Capítulo I — Infancia

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    Capítulo II — El cuerpo de pajes

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    Capítulo III — Siberia

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    Capítulo IV — Petersburgo, el primer viaje al extranjero

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      XIII

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      XV

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    Capítulo V — La fortaleza — La fuga

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      V

    Capítulo VI — La Europa occidental

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      XVII

Capítulo I — Infancia

I

Moscú es una ciudad de lento crecimiento histórico y, hasta nuestros días, las diferentes partes de que se compone han conservado admirablemente los rasgos más característicos impresos en ellas durante el reposado curso de la Historia. El distrito del río de Trans-Moscú, con sus anchas y somnolientas calles, y sus monótonas casas pintadas de gris, y de techos bajos, cuya entrada principal permanecía bien cerrada, tanto de noche como de día, ha sido siempre el retiro predilecto de la clase mercantil y el foco de los disidentes de la Antigua Fe, notablemente austeros, formalistas y despóticos. La Ciudadela, o Kreml, es todavía el firme baluarte de la Iglesia y el Estado; y el inmenso espacio que se extiende ante ella, cubierto por miles de tiendas y almacenes, ha sido durante siglos una poblada colmena del comercio, y continúa siendo todavía el corazón de un gran tráfico interior, que abraza la superficie entera del vasto imperio. La Tvérskaia y el puente Kusnietzky, han sido, durante centenares de años, los principales centros de las tiendas de lujo, mientras que los barrios de los artesanos, el de Pliushchija y el de Darogomilavka, tienen aún la misma fisonomía que caracterizaba a sus animadas poblaciones en tiempo de los zares de Moscú. Cada barrio es un pequeño mundo en si; cada uno tiene su fisonomía propia y vive una vida independiente; hasta los ferrocarriles, cuando hicieron su irrupción en la antigua capital, agruparon aparte, en centros especiales, en lo más exterior de la vieja población, sus almacenes y talleres, sus vagones y sus máquinas.

Sin embargo, de todas las partes en que se divide la ciudad, tal vez no haya ninguna más típica que ese laberinto de calles limpias, tranquilas y ventiladas, situadas a espaldas del Kreml, entre dos grandes calles radiales, la de Arbat y la de Prechistienka, al que se le llama todavía el barrio de los viejos Caballerizos, el Stáraia Koniúshennaia.

Hace cincuenta años vivía en este barrio, extinguiéndose lentamente, la antigua nobleza moscovita, cuyos nombres eran tan frecuentemente mencionados en las páginas de la historia rusa, antes de la época de Pedro I; pero que ha desaparecido después para dejar puesto a los recién llegados, los hombres de todas las procedencias, llamados a la vida pública por el fundador del Estado ruso. Encontrándose suplantados en la corte de San Petersburgo estos nobles de la antigua cepa, se retiraron, unos al barrio de los Viejos Caballerizos, en Moscú, y otros a sus pintorescas fincas existentes en tierras no lejos de la capital, mirando con una especie de desprecio y secreta envidia a la abigarrada multitud de familias que habían venido, sin que nadie supiera de dónde, a tomar posesión de los cargos más elevados del gobierno en la nueva capital, a orillas del Neva.

En su juventud, la mayoría había probado fortuna entrando en las carreras del Estado, principalmente en el ejército; pero por una u otra causa, las habían abandonado sin llegar a alcanzar un elevado puesto. Los más afortunados sólo obtuvieron una colocación tranquila y casi honorífica en su ciudad natal —mi padre fue uno de ellos—, en tanto que la mayor parte de los demás se contentaba con tomar su retiro. Pero cualquiera que fuese el lugar al cual habían necesitado trasladarse en el curso de su carrera, sobre la extensa superficie de Rusia, siempre, de un modo o de otro, hallaban manera de pasar su vejez en una casa propia en el barrio de los Viejos Caballerizos, a la sombra de la iglesia donde habían sido bautizados, y en la que se entonó la última plegaría en los funerales de sus padres.

Ramas nuevas nacidas de antiguos troncos, algunas se hicieron más o menos notables en diferentes partes del país; otras tenían casas más lujosas y modernas en otros barrios de Moscú o en San Petersburgo; pero la rama que continuaba viviendo en el barrio referido, cerca de la iglesia verde, amarilla, rosa o parda, tan asociada a los recuerdos de la familia, era considerada como la representante de ésta, independientemente de la posición que ocupase en el orden genealógico de la misma. Su cabeza, representante de tiempos históricos, era tratado con gran respeto, aunque no desprovisto, sin embargo, de un ligero tinte de ironía, hasta por aquellos miembros más jóvenes de la misma rama que habían abandonado su ciudad natal para seguir una carrera más brillante en la guardia imperial o en los círculos de la Corte; pues personificaba para ellos el origen y las tradiciones de la familia.

En estas calles tranquilas, bastante separadas del movimiento y el ruido del Moscú comercial, todas las casas tenían casi la misma apariencia; eran en su mayoría de madera, con techos de planchas de hierro de un verde brillante, la fachada estucada y decorada con columnas y pórticos, y pintada con vivos colores. Casi todas las casas tenían sólo un piso, con siete o nueve grandes y alegres ventanas a la calle; sólo en la parte posterior de la casa solía haber un segundo piso, que daba a un gran patio formado por varios edificios pequeños, que servían de cocinas, cuadras, bodegas, cocheras y habitaciones para la dependencia y servidumbre. Una gran cancela daba entrada a este patio, y en ella se encontraba con frecuencia una placa de metal con esta inscripción: Casa de Fulano de Tal, teniente, coronel, o comandante; rara vez general u otro cargo civil de la misma elevada importancia. Pero si una casa más monumental, embellecida con verja y cancela de hierro dorado, se encontraba en una de esas calles, la placa metálica de la puerta de entrada es seguro que diría: Fulano de Tal, consejero comercial, o excelentísimo señor. Estos eran los intrusos, los que habían venido a vivir a aquel barrio sin que nadie los invitara, y a quienes, por consiguiente, no trataban los demás vecinos.

En estas calles aristocráticas no se permitían tiendas, y sólo en algunas casitas de madera, pertenecientes a la iglesia parroquial, se hallaba alguna pequeña despensa o un puesto de verduras, frente a los cuales solía encontrarse el lugar de descanso del polizonte, quien durante el día aparecía en la puerta armado de una alabarda, para saludar con su arma inofensiva a los oficiales que pasaban, retirándose al interior a la caída de la tarde, para trabajar de zapatero remendón o preparar algún rapé especial patrocinado por los antiguos criados de la vecindad.

La vida se deslizaba tranquila y pacíficamente —al menos en apariencia— en este Faubourg Saint-Germain de Moscú. De mañana no se veía a nadie por las calles; al mediodía aparecían en ellas los niños, acompañados por ayas francesas y nodrizas alemanas que los sacaban a dar un paseo por los bulevares cubiertos de nieve. Más tarde, podía verse a las señoras en sus trineos de dos caballos, con un lacayo colocado de pie detrás, sobre una plancha fija en la parte posterior; o bien escondidas en unos carruajes antiguos, inmensos y elevados, suspendidos por grandes muelles curvos y tirados por cuatro caballos, con un postillón delante y dos lacayos de pie detrás. De noche, la mayoría de las casas se hallaban brillantemente iluminadas, y, como no se corrían las cortinas, los transeúntes podían contemplar a los que jugaban a las cartas o valsaban en los salones. En aquellos días no estaban en boga las opiniones, hallándonos todavía muy distantes de los años en que cada una de esas casas empezó una lucha entre padres e hijos; lucha que terminaba por lo general en una tragedia de familia o en visitas nocturnas de la alta policía. Hace cincuenta años, nada de esto era imaginable; todo estaba sosegado y tranquilo, al menos en la superficie.

En ese barrio nací yo en 1842, y allí pasé los primeros trece años de mi vida. Aun después de haber vendido nuestro padre la casa en que murió nuestra madre, y después de haber comprado otra, que vendió también, pasando nosotros varios inviernos en casas arrendadas, hasta que encontró una tercera a su gusto, a corta distancia de la iglesia en que había sido bautizado, continuamos viviendo todavía en aquel barrio, que sólo abandonábamos el verano para ir a nuestras posesiones rurales.

II

Un dormitorio de techo elevado y espacioso, la habitación más retirada de la casa, con una blanca cama en que dormía nuestra madre, y no lejos de allí nuestras sillas y mesitas de niños y otras mesas esmeradamente puestas y servidas, cubiertas de dulces y jaleas presentadas en lindos recipientes de cristal; alcoba desde donde se nos condujo un día a nosotros, los niños, a hora desusada; ésta es la primera y confusa reminiscencia que tengo de mi vida.

Nuestra madre se moría de consunción; sólo tenía treinta y cinco años. Antes de separarse de nosotros para siempre, había querido tenernos a su lado, acariciarnos, gozar un momento con nuestras alegrías, y preparó un pequeño festín al lado de su cama, de la que no podía levantarse ya. Recuerdo su cara pálida y afilada y sus grandes ojos obscuros: nos contemplaba cariñosamente y nos invitaba a que comiéramos y a subir a su cama; de pronto se echó a llorar y empezó a toser, y nos dijeron que saliésemos.

Algún tiempo después, a nosotros, los niños (esto es, a mi hermano Alejandro y a mí), nos trasladaron de la casa grande a otra pequeña que había en el patio. El sol de abril llenaba la pequeña habitación con sus rayos, y, sin embargo, nuestra nodriza alemana, la señora Burman, y Uliana, la nodriza rusa, nos dijeron que nos acostásemos. Sus rostros estaban humedecidos por el llanto y cosían para nosotros camisas negras guarnecidas de blanco. No podíamos dormir: lo desconocido nos asustaba, y poníamos atención a lo que hablaban por lo bajo. Dijeron algo de nuestra madre, que no pudimos entender; entonces saltamos de la cama preguntando:

¿Dónde está mamá? ¿Dónde está mamá?

Ambas rompieron a sollozar y empezaron a acariciarnos llamándonos pobres huérfanos, hasta que Uliana, no pudiendo contenerse más, dijo:

— Vuestra madre se ha ido allá, al cielo, con los ángeles.

— ¿Cómo se ha ido al cielo? ¿Por qué? —interrogaban en vano nuestras infantiles imaginaciones.

Esto era en abril de 1846; yo no tenía más que tres años y medio y mi hermano Sasha aun no llegaba a los cinco; dónde habían ido nuestros hermanos mayores Nicolás y Elena, no lo sé: tal vez estaban ya en el colegio. El tenía doce años y ella once; vivían separados de nosotros y teníamos poco roce con ellos. Así es que Alejandro y yo quedamos en esta casita en poder de la señora Burman y de Uliana. Aquella buena señora alemana, ya de edad, sin hogar y completamente sola en el mundo, ocupó para nosotros el lugar de nuestra madre: ella hizo en nuestro favor todo lo que pudo, comprándonos de cuando en cuando algunos juguetes sencillos, y hartándonos de tortas de jengibre cada vez que otro viejo alemán, que acostumbraba a venderlas, y que probablemente se hallaba tan aislado y solo como ella, visitaba casualmente nuestra casa. Rara vez veíamos a nuestro padre, y de este modo se pasaron dos años sin dejar ninguna impresión en mi memoria.

III

Nuestro padre estaba muy ufano del origen de su familia y señalaba con solemnidad un pergamino que estaba colgado en su gabinete; en él se hallaban impresas nuestras armas —las del principado de Smolensk, cubiertas con el manto de armiño y la corona de los Monomachs— y en él estaba escrito y certificado por la Sección de Heráldica que nuestra familia había tenido origen en un nieto de Rostislav Matislavich el Temerario (nombre tan familiar en la historia rusa como el de cualquier gran príncipe de Kiev), y que nuestros antecesores habían sido grandes príncipes de Smolensk.

— Me costó trescientos rubios obtener ese pergamino —acostumbraba a decir nuestro padre. Como la generalidad de las gentes de su tiempo, no estaba muy versado en la historia rusa, y valoraba el pergamino más por su costo que por su importancia histórica.

El hecho es, sin embargo, que el origen de mi familia es verdaderamente muy antiguo; pero como la mayoría de los descendientes de Rurik, a quien se puede considerar como el representante del período feudal de la historia rusa, fue relegada a segundo término cuando éste concluyó, y los Romanov, entronizados en Moscú, empezaron la obra de consolidar el Estado ruso. En los últimos tiempos, ninguno de los Kropotkin parece haber tenido una predilección especial por los puestos oficiales. Nuestros bisabuelo y abuelo, ambos se retiraron del servicio militar en su juventud, apresurándose a volver a sus posesiones de familia, la principal de las cuales era Urúsovo, situada en el gobierno de Riazán, en una alta colina al borde de fértiles praderas, y capaz de tentar a cualquiera por la hermosura de sus sombríos bosques, sus risueños ríos e inmensos prados. Nuestro abuelo no era más que teniente cuando dejó el servicio y se retiró a Urúsovo, dedicándose a cuidar esta finca y a la compra de otras en las provincias más inmediatas.

Probablemente nuestra generación hubiera hecho lo mismo; pero nuestro abuelo se casó con la princesa Gagarin, que pertenecía a una familia muy distinta. Su hermano era muy conocido por su gran pasión por las tablas: tenía un teatro para su uso particular, y llevó su amor al arte hasta el punto de casarse, con escándalo de toda su familia, con una sierva, la notable actriz Semiónova, que fue una de las que crearon el arte dramático en Rusia e indudablemente de las que más se han distinguido en él. Con asombro de todo Moscú, siguió presentándose en escena.

No sé si mi abuela tenía los mismos gustos artísticos y literarios que su hermano; sólo la recuerdo cuando ya estaba paralitica y hablaba con dificultad; pero es indudable que, en la nueva generación, una inclinación a la literatura fue un rasgo característico de la familia. Uno de los hijos de la princesa Gagarin fue un poeta mediano, y publicó un tomo de poesías, hecho del cual mi padre se avergonzaba y que evitaba siempre mencionar; y en nuestra propia generación, varios de nuestros primos, así como mi hermano y yo, hemos tomado más o menos parte en la vida literaria de nuestra época.

Nuestro padre era un oficial típico del tiempo de Nicolás I. Lo cual no quiere decir que estuviera animado de ardor bélico, ni que le gustase la vida de campaña; dudo que pasara una sola noche de su vida ante el fuego del vivac o hubiese tomado parte en una batalla. Pero en tiempos de dicho emperador eso era lo de menos: el verdadero oficial de entonces era el oficial que estaba enamorado del uniforme, despreciando todo otro traje, cuyos soldados recibían tal instrucción que podían hacer ejercicios casi sobrenaturales (el romper la caja del fusil al presentar armas era uno de los más famosos), y el que se hallaba en condiciones de presentar en un desfile una hilera de soldados, tan perfectamente alineados y tan inmóviles como si fueran de juguete.

— Muy bien —dijo una vez, de un regimiento, el gran duque Mijail, después de haberle tenido una hora presentando las armas—, pero respiran.

Responder a la concepción entonces corriente del verdadero militar, era indudablemente el ideal de nuestro padre.

Cierto es que tomó parte en la campaña turca de 1828; pero se arregló de tal modo que permaneció agregado al Estado Mayor, en toda su duración, y si nosotros, los niños, aprovechando algún momento favorable en que se hallaba de buen humor, le pedíamos que nos contase algo de la guerra, sólo nos refería el formidable ataque de perros turcos que cayeron sobre él y su fiel asistente Frol una noche, al pasar a caballo llevando unos partes, a través de una aldea turca abandonada; tuvieron que recurrir a los sables para librarse de aquellos animales hambrientos. Si el asalto hubiera sido de turcos en vez de perros, eso hubiera impresionado más agradablemente nuestra imaginación; pero a falta de los primeros, tuvimos que contentarnos con los segundos. En otras ocasiones, cuando, acosado por nuestras preguntas, nos contaba cómo ganó la cruz de Santa Ana por méritos de guerra, y la espada con empuñadura de oro que llevaba, debo confesar que no quedábamos muy satisfechos; el caso era indudablemente bien prosaico. Los oficiales del Estado Mayor se hallaban alojados en un pueblo turco, cuando éste se incendió; en un momento se vieron las casas rodeadas por las llamas, y en una de ellas se había quedado una criatura, cuya madre daba desgarradores lamentos. En el acto, Frol, que siempre acompañaba a su señor, se arrojó al fuego y salvó al niño. El general, que había presenciado la acción, le dio en el instante mismo a nuestro podre la cruz del mérito militar.

— ¡Pero padre! —dijimos nosotros— ¡fue Frol quien salvó la criatura!

— ¿Y qué? —contestó él del modo más natural del mundo—. ¿Acaso no era mi asistente? Lo mismo da.

También tomó alguna parte en la campaña de 1831, durante la revolución polaca, y en Varsovia conoció y se enamoró de la hija menor del jefe de un cuerpo de ejército, el general Sulima. El casamiento se celebró con gran pompa en el palacio de Lazienki, siendo padrino del novio el general de brigada conde Paskievich.

— Pero vuestra madre —solía decir nuestro padre— no me trajo ningún capital.

Lo cual era verdad; su padre, Nikolai Semiónovich Sulima, no estaba versado en el arte de hacerse una carrera o una fortuna. Debía ser de la madera de esos cosacos del Dnieper, que sabían combatir con los bien armados y aguerridos polacos o contra los ejércitos turcos, aunque fueran tres veces más numerosos que ellos; pero que ignoraban el modo de evitar el lazo que les tendía la diplomacia de Moscú, perdiendo todas sus libertades y cayendo bajo la dominación de los zares rusos, después de haber luchado contra los polacos en la terrible insurrección de 1648, que fue el principio del fin de la República polaca. Un Sulima fue capturado por los polacos y atormentado y muerto en Varsovia, pero los otros miembros de la familia, que también eran Coroneles, no por eso dejaron de pelear con menos bríos, y Polonia perdió la pequeña Rusia.

Respecto a nuestro abuelo, durante la invasión de Napoleón I se había abierto camino, al frente de su regimiento de coraceros, a través de un cuadro de infantería francesa erizado de bayonetas, y después de haber sido dejado por muerto en el campo de batalla, pudo reponerse de la profunda herida que recibió en la cabeza; pero como no estaba dispuesto a ser lacayo del favorito de Alejandro I, el omnipotente Arakchéiev, fue, en consecuencia, enviado a una especie de honorable destierro, primero como gobernador general de la Siberia Occidental, y más tarde de la Oriental. En aquellos tiempos, tal posición se consideraba más lucrativa que una mina de oro; pero nuestro abuelo volvió de Siberia tan pobre como fue, dejando sólo una fortuna modesta a sus tres hijos y tres hijas. Cuando fui a Siberia en 1862, oía con frecuencia mencionar su nombre con respeto. Había sido presa de desesperación, a causa del robo desenfrenado que se hacia en aquellas provincias, y que no le era posible reprimir.

Nuestra madre era ciertamente una mujer notable, dada su época. Muchos años después de su muerte descubrí en el rincón de una despensa de nuestra casa de campo una gran cantidad de manuscritos suyos, hechos con pulso firme y hermosa letra; había un diario en el que hablaba con alegría de los paisajes alemanes y de sus amarguras y sus ansias de felicidad; libros que había llenado de versos rusos prohibidos por la censura; entre ellos las magnificas baladas históricas de Riléiev, el poeta a quien ahorcó Nicolás I en 1826; otros libros contenían música, dramas franceses, versos de Lamartine, poemas de Byron copiados por ella. Encontré también un gran número de acuarelas pintadas por mi madre.

Alta, delgada, adornada con una abundante cabellera de un castaño subido, ojos del mismo color y una boca pequeña, parecía hallarse casi animada, en un retrato al óleo que había sido hecho con amore por un buen artista. Siempre alegre y por lo general contenta, era aficionada al baile, y las mujeres de los campesinos de los pueblos nos contaban cuánto le gustaba contemplar desde un balcón sus danzas (acompasadas y graciosas), concluyendo por tomar parte también en ellas. Tenía un temperamento artístico; en un baile fue donde cogió el catarro que más tarde produjo la inflamación de los pulmones que la llevó al sepulcro.

Todos los que la conocieron la querían; los criados adoraban su memoria; en su nombre, la señora Burman se hizo cargo de nosotros, y en su nombre también, la nodriza rusa nos hizo objeto de su cariño. Mientras nos peinaba o nos persignaba al acostarnos, ésta última solía decir con frecuencia: Y vuestra mamá, que está en los cielos, debe miraros desde allí, y llorar por vosotros, pobres huérfanos. Toda nuestra infancia está llena de su memoria. ¡Con qué frecuencia, al pasar por un lugar obscuro, la mano de un criado nos acariciaba a Alejandro o a mí, y cuántas veces, al encontramos en el campo, la mujer de un agricultor nos preguntaba: ¿Seréis tan buenos como fue vuestra madre? Ella se compadecía de nosotros y vosotros, de seguro, lo haréis también. Nosotros, por supuesto, quería decir los siervos. Ignoro qué destino hubiera sido el nuestro, de no haber hallado entre los siervos dedicados a los trabajos domésticos esa atmósfera de cariño que necesitan los niños a su alrededor. Nosotros éramos sus hijos; nos parecíamos a ella, y ellos nos demostraban su afecto, algunas veces de un modo muy delicado y expresivo, como se verá más adelante.

Los hombres desean apasionadamente vivir después de muertos, y, sin embargo, a menudo dejan de existir sin haberse dado cuenta del hecho que la memoria de una persona verdaderamente buena vive siempre, queda impresa en la generación inmediata y es de nuevo transmitida a los hijos. ¿No es ésta una inmortalidad digna de aprecio?

IV

Dos años después de la muerte de nuestra madre, nuestro padre se volvió a casar; había fijado ya la atención en una linda joven, perteneciente a una opulenta familia, cuando la suerte dispuso lo contrario. Una mañana, mientras se hallaba todavía en ropa de noche, los criados entraron precipitadamente en su habitación anunciándole la llegada del general Timoféiev, jefe del sexto cuerpo de ejército, al cual pertenecía nuestro padre. Este favorito del emperador era un hombre terrible; hacia azotar a un soldado, hasta dejarlo casi muerto, por la más leve falta, o degradaba a un oficial y lo mandaba después de soldado a Siberia, por haberle encontrado en la calle con los corchetes del alto y tieso cuello de la casaca desabrochados. Con Nicolás la influencia de este hombre era ilimitada.

El general, que no había estado nunca en nuestra casa, vino a proponer a mi padre el matrimonio con la sobrina de su mujer, la señorita Elisabeth Karandino, una de las varias hijas de un almirante de la escuadra del Mar Negro; una joven con un clásico perfil griego, que tenía fama de hermosa. Mi padre aceptó, y su segunda boda, como la primera, fue solemnizada con gran fausto.

— Vosotros, los jóvenes, no entendéis nada de estos asuntos —decía en conclusión, después de haberme contado esa historia más de una vez con un gracejo particular que no intento reproducir—. ¿Sabéis, por ventura, lo que significaba en aquel tiempo ser comandante de un cuerpo de ejército? ¿Sobre todo que ese diablo tuerto, como solíamos llamarlo, viniera en persona a hacer la proposición?

Claro es que no traía dote; sólo un gran baúl lleno con sus galas, y Marta, su única sierva, morena como una gitana, sentada sobre él.

De este acontecimiento no guardo memoria ninguna. Sólo recuerdo un gran salón en una casa ricamente amueblada, y en él a una joven bonita, de tipo marcadamente meridional, jugando con nosotros y diciendo: Ya veis qué mamá tan linda vais a tener. A lo cual Sasha y yo, mirándola con enojo, contestamos: Nuestra mamá ha volado al cielo. Mirábamos con prevención su desenvoltura.

Llegó el invierno y empezó para nosotros una nueva vida. Se vendió nuestra casa y se compró otra y amuebló de nuevo por completo. Todo lo que podía recordar a nuestra madre se hizo desaparecer; sus retratos, sus pinturas y sus bordados. En vano la señora Burman imploró que se le dejase, prometiendo dedicarse al hijo que nuestra madrastra esperaba tener, como a cosa propia; fue despedida. No quiero nada de los Sulimas en mi casa, se le dijo. Toda relación con nuestros tíos y abuela fue cortada. Uliana se casó con Frol, que se convirtió en mayordomo, en tanto que ella vino a ser ama de gobierno; y para cuidar de nuestra educación, se tomaron un tutor francés, liberalmente retribuido, M. Poulain, y un estudiante ruso, N. P. Smirnov, a quien se le pagaba una miseria.

Muchos de los hijos de la nobleza de Moscú eran educados en aquella época por franceses, que representaban los restos del gran ejército de Napoleón. M. Poulain era uno de ellos; acababa de terminar la educación del hijo menor del novelista Zagoskin, y su discípulo Sergio gozaba en el barrio de los Viejos Caballerizos de la reputación de estar bien educado, que nuestro padre no vaciló en tomar al tutor por la respetable cantidad de seiscientos rubios al año.

Este trajo consigo un perro de caza, Trésor, su cafetera Napoleón y libros de texto franceses, y empezó a dirigirnos y a disponer del siervo Matvei, que había sido destinado a nuestro servicio.

Su plan de educación era muy sencillo: después de despertarnos, se ocupaba de su café, que acostumbraba a tomar en su cuarto; mientras preparábamos las lecciones de la mañana, él se hacía su toilette con gran esmero; se arreglaba su cabello gris de modo que ocultase su creciente calva, se ponía el frac, se rociaba y lavaba con agua de Colonia, y nos escoltaba al piso inferior a dar los buenos días a nuestros padres. Por lo general, los encontrábamos almorzando, y al acercarnos a ellos decíamos, con tono de declamación y con toda la gravedad posible: Bon jour, mon cher papa y bon jour, ma chere mama, y les besábamos la mano; y él hacia una complicada y elegante reverencia al pronunciar las palabras: Bon jour, monsieur le príncipe Y bon jour, madame la princesse; después de lo cual la procesión se retiraba inmediatamente y volvía a subir. Esta ceremonia se repetía todas las mañanas.

Entonces empezaba nuestro trabajo; el maestro cambiaba el frac por una bata, se cubría la cabeza con un gorro de piel y, arrellanándose en una butaca, decía: Recitad la lección.

Nosotros lo hacíamos de memoria, desde una señal hecha en el libro con la uña, hasta la inmediata. M. Poulain había traído consigo la Gramática de Noel y Chapsal, memorable para más de una generación de jóvenes rusos de ambos sexos; un libro de diálogos en francés, una Historia universal, en un volumen, y una Geografía, universal también e igualmente en un volumen. Teníamos, pues, que encomendar a la memoria la Gramática, los diálogos, la Historia y la Geografía.

La Gramática, con sus conocidas sentencias: ¿Qué es Gramática? El arte de hablar y escribir correctamente, no ofrecía ninguna dificultad. Pero el libro de Historia, desgraciadamente, tenía un prólogo que contenía una enumeración de todos los beneficios que reportaba su estudio; al principio todo marchaba relativamente sin dificultad. Nosotros recitábamos: El príncipe encuentra en ella ejemplos magnánimos para gobernar a sus súbditos; el jefe militar aprende allí el noble arte de la guerra. Pero al llegar a la parte jurídica se presentó el apuro: El jurisconsulto halla en ella también ... Esto es lo que nunca pudimos llegar a saber. Era terrible la palabra jurisconsulto; lo echaba todo a perder. Al llegar a ella nos parábamos.

— ¡De rodillas, gros pouff! —exclamaba Poulain (esto era por mi).— ¡De rodillas, grand dada! (Esto era por mi hermano). — Y allí nos arrodillábamos llorando, procurando inútilmente enterarnos de todo lo referente al jurisconsulto.

¡Ese prólogo nos costó muchos disgustos! Estábamos ya aprendiendo todo lo concerniente a los romanos, y solíamos poner nuestros bastones en la balanza de Uliana cuando pesaba el arroz, lo mismo que Breno; saltábamos por la mesa y otros precipicios por la salvación de nuestro país, imitando a Curcio, y todavía nos hacía volver él de tiempo en tiempo al dichoso prólogo, y de nuevo nos hacía arrodillar por el mismo jurisconsulto. ¿Es, pues, de extrañar que, más adelante, tanto mi hermano como yo sintiéramos una repugnancia invencible por la jurisprudencia?

No sé qué hubiera ocurrido con la Geografía si también hubiese tenido prólogo; pero, afortunadamente, las primeras veinte páginas del libro habían sido arrancadas (supongo yo que Sergio Zagoskin nos prestó ese gran servicio), y así nuestras lecciones empezaron en la página veintiuna, que comenzaba de este modo: De los ríos que bañan a Francia.

Hay que confesar que no siempre se limitaba todo a arrodillarse: había en la clase una vara de abedul, y a ella recurría el maestro cuando no se adelantaba nada en dicho prólogo o en algún diálogo sobre virtud y urbanidad; pero un día nuestra hermana Elena, que ya en aquella época había salido del Gatherine Institut des demoiselles y ocupaba una habitación bajo la nuestra, al oír los lamentos que dábamos, corrió, llamando al despacho de nuestro padre, y se lamentó amargamente de que se nos hubiese abandonado a nuestra madrastra, quien nos había entregado en manos de un tambor francés retirado.

— Por supuesto —decía ella, entre lágrimas—, no hay nadie que los defienda; pero no puedo ver con paciencia a mis hermanos tratados de ese modo por un tambor.

Cogido así, de improviso, nuestro padre no supo qué decir: empezó por reprenderla; pero concluyó aprobando el afecto que demostraba hacia sus hermanos. En adelante la vara de abedul se reservó para enseñarle las reglas de urbanidad al perro Trésor.

Apenas se había desprendido M. Poulain de sus penosos deberes profesionales, se convertía en otro hombre: era un alegre compañero, en vez de maestro gruñón, y sus cuentos eran interminables; hablábamos como cotorras. A pesar de que bajo su dirección no pasábamos nunca de las primeras páginas de la sintaxis, pronto aprendimos, sin embargo, a hablar correctamente; nos acostumbramos a pensar en francés; y después de algún tiempo de escribir al dictado la mayor parte de un libro de mitología, del que se servía para corregir nuestras faltas, sin intentar jamás explicarnos por qué una palabra se ha de escribir de un modo determinado, habíamos aprendido a hacerlo con corrección.

Después de comer, dábamos clase con el maestro ruso, un estudiante de Derecho de la Universidad de Moscú; él nos enseñaba todo lo referente a Rusia: Gramática, Aritmética, Historia, y así sucesivamente. Pero en aquel tiempo los estudios serios aun no habían empezado. Al mismo tiempo, nos dictaba todos los días una página de Historia, y de aquel modo práctico aprendimos pronto a escribir el ruso correctamente.

El mejor día para nosotros era el domingo, cuando toda la familia, exceptuándonos a los niños, iba a comer con madame la générale Timoféiev. También ocurría algunas veces que se les permitía salir de casa a Poulain y Smirnov, y cuando ocurría esto, quedábamos al cuidado de Uliana. Entonces, después de una comida sin sosiego, corríamos a la gran antecámara, en la que pronto aparecían las criadas jóvenes. Se jugaba a un sin fin de cosas: a la gallina ciega, la candela y otros juegos parecidos; hasta que, de pronto, Tijón, el sabelotodo, aparecía con un violín. En el acto empezaba el baile; no el acompasado y fastidioso, bajo la dirección de un maestro francés, con piernas de goma elástica, y que formaba parte de nuestra educación, sino una danza libre, que no era una lección, y en la que veinte parejas giraban a su gusto, lo que no era más que un preludio del más animado y poco menos que primitivo baile cosaco. Después Tij6n pasaba el violín a uno de los hombres más formales, y empezaba a hacer tales maravillas con sus piernas, que los huecos de las puertas que conducían al salón se veían bien pronto llenos por los cocineros, y aun los cocheros, que venían a ver el baile, al que los rusos tienen tanta afición.

A eso de las nueve se mandaba el carruaje grande a recoger a la familia, en tanto que Tijón, cepillo en mano, se dedicaba a devolver al suelo su virginal brillo, y el orden más perfecto quedaba restablecido en toda la casa. Y si a la mañana siguiente éramos sometidos los dos a un interrogatorio extremado, no había miedo de que se nos escapase una sola palabra respecto a la fiesta de la tarde anterior; jamás hemos comprometido a ninguno de los sirvientes, ni ellos tampoco nos hubieran delatado a nosotros.

Un domingo, jugando solos en la gran antecámara mi hermano y yo, chocamos contra un soporte, sobre el que había una lámpara de bastante valor, la cual se hizo pedazos. Inmediatamente los criados celebraron consejo: nadie nos reprendió; pero se convino en que a la mañana siguiente, muy temprano, fuera Tijón, saliendo de la casa por su cuenta y riesgo, a comprar otra lámpara idéntica a la que se había roto. Costó quince rublos, enorme cantidad para ellos, pero se compró, y nunca nos dijeron nada referente al particular ni se habló más del asunto.

Cuando pienso ahora en ello, y vuelven todas estas escenas a mi memoria, recuerdo que jamás oímos ninguna palabra soez en ninguno de los juegos, ni vimos en los bailes nada parecido a lo que ahora se ofrece a la admiración de los niños en el teatro. En su departamento, entre ellos, es seguro que usarían otro lenguaje; pero nosotros éramos criaturas —los niños de ella—, y eso nos ponía a cubierto de semejante cosa.

En aquel tiempo los niños no disponían de una profusión de juguetes, como hoy sucede; nosotros casi no poseíamos ninguno, y por consiguiente, teníamos que apelar a nuestros propios recursos para proporcionárnoslos. Además, desde temprano habíamos adquirido ambos afición al teatro; los de mala muerte, en que todo venía a parar en lucha entre los ladrones y la policía, llamaban poco nuestra atención; pues ya estábamos cansados de jugar a eso. Pero vino a Moscú la gran bailarina Fanny Elssler, y la vimos.

Cuando nuestro padre tomaba un palco en el teatro, procuraba que fuera de los mejores, y lo pagaba bien; pero quería que toda la familia lo disfrutara. Aunque entonces yo era todavía pequeño, aquella artista dejó en mí tal impresión, y era tanta su gracia, elegancia y desenvoltura, que desde entonces he visto siempre con indiferencia esos bailes que pertenecen más bien al dominio de la gimnasia que al del arte.

Como es de suponer, el baile de gran espectáculo que vimos —Gitana, la Flamenca española— se repitió en casa; la parte mímica, no la bailable. Teníamos a nuestra disposición un escenario; pues la puerta que conducía de nuestro dormitorio a la clase, en vez de hoja, no tenía más que una cortina. Algunas sillas, colocadas en semicírculo ante aquélla, con una butaca para M. Poulain, constituían la sala y el palco imperial, y la audiencia podía formarse fácilmente con el maestro ruso, Uliana y un par de criadas cualquiera.

Era necesario representar de algún modo dos escenas del referido espectáculo: aquella en que los flamencos traen a su campo a la gitanilla en un carretoncito, y otra en que aquélla hace su primera aparición en la escena, descendiendo de un cerro y cruzando un puente, sobre un arroyo que refleja su imagen. Entonces los espectadores comenzaron a aplaudir apasionadamente, y nosotros resolvimos que el reflejo en el arroyo había provocado el palmoteo.

Encontramos nuestra protagonista en una de las muchachas más jóvenes del departamento de las criadas; su vestido, de algodón azul algo oro dinario, no fue obstáculo para que personificara a Fanny Elssler. Una silla tendida, con el espaldar hacia abajo y empujada por los pies, podía pasar por carretón. Pero ¡y el arroyo! Dos sillas y una larga tabla de planchar de Andrei el sastre, formaron el puente, y un pedazo de tela azul el agua; pero la imagen no aparecía en ésta de tamaño natural, por mucho partido que se quiso sacar del espejo de tocador de M. Poulain. Después de inútiles esfuerzos, tuvimos que darnos por vencidos; pero conquistamos a Uliana para que hiciera como que la veía y aplaudiera estrepitosamente ese momento; así que, al fin, empezamos a creer que tal vez algo de ella podía verse.

La Fedra, de Racine, o por lo menos su último acto, se representó también con facilidad, recitando Sasha muy bien los melodiosos versos:

A peine nous sortions aux portes de Trezene.

Permaneciendo yo inmóvil e indiferente durante todo el curso del trágico monólogo, cuyo objeto era informarme de la muerte de mi hijo, hasta el momento en que, con arreglo al libreto, tenía que exclamar: ¡Oh, dioses! Pero cualquiera que fuese el objeto de nuestras representaciones, todas invariablemente terminaban en el infierno. Se apagaban todas las luces menos una, la cual se colocaba tras de un papel transparente, para imitar las llamas, mientras que mi hermano y yo, ocultos tras una cortina, dábamos los más terribles lamentos, imitando a los condenados. Uliana, a quien no gustaban esas alusiones al espíritu maligno, hechas a la hora de acostarse, parecía horrorizarse; pero yo me pregunto ahora si tal vez aquella representación del infierno extremadamente sintética, con una bujía y un pliego de papel, no contribuyó a librarnos a ambos, en una edad temprana, del temor al fuego eterno. La concepción que de él nos habíamos formado era demasiado realista para no producir el escepticismo.

Muy joven debía de ser yo todavía cuando vi a los grandes actores moscovitas Schepkin, Sadovsky y Shumusky en el Corrector, de Gógol, y en otra comedia, y sin embargo no sólo recuerdo las escenas más culminantes de las dos, sino hasta el accionar y la expresión de estos notables artistas de la escuela realista, tan admirablemente representada ahora por la Duse. Me acordaba de ellos tan bien que, cuando vi las mismas obras ejecutadas en San Petersburgo por actores pertenecientes a la escuela francesa de declamación, éstos no lograron impresionarme favorablemente, pues siempre los comparaba con Schepkin y Sadovsky, quienes habían conseguido fijar mi gusto y modo de apreciar el arte dramático.

Esto me hace creer que los padres que deseen desarrollar un gusto artístico en sus hijos, deberían llevarlos de cuando en cuando a ver buenas comedias, bien representadas, en lugar de no darles más alimento artístico que una profusión de las llamadas pantomimas infantiles.

V

Cuando tenía ocho años, di un nuevo paso en mi carrera de un modo inesperado; no recuerdo bien con qué motivo, pero probablemente fue en el vigésimo aniversario de la subida al trono de Nicolás I, cuando se prepararon grandes festejos en Moscú. La familia imperial venía a visitar la antigua capital, y la nobleza moscovita se proponía celebrar el acontecimiento con un baile de trajes, en el que los niños representarían un importante papel. Se había convenido en que toda la abigarrada multitud de nacionalidades de que se compone la población del imperio ruso, estuviera representada en este baile para felicitar al monarca. Se realizaban en nuestra casa grandes preparativos, así como en todas las de los vecinos. Una especie de vestido ruso, muy notable, se le hizo a nuestra madrastra; en cuanto a nuestro padre, siendo militar, claro es que había de presentarse de uniforme; pero aquellos de nuestros parientes que no pertenecían al ejército, se hallaban tan ocupados en el arreglo de sus trajes rusos, griegos, caucásicos y mongólicos, como las mismas damas. Cuando la nobleza de Moscú da un baile a la familia imperial, la cosa debe resultar extraordinaria. En cuanto a mi hermano Alejandro y a mí, se nos consideraba demasiado jóvenes para tomar parte en un ceremonial tan importante.

Y sin embargo, después de todo, yo estuve en él. Nuestra madre había sido intima amiga de madame Nazimov, la esposa del general que era gobernador de Vilno cuando se empezó a hablar de la emancipación de los siervos; esta mujer, que era muy hermosa, se esperaba que asistiera al baile en compañía de su hijo, un niño de unos diez años, vestida con un traje verdaderamente magnífico, de princesa persa, formando juego con el que se había hecho para el niño de príncipe del mismo país, de un lujo extraordinario, con un cinturón cubierto de piedras preciosas; pero habiendo caído éste enfermo en aquellos días, su madre creyó que uno de los hijos de su mejor amiga debiera ser el mejor substituto del suyo. Y, al efecto, nos llevaron a su casa a Alejandro y a mí, para que nos probásemos el traje. A él, que era más alto que yo, le estaba muy corto; pero a mí me ajustaba perfectamente, y, por consiguiente, se decidió que yo representase el príncipe persa.

El inmenso salón del palacio de la nobleza moscovita estaba cuajado de invitados. Todos los niños recibieron estandartes coronados con las armas de cada una de las sesenta provincias del imperio ruso. Yo tenía un águila flotando sobre el mar azul, que representaba, según supe después, las armas del gobierno de Astraján, en el mar Caspio. Se nos formó a todos en la antecámara y marchamos después lentamente en dos hileras, dirigiéndonos hacia la elevada tribuna en que se hallaban el emperador y su familia; al llegar allí nos dividimos a derecha e izquierda, quedando así alineados en una sola fila ante ellos. A una señal dada se levantaron todos los estandartes, y la apoteosis de la autocracia aparecía muy expresiva. Nicolás quedó encantado; todas las provincias del imperio rendían homenaje al jefe supremo. Después, los niños nos retiramos pausadamente al fondo del salón.

En aquel momento se produjo alguna confusión; los ayudas de cámara, con sus brillantes y bordados uniformes, corrían en todas direcciones, y perdí mi puesto en la formación; pero mi tío, el príncipe Gagarin, vestido de tungo (yo estaba absorto, contemplando con admiración su traje de pieles y su aljaba llena de flechas), me levantó en sus brazos y me colocó en la plataforma imperial. Bien fuera por ser yo el más pequeño de todos los niños presentes, o porque mi cara redonda, adornada por un cabello rizado, y la cabeza cubierta con un gran gorro de pelo de astracán, llamaran su atención, lo cierto es que Nicolás quería que me llevaran a donde él estaba, y allí permanecí entre generales y señoras que me miraban con curiosidad. Después me dijeron que el emperador, que siempre fue aficionado a chistes de cuartel, me tomó por el brazo, y conduciéndome a donde estaba María Alexandrovna (la esposa del príncipe imperial), que se hallaba próxima a su tercer alumbramiento, dijo en su lenguaje militar: —Esta es la clase de niños que debéis traerme— gracia que la hizo ruborizar en extremo. De lo que sí me acuerdo es de que él me preguntó si quería dulces, y yo le contesté que lo que deseaba eran galletas pequeñitas, de las que se sirven en el té (en casa no nos veíamos hartos nunca); entonces llamó a un criado y me vació una bandeja entera en mi alta gorra. — Se las llevaré a Sasha —le dije.

Sin embargo, Mijail, el hermano de Nicolás, que tenía aspecto de soldado y fama de ser muy chistoso, consiguió hacerme llorar. —Cuando sois niño bueno —dijo— os tratan así —y me pasó su gran mano por la cara hacia abajo—. Pero cuando sois malo, os tratan así —y me la pasó hacia arriba, refregándome la nariz, que ya tenía una tendencia marcada a crecer en tal dirección. Las lágrimas, que en vano traté de contener, asomaron a mis ojos; las señoras se pusieron en el acto de mi parte, y Maria Alexandrovna, que tenía muy buen corazón, me tomó bajo su protección; me sentó a su lado en una silla alta de terciopelo verde con espaldar dorado, y mi familia me dijo después que al poco tiempo recliné la cabeza en sus faldas y me quedé dormido, no moviéndose ella de su asiento en todo el tiempo que duró el baile.

Recuerdo también que, mientras aguardábamos en el salón de entrada el carruaje, los mios me acariciaron y besaron, diciendo: — Chiquito, te han hecho paje. A lo que yo contesté: No soy paje; quiero irme a casa —hallándome muy preocupado, pensando en la gorra que contenía las galletitas que llevaba a Sasha. No sé si llegaron a su poder muchas; pero recuerdo el abrazo tan apretado que me dio cuando le dijeron el interés que me había tomado en el asunto.

El ser inscripto como candidato para el cuerpo de pajes era entonces una gran distinción, con la cual rara vez favorecía Nicolás a la nobleza de Moscú. Mi padre estaba contentísimo, y ya soñaba con una brillante carrera cortesana para su hijo, y mi madrastra, cada vez que hablaba del particular, agregaba siempre: — Todo se debe a las instrucciones que le di antes de ir al baile.

Madame Nazimov se hallaba también muy complacida e insistía en querer retratarse teniéndome de pie a su lado con el vestido que tan admirablemente le sentaba.

La suerte de mi hermano Alejandro se decidió del mismo modo al siguiente año. En aquella época se celebraba el aniversario de la creación del regimiento de Izmailovsky, al que mi padre había pertenecido en su juventud. Una noche, mientras la casa entera estaba sumergida en un profundo sueño, un coche de tres caballos con los arneses llenos de campanillas, paró ante nuestra puerta, y un hombre que saltó de él, gritó: — ¡Abrid! ¡Una orden de su majestad el emperador!

Fácilmente se comprenderá el terror que esta visita nocturna sembró en nuestra casa: mi padre, temblando, bajó a su despacho; los consejos de guerra y la degradación militar eran cosas de que se oía hablar todos los días; era una época terrible. Pero Nicolás no quería más que tener los nombres de los hijos de todos los oficiales que habían pertenecido al regimiento, con objeto de que se mandaran a las escuelas militares, si es que aun no se había hecho. A ese propósito se envió un mensajero especial desde San Petersburgo a Moscú, el cual llamaba noche y día en las casas de los ex-oficiales.

Con mano temblorosa, mi padre escribió que su hijo mayor Nicolás estaba ya en el primer cuerpo de cadetes en Moscú; que el menor era candidato al cuerpo de pajes; no quedando más que el segundo, Alejandro, por entrar en la carrera militar. Algunas semanas después se recibió una comunicación informando a mi padre de la gracia imperial, ordenándosele a Alejandro que entrara en un cuerpo de cadetes en Orel, pequeña población de provincia, costándole a mi padre mucho trabajo y mucho dinero que se permutara dicho punto por Moscú. Este nuevo favor sólo se obtuvo en consideración a que ya nuestro hermano mayor se encontraba en el primer cuerpo de cadetes de esta ciudad.

Y así, debido a la voluntad de Nicolás I, ambos tuvimos que recibir una educación militar, a pesar de lo cual no pasaron muchos años sin que, por lo absurda, nos pareciera odiosa tal carrera. Pero Nicolás cuidaba mucho de que ninguno de los hijos de la nobleza siguiera otra, a menos de que no gozaran de buena salud; por esta razón nos vimos los tres obligados a ser oficiales, con gran satisfacción de mi padre.

VI

La riqueza se medía en aquellos tiempos por el número de almas que poseía un propietario territorial: tantas almas, quería decir tantos siervos varones; las mujeres no se contaban. Mi padre, que era dueño de cerca de unas mil doscientas de aquéllas en tres provincias diferentes, y que tenía además grandes extensiones de terreno que dichos siervos cultivaban, era tenido por hombre rico. Él procuraba mantener en la práctica esa reputación, teniendo siempre la casa abierta a disposición de sus amigos y manteniendo una numerosa servidumbre.

Eramos ocho de familia y en ocasiones diez o doce, para cuyo servicio, cincuenta criados en Moscú, y como la mitad más en el campo, no se consideraba demasiado. Cuatro cocheros para cuidar de doce caballos; tres cocineros para los amos y dos para los otros; doce camareros sirviendo a la mesa (hallándose uno plato en mano tras de cada persona sentada a la misma), e innumerables muchachas en el departamento de las doncellas: ¿quién era capaz de vivir con menos?

Además, la ambición de todo propietario territorial era que todo lo que se necesitara en el servicio, se pudiera hacer en casa sin recurrir afuera.

Si por casualidad observaba una visita: ¡Qué bien templado está siempre vuestro piano! ¿Supongo que os lo templará Herr Schimmel? el poder contestar: Tengo mi propio afinador era entonces lo más correcto.

Si el convidado exclamaba, cuando aparecía hacia el final de la comida una obra de arte como puesta de helados y pastas: ¡Qué hermoso pastel! Confesad, príncipe, que es de casa de Tremblé (el pastelero a la moda), el responder: Ha sido hecho por mi propio repostero, discípulo de aquél, a quien he permitido que muestre lo que sabe, era cosa que producía general admiración.

El tener los bordados, arneses, mueblaje, en una palabra, todo hecho por el propio personal, era el ideal de aquellos grandes propietarios. Tan pronto como los hijos de la servidumbre llegaban a la edad de diez años, eran enviados como aprendices a las tiendas de moda, donde se les obligaba a pasar de cinco a siete años barriendo, recibiendo todo género de golpes y haciendo mandados de todas clases. Así se comprende que pocos llegaran a dominar un oficio. Los sastres y los zapateros sólo tenían habilidad bastante para vestir y calzar a los criados, y cuando se necesitaba verdaderamente un buen pastel para un convite, se le encargaba a Tremblé, mientras nuestro repostero tocaba el tambor en la banda de música.

Esta era otra de las aspiraciones de mi padre; y casi todos los criados varones, además de otros conocimientos, debían saber tocar algún instrumento. Makar, el afinador de piano, era también flautista; Andrei, el sastre, tocaba otro instrumento; al repostero se le puso primero a tocar el tambor; pero lo hacía tan extremadamente mal, que se le compró una enorme trompeta, con la esperanza de que sus pulmones fueran menos poderosos que sus brazos; cuando se vio que ni aun esto era posible, se le mandó al ejército. En cuanto a Tijón, el de los lunares, además de sus numerosas ocupaciones en la casa, como lampista, frotador de suelos y lacayo, prestaba mucho servicio en la banda, tocando hoy el trombón, mañana el cornetín, y el segundo violín en ciertas ocasiones. Los dos primeros de éstos constituían la única excepción: eran violines y nada más. Mi padre los había comprado a sus hermanas, con sus numerosas familias, por una cantidad respetable (nunca compraba ni vendía siervos a los extraños). Por las noches, cuando no iba al club o cuando había en casa comida o recepción, se reunía la banda, de doce a quince músicos, que tocaban bastante bien y eran muy solicitados por los vecinos para los bailes, y mucho más si nos hallábamos en el campo. Esto era, por supuesto, un motivo constante de satisfacción para mi padre, cuyo permiso se había de solicitar para poder disponer de su música.

Nada, en verdad, le causaba tanto placer como el que se reclamase su ayuda, ya en ese sentido o en otro cualquiera; por ejemplo, para obtener la educación de un muchacho libre de gastos o el indulto de la pena impuesta por un tribunal civil. Aunque se hallaba expuesto a sufrir accesos de cólera, poseía indudablemente una inclinación natural hacia la clemencia, y cuando se pedía su apoyo, se le hallaba siempre dispuesto a escribir infinidad de cartas en todas direcciones a las personas de mayor influencia y más elevada posición en favor de su protegido. En tales ocasiones, su correspondencia, que siempre era crecida, se veía aumentada con media docena de cartas especiales, escritas en un estilo muy original, que tenía algo de semi oficial y de semi humorístico; cada una sellada, por supuesto, con sus armas, en un gran sobre cuadrado que sonaba como una sonaja, a causa de la cantidad de arenilla que contenía; pues en aquella época el uso del papel secante era desconocido. Cuanto más difícil fuera la cosa, mayores eran sus energías, no descansando hasta obtener el favor que solicitaba para su protegido, a quien en muchos casos no había visto jamás.

A mi padre le gustaba tener siempre invitados en casa; la hora de comer era las cuatro, y a las siete se reunía la familia en torno al samovar para tomar el té. A esa hora solían muchos amigos, y desde que nuestra hermana Elena volvió a casa, nunca faltaban visitantes, jóvenes y viejos, que aprovechaban la ocasión. Cuando las ventanas que daban a la calle aparecían profusamente iluminadas, era bastante para dar a conocer a las gentes que la familia estaba en casa y que los amigos serían con gusto recibidos.

Casi todas las noches teníamos visitas. Las mesas de juego se abrían en el salón para los aficionados a las cartas, en tanto que las señoras y los jóvenes permanecían en la sala de recepción o en torno al piano de Elena. Después que se iban las señoras continuaba el juego, algunas veces hasta las primeras horas de la mañana, cruzándose entre los jugadores sumas de importancia; mi padre invariablemente perdía; pero el verdadero peligro para él no estaba en casa, sino en el club inglés, donde las posturas eran mucho más altas que en las casas particulares, y, sobre todo, cuando lo inducían a concurrir a una partida formada por caballeros muy dignos, en una de las casas más respetables del barrio, en la que duraba el juego toda la noche. En tales casos, lo que perdía era seguramente de consideración.

Las reuniones de confianza en que se bailaba no eran raras, sin hacer mención de un par de bailes de etiqueta, que forzosamente habían de darse todos los inviernos. En esas reuniones, mi padre procuraba que todo se hiciera en grande, sin reparar en los gastos. Pero al mismo tiempo eran tan exageradas las economías que se hacían diariamente en casa, que si fuera a referirlas se las calificaría de exageración. Se ha dicho de una familia de pretendientes al trono de Francia, renombrada por sus partidas de caza, verdaderamente regias, que en la vida íntima hasta las velas de sebo se contaban con minuciosidad. Igual clase de miseria económica se usaba en mi casa para todo; de tal suerte que, cuando nosotros fuimos mayores, detestábamos todo lo que fuera economizar y contar. Sin embargo, en el barrio nuestro, ese sistema de vida sólo sirvió para elevar el concepto en que se hallaba mi padre en la estimación pública. El viejo príncipe —se decía— parece que es en casa algo tacaño; pero sabe vivir como lo que es.

En nuestras tranquilas y limpias calles, esa era la clase de vida que más se respetaba. Uno de nuestros vecinos, el general D ..., tenía su casa montada muy en grande, y sin embargo todas las mañanas ocurrían escenas extremadamente cómicas entre él y su cocinero. Una vez terminado el desayuno, el viejo general, fumando su pipa, ordenaba el almuerzo.

— Vamos a ver, hombre —solía decir al cocinero, que se presentaba vestido de blanco—; hoy no seremos muchos; sólo hay dos convidados. Nos harás una sopa con lo que nos ofrece la primavera: guisantes, habichuelas francesas y otras cosas por el estilo. Aun no nos has dado ninguna, y a la señora, como sabes, le gusta una buena sopa a la francesa.

— Bien, señor.

— Después, lo que gustes, de entrada.

— Bien, señor.

— Los espárragos, por supuesto, no son de la estación, pero ayer vi unos manojos muy hermosos en las tiendas.

— A diez kopeks el manojo, señor.

— ¡Eso es! Además, estamos cansados de tus pollos y pavos asados; tienes que buscar otra cosa en cambio.

— ¿Venado, señor?

— Sí, sí; cualquier cosa para cambiar.

Y cuando se habían decidido los seis platos de la comida, preguntaba el general:

— ¿Cuánto he de darte para el gasto del día? Supongo que bastará con ocho kopeks.

— Veinticinco, señor.

— ¡Hombre, qué disparate! Aquí tienes ocho kopeks, te aseguro que es suficiente

— Diez de espárragos y seis de verduras y legumbres.

— Vamos, hombre, es preciso que te pongas en razón; llegaré hasta diez; tienes que ser económico.

Y así continuaba el regateo durante media hora, hasta que los dos convenían en dieciocho kopeks y medio, con la condición de que la comida del día siguiente no habría de costar más de cuatro kopeks. Después de lo cual, el general, muy satisfecho por haber efectuado tan buen trato, tomaba un trineo, daba una vuelta por las tiendas de moda, y volvía muy contento, trayéndole a su mujer una botella de un perfume exquisito, por el que había pagado un precio disparatado en una tienda francesa, y anunciando a su hija única que un nuevo abrigo de terciopelo, una cosa sencilla y elegante (y bien cara), se lo traerían aquella tarde para que se lo probara.

Todos los parientes, que eran numerosos por parte de nuestro padre, vivían exactamente del mismo modo; y si alguna vez se presentaba un nuevo rasgo distintivo, éste tomaba por lo general la forma de alguna pasión religiosa, ocurriendo así que un príncipe Gagarin entró en los jesuitas, escandalizando a todo Moscú, y otro joven príncipe ingresó en un monasterio; en tanto que muchas señoras de edad eran presa de un atroz fanatismo.

Sólo había una excepción. Uno de nuestros parientes más cercanos, el príncipe, permitidme que le llame Mirsky, había pasado su juventud en San Petersburgo como oficial de la guardia. No se ocupaba en tener sus sastres y ebanistas propios, porque su casa estaba lujosamente amueblada a la moderna, y todo en ella procedía de las mejores tiendas de San Petersburgo.

No tenía propensión al juego; sólo tomaba parte en él cuando lo hacían las señoras; pero su flaco era la mesa, en la que gastaba sumas enormes.

La Cuaresma y la Pascua eran las épocas en que más visiblemente se manifestaban sus rarezas; cuando llegaba la primera, en la que no hubiera sido propio comer carne, crema o manteca, aprovechaba la oportunidad para inventar toda clase de platos exquisitos compuestos de pescado. Las mejores tiendas de las dos capitales eran puestas a contribución con tal propósito; se mandaban emisarios desde sus posesiones a la desembocadura del Volga, para traer de allí en caballos de postas (en aquella época no había ferrocarril) los peces más ricos y más raros. Y al venir la segunda, su inventiva no reconocía límites.

La Pascua es, en Rusia, la fiesta más venerada y más alegre del año; es la de la primavera; los inmensos promontorios de nieve que durante el invierno han tenido invadidas las calles, se liquidan rápidamente, y arroyos bulliciosos las recorren, entrando la estación de las flores, no de modo encubierto y solapado como los ladrones, sino franca y abiertamente; todos los días se notan cambios en el estado de la nieve y en el aspecto de las calles. La última semana de Cuaresma, la de Pasión, era guardada en Moscú, en mi juventud, con extremada solemnidad; era una época de luto general, y una multitud de personas iba a las iglesias a oír leer los pasajes más conmovedores de los Evangelios, referentes a los padecimientos de Cristo. No sólo no se comía carne, huevos y manteca, sino que muchos rechazaban hasta el pescado, y algunos de los más empedernidos no tomaban ningún alimento el Viernes Santo, lo que hacía que fuera mayor aún el contraste al llegar la Pascua.

El sábado todos iban por la noche a la iglesia, en la que se celebraban los oficios, que tenían un carácter lúgubre; pero al sonar la medianoche la escena cambiaba por completo; todas las iglesias se iluminaban en el acto, y alegres repiques resonaban en centenares de campanarios. Entonces empezaba el regocijo general; las gentes se besaban tres veces unas a otras, en la mejilla, repitiendo las palabras de la resurrección; y las iglesias, ya inundadas de luz, resplandecían con las vistosas toilettes de las señoras. Aun la mujer más pobre, con tal de que pudiera estrenar un traje al año, es seguro que procuraría hacerlo aquella noche.

Al mismo tiempo, la Pascua era y es todavía la señal para comer sin freno, preparándose quesos especiales de crema (pasja) y panes, hechos igualmente para tal ocasión (kulich); no habiendo persona, por pobre que fuese, que no tuviera, por lo menos, una pequeña pasja y un pequeño kulich con un huevo, cuando no podía más, pintado de rojo, para que lo consagraran en la iglesia, y para romper con ello el ayuno. Para la mayoría de la gente antigua, se empieza a comer por la noche, inmediatamente después de haber oído una misa rezada de Pascua y llevado a casa el alimento consagrado; pero entre la nobleza la ceremonia se posponía hasta el domingo por la mañana, en que se ponía una mesa cubierta de toda clase de viandas, quesos y pastas, y todos los criados venían a cambiar con los amos tres besos y un huevo pintado. Durante la semana de Pascua había siempre una mesa puesta en el gran salón, con los manjares referidos, invitándose a todas las visitas a que tomaran algo.

En esta ocasión, el príncipe Mirsky se excedía a sí mismo; ya estuviera en San Petersburgo o en Moscú, habían de traerle de sus posesiones un queso de crema preparado especialmente para la pasja, del que su repostero sacaba gran partido. Otros mensajeros se despachaban a la provincia de Novgorod, en busca de un jamón de oso que se preparaba para la mesa de Pascua del príncipe. Y mientras la princesa con sus dos hijas visitaba los más austeros monasterios, en los que los oficios nocturnos duraban tres y cuatro horas seguidas, pasando toda la Semana Santa en un estado de ánimo abatido, no comiendo más que un pedazo de pan duro, alternándolo con los sermones que oía a los predicadores rusos, católicos y protestantes, su marido daba todas las mañanas una vuelta por las conocidas tiendas de Milutin, en San Petersburgo, donde se hallaba de todo lo más selecto y delicado que se pudiera imaginar, traído de los confines del mundo, y allí escogía las cosas más notables y raras para la mesa de Pascua. Los que le visitaban en esos días se contaban por centenares, y a todos se les invitaba a probar de este o de aquel plato raro.

Esto concluyó en que el príncipe se dio tales trazas que consumió literalmente una gran fortuna; su casa, lujosamente montada, y sus fincas, se vendieron, y cuando él y su mujer llegaron a la vejez, no les quedaba nada, ni un hogar siquiera, viéndose obligados a vivir con sus hijos.

No es, pues, maravilla que al venir la emancipación de los siervos, casi todas estas familias del barrio de los Viejos Caballerizos estuvieran arruinadas. Pero no debo anticipar los acontecimientos.

VII

El mantener tan numerosa servidumbre como la que había en nuestra casa, hubiera sido verdaderamente ruinoso, de haber tenido necesidad de comprar todas las provisiones en Moscú; pero en aquellos tiempos en que existían los siervos, el problema se resolvía con gran facilidad. Al llegar el invierno, mi padre se sentaba a la mesa de su despacho, y escribía lo siguiente:

Al administrador de mi finca Nikólskoie, situada en el gobierno de Kaluga, distrito de Meschovsk, sobre el río Sirena, del príncipe Alexei Petrovich Kropotkin, coronel, y comendador de varias órdenes:

Al recibo de ésta, y tan pronto como se establezca la comunicación invernal, te ordeno mandes a mi casa, situada en la ciudad de Moscú, veinticinco trineos rurales tirados por dos caballos cada uno, un caballo por cada casa y un trineo y un hombre por cada dos casas, y cárgalos con (tantas) fanegas de avena, (tantas) de trigo y (tantas) de ceteno, así como con todas las aves de corral, gansos y patos, bien helados, que han de matarse este invierno, todo convenientemente embalado y acompañado de una lista completa al cuidado de un hombre elegido al efecto; siguiendo este tenor hasta llenar un par de páginas, donde se hacía punto final. Después seguía la enumeración de los castigos que se impondrían en el caso de que las provisiones no llegaran a la casa situada en tal calle, número tal o cual, a su debido tiempo y en buenas condiciones.

Antes de Navidad llegaban a casa los veinticinco trineos rurales, cubriendo la vasta superficie del patio.

— ¡Frol! —gritaba mi padre desde que tenía noticia de tal acontecimiento—. ¡Kiríushka! ¡Yegorka! ¿Dónde están? ¡Van a robarlo todo! ¡Frol, vete a recibir la avena! ¡Uliana, vete a recibir las aves! ¡Kiriushka, llama a la princesa!

Toda la casa se ponía en conmoción, corriendo los criados atropelladamente en todas direcciones, del salón al patio y del patio al salón; pero con preferencia al departamento de las doncellas, para dar allí las noticias de Nikólskoie: Pasha se va a casar después de Navidad. Su tía Anna ha entregado su alma a Dios, y otras por el estilo. También habían venido cartas, y nunca faltaba una criada que subiera a mi habitación.

— ¿Estáis solo? ¿No está el maestro?

— No; está en la Universidad.

— Bueno, entonces tened la bondad de leerme esta carta de mi madre.

Y yo le leía la carta candorosa, que empezaba siempre con estas palabras: Padre y madre os mandan su bendición por todos los siglos de los siglos. Después de lo cual seguían las noticias: Tía Eufraxia está enferma, le duelen todos los huesos, y tu primo no se ha casado aún; pero espera hacerlo después de Pascua; y la vaca de tía Stepanida murió el día de Todos los Santos. A continuación venían las memorias que llenaban dos páginas: Hermano Pavel te manda memorias, tus hermanos María y Daria te mandan memorias, y después tío Dmitri te manda también muchas memorias, y así sucesivamente. Sin embargo, y a pesar de la monotonía de la enumeración, cada nombre daba lugar a una observación: Luego vive aún, pobre criatura, cuando manda menorías; hace nueve años que está baldada. O esta otra: ¡Ah, no me ha olvidado; entonces volverá por Navidad; es guapo muchacho. ¿Me escribiréis una carta, no es verdad? pues no debo olvidarlo. Yo, como es natural, lo prometía, y a su tiempo le escribía en el mismo estilo.

Después de haberse descargado los trineos se llenaba el salón de campesinos que se habían puesto las mejores ropas sobre sus zamarras, y aguardaban hasta que mi padre los llamase a su despacho a echar un párrafo sobre la nieve y el aspecto de las próximas cosechas. Apenas se atrevían a andar con sus pesadas botas sobre el suelo encerado; los menos se aventuraban a sentarse al borde de un banco de madera; pero ninguno osaba hacerlo en una silla. Así aguardaban horas enteras, mirando con recelo a todo el que entraba o salía del gabinete de mi padre.

Más tarde, por lo general a la mañana siguiente, uno de los criados subía con cautela a la habitación que servía de clase.

— ¿Estáis solo?

— Sí.

— Entonces venid pronto al salón. Los campesinos quieren veros; traen alguna razón de vuestra nodriza.

Cuando bajaba allí, uno de ellos me daba un pequeño envoltorio conteniendo comúnmente algunas tortas de centeno, media docena de huevos duros y algunas manzanas, envuelto todo en un pañuelo de algodón de vivos colores. Tomad eso; vuestra nodriza Vasilisa es quien os lo manda. Mirad si se han helado las manzanas; espero que no; las he traído todo el camino en el pecho. Hemos tenido espantosas heladas. Y en el ancho y fresco rostro, rodeado de una barba espesa, se dibujaba una sonrisa, mostrando dos hileras de hermosos dientes blancos a través de un verdadero bosque de pelo.

— Y esto es para vuestro hermano, de parte de su nodriza Anna —solía decir otro del grupo, dándome otro envoltorio semejante—. Ella dice —agregaba—: nunca tendrá bastante en la escuela.

Yo, avergonzado, y no sabiendo qué decir, acababa por murmurar: Decid a Vasilisa que le envió un beso, y a Anna otro por mi hermano, lo que todos escuchaban con alegría.

— Lo haré así, perded cuidado.

Entonces Kirila, que había estado al acecho vigilando la puerta del despacho, venía a decir a media voz:

— Marchaos corriendo arriba; vuestro padre puede venir de un momento a otro. No olvidéis los pañuelos; quieren llevarlos de vuelta.

Mientras que los doblaba con cuidado, pensaba en mandarles alguna cosa; pero no tenía nada, ni aun juguetes, y jamás disponíamos de dinero de ninguna clase.

Donde mejor nos encontrábamos, como es de suponer, era en el campo. Desde el momento que pasaban la Pascua de Navidad y la de Pentecostés, nuestro pensamiento se fijaba en Nikólskoie. El tiempo transcurría, sin embargo; la época de las flores se extinguía, y una multitud de asuntos retenía aún en la población a mi padre. Al fin, cinco o seis carros de labranza entraban por la huerta del patio: venían a recoger todo lo que era necesario mandar a la casa de campo. El antiguo coche grande y los otros carruajes en que habíamos de hacer el viaje, se sacaban de las cocheras y se inspeccionaban una vez más; luego se empezaba a hacer el equipaje, y nuestras lecciones progresaban poco, porque a cada instante interrumpíamos al maestro, preguntando si habríamos de llevar tal o cual libro, y mucho antes que los demás dábamos comienzo a empaquetar nuestros libros, nuestras pizarras y los juguetes que nosotros mismos nos habíamos hecho.

Todo estaba dispuesto: los carros se encontraban bien cargados de muebles, cajas con los utensilios de cocina e innumerables botes de cristal vacíos, que debían volver en el otoño cargados de toda clase de conservas. La gente aguardaba inútilmente todas las mañanas la hora de partir; pero ésta no llegaba. Mi padre seguía escribiendo todo el día en su despacho, y de noche desaparecía hasta que, al fin, habiéndose aventurado una doncella de mi madrastra a decir que la gente estaba deseosa de volver, porque se acercaba la época de segar el heno, aquélla intervenía.

Al día siguiente, Frol, el mayordomo, y Mijail Aléev, el primer violín, eran llamados al gabinete de mi padre. Se le entregaba al primero un saco con el dinero del camino, esto es, algunas monedas de cobre diarias por cabeza para cada una de las cuarenta o cincuenta personas que formaban la expedición, y, además, una lista en la que figuraban todos: la banda completa, después los cocineros y sus ayudantes, las lavanderas y la mujer que las ayudaba, que se veía con seis hijos pequeños: Polka la Bizca, Domna la Grande, Domna la Chica y los restantes.

El primer violín recibía la orden de marcha. Yo estaba bien enterado, porque viendo mi padre que no concluía nunca, me había mandado que la pasase al libro donde guardaba copia de todo lo que mandaba fuera:

Al sirviente de mi casa, Mijail Aléev, del príncipe Alexei Petrovich Kropotkin, coronel y comendador.

Te ordeno marches, hecho cargo de la expedición, el 29 de mayo, a las seis de la mañana, partiendo de la ciudad de Moscú en dirección a mi finca, cuya situación es el gobierno de Kaluga, distrito de Meschovsk, sobre el río Sirena, representando una distancia de ciento sesenta millas de esta casa, cuidando del buen proceder de los hombres encomendados a tu dirección; y si alguno de ellos cometiera alguna falta, observando mala conducta, embriagándose o incurriendo en insubordinación, lo presentarás al comandante del destacamento que, perteneciente a las guarniciones del interior, halles más inmediato, con la adjunta carta circular, pidiendo que lo azoten (el primer violín sabía lo que esto significaba), como ejemplo para los demás.

Se te ordena también mirar especialmente por la integridad de los géneros encomendados a tu custodia y caminar con arreglo a la instrucción siguiente: Primer día, parada en el pueblo (tal) o (cual), para que descanse el ganado; segundo día, pasar la noche en el pueblo de Podolsk, y así sucesivamente para los siete u ocho días que había de durar el viaje.

El día siguiente, a las diez, en vez de las seis —la puntualidad no es una virtud rusa (Gracias a Dios, no somos alemanes, acostumbraban a decir los verdaderos rusos)—, los carros se ponían en movimiento. La servidumbre tenía que hacer el viaje a pie; sólo los niños se acomodaban en una bañera o una banasta en lo alto de los carros, y algunas de las mujeres encontraban un descanso temporal en sus bordes; los demás tenían que andar todos los 565 kilómetros. Mientras se atravesaba Moscú, se mantenía la disciplina; estaba terminantemente prohibido usar botas altas o llevar fajas por encima del traje. Pero cuando se hallaban de camino, en el que los encontrábamos un par de días más tarde, y sobre todo cuando sabían que mi padre permanecería algunos días más en Moscú, los hombres y las mujeres, vestidos de la manera más estrambótica, con pañuelos de algodón ceñidos a la cintura, tostados por el sol o empapados por la lluvia, y apoyándose en palos que habían cortado al paso, parecían indudablemente más bien una banda errante de gitanos que la servidumbre de un opulento propietario. Iguales peregrinaciones se hacían de todas las casas en aquella época, y cuando veíamos una fila de criados marchando a lo largo de una calle, ya sabíamos que los Apujtin o los Prianishnikov se iban fuera.

A pesar de haberse marchado los carros, la familia no se movía: todos estábamos hartos de esperar; pero mi padre continuaba escribiendo interminables órdenes a los administradores de sus fincas, que yo copiaba diligentemente en el gran libro destinado al efecto. Por último, se dio la orden de partir: se nos llamó abajo, mi padre leyó en alta voz la orden de marcha, dirigida a la princesa Kropotkin, esposa del príncipe Alexei Petrovich Kropotkin, coronel, y comendador, en la que se especificaban las paradas que se habían de hacer durante los cinco días de viaje. Verdad es que la orden se había redactado para el 30 de mayo, y la hora de salida las nueve de la mañana; y como estábamos ya en junio, y se había de partir por la tarde, todos los cálculos quedaban nulos; pero, como es costumbre en las órdenes de marcha militares, este caso había sido previsto, y la dificultad resuelta en el párrafo siguiente:

Pero, sin embargo, si, contrariamente a lo que es de esperar, la partida de vuestra alteza no tiene lugar en el referido día y hora, se os encarga procedáis con arreglo a vuestro mejor criterio, con objeto de realizar el viaje en las mejores condiciones posibles.

Entonces todos los presentes, familia y sirvientes, se sentaban un momento, hacían la señal de la cruz y se despedían de mi padre. Te suplico, Alexei, que no vayas al Club, le decía a media voz nuestra madrastra. El carruaje grande, tirado por cuatro caballos, con un postillón, se hallaba a la puerta, con su pequeña escala desdoblada, para facilitar la ascensión, encontrándose también allí los demás coches. A pesar de que nuestros sitios estaban enumerados en la orden de marcha, nuestra madrastra tenía que hacer uso de su mejor criterio aun en este primer periodo del viaje, y partíamos con gran satisfacción de todos.

Este era una fuente inagotable de placeres para nosotros, los niños. Las jornadas eran cortas y parábamos dos veces al día para echar un pienso a los caballos. Como las señoras se sentían molestas cada vez que el desnivel del terreno era de alguna consideración, se creyó lo más conveniente aligerar los carruajes cuando había que subir o bajar una cuesta, lo que ocurría con frecuencia, y nosotros nos aprovechábamos de esto para echar una ojeada al bosque que bordeaba el camino o correr a lo largo de algún cristalino arroyo. La carretera tan bien cuidada de Moscú o Varsovia, que seguíamos durante algún tiempo, se hallaba cubierta de una multitud de objetos interesantes: filas de carros cargados, grupos de peregrinos y gentes de toda clase. Dos veces al día hacíamos alto en pueblos grandes y animados, y después de tratar un buen rato sobre el precio del heno y la avena, así como del samovar, bajábamos a la puerta de una posada. Andrei, el cocinero, compraba un pollo y hacía la sopa; y mientras tanto, nosotros corríamos al inmediato bosque, o nos entreteníamos examinando el patio de la gran posada.

En Maloiaroslavetz, donde se dio una batalla el año 1812, cuando el ejército ruso intentó en vano detener a Napoleón en su retirada de Moscú, acostumbrábamos a pasar la noche. M. Poulain, que había sido herido en la guerra de España, sabia, o pretendía saber, todo lo relativo a la batalla de Maloiaroslavetz; nos llevaba al campo de la acción, y nos explicaba de qué modo intentaron los rusos contrarrestar el avance de Napoleón, y de qué manera el gran ejército los derrotó, abriéndose paso a través de las líneas rusas. Lo hacía de tal modo, como si él mismo hubiera tomado parte en la batalla. Aquí los cosacos intentaron un mouvement tournant, pero Davous, o algún otro general, los rechazó, persiguiéndolos hasta más allá de esos cerros de la derecha. Allá, el ala izquierda de Napoleón, a la cabeza de la antigua guardia, cargó el centro en Kutuzov, cubriéndose él y los suyos de gloria imperecedera.

Más adelante, tomábamos el antiguo camino de Kaluga, deteniéndonos en Tarútino; pero aquí Poulain no era tan elocuente; porque en dicho lugar fue donde Napoleón, que pensaba retirarse por el Sur, se vio obligado, después de un sangriento combate, a abandonar aquel plan, no teniendo más remedio que seguir el camino de Smolensk, que su ejército había desbaratado durante su marcha sobre Moscú. Pero así y todo, según manifestaba Poulain, si no hubiera sido Napoleón engañado por sus generales, se habría dirigido en línea recta sobre Kiev y Odessa, y sus águilas hubiesen flotado sobre el Mar Negro.

Pasada Kaluga, teníamos que atravesar una extensión de cinco millas, cubiertas de un hermoso bosque de pinos, cuyo recuerdo ha quedado impreso en mi memoria como uno de los más gratos de mi infancia. El suelo era arenoso, como el de un desierto africano, y todos nos veíamos forzados a recorrerlo a pie, mientras que los caballos, deteniéndose a cada momento, arrastraban penosamente los coches por la arena. Cuando yo era mayor, gozaba en dejar la familia atrás y cruzarlo solo. Inmensos pinos rojos de centenares de años se elevaban por todas partes, no llegando a nuestro oído más rumor que el producido por tan soberbios árboles. Al pie de un pequeño barranco murmuraba un manantial de agua pura y cristalina, y un caminante había dejado allí, para uso de los que vinieran después, un cubilete, hecho de corteza de abedul, con un palito clavado en él, como mango. Sin que se interrumpiera el general silencio, subía una ardilla al árbol, y la maleza se presentaba tan misteriosa como el alto ramaje. En aquel bosque nacieron mi primer amor a la naturaleza y mi primera y confusa percepción de su interesante existencia.

Una vez cruzado el bosque y pasada la barca que servía para atravesar el Ugrú, dejábamos la carretera y entrábamos por sendas rurales, donde verdes espigas de cáñamo se inclinaban hacia el coche, permitiendo a los caballos comer algo verde a ambos lados del camino, a medida que marchaban oprimiéndose el uno contra el otro por vía tan estrecha y limitada. Al fin llegábamos a ver los sauces que marcaban la proximidad de nuestro pueblo, y de pronto se presentaba ante nosotros el elegante campanario amarillo de la iglesia de Nikólskoie.

Para la vida tranquila de los grandes propietarios territoriales de aquella época, Nikólskoie era un lugar admirable: no se encontraba allá nada del lujo que se observa en otras posesiones más importantes; pero se percibía un gusto artístico, lo mismo en la construcción del edificio que en la disposición de los jardines y en el arreglo de todas las cosas en general. Además de la casa principal, construida recientemente, había en torno de un gran espacio, libre y cuidado con esmero, varias casas pequeñas, que aparte de dar mayor grado de independencia a sus habitantes, no por eso destruían las íntimas relaciones de la vida familiar. La parte más elevada del terreno estaba dedicada a una inmensa arboleda de frutales, a través de la cual se llegaba a la iglesia; la vertiente sur de aquél, que conducía al río, era toda un jardín, en el cual los cuadros de flores se veían cruzados por calles de limoneros, lilas y acacias. Desde el balcón del edificio grande, se disfrutaba de un hermoso paisaje formado por el río, las ruinas de una antigua fortaleza, en la que los rusos ofrecieron una enérgica resistencia durante la invasión mogólica, y más allá, una gran área de campos amarillos cubiertos de cereales, limitada a lo lejos por bosques que se perdían en el horizonte.

En los primeros años de mi infancia ocupábamos con M. Poulain una de las casas separadas, destinada exclusivamente a nuestro servicio; y desde que su método de educación se había suavizado por la intervención de nuestra hermana Elena, nos llevábamos muy bien con él. Mi padre se hallaba invariablemente ausente de casa durante el verano, que pasaba entretenido en inspecciones militares, y nuestra madrastra no se ocupaba mucho de nosotros, especialmente desde el nacimiento de su hija Paulina. Por consiguiente, siempre estábamos con M. Poulain, que se hallaba muy contento en el campo y nos dejaba gozar de él. Los bosques, los paseos a lo largo del río, el trepar por los montes hasta llegar a la vieja fortaleza, que la palabra de Poulain reanimaba, contándonos cómo la defendieron los rusos y cómo se apoderaron de ella los tártaros; las pequeñas aventuras, en una de las cuales Poulain fue nuestro héroe, salvando a Alejandro de ahogarse, y alguno que otro encuentro con lobos; todo, en suma, hacía que las impresiones nuevas y agradables fueran infinitas.

Además, se organizaban grandes excursiones, en las que tomaba parte toda la familia; unas veces, cogiendo setas en el bosque, y después tomando té en medio de la floresta, donde un anciano de cien años de edad vivía solo, con su pequeño nietecito, cuidando de las abejas; otras veces, íbamos a uno de los pueblos de mi padre, en el cual se había hecho una gran represa, en la que se cogían doradas carpas a millares; una parte de ellas se mandaba al amo, y las restantes se distribuían entre todos los campesinos. Mi anterior nodriza vivía en este lugar: su familia era una de las más pobres; aparte de su marido, no tenía más que un niñito que la ayudara, y una muchacha, mi hermana de leche, que más tarde vino a ser predicadora y virgen en la secta disidente a que pertenecían. Grande era su alegría cuando yo iba a verla: crema, huevos, manzanas y miel era todo lo que podía ofrecer; pero la manera de hacerlo, en relucientes platos de madera, después de haber cubierto la mesa con un hermoso mantel de hilo, blanco como la nieve, tejido por ella misma (para los disidentes rusos, la absoluta limpieza es un precepto religioso>, y las palabras tiernas que me dirigía, dejaron una impresión profunda en mi corazón. Otro tanto debo decir de las nodrizas de mis hermanos mayores Nicolás y Alejandro, que pertenecían a familias bien acomodadas de otras dos sectas disidentes en Nikólskoie. Pocos tienen idea del tesoro de bondad que puede encontrarse en el corazón del campesino ruso, aun después de siglos de la más cruel opresión, que hubieran podido muy bien habérselo endurecido.

Cuando hacía mal tiempo, M. Poulain tenía una abundancia de cuentos que narrarnos, sobre todo respecto a la campaña de la Península. Una y otra vez le exhortábamos a que nos refiriera de qué modo fue herido en una batalla, y cada vez que llegaba al pasaje en que sintió el calor de la sangre que caía dentro de la bota, lo besábamos con entusiasmo y lo tratábamos cariñosamente.

Todo parecía dispuesto a prepararnos para la carrera militar: la predilección que por ella sentía nuestro padre (los únicos juguetes que recuerdo de él fueron un rifle y una garita de centinela), las narraciones guerreras de Poulain y, por último, hasta la biblioteca que teníamos a nuestra disposición. Esta, que había pertenecido en otro tiempo al general Repninsky, abuelo de nuestra madre, un militar ilustrado del siglo XVIII, se componía exclusivamente de libros sobre cuestiones de guerra, adornados con hermosos grabados y lujosamente encuadernados. En los días de lluvia, nuestra principal diversión era mirar sus láminas, en las que se hallaban representadas todas las armas usadas desde el tiempo de los hebreos, y planos de todas las batallas libradas desde la época de Alejandro de Macedonia. Estos grandes libros ofrecían un material excelente para construir con ellos fuertes castillos, capaces de resistir por algún tiempo los golpes de arietes, y los proyectiles de una catapulta arquimediana (que por persistir en enviar piedras a las ventanas fue prohibida bien pronto). Sin embargo, ni Alejandro ni yo llegamos a ser militares. Las lecturas de los diez y seis años borraron lo que aprendimos en la infancia.

Las opiniones de M. Poulain sobre las revoluciones eran las mismas de la Ilustration Francaise, publicación orleanista, de la que recibía números atrasados, y cuyas láminas conocíamos perfectamente. Durante largo tiempo no podía yo concebir una revolución de otro modo que representando a la Muerte montada a caballo, con la bandera roja en una mano y la guadaña en la otra, derribando a los hombres a derecha e izquierda: así la pintaba la Ilustration; pero ahora pienso que lo que a Poulain le disgustaba era únicamente el levantamiento del 48, porque uno de sus relatos respecto a la Revolución de 1789 me causó una impresión profunda.

El título de príncipe se usaba en nuestra casa con motivo o sin él, lo que debió chocar algo a Poulain, dando lugar a que nos contara lo que sabía de la Gran Revolución. No puedo recordar ahora lo que decía; pero una cosa tengo presente, y es que el conde Mirabeau y otros renunciaron en un día dado a sus títulos, y que el primero, para mostrar el desprecio que le inspiraban las pretensiones aristocráticas, abrió una tienda, adornada con una muestra, en la que se leía, Mirabeau, sastre (Cuento la cosa tal como se la oí a Poulain). Durante mucho tiempo, después, me devané los sesos pensando qué oficio adoptaría para poder anunciarme, Kropotkin, artesano de tal o cual cosa. Más tarde, mi maestro ruso, Nikolai Pavlovich Smirnov, y el tono generalmente republicano de la literatura rusa, influyeron en mí de igual modo; y cuando empecé a escribir novelas, esto es, a los doce años, adopté la firma P. Kropotkin, que jamás he abandonado, a pesar de las reprensiones de mis jefes cuando estaba en el servicio militar.

VIII

En el otoño de 1852, mi hermano Alejandro fue enviado al cuerpo de cadetes, y desde entonces sólo nos veíamos en las vacaciones y alguna vez que otra los domingos. El cuerpo de cadetes estaba a cinco millas de casa, y aunque teníamos una docena de caballos, siempre ocurría que, cuando hacía falta que se mandara allí un trineo, no había caballos libres de qué disponer. Mi hermano mayor, Nicolás, venía a casa raras veces. La libertad relativa que Alejandro encontró en el colegio, y especialmente la influencia de dos de sus profesores de literatura, desarrollaron rápidamente su inteligencia, y más adelante tendré ocasión sobrada de hablar del benéfico influjo que a su vez ejerció él sobre el desenvolvimiento de la mía. El haber tenido un hermano mayor inteligente y cariñoso, ha sido para mí una gran fortuna.

Yo, mientras tanto, permanecía en casa: tenía que aguardar a que me tocase el turno para entrar en el cuerpo de pajes, y eso no sucedió hasta que llegué a muy cerca de los quince años. En 1853 se despidió a M. Poulain, y se tomó en su lugar un tutor alemán: era uno de esos hombres idealistas que no es raro encontrar entre los alemanes; pero lo que principalmente recuerdo de él, es el entusiasmo con que recitaba las poesías de Schiller, acompañándose con un accionar tan ingenuo que me cautivaba. Sólo permaneció con nosotros un invierno. Al siguiente, me mandaron como externo a un gimnasio de Moscú, y finalmente vine a quedar con nuestro maestro ruso, Smirnov; pronto nos hicimos amigos, en particular desde que nuestro padre nos llevó a los dos a su posesión de Riazán. Durante el viaje nos entregábamos a toda clase de entretenimientos, soliendo inventar historias humorísticas a propósito de los hombres y de las cosas que veíamos; al mismo tiempo, la impresión producida en mi ánimo por el terreno accidentado que cruzábamos, vino a aumentar de un modo sensible y delicado, mi creciente amor a la naturaleza. Bajo el impulso que me dio Smirnov, empezaron a desarrollarse mis aficiones literarias, y desde el 54 al 57 no me faltaron medios para ello. Mi maestro, que para esa época había terminado sus estudios universitarios, obtuvo un cargo de poca importancia en una Audiencia, donde pasaba la mañana. De este modo, yo permanecía solo hasta la hora de comer, y después de estudiar mis lecciones y dar un paseo, me quedaba bastante tiempo para leer, y, sobre todo, para escribir. En el otoño, cuando mi maestro tuvo que volver a desempeñar su plaza en Moscú, en tanto que nosotros seguíamos en el campo, me volví a quedar solo, y aunque siempre estaba en contacto con la familia y pasaba mucho tiempo jugando con mi hermanita Paulina, todavía me sobraba bastante espacio libre para dedicarme a leer y escribir.

La servidumbre se hallaba entonces en su último año de existencia: es un acontecimiento reciente; parece cosa de ayer; y sin embargo, aun en la misma Rusia hay pocos que tengan una idea de lo que ella era en realidad. Existe una noción confusa respecto a lo perjudicial de las condiciones que creaba; pero la manera como éstas afectaban al ser humano, física y moralmente, no es por lo general bien conocida. Sorprende, en verdad, con qué rapidez cae en el olvido una institución y sus consecuencias sociales, desde el momento que deja de existir, y con cuánta celeridad cambian los hombres y las cosas. Intentaré traer a la memoria las condiciones de la servidumbre, narrando, no lo que oí, sino lo que vi por mí mismo.

Uliana, el ama de llaves, se encuentra en el pasillo que conduce a la habitación de mi padre y se santigua, no atreviéndose a avanzar ni a retroceder. Al fin, después de haber rezado una oración se decide a entrar, y manifiesta con voz casi imperceptible que la existencia de té está casi agotada, que no quedan más que veinte libras de azúcar y que las demás provisiones se concluirán también pronto.

— ¡Ladrones, bandidos! —gritaba mi padre—. ¡Y tú, tú estás de acuerdo con ellos! —La voz atronaba la casa. Nuestra madrastra dejaba a Uliana que arrostrase la tormenta; pero mi padre exclamaba: ¡Frol, llama a la princesa! ¿Dónde está? Y cuando ella entraba la recibía con los mismos reproches.

Estáis también en liga con estos descendientes de Cam; os ponéis de su parte, siguiendo así, durante media hora, o tal vez más.

Mi padre repite el cálculo, y esta vez aparece que hay más heno en el pajar del que debe haber. Los gritos continúan; ahora le reprende al cochero por no haberle dado al ganado su ración entera; pero éste jura por todos los santos que le dio lo que correspondía, y Frol invoca a la Virgen en confirmación de lo mismo.

Después empezaba a examinar las cuentas: al mismo tiempo pensaba en el heno; se mandaba a Frol a que pesara lo que quedaba de éste, y a mi madrastra a que presenciara la operación, y en tanto, mi padre calculaba la cantidad que debía haber en el pajar. El resultado era que faltaba del heno una parte considerable, y que Uliana no podía dar cuenta de varias libras de tales o cuales artículos. La voz de mi padre se hacía por momentos más amenazadora; Uliana temblaba; mas en aquel momento aparece el cochero y el amo descarga en él su ira. Mi padre se lanza sobre él y le pega; pero él sigue diciendo: Su alteza debe haberse equivocado.

Pero no hay forma de calmar a mi padre. Llama a Makar, el afinador de pianos y camarero, recordándole todas las faltas que ha cometido recientemente. Estuvo borracho la semana pasada, y ha debido estarlo también ayer, porque rompió media docena de platos. La verdad es que esta avería fue la causa fundamental de todo el trastorno: nuestra madrastra había dado cuenta del hecho a mi padre por la mañana, y éste fue el motivo de que se recibiera a Uliana con más rigor que de costumbre, de que se comprobase la existencia del heno y de que mi padre continuara exclamando: Estos descendientes de Cam merecen todos los mayores castigos del mundo.

De repente sobreviene un momento de tregua. Mi padre se sienta a su mesa, y escribe lo siguiente: Llevad a Makar con esta nota a la estación de policía, y que le den cien azotes con la vara de abedul.

Terror y silencio profundo reinaba en toda la casa: el reloj daba las cuatro y todos bajábamos a comer; pero nadie tenía apetito, y la sopa permanecía intacta en cada plato. Somos diez a la mesa y tras cada uno de nosotros hay un músico con un plato limpio en la mano izquierda; pero Makar no se encuentra entre ellos.

— ¿Dónde está Makar? —pregunta nuestra madrastra—. Llamadlo.

Pero no se presenta, y la orden se repite: al fin aparece, pálido, con el rostro descompuesto, avergonzado y con la vista baja. Mi padre no levanta la suya del plato, mientras que nuestra madrastra, viendo que nadie ha probado la sopa, trata de animarnos, diciendo:

— ¿No os parece, niños, que la sopa está exquisita?

El llanto me ahoga, y apenas terminada la comida corro en busca de Makar; lo encuentro en un obscuro pasillo y trato de besarle la mano; pero él la retira diciendo, como reproche o como interrogación:

— Dejadme; ¿acaso no seréis lo mismo cuando seáis mayor?

— ¡No, no lo seré jamás!

Y, sin embargo, mi padre no era de los propietarios territoriales más malos; por el contrario, los sirvientes y los labriegos lo consideraban como uno de los mejores. Lo que veíamos en nuestra casa era lo que sucedía en todas partes, a menudo en mucha mayor escala. El azotar los siervos era una parte de las obligaciones corrientes de la policía y de la brigada de bomberos.

Uno de esos grandes propietarios hizo a otro esta observación: ¿Cómo es que el número de almas aumenta tan lentamente en vuestra finca? Probablemente os ocupaís poco de sus casamientos.

Algunos días después, el general volvió a sus fincas: hizo que le trajeran una lista de todos los habitantes del pueblo, y sacó de ella los nombres de los muchachos que habían cumplido diez y ocho años y de las jóvenes que acababan de pasar los diez y seis (ésta es la edad legal para poderse casar en Rusia), escribiendo después:

— Juan se casará con Ana, Pablo con Parashka, y así sucesivamente, hasta formar cinco parejas. Las cinco bodas —agregó— deberán celebrarse dentro de diez días; esto es, el primer domingo después del próximo.

Un grito general de desesperación se elevó en todo el pueblo: las mujeres, lo mismo jóvenes que viejas, lloraban en todas las casas. Una esperaba casarse con Gregorio; los padres de Pablo habían ya hablado a los Fedótov respecto a su hija, que pronto tendría la edad. Además, era la época de la siega y no de los matrimonios; ¿y qué boda podría prepararse en diez días? Los campesinos vinieron a ver al amo por docenas; sus mujeres aguardaban en grupos a la esposa de aquél, con piezas de hilo fino, para conquistar su apoyo: todo en vano. El señor había dispuesto que las bodas se celebraran en tal día, y así tenía que ser.

En la época fijada, la procesión nupcial, que en este caso nada tenía de alegre, iba a la iglesia. Las mujeres lloraban y daban grandes lamentos, como acostumbran a hacerlo en los funerales. Uno de los lacayos de la casa se había marchado a la iglesia, para traer la noticia al amo en cuanto terminara la ceremonia; pero pronto tuvo que volver corriendo, pálido y afligido, y decir, gorra en mano:

— Parashka ha resistido; se niega a casarse con Pablo. El padre le preguntó si lo quería por esposo, y ella le respondió en alta voz que no.

El propietario se enfureció.

— Ve y dile a ese borracho melenudo (refiriéndose al cura; el clero ruso usa el cabello largo), que si no casa a Parashka al momento, daré cuenta al arzobispo de que es un borracho. ¿Cómo se atreve ese espantajo clerical a desobedecerme? Dile que se le mandará a pudrirse en un monasterio, y a la familia de Parashka la deportaré a las estepas.

El lacayo transmitía el mensaje: los parientes y el cura rodeaban a la muchacha; su madre, llorando y de rodillas, le suplicaba que no arruinara a toda la familia. Ella seguía diciendo que no, pero cada vez con una voz más débil, hasta que concluía por guardar silencio. Se le ponía en la cabeza la corona nupcial sin resistencia, y el sirviente volvía a la carrera a anunciar que se habían casado.

Media hora después, las campanillas de la procesión nupcial sonaban a la entrada de la morada del señor. Las cinco parejas saltaban de los carros, atravesaban el patio y entraban en el salón. El dueño las recibía, ofreciéndoles copas de vino, en tanto que los padres, colocados detrás de sus hijas llorosas, les ordenaban inclinarse hasta tocar el suelo en presencia de su señor.

Las órdenes de casamiento eran tan corrientes que, entre nuestros criados, cada vez que una joven pareja temía que le ordenaran hacerlo a pesar suyo, tomaban la precaución de servir de padrinos en un bautismo cualquiera, lo que hacía imposible el matrimonio, según la iglesia rusa. Esta estratagema, que por lo general daba buen resultado, terminó, sin embargo, una vez, en tragedia. Andrei, el sastre, se enamoró de una muchacha que pertenecía a uno de nuestros vecinos: esperaba que mi padre le dejaría marchar en libertad, en calidad de sastre, a cambio del pago anual de una cantidad determinada, y que trabajando bastante en su oficio conseguiría economizar algún dinero y poder libertar a su novia; pues de lo contrario, al contraer matrimonio con uno de los siervos de mi padre, ella se convertía en sierva de él también. Y como Andrei y una de las doncellas de la casa temieran que se les ordenara desposarse, se concertaron para ser padrinos de una criatura. Lo que habían previsto ocurrió. Un día fueron llamados ante el señor y fue pronunciada la orden fatal.

— Siempre estamos dispuestos a obedeceros —replicaron—; pero hace algunas semanas hemos sido padrinos en un bautizo —explicando con tal motivo Andrei sus deseos e intenciones. El resultado fue que se le envió a la caja de reclutas y se le hizo soldado.

En tiempo de Nicolás I no existía el servicio militar obligatorio como sucede hoy. Los nobles y los comerciantes se hallaban libres de él; y cuando se ordenaba una nueva leva de reclutas, los propietarios territoriales tenían que presentar un número determinado de siervos. Por lo general, los labriegos en sus agrupaciones comunales guardaban un registro para su uso particular; pero los dedicados al servicio doméstico se hallaban por completo a merced del señor, y si éste estaba disgustado con alguno, no tenía más que mandarlo a la caja de reclutamiento y recoger el correspondiente recibo, que tenía un valor de importancia, pues podía venderse a cualquiera que le tocara la suerte de soldado.

El servicio militar, en aquellos tiempos, era terrible: se le exigía a un hombre servir veinticinco años bajo banderas, y la vida del soldado era extremadamente penosa. Entrar en el ejército significaba verse separado para siempre de su pueblo natal y de la comarca, y hallarse a merced de jefes como Timoféiev, de quien ya me he ocupado. Golpes de los oficiales, azotes con varas de abedul y palizas por la más leve falta, eran cosas normales. La crueldad de que se hacía gala se sobreponía a todo lo imaginable. Hasta en los cuerpos de cadetes, en los que sólo recibían instrucción los hijos de los nobles, se administraban algunas veces mil azotes con varas de abedul, en presencia de todo el cuerpo, por cuestión de un cigarrillo, hallándose al lado del niño atormentado el médico, quien sólo ordenaba que se suspendiera el castigo cuando observaba que el pulso se hallaba próximo a dejar de latir. La víctima, cubierta de sangre y sin conocimiento, era llevada al hospital. El jefe de las escuelas militares, el gran duque Mijail, separaría pronto al director de un cuerpo donde no hubiera habido uno o dos casos semejantes todos los años. No hay disciplina, hubiese dicho.

Con simples soldados la cosa era mucho peor. Cuando alguno de ellos aparecía ante un consejo de guerra, la sentencia era que mil hombres se colocaran en dos filas una frente a otra, estando cada soldado armado de un palo del grueso del dedo pequeño (el cual era conocido por su nombre alemán de Spitzruten), y que el condenado pasara tres, cuatro, cinco o seis veces por el centro, recibiendo un golpe de cada soldado, vigilando la operación los sargentos, a fin de que aquéllos le dieran con fuerza. Después de haber recibido mil o dos mil golpes, la víctima, escupiendo sangre, era conducida al hospital, donde se procuraba curarla, con objeto de que se concluyera de aplicar el castigo tan pronto como se hallara más o menos repuesta del efecto de la primera parte; si moría en el tormento, la ejecución de la sentencia se completaba en el cadáver. Nicolás I y su hermano Mijail eran implacables; no había jamás indulto posible. Os daré una carrera de vaquetas que os hará saltar la piel, eran amenazas que formaban parte del lenguaje corriente.

Un terror sombrío se extendía por toda la casa cuando se sabía que alguno de los criados iba a ser enviado a la caja de reclutas. Al infeliz se le ponían grillos y se le vigilaba de cerca, para evitar que se suicidara; se traía una carreta y lo sacaban entre dos guardianes, rodeándolo todos los sirvientes. La víctima saludaba profundamente, pidiendo a todos que lo perdonaran si los había ofendido voluntaria o involuntariamente. Si sus padres vivían en el pueblo, venían a verlo partir; él hacía una gran reverencia ante ellos, y su madre y las demás mujeres de la familia empezaban a cantar en coro sus lamentaciones; era una especie de canto medio recitado: ¿Por quién nos abandonas? ¿Quién cuidará de ti en tierra extraña? ¿ Quién te protegerá contra los perversos? Exactamente en el mismo tono y con la misma letra que cantan en los entierros.

Así, pues, Andrei tenía ahora que sufrir durante veinticinco años la suerte de soldado: todos sus sueños de felicidad se habían desvanecido bruscamente.

El destino de una de las doncellas, Paulina, o Polia como acostumbraban a llamarla, fue más trágico todavía. Había aprendido a bordar bien, y era una notabilidad en el oficio. En Nikólskoie tenía su bastidor en la habitación de mi hermana Elena, y con frecuencia tomaba parte en la conversación que sostenían ésta y mi madrastra, que estaba con ella. Por su porte y modo de expresarse, Polia parecía más bien una señorita que una criada.

Le acaeció una desgracia; advirtió que pronto sería madre. Lo contó toda a nuestra madrastra, quien la llenó de improperios: ¡No permitiré que siga en mi casa una criatura así por más tiempo! ¡No toleraré tal vergüenza en casa! ¡Esto es una indecencia! Y todo a este tenor. Las lágrimas de Elena no consiguieron ablandarla. A la pobre le cortaron el cabello y fue de castigo a cuidar del ganado; mas como tenía entre manos un trabajo extraordinario, tuvo que terminarlo en un local sucio y con escasa luz. Después hizo otros muchos bordados delicados, todo con la esperanza de obtener un perdón que no pudo alcanzar.

El padre de la criatura, que era un sirviente de uno de nuestros vecinos, imploró el permiso para casarse con ella; pero como no tenía dinero que ofrecer, su demanda fue desechada. Las maneras delicadas de Palia fueron consideradas ofensivas, y la suerte que se le reservó fue de lo más desgraciada. Había entre la servidumbre uno que hacía de postillón a causa de su baja estatura; se le conocía por Filka el de las patas tuertas. En su juventud había recibido una terrible coz, y no llegó a crecer: tenía las piernas torcidas, los pies vueltos hacia adentro, la nariz partida y ladeada; su rostro era deforme; y con ese monstruo se decidió casar a la pobre muchacha, lo que se efectuó a pesar suyo, mandándose después el matrimonio, como campesinos, a la finca de mi padre en Riazán. No se reconocía, ni aun se sospechaba, que los siervos tuvieran sentimientos humanos; y cuando Turgueniev publicó su pequeña historia Mumu, y Grigorovich comenzó a dar a luz sus novelas sentimentales, con las que hacía llorar a sus lectores sobre la desventura de los siervos, para muchas gentes aquello fue una inesperada revelación. ¿Es posible que amen ellos como nosotros? exclamaban las damas sensibles, que no podían leer una novela francesa sin derramar lágrimas por los trabajos que pasaban los héroes y las heroínas nobles.

La educación que los dueños daban algunas veces a los siervos no era más que un nuevo motivo de pesares para éstos. Mi padre recogió una vez de casa de unos labriegos un muchacho muy listo, y lo mandó a aprender de practicante, y como era inteligente, lo hizo pronto y con buen resultado. Cuando volvió a casa, mi padre compró todo lo que hacía falta para montar una enfermería, que, bien provista de medicamentos y en buenas condiciones, se estableció en una de las casas laterales de Nikólskoie. En verano, el doctor Sasha, como familiarmente se le llamaba en casa, siempre estaba muy ocupado, recolectando y preparando toda clase de plantas medicinales, y en poco tiempo se hizo muy popular en aquellos contornos. Los enfermos venían de los pueblecitos inmediatos, y mi padre estaba orgulloso del buen resultado que daba su Casa de Socorro. Pero este estado de cosas no duró mucho: un invierno, mi padre fue a Nikólskoie, estuvo allí unos días y se marchó después. Aquella noche el doctor Sasha se pegó un tiro; se dijo que había sido casual; pero se encontraba en el origen del hecho una historia de amores. Estaba enamorado de una muchacha con quien no se podía casar por pertenecer a otro dueño.

La suerte de otro joven, Guerasím Kruglov, a quien mi padre educó en el Instituto Agrícola de Moscú, fue igualmente casi tan desgraciada. Hizo unos exámenes brillantes, ganando medalla de oro, y el director del establecimiento puso todo lo que pudo de su parte, a fin de inducir a mi padre a que le diera libertad y lo dejara ir a la Universidad, donde no se permite que entren los siervos. Con seguridad se hará un notable —decía el director—, tal vez una de las glorias de Rusia, y hallaréis un honor en haber reconocido su capacidad y entregado tal hombre a la ciencia. Lo necesito para mi finca, era la contestación que se daba a todas las súplicas que se hacían en su favor. Después de todo, con los sistemas primitivos de agricultura que entonces se empleaban, y de los que jamás se hubiera apartado mi padre, Guerasím Kruglov era completamente inútil. Levantó un plano de la finca; pero una vez concluido éste, se le destinó al departamento de los criados y se le obligó a servir a la mesa plato en mano. Esto, como es natural, le disgustó mucho: sus sueños lo llevaban a la Universidad, a los trabajos científicos. En su mirada se reflejaba su pesar, y nuestra madrastra parecía hallar un especial placer en mortificarlo cada vez que se presentaba la oportunidad. Un día de otoño, habiendo una ráfaga de viento abierto la puerta de entrada, lo llamó y le dijo:

— Garaska, cierra la puerta.

Eso fue la gota que hizo rebosar el vaso. En el acto contestó: Para eso tenéis el portero, y siguió su camino.

Mi madrastra corrió a la habitación de mi padre gritando:

— ¡Vuestros criados me insultan en vuestra casa!

Inmediatamente Guerasim fue arrestado y esposado, para ser enviado como marinero. La partida de sus ancianos padres con él, fue una de las escenas más conmovedoras que jamás he presenciado. Esta vez, sin embargo, la suerte se encargó de la venganza: Nicolás I murió y el servicio militar se hizo más tolerable; la gran habilidad de Guerasim fue pronto reconocida, y en pocos años vino a ser uno de los principales empleados y la piedra angular de uno de los departamentos del Ministerio de la Guerra. Entre tanto, mi padre, que era completamente honrado, y en una época en que casi todos se dejaban corromper y sólo pensaban en hacer fortuna, jamás se había apartado de la buena senda y por hacer un favor al jefe del cuerpo a que pertenecía, se separó un momento de ella, consintiendo en no sé qué clase de irregularidad. A un punto estuvo esto de costarle su ascenso a general; el objeto final de sus treinta y cinco años de servicios se hallaba próximo a perderse. Mi madrastra fue a San Petersburgo a arreglar el asunto, y un día, después de haber dado muchos pasos, le dijeron que la única persona que podía resolver la dificultad era un humilde empleado en un departamento determinado del Ministerio, quien, a pesar de su insignificancia, era el que todo lo dirigía, pues los jefes no hacían nada sin consultarle. ¡Este hombre se llamaba Guerasím Ivánovich Kruglov!

— ¿Qué os parece nuestro Garaska? —me preguntó ella después— siempre creí que tenía una gran capacidad. Fui a verle, le hablé del particular, y me contestó: No tengo prevención alguna contra el príncipe, y haré por él lo que pueda.

Guerasím cumplió su palabra: hizo un informe favorable, y mi padre obtuvo su promoción, pudiendo al fin vestir el uniforme tan deseado.

Estas eran cosas que yo mismo vi en mi infancia; pues si fuera a relatar todo lo que oí en aquélla época, las proporciones de este trabajo aumentarían mucho en extensión; historias de hombres y mujeres arrancados de su familia y de su país y vendidos o perdidos al juego, o cambiados por dos perros de caza y enviados después a una parte remota de Rusia, con objeto de crear una nueva finca; de criaturas quitadas a sus padres y vendidas a dueños crueles o corrompidos; de apaleos en los establos, que tenían lugar todos los días con una saña implacable; de una joven que encontró su única salvación ahogándose; de un anciano que había encanecido al servicio de su amo y al fin se ahorcó bajo sus ventanas; y de sublevaciones de siervos, que eran sofocadas por los generales de Nicolás I, matando a palos, diezmando o quitando a los habitantes de un pueblo que luego arrasaban y cuyos sobrevivientes tenían que ir a pedir una limosna a las provincias inmediatas. En cuanto a la miseria que encontré durante nuestros viajes en algunos pueblos, particularmente en los que pertenecían a la familia imperial, no hay palabras con qué describirla: había que verla.

El llegar a ser libres era el sueño constante de los siervos; sueño que no era fácil de realizar, porque se necesitaba una fuerte suma para inducir a un propietario a que se desprendiera de uno de ellos.

— ¿No sabes —me dijo una vez mi padre— que vuestra madre se me apareció después de muerta? Vosotros los jóvenes no creéis en estas cosas; pero ello es que ocurrió. Estaba yo una noche, muy tarde, sentado en este sillón, ante el escritorio y medio dormido, cuando la vi entrar toda vestida de blanco, muy pálida y con los ojos resplandecientes. Ya en la agonía, me había pedido que le prometiera dar libertad a su doncella Masha, y así lo hice; pero después, entre una cosa y otra, se pasó cerca de un año sin que yo hubiera cumplido mi promesa. Entonces se me apareció, y me dijo con una voz muy débil: Alexis, me prometiste dar libertad a Masha; ¿lo has olvidado? Quedé aterrado; salté del sillón, pero ya se había desvanecido. Llamé a los criados, mas ninguno había visto nada. A la mañana siguiente fui a su tumba, hice que se le cantara un responso e inmediatamente di libertad a Masha.

Cuando mi padre murió, Masha vino al entierro y le hablé. Estaba casada, y se hallaba feliz en su vida de familia. Mi hermano Alejandro, en su estilo humorístico, le dijo lo que nuestro padre había contado, y le preguntamos qué sabía sobre el particular.

— Como esto sucedió —replicó ella— hace mucho tiempo, ahora puedo deciros la verdad. Viendo que vuestro padre había olvidado completamente su promesa, me vestí de blanco y hablé como ella, recordándole la promesa que le había hecho. No me guardareis rencor por eso, ¿no es verdad?

— ¡Claro que no!

Diez o doce años después de las escenas descritas en la primera parte de este capítulo, me hallaba sentado en el despacho de mi padre y hablábamos de cosas pasadas. Se había abolido la servidumbre, y mi padre se lamentaba del nuevo estado de cosas, aunque no de un modo excesivo; lo había aceptado sin gran repugnancia.

— Debéis convenir conmigo —le dije— que a menudo castigabais a nuestros criados con crueldad, y hasta sin razón.

— Con aquella gente —me contestó— no era posible proceder de otra manera; —y reclinándose en su butaca permaneció largo rato sumergido en sus pensamientos—. Pero lo que yo hice no valía la pena de que se hablara de ello —dijo después de una pausa—. Mirad, por ejemplo, a ese mismo Sablev: parece tan suave y habla sin alzar nunca la voz, y sin embargo fue verdaderamente terrible para sus siervos. ¡Cuántas veces se concertaron para matarlo! Yo, al menos, nunca abusé de mis doncellas, en tanto que ese diabólico de T. se comportaba de tal modo que las mujeres de los labriegos se disponían a castigarlo de un modo terrible ... ¡Que descanses, bonne nuit!

IX

Recuerdo bien la guerra de Crimea. En Moscú no se dejaba sentir mucho. Aunque, como es de suponer, se hacían hilas y vendajes en todas las reuniones de confianza; poco de esto llegaba, sin embargo, a los ejércitos rusos, pues grandes cantidades se robaban y vendían a los ejércitos enemigos. Mi hermana Elena y otras jóvenes cantaban himnos patrióticos; pero, en general, no se conocía la lucha que sostenía el país, en el tono y modo de ser de lo que se llama la sociedad. En los pueblos, por el contrario, la guerra causaba terribles tristezas; las levas de reclutas se sucedían unas a otras con rapidez, y continuamente oíamos a las mujeres de los campesinos entonar sus cantos funerarios. El pueblo ruso miraba la guerra como una calamidad que le enviaba la Providencia, y la aceptaba con una solemnidad que contrastaba de un modo extraño con la alegría que observé en otras partes en igualdad de circunstancias. A pesar de ser joven, pude apreciar ese sentimiento de solemne resignación que se extendía por nuestras campiñas.

Mi hermano Nicolás fue atacado, como muchos otros, por la fiebre de la guerra, y antes de haber concluido sus estudios en los cuerpos de cadetes, se reunió al ejército del Cáucaso: no lo volví a ver más.

En el otoño de 1854, nuestra familia se vio aumentada con la llegada de dos hermanas de nuestra madrastra. Habían tenido casa propia y algunas viñas en Sebastopol; mas como las perdieron se unieron con nosotros. Cuando los aliados desembarcaron en Crimea, se les dijo a los habitantes de Sebastopol que nada tenían que temer, y que debían permanecer donde estaban; pero después de la derrota de Alma, se les ordenó que se marcharan a la carrera, porque la ciudad sería atacada dentro de pocos días. Había pocos convoyes, y no se encontraba manera de moverse en los caminos, invadidos por las tropas que marchaban hacia el Sur. Alquilar un carro era poco menos que imposible, y las señoras, que abandonaron cuanto tenían en el camino, lo pasaron muy mal antes de llegar a Moscú. Pronto me hice amigo de la más joven de las dos hermanas, una señora como de treinta años, que no se quitaba el cigarrillo de la boca mientras me contaba todos los horrores del viaje. El recuerdo del hermoso buque de guerra que hubo necesidad de echar a pique a la entrada de la bahía de Sebastopol le hacía derramar lágrimas, y no se explicaba cómo podían los rusos defender la ciudad desde tierra no habiendo murallas que merecieran este nombre.

Tenia yo trece años cuando murió Nicolás I. A la caída de la tarde del 18 de febrero (2 de marzo), cuando la policía distribuyó por todas las casas de Moscú un boletín anunciando la enfermedad del zar, e invitando a todos sus habitantes a rogar en los templos por su restablecimiento. Ya entonces había muerto, y las autoridades lo sabían, pues había comunicación telegráfica entre Moscú y San Petersburgo; pero como nada se había dicho previamente respecto a su enfermedad, creyeron más conveniente ir preparando al pueblo gradualmente para anunciarles su defunción. Todos nosotros fuimos a la iglesia y rezamos fervorosamente.

El día siguiente, sábado, se repitió lo mismo, y todavía el domingo por la mañana se distribuyeron los referidos boletines. La noticia de su muerte no llegó a nosotros hasta el mediodía, traída por algunos criados que habían ido al mercado. Un verdadero terror se apoderó de nuestra casa y de las de nuestros parientes al hacerse público el suceso. Se decía que la gente se había conducido de un modo muy extraño en el mercado, no mostrando sentimiento alguno, y usando un lenguaje peligroso. Muchos se hablaban al oído, y nuestra madrastra no se cansaba de repetir en francés: No habléis delante de la gente, en tanto que los criados cuchicheaban entre sí, probablemente refiriéndose a su próxima emancipación. Los nobles esperaban a cada momento una sublevación de los siervos, un nuevo levantamiento de Pugachev.

En San Petersburgo, entre tanto, las personas ilustradas, al comunicarse mutuamente la noticia, se abrazaban en las calles. Todos comprendían que el fin de la guerra, así como el de las terribles condiciones que habían prevalecido bajo el poder del déspota de hierro, se hallaban muy próximos. Se habló de envenenamiento, con tanto más motivo cuanto que el cadáver se descompuso con rapidez; la verdadera causa sólo se dio a conocer gradualmente; fue una fuerte dosis de un tónico que Nicolás había tomado.

En los campos, durante el verano de 1855, la heroica lucha que se sostenía en Sebastopol por cada palmo de terreno y por cada piedra de sus desmantelados bastiones, era seguida con el mayor interés.

Se mandaba regularmente un mensajero dos veces a la semana desde nuestra casa a la cabeza de partido a buscar los periódicos, y a su vuelta, aun antes de que se apeara, ya se le habían quitado de la mano y abierto los papeles. Elena o yo los leíamos en alta voz a la familia, y las noticias eran en el acto transmitidas al departamento de los criados, y después a la cocina, al escritorio, a la casa del cura y a las de los labriegos. Las noticias que vinieron de los últimos días del sitio, del terrible bombardeo y, finalmente, de la evacuación de la población por nuestras tropas, arrancaban a todos lágrimas. En todas las casas de campo de las inmediaciones, la pérdida de Sebastopol causó tanto pesar como la de un pariente cercano, por más que todos comprendían que ahora la terrible guerra tocaría pronto a su término.

X

En agosto de 1857, teniendo ya cerca de los quince años, me tocó el turno de entrar en el cuerpo de pajes, y me mandaron a San Petersburgo. Entonces era yo todavía una criatura; pero el carácter del hombre adquiere por lo general sus rasgos característicos mucho antes de lo que comúnmente se supone, y es cosa para mí fuera de duda que, bajo mi apariencia infantil, era en aquella época, con poca diferencia, lo mismo que había de ser más adelante: mis gustos, mis inclinaciones, se hallaban ya determinados.

El primer impulso para mi desarrollo intelectual fue dado, como he dicho antes, por mi maestro ruso. Es una costumbre excelente de las familias rusas, costumbre que hoy, desgraciadamente, empieza a caer en desuso, el tener en casa un estudiante que ayude a los muchachos y a las jóvenes en sus lecciones, aun cuando estén en un gimnasio; pues para asimilar mejor lo que aprenden en la escuela, y para ampliar el concepto de lo aprendido, su concurso es de gran provecho. Además, él introduce un elemento intelectual en la familia, se convierte en un hermano mayor de los niños, y a menudo aun algo mejor, porque el estudiante tiene cierta responsabilidad en el adelanto de sus discípulos, y como los sistemas de enseñanza cambian rápidamente de una generación a otra, pueden hacer más en favor de aquéllos que los padres más instruidos.

Nikolai Pavlovich Smirnov tenía aficiones literarias. En aquel tiempo, bajo la bárbara censura de Nicolás I, muchas obras de nuestros mejores autores, completamente inofensivas, no podían publicarse, y otras eran tan mutiladas que se concluía por privar a algunas de sus pasajes más importantes de todo su interés. En la comedia de costumbres de Griboiédov, La Desgracia de la Inteligencia, que puede competir con las mejores de Moliere, el nombre del coronel Skalozub, tuvo que cambiarse por el de Señor Skalozub, en perjuicio del sentido y aun del verso, porque la representación de un coronel bajo un aspecto cómico, se hubiera considerado como un insulto al ejército. Del inofensivo libro de Gógol, Almas Muertas, no se permitió la publicación de la segunda parte, ni una nueva edición de la primera, que hacía tiempo estaba agotada. Numerosas poesías de Púshkin, Lémontov, Alexei Tolstói, Ribéiev y otros, estaban condenadas a no ver la luz, sin contar aquellas composiciones que tenían algún sabor político o eran una crítica de la situación en general. Todo esto circulaba manuscrito, y Smirnov solía copiar libros enteros de Gógol y Púshkin, para él y sus amigos, trabajo en el cual yo le ayudaba en ocasiones. Como verdadero hijo de Moscú, sentía una profunda veneración por aquellos de nuestros escritores que vivían en dicha ciudad, algunos de los cuales habitaban en nuestro mismo barrio. Me señalaba con respeto la casa de la condesa de Saliás (Eugenia Tour), que era nuestra vecina más inmediata, en tanto que miraba con un sentimiento misterioso de respeto profundo y veneración la del conocido desterrado Alejandro Herzen. La casa donde vivió Gógol era para nosotros un objeto de gran estima, y aunque yo no había cumplido los nueve años cuando él murió (en 1852), y no había leído ninguna de sus obras, recuerdo bien el sentimiento que su muerte produjo en Moscú. Turgueniev lo expresó muy bien en una nota, por cuya razón el emperador lo mandó prender y lo desterró a sus posesiones.

El gran poema de Púshkin, Eugenio Oniéguin, me impresionó poco, y todavía admiro más la sencillez y hermosura del estilo que el fondo de la composición. Pero las obras de Gógol, que leí cuando tenía once o doce años, causaron un poderoso efecto en mi imaginación, y mis primeros ensayos literarios eran una imitación de su espíritu humorístico. Una novela histórica de Zagoskin, Iuri Miloslavski, referente a la época del gran levantamiento de 1612; La Hija del Capitán, de Púshkin, que trataba del de Pugachev, y la Reina Margarita, de Dumas, despertaron en mí un interés constante por la Historia. Respecto a otras novelas francesas, sólo he empezado a leerlas desde que Daudet y Zola entraron en escena. Las poesías de Nekrásov eran mis favoritas desde mis primeros años, y muchas de sus composiciones las sabía de memoria.

Temprano me hizo empezar a escribir Nikolai Pavlovich, y con su ayuda hice una larga Historia de Medio Rublo, para la cual inventamos toda clase de tipos, en cuyo poder venía a caer aquél. Mi hermano Alejandro tenía por entonces aptitudes mucho más poéticas. Escribía cuentos muy románticos, y empezó temprano a hacer versos, cosa que realizaba con admirable facilidad, y en estilo verdaderamente natural y armonioso a la vez. Si el estudio de la Historia Natural y la Filosofía no hubieran ocupado después su atención, es indudable que hubiera llegado a ser un poeta de nombradía.

En ese tiempo, el lugar favorito que tenía para buscar inspiración era un tejado de suave inclinación que se encontraba bajo nuestra ventana, lo que despertaba en mí un constante deseo de embromarlo: Ahí está el poeta sentado al pie de una chimenea, procurando hacer versos, solía yo decir; y la broma venía a terminar en fiera disputa que causaba la desesperación de nuestra hermana Elena. Pero él era tan poco vengativo, que pronto se hacía la paz, y ambos nos queríamos entrañablemente. Entre muchachos, disputar y quererse van mano a mano. Ya entonces empecé a dedicarme al periodismo. A los doce años comencé a editar un diario. Como en mi casa no abundaba mucho el papel, sus dimensiones tenían que ser modestas. Y como aun no había estallado la guerra de Crimea y el único periódico que recibía mi padre era la Gaceta de la policía de Moscú, no tenía grandes modelos que copiar. Por cuyo motivo sólo se componía de sueltos entrecortados, anunciando las noticias del día, como, por ejemplo: N. P. Smirnov fue al bosque y mató dos tordos y otras por el estilo.

Esto dejó pronto de satisfacerme, y en 1855 comencé una Revista mensual que contenía los versos de Alejandro, mis novelillas y una especie de variedades. La vida económica de esta publicación estaba completamente asegurada, porque tenía bastantes suscriptores; esto es, el mismo editor y Smirnov, quien pagaba regularmente su suscripción de tantos pliegos de papel, aun después de haberse ido de casa, por lo que yo, en cambio, sacaba un segundo ejemplar para tan fiel suscriptor.

Cuando Smirnov nos dejó y ocupó su puesto un estudiante de medicina, llamado N. M. Pavlov, este último me ayudaba en mis trabajos editoriales. Obtuvo para la revista un poema, obra de un amigo suyo, y, lo que es más importante, el discurso de entrada sobre Geografía Física, por uno de los profesores de Moscú; trabajos que, por supuesto, eran inéditos, pues las reproducciones no hubieran tenido aceptación.

Creo inútil decir que Alejandro tomó un vivo interés en el asunto, y su fama llegó pronto hasta el cuerpo de cadetes. Algunos jóvenes escritores, caminando hacia el templo de la fama, emprendieron la publicación de otra revista rival. La cuestión era seria; en poemas y novelas nada teníamos que temer; pero ellos contaban con un crítico, y el escritor que, al juzgar una nueva novela, hable de todo con libertad y desenvoltura, abordando cuestiones que no hubieran podido tratarse sin este motivo, puede decirse que constituye el nervio de toda revista rusa. ¡Ellos tenían un crítico y nosotros no! Aquél escribió un articulo para el primer número, el cual se lo enseñaron a mi hermano. Era algo presuntuoso y de poco valor: Alejandro escribió desde luego otro en contra, ridiculizando y desbaratando la crítica de un modo violento, lo que produjo gran consternación en el campo enemigo, dando por resultado que desistieran de su empeño, viniendo la flor de sus escritores a ingresar en nuestra redacción; lo cual nos permitió anunciar triunfalmente, la futura exclusiva colaboración de tantos o cuantos periodistas distinguidos.

En agosto de 1857 tuvo que suspenderse la revista, que ya contaba cerca de dos años de existencia. Nuevas condiciones de vida, y un cambio completo en el modo de ser de ésta se presentaban ante mí. Me alejé de casa con pesar, con tanto más motivo cuanto que la distancia que existía entre San Petersburgo y Moscú iba a separarme de Alejandro, y además porque ya consideraba una desgracia tener que entrar en una escuela militar.

Capítulo II — El cuerpo de pajes

I

La tan anhelada ambición de mi padre se realizó al fin: había una vacante en el Cuerpo de pajes, que yo podía llenar antes de cumplir la edad en que queda cerrada la admisión, y me llevaron a San Petersburgo e ingresé en el colegio. Sólo ciento cincuenta niños, en su mayoría hijos de la nobleza de la Corte, recibían educación en este cuerpo privilegiado, en el que se hallaba combinado el carácter de una escuela militar, a la que se habían otorgado derechos especiales, y el de una institución cortesana agregada a la Casa Imperial. Después de haber pasado cuatro o cinco años en el Cuerpo de pajes, los que habían sufrido el examen final eran recibidos como oficiales en cualquier regimiento de la guardia o de otra arma cualquiera, sin tener para nada en cuenta el número de las vacantes que pudiera haber en los mismos; y todos los años, los primeros diez y seis alumnos más distinguidos eran nombrados pajes de cámara; esto es, estaban personalmente agregados a los varios miembros de la familia imperial: el emperador, la emperatriz, las grandes duquesas y los grandes duques, lo que, por supuesto, se consideraba un gran honor, y además, los jóvenes en quienes recaía se daban a conocer en la Corte y tenían muchas probabilidades de ser nombrados ayudantes de campo del emperador o de alguno de los grandes duques, y por consiguiente contaban con grandes facilidades para hacer una brillante carrera al servicio del Estado. Los padres de las familias relacionadas con la Corte cuidaban mucho, por tal motivo, de que sus hijos no dejaran de entrar en el Cuerpo de pajes, aun cuando para ello hubiera que saltar por encima de otros candidatos que jamás veían llegar su turno. Ahora que yo estaba ya en este cuerpo escogido, mi padre podía dar rienda suelta a sus sueños e ilusiones.

Dicho cuerpo estaba dividido en cinco clases, de las que la superior era la primera y la inferior la quinta; se trató de que entrara en la cuarta; pero como resultó del examen que no me encontraba muy fuerte en la cuestión de los decimales, y la clase referida contenía aquel año más de cuarenta alumnos, en tanto que sólo veinte se habían matriculado para la quinta, ingresé en esta última.

Esto me disgustó sobremanera. Después de haber entrado con repugnancia en una escuela militar, ahora resultaba que tendría que permanecer en ella cinco años en vez de cuatro. ¿Qué había de hacer en aquella clase, cuando ya sabía lo que en ella se enseñaba? Con lágrimas en los ojos le hablé al director, pero éste me contestó en tono humorístico: Ya sabéis lo que dijo César: vale más ser el primero del pueblo, que el segundo de Roma. A lo que contesté con viveza, que me conformaría con ser el último de todos, con tal de poder dejar la escuela militar lo antes posible. Tal vez os guste pasado algún tiempo, me dijo; y desde aquel día me trató con afabilidad.

Al maestro de aritmética, que también trató de consolarme, le di mi palabra de honor de que jamás fijaría la vista en su libro de texto; y sin embargo, tendréis que aprobarme con nota de primera —agregué—. Cumplí lo prometido; pero cuando pienso en estas escenas, comprendo que el discípulo no era de carácter muy dócil.

Y, sin embargo, cuando vuelvo la vista hacia ese pasado tan remoto, no puedo menos de congratularme por lo sucedido; pues no habiendo tenido en el primer año más que hacer que repetir lo que ya sabía, adquirí la costumbre de aprender mis lecciones con sólo atender las explicaciones del maestro; y una vez terminada la clase, tenía bastante tiempo para leer y escribir a mi gusto. Jamás me preparaba para los exámenes, y el tiempo que concedían para tal objeto, solía emplearlo en leer en alta voz a algunos amigos, dramas de Shakespeare o de Ostrovsky. Estaba también mejor preparado, al llegar a las clases superiores, para dominar las distintas materias que teníamos que estudiar. Además, pasé más de la mitad del primer invierno en la enfermería, pues, como todos los jóvenes que no han nacido en San Petersburgo, tuve que pagar un pesado tributo a la capital de las lagunas de Finlandia, bajo la forma de varios ataques de cólera local, y finalmente, de fiebre tifoidea.

Cuando ingresé en el Cuerpo de pajes, su organización sufría un cambio profundo: Rusia entera se despertaba entonces del pesado sueño y la terrible pesadilla del reinado de Nicolás I, y nuestro colegio sintió también los efectos de ese renacimiento. Verdaderamente, no sé lo que hubiera sido de mí si hubiera entrado en el cuerpo uno o dos años antes. O mi carácter se hubiera modificado por completo, o me hubiesen expulsado de la escuela en condiciones que no es posible calcular. Afortunadamente, el período de transición se hallaba en todo su apogeo en el año 1857.

El director del cuerpo era un anciano excelente, el general Zheltujin, pero su cargo era puramente nominal; el verdadero jefe de la escuela era el coronel. El coronel Girardot, un francés al servicio de Rusia. Las gentes decían que era un jesuita, y así debía ser, según creo: sus procederes, al menos, estaban en armonía con las doctrinas de Loyola, y sus sistemas de educación eran los de los colegios franceses de los jesuitas.

Imaginaos un hombre pequeño y extremadamente delgado, con ojos obscuros y penetrantes y mirada furtiva, con un bigote recortado que le daba el parecido de un gato; no de notable inteligencia, pero sí muy astuto; un déspota por temperamento, capaz de odiar, de una manera intensa, al alumno que no se sometiera a su fascinación, y de expresar ese sentimiento, no por medio de ridículas persecuciones, sino constantemente, por su conducta general; por una palabra soltada al parecer al acaso, un gesto, una sonrisa, o una interjección. Al andar parecía que se deslizaba, y las miradas exploradoras que acostumbraba a lanzar a su alrededor sin mover la cabeza completaban la ilusión. En sus labios se hallaba siempre impreso un sello de gravedad fría, aun en los momentos en que procuraba aparecer todo lo afable posible; expresión que se marcaba más aún cuando se veía su boca contraída por una sonrisa de disgusto o de desprecio. Nada de esto le daba el aspecto de un jefe: a primera vista, cualquiera lo hubiera tomado por un padre bondadoso que hablaba a sus hijos pequeños como si ya fueran adultos; pero pronto se echaba de ver que todos y todo tenía que inclinarse ante su voluntad. Desgraciado del muchacho que no se considerara contento o disgustado, según los grados de buena o mala voluntad que el coronel le hubiere demostrado.

Las palabras el coronel se encontraban continuamente en todos los labios: a otros oficiales se les conocía por sus motes; pero nadie se atrevía a ponerle ninguno a Girardot. Le rodeaba una especie de misterio como si fuera omnisciente y se hallara presente en todas partes. Verdad es que se pasaba el día y parte de la noche en la escuela: hasta cuando estábamos en clase lo recorría todo, registrando nuestros pupitres, que abría con sus mismas llaves. En cuanto a la noche, una buena parte de ella la empleaba en escribir en pequeños libros, de los que tenía una buena colección, en columnas separadas, con signos especiales y en tintas de diferentes colores, todas las faltas y buenas cualidades de cada uno.

Los juegos, las bromas y las conversaciones se suspendían desde el momento que lo veíamos avanzando lentamente a través de nuestros espaciosos salones, acompañado de alguno de sus favoritos, y balanceándose de delante atrás y viceversa; sonriendo a uno, mirando con ternura a otro, lanzando una mirada indiferente sobre un tercero, y contrayendo ligeramente el labio al pasar ante el cuarto: lo cual quería decir, que le agradaba el primero, que el segundo le era indiferente y mucho más el tercero, y que el cuarto le disgustaba. Esto último bastaba para aterrar a la mayoría de sus víctimas, con tanto más motivo, cuanto que no había razón alguna que lo justificara. Algunos jóvenes impresionables eran presa de desesperación, por esa aversión muda y constantemente manifiesta, y esas sospechosas miradas; en otros, el resultado ha sido un total aniquilamiento de la voluntad, como uno de los Tolstói, Teodoro, alumno también de Girardot, ha mostrado en una novela autobiográfica titulada: Las enfermedades de la voluntad.

La vida interna en este colegio era bien triste bajo la férula del coronel: en todas las escuelas los novatos son objeto de bromas más o menos ligeras. Se trata de poner a prueba al recién venido; saber hasta dónde llega su valor, y si conservará la dignidad y la energía. Además, los antiguos quieren hacer ver a los nuevos la superioridad de un bien establecido compañerismo. Tal sucede en todos los colegios y prisiones, pero bajo el dominio de Girardot estas persecuciones tomaban un aspecto más violento, y procedían, no de los compañeros de la misma clase, sino de los de la primera, de los pajes de cámara, que no eran oficiales en comisión, y a quienes aquél había colocado en una posición superior, completamente excepcional. Su sistema era darles carta blanca; hacerse el desentendido, hasta de los horrores que cometían a cada momento, y mantener por medio de ellos una severa disciplina. El contestar a un golpe recibido de un paje de cámara, hubiera bastado en tiempo de Nicolás I para ser enviado a un batallón de hijos de soldados, si el caso se hubiese hecho público; y el rebelarse, de cualquier modo, contra un mero capricho de uno de aquéllos, habría sido motivo suficiente para que los veinte que formaban la clase, armados de sus pesadas reglas de roble, se reunieran en un local cualquiera, y con la tácita aprobación de Girardot, administraran una soberbia paliza al que hubiera mostrado semejante espíritu de insubordinación.

De este modo, la primera clase se despachaba a su gusto, y todavía el invierno anterior uno de sus juegos favoritos consistía en reunir a los novatos por la noche, con sólo la camisa de dormir, y hacerlos correr como los caballos en el circo, mientras que ellos, armados de grandes fustas de goma elástica, unos en el centro y otros fuera de la pista, los azotaban sin piedad. Por regla general, el circo terminaba de un modo oriental, en una forma abominable. El concepto de la moral que prevalecía en aquel tiempo y lo que a veces se decía en la escuela respecto a lo que ocurría de noche después del circo, eran de tal índole que mientras menos se hable de ello tanto mejor.

El coronel sabia todo esto: tenía organizado un perfecto sistema de espionaje y nada pasaba para él inadvertido; pero mientras no se supiera oficialmente que lo sabia, todo marchaba bien. El cerrar los ojos ante todo lo que hacía la clase primera era la base de su sistema para mantener la disciplina.

Sin embargo, un nuevo espíritu empezaba a despertarse en la escuela, y pocos meses antes de su ingreso había tenido lugar una revolución. Aquel año, la clase tercera era diferente de lo que había sido hasta entonces: contenía un buen número de jóvenes, que realmente estudiaban y leían mucho, algunos de los cuales vinieron a ser más tarde hombres distinguidos. Mi primer conocimiento con uno de ellos, a quien llamaré von Schauff, fue cuando él leía la Crítica de la Razón Pura, de Kant; además, se hallaban en dicha clase algunos de los alumnos más robustos y fuertes de la escuela; en ella se encontraba el más alto de todos, así como otro de mucha fuerza, Koshtov, gran amigo de von Schauff. Estos no toleraban las bromas de los pajes de cámara con la misma docilidad que sus predecesores; les disgustaba mucho lo que ocurría, y a causa de un incidente, que prefiero no describir, se vinieron a las manos las dos clases; resultado: que los de la primera recibieron una dura lección de parte de sus subordinados. Girardot le echó tierra al asunto; pero la fuerza moral de los pajes de cámara quedó quebrantada. Se conservaron las fustas de goma, pero no se volvió a hacer uso de ellas: las carreras de circo y otras cosas por el estilo, quedaron relegadas al pasado.

Hasta aquí se había ganado; pero la última de las clases, la quinta, compuesta casi exclusivamente de muchachos muy jóvenes que acababan de ingresar en el colegio, se veía forzada a obedecer aún a las exigencias y caprichos de la primera. Teníamos un hermoso jardín, poblado de corpulentos árboles; pero los alumnos de la quinta lo podían disfrutar poco: se les obligaba a pasearse por fuera, en tanto que los de la primera, sentados en él, pasaban allí el rato conversando, o a recoger las pelotas cuando aquellos caballeros jugaban. Dos días después de mi entrada en la escuela, viendo lo que pasaba en el jardín, no bajé a él y permanecí arriba. Estaba yo leyendo cuando un paje, de cámara, con cabello rojo y la cara llena de pecas, vino a ordenarme que bajara en el acto al jardín y fuera a pasearme con los demás.

— No quiero ir; ¿no veis que estoy leyendo? —fue mi contestación.

La ira desfiguró su fisonomía, de suyo bien poco simpática. Trató de saltar sobre mí, pero me coloqué a la defensiva; procuró darme en la cara con la gorra y yo sorteé los golpes lo mejor que pude. Entonces arrojó su gorra al suelo y me dijo:

— Recógela.

— Recógela tú —le contesté.

En la escuela no se tenía idea de un acto de desobediencia semejante. Él era mucho mayor y más fuerte que yo; por qué no me pegó brutalmente en el acto, no lo sé.

El día después y los siguientes recibí órdenes parecidas; pero obstinadamente me empeñé en no bajar. Entonces empezó una serie de pequeñas y ruines persecuciones por lo más mínimo, capaces de desesperar a cualquiera; pero, afortunadamente, yo me hallaba siempre dispuesto a dar a todo un carácter jovial, y les contestaba con bromas, o no les hacía caso.

El cambio de tiempo hizo que todo esto variara; empezaron las lluvias y apenas se podía salir. En el jardín, los de la primera fumaban con entera libertad, y en el interior del colegio el club de los fumadores era la torre, local que estaba siempre limpio con esmero, y en el cual había constantemente fuego encendido. Los pajes de cámara castigaban con severidad al que cogían fumando; pero ellos no dejaban de hacerlo, mientras que estaban sentados y charlando al lado de la lumbre. Su hora favorita de fumar era después de las diez de la noche, cuando se suponía que se habían acostado todos, permaneciendo en su club hasta las once y media y, para ponerse al abrigo de una sorpresa de Girardot, ordenaban a los de la quinta que vigilaran. Los niños de ésta tenían que alternar en dicho servicio de dos en dos, paseándose cerca de la escalera hasta la hora referida, para dar aviso si se aproximaba el coronel.

Al fin, decidimos poner un término a semejante abuso; las discusiones fueron largas y se consultó a las demás clases respecto a lo que debía hacerse, las cuales contestaron, después de pensarlo, lo siguiente: Negaos todos a hacer ese servicio, y cuando os empiecen a pegar, cosa que harán de fijo, marchad todos los que podáis, en masa, y llamad a Girardot. Él ya lo sabe de antemano; pero así se verá obligado a intervenir. La cuestión de si eso no sería un soplo fue resuelta en la negativa por los expertos en asuntos de honor: los pajes de cámara, al no tratar a los otros como compañeros, no tenían derecho a ser mirados como tales.

El turno de vigilancia tocó aquella noche a Shajovskoy, uno de los antiguos, y a Selianov, un recién entrado, niño extremadamente tímido que hasta tenía afeminada la voz. Llamaron al primero, y al ver que se negaba, lo dejaron y acudieron al segundo, que estaba acostado, y viendo que rehusaba también, empezaron a azotarlo brutalmente con gruesos tirantes de cuero. Entonces Shajovsky despertó a varios compañeros de los que se hallaban más próximos y todos corrieron en busca de Girardot.

También estaba yo en la cama, cuando los dos vinieron a mí, ordenándome que fuera a vigilar; y como rehusara, cogieron un par de tirantes (acostumbrábamos a tener colocada la ropa ordenadamente en un banco, con los tirantes encima de todo y la corbata cruzada sobre ellos) y comenzaron a pegarme. Sentado en la cama, sorteaba los golpes con las manos, y ya había recibido bastantes, y bien fuertes, cuando se oyó una voz que dijo: ¡El coronel llama a los de primera! Los verdugos se contuvieron en el acto, arreglaron sus ropas precipitadamente y me dijeron en voz baja: Ni una palabra, a lo cual yo sólo contesté: La corbata sobre todo, en buen orden, mientras que las manos y brazos me echaban fuego a causa de los golpes mencionados.

Lo que habló Girardot con los de la primera no pudimos saberlo; pero al día siguiente, cuando estábamos formados, antes de bajar al comedor, nos dirigió la palabra con acento melifluo, manifestando que era muy sensible que los pajes de cámara hubieran atropellado de aquel modo a un alumno que tenía la razón de su parte. ¿Y a quién? A uno de nuevo ingreso y de carácter tímido como Selianov. Este discurso jesuítico disgustó a toda la escuela.

Inútil es decir que aquel abuso terminó, como igualmente las impertinencias de que eran objeto los novatos, que no volvieron a repetirse más.

También fue indudablemente aquello un golpe mortal para la autoridad de Girardot, quien lo sintió muy vivamente. Miraba nuestra clase, y a mí sobre todo, con gran prevención (le habían dado cuenta del asunto de la vigilancia), y no perdía oportunidad de darlo a conocer.

Durante el primer invierno estuve con frecuencia en la enfermería. Después de haber pasado una fiebre tifoidea, durante la cual el director y el médico se tomaron por mí un interés verdaderamente paternal, tuve repetidos y fuertes ataques gástricos. Y como Girardot, al hacer su visita diaria al referido local, me veía allí con tanta frecuencia, empezó a decirme todas las mañanas, medio en broma, en francés: He aquí un joven que está tan saludable como el pont Neuf, y se pasa el tiempo en la enfermería. Una o dos veces, le contesté con el mismo tono; pero al fin, considerando de mal gusto esta constante repetición, perdí la paciencia y me incomodé.

— ¿Cómo os atrevéis a decir eso? —exclamé—; le diré al doctor que os prohiba la entrada en esta habitación.Y otras cosas por el estilo.

Girardot retrocedió dos pasos; sus ojos obscuros brillaron, y sus delgados labios parecieron afinarse más todavía. Al fin, dijo:

— Os he ofendido, ¿no es verdad? Bien; en el patio tenemos dos cañones de artillería; ¿sería bueno que nos batiéramos?

— No doy bromas, y os advierto que no estoy dispuesto a recibirlas —le contesté.

El se calló; pero en lo sucesivo me miró aún con mayor prevención que antes.

Todos lo notaron, y se ocuparon en sus conversaciones de ello; pero yo no le di importancia, y tal vez la aumenté con mi indiferencia.

Durante dieciocho meses cumplidos rehusó darme la charretera, que generalmente se concedía a todos los recién llegados, después de un mes o dos de residencia en el colegio, cuando se suponía que habían aprendido en parte los rudimentos de la instrucción militar; pero a mí tal cosa me tenía sin cuidado. Al fin, un oficial, que era el mejor instructor del colegio, y que puede decirse estaba enamorado del ejercicio, me tomó por su cuenta, y cuando me vio hacer todos los movimientos a su entera satisfacción, lo puso en conocimiento de Girardot, quien, a pesar de haberse repetido esto más de una vez, no hacía caso; lo que dio lugar a que el oficial considerara el asunto como una ofensa personal. Y cuando una vez el director del cuerpo le preguntó por qué no tenía yo todavía la charretera, le contestó lisa y llanamente: El muchacho está bien; el coronel es el que no quiere. A consecuencia de lo cual, probablemente después de algunas observaciones del director, el mismo Girardot pidió examinarme otra vez, y me dio la charretera aquel mismo día.

Pero la influencia del coronel se iba desvaneciendo rápidamente; el carácter todo de la escuela cambiaba. Durante veinte años, Girardot había conseguido ver realizado su ideal, que era el de tener a los alumnos bien peinados, con el cabello rizado y de aspecto afeminado, mandando a la Corte pajes tan refinados como los cortesanos de Luis XIV. Si aprendían o no, le importaba poco; sus predilectos eran los que tenían las maletas más llenas de toda clase de cepillos de uñas y tarros de esencias, cuyo uniforme de paseo (que podíamos usar cuando íbamos a casa los domingos) era del mejor corte, y sabían hacer el más elegante salut oblique. Anteriormente, cuando Girardot hacía ensayos de ceremonias cortesanas, envolviendo a un paje en una manta de algodón con listas encarnadas, tomada de una de nuestras camas, con objeto de que representase a la emperatriz en un baisemain, los alumnos se aproximaban muy respetuosamente a la supuesta emperatriz, ejecutaban con formalidad la ceremonia de besar la mano, y se retiraban con un elegantísimo saludo oblicuo; mientras que ahora, aunque en la Corte se conducían siempre con elegancia, en los ensayos hacían unos saludos tan ridículos que todos reventaban de risa, al mismo tiempo que Girardot rabiaba de coraje. Antes, los alumnos jóvenes que habían asistido a una recepción oficial, y se rizaban el cabello con tal objeto, procuraban conservar este adorno todo el tiempo posible; pero en la actualidad, apenas volvían de palacio corrían a poner la cabeza bajo el grifo de agua fría para desbaratarse el peinado, pues toda apariencia afeminada era siempre mirada con desprecio. Ser enviado a una recepción y permanecer allí como un objeto decorativo, era considerado ahora más bien como una molestia que como un favor. Y cuando los menores, que iban algunas veces a palacio a jugar con los pequeños grandes duques, contaban que, cuando uno de éstos hizo un látigo de su pañuelo, en uno de los juegos, y se sirvió de él a discreción, uno de los nuestros hizo lo mismo, y tanto pegó al gran duque, que éste concluyó por llorar, Girardot quedó horrorizado, en tanto que el antiguo almirante de Sebastopol, que era tutor del gran duque, elogiaba a nuestro compañero.

Un nuevo espíritu de amor al estudio y de formalidad se desarrolló en el cuerpo, como en todas las demás escuelas. En años anteriores, teniendo los pajes la seguridad de que, de un modo o de otro, pasarían los exámenes para obtener sus nombramientos de oficiales de la guardia, dejaban transcurrir los primeros años de la escuela casi sin aprender nada, y sólo empezaban a estudiar más o menos en las dos últimas clases; ahora, en cambio, las clases inferiores trabajaban con provecho. El estado moral vino a ser muy distinto de lo que había sido algunos años antes; los entretenimientos orientales eran mirados con repugnancia, y una o dos veces que se pretendió volver a lo pasado, se produjeron escándalos que llegaron hasta los salones de San Petersburgo. Girardot fue despedido; sólo se le permitió conservar su departamento de soltero en el edificio del cuerpo; y después lo veíamos a menudo, envuelto en su larga capa militar, paseándose solo y sumido en profundas meditaciones; entristecido, supongo, no pudiendo por menos de condenar el nuevo espíritu que se apoderaba rápidamente del Cuerpo de pajes.

II

En toda Rusia la gente no hablaba más que de instrucción; tan pronto como se concertó la paz en París, y la severidad de la censura se relajó un poco, todo lo referente a la educación fue objeto de vivas discusiones. La ignorancia de las masas; los obstáculos con que habían tropezado los amantes de la instrucción; la falta de escuelas en los distritos rurales, lo anticuado de los sistemas de enseñanza y los medios para remediar estos males, vinieron a ser los temas favoritos de discusión en los círculos de las personas cultas, en la prensa, y aun en los salones de la aristocracia. La primera escuela superior para las jóvenes se abrió en 1857, con un plan de estudios excelente y con un claustro brillante de profesores. Como por arte mágico aparecieron muchas personas de ambos sexos, quienes no sólo se habían dedicado por entero a la educación, sino que asimismo demostraron ser pedagogos notablemente prácticos; sus obras ocuparían un puesto de honor entre la literatura de cualquier país civilizado, si fueran conocidas en el exterior.

El Cuerpo de pajes sintió también los efectos de ese renacimiento; con raras excepciones, la tendencia general de las tres clases inferiores era el estudio. El jefe del departamento de educación, el inspector Winkler, un coronel de artillería muy instruido, buen matemático y hombre de ideas progresistas, inauguró un excelente plan para estimular esa tendencia. En lugar de los medianos maestros que anteriormente solían dar cátedra en las clases inferiores, procuró hacerse de profesores de primera; en su opinión, mientras más jóvenes fueran los discípulos, mayor debía ser el talento del instructor. Así que, para la cátedra de álgebra elemental de la clase cuarta, invitó a un matemático de primera fuerza y profesor por temperamento, el capitán Sujónin, y la clase entera se dedicó con entusiasmo a las matemáticas. Ocurrió, dicho sea de paso, que el referido capitán era también tutor del heredero del trono (Nikolai Alexandrovich, que murió a los 22 años), a quien traían una vez por semana a la clase de álgebra del Cuerpo de pajes; pues la emperatriz María Alexandrovna, que era mujer bien educada, creyó que tal vez el contacto con jóvenes estudiosos fuera un estimulo para él. Pero aunque se sentaba entre nosotros y tenía que contestar a las preguntas que le hacían, como todos los demás, como se entretenía por lo general, mientras el maestro explicaba, en hacer dibujos o en hablar con el compañero, no adelantaba mucho; tenía buena índole y un trato agradable; pero era un poco superficial.

Para la clase quinta, el inspector halló el concurso de dos hombres notables. Un día entró en la sala, radiante de alegría, diciéndonos que habíamos tenido mucha suerte; el profesor Klasovsky, hombre de rara erudición, muy versado en el estudio de los clásicos y gran conocedor de nuestra literatura, había consentido en darnos clase de gramática, retórica y poética, siguiendo con nosotros todos los años, al pasar de una clase a otra. Otro profesor de la Universidad, Herr Becker, bibliotecario de la Biblioteca Imperial (nacional), haría lo mismo en alemán, agregando que el profesor Klasovsky estaba algo delicado de salud, pero que tenía la seguridad de que nos conduciríamos con mucho juicio en su clase; pues ya que habíamos tenido la suerte de encontrar semejante maestro, no era posible que la dejáramos malograr.

El inspector había pensado cuerdamente. Fue para nosotros una verdadera satisfacción tener profesores de la Universidad por maestros, y aun cuando surgieron algunas voces de la Kamchatka (en Rusia se da el nombre de esta remota y atrasada península a los últimos bancos de cada clase), recomendando que se mirara con prevención al salchichero, esto es al alemán, la opinión general en nuestra clase era favorable a los profesores.

El salchichero conquistó desde el primer momento nuestras simpatías; era un hombre alto, con una frente ancha y despejada, aspecto bondadoso y mirada inteligente, no desprovista de un ligero tinte de ironía. Al entrar en nuestra clase nos dijo en correcto ruso que pensaba dividimos en tres secciones: la primera la compondrían aquellos que ya conocían el alemán, y a quienes exigiría un trabajo más serio; a la segunda le enseñaría gramática y más tarde literatura, con arreglo al programa establecido; y la tercera, dijo con una sonrisa maliciosa, será la Kamchatka. A éstos, agregó, sólo exigiré que en cada lección copien cuatro renglones que designaré de mi libro, y una vez realizado este trabajo quedarán en libertad de hacer lo que quieran, con tal de que no molesten a los demás, y les prometo que en cinco años conocerán algo el alemán y su literatura. Ahora formemos las secciones.

Cinco o seis niños que no sabían una palabra de alemán, tomaron asiento en la última, copiando asiduamente sus cuatro renglones, que en las otras clases llegaban hasta quince y veinte; y era tanto el acierto de Becker al hacer la elección, y tanto el interés que se tomaba por sus alumnos, que al finalizar los cinco años habían verdaderamente aprendido algo del idioma y su literatura. Yo me uní al primer grupo, tanto había insistido mi hermano Alejandro en sus cartas en que aprendiera el alemán, que poseía tan rica literatura, y a cuyo idioma están vertidas todas las obras de valor, que me dediqué con empeño a su estudio.

Ya traducía y analizaba sin dificultad una página algo trabajosa, en la que se hacía una descripción práctica de una tempestad; aprendí de memoria, según el profesor me había aconsejado, las conjugaciones, los adverbios y las preposiciones, y empecé a leer. Este es un gran método para aprender idiomas; además, Becker me recomendó que me suscribiera a un semanario ilustrado de poco precio, lo que me sirvió de mucho estímulo, con sus grabados e historietas, para leer más o menos, y pronto llegué a dominar el idioma.

Hacia el fin del invierno le pedí a Herr Becker que me prestara el Fausto, de Grethe; había leído una traducción, y también la hermosa novela de Turguéniev, del mismo título, y ahora ardía en deseos de conocer la gran obra en el original. No vais a entenderla; es demasiado filosófica, me dijo con una bondadosa sonrisa; pero me trajo, sin embargo, un librito cuadrado, con las páginas amarillas por el tiempo, que contenía el drama inmortal. Él no sospechaba la infinita satisfacción que la posesión de aquel pequeño volumen me producía. Me deleité con el sentido y la armonía de cada renglón, empezando con los mismos primeros versos de la hermosa dedicatoria ideal, y pronto supe de memoria páginas enteras. El monólogo de Fausto en el bosque, y particularmente los versos en que habla de su modo de comprender la naturaleza:

Erhabenes Geist, du gabst mir, gabst mir alles, warum ich bat. Du hast mir nicht umsonst dein Angesicht in Feuer zugewendet.

Me sumergían en éxtasis profundo, y aun hoy siento su influencia. Cada verso vino gradualmente a convertirse en un querido amigo.

Y además, ¿hay, por ventura, algún placer estético más elevado que leer poesías en una lengua que aun no se domina por completo? El pensamiento aparece envuelto en una especie de ligera gasa que se adapta admirablemente a la poesía; las palabras cuyo trivial significado, cuando uno conoce el idioma a fondo, afectan algunas veces a las imágenes reales que tratan de representar, conservan su sentido puro y elevado, haciendo que la armonía de la composición quede así más fuertemente impresa en el oído.

La primera lección del profesor Klasovsky fue una revelación para nosotros; era un hombre pequeño, como de cincuenta años, de movimientos vivos, con ojos brillantes e inteligentes, una expresión ligeramente sarcástica y la elevada frente de un poeta. Cuando vino a darnos la primera lección, dijo con voz apagada que, habiendo pasado una larga enfermedad, no podía elevar la voz lo suficiente, por lo que nos rogaba que nos acercáramos a él. Dicho esto, aproximó su sillón a la primera fila, y nosotros le rodeamos como un enjambre de abejas.

Había de enseñarnos gramática rusa; pero, en lugar de la aridez de la lección gramatical, oímos algo muy distinto de lo que esperábamos. Era gramática, mas intercalada con comparaciones de dichos populares rusos, con versos de Hornero o del sánscrito del Mahabharata, cuya galanura traducía al ruso; allá, un verso de Schiller se introducía, y era acompañado de alguna sarcástica observación referente a alguna preocupación de la sociedad moderna; aquí, después, se volvía otra vez a la gramática pura, seguida de generalizaciones poéticas y filosóficas.

Claro es que en todo esto había mucho que no comprendíamos, y cuyo sentido más profundo escapaba a nuestra percepción. ¿Pero, acaso lo encantador de todo estudio no estriba en que abre constantemente ante nosotros nuevos e inesperados horizontes, aun no comprendidos, que nos estimulan a continuar, más y más, avanzando en la penetración de lo que a primera vista apareció sólo en sus líneas generales? Unos con las manos apoyadas en los hombros del compañero, otros casi tendidos sobre las mesas de la primera fila, otros de pie detrás del maestro, y todos con la mirada chispeante, estábamos pendientes de sus labios. A medida que su voz se debilitaba al aproximarse el fin de la hora, suspendíamos el aliento para oír mejor. El inspector abrió la puerta de la clase para ver cómo nos conducíamos con el nuevo profesor; pero al notar aquel enjambre inmóvil, se retiró de puntillas para no hacer ruido. Hasta Daurov, carácter inquieto y aturdido, contemplaba a Klasovsky, como diciendo: ¡vaya un hombre!. Hasta von Kleinau, un pobre muchacho circasiano con nombre alemán, de muy cortos alcances, estaba inmóvil en su asiento. En casi todos los demás algo bueno y elevado surgía desde el fondo de sus corazones, como si la visión de un mundo inesperado apareciera ante su vista. Este hombre tuvo sobre mí una gran influencia, que fue creciendo con los años. La profecía de Winkler, de que después de todo me gustaría la escuela, se había cumplido.

En la Europa Occidental, y probablemente también en América, esta clase de profesores no parece ser generalmente muy conocida; pero en Rusia no hay ninguna persona notable en las letras o en la política que no deba el primer impulso hacia un desarrollo superior a su maestro de literatura. En todas las escuelas del mundo debiera haber uno semejante; todos los demás tienen asuntos particulares a su cargo que no se relacionan entre si; sólo el profesor de literatura, guiado por las líneas generales del programa, pero quedando en libertad de tratarlo a su gusto, puede reunir en un lazo común los separados estudios históricos y las humanidades, unificarlos por una amplia concepción filosófica y humanitaria, y despertar ideas e inspiraciones más elevadas en los cerebros y corazones de la nueva generación. En Rusia esa misión necesaria recae de un modo natural en el catedrático de literatura; pues a medida que habla del desarrollo del idioma, del contenido de la primera poesía épica, de la música y cantos populares, y más adelante del teatro moderno, de la literatura científica, política y filosófica de su país y de las diversas corrientes estéticas, políticas y filosóficas que ha reflejado, se ve obligado a ocuparse de esa concepción generalizada del desarrollo del entendimiento humano, que no se encuentra dentro del radio de acción de las materias que se enseñan aisladamente.

Lo mismo debería hacerse también respecto a las ciencias naturales. No basta enseñar física y química, astronomía y meteorología, zoología y botánica; la filosofía de todas las ciencias naturales; una vista general de la naturaleza en su conjunto, algo parecido al primer volumen del Cosmos de Humboldt, hay que dar a conocer al alumno y al estudiante, cualquiera que sea la extensión que se dé en la escuela al estudio de las ciencias referidas. La filosofía y la poesía de la naturaleza, los sistemas de todas las ciencias exactas, y una inspirada concepción de la vida de la naturaleza deben formar parte de la educación. Tal vez el profesor de Geografía pudiera provisionalmente asumir esta función; pero en ese caso se necesitaría una clase muy distinta de maestros de esta asignatura, lo mismo en los colegios que en las Universidades; lo que hoy se enseña bajo ese nombre, será todo lo que se quiera, pero no es Geografía.

Otro maestro conquistó el aprecio de nuestra clase de modo bien distinto. Fue el de escritura, el último del cuerpo de profesores; si los herejes, esto es los maestros alemanes y franceses, eran mirados con poco respeto, el de escritura, Ebert, que era un judío alemán, estaba convertido en un mártir. El conducirse insolentemente con él se consideraba de buen tono entre los pajes. Sólo la miseria podía ser la causa de que no renunciara el cargo. Los antiguos, que llevaban dos o tres años en la clase quinta, sin haber podido pasar adelante, lo trataban muy mal; pero él había transigido con ellos, llegando al acuerdo siguiente: Una broma no más en cada lección, cuyo cumplimiento, por nuestra parte, dejaba algunas veces mucho que desear.

Un día, uno de los más atrasados empapó en tinta la esponja de la pizarra y se la tiró al mártir calígrafo, diciendo al mismo tiempo con una sonrisa estúpida: ¡Toma, Ebert! La esponja le dio a éste en el hombro, salpicándole de tinta la cara y la camisa.

Teníamos la seguridad de que, por lo menos esta vez, Ebert abandonaría la clase e iría a dar parte del hecho al inspector; pero nos equivocamos, porque se contentó con exclamar, al mismo tiempo que sacaba su pañuelo de algodón y se limpiaba la cara: Una broma, caballeros; basta por hoy, agregando a media voz: La camisa se ha manchado, después de lo cual continuó como si tal cosa corrigiendo los cuadernos de los alumnos.

Ante semejante proceder, quedamos estupefactos y avergonzados. ¡Cómo, en vez de dar parte, lo toma con esa resignación! La simpatía de toda la clase se tornó en su favor. Lo que habéis hecho es una estupidez, dijimos a nuestro compañero; es un pobre y le habéis echado a perder la camisa! ¡Qué vergüenza! —gritó otro.

El causante del mal fue en el acto a disculparse. Hay que aprender y aprender, amigo, fue todo lo que contestó Ebert, con voz en que se reflejaba la tristeza.

Después de esto reinó un silencio sepulcral, y al día siguiente como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, escribimos lo mejor posible y le llevamos nuestros cuadernos para que los corrigiera, lo que le causó gran alegría, y aquel día puede decirse que fue feliz.

Este hecho me impresionó profundamente, y jamás se ha borrado de mi memoria. Siempre le estaré agradecido a tan notable hombre por aquella lección.

Con nuestro maestro de dibujo, que se llamaba Ganz, nunca pudimos vivir en buena armonía. Él siempre daba cuenta de los que jugaban en la clase; lo que en nuestro concepto estaba mal, pues su proceder distaba mucho de ser correcto. Durante la clase, apenas se ocupaba de nosotros y pasaba el tiempo enmendando los dibujos de aquellos que repasaban con él, o le pagaban algo, para poder presentar un buen dibujo en los exámenes y obtener una nota de primera; contra los que así procedían no teníamos queja alguna; por el contrario, hallábamos muy natural que los que no tenían capacidad para las matemáticas o memoria para la geografía, no pudiendo aspirar a notas elevadas en estas materias, trataran de mejorar su situación pidiéndole al maestro un dibujo o un mapa topográfico que les asegurara el premio ante todo. Sólo de parte de los dos primeros alumnos de la clase se hubiera visto mal el acudir a tales procedimientos; en cuanto a los demás, podían hacerlo con tranquilidad de conciencia. Pero el maestro no debía emplear la hora de clase en ese trabajo, y ya que lo hacía, le tocaba sufrir con resignación las faltas de sus discípulos. En vez de hacerlo así, no se pasaba día sin que dejara de quejarse, y cada vez parecía más arrogante.

En cuanto pasamos a la clase cuarta y nos encontramos en un terreno más firme, tratamos de apretarle las clavijas. Vosotros tenéis la culpa —nos decían los mayores— de que se dé tanto tono con vosotros; nosotros lo teníamos atado corto. Por cuya razón decidimos hacer lo mismo que habían hecho ellos.

Un día, dos excelentes compañeros de clase se acercaron a Ganz con un cigarrillo en la boca y le pidieron fuego. Claro es que sólo se trataba de una broma, pues nadie había pensado en fumar allí, y según la regla establecida, el maestro no debiera haber hecho más que despedirlos aquel día de la clase; pero en lugar de hacer esto, los inscribió en el parte diario y fueron castigados con gran severidad. Esta fue la gota que hizo derramar el vaso: decidimos darle una serenata; lo cual quería decir que, en un momento dado, toda la clase, provista de reglas prestadas por los superiores, armaría un ruido espantoso pegando contra las mesas, hasta hacer que el maestro se fuera de la clase. Esto, sin embargo, no se hallaba exento de dificultades. Teníamos en nuestra clase un cierto número de gente floja que, a pesar de prometer tomar parte en la demostración, era fácil que a última hora no pudiera dominar los nervios y se echara atrás, dejando a los demás comprometidos; en tales empresas la unanimidad es todo, pues el castigo, cualquiera que sea su índole, es siempre más ligero al recaer en la clase entera que cuando afecta a un número determinado.

La dificultad se resolvió con arte verdaderamente maquiavélico: a una señal dada, volviendo todos la espalda al maestro y golpeando con las reglas en los bancos de los vecinos, se conseguiría el fin deseado; de este modo se evitaría que aterrase a los débiles la mirada de aquél. ¿Pero quién daba la señal? Un silbido, como en los cuentos de bandidos, un grito o un estornudo no nos sacaban del apuro; podía muy bien fijarse en cualquiera que hubiese empleado tal recurso. La señal debía ser silenciosa: uno de los que mejor dibujaban debía llevar su trabajo a Ganz, y cuando volviera a su sitio, entonces estallaría la tormenta.

Todo salió a pedir de boca: Nesadov presentó su dibujo, y el otro se lo corrigió en pocos minutos, que nos parecieron una eternidad; al fin volvió a su puesto, quedó un momento mirándonos y se sentó... La clase entera se volvió de espaldas, y las reglas menudean sus golpes en los bancos, en tanto que algunos gritaban en medio del alboroto: ¡Fuera Ganz, fuera con él! El escándalo era mayúsculo; todas las clases se enteraron de que al maestro de dibujo le habían dado una serenata. Él se puso de pie, murmuró algo y concluyó por marcharse. Entró en la clase un oficial, pero no por eso se interrumpió el jaleo; después entro el subinspector, y el inspector tras él: en el acto se suspendió el ruido y empezaron las reprensiones.

¡Los mayores quedan desde este momento arrestados! ordenó el inspector; y a mí, que era el primero de la clase, y por consiguiente el mayor, me llevaron al calabozo obscuro, lo cual me evitó ver lo que vino después. Se presentó el director: solicitó de Ganz que designara las cabezas de motín, pero no pudo hacerlo. Todos me volvieron la espalda, y comenzó el escándalo, fue su contestación. Inmediatamente se condujo la clase abajo, y a pesar de que los castigos corporales estaban completamente desterrados de nuestra escuela, esta vez, a los dos que se había castigado antes por pedir fuego al maestro, los azotaron con la vara de abedul, bajo el pretexto de que la serenata fue una venganza por su castigo. Esto lo supe diez días después, cuando se me permitió volver a clase: mi nombre, que había sido inscrito en el encerado rojo de la clase, destinado a los distinguidos, fue borrado de él, lo que me tuvo sin cuidado; no así los diez días de calabozo, sin libros, que me parecieron interminables, y en los que compuse, en versos horribles, un poema en que los altos hechos de la clase cuarta eran debidamente glorificados.

Como era de esperar, nuestra clase vino a ser la heroína de la escuela; durante un mes entero tuvimos que relatar una vez y otra, a las demás clases, todo lo referente al particular, recibiendo felicitaciones por lo bien que se había manejado el asunto, evitando que ninguno incurriera en responsabilidad. Como castigo, se nos prohibió ir a casa los domingos, lo que duró hasta Navidad; pero como estábamos todos reunidos, lo pasábamos alegremente. Las mamás de los niños buenos les traían dulces en abundancia, y los que tenían dinero lo empleaban en multitud de pasteles, en tanto que, por la noche, los amigos de las otras clases traían de contrabando grandes cantidades de fruta para la heroica clase cuarta.

Ganz no volvió a dar parte de ninguno más; pero nosotros no aprendimos a dibujar tampoco. Nadie quería recibir lecciones de semejante hombre.

Mi hermano Alejandro estaba en aquella época en Moscú, en un cuerpo de cadetes, y manteníamos una activa correspondencia. Mientras estuve con la familia, esto era imposible, porque nuestro padre consideraba como una prerrogativa el leer todas las cartas dirigidas a casa, y pronto hubiera puesto coto a toda correspondencia que no tuviera un carácter trivial. Ahora éramos libres para discutir en nuestras cartas lo que mejor nos pareciese; no había más dificultad que la falta de dinero para el franqueo; pero pronto aprendimos a escribir tan menudo y apretado que lo que conseguíamos meter en una sola cara era extraordinario. Alejandro, que tenía una hermosa letra, logró incluir cuatro páginas impresas en una sola carilla, y sus líneas microscópicas se leían con la misma claridad que si fueran impresas. Es lamentable que estas cartas, que él guardaba como preciosos recuerdos, hayan desaparecido; la alta policía, en una de sus razzias, le robó hasta aquello que era para él de tanto aprecio.

Nuestras primeras cartas casi no se ocupaban más que de los pequeños detalles referentes a mi nueva situación; pero pronto tomó nuestra correspondencia un carácter más elevado. Mi hermano no podía escribir sobre nimiedades; incluso en las reuniones de sociedad no lograba animarse sino cuando se entablaba alguna seria discusión, y se quejaba de sentir un pesado dolor en el cerebro —un dolor físico, según acostumbraba a decir— cuando se hallaba entre gente que sólo hablaba de cosas insignificantes. Me aventajaba mucho en desarrollo intelectual, y me impulsaba hacia adelante, presentando nuevas cuestiones científicas y filosóficas, unas después de otras, y aconsejándome lo que debía leer o estudiar. ¡Qué suerte ha sido para mí tener un hermano semejante! Un hermano que, además, me quería con delirio, y a quien debo la mayor parte de mi desarrollo intelectual. Algunas veces solía aconsejarme que leyera poesías, y me enviaba con sus cartas muchos versos y poemas enteros que sabía de memoria. Lee poesía, escribía, ¡ella hace a los hombres mejores! ¡Cuántas veces, durante mí existencia, he podido apreciar la verdad de semejante afirmación! El era indudablemente poeta, y tenía una asombrosa facilidad para escribir versos muy armoniosos. Creo, en verdad, que fue una desgracia que abandonase la literatura; pero la reacción contra las artes que se despertó entre la juventud rusa en los primeros años que siguieron al 60, y que Turguéniev ha pintado en Bazarov (Padres e hijos), le indujo a mirar los versos con desprecio y a dedicarse por entero a las ciencias naturales. Debo manifestar, sin embargo, que mi poeta favorito no era ninguno de aquellos que su estro poético, su oído delicado y sus inclinaciones filosóficas le hacían preferir. Su poeta ruso predilecto era Venevítinov, mientras que el mio era Nekrásov, cuyos versos se hallaban a menudo faltos de armonía, pero llenos de sentimientos a favor del explotado y oprimido.

Uno debe proponerse algo durante su vida, me escribía una vez. Sin un objetivo, sin una aspiración, la vida nada representa. Y me exhortaba a proponerme algo por lo que valiera la pena vivir. Yo era entonces demasiado joven para encontrar lo que me indicaba; pero alguno bueno, aunque vago e indeterminado, surgió a impulsos de tal llamamiento, por más que yo no pudiera, sin embargo, decir lo que ese bien llegaría a ser.

Nuestro padre nos daba poco dinero para nuestros gastos, y jamás tuve lo suficiente para comprar un solo libro; pero como Alejandro recibía algunos rublos de alguna tía, jamás gastaba lo más mínimo en divertirse, sino que compraba un libro y me lo remitía. No obstante, era opuesto a lecturas insípidas. Siempre ha de tenerse algo que preguntar al libro que se va a leer, decía. Yo, sin embargo, no podía entonces dar a esa observación toda la importancia que merecía, y no puedo pensar ahora sin asombro en el gran número de libros, con frecuencia de un carácter especial, que leí sobre todas las materias, y en particular referentes a Historia. No perdí mi tiempo en leer novelas francesas, puesto que Alejandro, años antes, las había condenado todas en esta sola sentencia: Son estúpidas y de mal género.

Los grandes problemas concernientes a la concepción que nos debíamos formar del universo —nuestro Weltanschaung, como dicen los alemanes— eran, como es de suponer, el asunto dominante en nuestra correspondencia. En nuestra infancia nunca habíamos sido religiosos, pues aunque nos llevaban a la iglesia, en las rusas de las pequeñas parroquias y en los pueblos la solemne actitud de los fieles es más impresionante que la misa misma. De todo lo que jamás oí en el templo, sólo dos cosas me afectaron: los doce pasajes tomados de los Evangelios, relativos a la pasión de Cristo, que se leen en Rusia en los oficios nocturnos del Jueves Santo, y la breve oración condenando el espíritu de dominación, que se recita durante la gran Cuaresma, la cual es verdaderamente hermosa, a causa de su sencillez, naturalidad y delicadeza de sentimientos. Púshkin la ha puesto en versos rusos.

Más adelante, en San Petersburgo, fui varias veces a una iglesia católica; pero el carácter teatral del culto y la ausencia de todo sentimiento, me chocó, tanto más cuanto que vi allí con qué fe tan cándida algún soldado polaco retirado o alguna aldeana rezaban en algún apartado rincón. También fui a una protestante; pero, al salir de ella, vinieron, a pesar mio, a mi memoria, estos versos de Goethe:

Bewunderung von Kindern und Affen
Wenn euch darnach der Gaumen steht;
Doch werdet ihr nie Herz zu Herzen schaffen,
Wenn es euch nicht vom Herzen geht.

Alejandro, entretanto, había abrazado con su natural entusiasmo la fe luterana, leído el libro de Michelet sobre Servet, y construido para su uso particular una religión, tomando como tipo esa gran figura. Estudió con marcada predilección la declaración de Augsburgo, que copió y me remitió, viéndose entonces nuestras cartas llenas de discusiones sobre la gracia, y de textos de los apóstoles Pablo y Santiago. Aunque seguí a mi hermano por ese camino, las discusiones teológicas no llegaron a interesarme demasiado, y desde que me repuse de la fiebre tifoidea me dediqué a un género de lectura muy diferente.

Nuestra hermana Elena, que ya estaba casada, se encontraba en San Petersburgo, y todos los sábados por la noche iba yo a visitarla. Su marido tenía una buena biblioteca, en la que los filósofos franceses del siglo pasado y los historiadores modernos del mismo país se hallaban bien representados, y en ellos puede decirse que me sumergí; esos libros estaban prohibidos en Rusia, e indudablemente no se podían llevar al colegio, por cuya razón pasaba todas aquellas noches leyendo las obras de los enciclopedistas, el diccionario filosófico de Voltaire, los escritos de los estoicos, especialmente Marco Aurelio y otros. La infinita inmensidad del universo, la grandeza de la naturaleza, su poesía, su vida, que se manifiesta en todas partes, me impresionaban cada vez más, y esa vida incesante y armónica me produjo el éxtasis de admiración que la juventud acaricia, en tanto que mis poetas favoritos me ofrecían el modo de expresar en palabras ese naciente amor a la humanidad y la fe en su progreso, que tan importante papel representan en la primavera de la vida, acompañando luego al hombre mientras dura aquélla.

Alejandro, entretanto, había llegado gradualmente a un agnosticismo kantiano, y la relatividad de las percepciones, percepciones en tiempo y en espacio, o tiempo solo, y así por el estilo; y otras ideas llenaban nuestras cartas, cuya letra se hacía más y más microscópica a medida que la materia discutida crecía en importancia. Pero ni entonces ni después, cuando acostumbrábamos a pasar horas y horas discutiendo la filosofía de Kant, pudo mi hermano convertirme en un discípulo del filósofo de Konigsberg.

Las ciencias naturales —esto es matemáticas, física, química y astronomía— eran mis principales estudios. En el año 1858, antes de que Darwin hubiera dado a luz su inmortal libro, un profesor de zoología de Moscú, llamado Roulier, publicó tres conferencias sobre transformismo, y mi hermano aceptó desde luego sus ideas respecto a la variabilidad de las especies. Pero no hallándose satisfecho, sin embargo, con pruebas aproximadas, empezó a estudiar una serie de libros especiales que trataban de la herencia y lo que con ella se relaciona, comunicándome en sus cartas los hechos más culminantes, así como sus vacilaciones y sus ideas. La aparición de El origen de las especies no resolvió sus dudas sobre determinados puntos, sino que, provocando otras nuevas, le sirvió de estímulo para continuar sus estudios. Nosotros discutimos después —y esa discusión duró muchos años— varias cuestiones relativas al origen de las variaciones y sus probabilidades de ser transmitidas y acentuadas; en fin, esas cuestiones que han sido el tema, muy recientemente, de la controversia entre Weismann y Spencer, de las investigaciones de Galton y de las obras de los modernos neo-lamarckianos. Debido a sus buenas disposiciones críticas y filosóficas, Alejandro había notado desde luego la importancia fundamental de estas cuestiones para la teoría de la variabilidad de las especies, a pesar de que entonces muchos naturalistas no les daban importancia todavía.

Debo mencionar también una excursión temporal en el campo de le economía política. En los años 1858 y 1859 todo el mundo en Rusia hablaba de economía política: las conferencias sobre libre cambio y derechos fiscales atraían a grandes multitudes, y mí hermano, que no estaba por completo absorto en lo que a la variabilidad de las especies se refería, tomó un vivo aunque pasajero interés en los asuntos económicos, mandándome, para que la leyera, la Economía política de Say. De ella sólo leí algunos capítulos: los aranceles y las operaciones bancarias no me interesaban en lo más mínimo; pero Alejandro tomó esas cuestiones tan a pecho, que hasta llegó a escribir a nuestra madrastra, tratando de interesarla en el intrincado laberinto de los derechos de Aduanas. Cuando después, en Siberia, leíamos las cartas de aquella época, nos reíamos de veras al tropezar con alguna en la que él se quejaba de la incapacidad de nuestra madrastra, quien se mostraba indiferente ante cuestiones de tal trascendencia, y tornaba contra un almacenero al que detuvo en la calle y ¿lo creeréis? —decía entre signos de admiración— ¡a pesar de ser comerciante, afectaba una estúpida indiferencia por las cuestiones arancelarias!

III

Todos los veranos llevaban como una mitad de los pajes a un campamento de Peterhof: de esto se dispensaba a las últimas clases, y yo pasé los dos primeros veranos en Nikólskoie. El salir de la escuela, el tomar el tren para Moscú, y encontrar allí a Alejandro, eran cosas tan halagüeñas para mí, que nunca dejaba de contar los días que habían de pasar hasta llegar el momento deseado. Pero en una ocasión me aguardaba en Moscú una desagradable sorpresa: Alejandro no había sido aprobado en los exámenes, y tenía que pasar otro año en la misma clase. Verdaderamente era demasiado joven para entrar en las clases especiales; pero nuestro padre, sin embargo, se incomodó con él y no consintió que nos viéramos. Esto me entristeció sobremanera: ya habíamos dejado de ser niños y teníamos un sin fin de cosas que contarnos. Intenté obtener permiso para ir a casa de nuestra tía Sulima, donde tal vez hubiera podido ver a Alejandro; pero se me negó en absoluto. Desde que nuestro padre se volvió a casar nunca se nos permitía ver a nuestros parientes maternos.

Aquella primavera nuestra casa de Moscú estaba llena de invitados. Todas las noches los salones de recepción se inundaban de luz, la música tocaba, el repostero no paraba de hacer helados y pastas, y en el gran salón se jugaba a los naipes hasta bien entrada la noche. Yo vagaba sin objeto a través de aquellas salas tan brillantemente iluminadas, y me sentía disgustado.

Una noche, después de las diez, un criado me llamó por señas, diciéndome después que saliera al patio. Fui allí, y el antiguo mayordomo Frol me dijo a media voz:

— Ven a casa de los cocheros; Alejandro Alexeievich está aquí.

Atravesé el patio corriendo y subí volando el tramo de escalera que conducía a la habitación referida, entrando en un amplio local alumbrado por una luz incierta, donde, sentado junto a la gran mesa del comedor de los criados, vi a Alejandro.

— Querido Sasha, ¿cómo has venido? —le dije; y en el acto nos abrazamos fuertemente sin poder articular palabra; de tal modo nos hallábamos emocionados.

— ¡Vamos, vamos, que podrían oíros! —dijo la cocinera de la servidumbre, Praskovia, enjuagándose las lágrimas con su delantal, y agregando después—: ¡Pobres huérfanos! ¡Si al menos viviera vuestra madre!

El viejo Frol permanecía de pie con la cabeza inclinada y también con los ojos humedecidos.

— Mira, Petia, ni una palabra a nadie, a ninguno —dijo, en tanto que Praskovia puso en la mesa un jarro de barro, lleno de caldo para Alejandro.

El, rebosando salud, bajo su uniforme de cadete, había empezado a hablar de un sin fin de cosas, bebiéndose al mismo tiempo lo que el jarro contenía. Apenas pude conseguir que me refiriera cómo había podido venir a hora tan avanzada. Nosotros vivíamos entonces cerca del boulevard Smolensky, muy próximo a la casa donde murió nuestra madre[1] y la escuela de cadetes se encontraba en la parte opuesta de los alrededores de la ciudad, a ocho kilómetros, por lo menos, de distancia.

Había hecho un bulto con las ropas de la cama y lo había colocado bajo las sábanas; después se fue a la torre, se descolgó por una ventana, salió sin que se dieran cuenta, y vino andando todo el camino.

— ¿No tenías miedo de noche en los campos desiertos que rodean al colegio? —le pregunté.

A lo cual contestó:

— ¿Qué tenía que temer? Sólo los perros me embestían; verdad que yo mismo los achuchaba; mañana no me vendré sin la espada.

Los cocheros y otros sirvientes entraban y salían; suspiraban al vernos, y se sentaban algo distanciados de nosotros hablando a media voz para no molestarnos; mientras nosotros dos, con los brazos entrelazados, estuvimos allí sentados hasta le media noche, hablando de las nebulosas y de la hipótesis de Laplace, de la estructura de la materia, las luchas del papado bajo Bonifacio VIII con el poder imperial, y otras cosas por el estilo.

De cuando en cuando, alguno de los criados entraba precipitadamente, diciendo:

— Petinka, vete a que te vean en el salón; están en movimiento y pudieran preguntar por ti.

Le supliqué a Sasha que no volviera a la noche siguiente; pero, sin embargo, vino, no sin haber tenido una ligera escaramuza con los perros, contra los cuales había hecho uso de la espada. Cuando, más temprano que el día anterior, me llamaron para ir a la casa de los cocheros, acudí presuroso. Alejandro había hecho parte del camino en carruaje: la noche antes, uno de los criados le trajo lo que le habían dado los jugadores, suplicándole que lo aceptara; él tomó lo preciso para alquilar un coche, y de ese modo pudo venir antes de la hora en que lo hizo en la primera visita.

Pensaba volver también a la noche siguiente; pero había motivos para temer que pudiera ser peligroso para los sirvientes, y decidimos despedirnos hasta el otoño; una pequeña nota oficial me dio a conocer al siguiente día que sus salidas nocturnas habían pasado inadvertidas. ¡Qué terrible hubiera sido el castigo, si se llegan a descubrir! Horroriza pensar en eso: azotado ante el cuerpo, hasta ser conducido en una manta sin conocimiento, y después degradado y enviado a un batallón de hijos de soldados; todo era posible en aquel tiempo.

Lo que los criados hubieran sufrido por habernos ocultado, si la noticia llegaba a oído de nuestro padre, hubiera sido igualmente espantoso; pero ellos sabían guardar el secreto y no delatarse unos a otros. Todos tuvieron conocimiento de las visitas de Alejandro; pero ninguno dijo una palabra a la familia: ellos y yo éramos los únicos de la casa que teníamos conocimiento del hecho.

IV

Aquel mismo año di mis primeros pasos como investigador de la vida del pueblo, lo que me aproximó a nuestros labriegos, permitiéndome verlos bajo un aspecto distinto, y más tarde me fue de gran utilidad en Siberia.

Todos los años, en julio, el día de la Santa Virgen de Kazán, que era la patrona del pueblo, se celebraba una feria muy regular en Nikólskoie. Acudían vendedores de todas las poblaciones inmediatas, y muchos miles de aldeanos venían hasta de diez leguas a la redonda, dando a nuestro pueblo, durante un par de días, un aspecto muy animado. Una notable descripción de las ferias de pueblos del Sur de Rusia (Ucrania), se había publicado aquel año por el eslavófilo Aksákov, y mi hermano, que se hallaba entonces en la cúspide de su entusiasmo económico-político, me aconsejó que hiciera un trabajo análogo respecto a nuestra feria, acompañado de datos estadísticos, incluyendo en éstos las cantidades de artículos entrados y salidos. Seguí sus indicaciones, y, con gran sorpresa mía, vi que obtuve un feliz resultado; mis apreciaciones y datos no eran menos dignos de crédito, según lo que he podido ver después, que los de la misma índole que se encuentran en las obras de estadística.

Nuestra feria sólo duraba un poco más de veinticuatro horas. La víspera, el gran espacio libre donde se efectuaba, se encontraba lleno de vida y animación. Largas filas de mostradores, destinados a la venta de telas de algodón, cintas y adornos de todas clases, de los que usan las aldeanas, se levantaban por doquiera. El restaurante, que era un edificio construido de piedra, se cubría de mesas, sillas y bancos, y su suelo se alfombraba de menuda arena. Aparecían tres tabernas, a cuyas puertas ramas de retama recién cortadas, colocadas en lo alto de un palo que se elevaba a mucha altura, servían para llamar desde lejos la atención de los campesinos. Hilera tras hilera de mostradores más pequeños, destinados a la venta de loza, calzado, objetos de piedra, pan de jengibre y toda clase de menudencias surgían como por encanto, mientras que en un lugar determinado del terreno se hacían excavaciones para colocar inmensos calderos, en los que se hervían el mijo y otras semillas por fanegas, y carneros enteros, para proporcionar a los miles de visitante schi y kasha (sopas y caldos). Por la tarde, los cuatro caminos que conducían a la feria se hallaban bloqueados por centenares de carros y carretas, y pilas de cacharrería, barricas de brea, granos y ganado, se presentaban a la venta a ambos lados de aquéllos.

Esa noche se celebraba en nuestra iglesia el servicio religioso con gran solemnidad. Los curas de los pueblos inmediatos tomaban parte en él, y sus sochantres, reforzados por algunos jóvenes forasteros, cantaban en el coro con tal arte como pudiera hacerse en una catedral. La iglesia estaba completamente llena, y las gentes oraban con fervor; los feriantes rivalizaban entre sí en cuanto al número y dimensiones de las velas de cera que encendían ante los altares, como ofrendas a los santos de la localidad, interesándolos en el buen éxito de su empresa; y como la concurrencia era tan grande que no permitía a los que se hallaban a lo último de la iglesia llegar hasta el altar, desde allí se enviaban, haciéndolos pasar de mano en mano, velas y cirios de todas clases, blancos y amarillos, pequeños y grandes, según la posición del que los ofrecía, diciendo al mismo tiempo: Para la Santa Virgen de Kazán, nuestra patrona; para San Nicolás el milagroso; para San Frol y San Lavr (los santos de los caballos, lo cual procedía de los que tenían esos animales en venta); o simplemente para los santos, sin meterse en más rodeos.

Una vez terminada la función religiosa, empezaba la anteferia, y era llegado el momento de que me dedicara por completo a mi misión de preguntar a centenares de personas por el valor de los artículos que traían. Y con gran sorpresa mía salí del paso sin dificultad. Por supuesto, que también a mí me hacían algunas preguntas: ¿Por qué hacéis esto? ¿No será para el viejo príncipe, quien tal vez pretenda subir los derechos del mercado? Pero la seguridad de que el viejo príncipe no sabía ni quería saber nada sobre el particular (él lo hubiera considerado como una ocupación poco digna), desvanecía desde luego todas las dudas. Pronto aprendí el mejor modo de interrogar, y después de tomar seis tazas de té en el restaurante con algún feriante (¡qué horror, si mi padre lo hubiera sabido!), todo marchaba a pedir de boca. Vasili Ivanov, el corregidor de Nikólskoie, un aldeano de aspecto arrogante, de rostro simpático e inteligente y hermosa barba rubia, se interesó por mi trabajo. Si te conviene para tus estudios, realízalo; después nos dirás la ventaja que te ha reportado, fue su conclusión, y le dijo a la gente que no había mal en ello.

En una palabra, lo importado se determinó con facilidad; pero al día siguiente las ventas ofrecieron algunas dificultades; en particular en los vendedores de géneros, quienes ni ellos mismos sabían aún lo que habían vendido. El día de la feria las jóvenes aldeanas invadían las tiendas por completo; después de vender cada una la tela que ella misma había tejido, procuraba comprar algún algodón estampado y un buen pañuelo para ella, otro de color para el marido, tal vez algún encaje, una o dos cintas y una multitud de menudencias para la abuela, el abuelo y los niños que habían quedado en casa. En cuanto a los que vendían loza, bollos de jengibre, ganado o cáñamo, desde luego manifestaban lo realizado, especialmente las mujeres de edad. ¿Se ha hecho buen negocio, abuelita? solía yo preguntar, y ella respondía: No tengo motivo de queja, hijo mio. ¿Por qué había de ofender a Dios? Casi todo se ha vendido. Y con todas esas insignificancias se formaron cantidades importantes en mi libro de Memorias. Un punto quedaba por resolver: había un gran espacio destinado a muchos centenares de aldeanas que, expuestas a los ardientes rayos del sol, ofrecía cada una un pedazo de tela tejida por ella misma, algunos de verdadero mérito. Bastantes compradores, con caras de gitanos y miradas de tiburón, circulaban entre la multitud haciendo adquisiciones. De estas ventas sólo se pudo hacer un cálculo aproximado, con la ayuda de Vasili Ivanov.

En aquel tiempo no reflexioné sobre el alcance de este trabajo; su buen resultado me bastaba para estar satisfecho. Pero el verdadero buen sentido y recto criterio del campesino ruso, de que fui testigo durante ese par de días, dejaron en mi ánimo una impresión profunda. Más adelante, cuando propagábamos las doctrinas socialistas entre los agricultores, me maravillaba que algunos de mis amigos, que al parecer habían recibido una educación más democrática que yo, no supieran hablar a los aldeanos o a los trabajadores de las fábricas de los distritos rurales. Procuraban imitar el modo de expresarse de la gente de campo, introduciendo en su lenguaje una profusión de las llamadas frases populares, pero el resultado era negativo.

Nada de esto se necesita para comunicarse con ellos, ya sea por palabra o por escrito. El campesino ruso entiende perfectamente el lenguaje del hombre ilustrado, con tal de que no se halle impregnado de voces tomadas de idiomas extranjeros. Lo que él no comprende es la noción abstracta, cuando no va acompañada de ejemplos concretos, pero yo sé por experiencia, que si se le habla al labriego ruso can claridad, partiendo de hechos concretos —y otro tanto puede decirse de los aldeanos de todas las naciones—, no hay generalización que, partiendo del campo de la ciencia social o natural, no se pueda poner al alcance de un hombre de una inteligencia corriente, si el que la expone la ha comprendido bien. La principal diferencia entre el hombre educado y el que no lo es, puede decirse que no es otra sino la imposibilidad en que se halla el último de seguir una serie de conclusiones. Se hace cargo de la primera y tal vez de la segunda; pero a la tercera se encuentra fatigado si no ve claramente el punto hacia el cual se dirige el que habla. Mas tal dificultad se presenta a menudo también, aun tratándose de personas cultas.

Una impresión más saqué de aquel trabajo de mi juventud, impresión que no formulé sino después, y que probablemente sorprenderá a muchos lectores. Me refiero al espíritu de igualdad, que está altamente desarrollado en el campesino ruso, y en verdad en la población rural de todas partes. El aldeano ruso es capaz de demostrar una obediencia servil al señor territorial o al agente de palacio; se inclinará ante su voluntad de un modo expresivo; pero no los considerará como hombres superiores; y si poco después el uno o el otro le habla del heno o de otra cosa por el estilo, le contestará como de igual a igual. Jamás vi en el campesino ruso ese servilismo, convertido en una segunda naturaleza, con que un empleado habla a otro de más elevado rango, o un lacayo a su amo. Es verdad que se somete a la fuerza fácilmente; pero no le rinde culto.

Aquel año volví de Nikólkoie a Moscú de una nueva manera. No existiendo entonces ferrocarril entre Kaluga y Moscú, había un hombre, llamado Koziól, que mantenía en comunicación las dos poblaciones, por medio de unos coches de mala muerte. La familia nunca pensó hacer uso de ellos teniendo sus vehículos propios; pero cuando mi padre, a fin de ahorrarle a mi madrastra un viaje de ida y vuelta, me propuso, medio en broma, que fuera solo en uno de esos coches, acepté con placer el ofrecimiento.

La mujer de un traficante, ya de edad y muy gruesa, y yo, ocupábamos los asientos posteriores, y un artesano, al parecer, ocupaba los anteriores; éramos los únicos viajeros. Por el camino fui muy divertido; primero, por viajar solo (aun no tenía los diez y seis años), y después, porque la mujer referida, que había traído para un viaje de tres días una cesta colosal de provisiones, me obsequió mucho, ofreciéndome de todo. Los detalles de las jornadas fueron deliciosos. Lo ocurrido una tarde, especialmente, permanece vivo en mi memoria: llegamos a uno de los pueblos grandes y paramos en una posada. La compañera de viaje pidió una habitación para ella, y yo salí a la calle caminando a la ventura. Una casita blanca, en la que se servía de comer, pero no bebidas alcohólicas, llamó mi atención y entré en ella. Muchos aldeanos, sentados en torno de pequeñas mesas cubiertas de blancas servilletas, tomaban el té; yo seguí su ejemplo.

Allí todo resultaba nuevo para mí. Era un pueblo de campesinos de la Corona; esto es, gentes que no habían sido siervos y disfrutaban de un relativo bienestar, tal vez debido al tejido a mano que cultivaban como industria doméstica. Conversaciones serias y reposadas, interrumpidas aquí y allá por franca risa, se mantenían entre los concurrentes, y después de las fórmulas de introducción usuales, pronto me vi enredado en una conversación con una docena de aldeanos sobre el estado de la cosecha en nuestra finca y otro sin fin de cosas. Deseaban saber todo lo referente a San Petersburgo, y particularmente lo relativo al rumor de la abolición de la servidumbre. Un sentimiento de amor hacia la sencillez y las relaciones naturales de igualdad, así como la buena voluntad y simpatía que he sentido siempre después al hallarme entre los aldeanos o en sus casas, se despertaron en mí en aquella casa de comidas. Nada extraordinario ocurrió en esa noche; así que hasta pongo en duda que el incidente sea digno de mención, y sin embargo, aquella noche calurosa y obscura en el pueblo, aquella pequeña posada, aquella conversación de los campesinos y el vivo interés que demostraron por un sin fin de cosas que se hallaban mucho más allá de lo que constituía el objeto corriente de sus preocupaciones, han hecho aquella pobre casita blanca más atractiva para mí, desde entonces, que el mejor restaurante del mundo.

V

Tiempos tormentosos vinieron para nuestra escuela. Cuando Girardot fue reemplazado, su puesto lo ocupo uno de nuestros oficiales, el capitán B. Era más bien de buen carácter que malo; pero se le metió en la cabeza que no era tratado por nosotros con el respeto correspondiente a la alta posición que ahora ocupaba, e intentó imponemos mayor consideración hacia él. Empezó lidiando por todo con la clase primera, y —lo que en nuestra opinión era aún peor— intentó destruir nuestras libertades, cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, y que, insignificantes en si, eran; tal vez por eso mismo, más apreciadas por nosotros.

El resultado de todo esto fue que durante varios días la escuela estuvo en completa rebelión, que terminó en castigos generales, y en la expulsión del cuerpo de dos de los pajes favoritos. Luego el referido capitán empezó a intervenir en la hora que pasábamos todas las mañanas en la clase, preparando nuestras lecciones antes de que llegaran los profesores. Allí nos considerábamos bajo la autoridad de éstos y no de los militares, por lo cual aquello nos causó mucho disgusto; y un día yo expresé en alta voz nuestro descontento, diciéndole que aquel puesto era el del inspector de las clases, no el suyo. Aquella franqueza me costó varias semanas de arresto, y tal vez hubiera sido expulsado de la escuela, a no haber sido porque el mismo inspector, su ayudante, y hasta nuestro viejo director, juzgaron que, después de todo, no había hecho más que decir con la boca lo que ellos decían con el pensamiento.

No bien terminados estos trastornos, la muerte de la emperatriz, viuda de Nicolás I, interrumpió de nuevo nuestro trabajo.

El entierro de las testas coronadas se hace siempre de tal modo, que impresione profundamente a las masas. El cadáver de la emperatriz fue traído desde Tsárskoie Seló, donde había muerto, a San Petersburgo, y aquí, seguido de la familia imperial, todos los altos dignatarios del Estado y muchos miles de funcionarios y corporaciones, y precedido de centenares de curas y coristas, se le condujo desde la estación del ferrocarril, a través de las calles principales, a la fortaleza de Petropavlovsk, donde tenía que estar de cuerpeo presente varias semanas. Cien mil hombres de la guardia habían sido colocados a lo largo de la carretera y miles de personas, vestidas con los más vistosos uniformes, precedían, acompañaban, seguían al féretro, formando solemne procesión. En todos los cruces de calles importantes se entonaban responsos; y entonces, al doblar las campanas en las torres de las iglesias, las voces de los coros, y los acordes de las bandas militares, se unían de un modo bien expresivo, como para hacer creer a las gentes que la inmensa multitud se hallaba verdaderamente de duelo por la pérdida de la emperatriz. Todo el tiempo que el cadáver estaba de cuerpo presente en la iglesia de la fortaleza, los pajes, entre otros, tenían que darle guardia de honor noche y día: tres de éstos y tres damas de honor se hallaban siempre cerca del ataúd, que estaba colocado sobre un alto catafalco, en tanto que unos veinte pajes se encontraban estacionados en el coro, en el cual se cantaban letanías, dos veces al día, en presencia del emperador y toda su familia. En su consecuencia, todas las semanas iba alternativamente a la fortaleza, donde permanecía alojada, una mitad del cuerpo: se nos relevaba cada dos horas y durante el día el servicio no era muy penoso; pero cuando tenía que levantarme de noche, ponerme el uniforme de gala, y dirigirme después caminando por los pasajes obscuros e internos de la fortaleza, hasta llegar a la iglesia, acompañado por el lúgubre tañir de las campanas, sentía un ligero escalofrío al pensar en los presos que se hallaban sepultados entre los muros de esta Bastilla rusa: ¡Quién sabe —me decía yo— si a mi vez no llegaré también a ser uno de ellos algún día!

Los funerales no terminaron sin un incidente, que pudo haber tenido serias consecuencias. Se había erigido un inmenso dosel bajo la cúpula del templo, sobre el ataúd. Una gran corona dorada le servía de remate, y de ella partía un descomunal manto de púrpura, forrado de armiño, dirigido hacia las cuatro gruesas pilastras que sostenían aquélla. El aspecto de éste impresionaba; pero nosotros, los muchachos, pronto descubrimos que la corona era de cartón dorado y de madera; el manto, sólo de terciopelo en su parte inferior, mientras que más arriba únicamente había algodón encarnado; y el forro de armiño no era más que una franelilla o bayeta de algodón, a la que se habían cosido colas de ardillas negras; los escudos que representaban las armas de Rusia, velados por un crespón negro, eran sencillamente de cartón. Pero las muchedumbres, a las que se permitía a ciertas horas de la noche pasar ante el féretro y besar precipitadamente el paño de brocado que lo cubría, es indudable que no tenían tiempo de examinar detenidamente el armillo de franela o los escudos de cartón; y el efecto teatral se obtenía, aun por esos medios tan económicos.

Cuando se canta una letanía en Rusia, todos los presentes tienen velas de cera encendidas, que deben apagarse después de leídas determinadas oraciones. La familia imperial hacía otro tanto, y un día, el hijo menor del Gran Duque Constantino, al ver que los otros apagaban sus velas volviendo lo de arriba abajo, hizo lo mismo. La gasa negra que caía de un escudo, a su espalda, se incendió, y en un segundo el escudo y la tela de algodón estaban ardiendo: una inmensa lengua de fuego subía por los pesados pliegues del suntuoso manto de armiño.

El servicio religioso se suspendió: todas las miradas se dirigían con terror hacia la lengua de fuego, que seguía avanzando más y más en dirección a la corona de cartón y la armadura de madera que sostenía todo aquello, empezando a caer pedacitos de tela encendida, que amenazaban prender fuego a los velos negros de las señoras.

Alejandro II sólo perdió la serenidad un momento; pero se repuso en seguida y dijo con voz no alterada: ¡Hay que quitar el ataúd! Los pajes de cámara lo cubrieron con el grueso brocado de oro, y todos avanzamos para levantarlo; pero al mismo tiempo la gran lengua de fuego se había dividido en muchas pequeñas, que ahora sólo devoraban lentamente la pelusa externa del algodón, y encontrando cada vez más polvo acumulado en la parte superior del dosel, vinieron a morir gradualmente entre sus pliegues.

No puedo decir qué es lo que más cautivaba mi atención: si era el fuego que se extendia, o las figuras esbeltas y majestuosas de las tres señoras que se encontraban al lado del féretro, tendidas las largas colas de sus negros vestidos sobre los escalones que conducían a la plataforma superior, y sus velos de blondas pendientes de sus hombros. Ninguna había hecho el menor movimiento: parecían tres hermosas imágenes de talla. Sólo en los ojos negros de una de ellas, la señorita Gamaleia, brillaban las lágrimas cual perlas: era hija del sur de Rusia, y la única verdaderamente hermosa entre las damas de honor de la Corte.

En la escuela todo andaba trastornado: las clases estaban interrumpidas; aquellos de nosotros que volvían de la fortaleza eran alojados en departamentos provisionales, y no teniendo nada que hacer, pasaban todo el día inventando infinitas diabluras. En una de ellas, conseguimos abrir una caja de cartón que contenía espléndida colección de modelos de animales de todas clases, para la enseñanza de la Historia Natural: ése, al menos, era su objeto oficial; pero jamás nos la habían mostrado aun; y ahora que se hallaba en nuestro poder, nos servíamos de ella a nuestro gusto. Con una calavera humana que estaba en la colección, hicimos un fantasma para asustar a los otros compañeros y a los oficiales por la noche. En cuanto a los animales, los colocamos en las más ridículas y extrañas posiciones: monos montados en leones, carneros jugando con leopardos, la jirafa bailando con el elefante, y otras cosas por el estilo. Lo peor de todo fue que, algunos días después, uno de los príncipes prusianos que había venido a asistir a las honras fúnebres (fue, según creo, el que más tarde vino a ser el emperador Federico), visitó el cuerpo y se le mostró todo lo concerniente a nuestra educación. Nuestro director no dejó de alabarse de los muchos elementos de enseñanza que teníamos, y presentó a su huésped la infortunada caja de cartón. Cuando el príncipe alemán echó una ojeada a nuestra clasificación zoológica, puso muy mala cara y se volvió para otro lado: el director se horrorizó; perdió el uso de la palabra, y no hizo más que señalar repetidas veces con la mano algunas estrellas de mar que, colocadas en cajas de cristal, pendían de las paredes. El acompañamiento del príncipe aparentó no haber notado nada, echando sólo miradas furtivas a la causa de tal perturbación; mientras que nosotros, los niños traviesos, hacíamos toda clase de muecas para no soltar la carcajada.

VI

Los años de colegio de un joven ruso son tan diferentes del periodo correspondiente en las escuelas del Occidente europeo, que debo insistir más aún sobre mi vida de estudiante. Los jóvenes rusos, por regla general, aun cuando estén todavía en un liceo o en una escuela militar, se interesan ampliamente por las cuestiones sociales, políticas y filosóficas. Verdad es que el Cuerpo de pajes era, de todos los colegios, el menos adecuado para tales empresas; pero en aquellos años de renacimiento general, las nuevas ideas penetraron hasta allí, conquistándonos a algunos, sin que por eso nos impidieran tomar parte activa en las bromas y juegos propios de nuestra edad.

Estando ya en la clase cuarta, me aficioné a la Historia, y con el auxilio de notas tomadas durante la lección y leyendo todo lo posible, llegué a escribir un curso completo de la primera parte de la historia medioveal, para mi uso particular. Al año siguiente, la lucha entre el papa Bonifacio VIII y el poder imperial llamó especialmente mi atención, y con tal motivo ambicioné ser admitido como lector en la Biblioteca imperial, para poder estudiar tan notable acontecimiento. Pero como esto era contrario al reglamento de la Biblioteca, no admitiéndose a los alumnos de las escuelas secundarias, fue necesario que nuestro buen Herr Becker consiguiera vencer la dificultad para que yo pudiera, al fin, entrar en el santuario y tomar asiento, ante una de las pequeñas mesitas destinadas al público, en una de las butacas de terciopelo rojo que entonces formaban parte del mobiliario del salón de lectura.

Gracias a varios libros de texto de allí y algunos de nuestra propia Biblioteca, pronto di con lo que buscaba. A pesar de no saber latín descubrí, sin embargo, un rico manantial de trabajos originales en el teutón y el francés antiguos, encontrando un inmenso placer estético en la belleza de estructura y expresión del francés antiguo de las crónicas. Toda una nueva composición de la sociedad y todo un mundo de complicadas relaciones se abrieron ante mis ojos; y desde entonces aprendí a apreciar más altamente las fuentes originales de la Historia que las obras de generalizaciones modernizadas, en las que los prejuicios de la política moderna, y aun hasta las meras fórmulas corrientes, sustituyen a menudo la verdadera vida del periodo. No hay nada que dé tanto ímpetu al propio desarrollo intelectual como una investigación independiente de cualquier clase que sea, y estos estudios mios me fueron más tarde de mucha utilidad.

Desgraciadamente tuve que abandonarlos cuando llegamos a la clase segunda (la penúltima). Los pajes tenían que estudiar durante los dos últimos años casi todo lo que se enseñaba en otros colegios militares en tres, y el trabajo que había que hacer para la escuela era muy extenso. Las ciencias naturales, las matemáticas y las ciencias militares habían de relegar forzosamente la Historia a un segundo término.

En la clase segunda empezamos a estudiar formalmente física; teníamos un excelente maestro, Charujin, hombre muy inteligente y de carácter jovial, enemigo de que se aprendiera de memoria, y que consiguió hacemos pensar, en vez de aprender meramente a conocer los hechos. Era un buen matemático, y nos enseñó física, tomando como base las matemáticas, explicando magistralmente al mismo tiempo las ideas fundamentales de la investigación científica y de los aparatos de física. Algunas de sus preguntas eran tan originales y tan buenas sus explicaciones, que quedaron grabadas para siempre en mi memoria.

El texto de física de Lenz no era malo (la mayoría de los de su clase para las escuelas militares habían sido escritos por los hombres más notables de la época); pero había quedado algo anticuado, y nuestro profesor, que le gustaba seguir su sistema particular, empezó a preparar un breve sumario de sus lecciones: una especie de aide-mémoire. Sin embargo, a las pocas semanas se arregló la cosa de tal modo, que ese trabajo recayó sobre mí, y nuestro maestro Charujin, procediendo como buen pedagogo, depositó en mí tal confianza, que se limitaba a leer las pruebas. Cuando llegamos a los capítulos sobre el calor, la electricidad y el magnetismo, hubo necesidad de escribirlos enteramente de nuevo, con más amplitud, introduciendo las teorías más nuevas, lo cual hice, preparando así, casi por completo, un libro de texto de física que se imprimió para uso de la escuela. Es comprensible que este trabajo me haya ayudado más adelante.

También en esta clase empezamos a estudiar química y en esto tuvimos igualmente un maestro de primera, el oficial de artillería Petrushevsky, un amante apasionado de la ciencia, quien había hecho personalmente investigaciones originales de valor.

Los años 1858-61 lo fueron de renacimiento universal, de predilección por las ciencias exactas; Grave, Clausius, Joule y Seguin mostraron que el calor y todas las fuerzas físicas no son más que diversas formas del movimiento; Helmholtz empezó por entonces sus investigaciones, que forman época, respecto del sonido; Tyndall, en sus conferencias populares, hace que uno toque, si tal puede decirse, los átomos y las moléculas mismas. Gerhardt y Avogadro introdujeron la teoría de las sustituciones, y Mendeléiev, Lotarto Meyer y Newlands descubrieron las leyes periódicas de los elementos; Darwin, con su Origen de las especies, revolucionó todas las ciencias biológicas; en tanto que Karl Vogt y Moleschott, siguiendo a Claudio Bernard, sentaron las bases de la verdadera psicología en la fisiología. Era una época de renacimiento científico, y la corriente que arrastraba las inteligencias hacia las ciencias naturales era irresistible. Muchos libros excelentes se publicaron en aquella época, traducidos al ruso, y pronto comprendí que cualesquiera que fueran los estudios posteriores a que uno se dedicase, un conocimiento completo de las ciencias naturales, y la familiarización con sus métodos, debían ser el punto de partida. Cinco o seis de nosotros nos unimos para hacernos de cualquier clase de laboratorio. Con los aparatos elementales recomendados para los principiantes en el excelente libro de texto de Stockhardt, inauguramos nuestro laboratorio en un pequeño dormitorio de dos de nuestros compañeros, los hermanos Zamitsky; su padre, un antiguo almirante retirado, se complacía en ver a sus hijos ocupados en tan útil empresa, y no se oponía a que nos reuniéramos los domingos, y durante las vacaciones, en aquella habitación, al lado mismo de su estudio. Con el referido libro por guía hicimos sistemáticamente toda clase de experimentos. Debo decir que una vez casi incendiamos toda la casa, y que más de una envenenamos todas las habitaciones con clorina y otras drogas parecidas. Pero el viejo marino, cuando relatamos la aventura durante la comida, no se incomodó por eso, y nos contó que también el, en unión de varios compañeros, por poco queman una casa entretenidos en la menos provechosa ocupación de hacer un ponche; mientras que la madre, por su parte, se contentó con decir, en los momentos que la dejaba libre la tos:

— Pero si para aprender tenéis necesidad de manejar esas cosas que huelen tan mal, ¡qué le hemos de hacer!

Después de comer solía sentarse ella al piano, y hasta ya tarde pasábamos la noche cantando dúos, tercetos y coros de las óperas, o bien tomábamos la partitura de una de ellas, ya fuera rusa o italiana, y le dábamos un repaso desde el principio al fin, haciendo la madre y la hija de tiples, mientras que nosotros, mejor o peor, ejecutábamos todo lo restante. Así la química y la música iban mano a mano.

El estudio de las matemáticas superiores absorbía gran parte de mi tiempo. Varios de nosotros habíamos ya decidido no entrar en un regimiento de la guardia, en los que se empleaba todo el tiempo en ejercicios y desfiles, sino ingresar, una vez promovidos a oficiales, en una de las academias militares, artillería o ingenieros, a cuyo fin tuvimos que preparamos en trigonometría, cálculo diferencial y el principio del cálculo integral, para lo cual teníamos repasos particulares. Al par de esto, como se nos enseñara astronomía elemental, bajo el nombre de geografía matemática, me sumergí en lecturas astronómicas, especialmente el último año de mi estancia en el colegio. La vida incesante del universo, que yo concebía como vida y evolución, vino a ser para mi una fuente inagotable de elevados pensamientos prácticos, y el concepto de la unidad del hombre con la materia, tanto animada como inanimada, esto es, la poesía de la Naturaleza vino gradualmente a ser la filosofía que dominó toda mi existencia.

Si los estudios de nuestro colegio se hubieran limitado a las materias referidas, no nos hubiera sobrado el tiempo, seguramente; pero, además, teníamos que aprender historia, leyes, esto es, las líneas principales del código ruso, y economía política en sus principios esenciales, incluyendo un curso de estadística comparada. También necesitábamos dominar formidables cursos de ciencia militar, tácticas, historia militar (las campañas de 1812 y 1815 en todos sus detalles), artillería y fortificación de campaña.

Volviendo ahora la vista a semejante programa de estudios, creo que, aparte de lo referente a la cuestión militar, que podía haber sido reemplazado ventajosamente por trabajos más completos en las ciencias exactas, la variedad de materias que se nos enseñaba no traspasaba los limites de lo que puede aprender un joven de una capacidad corriente. Debido a un regular conocimiento de las matemáticas elementales y de la física, que adquirimos en las clases inferiores, la mayoría de nosotros podía con el trabajo. En algo nos descuidábamos un poco, especialmente en lo forense, así como en historia moderna, para la cual, desgraciadamente, teníamos un maestro, Shulguin, ya inutilizado por los años, a quien sólo se conservaba en su puesto para que pudiera tener opción a su retiro entero. Hay que advertir que se nos daba cierta amplitud en la elección de los asuntos que más nos agradaban, apretándonos bien en sus exámenes; en tanto que, respecto a las otras materias, se nos trataba con benignidad. Sin embargo, la causa principal del buen éxito relativo alcanzado en la escuela, era debido a que se enseñaba el modo más concreto posible. Tan pronto como aprendíamos la geometría elemental en el papel, íbamos a aprenderla en el campo con los postes y la cadena del agrimensor, y más tarde con la plancheta, la brújula y demás aparatos. Después de tan concreta instrucción, la astronomía elemental no ofrecía dificultad alguna, mientras que el trabajo en sí era un manantial inagotable de entretenimiento.

El mismo sistema de enseñanza concreta se aplicaba a la fortificación. En el invierno se resolvían problemas como, por ejemplo, el siguiente: Teniendo mil hombres y quince días a vuestra disposición, construir la mejor fortificación posible, para proteger un puente que ha de servir a un ejército en retirada, discutiendo acaloradamente con el maestro, cada uno en defensa de su proyecto, cuando aquél se permitía criticarlo. En el verano poníamos nuestro conocimiento en práctica. A estos ejercicios campestres atribuyo la facilidad con que la mayoría de nosotros llegamos a dominar tal variedad de materias científicas a la edad de 17 o 18 años.

A pesar de todo esto, teníamos bastante tiempo libre para juegos y distracciones; cuando mejor lo pasábamos, era al terminarse los exámenes, que nos dejaban tres o cuatro semanas en completa libertad, antes de ir al campamento, o a la vuelta de éste, en cuya época nos daban también tres semanas libres antes de empezar el curso.

A los pocos que entonces quedaban en el colegio se les permitía, durante las vacaciones, entrar y salir a voluntad, teniendo siempre allí cama y comida. Yo trabajaba en la Biblioteca o visitaba la galería de pintura de L’herémite, estudiando uno por uno, separadamente, los mejores cuadros de cada escuela, o bien iba a las fábricas de naipes, algodón, hierro, loza y cristal del Estado que están abiertas al público. Otras veces nos daba por irnos a remar al Neva, pasando toda la noche en el río, y otras en el golfo de Finlandia con los pescadores. Noches melancólicas del Norte, durante las cuales la luz de la aurora viene a mezclarse con los últimos resplandores del crepúsculo de la tarde, y es posible leer un libro al aire libre a medianoche; para todo esto hallábamos tiempo de sobra.

Después de mis visitas a las fábricas, me aficioné a la grande y perfecta maquinaria. Viendo de qué modo una garra gigantesca, partiendo de una grúa, se apoderaba de una viga que flotaba en el Neva y la echaba en tierra colocándola bajo la sierra que la convertía en tablas, o cómo una gran barra de hierro al rojo blanco es transformada en un riel, después de haber pasado entre dos cilindros, comprendí la poesía de la maquinaria. En nuestras fábricas actuales, el trabajo mecánico es la muerte para el obrero, porque éste viene a convertirse en el servidor perpetuo de una máquina determinada, y nunca puede llegar a ser nada más. Pero esto es cuestión de mala organización, y no tiene nada que ver con la máquina en sí: exceso de trabajo y eterna monotonía son igualmente perjudiciales, ya se haga el trabajo a mano, con herramientas sencillas, o a máquina. Aparte, pues, de esto, me imagino perfectamente el placer que al hombre puede reportar la conciencia del poder de su máquina, el inteligente carácter de su trabajo, lo gracioso de sus movimientos y lo correcto de lo que hace; y creo que el odio que William Morris profesaba a las máquinas, sólo prueba que la concepción de su poder y gracia faltaba a su gran genio poético.

La música también desempeñó un papel importante en mi desenvolvimiento: de ella obtuve mayor placer y entusiasmo aún que de la poesía. En aquellos tiempos, apenas existía la ópera rusa; pero la italiana, que contaba con un buen número de estrellas de primer orden, era la institución más popular de San Petersburgo. Cuando la prima donna Bosio cayó enferma, miles de personas, sobre todo de la juventud, permanecían hasta altas horas de la noche, a las puertas de su hotel, para saber cómo seguía; no era hermosa, pero tanto lo parecía cuando cantaba, que los jóvenes locamente enamorados de ella podían contarse a centenares; y cuando murió se le hizo un entierro como no se recordaba otro igual en San Petersburgo.

La capital entera estaba dividida en dos campos: los admiradores de la ópera italiana y los del gusto francés, que ya entonces empezaba a mostrar en germen la deplorable corriente offenbáquica, que, algunos años más tarde, infectó a toda Europa. Nuestra clase también se hallaba dividida por mitad en estos dos campos, perteneciendo yo al primero. A nosotros no se nos permitía ir al patio del teatro o a las galerías delanteras, y en cuanto a los palcos, los que no estaban abonados se pedían hasta con meses de anticipación, mientras que los otros se transmitían en ciertas familias como posesión hereditaria. Los sábados conseguíamos ir al gallinero, y allí teníamos que estar de pie en la atmósfera de un baño turco, mientras que, para ocultar nuestros llamativos uniformes, acostumbrábamos usar nuestros sobretodos negros, que estaban enguantados y tenían cuellos de pieles; y que manteníamos abotonados, a pesar del calor. Es maravilla que ninguno de nosotros cogiera una neumonía en tales condiciones, saliendo acaloradísimos, no sólo por las causas indicadas, sino además por las ovaciones que solíamos hacer a nuestras constantes favoritas, permaneciendo después a la puerta del vestuario para lanzarles la última mirada y dirigirles una flor. La ópera italiana se hallaba en aquella época, por causas que no son fáciles de explicar, íntimamente unida al movimiento radical, y los recitados revolucionarios de Guillermo Telly Los Puritanos, eran siempre recibidos con aplausos atronadores y gritos, que iban derechos al corazón de Alejandro II; en tanto que, en la galería del sexto piso, en el salón de descanso y a la puerta del escenario, la mejor parte de la juventud de San Petersburgo iba a confundirse en un sentimiento común, que semejaba a un culto por tan sublime arte. Todo esto puede parecer ahora infantil; pero lo cierto es que muchas ideas elevadas y muchas generosas aspiraciones surgieron en nosotros al calor del entusiasmo por nuestros artistas favoritos.

VII

Todos los veranos íbamos fuera a acampar a Peterhof, con las demás escuelas militares del distrito de San Petersburgo. En general, nuestra vida allí era muy agradable, e indudablemente muy provechosa para nuestra salud: dormíamos en espaciosas tiendas, nos bañábamos en el mar, y pasábamos una gran parte de tiempo, durante las seis semanas, en ejercicios al aire libre.

En las escuelas militares el objeto principal de la vida de campamento era evidentemente el ejercicio militar, cosa que todos detestábamos sobremanera, pero cuya monotonía se interrumpía en ocasiones, haciéndonos tomar parte en maniobras de campaña. Una noche, cuando nos íbamos a acostar, Alejandro II puso en alarma a todo el campamento, haciendo tocar llamada. A los pocos minutos todos estaban sobre las armas; varios miles de muchachos reunidos en torno de sus banderas, mientras que los cañones de la escuela de artillería tronaban en el silencio de la noche. Todo el elemento militar de Peterhof vino a galope al campamento; pero debido a alguna mala inteligencia, el emperador permanecía a pie. Se corrieron órdenes en todas direcciones para proporcionarle un caballo, pero no se encontraba ninguno; pues no siendo buen jinete, no quería montar más caballos que los suyos. Esto le irritó en alto grado, y pronto dio rienda suelta a su cólera. ¡Imbécil (durák)! ¿acaso no tengo más que un caballo? —le oí decir a un ayudante que le había manifestado hallarse su caballo en otro campamento.

Con la negrura de la noche, el estampido del cañón y el estruendo de la caballería, nosotros, los muchachos, nos excitamos mucho, y cuando Alejandro ordenó una carga, nuestra columna cargó en línea recta hacia donde él estaba. Estrechamente unidos en las filas y con las bayonetas bajas, debíamos tener un aspecto imponente; y vi al emperador, que aun estaba a pie, dejar el paso franco a la columna en tres formidables saltos. Entonces comprendí lo que representa una fuerza armada que ataca en columna cerrada bajo la excitación de la música y de la marcha misma. Allí estaba ante nosotros el emperador, nuestro jefe, a quien todos venerábamos; y sin embargo, creo que en esta masa en movimiento ningún paje o cadete se hubiera apartado ni una línea, o detenido para dejarle espacio. Éramos una fuerza en marcha, mientras que él representaba un obstáculo, y la columna lo hubiera arrollado seguramente. ¿Por qué se había de encontrar en nuestro camino? dijeron los pajes después. En tales casos, los jóvenes, con un rifle en la mano, son aun más terribles que los soldados viejos.

Al año siguiente, cuando tomamos parte en las grandes maniobras de la guarnición de San Petersburgo, vi algo de lo que, hasta cierto punto, es una acción de guerra. Durante dos días consecutivos no hicimos más que marchar arriba y abajo en un espacio como de treinta y cinco kilómetros, sin tener la menor idea de lo que ocurría a nuestro alrededor, o por qué motivo marchábamos. El cañón tronaba, unas veces cerca de nosotros y otras muy lejos; un vivo fuego de fusilería se oía por todas partes de el cerro y el bosque; los ayudantes de órdenes corrían en todas direcciones, mandando unas veces avanzar y otras retroceder; y nosotros marchábamos, marchábamos y marchábamos, sin encontrar sentido o estos movimientos encontrados. Masas de caballería habían pasado por un mismo camino, dejándolo convertido en un lecho de arena movediza, y nosotros tuvimos que avanzar y retroceder varias veces por el mismo terreno, hasta que, al fin, nuestra columna se desmoralizó, pareciendo más bien una masa incoherente de peregrinos que una fuerza militar. Sólo la escolta de la bandera seguía por la carretera; los restantes caminaban lentamente a ambos lados de aquélla por el bosque. Las órdenes y las súplicas de los oficiales resultaban ineficaces.

De repente se oyó a la espalda una voz que decía: ¡El emperador viene! ¡El emperador! Los oficiales corrieron de un lado para otro rogándonos que formáramos en filas; pero nadie les hizo caso.

Al fin llegó el emperador, y una vez más ordenó una retirada. ¡Media vuelta a la derecha! gritó la voz de mando. El emperador está detrás de nosotros; tened a bien volver, murmuraron los oficiales; pero el batallón hizo tan poco caso de la orden como de la presencia del emperador. Afortunadamente, Alejandro II no era fanático por el militarismo, y después de pronunciar algunas palabras para animarnos, prometiéndonos descanso, se fue al galope.

Entonces comprendí la importancia que tiene en las funciones de guerra el estado moral y lo poco que se puede conseguir no empleando más que la disciplina cuando se le pide al soldado que haga más de lo natural. ¡Qué puede conseguir aquélla cuando las tropas, ya cansadas, tienen que hacer un esfuerzo supremo para llegar al campo de batalla a una hora convenida! Nada absolutamente; sólo el entusiasmo y la confianza en sí mismo pueden en tales momentos conducir al soldado a realizar lo imposible, y esto es precisamente lo que de continuo ha de hacer para asegurar el triunfo. ¡Cuántas veces traje a la memoria, más tarde, en Siberia, tan provechosa lección, cuando nosotros también teníamos que llevar a cabo lo imposible durante nuestra expedición científica!

Sin embargo, comparativamente, no era mucho el tiempo que dedicábamos, durante nuestra estancia en el campamento, a ejercicios y maniobras militares. Una buena parte de él se empleaba en un trabajo práctico de levantar planos y hacer fortificaciones. Después de algunos ejercicios preliminares, se nos daba una brújula de reflexión y se nos decía: Id y levantad un plano, bien sea de este lago, de esos caminos o de aquel parque, midiendo los ángulos con aquélla y la distancia a pasos. De mañana, tras de un almuerzo precipitado, el alumno llenaba sus espaciosos bolsillos militares con rebanadas de pan de centeno y se iba por cuatro o cinco horas al parque, dejando kilómetros atrás, topografiando con su brújula y sus pasos los hermosos senderos sombreados por los árboles, los riachuelos y los lagos. Después se comparaba su trabajo con mapas muy correctos, dándose premios de instrumentos de óptica o de dibujo, según la elección del interesado. Para mí, esta ocupación era una fuente inagotable de placeres. La independencia del trabajo, el aislamiento bajo esos gigantes del bosque que contaban siglos de existencia; la vida en el bosque, que podía disfrutar sin que me molestaran, unido al interés que el trabajo inspiraba, todo esto dejó profunda huella en mi espíritu, y cuando me convertí en explorador de Siberia, y muchos de mis compañeros lo fueron del Asia Central, se encontró que estos trabajos habían sido una excelente preparación.

Finalmente, en la última clase se formaban grupos de cuatro alumnos que se llevaban un día sí y otro no a algunas aldeas situadas a larga distancia del campamento, y allí tenían que medir detalladamente varias millas cuadradas, con ayuda de la tabla del agrimensor y los necesarios aparatos. Y oficiales del cuerpo iban de vez en cuando a revisar sus trabajos y hacerles indicaciones. Esta vida entre los campesinos en la aldea, produjo el mejor efecto en el desarrollo moral e intelectual de los alumnos.

Al mismo tiempo nos ejercitábamos en la construcción de secciones transversales de fortificaciones de proporciones corrientes. Acompañados por un oficial íbamos al campo, y allí teníamos que hacer el perfil de un bastión o de una cabeza de puente complicada, clavando listones y postes, exactamente del mismo modo que lo hacen los ingenieros de ferrocarriles al trazar la vía. Cuando llegamos a las troneras y barbetas, necesitábamos calcular mucho, a fin de obtener la inclinación de los distintos planos, después de lo cual dejó de ofrecer dificultades el conocimiento de le geometría.

Ese trabajo nos deleitaba, y una vez de vuelta en la población, encontrando en nuestro jardín un poco de barro y greda nos pusimos a edificar una verdadera fortificación en escala reducida, con troneras y parapetos rectos y oblicuos bien calculados. Todo fue hecho con esmero, y lo que ahora ambicionábamos era obtener alguna madera para hacer las plataformas para los cañones, y poder colocar sobre ellas los que nos servían de modelos en la clase. Pero ¡hay! nuestros pantalones tomaban un aspecto alarmante.

— ¿Qué hacéis ahí? —exclamó nuestro capitán. ¡Mirad cómo estáis! ¡Parecéis obreros!(lo que precisamente nos servía de satisfacción). ¡Qué diría el gran duque si viniera y os encontrara en semejante estado!

— Le enseñaríamos nuestra fortificación y le pediríamos herramientas y madera para las plataformas.

Todas las protestas fueron vanas; doce trabajadores vinieron al día siguiente a llevarse nuestra hermosa obra, como si se tratara de un montón de basura.

Menciono esto para demostrar cuánto desean los niños y los jóvenes poder poner en práctica lo que han aprendido en la escuela de un modo abstracto, y qué estúpidos son los maestros que no alcanzan a ver la ayuda tan poderosa que podrían hallar en esta dirección, contribuyendo a que sus discípulos se hicieran cargo del verdadero sentido de lo que aprenden. En nuestro colegio todo tendía a educarnos para la guerra; sin embargo, nosotros hubiéramos trabajado con igual entusiasmo en tender una línea férrea, en edificar una barraca o en cultivar un jardín o un campo. Pero todas estas aspiraciones de los niños o los muchachos a un trabajo verdadero son perdidas, sencillamente, porque nuestra idea de la escuela es todavía la del escolasticismo y el monasterio medievales.

VIII

Los años 1857-61 lo fueron, como es sabido, de prosperidad para las fuerzas intelectuales rusas; todo lo que se había murmurado al oído en los últimos diez años, con la reserva propia de las reuniones puramente de amigos, por la generación representada en la literatura rusa por Turguéniev, Tolstói, Herzen, Bakunin, Ogáriov, Dostoievski, Griogorovich, Ostrovski y Nekrásov, empezaba ahora a darse a conocer por la prensa. La censura era todavía muy severa; pero lo que no se podía decir abiertamente en el artículo de fondo, se deslizaba en forma de novelas, relatos humorísticos o comentarios velados sobre acontecimientos de la Europa occidental; todos leían entre líneas y se hacían cargo de lo que se trataba.

No teniendo relaciones en San Petersburgo, aparte del colegio y un reducido circulo de parientes, no tomé parte en el movimiento radical de aquellos años; me hallé muy alejado de él. Sin embargo, su rasgo más característico era tal vez el tener la facultad de poder penetrar en un colegio de tan buen tono como el maestro, y encontrar eco en un circulo tal como el formado por mis parientes de Moscú.

En aquel tiempo acostumbraba a pasar los domingos y días festivos en casa de mi tía, de quien se ha hablado en uno de los capítulos anteriores bajo el nombre de princesa Mirsky; su marido sólo pensaba en banquetes y comidas extraordinarias, mientras ella y su hija únicamente se ocupaban en divertirse. Mi prima era una joven muy bella de 19 años, de carácter muy amable, y casi todos sus primos estaban perdidamente enamorados de ella. A su vez, ella también se enamoró de uno de ellos y quiso casarse; pero el casamiento entre primos es considerado como un gran pecado por la iglesia rusa, y su madre procuró en vano obtener un permiso especial de las altas dignidades eclesiásticas, por cuyo motivo la trajo a San Petersburgo, en la esperanza de que pudiera elegir entre sus muchos admiradores un marido más conveniente para ella que su propio primo. Debo agregar que todo fue trabajo perdido; pero su elegante morada era el centro de una brillante multitud de jóvenes pertenecientes al ejército y a la carrera diplomática.

Semejante casa hubiera sido la última en que se hubiese podido pensar como relacionada con las ideas revolucionarias; y sin embargo en ella fue donde primero conocí la literatura revolucionaria de la época. El gran emigrado Herzen empezaba a publicar entonces en Londres su revista La Estrella Polar, que tan gran conmoción causó en Rusia, aun entre los círculos palaciegos, y que circulaba en San Petersburgo secretamente. Mi prima pudo hacerse de ella, y acostumbrábamos leerla juntos. Su corazón se rebelaba contra los obstáculos que se oponían a su felicidad, y su cerebro se hallaba por eso mismo más dispuesto para prestar buena acogida a la enérgica crítica que el gran escritor lanzaba contra la aristocracia rusa y todo su desacreditado sistema de gobierno. Con un sentimiento que rayaba en veneración acostumbraba yo mirar el medallón impreso en la cubierta de La Estrella Polar, y que representaba las nobles cabezas de los cinco decembristas a quienes ahorcó Nicolás I después de la rebelión del 14 de diciembre de 1825: Bestuzhev, Kajovski, Pestel, Riléiev y Muravief Apostol.

La galanura del estilo de Herzen —de quien Turguéniev ha dicho con razón que escribía con lágrimas y sangre, y a quien nadie en Rusia ha igualado—, la amplitud de sus ideas y su profundo amor a su país, hicieron honda huella en mí, siendo esto causa de que leyera y releyera esas páginas resplandecientes de espíritu e impregnadas de profundo sentimiento.

En 1859 o a principios del 60, empecé a publicar mi primer periódico revolucionario. A tal edad, ¿qué podía ser yo más que un progresista? Así es que en mi publicación se abogaba en favor de una constitución para Rusia, mostrando su necesidad; se criticaban los desenfrenados gastos de la Corte, lo que se invertía en Niza para mantener poco menos que una escuadra a disposición de la emperatriz viuda, que murió en 1860; se mencionaban los abusos de los funcionarios, de que oía yo hablar continuamente, y se hacía la apología del sistema constitucional. La tirada era de tres ejemplares, que yo deslizaba en las carpetas de tres compañeros de las clases más adelantadas, a quienes suponía que podían interesarse en la cosa pública, encargándoles a los lectores que las observaciones que quisieran hacer las colocaran tras el reloj escocés de la biblioteca.

Con verdadera emoción fui al día siguiente a ver si habían dejado algo para mí. Allí encontré dos notas; dos compañeros escribían que simpatizaban mucho con la idea, y sólo me aconsejaban que no me arriesgara demasiado. Escribí el segundo número, insistiendo con mayor energía aún en la necesidad de unir todas las fuerzas en nombre de la libertad; pero esta vez no contestó ninguno, y en su lugar los dos compañeros vinieron a mí y se expresaron de este modo:

— Tenemos la seguridad de que eres tú quien escribe el periódico, y queremos hablarte sobre el particular. Estamos perfectamente de acuerdo contigo, y hemos venido aquí para decir: seamos amigos; el periódico ha cumplido su misión: ha conseguido unirnos; pero no hay necesidad de que continúe. En todo el colegio no hay más que otros dos que pudieran tomarse algún interés en tales cuestiones, mientras que si se llegara a saber que se publica un periódico de esta índole, las consecuencias serían terribles para todos nosotros. Constituyamos, pues, un circulo, y hablemos de todo lo que nos parezca; tal vez consigamos atraer algunos otros.

Esto era tan razonable, que no pude por menos de estar conforme con ello, y sellamos nuestra unión con un fuerte y cordial apretón de manos. Desde entonces, los tres vinimos a ser buenos amigos, acostumbrando a leer mucho juntos y a discutirlo todo.

La abolición de la servidumbre era el asunto que en aquel tiempo llamaba más la atención de todos los pensadores.

La revolución del 1848 había encontrado un eco lejano en el corazón del campesino ruso, y desde el año 1850 las insurrecciones de los siervos empezaron a tomar serias proporciones. Cuando estalló la guerra de Crimea y se hicieron levas en toda Rusia, estos alzamientos se extendieron con una violencia jamás conocida hasta entonces. Muchos propietarios de siervos fueron muertos por éstos, y los movimientos de los campesinos adquirieron tanta importancia que hubo necesidad de mandar regimientos enteros con artillería y todo para sofocarlos, cuando en otro tiempo bastaba un pequeño destacamento de soldados para reducirlos por el terror a la obediencia.

Estos actos de audacia por una parte, y por otra la profunda aversión a la servidumbre, que había crecido con la generación que venia a la vida pública con el advenimiento de Alejandro II al trono, hacían cada vez más imperativa la emancipación de los aldeanos. El mismo emperador, contrario a dicha institución, y sostenido o, mejor dicho, influido en el seno de su propia familia por su esposa, su hermano Constantino y la gran duquesa Elena Pavlovna, dio los primeros pasos en esa dirección. Su intención era que la iniciativa de la reforma partiera de la nobleza, de los mismos dueños de siervos. Pero en ninguna provincia rusa se pudo inducir a la nobleza a que enviara una petición al zar con tal objeto. En marzo del 56, él en persona dirigió la palabra a la nobleza de Moscú sobre la necesidad de tal medida; pero su discurso sólo fue contestado con un significativo silencio; así que, montando en cólera, Alejandro II concluyó con estas memorables palabras de Herzen: sería mejor, señores, que la liberación viniera de arriba, que no aguardar a que venga de abajo. Pero ni aun esto causó efecto alguno, y fue necesario recurrir a las provincias de la Antigua Polonia, Grodno, Vilna y Kovno, en las que Napoleón I había abolido la servidumbre (en el papel) en 1812. Nazimov, gobernador general de esas provincias, pudo al fin conseguir la tan deseada petición de la nobleza polaca. En noviembre del 57, el famoso rescripto dirigido al gobernador general de las provincias lituanas, anunciando la intención del emperador de abolir la servidumbre de los campesinos, fue lanzado a la publicidad, y nosotros leímos, con los ojos humedecidos por el llanto, el hermoso articulo de Herzen, titulado Has vencido, Galileo, en el cual los refugiados en Londres declaraban que en adelante no mirarían a Alejandro II como enemigo, sino que, por el contrario, le ayudarían en la gran obra de la emancipación.

La actitud de los campesinos fue verdaderamente notable: no bien circuló la noticia de que la tan deseada liberación se aproximaba, casi todas las insurrecciones se contuvieron. La población rural adoptó una actitud expectante, y durante un viaje que Alejandro efectuó por el interior del país, por todas partes le salían al paso, rogándole les diera libertad, petición que, a pesar de todo, él recibió con gran repugnancia. Es digno de llamar la atención, pues revela la fuerza de la tradición, que se abrió camino el rumor de que había sido Napoleón III quien alcanzó del zar, en el tratado de paz, que se diera libertad a los campesinos. Semejante rumor lo oí con frecuencia; y hasta la víspera misma de la emancipación parecían dudar de que ésta pudiera llevarse a cabo sin que la presión viniera del exterior. No se hará nada, a menos que venga Garibaldi, fue la contestación que dio un labriego a un compañero mío que le habló de la libertad que se acercaba. Y así han pensado muchos.[2]

Pero a estos primeros momentos de regocijo general, siguieron años de incertidumbre e inquietud; comisiones especialmente nombradas al efecto en las provincias y en San Petersburgo, discutían el asunto; pero la voluntad de Alejandro parecía vacilante, y de continuo se contenía a la prensa para evitar que se discutieran los detalles. En San Petersburgo circularon siniestros rumores que llegaron hasta nuestro cuerpo.

No faltaban jóvenes entre la nobleza, que trabajaran sinceramente por la franca abolición de la vieja servidumbre; pero el partido contrario se unía cada vez con más fuerza en torno del emperador y concluyó por influir en su ánimo. Ellos murmuraban a su oído que el día que se aboliera la servidumbre, los campesinos empezarían a matar a todos los propietarios territoriales, y Rusia presenciaría un nuevo levantamiento Pugachev, mucho más terrible que el de 1773; y Alejandro, que era un hombre de carácter débil, prestó fácilmente acogida a tales predicciones. Pero toda la máquina destinada a producir la ley de la emancipación se había puesto en movimiento; las juntas se reunían; buen número de proyectos de emancipación dirigidos al emperador, circulaban manuscritos e impresos en Londres. Herzen, secundado por Turguéniev, quien lo tenía bien informado de todo lo que ocurría en los centros oficiales, comentaba en su Kolokoly en su Estrella Polarlos detalles de los diferentes proyectos, y otro tanto hizo Chernishevski en el Sovrémennik. Los eslavófilos, en particular Aksákov y Belváev, se habían aprovechado de los primeros momentos de relativa libertad concedida a la prensa, para dar al asunto una gran publicidad y discutir las consecuencias de la emancipación con profundo conocimiento de su aspecto técnico. Todo el San Petersburgo intelectual estaba con Herzen, y sobre todo con Chernishevski, y recuerdo de qué modo los oficiales de la guardia imperial, a quienes veía los domingos después del desfile en casa de mi prima (entre ellos Dmitri Nikoláievich Kropotkin, aide-de-camp del emperador), estaban de acuerdo con el jefe del partido avanzado en la lucha por la emancipación. El torrente de la opinión, lo mismo en los salones que en las calles de San Petersburgo, fue tal, que era imposible retroceder. La liberación tenía que realizarse; y otra cosa de importancia se había conseguido: los libertos recibirían, además de sus hogares, las tierras que hasta entonces hubiesen cultivado.

Sin embargo, el partido de la antigua nobleza no se desanimaba; concentraba sus esfuerzos en la obtención de un aplazamiento de la reforma, en reducir las dimensiones del terreno que se había de conceder al liberto y en la imposición de un impuesto de redención sobre aquél, tan elevado, que hiciera ilusoria su libertad económica; viendo semejantes pretensiones coronadas por el éxito, Alejandro II despidió al que era alma verdadera de todo el movimiento, Nicolás Miliútin (hermano del ministro de la Guerra), diciéndole al partir: Siento privarme de vuestros servicios, pero tengo que hacerlo; la nobleza os considera como uno de los rojos. La primera junta que había redactado el proyecto de emancipación fue disuelta también; y otra nueva revisó aquel trabajo en interés de los dueños de siervos, siendo la prensa una vez más amordazada.

Las cosas tornaron un aspecto muy sombrío, llegándose a dudar de que la liberación pudiera jamás realizarse. Yo seguía febrilmente las peripecias de la lucha, y todos los domingos, cuando mis compañeros volvían de sus casas, les preguntaba lo que habían oído decir a sus padres. Hacia fines del año 60 las noticias eran cada vez peores: El partido de Valluiev está en candelero. Tratan de revisarlo todo. Los parientes del príncipe X (un amigo del zar) no lo dejan de la mano. La liberación será desplazada; temen una revolución.

En enero del 61 empezaron a circular rumores un poco menos pesimistas, y generalmente se confiaba que algo respecto al particular podría surgir el 19 de febrero, aniversario del advenimiento al trono del emperador.

Llegó la fecha deseada, pero no trajo nada nuevo. Aquel día estaba yo en palacio; no había gran recepción, sino pequeña, y a ella se mandaban los pajes de la segunda clase, con objeto de que se fueran acostumbrando a las prácticas palatinas. Estando yo, pues, de servicio, y teniendo por misión atender a una de las grandes duquesas que habían venido a palacio a asistir a la misa, al no aparecer su marido, fui a buscarlo. Se encontraba en el gabinete del emperador, y al acompañarlo, le dije medio en broma lo ajena que estaría su mujer a la importancia de aquella conferencia. Aparte de muy pocos iniciados, nadie en palacio sospechaba que el manifiesto se hubiera firmado el 19 de febrero, y se hubiese tenido oculto quince días, únicamente porque el domingo inmediato, el 26, era el primer día de Carnaval y se temía que, debido a lo que se bebe en las aldeas con tal motivo, pudiera estallar una insurrección. Hasta la feria de Carnaval, que se acostumbraba celebrar en San Petersburgo en la plaza próxima al Palacio de Invierno, fue trasladada aquel año a otra, por temor a un levantamiento en la capital. Las instrucciones dadas a las tropas respecto al modo de reprimir cualquier movimiento de los aldeanos eran verdaderamente terribles.

Quince días después, el último domingo de Carnaval (el 5 de marzo, o más bien el 17, según el Nuevo Cómputo), estaba en el colegio, por tener que tomar parte en un desfile militar de la escuela de equitación; aun me hallaba en cama, cuando mi asistente Ivanov entró precipitadamente con el servicio de té, exclamando: ¡Príncipe, libertad. El manifiesto está fijado en el Gostini Dvor! (las tiendas que daban frente al colegio).

— ¿Lo viste tú mismo?

— Sí; la gente se agolpaba para conocerlo; uno lee, los otros oyen. ¡Es la libertad!

En un par de minutos estaba vestido y en la calle. Un compañero que venia al colegio me dijo:

— ¡Kropotkin, la libertad! Aquí está el manifiesto; mi tío se enteró anoche que se leería en la primera misa de la catedral de Isaac, y allá fuimos todos. La concurrencia era poco numerosa; no había más que gente del pueblo. Se leyó el manifiesto, y se distribuyó después de la misa. Todos lo comprendieron bien; al salir, dos campesinos que estaban a la puerta, me dijeron de un modo muy significativo:

— ¿Qué tal? ¿Parece que se han ido?

Imitando él el gesto y la acción con que indicaban la salida. Aquel modo de despedir a los amos representaba muchos años de expectación.

Leí y releí el manifiesto; estaba escrito en un estilo elevado por el antiguo metropolitano de Moscú, Philarete, pero con una mezcla de ruso y antiguo eslavo que obscurecía el sentido. Era la libertad, sin duda; pero no en el acto, teniendo los aldeanos que seguir en la servidumbre dos años más, hasta el 19 de febrero de 1863. A pesar de todo esto, una cosa resultaba abolida, y los libertos tomarían posesión de sus hogares y sus tierras. Verdad es que tendrían que pagarlas; pero la antigua mancha de la esclavitud se había borrado; ya no serían esclavos; la reacción esta vez no ganó la partida.

Fuimos al desfile, y cuando la parte militar hubo terminado, Alejandro II, permaneciendo a caballo, gritó: ¡A mí los oficiales! Todos se aglomeraron en torno suyo y él empezó a pronunciar un discurso en alta voz respecto al gran acontecimiento del día.

A nosotros llegaron fragmentos de párrafos como éstos: Los oficiales... los representantes de la nobleza en el ejército... se ha puesto un término a siglos de injusticia... confío en la abnegación de la nobleza... la leal nobleza se agrupará alrededor del trono... y otros parecidos. Los oficiales dieron entusiastas vivas al terminar.

Más que marchando, volvimos al colegio corriendo, haciendo todo lo posible por llegar a tiempo a la ópera italiana, cuya última función de la temporada debía tener lugar aquella tarde; por cuyo motivo era de esperarse que se hiciera allí alguna manifestación. Nos quitamos los uniformes precipitadamente y muchos de nosotros, con vestidos ligeros, corrimos a la galería del sexto piso, encontrando el teatro completamente lleno.

Durante el primer entreacto el salón de fumar de la Opera se vio invadido por una multitud de jóvenes excitados, hablando todos unos con otros, se conocieran o no. Convinimos, desde luego, volver a la sala y cantar con todo el público en un coro general el himno Dios salve al zar.

Pero en aquel momento se oyeron los acordes de la música y todos corrimos hacia dentro. La orquesta de la Opera estaba ya tocando dicho himno, que fue ahogado por las exclamaciones que partían de todos los extremos del teatro. Vi a Baveri, el director de orquesta, moviendo la batuta; pero ningún sonido se percibía de aquella banda tan numerosa. Entonces se detuvo aquél, pero los vivas continuaron. Otra vez vi moverse la batuta en el aire, los músicos tocaban sus instrumentos de viento; pero también ahora el ruido de las voces se sobrepuso al sonido de la orquesta. De nuevo empezó Baveri a hacer que se tocara el himno, y sólo al final de esta tercera repetición fue cuando algunos sonidos aislados pudieron dominar el clamor de las voces humanas.

El mismo entusiasmo había en la calle. Una multitud, compuesta de campesinos e individuos de la clase media, se situó enfrente del palacio dando vivas, y el zar no podía salir sin que una entusiasta muchedumbre lo siguiera corriendo tras el carruaje. Razón tenía Herzen cuando dos años más tarde, mientras Alejandro ahogaba en sangre la insurrección polaca, y el verdugo Muraviev la estrangulaba en el cadalso, escribió: Alejandro Nikoláievich, ¿por qué no te has muerto aquel día? Tu nombre se hubiera transmitido a la historia como el de un héroe.

¿Dónde estaban los levantamientos que habían sido predichos por los campeones de la esclavitud? Condiciones más indefinidas que las creadas por la Polozhénie (la ley de la emancipación) no se hubieran jamás inventado. Si algo podía haber provocado trastornos, era indudablemente la extremada vaguedad de las condiciones creadas por la nueva ley; y sin embargo, excepto en dos lugares donde hubo insurrecciones y en alguno otro sitio, donde ocurrió un pequeño disturbio, debido únicamente a una mala inteligencia, siendo sofocado en el acto, puede decirse que Rusia permaneció tranquila, más tranquila que nunca. Con su buen sentido habitual, comprendieron los campesinos que la servidumbre había concluido, que llegó al fin la libertad, y aceptaron las condiciones que se les imponían, por más que éstas fueran muy gravosas.

Estuve en Nikólskoie en agosto del 61 y también en el verano del 62, y me admiró la manera tranquila e inteligente con que los aldeanos habían aceptado el nuevo orden de cosas. Sabían perfectamente lo difícil que sería pagar el impuesto de redención por el terreno, que era en realidad una indemnización a la nobleza, en vez de las obligaciones de la servidumbre; pero tanto apreciaban la abolición de la esclavitud personal, que aceptaron cargas tan ruinosas, no sin murmurar, como una dura necesidad, desde el momento que se obtenía la libertad personal. Los primeros meses guardaron dos días de fiesta por semana, diciendo que era pecado trabajar en viernes; pero cuando vino el verano se dedicaron al trabajo con mayor energía aun que antes.

Cuando vi a nuestros campesinos en Nikólskoie quince meses después de la liberación, no pude menos que admirarlos. Su bondad ingénita y su dulzura eran las mismas; pero toda clase de servilismo había desaparecido. Hablaban a sus amos como de igual a igual, como si jamás hubieran estado en otras relaciones. Además, aparecieron entre ellos hombres tales, que muy bien pudieran cumplidamente defender sus derechos. La Polozhénie era un libro voluminoso y difícil, que me costó bastante comprender, y sin embargo, cuando Vasili Ivanov, el corregidor de Nikólskoie, vino un día a pedirme que le explicara algo que encontraba obscuro, vi que él, que no leía aun de corrido, había hallado admirablemente su camino a través de los intrincados capítulos y párrafos de la ley.

Los criados, es decir la gente dedicada al servicio doméstico, fueron los que escaparon peor. No les dieron tierras, y apenas hubieran sabido qué hacer con ellas si las hubiesen obtenido. Alcanzaron la libertad y eso fue todo. En nuestra vecindad casi todos dejaron a sus amos; en casa de mi padre, por ejemplo, no quedó ninguno. Se fueron a otra parte en busca de colocación, y muchos de ellos la encontraron al momento en casa de los comerciantes, que tenían a gala tener el cochero de tal o cual príncipe o el cocinero de tal o cual general. Los que sabían un oficio encontraron trabajo en las poblaciones; por ejemplo, la banda de música de mi padre no se disolvió, y halló un buen modo de vivir en Kaluga, conservando amistosas relaciones con nosotros; pero los que no tenían oficio lo habían de pasar muy mal, y sin embargo, la mayoría prefería vivir de cualquier modo antes que permanecer con sus antiguos amos.

Respecto a los propietarios, mientras los más importantes hacían todos los esfuerzos posibles en San Petersburgo para reintroducir las antiguas condiciones con uno u otro nombre lo que consiguieron hasta cierto punto con Alejandro III, la gran mayoría se sometió a la abolición de la servidumbre como a una especie de calamidad necesaria. La nueva generación dio a Rusia esa notable falange de mediadores de paz y amantes de la justicia, que tanto contribuyó a la marcha pacifica de la emancipación. En cuanto a la antigua, casi todos tenían ya echadas sus cuentas respecto a la inversión que harían de las grandes sumas que debían recibir de los campesinos a cambio de las tierras cedidas a éstos, las cuales habían sido apreciadas muy por encima de su valor real, dudando entre derrochar ese dinero en los restaurantes de las capitales o sobre el tapete verde del juego. Y en verdad que la mayoría lo disipó tan pronto como lo tuvo en su poder.

Para muchos propietarios, la liberación de los siervos fue un excelente negocio; así, por ejemplo, tierras que mi padre, anticipándose a la emancipación, vendió en parcelas al tipo de once rublos el acre ruso, fueron luego estimadas al de cuarenta en las entregadas a los campesinos; esto es, tres veces y media más de su precio en el mercado, y esto era lo corriente en todos nuestros alrededores; mientras que en la finca de Tambov, de mi padre, en las praderas, el mir, esto es, la aldea en común, fijó el tipo de la renta en todas sus tierras por doce años, en un precio que representaba el doble de lo que él acostumbraba a obtener de ellas cuando las cultivaban los siervos.

Diez años después de esta época memorable fui a aquella misma finca, que había heredado de mi padre, donde permanecí durante algunas semanas, y en la tarde del día de mi partida, el cura de nuestra aldea, hombre de inteligencia e ideas independientes, tipo que se encuentra algunas veces en nuestras provincias del Sur, salió a dar un paseo por los contornos del lugar. La puesta del sol era espléndida; un aire embalsamado venia de los campos, y a poco de caminar encontró a un aldeano de una edad regular, llamado Antón Savéliev, sentado sobre una pequeña eminencia, leyendo el libro de salmos. El pobre apenas sabía deletrear el antiguo eslavo, y con frecuencia solía empezar un libro por la última página, volviendo éstas al revés; pero así y todo, le agradaba la lectura, y cuando encontraba repetida una palabra que llamaba su atención, eso le producía contento; en aquel instante leía un salmo, cada uno de cuyos versos empezaba con la palabra regocijaos.

— ¿Qué leéis?, le preguntó el pope. A lo que contestó: Os lo voy a decir ahora, padre: hace catorce años el viejo príncipe vino aquí; era invierno. Yo no había hecho más que volver a casa medio helado; se había desencadenado una tormenta de nieve; no hice más que empezar a desnudarme, cuando se oyó un golpe en la ventana. Era el corregidor que gritaba: ¡Id a casa del príncipe; os necesita! Todos nosotros —mi mujer y mis hijos— nos quedamos petrificados. ¿Para qué te querrá? exclamó mi mujer alarmada. Salí santiguándome; la nieve me quitaba la vista al cruzar el puente; pero todo concluyó en bien. El viejo príncipe estaba durmiendo la siesta, y cuando despertó, me preguntó si sabía trabajar de albañilería, y sólo me dijo que volviera al día siguiente a recoger los desconchados de una habitación. Así que me fui a casa muy contento, y al llegar al puente, encontré allí a mi mujer, que me esperaba. En aquel lugar había estado, a pesar de la tormenta, aguardándome con el niño en los brazos. ¿Qué ha ocurrido, Savéliev? gritó al verme. Nada de particular —le contesté—; sólo me necesita para hacer una compostura. Esto pasaba, padre, en aquel tiempo, y ahora el joven príncipe vino aquí el otro día; fui a verlo y lo encontré en el jardín tomando el té a la sombra; usted, padre, estaba con él y el corregidor del cantón con su cadena de alcalde sobre el pecho. ¿Quieres tomar té, Savéliev? me preguntó. Toma asiento, Piotr Gregorich —dijo al mayordomo—, danos otra silla. Y aquél que tanto nos aterraba cuando estaba al servicio del viejo príncipe, la trajo, y todos nos sentamos en torno de la mesa, hablando y tomando el té que él mismo nos sirvió a todos nosotros. Pues bien, padre, como la tarde está tan hermosa y el aire viene embalsamado, yo me siento y leo: ¡regocijaos! ¡regocijaos!

Esto es lo que la abolición de la servidumbre significaba para los campesinos.

IX

En junio del 61 fui nombrado sargento del Cuerpo de pajes; a algunos de los oficiales no les sentó muy bien, pues decían que no habría disciplina desempeñando yo este cargo; pero no había manera de evitarlo, porque lo corriente era que el primer alumno de la clase superior fuese el nombrado, y yo había estado a la cabeza de la nuestra durante varios años. Este cargo se consideraba muy envidiable, no sólo porque el sargento ocupaba una situación privilegiada en la escuela y era tratado como un oficial, sino especialmente porque era también paje de cámara del emperador por el tiempo que durara el cargo, y el ser personalmente conocido por él era, por supuesto, considerado como el primer escalón para futuras distinciones. Sin embargo, el punto más importante para mí era que me libraba de todas las molestias del servicio interno del colegio, que recaía en los pajes de cámara, y que tendría para mis estudios una habitación separada, en la que podría aislarme del bullicio de la escuela. Verdad es que también tenía un grave inconveniente; yo siempre había encontrado fastidioso el recorrer paso a paso, varias veces al día, las clases en toda su extensión, y acostumbraba a hacerlo a la carrera, cosa que estaba completamente prohibida, y ahora tendría que caminar con mucha parsimonia, en vez de correr, con el libro de la ordenanza bajo el brazo. Sobre tan serio asunto se celebró una consulta entre algunos amigos, decidiéndose que, de cuando en cuando, podría encontrar ocasiones para dar mis carreras favoritas; en cuanto a las relaciones con los demás, dependía de mí el poner las bajo un nuevo pie de igualdad y compañerismo, y resolví hacerlo así.

Los pajes de cámara tenían que estar con frecuencia, en palacio, de servicio en las grandes y pequeñas recepciones, besamanos, bailes, comidas de gala y todo lo demás. Durante las semanas de Navidad, Año Nuevo y Pascua teníamos que ir a palacio casi todos los días, y algunas veces hasta dos en uno mismo. Además, era mi obligación, como sargento, dar parte al emperador todos los domingos, en el desfile de la escuela de equitación, de que no había novedad en la compañía del Cuerpo de pajes, aun cuando una tercera parte de la escuela estuviera enferma con alguna afección contagiosa. Al dar hoy el parte, ¿no diré lo que ocurre? —preguntaba yo al coronel en tales ocasiones; a lo cual él me contestaba: ¡Ni pensarlo siquiera; sólo habría que dar parte si sobreviniera una insurrección!

La vida de la Corte tiene indudablemente en si mucho de pintoresca con su elegante refinamiento en las costumbres, aunque en el fondo resulte superficial; con su rigurosa etiqueta y el esplendor de que se rodeaba, era indudable que tenía que causar impresión. Un gran besamanos es un hermoso espectáculo, y aun la simple recepción de algunas señoras por la emperatriz, difiere mucho de una entrevista corriente, cuando se efectúa en uno de los salones lujosamente decorados del palacio. Las invitadas son acompañadas por ujieres de cámara y gentiles hombres, con uniformes bordados en oro, y la soberana se presenta seguida de pajes brillantemente ataviados y de damas de honor, conduciéndose todos con sorprendente solemnidad. Ser actor en las ceremonias de la Corte, al servicio de los más importantes personajes, ofrecía algo más que un mero interés de curiosidad a un joven de mis años. Además, entonces miraba yo a Alejandro II como a una especie de héroe; hombre que no daba importancia a las ceremonias de la Corte, sino que, en este periodo de su reinado, empezaba su día de trabajo a las seis de la mañana y estaba empeñado en una lucha reñida con un poderoso partido reaccionario, a fin de poder realizar una serie de reformas, de las cuales la abolición de la servidumbre no era más que el primer paso.

Pero gradualmente, a medida que veía más el lado teatral de la Corte, y que de cuando en cuando podía echar una mirada y observar algo de lo que pasaba tras de la escena, me fui haciendo cargo, no sólo de la poca importancia de estas demostraciones y de las cosas cuya misión era precisamente ocultar, sino también de que esas pequeñeces absorben la Corte de tal modo que no le permiten tomar en consideración asuntos de mucha mayor importancia. A menudo, las realidades no se tenían presentes en la acción: desvaneciéndose entonces lentamente la aureola con que mi imaginación había circundado la figura de Alejandro II; así que, al terminar el año, aunque al comenzar yo había abrigado algunas ilusiones respecto a una provechosa actividad en las altas esferas palatinas, todas se vieron marchitadas.

En toda festividad de importancia, así como en los días del santo y natalicio del emperador y de la emperatriz, en el de la coronación, y en otros parecidos, se celebraba un gran besamano en palacio. Miles de generales y jefes de todas clases, de capitán arriba, lo mismo que los altos funcionarios civiles, se hallaban formados en dos filas en los grandes salones del palacio, para inclinarse ante el emperador y su familia al pasar solemnemente para ir a la iglesia. Todos los miembros de la familia imperial venían esos días a palacio, reuniéndose unos y otros en una sala, donde charlaban alegremente hasta que llegaba el momento de ponerse la máscara de la solemnidad. Entonces se formaba la columna: el emperador, dando la mano a la emperatriz, abría la marcha, seguido por su paje de cámara, quien a su vez lo era por el jefe del cuarto militar, el aide-de-camp de servicio aquel día, y el mayordomo mayor de palacio; en tanto que la emperatriz, o mejor dicho, la inmensa cola de su traje, iba seguida de sus dos pajes de cámara, quienes tenían que suspenderla en las vueltas y desplegaría después en todo su esplendor. El presunto heredero, que era un joven de diez y ocho años, y todos los grandes duques y duquesas venían después, por el orden de su derecho de sucesión al trono; siendo seguida cada una de las grandes duquesas por un paje de cámara; continuando luego una larga procesión de las damas de honor, jóvenes y de edad, vistiendo todas el llamado traje ruso; esto es, un traje de etiqueta que se suponía parecido al usado por las mujeres de la antigua Rusia.

A medida que pasaba la procesión, yo iba viendo cómo cada uno de los más altos funcionarios militares y civiles, antes de hacer la reverencia, procuraba ser objeto de una mirada del emperador, y si éste respondía al saludo con una leve sonrisa o un imperceptible movimiento de cabeza, o quizás con una palabra o dos, al punto miraba en torno suyo a sus vecinos, lleno de orgullo, esperando ser congratulado por ellos.

La procesión venía de la iglesia en igual forma, después de lo cual cada uno se marchaba a sus ocupaciones respectivas. Aparte de algunos acérrimos cortesanos y alguna que otra joven, de cada diez personas que concurrían a estos actos, no se encontraba una que no los mirase como un deber enojoso.

Dos o tres veces durante el invierno, se daban grandes bailes en palacio, a los que se invitaba a miles de personas. Después que el emperador abría el baile, con una polonesa, cada uno quedaba en completa libertad de divertirse a su manera. En aquellos salones amplios y brillantemente iluminados, había bastante espacio para que las jóvenes pudieran sustraerse a la asidua vigilancia maternal, y muchas gozaban a su satisfacción de la danza y de la cena, durante la cual la gente joven se despachaba a su gusto.

Mis deberes en estos bailes eran algo difíciles: Alejandro II no bailaba ni se sentaba, paseándose de continuo entre los convidados, y el paje de cámara tenía que seguirlo a cierta distancia de modo que se le pudiera llamar sin molestia, pero sin llegar a una proximidad inconveniente. Esta combinación de presente y ausente no era fácil conseguirla, ni el emperador la necesitaba; él hubiera preferido quedar sin que nadie le acompañara; pero esa era la tradición y tenía que someterse a ella. Lo peor se presentaba cuando se introducía en una densa aglomeración de señoras, que permanecían de pie formando círculo en torno al lugar donde bailaban los grandes duques, pasando entre ellas lentamente; pues no era pequeña empresa atravesar ese jardín humano, que se abría para dar paso al emperador, y se cerraba inmediatamente en pos de él. En vez de danzar, centenares de señoras y señoritas permanecían allí fuertemente comprimidas unas contra otras, esperando cada una que alguno de los grandes duques se fijara en ella y la sacara a bailar un vals o una polca. Era tal la influencia de la Corte en la sociedad de San Petersburgo, que si uno de los grandes duques se fijaba en alguna muchacha, sus padres hacían todo lo posible porque su hija se enamorase perdidamente de tan gran personaje, a pesar de saber perfectamente que no había casamiento posible, porque a los grandes duques rusos no se les permite casarse con súbditas del zar. La conversación que una vez oí en casa de una familia respetable relacionada con la Corte, después de haber bailado el presunto heredero al trono dos o tres veces con una muchacha de diez y siete años, y las esperanzas que con tal motivo acariciaban sus padres, traspasaban los limites de lo que posiblemente hubiera yo podido imaginar.

Cada vez que íbamos a palacio tomábamos el lunch o comíamos allí, y siempre venían los lacayos a contarnos al oído algunas noticias de la crónica escandalosa de la casa, aunque no manifestásemos por saberlas ningún interés. Ellos conocían todo lo que pasaba en los diferentes palacios, que eran sus dominios. Debo, sin embargo, decir en honor de la verdad, que durante el año de que hablo esa clase de crónica no fue tan rica en acontecimientos como llegó a serio desde el 70 en adelante. Los hermanos del zar estaban recién casados, y sus hijos eran todos muy pequeños; pero las relaciones del mismo emperador con la princesa X, a quien Turguéniev ha retratado tan admirablemente en su novela Humo, bajo el nombre de Irene, eran objeto de la crítica de los criados, quienes hablaban con más desenvoltura del asunto que la misma sociedad de San Petersburgo. Pero un día, al entrar en el cuarto donde nos vestíamos, nos dijeron que la princesa X había sido poco antes despedida, esta vez de un modo irrevocable. Media hora después vimos a la dama en cuestión venir a misa con los ojos hinchados de llorar y procurando contener las lágrimas, en tanto que las demás hubieron de colocarse a cierta distancia de ella, como para ponerla más en evidencia. Los lacayos estaban ya enterados del incidente, y lo comentaban a su manera. Había algo verdaderamente repulsivo en la conducta de esos hombres, que el día antes se hubieran inclinado hasta el suelo en presencia de la misma mujer.

El sistema de espionaje que se ejerce en palacio, especialmente en torno del mismo emperador, parecería poco menos que increíble a los que no estuvieran iniciados. De ello dará una idea este incidente: algunos años después, uno de los grandes duques recibió una severa lección de un caballero de San Petersburgo, quien había prohibido a aquél la entrada en su casa y, al volver a ella a una hora inesperada, lo encontró en la sala. Corrió hacia él con el bastón levantado; pero el joven, al verlo, cogió precipitadamente la escalera, y estaba ya a punto de saltar al carruaje cuando fue alcanzado por su perseguidor, quien le dio un golpe con el bastón. El policía que estaba a la puerta vio la aventura y corrió a dar cuenta de ella a su primer jefe, el general Trepov, el cual, a su vez, montó en un carruaje y corrió a palacio para ser el primero en comunicar al emperador tan desagradable incidente. Alejandro II llamó al gran duque, y tuvo una conversación reservada con él. Un par de días después, un antiguo funcionario que pertenecía a la sección tercera de la cancillería imperial, esto es a la policía de Estado, y era amigo de la familia de un compañero mío, refirió toda la conversación. El emperador —según nos manifestó— estaba muy incomodado, y dijo al gran duque al terminar: Debéis saber manejar mejor vuestros pequeños asuntos. Y al preguntarle, como es natural, de qué medios se había valido para conocer esa conversación, dio esta respuesta, que es bien característica: Lo que dice y lo que opina Su Majestad debe ser conocido en nuestro departamento. De otro modo, ¿cómo sería posible que desempeñara fielmente su misión una institución como la policía de Estado? Tened la seguridad que el emperador es la persona que se vigila más de cerca en todo San Petersburgo.

No había nada de jactancioso en estas palabras; cada ministro, cada gobernador general, antes de entrar en el despacho del emperador con sus informes, hablaba primeramente con su lacayo particular, para conocer el estado de ánimo del señor aquel día, y según era, le presentaba algún asunto desagradable, o bien lo dejaba dormir en el fondo de su cartera, esperando un momento más adecuado. Cuando el gobernador general de la Siberia Oriental venia a San Petersburgo, siempre mandaba un ayudante con un buen regalo para el camarero particular del emperador. Hay días —este alto funcionario solía decir— en que el emperador se encolerizaría y ordenaría abrir una investigación sobre el proceder de todos, incluso el mio, si le presentase en tales ocasiones algunos expedientes determinados; mientras hay otros en que todo marchará sin tropiezo alguno: ese lacayo es una alhaja. El conocer al día de qué humor estaba el emperador, representaba una parte principal en el arte de retener una posición elevada; arte que más tarde el conde Shuválov y el general Trepov entendieron a la perfección, así como también el conde Ignatiev, quien supongo, según lo que observé, lo poseía sin ayuda del lacayo.

Al principio de estar al servicio de Alejandro II sentía una gran admiración por él, considerándolo como el libertador de los siervos. La imaginación a menudo lleva a un joven más allá de las realidades del momento, y el estado de mi ánimo era entonces tal que si se hubiera atentado en mi presencia contra él, lo hubiese cubierto con mi cuerpo. Un día, al comenzar enero del 62, lo vi dejar la procesión y marchar rápidamente solo hacia los salones, donde partes de todos los regimientos de la guarnición de San Petersburgo estaban formadas en batalla. Esta parada solía efectuarse al aire libre; pero este año, a causa de los hielos, tenía lugar en el interior del palacio, y Alejandro, que generalmente pasaba a galope tendido ante las tropas en las revistas, tenía ahora que hacerlo a pie ante los regimientos. Yo sabía que mis deberes de Corte terminaban desde el momento que el emperador aparecía en su calidad de jefe militar de las tropas, y que mi obligación era seguirlo hasta aquel sitio, pero no más allá. Sin embargo, como al mirar en todas direcciones vi que estaba completamente solo, habiendo desaparecido los dos ayudantes, y no encontrándose allí ninguno de la escolta, no lo dejaré, me dije a mí mismo, y lo seguí.

Ya fuera porque Alejandro II tuviese mucho que hacer en dicho día, o que deseara, por otras razones, que la revista terminara lo antes posible, lo cierto es que se lanzó con tanta rapidez ante las tropas, dando pasos tan largos y tan ligeros —era muy alto—, que me fue difícil seguirlo, caminando con toda la velocidad de que yo era capaz, teniendo en ciertos momentos que correr para no perder la distancia. Parecía como si huyera de un peligro, comunicándoseme su excitación de tal modo que a cada momento me hallaba dispuesto a colocarme de un salto ante él, sintiendo sólo no llevar más que la espada de ordenanza en vez de la mía propia, que tenía una hoja toledana, con la que se atravesaba una moneda de cobre y era un arma mucho mejor. Sólo después de haber pasado por delante del último batallón fue cuando contuvo algo el paso, y al entrar en otro salón, volvió la cabeza, encontrándose con mi mirada, que centelleaba con la agitación de aquella marcha impetuosa. El ayudante más joven venia a toda carrera dos salones más atrás de nosotros, y yo me preparaba a sufrir una buena reprimenda; en lugar de lo cual me dijo Alejandro II, tal vez revelando sin querer algún secreto pensamiento: ¿Tú aquí? ¡Bravo, muchacho! Y a medida que se alejaba lentamente volvió hacia el espacio aquella problemática y distraída mirada que yo había empezado a sorprender en él con frecuencia.

Tal era en aquella época mi modo de apreciar la situación; pero varios pequeños incidentes, al parecer sin importancia, así como el carácter reaccionario que la política de Alejandro II iba tomando, derramaron poco a poco la duda en mí corazón. Todos los años, el 6 de enero, una ceremonia medio cristiana y medio pagana, cuyo objeto es bendecir las aguas, tiene lugar en Rusia, efectuándose también en palacio. Sobre el Neva, y frente al palacio, se levanta un pabellón, y a él va la familia imperial precedida del clero, a través del gran muelle cantándose allí una letanía y sumergiendo la cruz en las aguas del río. Millares de personas bajan a los muelles y a las heladas aguas del Neva para presenciar el espectáculo, teniendo que estar todos con la cabeza descubierta; y como este año el hielo apretara, un viejo general se había puesto una peluca; mas, debido a la precipitación con que se quitó la esclavina, aquélla se movió, y ahora la tenía atravesada en la cabeza sin darse cuenta de ello. El gran duque Constantino, que lo notó, se estuvo riendo todo el tiempo que duró el Te Deum, así como los grandes duques más jóvenes, mirando todos en la dirección en que se hallaba el infortunado general, quien se reía estúpidamente, ignorando cuál pudiera ser la causa de semejante hilaridad. Al fin, Constantino se lo dijo con disimulo al emperador, quien también miró al general y se rió; algunos momentos más tarde, al cruzar una vez más la procesión el muelle, de vuelta hacia palacio, un viejo campesino, también con la cabeza descubierta, abriéndose camino a través de dos filas de soldados que formaban en la carrera de la procesión, cayó de rodillas a los pies mismos del emperador, presentando un memorial, y gritando con lágrimas en los ojos: ¡Padre, defiéndanos! Siglos de esclavitud de la población rural rusa se hallaban comprendidos en esta exclamación; pero Alejandro II, que algunos minutos antes se había reído, durante el servicio religioso, de una peluca descompuesta, pasó ahora junto al campesino sin hacer el menor caso de él. Yo iba inmediatamente tras el primero, y sólo observé un ligero estremecimiento de temor ante la súbita aparición del segundo; después de lo cual continuó caminando sin dignarse siquiera dirigir una mirada a la criatura humana que se hallaba a sus pies. Miré a mi alrededor: los ayudantes no estaban allí; el gran duque Constantino, que venía detrás, hizo el mismo caso del pobre que su hermano; no había, pues, nadie que tomara la petición, así que la recibí yo, a pesar de saber que por ello sería fuertemente reprendido; porque, en verdad, no era esa mi misión; pero recordé lo que le habría costado al labriego llegar hasta la capital, primero, y hasta el emperador después, pasando las filas de policías y soldados. Como todos los de su clase que presentaban memoriales al zar, iba a ser arrestado, nadie sabe por cuánto tiempo.

El día de la emancipación de los siervos, Alejandro II era adorado en San Petersburgo; pero es un hecho bien notable que, aparte de este momento de entusiasmo general, la ciudad no lo quería. Su hermano Nicolás, sin que nadie pudiera decir por qué, era, al menos, muy popular entre el pequeño comercio y los cocheros, pero ni Alejandro ni su hermano Constantino, el jefe del partido reformista, ni su tercer hermano Miguel, contaban con las simpatías de ninguna clase en San Petersburgo. El primero conservaba demasiado el carácter despótico de su padre, que surgía alguna vez que otra a través de su trato, por lo general afable. Se acaloraba con facilidad, y a menudo trataba a sus cortesanos del modo más despreciativo, no siendo lo que se llama un hombre en quien se pudiera depositar confianza, lo mismo respecto a su política que a sus simpatías personales, y además era vengativo. Dudo que profesara sinceramente afecto a alguien; entre los hombres que le rodeaban, los había de bien malos antecedentes; el conde Adlerberg, por ejemplo, quien le hizo pagar una y otra vez sus enormes trampas, y otros renombrados por sus estafas colosales. Desde el principio del 62 empezó a revelarse capaz de resucitar los tiempos peores del reinado de su padre; se sabía que pensaba llevar a cabo una serie de importantes reformas en la magistratura y en el ejército; que los terribles castigos corporales se hallaban a punto de ser abolidos, y que una especie de gobierno local, y tal vez hasta una constitución de cierta clase, se concederían. Pero a pesar de esto, el más ligero disturbio era reprimido bajo sus órdenes con una rígida severidad; cualquier movimiento lo consideraba como un agravio personal; así que, en todo momento, había motivo para temer de él las medidas más reaccionarias. Los desórdenes que estallaron en las Universidades de San Petersburgo, Moscú y Kazán en octubre del 61, fueron reprimidos con una dureza sin igual. Se cerró la Universidad de San Petersburgo, y aunque la mayoría de los profesores abrieron cursos libres en el Ayuntamiento, pronto fueron éstos suprimidos, teniendo los mejores profesores, como Stasinlevich y Kostomarov, que dejar la Universidad. Inmediatamente después de la abolición de la servidumbre, se inició un gran movimiento en favor de la apertura de escuelas dominicales, que surgieron por todas partes, fundadas por corporaciones y particulares —todos los maestros eran voluntarios—, y la gente del pueblo, lo mismo jóvenes que adultos, acudían a ellas en gran número. Oficiales, estudiantes y hasta algunos pajes, se convirtieron en maestros, y tan excelentes métodos se emplearon, que, teniendo la lengua rusa una ortografía fonética, conseguimos enseñar a leer a los campesinos en nueve o diez lecciones. Mas cuando menos se esperaba, esas escuelas, en las que la masa del pueblo hubiera aprendido a leer en pocos años, sin gasto alguno para el Estado, fueron cerradas. Como empezara en Polonia una serie de manifestaciones patrióticas, se mandaron allí a los cosacos a que dispersaran la multitud a latigazos, prendieron centenares de personas en las iglesias con su acostumbrada brutalidad. En las calles de Varsovia se fusilaba a los hombres hacia fines del 61, y para suprimir algunas insurrecciones de campesinos que estallaron, se apeló a las horribles carreras de baquetas por entre dos hileras de soldados, aquel castigo favorito de Nicolás I; lo déspota que Alejandro II vino a ser desde el año 70 al 81, se vislumbraba ya en el 62.

De toda la familia imperial, indudablemente la más simpática era la emperatriz Maria Alexándrovna, de carácter sincero, y cuando decía algo agradable, era verdad que lo sentía. La manera como una vez me dio las gracias por una pequeña atención (fue después de haber recibido al embajador de los Estados Unidos, que acababa de llegar a San Petersburgo), me impresionó profundamente; no fue en la forma que debía esperarse de una señora viciada por las costumbres cortesanas, como es de suponer que ha de estarlo una emperatriz. Ella, ciertamente, no era feliz en el hogar doméstico, ni tampoco apreciada por las damas de la Corte, quienes la encontraron muy severa, y no se podían explicar que tomase tan a pecho las étaurderies de su marido. Ahora ya se sabe el papel de verdadera importancia que representó en lo referente a la abolición de la servidumbre; pero en aquella época su influencia en tal sentido se desconocía, considerándose al gran duque Constantino y a la gran duquesa Elena Pavlovna, que era el sostén principal de Nicolás Miliutin en la Corte, como jefes del partido reformista en las esferas palatinas. La emperatriz era más conocida por la parte decisiva que había tomado en la creación de gimnasios para los jóvenes (institutos), que recibieron desde su fundación, en 1859, un alto grado de organización y un carácter verdaderamente democrático. Sus amistosas relaciones con el gran pedagogo Ushinsky le salvaron a éste de participar de la suerte de todos los hombres notables de la época; esto es, del destierro.

Siendo ella misma muy bien educada, María Alexándrovna hizo cuanto le fue posible por dar una buena educación a su hijo mayor; los hombres más notables en toda clase de conocimientos fueron buscados como maestros, y hasta Kavelin fue invitado con tal propósito, a pesar de ser conocidas sus amistosas relaciones con Herzen; cuando él las mencionó, contestó ella que, aparte del violento lenguaje que aquél había usado respecto a la emperatriz viuda, no tenía ningún otro resentimiento contra él.

El presunto heredero era un joven hermoso, tal vez demasiado hermoso para hombre. No tenía orgullo, y durante los besamanos, acostumbraba a charlar, como entre compañeros, con los pajes de cámara. (Aun recuerdo, en la recepción de Año Nuevo, haber llamado su atención sobre la sencillez del uniforme del embajador de los Estados Unidos, comparado con los trajes de papagayo de los demás). Sin embargo, los que lo conocían bien lo describían como extremadamente egoísta, incapaz de tomar afecto a nadie; este rasgo característico se mostraba más prominente en él aun que en su padre. Respecto a su educación, todos los desvelos de su madre resultaron inútiles. En agosto del 61, sus exámenes, que se efectuaron en presencia de su padre, fueron de un efecto deplorable, y recuerdo que Alejandro II, en un desfile en que aquél mandaba las tropas, y durante el cual cometió algunas equivocaciones, gritó de modo que todos pudieron oírle: ¡Ni aun eso has podido aprender! Murió, como es sabido, a los veintidós años, de una afección a la médula espinal.

Su hermano Alejandro, que vino a ser el presunto heredero en 1865, y fue más tarde Alejandro III, formaba raro contraste con Nicolás Alexandrovich. Tanto me recordaba a Pablo I, por su fisonomía, su figura y su contemplación de sí mismo, que yo acostumbraba a decir: Si alguna vez reina, será otro Pablo I en el palacio de Gatchina y tendrá el mismo fin que su bisabuelo, a manos de sus propios cortesanos. Su resistencia a aprender era invencible: se decía que Alejandro II, habiendo tenido tantas dificultades con su hermano Constantino, que estaba mejor educado que él, adoptó la política de concentrar toda su atención en el primogénito y descuidar la educación de los demás; sin embargo, dudo mucho que eso sea cierto. Alejandro Alejandrovich ha debido tener aversión a todo lo que sea instruirse desde la infancia; su ortografía, que pude apreciar en los telegramas que dirigía a su prometida en Copenhague, era extremadamente mala. No puedo dar aquí un ejemplo de ella en ruso; pero en francés escribía de este modo: Ecri á oncle á propos parade ... les nouvelles sont mauvaissent, y así por el estilo.

Se dice que sus maneras se suavizaron en el último tercio de su vida; pero en 1870, y aun mucho después, era un verdadero descendiente de Pablo l. Conocí en San Petersburgo un oficial de origen sueco (de Finlandia), a quien se había enviado a los Estados Unidos a comprar fusiles para el ejército ruso. A su vuelta, tuvo que dar cuenta de su misión a Alejandro Alejandrovich, encargado de la inspección del cambio de armamento del ejército. Durante esa entrevista, el zarevich, dando rienda suelta a su carácter impetuoso, empezó a reprender al oficial, quien probablemente contestaría con dignidad, lo que fue causa de que el príncipe, presa de un acceso de furor, insultase a aquél usando un lenguaje soez. Pero el ofendido, que pertenecía a ese tipo de hombres dignos y respetables que con frecuencia se encuentran entre la nobleza sueca en Rusia, se retiró en el acto y escribió al presunto heredero una carta, en la cual decía que si en el término de veinticuatro horas no le daba una satisfacción, se pegaría un tiro. Aquello era una especie de duelo japonés; pero el joven Alejandro no mandó sus excusas, y el oficial cumplió su palabra. Yo lo vi en casa de un intimo amigo mio, que lo era también suyo, contando los minutos y esperando recibir la explicación; a la mañana siguiente estaba muerto. El zar se incomodó mucho con su hijo, y le ordenó acompañara el cadáver hasta su última morada; pero ni aun esta terrible lección curó al joven de la altivez e impetuosidad propias de los Romanov.

Capítulo III — Siberia

I

A mediados de mayo de 1862, semanas antes de nuestra promoción, me dijo un día el capitán que hiciera la lista final del regimiento a que cada uno quería pertenecer. Podíamos elegir entre todos los de la guardia, en los que se ingresaba con el primer grado de oficial, y los de línea, con el tercer grado de teniente. Formé una lista de nuestra clase, y fui preguntando a los compañeros; cada uno sabía ya el regimiento al que iría a unirse, y muchos usaban en el jardín las gorras de oficiales de los que habían elegido.

Coraceros de Su Majestad, Guardia de corp Preobrazhensky, Guardia montada, eran las contestaciones que yo inscribía.

Pero tú, Kropotkin, ¿adónde vas? ¿A la artillería? ¿A los cosacos? Me preguntaban por todas partes; y no pudiendo responder a tales cuestiones, encargué, al fin, a un amigo que completara la lista y me retiré a mi habitación a meditar una vez más sobre mi última resolución.

Que no había de entrar en un regimiento de la guardia dedicándome a pasar la vida entre desfiles y bailes cortesanos, era cosa ya de antiguo resuelta. Mi sueño se fundaba en el deseo de ir a la Universidad; en aprender, en vivir la vida de estudiante. Lo cual, por supuesto, significaba romper por completo con mi padre, cuyas ambiciones eran muy distintas, y no contar para mi sostén más que con lo que pudiera ganar dando lecciones. Miles de estudiantes rusos viven de ese modo, y tal género de vida no me asustaba en lo más mínimo. Pero, ¿cómo había de hacer frente a las primeras dificultades? Dentro de muy pocas semanas tendría que dejar el colegio, ocuparme de mi ropa, buscar habitación, y no veía la posibilidad de proporcionarme ni siquiera la insignificante cantidad que se necesitaría para empezar, aun en la forma más modesta. Así que, no siendo práctico lo de la Universidad, había pensado a menudo, últimamente, entrar en la Academia de artillería: esto me libraría por dos años de las molestias del servicio militar, y después de los demás estudios, podría continuar los de matemáticas y física. Pero el viento de la reacción se dejaba sentir, y a los oficiales se les había tratado durante el invierno anterior en las academias, como si fueran niños de escuela; en dos de ellas se habían sublevado, y en otra, de ingeniería, se retiraron todos en masa, y entre ellos un amigo mio.

Mis pensamientos se volvían más y más hacia Siberia; la región del Amur había sido anexada recientemente a Rusia; yo conocía todo lo escrito respecto a ese Mississippi del lejano Oriente, las montañas que atraviesa, la vegetación subtropical de su tributario el Usuri, me extasiaba con las ilustraciones agregadas al Viaje al Usuri de Maack, y mi imaginación fue más allá: a las regiones tropicales, que Humboldt ha descrito, y a las grandes generalizaciones de Ritter, que me deleitaba al leer. Además, razonaba así: en Siberia hay un espacio inmenso para la aplicación de las grandes reformas ya realizadas o que vendrán en breve; allí deben ser poco numerosos los trabajadores, y es indudable que encontraré un campo de acción en armonía con mis inclinaciones. Lo peor era que tendría que separarme de mi hermano Alejandro, quien se había visto obligado a dejar la Universidad de Moscú, después de los últimos desórdenes, y al cual esperaba (y con razón) sin saber por qué, de un modo o de otro, volver a ver pronto. No quedaba más que elegir el regimiento en la región del Amur. El Usuri me atraía más; pero, desgraciadamente, allí no había más que un regimiento de cosacos de infantería; y servir en semejante cuerpo era demasiado para un joven de mis años, por lo que resolví ingresar en los de caballería del Amur.

Lo que anoté en la lista, con asombro de todos mis compañeros. ¡Está tan lejos! —decían; en tanto que mi amigo Daurov, cogiendo el Manual del Oficial, leyó en él, para horror de todos los presentes: Uniforme negro, con cuello rojo sencillo, sin trencillas; gorra de pelo, hecha de piel de perro o de cualquier otro animal; pantalón gris.

— ¡Qué uniforme! —exclamó—. Dejemos aparte la gorra; podéis usarla de piel de lobo u oso; pero, ¡y los pantalones! ¡Grises como los de los obreros! Al oír esto, la consternación llegó a su máximo de intensidad. Yo lo eché a broma lo mejor que pude y llevé la lista al capitán.

— ¡Kropotkin lo ha de tomar todo a broma! —exclamó al verla—. ¿No os he dicho que hay que mandar la lista al gran duque hoy mismo?

Un sentimiento de asombro y compasión se manifestó en su semblante, cuando le dije que aquello expresaba realmente mi intención.

Sin embargo, al día siguiente, casi estuve a punto de cambiar de resolución al ver cómo la tomó Klasóvsky; él esperaba verme en la Universidad; me había dado lecciones de latín y griego con tal objeto, y yo no me atrevía a revelarle lo que verdaderamente me impedía hacerlo; pues sabia que, en tal caso, se hubiera ofrecido a compartir conmigo lo poco que tenia.

Mi padre, al saberlo, telegrafió al director que se oponía a que fuera a Siberia, y el asunto pasó al gran duque, que era el jefe de la escuela militar. Fui llamado a su presencia, y allí hablé sobre la fertilidad del Amur y otras cosas parecidas, porque tenía motivos sobrados para presumir que, si manifestaba deseos de ir a la Universidad, y no contaba con recursos para ello, alguien de la familia imperial me hubiera ofrecido una bolsa; cosa que de cualquier modo deseaba evitar.

Es imposible decir cómo hubiera concluido todo esto, cuando un acontecimiento de importancia —el gran incendio de San Petersburgo— vino a traer de un modo indirecto una solución a la dificultad.

El lunes después de la Trinidad —el día del Espíritu Santo, que caía aquel año el 26 de mayo, antiguo cómputo— estalló un terrible incendio en el llamado Apraxin Dvor, que era un inmenso espacio de más de 800 metros cuadrados, enteramente cubierto de tiendas pequeñas —verdaderas barracas de madera—, donde se vendía toda clase de artículos de segunda y aun de tercera mano. Muebles y camas usados, ropas y libros viejos arrojados allí de todos los barrios de la ciudad, se hallaban almacenados en las pequeñas barracas y expuestos en el espacio que mediaba entre ellas, y aun en los techos de las mismas. Esta acumulación de materias inflamables tenía a su espalda el ministerio del interior y sus archivos, donde se guardaban todos los documentos concernientes a la liberación de los siervos; y a su frente, que estaba formado por una hilera de tiendas construidas de piedra, se encontraba el Banco Nacional. Una estrecha callejuela, formada también de tiendas de sólida construcción, separaba el Apraxin Dvor de un ala del Cuerpo de pajes, que estaba ocupada por tiendas de refinamiento y aceite en el bajo y por los departamentos de los oficiales en el superior. Y casi enfrente del mencionado ministerio, al otro lado del canal, había extensos depósitos de madera, en los cuales, al mismo tiempo que en el laberinto formado por las barracas de enfrente, se inició el fuego de un modo simultáneo a las 4 de la tarde. Si hubiera habido viento aquel día, media ciudad hubiese sido pasto de las llamas, incluyendo el Banco, varios ministerios, el Gostini Dvor (otra gran aglomeración de tiendas en Nevsky Prospekt), el Cuerpo de pajes y la Biblioteca Nacional.

Yo estaba aquella tarde en el colegio, comiendo en casa de uno de nuestros oficiales, y nos lanzamos hacia el lugar del siniestro en cuanto vimos, desde las ventanas elevarse tan cerca de nosotros las primeras nubes de humo. El espectáculo era terrorífico: como una serpiente inmensa, agitándose y silbando, el fuego se corrió en todas direcciones, a derecha e izquierda, envolvió las barracas, y de pronto se levantó en gigantesca columna, de la que partían sus silbantes lenguas dispuestas a lamer más tiendas con los géneros que contenían. Remolinos de humo y fuego se formaron en el acto, y cuando los producidos por las plumas quemadas, procedentes de las tiendas de colchones, empezaron a inundar el espacio, se hizo imposible permanecer por más tiempo dentro del ardiente mercado: hubo que abandonarlo sin remedio.

Las autoridades habían perdido la cabeza por completo. En aquella época no había una sola bomba de vapor en San Petersburgo, y fueron trabajadores los que dieron la idea de traer una de los talleres de fundición de Kolpino, situados a 35 kilómetros, por ferrocarril, de la capital; cuando la bomba llegó a la estación, el pueblo mismo la arrastró a la conflagración. De sus cuatro líneas de mangueras, una había sido inutilizada por una mano desconocida, y las otras tres se dirigieron al ministerio del interior. Los grandes duques vinieron al lugar del fuego y se volvieron a marchar. Ya entrada la tarde, cuando el Banco estaba fuera de peligro, hizo también el emperador su aparición, y dijo lo que ya sabían todos: que el Cuerpo de pajes era ahora lo que importaba salvar, y había que hacerlo por todos los medios posibles. Era evidente que si el edificio ardía, la Biblioteca Nacional y la mitad de Nevsky Prospekt hubieran desaparecido.

La multitud, el pueblo, fue quien hizo todo lo posible para evitar que el fuego se extendiera cada vez más. Hubo un momento en que el Banco se vio seriamente amenazado: los géneros sacados de las tiendas de enfrente se aglomeraron en la calle Sadovaia, donde yacían apiñados contra el ala izquierda del mencionado establecimiento; los efectos, que ocupaban toda la calle, se inflamaban de continuo; pero el pueblo, asándose materialmente, en medio de un calor insoportable, evitó que el incendio se comunicara a las pilas de géneros que se encontraban al otro lado. La gente clamaba contra todas las autoridades, al ver que ni una bomba siquiera se hallaba disponible. ¿Qué están haciendo todos en el ministerio del interior, cuando el Banco y la Casa de Expósitos van a incendiarse? ¡Todos han perdido la cabeza! ¿Dónde está el jefe de policía, que no puede mandar una brigada de bomberos al Banco? —se oía decir por todas partes. Yo conocía personalmente al jefe aludido, el general Annenkov, por haberlo encontrado una o dos veces en casa de nuestro subinspector, adonde iba con su hermano, el conocido crítico literario, y me ofrecí a ir en su busca. Lo encontré, en efecto, paseando, al parecer sin objeto, por una calle; y cuando le di cuenta de lo que ocurría, fue a mí, aunque parezca increíble, a un muchacho, a quien dio la orden de trasladar una de las brigadas de bomberos desde el ministerio al Banco. Yo le manifesté que no me obedecerían, y le pedí una orden por escrito; pero el general no tenía o pretendió no tener una hoja de papel, por lo que le rogué a uno de nuestros oficiales, el teniente L. L. Gosse, que viniera conmigo a transmitir la orden. Al fin dimos con el capitán de una de las brigadas, quien, entre maldiciones y juramentos, vino con su fuerza al Banco.

El ministerio mismo no ardía, lo que se quemaba eran los archivos; y muchos jóvenes, en su mayoría cadetes y pajes, en unión de varios dependientes, cargaban con paquetes de papeles desde el lugar del peligro a los carros. Con frecuencia solía caer alguno al suelo, en cuyo caso el viento, apoderándose de sus hojas, las esparcía por la plaza. A través del humo se distinguía un fuego imponente, corriéndose por los depósitos de madera, al otro lado del canal. La estrecha callejuela que separaba el colegio del Apraxin Dvor se encontraba en un estado deplorable; sus tiendas estaban llenas de azufre, aceite, trementina y otras cosas por el estilo, e inmensas lenguas de fuego de varios colores, lanzadas por las explosiones, lamían los techos de las alas de aquél, que formaba el otro lado de la calle. Las ventanas y pilastras próximas al techo empezaban ya a humear, en tanto que los pajes y algunos cadetes, después de haber desalojado el local, hacían funcionar una pequeña bomba que recibía el agua a grandes intervalos de unas viejas cubas que había que llenar a mano. Dos bomberos que se hallaban en el caldeado techo, gritaban continuamente: ¡Agua! ¡Agua! En un tono que penetraba hasta el corazón. Yo no pude resistir más, y me lance a la calle de Sadóvaia donde por la fuerza obligué al conductor de una de las pipas que pertenecían a una brigada de bomberos de policía, a que entrase con su carro en nuestro patio y diese agua a la bomba; pero cuando traté de repetir lo mismo, una vez más, me encontré con una terminante negativa de parte de aquél, quien me dijo que le formarían consejo de guerra si me obedecía. Al oír esto, me gritaron los compañeros por todas partes: Ve y busca a alguien —al jefe de la policía, al gran duque, a cualquiera— y dile que sin agua tendremos que abandonar la casa al fuego. ¿No sería mejor dar parte al director? alguno dijo; a lo que contestaron los demás: ¡Vayan todos al diablo! se necesitaría una linterna para encontrarlos. Ve y hazlo tú mismo.

De nuevo fui a buscar al general Annenkov, y al fin me dijeron que debía estar en el patio del Banco. Varios oficiales se encontraban allí, en torno de un general en quien reconocí al príncipe Suvórov, gobernador general de San Petersburgo. La cancela, sin embargo, se hallaba cerrada, y un empleado del establecimiento que la custodiaba se negó a dejarme pasar; pero yo insistí, amenacé, y finalmente me admitieron. Entonces me fui directamente al príncipe, que estaba escribiendo una nota en el hombro de su ayudante.

Cuando le di cuenta del asunto, lo primero que me preguntó fue: ¿Quién os envía?

— Nadie; los compañeros, fue mi respuesta.

— ¿De modo que decís que el colegio estará pronto ardiendo?

— Sí. Él partió inmediatamente, y cogiendo en la calle una sombrerera vacía se cubrió con ella la cabeza, yendo a todo correr hacia la callejuela que se encontraba llena de barriles vacíos, paja, cajas de madera y otros combustibles por el estilo, ocupando el espacio que mediaba entre las llamas de las tiendas de grasas incendiadas, de una parte, y el edificio del Cuerpo de pajes, cuyos marcos de ventanas y pilastras empezaban a humear, de la otra. El príncipe procedió con resolución. En vuestro jardín hay una compañía de soldados —me dijo—, tomad un destacamento y limpiad esa callejuela en el acto. Se traerá aquí inmediatamente una manguera de la bomba de vapor; que no deje de funcionar; lo confío personalmente a vuestro cargo.

No era cosa fácil hacer salir a los soldados del jardín; pues luego de haber dado buena cuenta del contenido de barriles y cajas, con los bolsillos llenos de café y los kepis de terrones de azúcar, disfrutaban de lo templado de la noche, comiendo avellanas bajo los árboles. Ninguno quiso moverse hasta que intervino un oficial. La callejuela quedó limpia, y la bomba no dejaba de funcionar; los compañeros estaban contentos, y cada veinte minutos relevábamos a los hombres que dirigían la manga, permaneciendo a su lado con un terrible calor.

A las tres o las cuatro de la mañana era evidente que se le había puesto una barrera al fuego; el peligro de que se extendiera al Cuerpo había desaparecido, y después de haber apagado nuestra sed en una casita blanca, que casualmente estaba abierta, caímos, medio muertos de fatiga, en la primera cama desocupada que encontramos en la enfermería del colegio.

A la mañana siguiente me levanté temprano y fui a ver el lugar de la conflagración. Al volver a la escuela encontré al gran duque Mijail, a quien acompañé, según era mi deber, en su ronda de inspección. Los pajes, con los rostros negros por el humo, ojos hinchados, labios inflamados, y algunos con el cabello chamuscado, levantaron la cabeza de la almohada; era difícil reconocerlos, y, sin embargo, estaban orgullosos al pensar que no fueron meros espectadores, habiendo trabajado con la misma energía que los demás.

Esta visita del gran duque arregló nú dificultad. Me preguntó por qué había concebido la idea de ir al Amur, si contaba con amigos allí, si tenía relaciones con el gobernador general; y al saber que no contaba con parientes en Siberia, y no conocía en aquella parte del país a nadie, exclamó: Pero, entonces, ¿cómo vais a ir? Podrán enviaros a una triste aldea de cosacos; ¿qué haréis allí? Lo mejor será que yo escriba al gobernador general recomendándoos.

Después de tal ofrecimiento, tenía la seguridad de que la oposición de mi padre cesaría, y, en efecto, así fue. Quedé en libertad de ir a Siberia.

Este gran incendio vino a ser un punto de importancia, no sólo con respecto a la política de Alejandro II, sino también en la historia de Rusia en aquel período del siglo. Que no había sido un mero accidente, era cosa clara; la Trinidad y el día del Espíritu Santo son grandes fiestas en el país, y en el interior del mercado no había nadie más que los guardas; además, el mercado y los depósitos de madera empezaron a arder al mismo tiempo, y la conflagración de San Petersburgo fue seguida de otras similares en varias capitales de provincia. Que el fuego había sido encendido por alguien, era indudable; pero, ¿por quién? A esta pregunta aun no se ha contestado.

Katkov, el ex-liberal, que profesaba odio personal a Herzen, y en particular a Bakunin, con quien una vez había tenido que batirse en duelo, al día siguiente del siniestro acusó a los polacos y a los revolucionarios rusos de ser sus autores, y esa opinión prevaleció en San Petersburgo y Moscú.

Polonia se preparaba entonces para la revolución que estalló en el siguiente enero, y el comité secreto del partido revolucionario concluyó una alianza con los refugiados de Londres, teniendo sus agentes en el corazón mismo de la administración de San Petersburgo. Muy poco tiempo después del mencionado incendio, el gobernador de Polonia, conde de Lüders, fue muerto de un tiro por un oficial ruso, y cuando el gran duque Constantino fue nombrado en su lugar (con la intención, según se dijo, de hacer de Polonia un reino separado para él), sufrió la misma suerte, y de igual modo, el 26 de junio. Y en agosto se intentó algo parecido contra el marqués Wielopolski, el jefe polaco del partido de la unión con Rusia. Inglaterra y Napoleón III mantenían entre los polacos la esperanza de una intervención armada en favor de su independencia. En tales condiciones, juzgarían desde el punto de vista militar, por lo general limitado, que destruir el Banco de Rusia, en unión de varios ministerios, y sembrar el pánico en la capital, podría ser considerado como buen plan de guerra; pero jamás se encontró ni la más remota evidencia en apoyo de esta hipótesis.

Por otra parte, los partidos avanzados rusos vieron que nada podían esperar en adelante de la iniciativa reformista de Alejandro, comprendiendo claramente que éste se pasaba de un modo resuelto al campo reaccionario. Para los hombres previsores era evidente que la liberación de los siervos, bajo las condiciones de redención que les habían impuesto, significaba su inevitable ruina, y en mayo se distribuyeron proclamas revolucionarias en San Petersburgo, haciendo un llamamiento al pueblo y al ejército, y recomendando a las clases ilustradas que insistieran sobre la necesidad de una convención nacional. Bajo tales circunstancias, la desorganización de la máquina gubernamental podía haber entrado en los planes de algunos revolucionarios.

Finalmente, el carácter indefinido de la emancipación había producido una gran fermentación entre los elementos rurales, que formaban una parte considerable de la población en todas las ciudades rusas, y a través de toda la historia de este país se observa que, cada vez que una agitación igual ha empezado, ha ido acompañada de anónimos anunciando incendios, y algunas veces de estos mismos.

Era posible que la idea de dar fuego al mercado de Apraxin podía haberse ocurrido a los partidarios de la revolución; pero ni las investigaciones más minuciosas, ni las prisiones en grande escala que empezaron a efectuarse en toda Rusia y en Polonia, inmediatamente después del suceso, revelaron la más ligera indicación en tal sentido. Si algo se hubiera hallado, el elemento reaccionario hubiese sacado partido de ello. Muchas reminiscencias y volúmenes de correspondencia de aquella época se han publicado desde entonces; pero nada contienen que pueda dar el menor asomo de verdad a semejante sospecha.

Por el contrario, al estallar conflagraciones parecidas en varias poblaciones sobre el Volga, y especialmente en Simbirsk, y cuando Zhdánov, que era senador, fue enviado por el zar a hacer una investigación en toda regla, volvió con la íntima convicción de que el incendio de esta última ciudad fue obra del partido reaccionario, en el que existía la creencia de que sería posible por ese medio inducir a Alejandro II a posponer la abolición final de la servidumbre, la cual debía tener lugar el 19 de febrero de 1863. Los reaccionarios, conocedores de la debilidad de su carácter, inmediatamente después del gran incendio de San Petersburgo, empezaron una violenta campaña en favor del aplazamiento y de la revisión de la ley de emancipación en sus aplicaciones prácticas. En los círculos bien informados se susurraba que el senador Zhdánov volvía con pruebas positivas de la culpabilidad de los reaccionarios en Simbirsk, pero murió en el viaje de regreso, desapareciendo su cartera, que jamás se ha llegado a encontrar.

Pero sea de ello lo que quiera, lo cierto es que el fuego del Apraxin tuvo las más deplorables consecuencias. A partir de esa fecha Alejandro II se entregó a los reaccionarios, y —lo que fue peor aún— la opinión pública de aquella parte de la sociedad de San Petersburgo, y en particular de Moscú, que más pesaba en las determinaciones del gobierno, arrojó de repente su manto liberal, volviéndose, no sólo contra la sección más avanzada del partido reformista, sino que volvió también la espalda a la más moderada. Pocos días después del siniestro, fui un domingo a visitar a mi primo, el aide-de-camp del emperador, en cuya casa había visto con frecuencia a los oficiales de la guardia montada simpatizar con Chernishevski, siendo mi mismo primo, hasta entonces, un asiduo lector del Savrémennik(el órgano del partido reformista avanzado). En esta ocasión trajo varios números de dicho periódico, y colocándolos en la mesa ante la que yo estaba, me dijo: Ahora bien, después de esto, no quiero saber nada más de ese papel incendiario; tengo bastante —y estas palabras expresaban la opinión de todo San Petersburgo. Hablar de reformas se hizo inconveniente; toda la atmósfera se hallaba cargada de espíritu reaccionario; el Sovrémennik, Ruskoie Slovoy otras revistas se suprimieron; las escuelas dominicales fueron prohibidas en absoluto; empezaron los arrestos en gran escala, y la capital se puso en estado de sitio.

Quince días después, en junio 13[25], la época que tanto habíamos aguardado los pajes y cadetes, vino al fin. El emperador nos hizo una especie de examen militar en toda clase de evoluciones —durante el cual mandábamos las compañías, y yo formaba a caballo ante el batallón—, y fuimos ascendidos a oficiales.

Cuando concluyó el desfile, Alejandro II dijo en alta voz: A mí los nuevos oficiales y nos reunimos en torno suyo, permaneciendo él montado. Aquí lo vi bajo un aspecto completamente nuevo; el hombre que al año siguiente apareció como el sanguinario y vengativo represor de la insurrección polaca, se presentaba de cuerpo entero ante mis ojos, en el discurso que nos pronunció.

Empezó así, con tono reposado: Os congratulo; sois oficiales. Después habló sobre el deber y la lealtad militares, como es de costumbre en tales ocasiones. Pero si alguno de vosotros —agregó, marcando mucho las palabras, y manifestando repentinamente en el rostro la expresión de la ira—, pero si alguno de vosotros —que Dios os libre de ello— fuera, bajo cualquier circunstancia, desleal al zar, al trono y a la patria, tened cuidado con lo que os digo, será tratado con toda la se-ve-ri-dad de las leyes, sin la más ligera con-mi-se-ra-ción.

El tono de su voz disminuyó, y en su semblante se retrataba esa expresión de ciega cólera que yo había visto en mi juventud en los rostros de los propietarios territoriales, cuando amenazaban a sus siervos con hacerles saltar la piel a baquetazos. Cuando hubo terminado, espoleó su caballo con violencia y se marchó. A la mañana siguiente, el 14 de junio, fueron fusilados por orden suya tres oficiales en Modlin, Polonia, y un soldado, llamado Szur, fue muerto a palos.

La reacción nos arrastra a toda prisa me dije a mí mismo, cuando volvíamos al colegio.

Antes de dejar a San Petersburgo vi a Alejandro II una vez más. Algunos días después de nuestra promoción, todos los nuevos oficiales estaban en palacio para serle presentados. Mí más que modesto uniforme, con sus extraños pantalones grises, atraía la atención universal, y a cada momento tenía que satisfacer la curiosidad de oficiales de todas clases que venían a preguntarme qué uniforme era el mío. Como el regimiento de cosacos del Amur era entonces el más moderno del ejército ruso, me hallaba casi a la cola de los centenares de oficiales presentes. No obstante, Alejandro II me encontró con la vista, y me preguntó: ¿Con que vais a Siberia? ¿Ha consentido al fin vuestro padre? Contesté afirmativamente, y él agregó: ¿No teméis ir tan lejos?

— No, le dije resueltamente, deseo trabajar, y allí habrá mucho que hacer en la aplicación de las grandes reformas que van a implantarse. Me miró fijamente, quedó pensativo y dijo al fin: Id, pues; en todas partes se puede ser útil y su fisonomía tomó tal expresión de fatiga, tal aspecto de debilidad y abatimiento, que pensé en el acto: Es hombre perdido; todo lo va a abandonar.

San Petersburgo había tomado un aspecto sombrío; los soldados marchaban por las calles; patrullas de cosacos de caballería recorrían los alrededores del palacio, y la fortaleza estaba llena de prisioneros. En cualquier parte adonde me dirigiera, siempre vería lo mismo: el triunfo de la reacción. No me fue, pues, sensible alejarme de la capital.

Todos los días iba a la administración de los cosacos a pedir que alistaran pronto mis papeles, y tan luego como los tuve en mi poder, partí para Moscú, a unirme con mi hermano Alejandro.

II

Los cinco años que pasé en Siberia fueron para mí muy instructivos respecto al carácter y la vida humanos. Me vi puesto en contacto con hombres de todas las condiciones, los mejores y los peores; aquellos que se encontraban en la cúspide de la sociedad y los que vegetaban en su mismo fondo; esto es, los vagabundos y los llamados criminales empedernidos. Tuve sobradas ocasiones para observar los hábitos y costumbres de los campesinos en su labor diaria, y aun más, para apreciar lo poco que la administración oficial podía hacer en su favor, aun cuando se hallara animada de las mejores intenciones. Finalmente, mis largos viajes, durante los cuales recorrí más de 85.000 kilómetros en carros, en vapores, en botes, y principalmente a caballo, fueron de un efecto maravilloso en el mejoramiento de mi salud. Enseñándome al mismo tiempo a lo poco que se limitan realmente las necesidades del hombre, desde el momento que sale del circulo encantado de una civilización convencional. Con algunas libras de pan y unas onzas de té en una bolsa de cuero, una tetera y un hacha colgada de la silla, y bajo ésta una manta para extenderla ante el fuego sobre una cama de ramitas de pinabete, recientemente cortadas, se disfruta de una admirable independencia, aun en medio de montañas desconocidas, densamente cubiertas de bosque o coronadas por la nieve. Sobre esta parte de mi vida, bien pudiera escribirse un libro; pero debo recorrerla rápidamente, por ser mucho todavía lo que me queda por relatar respecto a los periodos siguientes.

Siberia no es la tierra helada cubierta en todo tiempo por la nieve y poblada siempre de desterrados que muchos se imaginan, aun entre los mismos rusos. En su parte sur es tan rica en productos naturales como la parte sur del Canadá, a la que tanto se parece en su aspecto físico, y además de medio millón de naturales, tiene una población de más de cuatro millones de rusos. Las regiones del sur de la Siberia occidental son tan completamente rusas como las provincias situadas al norte de Moscú. En 1862, la alta administración de Siberia era mucho más ilustrada y bastante mejor en todos conceptos que la de muchas provincias de la propia Rusia. Durante varios años, el puesto de gobernador general de la Siberia oriental había sido ocupado por un hombre tan notable como el conde N. N. Muraviev, que anexó la región del Amur a Rusia. Era muy inteligente, muy activo, extremadamente amable y deseoso de trabajar por el bien del país; pero, como casi todos los hombres de acción de la escuela gubernamental, un déspota en el fondo; tenía, sin embargo, opiniones avanzadas, y una República democrática no hubiera llenado por completo sus aspiraciones. Había conseguido desprenderse, hasta cierto punto, del antiguo tipo de empleados, que consideraban a Siberia como país conquistado, y logró reunir en torno suyo un buen número de jóvenes, completamente honrados, y muchos de ellos animados, como él, de los más elevados propósitos. En su propio gabinete, los jóvenes oficiales, con el desterrado Bakunin entre ellos (este se escapó de Siberia en el otoño de 1861), discutían las probabilidades de crear los Estados Unidos de Siberia, federados, a través del Pacífico, con los Estados Unidos de América del Norte.

Cuando llegué a Irkutsk, la capital de la Siberia oriental, la ola de la reacción que vi en San Petersburgo no había llegado aún a estos lejanos dominios. Fui muy bien recibido por el joven gobernador general Korsakov, que acababa de reemplazar a Muraviev; me dijo que le encantaba tener a su lado a hombres de opiniones liberales. En cuanto al comandante militar de la región, llamado B. K. Kúkel —un general joven que aun no había cumplido los 35 años, cuyo ayudante personal vine a ser—, desde el primer momento me llevó a una de las habitaciones de su casa, en la que encontré, en unión de las mejores revistas rusas, una colección completa de las ediciones revolucionarias de Herzen, publicadas en Londres; pronto fuimos buenos amigos.

Este general se había hecho cargo interinamente del gobierno de Transbaikalia, y a las pocas semanas cruzamos el hermoso lago Baikai, yendo hacia el este, hasta llegar a la pequeña población de Chitá, capital de la provincia. Allí tuve que dedicarme por completo, sin pérdida de tiempo, a las grandes reformas que estaban entonces en estudio. Los ministerios de San Petersburgo habían acudido a las autoridades locales, encargándoles que hicieran proyectos de completas reformas en la administración de las provincias, organización de la policía, los tribunales, las prisiones, el sistema de destierro y la autonomía municipal; todo sobre bases ampliamente liberales, de acuerdo con lo expresado por el emperador en sus manifiestos.

Kúkel, ayudado por el coronel Pedashenko, hombre inteligente y práctico, y un par de empleados civiles, animados de buenos deseos, trabajaba todo el día y a menudo una buena parte de la noche. Yo fui nombrado secretario de dos comités para la reforma de las prisiones y todo el sistema de destierro, y para preparar un proyecto de autonomía municipal, poniéndome a trabajar con todo el entusiasmo de un joven de 19 años. Leí mucho sobre el desarrollo histórico de estas instituciones en Rusia y sus presentes condiciones en el exterior, habiéndose publicado al efecto excelentes memorias y trabajos por los ministros de justicia e interior; pero lo que hicimos en Transbaikalia no fue puramente teórico. Primero discutí las líneas generales, y a continuación todos los puntos de detalle, con hombres prácticos, bien al tanto de las verdaderas necesidades y de los recursos locales, a cuyo fin me asesoré de un número considerable de personas, lo mismo en la capital que en la provincia; una vez hecho esto, las conclusiones a que habíamos llegado se volvían a discutir con Kúkel y Pedashenko, y después de exponer yo los resultados bajo una forma preliminar, se trataba nuevamente punto por punto en los comités. Uno de éstos, el encargado de preparar el proyecto de autonomía municipal, estaba compuesto de ciudadanos de Chitá, elegidos por toda la población, con la misma libertad que se pudiera haber hecho en los Estados Unidos. En suma, nuestro trabajo fue ejecutado a conciencia, y aun ahora, volviendo la vista a él a través de la perspectiva formada por tal número de años, puedo afirmar lleno de confianza que, si entonces se hubiera concedido la autonomía municipal en la modesta forma en que nosotros la proponíamos, las poblaciones de Siberia serían muy diferentes de lo que son. Pero nada resultó de todo ello, como se verá más adelante.

No escaseaban tampoco otras ocupaciones incidentales; había que buscar dinero para el sostenimiento de instituciones benéficas; se necesitaba escribir una memoria sobre el estado económico de la provincia en relación con una exposición agrícola local, o bien hacía falta realizar alguna investigación importante. Es una gran época la que vivimos; trabajad, querido amigo, y recordad que sois el secretario de todos los comités presentes y futuros, solía decirme Kúkel algunas veces, y yo trabajaba con doble energía.

Uno o dos ejemplos demostrarían con qué resultado: había en nuestra provincia un jefe de distrito, esto es, un empleado de policía, investido de facultades muy amplias e indeterminadas, que era una verdadera calamidad; después de robar a los labriegos, los azotaba a diestra y siniestra, no sólo a los hombres, sino hasta a las mujeres, lo que era contrario a la ley; y cuando algún asunto criminal caía en sus manos, era posible que allí quedara detenido meses enteros, permaneciendo mientras tanto los hombres en la cárcel hasta que le daban dinero. El general hacía tiempo que le hubiera dado pasaporte; pero el gobernador general no era partidario de esta idea, porque dicho individuo tenía buenas aldabas en San Petersburgo. Después de muchas vacilaciones se decidió al fin que fuese yo a abrir una información sobre el terreno y a hacerme de datos contra él. Empresa no muy fácil, porque los campesinos, a quienes tal sujeto tenía aterrados, conociendo el antiguo proverbio ruso, que dice: Dios está muy lejos, mientras que el amo es vuestro vecino, no se atrevían a declarar; hasta la mujer que había azotado temía al principio manifestarlo por escrito. Sólo después de haber pasado quince días entre ellos y ganado su confianza, conseguí hacer luz sobre el proceder de aquel jefe. Tan importantes y concluyentes fueron los datos que logré reunir, que el tal empleado se vio cesante, quedando nosotros muy satisfechos por habernos librado de semejante plaga. Pero ¿cuál no sería nuestra admiración cuando pocos meses después supimos que la misma persona había sido nombrada para un destino superior en Kamchatka? Allí podía explotar a la gente del país sin que nadie se lo impidiera, y así lo hizo; algunos años más tarde volvía a San Petersburgo con una fortuna, publicando después, de cuando en cuando, artículos en la prensa reaccionaria, llenos de espíritu patriótico.

La ola de la reacción, como ya he dicho, aun no había llegado a Siberia, y los desterrados políticos seguían siendo tratados con la mayor lenidad posible, como en los tiempos de Muraviev. Cuando en 1861 el poeta M. L. Mijáilov fue condenado a trabajos forzados por una proclama revolucionaria que publicó, y enviado a Siberia, el gobernador de Tobólsk, que fue la primera población siberiana a donde llegó, dio una comida en su honor, a la que concurrió todo el elemento oficial. En Transbaikalia no se le hacía trabajar, permitiéndosele oficialmente permanecer en la enfermería de la prisión de un pequeño pueblo minero, y como su salud estaba tan quebrantada (murió tísico algunos meses después), el general Kúkel le dio permiso para que residiera en casa de su hermano, ingeniero de minas, que había arrendado una mina de oro a la Corona por su propia cuenta. Esto se sabia particularmente en toda Siberia, y un día supimos por Irkutsk que, a consecuencia de una denuncia, el general de los gendarmes (policía de Estado), venia a Chitá para hacer una estricta investigación sobre el asunto. Un ayudante del gobernador general nos trajo la noticia, y yo fui despachado precipitadamente para prevenir a Mijáilov y decirle que debía volver en el acto a la enfermería de la prisión y permanecer allí todo el tiempo que el general de los gendarmes estuviera en Chitá. Pero como este caballero se encontraba con que todas las noches ganaba cantidades considerables en la mesa del tapete verde en casa de Kúkel, pronto decidió no cambiar tan agradable pasatiempo por un largo viaje a las minas, con una temperatura que era entonces de 12 grados bajo cero, y cuando le pareció, se volvió a Irkutsk, muy satisfecho de su lucrativa misión.

La tormenta, sin embargo, se aproximaba cada vez más, y barrió todo lo que encontró a su paso poco después de estallar la insurrección en Polonia.

III

En enero de 1863 se levantó Polonia contra la dominación rusa; se formaron partidas insurrectas, y empezó una guerra que duró diez y ocho largos meses. Los refugiados de Londres suplicaron al comité revolucionario polaco que aplazara el movimiento; preveían que, al ser sofocado, pondría un término al período reformista en Rusia; pero no fue posible evitarlo. La represión de las manifestaciones que tuvieron lugar en Varsovia en 1861, y las crueles e injustificadas ejecuciones que siguieron, exasperaron a los polacos; la suerte estaba echada.

En ninguna otra época había tenido la causa polaca tantos simpatizantes en Rusia como en aquélla; no hablo sólo de los revolucionarios; aun entre los elementos más moderados de la sociedad rusa se creía y manifestaba abiertamente que sería un beneficio para Rusia tener en Polonia un vecino amigo, en lugar de un súbdito hostil. Esta última no perderá nunca su carácter nacional, que está fuertemente desarrollado; ha tenido y tiene su literatura nacional y su arte e industria propios. Rusia sólo puede mantenerla en la servidumbre por medio de la fuerza bruta y la opresión; un estado de cosas que hasta ahora ha favorecido y necesariamente favorecerá la tiranía en su propio suelo. Hasta los pacíficos eslavófilos eran de esa opinión; y en la época en que yo estaba en la escuela, la sociedad de San Petersburgo aplaudió francamente el sueño que el eslavófilo Iván Aksákov tuvo el valor de publicar en su periódico El Día; soñó que las tropas rusas habían evacuado a Polonia, haciendo consideraciones sobre los buenos resultados que tal medida reportaría.

Cuando estalló la revolución del 63, varios oficiales rusos se negaron a marchar contra los polacos, en tanto que otros se pusieron abiertamente de su parte, muriendo después en el cadalso o en el campo de batalla. En toda Rusia se hacían suscripciones para la insurrección —en Siberia descaradamente—; y en las Universidades rusas, los estudiantes equipaban a aquellos de sus compañeros que marchaban a unirse con los revolucionarios.

Pero en medio de esta efervescencia, se extendió la noticia por toda Rusia de que durante la noche del 10 de enero, partidas de insurrectos habían caído sobre los soldados acantonados en las aldeas, asesinándolos mientras dormían, a pesar de que, hasta la misma víspera de dicho día, las relaciones de las tropas con los polacos parecían ser muy amistosas. En el modo de referir lo ocurrido había alguna exageración; pero en el fondo, desgraciadamente, existía cierta verdad, y la impresión que esto produjo en Rusia fue bien desastrosa; las antiguas antipatías entre ambas naciones, tan afines en su origen y tan diferentes en sus caracteres nacionales, se despertaron una vez más.

Gradualmente esta mala disposición fue desvaneciéndose hasta cierto punto; pues la brillante manera como peleaban los siempre bravos hijos de Polonia, y la indomable energía con que resistieron a un ejército formidable, ganaron simpatías a este pueblo heroico. Pero llegó a saberse que el gobierno revolucionario polaco, al pedir el restablecimiento de Polonia con sus antiguas fronteras, incluía las provincias de la Pequeña Rusia o ucranianas, cuya población greco-ortodoxa odiaba a sus gobernantes polacos, y más de una vez, en el curso de los tres últimos siglos, los habían muerto a centenares. Además, Napoleón III e Inglaterra empezaban a amenazar a Rusia con una nueva guerra; amago vano, que hizo más daño a los polacos que todo lo demás reunido; y finalmente, los elementos radicales rusos vieron con pesar que ahora los polacos puramente nacionalistas eran los que llevaban la dirección, no ocupándose el gobierno revolucionario lo más mínimo en conceder la tierra a los siervos; error del cual no dejó el gobierno ruso de aprovecharse, a fin de aparecer en la posición de protesta de los campesinos contra sus señores feudales.

Cuando estalló la revolución en Polonia, se creía generalmente en Rusia que tomaría un carácter democrático republicano, y que la liberación de los siervos, sobre una base ampliamente democrática, sería lo primero que habría realizado un gobierno revolucionario que luchaba por la independencia del país.

La ley de emancipación, según se había promulgado en San Petersburgo en 1861, proporcionaba una gran oportunidad para seguir tal línea de conducta; las obligaciones personales de los siervos para con sus amos no concluían hasta el 19 de febrero del 63, habiendo necesidad de un largo proceso con objeto de llegar a una especie de acuerdo entre los unos y los otros, respecto a las dimensiones y situación de los terrenos que habían de darse a los emancipados. El pago anual que por aquéllos había de efectuarse (extraordinariamente elevado), estaba fijado por la ley a tanto el acre; pero el campesino tenía también que pagar una cantidad adicional por su vivienda, a la que la ley sólo fijaba el máximo, en la creencia de que el dueño pudiera tal vez hallarse inclinado a perdonarla o a contentarse con una parte insignificante de ella. En cuanto a la llamada redención de la tierra, en cuyo caso el gobierno tomó a su cargo abonar al propietario todo su valor en bonos del Estado, en tanto que el labriego que la recibía tenía que pagar en cambio, durante cuarenta y nueve años, el seis por ciento sobre esa cantidad como interés y anualidades, lo que no sólo era desproporcionado y ruinoso para él, sino que ni aun se fijaba un plazo para la redención. Esto se dejaba a voluntad del señor, por cuya razón, en múltiples ejemplos, no se había dado el primer paso en tal sentido a los veinte años después de hecha la ley.

Bajo tales condiciones, un gobierno revolucionario contaba con una gran oportunidad para mejorar inmensamente la ley rusa; tenía la obligación de realizar un acto de justicia para con los siervos —cuya condición en Polonia era tan mala, cuando no peor, que en la misma Rusia—, concediéndoles mejores y más definidas condiciones de emancipación; pero nada de esto se efectuó; pues siendo el partido puramente nacionalista y el aristocrático los que se hallaban al frente del movimiento, dicha cuestión, de una importancia fundamental, fue relegada al olvido. Esto dio facilidad al gobierno ruso para ganarse las simpatías de los campesinos.

De tal torpeza se sacó gran partido cuando Nicolás Miliútin fue enviado a Polonia por Alejandro II, con la misión de liberar a los campesinos del mismo modo que se iba a hacer en Rusia, se arruinaran o no los propietarios. Ve a Polonia, aplica allí tu programa rojo contra los propietarios territoriales polacos, le dijo el emperador; y Miliútin, en unión del príncipe Cherkánski y otros muchos, hicieron cuanto estuvo de su parte para tomar la tierra a los señores y distribuirla liberalmente entre los labriegos.

Una vez encontré uno de los funcionarios rusos que habían ido a Polonia a las órdenes de Miliútin y el príncipe Cherkánski. Teníamos completa libertad de acción —me dijo— para devolver la tierra a los agricultores. Mi modo corriente de proceder era convocar una asamblea de éstos y preguntarles: Decidme, ante todo, ¿cuánta tierra tenéis actualmente? Ellos me lo manifestaban, y yo seguía interrogando: ¿Es ésta toda la que siempre habéis tenido? A lo cual contestaban todos a una voz: No, por cierto; antes estos prados eran nuestros; este bosque nos pertenecía, y esos campos también, solían agregar. Yo, después de dejar que se despacharan a su gusto, solía preguntar: Ahora bien, ¿quién de vosotros puede certificar, bajo juramento, que ésta o aquélla tierra le ha pertenecido alguna vez? A esto, como es natural, nadie contestaba, por tratarse de una época remota; pero al fin, la multitud se fijaba en un anciano, de quien todos decían: ¡Él está enterado de todo; puede jurarlo! Entonces el viejo empezaba a contar una larga historia respecto a lo que conoció en su juventud, o había oído de sus padres; pero yo le cortaba los vuelos, diciendo: Manifestad bajo juramento lo que sepáis que haya pertenecido a la gmina (el Municipio del pueblo), y la tierra será vuestra. Y desde el momento que prestaba juramento al que implícitamente se concedía gran autoridad, yo extendía los documentos y declaraba a la Asamblea: Ahora esta tierra es vuestra; nada les debéis por ningún concepto a vuestros antiguos amos; desde hoy no sois más que sus vecinos, y todo lo que os queda por hacer es pagar el impuesto de redención, un tanto anualmente al gobierno. Vuestras casas van incluidas en las tierras; las obtenéis de balde.

Puede imaginarse el efecto que semejante política produciría entre los aldeanos. Un primo mío, Piótr Nikoláievich Kropotkin, hermano del aide-de-camp, de quien he hecho mención anteriormente, estaba en Polonia o en Lituania con su regimiento de ulanos de la guardia. La revolución era tan formidable que hasta estas fuerzas se habían enviado desde San Petersburgo contra ella; y ahora se sabe que, cuando Mijaíl Muraviev fue destinado a Lituania y vino a despedirse de la emperatriz Maria, ella le dijo: ¡Salvad al menos Lituania para Rusia! Polonia se consideraba como perdida.

Las partidas armadas de los revolucionarios ocupaban el país —me dijo mi primo—, y éramos impotentes para vencerlas, y hasta para encontrarlas. Una y otra vez grupos insignificantes atacaban nuestros pequeños destacamentos, y como combatían admirablemente, conocían el país y hallaban auxilio en su población, a menudo obtenían la mejor parte. Así, pues, nos veíamos obligados a marchar solamente en grandes columnas; se cruzaba una región, caminando a través de los bosques, sin encontrar rastro alguno de las partidas; pero al volver por el mismo sendero se averiguaba que los insurrectos habían aparecido a nuestra espalda, cobrando la contribución impuesta por los patriotas; y si algún campesino había prestado algún servicio a las tropas, se le encontraba ahorcado de un árbol. Tal fue la situación durante meses enteros, sin esperanza de mejora, hasta que Miliutin y Cherkánski vinieron y libertaron a los agricultores, dándoles la tierra. Entonces varió la decoración por completo: aquéllos se pusieron de nuestra parte; nos ayudaron a copar las partidas, y la insurrección tocó a su fin.

Con frecuencia hablé con los desterrados políticos en Siberia sobre este particular; y algunos comprendían la equivocación que se habla cometido. Una revolución, desde sus comienzos, debe ser un acto de justicia en favor de los explotados y oprimidos; no una promesa de realizarlo más adelante. Ocurre con frecuencia, desgraciadamente, que los jefes se hallan tan absortos en meras cuestiones de táctica militar, que olvidan lo más importante. Para los revolucionarios, el no conseguir demostrar a las masas que ha empezado una nueva era realmente para ellas, es asegurar la pérdida inevitable de su causa.

Las desastrosas consecuencias de esta revolución para Polonia son conocidas; pertenecen al dominio de la Historia. Cuántos miles de hombres perecieron sobre el campo de batalla; cuántos centenares fueron ahorcados, y cuántos miles desterrados a varias provincias de Rusia y Siberia, aun no se sabe con certeza, pero hasta en las cifras oficiales publicadas en Rusia hace algunos años, se encuentra que, sólo en las provincias lituanas, sin hablar de Polonia propiamente dicha, aquel hombre terrible, Mijail Muraviev, a quien el gobierno ruso ha levantado un monumento en Vilna, ahorcó, por su propia autoridad, 128 polacos, y desterró a Rusia y Siberia 9.423 hombres y mujeres. Listas oficiales, publicadas también en Rusia, demuestran que el número de aquéllos, de ambos sexos, enviados de Polonia a Siberia, llegó a 18.672, de los cuales 10.407 se mandaron a la Siberia oriental. Recuerdo que el gobernador de esta última región me indicó el mismo número, diciendo que 11.000 personas vinieron condenadas a trabajos forzados o destierro a sus dominios. Yo los vi allí, y presencié sus sufrimientos; en totalidad, unas 60 o 70.000 personas, si no más, fueron arrancadas de sus hogares y transportadas a diferentes provincias de Rusia, a los Urales, al Cáucaso y a Siberia.

Para Rusia, las consecuencias fueron igualmente desastrosas; la insurrección polaca causó la clausura definitiva del período reformista. Verdad es que la ley de autonomía provincial (Zémstvos) y la reforma de las audiencias se promulgaron en 1864 y 1866; pero ambas estaban hechas desde 1862, y además, a última hora, Alejandro II dio la preferencia al proyecto de autonomía preparado por los reaccionarios de Valúiev contra el presentado por Nicolás Miliútin, y a poco de promulgarse ambas reformas, se redujo, y en algunos casos se anuló su importancia, por las leyes adicionales que les agregaron después.

Lo peor de todo fue que la misma opinión pública dio otro nuevo paso hacia atrás; el héroe del día era Kátkov, el jefe del partido de la servidumbre, quien ahora aparecía como un gran patriota, arrastrando en pos de sí la mayoría de la sociedad de San Petersburgo y Moscú; desde entonces los que se atrevían a hablar de reformas eran calificados en el acto por Kátkov como traidores a la patria.

La ola de la reacción se hizo sentir pronto en nuestra remota provincia. Un día del mes de marzo, llegó de Irkutsk un mensajero especial con un oficio; en él se intimaba al general Kúkel a entregar el cargo de gobernador de Transbaikalia y presentarse en Irkutsk a recibir órdenes, y que no volvería a ocupar dicho puesto.

¿Por qué? ¿Qué significaba esto? No se daba la menor explicación; ni aun el mismo gobernador general, amigo personal de Kúkel, había querido correr el riesgo de agregar una sola palabra a orden tan misteriosa. ¿Quería tal cosa decir que el general sería conducido entre dos gendarmes a San Petersburgo, y enterrado vivo en esa gran tumba de piedra que se llama la fortaleza de San Pedro y San Pablo? Todo era posible. Más tarde supimos que ésa fue en efecto la intención, y así hubiera ocurrido a no ser por la enérgica intervención del conde Nicolás Muraviev, el conquistador del Amur, quien imploró personalmente al zar que no tratara con tal rigor a Kúkel.

Nuestra separación de éste y de su encantadora familia fue verdaderamente un duelo. Yo sentía oprimido el corazón; no sólo perdí en él un querido amigo personal, sino que comprendí también que su partida era la terminación de toda una época llena de esperanzas por largo tiempo acariciadas, de ilusiones, como se hizo de moda decir.

Tal fue lo que pasó; después vino un nuevo gobernador, hombre de carácter pacífico y de pocas iniciativas. Con renovadas energías, viendo que no había tiempo que perder, completé los proyectos de reforma del sistema de destierro y autonomía municipal; el gobernador hizo algunas objeciones aquí y allá por mera fórmula, firmando finalmente dichos proyectos, que se remitieron a los centros oficiales. Pero en San Petersburgo ya no los querían, y allí siguen sepultados aún los nuestros, con centenares de otros parecidos, procedentes de todos los puntos de Rusia. Algunas cárceles modelos, más terribles todavía que las antiguas, se han edificado en las capitales, para enseñarlas durante los congresos del ramo a los extranjeros distinguidos; pero las restantes, y todo el sistema de destierro, fueron hallados por George Kennan, en 1886, exactamente en el mismo estado en que las dejé en 1862. Solamente ahora, después de haber transcurrido treinta y cinco años, las autoridades están introduciendo la reforma de los tribunales, y una parodia de autonomía en Siberia, habiéndose nombrado nuevamente comités que informen sobre el sistema de destierro.[3]

Cuando Kennan volvió a Londres de su viaje a Siberia, al día siguiente de su regreso nos buscó Stepniak, a Tchaikovski, a otro refugiado ruso y a mi; aquella noche nos reunimos en su habitación, en un pequeño hotel, cerca de Charing Cross; era la primera vez que lo veíamos, y no teniendo una confianza excesiva en viajeros ingleses que toman previamente a su cargo el enterarse de todo lo referente a las prisiones rusas, sin haber aprendido siquiera una palabra del idioma del país, empezamos a interrogarlo escrupulosamente, viendo con gran sorpresa nuestra, que no sólo hablaba correctamente el ruso, sino que sabía todo lo que verdaderamente era digno de conocerse de Siberia. Como entre unos y otros habíamos tenido relaciones con la mayor parte de los desterrados políticos en dicha región, empezamos a acosarlo con preguntas: ¿Dónde está Fulano de Tal? ¿Se ha casado? ¿Es feliz en su nuevo estado? ¿Se mantiene todavía con ánimo íntegro? Y pronto pudimos convencernos de que Kennan estaba enterado de todo.

Cuando concluyó este interrogatorio, y nos disponíamos a salir, yo pregunté: ¿Sabéis, señor Kennan, si han construido una torre-vigía para la brigada de bomberos en Chitá? Stepniak me miró como para reprocharme por abusar de nuestro amable interlocutor; pero éste en el acto se echó a reír; yo no pude menos que imitarlo, y sin dejar el tono jovial, nos lanzamos una lluvia de preguntas y respuestas: ¿Cómo, estáis enterado de eso? ¿Y vos también? ¿Edificado? ¡Sí, presupuestado en doble! Y otras semejantes; hasta que por último Stepniak intervino, y con toda la gravedad compatible con la dulzura de su carácter, dijo: Sepamos al fin de qué os reís. A lo que respondió Kennan contando esta historia, que deben recordar sus lectores: En 1859 la gente de Chitá quiso construir una torre-vigía, y recaudó los fondos necesarios para ello; mas como el presupuesto tenía que remitirse a San Petersburgo, lo enviaron al ministerio del interior; pero al volver, dos años después, aprobado, los precios de la madera y la mano de obra se habían elevado en la joven población que, por momentos, se iba desarrollando. Esto fue en 1862, estando yo allí. Se hicieron nuevos presupuestos y mandaron a la capital, repitiéndose la misma historia durante unos veinticinco años, hasta que al fin los habitantes de Chitá, perdida la paciencia, presupuestaron la obra en el doble de su valor; no obstante, semejante precio fue debidamente estudiado en San Petersburgo, y en definitiva aprobado. Así es como aquella población se hizo su torre.

Se ha dicho con frecuencia que Alejandro II cometió una gran falta, y se acarreó su propia ruina, alentando tantas esperanzas que más tarde había de defraudar. Pero de lo manifestado se desprende —y la historia de Chitá era la de toda Rusia— que hizo más que eso; no sólo despertó aspiraciones, cediendo por un momento a la corriente de la opinión pública que le rodeaba; indujo a los hombres en todo el país a que se pusieran a trabajar, saliendo del dominio de meras esperanzas y sueños, y tocasen con el dedo las reformas que se necesitaban. Les hizo concebir lo que se podía hacer inmediatamente, y lo fácil que sería realizarlo; les exhortó a que sacrificaran todo lo que no pudiera llevarse a la práctica en el acto, y se contentaran con lo que fuera posible de momento. Y después que se amoldaron a esta medida, expresando sus ideas en leyes que sólo necesitaban su firma para entrar en vigor, él se la negó. Ninguna reacción podía levantar la voz, ni jamás lo ha intentado, para afirmar que lo que se pretendía hacer continuar —la antigua organización de los tribunales, la falta de autonomía municipal, o el sistema de destierro— era bueno y digno de conservarse; nadie se ha atrevido a tanto. Sin embargo, debido al temor de hacer algo, todo se dejó como estaba; durante treinta y cinco años, todos los que se aventuraban a mencionar la necesidad de un cambio eran tratados de sospechosos, e instituciones unánimemente reconocidas como malas, se toleraban y sostenían sólo por no volver a oír la horrenda palabra reforma.

IV

Viendo que no había nada más que hacer en Chitá en punto a reformas, acepté con gusto la oferta de visitar el Amur aquel mismo verano del 63.

El inmenso dominio, comprendiendo la orilla izquierda del Amur (por el norte), a lo largo de la costa del Pacífico, llegando hacia el sur hasta la bahía de Pedro el Grande (Vladivostok), había sido anexado a Rusia por el conde Muraviév, casi contra la voluntad del gobierno de San Petersburgo, y de seguro con poca ayuda de su parte. Cuando concibió el atrevido plan de tomar posesión del gran río, cuya parte sur y fértiles tierras fueron durante los últimos doscientos años objeto codiciado de los siberianos, y cuando en la víspera de abrirse el Japón al comercio de Europa decidió ocupar para Rusia una fuerte posición en la costa del Pacífico y darse la mano con los Estados Unidos, tenía en contra suya a casi todo el mundo oficial de San Petersburgo: el ministro de la guerra, quien no contaba con hombres disponibles; el de hacienda, que no tenía dinero para tales aventuras, y especialmente el de relaciones exteriores, guiado siempre por su preocupación de evitar complicaciones diplomáticas. Aquel hombre tenia, pues, que obrar bajo su sola responsabilidad, y confiar únicamente en los reducidos medios que una región tan poco poblada como la Siberia oriental podía aportar para tan gran empresa. Además, todo tenía que hacerse con prontitud, a fin de oponer el hecho consumado a las protestas de los diplomáticos de la Europa occidental, que indudablemente surgirían.

Una ocupación nominal no hubiera sido provechosa, y la idea era tener a todo lo largo del gran río y de su tributario meridional, el Usuri —unos 4.165 kilómetros—, una serie de puntos escalonados que pudieran sostenerse por sí mismos, estableciendo así una comunicación regular entre Siberia y la costa del Pacífico. Para esto se necesitaba gente, y como la escasa población de la Siberia oriental no podía proporcionarla, Muraviev se vio forzado a apelar a medidas extremas. Presos cumplidos, que una vez terminadas sus condenas trabajaban como siervos en las minas imperiales, fueron libertados, organizándose como cosacos transbaikalianos, parte de los cuales fueron instalados a lo largo del Amur y el Usuri, formando dos nuevas comunidades cosacas. Después obtuvo la libertad de un millar de presidiarios condenados a trabajos forzados (la mayoría ladrones y asesinos), que habían de establecerse como hombres libres en el bajo Amur. Él en persona fue a verlos marchar, y en el momento de la partida les dijo, ya en el muelle: Id, hijos mios, sed allí libres, cultivad la tierra, hacedla territorio ruso, emprended nueva vida, y otras cosas parecidas. Las mujeres de los campesinos rusos casi siempre siguen voluntariamente a sus maridos, cuando éstos han sido condenados a trabajos forzados en Siberia, y de ese modo muchos de los nuevos colonos iban acompañados de sus familias; pero los que no se hallaban en ese caso, se aventuraron a decir al general: ¡Qué es la agricultura sin una compañera! ¡Se nos debería casar! A lo cual contestó aquél ordenando se pusieran en libertad todas las mujeres que había en la población condenadas a trabajos forzados —sobre un centenar— y las invitó a que eligieran consorte. Y como no había tiempo que perder, porque las aguas empezaban a bajar en el río rápidamente y las barcazas tenían que partir, Muraviev dijo a la gente que se colocara por parejas en el muelle, y las bendijo diciendo: Yo os caso, hijos mios. Sed buenos el uno para el otro; hombres, no deis mal trato a vuestras esposas, y sed felices.

Vi a estos colonos unos seis años después de esta escena: sus aldeas eran pobres, porque la tierra donde se habían establecido había sido un bosque virgen que tuvieron que roturar; pero, tomando todo en consideración, bien podía decirse que la empresa no había fracasado; los matrimonios que bendijo el general no fueron menos felices que otro cualquiera. El excelente e ilustrado Inocencia, obispo del Amur, reconoció después estas uniones, así como los hijos que de ellas nacieron, como perfectamente legales, haciéndolos inscribir en los archivos eclesiásticos.

Muraviev fue, sin embargo, menos afortunado con otra clase de hombres que agregó a la población de la Siberia oriental. En su penuria de personal, aceptó unos dos mil soldados de los batallones disciplinarios, los cuales se incorporaron como hijos adoptivos a las familias de los cosacos, o se alojaron por grupos en las aldeas de los siberianos. Pero diez o veinte años de vida de cuartel, bajo la horrible disciplina de la época de Nicolás I, no era seguramente una preparación para la agrícola; los hijos desertaron de la casa paterna y constituyeron la población flotante de las ciudades, viviendo al día, de lo que se presentaba, gastando principalmente en la bebida lo que ganaban, y aguardando después, tan impasibles como el ave, lo que les aportara el nuevo día.

La abigarrada multitud de cosacos transbaikalianos, de ex-presidarios y de hijos, instalados todos a la carrera y con frecuencia a la ventura, a lo largo de las márgenes del Amur, no alcanzó ciertamente prosperidad, particularmente en las partes bajas del río, y en el Usuri, donde casi cada metro cuadrado de terreno había que conquistarlo a una selva subtropical virgen, y en cuya región las lluvias torrenciales traídas por los monzones en julio, las inundaciones en alta escala, y millones de aves de paso, destruían continuamente la cosecha, concluyendo por sembrar entre las poblaciones la desesperación y la apatía.

Un suministro considerable de sal, harina, tasajo y otros comestibles había que embarcar todos los años para el sostenimiento, tanto, de las tropas regulares como de los colonos del bajo Amur; para lo cual se construían en Chitá unas 150 barcas, enviándolas, con la primera subida de las aguas en primavera, río abajo, por el Ingodá, el Shilkay el Amur. Esta flotilla se dividía en grupos de veinte o treinta embarcaciones, puestos bajo las órdenes de cierto número de cosacos y empleados civiles; muchos de éstos entendían poco de navegación, pero al menos eran de confianza, no siendo de temer que robaran las provisiones y las dieran como perdidas. Todo iba a las órdenes del comandante Malinovski, de quien fui nombrado segundo.

Mis primeras experiencias en mi nueva calidad de navegante no fueron completamente felices. Ocurrió que yo debía dirigirme de Sretiensk con algunas barcas lo más rápidamente posible a un punto determinado del Amur, y entregarlas allí, a cuyo fin tuve que tomar a jornal algunos hombres, elegidos de entre los mismos hijos a quienes me he referido anteriormente. Ninguno había navegado jamás, ni yo tampoco. En la mañana de nuestra partida hubo que formar la tripulación con gente reclutada en las tabernas, estando la mayor parte tan borrachos, a hora tan temprana, que fue necesario bañarlos en el río para que se espabilaran. Una vez embarcados, tuve que enseñarles lo que había que hacer. Durante el día, sin embargo, todo marchó sin dificultad; las naves, arrastradas por una corriente suave, navegaban río abajo, y mi tripulación, a pesar de ser inexperta, no tenía interés en hacer encallar las embarcaciones en la orilla; eso hubiera exigido conocimientos especiales. Pero cuando obscureció y fue hora de arrimar aquéllas a tierra y amarrarlas durante la noche, una, que se encontraba bien distante de la que me conducía, sólo se detuvo al montar sobre una roca al pie de un peñasco extremadamente elevado e inabordable. Allí permaneció inmóvil, mientras que el nivel del río, temporalmente elevado por las lluvias, descendía con rapidez. Mis diez hombres no bastaban con seguridad para ponerla a flote; bogué, pues, río abajo hasta el pueblo más inmediato a pedir auxilio a los cosacos y enviar al mismo tiempo un mensajero a un amigo, oficial de cosacos, que se hallaba destacado a unos 35 kilómetros de allí, y entendía algo de aquello.

Al fin vino el día; un centenar de cosacos hombres y mujeres acudieron a mi llamamiento; pero no hubo manera posible de hacer la descarga, porque la profundidad del agua, al pie del peñasco, era muy grande. Y en cuanto intentamos sacarla de la varadura se abrió el fondo, entrando libremente el agua e inundando el barco, cuya carga se componía de harina y sal. Con horror vi que por el agujero habían entrado peces pequeños que nadaban en la barca; y allí estaba yo sin poder hacer nada ni saber qué camino tomar. Hay un remedio muy sencillo y eficaz en tales casos: se mete un saco de harina en la vía de agua, a cuya forma se adapta al momento, en tanto que la costra exterior de la pasta que se forma en el saco evita que el resto de la harina se moje, y, por consiguiente, que entre el agua; pero ninguno de nosotros sabía entonces eso.

Afortunadamente para mí, pocos minutos después se vio una embarcación que venía río abajo hacia nosotros. La aparición del cisne que condujo a Lohengrin no fue saludada con más entusiasmo por la desesperada Elsa que aquella tosca nave lo fue por mí. La neblina que cubría el hermoso Shilka en la primera hora de la mañana hacía aún más poética tan halagüeña visión. Era mi amigo, el oficial de cosacos, quien, informado por lo que le había dicho respecto a la crítica situación de la barca y considerándola perdida, traía otra descargada, que por casualidad halló a mano, para transbordar a ella lo que llevaba la mía.

Entonces se tapó la entrada del agua, se achicó ésta con una bomba, se pasó la carga a la otra barca, y a la mañana siguiente pude continuar mi viaje. Esta pequeña lección práctica me fue de mucha utilidad, y pronto llegué al punto de destino en el Amur, sin ninguna otra aventura digna de mención. Todas las noches encontrábamos una playa adecuada donde poder detenernos con las barcas, y nuestras hogueras se encendían al borde de las corrientes y cristalinas aguas, en medio de un paisaje montañoso encantador. Durante el día, apenas podía uno imaginarse un viaje más agradable que el efectuado en una barca, arrastrada blandamente río abajo, sin el ruido y la trepidación del buque de vapor; bastando dar alguna vez que otra un golpe con el gran remo de popa para mantenerse en el centro de la corriente. Para los amantes de la naturaleza, la parte baja del Shilka y la alta del Amur, donde se ve un hermosísimo y ancho río, deslizándose entre montañas escarpadas y riscos cubiertos de verdura, elevados unos seiscientos y pico de metros sobre el nivel del agua, ofrece una de las escenas más deliciosas del mundo. Pero esta disposición del terreno hace que la comunicación a caballo, a lo largo de la orilla, por una estrecha senda, resulte muy difícil. Esto lo llegué a saber aquel otoño por propia experiencia. En la Siberia oriental, las siete últimas estaciones a lo largo del Shilka (sobre 200 kilómetros) eran conocidas con el nombre de los Siete Pecados Capitales. Esta vía del ferrocarril transiberiano, si llega a construirse alguna vez, costará cantidades fabulosas; mucho más de lo que ha importado la línea del Pacífico canadiense en las Montañas Rocosas, en el paso del río Fraser.[4]

Después de haber entregado mis barcas, recorrí unos 1.660 kilómetros, río abajo, en uno de los botes correos que allí navegan. La popa estaba cubierta, y en la proa había un cajón lleno de tierra, sobre la que se mantenía el fuego encendido para hacer la comida; mi tripulación se componía de tres hombres, y como no había tiempo que perder, se bogaba, alternando todo el día, dejando que por la noche se fuera con la corriente, montando yo una guardia de tres o cuatro horas para mantener la embarcación en la mitad del río y evitar que se metiera por alguno de los canales laterales. Estas guardias —brillando arriba la luna llena, y reflejándose en las aguas los obscuros y escarpados montes— eran hermosas sobre toda ponderación. Mis remeros procedían de los ya mencionados hijos; eran tres vagabundos que tenían la reputación de ser incorregibles rateros y ladrones, y yo llevaba un pesado saco lleno de billetes de Banco, plata y cobre; en la Europa occidental, semejante viaje por un río solitario se hubiera considerado peligroso; pero en la Siberia oriental, no. Lo hice sin llevar ni siquiera una vieja pistola, y realicé la expedición sin tener de ellos queja alguna. Sólo al aproximarse a Blagoveschenk se volvieron algo intranquilos. Janshina (el aguardiente chino) está allí barato —decían suspirando— ¡y con seguridad nos ocurrirá alguna avería! ¡Cuesta poco, y pronto da uno en tierra por no estar acostumbrado a él! Yo ofrecí dejar el dinero que les correspondía en poder de un amigo, quien se encargaría de embarcarlos en el primer vapor; pero ellos replicaron con tristeza: ¡Eso es insuficiente; cualquiera puede dar una copa —la bebida es barata— y no hace falta más para caerse! Estaban realmente preocupados, y cuando algunos meses después volví a la misma población, supe que uno de mis hijos, como allí los llamaban, se había encontrado en un aprieto. Una vez agotado el producto de la venta del último par de botas, para continuar envenenándose, robó alguna cosa y cayó preso. Mi amigo obtuvo finalmente la libertad, y consiguió embarcarlo.

Sólo los que han visto el Amur, o conocen el Mississippi o el Yang-tse-kiang, pueden formarse idea de lo inmenso que se vuelve el primero después de haberse unido al Zungari, y comprender lo tremendo del oleaje que rueda sobre su lecho si el tiempo es borrascoso. Cuando la estación de las lluvias, debido a los monzones, viene en julio, el Zungari, el Usuri y el Amur experimentan una crecida considerable; millares de islas poco elevadas sobre el nivel del agua, cubiertas de bosques de sáuces, son inundadas o barridas por aquélla, y la anchura del río llega en algunos parajes a tres, cinco y aun ocho kilómetros. En tales casos, las aguas se precipitan en los canales laterales y los lagos que se encuentran en las tierras bajas a lo largo del canal principal; y si sopla un viento fresco de la parte oriental contra la corriente, olas gigantescas, mayores aún que las que se ven en el estuario del San Lorenzo, se forman, tanto en el río principal como en los canales laterales, agravándose todavía más la situación cuando viene un tifón del mar de China y se extiende por la región del Amur.

Nosotros experimentamos uno de éstos. Yo me encontraba entonces a bordo de un bote grande de cubierta con el comandante Malinóvski, a quien me uní en Blagoveschensk. Él había dispuesto el aparejo de modo que pudiéramos navegar ceñidos al viento, y al empezar la tormenta, conseguimos tomar el lado abrigado del río y refugiarnos en uno de sus pequeños tributarios; allí permanecimos durante dos días, mientras que el huracán soplaba con tal violencia que, cuando me aventuré a penetrar algunos centenares de metros en el bosque vecino, tuve que retroceder, a causa de la gran cantidad de árboles corpulentos que el viento derribaba a mi alrededor. La importancia de la tempestad hizo que empezáramos a inquietamos por la suerte de nuestras barcas; era evidente que, si se hubieran encontrado navegando aquella mañana, no hubiesen podido coger el lado abrigado del río, sino que, arrastradas por las olas al otro, donde era mayor la velocidad del viento, allí se hubieran irremisiblemente perdido. Que debía haber ocurrido un desastre era cosa casi segura.

Tan luego como amainó la furia del mal tiempo, volvimos a navegar; sabíamos que pronto debíamos tropezar con dos grupos de barcas; pero pasó un día, pasaron dos, y nada se encontraba. Mi amigo Malinovski perdió el apetito y el sueño, y parecía como si acabase de sufrir una grave enfermedad. Se pasaba los días enteros inmóvil sobre cubierta, murmurando: Todo se ha perdido, todo se ha perdido. Los pueblos son escasos y están muy distantes unos de otros en esta parte del Amur, y nadie nos podía dar informe alguno. Se reprodujo la tempestad, y finalmente, al llegar a una aldea al amanecer, supimos que no había pasado ninguna barca, pero que se vieron restos de un naufragio flotando por el río el día anterior. Era indudable que, por lo menos, cuarenta barcas con una carga de unas 2.000 toneladas debían haberse perdido. Esto representaba el hambre, hasta cierto punto, en el bajo Amur, si no se le abastecía a tiempo, porque la estación estaba avanzada, pronto se suspendería la navegación, y en esa época no había telégrafo a lo largo del río.

Celebramos consejo, decidiendo que Malinovski navegase lo más rápidamente posible, dirigiéndose a la desembocadura de aquél; tal vez se hubieran podido hacer algunas compras de grano en el Japón antes de que la navegación se cerrara. Yo, entretanto, debía marchar lo más velozmente que pudiera río arriba para determinar la importancia del siniestro, procurando recorrer los 3.330 kilómetros que me separaban de la capital, en bote, a caballo o en vapor, si encontraba alguno. Mientras más pronto informara a las autoridades de Chitá, y se remitiera la cantidad de provisiones que hubiese disponible, tanto mejor. Tal vez parte de ellas pudieran llegar este mismo otoño al alto Amur, donde sería más fácil embarcarlas a la entrada de la primavera para las tierras bajas. Aunque no se ganasen más que algunas semanas o días, en tiempos de escasez, eso siempre sería de importancia.

Empecé mi largo viaje en bote a remo, cambiando tripulantes en cada pueblo, o sea cada 35 kilómetros, poco más o menos. Se progresaba lentamente; pero era posible que no hubiera vapor río arriba en quince días, y mientras tanto yo podía llegar a los parajes donde se perdieron las embarcaciones y ver si se había salvado algo. Además, en la boca del Usuri, Jabarovski, era posible que encontrara vapor. Los barcos que hallaba en los pueblos eran de mala muerte y el tiempo estaba muy revuelto; claro está que no nos alejábamos de la orilla; pero, a veces, teníamos que cruzar algunos afluentes de una anchura considerable, y las olas que levantaba en fuerte viento amenazaban de continuo hacer zozobrar nuestra pequeña navecilla. Un día tuvimos que atravesar un brazo del río que tenía cerca de cien metros de ancho; grandes olas se elevaban como montañas al encontrarse ambas corrientes, y mis remeros, que eran dos campesinos, se aterrorizaron, y poniéndose blancos como el papel, con los labios temblorosos y lívidos, murmuraban plegarias, pero un bravo muchacho de quince años que iba al timón, vigilaba con calma los movimientos de las aguas, sorteando el oleaje con serenidad admirable. El bote, sin embargo, se anegaba, y yo, con un viejo achicador, procuraba echar por una parte el agua que entraba por la otra, notando algunas veces que aquélla se acumulaba con más rapidez de la que yo podía emplear para desalojarla; hubo un momento en que entró en el bote tanta, de dos olas seguidas, que a una señal de uno de los trémulos remeros me desaté el pesado saco lleno de plata y cobre que llevaba a la espalda... Durante varios días nos vimos en trances parecidos; yo nunca violenté su voluntad; pero como ellos sabían la causa que motivaba el apresuramiento, aprovechaban toda oportunidad que se presentaba de seguir adelante. No se muere siete veces, sino una, y esto no hay medio de evitarlo solían decir, y, santiguándose, echaban mano a los remos y bogaban.

Pronto llegué al lugar donde ocurrió el principal siniestro: 44 barcas habían naufragado, y como no fue posible descargarlas, pocos efectos se salvaron. Las aguas se llevaron 2.000 toneladas de harina. Con tales noticias continué mi viaje.

Unos días después, un vapor que remontaba lentamente el río me alcanzó, y cuando lo abordé me dijeron los pasajeros que el capitán, bajo la acción de una tremenda borrachera, se arrojó al agua; se le pudo, sin embargo, salvar, y se hallaba enfermo en su camarote. Me pidieron que tomara el mando del buque, y tuve que consentir en ello; pero pronto encontré, con gran sorpresa mía, que todo marchaba por si mismo de un modo tan excelentemente rutinario que, aunque me pasaba todo el día en el puente, no tenía nada que hacer. Aparte de algunos minutos de verdadera responsabilidad, cuando había que atracar a los desembarcaderos, donde tomábamos leña como combustible, y el decir a los fogoneros alguna palabra que otra de cuando en cuando, con objeto de animarlos y poder salir en el momento que la aurora permitía distinguir el contorno de las orillas, todo marchaba perfectamente. Un práctico que hubiera podido interpretar la carta, hubiese obtenido el mismo resultado.

Viajando algo por vapor, y mucho a caballo, llegué al fin a Transbaikalia. La idea de que el hambre se presentara en el bajo Amur la primavera próxima, me causaba una impresión penosa. Al remontar el Shilka observé que el vaporcito no marchaba con tanta rapidez contra la corriente, por cuya razón lo abandoné, y recorrí a caballo, acompañado de un cosaco, 3.330 kilómetros, Argúfí arriba, a lo largo de uno de los caminos montañosos más abruptos de Siberia, no deteniéndonos para hacer fuego hasta que la medianoche nos sorprendía en el bosque. Ni aun las 10 o 20 horas que se podían ganar, apretando de tal modo, eran de despreciar, porque cada día se acercaba más el cierre de la navegación, y ya se formaba el hielo por la noche en el río. Al fin encontré al gobernador de Transbaikalia y a mi amigo el coronel Pedashenko a orillas del Shilka, en la estación penal de Kará, y el último tomó a su cargo el cuidado de enviar inmediatamente todas las provisiones posibles. En cuanto a mí, partí inmediatamente para dar cuenta de todo lo acaecido en Irkutsk.

La gente de esta última se maravillaba de la rapidez con que había podido hacer tan largo viaje, el cual me dejó exhausto. Pude, sin embargo, reponerme durmiendo durante una semana tal número de horas al día, que me avergonzaría mencionarlas.

— ¿Habéis descansado lo suficiente? —me preguntó el gobernador general, a la semana, o poco más, de mi llegada—. ¿Podríais salir mañana, como correo, para San Petersburgo, con objeto de dar vos mismo cuenta de la pérdida de las barcas?

— ¿Qué clase de recibo necesitáis?

Aquello representaba recorrer en 20 días ni uno más — otra distancia de 5.330 kilómetros entre Irkutsk y Níjni-Nóvgorod, donde podía tomar el tren para San Petersburgo; caminar día y noche en silla de posta, que se necesitaba cambiar en cada estación, pues no era posible que ningún carruaje aguantase semejante viaje, corriendo constantemente sobre los caminos helados. Pero el deseo de ver a mi hermano Alejandro fue bastante para que no dejara de aceptar la oferta, y a la noche siguiente me puse en camino. Cuando llegué a las tierras bajas de la Siberia occidental y los Urales, el viaje se convirtió verdaderamente en un tormento: hubo días en que las ruedas de los vehículos se rompían sobre el terreno helado con una frecuencia deplorable; los ríos se iban helando, y tuve que cruzar el Ob en un bote, a través de témpanos de hielo, que a cada momento amenazaban echar a pique nuestra pequeña embarcación. Cuando llegué al río Tom, en el que el hielo flotante se había soldado uno con otro en la noche anterior, la gente se negó por algún tiempo a pasarme a la otra banda, pidiéndome que les diera un recibo.

— Debéis escribir en un papel: Yo, el infrascrito, testifico, por la presente, que me ahogué por la voluntad de Dios, y no por culpa de los campesinos, y nos dais ese documento.

— Con mucho gusto; vamos a la margen opuesta.

Por último, conseguí que me acompañaran; un muchacho muy desenvuelto, que yo había elegido entre la multitud, abría la marcha, tanteando la resistencia del hielo con un palo; yo caminaba detrás, llevando al hombro mi caja de despachos, y ambos íbamos amarrados a largas cuerdas que sostenían cinco labriegos, siguiéndonos a cierta distancia, uno de los cuales traía un haz de paja para echarlo sobre el hielo en los sitios que no ofrecía seguridad.

Finalmente, llegué a Moscú, donde me esperaba mi hermano en la estación, y de allí partimos en el acto para San Petersburgo.

La juventud es una gran cosa: después de semejante viaje, que duró 24 días con sus noches, entrando de mañana en San Petersburgo, fui en el mismo día a entregar mis despachos, y no dejé de ir a ver a una de mis tías, o mejor dicho, a una prima, que me recibió con alegría, diciéndome:

— Esta noche damos un baile; ¿vendrás?

— ¡Claro que sí! —le contesté. Y no sólo fui, sino que bailé hasta el amanecer del otro día.

Cuando llegué a San Petersburgo y me presenté a las autoridades, comprendí por qué se me había mandado a dar cuenta en persona de lo ocurrido. Nadie podía creer que hubiera pasado tal siniestro: ¿Habéis estado en el mismo lugar? ¿Visteis la destrucción de las barcas con vuestros propios ojos? ¿Estáis completamente seguro de que no han robado la carga, enseñándoos los restos de un naufragio cualquiera? Tales fueron las preguntas que tuve que contestar.

Los altos funcionarios que estaban al frente de los asuntos siberianos en San Petersburgo eran admirables por su cándida ignorancia respecto a Siberia. Mais mon cher —me dijo uno de ellos, que me hablaba siempre mezclando el ruso con el francés— ¿cómo es posible que se pierdan cuarenta barcas en el Neva sin que nadie corra en su auxilio?

— ¡El Neva! —exclamé—. ¡Poned tres o cuatro Nevas unidos, y tendréis el bajo Amur!

— ¿Es verdaderamente tan grande?

Y dos minutos después charlaba en correcto francés sobre una multitud de cosas. ¿Cuándo visteis al pintor Schwartz la última vez? ¿No os parece su Iván el Terrible un cuadro admirable? ¿Sabéis por qué iban a arrestar a Kúkel? y me contó todo lo referente a una carta que le remitieron pidiéndole su apoyo para la causa polaca. ¿Sabéis que Chernishevski ha sido preso? Ahora está en la fortaleza.

— ¿Por qué? ¿Qué ha hecho? —le pregunté, y él me respondió: ¡Nada en el fondo, nada! ¡Pero, mon cher, ya sabéis lo que son las cuestiones de Estado! ... ¡Un hombre de tanta inteligencia, tan extraordinariamente ilustrado, y con tan gran influencia sobre la juventud, como comprenderéis, no era posible que pudiera consentirlo un gobierno! Esto es intolerable, mon cher, en un Estado bien ordenado.

El conde N. P. Ignatiev no me hizo tales preguntas, conocía muy bien el Amur, y también a San Petersburgo. Entre humorísticas y picantes observaciones que hacía respecto a Siberia con pasmosa vivacidad, me dijo: Ha sido una suerte que hayáis estado sobre el terreno y visto la catástrofe. Y han obrado muy cuerdamente al enviaros personalmente con la relación. ¡Muy bien hecho! Al principio no había quien creyera lo de las barcas: Un nuevo robo se decía. Pero ahora afirman las gentes que erais bien conocido como paje, y como sólo habéis estado algunos meses en Siberia, no es de creer que os prestaseis a encubrir un robo, y confían en vos. El ministro de la guerra, Dmitri Miliútin, fue el único hombre de los que ocupaban un puesto elevado en San Petersburgo que se ocupó formalmente de la cosa. Me dirigió muchas preguntas, y todas pertinentes. Al momento se hizo cargo de la cuestión, y toda nuestra conversación se redujo a cortas sentencias, sin precipitación, y al mismo tiempo sin palabras inútiles. ¿Queréis decir que a los establecimientos de la costa se suministre por mar, y sólo por Chitá al resto? Perfectamente: pero si al año próximo se repite la tormenta, ¿ocurrirá una vez más el mismo siniestro? No, si se dispone de dos pequeños remolcadores que convoyen las barcas. ¿Bastará eso? Sí; con que se hubiera podido disponer de uno solo, la pérdida no hubiese sino ni aun la mitad de importante. Es muy probable; escribidme exponiendo cuanto habéis manifestado con claridad y privadamente, sin cumplimientos.

V

No permanecí mucho en San Petersburgo, volviendo a Irkutsk aquel mismo invierno; mi hermano debía ir a reunirse conmigo dentro de pocos meses, pues había ingresado de oficial en los cosacos de Irkutsk.

Viajar a través de Siberia en el invierno se tiene por cosa terrible; pero si bien se considera es, después de todo, más confortable que en ninguna otra época del año. Los caminos cubiertos de nieve se recorren cómodamente, y aunque el frío es intenso, se puede soportar bastante bien. Tendido uno cuan largo es en el trineo, como todos hacen en Siberia, envuelto en mantas de pieles, con pelo por dentro y por fuera, no se sufre mucho por esa causa, aun cuando el termómetro esté a cuarenta o cincuenta grados Fahrenheit bajo cero. Viajando como lo hacen los correos —esto es, cambiando rápidamente de caballos en cada estación, y parando sólo durante una hora una vez al día para comer—, llegué a Irkutsk a los diez y nueve días de haber salido de San Petersburgo: 330 kilómetros al día es la marcha normal en tales casos, y recuerdo haber recorrido los últimos 1.100 kilómetros de mi viaje en setenta horas. El hielo no era entonces muy espeso; los caminos se hallaban en excelente estado; a los conductores se les mantenía animosos gracias a un abundante suministro de monedas de plata, y el tiro, compuesto de tres caballitos ligeros, no parecía fatigado al correr suavemente sobre los cerros y valles, a través de ríos helados y duros como el acero, y de selvas que resplandecían con su manto argentino bajo los rayos del hermoso sol.

Ahora había sido nombrado agregado al gobierno general de la Siberia oriental, teniendo que residir en Irkutsk; pero en este cargo no había nada de particular que hacer: dejar que todo marchase según la rutina establecida, sin volver a referirse a ningún cambio, era la consigna que venía esta vez de San Petersburgo. Por cuya razón, acepté con placer la propuesta de emprender exploraciones geográficas en Manchuria.

Si se echa una ojeada a un mapa de Asia, se ve que la frontera rusa que corre en Siberia, hablando en términos generales, a lo largo del grado cincuenta de latitud, de repente se inclina en Transbaikalia hacia el norte; sigue en una extensión de 500 kilómetros el río Arguft, y después, al llegar al Amur, se vuelve en dirección al sudeste, hallándose el pueblo de Blagoveschensk, que fue en otro tiempo la capital de las tierras bañadas por el río, situado de nuevo casi a la misma latitud de cincuenta grados. Entre el ángulo sur de Transbaikalia (Nueva Tsurujaitui) y Blagoveschensk, sobre el Amur, la distancia de oeste a este es sólo de 830 kilómetros; pero a lo largo del Argufi y el Amur pasa de 1.665, y además, la comunicación paralela al curso del primero, que no es navegable, resulta extremadamente difícil; en su parte baja no hay más que caminos montañosos en exceso abruptos y poco menos que infranqueables.

Transbaikalia es muy rica en ganadería, y los cosacos que ocupan su extremo sur y son importantes ganaderos, deseaban establecer una comunicación directa con el Amur central, que sería un buen mercado para sus ganados. Traficando con los mogoles, habían oído decir a éstos que no sería difícil negar al Amur, caminando hacia el este, a través del gran Jingán: en tal dirección, les dijeron, se tropieza con un antiguo camino chino, que, después de cruzar el lugar referido, conduce a la población manchuriana de Merguén (sobre el río Nonni, tributario del Zungari), donde se encuentra un camino excelente para el Amur central.

Me ofrecieron la dirección de una caravana comercial que los cosacos pensaban organizar, a fin de encontrar aquel camino, y la acepté con entusiasmo. Ningún europeo había visitado jamás aquella región; y un topógrafo ruso, Vaganov, que emprendió igual camino algunos años antes, fue muerto: sólo dos jesuitas, en tiempos del emperador Kansi, penetraron desde el sur hasta Merguén, determinando su latitud; pero toda la inmensa región que se extendía al norte de dicho lugar, 830 kilómetros de anchura y 1.165 de profundidad, era absolutamente desconocida. Consulté todas las fuentes de información posibles respecto a esa región: nadie, ni aun los geógrafos chinos, sabían lo más mínimo sobre el particular; además, el hecho mismo de poner en relación al Amur con Transbaikalia tenía su importancia, y Novo-Tzurujaitui va a ser ahora la cabeza del ferrocarril transmanchuriano; habiendo sido nosotros, por consiguiente, los precursores de esa gran empresa.

Se presentaba, sin embargo, una dificultad: en el tratado en que China concedía a Rusia libertad de comercio con el imperio de China y Mongolia, no se mencionaba a Manchuria, pudiendo lo mismo incluirse que excluirse de dicho tratado. Las autoridades chinas de la frontera lo interpretaban de una manera y las rusas de otra. Además, como sólo se mencionaba el tráfico, a un oficial no se le permitía entrar en Manchuria. Tuve, pues, necesidad de ir como negociante, a cuyo objeto compré algunos géneros en Irkutsk, y fui disfrazado de tal. El gobernador general me dio un pasaporte a nombre del segundo contribuyente de Irkutsk, el comerciante Piotr Alexéiev y sus compañeros, previniéndome que, si las autoridades chinas me arrestaban y me llevaban a Pekín, y de allí, a través del Gobi, a la frontera rusa —en una caja, sobre los lomos de un camello, era como conducían a los prisioneros de un extremo a otro de Mongolia—, no debía comprometerlo dando mi nombre. Yo, como es natural, acepté todas las condiciones, pues la tentación de visitar un país que ningún europeo había visto jamás, era demasiado fuerte para que un explorador pudiera resistirla. El ocultar mi identidad mientras estuviera en Transbaikalia no hubiera sido empresa fácil: los cosacos son extremadamente curiosos —verdaderos mogoles—, y desde el momento que un forastero llega a uno de sus pueblos, el amo de la casa a donde llega, aunque ofreciéndole la mayor hospitalidad posible, lo somete a un formal interrogatorio.

— Supongo que el viaje habrá sido molesto —empieza diciendo—; el camino de Chitá a aquí es muy largo, ¿no es verdad? Y tal vez más largo todavía para uno que venga de más lejos. ¿Será quizá de Irkutsk? Allí hay mucho comercio; numerosos comerciantes pasan por aquí. ¿Vais también a Nerchinsk, no es verdad? A vuestra edad es muy corriente estar casado, y supongo tendréis familia: ¿muchos hijos? ¿Probablemente no serán todos varones? Y a este tenor durante media hora.

El jefe local de los cosacos, capitán Buxhövden, conocía bien el personal, y esto fue causa de que tomáramos nuestras precauciones: en Chitá y en Irkutsk habíamos trabajado con frecuencia en teatros de aficionados, representando más generalmente dramas de Ostróvski, en los cuales el lugar de la escena es por lo común entre las clases comerciales. Muchas veces tomé parte en tales funciones, y tanto placer me producía representar, que hasta llegué una vez a escribir a mi hermano una carta entusiasta, confesándole mi ardiente deseo de abandonar la carrera militar y dedicarme al teatro. Yo, trabajando de galán joven, hacía por lo general papeles de comerciante, y me había familiarizado bastante bien con sus modos de hablar, gesticular y beber té en el plato —cosas que aprendí al hacer mis trabajos estadísticos en Nikólskoie—, y ahora se me presentaba ocasión de poner eso en práctica con un objeto provechoso.

Tomad asiento, Piotr Alexeievich, solía decirme el mencionado capitán, cuando la tetera, lanzando nubes de vapor, se colocaba sobre la mesa.

Gracias; nos detendremos aquí, contestaba yo, sentándome en el borde de la silla a cierta distancia, y empezando a beber mi té como lo hacen verdaderamente los mercaderes de Moscú, mientras que Buxhövden casi no podía contener la risa, al verme soplar mi plato con la vista clavada en él, y morder de un modo especial, arrancándole microscópicas partículas, un pequeño terrón de azúcar que había de servir para media docena de tazas.

Sabíamos que los cosacos llegarían pronto a descubrir la verdad; pero lo importante era ganar algunos días, y cruzar la frontera antes de que esto sucediera. Yo debí representar mi papel muy regularmente, porque los cosacos me trataron como a un mercader cualquiera. En un pueblo, una vieja me llamó al pasar, preguntándome:

— ¿Viene alguien más por el camino, amiguito?

— Nadie, abuela, que yo sepa.

— Dicen que un príncipe, el de Rapotski, iba a venir; ¿será verdad?

— ¡Oh! ya comprendo: tenéis razón, abuela; sus altezas pensaban hacer el viaje desde Irkutsk. ¿Pero cómo habían de realizarlo con tan malos caminos? ¡Eso no es para ellos! Así es que han resuelto quedarse donde están.

— Es claro; ¡eso no era posible!

Diré para abreviar, que pasamos la frontera sin que nos molestaran; éramos once casacos, un tungo y yo, todos a caballo; llevábamos unos cuarenta de éstos para la venta y dos carros, uno de los cuales, de dos ruedas, era mío, y contenía los paños, terciopelos y tejidos en oro y otras cosas de la misma índole que traía en mí calidad de negociante. El cuidado de mi carro y mis caballos estaba completamente a mi cargo, y como encargado de la caravana elegimos a uno de los casacos, quien debía entenderse para todo con las autoridades chinas. Todos los casacos hablaban la lengua del país, y el tungo entendía la manchuriana. La gente de la caravana sabia, por supuesto, quién era yo —uno de los casacos me había conocido en Irkutsk—; pero nunca se dieron por entendidos, comprendiendo que de ello dependía el éxito de la expedición. Yo llevaba un largo vestido de algodón azul, como todos los demás, y los chinos no se fijaron en mí, así que, sin ser observado, pude trazar el plano del camino. En el primer día, cuando los soldados chinos de todas clases nos rodeaban, con la esperanza de alcanzar una copa de aguardiente, yo, por lo general, apenas podía dirigir una mirada furtiva al sextante y anotar las alturas y las distancias dentro del bolsillo, sin sacar el papel al exterior. No llevábamos arma alguna; únicamente el tungo, que iba a casarse, traía su escopeta de chispa, de la que se servía para cazar algún siervo que se descuidara, proporcionándonos carne fresca, y reuniendo pieles con qué pagar el importe de la novia.

Cuando no pudieron sacarnos más aguardiente, nos dejaron solos los soldados chinos. Y nosotros, caminando directamente hacia el este, cruzamos del mejor modo posible sierras y valles, hasta que, después de cuatro o cinco días de marcha, dimos al fin con el camino chino que debía llevarnos, a través del Jingán, a Merguén.

Con gran sorpresa nuestra, encontramos que el cruce de la gran cordillera, que tan negra y terrible parecía en los mapas, era cosa bien fácil. En el camino alcanzamos a un antiguo funcionario chino, de aspecto miserable, que viajaba en un carro de dos ruedas. En los dos últimos días la marcha había sido cuesta arriba, y el terreno presentaba testimonios de su gran altitud: el suelo se hizo cenagoso, y el camino estaba lleno de fango; la hierba ofrecía pobre aspecto, y los árboles eran enanos, raquíticos y a menudo mal conformados y cubiertos de líquenes. A derecha e izquierda se levantaban montañas desprovistas de vegetación, y ya íbamos pensando en las dificultades que nos ofrecería el paso de la sierra, cuando vimos al chino bajarse de su carro delante de un obó —esto es, un montón de piedras y ramas de árboles, a las que había amarrado mechones de cerdas y pedazos de trapo—, arrancar varias de la crin de su caballo y unirlas a las otras. ¿Qué es eso? Le preguntamos. Y él nos contestó: El obó; el agua que tenemos delante va a desembocar en el Amur. ¿Y es esa toda la cordillera del Jingán? ¡Toda! No hay más montañas que cruzar hasta llegar a dicho río; no más que cerros.

Esto causó una verdadera conmoción en nuestra caravana. ¡Los ríos desembocan en el Amur, en el Amur! Se decían los cosacos unos a otros. ¡Toda su vida habían oído a los ancianos hablar del gran río donde la vida crece silvestre, y las praderas se extienden por centenares de millas, pudiendo mantener a millones de criaturas; más tarde, cuando se anexó el Amur a Rusia, oyeron hablar del largo camino que había que recorrer para llegar a él, las dificultades con que tropezaban los primeros colonos, y la prosperidad relativa de que disfrutaban los establecidos en el alto Amur, hacia cuya región acabábamos de encontrar el camino más corto. Teníamos ante nosotros una cuesta empinada, y aquél descendía en forma de zigzags hasta llegar a un riachuelo, que se abría paso a través de un mar entrecortado de montañas, y conducía al Amur. Ningún otro obstáculo se presentaba ante nosotros y el gran río. En cuanto a los cosacos, inmediatamente desmontaron y fueron a su vez a atar mechones de cerdas, arrancadas a sus caballos, a las ramas del obó. Los siberianos, en general, tienen una especie de temor a los dioses chinos; pues, a pesar de no darles importancia, dicen que no son buenos, están inclinados al mal, y nunca conviene indisponerse con tales divinidades; siendo mucho mejor tenerlas contentas con pequeñas muestras de respeto.

Mirad, aquí hay un árbol raro; debe ser un roble exclamaban, a medida que descendíamos por la pendiente. Este árbol no crece en Siberia, no encontrándose hasta llegar a la declinación oriental de la alta meseta. Luego seguían diciendo: ¡He aquí avellanos! ¿y qué árbol es ése? Repetían al ver un limonero u otra clase de árbol de los que no se dan en Rusia, y que yo conocía como pertenecientes a la flora manchuriana. Los hombres del norte, que durante tantos años habían soñado con tierras templadas, ahora que las veían estaban entusiasmados. Tendidos sobre el suelo cubierto de hierba abundante, la acariciaban con la vista; la hubieran hasta besado. Y ya ardían en deseos de llegar al Amur lo más pronto posible: así que, cuando quince días después acampamos en nuestra última etapa, a 35 kilómetros del río, se pusieron tan impacientes como criaturas, empezando a ensillar los caballos poco después de medianoche, y haciéndome poner en camino mucho antes del amanecer; y cuando, al fin, desde una eminencia divisamos su poderosa corriente, los ojos de estos siberianos, tan poco impresionables generalmente, y desprovistos de sentimientos poéticos, brillaron de un modo expresivo al tender la vista sobre las azules aguas del majestuoso Amur. Era evidente que, más tarde o más temprano, con o sin ayuda del gobierno ruso, y hasta contra su voluntad, tanto las dos márgenes de este río, hoy desiertas, pero llenas de esperanzas para el porvenir, como los inmensos y despoblados terrenos de la Manchuria del norte, serían invadidos por los colonos rusos, del mismo modo que las orillas del Mississippi fueron colonizadas por voyageurs canadienses.

Entre tanto, el viejo y medio ciego funcionario chino con quien habíamos cruzado el Jingán, arreglándose su vestido azul y sombrero oficial con un botón de cristal en la copa, nos declaró a la mañana siguiente que no nos dejaría pasar más adelante. Nuestro encargado lo recibió a él y a su acompañante en nuestra tienda, y el viejo, repitiendo lo que su secretario le apuntaba al oído, presentó todo género de dificultades encaminadas a impedir que continuásemos avanzando, pretendiendo que acampáramos en aquel lugar, aguardando a que él remitiera nuestro pase a Pekín y recibiera órdenes; a lo que nos negamos en absoluto. Después empezó a hacer comentarios respecto a nuestro pasaporte.

¿Qué clase de documento es ése? Dijo mirándolo con desdén, seguramente por estar escrito en pocas líneas en una hoja de papel común, en ruso y en mogol, y no tener más que un sencillo sello de lacre. Vosotros mismos podéis haberlo escrito y sellado con una moneda —observó—; mirad el mio: me parece que vale algo. Y desplegó ante nosotros un gran pliego de papel cubierto de caracteres chinos.

Yo había permanecido apartado durante esta conferencia, arreglando algo mis efectos, cuando me vino a la mano un ejemplar de la Gaceta de Moscú, la cual, siendo propiedad de la Universidad de dicha ciudad, tiene un águila impresa en su cabeza. Enseñadle esto, dije a nuestro encargado, el cual, abriendo la gran publicación, le llamó la atención sobre el águila, agregando: El otro pase era para presentarlo a los extraños; pero he aquí el nuestro. ¡Cómo! ¿todo esto se refiere a vosotros? preguntó el viejo aterrado. Sí, todo contestó el otro, con toda la gravedad posible.

El chino, como verdadero empleado, parecía confundido al ver tal profusión de letras, y examinándonos uno por uno nos hacía a todos reverencias; pero como el secretario no cejaba en sus indicaciones, concluyó declarando que no nos dejaría continuar el viaje. Basta de conversación —dije a nuestro representante—; ordenad que ensillen los caballos. Los cosacos fueron de la misma opinión, y en un momento nos pusimos en marcha, despidiéndonos del pobre hombre y ofreciéndole hacer constar que, fuera de recurrir a la violencia —cosa que no le hubiera sido posible—, había hecho cuanto estaba en su mano para impedir nuestra entrada en Manchuria, de la cual éramos los únicos responsables.

Pocos días después estábamos en Merguén, donde traficamos un poco, llegando pronto a la población china de Arguft, en la margen derecha del Amur, y a la rusa de Blagoveschensk, en la izquierda. Habíamos descubierto el camino directo y otras muchas cosas interesantes también: el carácter fronterizo del Gran Jingán, la facilidad con que puede cruzarse, los volcanes terciarios de la región Uiún Joldontsi, que durante tanto tiempo habían sido poco menos que enigmáticos en la literatura geográfica, y otros hechos de igual importancia. No puedo decir que fui un comerciante listo, porque en Merguén insistí (en un chino incorrecto) en pedir treinta y cinco rublos por un reloj, cuando el comprador chino ya me había ofrecido cuarenta y cinco; los cosacos, en cambio, se daban mejores trazas, vendieron sus caballos muy bien, y cuando hicieron lo mismo con los mios y mis géneros y efectos, resultó que la expedición le había costado al gobierno la modesta suma de veintidós rublos, o sea cincuenta y cinco francos.

VI

Todo ese verano lo pasé viajando por el Amur; fui hasta su misma desembocadura, o mejor dicho, su estuario —Nikoláievsk—, para unirme al gobernador general, a quien acompañé en vapor a remontar el Usuri, después de lo cual, en el otoño, hice otro viaje más interesante aun, subiendo por el Zungari hasta el corazón mismo de Manchuria, llegando a Guirin (o Kirin, según se pronuncia en el sur).

En Asia, muchos ríos están formados por la unión de dos igualmente importantes, lo que hace difícil que el geógrafo pueda decir con certeza cuál de los dos es el principal y cuál el tributario. El Indogá y el Oñón se reúnen para formar el Shilka; éste y el Argufi hacen lo mismo para dar por resultado el Amur, el cual se une a su vez al Zungari para constituir esa poderosa corriente que, dirigiéndose hacia el nordeste, entra en el Pacífico, pasando por las inhospitalarias latitudes de la miserable Tartaria.

Hasta el año 1864, el gran río de Manchuria fue poco conocido. Todas las informaciones a este respecto databan del tiempo de los jesuitas, y esas eran incompletas; pero ahora, que iba a realizarse un renacimiento respecto a la explotación de Mongolia y Manchuria, y el temor que hasta entonces se había tenido a China se consideraba exagerado, todos nosotros, la gente joven, hacíamos presión sobre el gobernador general, mostrándole la necesidad de explorar el Zungari, pues tener a las puertas de casa una inmensa región casi tan desconocida como un desierto africano, nos parecía una cosa verdaderamente tentadora. De pronto, el general Korsakov decidió mandar un vapor que remontase el Zungari, bajo el pretexto de llevar un mensaje de amistad al gobernador general de la provincia de Guirin. El cónsul ruso de Urgá debía ser su portador, y un médico, un astrónomo y yo, todos bajo las órdenes del coronel Cherniaiev, fuimos enviados con la expedición en el vaporcito Usuri, que remolcaba una barca con carbón, en la cual iban veinticinco soldados, cuyos rifles se hallaban ocultos cuidadosamente en la carga.

Todo se organizó con precipitación, y en el pequeño vapor no había dónde acomodar tanta gente; pero como todos estábamos llenos de entusiasmo, nos arreglamos lo mejor que pudimos en los reducidos camarotes. Uno de nosotros tuvo que dormir sobre una mesa, y una vez en marcha, encontramos que no había cubiertos para todos, sin hablar de otras cosas necesarias. Otro de los nuestros recurrió a su cortaplumas, y mi cuchillo chino con dos puntas hizo las veces de tenedor, viniendo a enriquecer el servicio de mesa.

No era empresa fácil navegar contra la corriente; el río, en su parte inferior, donde corre por tierras tan bajas como las del Amur, es muy poco profundo, y aunque nuestro vapor sólo calaba un metro con frecuencia no encontrábamos un canal bastante hondo por donde pasar. Hubo días que sólo recorrimos treinta millas, tocando otras tantas veces en el fondo arenoso del río, y casi de continuo fue necesario hacer marchar delante una lancha, que fuera reconociendo la profundidad de la corriente. Pero nuestro joven capitán había resuelto llegar a Guirin aquel otoño, y progresábamos diariamente. A medida que se avanzaba más río arriba, hallábamos a éste más hermoso y más navegable, y después de pasar los desiertos arenosos en el lugar donde se efectúa su reunión con su hermano el Nonni, el viaje se hizo tan rápido como placentero. Así, en pocas semanas llegamos a la capital de la provincia de Manchuria. El topógrafo hizo un excelente mapa del río; pero desgraciadamente, como no había tiempo que perder, rara vez bajábamos a tierra en algún pueblo o aldea. Las poblaciones a orillas de aquél son escasas y distantes unas de otras; en la parte baja sólo encontramos tierras que lo eran también y se inundaban todos los años; más adelante, navegamos unas cien millas entre dunas de arena, y sólo al llegar al alto Zungari y empezar a acercarnos a Guirin fue cuando se encontró una densa población.

Si nuestra aspiración hubiera sido el establecer amistosas relaciones con Manchuria, y no sencillamente conocer lo que era el Zungari, nuestra expedición bien hubiese podido considerarse fracasada. Las autoridades chinas tenías frescos aun en su memoria los recuerdos de lo ocurrido ocho años antes con la visita de Muraviev, que tuvo por remate la anexión del Amur y el Usuri, y no podían menos que mirar con prevención esta nueva e injustificada venida. Los veinticinco fusiles ocultos en el carbón, de los que habían llevado noticias a dichas autoridades antes de nuestra salida, provocaron todavía más sus sospechas, y cuando nuestro buque echó el ancla frente a la populosa ciudad de Guirin, encontramos a todos sus comerciantes y mercaderes armados de sables mohosos procedentes de algún viejo arsenal. Sin embargo, no se nos prohibió pasear por las calles; pero al bajar a tierra, todas las tiendas se cerraron y no se permitió que nos vendiera nada. Nos enviaron algunas provisiones a bordo, como obsequio, pero sin querer recibir dinero por ellas.

El otoño se aproximaba rápidamente a su fin; ya habían empezado las heladas, y teníamos que darnos prisa para volver, porque no era posible que invernáramos en el río. En suma, vimos Guirin, pero no hablamos más que con los dos intérpretes que venían diariamente a bordo del vapor. Nuestro propósito, no obstante, se había cumplido: habíamos averiguado que el río es navegable, sacando de él un plano excelente, desde la embocadura a Guirin, con cuya ayuda pudimos hacer el viaje de retorno a toda máquina sin ningún accidente. En una ocasión, nuestro vapor encalló en un banco de arena; pero las autoridades de Guirin, deseando sobre todo que no nos viéramos obligados a pasar el invierno en el río, mandaron doscientos chinos, que nos ayudaron a ponerlo a flote. Cuando salté al agua y, cogiendo una palanca, comencé a cantar el aire del río Dubinushka, lo que permitió a todos dar un fuerte impulso simultáneamente, les hizo a los chinos mucha gracia, con tanto más motivo cuanto que por semejante medio vieron pronto salir al barco de la arena. Esta pequeña aventura fue motivo de que entre los chinos y nosotros se establecieran las más cordiales relaciones. Pero claro es que me refiero únicamente al pueblo, el cual parecía estar muy disgustado con sus arrogantes autoridades.

Hicimos escala en varios puertos chinos habitados por emigrados del Celeste Imperio, siendo recibidos con la mayor afabilidad. Una noche, especialmente, dejó su recuerdo impreso en mi memoria: habíamos llegado a un pueblecito muy pintoresco a la caída de la tarde; fuimos a tierra algunos, y yo me interné solo por la población. Pronto me vi rodeado de una compacta multitud, como de unas cien personas, y aunque yo no sabía una palabra de su lengua ni ellos tampoco de la mía, hablamos amigablemente por medio de la mímica, entendiéndonos sin dificultad. El tocar a uno en el hombro en señal de amistad, pertenece indudablemente al lenguaje internacional; el ofrecerse mutuamente tabaco y el que le brinden a uno con fuego, es también una expresión internacional de simpatía. Una cosa llamó mucho su atención: ¿cómo era que yo, a pesar de ser joven, tenía barba? Ellos no la usan antes de los sesenta años. Y cuando les dije por señas que, en caso de no tener nada que comer, me podría servir de alimento, la broma se transmitió de uno a otro a la masa entera, todos se rieron mucho y empezaron a tocarme en el hombro de un modo más afectuoso todavía; me acompañaron a todas partes, enseñándome sus casas; todos me ofrecieron sus pipas y vinieron a despedirme hasta el vapor, como se hace con un amigo. Debo hacer constar, sin embargo, que no había un solo boshkó (policía) en el pueblo. En otras partes, nuestros soldados y yo nos hacíamos amigos de los chinos; pero desde el momento en que se presentaba un boshkó, todo se interrumpía. ¡Sin embargo, eran de ver las muecas que hacían a aquél en cuanto volvían la espalda! Indudablemente, no eran partidarios de semejante representante de la autoridad.

Esta expedición cayó después en el olvido; el astrónomo Fh. Usóltsv y yo, publicamos informes sobre el particular en las Memorias de la Sociedad Geográfica Siberiana; pero algunos años más tarde, un terrible incendio destruyó en Irkutsk todos los ejemplares que quedaban de ellas, así como el mapa original del Zungari, y sólo el año anterior, cuando empezaron los trabajos del ferrocarril transmanchuriano, fue cuando los geógrafos rusos desenterraron nuestros trabajos, encontrando que el gran río había sido explorado hacía treinta y cinco años por nuestra expedición.

VII

Como respecto a las reformas nada más podía hacerse, procuré realizar únicamente lo que me parecía posible dadas las circunstancias, lo cual sirvió sólo para convencerme de la absoluta inutilidad del intento. Por ejemplo, en mi nuevo cargo de agregado al gobernador general para lo referente a los cosacos, hice una investigación minuciosa de las condiciones económicas de los del Usuri, cuyas cosechas acostumbraban perderse casi todos los años, teniendo el gobierno necesidad de mantenerlos en el invierno para evitar que fueran víctimas del hambre. Cuando volví con mi Memoria redactada, fui universalmente congratulado, me vi ascendido, y recibí gracias especiales; todas las medidas recomendadas por mí fueron aceptadas, concediéndose subvenciones especiales en efectivo, para ayudar a la emigración de unos, y proporcionarles ganado a otros, según mis indicaciones. Pero el resultado práctico de la medida fue que el dinero vino a parar a manos de un viejo borracho encargado del asunto, que dio buena cuenta de él, apaleando después sin piedad a los desgraciados cosacos, a fin de convertirlos en buenos agricultores. Y esto se encontraba en todas las esferas, empezando por el Palacio de Invierno en San Petersburgo, y concluyendo en el Usuri y en Kamchatka.

La alta administración de Siberia estaba animada de las mejores intenciones, y sólo puedo repetir que, tomado todo en consideración, era mucho mejor, más ilustrada y más interesada en el mejoramiento del país que la de cualquiera otra provincia rusa; pero al fin era una administración, una rama del árbol que tiene sus raíces en San Petersburgo, y eso bastaba para paralizar todas sus excelentes intenciones y para convertirla en un obstáculo a todo principio de progreso espontáneo de la vida local. Cualquier cosa que se iniciara en bien del país por los elementos locales, era mirada con desconfianza e inmediatamente paralizada con una multitud de dificultades que partían, no tanto de la mala voluntad de los hombres —quienes, por lo general, son mejores que las instituciones—, sino simplemente por pertenecer a una administración piramidalmente centralizada. El hecho mismo de ser un gobierno cuyo origen se hallaba en otra parte, hacía que apreciara todas las cuestiones desde el punto de vista del funcionario del poder central que piensa ante todo en lo que dirá su superior, y qué efecto causará esto o lo otro en la máquina administrativa, en vez de hacerlo en interés del país.

Gradualmente, pues, fui encauzando cada vez más de nuevo mis energías hacia las exploraciones científicas. En 1865 exploré el Sayáns occidental, donde adquirí nuevos conocimientos respecto a la estructura de las altas regiones de Siberia, dando con otra cordillera importante de carácter volcánico en la frontera china; y en suma, al año siguiente, emprendí un largo viaje para descubrir una comunicación directa entre las minas de oro de la provincia de Iakutsk (en el Vitim y en el Olókma) y Transbaikalia. Durante varios años (1860-64), los miembros de las expediciones siberianas habían intentado encontrar ese camino, procurando cruzar la serie de cordilleras rocosas, en extremo agrestes y paralelas, que separan ambos lugares; pero cuando llegaban a esa región, viniendo del sur, y veían ante sus ojos esas terroríficas montañas extendiéndose por centenares de kilómetros hacia el norte, todos ellos, excepto uno que fue muerto por los naturales, se volvieron atrás. Era, por consiguiente, indudable que para alcanzar buen éxito la expedición debía dirigirse de norte a sur; de las temibles y desconocidas soledades, a las regiones populosas y templadas. Ocurrió también que, mientras preparaba la expedición, me enseñaron un mapa que un natural del país había trazado con su cuchillo en la corteza de un árbol; el cual, dicho sea de paso, era tan magnífico ejemplo de la utilidad del sentido geométrico en los períodos más rudimentarios de la civilización —debiendo, por consiguiente, interesar a A. R. Wallace—, y tal su semejanza con la verdad que nos presenta la naturaleza, que me confié a él por completo, empezando mi viaje de acuerdo con sus indicaciones. En compañía de un joven naturalista aprovechado, de nombre Polakov, y un topógrafo, fui primero bajando por el Lena a las minas de oro del norte, y allí equipamos nuestra expedición, tomando provisiones para tres meses, y partimos para el sur. Un viejo cazador yakut, que veinte años antes había seguido una vez el camino indicado en el mapa del tungo, se comprometió a servirnos de guía, y cruzar la región montañosa —unos 420 kilómetros de anchura—, siguiendo el río, los valles y los desfiladeros indicados con el cuchillo de aquél, en el mapa de corteza de abedul, obra gigantesca que realmente llevó a feliz término, a pesar de no haber rastro alguno que seguir, y parecer como absolutamente idénticos todos los valles que se veían desde lo alto del paso de una montaña, cubiertos en su totalidad de bosque, a la vista del que no está habituado a contemplarlos.

Esta vez se dio con la senda: durante tres meses estuvimos vagando por el desierto de montañas casi completamente inhabitado, y por las mesetas pantanosas, hasta que al fin llegamos a nuestro destino en Chitá. Me han dicho que esta vía es ahora de provecho para conducir ganado del sur a las minas de oro; en cuanto a mí, el viaje me fue de mucha utilidad, ayudándome extraordinariamente a encontrar la base de la estructura de las sierras y mesetas de Siberia; pero como no estoy escribiendo un libro de viaje, debo hacer aquí punto final.

Los años que pasé en Siberia me enseñaron muchas cosas que difícilmente hubiera logrado aprender en otra parte: pronto me convencí de la absoluta imposibilidad de hacer algo de verdadera utilidad para la masa del pueblo por medio de la máquina administrativa; tal ilusión la perdí para siempre. Entonces fue cuando empecé a comprender, no sólo al hombre y su carácter, sino el móvil interno de la vida de las sociedades humanas. El trabajo constructivo de la masa anónima, del que rara vez se hace mención en los libros, y apareció por completo ante mis ojos la importancia de tal obra en el crecimiento de las formas de la sociedad. Presenciar, por ejemplo, de qué modo las comunidades de Dujobortsi (hermanas de las que ahora van a establecerse en el Canadá, y que tan favorable acogida encuentran en los Estados Unidos) emigraron a las regiones del Amur, ver las inmensas ventajas que les reportó su organización fraternal, casi comunista, y hacerse bien cargo del éxito admirable que alcanzó su colonización, en medio de todos los fracasos de la oficial, fue aprender algo que no se encuentra en los libros. Además, vivir con los indígenas, ver funcionando todas las formas complejas de organización social que ellos habían elaborado bien distantes de la influencia de toda civilización, fue para mí, como no podía menos de ser, acumular torrentes de luz que iluminaron mis estudios posteriores. La parte que las masas, el pueblo, representa en la realización de todos los acontecimientos históricos importantes, y aun en la guerra, se hizo patente para mí por medio de la observación directa, llegando a tener ideas similares a aquellas que expresa L. N. Tolstói concernientes a los jefes y las masas, en su monumental obra La guerra y la paz.

Habiendo sido criado en el seno de una familia propietaria de siervos, entré en la vida activa, como todos los jóvenes de mi tiempo, con un gran convencimiento de lo necesario que es mandar, ordenar, reprender, castigar y demás; pero cuando, en la primavera de la vida, tuve a mi cargo empresas de importancia y tratos con los hombres, y cuando cada error hubiera podido tener en el acto graves y serias consecuencias, empecé a apreciar la diferencia que existe entre servirse del principio del mando y la disciplina o valerse del mutuo acuerdo. El primero es de gran efecto en un desfile militar; pero carece de valor allí donde se trata de la vida real, y sólo se puede obtener el éxito por el esfuerzo supremo de muchas voluntades convergentes a un mismo fin. Aun cuando no formulé entonces mis observaciones en términos análogos a los usados por los partidos militantes, puedo decir ahora que perdí en Siberia toda la fe que antes pudiera haber tenido en la disciplina del Estado, preparándose así el terreno para convertirme en anarquista.

Desde la edad de diecinueve a la de veinticinco años, tuve que ocuparme en importantes trabajos de reformas, tratar con centenares de hombres en el Amur, disponer y llevar a cabo arriesgadas expediciones, con medios ridículos por su insignificancia, y otras cosas parecidas; y si todo esto terminó de un modo más o menos satisfactorio, sólo lo atribuyo al hecho de que pronto comprendí que, en situaciones graves, el mando y la disciplina prestan bien poca ayuda. Los hombres de iniciativa hacen falta en todas partes; pero una vez dado el impulso, la empresa ha de ejecutarse, especialmente en Rusia, no en forma militar, sino en una especie de modo comunal, por medio del general acuerdo. Desearía que todos los que fraguan planes de gobierno autocrático, pudieran pasar por la escuela de la vida real, antes de empezar a forjar sus utopías de Estado: entonces se oiría hablar mucho menos que al presente, de proyectos de organización militar y piramidal de la sociedad.

Con todo esto, la vida en Siberia se me hacía cada vez menos atractiva, no obstante haberse unido a mí mi hermano Alejandro, en 1864, en Irkutsk, donde mandaba un escuadrón de cosacos. Los dos nos considerábamos felices de vernos juntos; leíamos mucho, y discutíamos todas las cuestiones filosóficas, científicas y sociológicas de la época; pero ambos buscábamos con anhelo una vida intelectual que no se encontraba en Siberia. El paso casual por Irkutsk de Rafael Pompelly o de Adolfo Bastián —los dos únicos hombres de ciencia que visitaron nuestra capital en el tiempo que estuve en ella—, fue un verdadero acontecimiento para ambos. La vida científica y especialmente la política de la Europa occidental, de las que percibíamos un eco a través de los periódicos, nos atraían, y al volver a Rusia eran el tema obligado al que confluían todas nuestras conversaciones. Finalmente, la insurrección de los desterrados polacos en 1866 nos abrió los ojos, mostrándonos la falsa posición que ocupábamos como oficiales del ejército ruso.

VIII

Estaba yo lejos, en las montañas de Vitim, cuando los desterrados polacos, ocupados en excavar un nuevo camino en la roca, en las inmediaciones del lago Baikal, hicieron un desesperado esfuerzo para romper sus cadenas y abrirse camino hacia China a través de la Mongolia. Se mandaron tropas contra ellos, y un oficial ruso fue muerto por los insurrectos. Me enteré de esto a mi vuelta a Irkutsk, donde unos cincuenta de aquéllos iban a ser juzgados en Consejo de guerra, y como la celebración de éstos es en Rusia pública, pude tomar de todo notas detalladas, que remití a un diario de San Petersburgo, en el que se publicaron íntegras, con gran disgusto del gobernador general.

Sólo a la Siberia oriental habían sido desterrados once mil polacos, entre hombres y mujeres, a consecuencia de la insurrección de 1863; en su mayoría eran estudiantes, artistas, ex-oficiales nobles, y, en particular, artesanos que procedían de la inteligente población obrera de Varsovia y otras ciudades. Una gran parte de ellos se aplicaba a trabajos forzados, y los restantes se habían distribuido por el país, en pueblos donde no hallaban trabajo alguno, y vivían sumidos en la miseria. Los destinados a trabajos forzados se ocupaban en Chitá de la construcción de barcas para el Amur —estos eran los menos desgraciados— o bien en talleres de fundición y en las salinas. Vi algunos de estos últimos en el Lena, haciendo un trabajo tan penoso y sufriendo tales cambios bruscos de temperatura, que a los dos años de tan atroz faena estos mártires morían con seguridad de consunción.

Más adelante, un número considerable de los mismos se emplearon como peones en la construcción de un camino a lo largo de la costa sur del lago Baikal. Este estrecho lago alpino, de 665 kilómetros de largo, rodeado de hermosas montañas que se elevan de mil a cerca de dos mil metros sobre su nivel, separa a Transbaikalía y el Amur de Irkutsk; en invierno, puede cruzarse sobre el hielo, y en verano hay vapores; pero durante seis semanas en la primavera y otras tantas en el otoño, el único medio de llegar a Chitá y Kiajta (yendo a Pekín) desde Irkutsk, es el de recorrer a caballo un largo y semicircular camino a través de montañas de dos y medio a cerca de tres kilómetros de altura. Una vez hice este viaje gozando grandemente del soberbio espectáculo que ofrecían las montañas con sus mantos de nieve en el mes de mayo; pero por lo demás, la cosa no tuvo nada de agradable. Sólo el trepar trece kilómetros para llegar a la cumbre del paso principal, Jaumar-Dabán, me costó todo un día, desde las tres de la mañana hasta la ocho de la noche; nuestras cabalgaduras se caían con frecuencia a causa de la nieve que se fundía, dando con sus jinetes varias veces al día en la que, semi líquida, corría bajo la costra medio helada, por lo cual se acordó construir un camino permanente a lo largo de la costa sur del lago, labrándolo, por decirlo así, en las rocas empinadas y casi verticales que se elevan desde la orilla misma, y salvando con puentes un centenar de rápidos e imponentes riachuelos que rodaban con furia de la montaña al lago; en tan duros trabajos se empleaba a los desterrados polacos.

Varias partidas de desterrados políticos rusos fueron mandadas a Siberia durante el siglo anterior; pero con esa conformidad con el destino que caracteriza a los rusos, jamás se rebelaron; dejaban que los mataran lentamente sin intentar jamás liberarse. Los polacos, por el contrario —dicho sea en honor suyo—, nunca fueron tan sumisos, y esta vez subleváronse abiertamente; era evidente que no contaban con probabilidades de triunfar; pero, sin embargo, lo hicieron. Tenían por delante al gran lago y a la espalda una cordillera de montañas impracticables, más allá de las cuales se extendían los desiertos de la Mongolia del norte, a pesar de lo cual concibieron la idea de desarmar a los soldados que les custodiaban, forjando al efecto esa arma terrible de las insurrecciones polacas —hoces finas como picas en palos largos— y abrirse camino atravesando la sierra y Mongolia, en dirección a China, donde encontrarían buques ingleses que los recogerían. Un día llegó la noticia a Irkutsk de que una partida de estos polacos, que trabajaba en el camino de Baikal, había desarmado una escolta de doce soldados, declarándose en rebelión; ochenta soldados era todo lo que desde allí se podía mandar contra ellos, los cuales, atravesando el Baikal en vapor, fueron a buscar a los insurrectos al otro, lado del lago.

El invierno de 1866 había sido extraordinariamente triste en Irkutsk; en la capital siberiana no hay esa distinción entre las diferentes clases que se observa en las grandes poblaciones rusas, y la sociedad de aquélla, compuesta de numerosos militares y empleados, en unión de las esposas e hijas de los mercaderes y aun de los curas, se reunían durante dicha época del año, todos los jueves, en los salones de recepción; pero este invierno, sin embargo, faltaba animación en tales fiestas; los aficionados no actuaban en las representaciones teatrales, y las mesas del tapete verde, que generalmente florecían en gran escala, arrastraban una lánguida existencia. Era indudable que existía una serie escasez de dinero en el mundo oficial, y ni aun la llegada de varios empleados de las minas fue señalada con esa profusión de billetes de Banco con que tan caracterizados personajes animaban las noches pasadas en el juego. Como la tristeza no se disipaba, un caballero, que en el invierno anterior había sido el niño mimado de Irkutsk, gracias a los cuentos humorísticos que narraba con mucho gracejo, viendo que el interés de éste género de entretenimiento decaía, apeló al espiritismo como nuevo recurso, y tan buenas trazas se dio que a la semana toda la población estaba loca con los espíritus parlantes, infundiéndose nueva vida a los que no sabían cómo matar el tiempo. Mesas que hablaban aparecieron en todos los salones, y los amoríos marcharon mano a mano con los golpes espirituales. El teniente Potalov tomó desgraciadamente todo esto en serio: el espiritismo y el amor; tal vez fue menos afortunado con lo segundo que con lo primero; el caso es que, cuando llegó la noticia de la insurrección, pidió ir en la expedición con los ochenta soldados, esperando volver coronado con el laurel de la victoria.

— ¡Voy contra los polacos —escribió en su diario—; sería tan interesante ser herido ligeramente!

Fue muerto; iba a caballo, al lado del coronel que mandaba la tropa, cuando la batalla con los insurrectos —cuya brillante descripción puede verse en los anales del Estado Mayor general— empezó. Los soldados avanzaban lentamente a lo largo del camino, cuando encontraron unos cincuenta polacos, cinco o seis de los cuales estaban armados de fusiles y el resto de palos y hoces; éstos ocupaban el bosque, y de tiempo en tiempo hacían disparos de fusil, a los que contestaban los soldados. Potalov pidió dos veces permiso al coronel para echar pie a tierra y correr al bosque, a lo que el jefe referido le contestó, bastante incomodado, que permaneciera donde estaba; a pesar de lo cual, un momento después, el oficial desapareció; se oyeron varios tiros repetidos en el bosque, seguidos de desgarradores lamentos; los soldados se lanzaron en aquella dirección y encontraron al teniente desangrándose en tierra. Los polacos, después de hacer sus últimos disparos, se rindieron; la batalla había terminado y Potalov estaba muerto. Se arrojó, revólver en mano, a la espesura, donde halló varios polacos armados de hoces; disparó sobre ellos su arma precipitadamente, hiriendo a uno, e inmediatamente los otros cayeron sobre él.

Al otro extremo del camino, en esta parte del lago, dos oficiales rusos se condujeron de un modo abominable con los polacos que trabajaban en la misma carretera y no habían tomado parte en el alzamiento; uno de ellos entró furiosamente en la tienda de campaña de los desterrados, blasfemando y disparando su revólver contra aquella gente inofensiva, hiriendo gravemente a dos de ellos; el otro ató a esos hombres pacíficos a los carros y los castigó cruelmente con el látigo, por mera diversión.

La lógica de las autoridades militares en tales circunstancias era que, como un oficial ruso había sido muerto, se hacía necesario ejecutar a varios polacos; los consejos de guerra condenaron a cinco de ellos a muerte; Szaramowicz, un pianista de treinta años y arrogante figura, que fue el jefe de la insurrección; Celinski, hombre de sesenta, que en otro tiempo había sido oficial del ejército ruso, y tres más cuyos nombres no recuerdo.

El gobernador general telegrafió a San Petersburgo pidiendo autorización para aplazar la aplicación de la sentencia, mas no le contestaron; había prometido no pasarles por las armas; pero después de haber esperado la respuesta varios días, ordenó que se llevara a cabo la sentencia reservadamente, a la primeras horas de la mañana. La contestación de San Petersburgo vino cuatro semanas después por correo; se dejaba al gobernador en libertad de obrar según su mejor saber y entender. Entre tanto, cinco hombres de elevado espíritu habían sido fusilados.

La gente decía que la insurrección fue una insensatez; y, sin embargo, este valiente puñado de rebeldes obtuvo algo provechoso para los demás. Las noticias de lo ocurrido llegaron a Europa; las ejecuciones, las brutalidades de los dos oficiales, que se hicieron públicas al ser conocidas las sesiones del consejo, produjeron una conmoción en Austria, y ésta intervino en favor de sus súbditos que habían tomado parte en la revolución del 63 y fueron enviados a Siberia. Poco después del alzamiento, la suerte de los desterrados mejoró sensiblemente, lo cual se debió a los que se rebelaron; a aquellos cinco hombres bravos y enérgicos que fusilaron en Irkutsk, y a los que a su lado se levantaron en armas.

Para mi hermano y para mí, esta insurrección fue una provechosa enseñanza: comprendimos lo que significaba el pertenecer bajo cualquier concepto al ejército. Yo estaba muy lejos de allí; pero mi hermano se encontraba en la capital, y su escuadrón recibió orden de marchar contra los insurrectos; afortunadamente, el jefe del regimiento a que mi hermano pertenecía lo conocía a él bien, y, bajo un pretexto cualquiera, ordenó que tomara otro oficial el mando de la parte movilizada del escuadrón; de lo contrario, Alejandro, como es natural, se hubiera negado a marchar; y de encontrarme yo allí, hubiera hecho lo mismo.

Entonces decidimos dejar el servicio militar y volver a Rusia; esto no era empresa fácil, especialmente por haberse casado Alejandro en Siberia; pero al fin, todo se arregló, y en los comienzos de 1867 estábamos en camino hacia San Petersburgo.

Capítulo IV — Petersburgo, el primer viaje al extranjero

I

A principios del otoño de 1867, mi hermano, con su familia y yo, nos hallábamos establecidos en San Petersburgo. Entré en la Universidad, y me senté en los bancos entre jóvenes, casi niños, de mucha menos edad que yo. Lo que tanto había anhelado durante los últimos cinco años, se había cumplido: podía estudiar; y en conformidad con la idea de que un conocimiento completo de las matemáticas es la única base sólida para todo estudio posterior, ingresé en la facultad de ciencias físicas y matemáticas, en su sección dedicada a esta última materia. Mi hermano entró en la Academia Militar de Jurisprudencia, en tanto que yo abandoné por completo la milicia, con gran disgusto de mi padre, a quien le repugnaba hasta la vista misma de un traje de paisano. Desde aquel momento no podíamos contar ambos más que con nuestros propios recursos.

El estudio en la Universidad y un trabajo científico absorbieron todo mi tiempo durante los cinco años posteriores. Un estudiante de matemáticas tiene, por supuesto, mucho que hacer; pero mis estudios previos en cálculo integral me permitieron dedicar una parte de mi tiempo a la geografía, y además, no había perdido en Siberia el hábito de trabajar con fe.

La Memoria de mi última expedición estaba en prensa, presentándose al misma tiempo un vasto problema ante mis ojos. Los viajes que había hecho por Siberia me habían convencido de que las montañas que en aquella época figuraban en los mapas del norte de Asia eran fantásticas en su mayoría, y no daban ni remota idea de la estructura del país. Las grandes mesetas, que son un rasgo tan característico del Asia, no habían sido sospechadas siquiera por los que trazaron los mapas. En su lugar, varías grandes cordilleras, tales como, par ejemplo, la parte oriental de Stanovoi, que aparecía en los mapas como una oruga negra, trepando hacia el este, ha sido engendrada en los centros topográficos, contrario a las indicaciones y hasta a los planos de los exploradores, tales como L. Schwartz. Esas cordilleras no existen en la naturaleza. Los nacimientos de los ríos que corren hacia el Océano Ártico de una parte y al Pacífico de otra, se hallan entrelazados en la superficie de una gran meseta, teniendo su origen en los pantanos mismos; pero en la imaginación del topógrafo europeo, las más altas cordilleras de montañas deben ir asociadas a las fuentes de los grandes ríos, y allí ha dibujado unas elevados Alpes, de los que no hay ni vestigios en la realidad. Muchas imaginarias montañas como esas, interceptaban el mapa del norte de Asia en todas direcciones.

Descubrir los verdaderos principios fundamentales en la disposición de las montañas de Asia —la armonía de la formación montañosa— vino a ser una cuestión que absorbió mi atención algunos años. Durante bastante tiempo los antiguos mapas, y más todavía, las generalizaciones de Alejandro von Humboldt, quien, después de un largo estudio de los ríos chinos, había cubierto Asia de una red de montañas, corriendo a lo largo de los meridianos y paralelos, me embarazaron en mis investigaciones, hasta que al fin vi que tampoco las generalizaciones de este autor, a pesar de haberme sido de gran estimulo, estaban de acuerdo con los hechos.

Empezando, pues, por el principio, en una forma puramente inductiva, recolecté todas las observaciones barométricas de viajeros anteriores, y con ellas calculé centenares de altitudes; marqué en un mapa en gran escala todas aquellas altitudes, tanto geológicas como físicas, que habían sido realizadas por diferentes exploradores; los hechos, no las hipótesis, procurando averiguar qué líneas de estructura responderían mejor a las realidades observadas. Este trabajo preparatorio me ocupó más de dos años, seguidos de meses de profundas meditaciones, a fin de descubrir lo que el confuso caos de diseminadas observaciones quería decir; hasta que un día, repentinamente, todo se me hizo claro y comprensible, como si hubiera sido iluminado por un rayo de luz. Las principales líneas de estructura de Asia no se hallan dirigidas de norte a sur, o de Occidente a Oriente, sino que vienen de sudeste al nordeste; así como en las montañas Rocosas y las mesetas americanas, aquéllas van del nordeste al sudeste, encontrándose sólo algunas cordilleras secundarias colocadas en opuesta dirección. Además, las montañas de Asia no son un conjunto de cordilleras independientes como los Alpes, sino que se hallan subordinadas a una meseta inmensa, un viejo continente que en otro tiempo se dirigía hacia el estrecho de Behring. Altas cordilleras laterales se han elevado a sus costados, y en el transcurso de los siglos han emergido del mar nuevos terrenos, formados de sedimentos posteriores, aumentando por ambos lados la anchura de ese primitivo espinazo de Asia.

Pocos placeres hay en la vida humana que igualen al producido por la aparición repentina de una generalización que ilumina el entendimiento, después de un largo periodo de paciente investigación. Lo que durante años se presentaba muy caótico, muy contradictorio y muy problemático, toma de pronto su posición propia dentro de un todo armónico. Del seno de una confusión enorme de hechos y tras las sombras formadas por una multitud de conjeturas —desvanecidas casi al mismo tiempo que se crean—, un majestuoso cuadro hace su aparición, como la cadena de montañas alpinas emerge súbitamente en todo su esplendor de la niebla que momentos antes la ocultaba, brillando bajo los rayos del sol en toda su sencillez y variedad, en toda su grandeza y hermosura. Y cuando la generalización se pone a prueba, aplicándola a centenares de hechos separados, que un momento antes habían parecido en extremo contradictorios, cada uno de ellos asume la posición que le conviene, aumentando lo impreciso del cuadro, acentuando algunos contornos generales o agregando un inesperado detalle lleno de significación, aquella gana en fuerza y en extensión; sus fundamentos crecen en amplitud y solidez; mientras que a lo lejos, a través de las distintas gasas que flotan sobre el horizonte, la vista descubre las siluetas de nuevas y más dilatadas generalizaciones.

El que durante su vida haya experimentado una vez este placer de creación científica, no lo olvidará jamás; suspirará por renovarlo, y no podrá por menos de ver con tristeza que esta clase de goces está reservada a tan pocos, cuando tantos pudieran disfrutar de ella —en mayor o menor escala—; tan sólo con que los conocimientos científicos y el poder disponer del tiempo necesario no fuera patrimonio de una insignificante minoría.

Considero esta obra como mi principal trabajo científico: mi primera intención fue escribir un gran volumen, en el que las nuevas ideas sobre las montañas y mesetas del norte de Asia fueran robustecidas por un examen detallado de cada región separada; pero en 1873, cuando comprendí que me prenderían pronto, me limité sólo a preparar un mapa que manifestara mis ideas, escribiendo al mismo tiempo una Memoria como explicación. Ambos fueron publicados por la Sociedad Geográfica, bajo la inspección de mi hermano, cuando yo estaba ya en la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Petermann, que entonces preparaba un mapa de Asia y conocía mi trabajo preliminar, adoptó mis indicaciones, incluyéndolas en el atlas de Stieler y en su pequeño atlas de bolsillo, donde la orografía estaba excelentemente expresada con un grabado de acero. Después han sido aceptadas por la mayoría de los cartógrafos. El mapa de Asia, tal como ahora se comprende, explica, según creo, los principales aspectos físicos del gran continente, así como la distribución de sus climas, faunas y floras, y aun su historia misma, revelando también, como pude ver durante mi último viaje a América, notables analogías entre la estructura y crecimiento geológico de los dos continentes del hemisferio septentrional. Muy pocos cartógrafos podrían ahora decir de dónde proceden estos cambios en el mapa de Asia; pero en ciencia es mejor que las nuevas ideas se abran camino independientemente del nombre de su enunciador: así los errores, que son inevitables en toda primera generalización, se rectifican con más facilidad.[5]

II

Al mismo tiempo yo trabajaba mucho para la, como secretario de su sección de geografía física.

Gran interés despertaba entonces la explotación del Turquestán y del Pamir: de allí acababa de volver Sievertzov, después de varios años de viajes. Gran zoólogo, geógrafo distinguido, y uno de los hombres más inteligentes que jamás he conocido; él, como otros muchos rusos, no era aficionado a escribir. Después de hacer una comunicación oral en una asamblea de la Sociedad, no había medio de inducirle a escribir una palabra más, fuera de la revisión de su discurso; así que, todo lo que se ha publicado bajo su firma no basta, ni con mucho, para hacer justicia al verdadero valor de las observaciones y generalizaciones hechas por él. Esta repugnancia a escribir los resultados del estudio y la observación es, desgraciadamente, cosa común en Rusia. Lo que oí respecto a la orografía del Turquestán, a la distribución geográfica de plantas y animales, al papel que representan los híbridos en la producción de nuevas especies de aves, y a otras cosas de igual interés, y sus observaciones sobre la importancia del apoyo mutuo en el desarrollo progresivo de las especies, que he visto como incidentalmente mencionadas en un par de renglones, al dar cuenta de una conferencia suya, dan suficiente muestra de un talento y originalidad poco corrientes; pero no poseía la exuberante fuerza de exposición en una forma hermosa y apropiada, que hubiera podido hacer de él uno de los hombres de ciencia más eminentes de nuestra época.

Mikluja-Maklay, muy conocido en Australia, que hacia el fin de sus días vino a ser su país adoptivo, pertenecía a la misma clase de hombres; a la de aquellos que han escrito mucho menos de lo que hubieran podido escribir. Era un hombre pequeño y nervioso, que sufría siempre de malaria. Acababa de volver del Mar Rojo cuando lo conocí. Partidario de Häckel, había trabajado mucho sobre los invertebrados marinos en sus regiones naturales. Más adelante, la Sociedad Geográfica logró obtener que pudiera ir en un buque de guerra a una parte desconocida de la Nueva Guinea, donde deseaba estudiar a los salvajes más primitivos. Acompañado tan sólo de un marinero, lo dejaron en una playa agreste, cuyos habitantes tenían la reputación de ser caníbales terribles. Se construyó una choza para los dos Robinsones, quienes vivieron año y medio o más cerca de una aldea de indígenas, teniendo con los mismos cordiales relaciones. El conducirse siempre con ellos de un modo recto y formal, no engañándolos nunca, ni aun en lo más mínimo, aun cuando pudiera ser con el mejor de los propósitos, fue la base de su línea de conducta, de la cual jamás se apartaba. Cuando viajaba posteriormente por el archipiélago malayo, llevaba en su compañía un indígena que había entrado en su servicio bajo la expresa condición de no ser nunca fotografiado; pues los naturales del país, como todos saben, consideran que algo se les quita cuando se les hace un retrato fotográfico. Un día que el indígena dormía profundamente, Maklay, que estaba recolectando material antropológico, confesó que estuvo tentado de fotografiarlo, con tanto más motivo cuanto que era un representante típico de su tribu, y jamás llegaría a saberlo; pero recordó su promesa, y se contuvo. Al dejar Nueva Guinea, los indígenas le hicieron que prometiera volver; y algunos años después, a pesar de estar bastante enfermo, cumplió su palabra y volvió. Y sin embargo, este hombre tan notable, sólo ha publicado una parte infinitesimal de las observaciones verdaderamente importantes que hizo.

Fedchenko, que había hecho extensas observaciones zoológicas en Turquestán —en compañía de su esposa Olga, que era naturalista también—, fue, según acostumbrábamos a decir, un europeo occidental. Trabajó con empeño para dar a luz, en adecuada forma, los resultados obtenidos: pero, desgraciadamente, perdió la vida al subir a una montaña en Suiza; rebosando ardor juvenil, y lleno de confianza en sus facultades, emprendió una ascensión sin guías competentes, y fue víctima de una tempestad de nieve. Por fortuna, su viuda completó la publicación de sus Viajes, y creo que un hijo de ambos continúa la obra de sus padres.

También conocí mucho de lo realizado por Prievalski, o mejor dicho Przewalski, que es como debe escribirse su nombre polaco, a pesar de que a él, por su parte, le gustaba aparecer como patriota ruso: era un cazador apasionado, y el entusiasmo con que hizo sus exploraciones en Asia central fue debido tanto a su deseo de cazar reses de todas clases, gamos, camellos y caballos salvajes, y otros animales por el estilo, como a su interés por descubrir tierras nuevas y de difícil acceso. Al verse obligado a hablar de sus descubrimientos, no tardaba en interrumpir su modesta descripción con una entusiasta exclamación: ¡Pero cuántas reses había allí! ¡Qué cacería! contando con vehemencia de qué modo se encaramó a tal o cual altura para tener a tiro un caballo salvaje. No bien se hallaba de vuelta en San Petersburgo, ya estaba proyectando una nueva expedición; procurando, mientras tanto, reunir todos sus recursos y emplearlos en jugadas de Bolsa, a fin de aumentarlos para dicho objeto. Era el verdadero tipo del explorador, por su robusta naturaleza y sus condiciones para hacer durante largo tiempo la ruda vida del cazador de la montaña: tal existencia era placentera para él; en su primera expedición sólo le acompañaron tres amigos, y siempre se mantuvo en excelentes relaciones con los naturales; sin embargo, como las posteriores tomaron cierto carácter militar, empezó desgraciadamente a confiar más en la fuerza de su escolta armada que en las relaciones pacíficas con los habitantes del país; y oí decir en círculos bien informados que, aunque no hubiera muerto en el momento mismo de ponerse en marcha su expedición al Tibet —tan admirable y pacíficamente llevada a cabo después por sus compañeros Pievtzov, Robarovski y Kozlov—, es muy probable que no hubiese vuelto de ella vivo.

En aquel tiempo existía una considerable actividad en la Sociedad Geográfica, siendo muchas las cuestiones científicas en que nuestra sección, y en consecuencia su secretario, estaban vivamente interesados; en su mayoría eran demasiado técnicas para hacer de ellas aquí mención; pero necesito aludir al deseo que se despertó favorable a los establecimientos rusos en las costas, las pesquerías y el comercio en la parte rusa del Océano Ártico en esos años. Un comerciante y minero de oro, llamado Sidorov, contribuyó con sus esfuerzos a que se consiguiera tal resultado; pues había previsto que, con una pequeña ayuda en forma de escuelas navales, la exploración del mar Blanco y otras del mismo género, así como las pesquerías y la navegación rusa, hubieran podido adquirir un considerable desarrollo. Pero como hasta este poco, desgraciadamente, necesitaba para realizarse pasar por San Petersburgo, y como los altos gobernantes de esa ciudad cortesana, burocrática, literaria, artística y cosmopolita no era posible que se interesaran por nada provincial, el pobre Sidorov consiguió únicamente ser ridiculizado. Sólo del exterior podía venir el impulso que llamara la atención de la Sociedad de Geografía rusa hacia el extremo norte del país.

En los años 1869-71, los intrépidos cazadores de focas, noruegos, abrieron de un modo completamente inesperado el mar de Kara a la navegación. Con extraordinaria sorpresa nos enteramos un día en la Sociedad que aquel mar, situado entre la isla de Navaia Zernliá y la costa siberiana, y que confiadamente acostumbrábamos a describir en nuestras Memorias como permanentemente helado, había sido recorrido en todas direcciones por varias goletas noruegas; y hasta el sitio invernal del famoso holandés Barentz, que creíamos oculto para siempre a la vista del hombre por campos de hielo de centenares de años de existencia, fue visitado por esos aventureros del norte.

Estaciones excepcionales y también un estado anormal del hielo fue lo que dijeron nuestros viejos navegantes; pero, por lo menos, para algunos de nosotros resultaba evidente que, con sus pequeñas goletas y reducidas tripulaciones, los bravos cazadores noruegos, que se hallaban familiarizados con los hielos, se habían atrevido a romper el flotante, que generalmente cierra el paso de aquel mar; en tanto que los comandantes de los buques de guerra, contenidos ante la responsabilidad del servicio, jamás se habían arriesgado a hacer otro tanto.

Estos descubrimientos despertaron un general interés en las exploraciones árticas: puede decirse con razón que fueron los cazadores referidos los que abrieron la nueva era de entusiasmo ártico, que dio por resultado la circunnavegación de Asia por Nordenskjöld, el reconocimiento de un permanente paso al nordeste para Siberia, el descubrimiento del norte de Groenlandia, efectuado por Peary, y la expedición del Fram, hecha por Nansen. También nuestra Sociedad Geográfica empezó a dar señales de vida, nombrándose una comisión que preparara el proyecto de una expedición ártica rusa e indicase el trabajo científico que pudiera realizar. Los especialistas tomaron a su cargo escribir cada uno un capítulo científico de esta Memoria; pero, como sucede con frecuencia, sólo algunos sobre botánica, geología y meteorología, estuvieron listos a su tiempo; y el secretario de la comisión —esto es, yo mismo— tuvo que escribir lo restante. Varios asuntos, tales como la zoología marina, las mareas, observaciones del péndulo y el magnetismo terrestre, eran completamente nuevos para mi; pero la cantidad de trabajo que un hombre en buen estado de salud, puede ejecutar en poco tiempo, si dedica a el todas sus energías y va derecho a la raíz de la cuestión, no es posible calcularlo de antemano, y de este modo la Memoria fue concluida a su tiempo.

Terminaba recomendando una gran expedición ártica, que despertara en Rusia un interés constante en todo lo referente a dichas regiones; y al mismo tiempo que se efectuara, como preliminar, otra en una goleta fletada en Noruega, que hiciera un reconocimiento al norte o nordeste de Nueva Zembla, la cual pudiera, según indicamos, intentar llegar, o al menos ver, una tierra desconocida que no debía estar situada a gran distancia de la isla indicada, cuya probable existencia había sido señalada por un oficial de la armada rusa, el barón Schilling, en un excelente pero poco conocido informe sobre las corrientes en el Océano Ártico. Cuando leí este trabajo, así como el viaje de Lütke a Nueva Zembla, y me hice cargo de las condiciones generales de esta parte del mar referido, vi desde luego que la suposición tenía que ser fundada. Debe haber tierra al nordeste de Nueva Zembla, y ha de alcanzar una latitud más alta que la de Spitzberg: la posición fija del hielo al oeste de la primera, el fango y las piedras que en él se encuentran, y otras varias y pequeñas indicaciones, confirmaban la hipótesis. Además, si esta tierra no se hallara allí, la corriente de hielo que se dirige al oeste desde el meridiano del estrecho de Behring a Groenlandia (corriente que arrastró al Fram) llegaría, como con razón ha observado dicho barón, a alcanzar el cabo Norte, cubriendo las costas de Laponia con masas de hielo, del mismo modo que lo hace con la extremidad norte de Groenlandia. Dicha corriente, templada solamente —débil continuación del Gulf Stream—, no podría haber impedido la acumulación de hielo en la costa norte de Europa. Esta tierra, como se sabe, fue descubierta un par de años después por la expedición austríaca, y recibió el nombre de Tierra de Francisco José.

La Memoria ártica tuvo para mí un resultado completamente imprevisto: se me ofreció la dirección de la expedición de reconocimiento, a bordo de una goleta noruega fletada con tal objeto; a lo que contesté, como es natural, que nunca había navegado por mar; pero me replicaron que, combinando la experiencia de un marino con la iniciativa de un hombre de ciencia, podría hacerse algo de provecho; y yo hubiera aceptado, a no haber opuesto su veto, al llegar aquí, el ministro de hacienda, contestando que el Tesoro no podía conceder los setenta y cinco o cien mil francos que se necesitaban para la expedición. Desde aquella época Rusia no ha tomado parte en las exploraciones de los mares árticos. La tierra que distinguimos a través de las brumas subpolares fue reconocida por Payer y Weypreche, y los archipiélagos que deben existir al nordeste de Nueva Zembla —de lo que estoy ahora más firmemente persuadido que entonces— están aún por descubrir.[6]

En lugar de unirme a una expedición ártica, fui enviado por la Sociedad Geográfica a hacer un modesto viaje a Finlandia y Suecia, para explorar los depósitos glaciares; el cual me arrastró por otra dirección completamente distinta.

La Academia de Ciencias rusa enviaba aquel verano a dos de sus miembros —el antiguo geólogo, general Helmersen, y Frederick Schmidt, el incansable explorador de Siberia— a estudiar la estructura de esas largas cordilleras de montes conocidas con el nombre de eskers, kames y otros en las islas Británicas. La Sociedad Geográfica me mandó a Finlandia con igual objeto: los tres visitamos la hermosa cordillera de Pungaharju, separándonos después. Trabajé bastante durante el verano: viajé mucho por Finlandia, pasando luego a Suecia, donde vi correr felices horas en la agradable compañía de A. Nordenskjö1d. Ya entonces —1871— me refirió su proyecto de llegar a las desembocaduras de los ríos siberianos, y aun al estrecho de Behring, por la vía del norte. De vuelta en Finlandia, continué mis investigaciones hasta bien entrado el otoño, y recogí bastante cantidad de observaciones muy interesantes relativas a la glaciación del país; pero también pensé mucho durante este viaje sobre las cuestiones sociales, y estos pensamientos ejercieron una influencia decisiva en mi desarrollo posterior.

Materiales de importancia de todas clases, relativos a la geografía de Rusia, pasaron por mi mano en la Sociedad Geográfica, lo que me sugirió gradualmente la idea de escribir una extensa geografía física de esa inmensa parte del mundo. Mi intención era dar una completa descripción geográfica del país, basándola en las ideas principales de la estructura superficial, que empecé a desenvolver en la parte correspondiente a la Rusia europea, bosquejando en aquel trabajo las diferentes formas de vida económica que debían prevalecer en cada región respectiva. Tómese, por ejemplo, las dilatadas praderas de la Rusia del sur, tan frecuentemente afligida por la falta de lluvias y la pérdida de las cosechas. Estas calamidades no deben ser consideradas como accidentales: son un rasgo natural tan distintivo de esa región, como su posición en una vertiente sur, su fertilidad y demás aspectos característicos y toda la vida económica de esas praderas necesitaría organizarse en previsión de las inevitables repeticiones de tan periódicos males. Cada región del imperio ruso debería ser objeto de igual tratamiento científico, así como ha hecho Karl Ritter con partes de Asia en sus hermosas monografías.

Pero un trabajo semejante hubiera requerido abundancia de tiempo y libertad completa por parte del autor; pensando con frecuencia cuánto hubiera podido ayudarme en tal empresa el ser nombrado secretario de la Sociedad Geográfica. Y en el otoño de 1871, hallándome ocupado en Finlandia, caminando lentamente a pie hacia la costa, a lo largo del ferrocarril recientemente construido, observando atentamente los parajes donde primero debieron aparecer las muestras inequívocas de la primitiva extensión del mar, que siguió al período glacial, recibí un telegrama de la susodicha corporación, en el que se me decía: El Consejo os ruega aceptéis el cargo de secretario de la Sociedad. Al mismo tiempo, el secretario saliente me suplicaba encarecidamente que prestara buena acogida a la proposición.

Se habían realizado mis esperanzas; pero al mismo tiempo, otras ideas y otras aspiraciones habían invadido mi pensamiento. Después de meditar detenidamente sobre lo que debería contestar, telegrafié: Gracias encarecidas; pero no puedo aceptar.

III

Ocurre con frecuencia que hombres envueltos en dificultades políticas, sociales o familiares, sencillamente no han tenido nunca tiempo para preguntarse si la posición en que se encuentran y el trabajo que realizan están en armonía con la razón; sí sus ocupaciones responden verdaderamente a sus inclinaciones y capacidades, dándoles las satisfacciones que todos tienen derecho a esperar de su trabajo. Los que están dotados de actividad se hallan más expuestos que otros a encontrarse en posición semejante; cada día trae consigo nueva cantidad de trabajo, y uno se acuesta bien entrada la noche sin haber terminado lo que esperaba hacer durante la jornada, corriendo después, a la siguiente mañana, a continuar la tarea interrumpida. La vida se va pasando así, y no queda tiempo para pensar, para considerar la dirección que toma la existencia; tal me ocurría a mí.

Pero ahora, durante mi viaje por Finlandia, tenía a mi disposición el tiempo que antes me faltaba, cuando cruzaba en mi carro finlandés de dos ruedas (karria) una llanura que ningún interés ofrecía al geólogo, o cuando caminaba, con el martillo al hombro, de una cueva de arena a otra, podía pensar; y en medio del trabajo geológico indudablemente interesante que tenía entre manos, una idea que me atraía con mucha más fuerza aún que la geología, se elaboraba con persistencia en mi imaginación.

Vi la inmensa cantidad de trabajo que el campesino finlandés emplea en roturar la tierra y en romper el barro endurecido, y me dije a mí mismo: Escribiré la geografía física de esta parte de Rusia, y le diré al agricultor el mejor modo de cultivar el suelo. Aquí, un extractor de raíces americano sería de gran valor; allí la ciencia indicaría los sistemas más adecuados de abonos ... ¿Pero de que serviría hablarle de las máquinas americanas, cuando apenas tiene lo indispensable para poder vivir de una cosecha a otra, cuando la renta que tiene que pagar por ese barro duro crece cada vez más, en proporción con las mejoras que introduce en el terreno? Teniendo que roer sus tortas de harina de centeno, duras como la piedra, que cuece dos veces al año, comiendo con ellas un pedazo de bacalao horriblemente salado y bebiendo un trago de leche desnatada, ¿cómo me he de atrever a mencionarle tales máquinas, cuando todo lo que puede reunir apenas basta para pagar renta e impuestos? Necesita que yo viva en su compañía, que le ayude a ser dueño o libre poseedor de la tierra que ocupa; entonces podrá leer los libros con provecho, pero no ahora.

Y mis pensamientos vagaban entre los campesinos de Finlandia y los de Nikólskoie, a quienes había visto últimamente. Ahora son libres, lo que les place grandemente; pero no tienen prados. De un modo o de otro, los grandes terratenientes se han apoderado de todos. En mi infancia, los Savojin solían echar al campo seis caballos a pastar durante la noche; los Talkachov tenían siete. Ahora esas familias no tienen más que tres cada una; y otras que antes disponían de esta cantidad, sólo cuenta con uno. ¿Qué puede hacerse sólo con un miserable caballo? ¡Sin prados no hay caballos ni abonos! ¿Cómo he de hablarles de sembrar hierba, estando ya arruinados —tan pobres como Lázaro— y aguardando dentro de algunos años estarlo aún más, a causa de las disparatadas contribuciones? ¡Qué felices eran cuando les dije que mi padre les daba permiso para segarla en el pequeño espacio abierto que había en su bosque de Kostin! Vuestros campesinos de Nikólskoie son feroces para el trabajo es lo que comúnmente se oía decir en nuestra vecindad; pero la tierra de sembrar pan, que mi madrastra había tomado de sus terrenos, en virtud de la ley mínima —esa cláusula diabólica introducida por los dueños de siervos cuando se les permitió revisar la ley de emancipación—, está ahora cubierta de monte bajo, no permitiéndose a los feroces trabajadores cultivarla. Y otro tanto sucede en toda Rusia; aun en aquella época era evidente, y los comisionados oficiales lo previnieron de antemano, que la primera cosecha que se perdiera en la Rusia central, daría por resultado un hambre terrible, y ella vino en 1876, en 1884, en 1891, en 1895 y también en 1898.

La ciencia es una cosa excelente; conocí sus goces y pude apreciarlos, tal vez más que la mayoría de mis colegas; aún ahora, mientras contemplaba los lagos y cerros de Finlandia, nuevas y hermosas generalizaciones se levantaban ante mis ojos. Vi en un pasado bien remoto, en la aurora misma del género humano, acumulándose el hielo año tras año en los archipiélagos del norte, sobre Escandinavia y Finlandia. Un crecimiento inmenso de aquél invadió el norte de Europa, extendiéndose lentamente hasta llegar a su parte media; la vida se extinguía en esa zona del hemisferio septentrional, y extremadamente pobre y vacilante, huyó más y más hacia el sur, ante el soplo helado que venia de esas masas inmensas solidificadas por el frío; y el hombre —miserable, débil e ignorante— tuvo que luchar con todo género de dificultades para mantener una precaria existencia. Muchos siglos pasaron antes que empezara el deshielo, y con él vino el periodo lacustre, en que se formaron en las cavidades innumerables lagos, y una raquítica vegetación subpolar comenzó tímidamente a invadir los insondables terrenos pantanosos que rodeaban a aquéllos; otra serie de siglos transcurrió antes de que se iniciara un proceso extremadamente lento de desecación, y de que la vegetación empezara su pausada invasión desde el sur, hallándonos en la actualidad en un periodo de rápida desecación, acompañado de la formación de secas praderas y estepas, teniendo el hombre que buscar los medios de contrarrestarla, pues el Asia Central ha sido ya la primera víctima de una calamidad que amenaza a la Europa del Mediodía.

La creencia en una capa de hielo que alcanzase hasta la Europa central, era en aquel tiempo una verdadera herejía; pero como ante mi vista se destacaba un cuadro sorprendente, necesitaba describirlo con los miles de detalles que en él observé, para que sirviera de clave a la presente distribución de floras y faunas, abriendo nuevos horizontes a la geología y a la geografía física.

¿Pero qué derecho tenía yo a estos goces de un orden elevado, cuando todo lo que me rodeaba no era más que miseria y lucha por un triste bocado de pan, cuando por poco que fuese lo que yo gastase para vivir en aquel mundo de agradables emociones, había por necesidad de quitarlo de la boca misma de los que cultivaban el trigo y no tienen suficiente pan para sus hijos? De la boca de alguien ha de tomarse forzosamente, puesto que la agregada producción de la humanidad permanece aún tan limitada.

La ciencia es una fuerza inmensa; el hombre debe ilustrarse. ¡Mucho sabemos ya! ¿Pero qué sucedería si, aunque no fuera más que ese conocimiento, viniera a ser posesión de todos? ¿No progresaría la ciencia misma con tal ímpetu, haciendo que la humanidad avanzara tanto en la producción, inventos y creaciones sociales, que hasta nos sería casi imposible ahora medir la rapidez de tal carrera?

Las masas necesitan instruirse; tienen voluntad para aprender y no les falta capacidad. Allí, en la cresta de ese inmenso promontorio que se extiende entre los lagos, como si unos gigantes lo hubieran formado precipitadamente para enlazar ambas orillas, se halla un campesino finlandés, sumido en la contemplación de los hermosos lagos sembrados de islas que se presentan ante él; ninguno de estos aldeanos, por pobre y desgraciado que sea, pasará por este lugar sin detenerse a admirar la escena. O bien allá, a la orilla de un lago, se encontrará otro agricultor cantando algo tan dulce y armonioso que el mejor de los músicos le envidiaría su balada, a causa de su delicadeza y su fuerza meditativa; ambos sienten intensamente, ambos meditan, ambos piensan; dispuestos están a ensanchar sus conocimientos; sólo necesitan que se les proporcionen, que se les den los medios para disponer de algún descanso.

En semejante dirección es en la que pienso ir, y esta es la clase de gente por la que tengo que trabajar. Todas esas frases sonoras sobre el progreso que hace la humanidad, mientras que, al mismo tiempo, los encargados de realizarlo permanecen alejados de aquellos a quienes pretenden mejorar, son meros sofismas, forjados por imaginaciones deseosas de librarse de una irritante contradicción.

Por eso contesté negativamente a la Sociedad Geográfica.

IV

San Petersburgo ha cambiado mucho desde que lo dejé en 1862. ¡Oh, si! Conocisteis el San Petersburgo de Chernishevski me decía una vez el poeta Maikov; es verdad, conocí a la ciudad de que aquél era el favorito; ¿pero cómo describiré a la que encontré a mi regreso? Tal vez como la capital de los cafés chantants y de las salas de conciertos, si las palabras todo San Petersburgo han de significar realmente los altos círculos de la sociedad que siguen la norma de la Corte.

En ésta y aquéllos, las ideas liberales se hallaban en un descrédito espantoso; todos los hombres preeminentes del 60, aunque fueran tan moderados como el conde Nicolás Muraviev y Nicolás Miliútin, eran tratados como sospechosos; sólo a Dimitri Miliútin, el ministro de la guerra, había conservado Alejandro II en su puesto, porque la reforma que tenía que llevar a cabo en el ejército necesitaba muchos años para su realización. Todos los demás hombres activos del periodo revolucionario habían sido barridos por la reacción.

Una vez hablé con un alto funcionario del ministerio de Estado; él criticaba con viveza a otro de igual categoría, y como yo dijera en defensa de éste: Sin embargo esto, al menos, hay que decir en su favor, que nunca aceptó ningún cargo bajo Nicolás I. ¡Y ahora sirve a las órdenes de Shubálov! Fue la respuesta, la cual pintaba tan admirablemente la situación, que nada tuve que agregar.

El general Shuválov, jefe de la policía de Estado, y el general Trepov, jefe de la de San Petersburgo, eran en realidad los verdaderos gobernantes de Rusia; Alejandro II no era más que su instrumento, su juguete, y ellos dominaban por el terror, Trepov había atemorizado hasta tal punto a Alejandro con el espectro de la revolución que debía estallar en San Petersburgo, que si el omnipotente jefe de policía se retrasaba a]gunos minutos en venir a dar su parte diario a palacio, el emperador solía preguntar en el acto: ¿Ocurre algo en la capital?

Poco después de haber despedido definitivamente Alejandro a la princesa X, contrajo mucha amistad con el general Fleury, el aide-de-camp de Napoleón III, aquel hombre siniestro que fue el alma del coup d´etat del 2 de diciembre de 1851; siempre se les veía juntos, y Fleury informó en una ocasión a los parisienses del gran honor de que era objeto por parte del zar de Rusia. Yendo el último en carruaje por el Nevsky Prospekt, vio al otro y le invitó a montar en su vehículo, que no tenía más que un asiento de doce pulgadas de ancho para una sola persona, y el general francés refería más tarde de qué modo el zar y él, comprimidos el uno contra el otro, tenían que llevar la mitad del cuerpo en el aire, a causa de lo reducido de aquél. Basta nombrar a este nuevo amigo, recién venido de Compiegne, para dar idea de lo que esa amistad significaba.

Shuválov sacaba todo el mayor partido posible del actual estado de ánimo de su señor; preparaba una medida reaccionaria tras otra, y cuando Alejandro manifestaba repugnancia a firmar alguna de ellas, aquél hablaba de la revolución que se acercaba y de la suerte que cupo a Luis XVI, implorándole, por la salvación de la dinastía, que firmara las nuevas adiciones a las leyes de represión. A causa de todo esto, la tristeza y los remordimientos se apoderaban de tiempo en tiempo de Alejandro; cuando esto sucedía, se le veía caer en profunda melancolía y hablar con tristeza de lo brillante que fue el principio de su reinado, y del carácter reaccionario que iba tomando. En tales momentos, Shuválov organizaba una cacería de osos; tiradores, alegres cortesanos y carruajes llenos de muchachas de la servidumbre de palacio, iban al bosque de Novgorod; Alejandro, que era buen tirador, mataba un par de osos, dejando que los animales llegaran a pocos metros de su rifle, y allí, en medio de la excitación de la fiesta cinegética, obtenía Shuválov la firma de su señor para cualquier proyecto de represión o de robo en favor de sus clientes, tramado por él.

Alejandro II no era ciertamente un hombre adocenado; pero vivían en él dos personalidades, ambas fuertemente desarrolladas y luchando una contra otra; y este combate interno se fue haciendo cada vez más vivo con los años. Podía ser de un trato exquisito, y un momento después conducirse de un modo brutal; poseía un valor frío y razonado en presencia de un verdadero peligro, pero vivía en un temor constante de otros que sólo existían en su imaginación. No era ciertamente cobarde, y esperaba al oso frente a frente; en una ocasión, cuando el animal no había sido muerto del primer disparo y el hombre que se hallaba a su espalda con una lanza, al adelantarse, fue derribado por el oso, acudió el zar en su auxilio, matándolo casi a boca de jarro (supe esto por el mismo interesado), y sin embargo, se vio toda su vida perseguido por temores engendrados en su mente y por la intranquilidad de su conciencia. Era de maneras afables para con sus amigos; pero esta bondad se hallaba contrabalanceada por una fría y terrible crueldad —análoga a la del siglo XVII—, de la que hizo gala al sofocar la insurrección polaca, y más tarde, en el 80, cuando se tomaron idénticas medidas para dominar el levantamiento de la juventud rusa; crueldad de que nadie le hubiera creído capaz. Vivía, pues, una doble existencia, y en el periodo de que hablo firmaba sin dificultad los decretos más reaccionarios y después se arrepentía de haberlo hecho. Hacia el fin de sus días, esta lucha interna, como se verá más adelante, se hizo más activa aún, asumiendo un carácter poco menos que trágico.

En 1872, Shuválov fue nombrado para la embajada de Inglaterra; pero su amigo el general Potápov continuó la misma política hasta el principio de la guerra turca en 1877; durante todo este tiempo, se efectuaban en grande escala las más escandalosas dilapidaciones de la hacienda pública, así como de los bienes de la Corona, de los estados confiscados en Lituania después de la insurrección de 1863, de las tierras de Bashkir en Oremburg y otras. Algunas de estas irregularidades fueron posteriormente descubiertas y juzgadas públicamente por el Senado, que actuaba como alto Tribunal Supremo, después que Potápov perdió el juicio, y Trépov fue reemplazado, procurando sus rivales en palacio presentarles a la vista de Alejandro tales como eran. En una de estas investigaciones judiciales se vino a saber que un amigo de Potápov, del modo más vergonzoso, había robado sus tierras a los campesinos de un estado de Lituania, y después, apoyado por sus amigos en el ministerio del interior, consiguió que los aldeanos que pidieron justicia fueran presos, apaleados bárbaramente y fusilados por la tropa; siendo ésta una de las narraciones de este género más repugnantes que se encuentran en los anales rusos, a pesar de que en ellos tanto abundan robos semejantes. Sólo después que Vera Zasúlich disparó contra Trépov, hiriéndole (para vengar que hubieran apaleado por orden suya a un preso político, en la prisión), fue cuando las inmoralidades de Potápov y sus paniaguados llegaron a ser bien conocidas y él despedido. Creyéndose que iba a morir, Trépov hizo testamento, por lo cual se supo que este hombre, que había hecho creer al zar que moría pobre, a pesar de haber ocupado muchos años el puesto lucrativo de jefe de la policía de San Petersburgo, dejó en realidad a sus herederos una fortuna considerable. Algunos cortesanos se lo participaron a Alejandro II. Trépov perdió su crédito, y entonces fue cuando algunas de las indignidades del partido de los Shuválov, Potápov y Trépov se presentaron ante el Senado.

El pillaje a que se entregaban en todos los ministerios, especialmente en relación con los ferrocarriles y toda clase de empresas industriales, era verdaderamente enorme, habiéndose hecho en aquella época inmensas fortunas. La marina, según el mismo emperador dijo a uno de sus hijos, se hallaba en los bolsillos de unos y otros. El costo de los ferrocarriles garantizados por el Estado era, indudablemente, fabuloso, y en cuanto a empresas mercantiles, se sabia públicamente que no había manera de fundar ninguna, a menos que se prometiera un determinado tanto por ciento sobre los dividendos a varios funcionarios de los diferentes ministerios. A un amigo mío que intentaba montar una industria en San Petersburgo, le dijeron francamente en el ministerio del interior que tendría que pagar 25 por 100 del producto neto a una persona determinada, 15 a otra en el ministerio de hacienda, 10 a otra en el mismo ministerio, y 5 por 100 a una cuarta.

El trato se hacía sin reserva alguna, teniendo de ello conocimiento Alejandro II; sus propias observaciones escritas en las Memorias del interventor general, lo atestiguan bien claramente; pero como veía en los bandidos sus protectores contra la revolución, los mantenía en sus puestos hasta que los robos producían un escándalo monumental.

Los grandes duques jóvenes, con excepción del presunto heredero, más tarde Alejandro III, que fue siempre un económico pater familias, seguían el ejemplo de su padre; las orgías que uno de ellos solía celebrar en un pequeño restaurante de Nevsky Prospekt eran tan desgraciadamente notorias, que una noche el jefe de policía tuvo que intervenir amenazando al dueño con enviarle a Siberia si volvía a admitir en su salón gran duque a éste. Imaginad mi perplejidad —me decía dicho hombre en una ocasión, cuando me enseñaba ese local, cuyas paredes y techo se hallaban forrados de gruesos cojines de satén—; por un lado tenía que ofender a un miembro de la familia real, que podía hacer de mí lo que quisiera, y por el otro, el general Trépov me prometía mandarme a Siberia! Pero, como es natural, hice 10 que éste me ordenaba, pues, como sabéis, el general es ahora omnipotente. Otro de los grandes duques se hizo sospechoso por sus costumbres, que pertenecen al dominio de la psicopatía, y un tercero fue desterrado a Turquestán, después de haber robado los diamantes de su madre.

La emperatriz Maria Alexandrovna, abandonada por su marido, y probablemente horrorizada del giro que tomaba la vida de la Corte, se hizo cada vez más devota, y pronto cayó en manos del capellán mayor de palacio, representante de un tipo completamente nuevo en la iglesia rusa: el jesuítico. Este género de clero acicalado y corrompido, realizó rápidos progresos en aquella época; ya trabajaba enérgicamente y con éxito para convertirse en una potencia del Estado y apoderarse de las escuelas.

Se ha demostrado una y otra vez que el bajo clero de Rusia se halla tan ocupado con sus funciones —bautismos, casamientos, administrar la comunión a los moribundos, y otras cosas por el estilo—, que sus miembros no pueden dedicarse con provecho a la enseñanza. Aun cuando le paguen en el pueblo por dar lección de religión y moral en la escuela pública, el cura, generalmente, cede a otro el cargo, por falta de tiempo disponible. Sin embargo, el alto clero, explotando el odio de Alejandro II hacía el llamado espíritu revolucionario, empezó su campaña para poner mano en las escuelas. No haya más enseñanza que la eclesiástica fue su divisa; y aun cuando toda Rusia reclamaba educación, ni aun la ridícula e insignificante cantidad de cuatro millones de rublos incluidos anualmente en el presupuesto para las escuelas primarias, llegaban a invertirse por el ministro de instrucción pública, mientras que casi otro tanto se daba al Sínodo como auxilio para establecer escuelas bajo la dirección de los párrocos, muchas de las cuales existieron y figuran todavía solamente en el papel.

Toda Rusia reclamaba la educación técnica, pero el Ministerio solamente abrió los gimnasios de estudios clásicos, porque los enormes cursos de latín y griego eran considerados como el mejor medio para impedir a los jóvenes leer y pensar. En esos gimnasios solamente el dos o tres por ciento de los estudiantes consiguieron completar el curso de ocho años, porque todos los muchachos que prometían algo y que mostraban independencia de pensamiento eran expulsados francamente antes de llegar al último año, y fueron tomadas ciertas medidas para reducir el número de los estudiantes. La educación era considerada a excepción de unos pocos, como un lujo. Al mismo tiempo, el ministro de instrucción pública se hallaba empeñado en una lucha continua, apasionada, con las personas privadas y las instituciones —distritos o asambleas de comarca, municipalidades y otras— que trataban de abrir Escuelas Normales o escuelas técnicas; o tan sólo escuelas primarias. La educación técnica —en un país donde hay tan gran demanda de mecánicos, de agricultores instruidos y de geólogos— era tratada como institución revolucionaria. Estaba prohibida, perseguida; así es que hasta la hora presente, dos o tres mil jóvenes ven cada otoño que se rehúsa su admisión en las más altas escuelas técnicas por simple falta de puestos. Un sentimiento de desesperación se posesionaba de los que no podían hacer nada útil en la vida pública; mientras tanto los campesinos eran arruinados con una rapidez espantosa por las sobretasas y por la exigencia de los atrasos de las contribuciones mediante ejecuciones semimilitares que les aterraban para toda la vida. Los únicos gobernadores de provincia bien vistos en la capital eran los que lograban extraer los impuestos del modo más severo.

Este era el San Petersburgo oficial. Esa era la influencia que ejercía sobre Rusia.

V

Cuando dejábamos Siberia hablábamos con frecuencia mi hermano y yo de la vida intelectual que encontraríamos en San Petersburgo, y de las interesantes relaciones que esperábamos contraer en los círculos literarios, lo que en verdad logramos, lo mismo entre los radicales que entre los eslavófilos moderados; pero debo confesar que no llenaron nuestras aspiraciones. Encontramos muchos hombres excelentes estos no son raros en Rusia—; pero no respondían completamente a nuestro ideal del escritor político; los mejores, como Chernishevski, Mijáilov y Lavrov, se hallaban desterrados o presos en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, como ocurría con Pisarev; en tanto que otros, impresionados por lo sombrío de la situación, habían cambiado de ideales, inclinándose ahora hacía una especie de absolución paternal, y los más, a pesar de no haber abjurado de sus ideas, se habían hecho tan cautos en expresarlas, que su prudencia tenía visos de deserción.

En el periodo efervescente del partido reformista, casi todos los que pertenecían a los círculos literarios avanzados habían tenido algunas relaciones, ya con Herzen o con Turguéniev y sus amigos, o bien con las sociedades secretas Velikarosso Zemlia y Volia, que tenían en aquel tiempo una existencia próspera, mientras que ahora esos mismos hombres hacían cuanto en su mano estaba por ocultar sus antiguas simpatías todo lo más posible, a fin de no aparecer, por ningún concepto, sospechosos.

Una o dos de las revistas liberales que se toleraban en aquel tiempo, debido principalmente al gran talento diplomático de sus directores, contenían trabajos excelentes, en los que se mostraba la creciente miseria y la desesperada condición de la masa de los agricultores, haciendo patentes los obstáculos que se acumulaban en el camino del progreso. La narración de estos hechos bastaba por sí sola para engendrar la desesperación; pero nadie se atrevía a indicar un remedio ni proponer una acción para salir de un estado de cosas que se consideraba irremediable. Algunos escritores abrigaban aún la esperanza de que Alejandro II volviera una vez más a asumir el carácter reformista; pero para la mayoría, el temor de ver sus publicaciones suprimidas y al director y redactores camino del destierro, era una idea que dominaba a todas las demás. El miedo y la esperanza los tenían igualmente paralizados.

Cuanto más radicales habían sido diez años antes, tanto mayores eran sus temores; mi hermano y yo fuimos muy bien recibidos en uno o dos círculos literarios, a los que concurríamos algunas veces; pero desde el momento que la conversación comenzaba a perder su carácter trivial, o mi hermano, que tenía mucha facilidad para llamar la atención sobre cuestiones interesantes, la dirigía hacia el estado del país, o hacia Francia, donde Napoleón III preparaba rápidamente su caída en 1870, era indudable que había de ocurrir alguna interrupción: ¿Qué opináis, caballeros, de la última representación de La bella Elena? o ¿Qué os parece tal o cual pescado? — preguntaba en alta voz una de las personas de más edad, y la cuestión seria quedaba cortada.

Fuera de los referidos centros, la situación era aún peor en el año 60; Rusia, y en particular San Petersburgo, estaba llena de hombres de ideas avanzadas, que parecían dispuestos en aquella época a hacer cualquier género de sacrificio por la causa que defendían: ¿Qué ha sido de ellos? ¿Dónde están? —me preguntaba; y si tropezaba con alguno, invariablemente había de oír estas palabras: ¡Prudencia, joven! El hierro es más fuerte que la paja. No se puede derribar un muro con la cabeza — y otros innumerables proverbios parecidos, que por desgracia tanto abundan en la lengua rusa, y con los cuales habían formado un código de filosofía práctica. Nosotros ya hemos hecho algo; no hay que pedirnos más o tener paciencia; esto no puede durar — era todo lo que nos decían, mientras que nosotros, los jóvenes, nos hallábamos dispuestos a renovar la lucha, a acudir a la acción, a sacrificarlo todo, si era necesario, y sólo les pedíamos un consejo, una guía, una ayuda intelectual.

Turguéniev ha exhibido en Humo algunos de esos ex-reformadores, procedentes de las capas más elevadas de la sociedad, y su cuadro es verdaderamente desconsolador; pero en las impresionantes y apasionadas novelas y trabajos literarios de madame Jvoshchinskaia, que escribió con el seudónimo de V. Krestovski (no se le debe confundir con otro novelista llamado Vsévalod Krestovski), es donde se pueden seguir y apreciar los variados aspectos que la degradación de los liberales del 60 revistió en aquel tiempo.

El placer de vivir —tal vez el de haber sobrevivido a la catástrofe— vino a ser su dios desde el momento que la multitud anónima, que diez años antes constituía el nervio del movimiento reformista, se negaba a oír hablar más de todo ese sentimentalismo, corriendo a participar de las riquezas que venían a llenar las manos de los hombres prácticos.

Muchos nuevos medios de hacer fortuna habían aparecido desde que se abolió la esclavitud, y la gente se lanzó con avidez por tales vías; los ferrocarriles se construían con ardor febril en Rusia; a los Bancos particulares recién fundados, acudían como moscas los terratenientes a hipotecar sus fincas; los notarios y abogados particulares que acababan de establecerse en las audiencias, disfrutaban de rentas importantes; las compañías por acciones se multiplicaban con sorprendente rapidez, y sus promotores florecían. Una clase de hombres que anteriormente hubiera vivido en el campo con la modesta renta de una pequeña propiedad, cultivada por un centenar de siervos, o del salario más modesto aun de un funcionario civil de poca categoría, ahora hace fortuna o gozaba de tales rentas como las que en tiempos de la servidumbre sólo podían tener los grandes propietarios territoriales.

Los gustos mismos de la sociedad se iban degradando cada vez más; la ópera italiana, en otro tiempo foro de las demostraciones radicales, estaba ahora desierta; la rusa, que tímidamente venía afirmando el derecho de sus grandes compositores, se veía sólo concurrida por algunos entusiastas aficionados. Ambas eran calificadas de insípidas, y la crema de la sociedad de San Petersburgo acudía a un teatro vulgar, donde las estrellas de segundo orden de los pequeños teatros de París conquistaban fáciles laureles de sus admiradores, los oficiales de la guardia, o iba a ver La belle Heléne, que se representaba en la escena rusa, mientras nuestros dramáticos se relegaban al olvido. La música de Offenbach era la preferida, la suprema.

Hay que decir, sin embargo, que la atmósfera política era tal que los hombres de buena voluntad tenían razones de consideración, o al menos excusas, para permanecer retraídos. Después de haber disparado Karakózov contra Alejandro II, en abril de 1866, la policía de Estado se habría hecho omnipotente; toda persona sospechosa de radicalismo, se hubiera o no metido en algo, tenía que vivir constantemente bajo la amenaza de ser el mejor día arrestada, tan sólo por haber demostrado alguna simpatía a tal o cual persona complicada en cuestiones políticas, o bien por alguna carta encontrada en un registro nocturno, o simplemente por sus peligrosas opiniones; y la prisión política podía lo mismo significar años de reclusión en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, que destierro a Siberia, o tormentos en los calabozos.

Este movimiento de los círculos Karakózov ha permanecido muy poco conocido hasta en la Rusia misma. Yo estaba en aquel tiempo en Siberia, y sólo lo conozco de oídas. Parece, sin embargo, que se combinaban en él dos corrientes distintas: una de ellas fue el principio de ese gran movimiento popular que posteriormente tomó tan formidables proporciones; en tanto que la otra era principalmente política. Grupos de jóvenes, algunos de los cuales se hallaban en camino de ser brillantes profesores de la Universidad, u hombres notables como historiadores o etnógrafos, se habían formado por el 64, con la intención de instruir y educar al pueblo, a pesar de la oposición del gobierno; ellos fueron como simples artesanos a los grandes centros industriales, fundando allí sociedades cooperativas y escuelas populares con la esperanza de que, con tacto y paciencia, podrían llegar a educar a los trabajadores, creando así los primeros núcleos en donde irradiarían gradualmente mejores y más elevadas concepciones entre las masas. Su abnegación era muy grande; considerables fortunas se pusieron al servicio de la causa, y me siento inclinado a creer que, comparado con todos los movimientos similares que más tarde tuvieron lugar, éste fue el que tal vez se hallaba fundado en una base más práctica, estando, indudablemente, sus iniciadores bastante próximos a la clase productora.

Por la otra, guiados por varios miembros de esos círculos, entre los que se encontraban Karakózov, Ishútin y sus más íntimos amigos, la acción tomó una dirección determinada. Durante los años que mediaron del 62 al 66, la política de Alejandro II asumió un carácter decididamente reaccionario; rodeado de los hombres más retrógrados, que tomaba como sus más inmediatos consejeros; las reformas mismas que constituyeron la gloria del principio de su reinado, eran ahora substituidas por leyes adicionales y circulares de los ministros; la vuelta al pasado más o menos encubierta, era lo que se esperaba francamente en el antiguo campo, no creyendo nadie en aquella época que la reforma principal —la abolición de la servidumbre— pudiera resistir los asaltos dirigidos contra ella desde el mismo Palacio de Invierno. Todo lo cual debió influir en el ánimo de Karakózov y sus amigos, haciéndoles comprender que la continuación del reinado de Alejandro II sería una amenaza hasta para lo poco que se había conseguido, y que Rusia tendría que volver a los horrores de Nicolás I si aquél continuaba gobernando. Al mismo tiempo, se abrigaban grandes esperanzas —ésta es una historia repetida a menudo y siempre nueva— respecto de las tendencias liberales del heredero del trono y su tío Constantino. Debo también decir que, antes del 66, tales temores y consideraciones parecidas se expresaban frecuentemente en círculos mucho más elevados que los que parece frecuentaba Karakózov. De todos modos, lo cierto es que éste disparó un día sobre Alejandro II en el momento que salía del jardín de verano para tomar su carruaje; pero no le dio y fue preso en el acto.

Katkov, el jefe del partido reaccionario de Moscú, gran maestro en el arte de sacar partido de cualquier acontecimiento político, acusó en el momento a todos los radicales y hombres de ideas libres de complicidad en el atentado —lo que indudablemente no era cierto—, insinuando en su periódico y haciendo que toda la ciudad lo creyera, que Karakózov había sido un mero instrumento del gran duque Constantino, jefe del partido liberal en los círculos elevados. Puede imaginarse hasta qué punto los dos gobernantes, Shuválov y Trépov, explotarían estas acusaciones y los temores que ellas despertaron en Alejandro II.

Mijail Muraviev, que había conquistado durante la insurrección polaca el apodo de verdugo, recibió órdenes de hacer una investigación muy minuciosa y descubrir por todos los medios posibles la conjura cuya existencia se suponía. De acuerdo con tales instrucciones, prendió a diestra y siniestra en todas las clases de la sociedad, disponiendo centenares de registros y jactándose de que encontraría el medio de hacer a los presos más comunicativos. No era ciertamente de los hombres que retroceden ni aun ante la tortura, y la opinión pública de San Petersburgo estaba casi unánime en afirmar que Karakózov había sido atormentado para obtener declaraciones; pero que no hizo ninguna.

Los secretos de Estado se guardan bien en las fortalezas, especialmente en esa gran masa de piedra enfrente del Palacio de Invierno, que tantos horrores ha presenciado, dados a luz sólo recientemente por los historiadores; allí conserva todavía los secretos de Muraviev; pero lo siguiente tal vez arroje alguna claridad sobre este asunto.

En 1866 estaba yo en Siberia; uno de nuestros oficiales que viajaba de Rusia a Irkutsk, hacia el fin de aquel año, encontró en uno de los paradores dos gendarmes, que habían acompañado a Siberia a un empleado desterrado por robo, y volvían al punto de partida. El primero, que era un hombre muy campechano, al verlos tomando té en una fría noche de invierno, se sentó a su lado, poniéndose a conversar con ellos mientras se cambiaban los caballos; uno de los gendarmes había conocido a Karakózov.

Era un hombre listo —dijo él—; cuando estaba en la fortaleza, nos ordenaron a una pareja que se relevaba cada dos horas, no dejarle dormir. Así es que lo teníamos sentado en un banquillo, y en el momento de empezar a dar cabezadas, lo sacudíamos para despabilarlo ...

¿Qué queréis? —preguntaba; y nosotros contestábamos:

— ¡Cumplimos con lo que se nos ordena! ...

Y mirad si era vivo: se sentaba con las piernas cruzadas, columpiando una de ellas, para hacernos creer que estaba despierto, y mientras tanto echaba un sueñecito sin dejar de mover la pierna; pero pronto descubrimos la treta, comunicándola a los que nos relevaron; de modo que se le sacudía y despertaba de cuando en cuando, agitara la pierna o no. ¿Y cuánto duró eso? —le preguntó mi amigo. Oh, muchos días; más de una semana.

El carácter cándido de esta descripción es de por si una prueba de veracidad; no es posible que fuera inventada; y que se torturó a aquél hasta ese extremo, puede considerarse como indudable. Cuando ahorcaron a Karakózov, uno de mis antiguos compañeros del Cuerpo de pajes se hallaba presente en la ejecución con su regimiento de coraceros. Al sacarlo de la fortaleza —me dijo mi amigo— y verlo sentado en la alta plataforma del carro, que trepidaba al pasar por el glacis de aquélla, mi primera impresión fue que lo que conducían al patíbulo era un muñeco de goma elástica, y que Karakózov ya había muerto. Imaginad que la cabeza, las manos y todo el cuerpo, se hallaban completamente relajados, como si no existieran los huesos, o como si éstos hubieran sido todos quebrantados. Era terrible ver aquello y pensar lo que significaba. Cuando los soldados lo bajaron del carro, vi que movía las piernas y hacía desesperados esfuerzos para andar y subir las gradas del cadalso; de modo que no era un maniquí ni se puede decir que había perdido el conocimiento. Todos los oficiales quedaron sorprendidos de aquello que ninguno acertaba a explicarse. Sin embargo, al hacerle observar que tal vez el reo habría sido atormentado, se le subió la sangre al rostro y contestó: Eso mismo pensamos todos.

Muraviev había prometido desarraigar todo elemento radical en San Petersburgo, y todos los que tenían, más o menos marcados, algunos antecedentes radicales, vivían ahora bajo el temor de caer el día menos pensado en las garras del opresor, por lo que procuraban, sobre todo, vivir alejados de los jóvenes, por miedo a verse envueltos con ellos en alguna peligrosa asociación. De este modo, había una zanja abierta, no sólo entre los padres y los hijos, como Turguéniev ha descrito en su novela, no sólo entre las dos generaciones, sino también entre todos los hombres que pasaban de treinta años y los que se hallaban en los veinte. La juventud rusa se encontraba, por consiguiente, en el caso, no sólo de tener que combatir en sus padres a los defensores de la servidumbre, sino en el de verse abandonados asimismo por sus hermanos mayores, que se negaban a secundarles en sus aspiraciones hacia el socialismo, y hasta temían prestarles ayuda en la contienda a favor de más libertad política. ¿Ha habido jamás en la Historia —me pregunto a mí mismo— una juventud empeñada en lucha titánica con tan formidable enemigo, que se haya visto tan abandonada, no sólo de sus padres, sino aun de sus hermanos mayores, a pesar de que estos jóvenes no hubieran cometido más falta que tomar a pecho y procurar llevar a la práctica la herencia intelectual de estos mismos padres y hermanos? ¿Se ha empeñado jamás un combate en condiciones más trágicas que éstas?

VI

El único punto brillante que vi en la vida de San Petersburgo fue el movimiento que tenía lugar entre la juventud de ambos sexos. Varias corrientes convergieron para producir la poderosa agitación, que pronto tomó carácter secreto y revolucionario, embargando la atención de Rusia durante los quince años posteriores. De ella hablaré en uno de los capítulos siguientes, limitándome ahora sólo a mencionar el movimiento emprendido a la luz del día por nuestras mujeres, con el objeto de tener acceso a una educación superior, y del cual era San Petersburgo, en aquella época, el centro principal.

Todas las tardes, la joven esposa de mi hermano, al volver de la escuela normal de maestras a que concurría, tenía algo nuevo que contarnos respecto de la animación que allí se advertía; se presentaron proyectos para abrir una academia de Medicina y Universidades femeninas; se organizaban debates sobre las escuelas y métodos de enseñanza relacionados con el curso, tomando centenares de mujeres un interés apasionado en estas cuestiones, discutiéndolas una y otra vez en sus reuniones privadas. Se formaron sociedades de traductoras, editoras, impresoras y encuadernadoras, a fin de proporcionar trabajo a las más pobres de la hermandad, que afluían a la capital, dispuestas a hacer todo lo que se presentara, alentando tan sólo la esperanza de que también ellas podrían adquirir algún día más instrucción. En estos centros reinaba una vida poderosa y exuberante, contrastando notablemente con lo que en otras partes vi.

Desde que el gobierno se mostró resuelto a no admitir mujeres en Universidades, ellas habían concentrado todos sus esfuerzos con el propósito de abrir otras para su uso particular. Se había dicho en el ministerio de instrucción pública, que las jóvenes que habían recibido la segunda enseñanza en los institutos destinados a su sexo, no estaban preparadas para los cursos de la Universidad, a lo cual contestaron: Perfectamente, permitidnos abrir clases intermedias preparatorias para la Universidad, e imponednos el programa que más os agrade; no pedimos subvención alguna del Estado, dadnos sólo el permiso y lo demás corre de nuestra cuenta. Pero, como era de esperar, el permiso no se concedió.

Entonces organizaron cursos privados y conferencias de salón en todos los barrios de la ciudad. Muchos profesores de Universidad, simpatizando con el nuevo movimiento, se ofrecieron a dar lecciones sin retribución alguna, y a pesar de ser pobres, se mostraron en este punto intransigentes. Excursiones de ciencias naturales se efectuaban todos los veranos en las inmediaciones de San Petersburgo bajo la dirección de catedráticos de la Universidad, en las que el elemento femenino estaba en mayoría. En los cursos de matronas, obligaban a los profesores a tratar cada materia con mucha más extensión de la exigida en el programa, o a abrir cursos adicionales. De todo, hasta de los detalles más insignificantes, se aprovechaban para quebrantar la fortaleza y penetrar en su recinto. Llegaron a ser admitidas en el laboratorio anatómico del viejo doctor Gruber, y por su admirable trabajo ganaron para su causa a tan entusiasta anatómico. Si se enteraban de que un profesor no tenía inconveniente en dejarlas trabajar en su laboratorio los domingos, y de noche los demás días, aceptaban al momento la oferta.

Al fin, no obstante toda la oposición del ministerio, abrieron los cursos intermedios, a los que cambiaron únicamente el nombre, dándoles el de clases pedagógicas. ¿Acaso era posible prohibir a las futuras madres que estudiaran los sistemas de instrucción? Pero como los de enseñar la botánica o matemáticas no podían darse a conocer en abstracto, éstas, como otras ciencias, fueron introducidas entre el número de conocimientos de los cursos pedagógicos, que vinieron a ser preparatorios para la Universidad.

Paso a paso, las mujeres iban de este modo ensanchando sus conocimientos y afirmando sus derechos. En cuanto tenían noticias de que en cierta Universidad alemana un profesor determinado abría su clase a algunas de ellas, otras llamaban a su puerta, y eran admitidas. Estudiaron Derecho e Historia en Heidelberg, y matemáticas en Berlín; en Zurich, más de cien mujeres, jóvenes y adultas, estudiaban en la Universidad y en la escuela Politécnica, ganando allí algo que vale más que el grado de doctora en Medicina: el aprecio y la estimación de los catedráticos más ilustrados, quienes lo expresaron públicamente varias veces. Cuando fui a esta última ciudad, en 1872, y vine a conocer a algunas de las estudiantes, me quedé admirado al ver jóvenes, casi niñas, que seguían un curso en la escuela Politécnica, resolver intrincados problemas de la teoría del calor, con ayuda del cálculo diferencial, con tanta facilidad como si hubieran estudiado matemáticas años enteros. Una de las muchachas rusas que estudió dicha asignatura en Berlín, en la clase de Weierstrass, llamada Sofia Kovalevski, llegó a conquistar tanta fama como matemática, que fue invitada a ocupar una cátedra en Estocolmo siendo ella, según creo, la primera mujer en nuestro siglo que ha ocupado tal puesto en una Universidad para hombres. Tan joven era, que en Suecia todos la llamaban por su diminutivo de Sonia.

A pesar del odio que profesaba abiertamente Alejandro II a las mujeres instruidas —cuando encontraba en sus paseos una joven con lentes y gorra redonda garibaldina, empezaba a temblar, pensando si sería una nihilista que venía a molestarlo—, no obstante la encarnizada oposición de la policía de Estado, que calificaba a todas las que estudiaban de revolucionarias, y a pesar de todos los dardos y de las viles acusaciones que Katkov lanzaba contra el movimiento en general en casi todos los números de su envenenado periódico, las mujeres consiguieron, en las barbas mismas del gobierno, abrir una serie de institutos de segunda enseñanza. Cuando varias de ellas obtuvieron el grado de doctoras en el extranjero, obligaron al gobierno ruso en 1872 a que se les permitiera abrir una academia de medicina con sólo sus propios recursos, y cuando aquél llamó a las que estaban en Zurich, para evitar que se relacionaran con los refugiados políticos, lograron que las dejara establecer en el país cuatro Universidades femeninas, que pronto llegaron a tener mil alumnas. Parece cosa increíble; pero es un hecho real que, a pesar de todas las persecuciones por las que la academia de Medicina para la mujer tuvo que pasar, y su clausura temporal, haya ahora en Rusia más de seiscientas setenta practicando la medicina.[7]

Fue ciertamente un gran movimiento, asombroso por su resultado y altamente instructivo; sobre todo, a la ilimitada abnegación de una agrupación de mujeres de todas clases y condiciones fue a lo que se debió el éxito obtenido: habiendo ya servido como hermanas de la caridad en la guerra de Crimea, de organizadoras de escuelas después, de asiduas maestras en los pueblos, y como matronas instruidas y ayudantas médicas entre los campesinos. Más adelante fueron, como médicas y enfermeras, a los hospitales invadidos por las fiebres durante la guerra turca de 1878, conquistando la admiración de los jefes militares y del mismo Alejandro II. Conozco a dos señoras, ambas muy buscadas por la policía de Estado, que sirvieron como enfermeras durante la guerra bajo seudónimos, teniendo como garantía pasaportes falsos; una de ellas, la más criminal de las dos, que había tomado una parte importante en mi fuga, fue nombrada encargada de la enfermería en un gran hospital de heridos, en tanto que su amiga estuvo a punto de morir de fiebre tifoidea; en suma: las mujeres acudieron a cualquier cosa, por humilde que fuera en la escala social, y sin reparar en privaciones, con tal de poder ser de algún modo útiles al pueblo, y esto no en corto número, sino por centenares o millares. Conquistaron sus derechos en el verdadero sentido de la palabra.

Otro rasgo de este movimiento era que en él la sima entre las dos generaciones —las hermanas mayores y menores— no existía, o al menos había sido en gran parte cegada. Las que habían sido las iniciadoras del movimiento desde su origen, jamás rompieron los lazos fraternales que las unían a las demás, aun cuando las más modernas tuvieran ideas más avanzadas que las suyas.

Animadas por sentimientos levantados, aunque se mantuvieron ajenas a toda agitación política, nunca cometieron el error de olvidar que su verdadera fuerza se encontraba en las masas de las jóvenes, de las cuales un gran número ingresaron finalmente en los círculos radicales o revolucionarios. Estas directrices eran la corrección misma; en mi concepto lo fueron demasiado; pero no cortaron las relaciones que las ligaban con aquellas de las más jóvenes que iban por todas partes como nihilistas típicas, con el cabello corto, desdeñando el crinolín, y revelando su carácter democrático en todos sus actos. Y aunque las más graves no se confundieron con ellas, jamás las repudiaron tampoco; cosa importante, según creo, en aquellos tiempos de locas y feroces persecuciones.

Parecía como si dijeran al elemento joven y más democrático: Usaremos nuestros trajes de terciopelo y nuestro clásico peinado, porque tenemos que tratar con necios que dan a la apariencia una importancia excepcional; pero vosotras, las jóvenes, quedáis en libertad de proceder según vuestros gustos e inclinaciones. Cuando las que estudiaban en Zurich recibieron orden del gobierno ruso de volver, estas correctas señoras no rompieron con las que se rebelaban, limitándose a decir al gobierno: ¿No os acomoda que estudiemos aquí? Pues bien; abrid Universidades femeninas en el interior; de lo contrario, nuestras hijas irán al extranjero en mayor número aún, y claro está que entrarán en relaciones con los emigrados políticos. Cuando se les acusaba de fomentar la revolución y eran amenazadas con el cierre de las academias y Universidades, contestaban: Si, es verdad que muchas estudiantes se hacen revolucionarias; ¿pero acaso es eso motivo para suprimir la instrucción? ¡Qué pocos jefes de partidos tienen el valor moral de no renegar del elemento más avanzado de su misma agrupación política!

El secreto real de su acertada actitud conducida a feliz término, fue que ninguna de las mujeres que constituyeron el alma del movimiento era mera feminista, deseando tan sólo una participación en los privilegios que disfrutaban las clases superiores en la sociedad y en el Estado; lejos de eso, las simpatías de la mayoría de ellas eran favorables a las masas. Recuerdo la parte tan activa que la señorita Stásova, la más veterana de la agitación, tomó en la cuestión de las escuelas dominicales en 1861; la amistad que ella y sus compañeras contrajeron con las jóvenes trabajadoras de las fábricas; el interés que se tomaron por ellas y el combate que sostuvieron con sus codiciosos patronos. No he olvidado el mejor deseo que estas mujeres manifestaron en las academias pedagógicas, en las escuelas de los pueblos y en los trabajos de los pocos que, como el barón Korv, pudieron durante algún tiempo hacer algo en tal dirección, y finalmente, en el carácter social que palpitaba en todo el movimiento. Los derechos por los cuales luchaban, tanto las que formaban a la cabeza como la gran mayoría de las iniciadas, no era sólo el individual a una instrucción superior, sino mucho, bastante más: el derecho a ser trabajadoras útiles entre el pueblo, entre las masas. De ahí el gran éxito que alcanzaron.

VII

En el transcurso de los últimos años, la salud de mi padre había ido de mal en peor, y cuando mi hermano Alejandro y yo fuimos a verlo en la primavera de 1871, nos dijeron los médicos que las primeras heladas del otoño se lo llevarían. Había seguido viviendo como antes, en el Staraia Koniushennaia, pero en torno suyo todo había variado en este barrio aristocrático: los ricos propietarios de siervos, que en un tiempo se distinguían tanto allí, ya no existían; después de haber gastado de muy mala manera el dinero de la redención, que recibieron al emanciparse los siervos, y de hipotecar una y otra vez sus fincas en los nuevos Bancos territoriales que engordaron a su costa, se retiraron al fin al campo o a alguna capital de provincia, para sumergirse allí en el olvido. Sus casas fueron ocupadas por los intrusos comerciantes ricos y grandes industriales, en tanto que en el seno de casi todas las antiguas familias que aún permanecían en el barrio de los Viejos Caballerizos, una nueva vida luchaba por abrirse camino a través de las ruinas de la anterior. Un par de generales retirados que maldecían de todo lo nuevo, y se consolaban anunciando para Rusia una rápida y segura caída bajo el actual orden de cosas, o algún pariente que casualmente le visitaba, eran todos los que ahora acompañaban a mi padre. De todas las muchas familias con quienes estábamos emparentados sólo en Moscú durante mi juventud, únicamente dos continuaron en la capital, y éstas habían entrado por la corriente de las reformas, discutiendo las madres con sus hijas cuestiones como las de las escuelas populares y Universidades para mujeres. Mi padre las miraba con desprecio; mi madrastra y mi hermana menor, Paulina, que no había cambiado, hacían cuanto podían por animarlo; pero a su vez se encontraban también molestas en el nuevo ambiente que las rodeaba.

Mi padre nunca había sido muy amable y afectuoso con mi hermano Alejandro; pero éste era incapaz de guardarle rencor. Cuando entró en la habitación del enfermo, llenándola con la mirada profunda y tierna de sus grandes ojos azules y con una cariñosa sonrisa que revelaba la bondad de su corazón, procurando informarse de lo que podía hacer para que resultase menos penosa la situación, y ejecutándolo con tanta naturalidad como si siempre hubiese estado al lado de mi padre, éste se quedó admirado, contemplándolo sin poder explicarse bien lo que pasaba. Nuestra visita reanimó aquella casa triste y sombría; la asistencia del enfermo se hizo más llevadera; mi madrastra, Paulina, los criados mismos, cobraron más alientos, y mi padre palpó las consecuencias.

Había una cosa, sin embargo, que le intrigaba: hubiera querido vernos venir como hijos arrepentidos, implorando su ayuda; pero cuando intentaba dar ese giro a la conversación, nosotros le interrumpíamos diciendo jovialmente: No os preocupéis de eso; nos arreglamos muy bien lo que hacía aumentar su preocupación. Él hubiese esperado una escena a la antigua; a los hijos pidiendo perdón y dinero; tal vez sintió que eso no ocurriera; pero nos miraba con cariño. Al separarnos, los tres nos impresionamos mucho; él parecía casi como si temiera volver a su triste soledad, entre el derrumbamiento de un sistema que durante su vida había procurado sostener; pero Alejandro tenía que volver a su obligación y yo marchar a Finlandia.

Cuando me llamaron, en el otoño, de nuevo de allí a casa, corrí a Moscú, llegando en el momento que empezaba el servicio religioso en la misma iglesia roja donde mi padre fue bautizado, y se entonaron las últimas plegarias por la memoria de mi madre. A medida que el cortejo fúnebre recorría las calles, cuyas casas me eran tan familiares en mi infancia, noté que éstas habían cambiado poco, sabiendo, sin embargo, que en todas ellas había empezado un nuevo régimen de vida.

En la casa que antes perteneció a mi abuela paterna, después a la princesa Mirski, y ahora era del general N. —antiguo vecino del barrio—, la hija única de la familia mantuvo durante un par de años una terrible lucha contra sus buenos, pero obstinados padres, que la adoraban, mas no querían dejarla estudiar en los cursos de la Universidad que se había abierto para las señoras de Moscú: al fin se le permitió concurrir a ellos, llevándola en elegante carruaje, bajo la inmediata vigilancia de la madre, quien pasaba valerosamente las horas sentada en los bancos entre las estudiantas, al lado de su querida hija; a pesar de lo cual, dos años después, ésta ingresó en el partido revolucionario, fue presa, y pasó un año en la fortaleza de San Pedro y San Pablo.

En la casa opuesta, los despóticos cabezas de familia, el conde y la condesa Z., se hallaban en ardiente lucha con sus dos hijas, quienes estaban cansadas de la monótona e inútil existencia que sus padres les obligaban a soportar, deseando unirse a aquellas otras jóvenes que, libres y contentas, afluían a los cursos de la Universidad. La contienda duró varios años; los padres no cedían en lo más mínimo, y el resultado fue que la mayor se envenenó; debido a lo cual se permitió a la otra que siguiera sus propias inclinaciones.

En la inmediata, en que mi familia había vivido un año, cuando entré en ella con Tchaicovski, para celebrar la primera reunión secreta de un circulo que fundamos en Moscú, en el acto reconocí las habitaciones, en las que por todas partes hallaba recuerdos de mi infancia y rastros de una atmósfera tan distinta de la actual. Ahora pertenecía a la familia de Natalia Armfeld, esa simpática confinada de Kará, a quien George Kennan ha descrito con tanta delicadeza en su libro sobre Siberia. Y en otra casa próxima a aquella en que mi padre había muerto, a los pocos meses de tan triste acontecimiento, recibía yo a Stepniak, vestido de campesino, que se había escapado de una aldea donde fue detenido por propagar ideas socialistas entre los agricultores.

Tales eran los cambios que el barrio de los Viejos Caballerizos había experimentado durante los últimos quince años: la última trinchera de la antigua nobleza era invadida por las nuevas ideas.

VIII

Al año siguiente, al empezar la primavera, hice mi primer viaje a la Europa occidental. Al cruzar la frontera rusa, experimenté lo que todo ruso siente al dejar a la madre patria. Mientras que el tren corre por territorio ruso, a través de las poco pobladas provincias, parece como si caminara por un desierto; centenares de kilómetros están cubiertos de monte bajo, que apenas merece el nombre de bosque; aquí y allá, la vista descubre una pequeña y pobre aldea enterrada entre la nieve, o un camino vecinal impracticable, estrecho y cenagoso. De pronto, todo cambia, tan luego como el tren penetra en Prusia, con sus limpios pueblos y granjas, sus huertas y sus buenas carreteras, haciéndose el contraste cada vez mayor a medida que se penetra en Alemania; hasta el triste Berlín parece animado, si se le compara con nuestras ciudades rusas.

¡Y qué diferencia de clima! Dos días antes había dejado a San Petersburgo densamente cubierto de nieve, y ahora, en el centro de Alemania, andaba sin abrigo por los andenes del ferrocarril, en una atmósfera templada, admirando las plantas que empezaban a florecer. Después vino el Rhin, y más adelante Suiza, bañada por los rayos de un hermoso sol, con sus pequeños y curiosos hoteles, donde se sirvió el almuerzo al aire libre, a la vista de las montañas cubiertas por la nieve. Hasta ese momento, jamás me había hecho completamente cargo de lo que significa la posición septentrional de Rusia, y de qué modo su historia ha sido afectada por el hecho de que sus centros principales hayan tenido que desarrollarse en altas latitudes, tan al norte como las riberas del golfo de Finlandia; sólo entonces pude comprender la irresistible atracción que las tierras del sur han ejercido en los rusos, los esfuerzos colosales que han hecho para llegar al Mar Negro, y la constante presión de los colonos siberianos hacia el sur, avanzando más en Manchuria.

En aquella época, Zurich estaba llena de estudiantes rusos de ambos sexos; la famosa Oberstrasse, cerca de la Escuela Politécnica, puede decirse que era una parte de Rusia, donde se hablaba su lengua mucho más que todas las otras. Los estudiantes vivían, como lo hacen la mayoría de los de Rusia, en particular las mujeres, con muy poco: pan y té, algo de leche y un pedacito de carne preparada sobre una lámpara de alcohol, entre animadas discusiones sobre las más recientes noticias del mundo socialista, o respecto del último libro leído, eran su alimento ordinario. Los que contaban con más recursos que los necesarios para vivir de aquella manera, lo daban para la causa común: la biblioteca, la revista rusa que se iba a publicar, y la ayuda prestada a la prensa obrera del país. En cuanto al vestido, la más estricta economía se observaba en tal dirección. Pushkin ha escrito en un verso muy conocido: ¿Qué no sentará bien a los diez y siete años? Y nuestras jóvenes residentes en Zurich parecían resueltas a lanzar esta interrogación a los habitantes de la antigua ciudad: ¿Puede haber un traje, por sencillo que sea, que no le caiga bien a una joven, cuando, además de los pocos años, es inteligente y está llena de energía? De este modo, la pequeña y activa comunidad trabajó mucho más de lo que nunca han hecho los estudiantes desde que las Universidades existen, y los catedráticos de dicha ciudad no se cansaban jamás de mostrar el progreso realizado por las mujeres en la Universidad, a fin de que sirviera de ejemplo a los varones.

Durante muchos años había anhelado yo conocer detalladamente todo lo que se refería a la Asociación Internacional de Trabajadores; los periódicos rusos aludían a ella con frecuencia en sus columnas, pero no se les permitía hablar de sus principios ni del trabajo que efectuaba; yo presentía que debía ser un movimiento de importancia, lleno de porvenir; pero no podía apreciar bien sus aspiraciones y tendencias; y ahora, que estaba en Suiza, resolví satisfacer mis deseos.

La Asociación se hallaba entonces en la cúspide de su desarrollo. Grandes esperanzas se habían despertado en los años que mediaron del 40 al 48, en el corazón de los trabajadores europeos; sólo ahora empezamos a comprender la formidable cantidad de literatura socialista que se puso en circulación en aquellos años por los partidarios de estas ideas, de todas las denominaciones: socialistas cristianos, socialistas de Estado, fourieristas, saintnsimonianos, owenistas y otros; y sólo actualmente comenzamos a apreciar la profundidad de este movimiento, al descubrir hasta qué punto mucho de lo que nuestra generación ha conquistado como producto de un trabajo intelectual contemporáneo, estaba ya desarrollado y había sido dicho —a menudo con más penetración— durante aquellos años. Los republicanos entendían entonces bajo el nombre de República algo muy distinto de la organización democrática del gobierno capitalista que ahora se conoce con este nombre. Cuando hablaban de los Estados Unidos de Europa, entendían por ello la fraternidad de los trabajadores, las armas e instrumentos de guerra convertidos en herramientas de trabajo, que deberían ser manejadas por todos los miembros de la sociedad en beneficio de la masa entera; el hierro vuelve al trabajador, como decía Pierre Dupont en uno de sus cantos. No sólo significaban tales ideas el reinado de la igualdad en lo referente al derecho penal y político, sino en particular la igualdad económica también. Los mismos nacionalistas vieron en sus ensueños a la Joven Italia, a la Joven Alemania y a la Joven Hungría tomar la iniciativa de radicales reformas agrarias y económicas.

La derrota de la insurrección de junio en París, la de Hungría por los ejércitos de Nicolás I, y la de Italia por los franceses y austríacos, y la espantosa reacción política e intelectual que siguió por todas partes en Europa, destruyó totalmente aquel movimiento; su literatura, sus obras, sus mismos principios de revolución económica y fraternidad universal, fueron completamente olvidados, perdidos, durante los veinte años posteriores.

Sin embargo, una idea ha sobrevivido: la de una hermandad internacional de todos los trabajadores, que unos pocos emigrados franceses continuaron propagando en los Estados Unidos. y los partidarios de Roberto Owen en Inglaterra. La inteligencia a que se llegó por algunos trabajadores ingleses y unos cuantos franceses que fueron como delegados a la Exposición Internacional de Londres de 1862, vino a ser el punto de partida de un formidable movimiento que se esparció pronto por toda Europa, incluyendo varios millones de trabajadores. Las esperanzas que habían estado adormecidas durante veinte años, se despertaron una vez más, cuando se llamó a los trabajadores a que se unieran, sin distinción de creencias, sexo, nacionalidad, raza o color, para proclamar que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, y echar el peso de una fuerte y unida organización internacional en la evolución del género humano; no en nombre del amor y la caridad, sino en el de la justicia, en el de la fuerza que representa una agrupación de hombres impulsados por un conocimiento razonado de sus propias aspiraciones y deseos.

Dos huelgas ocurridas en París el 68 y el 69, más o menos sostenidas con pequeños auxilios enviados del exterior, especialmente de Inglaterra, aunque en el fondo eran insignificantes, y las persecuciones que el gobierno imperial francés dirigió contra la Internacional, vinieron a ser el origen de un movimiento inmenso, en el cual se proclamó la solidaridad de los trabajadores de todas las naciones frente a las rivalidades de los Estados: la idea de la unión internacional de todos los oficios, y de la lucha contra el capital, con ayuda del auxilio internacional, arrastraba en pos de si hasta a los más indiferentes. El movimiento se extendió como un reguero de pólvora por Francia, Italia y España, sacando a luz un gran número de trabajadores inteligentes, activos y abnegados, y atrayendo hacia sí algunos hombres y mujeres, decididamente superiores, procedentes de las clases más cultas y acomodadas. Una fuerza cuya existencia jamás se había sospechado, crecía cada vez con más rapidez en Europa; y si el movimiento no se hubiera visto detenido en su marcha por la guerra franco-alemana, grandes cosas hubiesen probablemente sucedido en esta parte del mundo, modificando en gran manera el aspecto de nuestra civilización y acelerado indudablemente el progreso humano. Pero la victoria completa de los alemanes trajo condiciones anormales; detuvo por un cuarto de siglo el desarrollo regular de Francia, y arrojó a toda Europa en un periodo de militarismo en que aún vivimos en la época actual.

Soluciones parciales de todas clases de la gran cuestión social, circulaban profusamente entre los trabajadores: cooperación, asociaciones de producción sostenidas por el Estado, Bancos populares, crédito gratuito, y otras cosas de la misma índole. Cada una de estas soluciones era presentada, primero a las secciones de la Asociación, y después a las asambleas de las federaciones locales, comarcales, nacionales e internacionales, donde se discutían apasionadamente. Cada congreso anual de la Asociación, marcaba un nuevo paso hacia adelante en el desenvolvimiento de ideas relativas al gran problema social, que se levanta ante nuestra generación pidiendo ser solucionado. La cantidad de cosas inteligentes que se dijeron en esas asambleas y congresos, y las ideas científicamente correctas y profundamente pensadas que en ellos circularon —todo obra del trabajo intelectual colectivo de los trabajadores— aún no ha sido lo bastante apreciada;[8] pero no hay exageración en decir que todos los proyectos de reconstrucción social que están ahora en boga, bajo el nombre de socialismo científico, o anarquismo, tuvieron su origen en las discusiones y Memorias de los diferentes congresos de la Internacional. Los pocos hombres instruidos que se unieron al movimiento, no hicieron más que dar forma práctica a los juicios y aspiraciones que se habían expresado en las secciones, y posteriormente en los congresos, por los mismos trabajadores.

La guerra del 70 al 71 había entorpecido el desarrollo de la Asociación, pero no lo detuvo; en todos los centros industriales de Suiza existían secciones de la Internacional, numerosas y animadas, y miles de trabajadores acudían a sus mítines, en los que se declaraba la guerra al actual sistema de propiedad privada de la tierra y las fábricas, proclamándose el próximo fin del sistema capitalista. Se celebraron congresos regionales en varios puntos del país, y en todos ellos fueron discutidos los más arduos y difíciles problemas de la presente organización social, con tal conocimiento de causa y tanta profundidad de ideas, que alarmaron a la clase media más aún de lo que lo había hecho el número de adherentes que formaban las secciones o grupos de la Internacional. Las rivalidades y prevenciones que hasta entonces habían existido en Suiza entre los oficios privilegiados (relojeros y plateros) y los comunes (tejedores y otros) que impidieron una acción común en las luchas entre el capital y el trabajo, iban desapareciendo. Los trabajadores afirmaban cada vez con más insistencia y mayor convencimiento, que de todas las divisiones existentes en la moderna sociedad, la más importante es la que separa a los dueños del capital de aquellos que vienen al mundo sin recursos, viéndose condenados a no ser más que productores de una riqueza que sólo disfrutan los menos.

Italia, especialmente el centro y norte de la misma, estaba sembrada de grupos y secciones de la Internacional, en los cuales la unidad italiana, por la que tanto se había combatido, era calificada de mera ilusión. Se llamaba a los trabajadores a que hicieran la revolución en provecho propio, a que tomaran la tierra para los campesinos y las fábricas para los obreros, aboliendo al mismo tiempo la opresiva y centralizada organización del Estado, cuya misión histórica fue siempre proteger y mantener la explotación del hombre por el hombre.

En España, una organización semejante se extendía por Cataluña, Valencia y Andalucía, ayudada y sostenida por las potentes uniones de oficios de Barcelona, que ya habían introducido la jornada de ocho horas en los convenios pertenecientes a la construcción de edificios. No bajaban de ochenta mil los miembros de la Internacional que cotizaban regularmente en el país, comprendiendo entre ellos el elemento activo e inteligente de la población, que al negarse a tomar parte en las intrigas políticas durante los años 71 y 72, había conquistado en alto grado las simpatías de las masas. Los trabajos de sus congresos comarcales y nacionales, y los manifiestos que publicaron eran modelos de lógica y severa crítica de lo existente, así como una exposición admirablemente luminosa de los ideales del proletariado. En Bélgica, Holanda y aun en Portugal, el mismo movimiento se generalizaba, habiendo ya atraído al seno de la asociación el mayor número y los mejores elementos de los mineros del carbón y tejedores belgas. En Inglaterra, las uniones de oficio, a pesar de sus tendencias conservadoras, se habían asociado también al movimiento, al menos en principio, y sin declararse francamente a favor del socialismo, se hallaban dispuestas a sostener a sus hermanos del continente en su lucha contra el capital; sobre todo en las huelgas. En Alemania, los socialistas habían concretado la unión con los numerosos partidarios de Lassalle, fundándose así las bases de un partido socialista democrático; Austria y Hungría seguían igual sendero; y a pesar de no ser entonces posible en Francia ninguna organización internacional, tras la derrota de la Comuna y la reacción que vino después (habiéndose promulgado leyes draconianas contra los partidarios de la Asociación), todo el mundo estaba, sin embargo, persuadido de que tal período de represión no sería duradero, y pronto podría Francia volver a ingresar en el movimiento general y ocupar en él un lugar preeminente.

Cuando vine a Zurich, entré en una de las secciones de la Asociación Internacional de Trabajadores, preguntando a mis amigos rusos dónde podría informarme más detalladamente respecto del gran renacimiento que se operaba en otros países. Lee, fue su contestación, y mi cuñada, que estaba entonces estudiando allí, me dio un gran número de libros y colecciones de periódicos que comprendían los dos últimos años; a su lectura dediqué los días y las noches, recibiendo una impresión tan profunda, que nada podría borrar, hallándose asociado en mi mente el despertar de un torrente de nuevas ideas, con el recuerdo de un cuartito limpio y aseado en el Oberstrasse, desde cuya ventana se veía el lago azul, y en el fondo las montañas donde pelearon los suizos por su independencia, y las altas torres de la antigua ciudad, teatro de tantas luchas religiosas.

La literatura socialista nunca ha sido rica en libros; dedicada a los trabajadores, para quienes la moneda de cobre es dinero, su fuerza principal estriba en sus pequeños folletos y sus periódicos. Además, el que busca alguna información en los libros respecto a socialismo, encuentra en ellos poco de lo que más necesita. Es verdad que contienen los argumentos científicos en favor de las aspiraciones socialistas, pero no dan idea de cómo las aceptan los trabajadores ni de qué modo podrían llevarse a la práctica. No queda otro recurso que tomar colecciones de periódicos y leerlos por completo, lo mismo las noticias que los artículos de fondo, más aún, si cabe, las primeras que los últimos. Un mundo completamente nuevo de relaciones sociales y modos de pensar y de proceder se revela por estas lecturas, que permiten ver el fondo de lo que no puede hallarse en otra parte, esto es, la profundidad y la fuerza moral del movimiento, el grado en que están los hombres imbuidos de las nuevas teorías, y su disposición para obrar de conformidad y sacrificarse por ellas. Toda discusión respecto a la impracticabilidad del socialismo y a la necesaria velocidad de la evolución, son de poco valor, porque la velocidad de ésta sólo puede ser juzgada por medio de un profundo conocimiento del ser humano, de cuyo desenvolvimiento nos venimos ocupando. ¿Pero cómo se puede apreciar una suma sin conocer sus componentes?

Mientras más leía, más me hacía cargo de que tenía ante mis ojos un mundo nuevo, desconocido para mí, y totalmente también para los fundadores de teorías socialistas, mundo que sólo podía conocer viviendo en la Asociación de los Trabajadores y estando en constante contacto con ellos, por cuya razón decidí hacer dicha clase de vida un par de meses; mis amigos rusos me animaron, y a los pocos días de estancia en Zurich marché a Ginebra, que era entonces un gran centro del movimiento internacional.

El lugar donde las secciones de dicha ciudad acostumbraban a reunirse, era el espacioso Temple Unique; más de dos mil hombres podían reunirse en su gran salón en las asambleas generales, en tanto que todas las noches las secciones de todos los oficios y los comités de las mismas celebraban sus sesiones en las salas laterales, en las que también se daban clases de historia, física, mecánica y otras materias. Allí se proporcionaba enseñanza libre a los trabajadores por los hombres de la clase media, pocos, muy pocos en verdad, que se habían unido al movimiento, y cuya mayoría estaba compuesta de emigrados franceses procedentes de la Comuna. Aquello era una Universidad popular, al mismo tiempo que un foro del pueblo.

Uno de los jefes principales del movimiento en el Temple, era un ruso llamado Nicolás Utin, hombre vivo, inteligente y activo; pero el alma de todo era una señora rusa, en extremo simpática, a quien todos los trabajadores conocían con el nombre de Madame Olga, que era la que animaba la sociedad e influía en todas sus determinaciones. Ambos me recibieron cordialmente, me pusieron en contacto con los hombres más notables de cada sección de oficio, y me invitaron a presenciar las reuniones. Así lo hice, pero prefería estar solo con los trabajadores mismos. Tomando un vaso de vino áspero en una de las mesas del salón, solía sentarme allí todas las noches entre los obreros, y pronto entablé amistad con varios de ellos, especialmente con un cantero de Alsacia, que había abandonado Francia después de la insurrección de la Comuna. Este tenía hijos, próximamente de la misma edad de los dos que mi hermano había perdido tan repentinamente algunos meses antes, y por mediación de aquéllos me puse fácilmente en relaciones con la familia y sus amigos; pudiendo de este modo seguir la agitación desde su mismo fondo, y conocer la manera de apreciarla de los trabajadores.

Estos habían fundado todas sus esperanzas en el movimiento internacional; obreros de todas las edades concurrían al local mencionado, después de su larga jornada de trabajo, a recoger la poca instrucción que podían allí adquirir, o a escuchar a los oradores que les prometían un gran porvenir, basado en la posesión en común de todo lo que el hombre necesita para la producción de la riqueza, y en la fraternidad de todos los hombres, sin distinción de casta, raza o nacionalidad. Todos confiaban que una gran revolución social, fuera o no pacífica, vendría pronto a cambiar totalmente las condiciones económicas; ninguno deseaba la guerra de clases; pero todos decían que si los privilegiados la hacían inevitable, a causa de su ciega obstinación, tendría que darse la batalla, con tal de que trajera el bien y la libertad para las explotadas masas.

Se necesita haber vivido entre los trabajadores, en aquella época, para formarse idea del efecto que el rápido desarrollo de la Asociación produjo en sus imaginaciones; la confianza que en ella depositaron, el amor con que hablaban de la misma y los sacrificios que hicieron en su obsequio. Todos los días, semana tras semana y año tras año, miles de trabajadores daban su tiempo y su dinero, aun pasando necesidades, con objeto de sostener la vida de cada grupo, ayudar a la publicación del periódico, atender a los gastos del congreso y prestar auxilio al compañero que sufría por causa de la organización, no faltando jamás a los mítines y manifestaciones. Otra cosa que me impresionó profundamente fue la influencia que ejerció la Internacional en la elevación de los caracteres: la mayoría de los internacionales apenas probaban la bebida, y todos habían renunciado al tabaco. ¿A qué he de mantener, decían, esta debilidad? Y lo ruin y trivial desaparecía para dejar el paso franco a las grandes y elevadas inspiraciones.

Los extraños nunca comprendían los sacrificios que llevaban a cabo los trabajadores a fin de sostener viva la agitación. No era poco el valor moral que se necesitaba para ingresar públicamente en una sección de la Internacional, desafiando el descontento del patrón y exponiéndose a ser despedido en la primera oportunidad, sufriendo después largos meses sin trabajo, como ocurre con frecuencia. Aun bajo las más favorables condiciones posibles, el pertenecer a una unión de oficio o a cualquier partido avanzado, exige una serie de no interrumpidos sufrimientos. Hasta los céntimos dados para la causa común imponen una carga en los pobres ingresos del trabajador europeo, y son muchos los que hay que desembolsar cada semana; la frecuente asistencia a los mítines representa también un sacrificio, pues si para nosotros puede ser un placer pasar allí un par de horas, para aquellos cuya jornada de trabajo empieza a las cinco o a las seis de la mañana, esas horas hay que robarlas al descanso del día.

En esta abnegación del obrero encontré el mayor de los reproches: vi lo ávido de instrucción que está aquél, y qué pocos son, desgraciadamente, los que se hallan dispuestos a dársela; comprendí la necesidad que tienen las masas trabajadoras de ser ayudadas por hombres instruidos y que puedan disponer del tiempo necesario, en sus esfuerzos para extender y desarrollar la organización. ¡Pero qué pocos eran los que acudían a prestar su concurso, sin la intención de sacar partido de esta misma impotencia del pueblo! Cada vez fui conociendo más y más que debía hacer causa común con los desheredados. Dice Stepniak en su Carrera de un nihilista, que todo revolucionario tiene cierto momento en su vida en que un acontecimiento, por insignificante que sea, lo ha hecho dedicarse por entero a la causa de la revolución. Conozco este momento; me he encontrado en él después de una de las asambleas en el Temple Unique, en cuyo instante sentí con mayor intensidad que nunca la dolorosa impresión causada por la cobardía de los hombres cultos, que vacilan en poner sus conocimientos, su ilustración y su energía al servicio de aquellos que con tanta necesidad la reclaman. Aquí hay hombres —me decía a mí mismo— que tienen conciencia de su esclavitud, y que trabajan por libertarse de ella; ¿pero quién les ayuda? ¿Dónde están los que han de venir a servir a las masas y no a utilizarlas en su provecho?

Gradualmente, sin embargo, la duda empezó a surgir en mi mente respecto de la importancia de la agitación fomentada en el local referido. Una noche, un abogado muy conocido en Ginebra, el señor A., vino a la asamblea, manifestando que si hasta entonces no había entrado a formar parte de la Asociación, era por tener que arreglar sus asuntos particulares; pero que, una vez terminado esto, venía a ingresar en el movimiento popular. Tan cínica declaración me produjo un efecto deplorable, y cuando se lo comuniqué a mi amigo el cantero, este me explicó que, habiendo sido derrotado este caballero en las pasadas elecciones, en las que esperaba ser sostenido por el partido radical, confiaba triunfar ahora, gracias al voto de los trabajadores. Aceptamos los servicios de esa gente por el momento —dijo en conclusión mi amigo—; pero cuando venga la revolución los arrojaremos a todos al agua.

Tras esto se celebró un gran mitin, convocado precipitadamente, para protestar, según se dijo, contra las calumnias del Journal de Geneve, por haberse atrevido a decir este órgano de las clases conservadoras que algo se tramaba en el Temple Unique, preparándose los obreros de la construcción a hacer otra huelga general como la realizada en el 69. La asamblea, presidida por los jefes, fue numerosa; a ella concurrieron miles de trabajadores, y Utin pidió que aprobaran una proposición, cuyos términos me parecieron bien extraños; en ella se hacía constar una protesta de indignación contra la suposición inofensiva de que los obreros iban a declararse en huelga. ¿Por que ha de considerarse eso como una calumnia? —me preguntaba yo a mí mismo—. ¿Es acaso un crimen el paro? Utin, después de un precipitado discurso, terminó diciendo: Si aprobáis, ciudadanos, esta proposición, la enviaré desde luego a la prensa; y ya se disponía a dejar la tribuna, cuando alguien observó que no estaría de más que se discutiera; y entonces, los representantes de todas las secciones de la Unión de la construcción hicieron uso de la palabra sucesivamente, manifestando que los jornales habían bajado tanto en poco tiempo que casi era imposible vivir sólo con ellos, y que, como con la entrada de la primavera se presentaba bastante trabajo a la vista, pensaban aprovecharse de ello para pedir un aumento, dispuestos a recurrir a la huelga en caso de no ser atendidos.

Aquello me disgustó sobremanera, y al siguiente día reproché acaloradamente a Utin por su conducta. Como jefe —le dije—, debíais saber que verdaderamente se había tratado algo de la huelga. Yo, inocentemente, no había sospechado la razón de aquello, siendo necesario que el mismo Utin me hiciera comprender que una huelga en tales momentos sería desastrosa para la elección del abogado señor Amberni.

No podía conciliar este tira y afloja de los jefes con los fogosos discursos que había oído pronunciar en la tribuna, lo que me produjo tanta desilusión que indiqué a aquél mi intención de ponerme en contacto con otra agrupación de la Asociación Internacional de Ginebra, que era conocida por la bakuniniana, porque la palabra anarquista no estaba aún muy generalizada. Utin me dio en el acto cuatro letras para otro ruso llamado Nicolás Jukovski, que pertenecía a ella, y mirándome fijamente a la cara, me dijo suspirando: Ya no volveréis más a nuestro lado; os quedaréis con ellos. Y acertó en su pronóstico.

IX

Primero fui a Neuchatel, pasando después una semana o poco más entre los relojeros de las montañas del Jura; de este modo conocí por primera vez esa famosa Federación del Jura, que durante los primeros años siguientes representó tan importante papel en el desarrollo del socialismo, introduciendo en él el no-gobierno, o sea la tendencia anarquista.

En 1872, la Federación referida se empezaba a rebelar contra la autoridad del consejo general de la Asociación Internacional de Trabajadores. Esta tenía esencialmente un carácter obrero, considerándola así los trabajadores, y no de partido político. En el este de Bélgica, por ejemplo, habían introducido en los estatutos una cláusula en virtud de la cual nadie que no hiciera un trabajo manual podría pertenecer a las secciones, quedando excluidos hasta los capataces.

Los trabajadores eran, sin embargo, federales en principios; cada nación, cada región separada y hasta cada sección local debía quedar en libertad de desenvolverse según sus deseos; pero los revolucionarios de la clase media de la antigua escuela, que habían entrado en la Internacional, imbuidos como estaban con la noción de las sociedades secretas de los pasados tiempos centralizadas y organizadas piramidalmente, introdujeron las mismas nociones en la Asociación de los Trabajadores. Además de los consejos federales y nacionales, se nombró uno general, con residencia en Londres, destinado a servir como una especie de intermediario entre los de las diferentes naciones. Marx y Engels eran los dos inspiradores de éste; pero pronto se cayó en la cuenta de que el mero hecho de tener semejante organismo central se convertía en fuente de verdaderas dificultades. No contentándose el Consejo General con el papel de centro de correspondencia, intentó dirigir el movimiento, aprobando o censurando los actos, no sólo de las federaciones locales y secciones, sino hasta de los mismos individuos. Cuando empezó en París la insurrección de la Comuna —no pudiendo hacer los jefes más que dejarse ir, sin poder determinar dónde se hallarían a las veinticuatro horas—, el Consejo General insistió en querer dirigirla desde Londres: pedía partes, diarios de los acontecimientos, daba órdenes, favorecía esto o dificultaba lo otro; poniendo así en evidencia la desventaja de tener un Centro Directivo, aun dentro de la Asociación, lo que se hizo más patente cuando en una Conferencia secreta, celebrada en 1871, el Consejo General, sostenido por algunos delegados, decidió dirigir las fuerzas de aquélla hacia la agitación electoral, dando esto lugar a que la gente se echara a pensar sobre los males de todo gobierno, por democrático que sea su origen. Esta fue la primera chispa del anarquismo, convirtiéndose la Federación del Jura en centro de oposición al Consejo General.

La separación entre jefes y obreros, que yo había notado en Ginebra, en el Temple Unique, no existía en las montañas del Jura: había allí un cierto número de hombres que eran más inteligentes y en particular más activos que los otros, pero nada más. James Guillaume, una de las personas más ilustradas y cultas que jamás he conocido, era un corrector de pruebas y el encargado de una pequeña imprenta, siendo tan poco lo que por este concepto ganaba, que tenía que emplear sus noches en traducir novelas del alemán al francés, por las que le pagaban ¡ocho francos cada diez y seis páginas!

Cuando llegué a Neuchätel, me dijo que, desgraciadamente, no podía dedicarse a hablar con los amigos ni un par de horas siquiera. Aquella tarde se tiraba en dicho establecimiento el primer número de un periódico local, y, además de sus ocupaciones habituales, tuvo que escribir las direcciones de mil individuos a quienes se habían de enviar los tres primeros números, teniendo que poner él mismo las fajas.

Me ofrecí a ayudarle a escribirlas; pero no fue posible, porque o eran tomadas de memoria o estaban escritas en tiras de papel con una letra ininteligible. En vista de lo cual dije: Está bien, volveré más tarde, y mientras yo pongo las fajas me dedicaréis el tiempo que os economizáis de ese modo.

Nos entendimos perfecta y mutuamente. Guillaume me dio un fuerte apretón de manos, y ese fue el principio de una amistad estrecha e inquebrantable. Pasamos toda la primera noche en la imprenta; él escribiendo las direcciones, yo pegando las fajas, y un comunalista francés, que era cajista, charlando con nosotros, al mismo tiempo que componía una novela, intercalando en la conversación las sentencias que iba levantando y que leía en alta voz.

La lucha en las calles —decía, por ejemplo— se hizo muy encarnizada... Querida Maria, yo os amo... Los trabajadores estaban furiosos y se batieron como leones en Montmartre... y cayó de rodillas ante ella... y aquello continuó durante cuatro días, sabiendo que Gallifet fusilaba a los prisioneros; lo que dio aspecto más siniestro a la contienda continuando de este modo, sin dejar de componer con rapidez.

Ya era bien entrada la noche cuando Guillaume se quitó su blusa de trabajo, y salimos, departiendo amigablemente durante un par de horas, teniendo él después que reanudar el trabajo como director del Bulletin de la Federación del Jura.

En Neuchätel adquirí también relaciones con Malon: había nacido en una aldea, y fue pastor en su juventud; viniendo más tarde a París, donde aprendió un oficio —el de banestero— y, como el encuadernador Varlin y el carpintero Pindy, con quienes estuvo asociado en la Internacional, llegó a ser muy conocido como uno de los jefes de la Asociación, cuando ésta fue perseguida en 1869 por Napoleón III. Los tres habían conquistado por completo las simpatías de los trabajadores de París, y cuando estalló la insurrección de la Comuna fueron elegidos miembros del consejo comunalista por una gran mayoría. Malon fue también alcalde de uno de los barrios de París, y ahora en Suiza se ganaba la vida trabajando en su oficio en un cobertizo, en las afueras de la población, situado en la vertiente de un cerro, que había arrendado por poco dinero, y desde donde podía contemplar, mientras trabajaba, una extensa vista del lago. De noche escribía cartas, un libro sobre la Comuna y artículos para la prensa obrera, llegando de ese modo a convertirse en escritor.

Todos los días iba a verlo y oír lo que aquel comunalista de ancha faz, algo poeta, laborioso, de carácter pacifico y de corazón excelente, tenía que contarme de la insurrección en que tomó parte preeminente, y que acababa de describir en su libro La tercera derrota del proletariado francés.

Una mañana, después de haber subido la cuesta y llegado a su pobre morada, me salió al encuentro radiante de alegría, diciendo: ¿No sabéis lo que hay? ¡Pindy está vivo! He aquí una carta suya: está en Suiza. Nada se había sabido de él desde que fue visto la última vez, el 25 o 26 de mayo en las Tullerías, y se le tenía por muerto, cuando en realidad lo que ocurrió fue que estuvo oculto en París. Y mientras los dedos de Malon continuaban oprimiendo el mimbre, rematando una elegante canastilla, me refirió con su voz tranquila, que sólo temblaba ligeramente a veces, cuántos hombres habían sido fusilados por las tropas versallesas, en la suposición de que eran Pindy, Varlin, él mismo, o algún otro jefe. Me contó lo que sabía sobre la muerte de Varlin —el encuadernador a quien tanto querían los trabajadores de París—, la del antiguo revolucionario Delescluze, quien no quiso sobrevivir a aquella nueva derrota, y la de otros muchos, relatándome los horrores que presenció durante el Carnaval sangriento con que las clases acomodadas de París celebraron su vuelta a la capital, y que despertó el espíritu de represalia en una parte de la multitud, dirigida por Raoul Rigault, la cual fusiló a los rehenes de la Comuna.

Sus labios se agitaban convulsivamente al hablar del heroísmo de los niños, conmoviéndose bastante al referirme la historia de aquel muchacho a quien las tropas de Versalles estaban a punto de fusilar, y que pidió permiso al oficial para ir a entregar un reloj de plata a su madre, que vivía allí cerca. El militar, movido por un impulso de piedad, lo dejó ir, esperando probablemente que jamás volvería; pero un cuarto de hora después volvía la criatura, y ocupando su lugar entre los cadáveres que se hallaban al pie del muro, dijo: ¡Estoy listo! poniendo las balas término a su infantil existencia.

Creo que nunca he sufrido tanto como cuando leí ese libro terrible, titulado: Le Livre Rouge de la Justice Rurale, que no contenía más que extractos de las cartas de los corresponsales del Standard, el Daily Telegraphy Times, escritas desde París durante los últimos días de Mayo de 1871, relatando los horrores cometidos por el ejército versallés a las órdenes de Gallifet, con algunos recortes del Fígaro de París, en los que rebosaba una sed de sangre popular. La lectura de dichas páginas me produjo una profunda desesperación respecto del porvenir de la humanidad, y en ella hubiera persistido, a no haber hallado después entre aquellos de los vencidos que habían sobrevivido a tantos horrores, esa falta de odio, esa confianza en el triunfo final de sus ideas, esa tranquila aunque triste mirada dirigida hacia el porvenir, y esa predisposición a olvidar los espantosos ensueños del pasado, que tanto llaman la atención en Malon, y puede decirse que en todos los emigrados de la Comuna que encontré en Ginebra, y que aun veo en Luisa Michel, Lefrancais, Elíseo Reclus y otros amigos.

De Neuchätel fui a Sonvilliers. En un pequeño valle de la sierra del Jura hay una sucesión de pequeñas poblaciones y aldeas, cuyos habitantes, que hablaban francés, se veían en aquella época ocupados por completo en las varias ramas de la industria relojera, trabajando familias enteras en pequeños talleres. En una de ellas encontré a otro de los jefes, llamado Adhemar Schwitzguébel, con quien también entablé íntimas relaciones. Cuando lo vi por primera vez, estaba sentado en compañía de unos doce jóvenes, que grababan cajas de relojes de oro y plata; me invitaron a tomar asiento en un banco o sobre una mesa, y pronto nos vimos todos trabados en una animada conversación sobre socialismo, gobierno o no gobierno y los congresos próximos.

Por la noche se desencadenó una furiosa tempestad de nieve que nos cegaba y helaba la sangre en nuestras venas, en la penosa marcha a la población inmediata; a pesar de lo cual, como unos cincuenta constructores de relojes, en su mayoría gente de edad, vinieron de los pueblos y aldeas inmediatas —algunos hasta de más de diez kilómetros de distancia— para asistir a una pequeña asamblea sin importancia que debía tener lugar aquella noche.

La organización del oficio de relojero, que permite a los operarios conocerse a fondo y trabajar en sus propias casas, donde siempre se habla libremente, explica por qué el nivel del desarrollo intelectual en esta industria es más elevado que el de los trabajadores que se pasan toda la vida, desde sus primeros años, en las fábricas. Indudablemente hay más independencia y más originalidad entre los obreros de la pequeña industria; pero la falta de división entre los jefes y las masas en la Federación del Jura fue también motivo de que no hubiera ninguna cuestión sobre la cual todos los miembros de la asociación no procuraran formar su opinión particular e independiente. Aquí observé que los trabajadores no eran una masa que se prestaba a ser dirigida y manejada para servir los fines políticos de unos cuantos; sus jefes no eran sino los compañeros más activos; más que tales jefes, eran simplemente iniciadores. La claridad de la penetración, lo razonado del juicio y la capacidad para desentrañar complejas cuestiones sociales que noté entre los obreros, en particular en los de mediana edad, me impresionaron profundamente; y tengo la firme persuasión de que si la Federación del Jura ha representado un papel importante en el desarrollo del socialismo, no ha sido sólo por la bondad de las ideas de no gobierno y federales, de las que era el portaestandarte, sino también por la feliz manera de expresarlas, debido al buen sentido de aquéllos. Sin su concurso, estas concepciones hubieran permanecido siendo meras abstracciones durante mucho tiempo.

Los aspectos teóricos del anarquismo, según empezaban a expresarse en la Federación del Jura, particularmente por Bakunin; las críticas del socialismo de Estado —el temor del despotismo económico, más peligroso todavía que el meramente político— que oí formular allí, y el carácter revolucionario de la agitación, dejaban honda huella en mi mente. Pero las relaciones de igualdad que encontré en las montañas jurasianas, la independencia de pensamiento y expresión que vi desarrollarse entre los trabajadores y su ilimitado amor a la causa, llamaron con más fuerza aún a mis sentimientos, y cuando dejé la montaña, después de haber pasado una semana con los relojeros, mis ideas sobre el socialismo se habían definido: era un anarquista.

Un viaje que poco después hice a Bélgica, donde pude comparar una vez más la centralizada agitación política de Bruselas con la económica e independiente que fermentaba entre los tejedores de paños de Verviers, sólo sirvió para fortalecer mis opiniones. Estos trabajadores industriales formaban uno de los centros de población más simpáticos que jamás he encontrado en la Europa occidental.

X

Bakunin estaba en aquel tiempo en Locarno; no lo vi, y ahora lo siento mucho, porque, cuando volví a Suiza cuatro años después, había muerto. Él fue quien ayudó a los amigos del Jura a despejar sus ideas y a formular sus aspiraciones; él quien les inspiró un poderoso, ardiente e irresistible entusiasmo revolucionario. Tan pronto como vio que un pequeño periódico que Guillaume empezó a publicar en la sierra del Jura (en Locle), hacía vibrar una nueva nota de independencia de la idea, en el movimiento socialista, fue allí. Habló, durante días y noches enteras, a sus nuevos amigos, sobre la necesidad de un nuevo paso en dirección a la anarquía; escribió para aquella publicación una serie de profundos y brillantes artículos sobre el progreso histórico de la humanidad en su marcha hacia la libertad; infundió entusiasmo entre aquellos compañeros, creando este centro de propaganda, desde el cual se extendió más tarde la idea a otros puntos de Europa. Después que se trasladó a Locarno, desde donde inició un movimiento similar en Italia, y por medio de su simpático e inteligente emisario, Fanelli, en España también, la obra que él había comenzado en las montañas jurasianas, fue continuada independientemente por los habitantes del país. El nombre de Miguel, aunque sonaba con frecuencia en las conversaciones, no era como el de un jefe ausente, cuyas opiniones se consideraban como leyes, sino como el de un amigo personal, de quien todos hablaban con amor, en un espíritu de compañerismo. Lo que más llamó mi atención, fue que la influencia de Bakunin se hacía sentir mucho menos como la de una autoridad intelectual que como la de una personalidad moral. En las conversaciones sobre el anarquismo, o respecto a la actitud de la Federación, jamás oí decir: Bakunin opina de este modo, o Bakunin piensa de este otro, como si eso resolviera la cuestión. Sus escritos y sus palabras no eran miradas como leyes, como desgraciadamente ocurre con frecuencia entre los políticos. En todos aquellos asuntos en que la inteligencia es el juez supremo, cada uno usaba en la discusión sus argumentos propios. La idea fundamental pudo haber sido sugerida por Bakunin, o éste haberla tomado de sus amigos del Jura; pero, en uno u otro caso, el argumento conservaba siempre su carácter individual. Sólo una vez oí invocar su nombre con carácter de autoridad, lo que me impresionó tanto, que aun hoy día recuerdo el sitio en que tuvo lugar la conversación y sus íntimos pormenores. Algunos jóvenes se permitían hablar con poco respeto del sexo débil, cuando una de las mujeres que estaban presentes puso término a la cuestión, exclamando: ¡Qué lástima que Miguel no esté aquí; él os haría entrar en razón! La colosal figura del revolucionario, que lo había dado todo por el triunfo de la revolución, viviendo sólo para ella y tomando de su concepción el modo más elevado y puro de apreciar la vida, continuaba inspirándolos.

Volví de este viaje con ideas sociológicas claras y precisas, que he conservado desde entonces, haciendo cuanto me ha sido posible por desarrollarlas en formas cada vez más definidas y concretas.

Había, sin embargo, un punto que no acepté sin haber antes dedicado a él una profunda reflexión y muchas horas de la noche. Vi claramente que el cambio inmenso que pusiera en manos de la sociedad todo lo que es necesario para la vida y la producción —bien sea el Estado comunista de los demócratas socialistas, o la unión de grupos libremente asociados, que los anarquistas defienden— implicaría una revolución mucho más profunda que todas las registradas en la Historia. Además, en semejante caso los trabajadores tendrían en su contra, no ya la caduca generación de aristócratas, contra quienes los campesinos y republicanos franceses tuvieron que luchar el siglo pasado —y que, así y todo, fue contienda bien encarnizada—, sino la clase media, que es mucho más poderosa, intelectual y físicamente, teniendo a su servicio todo el potente mecanismo del Estado moderno. Pensando sobre esto observé que ninguna revolución, bien sea pacifica o violenta, se ha llevado jamás a cabo sin que los nuevos ideales hayan penetrado antes profundamente en la clase misma cuyos privilegios económicos y políticos se habían de asaltar. Yo presencié la abolición de la servidumbre en Rusia, y sabía que si la conciencia de la injusticia de sus privilegios no se hubiera extendido ampliamente entre la clase misma de los dueños de los siervos (como consecuencia de la propia evolución y de las revoluciones realizadas en los años 1793 y 1848), la emancipación de los mismos no se hubiera llevado a efecto con tanta facilidad como se hizo en 1861. No ignoraba que la idea de emancipar a los trabajadores del presente sistema de salario, se iba abriendo camino entre la misma clase media. Hasta los más ardientes partidarios del actual estado económico han abandonado ya la idea de derecho al defender sus actuales privilegios, no discutiendo ahora más que la oportunidad del cambio. No niegan la conveniencia de algunas de esas variaciones; sólo preguntan si realmente la nueva organización económica, preconizada por los socialistas, será mejor que la actual; si una sociedad en que los trabajadores lleven la voz cantante, se encontrará con medios de manejar la producción mejor que los capitalistas individuales, movidos sólo por meras consideraciones de interés particular, lo hacen en el presente momento.

Además, empecé a comprender gradualmente que las revoluciones, esto es, los periodos de evolución rápida y acelerada y cambios repentinos, son tan naturales en las sociedades humanas como la lenta evolución que incesantemente tiene ahora lugar entre las razas más civilizadas de la humanidad, y que cada vez que semejante período de acelerada evolución y reconstrucción en gran escala comienza, es muy probable que la guerra civil estalle en mayor o menor escala. La cuestión es, pues, no tanto cómo se han de evitar las revoluciones, sino cómo obtener los mayores resultados con la menor cantidad posible de guerra civil, el más reducido número de víctimas y el mínimo de mutuos enconos y antagonismos. Para conseguir tal fin, sólo hay un medio, esto es, que la parte oprimida de la sociedad se forme la más clara concepción posible de lo que se propone realizar y del medio de llevarlo a cabo, hallándose al mismo tiempo dominada por el entusiasmo que se necesita para la ejecución de tal empresa, teniendo, en tal caso, la seguridad de poder contar con el concurso de las fuerzas intelectuales más puras y lozanas de la clase privilegiada.

La Comuna de París fue un terrible ejemplo de un alzamiento sin ideales suficientemente determinados. Cuando los trabajadores se hicieron dueños, en marzo de 1871, de la gran ciudad, no atacaron los derechos de propiedad investidos en la clase media y elevada; por el contrario, pusieron esos derechos bajo su protección, cubriendo los jefes con sus cuerpos el Banco Nacional; y no obstante la crisis que había paralizado la industria, y la consiguiente falta de recursos de una gran masa de obreros, protegieron con sus decretos los derechos de los amos de las fábricas, de los establecimientos industriales y de los dueños de la propiedad urbana. Sin embargo, cuando fue sofocado y vencido el alzamiento, para nada se tuvo en cuenta, por parte de las clases acomodadas, lo modesto de las pretensiones comunalistas de los insurrectos; habiendo vivido dos meses en constante temor de que los trabajadores atacaran sus derechos de propiedad, los hombres ricos de Francia se vengaron de aquéllos con el mismo encarnizamiento que si lo hubiesen hecho realmente. Cerca de 30.000 de ellos fueron sacrificados, como es sabido, no durante la batalla, sino después que la perdieron. Si hubieran dado algunos pasos hacia la socialización de la propiedad, la venganza no hubiese podido ser más terrible.

Si, pues —venia yo a concluir—, hay periodos en el desenvolvimiento humano en que el conflicto es inevitable y la guerra civil estalla independientemente por completo de la voluntad de individuos determinados, que al menos aquéllos tengan por ideal, no vagas y poco definidas aspiraciones, sino propósitos concretos; no puntos secundarios, cuya insignificancia no disminuye la violencia del conflicto, sino amplias ideas que alienten a los hombres por la grandeza de los horizontes que abren ante su vista. En este último caso, el conflicto en si dependerá mucho menos de la eficacia de los fusiles y cañones, que de la fuerza del genio creador que entre en acción al emprenderse la obra de reconstruir la sociedad; dependerá más principalmente de que esas fuerzas constructivas tomen de momento un libre giro; de que sus aspiraciones sean de un carácter más elevado, ganando así más simpatías aun entre aquellos que, como clase, son opuestos al cambio. Empeñado de este modo el combate sobre una base más extensa, se purificará la misma atmósfera social, y el número de víctimas por ambas partes será indudablemente mucho menor de lo que hubiese sido si la lucha fuera por cuestiones de una importancia secundaria, en cuyo caso los bajos instintos del hombre encuentran terreno apropiado para desarrollarse.

Con estas ideas volví a Rusia.

XI

Durante mi viaje compré muchos libros y colecciones de periódicos socialistas; en Rusia, los primeros se hallaban absolutamente prohibidos por la censura, y algunos de los segundos, así como las Memorias de los Congresos internacionales, no podían encontrarse a ningún precio, ni aun en Bélgica. ¿Me desprenderé de todo esto, cuando mi hermano y mis amigos gozarían tanto con tenerlo en San Petersburgo? me pregunté a mí mismo, decidiendo introducirlo en Rusia por todos los medios posibles.

Volví a San Petersburgo por la vía de Viena y Varsovia. Miles de judíos vivían del contrabando en la frontera polaca, y pensé que si conseguía dar tan sólo con uno de ellos, mis libros pasarían con facilidad al otro lado. Sin embargo, apearse en una pequeña estación de ferrocarril cerca de la frontera, mientras que los demás viajeros continuaban en el tren, y ponerse allí a buscar gente dedicada al contrabando, hubiera sido poco razonable; así que, tomando una vía lateral, me dirigí a Cracovia. La capital de la antigua Polonia está cerca de la frontera pensé, y en ella he de encontrar algún judío que me ponga en relación con los hombres que necesito.

Llegué a la ciudad en otro tiempo renombrada y brillante, por la noche, y a la mañana siguiente, muy temprano, salí del hotel, dispuesto a realizar mi ojeo. Pero, con gran sorpresa mía, me encontré con que a la vuelta de cada esquina, y en cualquier parte del desierto mercado adonde dirigiera la vista, se tropezaba con uno de ellos que, con la túnica tradicional y largas crenchas, en la misma forma que lo usaban sus antepasados, aguardaba que algún noble o comerciante lo ocupara, dándole por el mandado algunas monedas de cobre. Me hacía falta encontrar un judío, y ahora eran muchos los que me salían al paso. ¿A cuál interrogaría? Después de recorrer toda la población, y ya desesperado, decidí abordar al que se hallaba a la entrada misma de mi hotel, inmenso palacio antiguo, cuyos salones se habían visto en otro tiempo invadidos por una elegante multitud vestida de vivos colores y entregada a la danza, y ahora tenía la más modesta misión de dar hospedaje a alguno que otro viajero, explicándole al sujeto mencionado mi deseo de introducir secretamente en Rusia un paquete algo pesado de libros y periódicos.

Esto se hace fácilmente —me replicó. Haré venir al representante de la Compañía Universal de (con perdón sea dicho) Trapos y Huesos. Hacen el mayor negocio de contrabando del mundo, y es seguro que le han de servir. Media hora después volvía, en efecto, con tal representante, un joven elegantísimo, que hablaba perfectamente el ruso, el alemán y el polaco.

Miró el paquete, lo tomó en peso y me preguntó que clase de libros contenía.

Todos están prohibidos por la censura le respondí, y por eso hay que introducirlos de esa manera.

Los libros dijo él, no se hallan exactamente comprendidos entre los artículos que manipulamos; nuestro negocio estriba en sedas de valor. Si hubiera de pagar a mi gente con arreglo a nuestra tarifa de seda, tendría que pedir un precio exorbitante. Además, para decir verdad, no me gusta mucho mezclarme en asuntos de libros; lo más insignificante podría dar lugar a vernos envueltos en una cuestión política que ocasionara a la Compañía quebrantos de consideración.

Yo debí parecer muy contrariado, porque el susodicho joven inmediatamente agregó: No paséis cuidado; él (señalando al mandadero del hotel) lo arreglará de una u otra manera.

Ya lo creo; hay mil modos de concertar el asunto para servir al caballero manifestó éste jovialmente antes de partir.

A la hora estaba de vuelta con otro joven, éste tomó el bulto, lo colocó al lado de la puerta y dijo: Está bien; si partís mañana, encontraréis vuestros libros en tal estación rusa-explicándome cómo se arreglaría el negocio.

¿Cuánto costará? — pregunté.

¿Cuánto estáis dispuesto a pagar? —fue la respuesta.

Yo vacié mi bolsa sobre la mesa y dije: Esto para mi viaje; el resto para vosotros; iré en tercera.

¡Cómo! —exclamaron ambos a un tiempo. ¿Qué dice usted, señor? ¡Semejante caballero ir en tercera! ¡Jamás! No, no; eso no es posible... Con ocho rubios para nosotros y uno, poco más o menos, para el mandadero, se llevará lo que usted quiera. No somos salteadores de caminos, sino gente honrada. Y se negaron resueltamente a tomar más dinero.

Con frecuencia había oído hablar de la probidad de los contrabandistas hebreos de la frontera; pero nunca esperé encontrar semejante prueba de ella. Posteriormente, cuando nuestro circulo importó libros del extranjero, o más tarde todavía, cuando tantos revolucionarios y emigrados tuvieron que cruzar la frontera al entrar en Rusia o salir de ella, no hubo un solo caso en que los contrabandistas comprometieran a nadie ni se valieran de las circunstancias para exigir un precio exorbitante por sus servicios.

Al día siguiente abandoné Cracovia, y en la estación rusa convenida, un mozo se acercó a mi departamento, y hablando en alta voz, a fin de que lo oyera el gendarme que se paseaba a lo largo del andén, me dijo: Aquí está el saco que su alteza dejó el otro día y me dio el precioso paquete.

Tanta alegría me causó recogerlo, que ni me detuve siquiera en Varsovia, continuando mi viaje directo a San Petersburgo para enseñar valiosas adquisiciones a mi hermano.

XII

Un movimiento formidable se iba desarrollando al mismo tiempo entre la parte más ilustrada de la juventud rusa. La servidumbre estaba abolida; pero una extensa red de hábitos y costumbres de esclavitud doméstica, de completo desprecio de la individualidad humana, de despotismo por parte de los padres y de sumisión hipócrita por el de las esposas, hijos e hijas, se había desarrollado durante los doscientos cincuenta años que duró. En toda Europa, al principio del siglo XIX, dominaba un gran despotismo doméstico; de ello dan buen testimonio las obras de Thackeray y Dickens; pero en ninguna otra parte alcanzó tan extraordinario desarrollo como en Rusia. Toda la vida rusa, en la familia, en las relaciones entre jefes y subordinados, oficiales y soldados, y patronos y obreros, lleva impreso su sello. Todo un mundo de costumbres y modos de pensar, de preocupaciones y falta de valor moral y de hábitos creados al calor de una lánguida existencia, había tomado cuerpo a su sombra. Hasta los hombres mejores de la época pagaban un gran tributo a estos productos del periodo de servidumbre.

A la ley no le era dado intervenir en tales cosas. Sólo un vigoroso movimiento social que atacara las raíces mismas del mal hubiera podido reformar los hábitos y costumbres de la vida corriente, y en Rusia esta acción, esta rebeldía del individuo, tomó un carácter más enérgico, y se hizo más radical en sus aspiraciones que en ninguna otra parte de Europa o América. Nihilismo fue el nombre que Turguéniev le dio en su novela, que hará época en la Historia, titulada Padres e Hijos.

Este movimiento ha sido mal comprendido en la Europa occidental; la prensa, por ejemplo, lo confunde continuamente con el terrorismo. La agitación revolucionaria que estalló en Rusia hacia el fin del reinado de Alejandro II, y que terminó en su trágica muerte, es descrita constantemente como nihilismo, lo cual es, sin embargo, una equivocación. Confundir nihilismo con terrorismo, es tan erróneo como tomar un movimiento filosófico, como el estoico o el positivista, por uno político, como, por ejemplo, el republicano. El terrorismo vino a la existencia traído por ciertas condiciones especiales de la lucha política, en un momento histórico determinado; ha vivido y ha muerto; puede renacer y volver a morir. Pero el nihilismo ha marcado su huella en la vida entera de la parte más inteligente de la sociedad rusa, y no es posible que ésta se borre en muchos años. Es el nihilismo, desprovisto de su aspecto más violento —cosa imposible de evitar en todo nuevo movimiento de esta índole, lo que da ahora a la vida de una gran parte de la clase más ilustrada de Rusia, un cierto carácter peculiar que nosotros, los rusos, sentimos no encontrar en la de igual índole que habita el occidente europeo; él es también, en sus varias manifestaciones, lo que da a muchos de nuestros escritores esa notable sinceridad y esa costumbre de pensar en alta voz que sorprende a los lectores de aquella parte de nuestro continente.

Ante todo, el nihilista declaró la guerra a lo que puede considerarse como las mentiras convencionales de la humanidad civilizada. Una sinceridad absoluta era su rasgo distintivo, y en nombre de ella, renunciaba, y pedía a los demás que lo hicieran también, a esas supersticiones, prejuicios, hábitos y costumbres que su criterio no lograra justificar. Él se negaba a inclinarse ante toda autoridad que no fuera la de la razón, y en el análisis de cada institución o hábito social, se rebelaba contra toda clase de sofismas, más o menos enmascarados.

El nihilista rompió, como es natural, con las supersticiones de sus padres, siendo en concepciones filosóficas un positivista, un ateo, un evolucionista spenceriano del materialismo científico; y aun cuando jamás atacaba la sencilla y sincera creencia religiosa, que es una necesidad psicológica de sentir, luchó abiertamente contra la hipocresía, que conduce a las gentes a cubrirse con la máscara de una religión de la que repetidamente se desprenden como de un lastre inútil.

La vida de la sociedad civilizada está llena de pequeñas mentiras convencionales. Personas que se odian mutuamente, al encontrarse en la calle cambian una falsa sonrisa, en tanto que el nihilista sólo demuestra su satisfacción al encontrar a alguien digno de aprecio. Todas estas formas de cumplidos superficiales, que no son más que mera hipocresía, le eran igualmente repulsivas, mostrando cierta aspereza exterior como protesta contra la exagerada cortesía de sus mayores. Los había visto hablar apasionadamente como idealistas sentimentales, y al mismo tiempo conducirse como verdaderos bárbaros con sus esposas, sus hijos y sus siervos; y se declaró en rebeldía contra esa clase de sensiblería que, después de todo, se acomodaba tan fácilmente a las condiciones puramente ideales de la vida rusa. El arte se hallaba envuelto en la misma negación niveladora. Un hablar continuo sobre la hermosura, lo ideal, el arte por el arte, estética y otras cosas por el estilo, de que tanto se hacía gala —mientras que todo objeto artístico se compraba con dinero extraído de los hambrientos agricultores o de los esquilmados obreros, y el llamado culto a la belleza no era sino un antifaz para encubrir la más vulgar disolución—, le inspiraban un gran desprecio, y la crítica del arte que Tolstói, uno de los más grandes artistas del siglo, ha formulado ahora con tanta energía, el nihilista la expresaba en esta terminante afirmación: Un par de botas tiene más importancia que todas vuestras madonnas y todas vuestras disquisiciones sobre Shakespeare. El matrimonio sin amor, la familiaridad sin el afecto, eran igualmente repudiados. La joven nihilista, obligada por sus padres a ser un autómata en una casa de muñecas, y a contraer un enlace de conveniencia, prefería abandonar su hogar y sus trajes de seda, ponerse un vestido de lana negro de la clase más inferior, cortarse el cabello e ir a un instituto, dispuesta a ganar allí su independencia personal. La mujer que había visto que su casamiento no tenía ya el carácter de tal, que ni el amor ni la amistad servían de vínculo a los que legalmente eran considerados como esposos, optaba por romper un lazo que no conservaba ninguno de sus rasgos esenciales. De acuerdo, pues, con estas ideas, se iba frecuentemente con sus hijos a arrostrar la miseria, prefiriendo la pobreza y la soledad a una vida que, bajo condiciones convencionales, hubiera sido una negación completa de sí misma.

El nihilista llevaba su amor a la sinceridad hasta los detalles más minuciosos de la vida corriente, descartando las formas convencionales del lenguaje de sociedad y expresando sus opiniones de un modo claro y preciso, no desprovisto de cierta determinada afectación de rudeza externa.

En lrkutsk acostumbrábamos a frecuentar los bailes semanales que se daban en uno de los casinos. Durante algún tiempo fui concurrente a estas soirées; pero después, teniendo que trabajar, me vi obligado a abandonarlas. Una noche, cuando hacía varias semanas que yo no aparecía por allí, una de las señoras preguntó a un joven amigo mio por qué no asistía yo a sus reuniones: Ahora sale a caballo cuando quiere hacer ejercicio, fue la poco atenta contestación que dio aquél. Pero podría venir y pasar un par de horas con nosotras, aunque no bailase, se aventuró a decir otra de ellas. A lo que replicó mi amigo nihilista: ¿Qué había de hacer aquí, hablar con vosotras de modas y adornos? Ya está cansado de tales simplezas. Pero él va a ver algunas veces a Fulanita, observó tímidamente una de las jóvenes presentes. Si, pero es una muchacha estudiosa —respondió bruscamente él—, y le ayuda a repasar el alemán. Debo agregar que esta manera, indudablemente poco cortés, de conducirse, dio su resultado, porque muchas de las jóvenes de Irkutsk empezaron a acosarnos a mi hermano, a mi amigo y a mí, con preguntas respecto de lo que les aconsejaríamos nosotros que leyeran o estudiaran.

Con la misma franqueza hablaba el nihilista a sus relaciones, diciéndoles que toda su charla compasiva respecto a los pobres, era pura hipocresía, viviendo ellos, como lo hacían, del mal retribuido trabajo de esa misma gente cuya suero te aparentaban lamentar, sentados amigable y cómodamente en sus dorados y lujosos salones. Y con la misma desenvoltura declaraba al alto funcionario que, endiosado en su pomposo cargo, la situación del pueblo le importaba un pito, y que él, como todos los empleados, no era más que un ladrón; y otras verdades de igual calibre.

Con cierta austeridad, reprendía a la mujer que sólo se ocupaba de cosas frívolas, haciendo gala de sus distinguidas maneras y elegantes vestidos, diciendo, sin rodeos, a una joven hermosa: ¿Cómo no os da vergüenza de hablar tales tonterías y de llevar esa trenza de pelo postizo? En la mujer deseaba encontrar una compañera, una personalidad humana —no una muñeca o una esclava de harem—, negándose en absoluto a tomar parte en esos pequeños actos de cortesía que los hombres tanto prodigan a las que luego se complacen en considerar como el sexo débil. Cuando entraba una señora en una habitación, no saltaba el nihilista de su asiento para ofrecérselo, a menos que no pareciera cansada y no hubiera otro desocupado, tratándola como lo haría con un compañero de su mismo sexo; pero si una dama —aun cuando jamás la hubiera conocido— manifestara deseos de aprender algo que ignoraba y que él sabía, iría todas las noches de un extremo a otro de la más populosa ciudad para servirla. El joven que se negaba a moverse para ofrecer una taza de té a una dama, cedía a menudo a la muchacha que llegaba a Moscú o a Petersburgo con deseos de estudiar la única lección que tenía y que le daba el pan cotidiano, diciendo sencillamente: Para un hombre es mucho más fácil que para una mujer. Mi ofrecimiento no es caballeresco, es motivado simplemente por un sentido de igualdad.

Dos grandes novelistas rusos, Turguéniev y Goncharov, han intentado presentar este nuevo tipo en sus novelas; pero el segundo, en Precipicio, tomando como tal uno, Mark Volojov, que, aunque verdadero, no se hallaba dentro de la generalidad de la clase, hizo una caricatura del nihilista, en tanto que el primero, demasiado buen artista y lleno de admiración por el carácter que se proponía describir, para incurrir en tal defecto, no logró, sin embargo, dejarnos satisfechos con su nihilista Bazarov. Lo encontramos muy poco cariñoso, en particular en sus relaciones con sus ancianos padres, y sobre todo le reprochamos el aparentar el olvido de sus deberes de ciudadano. La juventud rusa no podía quedar satisfecha con la actitud puramente negativa del héroe de Turguéniev. El nihilismo, con su afirmación de los derechos del individuo y su condenación de toda hipocresía, no era más que un primer paso hacia un tipo más elevado de hombres y mujeres que, siendo igualmente libres, viven para hacer progresar una gran causa. Los nihilistas de Chernishévski, según se representan en su novela, menos ideal que las mencionadas, ¿Qué ha de hacerse? Se acercaban más a la verdad.

¡Qué amargo es el pan que amasan los esclavos! — había dicho nuestro poeta Nekrasov; y la nueva generación se negaba ahora a comer ese pan y disfrutar de las riquezas que habían sido acumuladas en las casas de sus padres por medio del trabajo servil, ya fueran los trabajadores verdaderos siervos, o esclavos del presente estado industrial.

Toda Rusia leyó con asombro en la acusación presentada ante el tribunal contra Karakozov y sus amigos, que estos jóvenes, dueños de considerables fortunas, solían vivir tres o cuatro en la misma habitación, no gastando más que diez rublos cada uno al mes para atender a todas las necesidades, y dando al mismo tiempo cuanto poseían para la fundación de sociedades cooperativas, talleres cooperativos también (donde ellos mismos trabajaban) y otras obras análogas. Cinco años después, millares y millares de la juventud rusa —la flor de la misma— seguían ese ejemplo. Su lema era: ¡Vnaród!(Vayamos al pueblo, unámonos a él). Durante los años comprendidos entre el 60 y el 65, en casi todas las casas de las familias ricas se sostenía una lucha encarnizada entre los padres, empeñados en mantener las viejas tradiciones, y los hijos e hijas que defendían su derecho a disponer de su existencia según sus ideales. Los jóvenes abandonaban el servicio militar, las casas de comercio, las tiendas, y afluían a las ciudades universitarias; las muchachas, criadas en el seno de las familias más aristocráticas, corrían sin recursos a San Petersburgo, Moscú y Kiev, ávidas de aprender una profesión que las librara del yugo doméstico, y tal vez algún día también del posible de un esposo, lo que muchas de ellas consiguieron después de duros y asiduos trabajos. Procurando ahora hacer participe al pueblo de los conocimientos que las emanciparon, en lugar de utilizarlos sólo en provecho propio.

En cada población rusa, en cada barrio de San Petersburgo, se formaron pequeños grupos para el mejoramiento y educación mutua; las obras de los filósofos, los trabajos de los economistas, las investigaciones históricas de la nueva escuela de la historia rusa, eran leídas detenidamente en aquellos círculos, siendo seguida la lectura de discusiones interminables. El objeto de todo aquel batallar no era otro que el de resolver el gran problema que se levantaba ante su vista. ¿De qué modo podrían ser útiles a las masas? llegando gradualmente a la conclusión de que el único medio de conseguirlo era vivir entre el pueblo y participar de su suerte. Los jóvenes fueron a los pueblos como médicos, practicantes, maestros y memorialistas, y aun como agricultores, herreros, leñadores y otras ocupaciones similares, procurando vivir allí en estrecho contacto con los campesinos; ellas, después de haberse examinado de maestras, aprendían el oficio de matronas y se iban a centenares a los pueblos, dedicándose por completo a la parte más pobre de sus habitantes.

Estos muchachos y muchachas no llevaban en su mente ningún ideal de reconstrucción social ni pensaban en la revolución; sólo se preocupaban de enseñar a la masa de los campesinos a leer, e instruirla sobre otros particulares, prestarle asistencia médica y ayudarla por todos los medios posibles a salir de su obscuridad y miseria, aprendiendo al mismo tiempo cuáles eran los ideales populares respecto de una vida social mejor.

Al volver de Suiza hallé este movimiento en todo su apogeo.

XIII

Corrí a compartir con mis amigos mis impresiones respecto a la Asociación Internacional de Trabajadores y mis libros. En la Universidad bien puede decirse que no tenía amigos; yo era mayor que la generalidad de mis compañeros, y entre gente joven una diferencia de algunos años es siempre un obstáculo para una franca intimidad. Hay que decir también que, desde que los nuevos reglamentos de admisión en la Universidad se pusieron en vigor en 1861, lo mejor de la juventud —los más listos y más independientes de carácter— fueron eliminados de los institutos, no pudiendo, por consiguiente, llegar a entrar en la Universidad. Debido a esto, la mayoría de mis compañeros era de buena índole, laboriosos, pero no se tomaban interés en nada que no se relacionase con los exámenes. Yo tenía amistad sólo con uno de ellos, a quien llamaré Dimitri Klementz; era hijo de la Rusia del sur, y aunque de apellido alemán, apenas hablaba este idioma, y su fisonomía tenía más de rusa del sur que de teutónica. Era muy inteligente, había leído mucho y pensado seriamente sobre ello; amaba la ciencia y la respetaba profundamente; pero, como muchos de nosotros, llegó a la conclusión de que el seguir la carrera de hombre de ciencia suponía ingresar en el campo de los filisteos, y que había bastante trabajo, más urgente y necesario que realizar; y de acuerdo con tales ideas, asistió a los cursos universitarios dos años, abandonándolos después, y dedicándose por entero a la cuestión social. Vivía de cualquier modo; hasta dudo que tuviera residencia fija. Algunas veces solía venir a preguntarme: ¿Tenéis papel? Y, una vez obtenido, se sentaba en la esquina de una mesa durante una o dos horas, haciendo diligentemente traducciones; y con lo poco que ganaba de tal manera, tenía más que suficiente para satisfacer sus limitadas necesidades. Después de lo cual se trasladaba inmediatamente a una parte distante de la población para ver a un compañero o prestar auxilio a un amigo necesitado, o atravesaba a pie San Petersburgo, yendo a un barrio extremo, a fin de obtener la admisión gratuita en un colegio de un muchacho por quien se interesaban los compañeros. Era indudablemente un hombre de notables cualidades; en el occidente europeo, una persona de tales aptitudes hubiera conquistado un lugar preeminente en el campo político o socialista; pero jamás fueron esas sus aspiraciones. Dirigir a los demás no era por ningún concepto su ambición, rasgo que, en verdad, no le caracterizaba sólo a él; todos los que habían vivido algunos años en los círculos de estudiantes de aquella época, lo poseían en alto grado.

Poco después de mi regreso, Klementz me invitó a ingresar en un circulo, que era conocido entre los jóvenes por el de Tchaikovski, el cual, bajo este nombre, desempeñó un importante papel en la historia del movimiento social en Rusia, y con el que también pasará a la posteridad. Sus miembros —me dijo mi amigo— han sido hasta ahora en su mayoría constitucionales; pero son buena gente, dispuesta en favor de toda noble idea; tienen muchos amigos en todo el país, y más adelante veréis lo que se puede hacer. Yo ya conocía a Tchaikovskiy a algunos miembros de este círculo; aquél había ganado mi afecto desde nuestra primera entrevista, permaneciendo nuestra amistad inalterable durante veintisiete años.

Dicha sociedad empezó sus actividades con un grupo insignificante de jóvenes, entre los que se hallaba Sofía Perovskaia, quien entró en él con objeto de mejorar y perfeccionar su educación; y en su seno se encontraba también el amigo antes mencionado. En 1869, Niecháiev había intentado formar una organización revolucionaria secreta entre la juventud, imbuida del deseo anteriormente referido de trabajar entre el pueblo, y para conseguir tal resultado, apeló a los recursos de los antiguos conspiradores, sin retroceder ni aun ante los desengaños, al pretender que sus asociados se conformaran con su dirección. Tales procedimientos no podían prosperar en Rusia, y pronto se disolvió su sociedad. Todos sus miembros fueron detenidos, y algunos de los jóvenes más entusiastas y decididos fueron desterrados a Siberia antes de haber podido hacer nada. El circulo de mutua educación y mejoramiento de que vengo hablando, se constituyó en oposición al sistema de Niecháiev. Aquel número limitado de amigos había juzgado, muy cuerdamente, que el desarrollo moral del individuo debe ser la base de toda organización, cualquiera sea el carácter político que adopte después y el programa de acción que siga en el curso de los futuros acontecimientos. A esto fue debido que el círculo de Tchaikovski, ensanchando gradualmente su campo de operaciones, se extendiera tanto en Rusia y adquiriera tan importantes resultados; y más tarde, cuando las feroces persecuciones del gobierno crearon una lucha revolucionaria, produjera esa notable clase de hombres y mujeres que tan gallardamente sucumbieron en la terrible contienda que empeñaron contra la autocracia.

En esa época, sin embargo —esto es, en 1872,— el círculo no tenía nada de revolucionario. Si se hubiera limitado a no ser más que una sociedad de mejoramiento mutuo, pronto se hubiera petrificado como un monasterio. Pero no fue así; sus miembros se dedicaron a un trabajo útil, empezando por distribuir libros buenos. Compraron ediciones enteras de las obras de Lassalle, Bervi (sobre el estado de la clase obrera en Rusia), Marx, libros de historia rusa y otras publicaciones del mismo género, repartiéndolas entre los estudiantes de las provincias. A los pocos años no había población de importancia en treinta y ocho provincias del imperio ruso, según el lenguaje oficial, donde este circulo no contase con un grupo de compañeros ocupados en la distribución de esta clase de literatura. Gradualmente, siguiendo el impulso general de la época, y estimulando por las noticias que venían de la Europa occidental referentes al rápido crecimiento del movimiento obrero, se fue haciendo cada vez más un centro de propaganda socialista entre la juventud ilustrada, y un intermediario natural para los miembros de los círculos provinciales, hasta que llegó un día en que se rompió el hielo que separaba a los estudiantes de los trabajadores, estableciéndose relaciones directas entre ambos, lo mismo en San Petersburgo que en otras provincias; siendo entonces cuando ingresé en dicha agrupación en la primavera de 1872.

Todas las sociedades secretas son ferozmente perseguidas en Rusia, y los lectores de Occidente tal vez esperen de mí una descripción del modo cómo fui iniciado y del juramento de fidelidad que presté. Pero, aunque tenga que desvanecer esa ilusión, debo manifestar que no ocurrió nada parecido, ni era posible que ocurriera; nosotros hubiéramos sido los primeros en reírnos de semejante ceremonia, y Klementz no hubiese dejado pasar la oportunidad de hacer uso de una de sus sarcásticas observaciones, capaz de concluir con cualquier ritual. No existían ni siquiera estatutos, aceptando sólo como socios a aquellas personas que eran bien conocidas y habían sido probadas en varias circunstancias, y de quienes se sabía que se podía confiar en absoluto. Antes de admitir un nuevo miembro, sus antecedentes se discutían con la franqueza y formalidad que caracterizaban al nihilista. El menor asomo de falta de sinceridad o de amor propio le hubieran cerrado la entrada. No se preocupaba el círculo en cuanto al número de sus individuos, ni propendía a concentrar en sus manos toda la actividad que se notaba entre la juventud, o a incluir en una sola organización los numerosos que existían en la capital y en provincias. Con casi todos ellos mantenía amistosas relaciones, ayudándonos mutuamente, cuando el caso se presentaba, sin que la cuestión de autonomía sufriera el menor menoscabo.

El círculo prefería permanecer siendo un grupo de amigos íntimamente unidos, y jamás encontré en ninguna parte tal número de hombres y mujeres superiores, como aquellos que conocí al asistir por primera vez al círculo de Tchaivkovski, sintiendo todavía una verdadera satisfacción al recordar que fui admitido en su seno.

XIV

Cuando entré en aquél círculo, hallé a sus miembros discutiendo acaloradamente la dirección que debían dar a su actividad. Unos eran partidarios de que se continuara haciendo propaganda radical y socialista entre la juventud ilustrada, en tanto que otros opinaban que el único objeto de su trabajo debería consistir en preparar hombres que fueran capaces de levantar a las grandes e inertes clases trabajadoras; debiendo, por consiguiente, dedicar todas sus energías a la propaganda entre los campesinos y los obreros de las poblaciones rurales. En todos los círculos y grupos que en aquel tiempo se formaron a centenares en San Petersburgo y en provincias, se discutía el mismo tema, y en todas partes prevaleció la segunda proposición sobre la primera.

Si nuestra juventud hubiera aceptado únicamente el socialismo en abstracto, se hubiese dado por satisfecha con una simple declaración de principios, incluyendo, como aspiración lejana, la posesión en común de los instrumentos de producción, y con sostener al mismo tiempo alguna clase de agitación política. Muchos socialistas políticos de la clase media en el Occidente de Europa y en América se conforman con seguir tal dirección. Pero nuestra juventud había comprendido el socialismo de otra manera; no eran socialistas teóricos; habían aprendido el socialismo viviendo lo mismo que los trabajadores; no haciendo distinción entre lo tuyo y lo mío en sus círculos, y negándose a gozar en provecho propio de las riquezas que heredaron de sus padres. Habían hecho, con relación al capitalismo, lo que Tolstói indica que debiera hacerse respecto de la guerra, cuando aconseja al pueblo que, en vez de criticarla y seguir usando el uniforme militar, se niegue cada uno por su parte a ser soldado y tomar las armas. De igual manera, nuestra juventud rusa de ambos sexos se negaba individualmente a aprovecharse con carácter personal de las rentas de sus padres. Este modo de identificarse con el pueblo era, indudablemente, necesario. Miles y miles de jóvenes, varones y mujeres, habían abandonado ya sus hogares, procurando ahora vivir en los pueblos y centros industriales de todos los modos posibles. No era éste un movimiento combinado, sino de carácter general, de esos que ocurren en ciertos periodos del repentino despertar de la conciencia humana. Y ahora que se habían constituido pequeños grupos organizados, dispuestos a intentar un esfuerzo sistemático para difundir ideas de libertad y de rebeldía en Rusia, se veían obligados a extender esa propaganda entre las masas de los campesinos y los trabajadores de las ciudades.

Hablábamos con frecuencia, como es de suponer, de la necesidad de una agitación política contra nuestro gobierno absoluto. Ya entonces veíamos que los campesinos en masa eran arrastrados a una completa e inevitable ruina por lo absurdo de los impuestos y por la gran insensatez de confiscarles el ganado para cubrir los atrasos. Nosotros, los visionarios, sentimos aproximarse esa total ruina de toda una población, que a la hora presente, por desgracia, se ha realizado en un grado alarmante en la Rusia central, y que confiesa el gobierno mismo.[9] Sabíamos cómo, en todas direcciones, era saqueado el país del modo más escandaloso; conocíamos y comprobábamos más y más diariamente de qué manera los funcionarios públicos despreciaban la ley y la crasa ignorancia que a muchos de ellos caracterizaba. Oíamos continuamente hablar de amigos cuyas casas eran asaltadas durante la noche por la policía, que desaparecían en las prisiones, y que —según después supimos— habían sido transportados, sin formación de causa, a algún obscuro pueblo de una remota provincia rusa. Comprendíamos, por consiguiente, la necesidad de la lucha política contra tan terrible poder, que trituraba las mejores fuerzas intelectuales de la nación; pero no hallábamos un terreno legal, o semi legal siquiera, donde poder dar la batalla.

Varios escritores han tratado de explicar este movimiento hacia el pueblo por la introducción de influencias extrañas; los agitadores extranjeros se hallan en todas partes, era una explicación muy generalizada. Verdad es que nuestra juventud oyó la poderosa voz de Bakunin, y que la agitación de la Asociación Internacional de Trabajadores ejerció en nosotros una influencia fascinadora. Sin embargo, el movimiento tenía un origen mucho más profundo; empezó antes que los agitadores extranjeros hablaran a la juventud rusa, y aun con anterioridad a la fundación de la Internacional. Tuvo sus comienzos en los grupos de Karakozov en 1866; Turguéniev lo vio venir, y ya en el 59 lo indicó vagamente. Hice cuanto pude por impulsar tal movimiento en el circulo Tchaikovski; pero me favoreció la marea que subía y era infinitamente más poderosa que cualquier esfuerzo individual.

Nuestros hermanos mayores no participaban de nuestras aspiraciones socialistas, y nosotros no podíamos desprendernos de ellas; pero aunque alguno lo hubiera efectuado, de nada le hubiese servido. La nueva generación, en su conjunto, era considerada como sospechosa y la anterior temía el contacto con ella. Todo joven de tendencias democráticas, toda joven que siguiera un curso de enseñanza superior, eran motivo de recelo para la policía de Estado, y denunciados por Katkov como enemigos del Estado. Una muchacha con el cabello corto y lentes azules, o un estudiante que llevase en invierno una manta escocesa en vez de un abrigo, signos ambos de sencillez nihilista y costumbres democráticas, eran denunciados como gente de poca confianza. Si la casa donde se hospedaba el estudiante era frecuentemente visitada por sus compañeros, la policía de Estado la registraba periódicamente. Tan corrientes eran estas irrupciones nocturnas en determinados alojamientos de estudiantes, que Klementz dijo una vez, con la suave ironía que le caracterizaba, al oficial de policía encargado del registro: ¿Para qué os molestáis en recorrer todos nuestros libros cada vez que venís a hacer un reconocimiento? Con tener una lista de ellos y confrontar los unos con la otra mensualmente, agregando a aquélla los títulos de los nuevos, todo estaba terminado. El más pequeño indicio de que se ocupaba de política, bastaba para sacar a un joven de una escuela superior, tenerlo varios meses preso y, por último, mandarlo a alguna remota provincia de los Urales por tiempo indefinido, como se acostumbraba a decir en la jerga burocrática. Aun en la época en que el circulo de Tchaikovskino hacía más que distribuir libros aprobados por la censura, el amigo que daba, nombre a aquél fue preso por dos veces, pasando cuatro o seis meses en prisión, la segunda en un momento crítico de su carrera de farmacia. Sus investigaciones se habían publicado recientemente en el Boletín de la Academia de Ciencias, disponiéndose a rendir sus exámenes universitarios. Al fin fue puesto en libertad porque la policía no pudo descubrir suficientes pruebas contra él para aplicarle el destierro a los Urales. Pero si os volvemos a arrestar otra vez le dijeron, os enviaremos a Siberia. Era, en verdad, un sueño favorito de Alejandro II formar en alguna parte de las estepas una población especial, guardada noche y día por patrullas de cosacos, a donde se pudiera mandar a la juventud sospechosa, y constituir con ella una ciudad de diez o veinte mil habitantes. Sólo el temor de lo que semejante centro de población pudiera llegar a ser algún día, evitó que llevara a cabo este proyecto verdaderamente asiático.

Uno de nuestros compañeros de circulo, que era oficial, había pertenecido a un grupo de jóvenes, cuya ambición consistía en servir en los Zemstvos provinciales (consejos de distritos y de provincias). Ellos consideraban todo trabajo en tal sentido como altamente provechoso, y se preparaban para realizarlo, estudiando detenidamente las condiciones económicas de la Rusia central. Muchos de los jóvenes alimentaron por algún tiempo esas ilusiones; pero todas se desvanecieron al primer contacto con la máquina gubernamental.

Habiendo concedido una forma muy limitada de autonomía a ciertas provincias rusas, el gobierno dirigió inmediatamente después todos sus esfuerzos a anulara, privándola de toda su significación y vitalidad. La autonomía provincial tuvo que contentarse con ser mera función de agentes del Estado encargados de recaudar impuestos locales adicionales, e invertirlos en las necesidades provinciales de aquél. Todo intento de las diputaciones de provincias para tomar iniciativas, mejoras agrícolas, etc., era mirado por el gobierno central con prevención y hasta con hostilidad, siendo denunciado por la Moscovskia Vedomosti como separatismo, como la creación de un Estado dentro del Estado y como rebeldía contra la autocracia.

Si alguien fuera a contar la verdadera historia, por ejemplo, de la escuela normal de Tver, o de otra empresa parecida de los Zemstvos de aquella época, con todas las ruines persecuciones, prohibiciones, suspensiones y todo género de dificultades con que se trataba de embarazar su marcha, ningún lector del Occidente europeo, y en particular americano, lo creería. Arrojaría el libro a un lado, diciendo: No puede ser verdad; es demasiado inverosímil para que lo sea. Y sin embargo, nada más cierto. Grupos enteros de los representantes electos de varios Zemstvos eran privados de sus cargos, arrojados de sus provincias y sus posesiones, o simplemente desterrados, por haberse atrevido a pedir al emperador, del modo más respetuoso posible, algo de lo que legalmente correspondía a dichas corporaciones. Los diputados provinciales no deben ser más que funcionarios ministeriales y obedecer al ministro del interior. Tal era la teoría del gobierno de San Petersburgo. En cuanto a la gente de segunda fila —maestros, médicos y empleados de todas clases al servicio de los municipios—, eran separados de sus puestos y desterrados por la policía de Estado en veinticuatro horas, sin más ceremonia que una orden de la omnipotente Sección Tercera de la cancillería imperial. Sin ir más allá del año anterior, 1896, diré que una señora cuyo esposo es rico terrateniente y ocupa una posición distinguida en uno de los Zemtvos, y que se halla interesada en todo lo referente a la instrucción pública, invitó a ocho profesores de primera enseñanza a una fiesta que daba con motivo de su cumpleaños. Pobre gente se dijo a si misma, sin otro trato que el de los campesinos. Al día siguiente la policía llamó a su puerta, pidiendo los nombres de los ocho maestros que habían asistido al referido acto, con objeto de comunicar el hecho a las autoridades respectivas. Y como la señora se negara a darlos, le dijeron: Está bien; ya los encontraremos, sin embargo, y se transmitirá el informe. Los maestros no deben reunirse, y si lo hacen, hay que dar parte. Sólo la elevada posición de la dama pudo escudar a aquéllos en este caso; si la reunión hubiera tenido lugar en casa de una persona menos importante, después de ser visitados por la policía de Estado, la mitad, cuando menos, hubieran sido dados de baja por el ministro del ramo; y si, por ventura, se escapaba a alguno de ellos una palabra más alta que otra durante la visita policiaca, al punto sería enviado a una de las provincias de los Urales. Esto es lo que pasa hoy, a los treinta y tres años de la apertura de los consejos provinciales y locales; pero era mucho peor en los que mediaron del 70 al 80. ¿Qué clase de base para una lucha política podía ofrecer tal situación?

Cuando heredé de mi padre su posesión de Tambov, pensé formalmente, durante algún tiempo, en fijar mi residencia allí y dedicar mis energías a trabajar en el Zemstvo local. Algunos campesinos y los curas más pobres de las inmediaciones me habían pedido que lo hiciera. En cuanto a mí, me hubiera contentado con hacer cualquier cosa, por insignificante que fuera, con tal de poder contribuir así a elevar el nivel intelectual y material de los agricultores. Pero un día, cuando se hallaban reunidos muchos de los que tal me aconsejaban, les pregunté: Suponiendo que yo tratara de montar una escuela, una granja modelo, una sociedad cooperativa, y al mismo tiempo tomara a mi cargo la defensa de aquellos de nuestros campesinos que han sido últimamente atropellados, ¿me lo permitirían las autoridades? ¡No, jamás! fue la contestación unánime.

Un cura anciano de cabellos grises, hombre a quien se tenía en gran estima en aquellos alrededores, vino a verme algunos días después, con dos jefes de influencia, disidentes, y me dijo: Hablad con estos dos hombres. Si os avenís a ello, id en su compañía, y, biblia en mano, predicad a los campesinos... Ya sabéis lo que hay que propagar... No hay policía en el mundo que pueda encontraros, como ellos os oculten... No hay nada más que hacer; esto es lo que yo, que soy viejo, os aconsejo. Les dije francamente por qué no podía asumir el papel de Wicleff; pero el anciano tenía razón. Un movimiento parecido al de los Lollards va creciendo rápidamente entre los campesinos rusos. Las torturas a que han sido sometidas gentes tan amantes de la paz, como los Dujobors, e incursiones como las realizadas contra los campesinos disidentes del sur de Rusia en 1897, en las que se robaron las criaturas para poder educarlas en monasterios ortodoxos, sólo conseguirían dar a ese movimiento una fuerza que jamás hubiera alcanzado hace veinticinco años.

Cuando la cuestión de agitarse en favor de una constitución era continuamente tema de discusión en nuestra sociedad, propuse una vez que se considerase el asunto en serio, adoptándose un plan conveniente de acción. Siempre opiné que, cuando se tomaba un acuerdo por unanimidad, cada miembro debía dejar aparte sus inclinaciones personales y poner en la empresa todas sus energías. Si resolvéis provocar una agitación con el fin indicado —les dije—, he aquí mi plan: me separaré de vosotros en apariencias, manteniendo relaciones sólo con un individuo de la sociedad —por ejemplo, Tchaikovski—, por quien tendré noticias de la marcha de vuestros trabajos y podré comunicaros de un modo general los míos. Mi campo de acción será entre los cortesanos y altos funcionarios; tengo en el seno de esas clases muchas relaciones y conozco a un gran número de personas que se hallan disgustadas con la situación actual. Las aproximaré y uniré, si es posible, en alguna especie de organización, y después, en un momento dado, es indudable que se ha de presentar la oportunidad de poner en acción esas fuerzas, a fin de obligar a Alejandro II a dar una constitución al país. Llegará de fijo un momento en que toda esa gente, al verse comprometida, por interés propio, dará un paso decisivo. Si es necesario, algunos de nosotros, de los que han sido oficiales, podrán prestar mucho servicio extendiendo la propaganda entre sus antiguos compañeros de armas; pero este trabajo debe ir completamente separado del vuestro, aunque marchando paralelamente con él. He meditado detenidamente sobre ello, conozco bien el personal y en quiénes se puede tener confianza, y hasta creo que algunos de los descontentos ya han pensado en mí como posible centro de acción para algo parecido. Esta línea de conducta no la seguiría únicamente por mi voluntad; pero si vosotros la consideráis conveniente, a ella me dedicaré por completo.

El circulo no aceptó esta proposición. Conociéndose unos a otros tan bien como se conocían mis compañeros, creyeron probablemente que, si yo me lanzaba en tal dirección, dejaría de estar de acuerdo conmigo mismo. En nombre, pues, de la tranquilidad de mi conciencia y de la conservación de mi vida, nunca agradeceré ahora bastante el que entonces no se admitiera mi propuesta. Porque de haberlo sido, me hubiera visto obligado a avanzar por una senda poco en armonía con mi naturaleza, no encontrando en ella la felicidad que he hallado siguiendo otros derroteros. Mas cuando seis o siete años después se vieron empeñados los terroristas en su terrible lucha contra Alejandro II, lamenté que no hubiera habido alguien que hubiese hecho la clase de trabajo que yo me ofrecí a efectuar en los círculos elevados de San Petersburgo. Habiéndose establecido de antemano alguna inteligencia, y con las ramificaciones que ésta, probablemente, habría podido echar en todo el imperio, el holocausto de la víctima, no se hubiese hecho en vano. De todos modos, los trabajos de zapa del comité ejecutivo debieron de cualquier modo haber sido secundados por una agitación paralela en el Palacio de Invierno.

Una y otra vez, la necesidad de una acción política se volvió a discutir en nuestro pequeño grupo, sin ningún resultado. La apatía y la indiferencia de las clases más acomodadas eran, en verdad, desconsoladoras, y la irritación de la juventud perseguida no había llegado a esa altura de tensión que terminó seis años más tarde en la campaña de los terroristas a las órdenes del Comité Ejecutivo. Pero hay más todavía —y ésta es una de los más trágicas ironías de la Historia—: la misma juventud que Alejandro II, en su ciego temor y su ira, ordenó que se mandara a centenares a trabajos forzados, condenándola a una muerte lenta en el destierro, fue la que le protegió desde el 71 al 78. La propaganda que se hacía en los círculos socialistas estaba calculada como útil para evitar la repetición de atentados como el de Karakozo contra la vida del zar. Preparad en Rusia un gran movimiento socialista en que tomen parte obreros y campesinos, era entonces la consigna. No os preocupéis del zar y sus consejeros; si tal movimiento se inicia; si los trabajadores se unen a él para reclamar la tierra y pedir la abolición del impuesto de redención de la servidumbre, el poder imperial será el primero en solicitar el apoyo de las clases adineradas y los terratenientes y convocar un parlamento; como la insurrección de los campesinos en Francia, en 1789, forzó al poder real a convocar la Asamblea Nacional, así ocurrirá en Rusia.

Mas esto no era todo. Grupos e individuos aislados, viendo que el reinado de Alejandro II estaba irremisiblemente condenado a sumergirse más profundamente en la reacción, y alimentando al mismo tiempo vagas esperanzas respecto al supuesto liberalismo del presunto heredero —de todos los jóvenes herederos de tronos se supone siempre otro tanto—, retornaban con persistencia a la idea de que el ejemplo de Karakozov debiera ser imitado. Sin embargo, los círculos organizados se opusieron enérgicamente a tal idea, aconsejando a sus compañeros que no apelaran a este procedimiento. Ya puedo divulgar lo siguiente, que hasta ahora jamás se había hecho público. Cuando un joven vino de una de las provincias del sur a San Petersburgo con la firme intención de matar a Alejandro II, y algunos de los miembros del circulo Tchaikovski se enteraron del proyecto, no sólo emplearon todos los argumentos imaginables para disuadirlo, sino que, al ver que esto no era posible, le manifestaron que le vigilarían y le impedirían por la fuerza llevar a cabo semejante atentado. Conociendo bien lo poco resguardado que se hallaba en aquel tiempo el Palacio de Invierno, bien se puede afirmar que le salvaron la vida al emperador. Hasta tal punto era opuesta la juventud en dicha época a la guerra en que más tarde, cuando rebosó la copa de sus sufrimientos, se viera obligada a participar.

XV

Los dos años que pasé en el círculo de Tchaikovski, antes de que me arrestaran, influyeron poderosamente en mi posterior modo de ser y de pensar. Durante esos dos años puede decirse que viví a alta presión; que experimenté esa exuberancia de vida en que se siente a cada momento el completo latir de todas las fibras del yo interno, y se tiene conciencia de que vale la pena vivir. Me hallaba como en familia en una asociación de hombres y mujeres, tan íntimamente unidos por una aspiración común y tan amplia y delicadamente humanos en sus mutuas relaciones, que no puedo recordar ahora un solo momento en que un pasajero rozamiento viniese a turbar la armonía general. Los que conozcan por experiencia lo que es vivir en el seno de una agitación política, apreciarán el valor de lo manifestado.

Antes de abandonar por completo mi carrera científica, me consideré obligado a terminar la Memoria de mi viaje a Finlandia para la Sociedad Geográfica, así como otro trabajo que tenía entre manos para la misma; y mis nuevos amigos fueron los primeros en confirmarme en tal decisión, diciendo que no estaría bien proceder de otra manera. Así es que trabajé con fe para terminar pronto mis libros de geografía y de geología.

Las sesiones de nuestro círculo eran frecuentes y jamás falté a ellas. Entonces nos reuníamos en uno de los barrios extremos de San Petersburgo, en una casita de la que Sofia Peróvskaia, con el nombre supuesto y pasaporte falsificado de la mujer de un obrero, era inquilina. Era hija de una familia aristocrática y su padre fue durante algún tiempo gobernador militar de San Petersburgo; pero, de acuerdo con su madre, que la adoraba, abandonó su hogar para ingresar en un instituto de segunda enseñanza, fundando con las tres hermanas Kornilov —hijas de un rico industrial—, aquel pequeño circulo de cultura mutua que más tarde se convirtió en el nuestro. Ahora, presentándose como mujer de un artesano, con traje de algodón y botas de hombre, la cabeza cubierta con un pañuelo ordinario, y acarreando cubos de agua del Neva, nadie hubiera podido reconocer en ella a la joven que pocos años antes brillaba en uno de los salones más elegantes de la capital. Era a todos simpática, y no había nadie que al entrar en la casa no la saludara con una sonrisa; hasta cuando, haciendo cuestión de honor el tener el local lo más limpio posible, nos reprendía por el barro que nosotros, vestidos con pieles de carnero y calzando botas altas, como las que usan los campesinos, traíamos del exterior, después de haber atravesado las calles cenagosas de los suburbios. En tales casos procuraba dar a su infantil, inocente y pequeño rostro lleno de inteligencia la más severa expresión posible. En su concepción de la moral era rigorista, pero no del tipo de las aficionadas a sermonear. Cuando estaba disgustada de la conducta de alguno, le dirigía una grave mirada, frunciendo ligeramente el entrecejo; pero hasta en esto se advertía la bondad de su carácter y la nobleza de su corazón, que sabia apreciar todo lo que es humano. Sólo en un punto era inexorable. El hombre de varias mujeres dijo una vez, hablando de alguno, y la expresión y el modo de decirlo, sin interrumpir su trabajo, fueron tales, que se grabaron para siempre en mi memoria.

Peróvskaia era una populista hasta el fondo mismo de su corazón, y al mismo tiempo una revolucionaria y una luchadora de energía incomparable y sin igual. No necesitaba embellecer al obrero y al campesino con virtudes imaginarias con objeto de amarlos y trabajar por su redención. Los tomaba tales como son, y me dijo una vez: Hemos empezado una gran obra. Tal vez sucumban dos generaciones antes de llegar a la meta; pero al fin se alcanzará. Ninguna de las mujeres de nuestro circulo hubiera desmayado ante el temor de morir en el cadalso; todas hubieran mirado a la muerte cara a cara; pero en aquel periodo de nuestra propaganda no tenían motivo alguno para esperar tal resultado. El tan conocido retrato de Peróvskaia es verdaderamente notable; nos trae a la memoria su valor sin limites, su clara inteligencia y la delicadeza de sus sentimientos. La carta que escribió a su madre, horas antes de ir al patíbulo, es una de las expresiones más tiernas de amor filial que el corazón de una mujer ha podido dictar jamás.

El siguiente suceso mostrará lo que eran las demás de nuestro círculo. Una noche, Kupreianov y yo fuimos a casa de Varvara B., a quien teníamos que comunicar algo urgente. Era más de medianoche; pero viendo luz en su ventana, subimos la escalera. Ella se hallaba en su pequeña habitación sentada a la mesa copiando un documento del círculo. Y conociendo lo resuelta que era, se nos ocurrió la desgraciada idea de darle una de esas bromas impertinentes, que los hombres consideran graciosas algunas veces. B. —le dije—, veníamos a buscarte: vamos a intentar la poco menos que loca empresa de libertar a los compañeros que se hallan presos en la fortaleza. Ella no hizo ninguna observación: dejó tranquilamente la pluma, se levantó de la silla y sólo dijo: Vamos. Habló con voz tan reposada y natural, que desde luego comprendí lo neciamente que había procedido, y le manifesté la verdad. Entonces se dejó caer desplomada en su asiento, y con lágrimas en los ojos y palabras en que se revelaba la emoción, me interrogó de esta manera: ¿No es más que una broma? ¿Por qué dais bromas semejantes? Esto me hizo comprender la crueldad de lo que le había hecho.

Otro muy apreciado de nuestro circulo era Serguée Kravchinski, que tan bien conocido llegó a ser, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, bajo el seudónimo de Stepniak. A menudo se le llamaba la Criatura, debido a lo poco que se preocupaba de su propia seguridad; pero este descuido de si mismo no era sino el resultado de la falta completa de temor, lo cual, después de todo, es la mejor política para aquel que es objeto de la vigilancia policiaca. Como se dio pronto a conocer por su propaganda en los círculos de los trabajadores, con su verdadero nombre de Serguéi, la policía deseaba echarle el guante; a pesar de lo cual, no tomaba ninguna precaución para ocultarse, y recuerdo que un día fue severamente amonestado en una de nuestras reuniones por lo que se calificó de gran imprudencia. Habiéndose retrasado para venir a la sesión, como le pasaba con frecuencia, y teniendo que salvar una gran distancia antes de llegar a nuestra casa, vino vestido de campesino, con su correspondiente zamarra, y a la carrera por el centro de una de las calles de más tránsito de la capital. ¿Cómo habéis hecho tal cosa? —le preguntaron en tono de reproche—; pudierais haber despertado sospechas y dado lugar a que os detuvieran como a un ladrón vulgar. Y, sin embargo, pocas personas eran tan cautas como él en asuntos donde otros pudieran verse comprometidos.

El principio de nuestra estrecha intimidad fue con motivo del libro de Stanley, titulado Cómo descubrí a Livingstone. Una noche, la sesión había durado hasta las doce, y cuando nos hallábamos a punto de partir, una de las hermanas Kornilov entró con un libro en la mano, preguntando quién de nosotros se comprometía a traducir para las ocho de la mañana siguiente dieciséis páginas de aquél. Miré el tamaño de ellas y dije que si alguien me ayudaba podía hacerse dicho trabajo durante la noche. Serguéi se brindó a hacerlo, y a las cuatro de la mañana la traducción estaba terminada. Nos leímos mutuamente nuestro trabajo con el texto a la vista, bebiéndonos después un jarro de caldo ruso, que habían dejado destinado a nosotros sobre la mesa, y salimos juntos para volver a casa. Desde aquella noche fuimos íntimos amigos.

Siempre me ha gustado la gente capaz de trabajar y de hacerlo esmeradamente; así que la traducción de dicho compañero y su disposición para efectuarla con rapidez, ganaron mis simpatías. Y cuando lo conocí más a fondo, me inspiraron un verdadero afecto su carácter franco y abierto, su juvenil energía y su buen sentido, su inteligencia superior, su sencillez, su reserva y su valor y tenacidad. Había leído y pensado mucho, y respecto del carácter revolucionario de la partida en que estaba empeñado, parecía que éramos de la misma opinión. Él tenía diez años menos que yo, y tal vez no apreciaba exactamente qué lucha tan encarnizada había de ser la próxima revolución. Una vez nos contó con mucho gracejo el trabajo que hacía en el campo entre los agricultores. Un día —dijo— iba yo por un camino con un compañero, cuando fuimos alcanzados por un aldeano que venía en un trineo. Yo empecé a decirle que no debía pagar la contribución, que los empleados son unos bandidos que roban al pueblo, procurando convencerlo con citas tomadas de la Biblia, de que debían rebelarse. Él fustigó al caballo y nosotros avivamos el paso; lo hizo trotar, y nosotros trotamos también, sin dejar de hablarle de lo mismo. Finalmente, lanzó el animal al galope; pero como era de poco poder —una jaquilla ruin y flaca de las que tienen los campesinos—, nosotros no nos quedamos atrás, sino que seguimos propagando hasta que nos faltó aliento.

Durante algún tiempo Serguéi residió en Kazán, y estuve en correspondencia con él; pero como siempre le disgustaba escribir en cifras, propuse un medio de comunicación que ya se había usado en las conspiraciones, y era el siguiente: se escribe una carta corriente, hablando de una multitud de cosas, pero sólo ciertas palabras supongamos que sea cada cinco— son las que han de tenerse en cuenta. Se dice, por ejemplo: Excusar lo precipitado de esta carta. No descanso jamás; noche tras noche trabajo, y os aseguro que ayuda nunca espero. Y no leyendo más que cada quinta palabra, se encuentra: Esta noche os espero. Tal proceder nos obligaba a escribir cartas de seis o siete páginas para transmitir una información, teniendo que poner a prueba nuestra imaginación a fin de llenar aquéllas con toda clase de asuntos y poder introducir las palabras que se necesitaban. Mi amigo, a quien no era posible hacer que se sirviera de una clave, se aficionó a esta clase de correspondencia y solía enviarme cartas conteniendo cuentos, con detalles interesantes y desenlaces dramáticos. Después me dijo que semejante ejercicio le sirvió para desarrollar sus facultades literarias. La verdad es que cuando se tiene capacidad todo contribuye a su desenvolvimiento.

En enero o febrero de 1874 estaba yo en Moscú, en una de las casas en que pasé mi infancia. De mañana me anunciaron que un campesino deseaba verme: salí y me encontré con Serguéi que acababa de escaparse de Tver. Era de fuerte complexión, y él y otro ex-oficial llamado Rogachov, dotado también de grandes fuerzas físicas, habían ido recorriendo el país como aserradores de madera. El trabajo era muy penoso, especialmente para gente no acostumbrada a él, pero a ambos les agradaba, y nadie hubiera podido suponer que eran oficiales disfrazados aquellos dos robustos trabajadores. Viajaron de tal modo durante quince días, sin despertar sospechas, e hicieron propaganda revolucionaria a derecha e izquierda sin temor alguno. Otras veces, el primero, que casi se sabía de memoria el Nuevo Testamento, se dirigía a los campesinos aparentando ser un predicador religioso, demostrándoles con citas de la Biblia que debían iniciar una revolución. En otras ocasiones basaba sus argumentos en las doctrinas expuestas por los economistas, siendo siempre escuchados por el pueblo los dos como verdaderos apóstoles, llevándolos de casa en casa, y negándose a recibir nada por el alojamiento. En esos pocos días produjeron una verdadera conmoción en varias poblaciones y aldeas; su fama se iba extendiendo en todas direcciones; y los trabajadores, lo mismo jóvenes que viejos, se decían mutuamente con cierta reserva en los graneros algo respecto a los delegados, concluyendo por alzar la voz y manifestar, más enérgicamente que de costumbre, que los terratenientes serían expropiados de sus tierras, recibiendo en cambio una pensión del zar. La gente joven se hizo más agresiva que de ordinario con la policía, diciéndole: Aguardad un poco, que ya llegará nuestro turno; vuestro reinado, como el de Herodes, no ha de ser ahora largo. Pero la fama de los dos aserradores llegó a oídos de las autoridades, dándose orden de que los condujeran a la estación de policía más próxima, que se hallaba a dieciséis kilómetros de distancia.

Los llevaron custodiados por varios labriegos, y en el camino tuvieron que pasar por un lugar que celebraba su fiesta. ¿Presos? Está bien; aquí cabemos todos dijeron los del pueblo, que bebían todos en honor del día. Allí pasaron buena parte de éste, llevándolos la gente de una parte a otra y obsequiándolos con cerveza casera. A los guardianes no había que decírselo dos veces: bebieron, y se empeñaron en que también bebieran los presos. Afortunadamente —decía Serguéi— pasaban la cerveza en tan grandes tazones de madera, que yo podía hacer como que bebía sin que nadie lograra advertir si lo había hecho o no. Al llegar la noche, los encargados de acompañar los presos estaban todos ebrios, y no queriendo presentarse de tal modo a las autoridades, decidieron permanecer allí hasta la mañana siguiente. Serguéi, aprovechando la coyuntura, no dejó el uso de la palabra; y todos lo escucharon con interés, lamentando que tan buena persona hubiera sido detenida. Cuando ya iban a dormir, un joven campesino le dijo al oído: Al ir a cerrar la puerta dejaré sin echar la llave. Serguéi y su compañero no echaron en saco roto la indicación, y tan pronto como los otros se durmieron se plantaron en la calle, poniéndose a caminar a buen paso, y a las cinco de la mañana se encontraban a treinta y cuatro kilómetros del lugar, en una pequeña estación de ferrocarril, donde tomaron el primer tren para Moscú, en cuya ciudad se quedó mi amigo, y cuando nos prendieron a todos en San Petersburgo, el circulo de aquélla, bajo su inspiración y la de Voinaralski, vino a ser el centro principal de la agitación.

Aquí y allá, pequeños grupos de propagandistas se habían formado en poblaciones grandes y pequeñas bajo diferentes conceptos. Se montaron talleres de herrería y se establecieron pequeñas granjas, trabajando en unos y otras jóvenes de las clases más pudientes, a fin de estar en contacto diario con las masas trabajadoras. En Moscú, muchas jóvenes de familias ricas, que habían hecho sus estudios en la Universidad de Zurich y fundado una organización especial, llevaron tan lejos su amor a la idea, que hasta entraron en fábricas de algodón, trabajando de catorce a dieciséis horas diarias, y viviendo en las barracas de la fábrica, en compañía de las pobres muchachas rusas, verdaderas esclavas industriales. Era un gran movimiento en que, por lo menos, de dos a tres mil personas tomaron una parte activa, en tanto que dos o tres veces ese número de simpatizantes y amigos ayudaban de varios modos los trabajos de la vanguardia. Con una mitad, más bien más que menos, de ese ejército, nuestro circulo de San Petersburgo estaba en regular correspondencia; siempre, por supuesto, sirviéndose de clave.

La literatura que podía publicarse en Rusia, bajo una censura rigurosa —siendo motivo de prohibición la más pequeña alusión al socialismo—, pronto se vio que era insuficiente, y montamos por nuestra cuenta una imprenta en el exterior. Hubo que escribir folletos para los obreros y los campesinos, y a nuestra comisión literaria, a la que yo pertenecía, nunca le faltaba algo que hacer. Serguéi escribió dos de esos opúsculos, uno en el estilo de Lamennais y otro conteniendo una exposición del socialismo en un cuento fantástico, teniendo ambos gran circulación. Los libros y folletos que se imprimían fuera, entraban a millares, de contrabando, en Rusia, y se depositaban en determinados sitios, remitiéndose luego a los círculos locales, que los distribuían entre los trabajadores. Todo esto exigía una vasta organización, así como un viajar constante y una colosal correspondencia, para poner a nuestros amigos y nuestros libros al abrigo de la policía. Teníamos claves diferentes para cada provincia, y con frecuencia, después de haber empleado seis o siete horas discutiendo todos los detalles, las mujeres, que no se fiaban mucho de nuestra escrupulosidad en esta clase de correspondencia, se pasaban toda la noche cubriendo pliegos de papel con números y fracciones cabalísticas.

La mayor cordialidad reinaba siempre en nuestras reuniones. Presidencias y formalidades de todas clases son cosas tan completamente repulsivas para el carácter ruso, que las habíamos suprimido; y a pesar de que nuestros debates eran algunas veces extremadamente acalorados, sobre todo cuando se discutían cuestiones de principios, nos pasábamos sin las formalidades de Occidente. Una sinceridad absoluta, un general deseo de resolver las dificultades lo mejor posible, y un desprecio francamente expresado de todo lo que en lo más mínimo revistiera afectación teatral, bastaban para el caso. Si alguno de nosotros se hubiera aventurado a buscar efectos oratorios por medio de un discurso, bromas de buen género le hubiesen demostrado desde luego que el perorar no estaba ya de moda. A menudo teníamos que comer durante estas sesiones. Nuestro alimento se componía invariablemente de pan de centeno, pepino, un pedacito de queso y té claro en abundancia para apagar la sed. Y no era que faltase el dinero; siempre había suficiente, y sin embargo, nunca era bastante para hacer frente a los gastos, que no dejaban de seguir creciendo, de imprenta, transporte de libros, ocultamiento de los amigos a quienes buscaba la policía, y la iniciación de nuevos trabajos.

En San Petersburgo adquirimos pronto amplias relaciones con los obreros. Serdiukóv, joven de educación esmerada, había contraído amistad con varios mecánicos, la mayor parte colocados en una fábrica del Estado del departamento de artillería, y organizado además un circulo compuesto de unos treinta miembros, que acostumbraban a reunirse para leer y discutir. Los mecánicos están relativamente bien retribuidos en dicha capital, y los solteros lo pasaban regular. Pronto se hallaron familiarizados con la literatura radical y socialista corriente; los nombres de Buckle, Lasalle, Draper y Spielhagen se hicieron familiares para ellos, y por su aspecto, estos obreros inteligentes se diferenciaban bien poco de los estudiantes. Cuando Klementz, Serguéi y yo entramos a formar parte del circulo, visitábamos con frecuencia su grupo, dando allí conferencias familiares sobre diversidad de materias. Sin embargo, nuestras esperanzas de que esos jóvenes hubieran de llegar a convertirse en ardientes propagandistas entre las clases menos privilegiadas de trabajadores, no se realizaron por completo. En un país libre, hubiesen sido los oradores habituales de los mítines, pero, como los trabajadores especiales de la industria relojera en Ginebra, miraban a las masas que trabajaban en las fábricas con una especie de desprecio, y no se daban prisa en convertirse en mártires de la causa socialista. Sólo después de haber sido arrestados, y pasar tres o cuatro años en prisión por tener el atrevimiento de pensar como socialistas, sondeando la profundidad del absolutismo ruso, fue cuando muchos de ellos se hicieron ardientes propagandistas, principalmente de la revolución política.

Mis simpatías se dirigían especialmente hacia los tejedores y operarios de las fábricas de algodón. Hay miles de ellos en San Petersburgo que trabajan allí durante el invierno y vuelven los tres meses de verano a su pueblo natal para las faenas del campo. Siendo medio campesinos y medio obreros, habían conservado por lo general el carácter del labriego ruso. Entre ellos se extendió el movimiento con sorprendente rapidez; habiendo necesidad de contener el celo de los recién venidos, pues de lo contrario hubieran traído otros nuevos a centenares, lo mismo jóvenes que adultos. La mayoría vivía asociada en grupos o artels, tomando entre diez o doce personas un departamento común, comiendo juntas y pagando cada una al mes su parte correspondiente del gasto general. A las residencias de estos grupos era adonde solíamos ir, y pronto los tejedores nos pusieron en contacto con otros análogos de canteros, carpinteros y demás oficios. En algunos de estos artels, Serguéi, Klementz y dos más de nuestros amigos se hallaban como en su casa, pasando noches enteras hablando sobre socialismo. Además, teníamos en diferentes parajes de la capital locales especiales, a cargo de algunos de los nuestros, adonde concurrían de diez a doce trabajadores todas las noches, para aprender a leer y escribir y hablar después un rato. De tiempo en tiempo, uno de nosotros iba a los pueblos de esos amigos y pasaba un par de semanas haciendo una propaganda poco menos que pública entre los agricultores.

Por supuesto, todos nosotros, al tener que tratar con esta clase de trabajadores, habíamos de vestirnos como ellos, necesitando usar el mismo traje. La sima que separa a los campesinos de las clases más elevadas es tan grande en Rusia y tan raro el contacto entre ambas, que no sólo la presencia de un hombre vestido con el traje de la ciudad promueve en los pueblos la general curiosidad, sino que, hasta si se ve en esta última, reunida con trabajadores, a una persona cuyo aspecto difiere de ellos, al punto se despierta la suspicacia de la policía. ¿Para qué había de ir con gente baja como no sea con mala intención? — decían los extraños. Con frecuencia, después de una comida en casa de algún potentado o aun en el mismo Palacio de Invierno, adonde iba a menudo a ver un amigo, tomaba un carruaje, corría al pobre alojamiento de un estudiante en un barrio extremo, cambiaba mi traje de etiqueta por una camisa de algodón, botas altas de campesino y una zamarra de piel de carnero, y bromeando con los obreros que encontraba al paso, me dirigía a algún tugurio en busca de mis amigos los trabajadores. Les contaba lo que había visto del movimiento obrero en el exterior. Ellos me escuchaban atentamente, sin perder una palabra de lo que decía; y después me preguntaban: ¿Qué podemos hacer aquí? Agitad, organizad —era nuestra contestación—, hay que abrirse camino. Y les leíamos un cuento popular de la Revolución francesa, una adaptación de la admirable Historia de un campesino, de Erckmann-Chatrian. Todos admiraban a Chovel, que iba propagando por los pueblos, distribuyendo libros prohibidos, y todos ardían en deseos de seguir sus huellas. Hablad a otros —les decíamos—, procurad que la gente se una; y cuando seamos más numerosos, veremos lo que se puede hacer. Nos comprendieron perfectamente, siendo necesario, más que estimularlos, contenerlos.

Entre ellos vi correr las horas más felices de mi vida. El día de Año Nuevo de 1874, sobre todo, que es el último que pasé en Rusia en libertad, fue para mí particularmente memorable. La noche anterior había estado en una reunión de personas distinguidas, donde se pronunciaron elocuentes discursos sobre los deberes del ciudadano, la prosperidad del país y otras variaciones sobre el mismo tema. Pero en el fondo de tan pomposas arengas, sobresalía una nota. ¿De qué modo sería posible a cada orador poner a salvo su bienestar particular? Y sin embargo, ninguno tenía el valor de decir franca y abiertamente que estaba pronto a todo lo que no le pudiera perjudicar. Sofismas interminables sobre la lentitud de la evolución, la inercia de las clases inferiores y la inutilidad del sacrificio fueron expuestos para justificar la falta de sinceridad; todo mezclado con las seguridades que daba cada cual de su ardiente deseo de sacrificarse por el bien ajeno. Volví a casa afectado por la profunda tristeza que me habla producido tanta palabrería.

A la mañana siguiente fui a una de nuestras reuniones de tejedores, que se efectuaba en un sótano donde apenas penetraba la luz. Yo iba vestido, como otros muchos, con mi traje de pieles; y mi compañero, a quien conocían los trabajadores, me presentó, diciendo sencillamente: Borodin, un amigo. Explicad, Borodin —agregó—, lo que habéis visto en el extranjero. Y yo hablé del movimiento obrero en la Europa occidental, sus luchas, sus dificultades y sus esperanzas.

El auditorio, compuesto en su mayoría de adultos, pareció extraordinariamente interesado en la narración. Me hicieron preguntas, todas pertinentes, respecto a los más minuciosos detalles de las uniones de oficios, las aspiraciones de la Asociación Internacional y sus probabilidades de éxito. Interrogándome después sobre lo que podría hacerse en Rusia y las consecuencias de nuestra propaganda. Jamás traté de disminuir los peligros de nuestra agitación, diciendo francamente lo que sentía. A nosotros nos enviarán a Siberia uno de estos días; y una parte de vosotros, por lo menos, pasará largos meses en prisión por habernos escuchado. Este porvenir sombrío no los intimidó. Después de todo, en Siberia hay hombres; no todos son osos. Donde unos hombres viven, otros pueden vivir. El diablo no es tan terrible como lo pintan. Quien tema al lobo, que no vaya tarde al bosque — dijeron al partir. Y cuando, más tarde, muchos de ellos fueron detenidos, casi todos se condujeron dignamente, procurando salvarnos y no haciendo traición a ninguno.

XVI

Durante los dos años de que vengo hablando se hicieron muchas detenciones, tanto en San Petersburgo como en provincias. No se pasaba un mes sin que experimentáramos la pérdida de alguno, o supiéramos que ciertos miembros de este o aquel grupo provincial habían desaparecido. Hada fines de 1873, los arrestos se hicieron cada vez más frecuentes. En noviembre, uno de nuestros principales centros, situado en un barrio extremo de la capital, fue invadido por la policía. Perdimos a Peróvskaia y tres amigos más, teniendo que suspender todas nuestras relaciones con los obreros de este arrabal. Fundamos un nuevo punto de reunión más a las afueras todavía, pero pronto hubo que abandonarlo. La policía extremó la vigilancia, y la presencia de un estudiante en los barrios de los trabajadores era al punto advertida, circulando espías entre los obreros, a quienes no se perdía de vista. Dimitri, Klementz, Serguéi y yo, con nuestras zamarras y nuestro aspecto de campesinos, pasamos inadvertidos, y continuamos frecuentando el terreno vigilado por el enemigo; pero ellos, cuyos nombres habían adquirido gran notoriedad en dichos barrios, eran objeto de todas las pesquisas; y si hubieran sido hallados casualmente en uno de los registros nocturnos en casa de algún amigo, en el acto los hubieran arrestado. Hubo periodos en que Dimitri necesitó buscar diariamente un lugar donde poder dormir en una seguridad relativa. ¿Puedo pasar aquí la noche? — solía preguntar al presentarse en casa de un amigo a las diez de la misma. ¡Imposible! —era la respuesta—; estoy muy vigilado actualmente. Mejor será que vayas a la de N. ¡Pero si ahora vengo de allí y me ha dicho lo mismo! Entonces ve a casa de M., es gran amigo mío y no infunde sospechas. Pero es lejos de aquí y hay que tomar un coche: vaya el dinero. Mas él, por cuestión de principios, no quería hacer uso de carruajes, y se iba a pie al otro extremo de la ciudad en busca de un refugio, o en último término a quedarse en el alojamiento de un amigo, amenazado de ser visitado a cada momento por la policía.

Al comenzar enero de 1874, se perdió otro centro, que era el principal que teníamos para la propaganda entre los tejedores. Varios de nuestros mejores compañeros desaparecieron, aprisionados entre las garras de la misteriosa Sección Tercera. Nuestro circulo se fue estrechando, las asambleas generales se hacían cada vez más difíciles, e hicimos supremos esfuerzos para formar otros nuevos donde los jóvenes pudiesen continuar nuestro obra, cuando a todos nosotros nos hubieran inutilizado. Tchaikóvski se hallaba en el sur, y obligamos a Dimitri y Serguéi a que se marcharan también, teniendo materialmente que forzarles a que lo hicieran. Sólo quedamos cinco o seis para despachar todos los asuntos del circulo. Yo pensaba, tan pronto como hubiese entregado mi Memoria a la Sociedad Geográfica, irme al sureste del país y formar allí una liga agraria, parecida a la que tanto impulso adquirió en Irlanda desde 1875 a 1880.

Después de dos meses de relativa tranquilidad supimos, a mediados de marzo, que casi todo el círculo de los mecánicos había sido detenido y con ellos un joven ex-estudiante, llamado Nizovkin, quien desgraciadamente había ganado su confianza, y que teníamos la seguridad de que trataría de salvarse contando todo lo que supiera respecto de nosotros. Además de Dímítri y Serguéi, conocía a Serdiukov, el fundador del círculo, y a mí, y era indudable que nos nombraría en cuanto lo acosaran con preguntas. Pocos días después, dos tejedores —gente de poca confianza que hasta se habían quedado con fondos pertenecientes a sus compañeros, y que me conocían por Borodin— fueron arrestados. Estos dos, de seguro pondrían a la policía sobre la pista de Borodin, el hombre que, vestido como los campesinos, hablaba en las reuniones de los tejedores. Aun no había transcurrido una semana cuando todos los miembros de nuestro círculo, exceptuando Serdiukov y yo, estaban presos.

No nos quedaba más recurso que huir de San Petersburgo; pero esto precisamente era lo que no queríamos hacer. Toda nuestra inmensa organización para imprimir folletos en el exterior e introducirlos de contrabando en Rusia; toda la red de círculos, granjas y establecimientos con que estábamos en correspondencia en cerca de cuarenta provincias, de las cincuenta que hay en la Rusia europea, obra del trabajo lento y penoso de los dos últimos años, y finalmente, nuestros grupos de obreros en San Petersburgo y nuestros cuatro centros diferentes para hacer propaganda entre los trabajadores de la capital, ¿cómo era posible que los abandonásemos, sin haber encontrado a otros que mantuvieran nuestras relaciones y correspondencia? Serdiukov y yo decidimos admitir en el círculo dos nuevos miembros y transferirles lo que había que hacer. Nos reuníamos todas las noches en lugares distintos, y como nunca guardábamos direcciones o nombres escritos —sólo los correspondientes al contrabando se hallaban, en cifras, guardados en sitio seguro—, tuvimos que enseñar a los recién venidos centenares de unas y otros, en unión de una docena de cifras, repitiendo todo una y otra vez, hasta que conseguían aprenderlo de memoria. Todas las noches recorríamos de este modo el mapa de Rusia, deteniéndonos particularmente en la frontera occidental, que estaba sembrada de hombres y mujeres ocupados en recibir libros de los contrabandistas, y en las provincias orientales, donde teníamos los centros principales. Después, sin dejar el disfraz, teníamos que poner en contacto a los nuevos amigos con los que simpatizaban con el movimiento en la ciudad, Y presentarlos a aquellos trabajadores que aun no habían sido detenidos.

En tal situación, lo que había que hacer era desaparecer del alojamiento habitual, y andar a salto de mata variando de nombre con frecuencia. Así lo hizo Serdiukov, pero, como no tenía pasaporte, se ocultaba en casa de los amigos. Yo debí haber hecho lo mismo, pero una circunstancia extraña me lo impidió. Acababa de terminar mi Memoria sobre las formaciones glaciales en Finlandia y en Rusia, la cual debía ser leída en una sesión de la Sociedad Geográfica. Ya se habían repartido las invitaciones, cuando ocurrió que, en el día señalado, las dos sociedades geológicas de San Petersburgo tenían que reunirse en asamblea, y pidieron que se aplazara dicho acto por una semana. Se sabia que yo había de presentar ciertas ideas respecto a la extensión de la capa de hielo hasta el centro mismo de Rusia, y nuestros geólogos, con la excepción de mi amigo y maestro Friedrich Schmidt, consideraban tales afirmaciones de un carácter demasiado atrevido y deseaban discutirlas detenidamente. Durante otra semana más, por consiguiente, no me era posible partir.

Gente extraña hormigueaba en torno a mi casa y preguntaba por mí, usando los más fantásticos pretextos: uno quería comprar un bosque en mi finca de Tambov, donde no había más que prados desprovistos de arbolado. Vi rondar por mi calle —la aristocrática Morskáiauno de los dos tejedores presos de quienes he hecho mención, lo que me confirmó en la idea de que la casa estaba vigilada. Sin embargo, necesitaba aparentar que no me daba cuenta de todo aquello, porque el próximo viernes por la noche tenía que presentarme en la sesión de la Sociedad Geográfica.

El acto se realizó al fin: las discusiones fueron muy animadas, y por lo menos una cosa quedó demostrada. Se reconoció que todas las antiguas teorías concernientes al periodo diluviano en Rusia carecían completamente de fundamento, y que era necesario tomar otro punto de partida en la investigación de todo ese asunto, teniendo la satisfacción de oír decir a nuestro más distinguido geólogo, Barbot-de-Marny: Haya habido capa de hielo o no, debemos reconocer, señores, que todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre la acción de los hielos flotantes no tiene confirmación alguna en las actuales exploraciones. Y fui propuesto en dicha sesión para la presidencia de la sección de geografía física, en tanto que me preguntaba a mí mismo si aquella misma noche no iría a dar con mis huesos en la prisión de la Sección Tercera.

Hubiera sido mejor no haber vuelto a casa; pero estaba rendido de fatiga a causa del mucho trabajo de los últimos días, y fui. La noche se pasó sin novedad. Eché una ojeada a mis papeles, destruí todo lo que pudiera comprometer a alguien, arreglé mis efectos y me dispuse a marchar. Sabía que mi domicilio estaba vigilado; pero esperaba que la policía no viniera a visitarme hasta bien entrada la noche, y al obscurecer podría salir sigilosamente sin que se notase. Llegó la hora esperada, y cuando me disponía a partir, una de las muchachas de servicio me dijo: Será mejor que bajéis por la escalera interior. Comprendí su intención, y bajé rápidamente, saliendo de la casa. A la puerta no había más que un coche de punto; monté en él, y el conductor me llevó al gran Nevsky. Al principio nadie nos perseguía, y me consideré a salvo; pero a poco observé que venía otro carruaje a todo correr tras el nuestro, y habiendo tenido que moderar su marcha el caballo que nos conducía, aquél nos tomó la delantera.

En él vi con sorpresa a uno de los dos tejedores que habían sido detenidos, acompañado de otra persona. Me hizo señas con la mano, como si tuviera algo que decirme, y yo ordené al cochero que parara. Tal vez —pensé— haya sido puesto en libertad y tenga algo importante que comunicarme. Pero tan pronto como nos detuvimos, el que acompañaba al tejedor —era un policía— gritó: ¡Señor Borodin, príncipe Kropotkin, quedáis detenido! Hizo seña a los guardias, que tanto abundan en las principales calles de San Petersburgo, y al mismo tiempo saltó a mi coche y me mostró un papel con el sello de la policía de la capital, diciendo al mismo tiempo: Tengo orden de conduciros ante el gobernador general para que deis una explicación. La resistencia era imposible —ya se hallaban dos guardias próximos a nosotros—, y dije al cochero que volviera y nos llevara a casa del funcionario referido, permaneciendo entre tanto el tejedor en el otro carruaje que seguía al nuestro.

Ahora resultaba evidente que la policía había vacilado durante diez días, no decidiéndose a prenderme por no tener la seguridad de que Borodin y yo fuéramos una misma persona; pero mi contestación a la seña del tejedor disipó tales dudas.

Después vinieron largas horas de aburrimiento en espera del representante del poder civil, especie de procurador o fiscal. Este funcionario sirve de testaferro en manos de la policía de Estado, que se vale de él en sus registros domiciliarios, a fin de dar un aspecto legal a sus atropellos. Mucho tiempo pasó antes de que se encontrara y se hiciera venir a ese caballero, para que desempeñase sus funciones como fingido representante de la justicia. Me hicieron volver a mi casa, donde se llevó a cabo un escrupuloso registro de todos mis papeles; esto duró hasta las tres de la mañana, pero no reveló ni lo más mínimo que pudiera perjudicarme ni causar daño a los demás.

Desde allí me llevaron a la Sección Tercera, esa omnipotente institución que ha gobernado en Rusia desde el principio del reinado de Nicolás I hasta la fecha, y que es, puede decirse, un verdadero Estado en el Estado. Empezó bajo Pedro I con el nombre de Departamento Secreto, donde los adversarios del fundador del imperio militar ruso eran sometidos a los más abominables tormentos, que sólo terminaban con la muerte; continuó más tarde con el de Cancillería Secreta durante los reinados de las emperatrices, en cuya época la Cámara de la Tortura del poderoso Minij aterrorizó a toda Rusia, y recibió su organización actual del déspota de hierro Nicolás I, que agregó a ella el cuerpo de gendarmes, siendo el jefe de éstos más temido en el país que el mismo emperador.

Poco después de ser muerto Mezentzev, delante de Loris — Melikov, la Sección Tercera ha sido abolida de nombre; pero renació, como el fénix, y floreció más que la anterior bajo nuevos ropajes.[10]

En este período del reinado de Alejandro II, la Sección Tercera era por completo omnipotente. Los coroneles de gendarmes hacían a millares registros domiciliarios, sin ocuparse para nada de leyes ni de tribunales de justicia. Detenían a quien les daba la gana: tenían a la gente presa el tiempo que querían y transportaban a centenares al nordeste de Rusia o Siberia, según su capricho; la firma del ministro del interior no era más que una mera fórmula, porque ni tenía autoridad sobre ellos ni conocimiento de lo que hacían.

Eran las cuatro de la mañana cuando empezó mi interrogatorio.

Ocurrió que, al salir de mi casa, encontré un joven que venia de Moscú y me traía dos cartas: una de mi amigo Voinaralski y otra de Dimitri dirigida a nuestro compañero Polakov. El primero anunciaba la instalación de una imprenta clandestina en Moscú, y venía llena de noticias satisfactorias concernientes al movimiento en dicha ciudad; después de leerla la rompí, y como la segunda no contenía nada de particular, la guardé. Pero ahora que estaba preso me pareció mejor destruirla también, y pidiendo al policía que me enseñara otra vez sus papeles, me aproveché del momento que empleó en registrarse el bolsillo para tirarla sin que lo notara. Sin embargo, al llegar a la casa del gobernador general se la dio el tejedor al hombre diciendo: Vi que el señor arrojó esta carta y la he recogido.

En toda provincia rusa, en toda población de alguna importancia y hasta en cada estación de ferrocarril, hay gendarmes que dan parte directamente a sus coroneles, o generales, quienes a su vez lo hacen al director general, el cual en su visita diaria a palacio da cuenta de lo que juzga oportuno. Todos los funcionarios del imperio se ven sometidos a la vigilancia de la gendarmería, siendo deber de sus coroneles y generales no perder de vista la vida pública y privada de cada súbdito del zar, aun la de los gobernadores de provincias, los ministros y los grandes duques. El mismo emperador se halla bajo su más estrecha vigilancia, y como se encuentran bien al corriente de la vida íntima de palacio y saben cada paso que da el zar, el jefe de los gendarmes viene a ser, sí tal puede decirse, un confidente de la vida privada de los gobernantes de Rusia.

— Se os acusa —me dijeron solemnemente— de haber pertenecido a una sociedad secreta que tenía por objeto destruir la actual forma de gobierno y conspirar contra la sagrada persona de su imperial majestad. ¿Sois culpable de tal delito?

— Hasta que no se me lleve ante un tribunal donde pueda hablar públicamente, no os daré ninguna contestación.

— Escribid —dijo el procurador a su ayudante—: No se reconoce culpable. Además —continuó diciendo después de una pausa—, debo haceros ciertas preguntas. ¿Conocéis una persona llamada Nikolai Tchaikovski?

— Si insistís en interrogarme, escribir entonces no a todo lo que tengáis a bien preguntarme.

— ¿Pero y si os pregunto si conocéis, por ejemplo, al señor Polakov, de quien hablasteis hace poco?

— Desde el momento que me hagáis tal pregunta, no vaciléis escribid: no. No recibiréis de mi otra respuesta; porque si contestara: , con relación a cualquiera, desde luego proyectaríais algún mal contra esa persona, registrando su domicilio o haciendo algo peor y manifestando después que yo la había nombrado.

Se leyó una larga lista de preguntas a las que pacientemente contesté cada vez: Escribid: no. Aquello duró casi una hora, durante la cual pude adquirir la certeza de que todos los detenidos, exceptuando los dos tejedores, se habían conducido muy bien. Los mencionados sólo sabían que yo había asistido dos veces a una reunión de una docena de trabajadores, y los gendarmes no tenían noticia alguna respecto a nuestro circulo.

— ¿Qué estáis haciendo, príncipe? —me dijo un oficial de gendarmes al conducirme a mi celda.— El negarse a responder a las preguntas se convertirá en un arma terrible contra vos.

— Estoy en mi derecho, ¿no es verdad?

— Si, pero... ya sabéis... Deseo que encontréis esta habitación confortable. Se ha mantenido caldeada desde que os arrestaron.

La hallé, efectivamente, en buenas condiciones y pronto caí en un profundo sueño. A la mañana siguiente fui despertado por un gendarme que me traía el té de costumbre. A poco entró otra persona que, con la mayor naturalidad, me dijo a media voz: Aquí hay una cuartilla de papel y un lápiz: escribid vuestra carta. Era un simpatizante nuestro, a quien conocía de nombre, y que nos servía de intermediario con los presos de la Sección Tercera.

Procedentes de distintos lugares oía golpes en el muro, que se sucedían rápidamente. Eran los presos comunicándose unos con otros por el medio indicado; pero nada pude sacar en claro como recién llegado, de un ruido que parecía venir de todas partes a la vez.

Una cosa me preocupaba: mientras se registraba mi casa, pude coger al vuelo algo dicho con cautela por el procurador al oficial de gendarmes, respecto a ir a hacer otro tanto en el domicilio de mi amigo Polakov, a quien iba dirigida la carta de Dimitri. Era aquél un joven estudiante, zoólogo y botánico distinguido, con quien hice mi expedición de Vitim en Siberia. Hijo de una pobre familia cosaca en la frontera de Mongolia, había tenido que pasar por todo género de dificultades antes de poder venir a San Petersburgo y entrar en la Universidad, donde llegó a ganar gran crédito por su amor al estudio, y se hallaba sufriendo los últimos exámenes. Habíamos sido grandes amigos desde mucho tiempo en la capital, pero no se interesaba por el movimiento político.

Le hablé de él al procurador. Os doy mi palabra de honor —le dije— que Palokov jamás ha tomado parte en ninguna cuestión política. Mañana tiene que rendir un examen, y habréis inutilizado para siempre la carrera científica de un joven que ha tenido que sufrir grandes penalidades y luchar durante años enteros contra toda clase de obstáculos para poder llegar a su actual situación. Sé que eso os interesará bien poco; pero tened presente que en la Universidad es considerado como una de las glorias futuras de la ciencia rusa. El registro se hizo, sin embargo; pero se le dio una prórroga de tres días para que pudiera examinarse. Poco después fui llamado ante el procurador, quien, con aire triunfal, me enseñó un sobre escrito con mi puño y letra, y en él una nota, también mía, que decía así: Tened la bondad de llevar este paquete a V. E. y encargad lo guarden hasta que sea reclamado de un modo conveniente. La persona a quien esta nota se dirigía no estaba en ella consignada. Esta carta —dijo el procurador—, se encontró en casa de Polakov; y ahora, príncipe, su suerte está en vuestras manos. Si me decís quién es V. E., el señor Polakov quedará en libertad; pero si os negáis a ello, seguirá detenido hasta que se decida a darnos el nombre de esa persona.

Mirando el sobre, que estaba escrito con lápiz de carbón, y la carta, que lo había sido con uno de grafito ordinario, recordé inmediatamente las circunstancias en que se escribieron ambos. Tengo la seguridad —exclamé al punto— de que la nota y el sobre no se encontraron juntos. Vos sois quién habéis puesto la una dentro del otro. El procurador se ruborizó, y yo continué diciendo: ¿Pretendéis hacerme creer que, siendo hombre práctico, no habéis notado que los dos están escritos con lápices diferentes? ¡Y ahora tratáis de que la gente acepte como cierto lo que tan lejos está de la verdad! Pues bien, os digo terminantemente que la carta no era para Polakov.

El dudó un momento; pero luego, recobrando su audacia, agregó: Polakov ha admitido que esta carta vuestra era para él. En esto sabía yo que mentía: Polakov hubiera aceptado para sí cualquier género de responsabilidad; pero hubiese preferido el destierro a Siberia antes de comprometer a otro. Así que, mirándole fijamente a la cara, repliqué: No, señor; jamás ha dicho él eso, y sabéis perfectamente bien que vuestras palabras carecen de veracidad. Se puso furioso o aparentó que se ponía, diciendo a continuación: Pues bien: si aguardáis aquí un momento os traeré la confirmación escrita de Polakov sobre el particular; él se halla en la habitación inmediata declarando.

Estoy dispuesto a esperar todo el tiempo que gustéis.

Me senté en un sofá y allí fumé innumerables cigarrillos: nada vino entonces ni después, porque tal cosa no existía.

En 1878 encontré a Polakov en Ginebra, en cuya época hicimos una deliciosa excursión al glaciar de Aletsch. Creo inútil decir que sus contestaciones fueron tales como yo las esperaba: negó tener ningún conocimiento de la carta ni de la persona representada por las iniciales V. E. Muchos libros pasaban con frecuencia de mí a él y viceversa, y la carta se halló en uno de ellos, mientras que el sobre apareció en el bolsillo de un gabán viejo. Le tuvieron varias semanas preso, recobrando después la libertad, gracias a la intervención de sus amigos científicos. No se molestó a V. E., y mis papeles fueron entregados a su tiempo.

No me volvieron a la celda, y media hora después vino el procurador acompañado de un oficial de gendarmes.

Nuestra misión —me dijo— está ya terminada; vais a ser conducido a otra parte.

Más adelante, cada vez que lo veía, siempre me mofaba de él diciendo: ¿Qué hay sobre la declaración de Polakov? Un coche de cuatro ruedas aguardaba a la puerta. Me indicaron que subiera en él, y un corpulento oficial de gendarmes de origen circasiano se sentó a mi lado. Le hablé, pero me respondió con un gruñido. El carruaje cruzó el Puente Colgante, pasó después el lugar destinado a las paradas, corriendo a lo largo del canal, como procurando evitar los sitios de más tránsito. ¿Vamos a la prisión de Litovski? —pregunté a mi acompañante, sabiendo que muchos de mis compañeros estaban ya allí; pero tampoco me contestó. El sistema de silencio absoluto a que se me sometió durante los dos años siguientes empezó en este vehículo; mas cuando pasamos por el Puente de Palacio, comprendí que iba camino a la fortaleza de San Pedro y San Pablo.

Admiré la hermosura del río, sabiendo que no lo volvería a ver en algún tiempo; el sol marchaba a su ocaso; espesas nubes grises se agrupaban en Occidente sobre el Golfo de Finlandia, en tanto que otras más ligeras flotaban sobre mi cabeza dejando ver aquí y allá partes del azulado cielo. De pronto el coche volvió a la izquierda, penetrando por un pasaje abovedado, que era la entrada a la fortaleza.

Ahora tendré que pasar aquí un par de años —dije al oficial.

No, ¿por qué ha de ser tanto? —contestó el circasiano, quien una vez en el interior de la prisión había recobrado el uso de la palabra. Vuestro asunto está próximo a terminarse, y podrá pasar a la audiencia dentro de quince días.

Mi cuestión —repliqué— es bien sencilla; pero antes de llevarme ante un tribunal intentaréis prender a todos los socialistas de Rusia, y como son tantos, en dos años no habréis terminado vuestro cometido. Entonces no pude apreciar todo lo profética que era mi observación.

El carruaje se detuvo a la puerta del comandante militar de la fortaleza y entramos en su salón de recibo. El general Korsákov, hombre delgado y ya de edad, se presentó con una marcada expresión de disgusto en su fisonomía. El oficial le dijo algo a media voz, a lo cual contestó: Está bien mirándolo de un modo algo despreciativo y volviendo después la vista hacia mí. Era evidente que no le agradaba mucho recibir un nuevo huésped y que se hallaba un poco avergonzado de su misión; pero parecía agregar: Como soldado no hago más que cumplir con mi deber. Poco después, volvimos a subir al carruaje; pero pronto se detuvo ante otra cancela, donde nos hicieron esperar largo rato hasta que vino del interior a abrirla un destacamento de soldados. Caminando por pasadizos estrechos llegamos a una puerta de hierro, que daba acceso a una obscura galería, tras la cual nos vimos en una pequeña habitación, notable por la falta de luz y la humedad.

Varios oficiales francos de servicio, pertenecientes a la guarnición de la fortaleza, se movían de un lado a otro sin hacer ruido, con sus botas de fieltro forrado, sin hablar una sola palabra; en tanto que el gobernador firmaba en el libro del circasiano el recibo de un nuevo preso. Se me ordenó que me despojara de toda mi ropa y me pusiera el traje de la prisión, consistente en una bata de franela verde, inmensas medias de lana de un grueso extraordinario y chinelas amarillas en forma de barcaza, tan grandes, que casi se me salían de los pies al querer andar con ellas. Las batas y las chinelas siempre me hablan sido repulsivas, y las medias gruesas jamás me gustaron. Hasta tuve que desprenderme de una camiseta interior de seda que, dada la humedad de la fortaleza, me hubiera sido de gran utilidad; pero no se podía permitir que la conservara. Yo, como es natural, empecé a protestar y quejarme de esto, y a la hora, poco más o menos, me la devolvieron por orden del general Korsákov.

Después me llevaron a través de un pasaje obscuro, en el cual vi centinelas armados que se paseaban, y me metieron en una celda. Una pesada puerta de roble se cerró tras de mí, la llave giró en la cerradura, y quedé solo en un local donde apenas entraba la luz.

Capítulo V — La fortaleza — La fuga

I

Esta era, pues, la terrible fortaleza donde tanta de la verdadera vitalidad de Rusia habla perecido durante los últimos dos siglos y cuyo nombre se pronuncia siempre a media voz en Petersburgo.

Aquí, Pedro I atormentó a su hijo Alexis y lo mató con su propia mano; aquí, la princesa Tarakánova estuvo encerrada en una celda de tal modo invadida por el agua durante una inundación, que las ratas se subían sobre ella para librarse de una muerte segura; aquí también el terrible Minij martirizaba a sus enemigos, y Catalina II enterraba vivos a los que no aprobaban que hubiera asesinado a su marido. Y desde los tiempos de Pedro I, durante ciento setenta años, los anales de esta masa de piedra que, al surgir del Neva, se levanta frente al Palacio de Invierno, lo fueron de asesinato y tortura; de hombres enterrados vivos, condenados a una muerte lenta o arrastrados a la demencia en la soledad de obscuras y húmedas mazmorras.

Aquí, los decabristas, que fueron los primeros en desplegar la bandera de la República y de la abolición de la servidumbre, sufrieron sus primeros martirios, pudiendo aún encontrarse sus huellas en la Bastilla rusa. Aquí, igualmente, estuvieron presos los poetas Rylévev, Shevchenko, Dostoievski, Bakunin, Chernishevski, Pisarev y tantos otros de nuestros mejores escritores contemporáneos. Aquí, Karakózov fue atormentado y murió en la horca.

Aquí, en cierta parte del revellín de Alexis, aun se halla aprisionado Niechaiev, entregado por Suiza a Rusia como un criminal cualquiera, siendo después tratado como preso político peligroso, y no volverá más a ver la luz. En el mismo revellin hay dos o tres hombres a quienes, según rumores, por saber más de lo conveniente respecto a cierto misterio palatino, Alejandro II condenó a prisión perpetua. Uno de ellos, adornado con larga barba gris, fue visto últimamente por un conocido mio en la misteriosa fortaleza.

Todas estas sombras se levantaban ante mi imaginación; pero mi pensamiento se fijó especialmente en Bakunin, quien, a pesar de haber estado después del 48 sujeto con cadena al muro de un castillo austriaco durante dos años, y entregado después a Nicolás I, que lo tuvo encerrado en la fortaleza seis años más, salió, sin embargo, cuando la muerte del zar de hierro le devolvió la libertad, más fresco y más lleno de vigor que sus compañeros que habían permanecido libres. Él ha podido soportar la prisión —me dije de un modo resuelto—, y yo también lo haré; ¡no sucumbiré aquí! Mi primer movimiento fue aproximarme a la ventana, colocada tan alta, que apenas podía alcanzarla con el brazo levantado. Era una abertura larga y estrecha, tallada en un muro de metro y medio de espesor, protegida por fuertes rejas y enrejado metálico. A la distancia de doce metros de esta ventana pude ver la muralla exterior de la fortaleza, de una anchura enorme, sobre la cual vi una garita de color gris; sólo mirando hacia arriba se lograba divisar un pedacito de cielo.

Hice un minucioso reconocimiento de la habitación, en la que ahora tendría que pasar quién sabe cuántos años. Por la posición de la alta chimenea de la Casa de la Moneda deduje que me encontraba en la parte sureste del castillo, en un bastión que domina el Neva. El edificio, sin embargo, en que yo estaba encarcelado no era el bastión propiamente dicho, sino lo que se llama en fortificación un reducto; esto es, una construcción interna de dos pisos y forma pentagonal, que se eleva un poco sobre los muros del bastión, y está destinada en sus dos terceras partes a contener cañones. El local donde me hallaba era una casamata y la ventana una tronera. Los rayos del sol no podían penetrar a través de esta última; aun en verano se perdían en el espesor del muro. Había allí una cama de hierro, una pequeña mesa de roble y un banco de la misma madera. El suelo estaba cubierto de fieltro estampado y las paredes de papel amarillo. Sin embargo, a fin de amortiguar el sonido, el papel no estaba fijado directamente sobre aquéllas, sino en lienzo, tras el cual descubrí una alambrera y más allá una capa de fieltro; sólo después de ésta fue cuando pude llegar a la piedra del muro. En el fondo de la habitación había un lavabo y una gruesa puerta de roble, en la que noté un postigo cerrado por fuera, destinado al paso de los alimentos, y un agujero pequeño, con un cristal y una tapa que podía levantarse desde el exterior; éste era el judas, a través del cual el preso podía ser espiado a cada momento. El centinela que estaba en el pasadizo levantaba con frecuencia la corredera y miraba al interior, oyéndose el crujir de sus botas cuando se acercaba a la puerta. Traté de hablarle; pero entonces el ojo que se veía al otro lado del cristal tomó una expresión de terror y aquélla se cerró al momento, abriéndose furtivamente un par de minutos después; pero no fue posible obtener de él ni una palabra.

El silencio más absoluto reinaba a mi alrededor. Arrimé el banco a la ventana y miré a la pequeña parte de cielo que era posible ver; procuré recoger algún sonido del Neva o de la parte de la ciudad que está al otro lado del río; pero no pude conseguirlo. Este silencio sepulcral empezó a entristecerme y traté de cantar, primero en voz baja y más alto después.

¿He de despedirme entonces del amor para siempre? —me encontré que cantaba, de mi ópera favorita Ruslan y Ludmila, de Glinka ...

— Señor, haga el favor de no cantar —dijo una voz algo apagada que se oía a través de la ventanilla.

— Quiero cantar.

— Está prohibido.

— Pues sin embargo, cantaré.

Entonces vino el gobernador, quien intentó persuadirme de que no debía hacerlo, porque tendría que dar parte al jefe de la fortaleza, haciendo además observaciones encaminadas al mismo fin.

— Pero se me cerrará la garganta y perderán su fuerza los pulmones si no puedo hablar ni cantar —traté de contestar.

— Lo mejor será que procuréis cantar en un tono más bajo, que se sienta lo menos posible —dijo el viejo gobernador de un modo suplicante.

Pero todo esto resultó estéril, porque algunos días después se me quitó por completo el deseo del canto. Intenté hacerlo como esfuerzo por mantener lo afirmado, pero no me fue posible.

Lo principal —dije para mi— es conservar mi vigor físico; no quiero caer enfermo. Me imaginaré obligado a pasar un par de años en una cabaña en el extremo norte, durante una expedición ártica. Haré bastante ejercicio, me dedicaré a la gimnasia y no me dejaré dominar por lo que me rodea. Diez pasos desde un ángulo a otro de la habitación es ya algo; si los repito ciento cincuenta veces habré recorrido un verst (unos mil metros). Determiné andar todos los días siete verst (sobre ocho kilómetros): dos por la mañana, dos antes de comer, dos después y uno antes de acostarme. Si pongo sobre la mesa diez cigarrillos y muevo uno cada vez que pase ante ella, contaré fácilmente las trescientas veces que tengo que caminar arriba y abajo. Debo marchar con rapidez, pero moderarme en las vueltas para evitar el mareo y girar cada vez en sentido contrario. Además, haré gimnasia dos veces al día, sirviéndome del banco, que es pesado. Y en efecto, lo levanté por un pie, sosteniéndolo con el brazo extendido; hice con él un molinete y pronto aprendí a tirarlo de una mano a otra, por encima de la cabeza, por la espalda y bajo la pierna.

Algunas horas después de mi ingreso en la prisión, vino el gobernador a ofrecerme algunos libros, entre los cuales estaba un antiguo conocido y amigo mío, el primer tomo de la Fisiología de George Lewis, traducida al ruso; pero faltaba el segundo, que era precisamente el que yo deseaba volver a leer. Pedí, como es natural, que me permitieran tener pluma, papel y tinta, pero me lo negaron. Para poderlo obtener se necesita un permiso especial del propio emperador. Esta inacción forzosa me hizo sufrir extraordinariamente, y empecé a componer en mi imaginación una serie de novelas de carácter popular, inspiradas en la historia de Rusia, algo así como Mistéres du Peuple, de Eugenio Sué. Hice el argumento, las descripciones, los diálogos, y procuré retenerlo todo en la memoria, desde el principio al fin. Puede imaginarse fácilmente lo exhausto que me hubiera dejado este trabajo si hubiese tenido que continuarlo más allá de dos o tres meses.

Pero mi hermano Alejandro obtuvo pluma y tinta para mí. Un día me dijeron que subiera a un coche de cuatro ruedas, en compañía del mismo oficial de gendarmes circasiano de quien he hablado anteriormente. Me llevaron a la Sección Tercera, donde se me permitió comunicar con mi hermano en presencia de dos oficiales de gendarmes.

Alejandro estaba en Zurich cuando me arrestaron. Desde su primera juventud había anhelado ir a otros países donde los hombres piensan como quieren, leen lo que les gusta y expresan francamente sus ideas. La vida rusa le era repulsiva. La verdad —la verdad absoluta— y una franqueza ilimitada eran los rasgos más salientes de su carácter. No podía tolerar el engaño ni la doblez, bajo ninguna forma. La falta de libertad de palabra en Rusia, la predisposición de sus habitantes a someterse a la opresión y las formas veladas a que tenían que recurrir nuestros escritores, repugnaban por completo a su franca y expansiva naturaleza. Poco después de mi regreso de la Europa occidental, se trasladó a Suiza, decidiendo establecerse allí. Desde que perdió sus dos hijos —uno atacado por el cólera, en pocas horas, y otro de consunción—, San Petersburgo se le hizo doblemente insoportable.

Mi hermano no había tomado parte en nuestra propaganda. No creía en la posibilidad de un alzamiento popular, y no concebía la revolución sino como obra de un cuerpo representativo, semejante a la Asamblea nacional francesa de 1789. En cuanto a la agitación socialista, sólo la conocía por los discursos que se pronunciaban en las reuniones públicas, no teniendo idea de la propaganda secreta que estábamos a punto de realizar. En Inglaterra habría sido partidario de John Bright o de los chartistas. Si se hubiese encontrado en París cuando la revolución de junio del 48, seguramente se habría batido en las barricadas al lado del último puñado de trabajadores; pero en el periodo preparatorio hubiera seguido a Ledru-Rollin o a Luis Blanc.

Cuando fue a Suiza, fijó su residencia en Zurich, simpatizando allí con un grupo moderado de la Internacional. Socialista en principio, sus ideas influían naturalmente en su género de vida, por demás frugal y laboriosa; trabajó con pasión en su gran obra científica —el objetivo principal de su existencia—, obra que había de hacer digno pendant en el presente siglo, con los famosos Cuadros de la Naturaleza de los enciclopedistas. Llegó a ser gran amigo personal del antiguo emigrado coronel Pedro Lavrov, siendo ambos partidarios de las ideas filosóficas de Kant.

En cuanto Alejandro se enteró de mi detención, lo abandonó todo —la obra de su vida, su vida misma de libertad, que le era tan necesaria como el aire a la existencia del ave—, y volvió a Petersburgo, que detestaba, con el solo propósito de tratar de endulzar mi cautiverio.

Nuestra entrevista fue conmovedora. Mi hermano estaba muy excitado. La vista sólo del uniforme azul de los gendarmes —los verdugos de todo pensamiento libre en Rusia— le era odiosa, y francamente manifestó ese sentimiento delante de ellos. En cuanto a mí, su presencia en la capital me inspiraba la más viva inquietud. Me sentía feliz al ver su rostro querido, sus ojos llenos de ternura, y saber que me permitirían comunicar con él una vez al mes; no obstante, hubiera preferido verlo a centenares de leguas de aquel lugar, al que había llegado en plena libertad, pero a donde podía volver en cualquier momento escoltado por los gendarmes. ¿Por qué has venido a meterte en la boca del lobo? Parte en seguida — pensaba yo entre mí; pero también comprendía que mientras durara mi cautiverio estaría él en San Petersburgo.

Como sabia mejor que nadie que el ocio sería capaz de matarme, hizo en el acto gestiones para que me permitieran trabajar. La Sociedad Geográfica deseaba que finalizara mi Memoria sobre el periodo glacial, y mi hermano había interesado al mundo científico de San Petersburgo, comprometiendo a todos sus miembros para que apoyaran la petición. La Academia de Ciencias se interesó también en el asunto; y finalmente, a los dos o tres meses de estar preso, el gobernador entró en mi celda y me anunció que el emperador me permitía completar mi informe para la Sociedad Geográfica, pudiendo disponer con tal motivo de pluma y tinta, pero sólo hasta la puesta del sol, añadió. Durante el invierno el sol se pone a las tres de la tarde en San Petersburgo; pero no había más remedio que conformarse. Hasta la puesta del sol — fueron las palabras que pronunció Alejandro II al conceder el permiso.

II

¡Ya podía trabajar!

Me sería imposible expresar ahora el inmenso consuelo que entonces sentí al saber que podía volver a escribir. Hubiera preferido vivir sólo de pan y agua en el más infecto de los calabozos, con tal de poder ocuparme de algo.

Yo era, sin embargo, el único preso que gozaba de ese permiso. Varios de mis compañeros que estuvieron encarcelados tres o más años, antes de la vista del famoso proceso de los cuatrocientos noventa y tres, sólo pudieron obtener una simple pizarra. Naturalmente, a falta de cosa mejor, en medio de su lúgubre soledad, aquélla era bien recibida. Empleábanla para escribir los temas de los idiomas que estudiaban, o para resolver problemas de matemáticas; pero todo lo que en ella fijaban desaparecía al cabo de algunas horas.

Desde aquel instante, mi vida de cautivo se adaptó a una forma más regular, teniendo ya un objetivo inmediato. A las nueve de la mañana tenía ya casi completados los trescientos pasos a través de mi celda, y esperaba los lapiceros y plumas que debían traerme. El trabajo que preparaba para la Sociedad Geográfica contenía, además del informe sobre las exploraciones en Finlandia, una exposición de principios sobre los cuales debe reposar la hipótesis glacial.

Sabiendo que podía disponer de tiempo ilimitado, me decidí a escribir de nuevo y ampliar esta parte de mi trabajo. La Academia de Ciencias puso su admirable biblioteca a mi disposición, y pronto se llenó un rincón de mi celda de libros y mapas, incluyendo el total de las Investigaciones Geológicas Suecas, una colección casi completa de Memorias de todas las expediciones árticas, y toda la colección del Quarterly Journal de la Sociedad Geológica Londinense. Mi obra llegó a formar dos gruesos volúmenes. El primero se imprimió, debido a los cuidados de mi hermano y de Polakov (en las Memorias de la Sociedad Geográfica), en tanto que el segundo, que no había terminado por completo cuando mi evasión, quedó en poder de la Sección Tercera. El manuscrito no pudo hallarse hasta 1895, en que fue entregado a la Sociedad Geográfica, la cual, a su vez, me lo remitió a Londres.

A las cinco de la tarde —a las tres en invierno—, al mismo tiempo que me traían una pequeña lámpara, se incautaban de los lapiceros y plumas, viéndome obligado a suspender el trabajo.

Entonces leía generalmente libros de Historia. En la fortaleza se había llegado a formar una biblioteca completa durante la sucesión de presos políticos que en ella fueron confinados. Me permitieron agregar a aquélla algunos libros de texto sobre la historia de mi país, y junto con los que me llevaban mis parientes, pude leer la mayor parte de las obras y de las colecciones de actas y documentos que se refieren al periodo moscovita de la historia de Rusia.

Dedicábame con gusto, no sólo a la lectura de los anales rusos, particularmente los verdaderamente admirables de la democrática república medioeval de Pskov —la mejor quizás de Europa en la historia de las ciudades de esa época—, sino también a la de toda clase de documentos antiguos, y a la de las Vidas de los Santos, que a veces contienen hechos de la vida real de las masas que no se pueden encontrar en otra parte. Leí también durante dicho periodo de tiempo gran número de novelas, como igualmente los Cuentos de Navidad, de Dickens, que me mandó mi familia, precisamente en esos días del año, y que me hizo pasar dicha fiesta riendo y llorando con las soberbias creaciones del gran novelista.

III

Lo que más me entristecía era el silencio sepulcral que reinaba en torno mio. En vano golpeaba en el muro y en el suelo con la esperanza de obtener alguna ligera respuesta. El silencio era completo. Un mes, dos meses, quince meses pasaron sin que nadie contestara a mi llamamiento. Entonces no éramos más que seis, repartidos entre las treinta y seis casamatas, hallándose los demás compañeros detenidos en la prisión de la Litovsky Zámok.

Cuando el oficial de guardia entraba en mi celda para acompañarme al paseo, y yo le preguntaba: ¿Qué tiempo hace? ¿Está lloviendo? — mirábame él con desconfianza, y sin pronunciar palabra, retrocedía hacia la puerta donde estaban el centinela y otro oficial que lo vigilaban. El solo ser viviente cuya voz podía oír era el gobernador. Venía todas las mañanas, me daba los buenos días y me preguntaba si tenía necesidad de comprar tabaco o papel. Intentaba conversar con él; pero con una mirada furtiva que lanzaba a los oficiales que se hallaban cerca de la puerta entreabierta, parecía querer decirme: Ya veis que a mí también me espían. Sólo las palomas no temían aproximarse a mí. Todas las mañanas y las tardes venían a mi ventana a recibir su comida a través de la reja. No se percibían otros ruidos que el crujir de las botas del centinela, el casi imperceptible que éste hacía al abrir y cerrar el judas y el tañido de las campanas de la catedral de la fortaleza. Tocaban un ¡Señor, sálvame! (Gospodi pomilui), una, dos, tres y cuatro veces cada cuarto de hora, doblando después la gran campana al terminar aquélla, a la que seguía una especie de canto lúgubre ejecutado por las campanas, que los cambios rápidos de temperatura desentonaban sin cesar, produciendo una horrible cacofonía que recordaba el toque de campanas de los entierros.

A media noche, después del referido cántico, oíanse las notas discordantes de Dios salve al zar. Esto duraba un cuarto de hora, y apenas finalizaba, un nuevo Señor, sálvame, anunciaba al desvelado prisionero que había pasado otro cuarto de hora de su inútil vida, y que otros muchos cuartos, horas, días y meses de su vegetativa existencia se sucederían antes de que lo soltaran sus carceleros o lo rescatara la muerte.

Todas las mañanas me sacaban a pasear durante media hora por el patio de la prisión. Este patio tenía la forma de un reducido pentágono, con una acera estrecha a su alrededor, y en el centro un pequeño edificio destinado a cuarto de baño; pero, así y todo, esos paseos me agradaban.

La necesidad de nuevas impresiones se hace sentir tanto en la prisión, que cuando me paseaba por tan estrecho sitio, fijaba constantemente la vista en la flecha dorada de la catedral de la fortaleza. De entre todos los objetos que me rodeaban era el único que cambiaba de aspecto, y me gustaba verla deslumbrante como el oro cuando el sol brillaba en un cielo claro y despejado, tomando un aspecto fantástico cuando una gasa de azulada neblina envolvía la ciudad, o adquiriendo el color gris del acero si espesas nubes obscurecían el firmamento.

Durante estos paseos solía ver algunas veces a la hija del gobernador, muchacha de diez y ocho a diez y nueve años, cuando salla del pabellón de su padre y tenía que cruzar nuestro patio para dirigirse a la puerta de entrada, única salida del edificio. Siempre lo hacía rápidamente y con los ojos bajos, como si se sintiera avergonzada de ser hija de un carcelero. Su hermano menor, por el contrario, que era un cadete a quien vi una o dos veces en dicho lugar, siempre me miraba tan fijamente a la cara con tan franca expresión de simpatía, que no pudo menos de llamar mi atención, y hasta llegar a mencionárselo a alguno después de mi salida. Cuatro o cinco años después, cuando ya era oficial, fue desterrado a Siberia. Había ingresado en el partido Narodnaia Volia y supongo ayudó a que se comunicaran los amigos con los presos de la fortaleza.

El invierno es triste y sombrío en San Petersburgo para los que no pueden pasear por las calles brillantemente iluminadas; pero lo es todavía más para el que está en el fondo de una casamata. La humedad era peor que la obscuridad. Para preservarme de ella, calentaban el local hasta un grado tan alto que llegaba a sentir verdadera sofocación; pero, en cambio, cuando pude conseguir que bajara un poco la temperatura, la humedad traspasó los muros, corriendo el agua a lo largo del papel, y bien pronto fui presa de agudos dolores reumáticos.

A pesar de todo, mi espíritu no decaía, y continuaba escribiendo y trazando cartas geográficas en la obscuridad, afilando los lapiceros con un pedazo de vidrio que había podido recoger en el patio. Caminaba regularmente mis ocho kilómetros al día, y continuaba los ejercicios gimnásticos con el banquillo. El tiempo se pasaba; pero de pronto aconteció una terrible desgracia que estuvo a punto de anonadarme.

Mi hermano Alejandro había sido detenido.

A fines de Noviembre de 1874, me permitieron tener una entrevista con él y con nuestra hermana Elena en la fortaleza, en presencia de un oficial de gendarmes. Esas entrevistas, autorizadas a grandes intervalos, producen siempre cierta excitación en el preso y su familia. Contémplanse rostros queridos, óyense voces amadas, y se sabe que la visión sólo durará breves instantes. Se siente uno alejado de los suyos, a pesar de la momentánea aproximación, con tanto más motivo cuanto que no se puede tener una conversación intima ante un extraño, un enemigo, un espía. Mis hermanos se mostraban preocupados respecto de mi salud, sobre la cual los obscuros y tristes días de invierno y la humedad habían impreso ya sus primeras huellas. Nos separamos con el corazón oprimido.

Una semana después de nuestra entrevista, en vez de la carta que esperaba de mi hermano respecto a la publicación de mi libro, recibí una breve nota de Polakov, informándome que en lo sucesivo leería él las pruebas y que a él me dirigiera para todo lo concerniente a la imprenta. Del tono de la nota deduje que algo desagradable había ocurrido a mi hermano, pues si sólo se hubiese tratado de su salud, dicho amigo me lo hubiera dicho.

Una terrible ansiedad se apoderó de mí. Alejandro —pensé— ha debido ser arrestado, y lo ha sido por causa mía. La vida dejó en el acto de tener el menor atractivo para mí; mis paseos, mi gimnasia y mi trabajo perdieron todo su interés. Pasaba todo el día paseando por la celda, sin pensar en otra cosa que en la detención de mi hermano. Para mí, hombre soltero, la prisión no era más que una molestia personal; pero mi hermano era casado, adoraba a su esposa y ambos habían reconcentrado en su último hijo todo el amor que antes tuvieron a los dos primeros.

Lo peor era la incertidumbre. ¿Qué podía haber hecho? ¿Por qué le habían arrestado? ¿Qué iba a suceder?

Pasaron algunas semanas, siendo cada día mayor y más profunda mi ansiedad, sin que recibiera la menor noticia, hasta que al fin llegué a saber de un modo indirecto que lo habían arrestado por una carta escrita a P. L. Lavrov.

Los detalles no los supe hasta mucho después. Con posterioridad a nuestra última entrevista, había escrito a su antiguo amigo, que en aquella época dirigía en Londres una revista socialista rusa, titulada Vperíód. En dicha carta expresaba sus temores acerca de mi salud; hablaba de los numerosos arrestos que en aquellos días se efectuaban y exponía con franqueza su desprecio por el régimen despótico.

La carta fue interceptada en correos por la Sección Tercera, y en la noche de Navidad fueron a registrar su casa, lo que efectuaron de modo más brutal aún que de ordinario. Después de media noche, varios hombres hicieron una irrupción en su departamento, revolviéndolo todo. Hasta las paredes fueron reconocidas; el niño enfermo fue sacado de la cama, a fin de inspeccionar las ropas y colchones; mas como nada había, nada pudieron encontrar.

Este registro irritó a mi hermano, quien con su acostumbrada franqueza, dijo al oficial de gendarmes que lo dirigía: Contra vos, capitán, no siento rencor. Vuestra educación ha sido limitada y casi no comprendéis lo que estáis haciendo. En cuanto a vos —continuó dirigiéndose al procurador—, debo deciros que no ignoráis el papel que representáis en todo esto; habéis recibido una educación universitaria, conocéis la ley y sabéis que la estáis arrastrando por el suelo, dando con vuestra presencia una apariencia de legalidad al acto arbitrario que cometen esos esbirros; sois, pues, un miserable.

Aquellos hombres le juraron un odio mortal. Lo tuvieron encerrado en la Sección Tercera hasta mayo. El hijo de mi hermano —un niño encantador, a quien la enfermedad había vuelto más afectuoso e inteligente todavía— estaba atacado de una fiebre consultiva, y los médicos habían declarado que no tenía remedio. Alejandro, que jamás había pedido el menor favor a sus enemigos, les suplicó entonces que le permitieran ver a su hijo por última vez. Les rogó que lo dejaran ir, bajo palabra de honor, durante una hora a su casa, o que lo condujeran convenientemente custodiado. Pero le rehusaron este favor; no quisieron privarse del placer de la venganza.

El niño murió, y poco después la desgraciada madre, casi enloquecida de dolor, recibió la noticia de que su esposo había sido desterrado por tiempo indefinido a Minusinsk, pequeño pueblo de la Siberia oriental, a donde tuvo que hacer el viaje en carreta entre dos gendarmes. Ella estaba autorizada para seguirlo, pero sólo después, porque no se les permitía hacer el viaje juntos.

Decidme, al menos, cuál es mi crimen — preguntaba mi hermano. Pero ninguna acusación pesaba sobre él, aparte de la carta mencionada. Su deportación apareció como un acto arbitrario, como una venganza tan evidente de la Sección Tercera, que toda nuestra familia creyó que no se prolongaría más allá de algunos meses. Mi hermano dirigió una carta al ministro del interior, el cual respondió que no podía intervenir en las decisiones del jefe de la gendarmería; otra fue enviada al Senado, con resultado idéntico. Todo resultó inútil.

Dos años más tarde, nuestra hermana Elena, obrando por su propia iniciativa, escribió una petición al zar. Nuestro primo Dimitri, gobernador general de Járkov, aide-de-camp del emperador y gran favorito de la Corte, indignado del proceder de la Sección Tercera, entregó el documento personalmente al zar, apoyándolo con algunas palabras. Pero el rencor de los Romanov es un rasgo característico de la familia, que estaba fuertemente desarrollado en Alejandro II, y como consecuencia de ello, escribió en la petición Pust posidit (que espere todavía).

Mi hermano permaneció en Siberia doce años, y no volvió jamás a Rusia.

IV

Las numerosas prisiones que se verificaron durante el verano de 1874, y las salvajes persecuciones de que fueron objeto nuestros partidarios, produjeron un cambio notable en el espíritu de la juventud moscovita. Hasta entonces se había hecho propaganda en los centros obreros, introduciendo en ellos individuos capaces de ser agitadores socialistas; pero como los talleres se inundaron de espías, se corría el peligro de que fueran enviados a Siberia obreros y propagandistas. Entonces se empezó a producir un movimiento popular de un orden completamente nuevo; centenares de jóvenes de ambos sexos se esparcieron por todas partes, y sin tomar precauciones, predicaron la revolución, repartiendo folletos, canciones y manifiestos. En nuestros círculos este verano recibió el nombre de verano delirante.

La gendarmería estaba desconcertada, porque era tal el número de propagandistas, que no se disponía del tiempo material necesario para detenerlos a todos. Más de mil quinientos fueron los arrestados, muchos de los cuales sufrieron largos años de cautiverio.

Un día de verano de 1875, oí distintamente en la celda inmediata a la mía pasos ligeros y tacones que me parecieron de mujer, y algunos minutos después pude escuchar fragmentos de una conversación. Una voz femenina hablaba desde la celda, y otra recia —indudablemente la del centinela— decía algo en contestación. Después reconocí el sonido de las espuelas del coronel, sus pasos precipitados, sus reprimendas a aquél y el ruido que hacía la llave al girar en la cerradura. Él dijo algo que no pude entender, y una voz de mujer le contestó en tono elevado: No hablábamos; yo no hice más que rogarle que llamara al oficial de guardia, cerrándose la puerta a continuación, y volviendo de nuevo el gobernador a reprender al centinela a media voz.

Yo no estaba, pues, solo; tenía una vecina que, desde el primer momento, había logrado quebrantar la severa disciplina que hasta entonces reinara en la fortaleza.

Desde aquel día las paredes de la prisión, que habían permanecido mudas durante los últimos quince meses, adquirieron animación. De todas partes se oían golpes que daban con el pie en el suelo; uno, dos, tres, cuatro... once, veinticuatro, quince golpes; después una pausa seguida de tres y más y una larga sucesión de treinta y tres. Lo cual se repetía en el mismo orden, hasta que el vecino llegaba a comprender que esto quería decir: ¿Kto vy? (¿Quién sois?) siendo la letra v la tercera de nuestro alfabeto. De este modo se entablaba la conversación, que por lo general se mantenía sirviéndose del alfabeto abreviado, inventado por el decabrista Bestuyev, esto es, se le divide en seis hileras de cinco letras cada una, mareándose cada letra por su hilera y el lugar que ocupa en la misma.

Con gran satisfacción descubrí que tenía a mi izquierda a mi amigo Serdiukov, con quien pronto podría hablar de todo, particularmente usando nuestra clave. Pero esta comunicación con mis semejantes produjo penas lo mismo que alegrías. Mi amigo entablaba casi todos los días conversación, por el procedimiento indicado, con un campesino a quien no conocía, que se encontraba en una celda situada bajo la que yo ocupaba, y muchas veces, aun sin querer, seguía, mientras trabajaba, su diálogo. También yo hablé con él. Si el aislamiento absoluto, sin ninguna clase de trabajo, es duro para hombres que tengan instrucción, lo es infinitamente más para un campesino, acostumbrado a la labor física, que no es posible que pase años enteros dedicados a la lectura. La situación de este pobre amigo era bien lamentable, pues habiendo pasado cerca de dos años en otra prisión antes de traerlo a la fortaleza, su ánimo se hallaba profundamente quebrantado. Su delito consistía en haber oído propagar el socialismo. Pronto empecé a notar con terror que de tiempo en tiempo su razón divagaba; gradualmente sus pensamientos se fueron haciendo cada vez más confusos, y los dos percibimos, paso a paso, día por día, señales evidentes de que su razón se obscurecía, hasta que al fin en su conversación se reveló su estado. Ruidos espantosos y gritos terribles nos llegaban desde su celda; el infeliz estaba loco, y sin embargo, tuvo que pasar varios meses en tal estado en la casamata, antes de que lo trasladaran a un manicomio, del que ya no salió más. Es terrible tener que ser testigo de tan dramáticos sucesos, que yo creo influyeron de tal manera en el ánimo de mi verdadero y buen amigo Serdiukov que, cuando después de cuatro años de prisión preventiva fue absuelto por el tribunal y recobró la libertad, se pegó un tiro.

Un día recibí una visita inesperada. El gran duque Nicolás, hermano de Alejandro II, que pasaba una visita de inspección a la fortaleza, entró en mi celda, seguido sólo de su ayudante, cerrándose la puerta tras él. Inmediatamente se acercó a mí, dándome los buenos días, pues me conocía personalmente, y me hablaba en tono amable y familiar, como se hace a un antiguo amigo:

— ¿Es posible que vos, un antiguo paje de cámara, un sargento del Cuerpo de pajes, os halléis envuelto en semejantes asuntos y encerrado actualmente en esta horrible casamata?

— Cada uno tiene su manera de pensar —repliqué.

— En este caso, ¿creéis que era necesario provocar una revolución?

¿Qué debía yo contestar? Si respondía que sí, daría lugar a que dijeran que yo, que me había negado a manifestar nada a los gendarmes, lo declaraba. todo al hermano del zar. Me parecía el jefe de una escuela militar cuando trata de hacer cantar a un cadete. Y sin embargo, tampoco podía decir no, porque hubiera sido una mentira. No sabiendo, pues, qué contestar, opté por no decir nada.

— Lo veis; os avergonzáis ahora de vuestro proceder.

Esta frase me irritó y en el acto le repliqué con viveza:

— Ya he contestado al juez instructor y no tengo que añadir nada nuevo.

— Me extraña que no comprendáis —me dijo en un tono familiar— que no os hablo como un juez, sino como simple particular, completamente como tal —agregó bajando la voz.

En aquel momento invadió mi mente una multitud de pensamientos. ¿Tenia que proceder como el marqués de Posa? ¿Debí decir al emperador, por conducto de su hermano, que Rusia estaba desolada, que los campesinos se hallaban arruinados, que los funcionarios públicos cometían toda clase de crímenes, que en perspectiva se presentaba terrible y amenazador el espectro del hambre? ¿Habría de manifestar que lo que nos proponíamos era ayudar a los campesinos a salir de su desesperada situación, hacer que levantaran la cabeza, y procurar así, por todos los medios posibles, influir en el ánimo de Alejandro II?

Estos pensamientos pasaron rápida y sucesivamente por mi imaginación, hasta que al fin dije para mi:

¡Jamás! ¡Qué tontería! Todo eso lo saben ellos demasiado; pero son enemigos del pueblo, y semejantes palabras no les harían cambiar.

Le contesté, pues, que para mí siempre sería una persona oficial, y que no podía considerarlo en otro concepto.

Entonces empezó a hacerme preguntas, al parecer indiferentes.

— ¿No fue en Siberia, con los decabristas, donde comenzasteis a sustentar tales ideas?

— No; sólo conocí a uno de ellos, y no hablé con él nada de particular.

— ¿Fue acaso en San Petersburgo donde las adquiristeis?

— Siempre he pensado de igual modo.

— ¡Cómo! ¿Teníais semejantes ideas cuando estabais en el Cuerpo de pajes? —me preguntó con asombro.

— Allí era un niño, y lo que se encuentra indefinido en la juventud toma forma y carácter en la edad adulta.

Después me hizo otras preguntas de la misma índole, y a medida que hablaba me parecía leer en su pensamiento su intención. Era indudable que se proponía sacar de mí algo concreto, para poder decir a su hermano: Los jueces son unos imbéciles; a ellos nada ha contestado, y yo, en menos de diez minutos, he logrado hacerle confesar. Esto empezaba ya a molestarme, lo cual hizo que, al preguntarme:

— ¿Qué queríais hacer con esos campesinos y gente desconocida? —le respondiera secamente:

— Ya os he dicho que he contestado al juez de instrucción.

Entonces el gran duque salió bruscamente de mi celda.

Los soldados de la guardia forjaron una leyenda sobre la citada visita. Por parecerse ligeramente al gran duque Nicolás la persona que vino en carruaje a recogerme en el momento de mi fuga, llevar como aquél gorra militar y tener también barba rubia, supusieron que había sido el gran duque en persona quien me había prestado tal servicio. Así se crean las leyendas, hasta en esta época de periódicos y diccionarios biográficos.

V

Habían transcurrido dos años; varios de mis compañeros perdieron durante ese tiempo la vida, otros la razón, y, sin embargo, aun no sabíamos cuándo se vería nuestra causa en la Audiencia.

Mi salud empezó a quebrantarse hacia el fin del segundo año. El banco de roble se me hizo más pesado, y los ocho kilómetros me parecieron interminables. Como éramos unos sesenta los que estábamos en la fortaleza, y los días de invierno son cortos, sólo nos sacaban a pasear veinte minutos por el patio, una vez cada tres días. Hice todo lo posible por mantener mis energías; pero tan prolongado invierno ártico, sin tener descanso alguno en el verano, me causó un daño atroz. De mis excursiones siberianas había traído como recuerdo ligeros síntomas de escorbuto, que ahora, en la obscura y húmeda casamata, tomaba caracteres más distintos. Esta calamidad que tanto abunda en las prisiones, se había apoderado de mí.

Al fin, en marzo o abril de 1876 nos manifestaron que la Sección Tercera había terminado el sumario preliminar y que pasaba la causa a la autoridad judicial, por cuyo motivo nos trasladaron a la cárcel inmediata a la Audiencia, la cual está construida según el modelo de las prisiones celulares belgas y francesas. En ella estaban los detenidos mejor que en la fortaleza, porque tenían más medios para comunicarse con sus familias y amigos, y al mismo tiempo con los vecinos de celda, usando el procedimiento de los golpes. Yo llegué por el citado medio a contar a un joven que estaba en la celda inmediata toda la historia de la Comuna de París, invirtiendo en ello una semana.

En cuanto al estado de mi salud, se empeoró más aún debido a la pesada atmósfera de la pequeña celda, que sólo media cuatro pasos de un ángulo a otro, y en la cual, desde que empezaban a funcionar los tubos de calefacción, cambiaba la temperatura desde un frío glacial a un calor insoportable.

Como había que girar con tanta frecuencia, a los pocos momentos de pasear me mareaba, y los diez minutos de ejercicio al aire libre, en el rincón de un patio cerrado entre altos muros de ladrillo, no me servían de mucho. Respecto al médico de la cárcel, que no quería oír la palabra escorbuto pronunciada en su prisión, mientras menos se hable de él, tanto mejor.

Se me permitió recibir la comida de casa, lo que se podía hacer con tanta más facilidad cuanto que una parienta mía, casada con un abogado, vivía muy cerca de la Audiencia. Pero de tal modo se debilitaron mis fuerzas digestivas, que pronto no pude comer más que un poco de pan y uno o dos huevos al día; mi decaimiento avanzaba aceleradamente, y la opinión general era que sólo me quedaban unos meses de vida. Al subir la escalera que conducía a mi celda, que se hallaba en el segundo piso, tenía que detenerme a descansar dos o tres veces, y recuerdo que en una ocasión un viejo soldado de la escolta me dijo, compadecido al verme: ¡Pobre hombre! No llegaréis al fin del verano.

Tal estado alarmó extraordinariamente a mi familia; tanto que mi hermana Elena hizo todo lo posible porque me concedieran libertad bajo fianza; pero el procurador Shubin le contestó sonriendo sardónicamente: Si me traéis un certificado facultativo afirmando que morirá dentro de diez días, lo soltaré, teniendo la satisfacción de ver caer a mi hermana en una silla y llorar amargamente en su presencia. Ella, sin embargo, logró que me reconociera un buen médico: el director del hospital militar de San Petersburgo. Era un general ya de edad, pequeño, vivo e inteligente, quien, después de examinarme escrupulosamente, vino a concluir que no tenía ninguna enfermedad orgánica, padeciendo únicamente de falta de oxidación de la sangre. Todo lo que necesitáis es aire, me dijo, y después de un breve momento de duda, agregó de un modo resuelto: De nada sirve hablar; no podéis permanecer aquí; tenéis que pasar a otra parte.

Unos diez días después fui transferido al hospital militar, que está situado en un extremo de la capital, y tiene una pequeña prisión para los oficiales y soldados que caen enfermos estando sumariados; dos de mis compañeros habían pasado a ella cuando era seguro que morirían pronto de consunción.

En el hospital empecé a reponerme con rapidez. Me dieron una habitación espaciosa en el piso bajo, junto al cuerpo de guardia, la cual tenía una gran ventana que daba al sur, desde la que se veía un pequeño boulevard con dos hileras de árboles, y más allá un ancho espacio donde doscientos carpinteros se hallaban ocupados en la construcción de unas barracas de madera para enfermos de tifoidea. Todas las tardes dedicaban una hora o cosa así a cantar en coro, como acostumbraban a hacerlo las agrupaciones de ese oficio. Y un centinela cuya garita estaba frente a mi habitación, se paseaba arriba y abajo por el boulevard.

Mi ventana estaba abierta todo el día, y yo me bañaba en los rayos del sol, de los que me había visto privado por tanto tiempo. Aspiraba el aire embalsamado de mayo con toda la fuerza de mis pulmones, y mi salud mejoró con rapidez, quizá con demasiada rapidez, llegué a pensar. Pronto estuve en disposición de digerir alimentos ligeros; gané fuerza y reanudé mi trabajo con nuevas energías. No viendo manera de poder terminar el segundo tomo de mi obra, escribí un resumen de él, que se agregó al primero.

En la fortaleza oí decir a un compañero que había estado en la prisión del hospital, que no me sería muy difícil fugarme, por cuya razón di cuenta de que me hallaba allí a los compañeros. Sin embargo, la cosa no resultaba tan fácil como se me había hecho creer. La vigilancia a que estaba sometido era verdaderamente extraordinaria. El centinela del corredor tenía su punto de parada en mi puerta, y nunca me dejaban salir al exterior. Los soldados del hospital y los oficiales de guardia, al entrar donde yo me encontraba, parecían temer estar en mi compañía más de un minuto o dos.

Mis amigos imaginaron varios proyectos de evasión, algunos muy originales y divertidos. Yo debía, por ejemplo, deslizarme a través de la reja de mi ventana, eligiendo para esto una noche de lluvia. En el momento que el centinela del boulevard estuviera medio dormido, dos compañeros que se hubiesen acercado cautelosamente empujarían por detrás la garita, haciéndola caer sobre aquél, que se encontraría cogido como el ratón en la ratonera, debiendo yo entretanto saltar por la ventana. Pero la mejor solución se presentó de un modo inesperado.

Un día me dijo un soldado al pasar junto a mi: Pedid permiso para salir un rato a pasear. Aproveché la idea, y con el apoyo del médico conseguí que me permitieran pasear por la tarde, de cuatro a cinco, por el patio de la prisión. Debía hacerlo vestido con la bata de franela verde que usan los enfermos del hospital; pero todos los días me daban mis botas, mi chaleco y mis pantalones.

Jamás olvidaré mi primer paseo. Cuando me sacaron se presentó ante mi vista un patio de unos trescientos pasos de largo por más de doscientos de ancho, todo cubierto de hierba. Su puerta de entrada estaba abierta, y a través de ella podía ver la calle, el inmenso hospital de enfrente y la gente que transitaba por allí. Me detuve en el umbral de la prisión, sin poder de momento continuar avanzando, cuando vi aquel patio y aquella puerta. En uno de los lados del primero se levantaba la mansión referida —edificio estrecho, de unos ciento cincuenta pasos de largo—, en cada uno de cuyos extremos había una garita. Los dos centinelas, al pasearse arriba y abajo ante dicho local, habían marcado una vereda en el césped; por ella me dijeron que paseara, y como aquéllos también lo hacían, nunca estaba a más de diez o quince pasos de uno o de otro. Tres soldados del hospital estaban sentados junto a la misma puerta.

En la parte opuesta de este espacioso patio, una docena de trabajadores descargaban unas carretas que habían traído leña, y apilaban ésta contra el muro. Una alta cerca, formada de tablones gruesos, rodeaba el lugar mencionado, cuya puerta siempre estaba abierta para facilitar la entrada y salida de los carros. Esta puerta me fascinaba; comprendía que no debía mirarla fijamente, pero los ojos, maquinalmente, se dirigían a ella.

En cuanto entré en mi celda escribí a mis amigos para comunicarles tan buena nueva. Me siento casi imposibilitado de usar la clave —escribí con mano trémula, trazando signos poco menos que ininteligibles en vez de cifras—. El ver tan cerca la libertad me hace temblar, cual si fuera presa de fiebre. Hoy me han sacado al patio, cuya puerta estaba abierta y los centinelas a cierta distancia de la misma. Por ella pienso salir, y creo que no me han de coger aquéllos. Dando yo mismo el siguiente plan de fuga: una señora ha de venir en un carruaje descubierto al hospital; deberá bajarse y aquél esperaría en la calle a unos cincuenta pasos de la puerta. Cuando me saquen a las cuatro, me pasearé con el sombrero en la mano, y alguien que pase ante la puerta verá en ello una señal de que no hay novedad en la prisión. Entonces debéis contestar con otra que signifique calle libre, sin la cual no me moveré; y una vez fuera, confío que no han de capturarme. Para vuestra señal sólo deben usarse la luz y el sonido. El cochero puede enviar un rayo de luz sobre el edificio, sirviéndose como reflector de su sombrero charolado, o mejor aún, se puede utilizar una canción que no deje de entonarse, mientras no haya novedad en la calle, a menos que no se pueda ocupar la casita gris que se ve desde el patio y hacer la señal desde su ventana.

El centinela correrá tras de mí como el perro tras la liebre; pero tendrá que describir una curva, mientras que yo correré en línea recta, siempre le llevaré algunos pasos de delantera. Ya en la calle, saltaré al carruaje y partiremos al galope; si el soldado hace fuego, sufriremos las consecuencias, puesto que el evitarlo no se halla a nuestro alcance; de todos modos, entre una muerte segura en la prisión y otra problemática en la calle, la elección no es dudosa.

Se hicieron otras proposiciones; pero en definitiva se adoptó dicho plan. Nuestro circulo tomó el asunto a su cargo, y personas que nunca me habían conocido aportaron su concurso, como si se tratara de libertar al más querido de sus hermanos. Sin embargo, la cosa estaba erizada de dificultades, y el tiempo transcurría con terrible velocidad. Trabajaba bastante, escribiendo hasta bien entrada la noche; pero, a pesar de todo, mi salud mejoraba con una rapidez que me parecía alarmante. La primera vez que me dejaron salir al patio, iba arrastrándome como una tortuga a lo largo de la vereda; ahora me sentía con fuerzas suficientes para correr; pero siempre seguía aparentando lo primero, por temor de que me suspendieran el paseo; mas lo impetuoso de mi carácter podía hacerme traición a cada momento.

Mis compañeros, entretanto, tuvieron que dar participación en el asunto a multitud de personas, buscar un caballo de confianza y un cochero experimentado y arreglar infinidad de contrariedades que siempre surgen en torno de tales empresas. En los preparativos se invirtió como un mes, y el día menos pensado estaba expuesto a ser llevado nuevamente a la cárcel.

Al fin se fijó el día de la fuga. El 29 de junio, según el antiguo cómputo, es el día de San Pedro y San Pablo, y mis amigos, dando un toque de sentimentalismo al asunto, querían libertarme en ese día. Me comunicaron que, en cuanto señalase yo que dentro no había novedad, ellos contestarían elevando un globo rojo, de los que sirven de juguete a los niños, lo cual significaría que tampoco la había fuera. Después se acercaría un coche e inmediatamente una canción sería la señal de que la calle estaba libre.

Salí el día convenido; me quité el sombrero y esperé el globo. Se pasó media hora; oí el paso de un carruaje y la voz de un hombre que cantaba una canción desconocida; pero el globo no aparecía por ninguna parte.

Pasó la hora en que me conducían al paseo y, profundamente afectado, regresé a mi habitación, figurándome que algún contratiempo debía haber ocurrido.

Y en efecto, lo que menos se podía esperar fue lo que aconteció. Centenares de globos como el que se necesitaba se hallan siempre en venta cerca del Gostinoi Devor; pero aquella mañana no los había; no pudo encontrarse ni uno solo. Al fin se halló uno en poder de un niño, pero estaba viejo y no se elevaba. Mis amigos corrieron a la tienda de un óptico, compraron un aparato para hacer hidrógeno, y aunque lo llenaron de éste, no consiguieron su objeto, porque se les olvidó secar el referido gas.

Entonces una señora, viendo que el tiempo pasaba, ató el globo a su sombrilla, y manteniéndola en alto, se paseó arriba y abajo por la calle; pero yo nada vi, porque o el muro era demasiado alto, o ella tenía poca estatura.

Después de todo, aquel incidente, en apariencia desgraciado, fue una verdadera suerte para mí. Si llego a fugarme, mis perseguidores me hubieran dado alcance, porque el carruaje que debía conducirme, y que al terminar la hora se fue, siguiendo el itinerario aceptado, se encontró detenido en una calle estrecha por una docena de carretas que conducían leña al hospital. Los caballos de algunas se habían espantado, y en ciertos sitios obstruían el paso por completo; así que, de ir en él, nos alcanzarían sin remedio.

Para evitar que pudiera repetirse semejante contrariedad, se estableció un servicio de señales a lo largo de las calles que nuestro coche había de recorrer, a fin de que avisaran si ocurría novedad. Hasta la distancia de tres kilómetros, a partir del hospital, mis compañeros se colocaron de trecho en trecho de centinela; uno debía pasearse con un pañuelo en la mano, que se guardaría en el bolsillo si se aproximaban los carros; otro tenía que estar sentado en una piedra, levantándose si aquéllos se acercaban, y así sucesivamente. Todas estas señales, transmitidas de una calle a otra, debían por último, llegar al carruaje. Mis amigos habían alquilado también la casita gris que yo veía desde el patio, y en una de sus ventanas, que estada abierta, un violinista empezaría a tocar desde que recibiera la noticia de que la calle estaba libre.

La evasión se aplazó para el día inmediato; posponerla por más tiempo hubiera sido peligroso. La presencia del carruaje no había pasado inadvertida para la gente del hospital, y algo sospechoso debió haber llegado a oídos de las autoridades, puesto que en la noche que precedió a mi fuga oí al oficial de guardia decir al centinela que estaba colocado frente a mi ventana:

— ¿Dónde tenéis las municiones? Y como el soldado las sacara torpemente de la cartuchera, empleando dos minutos en la operación, aquél le increpó con dureza, agregando: ¿No se os ha dicho que tengáis esta noche cuatro balas siempre a mano? —no marchándose de allí hasta no ver que el centinela daba cumplimiento a lo ordenado, añadiendo al partir: ¡Mucho ojo!

Era necesario que, sin pérdida de tiempo, me comunicasen las nuevas señas que habían adoptado. De ello se encargó una querida parienta mía,[11] que al día siguiente, a las dos de la tarde, pidiendo que me entregaran un reloj, el cual, como todos los objetos destinados a los presos, debía pasar por las manos del procurador; pero como sólo se trataba de un simple reloj sin estuche, llegó a mi poder sin dificultad. Dentro de él venía una pequeña nota en cifras que me ponía al corriente de todo. Al ver el papel quedé sorprendido de la audacia de la citada señora, que era además sospechosa a la policía por hallarse mezclada en asuntos políticos, y a quien hubieran detenido en el acto si a alguno se le antojaba abrir la tapa. Y sin embargo, la vi salir tranquilamente de la prisión y alejarse con reposado paso a lo largo del boulevard.

A las cuatro, según costumbre, salí e hice mi seña, y al momento llegó a mi oído el ruido de un coche, y pocos minutos después, las notas de un violín que partiendo de la casa de enfrente se oían distintamente en el patio. Pero entonces me encontraba en el otro extremo del edificio, y cuando volví a la parte más próxima a la puerta, esto es, a unos cien pasos de la misma, el centinela estaba tan cerca de mí, que tuve que resignarme a dar una vuelta más; pero antes de llegar al fin del lado opuesto, el violín dejó de pronto de tocar.

Se pasó más de un cuarto de hora, que para mí fue un siglo, hasta que vi entrar una docena de carros cargados de leña que se dirigían al otro extremo del patio.

Inmediatamente el violinista —que, dicho sea de paso, era un buen artista— empezó a ejecutar una excitante mazurca de Kontski, que parecía decirme claramente: ¡Audacia; ha llegado el momento! Entonces me dirigí lentamente a la parte de la vereda más próxima a la puerta, temblando ante la idea de que la música se interrumpiera nuevamente antes de llegar a ella.

Una vez allí, volví la cabeza: el centinela se había parado a cinco o seis pasos de distancia y miraba a otro lado. Ahora o nunca, recuerdo que pensé con la velocidad del relámpago, y arrojando mi bata de franela verde, emprendí la carrera.

Durante muchos días me había estado adiestrando en el modo de desprenderme lo más brevemente posible de prenda tan larga como embarazosa. Tal era su extensión, que yo llevaba en el brazo izquierdo su extremo, como hacen las señoras con las colas de sus vestidos de montar. No había manera de quitársela en un solo movimiento; corté las costuras bajos los sobacos, pero ni aun así logré mi deseo. Entonces me dediqué a aprender a hacerlo en dos tiempos: uno soltando la parte que iba sobre el brazo, y otro dejando caer la bata al suelo. Ensayé con paciencia en mi habitación hasta poder hacerlo con la misma precisión con que los soldados manejan sus fusiles. Uno, dos, y la bata estaba en tierra.

No confiaba mucho en mis fuerzas, y empecé a correr con poca rapidez, a fin de economizar éstas todo lo más posible. Pero no bien había avanzado algunos pasos, cuando los campesinos que apilaban la leña en el otro lado del patio, gritaron: ¡Que se escapa! ¡Detenedlo! E intentaron interceptarme el paso. Entonces corrí lo más posible y no pensé más que en salvarme.

El centinela, según me dijeron después los amigos que presenciaron la escena desde la casa gris, corrió en mi persecución seguido de tres soldados que habían estado sentados junto a la puerta. El primero se hallaba tan cerca de mí, que se creía seguro de cogerme, y varias veces intentó alcanzarme con la bayoneta. Hubo un momento en que mis amigos me creyeron perdido, y otro tanto debió pensar también el centinela, cuando, a pesar del poco espacio que nos separaba, no se decidió a disparar su fusil. Pero yo mantuve siempre mi distancia, y el centinela no pudo pasar de la puerta.

Una vez franqueada ésta, vi con terror que el carruaje se hallaba ocupado por un hombre vestido de paisano y con gorra militar, que estaba sentado sin volver la cabeza hacia mí. Mi primera impresión fue que había sido vendido. Los compañeros me decían en su última carta: Una vez en la calle, no os entreguéis; no os faltarán amigos que os defiendan en caso de necesidad. Yo no quería saltar al coche, si estaba ocupado por un enemigo; pero al acercarme a aquél, noté que el individuo tenía patillas rubias muy parecidas a las de uno de mis mejores amigos, que, aunque no pertenecía a nuestro círculo, me profesaba verdadera amistad, a la que yo correspondía, y en más de una ocasión pude apreciar su valor admirable, y hasta qué punto se volvían hercúleas sus fuerzas en los momentos de peligro. ¿Será posible —decía yo— que sea él? Y estaba a punto de pronunciar su nombre, cuando, conteniéndome a tiempo, toqué las palmas, sin dejar de correr, para llamarle la atención. Entonces se volvió hacia mí y supe quién era.[12]

— ¡Subid, subid pronto! —gritó con voz terrible, y después, dirigiéndose al cochero revólver en mano, añadió—: ¡Al galope, al galope, u os salto la tapa de los sesos! El caballo que era un excelente animal, comprado expresamente para el caso, salió en el acto galopando. Una multitud de voces resonaban a nuestra espalda, gritando: ¡Paradlos! ¡Detenedlos! En tanto que mi amigo me ayudaba a ponerme un elegante abrigo y un claque.

Pero el peligro verdadero no lo constituían los perseguidores, sino el centinela del hospital que estaba al otro lado del sitio en que había esperado el carruaje y que podía detenerlo con facilidad, por cuya razón se encargó un amigo de distraerlo, cosa que consiguió admirablemente. Sabiendo que el soldado había estado empleado algún tiempo en el laboratorio del hospital, dio a la conversación un giro científico, hablándole del microscopio y de las cosas tan admirables que con él pueden verse. Refiriéndose a cierto parásito del cuerpo humano, le preguntó:

— ¿Habéis visto alguna vez la cola tan formidable que tiene?

— ¡Cola! ¿Cola?

— Sí, la tiene, y con el microscopio se percibe muy bien.

— No me vengáis con cuentos —le contestó el soldado.

— Es un hecho positivo; fue lo primero que vi al usar el microscopio.

Esta discusión tenía lugar mientras yo saltaba al coche y nos poníamos en marcha. Parece fábula; pero es una realidad.

El carruaje giró rápidamente al penetrar en una callejuela próxima al muro del patio donde los campesinos habían estado apilando la leña, quienes habían suspendido aquel trabajo para correr tras de mí. El movimiento fue tan brusco que el vehículo estuvo a punto de volcar, siendo necesario que yo me inclinara hacia el lado contrario, impulsando en esa dirección a mi amigo, para evitar el accidente.

Más adelante tomamos a la izquierda. Dos gendarmes que estaban a la puerta de una taberna, al ver la gorra militar de mi compañero, le saludaron militarmente. Cálmate, cálmate —le dije al ver que aun estaba algo excitado—; todo va bien; hasta la policía nos saluda. En aquel instante el cochero se volvió hacia mí, y pude reconocer en él a otro amigo que me expresaba su satisfacción con una sonrisa.

Por todas partes veíamos compañeros que nos saludaban con la vista y nos animaban con el gesto, mientras nuestro hermoso caballo nos conducía a trote largo hacia la ancha vía de Nevsky Prospekt. Una vez en ella, tomamos por una calle lateral y bajamos ante una puerta, despidiendo al cochero. Después subí rápidamente una escalera y arriba me hallé con una parienta que, presa de terrible ansiedad, me esperaba con los brazos abiertos. La pobre reía y lloraba al mismo tiempo, aconsejándome cambiara pronto de traje y me cortara la sospechosa barba. Diez minutos después mi amigo y yo salíamos de aquella casa y tomábamos un coche de punto.

Mientras esto ocurría, el oficial de guardia de la prisión y los soldados del hospital se habían lanzado a la calle para perseguirnos, dudando qué camino tomar. No se encontraba carruaje alguno en más de un kilómetro a la redonda, porque mis amigos los habían alquilado todos.

Una vieja campesina, demostrando tener más malicia que los demás, dijo, como razonando consigo misma: Es casi seguro que se habrán dirigido hacia el Prospekt, y allí serán cogidos si alguien toma por esta callejuela que conduce en línea recta a aquel lugar. Así era, en efecto, y el oficial corrió a un tranvía que se hallaba inmediato, pidiéndole al cochero que prestase los caballos para enviar a dos soldados que nos interceptaran el paso; pero aquel se negó en absoluto y él oficial no apeló a la violencia.

El violinista y la señora que habían alquilado la casita gris, salieron también a la calle, mezclándose con la multitud, y allí oyeron a la vieja hacer su pérfida insinuación, marchándose después cuando la gente se dispersó.

Hacía una tarde espléndida. Nos dirigimos a las islas, sitio donde se reúne toda la aristocracia de San Petersburgo, en los hermosos días de primavera, para presenciar la puesta del sol.

Al paso nos detuvimos en una peluquería de una calle poco céntrica, con objeto de que me cortaran la barba, quedando así, aunque no mucho, algo desfigurado.

Paseábamos a la ventura, pues habiéndosenos dicho que no fuéramos adonde debía pasar la noche hasta bien entrada ésta, no sabíamos en qué emplear el tiempo. ¿Qué haremos mientras tanto? —dije a mi amigo, quien, después de reflexionar un instante, dijo dirigiéndose al cochero. A Donon — que es el nombre del mejor restaurante de San Petersburgo. Nadie pensará en ir a buscarnos a Donon —agregó tranquilamente—; os supondrán en todas partes menos allí, y comeremos y beberemos una copa en celebración del buen éxito de vuestra fuga.

A tan razonables palabras nada tuve que contestar. Fuimos, pues, al lugar indicado; atravesamos los salones brillantemente iluminados y cuajados de clientes que acudían a la hora de comer, y nos instalamos en un gabinete reservado, donde pasamos el tiempo hasta llegar la hora convenida.

La casa en que primero paramos después de la evasión fue registrada por la policía dos horas después de abandonarla nosotros, cabiendo igual suerte a la mayor parte de las de nuestros amigos. Pero nadie tuvo la idea de ir a buscarnos a Donon.

Dos días más tarde debía trasladarme a una casa que habían tomado para mí, y en la que me podría instalar provisto de un pasaporte falso. Mas la señora que debía acompañarme en carruaje tomó la precaución de ir primero ella sola a hacer un reconocimiento, del cual resultó que la referida casa estaba muy vigilada por la policía, pues eran tantos los amigos que habían ido allí a preguntar por mí, que al fin despertaron la suspicacia de las autoridades. Además, la Sección Tercera había distribuido mi retrato con profusión entre sus esbirros y agentes secretos. Todos los que me conocían de vista me buscaron por todas partes, y los que no, iban acompañados de soldados y carceleros que me habían visto en la prisión.

El zar estaba furioso de que semejante fuga hubiera podido efectuarse en su capital, en pleno día, ordenando que era necesario que me encontraran a toda costa.

En tales condiciones me era imposible permanecer en San Petersburgo, y fui a ocultarme a una casa de campo en sus inmediaciones. Acompañado de media docena de amigos, permanecí en un pueblecito frecuentado en aquella época del año por los habitantes de la capital. Allí se decidió que debía marchar al extranjero. Pero por un diario del exterior habíamos sabido que la frontera, lo mismo en las provincias del Báltico que en Finlandia, estaba escrupulosamente vigilada por policías que me conocían personalmente. Razón por la cual resolví seguir la dirección que ofreciera menos peligro.

Provisto del pasaporte de un amigo y acompañado de otro, atravesé la frontera, llegando hasta el norte del golfo de Botnia, donde embarqué para Suecia.

Una vez a bordo del vapor, y ya próximo a partir, el amigo que me acompañó hasta la frontera me dio noticias de San Petersburgo, que había prometido no comunicarme hasta última hora. Mi hermana Elena acababa de ser detenida, así como la cuñada de mi hermano, que me había visitado una vez en la cárcel, un mes después de la partida de Alejandro y de su mujer para Siberia.

Mi hermana ignoraba por completo los preparativos de fuga; sólo después de haberse efectuado tuvo de ella noticia por un amigo que le comunicó tan fausta nueva. Pero todas sus protestas fueron estériles; la arrancaron del lado de sus hijas y la tuvieron presa quince días.

La otra tenía una noción ligera del asunto; pero no había tomado parte alguna en los preparativos. El sentido común debía haber demostrado a las autoridades que una persona que me había visitado oficialmente en la cárcel, no podía tomar una parte activa en semejante aventura. A pesar de ello, estuvo presa más de dos meses. Su marido, un eminente jurisconsulto, trató en vano de que la pusieran al instante en libertad. Sabemos ahora —le contestaron los jefes de la gendarmería— que ella no ha tenido participación en la fuga; pero como hemos dado parte al emperador de haber detenido a la persona que la había organizado, es necesario que pase algún tiempo para que el zar pueda acostumbrarse a la idea de que no está en nuestro poder el culpable.

Atravesé Suecia sin detenerme en parte alguna, yendo a Cristiania, donde esperé algunos días la salida de un vapor para Hull, aprovechando aquel intervalo en adquirir informaciones respecto al partido de los agricultores del Storthing noruego.

Cuando me dirigía al buque, me preguntaba lleno de ansiedad: ¿Bajo qué bandera navegará? ¿Será noruega, alemana o inglesa? Mas pronto vi flotar sobre la popa la Union Jack, bandera a cuya sombra tantos refugiados rusos, italianos y franceses, húngaros y de todas naciones, han hallado un asilo, saludando desde el fondo de mi corazón la bandera del pueblo hospitalario.

Capítulo VI — La Europa occidental

I

Al aproximarnos a las costas de Inglaterra estalló una tempestad en el Mar del Norte. Pero aquello, en vez de causarme disgusto, me produjo placer; la lucha de nuestro vapor contra las embravecidas olas me encantaba, dejando transcurrir horas enteras sentado en la proa, recibiendo en el rostro la espuma del furioso mar. Después de los dos años que había pasado en una sombría casamata, todas las fibras de mi ser parecían anhelantes y ansiosas de gozar de la completa intensidad de la vida.

Mi propósito era no permanecer en el extranjero más que algunas semanas o meses, a lo sumo; únicamente lo preciso para dar lugar a que se disipara la polvareda levantada con motivo de mi fuga, y al mismo tiempo restablecer algo mi salud. Desembarqué bajo el seudónimo de Levashov, que fue el que usé al salir de Rusia; y no pensando en ir a Londres, donde los espías de la embajada rusa darían pronto con mi paradero, me marché primero a Edinburgo.

Pero las cosas se arreglaron de tal modo que, a pesar de semejantes intenciones, no he vuelto más a Rusia. Pronto me vi arrastrado por la ola del movimiento anarquista, que entonces precisamente se elevaba en la Europa occidental, y creí que podría ser más útil ayudando a aquél a desenvolverse y hallar su forma propia de expresión, que cuanto me hubiera sido dado hacer en mi país. En él era demasiado conocido para poder efectuar una propaganda eficaz, especialmente entre los obreros y agricultores, y más tarde, cuando el movimiento se convirtió allí en una conspiración permanente y una lucha encarnizada contra los representantes de la autocracia, toda idea de una acción popular fue necesariamente abandonada. Mis propias inclinaciones, por otra parte, me impulsaban cada vez con más intensidad a unir mi suerte a la de las clases trabajadoras y desheredadas. Presentarles ante su vista tales concepciones que puedan ayudarles a encaminar sus esfuerzos en la dirección que más convenga al interés de todos los productores en general, profundizar y ensanchar los ideales y principios que han de servir de base a la futura revolución social, desarrollándolos y haciéndolos comprensibles a los trabajadores, a fin de que influyan en ellos, no como una orden emanada del jefe, sino como resultado de su propio raciocinio, despertando de este modo su iniciativa individual, ahora que están llamados a aparecer en la clásica arena, como los fundadores de un nuevo y equitativo modo de organización de la sociedad, lo cual me parecía tan necesario para el desarrollo de la humanidad como todo lo que en esa época hubiera yo podido hacer en Rusia. De acuerdo, pues, con estas ideas, me uní a los pocos hombres que trabajaban en tal sentido en la Europa occidental, relevando a aquellos a quienes largos años de una lucha penosa habían dejado fuera de combate.

Cuando desembarqué en Hull y fui a Edinburgo, sólo a muy pocos amigos de mi país y de la Federación del Jura informé de mi feliz llegada a Inglaterra.

Un socialista debe confiar siempre para vivir en su trabajo personal, y en su consecuencia, tan pronto como me instalé en una pequeña habitación situada en un barrio extremo de la capital de Escocia, procuré buscar algún trabajo.

Entre los pasajeros que venían a bordo de nuestro vapor, había un profesor noruego, con quien conversé más de una vez, procurando recordar lo poco que antes sabia de la lengua sueca. Él hablaba alemán; pero al ver que yo trataba de aprender su idioma, me dijo: Puesto que sabéis alguna cosa, hagamos uso del noruego.

— ¿Queréis decir sueco? —me atreví a preguntarle—. ¿No es esto lo que hablo?

— Me parece más bien noruego que otra cosa —fue su contestación.

Ocurriéndome así, lo mismo que a uno de los héroes de Julio Verne, que aprendió por equivocación portugués en vez de castellano. De todos modos, lo cierto es que hablé largo y tendido con el profesor, aunque fuera en noruego, y él me dio un periódico de Cristianía que contenía la Memoria de la expedición ártica que acababa de regresar a su país.

Desde el momento que me vi en Edinburgo escribí un suelto en inglés respecto de estas exploraciones y se lo remití a Nature, que mi hermano y yo leíamos con regularidad desde su primera aparición. El subdirector acusó su recibo, dando al mismo tiempo las gracias y observando con una marcada benevolencia, que a menudo he encontrado después en su país, que mi inglés resultaba aceptable, no necesitando más que hacerse un poco idiomático. Por mi parte, sólo puedo decir que estudié dicha lengua en Rusia, habiendo traducido en compañía de mi hermano la Filosofía de la Geología, de Page y los Principios de Biología, de Spencer. Mas como sólo lo había aprendido teóricamente, lo pronunciaba muy mal; así que me era muy difícil entenderme con la patrona, escribiendo su hija y yo en una tira de papel lo que teníamos que comunicarnos; y como mis conocimientos del inglés corriente eran nulos, debí cometer los más divertidos errores. Recuerdo, por ejemplo, haber protestado una vez por escrito de que no era una taza, sino varias, las que deseaba que me dieran a la hora del té. Es muy posible que la patrona me tomara por un glotón; pero debo manifestar, en descargo mío, que ni en los libros de geología que había en inglés, ni en la obra de Spencer, antes mencionada, había la más pequeña alusión a tan importante asunto como es el de beber té.

Recibí de Rusia el Diario de la Sociedad Geográfica, y pronto empecé a remitir también al Times, de cuando en cuando, algunos apuntes sobre las exploraciones geográficas rusas. En aquel tiempo estaba Pryevalsski en el Asia central, y sus noticias se leían con interés en Inglaterra.

Sin embargo, el dinero con que llegué iba desapareciendo rápidamente, y como toda mi correspondencia dirigida a Rusia era interceptada, no logré conseguir dar a conocer mi dirección a la familia, por cuyo motivo, a las pocas semanas me trasladé a Londres, esperando poder encontrar allí más regularidad en el trabajo.

El antiguo refugiado P. L. Lavrov continuaba publicando en la gran metrópoli su periódico Vperiod; pero como yo esperaba volver pronto a mi país, y la redacción de aquél debía estar muy vigilada por espías, no fui a ella.

Me presenté, como es natural, en la de Nature, donde fui muy cordialmente recibido por el gerente M. J. Scott Keltie. El director deseaba ampliar la sección de informaciones, y le pareció bien el modo como yo las escribía. Así, pusieron a mi disposición una mesa sobre la cual colocaron revistas científicas de todos los países. Venga todos los lunes, Mr. Levashov —me dijeron—; hojeé estas revistas, y si hay algún artículo que le llame la atención, escriba un suelto o márquelo; nosotros lo enviaremos a un especialista. Mr. Keltie no sabía, por de contado, que yo acostumbraba a escribir mi original tres o cuatro veces antes de presentárselo. Me llevé, pues, dichas revistas a casa, y con lo que tomaba de ellas para la Nature y los sueltos del Times saqué cómodamente con qué vivir. La costumbre de pagar todos los jueves los trabajos de la índole del mío, remitidos a este último, me pareció excelente. Es verdad que había semanas en que no se recibían noticias interesantes de Pryevalski, y las de otras partes carecían de interés, en cuyo caso la alimentación tenía que reducirse a pan y té solamente.

Un día, sin embargo, el gerente tomó de un estante varios libros rusos, encargándome hiciera una crónica para la Nature. Su visita me produjo una impresión embarazosa, pues hallé que eran mis obras sobre El Partido Glacial y La Orografía de Asia, siendo mi hermano quien había mandado aquellos ejemplares a nuestra revista favorita. Como me encontraba en gran perplejidad, metí los libros en mi saco de mano y me los llevé a casa para reflexionar sobre el asunto.

¿Qué debo hacer? —me pregunté en el acto—. No puedo elogiarlos, porque son mios, ni criticarlos, puesto que ellos expresan mis opiniones. Decidí devolverlos al día siguiente y manifestarle a M. Keltie que, a pesar de haberme presentado con otro nombre, yo era el autor de aquellos libros y no podía, por lo tanto, juzgarlos.

Dicho señor sabia por los periódicos algo respecto a mi fuga, y se manifestó muy complacido de hallarme libre de todo peligro en Inglaterra. En cuanto a mis escrúpulos, observó, con muy buen juicio, que podía abstenerme de censurar o elogiar al autor, limitándome sencillamente a dar cuenta a los lectores del contenido de aquéllos. Desde aquel día quedamos unidos por los lazos de una sincera y leal amistad.

En noviembre o diciembre de 1876, viendo en la parte del periódico de P. L. Lavrov, dedicada a la correspondencia, un aviso a K para que se presentara en la redacción a recoger una carta de Rusia, y creyendo se trataba de mí, fui allá pronto y entablé amistad con aquél y los jóvenes que le ayudaban.

Cuando llegué la primera vez a dicho lugar, afeitado y con sombrero de copa, y pregunté a la señora que me abrió, en mi mejor inglés posible, si estaba M. Lavrov, me figuré que nadie podría imaginar quién era yo, y sin embargo, aquélla, que jamás me había visto, pero que conoció a mi hermano en Zurich, me reconoció al punto y subió a decir quién era el visitante: En cuanto os vi los ojos —me dijo después—, supe quién erais en el acto, pues tienen un gran parecido con los de vuestro hermano.

Aquella vez no permanecí mucho tiempo en Inglaterra. Había mantenido una activa correspondencia con mi amigo James Guillaume, de la Federación del Jura, y tan pronto como encontré algún trabajo permanente de geografía, que pudiera hacerse en Suiza, lo mismo que en Londres, me marché allí. Por otra parte, en las cartas que al fin recibí de casa me decían que no hallaban inconveniente en que permaneciera en el extranjero, no habiendo de momento nada que hacer en Rusia, donde dominaba entonces una corriente de entusiasmo en favor de los eslavos que se habían sublevado contra la antigua dominación turca. Y mis mejores amigos, como Serguéi (Stepniak), Klementz y otros muchos, se había marchado a la península de los Balkanes a unirse a la insurrección. Leemos —me escribía un amigo— la correspondencia del Daily News sobre los horrores de Bulgaria, y su lectura nos hace verter lágrimas, corriendo después a prestar nuestro concurso a la obra de emancipación.

Llegué a Suiza, ingresé en la Federación del Jura, perteneciente a la Internacional de Trabajadores, y siguiendo los consejos de mis amigos del país, fijé mi residencia en La Chaux-de-Fonds.

II

La Federación del Jura ha representado un papel importante en el moderno desarrollo del socialismo.

Sucede siempre que, después que un partido político ha manifestado una aspiración definitiva, proclamando que no se contentará con menos de lo consignado en su programa, se divide en dos fracciones. Una de ellas permanece inalterable, mientras que la otra, aunque pretendiendo no haber cambiado nada de sus primitivos propósitos, acepta alguna especie de transacción, y una vez dado el primer paso en este sentido, se va ensanchando la distancia que ha empezado a separar a las dos, hasta que la última llega a alejarse tanto del punto de partida, que termina por convertirse en otra agrupación limitada sólo a pretender muy modestas reformas.

Esto es precisamente lo que ha ocurrido con la Asociación Internacional de Trabajadores. Nada menos que la expropiación de los actuales poseedores de la tierra y el capital, y el pase a manos de los productores de la riqueza de todo aquello que es necesario para su producción, era, en un principio, la franca aspiración de dicha sociedad. Se había hecho un llamamiento a los trabajadores de todas las naciones para que se organizaran en sus países respectivos, a fin de estar dispuestos a luchar directamente contra el capitalismo, a estudiar los medios de socializar la producción de la riqueza y su consumo, y cuando se encontraran aptos para realizarlo, tomar posesión de los elementos de producción y regir ésta, sin preocuparse de la presente organización social, la cual debe sufrir una reconstitución completa.

La asociación ha tenido que ser, por consiguiente; el medio de preparar una inmensa revolución, primero en las inteligencias y más tarde en las formas mismas de vivir; revolución que abriría a la humanidad una nueva era de progreso, basado en la solidaridad de todos.

Este fue el ideal que despertó de su sueño a millones de trabajadores europeos, y atrajo a la asociación sus mejores fuerzas intelectuales.

La conquista del poder, dentro del actual estado de cosas, vino a ser la consigna de esa fracción que tomó el nombre de Democracia Socialista. Su primer triunfo electoral en las elecciones al Parlamento alemán despertó grandes esperanzas. Habiendo crecido el número de diputados de ese partido de dos a siete y luego a nueve, se calculó confiadamente por hombres que, aparte de esto eran razonables, que antes de terminar el siglo XIX, la democracia socialista tendría mayoría en el Parlamento alemán, pudiendo entonces introducir el Estado popular por medio de una legislación adecuada. El ideal socialista de esta agrupación perdió gradualmente el carácter de algo que tiene que plantearse por las mismas organizaciones obreras, convirtiéndose en una aspiración a que el Estado intervenga en la vida industrial; en una palabra, en el socialismo de Estado; esto es, en el capital oficial.

Hoy, en Suiza, los esfuerzos de los demócratas socialistas se dirigen en política, a favor de la centralización y contra el federalismo, y en el terreno económico, a procurar que el Estado se haga cargo de los ferrocarriles y monopolice la banca y la venta de alcoholes. La administración de la tierra y de las principales industrias, y hasta del consumo de la riqueza, sería el paso inmediato en un porvenir más o menos remoto. Gradualmente, la vida y actividad del partido de la democracia socialista alemana se fue subordinando a consideraciones electorales; las uniones de oficios eran tratadas con desprecio y las huelgas sólo hallaban desaprobación porque ambas apartaban la atención del obrero de las campañas parlamentarias. Todo movimiento popular, toda agitación revolucionaria en cualquier país de Europa, era mirada en aquellos años por los jefes de dicho partido con mayor animosidad si cabe que por la prensa capitalista.

Dos fracciones, sin embargo, se dibujaron en corto tiempo. Cuando la guerra de 1870 terminó en una completa derrota para Francia, el levantamiento de la Commune de París fue ahogado en sangre, y las leyes draconianas que se promulgaron contra la Asociación excluían a los trabajadores franceses, prohibiendo que pertenecieran a ella; y cuando, por otra parte, el gobierno parlamentario fue introducido en la Unión alemana —meta a la que aspiraban a llegar los radicales desde el 48—, los alemanes hicieron un esfuerzo para modificar las aspiraciones y la marcha de todo el movimiento socialista.

Pero en los pueblos de raza latina este nuevo giro halló poca acogida. Las secciones y federaciones de la Internacional permanecieron fieles a los principios que habían sido proclamados al fundarse la asociación; federales por su historia, hostiles a la idea de un estado centralizado y amantes de las tradiciones revolucionarias, estos trabajadores no podían seguir la evolución de los de Alemania.

La división entre las dos ramas del movimiento socialista se hizo aparente inmediatamente después de la guerra franco-alemana. La asociación, según tengo ya manifestado, había creado una especie de gobierno, bajo la forma de un Consejo General con residencia en Londres; y siendo los inspiradores de éste dos alemanes, Engels y Marx, él fue la piedra angular del nuevo partido; en tanto que las federaciones latinas seguían los consejos de Bakunin y sus amigos y se dejaban guiar por ellos.

El conflicto entre los partidarios de Marx y los de Bakunin no tenía un carácter personal; era el resultado inevitable del antagonismo entre los principios federales y los centralizadores; el municipio libre y la paternal tutela del Estado; la acción espontánea de las masas y el mejoramiento de las condiciones capitalistas existentes por medio de la legislación; conflicto entre el espíritu latino y el Geist alemán que, después de la derrota de Francia en el campo de batalla, reclama la supremacía en el terreno de la ciencia, en el de la política y también en el del socialismo, calificando de científica su concepción de estas ideas y de utópica la de todos los demás.

En el Congreso de La Haya, de la Internacional, celebrado en 1872, el Consejo General de Londres, valiéndose de una mayoría ficticia, excluyó a Bakunin, a su amigo Guillaume y aun a la misma Federación del Jura, de la Asociación. Pero como era indudable que casi todo lo que quedaba entonces de la Internacional, esto es, las federaciones españolas, italianas y belgas, harían causa común con la del Jura, el Congreso intentó disolver la Asociación. Un nuevo Consejo General, compuesto de algunos demócratas socialistas, fue elegido en Nueva York, donde no había organizaciones obreras pertenecientes a esta sociedad que pudieran influir en su conducta ni vigilar sus actos, y donde desde entonces no se ha vuelto a oír más de él. Entre tanto, las federaciones de España, Italia y Bélgica, así como la del Jura, siguieron sin disolverse, reuniéndose anualmente, como de costumbre, durante los cinco o seis años posteriores, en congresos internacionales.

La Federación del Jura, en la época en que fui a Suiza, era el centro y la fuerza motriz de las federaciones todas. Bakunin acababa de morir (19 de Julio de 1876); pero aquélla se mantenía en el lugar que había ocupado bajo su impulso.

Las condiciones en que se vivía en Francia, España e Italia eran tales, que sólo el mantenimiento del espíritu revolucionario que se había desarrollado entre los trabajadores internacionalistas, antes de la guerra franco-alemana, evitó que los gobiernos apelaran a medidas extremas para acabar con todo el movimiento obrero e inaugurar el reinado del Terror Blanco.

Es cosa bien sabida que el restablecimiento de la monarquía borbónica en Francia estuvo a punto de ser un hecho consumado. Al general Mac Mahón se le mantenía como presidente de la República, sólo con el fin de ir preparando la restauración monárquica; el día mismo de la solemne entrada de Enrique V en París se hallaba designado, y hasta las guarniciones de los caballos, adornados con las coronas e iniciales del pretendiente, estaban listas, sabiéndose igualmente que, sólo debido a que Gambetta y Clemenceau —los oportunistas y los radicales— habían cubierto una gran parte de Francia de Comités que contaban con gente armada y dispuesta a levantarse tan pronto como se diera el golpe de Estado, no se realizó éste. Pero la fuerza efectiva de esos comités residía en los trabajadores, muchos de los cuales habían pertenecido antes a la Internacional, y conservado el antiguo espíritu revolucionario. Hablando por propia experiencia, no creo aventurado afirmar que los jefes radicales de la clase media, hubieran flaqueado en caso de ser necesaria la acción, en tanto que el pueblo hubiese aprovechado la primera oportunidad para llevar a cabo un levantamiento que, empezando con la defensa de la República, pudiera haber ido algo más allá en el sentido socialista.

Una cosa parecida ocurrió en España; tan pronto como los clericales y aristócratas que rodearon al rey le inclinaron a que apretara el tornillo de la reacción, los republicanos le amenazaron con un movimiento, en el cual, como era bien notorio, los trabajadores serían el principal elemento de combate. Sólo en Cataluña había como unos cien mil hombres bien organizados en uniones de oficio y más de ochenta mil españoles pertenecían a la Internacional, celebrando regularmente sus congresos, y pagando puntualmente sus cotizaciones a la Asociación, con una conciencia del deber verdaderamente española.

Puedo hablar de este asunto porque personalmente vi sobre el terreno, y sé que se estaba dispuesto a proclamar la República federal en España, dar independencia a las colonias y en algunas de las regiones más avanzadas intentar algo serio en sentido colectivista. Esta amenaza permanente fue la que impidió que la monarquía española suprimiera todas las organizaciones de agricultores y obreros, e inaugurase una franca reacción clerical.

También en Italia existían condiciones muy semejantes: las uniones de oficios en el norte del país no habían alcanzado la tuerza que hoy tienen; pero partes importantes de la nación se hallaban sembradas de secciones de la Internacional y de grupos republicanos. La monarquía se hallaba bajo una amenaza constante de ser derribada, en cuanto los republicanos de la clase media apelaran a los elementos revolucionarios existentes entre los trabajadores.

En suma, volviendo la vista atrás, hacia esos años, de los que nos hallamos separados por un cuarto de siglo, estoy firmemente persuadido de que, si Europa no pasó por un período de terrible reacción después de 1871, fue debido principalmente al espíritu revolucionario que se difundió por la Europa occidental antes de la guerra franco-alemana, y que desde entonces se ha mantenido vivo por los anarquistas internacionales, los blanquistas, los mazzinianos y los republicanos cantonales españoles.

Los marxistas, como es de suponer, absortos por sus luchas electorales, apenas se enteraron de nada de esto. Procurando no atraer el rayo de Bismarck sobre sus cabezas, y temiendo, ante todo, que el espíritu revolucionario pudiera hacer su aparición en Alemania, dando lugar a represiones a las que no se encontraban con fuerzas para resistir, no sólo repudiaron, como cuestión de táctica, toda clase de relación con los revolucionarios de Occidente, sino que gradualmente llegaron a sentirse inspirados de odio hacia dicha tendencia, denunciándola con virulencia donde quiera que hacía su aparición, hasta cuando vieron sus primeras manifestaciones en Rusia.

Ningún periódico revolucionario podía publicarse en aquella época en Francia, bajo la férula de Mac Mahón; el canto mismo de La Marsellesa era considerado como un crimen, y una vez (en Mayo de 1878) quedé extraordinariamente sorprendido al ver el terror que se apoderó de varios viajeros que iban en el mismo tren que yo, al oír a unos cuantos reclutas entonar la canción revolucionaria. ¿Es permitido otra vez cantar eso? —se preguntaban unos a otros asustados. La prensa francesa no contaba con ninguna publicación socialista; la española estaba bien redactada, y algunos de los manifiestos de sus congresos eran admirables exposiciones del socialismo anarquista; pero ¿quién conoce las ideas españolas fuera de España? En cuanto a los periódicos italianos, todos tenían una vida efímera, apareciendo, desapareciendo y volviendo a reaparecer en otra parte con nombre distinto; y a pesar de la verdadera importancia que algunos de ellos tenían, no consiguieron ver extendida su circulación más allá de la frontera, por cuya razón, la Federación del Jura, con sus órganos impresos en francés, vino a ser el centro del sostenimiento y la expresión, en los pueblos latinos, del espíritu que, lo repito, salvó a Europa de un negro periodo de reacción, siendo, al mismo tiempo, el terreno sobre el cual las concepciones teóricas del anarquismo se formularon por Bakunin y sus partidarios, en un lenguaje que fue comprendido en toda la Europa continental.

III

Un crecido número de hombres notables, de diferentes nacionalidades, quienes en su gran mayoría habían sido amigos personales de Bakunin, pertenecían en aquel tiempo a la Federación del Jura.

El editor de nuestro principal periódico, el Bulletin de la Fédération Jurassienne, era James Guillaume, profesor de instrucción pública, que pertenecía a una familia aristocrática de Neuchätel. Pequeño, delgado, con la apariencia severa y resuelta de un Robespierre y con un corazón verdaderamente hermoso, que sólo se daba a conocer entre sus íntimos, era un jefe innato por sus exuberantes facultades para el trabajo y su actividad incansable. Durante ocho años luchó contra toda clase de obstáculos para mantener la vida del periódico, tomando una parte muy importante en todo lo concerniente a la federación, hasta que hubo de abandonar Suiza, donde no encontraba trabajo de ninguna clase, y establecerse en Francia, en cuyo país se citará algún día su nombre con gran respeto en la historia de la enseñanza.

Adhemar Schwitzguebel, también suizo, era el tipo del jovial, alegre y vivo relojero de las montañas del Jura, por la parte de Berna. Siendo su oficio grabador de relojes, nunca intentó abandonar su posición de obrero manual, y contento siempre y activo, sostenía a una numerosa familia a través de los tristes períodos en que el trabajo era escaso y los jornales reducidos. Su aptitud para estudiar una cuestión económica o política difícil, y después de pensar bien sobre ella, considerarla desde el punto de vista obrero, sin despojarla de su profunda significación, era admirable. Lo conocían bastante en la serrania, teniendo muchos y buenos amigos entre los trabajadores de todos los países.

Contrastaba con éste otro suizo, relojero también, llamado Spichiger; era un filósofo, tanto en el pensar como en los movimientos, de aspecto inglés, que siempre procuraba depurar los hechos, impresionándonos a todos por la exactitud de las conclusiones a que llegaba, al ocuparse de una infinidad de asuntos, mientras se hallaba ocupado en rematar tapas de relojes.

En torno de estos tres se reunían muchos trabajadores entusiastas y convencidos, amantes apasionados de la libertad y felices de poder tomar parte en un movimiento de tan risueño porvenir, destacándose entre ellos un numeroso grupo de jóvenes inteligentes y despiertos, en su mayoría relojeros también, que se hallaban animados de los más levantados propósitos y dispuestos a sacrificarse por la idea.

Varios refugiados de la Commune de París se habían unido a la federación. El gran geógrafo Eliseo Reclus era uno de ellos; tipo del verdadero puritano en sus costumbres, y del filósofo enciclopedista francés del siglo XVIII por su entendimiento; hombre capaz de inspirar a los demás, pero no dispuesto a gobernarlos ni a dirigirlos; anarquista cuyo ideal es el resumen de un amplio e intimo conocimiento de las formas de vida de la humanidad, bajo todos los climas y en todos los periodos de civilización; que ha escrito libros dignos de figurar al lado de los más importantes de la época, con un estilo y hermosura tal que conmueven al mismo tiempo el pensamiento y la conciencia, y que al entrar en la redacción de un periódico anarquista, dice al gerente, aun cuando sea un niño comparado con él: Decidme lo que tengo que hacer, sentándose como el más humilde redactor a llenar cuartillas para el próximo número. En la Comuna de París, se limitó sencillamente a tomar un fusil y ser un soldado de fila; y si invita a un colaborador a ayudarle en la composición de un volumen de su universalmente famosa geografía, y aquél le interroga tímidamente respecto a qué ha de hacer, al punto le responderá: Aquí están los libros; ahí la mesa. Haced lo que queráis.

Otro de los ex-miembros de la Comuna que se encontraba entre nosotros era Pindy, un carpintero del norte de Francia e hijo adoptivo de París, donde se dio a conocer durante una huelga sostenida por la Internacional, por su energía y clara inteligencia, siendo después elegido para el mencionado cargo, y recibiendo de la Comuna el nombramiento de gobernador del palacio de las Tullerías.

Cuando las tropas versallescas entraron en París, fusilando a sus prisioneros a centenares, tres hombres, por lo menos, fueron pasados por las armas en diferentes partes de la capital, a quienes tomaron por él. Sin embargo, una vez terminada la lucha, fue ocultado por una joven valerosa, de oficio costurera, que le salvó gracias a su serenidad y que más tarde vino a ser su compañera. Sólo a los doce meses después de aquellos sucesos pudieron abandonar París sin ser vistos y venir a Suiza. Aquí aprendió el oficio de ensayador de metales, en lo que se hizo muy hábil, pasando los días al lado de la enrojecida estufa, y las noches dedicado apasionadamente a trabajos de propaganda, en los cuales combinaba admirablemente el ardor del revolucionario con el buen sentido y facultades organizadoras, características del trabajador parisiense.

Pablo Brousse era entonces un médico joven, lleno de actividad mental, vivo, alegre, animado, dispuesto a desarrollar cualquier idea, con una lógica matemática hasta sus últimas consecuencias, fuerte en la crítica del Estado y su organización, y hallaba tiempo suficiente para publicar dos periódicos, uno en francés y otro en alemán, escribir una multitud de voluminosas cartas y ser el alma de las reuniones nocturnas de obreros, a todo lo cual se unía un trabajo constante dedicado a organizar trabajadores, con esa delicadeza de concepto propia de un verdadero meridional.

Entre los italianos que colaboraban con nosotros en Suiza, se hallaban dos compañeros cuyos nombres permanecieron siempre asociados y no se han de olvidar muy fácilmente en Italia, siendo ambos íntimos amigos de Bakunin; estos hombres se llamaban Cafiero y Malatesta. El primero era un idealista del tipo más puro y elevado, que había consagrado su considerable fortuna a la causa, sin preocuparse después de cómo podría vivir en el porvenir; un pensador sumergido en especulaciones filosóficas; un hombre incapaz de hacer daño a nadie, y sin embargo, tomó un fusil y marchó a los montes de Benevento, cuando él y sus amigos calcularon que un alzamiento de carácter socialista debería intentarse, aunque no fuera más que para dar a conocer al pueblo que sus actos de rebeldía contra los cobradores de impuestos, era necesario que revistieran mayor alcance y más profundo significado. Malatesta era un estudiante de medicina que había abandonado su carrera y también su fortuna por dedicarse a la revolución; lleno de ardor e inteligencia, verdadero idealista, que en toda su vida —y ya se aproxima a los cincuenta— no ha pensado jamás si tendrá un pedazo de pan para la cena y una cama donde pasar la noche. Sin tener siquiera una habitación que poder llamar suya, ha visto correr los días vendiendo helados en las calles de Londres para poder vivir, y las noches escribiendo brillantes artículos para la prensa italiana. Preso en Francia, expulsado después, condenado de nuevo en Italia, confinado en una isla, fugado y vuelto de nuevo de incógnito a su país; siempre en la vanguardia, ya sea en Italia o en otra parte, ha perseverado en esta clase de vida durante más de treinta años sucesivos. Y cuando lo volvemos a encontrar recién venido de una prisión o fugado de alguna isla, lo hallamos tal como estaba la última vez que lo vimos; siempre dispuesto a continuar la lucha, con el mismo amor a sus semejantes, la misma falta de rencor contra sus adversarios y carceleros, la misma franca sonrisa para el amigo e igual afecto para las criaturas.

Entre nosotros el número de rusos era limitado, habiéndose ido la mayor parte con los demócratas socialistas. Estaban, sin embargo, a nuestro lado, Jukovsky, amigo de Herzen, que había abandonado a Rusia en el 63 —hombre perteneciente a la nobleza, elegante, vivo e inteligente, que tenía gran partido entre los trabajadores— y que, más que ninguno de nosotros, poseía lo que llaman los franceses l’oreille du peuple (el arte de conquistar el auditorio), porque conocía el modo de entusiasmarlo, mostrándole el importante papel que estaba llamado a representar en la reconstrucción de la sociedad, levantando su ánimo ante la vista de los grandes hechos históricos, arrojando un rayo de luz en los más arduos problemas económicos, y electrizando con su franqueza y sinceridad. Y Sokolov, que había pertenecido al cuerpo de Estado Mayor ruso y era un admirador de Pablo Luis Courier por su entereza, y de Proudhon por sus ideas filosóficas, cuya propaganda en artículos de revista trajo al campo socialista fuerzas de consideración.

Sólo hago aquí mención de aquellos que se hicieron generalmente conocidos como escritores, delegados a los congresos o en algún otro concepto. Y sin embargo, no dejo de preguntarme si no haría mejor en hablar de aquellos que, a pesar de no haber visto jamás sus nombres en letras de molde, tuvieron tanta importancia en la vida de la federación como cualquiera de los otros, peleando con constancia y energía, sin salir del seno de la masa anónima, y siempre dispuestos a tomar parte en cualquier arriesgada empresa, sin preguntar nunca si el trabajo sería grande o pequeño, modesto o distinguido, si traería importantes consecuencias o sería simplemente fecundo en molestias infinitas para sus familias y ellos.

Debería también mencionar a los alemanes Werner y Rínke, que llegaron a pie desde Bélgica al congreso suizo, y al español Albarracín, estudiante a quien un movimiento popular puso a la cabeza de la comuna de Alcoy, y a otros muchos; pero temo que estos ligeros bocetos míos no despierten en el lector la misma impresión de respeto y cariño, con que cada uno de los que constituían esta pequeña familia, se hacía apreciar por los que lo trataban personalmente.

IV

De todas las poblaciones suizas que conozco, La Chaux-de-Fonds es tal vez la menos atractiva; situada en una alta meseta desprovista de toda vegetación y abierta a los vientos fríos de un riguroso invierno, cae en ella la nieve en tanta cantidad como en Moscú, y se derrite y vuelve a caer con tanta frecuencia como en San Petersburgo. Pero era conveniente extender nuestras ideas y dar más vida a la propaganda local. Allí estaban Pindy, Spichiger, Albarracín y el blanquista Ferré, y Jallot; pudiendo yo de cuando en cuando ir a hacerle una visita a Guillaume en Neuchätel y a Schwitzguebel en el valle de Saint-Imier.

Entonces empezó para mi una vida de trabajo atractivo. Celebramos muchos mítines, distribuyendo nosotros mismos las convocatorias por los cafés y talleres. Una vez a la semana se reunía nuestra sección, lo que daba lugar a las más animadas discusiones, y también íbamos a predicar el anarquismo a las reuniones promovidas por los partidos políticos. Yo viajé mucho en aquellos días, visitando otras secciones y ayudándolas en lo que podía.

Durante aquel invierno conquistamos muchos prosélitos; pero la marcha normal de la propaganda se vio entorpecida por una crisis en la industria relojera. La mitad de los obreros se hallaban parados o trabajando sólo menos tiempo del regular; así que el municipio tuvo que abrir cocinas económicas, donde se proporcionaban raciones al precio de costo.

El taller cooperativo establecido en La Chauxde-Fonds, por los anarquistas, en el cual las utilidades se dividían por igual entre todos sus miembros, encontró muy difícil hallar trabajo, a pesar del crédito de que gozaba, y Spichiger tuvo que recurrir varias veces a cardar lana para poder vivir.

Todos nosotros tomamos parte aquel año en una manifestación que se hizo en Berna, llevando a la cabeza la bandera roja. La ola de la reacción habla llegado hasta Suiza, y estaba prohibido por la policía de dicha ciudad hacer uso de la bandera de los trabajadores, a pesar de ser un derecho consignado en la Constitución. Era, pues, necesario manifestar que, a lo menos, ya que no en todas, en algunas poblaciones aquéllos no estaban dispuestos a permitir que se pisotearan sus libertades, y se encontraban decididos a oponer resistencia. Por esto fuimos todos a dicha ciudad en el aniversario de la Commune a pasear la bandera roja por las calles, a pesar de la prohibición.

Esto, como era de esperar, produjo un choque con la fuerza pública, del cual resultaron dos compañeros acuchillados y dos policías gravemente heridos; pero el símbolo de redención se salvó de la refriega, siendo conducido en triunfo al salón donde se celebró después un animado mitin. Creo inútil agregar que los llamados jefes iban entre la masa y pelearon como los demás. En el asunto resultaron complicados cerca de treinta ciudadanos suizos, todos los cuales pidieron ser procesados, y los dos que hirieron a los agentes se presentaron espontáneamente, confesándose autores del hecho. Mucho ganó la idea cuando se vio en la Audiencia esta causa, pues quedó demostrado que todas las libertades deben defenderse con energía si se quiere que no se pierdan. Gracias a semejante actitud, las sentencias fueron relativamente leves, no pasando la máxima de tres meses de cárcel.

El gobierno de Berna, sin embargo, prohibió que se sacara a la calle la bandera roja en ningún lugar del cantón, en vista de lo cual, la Federación del Jura decidió hacer lo contrario, aceptando el reto de las autoridades de Saint-Imier, donde debíamos celebrar nuestro congreso anual aquel año. Esta vez casi todos íbamos armados y dispuestos a defender nuestra bandera hasta el último extremo. Un fuerte destacamento de policía había sido colocado en una plaza para cerrar el paso a la manifestación, y una parte de la milicia se hallaba dispuesta, con pretexto de tirar al blanco, en un campo inmediato, cuyos disparos oíamos distintamente al recorrer la población. Pero cuando nuestra columna apareció en la plaza y se juzgó por su aspecto que el choque habría de revestir un carácter de gravedad, el alcalde nos dejó seguir nuestro camino, sin molestarnos hasta llegar al salón donde se debía celebrar la reunión referida.

Ninguno de nosotros deseaba un rompimiento; pero el influjo de aquella marcha en orden de combate, acompañada de música marcial, fue de tal índole que no puedo decir cuál de estos dos sentimientos dominaba más en nosotros en el primer momento de nuestra llegada al salón: si el de satisfacción por habernos librado de una lucha que ninguno deseaba, o el de disgusto porque aquélla no se hubiera realizado. El hombre, en verdad, es un ser muy complejo.

Nuestra principal actividad, sin embargo, estaba consagrada a desenvolver los aspectos prácticos y teóricos del socialismo anarquista, y en este sentido la federación ha realizado, indudablemente, algo que durará.

Veíamos que una nueva forma de la sociedad empezaba a germinar en las naciones civilizadas, la cual debía reemplazar a la antigua; una sociedad de iguales, donde nadie se verá obligado a vender sus brazos y su inteligencia a aquellos que quieren emplearlos cuando y como mejor les convenga, sino que todos podrán aplicar sus conocimientos y aptitudes a la producción en un organismo de tal modo constituido, que al mismo tiempo que combine los comunes esfuerzos, a fin de procurar la mayor suma posible de bienestar para todos, deje a cada uno la mayor libertad imaginable, con objeto de que pueda manifestarse sin obstáculos toda iniciativa individual. Esta sociedad se compondrá de una multitud de asociaciones federadas para todo aquello que reclama esta forma de agrupación: federaciones de oficios para la producción en general, agrícola, industrial, intelectual, artística; municipios encargados de organizar el consumo, proporcionando alojamiento, alumbrado, alimentos, servicio sanitario, etc.; federación de los municipios entre si, y de éstos con las organizaciones de oficio, y, finalmente, grupos más extensos, abarcando una o varias regiones, compuestas de individuos encargados de colaborar en la satisfacción de aquellas necesidades económicas, intelectuales, artísticas y morales que no se hallan limitadas a un país determinado. Todo esto se combinará directamente por medio del concierto libre, del mismo modo que las compañías de ferrocarriles o las centrales de correos de diferentes naciones cooperan actualmente, sin tener un gobierno encargado de su dirección, y esto sucede, a pesar de estar guiadas las primeras por móviles puramente egoístas, y pertenecer las segundas a diferentes y aun antagónicos Estados, o como los meteorólogos, los club alpinos, las estaciones de botes salvavidas en la Gran Bretaña, los ciclistas, los maestros y otros, se combinan para toda clase de trabajo en común, ya se trate de empresas intelectuales o simplemente de recreo y placer. Habrá libertad completa para el desenvolvimiento de nuevas formas de producción, inventos y organización, y la iniciativa individual será estimulada, haciéndose lo contrario con la tendencia hacia la uniformidad y centralización. Además, esta sociedad no estará cristalizada en ciertas e invariables formas, sino que modificará continuamente su aspecto, porque será un organismo vivo y sujeto a la evolución, no sintiéndose la necesidad de tener gobierno, porque el libre acuerdo y la federación lo reemplazarán en todas aquellas funciones que el Estado considera suyas al presente, y porque también, habiéndose reducido las causas del conflicto, los que aun se vean surgir pueden someterse fácilmente al arbitraje.

Ninguno de nosotros desconocía la importancia y magnitud del cambio a que aspirábamos. Comprendíamos que las ideas corrientes respecto de la necesidad de la existencia de la propiedad de la tierra, fábricas, minas, habitaciones y todo lo demás, como medio de asegurar el progreso industrial, y del sistema del salario, como la manera de obligar a los hombres a trabajar, no cederían fácilmente el puesto a concepciones más perfectas de propiedad y producción socializadas. Sabíamos que una propaganda penosa y una larga serie de combates, de rebeldías individuales y colectivas contra el régimen de propiedad existente, de sacrificios personales, de movimientos y revoluciones parciales habían de surgir, y por ello era necesario pasar antes que las naturales ideas sobre la propiedad privada sufrieran modificación. Y no ignorábamos tampoco que el actual modo de pensar concerniente a la necesidad de la autoridad, en el cual todos hemos sido amamantados, no era posible ni debía esperarse que fuera abandonado de golpe por los pueblos civilizados.

Largos años de propaganda y una prolongada serie de actos parciales de rebeldía contra la autoridad, así como una modificación radical en la enseñanza que hoy se desprende de la historia, se hacían indispensables antes de que los hombres comprendieran que se habían engañado al atribuir a sus gobernantes y sus leyes lo que se derivaba en realidad de sus inclinaciones y hábitos sociales. Todo eso lo conocíamos, pero sabíamos también que, al predicar la reforma en estas dos direcciones, ayudaríamos a la corriente del progreso humano.

Cuando adquirí un conocimiento más exacto de las poblaciones obreras y de los que con ellas simpatizaban, procedentes de las clases más ilustradas, pronto me convencí de que apreciaban su libertad personal más aún que su bienestar material.

Hace cincuenta años, los trabajadores estaban dispuestos a vender su libertad personal a los gobernantes de todas clases y hasta a un César, a cambio de una promesa de mejoramiento personal; pero hoy, afortunadamente, ya no sucede eso. Vi igualmente que la fe ciega en los gobernantes elegidos, aun cuando hubieran sido elegidos entre los jefes más caracterizados del movimiento obrero, iba desvaneciéndose entre los trabajadores de los pueblos latinos. Primero necesitamos saber qué es lo que nos hace falta, para poder después realizarlo por nosotros mismos, era una idea que encontré muy desarrollada entre ellos, mucho más extendida de lo que generalmente se cree. La sentencia ya consignada en los estatutos de la Internacional, y que decía: La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, halló en todas partes generales simpatías, y ha echado raíces en las conciencias, siendo plenamente confirmada por la triste experiencia de la Comuna.

Al estallar la insurrección, un considerable número de hombres, pertenecientes a la clase media, estaba dispuesto a dar, o al menos a aceptar, un nuevo paso en el sentido de la reforma social. Cuando mí hermano y yo salíamos de nuestro alojamiento —me dijo una vez Eliseo Reclus—, tropezábamos a cada momento con personas pertenecientes a todas las clases sociales, hasta las más acomodadas, que nos preguntaban: Decidnos lo que hay que hacer. Estamos dispuestos a ensayar un nuevo régimen. Pero nosotros no nos hallábamos preparados para responder a esa interrogación.

Jamás gobierno alguno había sido tan verdaderamente representante de todos los partidos avanzados como lo fue el Consejo de la Comuna, elegido el 25 de marzo de 1871. Opiniones revolucionarias de todos los matices, como blanquistas, jacobinos e internacionales, se hallaban representadas en él en justa proporción. Y sin embargo, como los trabajadores no tenían ideas claras de reformas sociales que imprimir a sus representantes, el gobierno de la Comuna no hizo nada en semejante sentido. El solo hecho de haber estado encerrados en el Hotel de Ville y alejados de las masas, hubiera bastado para paralizarlos.

Para que triunfe el socialismo, las ideas de no gobierno, de confianza en si mismo, de libre iniciativa, del anarquismo, en una palabra, tienen necesariamente que propagarse, al mismo tiempo que las de socialización de la propiedad y de la producción.

Nosotros, indudablemente, preveíamos que si se dejaba al individuo en libertad completa para expresar sus ideas y para obrar en conformidad, habríamos de tropezar con algunas extravagantes exageraciones de nuestros principios, cosa que yo había visto en el movimiento nihilista en Rusia. Pero confiábamos —y la experiencia ha demostrado que teníamos razón— que la vida social por si misma, acompañada de una franca y sincera crítica de opiniones y actos, sería el medio más eficaz de depurar las opiniones y despojarlas de inevitables exageraciones. Ajustábamos, pues, nuestra conducta al antiguo adagio que dice que los males momentáneos que produce la libertad, se curan con ella misma. Existe en la humanidad un núcleo de hábitos sociales —herencia del pasado, no apreciada aún debidamente— que no se mantiene por la imposición y es superior a ella. Sobre él está basado todo el progreso de la humanidad, y mientras ésta no empiece a deteriorarse física e intelectualmente, no hay temor de que lo destruya ninguna clase de crítica o de protesta pasajera que se levante contra él. En tales opiniones me he ido afirmando cada vez más, a medida que aumentaba mi conocimiento de hombres y cosas.

Nos hicimos cargo, desde luego, de que semejante cambio no es posible que se produzca por la iniciativa de un hombre de genio, que no puede ser obra de una individualidad aislada, sino el resultado del trabajo constructivo de las masas; así como las formas de procedimiento judicial que se elaboraron en la primera época del periodo medioeval, la comunidad del pueblo, el municipio, la ciudad de entonces y los fundamentos de la ley internacional, fueron consecuencia de la labor constante del pueblo mismo.

Muchos de nuestros predecesores se han ocupado de describir sociedades ideales, basándolas generalmente en el principio de autoridad, y en raras ocasiones en el de la libertad. Robert Owen y Fourier han dado al mundo sus concepciones de una ciudad libre, orgánicamente desarrollada, en oposición a aquellas otras de forma piramidal, copiadas del imperio romano o de la Iglesia católica. Proudhon ha continuado la obra de los primeros, y Bakunin, aplicado su claro y profundo conocimiento de la filosofía de la historia a la crítica de las presentes instituciones, construyó en tanto que demolía. Pero todo eso no era más que un trabajo preparatorio.

La Asociación Internacional de Trabajadores inauguró un nuevo medio de resolver los problemas de la sociología práctica, apelando a los trabajadores mismos. Los hombres instruidos, que habían ingresado en la referida asociación, sólo se encargaron de ilustrar a los primeros respecto de lo que ocurría en otros países, analizar los resultados obtenidos y más tarde ayudarles a formular sus conclusiones.

No pretendimos hacer surgir un Estado ideal, como consecuencia de nuestros puntos de vista teóricos, respecto a lo que debería ser la sociedad, sino que creímos más acertado invitar a los trabajadores a investigar las causas de los presentes males, y en sus discusiones y congresos considerar los aspectos prácticos de una organización social mejor que ésta en la cual vivimos.

Una proposición presentada en un congreso internacional se recomendaba como objeto de estudio a todas las uniones de oficios. En el transcurso del año era discutida en toda Europa, en las pequeñas asambleas de las naciones, con profundo conocimiento de cada industria y cada localidad, después de lo cual el dictamen de aquéllas se presentaba en el primer congreso de cada federación regional, siendo finalmente sometido, en una forma más acabada, al próximo congreso internacional.

La estructura de la sociedad por la que tanto habíamos suspirado se hallaba realizada, teórica y prácticamente; la impulsión partía de abajo arriba, correspondiendo a la Federación del Jura una parte importante en la elaboración del ideal anarquista.

En cuanto a mí, colocado como estaba en tan favorables condiciones, pronto llegué gradualmente a comprender que el anarquismo representa algo más que un mero modo de acción y una mera concepción de una sociedad libre, y que forma parte de una filosofía natural y social, que debe desarrollarse de una manera completamente distinta de los sistemas metafísicos y dialécticos empleados en las ciencias que se ocupan del hombre. Vi claramente que debe ser tratado por los mismos procedimientos aplicados a las ciencias naturales, no ciertamente en el terreno inseguro de simples analogías, tales como las que acepta Herbert Spencer. sino sobre las sólidas bases de la inducción aplicada a las instituciones humanas. Haciendo por mi parte cuanto me fue posible por trabajar en tal dirección.

V

En el otoño de 1877 se celebraron dos congresos en Bélgica: uno de la Asociación Internacional de Trabajadores en Verviers, y el otro, socialista e internacional en Gante. El último, sobre todo, era importante, pues se sabía que los demócratas socialistas alemanes intentarían reunir todo el movimiento obrero de Europa en una organización dependiente de un Comité Central, que vendría a ser el antiguo Consejo General de la Internacional, con otro nuevo nombre. Era, pues, necesario preservar la autonomía de las organizaciones obreras en los pueblos latinos, e hicimos cuanto estuvo en nuestras manos por estar bien representados en dicho congreso. Yo asistí a él bajo el seudónimo de Levashov; dos alemanes, el tipógrafo Werner y el mecánico Rinke, hicieron casi todo el viaje a pie desde Basilea a Bélgica, y aunque entre todos no éramos más que nueve anarquistas en Gante, conseguimos hacer fracasar el proyecto de centralización.

De entonces acá han pasado veintidós años; varios han sido los congresos socialistas internacionales celebrados, y en cada uno de ellos ha surgido nuevamente la misma contienda; los demócratas socialistas, procurando alistar bajo sus banderas y tener bajo su dominio a todo el movimiento obrero europeo, y los anarquistas oponiéndose a ello y evitándolo.

¡Qué cantidad tan grande de fuerza perdida, de palabras fuertes cambiadas y esfuerzos divididos, sencilla y únicamente porque los que han adoptado la forma de conquista del poder dentro del estado actual no comprenden que la actividad en este sentido no puede abarcar a todo el movimiento socialista! Desde sus comienzos, el socialismo siguió en su desenvolvimiento tres líneas independientes representadas por Saint-Simon, Fourier y Robert Owen. El saintsimonismo ha venido a parar en la democracia socialista, y el fourierismo en el anarquismo, en tanto que el owenismo se desarrolla en Inglaterra y los Estados Unidos bajo la forma de uniones de oficios, de cooperación y del llamado socialismo municipal, permaneciendo hostil al socialismo de Estado demócrata socialista y teniendo muchos puntos de contacto con el anarquismo. Pero a causa de no haberse logrado reconocer que los tres se dirigen hacia una meta común por tres caminos diferentes, y que los dos últimos contribuyen eficazmente al progreso humano, se ha dejado transcurrir un cuarto de siglo ocupados en la ingrata tarea de realizar la imposible utopía de un solo movimiento obrero, según el molde demócrata socialista.

El congreso de Gante terminó para mí de un modo inesperado. A los dos o tres días de su inauguración supo la policía quién era Levashov, y recibió orden de arrestarme por haber faltado a las ordenanzas gubernativas al dar en el hotel un nombre supuesto.

Mis amigos belgas me previnieron de lo que ocurría; me aseguraron que el ministerio clerical, que estaba en el poder, era capaz de entregarme a Rusia, e insistieron en que abandonara desde luego el congreso, empeñándose en que no había de volver al hotel. Guillaume me cerró el paso, diciendo que tendría que hacer uso de la fuerza material si insistía en querer ir a él. Tuve, pues, que marcharme con algunos de los compañeros de la localidad, y apenas me uní a ellos, empecé a oír voces veladas y silbidos que partían de todos los ángulos de una plaza poco alumbrada, en la que había diseminados grupos de trabajadores; todo aquello parecía muy misterioso; al fin, después de mucho cuchicheo y vacilaciones, varios compañeros me llevaron a casa de un obrero demócrata socialista, donde tenía que pasar la noche, y que me recibió, a pesar de ser yo anarquista, con la afabilidad y el cariño de un hermano.

A la mañana siguiente tomé de nuevo el camino para Inglaterra a bordo de un vapor, provocando benévolas sonrisas entre los aduaneros ingleses, que me preguntaban por mi equipaje, mientras yo no llevaba más que un pequeño saco de mano.

No permanecí largo tiempo en Londres. En las admirables colecciones del Museo Británico estudié los principios de la Revolución francesa —de qué modo surgen las revoluciones—, pero necesitaba más actividad, y pronto me fui a París. Un renacimiento de agitación obrera empezaba allí después de los tristes sucesos de la Comuna. Con el italiano Costa y los pocos amigos anarquistas con que contábamos entre los trabajadores de la gran ciudad, así como con Julio Guesde y sus colegas, quienes no eran estrictamente demócratas socialistas en aquella época, formamos los primeros grupos socialistas.

Nuestros comienzos fueron ridículamente pequeños: una media docena nos reuníamos en un café, y cuando en un mitin el auditorio llegaba a unas cien personas, nos considerábamos dichosos. Nadie hubiera podido calcular entonces que dos años más tarde el movimiento se hallaría en todo su apogeo.

Pero en Francia las ideas tienen su modo especial y característico de desarrollarse; cuando la reacción ha vencido, todas las trazas visibles de agitación desaparecen, siendo pocos los que se hallan dispuestos a luchar contra la corriente. Pero de un modo algo misterioso, por una especie de infiltración de las ideas, se le empieza a minar el terreno a la reacción; una nueva corriente se presenta, y entonces obsérvase de manera evidente y repentina que lo que se juzgaba muerto, no sólo se halla vivo, sino que ha ido extendiéndose y ensanchándose durante todo ese tiempo, y tan pronto como la manifestación de la conciencia pública se hace posible, miles de partidarios, cuya existencia nadie sospechaba, aparecen en escena. Hay en París —solía decir el antiguo revolucionario Blanqui— cincuenta mil hombres que nunca van a un mitin o a una manifestación, pero que, desde el momento que ven que el pueblo está en la calle, acuden a prestar su concurso y favorecer la insurrección. Otro tanto pasó entonces: no llegábamos a veinte los promotores de la agitación, ni a doscientos los que la sostenían abiertamente. En la primera conmemoración de la Comuna, en marzo de 1878, con seguridad que no llegábamos a ese número; pero dos años después, una vez votada la amnistía, la población de París salió a la calle a recibir a los comunalistas que volvían, y acudieron a millares para vitorearlos en los mítines, y el movimiento socialista adquirió una rápida expansión, arrastrando en pos de si a los radicales.

Antes de ese momento, la situación era aun difícil, y una noche, en abril de 1878, Costa y un compañero francés fueron detenidos y condenados a dieciocho meses de cárcel, por internacionales. Yo me escapé de correr la misma suerte, debido sólo a una equivocación: la policía buscaba a Levashov, y fue a detener a un estudiante ruso cuyo nombre era muy parecido a ese; y yo, que había dado el mio verdadero, seguí viviendo en París un mes más, marchándome luego a Suiza, de donde me llamaban.

VI

Durante esta permanencia en París trabé mis primeras relaciones de amistad con Turguéniev, quien había expresado a nuestro común amigo P. L. Lavrov el deseo de verme, y, como un verdadero ruso, celebrar mi fuga con un modesto banquete familiar.

Con un sentimiento de profundo respeto, que rayaba en veneración, atravesé los umbrales de su puerta. Si con sus Notas del Cazador prestó a Rusia el inmenso servicio de hacer más odiosa aún la servidumbre (en esa época ignoraba yo que había colaborado en una publicación tan importante como Kolokol, de Herzen), con sus demás novelas fue igualmente muy útil a su patria. Ha mostrado lo que es la mujer rusa, qué grandeza de pensamiento y corazón atesora, y lo que puede ser como inspiradora del hombre, haciéndonos ver de qué modo miran a las mujeres que aman aquellos a quienes con algún fundamento se les considera como seres superiores. En mi ánimo, como en el de miles de mis contemporáneos, esta parte de su doctrina causó una impresión indeleble, mucho más eficaz que los mejores artículos sobre los derechos de la mujer.

Su aspecto es bien conocido: alto, de fuerte complexión, la cabeza cubierta de una fina y espesa cabellera gris; era lo que se llama una hermosa figura; en sus ojos brillaba la inteligencia, descubríase en su mirada un toque de dulce ironía, y todas sus maneras atestiguaban esa sencillez y falta de afectación que son características de los mejores escritores rusos. Su admirable cráneo revelaba un vasto desarrollo cerebral, y a su muerte, cuando Pablo Bert y Pablo Reclus (el médico) pesaron su masa encefálica, pasaba de los dos mil gramos, y esta cifra aventajaba tanto a las más elevadas entonces conocidas —la del cerebro de Cuvier—, que desconfiando de la balanza, buscaron otras, a fin de comprobar la operación.

Su conversación era indudablemente notable: hablaba como escribía, en imágenes; cuando quería desarrollar un pensamiento, no acudía a argumentos, a pesar de ser un maestro en discusiones filosóficas, sino que lo ilustraba con un cuadro, presentábalo en forma tan artística como si lo hubiera tomado de una de sus novelas.

Debéis conocer muy a fondo el carácter francés, el alemán y el de otros pueblos, a causa del tiempo que habéis vivido en el extranjero —me dijo una vez—. ¿No habéis notado que hay una profunda sima entre muchas de sus concepciones y el modo de ver que nosotros, los rusos, tenemos sobre el mismo particular, existiendo puntos sobre los cuales jamás nos pondremos de acuerdo?

Yo le contesté que no me había fijado en ello.

La escena representaba la familia reunida a la hora de almorzar. La muchacha entra y se aproxima al que hace las veces de padre, quien va a darle un beso; pero el joven, que ha llegado a enterarse de todo, se interpone gritando: ¡No oséis tocarla! (¡N’osez pas!).

Esta exclamación arrebató al teatro, y los aplausos estallaron por todos lados; Flaubert y los otros tomaron parte en ellos, y yo quedé disgustadísimo.

¡Cómo —dijo después—, esta familia era feliz! El hombre había sido mejor padre para esas criaturas que el verdadero... y la madre lo quería y era dichosa a su lado... Este muchacho, mal educado y presa del extravío, sólo merece censura por lo hecho... Pero fue inútil. Discutí después con ellos durante horas enteras, mas ninguno logró comprenderme.

Yo, aunque naturalmente estaba por completo de acuerdo con tales ideas, observé, sin embargo, que como sus relaciones eran principalmente entre la clase media, allí la diferencia de nación a nación es inmensa en verdad; en tanto que las mías se hallaban exclusivamente entre el pueblo, cuyo parecido, en particular al tratarse de los agricultores, es muy grande.

Al expresarme así, cometí, no obstante, un grave error, pues al conocer más tarde y de modo más intimo el carácter del trabajador francés, pensé a menudo en la exactitud de las referidas indicaciones. Media verdaderamente un abismo entre el concepto que se tiene en Rusia del matrimonio y el que predomina en Francia, lo mismo entre los trabajadores que en la clase media, y otro tanto ocurre al tratarse de otros asuntos entre el punto de vista ruso y el de otros pueblos.

Se ha dicho en alguna parte, después de la muerte de Turguéniev, que se había propuesto escribir una novela sobre este particular. Pero si la hubiera empezado, la escena recién referida se encontraría en el original. ¡Qué lástima que no lo hiciera! El, que era un verdadero occidental en sus modos de discurrir, pudo haber hecho muy profundas reflexiones sobre un asunto que tan directa y personalmente le afectaba.

De todos los novelistas del siglo XIX, Turguéniev es ciertamente el que ha llegado a más altura como artista, y su prosa suena como una dulce armonía en los oídos rusos, música tan sublime y expresiva como la de Beethoven. Sus principales novelas —la serie de Dimitri Rudin, El Retiro de un Noble, La Víspera, Padres e Hijos, Humo y Suelo Virgen— representan los principales caracteres históricos de las clases más ilustradas de Rusia, que se sucedieron rápidamente desde el 48; todos dibujados con tan completa concepción filosófica, conocimiento humano y hermosura artística, que no encuentra semejanza en ninguna otra literatura. Y sin embargo, Padres e Hijos—novela que él, con razón, consideraba como su obra más importante— fue recibida por la juventud rusa con una ruidosa protesta, pues ésta declaró que el nihilista Bazarov no era, ni con mucho, un verdadero representante de la clase, considerándolo muchos como una caricatura de la nueva generación. Esta crítica afectó profundamente al autor, y aunque más tarde se efectuó una conciliación entre ambas partes en San Petersburgo, después de publicado Suelo Virgen, la herida que estos ataques le causaron no se cerró jamás.

El sabia por Lavrov que yo era un entusiasta admirador de sus obras, y un día, al volver juntos en carruaje de una visita al estudio de Antokolski, me preguntó qué pensaba de Bazarov, a lo que contesté can franqueza: Esa figura es un retrato admirable del nihilista, pero se percibe que no sentías por él el mismo afecto que por los demás personajes.

Por el contrario, le amo, le quiero intensamente —replicó él con una energía inusitada—; al llegar a casa os enseñaré mi diario, en el que hallaréis anotado las lágrimas que derramé al terminar la novela con la muerte de Bazarov.

Era evidente que Turguéniev sentía cariño por el aspecto intelectual de Bazarov, e identificábase de tal modo con la filosofía nihilista de su héroe, que hasta llegó a llevar un libro de apuntes a su nombre, apreciando los acontecimientos del día según el criterio da Bazarov. Pero así y todo, creo que era mayor la admiración que el afecto que sentía por él.

En una brillante conferencia sobre Hamlet y Don Quijote, divide a los grandes escritores en dos clases, representadas por uno u otro de estos dos caracteres. Ante todo el análisis, después la incredulidad, y por consiguiente la falta de fe; un hombre vanidoso no puede creer ni aun en si mismo —así describía a Hamlet—, siendo, por consiguiente, un escéptico que jamás hará nada de importancia, mientras que Don Quijote, que pelea contra los molinos de viento y toma la bacía de un barbero por el mágico yelmo de Mambrino (¿quién de nosotros no ha cometido alguna vez el mismo error?), es un verdadero jefe de las masas, porque éstas siempre siguen a aquellos que, sin preocuparse de los sarcasmos de la mayoría ni tampoco de las persecuciones, marchan en línea recta hacia adelante, con la vista fija en una meta que tal vez sean ellos los únicos que la divisan. Estos hombres pueden caer buscándola, pero se volverían a levantar, y no pararán hasta encontrarla; lo que, dada su perseverancia, es ciertamente justo y natural. En cuanto a Hamlet, a pesar de ser un escéptico, como ya se ha dicho, y no creer en el Bien, no le sucede lo mismo respecto al Mal; por el que siente aborrecimiento. Este y el engaño son sus naturales enemigos; sin embargo, su escepticismo no es indiferencia, sino duda y negación que, finalmente, concluyen por consumir su voluntad.

Estas ideas de Turguéniev dan, en mi concepto, la clave que se necesita para poder apreciar bien las relaciones existentes entre él y los personajes de sus novelas. Dicho escritor, así como muchos de sus mejores amigos, pertenecían, de modo más o menos encubierto, al tipo de Hamlet. Amando, pues, a Hamlet y admirando a Don Quijote, se entusiasmaba también con Bazarov. Él representaba la superioridad de éste perfectamente bien; comprendía el carácter trágico de su aislada posición, pero no le era posible circundarle de ese amor delicado que profesaba, como a un amigo enfermo, a sus héroes, cuando éstos se acercaban al tipo de Hamlet. Esto no hubiera sido natural. Y nosotros sentíamos su ausencia.

¿Conocisteis a Mishkin? —me preguntó una vez en 1878. Al verse el proceso de nuestros círculos Mishkin se reveló como una gran personalidad—. Me gustaría poder apreciar todos los detalles de su existencia —continuó diciendo—. Ese es un hombre en quien no se encuentra la más leve traza de hamletismo. Y al hablar así, es indudable que meditaba sobre este nuevo tipo del movimiento ruso, que no se conocía en la época que él escribió su Suelo Virgen, y que no apareció hasta dos años más tarde.

Lo vi por última vez en el otoño de 1881. Se hallaba muy enfermo y atormentado por la idea de que debía escribir a Alejandro III —que acababa de subir al trono y vacilaba respecto de la política que había de seguir— pidiéndole que diera a Rusia una constitución, demostrando con una sólida argumentación la necesidad de este paso.

Con profundo pesar me dijo, refiriéndose a dicho asunto: Comprendo la necesidad de hacerlo, pero veo que no me va a ser posible realizarlo. En efecto, ya entonces sufría intensos dolores ocasionados por un cáncer en la espina dorsal, costándole gran trabajo hasta el sentarse y conversar por breves momentos. No pudo, pues, hacer lo que deseaba, y algunas semanas más tarde hubiera resultado inútil, porque el nuevo emperador había anunciado en un manifiesto su intención de seguir siendo el jefe absoluto del país.

Sí, los hay —replicó él—. He aquí un ejemplo: una noche nos hallábamos en el estreno de una comedia; yo estaba en un palco con Flaubert, Daudet y Zola (No estoy seguro de que nombrase a ambos, Daudet y Zola, pero sí de que indudablemente se refirió a uno de los dos). Todos eran hombres de opiniones avanzadas, y el argumento de la obra tal como sigue: Una mujer, después de separarse de su marido, había vuelto a amar, y ahora vivía con otro, a quien se representaba en la obra como una persona excelente. Durante años habían disfrutado de felicidad. Los dos hijos de ella —una niña y un varón— eran pequeños cuando se efectuó la separación; ahora ya habían crecido, y durante todo este tiempo consideraron a aquel hombre como su verdadero padre; ella tenía unos dieciocho años y él diecisiete. El supuesto padre les profesaba un afecto como si realmente hubieran sido sus hijos, y ellos correspondían a su cariño.

A su lado se hallaba Lefrançais, hombre de alguna edad, que fue profesor de instrucción pública en otro tiempo y que había estado tres veces emigrado después de junio del 48, a causa del golpe de Estado de Napoleón, y tras los acontecimientos de 1871. Ex-miembro de la Comuna, y por consiguiente, uno de aquellos de quien se decía que habían salido de París con los bolsillos repletos de millones, trabajó de mozo de estación en el ferrocarril de Lausana, estando a punto de perder la vida en tal ocupación, que reclamaba espaldas más fuertes que las suyas. Su libro sobre la Comuna es el que contiene la verdadera significación histórica de aquellos acontecimientos. Soy comunalista, pero no anarquista —decía—; no puedo estar al lado de locos semejantes, y, sin embargo, con nadie estaba más que con nosotros, porque, como solía decir, a pesar de todo, sois la gente que más me gusta, pues se puede trabajar a vuestro lado sin perder uno su individualidad.

VII

Entretanto, los asuntos de Rusia tomaron un nuevo giro. La guerra empezada contra Turquía en 1877 terminó entre el disgusto general. Antes de que aquélla estallara había en el país un gran entusiasmo en favor de los eslavos oprimidos; muchos también creían que una guerra de emancipación en los Balkanes daría por resultado un movimiento de avance en dirección del progreso en la Rusia misma. Pero la liberación de las referidas poblaciones sólo se efectuó de un modo limitado.

Los tremendos sacrificios hechos por el pueblo ruso resultaron estériles, debido a las torpezas de los altos jefes militares. Centenares de miles de hombres habían sido sacrificados en batallas que sólo fueron victorias a medias, y las concesiones arrancadas a Turquía vinieron a quedar en nada en el Tratado de Berlín, sabiéndose igualmente por el país en general que la malversación de los fondos públicos había sido casi tan grande en esta guerra como en la de Crimea.

Y precisamente en este momento de disgusto general por que atravesó Rusia en 1877, fue cuando 193 personas, presas desde 1873, y relacionadas con nuestra agitación, comparecieron ante los tribunales.

Los acusados, defendidos por varios abogados de talento, conquistaron desde el primer momento las simpatías del público, y causaron una impresión muy favorable en la sociedad de San Petersburgo, y, cuando se llegó a saber que la mayoría había pasado tres o cuatro años de prisión preventiva y que no bajaban de veintiuno los que habían perdido la razón o apelado al suicidio, creció más aún el sentimiento despertado en su favor hasta en los magistrados mismos. Las sentencias fueron graves para los menos y leves para los demás. Estas últimas, en virtud del largo tiempo que todos habían estado bajo proceso, lo que por sí solo constituía un duro castigo, al que nada en justicia era dado agregar.

Todo el mundo confiaba que el emperador mitigada aún más las condenas; pero se vio con gran sorpresa que sucedió todo lo contrario. Aquellos que habían sido absueltos fueron desterrados a remotas regiones de Rusia y Siberia, imponiéndoles de cinco a doce años de trabajos forzados a los que habían sido condenados a algunos meses de correccional. Esto fue obra del general Mezentzev, jefe de la Sección Tercera.

Al mismo tiempo que sucedía eso, el general Trépov, jefe de policía de San Petersburgo, al notar en una de sus visitas a la prevención, que uno de los presos políticos llamado Bogoliubov, no se había quitado el sombrero para saludar al omnipotente sátrapa, se arrojó sobre él, le golpeó, y al ver que se defendía ordenó que le azotaran. Los demás presos, al enterarse en sus celdas de lo que ocurría, expresaron ruidosamente su indignación, a consecuencia de lo cual fueron terriblemente apaleados por carceleros y policías. Los presos políticos rusos soportaron sin murmurar todas las penalidades impuestas sobre ellos, pero todos se hallan resueltos a no tolerar castigos corporales.

La joven Vera Zasúlich, que ni aun de vista conocía a Bogoliubov, cogió un revólver, buscó al jefe de policía y le pegó un tiro, hiriéndolo solamente. Alejandro II contempló a la heroica joven, que debió impresionarle, tanto por su dulce semblante como por su modestia. Eran tantos los enemigos que tenía Trepov en San Petersburgo, que aquéllos consiguieron que se viera la causa ante el jurado, declarando ella al tribunal que sólo había acudido a la violencia después de agotados todos los medios para hacer público lo que pasaba, y obtener alguna especie de satisfacción. Hasta el mismo corresponsal del Times en Londres, a quien se había pedido diera cuenta del suceso en su publicación, se negó a ello, tal vez por considerarlo improbable. Entonces fue cuando, sin dar parte a nadie de sus intenciones, trató de matar a Trepov, y ahora que el suceso se había hecho del dominio público, se alegraba de que no hubiese tenido más graves consecuencias. El jurado la absolvió por unanimidad, y cuando la policía trató de volverla a detener al salir de la Audiencia, los jóvenes de la capital, que se hallaban agrupados a sus puertas, la libraron de caer nuevamente en las garras. Después marchó al extranjero, y pronto se vio entre nosotros en Suiza.

Este acontecimiento produjo una gran sensación en toda Europa. Yo estaba en París cuando llegó la noticia de la absolución, y, como tuviera que ir aquel día a las redacciones de varios periódicos, encontré a sus directores radiantes de entusiasmo, escribiendo inspirados artículos en honor de la heroína. Hasta la sesuda Revue des Deux Mondes manifestó en su revista del año que las dos personas que más impresionaron la opinión pública en 1878 fueron el príncipe Gortchakov, en el Congreso de Berlín, y Vera Zasúlich, cuyos retratos aparecieron uno al lado del otro en varios almanaques. La impresión que en los trabajadores de Europa produjo la abnegación de esta valerosa joven fue tremenda.

Algunos meses después, sin que fuera el resultado de una conjuración, se realizaron, aunque sin éxito, cuatro atentados contra cabezas coronadas, en corto intervalo. El trabajador Hödel y el doctor Nobiling hicieron fuego contra el emperador de Alemania; pocas semanas después, un trabajador español, llamado Oliva Moncasi, intentó hacer lo mismo con el rey de España, y el cocinero Passananti se lanzó cuchillo en mano sobre el de Italia.

Los gobiernos de Europa no podían creer que tales atentados contra la vida de tres reyes hubieran podido ocurrir sin tener como origen una conspiración internacional, deduciendo de ahí que la Federación del Jura y la Asociación Internacional de Trabajadores eran las responsables. Más de veinte años han pasado desde entonces, y puedo afirmar de modo incuestionable que semejantes suposiciones carecen por completo de fundamento. A pesar de lo cual, todos los gobiernos europeos hicieron cargos a Suiza, reprochándole que daba abrigo a los revolucionarios que fraguaban tales empresas. Pablo Brousse, el director de nuestro periódico del Jura Avant-Garde, fue detenido y procesado. Al ver los jueces suizos que no había ni el más ligero pretexto para complicar a dicho amigo o a la mencionada Federación en los referidos acontecimientos, lo condenó únicamente a dos meses de cárcel por los artículos denunciados; pero la publicación fue suprimida, y el gobierno federal indicó a todos los establecimientos tipográficos del país la conveniencia de no imprimir dicho periódico ni otro alguno de la misma índole, por cuya razón la Federación del Jura quedó sin representación en la prensa.

Además, los políticos suizos, que miraban con malos ojos la agitación anarquista que tenía lugar en su país, se condujeron privadamente de tal modo que obligaron a los jefes principales suizos de aquella Federación a retirarse de la vida pública o a morirse de hambre. A Brousse lo expulsaron de Suiza; James Guillaume, que durante ocho años había mantenido a través de todos los obstáculos el órgano oficial de la Federación, viviendo principalmente de sus lecciones, no encontraba ocupación, y al fin se vio obligado a dejar el país y trasladarse a Francia. Adhémar Schwitzguebel no encontraba trabajo en su oficio de relojero, y agobiado por el peso de una numerosa familia, tuvo que retirarse del movimiento. Spichiger, que se hallaba en el mismo caso, emigró, y sucedió, pues, que yo, a pesar de ser extranjero, tuve que hacerme cargo de la publicación del periódico, órgano de la Federación. Vacilé, como es natural, antes de abordar tal empresa; pero como no había otro remedio, emprendí la obra en compañía de dos amigos, Dumartheray y Herzig, y sacamos en febrero de 1879, en Ginebra, un quincenario con el título de Le Révolté; tenía que escribir yo casi todo el número. Sólo contábamos con veintitrés francos para empezar; pero todos nos dedicamos a buscar suscripciones, y conseguimos dar a luz el primer número. Era moderado en la forma, pero revolucionario en el fondo, e hice lo posible por redactarlo en un lenguaje tal que las cuestiones complejas, lo mismo históricas que económicas, se hallaran al alcance de todo obrero inteligente. A seiscientos llegaba el máximo de los ejemplares que se tiraban del órgano anterior. De Le Révolté publicamos dos mil, y en pocos días todos se habían colocado. Su éxito fue completo; aun sigue publicándose en París, con el nombre de Temps Nouveaux.[13]

Los periódicos socialistas tienden a menudo a convertirse en memoriales de agravios contra el régimen actual. En ellos se relatan los sufrimientos de los trabajadores de las minas, las fábricas y los campos; la miseria que aflige a aquéllos y sus padecimientos durante la huelga son descritos con esos colores; su impotencia en la lucha legal con los patronos se pone de manifiesto, y esta sucesión de esfuerzos inútiles, dados a conocer por la prensa, ejerce una influencia muy deprimente en el ánimo del lector. Para contrarrestarla, el periodista tiene que acudir principalmente a un lenguaje enérgico, con el cual procura despertar al dormido y avivar la fe del incrédulo.

Yo, por el contrario, pensé que un periódico revolucionario debe ser, ante todo, el que ponga de manifiesto esos síntomas, que en todas partes anuncian la llegada de una nueva era, la germinación de nuevas formas de vida social y la creciente rebeldía contra las caducas instituciones. Estas señales de los tiempos deberían ser atentamente observadas, reunidas según sus afinidades y agrupadas de tal modo que hicieran ver al espíritu vacilante de las mayorías, la ayuda invisible, y con frecuencia inconsciente, que las ideas avanzadas encuentran en todas partes, cuando un renacimiento de vida intelectual tiene lugar en la sociedad entera. Identificarse con las aspiraciones del corazón humano en toda la superficie del planeta, con los actos de rebeldía contra las antiguas y añejas injusticias sociales, con sus esfuerzos encaminados a buscar nuevas formas —tal debía ser el principal deber de una publicación revolucionaria. La esperanza y no la desesperación, es lo que da el triunfo a las revoluciones.

Los historiadores nos dicen con frecuencia de qué modo este o aquel sistema filosófico ha realizado un cambio primero en el pensamiento humano y después en las instituciones. Pero ésta no es la historia; los más grandes filósofos sociales no han hecho más que advertir los cambios que se avecinan, comprender sus íntimas relaciones y, ayudados por la inducción y la intuición, predecir lo que ha de suceder. También puede ser fácil fraguar un plan de organización social, tomando como punto de partida algunos principios, y desarrollarlos hasta sus últimas consecuencias, como se hace con una conclusión geométrica deducida de varios axiomas; pero esto no es sociología.

No es posible pronosticar correctamente con carácter social, sin perder de vista la multitud de signos que dan a conocer la nueva vida, separando los hechos anormales de aquellos que son esencialmente orgánicos, y edificando sobre esta base la generalización.

Esa era la manera de pensar con que yo quería familiarizar a mis lectores, haciendo uso de un lenguaje claro y sencillo, a fin de acostumbrar aún a los más modestos a juzgar por sí mismos todo lo referente a la cuestión social, y corregir, si fuese necesario, al pensador, en el caso que éste llegase a conclusiones erróneas.

En cuanto a la crítica de lo existente, sólo me ocupé de ella para desarraigar las causas del mal y demostrar que un fetichismo profundamente implantado, y cuidadosamente mantenido, respecto de las antiguas costumbres, correspondiente a fases anteriores del desarrollo humano, y una generalizada cobardía de la mente y de la voluntad, son las principales fuentes de todas las calamidades.

La cooperación de Dumartheray y Herzig me fue en extremo provechosa; el primero era hijo de una de las más pobres familias de Saboya; su instrucción no pasaba de los primeros rudimentos, y sin embargo era uno de los hombres más inteligentes que jamás he conocido. Sus apreciaciones de los acontecimientos corrientes y de los hombres del día eran tan notables por su extraordinario buen sentido, que a menudo resultaban proféticas. Se distinguía igualmente como uno de los más notables críticos de la literatura socialista de la época, y nunca se dejaba intimidar por palabras retumbantes y frases huecas.

Herzig era un joven dependiente de comercio, natural de Ginebra; hombre de emociones comprimidas, tímido, que se ruborizaba como una joven al expresar una idea original, y que después de mi arresto, cuando quedó a cargo de la continuación del periódico, aprendió a escribir muy bien, gracias a su fuerza de voluntad. A pesar de haberle cerrado sus puertas todos los patronos, y sufriendo en compañía de su familia los rigores de la miseria, no abandonó el periódico mientras no nos fue posible trasladarlo a París. Más tarde editó en Ginebra, juntamente con el italiano Bertoni, un excelente periódico anarquista para obreros, Le Réveil.

En el juicio de estos dos amigos se podía confiar implícitamente. Si Herzig fruncía el ceño murmurando: Sí, bueno, puede pasar, ya se sabía que el párrafo no era viable. Y cuando Dumartheray, que siempre se quejaba del mal estado de sus gafas cuando tenía que leer alguna nota manuscrita, por clara que fuera la letra, por cuyo motivo generalmente no leía más que pruebas, se interrumpía exclamando: ¡No, eso no encaja bien! comprendía yo en el acto que algún error se había cometido y trataba de ponerle remedio. No se me ocultaba que era inútil preguntarle por qué encontraba mal aquel pasaje, pues seguramente hubiera contestado: Eso no es cuenta mía, sino vuestra. Todo lo que yo puedo decir es que no está bien. Mas como yo veía que tenía razón, poníame a rehacer el punto aludido, o, tomando el componedor, levantaba otro nuevo en lugar de aquél.

Debo hacer constar también que no escaseaban las dificultades. No bien habíamos publicado cuatro o cinco números, cuando el dueño de la imprenta nos dijo que nos fuéramos con la música a otra parte. Para los trabajadores y sus periódicos, la libertad de imprenta escrita en la constitución tiene más cortapisas de lo que parece. El patrón no era enemigo de la publicación; por el contrario, le gustaba; pero en Suiza todos los establecimientos tipográficos dependen, más o menos, del gobierno, quien les proporciona trabajos estadísticos o de otra índole, y se le hizo saber al patrono que, si continuaba imprimiendo nuestro periódico, no contara con más encargos del Estado.

Recorrí toda la región de Suiza que habla francés, y en ella recibí igual contestación, aun de aquellos a quienes no disgustaban las ideas, respondiendo todos en estos o parecidos términos: No podemos vivir sin trabajar para el gobierno, el cual nada nos daría desde el momento que aceptáramos publicar Le Révolté.

Volví, pues, a Ginebra muy desanimado; pero Dumartheray se hallaba en cambio muy confiado y lleno de energía. La cuestión es bien sencilla —nos dijo—; compraremos lo que se necesite a tres meses fecha, y en ese tiempo hallaremos manera de atender a nuestros créditos. Pero si no tenemos más que unos centenares de francos —me aventuré a contestar—. El dinero es lo de menos, no nos faltará. Pidamos, desde luego, los tipos y publiquemos en seguida el próximo número, y vendrá lo preciso para el caso. Y así fue, en efecto: cuando se imprimió el primer número en nuestra propia Imprimerie Jurassienne, dimos a conocer la situación y publicamos además un par de pequeños folletos, tomando todos parte en el trabajo; el dinero llegó; la mayoría en cobre y plata menuda; pero llegó. Muchas veces, durante mi vida, he oído quejarse en los partidos avanzados de la falta de dinero, y no obstante, mientras más tiempo pasa, más me persuado de que nuestra principal dificultad no es tanto la falta de dinero como de hombres que marchen resuelta y francamente, en línea recta, hacia una aspiración definida y sepan comunicar su entusiasmo a los demás.

Durante veintisiete años, nuestro periódico ha seguido viviendo al día; aparecía en casi todos los números un llamamiento en demanda de fondos; pero mientras hubiese quienes dedicasen a él todas sus energías, como Herzig y Dumartheray lo hicieron en Ginebra, y como Grave lo ha hecho en París, el dinero no cesará de entrar, y un ingreso anual de 20.000 francos se recaudará, compuesto principalmente de cobres y pequeñas monedas de plata de los trabajadores, destinado a cubrir los gastos de impresión del periódico y algunos folletos. Para esto, como para todo lo demás, los hombres son de mucho más valor que el dinero.

Instalamos nuestra imprenta en un local muy reducido, y un cajista procedente de la Pequeña Rusia se comprometió a hacer el periódico por la modesta suma de sesenta francos al mes. Con sólo poder comer bien frugalmente e ir alguna vez que otra a la ópera, se daba por satisfecho.

— ¿Vas a tomar un baño turco, Iván? —le pregunté una vez que lo encontré en la calle con un pequeño lío bajo el brazo.

— No, es que me mudo —me respondió con su voz constantemente melodiosa y su acostumbrada sonrisa.

Desgraciadamente no sabía francés. Yo procuraba escribir mis originales con la mejor letra posible, pensando a menudo en el tiempo que había perdido en la escuela, en la clase de nuestro buen Ebert; sin embargo, él trataba de leerlo lo mejor que podía, y aunque en vez de inmediatament solía poner inmuidiatmunt u otra cosa por el estilo, como el espacio no variaba y no era necesario alterar la extensión de la línea al hacer la corrección, bastando con reemplazar unas letras por otras, no lo pasábamos del todo mal. Nuestras relaciones con Iván eran amistosas, y bajo su dirección aprendí algo de tipografía. La composición se terminaba siempre a tiempo para llevar las pruebas a un compañero suizo, que era el editor responsable, y a quién se las presentábamos antes de tirar el número, después de lo cual se llevaba todo a un establecimiento donde se imprimía. Nuestra Imprimerie Jurassienne se dio pronto a conocer, gracias a sus publicaciones, y en particular a sus folletos, que Dumartheray no permitía se vendieran a más de diez céntimos, y cuya redacción estaba hecha en un estilo completamente nuevo. Debo confesar, sin embargo, que algunas veces me permití envidiar a aquellos escritores que pueden desarrollar su pensamiento con la mayor extensión posible, y a quienes se les permite dar la conocida excusa de Talleyrand: No he tenido tiempo de ser breve. Cuando tenía que condensar los resultados de varios meses de trabajo sobre, digamos, por ejemplo, los orígenes de la ley, en un folleto de diez céntimos, era indudable que necesitaba tiempo para escribir con brevedad; pero como lo hacíamos con destino a los trabajadores, no perdíamos de vista que veinte céntimos suelen ser para muchos de ellos una carga excesiva. El resultado fue que nuestros folletos de diez y cinco céntimos se vendieron a millares y fueron traducidos a otras lenguas. Los principales de esa época fueron publicados más adelante, mientras yo estaba preso, por Eliseo Reclus, con el título de Palabras de un rebelde(Parols d’un Révolté).

Francia era siempre el punto objetivo de todas nuestras aspiraciones; pero como Le Révolté se hallaba terminantemente prohibido en dicho país, y los contrabandistas tenían tantas cosas buenas que introducir en él procedentes de Suiza, no querían ocuparse de los asuntos nuestros. Una vez fui en su compañía y crucé con ellos la frontera; vi que eran buena gente y de confianza, pero no logré mi propósito. Todo lo que pude hacer fue enviar el periódico bajo sobre a un centenar de personas en Francia, sin cargar nada por el franqueo, confiando en la suscripción voluntaria de nuestros amigos para cubrir los gastos extraordinarios, cosa que nunca nos faltó; pues a menudo pensamos que la policía francesa había perdido una buena oportunidad de arruinarnos, suscribiéndose a cien ejemplares y no mandando nada en cambio.

Desde el primer año tuvimos que confiar en nuestros propias fuerzas; pero gradualmente Eliseo Reclus fue interesándose por el asunto, dándole, después de mi arresto, más vida que nunca al periódico. Este amigo me había invitado a que le ayudara en la preparación del volumen de su monumental geografía, en la parte referente a los dominios rusos en Asia, pues aunque había aprendido el ruso, creía que, como yo conocía bien a Siberia, podría serle útil, y como mí esposa se hallaba delicada de salud y el médico le había ordenado que no siguiera expuesta a los vientos de Ginebra, nos trasladamos en los primeros días de la primavera de 1880 a Clarens, donde aquél residía entonces. Nos instalamos, por consiguiente, allí, en una casita con vistas a las azules aguas del lago de Ginebra, que se encontraban en segundo término, y a las nieves que cubrían el Dent du Midi, que cerraba el fondo del cuadro. Un arroyo que después de la lluvia rugía como un torrente, arrastrando inmensas rocas y cavándose un nuevo lecho, corría al pie de nuestras ventanas, y en la vertiente del cerro opuesto se levantaba el antiguo castillo de Chatelard, cuyos dueños, hasta la revolución del burla papei, (los incendiarios de papel), en 1799, imponían sobre los campesinos que poblaban las inmediaciones, vejatorios impuestos con motivo de los nacimientos, matrimonios y defunciones. Aquí, con el concurso de mi mujer, con quien solía discutir sobre todos los acontecimientos y los trabajos realizados, y que ejercía una severa crítica literaria sobre estos últimos, fue donde produje lo mejor que hice para el Révolté, entre lo cual se encuentra el llamamiento A los jóvenes, que tanta aceptación halló en todas partes. En una palabra, en este lugar eché los cimientos y tracé las líneas generales de todo lo que escribí más adelante.

En Clarens, además del trato con Eliseo Reclus y Lefrançais, que desde entonces he cultivado siempre, me hallaba en íntimas relaciones con los obreros, y aunque trabajaba bastante en la geografía todavía me era dado contribuir en mayor escala que de ordinario a la propaganda anarquista.

VIII

En Rusia, la lucha en favor de la libertad tomaba cada vez un carácter más alarmante. Varios procesos políticos habían sido vistos en las Audiencias —el de los ciento noventa y tres, el de los cincuenta, el del círculo de Dolgushin y otros,— y en todos ellos resultó aparente el mismo hecho. La juventud estudiosa habla ido a predicar el socialismo a los trabajadores del campo y a los de las fábricas, distribuyó entre ellos folletos de ideas, impresos en el extranjero, e hizo llamamientos a la revolución, de un modo vago e indeterminado, contra las opresivas condiciones económicas. Por último, no se hizo nada distinto de lo que ocurre en toda agitación socialista en cualquier país del mundo. No se hallaron huellas de conspiración contra la vida del zar, ni rastro alguno de que se preparaba una revolución, porque semejante cosa no existía. La gran mayoría de la referida juventud era en aquella época contraria a la violencia. Y mirando ahora con tranquilidad de ánimo hacia aquel movimiento, que duró desde 1870 a 1878, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que los más se hubieran dado por satisfechos con sólo haber podido vivir al lado de los agricultores y de los obreros, enseñarles y colaborar en cualquiera de sus múltiples capacidades, bien sea privadamente o formando parte de las corporaciones locales, en donde una persona instruida y de buena voluntad puede ser de gran provecho a la masa del pueblo. Repito que, enterado, como estaba, de todo, puedo hablar así con profundo conocimiento de causa.

A pesar de lo cual, las sentencias fueron feroces y tan estúpidas como inhumanas, porque el movimiento, engendrado en el estado anterior del país, estaba demasiado arraigado para poder ser sofocado sólo por medio de la brutalidad.

Las condenas de seis, diez y doce años de trabajos forzados en las minas, seguidas de deportación perpetua a Siberia, eran cosa corriente. Hubo casos, como el de una muchacha que fue sentenciada a nueve años de trabajos forzados y destierro perpetuo a Siberia, por haber dado un folleto socialista a un trabajador; ese fue su crimen. Otra joven de catorce años, la señorita Gukovskaia, fue transportada a perpetuidad a una remota aldea de Siberia, por haber intentado, como la Klarchen de Goethe, inducir a una indiferente multitud a que libertara a Kovalski y sus amigos cuando iban a ser ahorcados, acto tanto más natural en Rusia, aun desde el punto de vista de la autoridad, cuanto que la pena de muerte no existe en el país para los delitos comunes, y su aplicación a los políticos constituía una novedad, una vuelta a tradiciones poco menos que olvidadas. Esta infeliz criatura, abandonada en su destierro, se suicidó arrojándose al Ienisei.

Aun aquellos que salían absueltos de los tribunales, eran desterrados por los gendarmes a pequeñas aldeas en Siberia y al noroeste de Rusia, donde forzosamente tenían que morirse de hambre con lo que les pasaba el gobierno, esto es, tres rublos al mes. En tales regiones no existe industria alguna, y al deportado le estaba estrictamente prohibido dedicarse a la enseñanza.

Como si se tratara de exasperar a la juventud todavía más, a sus consortes no les mandaban a Siberia, sino que antes les hacían pasar un número de años en presidio, cuya triste vida hacía que miraran con envidia la de los deportados en la región antes nombrada. Estas prisiones eran verdaderamente espantosas. En una de ellas, que, según dijo su capellán en un sermón, no era más que un foco de fiebre tifoidea, la mortalidad alcanzó la aterradora cifra de veinte por ciento al año.

En las prisiones centrales, en las de trabajos forzados de Siberia y en fortaleza, los presos tienen que acudir al plante de rancho, a la huelga del hambre, para ponerse a cubierto de la brutalidad de sus guardias u obtener ciertas consideraciones, como algún determinado trabajo o autorización para leer en la celda, a fin de no caer víctimas de la locura en pocos meses.

Los horrores de semejantes huelgas, en las cuales los hombres y las mujeres se negaban, durante siete u ocho días consecutivos, a tomar toda clase de alimento, quedando después sin acción y con la mente extraviada, cosa que no parecía afectar mucho a los gendarmes, los cuales ataban a los postrados presos con cuerdas y los alimentaban forzosa y artificialmente.

Las noticias de estas atrocidades salían de los presidios, cruzaban las ilimitadas distancias de Siberia, extendiéndose en todas direcciones entre la juventud. Hubo un tiempo en que no transcurría una semana sin que se diera a conocer alguna infamia de este género o tal vez peor.

Esto fue causa de que la más terrible exasperación se apoderase de nuestros jóvenes. En otros países —empezaron a decir— los hombres tienen el valor de sus convicciones. Un inglés o un francés no soportaría semejantes ultrajes. ¿Por qué los hemos de tolerar nosotros? Resistamos con las armas en la mano las incursiones nocturnas de los gendarmes; hagámosles saber, al fin, que ya que la prisión equivale a una muerte lenta en sus manos, sólo muertos podrán apoderarse de nosotros. En Odessa, Kovalski y sus amigos recibieron a tiros de revólver a los gendarmes que fueron una noche a prenderlos.

La contestación de Alejandro II a esta nueva actitud fue la proclamación del Estado de sitio. Se dividió el país en varios distritos, regido cada uno por un gobernador general, quien recibió la orden de ser implacable y ahorcar sin piedad a los que alteraran el orden. Kovalski y sus amigos, que, como ya hemos dicho, recurrieron a la violencia, pero que con sus disparos no hirieron a nadie, fueron ejecutados. El patíbulo se puso a la orden del día; en dos años perdieron la vida en él veintitrés personas, incluyendo a un muchacho de diecinueve años, Rozovski, que fue detenido fijando una proclama revolucionaria en una estación de ferrocarril; este acto —y llamo la atención sobre él— fue todo lo que resultó en su contra, y sin embargo murió, a pesar de ser un niño, con el valor de un hombre entero.

Entonces el santo y seña de los revolucionarios vino a ser la autodefensa, lo mismo contra los espías que se introducían en los círculos bajo la máscara de amigos, y denunciaban miembros a diestro y siniestro para obtener buena retribución por sus servicios, que contra los que maltrataban a los presos, o los poderosos jefes de la policía del Estado.

Tres funcionarios de alta categoría y dos o tres simples espías, cayeron en esta nueva fase de la lucha. El general Mézentzov, que indujo al zar a doblar las condenas después de la vista del proceso de los ciento noventa y tres, fue muerto en pleno día en San Petersburgo; un coronel de gendarmes, culpable de algo peor que eso, tuvo la misma suerte en Kiev, y a mi primo Dimitri Kropotkin, gobernador general de Jarkov, lo mataron de un tiro al volver del teatro. La prisión central, en donde se efectuó primero el plante del hambre y se hizo comer a la fuerza a los presos, se hallaba a sus órdenes. En el fondo no era un hombre malo; sé que por su voluntad hubiera sido bueno para el preso; pero era débil y cortesano y no tuvo valor para sobreponerse al mal.

Una palabra suya hubiera bastado para evitar tales horrores. Alejandro II lo quería tanto y era tan grande su influencia en la Corte, que su intervención hubiera sido probablemente aprobada. Os doy las gracias; habéis procedido en un todo de acuerdo con mis deseosle dijo una vez el zar, dos años antes de esto, cuando vino a San Petersburgo a dar cuenta de la pacifica actitud que había adoptado en un tumulto llevado a cabo por la parte más pobre de la población y de la benignidad con que fueron tratados los revoltosos. Pero esta vez aprobó el proceder de los carceleros, y la juventud de Jarkov se exasperó tanto al ver cómo trataban a sus amigos, que uno de ellos lo mató.

A pesar de todo, la personalidad del emperador se descartaba de la lucha, y hasta 1879 nadie atentó contra él. El libertador de los siervos estaba rodeado de una aureola que lo protegía mucho más eficazmente que el enjambre de policías que le acompañaba a todas partes.

Si Alejandro II hubiera dado muestras en esta ocasión del menor deseo de mejorar el estado de cosas de Rusia; con que sólo hubiera llamado a uno o dos hombres de aquellos con quienes colaboró durante el período reformista, y les hubiera ordenado abrir una investigación respecto a la situación del país o únicamente respecto de la de los campesinos: si hubiese demostrado el menor propósito de limitar las facultades de la policía secreta, tales medidas hubieran sido acogidas con entusiasmo. Tan sólo una palabra le hubiese convertido nuevamente en el libertador, y una vez más la juventud hubiese respetado la célebre frase de Hérzen: ¡Has vencido, oh Galileo! Pero, lo mismo que durante la insurrección polaca, las tendencias despóticas se despertaron en él e, inspirado por Katkov, apeló a la horca; así también luego, guiado por el mismo consejo, no encontró nada más adecuado que hacer que el nombramiento de gobernadores militares que desempeñaron el oficio de verdugos.

Entonces, y sólo entonces, un puñado de revolucionarios —el Comité Ejecutivo—, sostenidos, debo hacer constar, por el creciente descontento de las clases más cultas, y hasta por los mismos que giraban en torno del zar, declaró esa guerra contra el absolutismo que, después de varios infructuosos intentos, terminó con la muerte de Alejandro II.

Dos hombres, como ya he dicho, existían en él, y ahora el conflicto entre ambos, que había ido agrandándose durante toda su vida, asumía un aspecto verdaderamente trágico. Cuando tropezó con Soloviov, que le hizo fuego y erró el primer tiro, tuvo la suficiente presencia de ánimo para correr a la puerta más próxima, no en línea recta, sino en zigzags, mientras aquél seguía disparando; escapó así con un balazo en el abrigo solamente. También en el día de su muerte dio pruebas de un valor indudable. Frente a un peligro real era sereno; pero temblaba continuamente ante los fantasmas de su propia imaginación.

Una vez hizo fuego contra un ayudante, por haber hecho éste un movimiento brusco y creer que atentaba contra su persona. Sólo por salvarse de la muerte entregó todo su poder imperial en manos de aquellos que, en vez de ocuparse de su señor, sólo pensaban en conservar sus lucrativas posiciones.

Era incuestionable que no dejaba de tener algún afecto a la madre de sus hijos, a pesar de vivir ya entonces con la princesa Iurievski-Dolgoruki, con quien se casó poco después de la muerte de la emperatriz. No me habléis de ella; eso me hace sufrir demasiado — dijo más de una vez a Loris-Melikov. Y sin embargo, tenía completamente abandonada a su mujer, que nunca se separó de su lado mientras era el libertador, y a quien dejó morir en el palacio en el olvido.

Un doctor en medicina ruso, que ya no existe, manifestó a sus amigos que, aunque no era más que un extraño, se sentía dolorosamente afectado al ver la indiferencia con que trataba a la emperatriz en su última enfermedad; se hallaban, como es natural, alejadas de ella todas las damas de la Corte, y no tenía a su lado más que dos fieles servidoras, recibiendo sólo una vez al día una breve visita oficial de su esposo, que habitaba entretanto en otro palacio.

Cuando el Comité Ejecutivo tomó la enérgica resolución de intentar volar el mismo Palacio de Invierno, Alejandro II tomó una medida sin precedente; creó una especie de dictadura, e invistió con amplios poderes a Loris-Melikov. Este general era un armenio a quien el emperador había en otra ocasión, dado ya las mismas facultades, con motivo de haber estallado la peste bubónica en el bajo Volga y amenazar Alemania con movilizar sus tropas y poner a Rusia en cuarentena si la plaga no se contenía. Y ahora que Alejandro veía que no era posible tener confianza ni en la policía de palacio, y como Loris-Melikov tenía la reputación de ser liberal, se dedujo que la convocatoria de una Asamblea nacional no se haría esperar mucho tiempo. Pero como después de esa explosión no se volvió de momento a intentar nada contra su existencia, recobró la serenidad, y pocos meses después, antes de que aquél hubiera podido realizar algo, pasó de dictador a ocupar el cargo de ministro del interior. Los repentinos accesos de tristeza de que anteriormente me he ocupado, y durante los cuales el emperador se lamentaba del carácter reaccionario que su reinado había asumido, tomaban ahora, la forma de violentos paroxismos acompañados de copioso llanto, pasándose las horas enteras en este estado, para desesperación de Loris-Melikov. Después de lo cual solía preguntar a su ministro: ¿Cuándo estará listo vuestro proyecto de constitución? Mas si dos días después aquél decía que ya se hallaba terminado, parecía sorprendido y como olvidado de todo lo referente al particular, observando con tal motivo: ¿Acaso lo he pedido yo? ¿Para qué? Mejor será que lo dejemos para mi sucesor. Que haga él ese regalo a Rusia.

Si llegaban a sus oídos rumores de una nueva conjura, al punto se encontraba dispuesto a emprender cualquier cosa; pero cuando todo parecía tranquilo en el campo revolucionario, se volvía de nuevo del lado de sus consejeros del partido de la reacción y dejaba todo como estaba. Cuando esto sucedía, Loris-Melikov esperaba a cada momento la dimisión.

En febrero de 1881 dijo el ministro que se había fraguado otra nueva trama por el Comité Ejecutivo; pero por más que se hizo, no se lograba conocer los detalles, por cuya razón decidió Alejandro que se convocara una especie de Asamblea deliberativa, compuesta de delegados de las provincias, siempre pensando que le estaba reservada la misma suerte que a Luis XVI, llamando a la proyectada reunión Assemblée des Notables, como la convocada por el mencionado monarca antes de la Asamblea de 1789. El proyecto tenía que presentarse ante el Consejo de Estado, pero de nuevo le asaltaron las vacilaciones. Solamente en la mañana del 1[14] de marzo de 1881, después de otro aviso alarmante de Loris-Melikov, ordenó que se presentara al referido alto tribunal el inmediato jueves. Esto ocurría el domingo, y Melikov le indicó la conveniencia de no ir aquel día al desfile, por haber temores de que pudiera tener lugar un atentado. A pesar de lo cual asistió; quería ver a la gran duquesa Catalina (hija de su tía Elena Pavlovna, que había sido una de las directoras del partido de la emancipación en 1861) y darle personalmente la buena nueva, tal vez como ofrenda expiatoria a la memoria de la emperatriz María. Y se dice que le habló de esta manera: Je me suis decidé a convoquer une Assemblée des Notables. Mas como esta tardía y limitada concesión no se había anunciado, al volver al Palacio de Invierno fue muerto.

Todos saben como ocurrió el hecho. Se arrojó una bomba bajo su carruaje blindado para detenerlo, y varios circasianos de la escolta resultaron heridos. Risakov, que la tiró, fue preso en el acto. Entonces, aunque el cochero del zar le aconsejó con vivo interés que no descendiera, manifestándole que el vehículo había sufrido poco y podía conducirlo en él hasta palacio, insistió en bajarse. Sin duda creyó que su dignidad militar le imponía el deber de acercarse a los soldados heridos y prestarles consuelo, como había hecho con los que fueron heridos también durante la guerra turca, en ocasión de un imprudente asalto a Plevna, que amenazaba terminar en un terrible desastre. Acercándose a Risakov le hizo alguna pregunta, y al pasar después al lado de otro joven llamado Grinievetski, éste lanzó otra bomba entre él y Alejandro II, a fin de que los matara a los dos; y en efecto, ambos vivieron sólo pocas horas.

Allí quedó el emperador desangrándose sobre la nieve y abandonado de todo su séquito; todos habían desaparecido. Sólo los cadetes que volvían del desfile lo recogieron del suelo, cubriendo su cuerpo tembloroso con un capote de cadete y su descubierta cabeza con una gorra de los mismos. Y el terrorista Emelianov, con una bomba envuelta en un papel bajo el brazo, fue quien, con riesgo de ser preso en el terreno y luego ahorcado, corrió con los cadetes en auxilio del herido. La naturaleza humana está llena de estos contrastes.

De este modo terminó la tragedia de la vida de Alejandro II. La gente no podía comprender cómo era posible que un zar que tanto había hecho por Rusia, hubiera hallado la muerte en manos de los revolucionarios. Mas para mí, que por suerte fui testigo de los primeros pasos reaccionarios de Alejandro II y de su decadencia gradual; que había podido apreciar el carácter complejo de su personalidad —el de un autócrata de nacimiento, cuyo genio violento sólo se hallaba parcialmente mitigado por la educación; el de un zar que poseía valor militar, pero no el que necesita un hombre de Estado, el de una persona de fuertes pasiones y débil voluntad— era evidente que la tragedia se desarrollaba con la inevitable fatalidad de uno de los dramas de Shakespeare. El último acto ya estaba escrito para mí, desde el día que le oí dirigirse a nosotros, los oficiales ascendidos, el 13 de junio de 1862, inmediatamente después de haber ordenado las primeras ejecuciones en Polonia.

IX

Un pánico horrible se apoderó de los círculos de la Corte de San Petersburgo, y Alejandro III, que a pesar de su colosal estatura y fuerza física no era hombre de gran valor, se negó a ir hasta el palacio de Invierno, retirándose al de su bisabuelo Pablo I, en Gatchina. Conozco bien ese antiguo edificio, construido según el modelo de una fortaleza de Vauban, rodeado de fosos y protegido por miradores, desde los cuales se podía bajar por escaleras secretas a las habitaciones del emperador. He visto la puerta reservada que hay en su despacho, desde la que se podía arrojar a un enemigo a la roca cortada a pico primero y al agua después, y la escalera secreta que conduce a prisiones subterráneas y también a un camino subterráneo que viene a desembocar en un lago. Todos los palacios de Pablo I están edificados del mismo modo. Además, una galería subterránea, provista de aparatos eléctricos adecuados para evitar que pudieran minarla los revolucionarios, se había construido en torno del palacio de Anichkov, residencia de Alejandro III cuando no era más que presunto heredero. Se formó una liga secreta para la protección del zar; se invitaba a entrar en ella a los oficiales de todas las graduaciones, induciéndoles a hacer así el ofrecimiento de triples pagas, a fin de que se dedicaran al espionaje en el seno de todas las clases de la sociedad. Esto, como es natural, dio lugar a escenas verdaderamente cómicas. Dos oficiales, ignorando que ambos pertenecían a dicha liga, procuraban enredarse mutuamente en una conversación peligrosa durante un viaje en ferrocarril, procediendo luego a arrestarse recíprocamente, descubriéndose después que todo había sido tiempo perdido. Esta liga existe todavía en una forma regular, bajo el nombre de Ojrana (Protección), y de tiempo en tiempo se entretienen sus miembros en asustar al presente zar con toda suerte de peligros imaginarios, con objeto de no perder la colocación.

En el mismo periodo se formó una organización aun más secreta, llamada la Liga Santa, bajo los auspicios del hermano del zar, Vladimir, con objeto de hacer frente de varios modos a los manejos revolucionarios, saliendo de ellos el asesinato de los emigrados políticos a quienes se considerase complicados en las últimas conspiraciones. Yo me encontraba incluido en ese número. El gran duque reprochó duramente a los oficiales de la liga por su cobardía, quejándose de que no hubiera entre ellos ninguno que tomara a su cargo tal empresa, y uno que había sido paje de cámara en la época que yo estaba en el cuerpo, fue elegido por la liga para llevarla a término.

Lo cierto es que los emigrados no intervenían para nada en los trabajos del Comité ejecutivo, que residía en San Petersburgo. Pretender dirigir conspiraciones desde Suiza, mientras que los que se hallaban en la capital se jugaban la cabeza continuamente, hubiera sido gran locura, y como Stepniak y yo escribimos en varias ocasiones, ninguno de nosotros hubiese aceptado la misión, bien rara, en efecto, de formar proyectos de acción sin poder tomar parte en ellos. Pero es indudable que a los intereses de la policía convenía hacer creer que si se hallaban impotentes para proteger al zar, era debido a que todos los planes se fraguaban en el extranjero, según le comunicaban sus espías, que se hallaban al tanto de todo, según ellos.

Skobelev, el héroe de la guerra turca, fue también invitado a formar parte de dicha liga, pero no aceptó.

Según se desprende de escritos póstumos de Loris-Melikov, parte de los cuales fueron publicados en Londres por un amigo suyo (ver Constitución de Laris-Melikov, edición londinense, 1893), cuando Alejandro III subió al trono, y dudó si convocaría o no la Asamblea de Notables, Skobelev ofreció al primero y al conde Ignatiev (el Pasha embustero, como le apodaron los diplomáticos de Constantinopla) arrestar al emperador y obligarle a firmar un manifiesto constitucional, en vista de lo cual se dice que el tal conde denunció el proyecto al zar, lo que le valió el nombramiento de primer ministro, en cuyo cargo apeló, siguiendo los consejos de M. Andrieux, el ex prefecto de policía de París, a varias estratagemas, con objeto de paralizar a los revolucionarios.

Si los liberales rusos hubieran mostrado algún valor, aunque fuera muy limitado, y no hubieran carecido de facultades para organizar la acción, es seguro que en aquella época se habría convocado una Asamblea Nacional. De los mismos mencionados documentos se desprende que hubo un tiempo en que Alejandro ni se hallaba dispuesto a convocarla; así se lo hizo saber a su hermano. Y hasta el viejo Wilhelm I lo alentaba a seguir por ese camino. Sólo después de ver que los liberales no hacían nada, en tanto que el partido de Katkov no daba paz a la mano, y Andrieux le aconsejaba que aplastara al nihilismo, indicándole el modo de efectuarlo (la carta en que se refiere a esto se halla en el folleto indicado), fue cuando el emperador se decidió al fin a declarar que continuaría siendo el jefe absoluto del Estado.

Yo fui expulsado de Suiza por orden del Consejo federal, pocos meses después de la muerte de Alejandro II, a lo que no di importancia. Asediado por las potencias monárquicas a causa del asilo que el país ofrecía a los refugiados, y amenazada por la prensa oficial rusa con la expulsión en masa de todas las nodrizas y camareras suizas, cuyo número es considerable en el país, los gobernantes suizos, al decretar mi expulsión, dieron de ese modo una especie de satisfacción a la policía rusa. Pero considerado desde el punto de vista del interés suizo, sentí vivamente que semejante paso se hubiera dado, pues constituía una sanción a la teoría de conspiraciones fraguadas en Suiza, siendo, al mismo tiempo, una prueba de debilidad de la que Italia y Francia se aprovecharon bien pronto. Así que, dos años después, cuando Julio Ferry propuso a Italia y Alemania el reparto de Suiza, su principal argumento debió haber sido que el mismo gobierno del país era un hervidero de conspiraciones internacionales. Esta primera concesión dio margen a exigencias más arrogantes, que dejaron a dicho país en un lugar mucho menos independiente del que de otro modo hubiese ocupado.

El decreto en cuestión me lo entregaron a poco de haber vuelto a Londres, a donde fui con motivo de un congreso anarquista, celebrado en Julio de 1881. Y una vez terminado aquél, permanecí algunas semanas más allí, escribiendo los primeros artículos sobre los asuntos rusos, según nuestro criterio, para la Newcastle Chronicle. En aquella época, la prensa inglesa no era más que un eco de las opiniones de madama Novikov —esto es, de Katkov y de la policía de Estado rusa—, por lo que me sirvió de mucha satisfacción el que Mr. Joseph Cowen juzgara oportuno ofrecerme hospitalidad en su publicación, para poder defender desde sus columnas nuestro modo de pensar.

Yo acababa de reunirme con mi mujer en la alta montaña, donde residía próxima a la casa de Eliseo Reclus, cuando me dieron la orden de salir del país. Mandamos nuestro pequeño equipaje a la estación de ferrocarril más próxima, y nos dirigimos al Aigle, gozando por última vez del hermoso espectáculo de un panorama tan atractivo para nosotros. Algunas veces, creyendo acortar las distancias, nos apartábamos del camino y cruzábamos una loma, riéndonos después al ver que, en lugar de abreviar la marcha, no habíamos hecho más que prolongarla, teniendo que bajar hasta el fondo del valle para subir después la arenosa pendiente.

El incidente cómico que siempre se presenta en tales casos, lo proporcionó una señora inglesa. Una dama ricamente vestida, reclinada al lado de un caballero, en un carruaje de alquiler, arrojó varias hojas de propaganda religiosa, a los dos pobres que encontraron en el camino humildemente vestidos. Yo recogí los papeles del suelo; ella era evidentemente una de esas señoras que se tienen por cristianas y consideran como un deber distribuir tales impresos entre los inmorales extranjeros. Pensando que con seguridad habíamos de volver a encontrarla en la estación, escribí en una de las hojas los conocidos versos relativos a la suerte del rico en el reino de Dios, y otras citas igualmente apropiadas, en las que se decía que los fariseos eran los peores enemigos del cristianismo. Cuando llegamos al pueblo, la dama tomaba un refresco en su coche. Parecía indudable que prefería continuar el viaje en ese vehículo, a lo largo del risueño valle, mejor que ir empaquetada en el tren. Le devolví sus folletos cortésmente, diciéndole que había agregado algo que tal vez encontrara útil para su gobierno. Ella no sabia si tirármelos a la cara o aceptar la lección con paciencia cristiana; sus ojos expresaron alternativamente ambos impulsos en un breve momento.

Como mi esposa se hallaba a punto de examinarse para recibir el grado de bachiller en ciencias en la Universidad de Ginebra, nos establecimos, por lo pronto, en una pequeña población francesa, llamada Thonon, situada en la costa saboyana del lago de Ginebra, permaneciendo allí un par de meses.

En cuanto a la sentencia de la Santa Liga, diré que me llegó un aviso procedente de los círculos más elevados de Rusia. Hasta el nombre mismo de la dama enviada de San Petersburgo a Ginebra, para ser el alma del asunto, me fue transmitido. Así que yo no hice más que comunicar el hecho y los nombres al corresponsal del Times en la última de las ciudades mencionadas, encargándole la publicación si ocurría algo en tal sentido, y al efecto inserté una nota en Le Révolté, no ocupándome más del asunto. Mi mujer, sin embargo, dio más importancia a la cosa, y la dueña de la casa donde parábamos en aquel pueblecito, persona excelente, llamada madama Sansaux, y que había tenido conocimiento del asunto por medio de su hermana, que servía de niñera en casa de un agente ruso, se tomaba por mí un interés como si fuera de la familia. La casa se encontraba en las afueras del lugar, y cada vez que yo tenía que salir de noche, generalmente para esperar a mi esposa en la estación del ferrocarril, siempre hallaba pretexto para hacer que su marido me acompañara con una linterna. Esperad nada más que un momento, señor Kropotkin —acostumbraba a decir—; mi marido tiene que ir por el mismo camino para comprar alguna cosa, y ya sabéis que lleva siempre una linterna. O en otras ocasiones mandaba a su hermano que me siguiera a cierta distancia, sin que yo lo notara.

X

En Octubre o Noviembre de 1881, tan pronto como mi mujer rindió sus exámenes, nos trasladamos de Thonon a Londres, donde permanecimos cerca de doce meses. Pocos años nos separan de esta época[15] y, sin embargo, bien puedo decir que la vida intelectual de Londres y de toda Inglaterra era muy diferente entonces de lo que ha llegado a ser después.

Todo el mundo sabe que en los años transcurridos del 40 al 50, dicho país se hallaba casi a la cabeza del movimiento socialista de Europa; pero durante los siguientes periodos de reacción que siguieron, ese gran impulso, que tan profundamente había afectado a la clase trabajadora, y en el cual se dio a conocer cuanto hoy se alega en favor del socialismo científico o anarquista, vino a quedar paralizado. Quedó olvidado, lo mismo en Inglaterra que en el continente, y lo que los escritores franceses califican de tercer despertar de los proletarios, no ha comenzado aún en aquel país. La labor de la comisión agrícola de 1871, la propaganda entre los campesinos y los anteriores esfuerzos de los socialistas cristianos, han contribuido de algún modo a preparar el camino; pero el desbordamiento de las ideas socialistas que se observó en Inglaterra después de la publicación de Progreso y Miseria de Henry George, no lo hemos visto todavía.

El año que entonces pasé en Londres fue de verdadero extrañamiento. Para el que profesaba ideas socialistas avanzadas, no había atmósfera donde poder respirar, nada que indicara ese animado movimiento socialista que encontré tan ampliamente desarrollado a mi vuelta en 1886. Burns, Champion, Hardie y los otros jefes de los trabajadores, aun no se habían dado a conocer; la Sociedad Fabiana no existía; todavía no se había declarado socialista William Morris, y las uniones de oficios, limitadas en Londres sólo a unos pocos privilegiados, eran hostiles a la nueva idea. Los únicos activos y francos representantes. del movimiento eran la señora de Hyndman y su marido, con algunos trabajadores agrupados a su alrededor. Ellos celebraron el otoño de 1881 un pequeño congreso, y nosotros solíamos decir bromeando, lo que después de todo se aproximaba mucho a la verdad, que dicha señora habla recibido todo el congreso en su casa. Era indudable que el movimiento, más o menos radical y socialista, que se iba abriendo camino en la mente de los hombres, no se manifestaba aún de un modo franco y despejado. Ese número tan importante de hombres y mujeres que aparecieron en la vida pública cuatro años después, y sin declararse por completo socialistas, tomaron parte en varios movimientos relacionados con el bienestar e instrucción de las masas, que han creado ahora en casi todas las ciudades de Inglaterra y Escocia una atmósfera completamente nueva de reforma y una nueva sociedad de reformadores, aun no habían hecho sentir su influencia; pero, como es natural, ya existían, pensaban y se comunicaban las ideas; todos los elementos necesarios para difundir el movimiento, se encontraban allí; pero faltos de esos centros de atracción en que más tarde se fueron convirtiendo los grupos socialistas, se encontraban perdidos en el seno de la masa; no se trataban de unos a otros, y hasta les faltaba un conocimiento exacto de si mismos.

N. V. Tchaikovski estaba entonces en Londres, y, como en años anteriores, empezamos una propaganda socialista entre los trabajadores. Ayudados por algunos de éstos, con quienes entablamos relaciones en el congreso de 1881, o a quienes las persecuciones contra Johann Most habían atraído hacia nuestro campo, frecuentamos los clubs radicales, hablando en ellos de los asuntos rusos, del movimiento de nuestra juventud en dirección al pueblo, y del socialismo en general. Nuestro auditorio era, por lo general, ridículo por lo limitado, pasando raras veces de una docena de personas. En varias ocasiones, un Chartista de barba gris tomaba la palabra y nos manifestaba que hacía cuarenta años se decía otro tanto en medio del entusiasmo que tales ideas despertaban en multitud de trabajadores, mientras que ahora todo estaba muerto y no había esperanzas de resurrección.

En el verano referido hablé en un inglés no muy correcto ante la asamblea anual de los mineros de Durham; di conferencias en Newcastle, Glasgow y Edinburgo, sobre el movimiento ruso, y fui recibido con entusiasmo, dando la multitud frenéticos vivas a los nihilistas en la calle, después de terminada la reunión. Pero mi mujer y yo nos encontrábamos tan solos en Londres, y nuestros esfuerzos para despertar una agitación socialista en el país resultaban tan estériles, que en el otoño del mismo año 1882 decidimos volver a Francia. Teníamos casi la seguridad de que allí sería pronto detenido; pero ambos nos decíamos con frecuencia: Mejor es una prisión francesa que esta tumba.

Mister Hyndman acababa de publicar su excelente exposición del socialismo marxista, con el título de Inglaterra para todos; y recuerdo que un día, en el verano de 1882, le aconsejé sinceramente que publicara un periódico socialista. Le referí lo mal de recursos que estábamos cuando dimos a luz Le Révolté, presagiándole un éxito relativamente feliz si se decidía a probar fortuna. Pero tan sombrías se presentaban las líneas generales del proyecto, que él mismo, a pesar de su entusiasmo, creyó que nada podría conseguirse, a menos de no contar con recursos propios para hacer frente a los gastos. Tal vez tuviera razón; pero, cuando poco menos de dos años después emprendió la publicación de Justice, encontró muy buena acogida por parte de los trabajadores, y en los albores de 1886 había tres periódicos socialistas, y la Federación socialdemocrática era una sociedad de importancia.

Los que propenden a hablar de la lentitud de la evolución, deberían estudiar el desarrollo del socialismo en Inglaterra. Lenta es la marcha de la evolución, pero no uniforme; tiene sus períodos soñolientos y otros de progreso acelerado.

XI

Una vez más nos instalamos en Thonon, tomando algunas habitaciones a nuestra antigua patrona madama Sansaux, y reuniéndose a nosotros un hermano de mi mujer, que había llegado a Suiza atacado de consunción.

En mi vida he visto tantos espías rusos como durante los dos meses que permanecí en dicho pueblo. Diré, para empezar, que desde que nos quedamos en la casa referida, un tipo sospechoso, que pretendía pasar por inglés, alquiló otro departamento de la misma. Una verdadera multitud rodeaba constantemente nuestra morada, procurando penetrar en ella con un pretexto cualquiera, o contentándose con rondar por parejas y aun en grupos de tres o cuatro juntos. Me figuro lo curioso que serían sus informes, porque el espía forzosamente tiene que dar cuenta de algo, pues si manifestase que se había pasado una semana en la calle sin notar nada de particular, pronto le rebajarían el sueldo, si es que no lo despedían del todo.

Aquella era la edad de oro de la policía secreta rusa; la política de Ignatiev daba su fruto; había dos o tres cuerpos de policía compitiendo entre sí, disponiendo todos de dinero en abundancia y metiéndose en las intrigas más atrevidas. El coronel Sudiéikin, por ejemplo, jefe de uno de ellos —de acuerdo con un tal Diegáiev, quien, después de todo, lo mató— denunció los agentes de Ignatiev a los revolucionarios de Ginebra, ofreciendo a los terroristas rusos las mayores facilidades para matar al ministro del interior, conde Tolstói, y al gran duque Vladimir, agregando que, de este modo, llegaría él a ministro con poderes dictatoriales y el zar se hallaría por completo en sus manos.

Esta actividad de la policía rusa vino a tener como coronamiento, más adelante, el rapto del príncipe de Battemberg realizado en Bulgaria.

La policía francesa estaba también a la expectativa. El saber lo que se hacía en Thonon, le intrigaba. Yo continuaba editando Le Révolté y escribiendo artículos para la Encyclopaedia Britannica y la Newcastle Chronicle. ¿Pero qué informe se podía forjar de todo esto?

Un día, el gendarme de la localidad hizo una visita a mi patrona; había oído desde la calle el ruido producido por algún instrumento mecánico, y se figuraba que yo tenía en mi casa una prensa clandestina, lo que hizo que se aprovechara mi ausencia para pedir a aquélla que se la enseñara. La señora le respondió que no había ninguna, y que tal vez el ruido a que él se refería era el causado por su máquina de coser; pero no dándose por satisfecho con explicación tan prosaica, la obligó a ponerla en movimiento para poder comprobar si ambos sonidos tenían un origen común.

— ¿Qué hace todo el día? —le preguntó al ama.

— Escribir.

— ¿Pero no hace más que eso?

— A las doce se pone a aserrar madera en el jardín, y por las tardes sale a dar un paseo desde las cuatro a las cinco (era en noviembre).

En aquel tiempo no me di una explicación satisfactoria de esta especial atención por parte de los espías rusos, pero debe tener alguna relación con lo siguiente:

Cuando Ignatiev fue nombrado primer ministro, siguiendo los consejos de Andrieux, como ya tengo dicho, adoptó un nuevo plan. Mandó un enjambre de sus agentes a Suiza, encargándose uno de ellos de la publicación de un periódico que defendiera débilmente la extensión de la autoridad provincial en Rusia, pero cuyo principal objeto fuera combatir a los revolucionarios y separar de ellos a los emigrados que no simpatizaban con el terrorismo. Este era, indudablemente, un medio de sembrar la división. Después, cuando casi todos los miembros del Comité ejecutivo habían sido presos en Rusia y sólo dos de ellos pudieron refugiarse en París, aquél envió un agente para proponer un armisticio, prometiendo que no se harían más ejecuciones con motivo de las conjuras que tuvieron lugar en el reinado de Alejandro II, aun cuando los sentenciados en rebelión cayeran en poder del gobierno, que a Chernishevski se le dejaría volver de Siberia, y que se nombraría una comisión para revisar el caso de los que habían sido deportados a dicha región gubernativamente, pidiendo en cambio al Comité ejecutivo que no intentara nada contra la vida del zar, hasta que terminaran las ceremonias de la coronación. Haciéndose, tal vez, mención de las reformas que Alejandro III intentaba plantear en favor de los campesinos. El concierto se efectuó en París y fue respetado por ambas partes. Los terroristas suspendieron las hostilidades y no se ejecutó a nadie por complicidad en los anteriores atentados; pero los que más adelante se vieron por este concepto detenidos, fueron enterrados vivos en la Bastilla rusa de Schlüsselburg, sin que se volviera a saber nada de ellos en quince años, y donde aun siguen muchos.[16] Chernishevski volvió de Siberia y recibió orden de permanecer en Astrakan, donde quedó separado de todo contacto con el mundo intelectual de Rusia, y murió pronto. Una comisión recorrió Siberia, levantando la deportación a unos y fijando a los demás un tiempo limitado. A mi hermano Alejandro le recargaron cinco años más.

— ¡Ah, eso es! ¿A la caída de la tarde? —y escribió en su libro de memorias—: No sale más que de noche.

Estando en Londres en 1882, me dijeron un día que un hombre que pretendía ser un agente bona fide del gobierno ruso y podía probarlo, quería entrar en negociaciones conmigo. Decidle que si viene a mi casa rodará por la escalera, fue mi contestación. Es, sin embargo, probable que esto fuera debido a que Ignatiev, aun estando tranquilo respecto a un ataque del Comité ejecutivo, temía que intentaran algo los anarquistas y quería descartarme de la cuestión.

XII

El movimiento anarquista experimentó un notable desarrollo en Francia durante los años 1881 y 1882. Se creía generalmente que el carácter francés era hostil al comunismo, y dentro de la Internacional se propagaba el colectivismo en su lugar, lo que suponía que la posesión en común de los instrumentos de producción se habría de efectuar según los principios individualistas o comunistas. Pero la verdad era, sin embargo, que lo que hallaba resistencia en Francia no era más que el comunismo monástico, el falansterio de las antiguas escuelas y el ejército del trabajo, sobre el cual se habló tanto entre 1840 y 1850. Así que, cuando la Federación del Jura, en su congreso de 1880, se declaró abiertamente anarquista-comunista, esto es, en favor del completo comunismo, el anarquismo ganó muchos prosélitos en aquel país. Nuestro periódico empezó a circular allí con profusión; se sostenía una activa correspondencia con los trabajadores franceses, y un movimiento anarquista de importancia se desarrolló rápidamente en París y en algunas provincias, en particular en la región lionesa.

Cuando crucé a Francia en 1881, en mi viaje de Thonon a Londres, visité Lyon, St Etienne y Vienne, en cuyas poblaciones di conferencias, encontrando en ellas un considerable número de trabajadores dispuestos a aceptar nuestras ideas.

Hacia fines de 1882 hubo en la región de Lyon una crisis terrible. La industria de la seda quedó paralizada, y la miseria entre los tejedores fue tan grande que una multitud de criaturas acudía todas las mañanas a las puertas de los cuarteles para recoger lo poco que podían darle los soldados. Este fue el principio de popularidad del general Boulanger, que permitió esa distribución de alimento.

La situación de los mineros de esa misma región era igualmente bien precaria.

Yo no ignoraba que allí existía una gran fermentación; pero durante los once meses que permanecí en Londres perdí el estrecho contacto que antes tenía con el movimiento francés. A las pocas semanas de mi vuelta a Thonon, supe por los periódicos que los mineros de Monceaules-Mines, perdida la paciencia a causa de las vejaciones de los neocatólicos dueños de las minas, habían empezado una especie de agitación; celebraban reuniones secretas, en las que se hablaba de huelga general; las cruces de piedra levantadas en todos los caminos que conducían a las minas, eran derribadas o voladas con cartuchos de dinamita, con los que están familiarizados los mineros por su trabajo subterráneo, y de los que frecuentemente pueden disponer. En el mismo Lyon la situación tomó un carácter más violento. Los anarquistas, que eran bastante numerosos en la ciudad, no dejaban pasar ningún mitin de los políticos oportunistas sin aprovecharlo para exponer allí sus doctrinas, o, en último término, armar un escándalo monumental. En esas asambleas presentaban proposiciones encaminadas a que las minas y todo lo necesario para la producción, así como las habitaciones, vinieran a ser propiedad del pueblo, proposiciones que eran aprobadas con entusiasmo con horror de la burguesía.

La animosidad de los trabajadores contra los concejales oportunistas y políticos en general, así como contra la prensa, que se aprovechaba de todas las calamidades y en nada contribuía para contener la creciente miseria, era grande. Como es corriente en tales casos, la furia de los pobres se vuelve especialmente contra los sitios destinados a diversiones y depravación, que se hacen tanto más odiosos en tiempo de desolación y miseria, cuanto que ellos representan para los trabajadores el egoísmo y la corrupción de las clases acomodadas. Un lugar mirado con particular prevención por aquéllos, era el café subterráneo del teatro Bellecour, que permanece abierto toda la noche, y en el cual al amanecer podía verse a periodistas y políticos comiendo y bebiendo en compañía de mujeres galantes.

No se celebraba ningún mitin sin que se hiciera alguna alusión amenazadora a dicho establecimiento, y una noche explotó un cartucho de dinamita, colocado allí por una mano desconocida. Un trabajador que asistía con frecuencia a dicho lugar, y era socialista, trató de apagar la mecha y fue muerto por la explosión, en tanto que algunos políticos que en él se encontraban de holgorio resultaron ligeramente heridos. Al día siguiente, estalló otro cartucho a la puerta de una oficina de reclutamiento, y se dijo que los anarquistas se proponían volar la gran estatua de la Virgen que se encuentra en uno de los parajes más elevados de Lyon. Se necesita haber vivido en dicha ciudad o en sus alrededores para poder formarse idea de lo posesionado que está todavía del pueblo y de las escuelas el clero católico, y comprender el odio que a éste le profesa el elemento masculino de la población.

En tal situación, las clases conservadoras fueron presa de terrible pánico; unos sesenta anarquistas —todos trabajadores y sólo un miembro de la clase media, llamado Emilio Gautier, que se hallaba en una excursión de propaganda por la provincia— fueron detenidos. La prensa de la localidad tomó a su cargo al mismo tiempo el incitar al gobierno a que me prendiera, presentándome como el jefe de la agitación, que había venido expresamente de Inglaterra para dirigir el movimiento. Con este motivo, numerosos espías rusos volvieron a pulular por nuestro pueblecito. Casi diariamente recibía cartas, escritas indudablemente por los esbirros de la policía internacional, haciendo mención de algún proyecto de atentado por medio de la dinamita, o anunciándose misteriosamente la remesa de una fuerte partida de ella consignada a mi nombre. Formé una completa colección de dichas cartas, poniendo a cada una un epígrafe Policía internacional, llevándoselas la policía francesa al hacer un registro en mi casa; pero no se atrevieron a presentarlas en la Audiencia, ni me las devolvieron jamás.

Y no sólo revisaron todas las habitaciones, sino que hasta mi mujer, que iba a Ginebra, fue detenida en la estación de Thonon y registrada; pero, como es natural, nada se encontró que pudiera comprometerme a mí ni a los demás tampoco.

Transcurrieron diez días, durante los cuales quedé en completa libertad para irme cuando quisiera. Recibí en ese espacio de tiempo una multitud de cartas aconsejándome la marcha; una de ellas de un amigo ruso desconocido, tal vez algún miembro del Cuerpo diplomático, que parece me había tratado anteriormente, e indicaba que debía ponerme en camino en el acto, porque de lo contrario me exponía a ser la primera víctima del tratado de extradición que estaba a punto de terminarse entre Francia y Rusia.

Yo seguí donde estaba, y cuando el Times insertó un telegrama diciendo que había desaparecido de Thonon, le envié una carta con mi dirección, pues siendo tan grande el número de amigos presos, no sentía deseo alguno de partir.

En la noche del 21 de diciembre murió mi cuñado en mis brazos; sabíamos que su enfermedad era incurable, pero es verdaderamente terrible ver extinguirse la existencia de una persona joven que lucha desesperadamente con la muerte. Tanto mi esposa como yo, quedamos profundamente afectados; tres o cuatro horas después, cuando la triste mañana de invierno empezaba a clarear, vinieron los gendarmes a prenderme. Viendo el estado en que quedaba mi mujer, pedí permiso para permanecer a su lado hasta que terminara el entierro, prometiendo, bajo mi palabra de honor, estar a la puerta de la prisión a la hora convenida; pero hasta eso se me negó, y aquella misma noche me condujeron a Lyon.

Eliseo Reclus, avisado por telégrafo, vino al momento, dedicando a mi mujer todos los cuidados y atenciones propias de su hermoso corazón; otros amigos vinieron de Ginebra, y aunque el acto fúnebre fue completamente civil, lo que constituía una novedad en tan pequeña población, la mitad de sus habitantes concurrió al entierro, para demostrar así a mi mujer que los sentimientos de las clases desheredadas y los sencillos campesinos de Saboya estaban con nosotros, y no con sus dominadores. Durante el curso de mi proceso, los agricultores solían bajar de los pueblos de la sierra a la ciudad en busca de periódicos y enterarse del estado de la causa.

Otro incidente que me impresionó mucho fue la llegada a Lyon de un amigo de Inglaterra, que venía en representación de una persona muy conocida y estimada en el mundo político inglés, Joseph Cowen, en cuya familia pasé muchas horas felices en Londres, en 1882. Era portador de una cantidad importante, destinada a proporcionarme la libertad bajo fianza, manifestándome al mismo tiempo, en nombre de aquél, que no debía preocuparme más que de salir de Francia inmediatamente. Haciendo uso, sin duda, de algún procedimiento misterioso, consiguió hablar libremente conmigo —no en la jaula de dobles rejas en que me colocaban para comunicarme con mi mujer—, sintiéndose él bastante por mi negativa a aceptar tal ofrecimiento, así como me sentí yo también por aquella prueba de amistad de una persona a quien, al par que a su excelente esposa, había llegado a apreciar en tan alto grado.

El gobierno francés deseaba hacer de aquello uno de esos grandes procesos que causan fuerte impresión en el país; pero no había medio de envolver a los anarquistas presos en la causa de las explosiones, pues hubiera sido necesario concluir por llevarlos ante un jurado que, probablemente, nos habría absuelto, y en consecuencia, se adoptó la maquiavélica política de perseguirnos por haber pertenecido a la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Hay en Francia una ley, votada inmediatamente después de la caída de la Comuna, por la cual se puede hacer comparecer a cualquiera ante un juez de instrucción, por haber pertenecido a dicha sociedad. El máximo de la pena es de cinco años, y el gobierno tiene siempre la seguridad de que el tribunal ordinario le dejará complacido.

La vista de la causa empezó en los primeros días de enero de 1883 y duró una quincena. La acusación fue, en verdad, ridícula, porque nadie ignoraba que ninguno de los trabajadores de Lyon había jamás pertenecido a la Internacional, y fracasó por completo, según puede verse por el siguiente episodio: El único testigo de cargo era el jefe de la policía secreta de la ciudad, hombre de edad a quien se trataba en la Audiencia con gran respeto. Su informe, justo es decirlo, fue muy imparcial respecto de los hechos. Los anarquistas, según él, se habían hecho dueños de la situación, imposibilitando la celebración de mítines oportunistas, porque al defender el comunismo y el anarquismo, se apoderaban del auditorio. Viendo que hasta aquí se había expresado correctamente, me aventuré a hacerle una pregunta:

— ¿Oyó usted hablar alguna vez de la Asociación Internacional de Trabajadores en Lyon?

— Nunca —contestó con tristeza.

— Cuando volví del congreso de Londres de 1881, e hice cuanto pude por reconstituir la Internacional en Francia, ¿obtuve algún resultado?

— No: la encontraban poco revolucionaria.

— Gracias —le contesté, y volviéndome hacia el fiscal, agregué: ¡He ahí toda vuestra acusación destruida por vuestro mismo testigo!

Pero a pesar de ello, todos fuimos condenados por haber pertenecido a la Internacional. A cuatro de nosotros se nos impuso el máximo de la sentencia, esto es, cinco años de prisión y dos mil francos de multa, y a los restantes, de cuatro años a uno. Durante la vista nada se intentó probar respecto de la Internacional; nadie se acordó de ella; sólo nos dijeron que habláramos sobre el anarquismo, lo que hicimos cumplidamente. De las explosiones no se dijo una palabra, y cuando dos o tres compañeros de la localidad quisieron aclarar este punto, se les contestó con rudeza que no era por eso por lo que estaban procesados, sino por haber formado parte de la Internacional(a la que sólo yo pertenecía).

En tales casos nunca falta un incidente cómico, y esta vez fue reemplazado por una carta mía. No se encontraba nada sobre qué basar la acusación; se habían hecho multitud de registros en las casas de los anarquistas franceses, pero no encontraron más que dos cartas mías, de las que la acusación trató de sacar el mejor partido posible. Una de ellas fue escrita a un trabajador que se hallaba desanimado, y le hablaba de la gran época en que vivimos, los grandes cambios que se aproximaban, el nacimiento y desarrollo de las nuevas ideas, y otras cosas por el estilo. La epístola no era larga, y el fiscal no pudo sacar de ella gran provecho. La otra tenía doce carillas; iba dirigida a otro amigo francés, un joven zapatero que se buscaba la vida trabajando en su casa, teniendo a la izquierda, generalmente, un pequeño anafe de hierro, en el que él mismo se hacía su comida, y a su derecha un banquito, sobre el cual escribía extensas cartas a los compañeros sin levantarse de su asiento. Después de haber concluido la tarea que necesitaba para cubrir los gastos de su existencia, extremadamente modesta, y mandar algunos francos a su anciana madre, que se hallaba en el campo, pasaba horas enteras escribiendo cartas, en las que desarrollaba los principios teóricos del anarquismo con admirable buen sentido e inteligencia. En la actualidad es un escritor muy conocido en Francia, y generalmente respetado por la integridad de su carácter, su rectitud y su sano sentido político. Desgraciadamente, en aquel tiempo solía llenar ocho o diez pliegos de papel sin poner una coma ni un punto, lo que dio motivo a que yo le escribiera una larga carta, en la cual le explicaba de qué modo el pensamiento escrito se subdivide en sentencias, cláusulas y frases, debiendo cada una de ellas terminar con el signo ortográfico correspondiente; en suma, le di una pequeña lección sobre los elementos de puntuación, manifestándole lo mucho que ganarían sus escritos si adoptara tan sencillo plan.

Esta carta fue leída ante el tribunal por el fiscal, quien la aderezó con los más patéticos comentarios: Ya habéis oído, señores, esta carta —dijo dirigiéndose a los magistrados—; la habéis escuchado. A primera vista no contiene nada de particular; se trata sólo de dar una lección de gramática a un trabajador... Pero —y aquí su voz vibró con acentos de profunda emoción— no con objeto de ayudar a un pobre obrero a adquirir la instrucción que, debido probablemente a la pereza, no recibió en la escuela; no para ayudarle a ganarse la vida honradamente. ¡No, señores! Le escribió con objeto de hacerle odiosas nuestras grandes y hermosas instituciones, con el propósito deliberado de infiltrar así en él el veneno del anarquismo, con el único fin de hacer de él un enemigo más terrible todavía de la sociedad. ¡Maldito el día en que Kropotkin puso la planta sobre el suelo francés!

Por más que hicimos, todo el tiempo que duró el discurso no pudimos dejar de reír como criaturas; los jueces lo miraban como para decirle con la vista que traspasaba los limites de su misión; pero él no se daba cuenta de nada, y dejándose arrebatar por su elocuencia, continuó perorando, cada vez con aspecto más teatral y más cómica entonación. Realmente hizo todo lo posible por mostrarse digno de una recompensa del gobierno ruso.

Poco después de pronunciado el fallo, el presidente del tribunal fue ascendido; y en cuanto al fiscal y a uno de los magistrados —aunque parezca increíble, el gobierno ruso les ofreció la cruz de Santa Ana, y la República les permitió que la aceptaran. La famosa alianza rusa tuvo, pues, su origen en el proceso de Lyon.

En este proceso se pronunciaron brillantes discursos anarquistas, de los que se ocupó toda la prensa, por oradores tan notables como el obrero Bernard y Emilio Gautier, mientras los demás acusados se presentaron en actitud resuelta, propagando nuestras doctrinas durante quince días, lo que contribuyó poderosamente a desvanecer el falso concepto que existía en Francia respecto al anarquismo, y a dar más impulso al socialismo en otras naciones.

Respecto a las condenas, se hallaban tan poco justificadas por los autos, que la prensa francesa —exceptuando los órganos oficiales— criticó acerbamente a los magistrados. Hasta el moderado Journal des Economistes censuró el veredicto, que nada en la vista de la causa podía hacer prever. La lucha entre el acusador y nosotros, fue un triunfo que alcanzamos ante la opinión pública.

Inmediatamente después se presentó a la Cámara una proposición de amnistía que obtuvo unos cien votos en su favor, repitiéndose lo mismo todos los años, adelantando siempre y ganando terreno, hasta que al fin fuimos libertados.

XIII

La vista de la causa terminó, pero yo continué dos meses más en la prisión de Lyon; la mayoría de mis compañeros había interpuesto recurso de alzada contra el fallo del tribunal correccional, y fue necesario aguardar el resultado. Cinco nos negábamos a hacer dicha reclamación, y yo continué trabajando en mi pistole. Un amigo mío —Martín, compañero de Vienne— tomó otra al lado de la mía, y como ya estábamos condenados, se nos permitía pasear juntos; y si teníamos necesidad de comunicarnos alguna cosa en el resto del día, acostumbrábamos a hacerlo por medio de golpes en el muro, como en Rusia. El alfabeto de los decabristas ha servido de algo también aquí.

Durante mi residencia en Lyon, empecé a comprender la influencia terriblemente desmoralizadora de las prisiones sobre los presos, lo que me hizo más adelante condenar incondicionalmente toda la institución.

La cárcel de Lyon es un edificio moderno, construido en forma de estrella, según el sistema celular. El espacio entre los rayos de aquélla está ocupado por pequeños patios asfaltados, y cuando el tiempo lo permite, los presos son llevados a trabajar al aire libre. La principal ocupación es apalear capullos para obtener borra de seda. También traen a estos patios, a horas determinadas, una multitud de infelices niños, flacos, enervados y mal alimentados —la sombra de lo que deben ser los niños—, a los que contemplaba yo, a menudo, desde mi ventana. La anemia se hallaba claramente escrita en todos sus pequeños rostros y de manifiesto en sus demacrados y temblorosos cuerpos; y sin embargo, durante todo el día, lo mismo en los dormitorios que en los patios, en plena luz del sol, continuaban sus prácticas debilitantes.

¿Qué será de ellos cuando, después de haber pasado por esa escuela, salgan con su salud arruinada, su voluntad aniquilada y su energía deprimida? La anemia, con su limitado vigor, su falta de voluntad para el trabajo, su debilitada inteligencia y su pervertida imaginación, es mucho más responsable de los crímenes que la plétora, y este terrible enemigo de la raza humana es precisamente el que se amamanta en las prisiones.

¡Y la enseñanza que estas criaturas reciben en aquel medio ambiente! El aislamiento mismo, aunque pudiera rigurosamente llevarse a la práctica, que no es posible, no bastaría para evitarlo; la atmósfera de toda prisión es una glorificación de esa especie de juego en saltos de habilidad, que constituye la verdadera esencia del robo, la estafa y toda clase de hechos igualmente antisociales. Generaciones enteras de futuros criminales son convertidos en estos pudrideros que el Estado sostiene y tolera la sociedad, únicamente por no querer oír hablar de sus propios males y analizarlos. El que es preso en la infancia, lo será mientras viva es lo que después oí a todos los interesados en asuntos criminales. Y cuando veía a esos niños y me imaginaba el porvenir que les aguardaba, no podía por menos de preguntarme continuamente: ¿Quién es el mayor criminal; esta criatura o el juez que condena anualmente centenares de adolescentes a tal destino? No tengo inconveniente en admitir que el crimen del juez es inconsciente; ¿pero acaso los crímenes por los que va a presidio la gente son tan conscientes como se supone?

Había otro punto que pude, desde luego, apreciar desde la primera semana de mi encierro, pero que, por algo inconcebible, ha pasado inadvertido, tanto para el juez como para el criminalista, y es el siguiente: que la prisión, en su inmenso número de casos, es un castigo que se siente más duramente en personas completamente inocentes que en los mismos condenados a tal pena.

Casi todos mis compañeros, que representaban bastante bien el término medio de la población obrera, tenían mujer e hijos que sostener, o hermana, o madre anciana que sólo contaban para vivir con su trabajo. Y ahora, al quedarse abandonadas, todas esas mujeres hacían lo posible por encontrar trabajo, consiguiéndolo algunas, pero ni una siquiera logró ganar regularmente un franco y medio al día. Nueve francos, y con frecuencia siete y medio a la semana, era todo lo que podían alcanzar para mantenerse ellas y sus hijos, lo cual representa, como es natural, alimentación insuficiente, privaciones de todo género, quebrantamiento de la salud, debilidad del entendimiento y disminución de la energía y la voluntad. Pude, pues, apreciar ciertamente que lo que se hace en nuestras Audiencias no es, en realidad, mas que condenar a personas completamente inocentes a toda clase de trabajos, en la mayoría de los casos más duros todavía que aquellos a que el hombre mismo ha sido sometido.

La ficción consiste en hacer creer que la ley castiga al hombre imponiéndole una diversidad de trabajos degradantes, morales y físicos. Pero la naturaleza humana es de tal índole que, por duras que sean las penalidades a que se le destine, se habitúa a ellas gradualmente; si no puede modificarlas, las acepta, y después de un tiempo determinado, concluye por conformarse con ellas, como hace con una enfermedad crónica, y no darle importancia. Pero en tanto dura su prisión, ¿cuál es la suerte de su mujer e hijos, o de los otros seres inocentes que dependían de su ayuda? Esas personas han sido más cruelmente castigadas que él mismo. Y en nuestro modo rutinario de pensar, ninguno reflexiona jamás sobre la inmensa injusticia que de ese modo se comete. Si yo he podido apreciarla en toda su desnudez, lo debo únicamente a la experiencia.

A mediados de marzo de 1883, veintidós de nosotros, que habíamos sido condenados a más de un año de cárcel, fuimos trasladados con gran reserva a la prisión central de Clairvaux, la cual, en otro tiempo, había sido una abadía de San Bernardo, de la cual la Gran Revolución hizo un asilo para los pobres. Más tarde vino a convertirse en casa de corrección, nombre que, tanto los presos como los mismos empleados, cambiaron, y con razón, por el de casa de corrupción.

Mientras permanecimos en Lyon, se nos trató según se acostumbraba a hacer en Francia con los que sufren prisión preventiva; esto es, se nos permitía usar nuestros vestidos, traer nuestra comida y alquilar por algunos francos al mes una celda mayor, a la que se da el nombre de pistola. De todo lo cual me aproveché, a fin de adelantar mis trabajos para la Enciclopedia Británica y el Nineteenth Century. Respecto del modo cómo nos tratarían en Clairvaux, nada sabíamos. En Francia, sin embargo, se cree generalmente que, tratándose de presos políticos, la pérdida de la libertad y la forzosa inacción son por sí mismas tan penosas, que no hay necesidad de agravarlas con molestias adicionales, por cuyo motivo se nos dijo que seguiríamos bajo el mismo régimen a que habíamos sido sometidos en Lyon. Tendríamos alojamiento separado, conservaríamos nuestros trajes, no se nos imponía ninguna clase de trabajo y no se nos impediría fumar.

Aquellos de vosotros —dijo el gobernador— que deseen ganar algo con un trabajo manual, podrán hacerlo en el taller de costura o en el de grabar nácar. Estas faenas están mal retribuidas; pero no será posible ocuparos en los demás talleres, como el de camas de hierro, marcos dorados y otros, porque eso exigiría que estuvieseis alojados con los demás presos.

Como a éstos, también se nos permitió comprar en la cantina algún alimento adicional y un cuartillo de vino diariamente, siendo todo barato y de buena calidad.

La primera impresión que me produjo Clairvaux fue muy favorable. Se nos había encerrado, y estuvimos viajando casi todo el día, desde las dos o las tres de la mañana, en uno de esos pequeños departamentos en que, por lo general, están divididos los coches celulares destinados a los presos.

Cuando llegamos a la prisión central, se nos condujo temporalmente a la parte dedicada a penal, y fuimos colocados en celdas extremadamente limpias. A pesar de lo avanzado de la hora, se nos sirvió un rancho caliente, sencillo, pero de buena calidad, permitiéndosenos tomar cada uno medio cuartillo de vin du pays, que no era malo y se vendía en la cantina al reducido precio de veinticuatro céntimos el litro. Tratándonos, tanto el director como los demás empleados, con extremada cortesía.

Al día siguiente, el gobernador de la cárcel me llevó para enseñarme el local donde pensaba colocamos, y observé que me parecía bien, pero que las habitaciones eran demasiado pequeñas para tanta gente —éramos veintidós—, y como tal aglomeración hubiera podido afectar a la salud, nos dio otras situadas en lo que había sido en otro tiempo la casa del pintor de la abadía y ahora estaba convertida en hospital. Nuestras ventanas daban a un pequeño jardín, y desde ellas se contemplaba una extensa campiña. En otra habitación del mismo edificio, el viejo Blanqui pasó los últimos tres o cuadro años de su prisión. Antes de ello había estado confinado en una celda de la casa celular.

De este modo obtuvimos tres locales espaciosos, y además otro más pequeño, en donde nos colocaron a Gautier y a mí, a fin de que pudiésemos continuar nuestros trabajos literarios. Este último favor fue debido, probablemente, a la intervención de un respetable número de hombres de ciencia ingleses que, desde el momento en que fui condenado, firmaron una exposición pidiendo mi libertad. Muchos colaboradores de la Enciclopedia Británica, como Herbert Spencer y el poeta Swinburne, se hallaban entre los firmantes, en tanto que Víctor Rugo puso con su firma algunas sentidas palabras. En fin, puede decirse que la opinión pública en Francia recibió nuestra condena con desagrado; y cuando mi mujer mencionó en París que me hacían falta libros, la Academia de Ciencias ofreció su biblioteca, y Ernesto Renan, en una carta afectuosa, ponía también la suya a nuestra disposición.

Teníamos un pequeño huerto en donde podíamos jugar a los bolos, y en el que pronto logramos cultivar un estrecho espacio a lo largo del muro del edificio, en el cual, en una superficie de ochenta metros cuadrados, recogimos una cantidad increíble de lechugas y rábanos, así como algunas flores. Como es natural, desde el primer momento se organizaron clases, y durante los tres años que permanecimos en Clairvaux, di a mis compañeros lecciones de cosmografía, geometría y física, ayudándoles también en el estudio de idiomas. Casi todos aprendieron, por lo menos uno, inglés, alemán, italiano o español, y algunos hasta dos, adquiriendo igualmente conocimientos en algo de encuadernación, cosa que aprendimos en uno de los excelentes libritos de la Enciclopedia Roret.

Al terminar el primer año, sin embargo, volvió de nuevo a resentirse mi salud. Clairvaux estaba edificado sobre terrenos pantanosos, donde la malaria es endémica, y ésta y el escorbuto se apoderaron de mí. Entonces mi esposa, que hacía sus estudios en París, trabajando en el laboratorio Würtz, y preparándose para el examen del doctorado en ciencias, lo abandonó todo y se vino a la pequeña aldea de Clairvaux, que se componía de menos de una docena de casas agrupadas al pie del muro inmensamente elevado que rodeaba la prisión.

Inútil es decir que su existencia en semejante paraje con el referido muro a la vista, no tenía nada de halagüeña; pero no por eso dejó de permanecer allí hasta mi salida. Durante el primer año, sólo le permitían verme una vez cada dos meses, y esto en presencia de un capataz sentado entre ambos; mas cuando se estableció definitivamente allí, declarando su firme propósito de permanecer en aquel lugar, pronto la permitieron que me viera diariamente en una de las casitas que hay dentro de las murallas, en la que había siempre un vigilante de servicio, y adonde me traía la comida de la posada donde estaba hospedada. Más adelante hasta nos permitieron dar una vuelta por el jardín del gobernador, vigilados de cerca, por supuesto, reuniéndose algunas veces a nosotros en el paseo uno de mis compañeros.

Mucho me sorprendió el descubrir que la prisión central de Clairvaux tenía todo el aspecto de una pequeña población manufacturera, rodeada de huertos y campos sembrados de trigo, todo dentro del muro exterior.

La verdad es que, si en una prisión central francesa los confinados están tal vez más a merced del director y demás empleados de lo que parece se hallan en las inglesas, el trato de los presos es más humano que el de los establecimientos correspondientes al otro lado del Canal.

El sistema vengativo de la Edad Media, que aun subsiste en las prisiones inglesas, hace tiempo que se ha abandonado en Francia. El preso no se ve obligado a dormir sobre una tarima o tener un colchón en momentos determinados; el día que ingresa en la prisión le dan una cama decente, que conserva todo el tiempo que dure su condena. No se ve obligado a hacer un trabajo degradante, tales como el de mover una calandria o coger estopa, sino que, por el contrario, se le emplea en un trabajo útil, y de ahí que la prisión tenga el aspecto, como ya he dicho, de una población industrial, donde se hacen utensilios de hierro, marcos de cuadros, espejos, medidas métricas, terciopelo, hilo, corsés de señoras, objetos de nácar, zapatos de madera y otros cosas por el estilo, por casi los mil seiscientos hombres que están allí encerrados.

Además, aunque el castigo por insubordinación es muy cruel, no hay, al menos, nada de los azotes que se aplican aun en las prisiones inglesas. Tal castigo sería absolutamente imposible en Francia. Considerada en su conjunto, la prisión de que nos venimos ocupando puede clasificarse entre los mejores establecimientos penales de Europa. Y con todo eso, los resultados obtenidos en Clairvaux son tan malos como los alcanzados en cualquiera de las prisiones del antiguo sistema. Ahora está de moda decir que los corrigendos se mejoran —me dijo una vez uno de los individuos pertenecientes a la administración—, pero eso no es más que una majadería, y jamás me inducirán a propagar mentira semejante.

La farmacia de la prisión se hallaba bajo las habitaciones que nosotros ocupábamos, y algunas veces tuvimos relaciones con los presos que en ella trabajaban. Uno de ellos era un hombre de cabellos grises, ya en los cincuenta, que cumplió estando nosotros allí. Impresionaba oírle antes de partir de la prisión; sabia que antes de algunos meses, o semanas tal vez, estaría de vuelta, y pidió al doctor que le guardara el destino que tenía en la farmacia. No era ésta su primer visita a Clairvaux, y él sabía que tampoco sería la última. Al recobrar la libertad no tenía a nadie en el mundo con quien poder ir a pasar la vejez. ¿Quién ha de querer darme trabajo? —decía. ¿Y qué oficio tengo yo? ¡Ninguno! Cuando salga no tendré más remedio que ir a buscar a mis antiguos compañeros; ellos, por lo menos, me recibirán bien. Después, al tomar un vaso de más en su compañía y hablar con calor de algún nuevo golpe, en parte debido a la debilidad de carácter y en parte por el deseo de complacer a los amigos, concluiría por entrar en el negocio, y volvería a caer una vez más, como ya le ha ocurrido antes en otras varias durante su vida. Dos meses pasaron, sin embargo, desde que salió, y aun no ha vuelto a Clairvaux, por lo que tanto los presos como los empleados, empezaron a preocuparse de su suerte. ¿Se habrá trasladado a otro distrito judicial, cuando no ha vuelto? Hay que esperar que no se haya metido en un negocio más hondo —solían decir, aludiendo a algo más que robo—. sería una desgracia; ¡era un hombre tan bueno y tan pacifico! Pero pronto llegó a saberse que la primera suposición era la verdadera; vinieron noticias de otros penales, diciendo que ya estaba en uno de ellos el viejo, que gestionaba su traslado a Clairvaux.

Los ancianos presentaban un cuadro lastimoso. Muchos de ellos habían empezado a conocer la prisión en la infancia o en la primera juventud; otros en la edad adulta. Pero el que ha estado una vez preso, siempre vivirá en la prisión tal es el dicho derivado de la experiencia. Y una vez llegado o pasado de la edad de sesenta, saben que allí han de terminar sus días. A fin de llegar a este resultado cuanto antes, la administración del penal acostumbraba a mandarlos al taller donde se tejían escarpines de fieltro hechos de todas clases de desperdicios de lana, siendo el continuo polvo del taller la causa determinante de la consunción que había de poner término a sus padecimientos; después de lo cual, cuatro compañeros de prisión llevaban al pobre viejo a la fosa común, siendo el guardián del cementerio y su perro negro los dos únicos seres que acompañaban su cadáver; y mientras el capellán de la prisión marchaba a la cabeza del fúnebre cortejo, recitando mecánicamente sus oraciones y mirando distraídamente a los nogales o higueras del camino, y los cuatro cargadores disfrutaban de la momentánea libertad que dicho acontecimiento les proporcionaba, sólo el perro negro era el único impresionado por la solemnidad de la ceremonia.

Cuando se efectuó en Francia la reforma de las prisiones centrales, se creyó que el principio de absoluto silencio hubiera podido mantenerse en ellas; pero es tan contrario a la naturaleza humana, que, por más que se ha hecho, no ha sido posible conservarlo.

Al observador externo la prisión le parece casi muda; pero, en realidad, la vida se desarrolla allí con tanta intensidad como en cualquier población de sus dimensiones. A media voz, al oído, por medio de palabras sueltas deslizadas a la carrera, y en una tira de papel, toda noticia de algún interés recorre inmediatamente el penal. Nada puede ocurrir entre los presos mismos o en la puerta del edificio destinada a los empleados, o en la aldea que da nombre al establecimiento, o en el dilatado mundo de la política parisiense, que no se comunique en el acto por todos los dormitorios, talleres y celdas. Los franceses son demasiado comunicativos para permitir que su telégrafo subterráneo pueda estar inactivo.

No teníamos contacto con los otros presos, y sin embargo, sabíamos todas las noticias del día. Juan, el jardinero, vuelve con dos años. La mujer de tal capataz ha tenido una gran pelotera con la del vigilante Fulano. Diego, el que está en el calabozo, ha sido sorprendido escribiendo una carta a Juan, el del taller de marcos. El animal de Fulano ya no es ministro de Justicia; ha caído el ministerio, y otras cosas por el estilo; y cuando se dice que Perico ha cambiado dos camisetas de franela por dos cajetillas de tabaco, esto da vuelta a la prisión en un momento.

En una ocasión, un abogadillo que estaba preso deseaba remitirme una nota, a fin de que suplicara a mi mujer, que vivía en la aldea, que viera de cuando en cuando a la suya, que también se encontraba allí; y fue grande el número de hombres que se interesaron en la transmisión del mensaje, el cual tuvo que pasar por no sé cuántas manos antes de llegar a mí. Cuando en un periódico había algo que nos pudiera interesar, éste llegaba siempre a nuestro poder envolviendo una piedrecita que se tiraba sobre el alto muro.

El estar confinado en una celda no es obstáculo para que haya comunicación. Cuando llegamos a Clairvaux y fuimos alojados primero en el departamento celular, era grande el frío que allí se sentía en el invierno; tanto, que apenas podía yo escribir, y cuando mi mujer, que se hallaba entonces en París, recibió mi carta, no reconoció la letra. Se dio orden de que las caldearan todo lo posible; pero no había manera de conseguirlo. Más tarde se supo que todos los tubos destinados a la conducción del aire caliente estaban obstruidos con papeles de todas clases, cortaplumas y una multitud de objetos pequeños que varias generaciones de presos habían ocultado en ellos.

Mi amigo Martin, de quien ya he hablado en otra ocasión, obtuvo permiso para pasar parte de su tiempo en una celda, lo que prefería a vivir en una habitación con doce compañeros. Pero, con gran sorpresa, vio que no estaba completamente solo ni mucho menos; las paredes y los ojos de las cerraduras hablaban; al poco tiempo todos los que se hallaban en ellas sabían quién era él, y pronto se vio relacionado con cuantos moraban en el edificio. Todo un sistema de vida se desenvuelve, como en una colmena, entre las celdas al parecer aisladas; sólo que esa vida toma a menudo tal carácter, que la hace pertenecer por completo al dominio de la psicopatía. El mismo Kraft-Ebbing no tiene idea del aspecto que asume con ciertos presos condenados a vivir en la soledad.

No repetiré aquí lo que he dicho en un libro, En las prisiones rusas y francesas, que publiqué en Inglaterra en 1886, en el cual traté de la influencia moral de las prisiones sobre los presos. Hay, sin embargo, una cosa que debe tenerse en cuenta. La población penal se compone de elementos heterogéneos; pero considerando sólo a los que se toma generalmente por criminales natos, y de quienes tanto hemos oído hablar últimamente a Lombroso y sus partidarios, lo que más me impresionó respecto de ellos fue que las prisiones, consideradas como remedio contra los actos antisociales, son precisamente las que producen el efecto contrario.

Todos saben que la falta de educación, repugnancia a un trabajo regular, incapacidad física para hacer un esfuerzo continuado, amor extraviado a las aventuras, propensión al juego, falta de energía, una voluntad virgen, e indiferencia por la suerte de los demás, son las causas que llevan a esa clase de gente ante los tribunales. Pues bien, vi con asombro durante mí prisión que esos mismos defectos de la naturaleza humana que la cárcel se propone evitar, son los que ella engendra en sus moradores, y tiene necesidad de hacerlo así, porque es una prisión y los engendrará mientras exista. El confinamiento en una prisión destruye por necesidad la energía del hombre y aniquila su voluntad; en la vida del preso no hay modo de ejercitar aquélla: pretenderlo sería seguramente motivo de serios disgustos. La voluntad del que vive en prisión debe matarse y se le mata, quedando menos lugar aun para el ejercicio de las naturales simpatías, haciéndose hasta lo inimaginable por evitar todo contacto con aquéllos, ya sean del interior o del exterior, por quienes el preso sienta algún afecto. Física y mentalmente se le hace cada vez menos capaz de un esfuerzo sostenido, y si ya ha sentido repugnancia por un trabajo regular, éste irá en aumento durante los años de prisión.

Si antes de ingresar por primera vez en la cárcel le molestaba fácilmente todo trabajo monótono que no era dable hacer con propiedad y sentía repulsión hacia toda ocupación mal retribuida, esos sentimientos se convertirán en odio. Si antes dudaba respecto de la utilidad social de las leyes de moral establecidas, ahora, después de haber lanzado una mirada escrutadora sobre sus defensores oficiales y de conocer la opinión de sus compañeros sobre el particular, las abandonará por completo. Y si la causa de su desgracia ha sido un desarrollo morboso del apasionado carácter sensual de su naturaleza, ahora, después de haber pasado un número de años en prisión, este carácter enfermizo se desarrollará aún más, en muchos casos en proporciones aterradoras. En este último concepto —el más peligroso de todos—, la educación del presidio es deplorable.

En Siberia vi qué clase de antros de inmundicia y semillero de ruina moral y física eran las asquerosas cárceles no reformadas, y ya a la edad de diez y nueve años pensé que, si hubiera menos aglomeración en los dormitorios, una clasificación especial en los presos y se les proporcionara a éstos una ocupación agradable, la institución podría mejorarse sensiblemente.

Hoy tengo que desechar semejantes ilusiones; he podido convencerme a mí mismo de que, en cuanto a sus efectos sobre el preso y sus resultados para la sociedad en general, las mejores prisiones reformadas —sean o no celulares— son tan malas, o aun peores, que las sucias cárceles antiguas. Ellas no mejoran al preso; por el contrario, en la inmensa y abrumadora mayoría de casos, ejercen sobre ellos los efectos más lamentables. El ladrón, el estafador y el granuja que han pasado algunos años en un penal, salen de él más dispuestos que nunca a continuar por el mismo camino, hallándose mejor preparados para ello, habiendo aprendido a hacerlo mejor, estando más enconados contra la sociedad y encontrando una justificación más sólida de su rebeldía contra sus leyes y costumbres, razón por la cual tienen, necesaria e inevitablemente, que caer cada vez más hondo en la sima de los actos antisociales que por primera vez le llevaron ante los jueces.

Lo que el individuo haya de hacer después de cumplido, habrá de ser, forzosamente, mayor que lo antes realizado, viéndose condenado a terminar su vida en una prisión o en una colonia de trabajos forzados. En el libro a que antes he hecho referencia, digo que las prisiones son universidades del crimen, mantenidas por el Estado. Y ahora, pensando sobre el particular, después de muchos años, no puedo por menos que ratificarme en lo que entonces afirmé.

Personalmente no tengo razón alguna para quejarme de los dos años que pasé en una prisión francesa. Para un hombre activo e independiente, la limitación de ambas cosas, libertad y actividad, es por sí sola una privación tan grande, que de todas las restantes, de todas las pequeñas miserias de la vida en prisión, no vale la pena de ocuparse.

Como es natural, cuando oíamos hablar de la vida política tan activa que se hacía en Francia, sentíamos doblemente nuestra forzosa pasividad. El fin del primer año, particularmente si el invierno es triste, es siempre penoso para el preso, y al llegar la primavera se siente con más fuerza que nunca la falta de libertad. Cuando vi desde nuestras ventanas los prados vistiéndose de verdor y los cerros envueltos en un manto gaseoso, o al ver correr el tren por el valle hasta perderse entre las montañas, sentía vivamente grandes ansias de seguirlo y respirar el aire de la selva, o ser arrastrado por la humana corriente a una populosa ciudad. Pero el que une su suerte a la de un partido avanzado, debe estar preparado a pasar algunos años en prisión, y no tiene derecho a quejarse; comprende que, aun preso, no es por completo una parte inactiva del movimiento que extiende y fortalece las ideas que le son tan queridas.

En Lyon, mis compañeros, mi mujer y yo, es indudable que encontramos muy groseros a los vigilantes y capataces; pero después de los primeros rozamientos, todo quedó arreglado. Además, la administración del establecimiento sabía que la prensa de París estaba a nuestro lado, y no quería atraer sobre su cabeza los truenos de Rochefort y la punzante crítica de Clemenceau, freno que, por otra parte, no se necesitaba en Clairvaux, pues pocos meses antes de llegar nosotros, todo el personal había sido renovado. No hacía mucho que un preso fue muerto en la celda por los vigilantes, quienes colgaron luego el cadáver para simular un suicidio; pero esta vez el médico no se hizo solidario del hecho; el director fue destituido, y la situación mejoró visiblemente en el interior de la prisión. Los recuerdos que conservo de su jefe son, por cierto, agradables, y en suma, mientras estuve allí pensé más de una vez que los hombres son mejores que las instituciones a que pertenecen. Pero lo mismo que no tengo agravios personales para vengar, puedo condenar libre e incondicionalmente el sistema en si, como resto del obscuro pasado, falso en sus principios y fuente de innumerables males para la sociedad.

Algo más debo mencionar, por tratarse de una cosa que me impresionó, tal vez más que el efecto desmoralizador de las prisiones sobre los presos. ¡Qué foco de infección es toda prisión —y hasta toda Audiencia—, por su vecindario, por la gente que vive en sus inmediaciones!

Si Lombroso, que tanto se ha ocupado del tipo criminal, que pretende haber descubierto entre los presos, hubiera hecho los mismos esfuerzos para conocer la gente que habita en torno de los mencionados establecimientos —esbirros, espías, picapleitos, policías secretos, timadores y otros por el estilo—, hubiese tenido probablemente que convenir en que su tipo criminal tiene mayor extensión geográfica que las paredes de una cárcel. Jamás vi tal colección de rostros del más bajo tipo humano como los que encontré en los alrededores y en el interior del Palais de Justice, en Lyon, cosa que dentro de los muros de Clairvaux no había hallado.

Dickens y Cruikshank han inmortalizado algunos de estos tipos, los cuales no representan más que un mundo que revolotea alrededor de las Audiencias y difunde su infección en un gran radio en torno suyo, pudiendo decirse otro tanto de cada prisión central, como Clairvaux. Es una atmósfera de pequeños robos, estafas y raterías, espionaje y corrupción de todas clases que, como la mancha de aceite, invade cuanto le rodea.

Todo esto lo observé, y si antes de mi condena ya sabia yo que la sociedad se equivoca en su actual sistema de castigos, después de dejar a Clairvaux conocí que aquél no es sólo malo y erróneo, sino también sencillamente ridículo, cuando en parte inconscientemente y en parte por ignorancia de la realidad, mantiene por su cuenta estas universidades de corrupción, bajo la ilusión de que son necesarias como un freno contra los criminales instintos del hombre.

XIV

Todo revolucionario encuentra en su camino muchos espías y agents provocateurs, y a mí me ha tocado también mi parte correspondiente en el asunto. Todos los gobiernos gastan sumas considerables de dinero en mantener esta clase de reptiles; y sin embargo, no son peligrosos más que para la gente joven. Quien haya tenido alguna vez experiencia de la vida y conocimiento de los hombres, pronto se da cuenta de que hay algo en torno de tal gente que da motivo a recelar. Reclutados en el fondo de la sociedad, entre hombres del tipo moral más bajo, con sólo fijarse en el carácter moral de la persona con quien se tropieza por primera vez, pronto se nota en las maneras de estos soportes de la sociedad algo chocante que da lugar a esta interrogación: ¿Qué ha atraído ese hombre hacia mí? ¿Qué puede tener de común con nosotros? En muchos casos esta simple cuestión es suficiente para poner a uno en guardia.

Cuando fui a Ginebra por primera vez, el agente del gobierno ruso encargado de espiar a los emigrados era bien conocido de todos nosotros. Aunque se daba el título de conde, como no tenía lacayos ni carruaje donde colocar su corona y sus armas, las había hecho bordar en la especie de manta que cubría su perrito.

Lo veíamos frecuentemente en los cafés, pero nunca le dirigimos la palabra; era, en verdad, un inocente que sólo se ocupaba en comprar en los quioscos todo lo que publicaban los refugiados, y de agregar probablemente aquellos comentarios que más pudieran agradar a sus jefes.

Otros varios fueron llegando a dicha ciudad, a medida que el número de emigrados aumentaba, y sin embargo, de un modo o de otro, también llegamos a conocerlos.

Cunado aparecía algún extraño en nuestro horizonte, se le preguntaba con la franqueza propia del nihilista sobre su pasado y su presente, descubriéndose bien pronto qué clase de persona era. La franqueza en las relaciones mutuas es indudablemente el mejor medio de establecer corrientes de armonía entre los hombres; pero en este caso, el valor de tal procedimiento era innegable. Multitud de personas a quienes ninguno de nosotros había conocido u oído hablar de ellas en Rusia —absolutamente extrañas a los círculos— vinieron a Ginebra, y muchas de ellas a los pocos días, o tal vez horas, de su llegada, se encontraban amigablemente relacionadas con la colonia de refugiados, lo que por ningún concepto lograron hacer jamás los espías. Estos pueden dar nombres de personas conocidas; les es posible proporcionar informes, algunas veces verdaderos, de su pasado en Rusia; pueden poseer a la perfección el lenguaje y las maneras del nihilista, pero no asimilarse esa especie de moral nihilista que ha nacido y se ha desenvuelto en el seno de la juventud rusa, lo que por sí solo basta para tenerlos a cierta distancia de nuestra colonia; los espías pueden imitar todo menos eso.

Cuando yo trabajaba con Reclus, había en Clarens uno de ellos, de quien todos nos apartábamos. No conocíamos sus antecedentes, pero comprendimos que no era de los nuestros, y cuanto más trataba de introducirse entre nosotros, más sospechoso se nos hacía. Jamás le había dirigido la palabra, lo que no era obstáculo para que él procurara relacionarse conmigo. Viendo que no podía hacerlo por los medios usuales, empezó a escribirme cartas, dándome citas misteriosas para tratar asuntos reservados en el bosque u otro sitio parecido.

Por divertirme, acepté una vez su invitación y fui al lugar señalado, acompañado de un buen amigo que me seguía a cierta distancia; pero el hombre, que probablemente tendría su correspondiente colega, debió notar que yo no estaba solo y no apareció. Así me ahorré el placer de cambiar con él ni una sola palabra; además, trabajaba tanto entonces, que hasta los minutos los tenía distribuidos entre la Geografía y Le Révolté, sin ocuparme de otra cosa, y sin embargo, más tarde supimos que el tal sujeto solía enviar a la Sección Tercera informes detallados respecto a las supuestas conversaciones que había tenido conmigo, lo que en ellas me permití confiarle y el terrible complot que yo preparaba en San Petersburgo contra la vida del zar, todo lo cual se tomaba como moneda corriente en dicha capital y en Italia también. Un día que detuvieron a Cafiero en Suiza, le enseñaron formidables informes de espías italianos, quienes prevenían a su gobierno que Cafiero y yo, cargados de bombas, íbamos a entrar en Italia, cuando la verdad era que jamás había estado yo en ese país ni tenido intención de visitarlo.

En cuanto a los hechos, sin embargo, no siempre los espías hacen castillos en el aire; a menudo refieren cosas verdaderas, pero todo depende del modo de decirlas. Cierta vez pasamos un rato divertido al conocer una reseña dirigida al gobierno francés por un espía del país, que nos siguió a mi esposa y a mí, cuando viajábamos en 1881 de París a Londres. El individuo, haciendo un doble juego, como ocurre con frecuencia, vendió su trabajo a Rochefort, quien lo publicó en su diario. Cuanto decía el espía era correcto; ¡pero qué modo de contarlo!

Por ejemplo, escribía: Tomé el departamento inmediato al ocupado por Kropotkin y su mujer —era verdad que estaba allí; lo notamos porque desde el primer momento procuró llamar nuestra atención con su cara sucia y repulsiva—, hablaron ruso todo el viaje, a fin de no ser comprendidos por los pasajeros —también esto es cierto; hablamos, como siempre, ruso—. Al llegar a Calais, ambos tomaron un caldo —lo cual es igualmente exacto, le tomamos; pero aquí empieza la parte fantástica del viaje—. Después de esto desaparecieron bruscamente, y en vano los busqué por todas partes. Cuando se volvieron a presentar, él venia disfrazado y seguido de un cura ruso, que ya no se separó de él hasta que llegaron a Londres, donde perdí de vista a este último —como lo anterior, lo dicho es también verdadero. Mi mujer tenía una ligera molestia en un diente y le pedí permiso al encargado del restaurante para que pudiera entrar en su habitación a arreglárselo. Por lo que desaparecieron; y como teníamos que atravesar el Canal, me guardé mi sombrero de fieltro en el bolsillo y me encasqueté una gorra de pieles, de modo que quedé disfrazado. En cuanto al misterioso cura, allí estaba, en efecto. No era ruso; pero eso no tiene importancia, pues la verdad es que vestía el traje de la iglesia griega. Lo encontré delante del mostrador, pidiendo algo que nadie comprendía. Agua, agua, repetía en un tono angustioso: Dad al señor un vaso de agua, dije a un camarero, por cuyo motivo, el cura, admirado de mis extraordinarios conocimientos lingüísticos, empezó a congratularme por haber intervenido en su favor, con una efusión verdaderamente oriental. Mi esposa se compadeció de él y le habló en varios idiomas, pero ninguno de ellos entendía; al fin se logró averiguar que conocía algunas palabras de una de las lenguas eslavas del sur, y pudimos sacar en claro que era griego y quería ir a la embajada turca en Londres, manifestándole nosotros que también íbamos a dicha capital y que podía venir en nuestra compañía.

La parte más divertida de esta historia fue que, casualmente, le pude proporcionar la dirección de la embajada turca, aun antes de haber llegado a Charing Cross, pues en una de las paradas que hizo el tren, dos señoras muy elegantes, entraron en nuestro ya bien lleno departamento de tercera, cada una con un periódico en la mano. Una era inglesa y la otra, una mujer hermosa que hablaba bien francés, pretendía también serlo. Esta última, apenas habíamos cambiado algunas palabras, me dijo a quemarropa: ¿Qué pensáis del conde Ignatiev? E inmediatamente después: ¿Vais a matar pronto al nuevo zar? Estas dos preguntas me pusieron al corriente respecto a su profesión; pero, pensando en mi cura, le dije: ¿Sabéis la dirección de la embajada turca? Calle tal, número tal me dijo en el acto, como una niña en la academia. ¿Podríais tal vez darnos igualmente la de la embajada rusa? Le pregunté, y habiéndomela comunicado con la misma prontitud, puse ambas en conocimiento del sacerdote.

Cuando llegamos al término de la jornada, la señora estaba tan deseosa de ocuparse de mi equipaje, que hasta intentó llevar ella misma un voluminoso paquete con sus manos enguantadas, por lo que, al fin, me vi obligado a decirle, con gran sorpresa suya: Basta ya; las señoras no llevan el equipaje de los hombres. Podéis marcharos.

Pero volvamos al verídico espía francés. Se bajó en Charing Cross —continuó diciendo—, pero durante más de media hora después de la llegada del tren no abandonó la estación hasta tener la seguridad de que todos los demás se habían marchado. Yo, mientras tanto, permanecí oculto tras una columna. Cuando vieron que ya no quedaba nadie en el andén, ambos corrieron a tomar un coche; yo quise hacer otro tanto; pude oír la dirección que el cochero dio a la salida al policía: 12, calle tal, y seguí tras ellos velozmente, no encontrando vehículo alguno hasta la plaza de Trafalgar, donde lo tomé, continuando la persecución hasta verlos descender en la dirección indicada.

Todos los hechos que aquí se relatan son exactos; lo mismo la dirección que todo lo demás; ¡pero qué misterioso aparece! Yo había prevenido a un amigo ruso de mi llegada; mas aquella mañana la niebla era muy densa y él se quedó dormido. Lo estuvimos esperando media hora, y después, dejando allí nuestras maletas, nos dirigimos en carruaje a su domicilio.

En la referida casa permanecieron con las cortinas echadas hasta las dos de la tarde, a cuya hora salió un hombre alto, que volvió una hora después con el equipaje. Hasta la observación respecto a las cortinas era correcta; tuvimos que encender el gas a causa de la niebla, y corrimos aquéllas para librarnos del desagradable espectáculo que ofrecía una callejuela de Islington invadida por la neblina.

Cuando estaba trabajando con Eliseo Reclus en Clarens, acostumbraba a ir a Ginebra a presenciar la tirada de Le Révolté, y un día, al llegar a la imprenta, me dijeron que un caballero ruso deseaba hablarme. Ya lo había hecho con mis amigos, y les indicó que venia con propósito de inducirme a publicar en Rusia un periódico de la índole del nuestro, ofreciendo para tal fin el dinero necesario. Fui a encontrarlo en un café, donde me dio un apellido alemán: el de Tohnlehm, y me dijo que era natural de las provincias del Báltico; jactábase de poseer una gran fortuna invertida en ciertas fincas y empresas industriales, y se hallaba muy disgustado con el gobierno ruso por su proyecto de rusificación. La impresión que en general me produjo fue, hasta cierto punto, indeterminada; así que mis amigos insistían en que aceptara su ofrecimiento; pero su aspecto, sin embargo, dejaba algo que desear.

Del café me llevó a sus habitaciones del hotel, donde empezó a mostrar menos reserva y aparecer tal como era, y por consiguiente, más repulsivo. No pongáis en duda mi fortuna —me dijo—; tengo además un invento de importancia, del que pienso sacar patente y hacer que me produzca una suma respetable, dedicándolo todo a la causa de la revolución en Rusia y me enseñó, con gran sorpresa mía, un candelero que sólo se distinguía por lo feo, y cuya originalidad consistía en tener tres pedacitos de alambre destinados a recibir la vela. Ni la mujer más pobre habría encontrado el invento útil, y aun cuando se hubiera registrado, ningún industrial hubiese dado por la patente más de cincuenta francos. Un hombre rico, pensé, no es posible que espere nada de semejante mamarracho; al hacerlo, indica claramente que no ha visto nada mejor, lo que me hace creer que no existían tales carneros, e indudablemente no tenía de rico más que el nombre, no siendo suyo el dinero que ofrecía, por lo que decidí hablarle de la siguiente manera: Perfectamente; si tanto deseáis tener un periódico revolucionario ruso y habéis formado de mí la favorable opinión que habéis expresado, tenéis que depositar vuestro dinero en un banco, a mi nombre y a mi entera disposición. Pero os prevengo que no tendréis en él intervención alguna. Desde luego, así se hará —dijo él—; mas podré verlo, daros mi opinión sobre su marcha y ayudaros a introducirlo de contrabando en Rusia. No —repliqué—, nada de eso; no necesitaréis verme para nada. Mis amigos se figuraron que yo había estado muy duro con tal sujeto; pero algún tiempo después se recibió una carta de San Petersburgo, previniéndonos que recibiríamos la visita de un espía de la Sección Tercera, llamado Tohnlehm. El candelero nos fue, pues, de alguna utilidad.

Ya sea de un modo u otro, esta gente siempre se da a conocer. Estando en Londres, en 1881, recibimos una mañana brumosa la visita de dos rusos; conocía a uno de ellos de nombre, pero no al otro, a quien éste recomendaba como su amigo. Y según dijeron, el último se había ofrecido para acompañar al primero en una visita de varios días a Londres. Como su introductor había sido un amigo, no me inspiró la menor sospecha; pero como estaba muy ocupado aquel día, encargué a un amigo que vivía cerca que les tomara habitaciones y los acompañara a ver Londres. Y como mi mujer no había visto tampoco la capital, fue con ellos; mas al volver por la noche me dijo: Ese hombre no me gusta nada; mucho ojo con él. ¿Pero por qué? ¿Qué ha ocurrido? —le pregunté—. Nada, absolutamente nada —me replicó—; pero por el modo de tratar al camarero en el café y la manera de andar con el dinero, vi, desde luego, que no era de los nuestros, y no siéndolo, ¿a qué viene en busca nuestra? Creía tanto en lo justo de sus sospechas que, sin dejar de cumplir sus deberes en cuanto a la hospitalidad, se manejó de tal modo que no lo dejó solo en mi estudio ni una vez siquiera. En nuestra conversación con él se mostró a tan bajo nivel moral, que hasta avergonzó a su compañero, y al pedir más antecedentes suyos, la explicación que dieron ambos no tuvo nada de satisfactoria, lo que dio lugar a que los dos estuviéramos en guardia. Por último, a los dos días se fueron de Londres, y quince días después recibí carta de mi amigo, llena de excusas por haber presentado a un joven que, según había descubierto en París, era un espía al servicio de la embajada rusa. Esto me hizo fijar la vista en una lista de agentes de la policía secreta rusa que prestaban servicio en Francia y Suiza, que los emigrados habíamos recibido del Comité ejecutivo, que tiene ramificaciones en todo San Petersburgo, y hallé en ella el nombre del joven sólo con una letra alterada.

El lanzar un periódico subvencionado por la policía, con un agente de ésta a su frente, es un antiguo plan, al que recurrió el prefecto de policía de París, Andrieux, en 1881. Estaba yo pasando unos días en casa de Reclus, en la sierra, cuando recibimos una carta de un francés, o mejor dicho un belga, en la que nos anunciaba que iba a publicar un periódico anarquista en París, y pedía nuestra colaboración.

La carta, que rebosaba de elogios, nos produjo una desfavorable impresión, y además Reclus tenía un vago recuerdo de haber oído el nombre del autor mezclado en un asunto poco edificante. Decidimos, pues, negarnos a ello, y yo escribí a un amigo de París, encargándole que se enterará de dónde procedía el dinero destinado a tal empresa, porque pudiera ser de los orleanistas, recurso al que habían apelado éstos en otras ocasiones, razón por la cual deseábamos conocer su origen. Y el amigo referido, procediendo con una rectitud de obrero, leyó dicha carta en un mitin, en presencia del mismo interesado, quien pretendió agraviarse, por lo que tuve que escribir otras varias sobre el mismo tema, pero en todas ellas permanecí aferrado a esta idea: Si el hombre es de buena fe, comprenderá que debe mostrarnos la fuente del dinero, de lo contrario no es revolucionario y no podemos tener con él ninguna relación.

Y esto fue lo que hizo al fin de cuentas. Acosado por tanta cuestión, dijo que el dinero procedía de su tía, una señora rica, de opiniones retrógradas que, dominada, sin embargo, por el deseo de tener un periódico, lo había proporcionado. La señora no se hallaba en París, sino en Londres, y como insistiéramos, no obstante, en tener sus señas, las obtuvimos por último, y nuestro amigo Malatesta se ofreció a ir a verla, lo que efectuó acompañado de un amigo italiano que tenía algunas relaciones en el comercio de muebles de segunda mano. La hallaron ocupando un piso bajo, y mientras Malatesta hablaba con ella, convenciéndose cada vez más de que todo era una comedia, el otro, fijándose en el mobiliario, descubrió que éste había sido alquilado el día antes, probablemente en un almacén próximo, pues el membrete del negociante aun estaba pegado en las sillas y mesas. Esto no era una prueba concluyente, pero, sin embargo, vino a aumentar nuestras sospechas, negándome yo en absoluto a tener nada que ver con la publicación.

El periódico era de una violencia exagerada: incendios, asesinatos y bombas de dinamita, era todo de lo que se ocupaba. Cuando fui al congreso de Londres encontré a dicho individuo, y desde el momento que vi que no se lavaba la cara, oí algo de su conversación, y me hice, cargo de la clase de mujeres que lo acompañaban, mi opinión respecto de él quedó formada. Durante el congreso presentó una serie de proposiciones espeluznantes, y todos se mantuvieron alejados de él. Después, cuando insistió en que le dieran las direcciones de todos los anarquistas del mundo, la negativa no pudo ser más significativa.

Para abreviar, diré que a los dos meses fue desenmascarado, suspendiéndose el periódico al día siguiente para no aparecer más. Dos años después de esto, el prefecto de policía, Andrieux, publicaba sus memorias, en cuyo libro aludía al periódico referido, que había sido obra suya, así como las explosiones que sus agentes habían organizado en París, colocando latas de sardinas, llenas de cualquier cosa, bajo la estatua de Thiers.

Es de imaginarse la cantidad de dinero que ha costado todo eso a Francia y otras naciones.

Sobre este particular podría escribir varios capítulos; pero no haré más que contar una nueva historia referente a dos aventureros en Clairvaux.

Mi mujer paraba en la única posada de la aldea que se había formado a la sombra de los muros de la prisión. Un día la patrona entró en su habitación con un mensaje de dos caballeros que habían llegado al hotel y deseaban ver a mi esposa. Dicha mujer intercedió con toda su elocuencia en su favor. ¡Oh!, conozco bien el mundo —dijo ella—, y puedo aseguraros, señora, que son dos cumplidos caballeros. No es posible hallar nada más comme il faut. Uno de ellos se dice oficial alemán; con seguridad es un barón o un milord, y el otro, su intérprete. Ellos os conocen perfectamente: el barón va ahora al África, de donde tal vez no vuelva más, y desea veros antes de partir.

Mi esposa miró la tarjeta de visita, en la que se leía: A madame la Principesse Kropotkin. Quand a voir? y no necesitó más comentarios respecto a la cultura de los dos caballeros. En cuanto al contenido de la nota, resultaba aún peor que la dirección. Contra todas las reglas gramaticales y careciendo de sentido común, el barón escribía sobre una comunicación misteriosa que tenía que hacer. Y como ella se negara rotundamente a recibir al autor de tal epístola y a su intérprete, el primero le escribió un sin fin de cartas, que ella devolvió sin abrir.

La aldea se dividió en dos bandos: uno, dirigido por la patrona, colocóse al lado del barón, y el otro, que tenía por jefe a su marido, en contra suya. Con tal motivo, se forjó una verdadera novela: el barón había conocido a mi mujer antes de su casamiento, habiendo bailado con ella muchas veces en la embajada rusa de Viena. Él la amaba todavía, pero ella, insensible y cruel, no quiso permitir que la viera antes de emprender su peligrosa expedición.

Después de esto vino la misteriosa historia de un hijo, que se decía ocultábamos nosotros. ¿Dónde está el niño —preguntaba el barón—. Tienen un hijo que a esta fecha debe tener seis años; ¿qué ha sido de él? Ella no se separaría de un hijo si lo tuviera — decían los de un partido. Sí, lo tienen, pero lo ocultan — agregaban los del contrario.

Para nosotros esta disputa contenía una revelación muy interesante. Nos demostraba que mis cartas, no sólo eran leídas por los empleados de la prisión, sino que su contenido llegaba también a conocimiento de la embajada rusa. Estaba yo en Lyon y habiendo ido ella a ver a Eliseo Reclus a Suiza, me escribió una vez diciendo que nuestro niño estaba muy bien; tenía una salud excelente, y todos habían pasado un rato agradable en el quinto aniversario de su nacimiento. Yo sabia que se refería a Le Révolté, al que acostumbrábamos a llamar en nuestras conversaciones nuestro gamin, nuestro niño travieso. Mas ahora que estos caballeros preguntaban por nuestro hijo y designaban tan correctamente su edad, era evidente que la carta había pasado por más manos que las del director de la prisión, lo cual era conveniente saber.

Nada pasa inadvertido para la gente de una aldea, y el barón se hizo pronto sospechoso; escribió una nueva carta a mi mujer, más extensa aún que las anteriores. En ella pedía que le perdonara por haber pretendido presentarse como un antiguo amigo; declaraba que nunca se habían conocido, y sin embargo, se hallaba animado de las mejores intenciones. Tenía que comunicarle algo importante; mi vida estaba en peligro y quería prevenirla.

El barón y su secretario salieron a dar una vuelta por el campo, para tratar de esto sin testigos y ponerse de acuerdo sobre el contenido de la mencionada misiva; pero el guarda bosque, que los había visto, los siguió a cierta distancia, observando que, después de una disputa, rompieron la carta, y tiraron los pedazos al suelo. Entonces pudo leerla. Una hora después toda la aldea sabía que el barón jamás había conocido a mi mujer, desbaratándose completamente la novela que tan sentimentalmente repetían los partidarios del barón.

¡Ah! entonces no son lo que pretenden —dijo a su vez el cabo de la gendarmería—; deben ser espías alemanes y los detuvo.

Hay que decir en su favor que verdaderamente había estado un espía alemán en Claírvaux poco antes. En tiempo de guerra, el vasto edificio de la prisión podría muy bien servir como depósito de provisiones o cuarteles para el ejército, y es indudable que el Estado Mayor alemán tenía interés en conocer la capacidad interna del local. Para conseguirlo, envió a la aldea un fotógrafo ambulante y jovial, que conquistó la amistad de todos fotografiándolos de balde, siendo admitido para que sacara vistas no sólo del interior del patio, sino también de los dormitorios, después de lo cual se trasladó a otra población de la frontera del este, donde fue detenido por las autoridades francesas, por haber encontrado en su poder documentos militares comprometedores. Y como el cabo recordaba lo ocurrido, vino a creer que el barón y su acompañante eran espías también, y los llevó presos al pueblecito de Bar-sur-Aube; pero a la mañana siguiente fueron puestos en libertad, y el diario de la comarca manifestó que no eran espías alemanes, sino personas comisionadas por otra potencia más amiga.

Esto dio lugar a que la opinión pública volviera la espalda al barón y su secretario, a quienes aguardaban nuevas aventuras. Una vez en libertad, entraron en un pequeño café del pueblo, donde desahogaron mutuamente su pecho en alemán, como buenos amigos, mientras vaciaban una botella de vino.

Estuvisteis estúpido y cobarde —dijo el que hacía de intérprete al que pasaba por barón—; si me hubiese encontrado en vuestro lugar, le hubiera pegado un tiro a ese juez de instrucción con este revólver. Que intente conmigo algo semejante, y verá si le alojo una bala en la cabeza y otras cosas por el estilo.

Un viajante de comercio, que estaba sentado tranquilamente en un rincón de la sala, corrió en el acto a casa del comandante del puesto de gendarmes a dar cuenta de la conversación que había oído, y éste dio inmediatamente parte del hecho a sus superiores, quienes hicieron arrestar nuevamente al secretario, que era un farmacéutico de Strasburgo. Se le hizo comparecer ante el tribunal de policía, en la referida población de Bar-sur-Aube, y le salió un mes de cárcel, por amenazas pronunciadas contra un magistrado en sitio público. Más adelante, el barón se vio metido en otro lío, y la aldea no recobró su tranquilidad hasta que se marcharon los dos extranjeros.

Estas aventuras de espías tuvieron un desenlace cómico. Pero cuántas tragedias —terribles tragedias— se deben a esos sujetos. Vidas preciosas se han perdido y familias enteras se han arruinado sólo por procurar una vida cómoda a tales estafadores. Cuando se piensa en los millares de espías que andan por el mundo a sueldo de todos los gobiernos; en las añagazas que preparan a tantos ingenuos, en las víctimas que a veces lanzan a un fin trágico, y en los dolores que siembran a su alrededor; en las grandes sumas de dinero derrochadas para mantener aquel ejército reclutado en la hez social, en la corrupción de toda especie que esparcen por la sociedad y hasta en el seno de las familias, no puede uno menos que horrorizarse por el mal hecho. Y ese ejército de haraganes no se circunscribe solamente a los espías políticos y al sistema del espionaje militar. En Inglaterra, sobre todo en las ciudades de veraneo, existen periódicos que dedican columnas enteras a la publicidad de los detectives privados que se ofrecen para recoger informaciones de toda especie para el divorcio, para espiar a los maridos por cuenta de las mujeres y a las mujeres por cuenta de los maridos, para penetrar en el seno de las familias y pescar en la red a los imbéciles, y que emprenden cualquier misión que se les confié siempre que sea lucrativa para ellos. Y mientras la gente se escandaliza por los abusos del espionaje revelados últimamente en las altas esferas militares francesas no observan que en su ambiente, tal vez bajo el propio techo, se cometen abusos iguales o peores tanto por las agencias oficiales de espionaje como por las privadas.

XV

Peticiones en favor de nuestra libertad aparecían continuamente, lo mismo en la prensa que en la Cámara de los Diputados —con tanto más motivo, cuanto que en igual época en que nosotros fuimos condenados lo fue también Luisa Michel, por ¡robo!—; Luisa, que siempre da literalmente su último manto o abrigo a la mujer que lo necesita y a quien nadie pudo obligar a comer mejor que sus compañeros de prisión, porque siempre daba a éstos lo que le mandaban a ella, fue condenada en unión de otro compañero, Pouget, a nueve años de prisión por robo en despoblado. Esto resulta odioso hasta para los oportunistas de la clase media.

Un día, iba a la cabeza de una manifestación de los desocupados, entró en una panadería, tomó varios panes y los distribuyó entre los hambrientos; este era su crimen.

Así, pues, la libertad de los anarquistas vino a ser un grito de guerra contra el gobierno, y en el otoño de 1885, todos mis compañeros, menos tres, fueron puestos en libertad por un decreto del presidente Grévy, después de lo cual las voces que exigían la libertad de ella y la mía se elevaron más aún. Alejandro III, sin embargo, era contrario a tal medida, y en una ocasión el primer ministro, M. Freycinet, contestando a una interpelación de la Cámara, dijo que dificultades diplomáticas ofrecían obstáculos a la liberación de Kropotkin. Palabras bien extrañas, por cierto, en boca del primer ministro de un país independiente; pero otras peores se han oído desde entonces, con relación a esa desgraciada alianza de Francia con la Rusia imperial.

A mediados de enero de 1886, tanto Luisa Michel y Pouget, como los cuatro de nosotros que quedábamos en Clairvaux, fuimos puestos en libertad.

Esta liberación significaba también la de mi mujer, cuya prisión voluntaria en la aldea, a las puertas mismas del penal, había empezado a alterar su salud, por lo que nos trasladamos a París para pasar unas semanas con nuestro amigo Elias Reclus, escritor profundo en antropología, a quien fuera de Francia confunden a menudo con Elíseo, el geógrafo. Una estrecha amistad ha unido a los dos hermanos desde la infancia. Cuando llegó la hora de que entraran en la universidad, fueron juntos desde un pueblecito del valle de la Gironda a Strassburgo, haciendo el viaje a pie, como dos jóvenes errantes, acompañados de su perro, y al detenerse en algún poblado, el animal era el que se comía la sopa, en tanto que los dos hermanos se alimentaban con pan y manzanas. Desde Strassburgo el más pequeño se dirigió a Berlín, a donde fue atraído por las conferencias del gran Ritter. Más tarde, del 40 en adelante, se hallaron en París, y Elías se hizo un convencido fourierista, viendo ambos en la República del 48 el advenimiento de una nueva era de evolución social. Así que, a consecuencia del golpe de estado de Napoleón III, los dos tuvieron que dejar a Francia y emigrar a Inglaterra.

Cuando se votó la amnistía y volvieron a París, Elias publicó allí un periódico fourierista cooperativo, que circuló ampliamente entre los trabajadores.

No es un hecho generalmente conocido, pero no deja de tener algún interés el manifestarlo, que Napoleón III, que representaba el papel de César, interesado, como correspondía a tal personaje, por la suerte de las clases trabajadoras, acostumbraba a mandar uno de sus ayudantes a la imprenta donde se hacía la tirada, para llevar a las Tullerías el primer ejemplar que saliera de la máquina, estando posteriormente hasta dispuesto a patrocinar la Internacional, con la condición de que habían de poner en sus estatutos algo que expresara su confianza en los grandes planes socialistas del dictador, y ordenó que la persiguieran cuando los internacionales se negaron terminantemente a hacer semejante cosa. Cuando se proclamó la Comuna, los dos se unieron a ella con júbilo, y Elías aceptó el puesto de encargado de la Biblioteca Nacional y el Museo del Louvre, a las órdenes de Vaillant. A su previsión y asiduidad debemos, hasta cierto punto, la conservación de los inapreciables tesoros de conocimientos humanos y de arte acumulados en esas dos instituciones durante el bombardeo de París por los ejércitos de Thiers, y la conflagración que después vino. Siendo amante apasionado del arte griego y estando familiarizado con él, hizo que las estatuas y vasos más preciados se bajaran a los sótanos del Louvre, y procuró al mismo tiempo colocar en lugar seguro los libros más importantes de la Biblioteca Nacional y proteger igualmente el edificio del fuego que por doquiera le rodeaba. Su esposa, mujer de valor, digna compañera del filósofo, seguida a todas partes de sus dos tiernos hijos, organizó mientras tanto en el mismo barrio de la ciudad donde vivía, un sistema para alimentar al pueblo, que había sido reducido a la mayor miseria durante el segundo sitio. En las últimas semanas de su existencia, la Comuna, al fin, comprendió que el suministro de alimentos al pueblo, que carecía de medios para ganarlos por sí mismo, debía haber sido el primer cuidado de dicha corporación, organizándose entonces con voluntarios semejante servicio.

Sólo a una mera casualidad se debió que Elías Reclus, que se había mantenido en su puesto hasta el último momento, no fuera fusilado por las tropas versallescas, y habiendo sido condenado a la deportación, por haberse atrevido a aceptar cargo tan necesario bajo la Comuna, emigró con su familia. Después, al volver a París, ha reanudado sus trabajos etnográficos, por los que tanta predilección había mostrado toda su vida. Lo que este trabajo representa puede juzgarse por algunos, muy pocos, capítulos del mismo, publicados en forma de libro, con los títulos de Los Primitivos y Los primitivos de Australia, así como la historia del origen de las religiones, que forma la sustancia de sus conferencias en la Ecole des Hautes Etudes de Bruselas, fundada por su hermano. En todo el campo de la literatura etnológica no hay muchas obras que estén tan penetradas de un conocimiento tan completo como afectuoso de la verdadera naturaleza del hombre primitivo. En cuanto a su historia de las religiones (de la que una parte se publicó en la revista Société Nouvelle, y continúa viendo la luz en su sucesora Humanité Nouvelle), es, me atrevo a afirmar, la mejor obra sobre esta materia que jamás ha aparecido, indudablemente superior a lo intentado por Herbert Spencer en tal sentido, porque éste, con todo su gran talento, no posee ese conocimiento de la natural y simple condición del hombre primitivo que Elias Reclus con tan rara perfección domina, y al que ha agregado otro bien extenso de una rama relativamente descuidada de psicología popular: la evolución y transformación de las creencias.

Considero superfluo hablar del carácter extremadamente bueno y modesto de este amigo, o de su superior inteligencia y vastos conocimientos de todas las materias referentes a la humanidad; todo ello va comprendido en su estilo, que es suyo y de nadie más. Con su modestia, sus modales correctos y su profunda penetración filosófica, es el tipo de filósofo griego de la antigüedad. En una sociedad menos superficial y vana y más amante del desarrollo de amplias concepciones humanitarias, se vería rodeado de una multitud de discípulos, como cualquiera de sus prototipos griegos.

Un movimiento socialista y anarquista muy acentuado presenciamos en París en los días que pasamos allí. Luisa Michel daba conferencias todas las noches y despertaba el entusiasmo del auditorio, ya estuviera compuesto de trabajadores o de gente de la clase media. Su ya gran popularidad subió de punto, extendiéndose hasta los estudiantes de la universidad, quienes pueden tener horror a las nuevas ideas, pero admiraban en ella a la mujer ideal. En esa misma época tuvo lugar en un café un altercado entre uno que habló poco respetuosamente de Luisa Michel ante unos estudiantes y éstos. Los jóvenes tomaron las cosas con calor, y el resultado fue que se rompieron las mesas y también los espejos. Yo, igualmente, di una conferencia una vez sobre el anarquismo, ante un público compuesto de varios miles de personas, abandonando inmediatamente después París, antes de que el gobierno se viera obligado a obedecer las indicaciones de la prensa rusófila y reaccionaria, que pedía mi expulsión de Francia.

De París fuimos a Londres, donde encontré una vez más a mis dos antiguos amigos Stepniak y Tchaikovski. La vida allí no era ya la triste y vegetativa existencia que había sido para mí cuatro años antes. Nos instalamos en Harrow, en una casita, sin preocuparnos mucho del mobiliario, una parte del cual hice yo mismo con ayuda de Tchaikovski —quien había estado en los Estados Unidos y aprendido algo de carpintería—, alegrándonos mucho de tener en nuestro huerto un pequeño pedazo de terreno arcilloso. Tanto mi mujer como yo nos dedicamos con entusiasmo a la horticultura, cuyos admirables resultados había podido apreciar anteriormente, después de haber ojeado las obras de Toubeau y, otros hortelanos de París, tras nuestros propios experimentos en el huerto de la prisión de Clairvaux. Respecto a mi esposa, que tuvo una fiebre tifoidea a poco de habernos establecido en dicho lugar, el trabajo que hizo en el huerto durante el período de convalecencia fue para ella más provechoso que el haber pasado una temporada en el mejor de los sanatorios.

Hacia el fin del verano recibí un rudo golpe, enterándome que mi hermano Alejandro había muerto.

Durante los años que pasé en el extranjero, antes de que me arrestasen en Francia, jamás nos habíamos escrito. A los ojos del gobierno ruso, el apresar a un hermano a quien se persigue por sus opiniones políticas, es por sí solo un pecado; mantener relaciones con él después que ha tenido que recurrir a la emigración, un crimen. Un súbdito del zar debe odiar a todos los que se rebelan contra la suprema autoridad del que manda; y como Alejandro estaba en las garras de la policía rusa, me negué en absoluto a escribirle, lo mismo a él que a otro cualquiera de la familia.

Después que el zar escribió en la solicitud de nuestra hermana Elena que siga allí todavía, no era posible esperar una inmediata salida de mi hermano. Dos años más tarde se nombró una comisión para fijar tiempo a los que se hallaban en Siberia deportados gubernativamente, y a mi hermano le fijaron cinco, que, unidos a los dos ya sufridos eran siete. Más adelante se formó otra en la época de Loris Mélikov, y le recargaron otros cinco años más. A mi hermano le correspondía, pues, salir en libertad en octubre de 1886, lo que sumaba doce años de deportación, primero en un pueblecito de la Siberia oriental, y más tarde en Tomsk, esto es, en las tierras bajas de la región opuesta, donde no tenía ni aun el rico y saludable clima de las altas praderas que se hallan al este.

Cuando me encontraba preso en Clairvaux, me escribió y cambiamos algunas cartas. En ellas decía que, aun cuando nuestra correspondencia fuera leída por la policía rusa en Siberia y por los empleados de la prisión en Francia, podíamos escribimos, a pesar de esta doble fiscalización. Hablaba de su vida en familia, de sus tres hijos, a quienes describía de un modo interesante, y de sus trabajos. Me encargaba con interés que no perdiera de vista el desarrollo científico de Italia, donde se llevaban a cabo excelentes y originales investigaciones, las cuales han permanecido ignoradas en el mundo de la ciencia hasta ser exploradas por Alemania, dándome también su opinión sobre el probable progreso de la vida política en Rusia. No creía posible entre nosotros, en un próximo porvenir, un gobierno parlamentario como el de las naciones occidentales de Europa; pero mirando hacia adelante, consideraba suficiente por el momento la convocatoria de una especie de Asamblea Nacional deliberante (Zémsky Sobor o Etats Généraux), la cual no haría leyes, sino solamente los proyectos a los que el poder imperial y el Consejo de Estado darían forma definitiva y sanción legal.

Sobre todo, de lo que más me hablaba en sus cartas era de la obra científica. Siempre había tenido particular predilección por la astronomía, y cuando estábamos en San Petersburgo publicó en ruso un excelente compendio de todos nuestros conocimientos sobre las estrellas errantes. Con su claro entendimiento crítico advirtió pronto el lado fuerte o débil de las diferentes hipótesis, y sin suficientes conocimientos matemáticos, pero dotado de una poderosa imaginación, consiguió hacerse cargo de las investigaciones matemáticas más complicadas.

Viviendo con el pensamiento entre los cuerpos celestes errantes, llegó a comprender sus movimientos complejos, a menudo mejor que algunos matemáticos —en particular los puramente algebristas—, quienes están expuestos a perder de vista las realidades del mundo físico, no viendo nada más que sus propias fórmulas. El astrónomo de San Petersburgo, el viejo Savich, habló con mucho interés de esa obra de mi hermano. Tales trabajos críticos de coordinación, nos son muy necesarios a nosotros, los observadores e investigadores, decía él. Después, en Siberia, mi hermano se dedicó a estudiar la estructura del universo, analizar las fechas y las hipótesis sobre los mundos de soles, aglomeraciones de estrellas y nebulosas en el espacio infinito, estudiando los problemas de sus agrupaciones, su vida y las leyes de su evolución y decaimiento. El astrónomo de Púlkova, Gyldín, habló calurosamente de esta nueva obra de Alejandro y lo presentó por medio de una carta a Mr. Halden, de los Estados Unidos, a quien, estando últimamente en Washington, tuve el gusto de oír una apreciación bien halagüeña acerca del valor de estos trabajos. La ciencia tiene una verdadera necesidad, de cuando en cuando, de semejantes especulaciones de un carácter muy elevado, hechas por un cerebro escrupulosamente laborioso, crítico y al mismo tiempo imaginativo.

Pero en un pueblo pequeño de Siberia, lejos de todas las bibliotecas y sin poder seguir los progresos de la ciencia, sólo consiguió englobar en su trabajo las investigaciones efectuadas hasta la fecha de su deportación.

Después se habían publicado trabajos de importancia, de los que tenía conocimiento; pero ¿cómo le había de ser posible hacerse de los libros necesarios mientras permaneciera en Siberia? La aproximación del momento de recobrar la libertad no era motivo de regocijo para él, porque sabía que no se le permitiría residir en ninguna de las ciudades universitarias de Rusia o de la Europa occidental, sino que, a la primera seguiría una segunda deportación, tal vez peor que la anterior, a alguna aldea de la Rusia oriental.

Una desesperación como la de Fausto se apodera de mí algunas veces, me escribía, y cuando el fin de su condena se acercaba, mandó a su mujer y sus hijos a Rusia, aprovechando uno de los últimos vapores, antes de que se cerrase la navegación, y en una noche triste, esa desesperación puso término a su existencia.

Una nube densa se fijó sobre nuestra casita durante duchos meses, hasta que un rayo de luz vino a rasgarla, cuando en la inmediata primavera una inocente niña que lleva el nombre de mí hermano vino al mundo, y con su tierno llanto hizo vibrar nuevas fibras en mi corazón, desconocidas hasta entonces.

XVI

En 1886, el movimiento socialista en Inglaterra se hallaba en todo su apogeo. Grandes masas obreras se habían unido francamente a él en todas las poblaciones de importancia, así como un número de personas de la clase media, jóvenes en su mayoría, que le prestaban su concurso de varios modos.

Una aguda crisis industrial se hacía sentir aquel año en la mayoría de los oficios, y todas las mañanas, y a menudo durante el día, se podía oír a grupos de trabajadores, recorriendo las calles cantando: Estamos en paro forzoso, o algún himno, y pidiendo pan. Las gentes acudían de noche a la plaza de Trafalgar a dormir allí al aire libre, expuestas al viento y la lluvia, entre dos periódicos; y un día de febrero, la multitud, después de haber escuchado los discursos de Burns, Hyndman y Champion, corrió a Picadilly, rompiendo varias vitrinas de las principales tiendas. Pero más importante aun que esta manifestación de malestar era el espíritu que animaba a la parte más pobre de la población obrera que habita los barrios exteriores de Londres. Fue de índole tal, que si los jefes del movimiento, a quienes se procesó por lo ocurrido, hubieran sido tratados con severidad, un deseo de venganza y sed de odio, desconocidos hasta entonces en la historia actual del movimiento obrero en Inglaterra, pero cuyos síntomas se mostraban bien marcados en 1886, se hubiesen desarrollado, imprimiendo sus huellas a las agitaciones futuras durante largo tiempo. La clase media, en este caso, pareció haber comprendido bien la situación, reuniéndose inmediatamente cantidades importantes de dinero en el West End, para aliviar la miseria de la parte opuesta de la ciudad, lo cual, aunque insuficiente para remediar el mal, bastaba, por lo menos, para demostrar una buena intención. En cuanto a las sentencias que recayeron sobre los jefes procesados, todas se limitaron a dos o tres meses de prisión.

El interés por las cuestiones sociales y los proyectos de toda clase de reforma y reconstrucción eran grandes y numerosos entre todas las capas de la sociedad.

Empezando en el otoño y continuando todo el invierno, fui, por encargo de los amigos, dando conferencias por todo el país, en parte sobre las prisiones, pero generalmente sobre socialismo anarquista, visitando de ese modo las principales poblaciones de Inglaterra y Escocia. Por regla general aceptaba la primera invitación de hospedaje que se me hacía en la noche de la conferencia, por lo que ocurría que una noche me tocaba dormir en una casa rica, y la siguiente en el estrecho circulo de una familia obrera.

Cada noche veía un número considerable de personas de todas clases, y ya fuera en la modesta casa del trabajador o en la sala de recepción del capitalista, una animada discusión sobre el socialismo y al anarquismo se mantenía hasta altas horas de la noche; con ilusión en la primera y con desaliento en la segunda, pero en todas partes con la misma sinceridad.

En la mansión del poderoso, las primeras preguntas eran: ¿Qué quieren los socialistas? ¿Qué se proponen hacer?— y después: ¿Qué concesiones son las que en primer término hay necesidad de otorgar en un momento dado, con objeto de evitar conflictos graves? En nuestras conversaciones rara vez oí negar la justicia de nuestra causa o calificarla como falta de fundamento. Pero hallé una firme convicción de que una revolución era imposible en Inglaterra; que, lo que reclamaban las masas trabajadoras no llegaba, ni con mucho, a lo que demandaban los socialistas, y que aquéllos se contentarían con bastante menos, de tal modo que concesiones secundarias, limitadas a un pequeño aumento de bienestar o descanso serían aceptadas por ellas, como garantía de otras más importantes para el porvenir. Somos una nación del centro izquierda; vivimos transigiendo — me dijo una vez un antiguo miembro del Parlamento, que tenía gran conocimiento de la vida de su país.

En la morada del pobre también noté una diferencia entre las preguntas que me dirigían en Inglaterra y las que me habían hecho en el continente. Los principios generales, cuya aplicación parcial ha de ser determinada por ellos mismos, interesan profundamente al trabajador latino. Si éste o aquél consejo municipal vota fondos para sostener una huelga, o se ocupa de la alimentación de los niños en las escuelas, no se da importancia a tales medidas, tomándolas como cosa corriente. Claro es que un niño hambriento no puede aprender —dice un trabajador—; hay que alimentarlo. Es indudable que el patrón cometió una torpeza al obligar a los trabajadores al paro. Esto es todo lo que se dice sobre el particular, y nadie da importancia a esas pequeñas concesiones, hechas por la sociedad individualista a los principios comunistas. La imaginación del trabajador va más allá de esas concesiones, preguntando si es el municipio, la unión de trabajadores o el Estado quien debe ocuparse de organizar la producción, si el concierto libre será suficiente para mantener la armonía en la sociedad, y cuál será el freno moral de ésta cuando se desprenda de sus actuales medios de represión; si un gobierno democrático libremente elegido sería capaz de realizar cambios de importancia en sentido socialista, y si los hechos consumados no deberían preceder a la legislación, y otras cosas parecidas. He aquí las preguntas a qué debí responder en Francia.

En Inglaterra, donde más particularmente se fijaba la atención era en unas series de concesiones paliativas, que gradualmente iban creciendo en importancia. Mas, por otra parte, la imposibilidad de la administración industrial por el Estado, parecía haber sido comprendida con bastante anterioridad por estos obreros, en tanto que lo que más les interesaba era lo que tenía carácter constructivo, así como el medio de obtener las condiciones de vida necesarias para poder llevar a la práctica semejante variación.

Y bien, Kropotkin: supongamos que mañana tomáramos posesión de los diques de nuestra ciudad. Qué pensáis sobre el modo de administrarlos? Es cosa que, por ejemplo, se nos preguntaba en cuanto nos sentábamos en la casa de un trabajador. O bien esta otra: No estamos conformes con que el Estado administre los ferrocarriles, y el sistema empleado hoy por las compañías no es ni más ni menos que el robo organizado. Mas supongamos que fuera de los trabajadores. ¿Cómo se organizaría entonces el servicio? La falta, pues, de ideas generales era reemplazada por un deseo de profundizar más hondamente los detalles de la realidad.

Otro rasgo del movimiento en Inglaterra era el considerable número de gente de la clase media que le prestaba su concurso por varios conceptos, unos asociándose a él francamente, y otros ayudándole de un modo indirecto. En Francia y en Suiza los dos partidos —los trabajadores y la clase media— permanecían contemplándose frente a frente, con una clara línea divisoria entre ambos. Al menos, esto era lo que sucedía en los años que mediaron de 1876 a 1885. Durante el tiempo que estuve en Suiza, puedo decir que en los tres o cuatro años que permanecí allí no conocí más que trabajadores. En Inglaterra eso hubiera sido imposible; en este país encontramos un número considerable de personas de ambos sexos que no vacilaban en presentarse públicamente, lo mismo en Londres que en las provincias, ya para favorecer la organización de mítines socialistas, o ir en tiempo de huelga a recorrer los parques recolectando auxilios. Además, allí veíamos un movimiento parecido al que habíamos presenciado en Rusia en los primeros años después del 70, cuando nuestra juventud corrió hacia el pueblo, aunque no con tanta intensidad, tan llena de abnegación y tan completamente desprovista de la idea de caridad. Aquí también, en Inglaterra, una multitud de personas fueron, por modos diferentes, a vivir entre los trabajadores en los asilos nocturnos, en las casas del pueblo y en todas partes, y conviene hacer constar que el entusiasmo que entonces existía era muy grande. Muchos, probablemente, imaginaron que ya había empezado la revolución social; —como dice el héroe de la comedia de William Morris Tables Turned, a quién se le escapa la frase: La revolución no sólo se acerca, sino que ya empezó—; pero, como por lo general ocurre siempre en tales casos, cuando la mayoría vio que, tanto en dicho país como en todas partes, quedaba todavía un duro y penoso trabajo que hacer, se retiraron de la vida activa, y hoy se contentan con no ser más que simpatizantes.

XVII

En este movimiento tomé una parte activa, y con algunos compañeros ingleses empecé a publicar, además de los tres periódicos socialistas que entonces existían, una revista anarquista mensual, llamada Freedom, que existe todavía. Al mismo tiempo reanudé mis trabajos científicos sobre el anarquismo, que interrumpí en el momento de mi prisión. La parte crítica de ellos fue publicada por Eliseo Reclus, durante el tiempo que estuve en Clairvaux, con el título de Palabras de un Rebelde. Después me dediqué a escribir la parte constructiva de la sociedad comunista anarquista —hasta donde era posible concebirla— en una serie de artículos publicados en París en La Révoltée, porque nuestro hijo, perseguido por hacer propaganda antimilitar, se había visto obligado a cambiar de nombre, teniendo ahora un titulo femenino. Más adelante, estos articulo s se publicaron en una forma más acabada en el libro La Conquista del Pan.

Estas investigaciones me dieron motivo para estudiar más detenidamente ciertos puntos de la vida económica de las naciones civilizadas de la época.

La mayoría de los socialistas han afirmado hasta ahora que en nuestras sociedades civilizadas producimos actualmente mucho más de lo que se necesita para asegurar el bienestar a todos; que el defecto estaba sólo en la distribución, y en caso de efectuarse una revolución social, todo quedaría reducido a que cada uno continuara yendo, como antes, a su fábrica o taller, en tanto que la sociedad tomaría por sí misma posesión del valor sobrante o utilidades que ahora recoge el capitalista. Yo, por el contrario, opinaba que, bajo las presentes condiciones de propiedad particular, la producción misma había seguido una senda errónea, siendo completamente inadecuada, hasta respecto a las más apremiantes necesidades de la vida. Con tan escasa productividad, el bienestar para todos es imposible. La propiedad privada y la producción con fines de especulación impiden directamente satisfacer las necesidades de la población, aunque éstas sean en el momento dado bien modestas.

Ninguno de los artículos que aquella reclama se producen en mayor cantidad de lo que se necesitaría para asegurar el fin indicado, y el exceso de producción, de que tanto se ha hablado, no significa otra cosa sino que las masas son muy pobres, hasta para comprar aun lo que se considera actualmente, como de primera necesidad. Pero es indudable que en todo país civilizado, la producción, tanto agrícola como industrial, se debería y fácilmente se podría aumentar extraordinariamente con objeto de asegurar el reinado de la abundancia para todos. Esto me indujo a considerar los recursos de la moderna agricultura, así como los de una educación que diera a cada uno los medios de poder ejecutar a un tiempo lo mismo un trabajo manual agradable que otro intelectual. Desarrollé estas ideas en una serie de artículos publicados en el Nineteenth Century, que posteriormente han visto la luz en un libro titulado Campos, Fábricas y Talleres.

Otra gran cuestión embargaba mi mente. Se sabe hasta qué punto la fórmula de Darwin, llamada lucha por la existencia, ha sido interpretada por sus partidarios en general, aun por los más inteligentes, tales como Huxley. No hay infamia alguna en la sociedad civilizada o en las relaciones de los blancos con las llamadas razas inferiores, o en las del fuerte con el débil, que no pueda encontrar su excusa en ella.

Hasta durante mi residencia en Clairvaux vi la necesidad de reformarla, así como su aplicación a las relaciones humanas. Los pasos dados por algunos socialistas en esta dirección no me dejaron satisfecho; pero encontré en una conferencia dada en 1880 por el geólogo ruso, profesor Kessler, una verdadera expresión de la ley de la lucha por la existencia. El apoyo mutuo —dijo en ella— es tan ley de la naturaleza como la mutua lucha; y en cuanto a la evolución progresiva de las especies, la primera es mucho más importante que la segunda. Estas pocas palabras, confirmadas desgraciadamente por sólo un par de ejemplos (a los que Sievertzov, el zoólogo de quien he hablado en uno de los capítulos anteriores, agregó uno o dos más), contenían para mí la clave de todo el problema.

De Clairvaux escribí sobre eso una larga carta a Eliseo Reclus, y empecé a reunir materiales sobre la vida de los animales para confirmar mi opinión.

Cuando Huxley, queriendo luchar contra el socialismo, publicó en 1888 en Nineteenth Century, su atroz articulo La lucha por la existencia es todo un programa, me decidí a presentar en forma comprensible mis objeciones a su modo de entender la referida lucha, lo mismo entre los animales que entre los hombres, materiales que estuve acumulando durante seis años. Hablé del particular a mis amigos; pero hallé que la interpretación de lucha por la existencia en el sentido del grito de guerra: ¡Ay de los vencidos! elevado a la altura de un mandato de la naturaleza revelado por la ciencia, estaba tan profundamente arraigado en este país, que se había convertido poco menos que en dogma. Sólo dos personas me ampararon en mi rebeldía contra esa errónea interpretación de los hechos de la naturaleza, siendo uno de ellos Mr. James Knowles, director del Nineteenth Century, quien con su admirable perspicacia, en el acto se hizo cargo de la parte fundamental de la cuestión, y con una energía verdaderamente juvenil, me alentó en tal empresa. El otro, cuya pérdida todos lamentamos, fue Mr. H. W Bates, autor del libro bien conocido Un naturalista en el río Amazonas. Como se sabe, recogió en muchos años multiplicidad de aspectos sobre los que Darwin construyó sus grandes generalizaciones. Este habla de él en su Autobiografía como de uno de los hombres más inteligentes que había conocido. Era secretario de la Sociedad de Geografía, y de ahí que yo le conociera y le hablara de mis intenciones. La idea le pareció excelente: Sí, hacéis bien en escribir en ese sentido —me dijo—; ese es el verdadero darwinismo, y es vergonzoso considerar lo que han hecho con dichas ideas. No dejéis de realizarlo, y cuando lo hayáis terminado, os enviaré una carta apoyando el pensamiento, que podéis publicar también. No era posible encontrar personas más autorizadas que me alentaran, y al efecto, empecé a trabajar, publicándose después la obra en la revista mencionada, con los títulos de El apoyo mutuo entre los animales, entre los salvajes, entre los bárbaros, en la ciudad medioeval y entre nosotros. Todo esto se editó después en un volumen El Apoyo Mutuo, un factor de la evolución. Desgraciadamente olvidé someter a la aprobación de Bates los dos primeros artículos de estas series, que tratan de los animales, y fueron publicados antes de su muerte. En cuanto a la segunda parte de la obra, El apoyo mutuo entre los hombres, espero tenerla pronto terminada; pero como me ha costado varios años de trabajo, en ese tiempo nos abandonó.

Las investigaciones que necesité hacer durante estos estudios, a fin de ponerme al corriente de las instituciones del período bárbaro, y de las sociedades libres medioevales, me llevaron a otras igualmente importantes: la parte representada en la historia por el Estado durante sus postreras manifestaciones en Europa, durante los tres siglos últimos, siendo, por otra parte, el estudio de las instituciones del apoyo mutuo en diferentes grados de civilización, causa de que examinase las bases evolutivas del sentido de lo justo y lo moral del hombre. Expuse estos trabajos en dos conferencias, una de ellas titulada El Estado y su papel histórico y la otra Justicia y moralidad. En esta segunda conferencia he bosquejado mi manera de entender la ética, es decir como moral social en general. Y en los últimos tres años me ocupé[17] de una elaboración más completa de las ideas expresadas allí.

En los últimos diez años, el crecimiento del socialismo en Inglaterra ha tomado un nuevo aspecto. Los que sólo juzgan por el número de mítines socialistas y anarquistas celebrados en el país y el auditorio que a ellos concurre, se encuentran inclinados a decir que la propaganda socialista se halla ahora en decadencia; y los que toman como base de su juicio el número de votos concedidos a los que pretenden representar la idea en el Parlamento, llegan a una análoga conclusión. Pero la profundidad y penetración del movimiento socialista no pueden apreciarse en ninguna parte por el número de votos otorgados a favor de aquellos que dan más o menos carácter socialista a sus programas electorales, y esto es lo que sucede precisamente en Inglaterra, ocurriendo que, de los tres sistemas de socialismo que formularon Fourier, Saint Simón y Roberto Owen, el último es el que domina allí y en Escocia. Así que no es tanto por el número de mítines o de votos emitidos por lo que se puede juzgar de la intensidad del movimiento, sino por la infiltración del punto de vista socialista en las uniones de oficios, en las sociedades cooperativas y en el llamado socialismo municipal, como igualmente la propagación de tales principios por todo el país. Para algunos, estas opiniones son completamente aceptables; otros todavía no las encuentran bien definidas; pero comienzan a servir a todos como medida para apreciar los acontecimientos económicos y políticos.

Considerado bajo este aspecto, la extensión que ha alcanzado ese orden de ideas es inmenso comparada con lo que era en 1886, no dudando en afirmar que es verdaderamente colosal, si se le compara con lo que representaba en los años que mediaron de 1876 a 1882, pudiendo agregar que los perseverantes esfuerzos de los pequeños grupos anarquistas han contribuido, en una proporción que nos hace ver que no hemos perdido el tiempo, a extender la idea de no gobierno, de los derechos individuales y de la iniciativa local y el libre acuerdo, en oposición a las de la supremacía del Estado, la centralización y la disciplina que estaban en su apogeo hace veinte años.

Toda Europa está pasando ahora por una fase bien obscura del desarrollo del espíritu militar. Esto fue una inevitable consecuencia de la victoria obtenida por el imperio militar alemán, con su sistema de servicio general obligatorio, sobre Francia en 1871, habiendo sido ya desde entonces prevista y anunciada por muchos, y de un modo particularmente expresivo por Bakunin. Pero la contracorriente se hace actualmente sentir en la vida moderna.

Las ideas comunistas, despojadas de su forma monástica, han penetrado en Europa y América de un modo extraordinario durante los veintisiete años en que he tomado parte activa en el movimiento socialista y he podido observar su desarrollo. Cuando pienso en las vagas, confusas y tímidas ideas manifestadas por los trabajadores en los primeros congresos de la Internacional o en las que eran corrientes en París durante la insurrección de la Comuna, hasta entre los más inteligentes de los jefes, y las comparo con las que se han abierto camino en nuestros días entre un gran número de trabajadores, me veo precisado a decir que me parecen pertenecer a dos mundos enteramente distintos.

No hay época en la historia —si se exceptúa tal vez el periodo de insurrección en los siglos XII y XIII, que dieron por resultado el movimiento de los municipios medioevales —durante la cual un cambio de la misma índole, y tan profundo, se haya hecho sentir en las concepciones corrientes de la sociedad. Y ahora, a los cincuenta y siete años de edad, estoy más profundamente convencido, que antes, si es posible, de que una combinación cualquiera de circunstancias accidentales puede hacer estallar en Europa una revolución que se extienda tanto como la del 48 y sea mucho más importante, no en el sentido de mera lucha entre partidos diferentes, sino en el de una profunda y rápida reconstrucción social; y tengo el convencimiento de que, cualquiera que sea el carácter que semejante movimiento pueda tomar en diferentes países, en todas partes se manifestará un conocimiento más profundo de los cambios que se necesitan, de lo que jamás se ha dado a conocer durante los seis siglos últimos, en tanto que la resistencia que el movimiento encuentre en las clases privilegiadas apenas tendrá el carácter de obtusa obstinación que hizo tan violentas las revoluciones de los tiempos pasados.

La obtención de este gran resultado justifica bien los esfuerzos que tantos miles de seres de ambos sexos, y en todas las naciones y clases, han hecho en los últimos treinta años.

[1] En el lugar de la casa donde vivíamos, ahora —verano del año 1917— se ha construido una casa grande de piedra. Pero la casa en la que murió nuestra madre, en la callejuela del Estado, quedó hasta hoy tal como estaba, con su balcón, con sus cuatro hermosas columnas y el cerco de acacias. Se ha conservado también el dormitorio donde murió nuestra madre y ha sucedido todo aquello que he descrito en el segundo capitulo.

[2] Se prueba ahora que este rumor sobre la presión de Franela, aunque parezca extraño, tuvo algún fundamento. Mi amigo, el profesor Nys, me hizo notar, con motivo de estas líneas, que después del tratado de paz, en París, en mayo de 1856, Napoleón III propuso que en esa misma capital tuviera lugar la conferencia entre los representantes de los imperios sobre la situación general de los asuntos de Europa. Como Informante actuó el ministro Wolowski, conocido economista de aquel tiempo, quien habló indudablemente sobre el derecho de la servidumbre y de que Rusia no sería considerada una potencia completamente europea hasta que la esclavitud no hubiese sido abolida.

[3] Escrito en el año 1897.

[4] Anduvieron, en efecto, alrededor de él. Construyeron el ferrocarril al norte de los vales del Shilka, en un terreno más o menos llano. (Nota del año 1917).

[5] ¡Ay! en el Atlas de Stleler vuelven a aparecer los mapas de Siberia y Manchuria, donde la orografía es tomada en absoluto, no de los planos nuevos (que no los hubo), sino de las imágenes fantásticas que figuran en los mapas de los chinos antiguos, modificadas al azar por los topógrafos de Irkutsk. Esto ha sido señalado ya en Francia. — P. K. (diciembre de 1917).

[6] Solamente en 1901 fue llevada a cabo la expedición de Toll con el propósito de descubrirlos, y, como se sabe, el audaz investigador ha muerto quizás en el camino hacia la tierra de Sannikov.

[7] Escrito en el año de 1898.

[8] Debo hacer constar, no obstante, que el libro que responde en parte a esta exigencia empezó a publicarse en el otoño de 1905. Trátase de L’Internationale, Documents et souvenirs (1864-1878), de mi amigo James Guillaume. Apareció en cuatro tomos. (París, 1912-1914).

[9] Escrito en el año 1898.

[10] Escrito en el año 1898.

[11] Ahora puedo decir quién era esa luchadora: se trataba de la cuñada de mi hermano, Sofía Nicolaevna Lavrov, fallecida dos meses antes de la revolución rusa.— P. K.

[12] Era el doctor Orest Eduardovich Weimar, que sorprendió después a todo el mundo con su audaz sangre fría en los puntos de curación de heridos durante la guerra turca, y que falleció de tuberculosis en el exilio de Kara, a donde fue deportado en el año 1880 como narodóvoletz.

[13] Con el principio de la guerra debió suspenderse, ya que la mayoría de los compañeros fueron alistados. (Observación de 1917).

[14] Escrito en el año 1898.

[15] Como es sabido, libróles solamente el movimiento revolucionario del año 1905.

[16] Escrito en 1895-98.

[17] Escrito en 1895-98.