso todo? ¿No os parece absurdo llegar hasta el sacrificio por el simple capricho de cambiar de amos?

Obreros, amigos míos, escuchad: es preciso, es urgente que llevéis a la revolución que se acerca la conciencia de la época; es preciso, es urgente que encarnéis en la pugna magna el espíritu del siglo. De lo contrario, la revolución que con cariño vemos incubarse en nada diferirá de las ya casi olvidadas revueltas fomentadas por la burguesía y dirigidas por el caudillaje militaresco, en las cuales no jugasteis el papel heroico de propulsores conscientes, sino el nada airoso de carne de cañón.

Sabedlo de una vez: derramar sangre para llevar al poder a otro bandido que oprima al pueblo, es un crimen, y eso será lo que suceda si tomáis las armas sin más objeto que derribar a Díaz para poner en su lugar un nuevo gobernante.

La larga opresión que ha sufrido el pueblo mexicano; la desesperación que se ha apoderado de todos como el resultado de esa opresión, han fecundado en el alma entristecida del pueblo una sola ambición: la de un cambio en los hombres del Gobierno. Ya no se soporta a los hombres actuales; se les odia con toda la fuerza de un odio por tanto tiempo comprimido, y la idea fija de un cambio de gobernantes ha venido a empequeñecer los ideales; los principios salvadores han quedado subordinados al solo deseo del cambio en la Administración Pública. Un ejemplo tristísimo de la verdad de esto se encuentra en ese loco entusiasmo, en esa absurda alegría con que se acogió la candidatura de uno de los funcionarios más perversos, de uno de los verdugos más crueles que ha tenido la nación mexicana: la candidatura de Bernardo Reyes.

Cuando se lanzó esa candidatura, no reflexionó el pueblo mexicano acerca de la personalidad del postulado. Lo interesante para él, para el pueblo, era el cambio. La desesperación popular parecía haberse cristalizado en estas palabras: cualquiera, menos Díaz, y como el que está a punto de rodar hacia un abismo, se asió de la candidatura revista como de un clavo ardiendo. Por fortuna, si Reyes es ambicioso, al mismo tiempo es cobarde para ponerse frente a Díaz y luchar contra él. Esa cobardía salvó al pueblo mexicano de sufrir una tiranía más cruel, una opresión más salvaje, si cabe, que la que actualmente lamenta.

Para evitar estos lamentables extravíos, es preciso reflexionar. La revolución es inminente: ni el Gobierno ni los oposicionistas podrán detenerla. Un cuerpo cae por su propio peso, obedeciendo las leyes de la gravedad; una sociedad revolucionaria, obedeciendo leyes sociológicas incontrastables. Pretender oponerse a que la revolución estalle, es una locura que solo puede cometer el pequeño grupo de interesados en que no suceda tal cosa. Y ya que la revolución tiene que estallar, sin que nadie ni nada pueda contenerla, bueno es, obreros, que saquéis de ese gran movimiento popular todas las ventajas que trae en su seno y que serian para la burguesía, si, inconscientes de vuestros derechos como clase productora de la riqueza social, figuraseis en la contienda simplemente como máquinas de matar y de destruir, pero sin llevar en vuestros cerebros la idea clara y precisa de vuestra emancipación y engrandecimiento sociales.

Tened en cuenta, obreros que sois los únicos productores de la riqueza. Casas, palacios, ferrocarriles, barcos, fábricas, campos cultivados, todo, absolutamente todo está hecho por vuestras manos creadoras y, sin embargo, de todo carecéis. Tejéis las telas, y andáis casi desnudos; cosecháis el grano, y apenas tenéis un miserable mendrugo que llevar a la familia; edificáis casas y palacios, y habitáis covachas y desvanes: los metales que arrancáis de la tierra solo sirven para hacer más poderosos a vuestros amos, y, por lo mismo, más pesada y más dura vuestra cadena. Mientras más producís, más pobres sois y menos libres, por la sencilla razón de que hacéis a vuestros señores más ricos y más libres, porque la libertad política solo aprovecha a los ricos. Así pues, si vais a la revolución con el propósito de derribar el despotismo de Porfirio Díaz, cosa que lograréis indudablemente, porque el triunfo es seguro, si os va bien después del triunfo, obtendréis un Gobierno que ponga en vigor la Constitución de 1857, y, con ello, habréis adquirido, al menos por escrito, vuestra libertad política; pero en la práctica seguiréis siendo tan esclavos como hoy, y como hoy solo tendréis un derecho: el de reventar de miseria.

La libertad política requiere la concurrencia de otra libertad para ser efectiva: esa libertad es la económica: los ricos gozan de libertad económica y es por ello por lo que son los únicos que se benefician con la libertad política.

Cuando la Junta Organizadora del Partido Liberal mexicano formuló el programa promulgado en St, Louis, Mo., el 1º de julio de 1906, tuvo la convicción, convicción que tiene todavía, firmísima convicción que guarda con cariño, de que la libertad política debe ir acompañada de la libertad económica para ser efectiva, Por eso se exponen en el programa los medios que hay que emplear para que el proletariado mexicano pueda conquistar su independencia económica.

Si a la lucha que se aproxima no lleváis la convicción de que sois los productores de la riqueza social, y de que por ese solo hecho tenéis el derecho no solo de vivir, sino de gozar de todas las comodidades materiales, y de todos los beneficios morales e intelectuales de que ahora se aprovechan exclusivamente vuestros amos, no haréis obra revolucionaria tal como la sienten vuestros hermanos de los países más cultos. Si no sois conscientes de vuestros derechos como clase productora, la burguesía se aprovechará de vuestro sacrificio, de vuestra sangre y del dolor de los vuestros, del mismo modo que hoy se aprovecha de vuestro trabajo, de vuestra salud y de vuestro porvenir en la fábrica, en el campo, en el taller, en la mina.

Así pues, obreros, es necesario que os deis cuenta de que tenéis más derechos que los que os otorga la Constitución política de 1857, y, sobre todo, convenceos de que por el solo hecho de vivir y de formar parte de la humanidad, tenéis el inalienable derecho a la felicidad. La felicidad no es patrimonio exclusivo de vuestros amos y señores, sino vuestro también y con mejor derecho de vuestra parte, porque sois los que producís todo lo que hace amena y confortable la vida.

Ahora solo me resta exhortaros a que no desmayéis. Veo en vosotros el firme propósito de lanzaros a la revolución para derribar el despotismo más vergonzoso, más odioso que ha pesado sobre la raza mexicana: el de Porfirio Díaz. Vuestra actitud merece el aplauso de todo hombre honrado; pero os repito, llevar al combate la conciencia de que la revolución se hace por vosotros, de que el movimiento se sostiene con vuestra sangre y de que los frutos de esa lucha serán vuestros y de vuestras familias, si sostenéis con la entereza que da la convicción de vuestro derecho a gozar de todos los beneficios de la civilización.

Proletarios: tened presente que vais a ser el nervio de la revolución; id a ella, no como el ganado que se lleva al matadero, sino como hombres conscientes de todos sus derechos. Id a la lucha: tocad resueltamente a las puertas de la epopeya; la gloria os espera impaciente de que no hayáis hecho pedazos todavía vuestras cadenas en el cráneo de vuestros verdugos.

(De Regeneración, 3 de septiembre de 1910).

El derecho de rebelión

Desde lo alto de su roca el Buitre Viejo acecha. Una claridad inquietante comienza a disipar las sombras que en el horizonte amontonó el crimen, y en la lividez del paisaje parece adivinarse la silueta de un gigante que avanza: es la Insurrección.

El Buitre Viejo se sumerge en el abismo de su conciencia, hurga los lodos del bajo fondo; pero nada haya en aquellas negruras que le explique el por qué de la rebelión. Acude entonces a los recuerdos; hombres y cosas y fechas y circunstancias pasan por su mente como un desfile dantesco; pasan los mártires de Veracruz, pálidos, mostrando las heridas de sus cuerpos, recibidas una noche a la luz de un farolillo, en el patio de un cuartel, por soldados borrachos mandados por un jefe borracho también de vino y de miedo; pasan los obreros de El Republicano, lívidos, las ropas humildes y las carnes desgarradas por los sables y las bayonetas de los esbirros; pasan las familias de Papantla, ancianos, mujeres, niños, acribillados a balazos; pasan los obreros de Cananea, sublimes en su sacrificio chorreando sangre; pasan los trabajadores de Río Blanco, magníficos, mostrando las heridas denunciadoras del crimen oficial; pasan los mártires de Juchitán, de Velardeña, de Monterrey, de Acayucan, de Tomochic; pasan Ordoñez, Olmos y Contreras, Rivero Echegaray, Martínez, Valadez, Martínez Carreón; pasan Ramírez Terrón, García de la Cadena, Ramón Corona; pasan Ramírez Bonilla, Albertos, Kaukum, Leyva. Luego pasan legiones de espectros, legiones de viudas, legiones de huérfanos, legiones de prisioneros y el pueblo entero pasa, desnudo, mascilento, débil por la ignorancia y el hambre.

El Buitre Viejo alisa con rabia las plumas alborotadas por el torbellino de los recuerdos, sin encontrar en estos el porqué de la Revolución. Su conciencia de ave de rapiña justifica la muerte. ¿Hay cadáveres? La vida está asegurada.

Así viven las clases dominantes: del sufrimiento y de la muerte de las clases dominadas, y pobres y ricos, oprimidos y déspotas, en virtud de la costumbre y de las preocupaciones heredadas, consideran natural este absurdo estado de cosas.

Pero un día uno de los esclavos toma un periódico, y lo lee: es un periódico libertario. En él se ve cómo el rico abusa del pobre sin más derecho que el de la fuerza y la astucia; en él se ve cómo el gobierno abusa del pueblo sin otro derecho que el de la fuerza. El esclavo piensa entonces y acaba por concluir que, hoy como ayer, la fuerza es soberana, y, consecuente con su pensamiento, de hace rebelde. A la fuerza no se la domina con razones: a la fuerza se la domina con la fuerza.

El derecho de rebelión penetra en las conciencias, el descontento crece, el malestar se hace insoportable, la protesta estalla al fin y se inflama el ambiente. Se respira una atmósfera fuerte por los eluvios de rebeldía que la saturan y el horizonte comienza a aclararse. Desde lo alto de su roca el Buitre Viejo acecha. De las llanadas no suben ya rumores de quejas, ni de suspiros ni de llantos: es rugido el que se escucha. Baja la vista y se estremece: no percibe una sola espalda; es que el pueblo se ha puesto de pie.

Bendito momento aquel en que un pueblo se yergue. Ya no es el rebaño de lomos tostados por el sol, ya no es la muchedumbre sórdida de resignados y de sumisos, sino la hueste de rebeldes que se lanza a la conquista de la tierra ennoblecida porque al fin la pisan hombres.

El derecho de rebelión es sagrado porque su ejercicio es indispensable para romper los obstáculos que se oponen al derecho de vivir. Rebeldía, grita la mariposa, al romper el capullo que la aprisiona; rebeldía, grita la yema al desgarrar la recia corteza que cierra el paso; rebeldía, grita el grano en el surco al agrietar la tierra para recibir los rayos del sol; rebeldía, grita el tierno ser humano al desgarrar las entrañas maternas; rebeldía, grita el pueblo cuando se pone de pie para aplastar a tiranos y explotadores.

La rebeldía es la vida: la sumisión es la muerte. ¿Hay rebeldes en un pueblo? La vida está asegurada y asegurados están también el arte y la ciencia y la industria. Desde Prometeo hasta Kropotkin, los rebeldes han hecho avanzar a la humanidad.

Supremo derecho de los instantes supremos es la rebeldía. Sin ella, la humanidad andaría perdida aún en aquel lejano crepúsculo que la Historia llama la Edad de la Piedra, sin ella la inteligencia humana hace tiempo que habría naufragado en el lodo de los dogmas; sin ella, los pueblos vivirían aún de rodillas ante los principios del derecho divino; sin ella, esta América hermosa continuaría durmiendo bajo la protección del misterioso océano; sin ella, los hombres verían aun perfilarse los recios contornos de esa afrenta humana que se llamó la Bastilla.

Y el Buitre Viejo acecha desde lo alto de su roca, fija la sanguinolenta pupila en el gigante que avanza sin darse cuenta aún del por qué de la insurrección. El derecho de rebelión no lo entienden los tiranos.

(De Regeneración, 10 de septiembre de 1910).

Predicar la paz es un crimen

Trémulo y pálido, inquieta la mirada, colgante el belfo, un hombre se abre paso por entre la multitud, y dando tropezones, arrastrando los pies como si fueran de plomo, sube a la tribuna: es el Miedo quien va a hablar. Filosofía de bestias de cuadra es la que predica. La paz es buena, dice; la paz es un gran bien, La vida es dulce y es amable, prosigue; cuidemos, pues, la vida.

Momentos antes, altivos tribunos habían sacudido a aquella multitud, y el heroísmo, el arrojo y la rebelde audacia habían hecho vibrar aquellas almas, almas proletarias, espíritus taciturnos de vencidos seculares que, al grito de rebelión, habían sentido levantarse de los más escondidos rincones de su ser el ansia de los héroes, el coraje de los bravos. Un grito más, y aquellos esclavos habrían dejado caer con rabia ese fardo que los encorva y los somete con más eficacia que el presidio y el cadalso: el respeto a los de arriba. Pero el Miedo se encarama y habla; sus palabras pasan sobre aquellas cabezas como un soplo de invierno; y los entusiasmos se apagan, el ansia ardiente se entumece, y aquellos seres humanos, que habían podido llegar a los umbrales del heroísmo e iban ya a franquear sus puertas, abren los ojos con espanto y retroceden para caer de nuevo envilecidos y sumisos a los pies de sus verdugos, repitiendo las palabras malditas: la paz es buena; la paz es un gran bien.

Esta es la historia de todos los humanos esfuerzos hacia la libertad y la felicidad. Poniendo en riesgo su vida y su bienestar, habla el apóstol. Los esclavos se enderezan y escuchan. La vívida palabra del apóstol cae sobre las almas entristecidas por el secular dolor como un bálsamo bienhechor. Es un consuelo saber que todos, por el solo hecho de nacer, tenemos derecho a vivir y a ser felices. ¿No somos felices? Es que hay alguien que pone obstáculos al libre disfrute de la felicidad. Y el apóstol habla entonces del amo, del fraile, del soldado y del gobernante. Estos pesan sobre los proletarios desde que apareció el primer ladrón que dijo: este pedazo de tierra es mío, y desde entonces han moldeado a su antojo la inteligencia humana, amedrentándola unos con el temor al infierno y aterrorizándola otros con el calabozo y la muerte. De aquí deriva el religioso respeto a los de arriba; respeto al fraile que embrutece; respeto al soldado que asesina; respeto al gobernante que oprime; respeto al amo que vive del trabajo de los parias, y ese respeto prescrito por las leyes, tan admirablemente dispuestas que con ellas solo se benefician los de arriba y se perjudican los de abajo, oprime a la humanidad, la hace esclava, la hace desgraciada porque quita el derecho al libre examen, arrebata la prerrogativa de gozar de todos los bienes con que nos brinda la naturaleza, nos tienta la civilización y hace al hombre incapaz de levantar la vista y mirar de frente a sus opresores.

Contra ese respeto habla el apóstol y sus palabras son inyecciones de santa soberbia que vigoriza a las multitudes. El deseo de ser libres se apodera y el espíritu de la justicia inmortal parece que al fin se decide a echar sus raíces en el corazón del hombre. Pero viene el Miedo y habla; se sobrecogen de terror los corazones; los brazos más firmes dejan caer con desaliento las armas libertarias y de los labios envilecidos brotan una por una las odiosas palabras: la vida es dulce y amable; cuidemos, pues, la vida.

Y bien, predicar la paz es un crimen. Predicar la paz cuando el tirano nos deshonra imponiéndonos su voluntad; cuando el rico nos extorsiona hasta convertirnos en sus esclavos; cuando el Gobierno, y la Burguesía y el Clero matan toda aspiración y toda esperanza; predicar la paz en tales circunstancias es cobarde, es vil, es criminal. La paz con cadenas es una afrenta que se debe rechazar. Hay paz en la ergástula, hay paz en el cementerio, hay paz en el convento; pero esa paz no es vida; esa paz no enaltece; esa es la paz de Porfirio Díaz, la paz en que medra el eunuco y se prostituye el ciudadano; la paz de los Faraones, la paz de los Czares, la paz de los Césares, la paz de los sátrapas del Oriente. Una paz así, ¡maldita sea!

Contra una paz así debemos rebelarnos todos los que todavía andamos en dos pies. La muerte en medio de la Revolución es más dulce que la vida en medio de la opresión. La libertad o la muerte, debe ser nuestro grito, y a su conjuro levantémonos todos para aplastar, primero, a los cobardes que predican la paz; en seguida, a los tiranos.

Primero a los cobardes, porque ellos son el más seguro apoyo de todo despotismo y los enemigos más peligrosos de todo progreso. Blasfemia, gritan los cobardes. Si, bendita blasfemia, responde el revolucionario; blasfemia creadora; blasfemia vidente; blasfemia sabia; blasfemia justa. La blasfemia puso sus manos en los altares y los tronos de la Tierra, y los hizo pedazos; la blasfemia se elevó al cielo donde otra corte, la celestial, imperaba y la hizo añicos con la razón dejando en su lugar soles magníficos cuya composición química nos dio a conocer; la blasfemia rompió el freno con que la ignorancia tenia fija a la Tierra en un punto del espacio y la echó a rodar en su elipse gloriosa alrededor del Sol; la blasfemia arrancó el rayo de las manos de Júpiter y lo redujo a prisión en la botella de Leyden, e infatigable y audaz la blasfemia, después de haber llegado al cielo y derribado dioses; después de haber encadenado las fuerzas ciegas de la naturaleza; después de haber descubierto la impostura del derecho divino de los llamados señores de la Tierra; después de haber escudriñado los mares hasta encontrar el protoplasma, o sea la más pequeña raíz del árbol zoológico cuyo más bello fruto es el hombre, se levanta serena, con la serenidad augusta de la Ciencia, para formular ante el Capital esta sencilla pregunta: ¿por qué reinas?

Obreros de la Revolución: cultivad la irreverencia.

(De Regeneración, 17 de septiembre de 1910).

A la mujer

Compañeras: la catástrofe está en marcha, airados los ojos, el rojo pelo al aire, nerviosas las manos prontas a llamar a las puertas de la patria. Esperémosla con serenidad. Ella, aunque trae en su seno la muerte, es anuncio de vida, es heraldo de esperanza. Destruirá y creará al mismo tiempo; derribará y construirá. Sus puños son los puños formidables del pueblo en rebelión. No trae rosas ni caricias: trae un hacha y una tea.

Interrumpiendo el milenario festín de los satisfechos, la sedición levanta la cabeza, y la frase de Baltasar se ha convertido con los tiempos en un puño crispado suspendido sobre la cabeza de las llamadas clases directoras.

La catástrofe está en marcha. Su tea producirá el incendio en que arderán el privilegio y la injusticia. Compañeras, no temáis la catástrofe. Vosotras constituís la mitad de la especie humana, y, lo que afecta a esta, afecta a vosotras como parte integrante de la humanidad. Si el hombre es esclavo, vosotras lo sois también. La cadena no reconoce sexos; la infamia que avergüenza al hombre os infama de igual modo a vosotras. No podéis sustraeros a la vergüenza de la opresión: la misma garra que acogota al hombre os estrangula a vosotras.

Necesario es, pues, ser solidarios en la gran contienda por la libertad y la felicidad. ¿Sois madres? ¿Sois esposas? ¿Sois hermanas? ¿Sois hijas? Vuestro deber es ayudar al hombre; estar con él cuando vacila, para animarlo; volar a su lado cuando sufre para endulzar su pena y reír y cantar con él cuando el triunfo sonríe. ¿Que no entendéis de política? No es esta una cuestión de política: es una cuestión de vida o muerte. La cadena del hombre es la vuestra ¡ay! y tal vez más pesada y más negra y más infamante es la vuestra. ¿Sois obrera? Por el solo hecho de ser mujer se os paga menos que al hombre y se os hace trabajar más; tenéis que sufrir las impertinencias del capataz o del amo, y si además sois bonita, los amos asediarán vuestra virtud, os cercarán, os estrecharán a que les deis vuestro corazón, y si flaqueáis, os lo robarán con la misma cobardía con que os roban el producto de vuestro trabajo.

Bajo el imperio de la injusticia social en que se pudre la humanidad, la existencia de la mujer oscila en el campo mezquino de su destino, cuyas fronteras se pierden en la negrura de la fatiga y el hambre o en las tinieblas del matrimonio y la prostitución.

Es necesario estudiar, es preciso ver, es indispensable escudriñar página por página de ese sombrío libro que se llama la vida, agrio zarzal que desgarra las carnes del rebaño humano, para darse cuenta exacta de la participación de la mujer en el universal dolor.

El infortunio de la mujer es tan antiguo, que su origen se pierde en la penumbra de la leyenda. En la infancia de la humanidad se consideraba como una desgracia para la tribu el nacimiento de una niña. La mujer labraba la tierra, traía leña del bosque y agua del arroyo, cuidaba el ganado, ordeñaba las vacas y las cabras, construía la choza, hacía las telas para los vestidos, cocinaba la comida, cuidaba los enfermos y los niños. Los trabajos más sucios eran desempeñados por la mujer. Si se moría de fatiga un buey, la mujer ocupaba su lugar arrastrando el arado, y cuando la guerra estallaba entre dos tribus enemigas, la mujer cambiaba de dueño; pero continuaba, bajo el látigo del nuevo amo, desempeñando sus funciones de bestia de carga.

Más tarde, bajo la influencia de la civilización griega, la mujer subió un peldaño en la consideración de los hombres. Ya no era la bestia de carga del clan primitivo ni hacía la vida claustral de las sociedades del Oriente; su papel entonces fue el de productora de ciudadanos para la patria, si pertenecía a una familia libre, o de siervos para la gleba, si su condición era de ilota.

El cristianismo vino después a agravar la situación de la mujer con el desprecio a la carne. Los grandes padres de la Iglesia formularon los rayos de su cólera contra las gracias femeninas; y San Agustín, Santo Tomás y otros santos, ante cuyas imágenes se arrodillan ahora las pobres mujeres, llamaron a la mujer hija del demonio, vaso de impureza, y la condenaron a sufrir las torturas del infierno.

La condición de la mujer en este siglo varía según su categoría social; pero a pesar de la dulcificación de las costumbres, a pesar de los progresos de la filosofía, la mujer sigue subordinada al hombre por la tradición y por la ley. Eterna menor de edad, la ley la pone bajo la tutela del esposo; no puede votar ni ser votada, y para poder celebrar contratos civiles, forzoso es que cuente con bienes de fortuna.

En todos los tiempos la mujer ha sido considerada como un ser inferior al hombre, no solo por la ley, sino también por la costumbre, y a ese erróneo e injusto concepto se debe el infortunio que sufre desde que la humanidad se diferenciaba apenas de la fauna primitiva por el uso del fuego y el hacha de sílex.

Humillada, menospreciada, atada con las fuertes ligaduras de la tradición al potro de una inferioridad irracional, familiarizada por el fraile con los negocios del cielo, pero totalmente ignorante de los problemas de la tierra, la mujer se encuentra de improviso envuelta en el torbellino de la actividad industrial que necesita brazos, brazos baratos sobre todo, para hacer frente a la competencia provocada por la voracidad de los príncipes del dinero y echa garra de ella, aprovechando la circunstancia de que no está educada como el hombre para la guerra industrial, no está organizada con las de su clase para luchar con sus hermanos los trabajadores contra la rapacidad del capital.

A esto se debe que la mujer, aun trabajando más que el hombre, gana menos, y que la miseria, y el maltrato y el desprecio son hoy, como lo fueron ayer, los frutos amargos que recoge por toda una existencia de sacrificio, El salario de la mujer es tan mezquino que con frecuencia tiene que prostituirse para poder sostener a los suyos cuando en el mercado matrimonial no encuentra un hombre que la haga su esposa, otra especie de prostitución sancionada por la ley y autorizada por un funcionario público, porque prostitución es y no otra cosa, el matrimonio, cuando la mujer se casa sin que intervenga para nada el amor, sino solo el propósito de encontrar un hombre que la mantenga, esto es, vende su cuerpo por la comida, exactamente como lo practica la mujer perdida, siendo esto lo que ocurre en la mayoría de los matrimonios.

¿Y qué podría decirse del inmenso ejército de mujeres que no encuentran esposo? La carestía creciente de los artículos de primera necesidad, el abaratamiento cada vez más inquietante del precio del trabajo humano, como resultado del perfeccionamiento de la maquinaria, unido todo a las exigencias, cada vez más grandes, que crea el medio moderno, incapacitan al hombre económicamente a echar sobre sí una carga más: la manutención de una familia. La institución del servicio militar obligatorio que arranca del seno de la sociedad a un gran número de varones fuertes y jóvenes, merma también la oferta masculina en el mercado matrimonial. Las emigraciones de trabajadores, provocadas por diversos fenómenos económicos o políticos, acaban por reducir todavía más el número de hombres capacitados para contraer matrimonio. El alcoholismo, el juego y otros vicios y diversas enfermedades reducen aún más la cifra de los candidatos al matrimonio. Resulta de esto que el número de hombres aptos para contraer matrimonio es reducidísimo y que, como una consecuencia, el número de solteras sea alarmante, y como su situación es angustiosa, la prostitución engrosa cada vez más sus filas y la raza humana degenera por el envilecimiento del cuerpo y del espíritu.

Compañeras: este es el cuadro espantoso que ofrecen las modernas sociedades. Por este cuadro veis que hombres y mujeres sufren por igual la tiranía de un ambiente político y social que está en completo desacuerdo con los progresos de la civilización y las conquistas de la filosofía. En los momentos de angustia, dejad de elevar vuestros bellos ojos al cielo; ahí están aquellos que más han contribuido a hacer de vosotras las eternas esclavas. El remedio está aquí, en la Tierra, y es la rebelión.

Haced que vuestros esposos, vuestros hermanos, vuestros padres, vuestros hijos y vuestros amigos tomen el fusil. A quien se niegue a empuñar un arma contra la opresión, escupidle el rostro.

La catástrofe está en marcha. Jiménez y Acayucan, Palomas, Viesca, Las Vacas y Valladolid son las primeras rachas de su aliento formidable. Paradoja trágica: la libertad, que es vida, se conquista repartiendo la muerte.

(De Regeneración, 24 de septiembre de 1910).

Vamos hacia la vida[1]

No vamos los revolucionarios en pos de una quimera: vamos en pos de la realidad. Los pueblos ya no toman las armas para imponer un dios o una religión, los dioses se pudren en los libros sagrados; las religiones se deslíen en las sombras de la indiferencia. El Corán, los Vedas, la Biblia, ya no esplenden: en sus hojas amarillentas agonizan los dioses tristes como el sol en un crepúsculo de invierno.

Vamos hacia la vida. Ayer fue el cielo el objetivo de los pueblos: ahora es la tierra. Ya no hay manos que empuñen las lanzas de los caballeros. La cimitarra de Alí yace en las vitrinas de los museos. Las hordas del dios de Israel se hacen ateas. El polvo de los dogmas va desapareciendo al soplo de los años.

Los pueblos ya no se rebelan, porque prefieren adorar un dios en vez de otro. Las grandes conmociones sociales que tuvieron su génesis en las religiones, han quedado petrificadas en la historia. La Revolución francesa conquistó el derecho de pensar; pero no conquistó el derecho de vivir, y a tomar este derecho se disponen los hombres conscientes de todos los países y de todas las razas.

Todos tenemos derecho de vivir, dicen los pensadores, y esta doctrina humana ha llegado al corazón de la gleba como un rocío bienhechor. Vivir, para el hombre, no significa vegetar. Vivir significa ser libre y ser feliz. Tenemos, pues, todos derecho a la libertad y a la felicidad.

La desigualdad social murió en teoría al morir la metafísica por la rebeldía del pensamiento. Es necesario que muera en la práctica. A este fin encaminan sus esfuerzos todos los hombres libres de la tierra.

He aquí por qué los revolucionarios no vamos en pos de una quimera. No luchamos por abstracciones, sino por materialidades. Queremos tierra para todos, para todos pan. Ya que forzosamente ha de correr sangre, que las conquistas que se obtengan beneficien a todos y no a determinada casta social.

Por eso nos escuchan las multitudes; por eso nuestra voz llega hasta las masas y las sacude y las despierta, y, pobres como somos, podemos levantar un pueblo.

Somos la plebe; pero no la plebe de los Faraones, mustia y doliente; ni la plebe de los Césares, abyecta y servil; ni la plebe que bate palmas al paso de Porfirio Díaz. Somos la plebe rebelde al yugo; somos la plebe de Espartaco, la plebe que con Munzer proclama la igualdad, la plebe que con Camilo Desmoulins aplasta la Bastilla, la plebe que con Hidalgo incendia Granaditas, somos la plebe que con Juárez sostiene la Reforma.

Somos la plebe que despierta en medio de la francachela de los hartos y arroja a los cuatro vientos como Un trueno esta frase formidable: ¡Todos tenemos derecho a ser libres y felices! Y el pueblo, que ya no espera que descienda a algún Sinaí la palabra de Dios grabada en unas tablas, nos escucha. Debajo de las burdas telas se inflaman los corazones de los leales. En las negras pocilgas, donde se amontonan y pudren los que fabrican la felicidad de los de arriba, entra un rayo de esperanza. En los surcos medita el peón. En el vientre de la Tierra el minero repite la frase a sus compañeros de cadenas. Por todas partes se escucha la respiración anhelosa de los que van a rebelarse. En la oscuridad, mil manos nerviosas acarician el arma y mil pechos impacientes consideran siglos los días que faltan para que se escuche este grito de hombres: ¡rebeldía!

El miedo huye de los pechos: solo los viles lo guardan. El miedo es un fardo pesado, del que se despojan los valientes que se avergüenzan de ser bestias de carga. Los fardos obligan a encorvarse, y los valientes quieren andar erguidos. Si hay que soportar algún peso, que sea un peso digno de titanes; que sea el peso del mundo o de un universo de responsabilidades.

¡Sumisión! es el grito de los viles; ¡rebeldía! es el grito de los hombres. Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso.

Bienaventurados los corazones donde enraíza la protesta. ¡Indisciplina y rebeldía!, bellas flores que no han sido debidamente cultivadas.

Los timoratos palidecen de miedo y los hombres serios se escandalizan al oír nuestras palabras; los timoratos y los hombres serios de mañana las aplaudirán. Los timoratos y los serios de hoy, que adoran a Cristo, fueron los mismos que ayer lo condenaron y lo crucificaron por rebelde. Los que hoy levantan estatuas a los hombres de genio, fueron los que ayer los persiguieron, los cargaron de cadenas o los echaron a la hoguera. Los que torturaron a Galileo y le exigieron su retractación, hoy lo glorifican; los que quemaron vivo a Giordano Bruno, hoy lo admiran; las manos que tiraron de la cuerda que ahorcó a John Brown, el generoso defensor de los negros, fueron las mismas que más tarde rompieron las cadenas de la esclavitud por la guerra de secesión; los que ayer condenaron, excomulgaron y degradaron a Hidalgo, hoy lo veneran; las manos temblorosas que llevaron la cicuta a los labios de Sócrates, escriben hoy llorosas apologías de ese titán del pensamiento.

Todo hombre —dice Carlos Malato— es a la vez el reaccionario de otro hombre y el revolucionario de otro también.

Para los reaccionarios —hombres serios de hoy— somos revolucionarios; para los revolucionarios de mañana nuestros actos habrán sido de hombres serios. Las ideas de la humanidad varían siempre en el sentido del progreso, y es absurdo pretender que sean inmutables como las figuras de las plantas y los animales impresas en las capas geológicas.

Pero si los timoratos y los hombres serios palidecen de miedo y se escandalizan con nuestra doctrina, la gleba se alienta. Los rostros que la miseria y el dolor han hecho feos, se transfiguran; por las mejillas tostadas ya no corren lágrimas; se humanizan las caras, todavía mejor, se divinizan, animadas por el fuego sagrado de la rebelión. ¿Qué escultor ha esculpido jamás un héroe feo? ¿Qué pintor ha dejado en el lienzo la figura deforme de algún héroe? Hay una luz misteriosa que envuelve a los héroes y los hace deslumbradores. Hidalgo, Juárez, Morelos, Zaragoza, deslumbran como soles. Los griegos colocaban a sus héroes entre los semidioses.

Vamos hacia la vida; por eso se alienta la gleba, por eso ha despertado el gigante y por eso no retroceden los bravos. Desde su Olimpo, fabricado sobre las piedras de Chapultepec, un Júpiter de zarzuela pone precio a las cabezas de los que luchan; sus manos viejas firman sentencias de caníbales; sus canas deshonradas se rizan como los pelos de un lobo atacado de rabia. Deshonra de la ancianidad, este viejo perverso se aferra a la vida con la desesperación de un náufrago. Ha quitado la vida a miles de hombres y lucha a brazo partido con la muerte para no perder la suya.

No importa; los revolucionarios vamos adelante. El abismo no nos detiene: el agua es más bella despeñándose.

Si morimos, moriremos como soles: despidiendo luz.

Tierra

Millones de seres humanos dirigen en estos momentos al cielo su triste mirada, con la esperanza de encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a ver, ese algo que es el todo porque constituye el fin, forma el objeto del doloroso esfuerzo, del penoso batallar de la especie hombre desde que sus pasos vacilantes la pusieron un palmo adelante de las especies irracionales: ese algo es la felicidad.

¡La felicidad! La felicidad no es de este mundo, dicen las religiones: la felicidad está en el cielo, está más allá de la tumba. Y el rebaño humano levanta la vista, e ignorante de la ciencia del cielo, piensa que este está muy lejos cuando sus pies se apoyan precisamente en este astro, que con sus hermanos constituye la gloria y la grandeza del Firmamento.

La Tierra forma parte del cielo; la humanidad, por lo mismo, está en el cielo. No hay que levantar la vista con la esperanza de encontrar la felicidad detrás de esos astros que embellecen nuestras noches: la felicidad está aquí, en el astro Tierra, y no se conquista con rezos, no se consigue con oraciones, ni ruegos, ni humillaciones ni llantos: hay que disputarla de pie y por la fuerza, porque los dioses de la Tierra no son como los de las religiones: blandos a la oración y al ruego; los dioses de la Tierra tienen soldados, tienen polizontes, tienen jueces, tienen verdugos, tienen presidios, tienen horcas, tienen leyes, todo lo cual constituye lo que se llama instituciones, montañas escarpadas que impiden a la humanidad alargar el brazo y apoderarse de la Tierra, hacerla suya, someterla a su servicio, con lo que se haría de la felicidad el patrimonio de todos y no el privilegio exclusivo de los pocos que hoy la detentan.

La Tierra es de todos. Cuando hace millones de millones de años no se desprendía aún la Tierra del grumo caótico que andando el tiempo había de dotar al firmamento de nuevos soles, y después, por el sucesivo enfriamiento de ellos, de planetas más o menos bien acondicionados para la vida orgánica, este planeta no tenia dueño, Tampoco tenia dueño la Tierra cuando la humanidad hacia de cada viejo tronco del bosque o de cada caverna de la montaña una vivienda y un refugio contra la intemperie y contra las fieras. Tampoco tenia dueño la Tierra cuando más adelantada la humanidad en la dolorosa vía de su progreso llegó al periodo pastoril: donde había pastos, allí se estacionaba la tribu que poseía en común los ganados. El primer dueño apareció con el primer hombre que tuvo esclavos para labrar los campos, y para hacerse dueño de esos esclavos y de esos campos necesitó hacer uso de las armas y llevar la guerra a una tribu enemiga. Fue, pues, la violencia el origen de la propiedad territorial, y por la violencia se ha sostenido desde entonces hasta nuestros días.

Las invasiones, las guerras de conquista, las revoluciones políticas, las guerras para dominar mercados, los despojos llevados a cabo por los gobernantes o sus protegidos son los títulos de la propiedad territorial, títulos sellados con la sangre y con la esclavitud de la humanidad; y este monstruoso origen de un derecho absurdo, porque se basa en el crimen, no es un obstáculo para que la ley llame sagrado ese derecho, como que son los detentadores mismos de la Tierra los que han escrito la ley.

La propiedad territorial se basa en el crimen, y, por lo mismo, es una institución inmoral. Esta institución es la fuente de todos los males que afligen al ser humano. El vicio, el crimen, la prostitución, el despotismo, de ella nacen. Para protegerla se hacen necesarios el ejército, la judicatura, el parlamento, la policía, el presidio, el cadalso, la iglesia, el gobierno y un enjambre de empleados y de zánganos, siendo todos ellos mantenidos precisamente por los que no tienen un terrón para reclinar la cabeza, por los que vinieron a la vida cuando la Tierra estaba ya repartida entre unos cuantos bandidos que se la apropiaron por la fuerza o entre los descendientes de esos bandidos, que han venido poseyéndola, por el llamado derecho de herencia.

La Tierra es el elemento principal del cual se extrae o se hace producir todo lo que es necesario para la vida. De ella se extraen los metales útiles: carbón, piedra, arena, cal, sales. Cultivándola produce toda clase de frutos alimenticios y de lujo. Sus praderas proporcionan alimento al ganado, mientras sus bosques brindan su madera y las fuentes sus líneas generadoras de vida y de belleza. Y todo esto pertenece a unos cuantos, hace felices a unos cuantos, da poder a unos cuantos, cuando la Naturaleza lo hizo para todos.

De esta tremenda injusticia nacen todos los males que afligen a la especie humana al producir la miseria. La miseria envilece, la miseria prostituye, la miseria empuja al crimen, la miseria bestializa el rostro, el cuerpo y la inteligencia.

Degradadas, y, lo que es peor, sin conciencia de su vergüenza, pasan las generaciones en medio de la abundancia y de la riqueza sin probar la felicidad acaparada por unos pocos. Al pertenecer la Tierra a unos cuantos, los que no la poseen tienen que alquilarse a los que la poseen para siquiera tener en pie la pie y la osamenta. La humillación del salario o el hambre: este es el dilema con que la propiedad territorial recibe a cada nuevo ser que viene a la vida; dilema de hierro que empuja a la humanidad a ponerse ella misma las cadenas de la esclavitud, si no quiere perecer de hambre o entregarse al, crimen o a la prostitución.

Preguntad ahora por qué oprime el Gobierno, por qué roba o mata el hombre, por qué se prostituye la mujer. Detrás de las rejas de esos pudrideros de carne y de espíritu que se llaman presidios, miles de infortunados pagan con la tortura de su cuerpo y la angustia de su espíritu las consecuencias de ese crimen elevado por la ley a la categoría de derecho sagrado: la propiedad territorial. En el envilecimiento de la casa pública, miles de jóvenes mujeres prostituyen su cuerpo y estropean su dignidad, sufriendo igualmente las consecuencias de la propiedad territorial. En los asilos, en los hospicios, en las casas de expósitos, en los hospitales, en todos los sombríos lugares donde se refugian la miseria, el desamparo y el dolor humanos, sufren las consecuencias de la propiedad territorial hombres y mujeres, ancianos y niños. Y presidiarios, mendigos, prostitutas, huérfanos y enfermos levantan los ojos al cielo con la esperanza de encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a ver, la felicidad que aquí les roban los dueños de la Tierra.

Y el rebaño humano, inconsciente de su derecho a la vida, torna a encorvar las espaldas trabajando para otros esta tierra con que la Naturaleza lo obsequió, perpetuando con su sumisión el imperio de la injusticia.

Pero de la masa esclava y enlodada surgen los rebeldes; de un mar de espaldas emergen las cabezas de los primeros revolucionarios. El rebaño tiembla presintiendo el castigo; la tiranía tiembla presintiendo el ataque, y, rompiendo el silencio, un grito, que parece un trueno, rueda sobre las espaldas y llega hasta los tronos: ¡Tierra!

¡Tierra!, gritaron los Gracos; ¡Tierra!, gritaron los anabaptistas de Munzer; ¡Tierra!, gritó Babeuf; ¡Tierra!, gritó Bakounine; ¡Tierra!, gritó Ferrer; ¡Tierra!, grita la Revolución mexicana, y este grito ahogado cien veces en sangre en el curso de las edades; este grito que corresponde a una idea guardada con cariño a través de los tiempos por todos los rebeldes del planeta; este grito sagrado transportará al cielo con que sueñan los místicos a este valle de lágrimas cuando el ganado humano deje de lanzar su triste mirada al infinito y la fije aquí, en este astro que se avergüenza de arrastrar la lepra de la miseria humana entre el esplendor y la grandeza de sus hermanos del cielo.

Taciturnos esclavos de la gleba, resignados peones del campo, dejad el arado. Los clarines de Acayucan y Jiménez, de Palomas y las Vacas, de Viesca y Valladolid, os convocan a la guerra para que toméis posesión de esa Tierra, a la que dais vuestro sudor, pero que os niega sus frutos porque habéis consentido con vuestra sumisión que manos ociosas se apoderen de lo que os pertenece, de lo que pertenece a la humanidad entera, de lo que no puede pertenecer a unos cuántos hombres, sino a todos los hombres y a todas las mujeres que, por el solo hecho de vivir, tienen derecho a aprovechar en común, por medio del trabajo, toda la riqueza que la Tierra es capaz de producir.

Esclavos, empuñad el winchester. Trabajad la Tierra cuando hayáis tomado posesión de ella. Trabajar en estos momentos la Tierra es remacharse la cadena, porque se produce más riqueza para los amos y la riqueza es poder, la riqueza es fuerza, fuerza física y fuerza moral, y los fuertes os tendrán siempre sujetos. Sed fuertes vosotros, sed fuertes todos y ricos haciéndoos dueños de la Tierra; pero para eso necesitáis el fusil: compradlo, pedidlo prestado en último caso, y lanzaos a la lucha gritando con todas vuestras fuerzas: ¡Tierra y Libertad!

(De Regeneración, 1º de octubre de 1910).

Libertad, igualdad, fraternidad

¡Qué lejos está el ideal, qué lejos! Espejismos del desierto, ilusión de la estepa, imagen de una estrella titilando en el fondo del lago. Primero era un abismo insondable el que separaba a la humanidad de la Tierra Prometida. ¿Cómo llenar ese abismo? ¿Cómo cegarlo? ¿Cómo alcanzar la risueña playa que adivinamos que existe en la orilla opuesta? El árabe sediento ve de repente agitarse a lo lejos la melena de las palmas y hacia allá fustiga su camello. Vana empresa: avanza hacia el oasis y el oasis parece que retrocede. Siempre la misma distancia entre él y la ilusión, siempre la misma.

Defendiendo el abismo están las preocupaciones, las tradiciones, el fanatismo religioso, la ley; para poder pasar es preciso vencer a sus defensores hasta llenar de sangre ese abismo y en seguida embarcarse, nuevo Mar Rojo.

Y a llenar ese abismo se han dedicado los hombres generosos a través de los tiempos con sangre de los malvados ¡ay! y con su sangre también; pero el abismo no se llena; podría vaciarse en él la sangre de toda la humanidad sin que por eso se llenase el abismo: es que hay que ahogar en esa sangre las preocupaciones, las tradiciones, el fanatismo religioso y la ley de los que oprimen.

Las grandes revoluciones han tenido por objetivo esas tres palabras. Libertad, Igualdad. Fraternidad han figurado inscritas en cien banderas y cientos de miles de hombres las han tenido en sus labios al expirar en los campos de batalla, y, sin embargo, el abismo no se ciega, el nivel de la sangre no sube. ¿Por qué?

Ninguna revolución se ha preocupado seriamente por la Igualdad; la Igualdad es la base de la Libertad y de la Fraternidad. La igualdad ante la ley, que fue la conquista de la Revolución francesa, es una mentira que rechaza indignada la conciencia moderna. Las revoluciones han sido incendios superficiales. Pueden arder los árboles de un bosque; pero las raíces quedarán intactas. Igualmente las revoluciones han sido superficiales, no han ido hasta la raíz de los males sociales, no han escarbado la carne enferma hasta llegar al origen de la llaga, y de eso, los llamados jefes han sido los culpables.

Los jefes han sido siempre menos radicales que el grupo de hombres a quienes pretenden dirigir y esto tiene su razón de ser: el poder vuelve conservador al hombre y no solo eso, sino que lo encariña con el mando. Para no perder su posición los jefes moderan su radicalismo, lo comprimen, lo desfiguran, evitan los choques con los intereses contrarios; y si por la naturaleza de las cosas mismas el choque es inevitable y la lucha armada es una necesidad, los jefes procuran siempre arreglárselas de tal modo que su posición no se vea en peligro, y concilian, tanto como pueden, los intereses de la revolución con los intereses de los dominadores, consiguiendo con ello disminuir la intensidad del choque, la duración de la lucha, conformándose con obtener un triunfo más o menos fácil. El ideal... el ideal queda muy lejos después de estas luchas de enanos. Con ellas se consigue barrer la superficie y nada más.

Por eso, a pesar de la sangre derramada a través de los tiempos; a pesar del sacrificio de tantos hombres generosos; a pesar de haber lucido en cien banderas las bellas palabras Libertad, Igualdad, Fraternidad, existen aún las cadenas, la sociedad se divide en clases y la guerra de todos contra todos es lo normal, lo legal, lo honrado, lo que los serios llaman el orden, lo que los tiranos llaman el progreso y lo que los esclavos, ciegos por la ignorancia y acobardados por siglos de opresión y de injusticia, veneran y sostienen con su sumisión.

Es necesario ahondar, es preciso profundizar. Los jefes son cobardes; los jefes no ahondan ni profundizan. El impulso revolucionario tropieza siempre con el moderantismo de los llamados directores, hábiles políticos si se quiere, pero sin nervio revolucionario. Sobre lo que es necesario poner valerosamente las manos, si se quiere hacer obra revolucionaria y no obra de políticos vulgares, de ambiciosos de puestos públicos, es sobre la propiedad territorial; pues mientras la tierra continúe siendo la propiedad de unos cuantos; mientras haya millones de seres humanos que no cuentan más que con el reducido espacio de tierra que ha de amortajar su cadáver cuando mueran; mientras los pobres continúen trabajando la tierra para sus amos, cualquiera revolución no tendrá otro desenlace que el cambio de amos, a veces más crueles que aquellos a quienes se acaba de destronar.

La Revolución es inminente. De un momento a otro anunciará el Cable a todas las naciones del mundo que el pueblo mexicano está en rebelión. Los atentados de la tiranía son cada vez más brutales, cada vez más cínicos. Porfirio Díaz está loco: ya no se conforma con arrebatar la vida a los hombres: está asesinando mujeres, cuyos cadáveres deja abandonados para que se los coman los perros. La Bestia Vieja está precipitando la Revolución, y de ella se aprovecharán las ambiciones si el pueblo no toma posesión de la tierra.

Libertad, Igualdad, Fraternidad: tres bellas palabras que se hace necesario convertir en tres bellos hechos. Pongamos los revolucionarios la mano sobre ese dios que se llama derecho de propiedad territorial, y hagamos que la tierra sea para todos.

Si se va a derramar sangre, que sea en provecho del pueblo. Derramar sangre por elevar un candidato a la Presidencia de la República, es un crimen, porque el mal que aflige al pueblo mexicano no se cura con quitar a Díaz y poner, en su lugar, a otro hombre. Supongamos que el ciudadano más honrado, el más bueno de los mexicanos, triunfa por medio de las armas y ocupa el lugar en que ahora se enseñorea el más perverso y el más criminal de los mexicanos: Porfirio Díaz. Lo que hará ese hombre será poner en vigor la Constitución de 1857. El pueblo, por lo tanto, tendrá derecho a votar; tendrá derecho a manifestar con libertad sus ideas; la Prensa no tendrá mordaza; los Poderes de la Federación serán independientes unos de otros; los Estados recobrarán su soberanía; no habrá más reelección. En suma, el pueblo mexicano obtendrá lo que se llama libertad política. Pero ¿se haría con eso la felicidad del pueblo? El derecho de votar, el derecho de reunión, el derecho de escribir sobre cualquier materia, la no-reelección, la independencia de los Poderes ¿podrían dar pan, albergue y vestido al pueblo?

Una vez más hay que decirlo: la libertad política no da de comer al pueblo; es necesario conquistar la libertad económica, base de todas las libertades y sin la cual la libertad política es una sangrienta ironía que convierte al Pueblo-Rey en un verdadero rey de burlas; porque si en teoría es libre, en la práctica es esclavo. Hay, pues, que tomar posesión de la tierra; arrancarla de las garras que la detentan y entregarla al pueblo. Entonces si tendrán pan los pobres; entonces si podría llegar a ser libre el pueblo; entonces, con un esfuerzo más, nos acercaremos al ideal que vemos lejos porque los directores de revoluciones no han tenido el valor de derribar ídolos, de matar preocupaciones, de hacer pedazos la ley que protege ese crimen que se llama propiedad territorial. Es preciso, sin embargo, hablar con honradez. La toma de posesión de la tierra por el pueblo será un gran paso hacia el ideal de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Un gran paso solamente; pero, gracias a él, tendrá el pueblo oportunidad para adquirir la educación que le hace falta para llegar a constituir, en un porvenir más o menos cercano, la sociedad justa y sabia que hoy es solo una hermosa ilusión.

Y mientras no se avance valerosamente por el camino de la liberación económica, no se hará obra sana. La libertad no puede existir mientras sea una parte de la sociedad la que haga las leyes para que las obedezca la parte restante; pues fácil es comprender que nadie hará una ley que sea contraria a sus intereses, y como la clase que posee la riqueza es la que hace las leyes, o, al menos, la que ordena que se hagan, estas tienen que resultar, en todo, favorables a los intereses del Capital, y, por lo mismo, desfavorables para los intereses de los pobres. He aquí la razón de por qué la ley no alcanza a castigar a los ricos ni molesta a estos para nada. Todas las cargas sociales y políticas recaen sobre el pobre. Las contribuciones tienen que ser pagadas, exclusivamente, por los pobres; los servicios gratuitos, como rondas, fatigas y otras, pesan, exclusivamente, sobre las espaldas del pobre; el contingente para el Ejército se recluta únicamente entre los proletarios, y en la casa pública no se degradan las hijas de la burguesía, sino las hijas de los pobres. No podía ser de otro modo: sería absurdo pensar que los ricos hacen la ley contra ellos mismos.

¿Puede, en tales condiciones, existir la igualdad? Socialmente la igualdad es una quimera bajo el régimen actual. ¿Cómo pueden ser iguales el pobre y el rico? Ni en ilustración, ni en el modo de vestir, ni en la manera de vivir se parecen la clase dominadora y la clase dominada. El trabajo del pobre es rudo y fatigoso; su vida es una serie de privaciones y de angustias, ocasionadas por la miseria; sus distracciones son escasas: el alcohol y el amor; no pueden participar de los goces del rico porque cuestan mucho dinero, y, además, no tiene el vestido que se necesita para codearse con la gente elegante; el descuido en que ha vivido no ha sido lo más a propósito para adquirir maneras distinguidas; la grande ópera y el gran drama, aparte de ser diversiones muy costosas, requieren cierta preparación artística o literaria que no pueden tener los pobres, empujados, desde niños, a ganarse el pan para poder vivir, En cuanto a la igualdad ante la ley es la más grande de las majaderías que los aspirantes a gobernar ofrecen a las multitudes. Si socialmente es imposible la igualdad entre los hombres mientras haya clases sociales, no lo es menos políticamente. Los jueces se declaran a favor de los ricos y en contra de los pobres al pronunciar sus sentencias; el ejercicio del derecho electoral resulta siempre dirigido, organizado y llevado a cabo por las clases dominantes, por ser las que tienen tiempo para ello, quedando a los pobres únicamente el derecho de llevar las boletas a las casillas electorales con el nombre que han escogido los directores y organizadores de la elección; de donde resulta que los proletarios eligen a quien las clases dominantes quieren que elijan; el derecho de manifestar libremente las ideas no puede ser ejercitado por los pobres, que no han podido adquirir la ilustración necesaria para escribir o hablar en público, y de ese derecho también se aprovechan, casi exclusivamente, las clases dominadoras. Y si se recorre la lista de todos los derechos políticos, se llegará igualmente a la conclusión de que los pobres no pueden ejercitarlos porque sus tareas de esclavos apenas les dejan el tiempo absolutamente necesario para desentumecer sus miembros en las cortas horas de sueño; no tienen la representación social que dan la educación, la independencia económica y aun el simple traje elegante, y carecen de la ilustración necesaria para competir, con ventaja, con las lumbreras intelectuales de la burguesía.

¡Fraternidad! ¿Qué fraternidad puede existir entre el lobo y el cordero? La desigualdad social hace a las clases sociales enemigas naturales unas de otras. Los poseedores no pueden abrigar sentimientos de amistad para los desheredados, en quienes ven una amenaza constante para el disfrute tranquilo de sus riquezas, mientras los pobres tampoco pueden abrigar sentimientos fraternales para aquellos que los oprimen y les merman el producto de su trabajo. De aquí nace un antagonismo constante, una querella interminable, una lucha solapada y a veces abierta y decisiva entre las dos clases sociales, lucha que da vida y fuerza a sentimientos de odio, a deseos de venganza que no son los más apropiados a la creación de lazos fraternales y de amistad sincera, imposibles en las relaciones del verdugo y de la víctima. Pero no es esto todo. Hay todavía algo más que impide a los seres humanos acercarse, abrirse el corazón y ser hermanos. La lucha por la vida, aunque sea vergonzoso confesarlo, reviste, en la especie humana, los mismos caracteres de brutalidad y de ferocidad que en las especies inferiores animales. El egoísmo impera en las relaciones entre los hombres. No educada la especie humana en la solidaridad y el apoyo mutuo, cada cual va en pos del pan a disputarlo a sus semejantes, del mismo modo que los perros hambrientos se disputan a mordidas el derecho de roer un hueso hediondo. Esta es una verdad en todas las clases sociales. El rico, envidioso de la riqueza de otro rico, le hace la guerra para aumentar sus tesoros con los despojos del de su clase. A eso se le llama, con la hipocresía de la época, la competencia. El pobre, por su parte, es enemigo de sus hermanos igualmente pobres. El pobre ve un enemigo en otro pobre que se acerca, tal vez a alquilarse por menos precio. Si hay una huelga, no faltan hambrientos dispuestos a hacer traición a sus hermanos de clase, ocupando los lugares de los huelguistas. De este modo las cosas, la fraternidad es un sueño, y en su lugar solo hallamos el odio de una clase contra otra clase: el odio de los individuos de una misma clase entre sí; la espantosa guerra de todos contra todos, que deshonra a la raza humana y retarda el advenimiento de ese día de amor y de justicia con que sueñan los hombres generosos del mundo.

La Revolución está para estallar. Todos, luchadores y no luchadores, nos vamos a ver arrastrados por el grandioso movimiento. Nadie podrá permanecer indiferente al gran choque. Hay necesidad, pues, de escoger una bandera. Si se desea simplemente el cambio de amos, hay Partidos, fuera del Liberal, que luchan solamente por tener nuevos Presidente y Vicepresidente; pero todos aquellos que deseen hacer obra revolucionaria verdadera, obra profunda y grande que beneficie a los pobres, que vengan a nuestras filas, que se agrupen bajo la bandera igualitaria del Partido Liberal, y, unidos, arrancaremos la tierra de las pocas manos que la detentan para dársela al pueblo, y nos acercaremos al ideal de Libertad, Igualdad y Fraternidad por medio del bienestar del mayor número.

(De Regeneración, 8 de octubre de 1910).

Carne de cañon

Es la hora de reflexionar. Por siglos y siglos la tarea de pensar, de estudiar, de reflexionar ha estado a cargo de las llamadas clases directoras de la sociedad: los intelectuales y los ricos. La masa no ha pensado, y, naturalmente, los que lo han hecho por ella se han pagado con creces ese servicio, en perjuicio de las multitudes. Pero ha llegado el momento de reflexionar; ha llegado el momento de decidir si hemos de continuar los pobres bajo la interesada dirección de los intelectuales y los ricos, o si valerosamente tomamos por nuestra cuenta el estudio de nuestros problemas, y confiamos a nuestras propias fuerzas la defensa de nuestros intereses. Ya es tiempo de hacerlo; escojamos: o rebaño arrastrable o falange de seres conscientes; la vergüenza o la gloria.

Arrastrados por el interés de las clases directoras, las masas proletarias han venido derramando su sangre a través de los tiempos. Siempre ha habido descontento entre los pobres, descontento ocasionado por la miseria y la injusticia, por el hambre y la opresión. Por lo mismo, el proletariado ha estado siempre dispuesto a rebelarse con la esperanza de alcanzar con la victoria un cambio favorable a sus intereses; pero como los proletarios no han pensado con su cabeza, sino que han sido las clases directoras quienes han pensado por ellos, quienes han encaminado las tendencias de los movimientos insurreccionales, ellas han sido las únicas que se han aprovechado de los sacrificios de la clase trabajadora.

Ved, pues, el proletariado, cuán importante es que emprenda por su propia cuenta la conquista de su bienestar. Cada vez que las clases directoras necesitan de la fuerza del número para asegurar una victoria que las beneficie, acuden al proletariado, a la masa siempre dispuesta a rebelarse, seguras de encontrar héroes en la turba que cordialmente desprecian, pero a la que entonces adulan, halagan sus pasiones y hasta aplauden y estimulan sus vicios y sus extravíos, como se pasa la mano por el lomo de las bestias para someterlas por la dulzura cuando no es necesario emplear el fuete.

De ese modo las masas proletarias han sido lanzadas a la guerra, han sido empujadas a cometer empresas contrarias a sus intereses. Guerra de conquista, guerras comerciales, guerras coloniales, insurrecciones políticas, todo se ha hecho con la sangre de los proletarios, aplaudidos a rabiar mientras comprometen la vida como héroes, despreciados y escupidos al día siguiente de la victoria en que es necesario que alguien se encargue de sembrar el grano, de cuidar el ganado, de hacer vestidos, de fabricar casas, siendo entonces bajados a puntapiés, los héroes, del pedestal que les formó la adulación interesada de las clases directoras, para ir a reanudar su trabajo en el surco, en el taller, en la fábrica, en la mina, en el camino de hierro, llevando cada uno, como única ganancia, un papelote en que consta la declaración oficial de su valor, una medalla de cobre para que luzca sobre sus harapos en los grandes días, y algunas cicatrices, aparte de los malos hábitos contraídos en la promiscuidad de los cuarteles, mientras los intelectuales y los ricos se reparten las tierras del país conquistado, y de la nación cuyo Gobierno ganaron con el sacrificio de la plebe y derrochan en la orgía y en el lujo el copioso botín que los hambrientos arrebataron a los vencidos.

Y esto ha venido repitiéndose desde tiempo inmemorial; siempre burlados los de abajo, siempre gananciosos los de arriba, sin que la experiencia haya abierto los ojos al rebaño; sin que el chasco, constantemente repetido, haya hecho revolucionar a la masa, la haya hecho pensar. La muchedumbre actual es la misma muchedumbre inflamada e inocente que llevó sobre los hombros a los grandes capitanes de la antigüedad: la muchedumbre de Alejandro, la chusma de Ciro, la plebe de Cambises, el rebaño de Scipión, las multitudes de Anibal, los bárbaros de Atila, pensaban lo mismo que las turbas napoleónicas, las chusmas conquistadoras del Transvaal, la plebe americana de Santiago y de Cavite y las legiones amarillas triunfadoras en Manchuria. La psicología de las masas contemporáneas es la misma de las masas francesas de 1789, de las masas de Hidalgo de 1810, de las masas republicanas de Portugal en estos días. Siempre lo mismo: el sacrificio de los generosos proletarios en beneficio de las clases dominadoras; el sufrimiento y el dolor de los humildes en provecho de los intelectuales y de los ricos.

Todo esto ha sido así, porque no se han hecho el propósito los proletarios de encauzar los movimientos populares hacia un fin favorable a sus intereses, sino que han obedecido las órdenes de la minoría dominadora que, como es natural, ha trabajado siempre en favor de sus intereses de clase. Así, por ejemplo, en las guerras de conquista, en las guerras comerciales y coloniales, guerras que el Gobierno de una nación lleva contra el pueblo de otra nación, para extender sus dominios territoriales o conquistar mercados exteriores que consuman los productos industriales o agrícolas de la nación dominadora, el proletariado no hace otra cosa que dar su sangre sin obtener, en cambio, ningún beneficio material. Los grandes industriales, los grandes comerciantes, los banqueros y los hombres del Gobierno son los que se benefician con esas guerras. Al proletariado no le queda más que la gloria, si es posible que puedan dar gloria los asesinatos en grande escala, cometidos contra pueblos extraños para satisfacer la absurda codicia de los reyes de la industria, de la banca y del comercio. ¿Es más feliz el proletariado inglés de hoy, después del triunfo de las armas inglesas en el Transvaal? ¿Es más feliz el pueblo norteamericano como consecuencia del triunfo del Ejército de los Estados Unidos sobre el Ejército español? ¿El japonés de hoy disfruta de más comodidades que antes del triunfo sobre Rusia? Nada de eso: ingleses, norteamericanos y japoneses continúan confrontando los mismos problemas sociales, agravados aún más por el aumento de poder que el ensanche territorial o la adquisición de nuevos mercados dieron a las clases directoras.

Y en cuanto a las revoluciones, puede observarse el mismo resultado. Hechas para obtener la libertad política solamente, las masas proletarias que la han hecho triunfar con su sangre, han sido tan esclavas después de los movimientos insurreccionales como lo eran antes de derramar su sangre. Nuestra propia historia nos suministra ejemplos suficientes para demostrar esa gran verdad, que puede parecer blasfemia a los que no se preocupan de ahondar las cuestiones, a los conservadores de instituciones políticas caídas ya en completo desprestigio. La insurrección de 1810, que nos dio la independencia política, no tuvo el poder de dar, al pueblo hambriento de pan y de instrucción, lo que necesitaba para su engrandecimiento, y eso se debió a que el proletariado no se hizo el propósito de tomar por su cuenta su redención, encauzando el movimiento del mártir Miguel Hidalgo hacia un fin provechoso para la clase trabajadora. El movimiento de insurrección contra Santa-Anna, iniciado en Ayutla, y que tuvo como resultado la promulgación de la Constitución de 1857, tampoco tuvo el poder de dar pan e instrucción al pueblo trabajador. Le dio libertades políticas que, como es bien sabido, solo aprovechan a los que ocupan lugar prominente en la vida política y social, pero no al proletariado que por su falta de dinero, de instrucción y aún de representación social, se encuentra subordinado en un todo a la voluntad de las clases directoras. Del movimiento de Ayutla no sacó tampoco provecho el proletariado por no haber encauzado él mismo ese movimiento al fin práctico de obtener un beneficio para su clase. La insurrección de Tuxtepec, que arrastró al pueblo en pos de la bandera Sufragio Efectivo y No Reelección, reconquistó para las masas la alternabilidad de los cargos de elección popular, y tuvo como resultado el despotismo que hoy lamentamos en el terreno político y el recrudecimiento de la miseria y del infortunio del pueblo obrero, por no haberse hecho cargo la clase trabajadora de la dirección del movimiento revolucionario de Porfirio Díaz, y por haber confiado su porvenir a las clases directoras de la sociedad.

Ahora una nueva revolución está en fermento. Los excesos de la tiranía porfirista lastiman a todos, a proletarios y a no proletarios, a hombres y a mujeres, a ancianos y a niños. Acaparado el poder político en pocas manos, el número de personas de las clases directoras que se han visto obligadas a dejar en esas pocas manos la parte del poder que tienen bajo todos los gobiernos, se ha entregado, naturalmente, a trabajar por la reconquista de su poder. Como en todos los tiempos, esas clases directoras bajan hasta el proletariado ahora que necesitan de la fuerza del número, y lo acarician, lo adulan, ponen en juego la tradicional artimaña de aplaudirle hasta aquello que merece censura; pasan, en fin, la mano por el lomo del monstruo para atraerlo por la dulzura, sin perjuicio de hacer más dura la esclavitud en las haciendas, más penoso y menos remunerativo el trabajo en las fábricas, en los talleres y en las minas al día siguiente de la victoria alcanzada con la sangre, con el sacrificio, con el heroísmo de las masas proletarias.

Proletarios: es la hora de reflexionar. El movimiento revolucionario no puede detenerse, tiene que estallar por la naturaleza misma de las causas que lo producen; pero no hay que temer ese movimiento. Es preferible desearlo y aun precipitarlo. Es mejor morir defendiendo el honor, defendiendo el porvenir de las familias, que continuar sufriendo, en medio de la paz, la afrenta de la esclavitud, la vergüenza de la miseria y de la ignorancia. Pero, compañeros, no dejéis a las clases llamadas directoras la tarea de pensar por vosotros y de arreglar la revolución de modo que resulte favorable a sus intereses. Tomad parte activa en el gran movimiento que va a estallar, y haced que tome la dirección que necesitáis para que la revolución sea esta vez provechosa a la clase trabajadora. Recorred las páginas de la Historia, y en ellas encontraréis que en las luchas armadas en que han tomado participación las clases directoras habéis representado el papel de carne de cañón, simplemente porque no quisisteis daros la pena de pensar con vuestra cabeza y de acometer, por vosotros mismos, la tarea de vuestra redención. Recordad que la emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los trabajadores mismos, y esa emancipación comienza por la toma de posesión de la tierra. Alistáos, pues, para la gran revolución; pero llevando el propósito de tomar la tierra, de arrancarla de las garras de esos señores feudales que hoy la tienen para ellos. Solo haciéndolo así no seréis carne de cañón, sino héroes que sabrán hacerse respetar en medio de la revolución y después del triunfo, porque tendréis, por la sola adquisición de la tierra, el poder necesario para alcanzar, con poco esfuerzo ya, vuestra total liberación.

Tened presente una vez más que el simple cambio de mandatarios no es fuente de libertad, y que cualquier programa revolucionario que no contenga la cláusula de la toma de posesión de la tierra por el pueblo, es un programa de las clases directoras, de las que no pueden luchar contra sus propios intereses como lo demuestra la historia, de las que solo acuden a la masa, a la plebe, a la chusma, cuando necesitan héroes que las defiendan y se sacrifiquen por ellas, héroes que pocas horas después del triunfo pueden verse con los ijares sangrando bajo la espuela de sus amos.

Proletarios: tomad el fusil y agrupaos bajo la bandera del Partido Liberal, que es la única que os invita a tomar la tierra para vosotros.

(De Regeneración, 15 de octubre de 1910).

La cadena de los libres

Al leer las Constituciones de los pueblos cultos de la Tierra, el filósofo no puede menos que sonreír. El ciudadano, según ellas, es casi un ser todopoderoso, libre, soberano, amo y señor de presidentes y de reyes; de ministros y de generales; de jueces, magistrados, diputados, senadores, alcaldes y un verdadero enjambre de grandes y pequeños funcionarios. Y el ciudadano, con un candor que la experiencia no ha podido destruir, se cree libre... porque la ley lo dice.

Dentro del territorio nacional todos nacen libres, dice nuestra Constitución. ¡Libres!, y con los ojos de la imaginación vemos al peón encorvado sobre el surco: dejó el lecho antes de que saliera el sol; volverá a él mucho después de que haya cerrado la noche. ¡Libres!, y en la fábrica, negra, nauseabunda, estruendosa, se agita una multitud de seres sudorosos, jadeantes, envejecidos en plena edad viril. ¡Libres!, y dondequiera vemos a hombres y mujeres, ancianos y niños trabajar sin descanso para poder llevar a la boca un pedazo de pan, nada más que lo suficiente, lo estrictamente necesario para que el trabajador pueda reanudar sus labores. ¿Sucedía acaso todo lo contrario cuando por la ley estaba instituida la esclavitud? ¿Trabaja, siquiera, menos el hombre hoy, que es ciudadano libre, que cuando era esclavo?

El esclavo era más feliz que lo es hoy el trabajador libre. Como había costado dinero al amo, este cuidaba al esclavo; lo hacía trabajar con moderación, lo alimentaba bien, lo abrigaba cuando hacia frío, y si se enfermaba, lo confiaba a los cuidados de algún médico. Hoy los patrones no se cuidan de la suerte de sus trabajadores. No costándoles dinero la adquisición de estos, los hacen desempeñar tareas agotantes que en pocos años acaban con su salud, no importándole que las familias de los trabajadores carezcan de comodidades y de alimentación, porque estas no les pertenecen.

El trabajador de hoy es esclavo como lo fue el de ayer, con la única diferencia de que tiene la libertad de cambiar de amo; pero esa libertad la paga bien caro desde que no goza de las comodidades, de las atenciones, de los cuidados de que era objeto el esclavo de antaño y su familia. Pero si hay que dolerse de la situación del trabajador moderno, no hay, por eso, que suspirar por los tiempos en que la esclavitud era legal. Debemos buscar los medios más apropiados para destruir el régimen actual, ya que la experiencia nos demuestra que el trabajador de hoy, que lleva pomposamente el nombre de ciudadano, es un verdadero esclavo sobre el cual no solo pesa la autoridad del amo, sino que, además, tiene que soportar sobre las débiles espaldas todas las cargas sociales y políticas, de cuyo peso la ley ha librado mañosamente a las clases ricas e ilustradas, para hacerlas caer, con toda su abrumadora pesadumbre, sobre el proletariado exclusivamente.

La esclavitud y el salariado, que son la misma cosa, con la única diferencia del nombre, se fundan en lo que se llama el derecho del capital. Se supone, por la ley, que el Capital es de la propiedad del que lo posee, quien, por llamado derecho de accesión, tiene derecho a apropiarse de todo lo que se produzca con ese Capital. Pero, ¿tiene alguien derecho a declararse dueño del Capital?

El Capital, según la Economía Política, es trabajo acumulado. La maquinaria, los edificios, los buques, las vías férreas, son trabajo acumulado, esto es, obra de trabajadores intelectuales y manuales de todas las épocas hasta nuestros días, y, por lo mismo, no se ve la razón por la cual ese Capital deba pertenecer a unos cuantos individuos. El Capital, en efecto, es el trabajo de generaciones laboriosas que pusieron su ciencia, su arte o simplemente su trabajo manual para formarlo. La maquinaria moderna no es más que el perfeccionamiento llevado a cabo en ella por generaciones de inventores, de obreros, de artistas, cada uno de los cuales puso su parte de trabajo para producir los complicados mecanismos que hoy admiramos, y que, debiendo pertenecer a todos, porque son el resultado de una obra colectiva, pertenecen, sin embargo —porque así lo dispone la ley, la ley hecha por los ricos— a unos cuantos individuos.

Si el Capital es la obra de las generaciones laboriosas de la especie humana, como es indudable, no puede pertenecer a un reducido número de individuos, sino que a todos los que estén dispuestos a seguir los pasos de las generaciones anteriores que se esforzaron en aumentarlo y mejorarlo con su trabajo personal. Esto es lo que la justicia y la lógica aconsejan; pero la ley, para la cual son estorbos molestos la lógica y la justicia, ordena lo contrario: es por eso por lo que el proletariado tiene que ponerse a las órdenes de un amo para poder vivir, permitiendo que el producto de su trabajo pase casi íntegro a los bolsillos de los detentadores de la riqueza social.

Por eso el filósofo, al leer las Constituciones de los pueblos cultos, la nuestra inclusive, no puede menos que sonreír. La palabra ciudadano es un sarcasmo, la palabra libertad es una ironía, y los tan llevados y traídos derechos del hombre lo amparan todo, menos lo que es esencial, el primordial derecho, sin el cual la especie humana queda a merced de todas las injusticias y es pasto de la miseria, de la prostitución y del crimen: el derecho de vivir.

Todos los derechos están garantizados, menos el de vivir. El derecho a la vida es la base de todos los derechos, y consiste en la facultad que tiene todo ser humano de aprovechar ampliamente, por el solo hecho de venir a la vida, todo lo que existe, sin más obligación que la de permitir a los demás seres humanos que hagan lo mismo, dedicándose todos a la conservación y fomento de la riqueza social.

Veis, proletarios, que tenéis derecho a algo más que la limosna que se os da por vuestro trabajo con el nombre de salario. Tenéis derecho a percibir íntegro el producto de vuestro trabajo, porque el Capital es de todos, hombres y mujeres, ancianos y niños. El salario, por lo tanto, es un ultraje; es la cadena de los libres, la cadena que es preciso quebrantar para que la palabra ciudadano deje de ser un ultraje por aplicársela a verdaderos esclavos. Si eso se hace, se habrá obtenido la libertad económica.

La tarea, sin embargo, no es fácil. No solo se oponen a la realización de ese hermoso ideal la ley y sus sostenedores el fraile, el soldado, el polizonte, el juez y toda la máquina gubernamental, sino que, al lado de todo ese sistema opresivo, está la pasividad de las multitudes, la inacción de las masas acostumbradas a la servidumbre y al ultraje hasta el grado de considerar como absolutamente natural y muy en orden que el pobre sea la bestia de carga del rico y que el Gobierno sea el padrastro feroz, facultado por la divinidad para castigar a los pueblos. Es necesario que la masa piense de otro modo, que comprenda sus derechos para que esté dispuesta a reivindicarlos, siendo el principal de los derechos el derecho a la vida.

Ardua tarea de educación requiere eso, y no basta con ir a las escuelas oficiales para obtener la educación. Las escuelas oficiales educan al pueblo en el sentido de hacer de cada hombre un sostenedor del sistema actual. Si en las escuelas oficiales se aprendiera a desconocer el derecho que tienen los capitalistas a apropiarse el producto del trabajo de los proletarios, los Estados Unidos, por ejemplo, habrían dado un paso en la vía de la libertad económica, pues casi todos los norteamericanos saben leer y escribir. Pero en las escuelas se enseña todo lo contrario: se enseña al niño a admirar la destreza con que algunos hombres saben sacar provecho del sudor y la fatiga de sus semejantes, para convertirse en reyes del acero, del petróleo y de otras cosas. En la escuela se enseña al niño que el ahorro y la laboriosidad son el origen de las grandes fortunas de esos Cresos modernos que dejan boquiabiertos a los imbéciles, cuando la experiencia demuestra que solo las malas artes, la violencia y el crimen pueden acumular la riqueza en las manos de un hombre.

El pueblo, pues, necesita educación, pero distinta de la educación oficial, cuyos programas han sido sugeridos o dictados por los interesados en perpetuar la esclavitud de los pobres en beneficio de los audaces y de los malvados. La educación de las masas, para que sea verdaderamente provechosa y vaya de acuerdo con las conquistas que ha logrado hacer el pensamiento humano, es preciso que esté a cargo de los trabajadores, esto es, que ellos la costeen y sugieran los programas educacionales. De este modo se conseguirá que la juventud proletaria entre de lleno a la vida, bien armada de las ideas modernas que darán a la humanidad el suspirado bien de la justicia social.

Al lado de la educación proletaria debe estar la unión de los trabajadores, y así, con la unión solidaria de los explotados y su educación, se logrará romper para siempre la cadena maldita que nos hace esclavos a los pobres y amos naturales a los ricos: el salario, y se entregará la humanidad al disfrute libre e inteligente de todo cuanto han podido acumular las generaciones anteriores y que está actualmente en poder de un reducido número de modernos negreros.

Pero para que el proletariado mexicano pueda unirse y educarse, necesita antes que cualquiera otra cosa, algún bienestar material. Las largas horas de trabajo, la insuficiente alimentación, las pésimas condiciones de los lugares de trabajo y de habitación, hacen que el trabajador mexicano no pueda progresar. Cansado por la labor prolongada, apenas si le queda tiempo para descansar por medio del sueño para reanudar su tarea de presidiario. Por lo mismo, no le queda tiempo para reunirse con sus compañeros de trabajo, y discutir y pensar juntos sobre los problemas comunes al proletariado, ni tiene humor para abrir un libro o leer un periódico obrero. El obrero, así, está absolutamente a merced de la voracidad del capitalismo. Necesario es, por lo mismo, que se reduzcan las horas de trabajo y se aumenten los salarios, al mismo tiempo que se entregue la tierra a todos los pobres, para, de ese modo, crear un ambiente de bienestar propicio a la educación y a la unión de la clase trabajadora.

Pero, para esto, hay que ejercitar la violencia. En frente del interés de los desheredados está el interés de los ricos y el interés de los bandidos que están en el Poder. Los poseedores de la riqueza no van a permitir por su voluntad que el pueblo tenga algún respiro y cobre alientos para entrar de lleno en la gran lucha contra todo lo que se opone a la emancipación humana. No nos queda otro recurso a los desheredados que recurrir a la fuerza de las armas para formar, con nuestro esfuerzo, un medio mejor en el cual podamos educarnos y unirnos firmemente para las grandes conquistas del porvenir.

Educación y solidaridad, teniendo como base el alivio de las condiciones existentes, será el fruto inmediato de la próxima revolución. Un paso más después de eso, y habremos llegado a los umbrales del ideal.

Bienvenida sea la revolución; bienvenida sea esa señal de vida, de vigor de un pueblo que está al borde del sepulcro.

(De Regeneración, 22 de octubre de 1910).

Discordia

Imaginaos la Tierra sin montañas, el mar sin olas, el cielo sin estrellas, la flor sin colores. Imaginaos a todas las aves vistiendo el mismo plumaje, a todos los insectos ostentando la misma forma y color. Imaginaos las llanadas sin un repliegue, sin un accidente; arenas y guijarros aquí, guijarros y arenas allá, arenas y guijarros por todas partes; ni un árbol, ni un yerbajo; nada que trunque la monotonía del paisaje, nada que interrumpa la uniformidad del cuadro; ni un arroyo que murmure, ni un pájaro que cante, ni una brisa que recuerde que hay movimiento, que hay acción. Imaginaos, por último, a la humanidad, sin pasiones, teniendo todos los mismos gustos, pensando todos del mismo modo, y decid si no sería preferible morir de una vez a sufrir la prolongada agonía, que no otra cosa sería el vivir en tales condiciones.

El orden, la uniformidad, la simetría parecen más bien cosas de la muerte. La vida es desorden, es lucha, es crítica, es desacuerdo, es hervidero de pasiones. De ese caos sale la belleza; de esa confusión sale la ciencia; de la crítica, del choque, del desorden, del hervidero de pasiones surgen radiantes como ascuas, pero grandes como soles, la verdad y la libertad. La discordia, he ahí el grande agente creador que obra en la naturaleza. Las acciones y las reacciones en la materia inorgánica y en la orgánica, generadoras de movimiento, de calor, de luz, de belleza, ¿qué son sino obra de la Discordia? Rompiendo la monotonía de las substancias simples, la Discordia acerca unas a las otras, las mezcla, las combina, las desmenuza y las lleva de un lugar a otro: el hierro que duerme en las entrañas de la tierra es el mismo que arde al atravesar la atmósfera terrestre en la forma de aerolito, el que enrojece los labios de una mujer y el que brilla en la hoja de un puñal; el carbono que se presenta negro en los tizones apagados es el mismo que se ostenta verde y bello en las hojas de las plantas, límpido como una gota de rocío en el diamante, tibio y acariciador en el aliento de la mujer amada. Todo lo transforma la Discordia: disuelve y crea, destruye y esculpe.

En las sociedades humanas la Discordia desempeña el principal papel. Innovadora, rompe viejos moldes y crea nuevos; destruye tradiciones queridas, pero perniciosas al progreso, y prende en el alma popular nuevas lumbres, nuevas ansias después de destruir los rescoldos en que desentumecen su frío senil los ideales viejos. Esteta, detiene en su trillado camino al Arte y lo hace tomar nuevos derroteros, donde hay fuentes no aprovechadas aún por el rebaño literatoide, nuevos colores, nuevas armonías, giros de dicción inesperados que no existen en ninguna paleta, que no han vibrado en ninguna cuerda, que no han brotado como chorros de luz de ninguna pluma. Revolucionaria siempre, la Discordia hace que el disgusto fermente en los pechos proletarios hasta que, amargadas las almas hasta el límite, irritados los nervios hasta alcanzar el máximo de tensión, la desesperación hace que las manos busquen la piedra, la bomba, el puñal, el revólver, el rifle, y se lancen los hombres contra la injusticia, dispuesto cada uno a ser un héroe.

Mientras el pobre se conforma con ser pobre; mientras el oprimido se conforma con ser esclavo, no hay libertad, no hay progreso. Pero cuando la Discordia tienta el corazón de los humildes; cuando viene y les dice que mientras ellos sufren sus señores gozan, y que todos tenemos derecho a gozar y vivir, arden entonces las pasiones y destruyen y crean al mismo tiempo; talan y cultivan, derriban y edifican. ¡Bendita sea la Discordia!

(De Regeneración, 29 de octubre de 1910).

Solidaridad

Ante el espectáculo de la guerra bestial de todos contra todos, que se inició con la aparición del primer propietario sobre la Tierra y se ha prolongado hasta nuestros días, produciendo como lógico resultado la división de la humanidad en dos clases, una de opresores y la otra de oprimidos; de señores una y de esclavos la otra; ante el espectáculo de esa lucha que hace completamente extraño a un hombre de otro hombre, y a los hombres de una nación enemigos al parecer naturales de los hombres de otras naciones; ante el espectáculo de esa guerra que parece eterna, cabe preguntar: ¿ha progresado el hombre?

El progreso material alcanzado por la humanidad es enorme, es gigantesco si se le compara con su progreso moral; pues mientras todos admiramos el fonógrafo, el cinematógrafo, la telegrafía inalámbrica y la navegación aérea, las más generosas concepciones de los filósofos, aquellas que, puestas en práctica, abrirían amplios horizontes para gozar libremente la dicha de vivir, se asfixian entre las pastas de libros rara vez abiertos y, todavía peor, rara vez comprendidos.

No es extraño, pues, que, hoy como ayer, la lucha por la vida revista el mismo carácter de ferocidad, de hostilidad recíproca, que hace del hombre, como dijera Hobbes, el lobo del hombre: homo hóminis lupus. No; no es extraño que el hombre del presente, que sabe manejar la electricidad y que ha encontrado la manera de volar, tenga, respecto de los demás hombres, el mismo sentimiento de encono que hacía hervir la sangre del troglodita cuando, vuelto de la caza, encontraba en su vivienda de roca un oso o una hiena listos para disputarle el alojamiento y el sustento. Progresa la humanidad, pero en un sentido solamente.

Por eso, cuando se habla de solidaridad, muy pocos son los que entienden. La solidaridad es el conocimiento del interés común, y la acción consecuente con ese conocimiento. A pesar de su sencillez, la solidaridad es desconocida casi por todos. Un egoísmo cada vez más grande domina las relaciones de los hombres entre sí. Protestas aisladas contra tal estado de cosas perecen tan pronto como son formuladas, acalladas por el estrépito mismo de la lucha; espíritus generosos que osan erguirse en medio de los combatientes para predicar la fraternidad, caen hechos pedazos como florecillas puestas al paso de una tropelada de bestias: para cada redentor hay un Calvario o un Monjuich.

Y en esta lucha implacable los vencedores son siempre los mismos: los inteligentes y los malvados, con la única diferencia de que ayer justificaban su triunfo como un resultado de la voluntad divina, y hoy, avergoncémonos, justifican sus depredaciones con la ciencia. La teoría de Darwin sobre la selección, que explica cómo los individuos mejor dotados para la lucha por la vida son los que triunfan, es el razonamiento que esgrimen los ricos y los déspotas contra los que tratan de poner en duda el derecho que se apropian para explotar y oprimir, aunque olvidando decir, porque así les conviene, que los animales de una misma especie no se destruyen unos a los otros, ni se declaran unos los amos de los otros. La lucha de las especies va dirigida contra otras especies, a la vez que se opera un proceso de adaptación al medio. Solo la especie humana ofrece el repugnante espectáculo de devorarse unos individuos a los otros, produciéndose con eso un retardo evidente del progreso, cuando por la solidaridad hace muchos miles de años que habría esclavizado a la naturaleza y obtenido su progreso integral.

El desconocimiento del interés común a todos los hombres, esto es, el desconocimiento de la solidaridad, hace que cada hombre vea en otro hombre un competidor al que es necesario vencer para poder vivir. El rico vive del pobre; pero a su vez teme a los demás ricos que pueden arruinarle para enriquecerse más. El pobre, por su parte, ve en cada recién nacido una boca más que va a mermar la porción de pan que le permite comer, y ve en cada pobre un enemigo que puede alquilarse por menos precio y dejar sin pan a él y a su familia.

Esta lucha implacable, que tiene su origen en la falta de solidaridad entre todos los seres humanos, mata en el hombre, o al menos debilita en él, el instinto de sociabilidad, característico de las especies animales superiores, a la vez que lo hace mentiroso, falso, cobarde y egoísta. Triunfan, en un medio así, los malvados, los que no son sinceros, los codiciosos y los brutales, y por eso, mientras el progreso material es grande, las concepciones filosóficas más bellas viven solamente en las páginas de los libros comidos por la polilla en los estantes de las bibliotecas.

Pero en vista de que las clases ilustradas y ricas no entienden la solidaridad o fingen no entenderla, o a lo sumo la practican solamente en lo que concierne al estrecho interés de su clase, sin comprender ni practicar la solidaridad que debería unir a la especie humana en una sola fuerza inteligente y activa que pusiera a la naturaleza al servicio del hombre; en vista de las agresiones de esas clases dominadoras, la clase proletaria debe unirse, debe apretar sus filas para poder librar una decisiva batalla en la que tendrá la victoria por ser la que cuenta mayor número de individuos.

En vez de ver en cada pobre un concurrente molesto, una boca más con la cual hay que compartir las migajas que despreciativamente nos dan los ricos como salario, debemos pensar que es nuestro hermano; debemos hacerle comprender que nuestro interés es el suyo, y que en la lucha contra las clases dominadoras debemos estar juntos. ¿Hay una huelga? El interés de todos es ayudar a los que están en huelga. Alquilarse en lugar del huelguista es una traición al interés común de los pobres, porque se ayuda con eso a las clases opresoras a no conceder nada a las clases oprimidas. Alquilarse por menos de lo que gana otro trabajador, es, igualmente, una traición, porque se hace ganar más al rico y se empeora la condición de la clase trabajadora con la rebaja de los salarios. Hay que considerar como un mal que se hace a todos, el mal que se hace a un trabajador.

En la Revolución que se acerca, el trabajador mexicano debe mostrarse solidario. Unido fuertemente a los demás trabajadores podrá dar a la Revolución el giro que desee y que esté de acuerdo con su interés. Toma de posesión de la tierra, aumento de los salarios y disminución de las horas de trabajo, junto con la educación, serán las primeras conquistas preparatorias de la gran batalla final que quitará de las manos de unos cuantos lo que se necesita para la producción de la riqueza y su distribución. Pero, hay que entenderlo bien: eso solo se conseguirá si la Revolución se hace con ese propósito. Mas si desviados los proletarios, hacen la revolución solamente para darse el lujo de tener un nuevo Presidente, o lo que es lo mismo, un nuevo amo, deben entender que no conseguirán, con eso, el alivio de la miseria, ni el acercamiento al ideal de Libertad, Igualdad y Fraternidad que debe vivir en el corazón de todo hombre y de toda mujer.

(De Regeneración, 29 de octubre de 1910).

Las canas

Las canas son simpáticas. Una cabeza con canas es agradable y ante ella se experimenta una sensación de frescura: es que tal vez, por asociación de ideas, piense uno en las cimas de los volcanes. Pero hay cabezas canosas cuya vista molesta y hacen apretar fuertemente los puños. Las hay tan odiosas, que involuntariamente hecha uno de menos el hacha del verdugo. La nieve, al caer, cubre indistintamente una flor o la carne podrida de algún animal.

Las canas de Porfirio Díaz, ¿habrá canas más odiosas?

Respetad las canas; respetad la ancianidad de nuestro gran Presidente, gritan hasta ponerse roncos los lacayos del tirano. Los osos polares tienen el pelo blanco. ¿Respetarán a los osos polares esos sentimentales señores? ¿Se quitarán el sombrero ante las hienas viejas, solo porque son viejas?

La ancianidad es simpática ciertamente y merece atenciones. El corazón rebosa cariño ante las manos temblorosas y los labios balbucientes de los viejos. Historia hecha carne y hueso son los viejos. Respetémoslos.

Pero ¿qué decir de las canas ensangrentadas? ¿Qué decir de las manos temblorosas que saben decretar de una plumada la muerte, el destierro o la prisión de los hombres más buenos? ¿Qué decir de los labios que ante las lágrimas de las mujeres, la orfandad de los niños y el desamparo de los ancianos, ante el sufrimiento de toda una raza tienen fuerza para decir: yo mando; obedeced?

Ancianidad maldita es la de los tiranos. Malditas las canas humedecidas con la sangre y las lágrimas de la humanidad. Benditas las canas de un Hidalgo o de un Ferrer; malditas las cabezas canosas de un Doctor Francia o un Porfirio Díaz.

Canas, nieves, lirios, blancas nubes: enrojeced. Vive aún la deshonra de todas las blancuras, la vergüenza de todas las purezas: aun alienta la ancianidad odiosa de Porfirio Díaz,

La inmundicia destinada a las moscas es a veces protegida por la nieve.

(De Regeneración, 21 de octubre de 1910).

Frailes y tiranos

No puede negarse que el proletariado mexicano empieza a dar señales de vida. Las huelgas de Cananea y de Río Blanco, cuyo trágico desenlace no es posible recordar sin sentir cólera contra un Gobierno de asesinos, fueron el comienzo de la guerra industrial en México. A esas huelgas siguieron otras, las de los ferrocarrileros, motoristas, panaderos y muchas más, que sacudieron fuertemente la atención de los capitalistas y los hombres del Gobierno que nunca pensaron que el dócil trabajador mexicano llegase a cansarse de sus cadenas.

Asustado el Gobierno, quiso detener en sus comienzos el movimiento del proletariado empleando la vieja política del terror. ¿Tenían hambre los obreros y pedían en voz alta salario más elevado? Pues, allá iban los cosacos de la Dictadura a ahogar en sangre las demandas de justicia. ¿Se unían los trabajadores para luchar contra el Capital? Pues, no tardaban los soldados en llegar a aprehender a los directores de la unión y en fusilarlos. Así pasó en Cananea; así sucedió en Río Blanco. Pero esto no dio al despotismo el resultado apetecido. La intranquilidad continuó existiendo; el disgusto de las masas obreras cada vez era más marcado y hoy el proletariado está próximo a verificar su primera insurrección consciente.

La alarma de las clases directoras es grande, tan grande como el disgusto de la clase proletaria que está para exteriorizarse en acción. Espartaco despierta; Shylock se estremece; Loyola, en las sombras, urde sus planes.

El clero mexicano ha salido al encuentro de las demandas proletarias con el jesuitismo que le es característico. Díaz no pudo acallar a balazos la protesta del hambre; ahora encomienda a Loyola la solución del conflicto. Ya se sabe que tiranos y frailes se han prestado mutuamente apoyo en todos los casos graves.

José Mora y Del Río, Arzobispo de México, asociado a algunos Obispos, Canónigos y simples presbíteros y seglares ha organizado una serie de conferencias para buscar una solución al Problema del Trabajo, el que pretenden resolver por medio de una amigable avenencia entre patronos y trabajadores.

Guillermo De Landa y Escandón, Gobernador del Distrito Federal, por su parte, después de tantas visitas a fábricas y talleres; después de haber visto con sus propios ojos las pésimas condiciones en que se efectúa el trabajo, los miserables salarios que ganan los obreros y las largas jornadas de labor, está en vísperas, según dice El Imparcial, de fundar una sociedad mutualista y moralizadora, para obtener el resultado que quieren los clérigos: la amigable avenencia entre patronos y trabajadores.

De este modo, frailes y tiranos quieren resolver el Problema del Trabajo. Nada de decir al trabajador que es víctima de la voracidad de los capitalistas con el sistema del salariado; nada de ahondar el asunto haciendo ver claro al proletario que no hay ninguna razón para que deje a los patrones casi la totalidad del producto del trabajo. Esas son cosas de los anarquistas y de los socialistas, dicen a una voz clérigos, déspotas y ricos.

El proletariado debe estar bien prevenido para no dejarse embaucar por sus verdugos. No puede haber paz, ni es de desearse que la haya, mientras exista la desigualdad social, esto es, mientras haya pobres y ricos, patrones y trabajadores. Media un abismo insondable entre el interés del rico y el interés del trabajador. El interés del rico está en aumentar sus ganancias a costa del trabajo del pobre; el interés del pobre está en aumentar sus ganancias en perjuicio del pretendido derecho del rico. ¿Cómo podrían conciliarse esos dos intereses diametralmente opuestos? De ninguna manera. Charlatanería es, y no otra cosa, pretender resolver el Problema del Trabajo por la fraternización de intereses que se excluyen.

Pero en el caso que nos ocupa hay un fin avieso que lo hace doblemente odioso. Frailes y tiranos quieren desviar las tendencias del movimiento obrero mexicano. Frailes y tiranos ven claramente que el trabajador comienza a orientarse, a comprender que su causa es distinta de la causa del capitalista, y se hace urgente para ellos detener el avance de las ideas modernas sobre Capital y Trabajo y darles un curso que les permita prolongar el actual orden de cosas tan propicio a las rapacidades del Capital.

De desear es que la clase trabajadora entienda de una vez que su redención tiene que ser obra de su propio esfuerzo. Las clases directoras, como ya lo hemos dicho otras veces, se hacen pagar bien caros los pretendidos servicios que prestan a las clases laboriosas. Los trabajadores deben tomar por su cuenta el estudio y solución de sus problemas. No dejar más al lobo el oficio de pastor.

La Revolución se acerca. Tomemos la tierra para el pueblo, ennoblezcamos el trabajo y demos con ello una lección a frailes y tiranos de cómo deben tratarse las cuestiones entre el Capital y el Trabajo.

(De Regeneración, 29 de octubre de 1910).

Sembrando

Yo me imagino las satisfacciones y las angustias del sembrador. ¡Cuántas emociones debe sentir el hombre que pone el grano en la tierra! He aquí un yermo; pero el sembrador viene y remueve la tierra, la rebana, desmenuza los toscos terrones, la peina, echa el grano y riega. Luego, ¡a esperar! Mas no consiste esa espera en cruzarse de brazos: hay que luchar; hay que luchar contra las aves que bajan a comerse el grano, contra los animales que se alimentan de las plantitas tiernas, contra el frío o la acequia que amenaza desbordarse, contra el yerbajo que se extiende y va a sepultar la siembra. ¡Con qué emoción aguarda cada nuevo día, esperando ver las puntitas verdes de las plantas saliendo de la tierra negra! Por fin aparecen, y entonces levanta angustiado la vista al cielo; sabe leer en las nubes el tiempo que va a haber; la dirección con que sopla el viento, tiene, igualmente, grande importancia. Viendo las nubes, reconociendo el viento, se le ve palidecer o iluminarse su rostro, según se deduce de la apariencia del medio, bueno o mal tiempo.

Empero, estas torturas nada son comparándolas con las que sufre el sembrador de ideales. La tierra recibe con cariño. El cerebro de las masas humanas rehúsa recibir los ideales que en él pone el sembrador. La mala hierba, las malezas representadas por los ideales viejos, por las preocupaciones, las tradiciones, los prejuicios, han arraigado tanto, han profundizado sus raíces de tal modo y se han entremezclado a tal grado, que no es fácil extirparlas sin resistencia, sin hacer sufrir al paciente. El sembrador de ideales echa el grano; pero las malezas son tan espesas y proyectan sombras tan densas, que la mayor parte de las veces; no germina; y si, a pesar de las resistencias, la simiente-ideal está dotada de tal vitalidad, de tan vigorosa potencia, que logra hacer salir el brote, crece este débil, enfermizo, porque todos los jugos los aprovechan las malezas viejas y es por esto por lo que con tanto trabajo logran enraizar las ideas nuevas.

El miedo a lo desconocido entra con mucho en la resistencia que el cerebro de las masas ofrece a los ideales nuevos. La cobardía del rebaño queda perfectamente expresada en la frase que anda en boca de todos los taimados: Vale más malo por conocido que bueno por conocer. Son amargos los frutos de las viejas ideas: sin embargo, la imbecilidad o cobardía de las masas los prefieren mejor que entregarse al cultivo de nuevos y sanos ideales.

El sembrador de ideales tiene que luchar contra la masa, que es conservadora; contra las instituciones, que son conservadoras igualmente; y solo, en medio del ir y venir del rebaño que no lo entiende, marcha por el mundo no esperando por recompensa más que el bofetón de los estultos, el calabozo de los tiranos y el cadalso en cualquier momento, Pero mientras va sembrando, sembrando, sembrando; el sembrador de ideales que llega va sembrando, sembrando, sembrando...

(De Regeneración, 5 de noviembre de 1910).

El pueblo y la tiranía

El tirano no es un producto de generación espontánea: es el producto de la degradación de los pueblos. Pueblo degradado, pueblo tiranizado. El mal, pues, está ahí: en la masa de los sufridos y los resignados, en el montón amorfo de los que están conformes con su suerte.

Es costumbre, cuando la tiranía aprieta la garra un poco más de lo que se está acostumbrado a sufrirla, levantar los puños con dirección al trono donde el déspota está sentado, cuando bueno fuera descargar los primeros golpes sobre los rostros indiferentes de los mansos, de los que encuentran todavía satisfacciones y dichas en su condición de esclavos.

Los sumisos, los mansos; los indiferentes, los sufridos, los resignados, son la masa, la muchedumbre que con su pasividad, su modorra y falta de carácter hace lento y doloroso el avance de las sociedades humanas hacia la libertad y la felicidad. ¡Cuántas veces el genio perece, rotas las alas por la resistencia de las masas! Así son las masas, estúpidas; no marchan, y si alguien quiere ponerse en marcha, le rompen las piernas; no vuelan, y si alguien quiere volar, le hacen pedazos las alas. ¿Cómo será posible que el cóndor se remonte a las alturas cuando la masa glutinosa le impide desplegar las alas?

Esclavas de su propio miedo y su falta de energía, las masas no ofrecen resistencia al despotismo, y este las aplasta, las humilla, las escupe, las diezma; pero no se rebelan, no se levantan como un solo hombre para castigar a sus verdugos. Una humanidad así no tiene objeto alguno sobre la Tierra, Soportarlo todo con tal de vivir, parece ser el lema de la especie humana, El tirano lo sabe, y oprime: el rico lo sabe, y explota a los trabajadores; el fraile lo sabe, y toma por tarea el fomentar el miedo y la resignación de los pueblos.

Por eso, cuando una voz valerosa se levanta, se hace el vacío en torno del apóstol, y son manos encadenadas las que lo señalan a los sicarios del tirano. ¿No fue el crimen de las masas la crucifixión de Jesucristo? De la masa salió Judas, el denunciante; los sayones eran hijos de la masa, y como para que no supiera que se trataba de un crimen de la multitud, la población entera alargó los hocicos para escupir al mártir.

¿Puede alguien asombrarse de que haya tiranos? ¿No son ellos el producto de la cobardía, de la indiferencia y de la falta de vergüenza de las multitudes? ¿No fueron las masas, acaudilladas por el borracho Pio Marcha, las que se pusieron el yugo de la monarquía de Iturbide? ¡Miente quien diga que Porfirio Díaz se sostiene por medio de las armas!: es la pasividad, la mansedumbre, la indiferencia, la cobardía, la falta de vergüenza y de dignidad de las masas la fuerza del tirano. Prueba: quince millones de mexicanos están sometidos a la obediencia de un tirano, cuya fuerza es de menos que sesenta mil hombres armados, lo que da el bochornoso resultado de que basta un hombre armado de los despotismos para tener a raya a una multitud de mexicanos.

Sobre qué pocas espaldas descarga su peso la gigantesca obra del porvenir. Sin embargo, ¡adelante! hasta que de la multitud, por cuya libertad y felicidad se trabaja con tantos sacrificios salga el Judas, que ha de vendernos. ¡Así fue ayer; así será hoy!

(De Regeneración, 5 de noviembre de 1910).

El partido liberal y el antirreeleccionista

En su edición del 23 del pasado octubre, al comentar el Diario del Hogar, de la ciudad de México, un articulo publicado por el periódico americano El paso times de El Paso, Texas, acerca de la venida de Madero a los EE. UU., dice: El Partido Liberal, que así podemos llamarlo determinando claramente que es el Antirreeleccionista, no rechaza a Madero, que es muy suyo.

No queremos dejar pasar inadvertido este error, que no otra cosa es considerar como una misma cosa al Partido Liberal Mexicano y al Partido Nacional Antirreeleccionista. Precisa hacer ver este error, porque en realidad no es solamente el Diario del Hogar quien lo propala como una verdad, sino que lo mismo aseguran muchas personas, de buena fe unas y otras con el propósito de restar fuerza al Partido Liberal en favor del Antirreeleccionista, asegurando esas personas a los liberales que Madero y nosotros estamos de acuerdo y los dos partidos son uno solo con distintas denominaciones.

El Partido Liberal lucha por obtener la libertad política y la libertad económica para todos los mexicanos, esto es, que todos sean libres como ciudadanos y todos tengan pan. Para que el pueblo esté en camino de conseguir esos bienes, el Partido Liberal quiere el debilitamiento de la fuerza absorbente que caracteriza al Poder Ejecutivo; el debilitamiento igualmente de la influencia que ejerce el clero en la vida política y en el hogar de los ciudadanos; la dignificación y educación del proletariado teniendo como base el bienestar material que produce el aumento de los salarios y la disminución de las horas de trabajo; abolición de la miseria y engrandecimiento de la raza por medio de la entrega al pueblo de la tierra y de los útiles para trabajarla. Esta es la esencia del Programa del Partido Liberal Mexicano, promulgado por la Junta Organizadora del mismo el primero de julio de 1906 en la ciudad de St. Louis, Missouri.

Este programa es bien distinto del Programa del Partido Antirreeleccionista que no pone ningún freno a la influencia del clero en los destinos del pueblo mexicano, influencia que ha sido funesta a la evolución de los pueblos que la han sufrido y retarda el progreso de los que aún se hallan sometidos a ella. La característica de todo partido liberal es su lucha contra el clero, y el Partido Antirreeleccionista no solo no vuela contra el clero, sino que su jefe, Francisco I. Madero, ha declarado pública y solemnemente en algunos de sus discursos, que no está dispuesto a poner en vigor las leyes de Reforma ni hostilizar en manera alguna al clero. El éxito de su gira a Puebla, se debió a su alianza con el clero. Tan buenas son las relaciones que Madero sostiene con el clero, que una buena parte de la prensa clerical está a su favor y la clerigalla poblana celebró con gran bombo, misas para salvar al candidato antirreeleccionista de la cárcel. ¿Puede ser liberal el Partido Maderista? Claro está que no. Los liberales luchamos enérgicamente contra el clero al que consideramos aliado natural de todos los tiranos, pues mientras estos oprimen por medio de la fuerza; los clérigos predican la sumisión y el respeto para los amos y la autoridad so pena de condenación en el infierno. ¿Quién no recuerda además, los inmensos males que el clero ha hecho al pueblo mexicano? El clero fue el peor enemigo que tuvieron los insurgentes mexicanos durante la guerra de independencia. El clero degradó y excomulgó a Hidalgo, sostuvo los gobiernos conservadores, recibió bajo palio a los invasores norteamericanos en 1847, levantó a las masas contra los liberales y sostuvo la guerra de tres años, provocó la invasión de los franceses y fabricó un trono para colocar en él al príncipe extranjero Fernando Maximiliano de Austria. Auxilió con su dinero y su influencia a Porfirio Díaz para asaltar la presidencia de la República y hoy ayuda a Madero moralmente, para ganar el sillón presidencial.

Nada se dice en el Programa del Partido Antirreeleccionista sobre la dignificación y educación del proletariado teniendo como base el bienestar material que produce el aumento de los salarios y la disminución de las horas de trabajo. Esto se explica si se tiene en cuenta que dicho partido está integrado por la clase capitalista e influenciado por el clero. A los capitalistas, naturalmente, no les hace gracia el dar mejores salarios a los trabajadores.

Menos aún se dice algo en el Programa del Partido Antirreeleccionista sobre la abolición de la miseria y engrandecimiento de la raza por medio de la entrega al pueblo de la tierra y de los útiles para trabajarla. Eso es natural, porque los ricos y el clero lo quieren todo para sí.

Deseamos que no se deduzca de lo que decimos que consideramos a Francisco Madero como un ambicioso vulgar que lucha por aumentar sus riquezas. Francisco I. Madero es un hombre de buena fe que ha sacrificado su tranquilidad y ha hecho lo que pocos hacen: desprenderse de sumas cuantiosas en pro de sus ideales. Ha luchado como bueno; pero sus ideales no son los del proletariado; sus ideales son los de la burguesía, esto es, de los ricos, de los intelectuales y de los clérigos. Madero cree que un partido de la burguesía puede operar el engrandecimiento de la raza mexicana, mas la experiencia demuestra que los partidos burgueses ya sean republicanos o monárquicos, no procuran el bienestar de los pobres ni lógicamente se puede esperar que lo procuren dado que los intereses de las dos clases sociales, la poseedora y la no poseedora, son distintos, son antagónicos. Los partidos burgueses desde la revolución francesa hasta nuestros días y lo mismo en los EE. UU., que en Suiza, en la Argentina que en Francia, no se han preocupado de otra cosa cuando están en el poder que en el beneficio exclusivo de las clases altas de la sociedad.

Se ve, por lo expuesto, que el Partido Liberal y el Partido Antireeleccionista, no tienen nada en común a no ser el deseo de que deje de oprimir al pueblo mexicano la dictadura de Porfirio Díaz; pero mientras el Partido Liberal trabaja por un cambio radical en las condiciones de vida del pueblo, el Partido Antireeleccionista se conforma con la simple caída del tirano y, muy especialmente, de la camarilla científica, que ha acaparado los negocios por los que suspiran los capitalistas que no forman parte de esa camarilla.

Deseamos que los liberales se penetren bien del espíritu de los trabajos del Partido Liberal, para que no haya más confusiones. Ciertamente que el Partido Antirreeleccionista es un partido de oposición al gobierno actual, pero sus tendencias son diametralmente distintas a las tendencias del Partido Liberal. El Partido Antirreeleccionista es un verdadero partido conservador.

Ahora, a escoger, cada quien su bandera. Con nosotros, los que aspiren a ver ennoblecida, libre y feliz a la raza mexicana. Con los demás partidos los que quieran el engrandecimiento y el poderío de una parte reducida de la familia mexicana.

(De Regeneración, 5 de noviembre de 1910).

Libertad política

Deseamos que nuestros compañeros los desheredados se penetren bien de lo que es la libertad política y los beneficios que puede reportar a los pueblos. Nosotros tenemos la convicción de que la libertad política por si sola es impotente para hacer la felicidad de los pueblos, y es por eso por lo que trabajamos con empeño por hacer entender al pueblo que su verdadero interés es el de trabajar por la libertad económica, que es la base de todas las libertades, el cimiento sólido sobre el cual puede construirse el grandioso edificio de la emancipación humana.

La libertad política da al hombre el derecho de pensar, el derecho de emitir su pensamiento, el derecho de reunirse, el derecho de ejercer el oficio, profesión o industria que le acomode, el derecho de transitar libremente por el territorio nacional, y entre otros muchos derechos y prerrogativas tiene el derecho de votar y ser votado para los cargos públicos de elección popular. En cambio de estas libertades vienen las obligaciones, siendo las principales: el pago de contribuciones para los gastos públicos, el servicio gratuito a las autoridades cuando estas necesiten el auxilio de los ciudadanos, la obligación de servir como soldado.

Ya hemos explicado otras veces que la inferioridad social del proletario y del pobre en general hace completamente ilusoria la libertad política, esto es, no puede gozar de ella. La ignorancia y la miseria inhabilitan al hombre para pensar y emitir sus pensamientos, y aun cuando lograse pensar y emitir sus pensamientos, serían estos de una inferioridad intelectual tan marcada que su influencia seria nula por la imposibilidad de hacerlos preponderar sobre la brillante argumentación de los hombres instruidos. Intelectualmente, pues, el proletario está subordinado a las inteligencias de los hombres cultos que por el hecho mismo de su cultura gozan de comodidades y tienen, por lo tanto, ideales que corresponden a la vida fácil de las clases altas de la sociedad, cuyo interés en conservar esas facilidades de existencia que no se fundan en un principio de igualdad y de justicia sociales, sino en la desigualdad misma, en el hecho de la diferencia dé facilidades de existencia entre las clases alta y baja de la sociedad. Se ve, por esto, que la libre emisión del pensamiento aprovecha casi exclusivamente a las clases altas. El derecho de reunión es igualmente ilusorio para el proletariado en virtud de su inferioridad intelectual que lo subordina, naturalmente, lógicamente, a las clases cultas, que, si se trata de reuniones políticas, se sirve de la masa como fuerza numérica para decidir una contienda electoral, o para hacer variar de política a un gobierno o simplemente de tablado sobre el cual exhibirse y brillar mejor.

Ilusorio es, igualmente, el derecho de ejercer el oficio, profesión o industria que se quiera. La ignorancia y la miseria inhabilitan al hombre para entregarse libremente al ejercicio de una profesión, derecho que solamente puede ser disfrutado por las clases altas que tienen dinero para sostener los estudios de sus hijos. Igualmente se necesita poseer bienes de fortuna para establecer una industria. Al proletariado no le queda otro derecho que el de ejercer un oficio, y aun para escoger un oficio se necesita gozar de alguna independencia económica y poseer cierta instrucción, circunstancias que no concurren en la generalidad de los pobres.

Lo que se ha dicho acerca de los derechos políticos aquí enumerados, se puede decir, con ligeras variaciones, de los demás. Para gozar de los derechos políticos se necesitan la independencia económica y la instrucción, y todo hombre que se dedique sinceramente a trabajar por el bienestar del pueblo debe luchar, con todas sus fuerzas, por un cambio de las condiciones políticas y sociales existentes, en otras que garanticen la independencia económica, base de la educación y de la libertad, o que garanticen, al menos, una independencia relativa, gracias a la cual pueda el proletariado unirse, educarse y emanciparse al fin.

El derecho del voto es también ilusorio por la misma razón que hace ilusorios los demás derechos cuyo conjunto es lo que se llama la libertad política. La ignorancia y la miseria ponen a los pobres en una situación de inferioridad que los subordina, natural y lógicamente, a la actividad política de las clases altas de la sociedad. Por razones de educación, de instrucción y de posición social, las clases altas asumen el papel de directoras en las contiendas electorales. Los individuos de las clases altas, en virtud de su independencia económica, disponen de más tiempo que los proletarios para dedicarse a otras cosas distintas de las ocupaciones ordinarias de la vida, y, todavía más, muchos de los individuos de las clases directoras hacen de la política la ocupación única de su vida. Todo esto contribuye a que el proletariado que, en virtud de verse forzado a trabajar día con día para poder vivir, no puede tomar a su cargo la dirección de las campañas políticas, tenga que subordinarse a los trabajos de las clases directoras, conformándose los trabajadores con hacer el papel de votantes en las farsas electorales. La discusión de los candidatos, la confección de los programas de gobierno, el plan de la campaña electoral, la propaganda y todo lo que requiere actividad y discernimiento, quedan absolutamente a cargo de los directores del movimiento electoral, pues aun en el caso de que se formaran clubes especiales de trabajadores para los trabajos electorales, lo que en ellos se hiciera no seria sino el reflejo de lo que se hace en los clubes electorales de las clases directoras, de los cuales son mero espejo. De todo lo cual resulta que los pobres no tienen otro derecho que el de firmar la boleta electoral y llevarla a las casillas; pero sin conocer, a punto fijo, las cualidades de las personas que tienen que elegir, a quienes solo conocen por lo que de ellas dicen los propagandistas de las clases directoras.

El derecho de votar se reduce, en tales condiciones, a la tarea de firmar una boleta y llevarla a la casilla, y con ello los trabajadores —y los pobres en general— nada ganan, como no sea el cambiar de amo, amo que no va a trabajar en beneficio de los intereses de los pobres, sino en beneficio de las clases altas de la sociedad, pues estas fueron las que en verdad hicieron la elección.

He aquí cómo la libertad política, por si sola, no tiene el poder de hacer feliz a ningún pueblo. Lo que urgentemente necesitan no solo México, sino todos los pueblos cultos de la Tierra, es la libertad económica que es un bien que no se conquista con campañas electorales, sino con la toma de posesión de bienes materiales, tales como la tierra y la dignificación y ennoblecimiento de la clase trabajadora por medio de mejores salarios y menor número de horas de trabajo, cosas que, como lo hemos repetido mucho, darán al proletariado la oportunidad de unirse, de estudiar sus problemas, de educarse y de emanciparse finalmente.

Por lo expuesto se ve que, en realidad, el pueblo no ejercita, no puede ejercitar los derechos políticos; pero eso no lo descarga de las obligaciones que le impone la ley. No tiene derecho a otra cosa que a morirse de hambre; pero está obligado a pagar las contribuciones para que vivan con holgura precisamente los que lo dominan. El brillante Ejército, los polizontes de todas clases, los funcionarios políticos, judiciales, municipales y administrativos, desde los más altos hasta los más humildes, los miembros de las Cámaras legislativas federales y de los Estados y una caterva de empleados altos y bajos, tienen que ser pagados con las contribuciones de todas clases, aduanales, del Timbre, directas y municipales que pesan exclusivamente sobre los hombros del pobre, porque si bien es cierto que son los ricos los que las pagan por los negocios que tienen entre manos, sacan lo que han pagado al Gobierno encareciendo las rentas de las casas, de las tierras, de los comestibles, de las mercancías en general, siendo, por lo tanto, los pobres, los únicos que tienen que pagar los gastos del Gobierno, entre los que hay que agregar las subvenciones a la Prensa gobiernista, las gratificaciones que acostumbra dar a los más viles y más bajos de los aduladores, y las cantidades que los hombres que gobiernan sacan de las cajas de las oficinas públicas para aumentar sus riquezas.

Pero no es esta la única obligación de los pobres. Entre otras está el servicio gratuito que deben prestar, ya por medio de las rondas para cuidar los intereses de los ricos, ya componiendo las carreteras para que se deslicen mejor los automóviles de los ricos también, y por ese tenor todos los demás servicios, hechos gratuitamente por los de abajo en beneficio de los de arriba, y, como digno remate de la burla con que se paga la candidez de los pueblos, el proletariado debe dar sus mejores hijos al cuartel y sus más bellas hijas al lupanar, para que sus hijos lo asesinen cuando se declare en huelga, o reclame sus derechos y sus hijas sean manchadas por los señoritos, y los viejos también, de la santa burguesía.

Obligaciones, cargas, afrentas, miseria, prostitución, crimen, ignorancia, desunión, ése es el sombrío cortejo de males que sobre el pueblo arroja la libertad política cuando se la considera como la panacea que ha de curar todas las dolencias de la humanidad. La libertad, así, es un edificio sin base sólida e incapaz de tenerse en pie. Lo que el pueblo necesita para gozar de libertades es su emancipación económica, base inconmovible de la verdadera libertad.

(De Regeneración, 12 de noviembre de 1910).

Hacia la unión

La American Federation of Labor (Federación Americana del Trabajo) invitó a los mexicanos a ingresar a la Unión. Regeneración hizo suyo ese llamamiento y a eso se debió la presencia de un gran número de trabajadores mexicanos en el salón del Labor Temple la noche del martes 8 del actual en que muchos compañeros se inscribieron como miembros de esa Unión de trabajadores. Muchos pagaron de una vez su cuota de inscripción y otros, que no iban preparados para ello, manifestaron que después harían el pago.

Este paso dado por los trabajadores mexicanos es de grande importancia. Su ingreso a la American Federation of Labor significa, en primer lugar, cultura, porque solo los trabajadores cultos comprenden las ventajas que la unión tiene para los que han de ganarse el pan con el sudor de su frente.

Aunque la característica de las sociedades modernas es el antagonismo de los intereses que es lo que se llama competencia, antagonismo que da por resultado que no solo las clases de intereses opuestos están en abierta pugna, sino que los individuos de una misma clase están en pugna entre sí como ya lo hemos explicado otras veces, y es lo que nos hace ver que un comerciante está celoso de las ganancias de otro comerciante y trata de quebrarlo; un industrial está celoso de las ganancias de otro industrial y busca la manera de arruinarlo, y en el mundo obrero un trabajador con hambre y falto de espíritu de solidaridad y de vergüenza se ofrece por menos sueldo que su compañero cuyo lugar envidia; aunque, como se dice, la característica de las sociedades modernas es la competencia, los patrones se unen y ofrecen de esa manera una resistencia efectiva contra los trabajadores desunidos que tienen que admitir los salarios que los amos tienen a bien fijar. Contra la unión de los capitalistas se ha formado la unión de los trabajadores; a una fuerza se ha opuesto otra fuerza, y gracias a esa unión de los trabajadores, las condiciones del trabajo mejoran, los salarios aumentan y las horas de trabajo se acortan.

Lo primero que sorprende a los mexicanos que vienen a este país, es el modo culto de vestirse y la mayor suma de bienestar que disfruta el trabajador americano no es obra de la casualidad ni el resultado de la bondad o generosidad de los patrones. Ese bienestar que todavía es bien poco comparándolo con el bienestar que el trabajador tiene derecho a disfrutar como dueño de lo que produce y que conquistará cuando se haga el ánimo de tomar posesión de los medios de producción y transporte de las riquezas; ese bienestar de que goza el trabajador americano se debe al esfuerzo del mismo trabajador por unirse para ir ganando ventaja sobre el capitalismo. A las Uniones de Trabajadores se debe de que en este país no haya salarios de dieciocho centavos o tres reales diarios que tan comunes son en nuestro infortunado país.

Los trabajadores mexicanos, trabajando por menos sueldo que los trabajadores americanos, se hacen mal a sí mismos, porque si ingresaran a las Uniones de Trabajadores de este país ganarían tanto como los americanos, y unidos todos, cada vez se obtendrían mejores salarios al mismo tiempo que nuestra raza iría siendo cada vez más respetada por todos.

La ventaja inmediata de la Unión, es el aumento de salario y el aumento de respeto y consideración para nuestra raza. Las ventajas ulteriores son: conocimiento cada vez más exacto del interés común a los trabajadores y, con el ingreso de elementos progresistas, la evolución de la American Federation of Labor hacia la forma sindical de las uniones de Europa.

Compañeros: la American Federation of Labor cuenta con tres millones de miembros. Esta fuerza estará a vuestro servicio cuando demandéis mejor salario y disminución de horas de trabajo a vuestros patrones. Aislados como estáis tendréis que conformaros con lo que a vuestros amos se les antoja daros. Unidos a la poderosa Unión de que os hablo, obligaréis a vuestros amos a ser menos avaros con vosotros. Vuestro interés es, pues, uniros.

La American Federation of Labor, al hacer el llamamiento a los mexicanos para que se unan, tiene el propósito de conseguir que en esta ciudad ningún trabajador gane menos de dos pesos cincuenta centavos diarios por ocho horas de trabajo. Esto, pues, será lo menos que gane un trabajador cuando se haya hecho fuerte la unión de los mexicanos.

Compañeros: acudid al llamamiento que se os hace. No desperdiciéis tan buena ocasión que se os presenta para adquirir una mejor en vuestra situación. Haced a un lado esa apatía que os pierde. Vuestras familias necesitan dinero para comer, para vestirse, para vivir un poco más tranquilas. En vuestras manos, pues, está el que llevéis más dinero a vuestras casas y el que seáis más respetados y más considerados. Dad, por último, una prueba de que el mexicano tiene también aspiraciones, tiene dignidad y tiene vergüenza.

Compañeros: solo el hombre que no se respeta a sí mismo, es capaz de no aspirar a mejorar en su condición. ¿Quién al ver la miseria en su hogar no aspira por mejorar la situación de los suyos? ¿Quién podrá ver con indiferencia los sufrimientos de su compañera, de sus hijos o de sus ancianos padres por falta de elementos pecuniarios? Y el trabajador que no tiene familia ¿está conforme con la vida miserable que lleva, viviendo al día, sin esperanzas de mejorar?

Es conveniente hacer saber que el llamamiento no solo se hace a los hombres sino también a las mujeres mexicanas trabajadoras. La mujer gana todavía menos que el hombre, y hay en esta ciudad un gran número de trabajadoras mexicanas. Acudid en masa, compañeras a inscribiros como unionistas.

Para ingresar a la Unión hay que pagar veinticinco centavos en el momento de inscribirse y cincuenta centavos de cuota al mes. ¿Qué sacrificio es ese comparado con el benéfico resultado que se obtendrá?

Mexicanos: acudid todos al Labor Temple todos los viernes a las siete y media de la noche a presenciar las sesiones de la Unión y a inscribiros como miembros. Nadie debe ser indiferente a su propio bienestar. Estamos en un país extranjero en donde tenemos la obligación de hacernos respetar, y el respeto solamente podemos adquirirlo demostrando con hechos que somos civilizados, que aspiramos a mejor género de vida, que sabemos ser solidarios.

(De Regeneración, 12 de noviembre de 1910).

La repersecusión de un linchamiento

La prensa diaria de esta ciudad se ha ocupado, en estos últimos días, de dar cuenta a sus lectores de supuestos ultrajes inferidos a norteamericanos en la ciudad de México, por turbas amotinadas. Los relatos de esa Prensa son realmente espeluznantes; pero creemos que hay mucha exageración en ellos.

No es posible negar que en toda la América latina se opera una reacción contra el imperialismo de los Estados Unidos, que, para la vida de aquellos países como naciones autónomas, es una grave amenaza. Un sentimiento de hostilidad, cada vez más marcado, contra la política absorbente del Gobierno norteamericano, se nota en aquellos pueblos.

No el pueblo norteamericano, sino la codicia de los grandes millonarios norteamericanos; la sed de oro de la plutocracia de este país ha sido el origen de ese sentimiento que hace lento y difícil el logro de la fraternidad entre los seres humanos que pueblan este Continente, pues mientras los hombres que nos hemos emancipado de los prejuicios de raza trabajamos por crear lazos fraternales entre todos los hombres, los millonarios, los grandes negociantes, los bandidos de las finanzas, procuran con sus actos dividir a los pueblos, abrir abismos entre las diversas razas y las diversas nacionalidades, para, de ese modo, tener seguro su imperio: divide y reinarás, dijo Maquiavelo.

Los ataques que han sufrido los pueblos latinos de América han sido motivados por la ambición de los grandes millonarios, que echan mano del patriotismo para ir a ultrajar pueblos que no han cometido otro delito que vivir sobre ricas tierras que han tentado la codicia de los vampiros de Wall Street. ¿Quién no recuerda el ataque a su soberanía sufrido por Colombia? ¿Quién ha olvidado las intrigas de los grandes millonarios de este país contra la independencia de Venezuela? ¿Para quién es un misterio que la política de la Casa Blanca sobre las naciones latinas de este Continente, es una política de absorción, es una política que tiende, además, al sostenimiento de tiranías desenfrenadas como la de Estrada Cabrera en Guatemala y la de Porfirio Díaz en México? ¿Y quién duda ya que dondequiera que aparece un Gobierno que no se somete a la vergonzosa tutela de la plutocracia norteamericana, tarde o temprano se verá comprometido ese Gobierno con revueltas interiores, fraguadas, dirigidas y fomentadas por ricos norteamericanos, siendo los puertos de los Estados Unidos los lugares de donde parten las expediciones filibusteras que van a hacer la guerra en son de revolución contra los Gobiernos de las naciones latinoamericanas que no se plegan a las exigencias del capitalismo de esta nación? ¿No es público y notorio que la revolución contra el presidente Zelaya, de Nicaragua, fue la obra de aventureros norteamericanos, pagados con el oro de Wall Street? Y como si no fuera bastante todo esto, ¿no recuerdan los mexicanos que si se derramó su sangre combatiendo contra la plutocracia de esta nación fue por la ambición de los ricos sobre las tierras de México?

Estos son hechos que hablan con toda su elocuencia. Estos son hechos que están en la memoria de todos; hechos cuyo origen está en la sed insaciable de riqueza de los grandes millonarios norteamericanos, y que han venido a levantar una muralla entre las dos razas pobladoras de este hermoso Continente; muralla que seguirá en pie, enhiesta, insuperable, y que acabaría por convertir en encarnizadas enemigas a dos fracciones importantes de la raza humana, si la propaganda de los libertarios no estuviera prendiendo en el corazón de la gleba de todas las razas sentimientos de amor y de fraternidad, que al robustecerse, derribarán esa barrera levantada por los crímenes del capitalismo, haciendo de todos los intereses uno solo, hermoso, grande: el de la solidaridad.

En México, especialmente —no hay que negarlo— existe un sentimiento de hostilidad bien marcado contra la tendencia absorbente del Gobierno de la Casa Blanca, sentimiento que de día en día se hace más hondo por la acción individual o colectiva de los norteamericanos contra los mexicanos que residen en esta nación. Todos saben con qué desprecio se trata a la raza mexicana en general; todos saben que en Texas se trata a los mexicanos de manera peor que a los negros. En los hoteles, fondas y otros establecimientos públicos de Texas, no se admite al mexicano. Las escuelas oficiales cierran sus puertas a los niños de nuestra raza. Norteamericanos semisalvajes se ejercitan al blanco en los mexicanos. ¡Cuántos hombres de nuestra raza han muerto porque a un salvaje de pelo rubio se le ha ocurrido probar su habilidad en el manejo de las armas disparando sobre ellos, sin que haya mediado disputa alguna! En las llamadas Cortes de justicia se juzga a los mexicanos, generalmente sin formalidad alguna, y se les sentencia a la horca o a sufrir penas tremendas, sin que haya habido prueba, pero ni la menor sospecha de que hayan cometido el delito por el cual se les hace sufrir. Todo esto unido al orgullo que en México muestran los norteamericanos ricos que consideran nuestro desgraciado país como país conquistado, porque el cobarde y traidor tiranuelo que nos oprime, les da todo lo que quieren, les concede todo lo que demandan, les pone en posesión de tierras cultivadas y poseídas por labradores humildes —pues son siempre los pobres los que sufren—, los autoriza ampliamente para que acaben con nuestros bosques, para que exploten para su beneficio único las riquezas de las tierras y los mares mexicanos, para que funjan como autoridades que son casi siempre más brutales que las indígenas; todo esto ha venido a elevar todavía más la barrera que el capitalismo ha puesto entre las dos razas; todo esto ha venido a dificultar la tarea de fraternidad y de amor entre las razas todas del mundo que con nuestros actos y nuestra propaganda tenemos emprendida los libertarios de la Tierra.

Así las cosas, y cuando el pueblo mexicano ve en la plutocracia norteamericana el peor enemigo de sus libertades; cuando se ha dado bien cuenta de que la persecución y las torturas de que fuimos objeto en este país se debieron al deseo de los grandes millonarios norteamericanos de que subsistan en México las condiciones de tiranía y de barbarie que hacen posible para los malvados su rápido enriquecimiento; así las cosas, decimos, no se necesitaba sino un hecho cualquiera para levantar en México una tempestad de protesta, y el hecho que hizo explotar la indignación de que dan cuenta los diarios de esta ciudad es uno de tantos que han tenido por escenario las salvajes llanuras de Texas y por actores una turba de salvajes blancos lanzándose furiosos sobre un humilde mexicano. Un mexicano, Antonio Rodríguez —acusado de homicidio en la persona de una mujer norteamericana, y cuyo crimen no se llegó a probar ante los tribunales— fue amarrado a un poste por una horda de norteamericanos y se le prendió fuego en vida. Este espantoso crimen tuvo lugar en Rock Springs, Texas, el día 3 de este mes.

Los estudiantes de la ciudad de México acordaron organizar una manifestación de protesta contra ese linchamiento, la que se llevó a efecto la noche del martes 8 de este mes. Una gran multitud se reunió; se pronunciaron discursos vigorosos protestando contra el ultraje. Un grupo numeroso de manifestantes se dirigió a las oficinas del periódico norteamericano The Mexican Herald, que, como se sabe, está sostenido por Díaz y es uno de los principales aduladores con que cuenta el despotismo. La multitud hizo pedazos, a pedradas, las vidrieras del edificio.

Al día siguiente, miércoles, los estudiantes, seguidos de una inmensa multitud, recorrieron las calles principales de la ciudad lanzando gritos de protesta contra los asesinatos de que son víctimas los mexicanos en Texas. Varias casas de comercio resultaron con los cristales rotos a pedradas. Una bandera norteamericana fue tomada por la multitud y hecha pedazos, en medio de gritos de indignación por los atropellos cometidos contra mexicanos en este país.

Los periódicos dan cuenta de un norteamericano linchado y un niño descalabrado, también de nacionalidad norteamericana; pero estos hechos no están comprobados y todo se reduce al deseo que tienen los periódicos de atraerse lectores publicando noticias sensacionales.

Igualmente dieron cuenta los periódicos de que fueron arrojadas bombas de dinamita a la residencia del Embajador norteamericano en México. Pero esa noticia como la del linchamiento del norteamericano y la descalabradura del niño, carecen de fundamento.

El miércoles la multitud invadió el edificio donde se edita el periódico más abyecto y más bajo que se publica en México, El Imparcial, y se entregó a la tarea de destruir el taller. Los gendarmes montados ocurrieron, y a machetazos dispersaron a los manifestantes, resultando un hombre pasado por el sable de uno de los cosacos.

El miércoles fue cuando ocurrieron los casos más notables. Las tropas cargaron sobre la multitud, resultando dos hombres muertos. Dispersada la multitud en un lugar, se reunía en otro de la ciudad y así sucesivamente. Hubo muchos encuentros entre los esbirros y el pueblo.

La protesta de los habitantes de la ciudad de México tuvo resonancia en Guadalajara, donde los estudiantes también organizaron una manifestación de protesta. Por varias horas las multitudes fueron dueñas de la ciudad. Muchas casas comerciales de norteamericanos fueron lapidadas. Toda la guarnición fue puesta sobre las armas, y después de varios encuentros entre manifestantes y las tropas se disolvieron las multitudes.

El Gobierno de Díaz, con su acostumbrada barbarie, tiene arrestados a más de cien estudiantes en la ciudad de México; ha dado órdenes terminantes a los polizontes y a la soldadesca de que repriman con ferocidad cualquier grito de protesta, y ante las reclamaciones del Gobierno de la Casa Blanca se ha deshecho en explicaciones, satisfacciones y promesas de que va a suprimir todos los periódicos que en virtud de haber publicado artículos protestando contra el linchamiento de Rodríguez, excitaron al pueblo a manifestar su disgusto.

Esto es todo lo que se sabe hasta los momentos de entrar en prensa Regeneración. El periódico católico El País recomienda el boicot contra los efectos norteamericanos como una protesta. Otros periódicos publican artículos enérgicos contra los crímenes de que son objeto los mexicanos en este país; pero ninguno se atreve a decir la verdad; ninguno abre los labios para decir que es el Capitalismo —el pulpo voraz que chupa la fuerza de los pueblos— el causante de todos esos disturbios, de todos esos crímenes; pues el Capitalismo fomenta el odio de razas para que los pueblos no lleguen a entenderse y así poder reinar a sus anchas.

(De Regeneración, 12 de noviembre de 1910).

Los utopistas

¡Ilusos, utopistas!, esto es lo menos que se nos dice, y este ha sido el grito de los conservadores de todos los tiempos contra los que tratan de poner el pie fuera del cerco que aprisiona al ganado humano.

¡Ilusos, utopistas!, nos gritan, y cuando saben que en nuestras reivindicaciones se cuenta la toma de posesión de la tierra para entregársela al pueblo, los gritos son más agudos y los insultos más fuertes: ¡ladrones, asesinos, malvados, traidores!, nos dicen.

Y sin embargo, es a los ilusos y a los utopistas de todos los tiempos a quienes debe su progreso la humanidad. Lo que se llama civilización, ¿qué es sino el resultado de los esfuerzos de los utopistas? Los soñadores, los poetas, los ilusos, los utopistas tan despreciados de las personas serias, tan perseguidos por el paternalismo, de los Gobiernos: ahorcados aquí, fusilados allá; quemados, atormentados, aprisionados, descuartizados en todas las épocas y en todos los países, han sido, no obstante, los propulsores de todo movimiento de avance, los videntes que han señalado a las masas ciegas, derroteros luminosos que conducen a cimas gloriosas.

Habría que renunciar a todo progreso; sería mejor renunciar a toda esperanza de justicia y de grandeza en la humanidad si siquiera en el espacio de un siglo dejase de contar la familia humana entre sus miembros con algunos ilusos, utopistas y soñadores. Que recorran esas personas serias la lista de los hombres muertos que admiran. ¿Qué fueron sino soñadores? ¿Por qué se les admira, si no porque fueron ilusos? ¿Qué es lo que rodea de gloria, sino su carácter de utopista?

De esa especie tan despreciada de seres humanos surgió Sócrates, despreciado por las personas serias y sensatas de su época y admirado por los mismos que entonces le habían abierto la boca para hacerle tragar ellos mismos la cicuta. ¿Cristo? Si hubieran vivido en aquella época los señores sensatos y serios de hoy, ellos habrían juzgado, sentenciado y aun clavado en el madero infamante al gran utopista, ante cuya imagen se persignan y humillan.

No ha habido revolucionario, en el sentido social de la palabra; no ha habido reformador que no haya sido atacado por las clases dirigentes de su época como utopista, soñador e iluso.

¡Utopía, ilusión, sueños...! ¡Cuánta poesía, cuánto progreso, cuánta belleza y, sin embargo, cuánto se os desprecia!

En medio de la trivialidad ambiente, el utopista sueña con una humanidad más justa, sana, más bella, más sabia, más feliz, y mientras exterioriza sus sueños, la envidia palidece, el puñal busca su espalda; el esbirro espía, el carcelero coge las llaves y el tirano firma la sentencia de muerte. De ese modo la humanidad ha mutilado, en todos los tiempos, sus mejores miembros.

¡Adelante! El insulto, el presidio y la amenaza de muerte no pueden impedir que el utopista sueñe...

(De Regeneración, 12 de noviembre de 1910).

En marcha

Porfirio Díaz está atareadísimo. Este viejo perverso no puede conformarse con la idea de dejar el Poder, y, a los ochenta años de edad, hace derroche de actividad y de energía para no soltar, para no permitir que le arrebaten la presa que devora hace más de treinta años. No sacia su hambre de oro, no sacia su sed de sangre. El dolor humano no tiene ninguna significación para su conciencia encallecida. No le preocupa la suerte de quince millones de seres humanos; para él lo importante es conservar el poder en sus manos para robar, para matar, para alimentar su codicia y su ambición. Y el bandido se da prisa; la Revolución está en marcha y la granujería que ocupa los puestos públicos, a imitación de su jefe, se da prisa también. Las uñas de los funcionarios arañan los fondos de los cofres sacando hasta el último centavo; los polizontes alargan los cuellos como buitres que buscan la presa; Limantour, en Europa, se arrodilla ante los banqueros pidiendo millones y más millones a gran prisa, antes que suene la hora; los jefes militares y sus oficialillos buscan ansiosamente al médico que ha de salvarlos de las balas revolucionarias por medio de un certificado falso de falta de salud; los gobernadores de los Estados acuden en tropel al Palacio Nacional a recibir la orden de matar en caliente a cuanto revolucionario, o sospechoso de serlo, caiga entre sus garras; los lacayos de la Cámara de Diputados votan precipitadamente un terrible aumento en el sueldo del tirano —ciento cincuenta pesos diarios— cuando hay millones de mexicanos que no comen carne en todo el año.

Sí, daos prisa, ¡bandoleros!; repletad bien vuestros bolsillos, arrebatad hasta el último cobre que había podido ocupar a vuestra codicia, porque vuestros minutos están contados...

Aunque se ocurre preguntar: ¿para qué tanto dinero? ¿Esperáis salir con vida del caos que con vuestro despotismo habéis preparado? Lo práctico seria que hicierais vuestro testamento a favor del pueblo, y ya es tiempo de hacerlo, urge hacerlo. Las águilas de Jiménez y Acayucan, Las Vacas y Viesca, Palomas y VaIladolid son cóndores ahora. Martinez Carreón, Lugo, De la Peña, Albertos, Kantún y Ramirez Bonilla, claman venganza desde sus sepulcros. ¡Venganza!, gritan los mártires de Veracruz; ¡venganza!, responde Papantla; ¡venganza!, clama Juchitán; ¡venganza!, repite Monterrey; ¡venganza! ruge Cananea; ¡venganza!, grita Río Blanco; y Velardeña, Tehuitzingo, Tlaxcala, Pótam y Chan Santa Cruz claman ¡venganza, venganza, venganza!

¡Ojo por ojo, diente por diente! Las viudas, los huérfanos, los deudos de vuestras víctimas deberían ser los primeros en tirar la cuerda que os ha de quitar la vida cuando la justicia popular pronuncie su sentencia inapelable. ¡Guay de vosotros el día de la justicia! Os ahogaréis en la misma sangre que habéis derramado.

Tembláis, ¡cobardes!, cuando se os habla de muerte. ¿No la habéis prodigado sin tasa? ¡Y qué diferencia!: a vosotros os ajusticiará el pueblo en medio de la Revolución, mientras vosotros habéis asesinado al pueblo a sangre fría, sin causa justificable, a no ser que consideréis legítimos vuestro dominio y vuestros crímenes.

La Revolución se acerca; ¡arriba, arriba los valientes! Es preferible morir como dioses en plena lucha, a la luz del sol, en el campo de batalla, que como mendigos en los jergones de nuestras covachas.

Porfirio Díaz ha descubierto un excelente medio para ganarse las simpatías de la Prensa norteamericana sin necesidad de subvenciones pagadas en monedas contantes y sonantes. Les regala tierritas a sus queridos primos, los escritores yanquis.

En los diarios de esta ciudad se anuncia descaradamente la venta de las tierras que pertenecían a los yaquis y que ahora son propiedad de varias compañías norteamericanas. Para proteger los intereses de los extranjeros, Porfirio Díaz deporta a Yucatán a los levantiscos yaquis. ¡Hay que tener fe en la Justicia!

(De Regeneración, 12 de noviembre de 1910).

La revolución

Está para caer el fruto bien maduro de la revuelta intestina; el fruto amargo para todos los engreídos con una situación que produce honores, riquezas, distinciones a los que fundan sus goces en el dolor y en la esclavitud de la humanidad; pero fruto dulce y amable para todos los que por cualquier motivo han sentido sobre su dignidad las pezuñas de las bestias que en una noche de treinta y cuatro años han robado, han violado, han matado, han engañado, han traicionado, ocultando sus crímenes bajo el manto de la ley, esquivando el castigo tras la investidura oficial.

¿Quiénes temen la Revolución? Los mismos que la han provocado; los que con su opresión o su explotación sobre las masas populares han hecho que la desesperación se apodere de las víctimas de sus infamias; los que con la injusticia y la rapiña han sublevado las conciencias y han hecho palidecer de indignación a los hombres honrados de la tierra.

La Revolución va a estallar de un momento a otro. Los que por tantos años hemos estado atentos a todos los incidentes de la vida social y política del pueblo mexicano, no podemos engañarnos. Los síntomas del formidable cataclismo no dejan lugar a la duda de que algo está por surgir y algo por derrumbarse, de que algo va a levantarse y algo está por caer. Por fin, después de treinta y cuatro años de vergüenza, va a levantar la cabeza el pueblo mexicano, y por fin, después de esa larga noche, va a quedar convertido en ruinas el negro edificio cuya pesadumbre nos ahogaba.

Es oportuno ahora volver a decir lo que tanto hemos dicho: hay que hacer que este movimiento, causado por la desesperación, no sea el movimiento ciego del que hace un esfuerzo para librarse del peso de un enorme fardo, movimiento en que el instinto domina casi por completo a la razón. Debemos procurar los libertarios que este movimiento tome la orientación que señala la Ciencia. De no hacerlo así, la Revolución que se levanta no serviría más que para sustituir un Presidente por otro Presidente, o lo que es lo mismo un amo por otro amo. Debemos tener presente que lo que se necesita es que el pueblo tenga pan, tenga albergue, tenga tierra que cultivar; debemos tener presente que ningún Gobierno, por honrado que sea, puede decretar la abolición de la miseria. Es el pueblo mismo, son los hambrientos, son los desheredados los que tienen que abolir la miseria, tomando, en primer lugar, posesión de la tierra que, por derecho natural, no puede ser acaparada por unos cuantos, sino que es la propiedad de todo ser humano. No es posible predecir hasta dónde podrá llegar la obra reivindicadora de la próxima Revolución; pero si llevamos los luchadores de buena fe el propósito de avanzar lo más posible por ese camino; si al empuñar el wínchester vamos decididos, no al encumbramiento de otro amo; sino a la reivindicación de los derechos del proletariado; si llevamos al campo de la lucha armada el empeño de conquistar la libertad económica, que es la base de todas las libertades, que es la condición sin la cual no hay libertad ninguna; si llevamos ese propósito encauzaremos el próximo movimiento popular por un camino digno de esta época; pero si por el afán de triunfar fácilmente; si por querer abreviar la contienda quitamos de nuestras tendencias el radicalismo que las hace incompatibles con las tendencias de los partidos netamente burgueses y conservadores, entonces habremos hecho obra de bandidos y de asesinos, porque la sangre derramada no servirá más que para dar mayor fuerza a la burguesía, esto es, a la casta poseedora de la riqueza, que después del triunfo pondrá nuevamente la cadena al proletariado con cuya sangre, con cuyo sacrificio, con cuyo martirio ganó el poder.

Preciso es, pues, proletarios; preciso es, pues, desheredados, que no os confundáis. Los partidos conservadores y burgueses os hablan de libertad, de justicia, de ley, de gobierno honrado, y os dicen que, cambiando el pueblo los hombres que están en el Poder por otros, tendréis libertad, tendréis justicia, tendréis ley, tendréis gobierno honrado. No os dejéis embaucar. Lo que necesitáis es que se os asegure el bienestar de vuestras familias y el pan de cada día; el bienestar de las familias no podrá dároslo ningún Gobierno. Sois vosotros los que tenéis que conquistar esas ventajas, tomando desde luego posesión de la tierra, que es la fuente primordial de la riqueza, y la tierra no os la podrá dar ningún Gobierno, ¡entendedlo bien!, porque la ley defiende el derecho de los detentadores de la riqueza; tenéis que tomarlo vosotros a despecho de la ley, a despecho del Gobierno, a despecho del pretendido derecho de propiedad; tendréis que tomarlo vosotros en nombre de la justicia natural, en nombre del derecho que todo ser humano tiene a vivir y a desarrollar su cuerpo y su inteligencia.

Cuando vosotros estéis en posesión de la tierra, tendréis libertad, tendréis justicia, porque la libertad y la justicia no se decretan: son el resultado de la independencia económica, esto es, de la facultad que tiene un individuo de vivir sin depender de un amo, esto es, de aprovechar para sí y para los suyos el producto íntegro de su trabajo.

Así, pues, tomad la tierra. La ley dice que no toméis, que es de propiedad particular: pero la ley que tal cosa dice fue escrita por los que os tienen en la esclavitud, y tan no responde a una necesidad general, que necesita el apoyo de la fuerza. Si la ley fuera el resultado del consentimiento de todos, no necesitaría el apoyo del polizonte, del carcelero, del juez, del verdugo, del soldado y del funcionario. La ley os fue impuesta, y contra las imposiciones arbitrarias, apoyadas por la fuerza, debemos los hombres dignos responder con nuestra rebeldía.

Ahora: ¡a luchar! La Revolución, incontenible, avasalladora, no tarda en llegar. Si queréis ser libres de veras, agrupaos bajo las banderas libertarias del Partido Liberal; pero si queréis solamente daros el extraño placer de derramar sangre y derramar la vuestra jugando a los soldados, agrupaos bajo otras banderas, los antirreeleccionistas, por ejemplo, de que después de que juguéis a los soldados os pondrán nuevamente el yugo patronal y el yugo gubernamental; pero, eso sí, os habréis dado el gustazo de cambiar el viejo Presidente, que ya os chocaba, por otro flamante, acabadito de hacer.

Compañeros, la cuestión es grave. Comprendo que estéis dispuestos a luchar; pero luchad con fruto para la clase pobre. Todas las revoluciones han aprovechado hasta hoy a las clases encumbradas, porque no habéis tenido idea clara de vuestros derechos y de vuestros intereses, que, como lo sabéis, son completamente opuestos a los derechos y a los intereses de las clases intelectuales y ricas. El interés de los ricos es que los pobres sean pobres eternamente, porque la pobreza de las masas es la garantía de sus riquezas. Si no hay hombres que tengan necesidad de trabajar a otro hombre, los ricos se verán obligados a hacer alguna cosa útil, a producir algo de utilidad general para poder vivir; ya no tendrán entonces esclavos a quienes explotar.

No es posible predecir, repito, hasta dónde llegarán las reivindicaciones populares en la Revolución que se avecina; pero hay que procurar lo más que se pueda. Ya sería un gran paso hacer que la tierra fuera de propiedad de todos; y si no hubiera fuerza suficiente o suficiente conciencia entre los revolucionarios para obtener más ventaja que esa, ella sería la base de reivindicaciones próximas que por la sola fuerza de las circunstancias conquistaría el proletariado.

¡Adelante, compañeros! Pronto escucharéis los primeros disparos; pronto lanzarán el grito de rebeldía los oprimidos. Que no haya uno solo que deje de secundar el movimiento, lanzando con toda la fuerza de la convicción este grito supremo: ¡Tierra y libertad!

(De Regeneración, 19 de noviembre de 1910).[2]

Humildad

He aquí una supuesta virtud. La recomiendan las religiones, la prescriben los moralistas, la decretan los Gobiernos, la propalan los ricos y los clérigos. Ser humilde es tener los pies adelantados en el cielo. Una persona humilde no da trabajos a los polizontes ni quebraderos de cabeza a los gobernantes; la humildad otorga la simpatía de las personas responsables; una persona humilde: una joya para los que tienen las uñas largas, la lengua más larga aún y el espíritu de superioridad bastante desarrollado.

Humildad, vocifera el fraile desde el púlpito; humildad, grita el tirano desde su trono; humildad, aconseja el burgués a sus esclavos; humildad reclama el militar con voz aguardientosa; humildad, ordenan todos los que tienen interés en que la humanidad sea un rebaño dócil y productivo al mismo tiempo; pero nadie es menos humilde que los que predican la humildad. El fraile ventrudo, bien comido, bien vestido, bien alojado en residencias confortables y lujosas, predica la humildad, pero no la practica; la recomienda como una gran virtud, especie de llave de diamante con la cual puede uno abrir y colarse por la puerta del cielo; pero no ha de ser así, cuando los clérigos no se preocupan por ganarla. El tirano, orgulloso, dispendioso, brutal, hace que sus lacayos vigilen la humildad de sus súbditos. Y así todos: el rico propala la humildad, pero su mujer deslumbra de lujo; y sus carruajes, sus caballos magníficos, sus joyas, sus palacios, son una ironía sangrienta, una burla escandalosa a la humildad que se aconseja; un sarcasmo sombrío, una carcajada infernal que azota, como una bofetada, el rostro de los pobres.

No, la humildad no es una virtud: es un defecto que hace a los pueblos sumisos, sufridos. La humildad aconseja poner la otra mejilla cuando en una se ha recibido el ultraje. ¡Qué cómodo es eso para los que mandan!; ¡qué cómodo es eso para los que abusan!; ¡qué cómodo es eso para sujetar los puños dispuestos a devolver golpe por golpe!

¿Humildad? ¡Rebeldía!, debemos responder; rebeldía contra el que oprime, contra el que embauca, contra el que explota. La humildad puede producir mártires, pero no formará héroes ni libertadores. Las lágrimas no ablandan las cadenas. Con actitudes compungidas, con la dulce mirada vagando por el infinito, con golpes de pecho y plegarias al cielo no se desploman fortalezas ni se aplastan tiranías. La barricada es la obra de voluntades púgiles. No se rechaza al enemigo santiguándose, sino batiéndose.

Contra soberbia, humildad, suspira el fraile. Contra soberbia, ¡rebelión!, gritamos los hombres.

(De Regeneración, 19 de noviembre de 1910).

El reyismo

La achatada cabeza del reyismo asomó hace pocos días para anunciar que el reyismo es el partido del porvenir.

¿Quién no se acuerda de Bernardo Reyes? Su personalidad trágica —¿qué son veinte o veinticinco años para la vida de un pueblo?— pasó como un huracán sobre la República mexicana, derribando, aplanando, arrasando. Testigos de su obra inexorable son la cruz con que tropieza el viajero a la vuelta de un camino; la osamenta humana que blanquea en tal o cual recodo; la desesperación de las madres cuyos hijos, a quienes no volvieron a ver más, hace años que se pudrieron suspendidos de los árboles o semienterrados en cualquier parte; la miseria de las familias que recuerdan como una noche, mientras el hombre dormía llegó la acordada y se apoderó de él y le dio muerte a poca distancia de la casa, sin que las lágrimas ni las súplicas ni los sollozos ablandasen el corazón de aquellos bandidos representantes de la ley y de la autoridad.

Cien, mil, varios miles, muchos miles de hombres cayeron al golpe de la espada de Bernardo Reyes y de sus esbirros. Sinaloa, Sonora, San Luis Potosí, Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas recuerdan la dominación reyista como se recuerda la pesadilla espantosa de que se fue víctima durante el sueño. Las autoridades de los pueblos tenían el encargo de dar cuenta a la superioridad de los nombres de los hombres más enérgicos, más valientes y más dignos. Las acordadas, por la noche, entraban sigilosamente a los poblados y sacaban de sus camas a esos hombres, los arrancaban de los brazos de las esposas, pateando a las doncellas y a los niños que, llorando, se abrazaban a las piernas de los sicarios, pidiendo clemencia, pidiendo perdón... ¡la inocencia pidiendo perdón a esos chacales! Todo ruego era inútil. Los verdugos estaban pagados por el gobierno para hacer aquello y hacían pedazos a un ser humano tranquilamente, sin coraje, sin estremecimientos de odio, con la tranquilidad con que un buen hombre corta en trocitos el trozo de carne que tiene en su plato. ¿Estaba presente la familia? No importaba: la ejecución se llevaba a efecto atropellando a seres débiles y doloridos, pisoteando por igual a las mujeres, a los ancianos y a los niños.

Porfirio Díaz necesitó para el logro de sus ambiciones personales poner en práctica una política de castración nacional. En aquellos tiempos había hombres y era preciso acabar con ellos, porque constituían una amenaza constante contra la tranquilidad de cuantos querían entregarse a la tarea de llenar de oro ajeno sus bolsillos. Las autoridades necesitaban una población sumisa, apática, cobarde, indiferente, para poder robar a sus anchas y solo podían conseguir esa población ideal quitando de en medio a los hombres más valientes, más dignos, más enérgicos y más inteligentes. De uno a otro confín de la República se persiguió a los hombres, se les asesinó sin formación de causa, sin formalidad alguna, como que a los legisladores se les había pasado consignar como delitos el valor, la dignidad, la energía y la inteligencia. Se practicó la matanza al por mayor, siendo Bernardo Reyes uno de los que más se distinguieron en esa obra de apaches, con lo que se ganó el aprecio particular del dictador, quien, una vez, en un brindis, sancionó los crímenes de su entonces lugarteniente con estas palabras que la historia debe recoger como una muestra de la falta de sentido moral que caracteriza al célebre llorón de lcamole: señor General Reyes, así se gobierna.

Pues bien, los corifeos de este hombre en cuya conciencia debería pesar el débito de miles de seres humanos sacrificados sin razón alguna justificable, ahuecan hoy la voz y proclaman que el reyismo es el partido del porvenir, con lo que se ultrajan brutalmente los fueros de la humanidad y se echan puñados de lodo a las más puras concepciones de la justicia y del progreso.

Los crímenes oficiales de Bernardo suman una lista enorme. Por espacio de varios lustros no hubo en los tres estados fronterizos de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas más que una voz, un amo, una voluntad. Bernardo Reyes pesó a su antojo, gobernó a su capricho sin más obligación que tributar respeto y adhesión a Porfirio Díaz; pero llegó un día en que envanecido de verse en puesto tan prominente —que al fin y al cabo hay gente que se envanece de ser verdugo— quiso llegar a presidente de la República, y, para hacerse de partidarios que a la vez fueran soldados suyos en un momento dado, instituyó lo que llamó segunda reserva del ejército. Descubierto su juego por el Dictador, fue observado de cerca y poco a poco fue perdiendo su poder hasta que se decidió a empujar a sus secuaces a que fundasen el Partido Nacionalista Democrático que tenía la misión aparente de luchar en los comicios, no contra Díaz, sino contra el insignificante Ramón Corral, pero que en realidad preparaba una asonada militar contra Díaz. Descubierta la conjuración, Reyes, temblando de miedo, lanzó no se sabe cuántos manifiestos a la nación, documentos que son verdaderos modelos de bajeza y corrupción moral, después de haber hecho la farsa de treparse en son de guerra a las montañas de Galeana, Nuevo León, y cuando la masa entera de los inconscientes, de los fatilistas y de los imbéciles, olvidando los crímenes del magnate rebelde, hacían votos por el encumbramiento de este a la Presidencia de la República.

A esto, al entusiasmo que produjo entre las masas el envalentonamiento fugaz de su verdugo, de su amo brutal, quiero referirme especialmente. El pueblo, la familia mexicana entera, corrió en un segundo de su existencia el grave peligro de sustituir la brutal y vergonzosa tiranía de Porfirio Díaz, por otra tiranía más brutal aún, todavía más vergonzosa, mil veces más odiosa: la del General Bernardo Reyes. Si este hombre no fuera un cobarde, si este hombre no estuviera atacado hasta la médula de ese veneno que se inyecta a los soldados y que se llama disciplina militar, habría levantado a toda la nación contra el farsante de Chapultepec y habría aplastado a esa parvada de aves de rapiña que el pueblo llama los científicos y en estos momentos la vasta extensión del territorio mexicano sería un inmenso rastro de seres humanos, y Reyes, el carnicero en jefe.

Bernardo Reyes, después de pedir perdón por su momentánea rebeldía, fue mandado a Europa a vivir por algún tiempo, y por lo visto, no ha estado quieto ni ha renunciado a la pretensión de llegar a ser Presidente de la República Mexicana, cosa que se ve bien clara en el hecho de declarar sus secuaces que el Partido Nacionalista Democrático es el Partido del porvenir.

Veis, proletarios, que el reyismo no ha muerto; no es un fantasma de algo que ha dejado de existir, sino la amenaza real de una verdadera calamidad nacional contra la cual debemos agrupamos y luchar juntos.

Estamos en vísperas de grandes acontecimientos de los cuales resultarán bienestar o miseria, libertad o cadena, según la actitud del pueblo y según las tendencias del mismo durante el movimiento de insurrección.

Si el pueblo adopta francamente los principios del Partido Liberal, la sangre que se derrame servirá para encauzar la marcha de la raza mexicana hacia la libertad y el bienestar; pero si se deslumbra el pueblo por el brillo de los millones de pesos que hay en los otros partidos, la cadena, la miseria y la vergüenza continuarán siendo el premio de su falta de discernimiento y de su carencia de energía para conquistar por su propio esfuerzo el porvenir.

(De Regeneración, 19 de noviembre de 1910).

Otro partido del provenir

Vemos en El Constitucional que también el Partido Antireeleccionista es un partido del porvenir. ¿Por qué razón? La razón es lo menos que se necesita para fundar una sinrazón, y por eso, porque no hay razón para decir que el Partido Antireeleccionista es el partido del porvenir, el autor de tal afirmación llena con vaciedades dos largas columnas del órgano del Centro Antirreeleccionista de México, en medio de las cuales encontramos este parrafejo que se antoja una nuez vana en un montón de paja:

El Antirreeleccionismo será el encargado de conservar las aspiraciones nacionales; a él corresponde trabajar por una reforma de ley electoral y conseguir que se transforme ese aparato de prestidigitación en garantía de los derechos populares.

Alguna vez dijimos que el Partido Antirreeleccionista es el Partido Conservador, y al decir esto nos apoyamos en los principios que informan el Programa de dicho partido y en las declaraciones del candidato Madero a favor del clero. Lo que dijimos está confirmado una vez más en la frase: el antirreeleccionismo será el encargado de conservar las aspiraciones nacionales. Conservación es la antítesis de innovación; conservación es el ideal de todos los que no quieren dar un paso adelante, de los enamorados del pasado, de los que tienen horror al progreso.

Conservar las aspiraciones nacionales, es detener el avance de esas aspiraciones, no dejarlas evolucionar. ¿Y es ese el partido del porvenir? Ridícula pretensión es esa cuando la característica de los pueblos modernos es el ansia de avanzar, de transformar el medio político y social actual por otro que se acomode mejor con el modo de pensar de la época.

Pero ¿qué decir de la misión principalísima del Partido Antirreeleccionista, trabajar por una reforma de la Ley Electoral y conseguir que se trasforme ese aparato de prestidigitación en garantía de los derechos populares? ¿Un fin mezquino, una aspiración tan vil podrá englobar las múltiples, complejas y robustas aspiraciones de un pueblo, aspiraciones que nacen de sus necesidades?

Por más que se reforme la Ley Electoral, siempre tendrá alguna rendija por donde se deslice el fraude, siempre tendrá un lado débil por donde abra brecha la arbitrariedad. Ninguna ley es invulnerable.

Pero aún suponiendo que se tratase de una ley ideal, ¿el hecho de votar dará pan y libertad e instrucción al que lo haga? En los países más libres donde hay menos opresión y el pueblo puede votar, ¿se ha acabado la miseria?

Desgraciado del pueblo que ponga toda su esperanza en la Ley Electoral. Bienes materiales y morales son los que necesita el pueblo. Pan, justicia, educación, progreso, eso es lo que se necesita y es lo que no podrá dar nunca la Ley Electoral por más remiendos que se le apliquen. La toma de posesión de la tierra por el pueblo, la organización y educación de las clases productoras y la dignificación y ennoblecimiento del trabajo es lo que necesitan los pueblos.

(De Regeneración, 19 de noviembre de 1910).

El espíritu de las masas

El niño corriendo detrás de la pintada mariposa; el salvaje embadurnándose el rostro y prefiriendo telas y utensilios de colores fuertes; la mariposilla voltijeando cerca de la llama hasta que perece en ella; el elefante alargando la trompa hacia el Oriente a la salida del sol; el hombre primitivo rindiendo culto al sol y a las estrellas; las masas populares hincando la rodilla al paso del brillante séquito gubernamental o religioso: el niño, el salvaje, la mariposilla, el elefante, el hombre primitivo, las masas populares obedecen, en este caso, al mismo impulso producido por la influencia que los colores fuertes, los relumbrones, el brillo de los metales ejercen en las almas sencillas. Para estas almas, un dios debe ser algo luminoso, brillante como el sol, como las estrellas, como la luna, como el espejo límpido de un lago, como el fuego que devora a la encina fulminada por el rayo, y, generalizando, todo lo que brilla debe ser grande, debe ser mejor que lo que no deslumbra. Los pueblos primitivos creyeron que los reyes eran hijos del Sol; después creyeron que eran hijos de Dios; ahora que las ideas religiosas van perdiendo terreno en el cerebro de las masas, los gobernantes —sean presidentes o reyes— deben ser personalidades brillantes, rodeadas de lujo, viviendo en la opulencia. Un pretendiente al trono o a la presidencia, y hasta un simple líder, deben ser igualmente brillantes, no de cerebro, sino exteriormente, porque es bien sabido que solamente las medianías, las insignificancias intelectuales pueden ser líderes. El líder tiene que marchar con la masa si no quiere renunciar a la gloria de ser conductor de rebaños. El pensador, el filósofo, el revolucionario libertario no pueden ser líderes, porque van adelante de la masa; piensan más alto que la masa, sus demandas son más grandes que las mediocres e incoloras aspiraciones de la masa. El líder no es un avanzado: tiene que ser un conservador para que la masa pueda entenderlo y pueda aceptarlo como jefe; pues es bien conocido, por todos los que han estudiado a las masas, que estas son conservadoras, que no aceptan las ideas de los innovadores sino hasta que se han hecho viejas las ideas, esto es, cuando ya hay otras nuevas, y así sucesivamente. El líder, pues, tiene que pensar como las masas. Si por casualidad tiene impulsos generosos, alientos de innovador, tendrá que comprimirlos para que el monstruo no le dé la espalda. Así, pues, el líder tiene que ser un perfecto cómico; tiene que fingir creer y desear lo que la vulgaridad desea y cree. Así, al precio del rebajamiento de su dignidad, magullando sus impulsos más sinceros, estrangulando sus aspiraciones más puras, es como pueden ciertos hombres darse el gustazo de ser líderes, sin contar con las bajas intrigas que tienen que poner en juego para ganar la nada envidiable posición de conductores de rebaños, conductores de nombre, porque en realidad el líder es el arrastrado por las masas a cuyas ideas tiene que amoldar las suyas.

Pero el líder tiene que ser brillante, no de cerebro, que es lo menos que se necesita para ser líder. Tiene que brillar por su riqueza o por su garrulería, esto es, por su elocuencia, o lo que vulgarmente se cree que es la elocuencia. Para que el líder pueda ser admirado por la masa, necesita ser rico, o, cuando menos, charlatán; pero en todo caso tiene que ser una medianía intelectual. La masa no quiere audaces del pensamiento; no quiere innovadores, no quiere verse violentada. Brillo es lo que necesita, porque su espíritu es infantil y sencillo como el del niño, como el del elefante, como el del salvaje, como el de la mariposilla, como el del hombre primitivo. Todo lo que brilla debe ser grande y debe tener poder. Bernardo Reyes, el sombrío carnicero, sedujo en un minuto a las multitudes porque es General, y al mismo tiempo sus aspiraciones son raquíticas.

Francisco I. Madero solivianta a las multitudes porque es millonario, y su intelecto no alcanza a volar más alto de lo que puede hacerlo una ave de corral.

Fuera del payaso, el oropel del charlatán, las charreteras del General, los millones del capitalista, el prestigio que para ciertas gentes prestan la alta posición política o social en el mundo de la industria, del comercio y de la iglesia.

Todo líder, en todo tiempo y en todo lugar, dice que encarna las aspiraciones y la voluntad de la masa, y es, en efecto, la encarnación de la vulgaridad y la mediocridad de la masa.

El líder es el espíritu de las masas.

(De Regeneración, 26 de noviembre de 1910).

La revolución maderista

En otro lugar de este número damos una reseña del movimiento maderista en México. Parece que con el arresto de muchas personas complicadas o sospechosas de estar complicadas en el movimiento de Madero, este ha fracasado. Sin embargo, bueno es que los liberales estemos pendientes de los acontecimientos para que, si vuelve el maderismo a perturbar el orden, nos aprovechemos de las circunstancias especiales en que esos movimientos ponen al país, para entrar a la lucha por los principios del Partido Liberal.

Esto no quiere decir que la actividad revolucionaria del Partido Liberal dependa de la lucha maderista, La Junta Organizadora del Partido Liberal trabaja con ahínco en la preparación de un formidable movimiento contra el despotismo y la explotación capitalista. Haciendo estos trabajos preparatorios la sorprendió el movimiento maderista. El Partido Liberal no estaba listo para la campaña y solamente recomendamos que todos aquellos que estuvieran listos, tomasen parte en el movimiento de insurrección, no como maderistas sino como liberales; no para elevar a Madero ni a ningún otro a la Presidencia de la República, sino para variar el curso del movimiento que se estaba haciendo con el exclusivo objeto de elevar a la Presidencia a Francisco I. Madero, en otro sentido, en el de las reivindicaciones populares.

Desgraciadamente abortó el movimiento maderista. Digo desgraciadamente, porque de haberse sostenido la lucha por unas semanas, el Partido Liberal habría podido organizar rápidamente sus fuerzas y presentarse en el campo de la acción con el objeto de luchar por la supremacía de sus principios salvadores. Es, pues, de lamentarse que no haya sido de duración la agitación del maderismo. Pero no hay que desmayar, compañeros. Alistémonos lo más aprisa que podamos. Estemos siempre listos, para aprovechar cualquiera otra buena circunstancia, y, si tenemos tiempo para completar nuestra organización revolucionaria, será todavía mejor.

Vencido el maderismo, no por eso hay que creer que está muerto. El maderismo, indudablemente, va a reorganizar sus fuerzas, va a prepararse mejor para la lucha armada contando con la experiencia que adquirió esta vez. El maderismo, tal vez, declarará públicamente que desiste de su propósito de hacer un movimiento de insurrección; pero eso lo dirá como una medida política. ¿No estuvo repitiendo Madero hasta el fastidio que no quería derramar la sangre del pueblo y que su partido era pacifista?

En vista de esto, compañeros, bueno es que estemos preparados. Un segundo movimiento insurreccional del maderismo no es imposible y sería lastimoso que entonces, como esta vez, nos cogiese de sorpresa, sin preparación y sin dinero. Dada la situación actual del país, de un momento a otro puede ocurrir un movimiento.

Vuelvo a repetir que esto no quiere decir que la actividad revolucionaria del Partido Liberal dependa de la lucha maderista. El Partido Liberal, por sí solo, sin contar con millones de pesos a su disposición para armar ejércitos, sin contar con la influencia del clero y de las clases encumbradas de la sociedad sino más bien su odio; el Partido Liberal, por si solo, ha podido efectuar movimientos insurrecciónales y será capaz en un porvenir nada remoto, de remover el país entero, de trastornar el orden en toda la nación, de poner en práctica sus principios por medio de la fuerza y de imponer definitivamente la supremacía de los pobres sobre la holgazana burguesía.

El Partido Liberal se reorganiza, y, cuando sea oportuno se levantará en armas, no para que México tenga un nuevo amo sino para que la tierra sea propiedad de todos, el trabajo no sea una tarea de esclavos o de presidiarios y la niñez del proletariado se instruya. El Partido Liberal trabaja por el bienestar de las clases pobres de la sociedad mexicana; no impone candidatura ninguna porque esa es cuestión que tiene que arreglar el pueblo. ¿Quiere este amos? Que los nombre.

Lo que el Partido Liberal quiere es que todo hombre y toda mujer sepan que nadie tiene derecho a explotar a otro; que todos, por el solo hecho de venir a la vida, tenemos derecho a tomar lo que necesitamos para la vida, siempre que contribuyamos a la producción; que nadie puede apropiarse la tierra por ser esta un bien natural que todos tienen derecho a aprovechar.Ya veis, compañeros, que el Partido Liberal trabaja, trabaja con empeño y sus miembros están dispuestos a cualquier sacrificio como lo han demostrado en muchas ocasiones. No hay, pues, que desmayar.

La derrota de Madero engrandecerá al Partido Liberal, porque los que creyeron que iba a triunfar el maderismo solo porque era un partido de ricos, volverán sobre sus pasos, meditarán serenamente y llegarán a la conclusión de que no se hace una revolución con millones de pesos sino con millones de hombres conscientes. Además, habrá ahora oportunidad de hacer comprender a las personas que de buena fe se unieron al maderismo, que el único Partido de principios es el Liberal y que este nada tiene de común con el maderismo o con cualquier otro partido burgués.

Sigamos avanzando. Organicémonos los liberales; unamos nuestras fuerzas; contribuyan todos con lo que puedan para los trabajos de la Junta que son de gran trascendencia. La Junta necesita fondos para pagar los gastos de sus Delegados en México. Delegados que recorren el país poniendo de acuerdo a los compañeros para el movimiento de insurrección del Partido Liberal. Esos trabajos de organización han sido efectuados hasta aquí con grandes sacrificios, debiéndose el trabajo ya efectuado más a la abnegación de los compañeros organizadores que a la de los elementos pecuniarios con que se ha contado para esos trabajos.

Calculen los compañeros cuánto mejor sería que todos contribuyesen para los gastos de la Junta, con cuanta facilidad y rapidez avanzarían los trabajos secretos del Partido.

No desmayar, pues. Adelante.

(De Regeneración, 26 de noviembre de 1910).

La farsa del día 1º en méxico

Los telegramas anuncian que la farsa de toma de posesión del puesto de Presidente para otros seis años, se llevará a cabo del modo más quieto y reservado posible en la ciudad de México el día 1º de este mes.

Porfirio Díaz se abstuvo esta vez de hacer alarde de popularidad. No quiso hacer ostentación alguna de su prestigio. Quietamente, selladamente, como si se celebrase un entierro, así se llevó a cabo la ceremonia en el patio de la Escuela de Minería, que es donde celebra sus sesiones aquel hato de marranos que se llaman diputados.

No hubo formaciones de soldaditos n de monigotes pagados con una peseta para que sirvan de comparsa en las ceremonias y fiestas del despotismo. Ahora el dictador se abstuvo de provocar la general indignación con su cinismo y prefirió hacerlo todo en secreto, puede decirse.

Corral, el vicepresidente, rindió también su protesta para el nuevo periodo. El pobre diablo estaba enfermo a consecuencia de la vida desordenada que lleva y tal vez, también, de miedo.

¿Creerán esos pobres instrumentos de la plutocracia que van a terminar en paz el nuevo periodo? Ante ellos se yergue altiva la Sierra de Chihuahua convertida en baluarte contra la dictadura; en aquellas montañas se guarda con cariño el fuego sagrado de la rebelión que, andando el tiempo, contagiará al país entero, porque ese hermoso ejemplo de rebeldía, hará al fin comprender al pueblo que las imposiciones forzosas deben ser rechazadas por medio de la fuerza. El Partido Liberal se reorganiza rápidamente y bien pronto presentará batalla al despotismo, y así, con actos frecuentes de rebeldía, irá el pueblo perdiendo ese temor vergonzoso que lo hace cruzarse de brazos ante las mujeres que en medio del peligro le ofrecen fusiles.

(De Regeneración, 3 de diciembre de 1910).

El espíritu de la rebeldía

Ilusos nos llamaron; soñadores de imposibles, nos dijeron. Ilusos, soñadores utopistas, todo esto nos llamaban los que confiaron en la fuerza del dinero para hacer una revolución. Y la masa inconsciente, la masa deslumbrada por el equívoco prestigio del oro, nos volvió la espalda. Madero ganará, decían los adoradores del becerro de oro; Madero va a triunfar, clamaban los esclavos que, a pesar del yugo del dinero y del poder continúan arrodillados ante el fantasma de las tradiciones.

¿Quiénes fueron los ilusos? ¿Quienes fueron los utopistas? Ellos lo fueron, los maderistas que creyeron conquistar en un abrir y cerrar de ojos la silla presidencial para su flamante amo. Creyeron esos ilusos que con comprar miles de fusiles y llamar al pueblo a que los tomase para sentar a Madero en la Presidencia de la República, bastaba para tener asegurado el triunfo. Torpe ilusión. Se necesita algo más que fusiles para que un pueblo se levante. Se necesita que el espíritu de rebeldía haya prendido bien en los cerebros de los oprimidos, y para que ese espíritu de rebeldía se manifieste, es preciso que una propaganda eficaz la cultive.

Pero los maderistas, en vez de cultivar el espíritu de rebeldía, propagaron, tanto como el miedo se los aconsejo, el pacifismo. Todos sus periódicos aconsejaban al pueblo la sumisión y el respeto a la autoridad; pregonaban, con irritante insistencia, el deber de conservar el orden; decían que era antipatriótico instigar al pueblo a la revuelta; al primer síntoma de materialización del descontento popular, el maderismo dirigía la temblorosa mano hacia el norte: nos invadirán, nos conquistarán —gemían— si nos rebelamos; no hay que emplear la fuerza, decía el maderismo, todo se obtendrá por medio de la boleta electoral.

Esta propaganda pacifista ha dado su fruto. Tanto se habló de los horrores de la guerra entre hermanos, de invasiones de bárbaros, de desquiciamiento nacional, de vuelta a la barbarie, que la gente se acobardó.

Madero no debe su derrota a la fuerza del despotismo sino al miedo de las masas esclavas. La revuelta de Madero no fue vencida hace unos cuantos días, sino desde el primer día que sus periódicos predicaron el pacifismo. La fosa del maderismo fue abierta por el primer maderista que condenó la rebelión y predicó las excelencias del voto.

¿Pruebas? Ahí está Puebla. Todos saben ya la resistencia heroica que un grupo de mujeres de la familia Serdán llevó a cabo en su casa sitiada por una multitud de polizontes y esclavos de uniforme, o sean soldados. Las mujeres se batieron como no lo hacen muchos hombres.

Sostuvieron una lucha de horas en la que se cambiaron más de diez mil tiros por una y otra parte. En lo más terrible de la lucha, cuando las mujeres casi ni defendían su cuerpo con los antepechos de las ventanas y de las azoteas de la casa en que estaban, cuando aquellas magníficas luchadoras, con el rifle tendido sembraban la muerte entre las filas odiosas de los defensores de la tiranía, una de las heroínas, hermosa como una estatua de guerra, gritó a la muchedumbre que presenciaba aquella gloriosa epopeya con la indiferencia con que se contempla una fastidiosa exhibición cinematográfica: ciudadanos, aquí hay armas tomadlas para conquistar vuestra libertad como lo hacemos nosotras; venid en defensa de vuestras hermanas; el honor dice que debéis estar aquí batiéndoos.

No hubo uno solo de entre aquella miserable muchedumbre que volara a tomar un fusil; aquellos castrados se encogieron de hombros, y horas después, vieron, con la misma indiferencia, a la soldadesca y a los polizontes vencer al fin y aplastar y deshonrar y pisotear a aquellas heroínas dignas de que el escultor las perpetué en el mármol y el poeta haga vibrar las cuerdas heroicas de su lira.

Y no hay que olvidar que el rebaño poblano fue el que en mayor número figuró en aquellas manifestaciones populares en honor a Madero, cuando este recorría el país recomendándose para la Presidencia de la República. Esto quiere decir que esas multitudes de afeminados y de eunucos creían, porque así se les dijo miles de veces y en todos los tonos, desde el lacrimoso hasta el solemne y enérgico, que no es necesario recurrir a la violencia para conquistar libertades, sino que basta con la fuerza de la boleta electoral para transformar las condiciones de un país. El hombre está siempre dispuesto a optar por lo más fácil, por lo que menos riesgos trae consigo. La multitud se siente desgraciada y tiene el deseo de cambiar de situación; pero ha sido educada para la sumisión y la obediencia; la tradición, la ley, el juez, el polizonte, todo, todo le ordena que debe ser obediente, que debe someterse a las disposiciones de los amos o de los tiranos, y si a esto se agrega la propaganda afeminada de los pacifistas, fácil es deducir que una multitud así solo puede servir para recorrer las calles de una ciudad aclamando a un candidato; pero correrá a esconderse y abandonará a su ídolo cuando se le llame a tomar el fusil aun cuando sean las mujeres las que pongan el ejemplo de la hombría y del heroísmo.

Las mismas causas que tuvieron a las multitudes poblanas cruzadas de brazos mientras que un puñado de mujeres se batía con las tropas del despotismo, obraron para que el pueblo todo de la República se cruzase de brazos ante la lucha que los maderistas sostuvieron por unos cuantos días. El espíritu de rebeldía que había logrado difundir el Partido Liberal por medio de su propaganda, había sido ahogado por la propaganda pacifista del maderismo con sus periódicos.

Predicar la irreverencia no es cosa vana; predicar la irrespetuosidad no es inútil. Salgamos al frente a los arduos problemas actuales que piden una solución pronta y práctica, solución que, es necesario estar convencidos de ello, no pueden darle las boletas electorales sino los fusiles, y esos fusiles deben ser manejados por hombres convencidos de que la rebeldía es fecunda en bienes; pero no una rebeldía ciega y sin orientación, sino una rebeldía consciente que sabe a dónde va, que prevé la finalidad del esfuerzo, que sabe que, si derriba, está en la obligación de edificar, que, si destruye, debe construir.

El maderismo es incapaz de formar rebeldes en el sentido social de la palabra. Que adopten los maderistas los principios reivindicadores del Partido Liberal y entonces contarán en sus filas con rebeldes. Por personalismos no dan ganas de batirse. No es grato ir a arriesgar la vida para que un hombre pueda gozar de las ventajas que da el poder. Que vayan a batirse el candidato y los que tengan arreglado con él el reparto de los puestos públicos; pero el pueblo nada tiene que ganar con eso. Los oprimidos continuarán siendo oprimidos, cierto que ya no por Díaz sino por Madero; pero de todos modos la opresión será igual y tal vez peor.

Los hombres, ahora, quieren batirse por bienes materiales. Poco importan ya a los que sufren las palabras bombísticas: libertad, justicia, derecho. Lo que necesita el pueblo es pan, que la libertad vendrá por sí sola cuando se conquiste el derecho a vivir. La libertad, la justicia, el derecho nada significan para el pobre, ni significarán nada mientras, para comer él y su familia, necesiten depender de un amo. Cuando la tierra sea del pobre entonces será libre, porque dejará de ser pobre.

(De Regeneración, 3 de diciembre de 1910).

El Partido Liberal y la revolución de Madero

Como ven los compañeros, la revuelta de Madero ha quedado confinada a la Sierra de Chihuahua. Al principio revistió caracteres de importancia el movimiento insurreccional maderista. El territorio en donde se desarrollaron los primeros acontecimientos era bastante extenso y numerosos los grupos revolucionarios; pero por cualquier motivo, o, mejor, por muchos motivos, la insurrección no tuvo eco en la gran masa de la población mexicana, y el despotismo pudo desbaratar fácilmente los pequeños grupos insurgentes y reducir el movimiento a la parte de la Sierra de Chihuahua que en estos momentos está en poder de los revolucionarios.

El Partido Liberal no está listo para entrar en campaña; pero si el movimiento hubiera durado una, tres o cuatro semanas más, los liberales habríamos tomado parte en la lucha, no como maderistas, ni para elevar a Francisco I. Madero a la Presidencia de la República, si no como libertarios que aprovechan los trastornos públicos durante los cuales el principio de autoridad se debilita para propagar por medio de la acción sus principios reivindicadores. La Junta iba a trasladarse a territorio mexicano para encauzar el movimiento revolucionario por la senda de las reivindicaciones del proletariado, se hicieron los preparativos para la marcha, creyendo que esa sería la insurrección maderista, y, casi ya en el camino, se supo que el movimiento había fracasado en su cuna.

Esa lección, compañeros, es provechosa. Hay que estar listos para la primera oportunidad. De hoy en adelante, en cualquier tiempo, pueden surgir complicaciones en México. Porfirio Díaz ha perdido su prestigio; el espíritu de rebeldía se fortifica, se robustece con sacudimientos como el que acabamos de presenciar. Si todo el dinero que gastó Madero en su campaña pacifista, lo hubiera dedicado a relajar en el cerebro de las masas el respeto a la autoridad, al capital y al clero, su poderosa, —por lo extensa—, organización revolucionaria habría bastado para levantar en un momento dado a la nación entera en guerra abierta contra sus tres verdugos: autoritarismo, capital, clero.

Es de esperarse que Madero haya adquirido alguna experiencia. Si es un luchador de buena fe; que se despoje de toda ambición personal, que deje de llamarse a sí mismo Presidente Provisional de la República Mexicana, que no otorgue nombramientos de gobernadores, que no reparta las carteras de Ministerios ilusorios, que trabaje como un verdadero revolucionario moderno y no como un caudillo de aquellas revueltas que por tantos años gastaron la energía del pueblo mexicano hasta quedar degradado sin fuerzas y sin voluntad a los pies de Porfirio Díaz.

La raza mexicana tiene que resolver problemas importantes de carácter político y social, y esos problemas son de tal naturaleza que de no resolverse o de no ponerse los medios para resolverse, quedará la nación mexicana rezagada no se sabe hasta cuando en la marcha ascendente de las sociedades humanas. El universal problema del pan necesita en México solución pronta. La raza mexicana se envilece cada día más por la falta de bienestar y de educación. El bienestar es cosa que no puede decretar ningún gobierno; el bienestar es un bien que debe conquistar el pueblo tomando posesión de la tierra como primera medida para tenerlo garantizado.

Despójese Madero de sus prejuicios de clase, y verá con claridad qué es lo que necesita el pueblo mexicano. Piense como proletario siquiera por un momento, sienta como proletario durante algunos minutos. Imagínese pobre, con familia, obligado a trabajar por lo que el patrón quiera pagarle. Piense en lo que sufriría si no tuviese trabajo y en su casa no hubiera un pedazo de pan. Calcule su tristeza si sus pequeños hijos tuvieran que alquilar sus bracitos para que hubiera en casa otro pedazo de pan para medio pagar el hambre. Imagínese su casa sin alfombras, ni tapices, ni piano, ni cuadros bellos, ni flores, ni lujosos muebles. Imagínese la sórdida covacha del proletario y piense ser proletario él mismo; tener que dormir en el pestilente camastro, cuando no en el suelo; tener que comer un manjar de perros, cuando no hay que ayunar, y, diga con franqueza, si al comparar su miseria con la opulencia de su patrón no sentiría que se encabrita dentro de su pecho una ansia avasalladora de justicia social. ¿No apretaría los puños de rabia si su hija se prostituyese por la miseria? Y cuando sin trabajo, sin amigos, sin nadie con quien contar en el mundo, su madre, desfallecida por el hambre y la enfermedad le pidiese un pedazo de pan, ¿no pensaría que esta sociedad no está bien arreglada y que las leyes no garantizan la vida de los seres humanos sino que, mejor, apoyan la explotación de los débiles por los fuertes?

Piense Madero en que las clases altas son las menos numerosas, y son las que gozan de bienestar y de libertades, mientras las clases pobres son las más numerosas y no gozan de ninguna libertad ni de bienestar alguno, y, decida a favor de qué clase es preferible luchar, si por aquella que está formada por un puñado de satisfechos y de holgazanes o por la clase pobre que se compone de millones, que es la casi totalidad de la nación mexicana.

Medite Madero sobre si es justo que unos cuantos sean dueños de la tierra, la tierra que por ley natural es de todos, mejor dicho, debe ser de todos. Nadie tiene derecho a apropiarse la tierra mientras haya seres humanos que por el solo hecho de vivir tienen también derecho sobre ella.

Piense Madero sobre el atentado a la probidad y a la moral que comete todo capitalista, que aprovechándose de las facilidades para robar al prójimo que le da la ley hecha por los de su clase, toma para sí todo lo que produce el trabajador, sin dejarle otra cosa que una limosna para que compre cualquier cosa de comer y nada más.

Piense por último Madero en la nefasta propaganda del clero. Fíjese Madero en que el clero ha sido el causante principal de todos los males que ha sufrido el pueblo mexicano. Tenga en cuenta Madero que el clero, después de haber peleado siempre de parte de los opresores, ha llevado a México expediciones armadas para someternos a la esclavitud y llegó su orgullo y atrevimiento hasta el grado de ir a Europa y traer para los mexicanos un príncipe austriaco: el iluso Maximiliano de Habsburgo. ¿No fue el clero el fomentador de rebeliones contra los liberales? El dinero que se colectaba en las iglesias para un santo, ¿no lo convertía el clero en fusiles y cañones para asesinar a los mexicanos? El clero quemó en las hogueras a los mejores hombres por el delito de educar a la humanidad. El clero fundó la Inquisición. El clero condenó a Miguel Hidalgo y Costilla. El clero recibió bajo palio a los invasores norteamericanos. El clero provocó la sangrienta revolución conocida como La Guerra de Tres Años. El clero ayudó a Porfirio Díaz a escalar la presidencia de la República. El clero embrutece a las masas con sus doctrinas de sumisión, de paciencia, de humildad y los hace sufrir el infierno de la tiranía política y la tiranía capitalista aquí en la Tierra, para salvarlos del infierno que, según él, está más allá de la muerte, y al que el mismo clero no teme, pues es orgulloso, hipócrita, ladrón, malvado, lo que prueba bien que el tal infierno no existe más que en la imaginación de los embaucadores para atemorizar a los pueblos y se dejen esquilar.

Ve Madero cuántos males soporta el pueblo mexicano. Ve que se necesita remover la sociedad mexicana para arrancar los males que le afligen a todo lo que se pueda.

Si Madero quiere luchar sinceramente, debe renunciar a mandar. No es amo lo que necesita el pueblo mexicano sino pan, bienestar, educación, justicia.

El cambio de amo no es fuente de libertad ni de bienestar. Se necesita el cambio de las condiciones que hacen desgraciada a la raza mexicana y ese cambio solo podrá operarse luchando por los principios emancipadores del Partido Liberal.

(De Regeneración, 3 de diciembre de 1910).

La revolución continúa en todo el país

Debido a la censura impuesta por Díaz, muy poco es en realidad lo que se sabe de la agitación revolucionaria en México; pero por las informaciones privadas recibidas en esta oficina y procedentes de los Delegados de la Junta residentes en la República Mexicana, hemos podido formarnos la convicción de que, en efecto, el extenso movimiento maderista fue sofocado, pero quedan en el campo de la lucha, aquí y allá, diseminados en todo el país, grupos de guerrilleros que no dejan apagar la chispa de la insurrección. Perdidos esos grupos en las quebradas de las sierras o esquivando los encuentros con las fuerzas federales en las llanuras, batiéndose con buen éxito cuando la ocasión es propicia, dan en estos momentos solemnes un alto ejemplo de grandeza de alma y de valor que debe ser imitado. La acción de esas guerrillas es bastante provechosa para despertar en las masas el espíritu de rebeldía que tantos años de sumisión habían adormecido.

En vista de esto, la Junta activa en México la organización revolucionaria; prepara rápidamente allí grupos rebeldes que en un momento dado se levantarán en armas reforzando de ese modo el estado de guerra en que se encuentra el país. Algunos grupos liberales se encuentran ya con las armas en la mano y esta circunstancia hace que la Junta redoble sus esfuerzos, para que otros grupos, en distintas partes del país, se rebelen, con lo que se robustecerá el movimiento y se impedirá que la Dictadura aplaste a los levantados.

La Junta tiene por lo tanto ahora, gastos enormes que hacer. La organización cuesta mucho, y es preciso que todos los que simpatizan con el movimiento insurreccional contra el despotismo, manden desde luego su óbolo a las oficinas de la Junta. Deben tener en cuenta los simpatizadores de la Revolución que, si la Dictadura llega a aplastar por completo los grupos rebeldes, después será muy difícil organizar un nuevo movimiento.

Como comprenderán todos los que simpatizan con la Revolución, la organización que está llevando a cabo la Junta tiene que quedar lista en el menor espacio de tiempo que sea posible, antes de que la chispa que aún arde se apague, y en vista de esto, deben apresurarse a enviar su óbolo. Firmen los cupones todos los que deseen ser miembros del Partido Liberal e inviten a sus amigos a pertenecer al mismo. Paguen sus cuotas como miembros y hagan envío extraordinarios de dinero para los trabajos de la Junta.

Compañeros, redoblemos todos nuestros esfuerzos para que no se apague en México la chispa sagrada de la rebeldía. Si esta no se apaga, si el movimiento de insurrección toma incremento, los liberales tendremos la mejor oportunidad de poner en práctica nuestros principios, y sobre todo, cumpliremos con un deber de humanidad dando al movimiento el curso de las reivindicaciones populares que los maderistas no quieren darle.

Madero tiene forzosamente que continuar su campaña para apoderarse del poder. Ha gastado ya mucho dinero en ella y sus amigos también. Si dejamos que el maderismo predomine y triunfe al fin, no nos hagamos ilusiones de que su gobierno dará pan, instrucción y justicia al pueblo. Su gobierno tendrá que ser como cualquier otro gobierno burgués, explotador y tiránico.

Por buena que sea la intención de una persona antes de alcanzar el poder, cuando se ve ya en este, cuando se da exacta cuenta de su autoridad, cuando se contempla por encima de sus conciudadanos, se cree mejor que el resto de los mortales, y esa creencia desarrolla en todo gobernante el espíritu de mando y de predominio que vive latente en el hombre, y que solo espera una oportunidad para surgir, avasallador y potente, como el que empujaba al hombre de las selvas a acometer para no ser acometido, a subyugar para no ser subyugado, a matar para no ser matado. En la infancia de la humanidad el espíritu de mando y de predominio era indispensable al hombre para no perecer. La lucha por la vida revestía entonces un carácter de rudeza y de ferocidad tales, que el hombre necesitaba estar dotado de un fuerte espíritu de acometividad y de dominio para no perecer.

Este espíritu de predominio fue amortiguándose según que la humanidad avanzaba, hasta quedar más o menos adormecido en el hombre, y esto fue así porque el espíritu de solidaridad que es la antítesis del otro, fue ganando terreno a medida que la civilización se refinaba. Pero basta con que un hombre deje de sentirse hermano de los demás hombres, basta con que se comprenda superior, para que deje de ser solidario con el resto de la humanidad y se despierte en él el espíritu de predominio, el deseo de sustraerse a las obligaciones impuestas a la mayoría. La ley se hizo, según los sociólogos burgueses, para regular las relaciones de los hombres, pero desde el momento en que el gobernante está por encima de los hombres, desde luego que él mismo se siente superior, no se cree ya obligado a estar sujeto a las reglas que sujetan a los demás, y queda, por lo mismo, el gobernante, de hecho, encima de la ley. Los hombres más sinceros, cuando se han encontrado encima de los demás hombres, se han sentido superiores, y aunque antes de alcanzar el poder hubieran manifestado su respeto al pueblo y su deseo de ser un verdadero servidor de los demás, ya arriba no se han encontrado dispuestos a obedecer a nadie más que a sí mismos. ¿No han sido escogidos precisamente porque hay en ellos algo mejor que en los demás? ¿No se ha pensado, al elegirlos, que son los más aptos para dirigir? ¿Y qué es dirigir sino mandar?

Además, el gobernante encuentra siempre opositores que quieren ocupar su puesto. La acometividad tiene que surgir, hay que hacer a un lado a esos opositores o renunciar al gobierno. El gobernante no renuncia, prefiere suprimir a los opositores.

La adulación, por otra parte, contribuye a malear a los gobernantes. Muy raro será el hombre que deje de envanecerse cuando está arriba y es adulado. ¿No hasta los dioses se sienten satisfechos cuando ven arrodilladas a las turbas? ¿Qué son las oraciones sino obras nuestras de adulación a la autoridad divina? ¿Y no se hace oración para tener grato al dios? Si los dioses se envanecen y se sienten satisfechos con la adulación, con mayor razón los pobres mortales, y es por eso por lo que los aduladores de los gobernantes obtienen grandes ventajas de estos, ventajas que, naturalmente, tienen que resultar en perjuicio de los que no adulan y de los ignorantes.

Pero no es eso todo; el hombre más bueno, el que más cariño siente por el pueblo y está mejor animado a procurar el bienestar de las multitudes, cuando alcanza el poder y quiere poner en práctica sus sueños de reforma social en beneficio de los pobres, tropieza desde luego con la oposición de los elementos que no han salido precisamente del seno del proletariado, sino de la clase burguesa, de la clase explotadora que, naturalmente, se encuentra lesionada en sus intereses, cuando se trata de beneficiar a los pobres, por la sencilla razón de que los intereses de las dos clases sociales son antagónicos. El bienestar de una clase depende del sacrificio de la otra. El gobernante comprende entonces que se ha engañado, que el gobierno no puede hacer la felicidad del pueblo, y, si es honrado, tendrá que renunciar al poder; de lo contrario permanecerá en él y hará lo que todos los gobiernos hacen: oprimir a la clase pobre en beneficio de la clase rica.

Clémenceau, el célebre socialista que llegó a ser Presidente del gabinete del gobierno francés, fue, antes de eso, un amigo de los trabajadores; pero cuando llegó al poder tuvo que confesar su impotencia para hacer la felicidad del pueblo francés y pronunció esta frase palpitante de verdad: los pueblos no deben esperar que el gobierno haga algo bueno para ellos; por el contrario, hay que desear que no haga todo el mal que puede hacer.

Llegado madero al poder, tendría que ser como cualquier otro gobernante, ni más ni menos. Haría la felicidad de la burguesía y la desgracia del proletariado, exactamente como ocurre en todas las naciones del mundo.

Debemos, pues, compañeros, sacar ventaja de la experiencia, y no confiar a los Presidentes la ventura de los pueblos. Nosotros mismos, los pobres, los desheredados, debemos conquistar lo que el gobierno no nos puede dar: la felicidad.

Así pues, agrupáos bajo la bandera reivindicadora del Partido Liberal. No derraméis vuestra sangre por un nuevo amo, sino por bienes materiales conquistados con vuestro arrojo. Tomemos posesión de la tierra para que sea de todos. Si no hacemos eso, si nos deslumbramos por el brillo de las personalidades que solo figuran por su dinero, no haremos otra cosa que dar nuestra sangre para ponernos un yugo acabado de hacer, porque ya el viejo nos fastidiaba.

Madero no dará la tierra al pueblo. ¿Puede un gobierno atacar de ese modo el llamado derecho de propiedad? Y si quisiera hacerlo, ¿no se levantaría en masa la burguesía para impedir el desacato? Entonces habría que apelar nuevamente a las armas para conquistar lo que desde ahora se puede obtener.

Los gobiernos tienen que proteger el derecho de propiedad y están instituidos precisamente para proteger ese derecho con preferencia a cualquier otro. No esperamos, pues, que Madero, ataque el derecho de propiedad en beneficio del proletariado. El mismo es propietario; propietarios son los hombres que lo han ayudado con dinero para armar sus grupos revolucionarios, propietarios son sus jefes de grupos; propietarios han sido muchos de sus agitadores y propagandistas. Es el partido de la burguesía compañeros, y con él solo lograríamos remachar nuestras cadenas.

Abrid los ojos. Recordad la frase, sencilla como la verdad y como la verdad indestructible: la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos.

El carnero no debe confiar su bienestar al lobo. Los pobres no deben confiar su emancipación a los ricos.

(De Regeneración, 10 de diciembre de 1910).

A la acción

Compañeros, preparémonos para la acción. Nuestros hermanos de México, sostienen en estos momentos una lucha tremenda. Volemos a reforzar el movimiento.

Sin violar las leyes de neutralidad podemos ir a luchar contra el despotismo como individualidades.

Alistémonos rápidamente. Podemos entrar de uno en uno a México y reunirnos allí a los grupos rebeldes. Pero hagámoslo pronto.

La antorcha de la insurrección chisporrotea, soplemos sobre ella para que se alce la llama y se produzca el incendio salvador.

Aprovechémonos de la circunstancia de que el despotismo no puede cargar sus fuerzas sobre un solo lugar porque por todas partes está comprometido.

Madero fracasó; pero el Partido Liberal continúa la lucha. Madero se hundió; pero el estandarte rojo de las reivindicaciones populares ha sido enarbolado ya por los liberales. Aumentemos las filas de los nuestros para que la Revolución tome el curso que deseamos darle los hombres de buena fe, los que no queremos puestos públicos porque nos da asco ser amos y nos repugna tenerlos.

Compañeros: no olvidéis que si desaprovechamos esta oportunidad, muy difícilmente tendremos otra.

Cuando después de los grandes movimientos de los días 20, 21, 22, 23, 24 y 25 del mes pasado os aconsejamos que estuvierais pendientes de los sucesos, parecía que la actividad revolucionaria había quedado confinada a la Sierra de Chihuahua. En posesión de mejores datos, podemos decir que el movimiento continúa y es preciso reforzarlo, es preciso impedir que muera, es preciso organizarnos rápidamente los que no lo estamos para entrar en acción.

La Junta, como ya lo hemos dicho, organiza rápidamente grupos rebeldes en territorio mexicano. Esos grupos estarán pronto en aptitud de hacer sentir su poder.

Pongamos todos manos a la obra y el incendio crecerá.

Compañeros: a la acción. Pero si por cualquier circunstancia no podéis ir a México a reuniros con vuestros hermanos, enviad dinero a la Junta para el fomento de la Revolución.

(De Regeneración, 10 de diciembre de 1910).

El horror a la revolución

No queremos luchas fratricidas, no queremos sangre, no queremos guerra, dicen los timoratos. Y hablan en seguida de los horrores de la matanza: la sangre corriendo en abundancia, la atmósfera cargada de espesos humos, el ruido ensordecedor de las armas de fuego; sangre, agonía, muerte, incendio. ¡Qué horror!

¡Qué horror! En verdad, compañeros, nada tiene de agradable el espectáculo que ofrece la guerra; pero la guerra es necesaria. Es necesaria la guerra cuando hay algo que se opone a la conquista del bienestar.

Es horrible la guerra, cuesta muchas vidas, muchas lágrimas y muchos dolores; pero ¿qué decir de la paz? ¿Qué decir, compañeros, de la paz bajo el presente sistema de explotación capitalista y de barbarie gubernamental? ¿Garantiza siquiera la vida esta paz?

Por horrible que sea la guerra, no sobrepasa en horror a la paz. La paz tiene sus víctimas, la paz es sombría; pero no porque la paz, por sí misma, sea mala, sino por el conjunto de circunstancias que la componen en la actualidad. Sin necesidad de que haya guerra, hay víctimas en tiempo de paz, y, según las estadísticas, las victimas en tiempo de paz son más numerosas que las víctimas en tiempo de guerra.

Basta con leer todos los días los periódicos de información para convencerse de que es una verdad lo que digo. Ya es una mina que se desploma y aplasta a centenares o miles de trabajadores; o bien, un tren que descarrila y produce la muerte de los pasajeros; o un buque que se hunde y sepulta en el fondo del mar a muchas personas. La muerte espía al ser humano en todos los momentos de su existencia. El trabajador cae de los andamios y se despedaza el cuerpo. Otro, manejando una máquina, se corta un brazo, una pierna y queda mutilado o muere. El número de personas que mueren anualmente en virtud de catástrofes mineras, ferroviarias, marítimas y de otra naturaleza es verdaderamente alarmante. Los que mueren como consecuencia de incendios de teatros, hoteles y casas alcanzan una cifra desesperante cada año.

Pero no es esto todo: las condiciones de insalubridad en que se efectúa el trabajo en las fábricas y los talleres; lo fatigoso de las tareas; la incomodidad e insalubridad de las viviendas de los trabajadores —forzados a vivir en verdaderas zahúrdas-; la suciedad de los barrios obreros; la mala alimentación que el trabajador puede conseguir por los salarios miserables que gana; la adulteración de los artículos alimenticios; la inquietud en que vive el hombre de trabajo, que teme que, de un momento a otro no podrá llevar pan a la familia; y el disgusto que produce el hecho de encontrarse bajo la influencia del polizonte, bajo la influencia de leyes bárbaras dictadas por el estúpido egoísmo de las clases encumbradas, bajo la influencia de monigotes descerebrados que la hacen de autoridad; todo ello: insalubridad, mala alimentación, trabajo fatigoso, inquietud por el porvenir, disgusto del presente, minan la salud de las clases pobres, engendran enfermedades espantosas como la tisis, el tifo y otras que diezman a los desheredados y cuyos estragos alcanzan a todos: a hombres, a mujeres, ancianos y niños. Lo que no ocurre con la guerra, en la que es raro el caso del atropello a los ancianos, a las mujeres y a los niños, a no ser que se trate de un tirano bestial —como Porfirio Díaz—, para quien no hay en esta vida criatura respetable. El tigre hinca los colmillos indistintamente en las carnes de un viejo, de una mujer o de un niño.

Todas estas calamidades, que sufre la humanidad en tiempo de paz, son el resultado de la impotencia del Gobierno y de la ley para hacer la felicidad de los pueblos por la sencilla razón de que tanto el Gobierno como la ley no son otra cosa que los guardianes del Capital, y el Capital es nuestra cadena común. El Capital quiere ganancias y, por lo tanto, no se preocupa de la vida humana. El dueño de una ruina no se preocupa porque el lugar del trabajo ofrezca riesgos para la vida de los obreros; no hace las obras necesarias para que el trabajo se efectúe en la ruina en condiciones de seguridad que garanticen la vida de los mineros. Por eso se desploman las ruinas, ocurren explosiones, los obreros se desprenden de los elevadores y hay otros muchos siniestros. El capitalista tendría que ganar menos si protegiese la vida de sus operarios, y prefiere que estos revienten en una catástrofe; que las viudas y los huérfanos perezcan de hambre o se prostituyan para poder vivir, a gastar algunas sumas en favor de los que con su trabajo lo enriquecen, de los que con su sacrificio lo hacen feliz.

Igual cosa puede decirse de los desastres ferrocarrileros y marítimos. El mal material de que están construidos los barcos, los coches y las locomotoras, para obtener todo eso al menor costo posible, y el deterioro que se opera en ellos con el uso; el hecho de que las compañías tienen que usarlo todo hasta su máximum de duración para gastar menos, añadiéndose a todo esto el mal estado de las vías, que hay que componer lo menos posible para sacar mayores utilidades, hacen que la inseguridad sea efectiva e inminentes las catástrofes.

La ganancia que quiere el Capital es, también, la causa de que el trabajo de las fábricas y talleres se haga en condiciones de insalubridad manifiesta. El capitalista tendría que gastar dinero para que las condiciones higiénicas de los lugares de trabajo fueran buenas, y es precisamente lo que no quiere. La salud y la vida de los trabajadores no entran en los cálculos de los capitalistas. Ganar dinero, no importa cómo, es la divisa de los señores burgueses.

La miseria, por sí sola, es más horrible que la guerra, y causa más estragos que ella. El número de niños que mueren cada año es fabuloso; el número de tuberculosos que muere cada año, es, igualmente, admirable. Estos fallecimientos se deben a la miseria, y la miseria es el producto del sistema capitalista.

¿Por qué temer la guerra? Si se tiene que morir aplastado por la tiranía capitalista y gubernamental en tiempo de paz, ¿por qué no morir mejor combatiendo lo que nos aplasta? Es menos espantoso que se derrame sangre que conquistar la libertad y el bienestar, que continúe derramándose bajo el actual sistema político y social en provecho de nuestros explotadores y tiranos.

Además, la guerra no produce tantas víctimas como la paz bajo el actual sistema. El número de personas que resultan muertas en una batalla o en un encuentro es reducidísimo en comparación con el número de hombres que han entrado en juego por ambas partes combatientes; y si fuera posible que toda una nación estuviese en revolución, si ese estado de guerra durase un año, al final de ese tiempo se vería que por las dificultades que había tenido el capitalismo para explotar a los trabajadores por hallarse la mayor parte de estos con las armas en la mano, el número de defunciones había decrecido, o al menos había sido igual al de los años pasados en paz. Esto ha podido comprobarse en países que han estado en revolución. Los trabajos se suspenden por el estado de guerra; los trabajadores cambian el malsano género de vida de la fábrica, del taller o de la mina, por la vida sana al aire libre, comiendo carne en abundancia, haciendo saludable ejercicio y, sobre todo, teniendo reanimado el espíritu con la esperanza de cambiar de condición, o simplemente satisfechos de levantar el rostro y de sentirse libres enfrente de sus amos espantados.

Es mejor morir atravesado por una bala defendiendo su derecho y el bienestar de sus hermanos, que perecer aplastado, como un gusano, bajo los escombros de la mina, o triturado por la maquinaria, o en una agonía penosa y lenta en un rincón de la negra covacha.

Gritemos con todas nuestras fuerzas: ¡Viva la Revolución! ¡Muera la paz capitalista!

(De Regeneración, 17 de diciembre de 1910).

¡Despierta, proletario!

¡Arriba, proletario consciente; arriba, hermano! En estos momentos muchos proletarios están sobre las armas; pero no saben lo que hacen, o, mejor dicho, no saben para quién trabajan, como dice el vulgar adagio. Tú, que conoces los intereses de tu clase; tú, que sabes lo que necesitan los pobres, corre a decirles: Compañeros, para conquistar la libertad y la felicidad se necesita algo más que un corazón bravo y un arma en la mano: se necesita una idea en el cerebro.

Un barco sin brújula en la inmensidad del océano, eso es el revolucionario que no cuenta más que con su arma y su valor. El barco puede luchar contra las olas, puede sostenerse contra los vientos; pero ¿cómo orientarse para llegar al puerto si falta la brújula? Así, el revolucionario puede sostenerse en rebeldía, puede sembrar la muerte; pero si le falta la idea directora de su acción, no será otra cosa que un barco sin brújula. El revolucionario, entonces, no sabe para que mata, como el hacha no sabe para qué derriba el árbol.

¡Arriba, proletario consciente: arriba, hermano! Es preciso que vueles al lado de tus inconscientes hermanos para decirles: Compañeros, habéis sido, hasta hoy, brazo y cincel; ahora es preciso que seáis cerebro, brazo y cincel.

Proletario: no permitas por más tiempo que otro piense para que tú ejecutes. El cincel, a costa de su filo, arranca pedazos al mármol sin saber qué resultará de su acción. El revolucionario, a costa de su sangre, ataca los baluartes del despotismo sin saber cuál será la forma del edificio que se levantará sobre los humeantes escombros.

Si otro piensa por ti, no te asombre ver seguir, como si retoñase el negro edificio que aplastaste, otro más negro aún, más pesado, de donde asomen defensores más siniestros, y entre esos flamantes defensores del futuro despotismo reconocerás a los que hoy te aconsejan que tomes un fusil y te rebeles; pero omiten hacerte comprender tus intereses como pobre para que por ellos, y no por tus intereses, des la vida.

Abre los ojos, eterno paria; sángrate, carne de cañón, inquilino del cuartel y del presidio. Comprende cuál es tu interés; lleva en tu cerebro una idea, y, así, irás derecho a tu objeto, y del caos de la Revolución sabrás sacar la fórmula bendita de tu redención, con el mismo acierto con que el escultor despierta en el trozo de cantera la figura, la actitud, el gesto de la obra de arte que, sin él, habría dormido por millones de años más en el seno de la Tierra; y entonces, si caes herido de muerte en el combate, podrás decir con orgullo lo que aquel poeta que, al ir a morir decapitado, se llevó la mano a la frente y exclamó ante el verdugo y ante el pueblo: ¡Aquí hay algo!

No entres a la lucha como rebaño, sino como unidad combatiente que se suma con otras unidades iguales, conscientes y rebeldes, para abrir su sepulcro a la tiranía política y a la explotación capitalista.

Derriba, pero cuida de remover los escombros y de arrancar los cimientos. Quebranta con la acción el llamado derecho de propiedad; pero no para que te apoderes individualmente de lo que detentan tus amos, pues entonces te convertirías en amo, oprimirías a tus hermanos y serías tan ladrón y tan malvado como los que te explotan ahora. Tu liberación debe estar comprendida en la liberación de todos los humanos. La tierra que hay que quitar a los burgueses no debe ser para ti solo, ni para unos cuantos, sino para todos, sin distinción de sexo.

Levanta la testa sudorosa; ve de frente a tus amos, que tiemblan presintiendo tu cólera; domínala y pon en su lugar a la razón. La cólera ciega; la razón alumbra. Así verás mejor tu camino en medio de las sombras de la lucha tremenda; así podrás darte cuenta de que, entre los que quieren dirigirte, hay muchos lobos con piel de oveja; hay muchos que, por un momento, mitigan tu hambre dándote unas monedas para que les des a tu familia antes de lanzarte a la lucha. ¡Unas monedas por ir a dar tu sangre para que él se suba sobre tus hombros! ¿Es digno eso? ¿Eres un soldado de la libertad, o el mercenario alquilado por un ambicioso?

No, compañero: rechaza el dinero. No es digno de un hombre pedir dinero para ir a conquistar la libertad y el bienestar. Si hicieras eso, ¿en qué te distinguirías del esbirro que dispara el arma sobre sus hermanos por la paga que ha recibido?

El fusil del mercenario forja cadenas porque está sostenido por un corazón egoísta; el fusil del libertario forja la libertad porque está sostenido por un corazón abnegado. El que se levanta en armas por paga, lleva la idea del provecho personal con exclusión del ajeno; el que se levanta en armas por amor a la libertad, lleva la idea del bienestar de todos. ¿Pidieron dinero, para ser héroes, Hidalgo, el Pípila, el hombre cuña? ¿Se concibe siquiera un héroe por paga? Suponeos al héroe de Nacozari regateando sobre el precio de sus heroísmos; suponeos a Juárez pidiendo paga por decretar la expropiación de los bienes del clero; suponeos a Cristo demandando oro para ser sacrificado.

¡Despierta, proletario! Ve a la lucha con el propósito de luchar para tu clase. Al que dé dinero para que empuñes un fusil, desprécialo, míralo con desconfianza, porque te da unas cuantas monedas para que des tu vida por él; quiere tu sacrificio para hacer su felicidad; quiere tu ruina y la desgracia de tu familia para su provecho personal. Ve a la lucha, proletario; pero no para encumbrar a nadie, sino para elevar a tu clase, para dignificarla; ya que la ocasión se presenta de que tengas un arma en tus manos, toma la tierra, pero no para ti solo; para ti y para todos los demás, pues que de todos es por derecho natural.

Proletario consciente: vuela donde luchan tus hermanos para decirles que se necesita algo más que un corazón valiente y una arma en las manos; diles que se necesita una idea en el cerebro. Y esa idea, óyelo bien, debe ser la emancipación económica. Si no obtienes esa libertad, habrás dado, una vez más, tu sangre para que te oprima otro tirano.

(De Regeneración, 24 de diciembre de 1910).

[1] Este artículo fue escrito en San Francisco, California, en julio de 1907, y publicado en el mismo mes en Los Ángeles, Cal., en un periódico llamado Revolución. Después se volvió a reimprimir en el número 5 de Regeneración, del 1º de octubre de 1910.

[2] Como se ve por la fecha, este artículo fue escrito 24 horas antes de que estallara el movimiento armado convocado por el señor Francisco I. Madero.