I

        II

        III

        IV

        V

I

Los astrónomos cuentan los siglos por números; para ellos, el siglo XIX comenzó en 1801 y el XX principia en 1901. Mas no ocurre lo propio al que observa la humanidad como historiador y trata de darse cuenta de los grandes movimientos y de los grandes cambios acaecidos en la vida de las sociedades. Se ve obligado a contar los siglos por los acontecimientos históricos y sobre todo por las revoluciones que, destruyendo en pocos años los prejuicios y las instituciones viajas, dan la consigna para la evolución venidera, hasta que otra revolución viene a depositar el peso de los levantamientos populares en la balanza y a abrir una era nueva para la marcha hacia adelante.

Sin embargo, ha sucedido que, por una u otra causa, desde hace quinientos años el siglo histórico no se diferencia mucho, al menos en Europa, del siglo astronómico; el fin de cada siglo se ve marcado por una de esas grandes revoluciones que imprimen un nuevo carácter al desarrollo de la humanidad. En 1879 la Revolución estalló en Francia, sucediendo a la de América; de 1648 a 1688, la revolución se produjo en Inglaterra; de 1567 a 1580 en los Países Bajos; a fines del siglo XIV en Bohemia. Todo induce a creer que nuestro siglo no será una excepción de la regla;[1] que los astrónomos no habrán registrado la llegada del siglo XX sin que la revolución haya rematado el siglo XIX y haya empujado a las sociedades civilizadas en una nueva dirección.

Efectivamente, el período que media entre esas dos grandes revoluciones, ha tenido siempre un carácter bien marcado, que debe a la naturaleza de la revolución por que comenzara.

Esfuérzanse los pueblos para realizar en sus instituciones la herencia legada por esta; mas como la tal herencia es siempre incompleta y engendra abusos a su vez, nuevas ideas surgen. Acabando de demoler las instituciones del pasado, la sociedad rejuvenecida tropieza con nuevos prejuicios y privilegios. Lucha, hace tentativas de levantamientos (tentativas la mayor parte abordadas como 1848 o 1871), y el descontento crece, desbórdase entonces: una nueva revolución se hace necesaria. Échase de menos una nueva afirmación de los principios nuevos.

Tal es la marcha de la historia, tal el pasado, tal el presente. Así, pues, una ojeada retrospectiva al tiempo transcurrido después de la Gran Revolución nos ayudará a mejor comprender, a nosotros, que tenemos la dicha de vivir en vísperas de otra Gran Revolución, lo que tendremos que hacer; con ayuda de las circunstancias, para manifestar nuestra voluntad y destruir las instituciones que estorban la marcha hacia adelante.

* * *

Dos grandes hechos caracterizan el siglo transcurrido desde 1879, hijos los dos de la Revolución francesa, que tomara a su cargo la obra de la Revolución de Inglaterra, ensanchándola y vivificándola con todo el progreso cumplido desde que la burguesía inglesa decapitó a su rey, poniendo el poder en manos del Parlamento. Estos dos grandes hechos son la abolición de la esclavitud y la abolición del poder absoluto. Reemplazado actualmente el uno por el régimen capitalista y el otro por el régimen parlamentario.

La abolición de la servidumbre y la abolición del poder absoluto, confiriendo al individuo libertades personales con que el siervo y el súbdito del rey no se hubiesen atrevido a soñar, pero que debían a la postre traer el reinado del Capital; he ahí la obra del siglo XIX. Comenzado en 1789 por Francia, ha necesitado cien años para conquistar Europa. Mas apenas ha concluído, apenas, en la vaga venida de Occidente, ha tocado el mar Negro y las fronteras del Asia, cuando nuevas tendencias, nuevas aspiraciones, la aspiración al socialismo, se abren paso, y una revolución está ya a punto de estallar para satisfacer esas tendencias nuevas, esa sed de libertad y de igualdad para todos.

La obra de liberación, comenzada por los aldeanos franceses en 1789 (o mejor dicho en 1788), fue continuada en España, Italia, Suiza, Alemania y Austria por los ejércitos de los descamisados. Desgraciadamente apenas penetró en Polonia y no entró en Rusia.

La esclavitud hubiese acabado en Europa en la primera mitad del siglo, si la burhuesía francesa, llegando al poder en 1794, saltando por encima de los cadáveres de los Anarquistas, de los Cordeleros y de los Jacobinos, no hubiera detenido el impulso revolucionario, restablecido la monarquía y entregado Francia al escamoteador imperial, al primer Napoleón. El exgeneral de los descamisados se apresuró a restablecer los derechos de los señores y prestar nueva fuerza a la aristocracia. Pero el impulso estaba dado, y la institución de la esclavitud había recibido un golpe mortal. Fue abolida en Italia y España, no obstante el triunfo temporal de la reacción. Gravemente honda en Alemania, desde 1811, desapareció definitivamente en 1848; Rusia se vio obligada a emancipar a sus siervos en 1861, y la guerra de 1878 dio el golpe de gracia a la esclavitud en la península de los Balkanes.

El cielo está hoy entero. El derecho del señor sobre la persona del aldeano no existe ya en Europa, ni aun allí donde queda todavía el rescate de los derechos feudales, lo que hace que en este momento Rusia se halle exactamente en la situación en que se encontraba Francia en vísperas de la gran Revolución.

Los historiadores descuidan este hecho. Zambullidos en las cuestiones políticas, nos hablan de todo lo del mundo, ciencias, religión, guerras, etcétera, cuando estudian el siglo XIX. Mas no se percatan de la importancia de la abolición de la esclavitud, que es sin embargo el rasgo esencial de nuestro siglo. Las rivalidades entre naciones y las guerras consecuencia de ellas, la política de Alemania, Francia y de Italia, de las cuales se habla tnato, todo deriva de un hecho: la abolición de la servidumbre personal y el desarrollo de la servidumbre asalariada que la ha substituido.

El campesino francés, al rebelarse, hace cien años, contra el señor que le enviaba a construir estanques para impedir que las ranas cantasen mientras dormía, libertó a los campesinos de Europa. Quemando el papelote en que estaba consignada su sumisión, incendiando los castillos y ejecutando, durante cuatro años, a los señores que se negaban a reconocer sus derechos a la humanidad, puso en movimiento a la Europa, hoy libertada en todas partes de la humillante institución de la servidumbre.

* * *

La abolición del poder absoluto, por otra parte, empleó también cien años para dar la vuelta a Europa. Atacado en 1688 en Inglaterra y vencido en Francia en 1789, el poder real de derecho divino no es ejercido actualmente más que en Rusia y en Turquía; y aun aquí se encuentra en sus postreras convulsiones. Hasta los pequeños Estados de los Balkanes tienen sus Parlamentos, gallineros, sin duda, pero gallineros que permiten a los burgueses del gobierno de los pueblos, como los reyes gobernábanlos antes.

Así, pues, en este concepto, la Revolución de 1879 cumplió su cometido. La igualdad ante la ley y el gobierno representativo, esos dos principios que apasionaron a nuestros abuelos, toda la Europa, excepción hecha de Rusia, los tiene en sus códigos. En teoría, la ley es igual para todos, y todos tienen derecho a tomar parte del gobierno.

Demasiado sabemos lo que hay en esto de real. Sabemos lo que viene a ser esa «igualdad ante la ley», fórmula que sirve para ocultar la sumisión del pobre al rico, del trabajador al capitalista. Y sabemos también lo que viene a ser la ley misma y el gobierno representativo, por el cual la burguesía se apoderó del poder arrancado al Tribunal.

Así es, que, cuando se nos habla de los grandes principios de 1789 o de 1793, y no hace mucho tuvimos una avalancha de discursos en este sentido, respondemos que esos principios han dado todo lo que podían dar. Si la libertad no existe, si la igualdad no es aún más que un sueño y la libertad solo una palabra, no quiere decir esto que los dos principios de la Revolución no hayan recibido su aplicación completa. Quiere decir que no bastan por sí solos.

Otros principios, —principios fecundos en otro sentido que los enunciados con muchas frases efectistas en las Declaraciones de los burgueses—, fueron provlamadas por el pueblo en sus clubs revolucionarios de 1789. Los burgueses distan mucho de reivindicar estos principios, aun cuando ellos fueran los primeros en guillotinar a los «anarquistas» o a los «fautores de anarquía» que los propagabam. Pero la guillotina no ahogó estos principios. Viven en el seno de las masas: se han madurado, han tomado cuerpo a través de cien años: se les reconoce en cuanto se ha hecho en el transcurso del siglo; y de estos principios, maldecidos por los burgueses y aclamados por los trabajadores, es de los que vamos a hablar. Los veremos enunciarse, crecer, desarrollarse y próximos a afirmarse públicamente, en la calle, en el tumulto de la revolución.

II

La abolición de la esclavitud y del poder absoluto de los reyes, tal ha sido la obra cumplida por el siglo. ¡Pero con qué lentitud, y cuántos retrocesos! En cuanto a la burguesía llegó al poder en Francia, en cuanto recibió carta blanca para explotar a los trabajadores, sin trabas por parte del Estado y de la aristocracia, se apresuró a hacer la paz con los nobles, a quienes perseguía sin piedad en 1793.

Aclamó a un emperador para detener el movimiento revolucionario, que pedía ya la igualdad de las fortunas, la muerte de los acaparadores y de los agiotisas burgueses, el socialismo, en una palabra, ya bien indicado en la conspiración de Baboeuf.

Más adelante volvió a llamar a los Borbones, se apresuró a devolver una parte de sus bienes a los nobles emigrados, apoyó al poder real contra la nación, bajo Carlos X y bajo Luis Felipe, mantuvo el sufragio limitado, hasta que un aventurero encubierto con el nombre de Napoleón, restableció el sufragio universal, buscando un apoyo en las masas. Y cuando, por dos veces, el pueblo de París proclamó la República, ahogó los levantamientos con sangre. No aceptó la República sino cuando estuvo segura de que, al igual de la monarquía, no se metería con sus privilegios y combatiría las tendencias socialistas, que el pueblo asociaba instintivamente a la palabra República, así en 1848 como en 1793.

En cuanto a las otras naciones europeas, fue menester la revolución de 1848 para que acabase en Alemania la servidumbre y dar los primeros pasos hacia un gobierno constitucional. Fueron necesarios formidables levantamientos de aldeanos en Italia y en Rusia para que la servidumbre corporal desapareciera. Fue precisa una serie de luchas, de listas de mártires, de hecatombes de rebeldes, para que la obra del siglo se ampliase.

Pero puede decirse que no faltó a la misión que la revolución le había legado. El señor, dueño del suelo y de los campesinos por derecho de nacimiento, ha desaparecido. La burguesía reina en Europa; y si en Rusia los antiguos poseedores de siervos conquistaron un nuevo ascendente después del advenimiento de Alejandro II, su poder no puede ser sino de corta duración. En rusia, como en otras partes, es el burgués quien gobierna, y el autócrata Alejandro II es su primer servidor. Se cree soberano absoluto, mas no se atreve a dar un paso sin preguntarse qué piensan de él los manufactureros de Moscú y los barones de la alta banca. El sufragio es aun limitado en Bélgica; el Parlamento no es nada menos que omnipotente en Alemania, y los sencillos pueden todavía apasionarse para obtener el sufragio universal y la supermacía del parlamento; mas, en Bélgica el sufragio universal, como en Alemania la supremacía parlamentaria, no ocasionarían ningún cambio; Bismark era más fuerte que el Parlamento, porque habiendo comenzado su carrera como defensor de la aristocracia del comercio, había cambiado de lugar. Llegando a la personificación de la burguesía contra las pretensiones de los señores, se hizo señor.

* * *

Pero el siglo XIX tiene en su activo una conquista más, de que es preciso hacer mención. Fue el primero en reconocer los derechos de las nacionalidades; y aquí también su obra está casi acabada.

La Grecia, que gemía bajo el yugo de los turcos, es libre. La Italia, en otro tiempo dividida en pedazos, es una; el extranjero no pone los pies en su suelo. La Hungría es independiente. Los Estados de los Balkanes no están ya dominados por los turcos. Quedan aún la Iralanda y la Polonia, que tratan de conquistar su independencia; la Finlandia, siempre amenazada por el capricho del emperador ruso, y las pequeñas nacionalidades eslavas, oprimidas hoy bajo la dominación húngara, como los húngaros lo estaban en otro tiempo bajo la dominación alemana, mientras que la Servia y la Bulgaria son juguetes en manos de sus vecinos: el primo de Austria y el primo de Rusia.

Esta cuestión de las nacionalidades puede parecer fútil a los trabajadores de la Europa occidental, que felizmente no saben lo que es estar dominado por el extranjero, verse contrariado en sus costumbres, ofuscado por la presunción del presuntuoso señor, por su carácter nacional distinto y su desprecio por la raza conquistada. Mas para los que han sufrio esta tiranía, la independencia nacional es antes que todo.

El campesino se une al señor en un odio común, olvidando que su compatriota será tan duro como el extranjero en cuanto sea señor a su vez. Poco importa; aborrece al extranjero, porque todo en él, su modo de andar, de hablar, de tratar al pueblo conquistado, le repugna. En una nación sometida a otra, el progreso, la marcha hacia adelante, están ahogados en germen. Mírese la Servia: nada de cuestiones sociales mientras gobierne el turco; y rechazado el turco, la cuestión social surge súbitamente. Hablad del socialismo al irlandés, os responderá «¡Comencemos por echar al inglés!» Hace mal, cierto que hace mal; pero el odio de raza se sobrepone a la razón.

Así es que la historia del siglo XIX es un largo martirologio de patriotas tratando de emancipar a los pueblos del yugo extranjero. Admiramos hoy a la juventud rusa, nos extasiamos ante su abnegación, lloramos sus infortunios. Y es preciso saber que todos esos sufrimientos son poca cosa, comparados con los que experimentaron las sociedades secretas de la «joven Hungría», la «joven Polonia», la «joven Italia», sobre todo, burgueses y trabajadores unidos en una idea común, la emancipación de la patria.

* * *

Esto en cuanto al pasado. Saltemos al porvenir.

Aquí, vastos horizontes se abren ante nosotros, horizontes que prometen a la humanidad la realización de sus más altas aspiraciones; y en este sentido la obra del siglo XIX es inmensa, colosal. Ningún otro preparó lo que la próxima revolución promete a nuestros sucesores. Podemos considerarnos dichosos por vivir en este siglo, en vísperas de esta revolución.

III

Una reforma es siempre un compromiso con el pasado, se limita a modificarle más o menos; mientras que una revolución planta siempre un jalón para el porvenir; por pequeño que sea, el progreso cumplido por la vía revolucionaria, es una promesa de otros progresos, El uno se vuelve hacia atrás, el otro mira hacia adelante y va más allá de su siglo. Toda la historia prueba esto, que es lo que acaeció cuando la Revolución de 1789-93.

Por burguesa que fuera esta Revolución en lo que respecto a sus resultados, ella fecundó el germen del Comunismo y de la Anarquía en el seno de la sociedad moderna. Los que en la actualidad quieren hacernos creer que la Revolución no tenía otro objeto que abolir los últimos vestigios del feudalismo y de limitar la autoridad real, dan pruebas de ignorancia o de mala fe. Un pueblo entero no se alza por tan poca cosa: no se pone en rebeldía abierta durante cuatro años, con el sólo fin de abolir una institución moribunda o de cambiar el gobierno. Para que una Revolución tan considerable como la del siglo pasado llegue a estallar, es menester que una oleada de ideas nuevas circule por las masas, que un mundo nuevo, basado en relaciones nuevas, en una moral nueva, en una vida nueva, se dibuje en los espíritus.

* * *

Realícense, en efecto, los escritos de Diderot, de Rousseau, y aun los de aquellos que, como Sieyés y Brissot, hiciéronse más adelante los defensores jurados de los derechos adquiridos por la burguesía; so verá que están imbuidos de socialismo, mejor dicho, de comunismo, y se comprenderá que la palanca que levantó al pueblo francés y le dio la energía necesaria para luchar contra los conjurados de fuera y de dentro, fue una visión de porvenir comunista.

La misma fórmula de Libertad, Igualdad, Fraternidad, que no era una frase vana en aquella época, —moríase por ella—, dijo bastante lo que el pueblo francés veía en la Revolución.

En efecto, las ideas de los precursores de la Revolución podrían servirnos hoy todavía de programa. Diderot, en sus obras, al menos, sino en su vida, fue profundamente anarquista. Rousseau saca su fuerza y su inmensa influencia de sus aspiraciones comunistas. Si, no obstante su crítica soberbia de las modernas sociedades, cayó lastimosamente en un ideal de república suiza, él fue quien negó el derecho a apropiarse del menor trozo de terreno; él fue quien se atrevió a decir que un gobierno, cualquiera que sea, no sería justificable a no componerse de ángeles, es decir, de seres que no existen. Y el mismo Sieyés, ese futuro agente de la burguesía ¿no negó el derecho de propiedad? ¿No dijo Brissot que era un robo? ¿Y no propagaron un hálito de comunismo en centenares de folletos, toda una serie de escritores menos conocidos?

Y justamente este hálito de comunismo fue el que animó a las masas.

* * *

La leyenda consagrada representa al 14 de Julio como una revolución contra la tiranía real. Pero se olvida de decirnos que el 12 de Julio el pueblo de París quemaba las oficinas de consumos, que el 13 comenzaba a despojar a los ricos, y que si la burguesía se apresuró a armarse, lo hizo tanto contra los parias como contra el rey.

Para resistir a los que llamaban «bandidos», organizó su milicia en las capitales de provincia inmediatamente después de la toma de la Bastilla. «- Los bandidos vienen, al arma!» tal fue el grito que resonó de un extremo a otro de Francia.

Ahora bien: ¿Quiénes eran aquellos bandidos a los cuales los burgueses hacían la guerra y que ahorcaban soberanamente? Los bandidos eran los socialistas, los anarquistas entonces, era la masa de los parias de los campos luchando contra sus señores, nobles y burgueses.

Y más adelante, los que Mignet designa en su historia con el nombre de anarquistas, —como se ve la palabra es vieja—, eran también el pueblo, la masa, que, en presencia de las medidas anti-igualitarias, anticomunistas de la Constituyente, de la Legislativa y de la Convención, recomenzaba la sublevación de las ciudades y en los pueblos, proclamaba la «Commune», se apoderaba de las provisiones, ahorcaba los acaparadores, requisaba a los burgueses y mantenía el estado revolucionario.

Nuestros abuelos eran comunistas. Cierto que sus ideas acerca del asunto eran muy vagas. No habían formulado los rasgos esenciales de una sociedad comunista, y se dejaban arrastrar a medidas igualitarias en cuanto a la forma, pero que encerraban en sí el germen de futuras desigualdades. Salidos de la servidumbre, proclamaban la libertad completa del individuo, olvidaban el lazo de solidaridad que debe unir entre si a los hombres libres. La aspiración era confusa todavía, pero su esencia era comunista.

Aboliendo los últimos vestigios del feudalismo, los aldeanos creían proclamar la nacionalización del suelo, el derecho de cada cual a cultivarle, el deber para todos de asegurarse mutuamente la vida y el trabajo.

Aboliendo el señorío y la veeduría, así como los derechos de las ciudades sobre los campos, los trabajadores afirmaban el derecho al bienestar para todo trabajador. La Commune con que soñaban sin encontrar palabra para expresar su pensamiento, era la «Commune» de los iguales, unidos en un trabajo común,

El pueblo dueño del suelo, el trabajador dueño de los útiles, y la «Commune» organizadora por sí misma de su trabajo y de su consumo, tal fue, sin duda alguna, la idea que inspiró a los revolucionarios de 1793. Concepción vaga, demasiado vaga para encontrar formas reales, y sin embargo poderosa. Es con frecuencia encontrada en los discursos de los oradores populares de aquella época.

Y cuando vieron lo poco que la realidad se asemejaba a sus sueños, cuando se percataron de que habían sido engañados, los proletarios organizaron sociedades secretas, a sabiendas comunistas; ejemplo: la sociedad de Baboeuf.

Pero era ya demasiado tarde; el último esfuerzo de la Revolución ya agonizante, no dio ningún resultado.

* * *

La gran Revolución legó su herencia a la posteridad. Francia cayó bajo el talón de un bandido. Surgió al punto el terror blanco, cruel en otro sentido que las sangrientas jornadas do 1793. Pero la semilla estaba echada, y al cabo de cincuenta años el comunismo renaciente lanzaba al pueblo francés a una nueva revolución, la de 1848.

Y el comunismo dio también la vuelta al mundo. Buscó su fórmula en Roberto Owen, Fourrier, Saint-Simón, los revolucionarios de 1848. los Congresos de la Internacional. La herencia de la

Revolución se acrecentó. Y el siglo que inauguró llevará probablemente en la historia el nombre de siglo del socialismo naciente.

IV

El íntimo resorte que dio a nuestros abuelos la fuerza de resistir a la coalición de los conjurados del interior y del exterior, fue ciertamente su aspiración a la igualdad de condiciones económicas. Y este ideal encuéntrase en el fondo da todos los movimientos, ya filosóficos, o bien populares, que después se han producido.

La idea madura se precisa, se completa al fin, para encontrar su verdadera expresión, prevista desde hace mucho tiempo, mas siempre olvidada, la del comunismo anarquista.

* * *

El ideal de las revueltas de 1789 a 93 era, no obstante muy vago. El campesino no quería que se le quitase la mitad de la cosecha; no admitía que un holgazán fuese propietario del suelo que él, labriego, no quería sino poder cultivar. Veía que las tierras en otra época poseídas por toda la comunidad, pasaban a manos de las señores, y que la ley sancionaba este bandidaje, cual lo sanciona todavía en Inglaterra. Reclamaba estas tierras sin preguntarse de qué modo la «Commune» las repartiría cuando se tornasen propiedad comunal. Así es que no fueron recuperadas (en parte), sino para pasar a manos de las negras bandas de burgueses. Y mientras los burgueses del campo se enriquecían, los propietarios campesinos, quedaban después de la Revolución tan pobres como eran antes.

Por otra parte, los trabajadores de las ciudades se rebelaron contra la especie de feudalidad burguesa que los explotaba; pero también sin saberlo que pondrían en su lugar. Sólo más adelante, a medida que fue creciendo la Revolución, vióse dibujarse en ellos un vago ideal de «Commune» comunista, obligada a proporcionar el sustento de los trabajadores, procurándoles trabajo, aboliendo las desigualdades de fortuna: la igualdad de fortunas se hizo la consigna de los proletarios urbanos. «Pero ¿cómo esa igualdad de fortunas podría realizarse? Pues bien, se guillotinaría a los ricos, se pondría a los descamisados en el Municipio, en la Convención». Tal fue la respuesta, la única respuesta que cupo dar al pueblo en aquellos tiempos. Y hoy, después de cien años, todavía se encuentra una secta de revolucionarios jacobinos que impiden que el pueblo estudie las medidas que se han de tomar contra los explotadores, gentes que quieren que el pueblo guillotine sin cesar, mientras que ellos ¡maliciosos! buscarán más adelante las soluciones económicas.

Y se guillotinaba en 1793. Ricos y pobres, nobles y lacayos, reinas y princesas, subieron al patíbulo. Pero, por cada aristócrata que se guillotinaba, surgían diez burgueses, tan malos, más malos aún para la plebe, que el señor decapitado.

Y las negras bandas de burgueses recién nacidos saqueaban la Francia.

Y el agiotaje creaba riquezas ante las cuales palidecían las fortunas de los ricos de antes. Los Rothschilds hacían de ellas los cimientos de sus futuros bancos.

El pueblo purificaba la Convención y la «Commune» por la guillotina; llevaba a Marat en triunfo y decapitaba a los girondinos. Pero sin más resultado que hacer sitio, dejar el campo libre a aquellos a quienes desde entonces se llamaba «los sapos del pantano»; aquellos feroces terroristas se transformaban en patriotas bajo el Directorio, en senadores bajo Bonaparte, y nos gobiernan todavía con el nombre de oportunistas, de liberales, de radicales.

* * *

Una vez la revolución escamoteada, y luego vencida, después del triunfo de la reacción y las sangrientas represalias del terror blanco, algunos se pusieron a estudiar el problema legado al siglo XIX por la Revolución.

«La igualdad de las condiciones económicas», tal había sido el testamento de la Revolución agonizante. Y queriendo el instinto popular hacer efectivo ese testamento, tres generaciones se sucedieron en esta investigación: Fourrier, Roberto Owen, Saint-Simon, Cabet y otros muchos, no hicieron más que formular los pensamientos que entonces ocupaban los derechos en Francia y en Inglaterra. No inventaron nada, como tampoco los pensadores anarquistas de nuestros días han inventado las teorías que hoy desarrollamos. Se esfuerzan para traducir la idea popular.

* * *

He aquí cuál fue la idea madre que los guió:

«La revolución ha ciertamente mejorado la situación de la mayoría. Sin embargo, ha creado condiciones que, necesariamente, han traído consigo la explotación del hombre por el hombre. El genio humano, lanzado en una nueva vía por la invención de la máquina de vapor, máquina que pone a su servicio millones de trabajadores de hierro multiplicados a capricho, ha permitido centuplicar le producción de todo lo que es necesario a la vida. Esto no obstante, la situación que la Revolución nos ha creado permite a algunos burgueses ser los únicos en aprovecharse del gigantesco desarrollo de la industria. ¿Por qué? Porque el suelo queda en manos de algunos, en lugar de pertenecer a todos. Porque el trabajador no tiene con qué vivir si no vendo su trabajo. Porque el obrero trabaja para un patrono, y no para la sociedad entera. Es necesario, pues, organizar el trabajo societario. Y este trabajo no puede ser garantizado mientras la sociedad no sea comunista. El trabajo en común, para un fin común, garantirá la existencia de cada cual, permitirá utilizar los progresos del maquinismo en provecho de todos y centuplicar nuestra producción, trabajando cada cual menos que hoy. Sin esto, en vano se guillotinará, se poseerá en vano: mientras el suelo y los instrumentos de producción no hagan otra cosa que cambiar de menos, la explotación del hombre por el hombre no acabará».

Tal fue el punto de partida de todas las escuelas comunistas de la primera mitad del siglo XIX.

Mas ¿cómo organizar el comunismo? ¿Cómo mantenerle si llegara a organizarse?

Tal fue la cuestión que se irguió ante los pensadores y a la que cada cual respondía a su modo.

V

Toda la historia de la humanidad es la de una lucha incesante entre las masas que se quieren organizar sobre principios de igualdad y de libertad, y las minorías que tratan de hacerse la vida agradable a expensas del trabajo ajeno. Las civilizaciones nacen y se hunden, los imperios crecen y desaparecen, las guerras ensangrientan el mundo; pero la causa de todo está siempre en la lucha de las mayorías gobernadas y las minorías gobernantes.

Esta lucha tiene lugar con caracteres que varían, según los lugares y las épocas. En el mundo antiguo, es asegurando su dominación sobre otras nacionalidades como los griegos y los romanos tratan da obtener el bienestar. Más adelante, es por la reforma moral del budhismo y la del cristianismo como los pueblos quieren ir a la igualdad. Luego, volviendo al ideal griego, es en el recinto fortificado de la «Commune» donde las poblaciones urbanas tratan, y lo consiguen hasta cierto punto, de crearse una vida de libertad y de igualdad. Pero su ideal libertario no salta los muros de la ciudad; descansa en el avasallamiento de los campos, y la «Commune» libre sucumbe. Entonces, es en los brazos de la Iglesia, soberana y universal, donde se echan las masas. La Iglesia predica igualdad y fraternidad; ¿por qué no ha de imponerlas por su autoridad espiritual ó temporal? Pero la Iglesia ha abusado de la confianza de los pobres; la aprovecha para hacerse a su vez el peor de los explotadores. Entonces, mil quinientos años después del primitivo cristianismo, es en nombre del cristianismo reformado como las masas caminan a su liberación. «—¡Abajo el clero romano! ¡Que cada cual interprete la Biblia como la entienda, y la interpretarán todos en sentido comunista!» «—¡Abajo las leyes!», predican los anabaptistas que, anarquistas de entonces, soportarán todo el peso de la Revolución. «—¡Abajo las leyes! ¡Que la conciencia de cada hombre sea el señor supremo en una sociedad comunista!» Y durante más de cien años, la Europa arde; el campesino, el hombre de la ciudad, se emancipan y ensayan el comunismo agrario o urbano. Pero son aplastados por la unión de los burgueses y los príncipes, y no queda más que una Iglesia reformada, un clero protestante, tan ávido de riquezas y dominación como el clero romano, y algunas comunidades moravas, que se van a explotar a los groenlandeses y a los negros.

Por último, perdiendo la fe en las religiones, las masas se entregan al soberano, príncipe de los príncipes, al rey absoluto, al emperador. ¡Tal vez acabe con la opresión! Pero el rey les traiciona como el sacerdote. Convertido en el señor de los señores, decupla la opresión en provecho de sus favoritos y partidarios; a la tiranía señorial agrega la tiranía del Estado. Arruina a sus súbditos, los entrega a los nobles, luego a los burgueses, con los cuales se apresura a partir el poder.

* * *

Todo ha sido ensayado y todo ha resultado mal. Renace entonces en los espíritus la filosofía del siglo XVIII, germinada en las masas, enunciada por los pensadores ingleses y franceses, probada en sus esbozos de aplicación por la Francia de 1793, y que, desarrollándose luego, ensanchándose, ganando en profundidad, se llama actualmente comunismo anarquista.

Sus principios son muy sencillos: —No tratéis de basar vuestro bienestar y vuestra libertad en la dominación de otro; dominando a los demás, nunca seréis libres. Aumentad vuestras fuerzas productivas estudiando la Naturaleza; estas fuerzas puestas al servicio del hombre son mil veces superiores a las de toda la especie humana. Libertad al individuo, porque sin la libertad individual, no hay sociedad libre. No confiéis para emanciparos, en ninguna ayuda espiritual o temporal; ayudaos a vosotros mismos, y para llegar a ello, desembarazaos lo antes posible de todos vuestros prejuicios religiosos y políticos. Sed hombres libres y tened confianza en la naturaleza del hombre libre: sus vicios mayores le vienen del poder que ejerce sobre sus semejantes o del poder que soporta.

* * *

Se ve como esta ruda manera de concebir las relaciones humanas se diferencian de todas las que se afirmaran en las anteriores tentativas de liberación. «El Comunismo es viejo, se nos dice. Y no sin razón. Como tendencia, existió siempre; mas los procedimientos del moderno comunismo son nuevos.

Instruyéndonos acerca de lo que es necesario hacer para libertarnos, el siglo XVIII nos da también los medios de llegar a ello.

Mientras el hombre, por un asiduo trabajo, llegaba a producir lo preciso para vivir hasta la próxima cosecha, y se encontraba desprovisto de todo medio de existencia si el año era malo, ¿podía libertarse?

El que no tiene pan en reserva, se hace fatalmente esclavo del que lo tiene. Pues bien, la ciencia, nacida ayer, puesto que apenas cuenta un siglo, nos enseña a decuplar la producción. Diez hombres armados de máquinas poderosas pueden hacer hoy más trabajo que en otro tiempo doscientos. Diez hombres, vigilando los aparatos mecánicos, hacen en un año ropa bastante para cubrir a quinientos. Y mil hombres, secundados por las máquinas, pueden construir y amueblar en un ano toda una pequeña población para albergar a veinte o treinta mil personas.

* * *

¿Podía libertarse el individuo presa de los terrores de su propia imaginación? Mientras las maravillas de la Naturaleza no tenían sobre su cerebro más efecto que despertar en él la idea de un Dios malo, egoísta, prevaricador como sus señores; mientras sus temores !e imponían el servilismo ante todo el que cogía un palo para pegarle, ¿podía soñar con la libertad? Pues bien, la ciencia reduce esos terrores a la nada; ni rastro quedará de ellos, cuando los descubrimientos de nuestro siglo se hayan hecho patrimonio de todos.

¿Era posible hablar de igualdad y de libertad mientras el hombre pasaba por eminentemente vicioso, malo y crapuloso por naturaleza, no absteniéndose del mal sino por el miedo al diablo y al infierno, al juez y al verdugo? ¿mientras se le afirmaba que las masas deben ser tratadas de igual manera que los animales conducidos a latigazos, agrupados en rebaños? El ascetismo de los frailes del Oriente inventaba toda clase de torturas para mejorar al hombre, para impedir que de él se apoderase el mal, el diablo. Nos reímos hoy de ello, más es siempre esta concepción, modernizada y sazonada por la jerga científica, la que hace decir a los doctos sabios que sin gendarmes y sin cárceles el hombre no podría vivir en sociedad.

Pero si la ciencia oficial se pronuncia todavía en favor del verdugo, del sacerdote (positivista o no) y del político, los hechos mismos de la vida lo condenan. La filosofía del siglo XVIII no había olvidado nada para propagar la idea del gobierno democrático y de la ley soberana, salida del sufragio universal. Mas nuestro siglo ha demostrado su inanidad, ha desmantelado esta última fortaleza del autoritarismo, ha proclamado la Anarquía.

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Y a medida que estos prejuicios perdían su poder sobre los espíritus, el Comunismo se afirmaba cada vez con más poder, acogido por los pensadores tan bien como por el pueblo; de tal suerte, que su desarrollo, desde Fourrier hasta nuestros días, su elaboración teórica, sus ensayos prácticos, su inspiración arraigando poco a poco en la vida moderna, son tan características para el siglo XIX como la aplicación del vapor y el desarrollo súbito de la industria y de las relaciones internacionales.

El comunismo ha atravesado las mismas fases que los movimientos populares de los siglos transcurridos. Debiendo ser la comunidad un monasterio gobernado por sus sacerdotes, ha comenzado por subordinarse a la idea religiosa. Tomó más adelante la forma de Comunismo de Estado, La Icaria había de ser regentada por un gobierno fuerte, más potente y más meticuloso que los actuales gobiernos. La única concesión que el Comunismo gubernamental se decidía a hacer al espíritu libertario del siglo, era subdividir el territorio del Estado proclamado el Estado-«Commune», sometido al Estado-Nación. Los posibilistas aún tienen este ideal de Estado «Commune», mientras que algunos marxistas, comunistas siempre, están por el Estado Nación.

Y sólo a fines del siglo, en el seno de la Internacional anarquista, el Comunismo sin Dios ni señor, llega a afirmarse. Aún es joven. Pero, si se meditan las fases de la evolución que no hemos hecho más que indicar, se verá de quién es el porvenir; se verá quién da Ja espalda al progreso, quién marcha hacia adelante; quién trabaja contra la evolución, y quién obra en el mismo sentido.

La civilización que nació en Europa después de la caída de las civilizaciones impregnadas del despotismo asiático, empleó mil quinientos años para desembarazarse de las trabas que el Oriente habíala puesto.

No sólo tuvo que rechazar las invasiones del Oriente, detener la ola de hunos, de mongoles, de turcos y de árabes que invadían sus llanuras y sus islas, tuvo asimismo que combatir las concepciones políticas del Oriente, su filosofía, su religión, y, en cuanto empezó a verse libre de todo esto, creó de un golpe esa ciencia moderna que le permite en un siglo cambiar la faz del mundo, centuplicar sus fuerzas, encontrar la riqueza en el suelo, contemplar el universo sin temor. Ha quemado los ídolos importados del Oriente: Dios, gobierno, propiedad privada, ley impuesta, moral exterior. El pensamiento libre no los reconoce.

Falta ahora quemarlos realmente, después de haberlos quemado en efigie. Falta demoler esa andamiada que ahogaba el pensamiento, que aún impide al hombre encaminarse hacia la libertad. Y ese problema, la historia nos lo ha impuesto a los hombres de fines del siglo XIX.

Los siglos han trabajado por nosotros. Armados de su experiencia, podemos, debemos mostrarnos a la altura de nuestra tarea histórica.

[1] Por desgracia, lo ha sido; pero valiéndonos de las propias palabras del gran apóstol, todo induce a creer que el supremo instante se aproxima.