I

      II

      III

I

El 18 de marzo de 1871, el pueblo de París se sublevó contra un poder detestado y despreciado por todos y declaró la ciudad de París independiente, libre, dueña de sí misma.

Este derribo del poder central se hizo incluso sin la puesta en escena ordinaria de una revolución: ese día no hubo disparos de fusil, ni charcos de sangre vertida tras las barricadas. Los gobernantes se eclipsaron ante el pueblo armado, que se echó a la calle: la tropa evacuó la ciudad, los funcionarios se apresuraron a huir hacia Versalles llevándose todo lo que pudieron llevarse. El gobierno se evaporó, como una charca de agua pútrida con el soplo de un viento de primavera, y en el XIX, París, sin haber vertido apenas una gota de la sangre de sus hijos, se encontró libre de la contaminación que apestaba la gran ciudad.

Y, sin embargo, la revolución que acababa de realizarse de este modo abría una nueva era en la serie de revoluciones, por las que los pueblos marchan de la esclavitud a la libertad. Bajo el nombre de Comuna de París, nació una idea nueva, llamada a convertirse en el punto de partida de las revoluciones futuras.

Como ocurre siempre con la grandes ideas, no fue el producto de la concepción de un filósofo, de un individuo: nació en el espíritu colectivo, salió del corazón de un pueblo entero; pero al principio fue vaga y muchos entre los mismos que la realizaron y que dieron la vida por ella, no la imaginaron entonces tal como la concebimos hoy en día; no se dieron cuenta de la revolución que inauguraban, de la fecundidad del nuevo principio que intentaban poner en práctica. Fue sólo en su aplicación práctica, cuando se empezó a entrever su importancia futura; fue sólo en el trabajo del pensamiento que ocurrió más tarde, cuando este nuevo principio se precisó más y más, se determinó y apareció con toda su lucidez, toda su belleza, su justicia y la importancia de sus resultados.

Desde que el socialismo tomó nuevo impulso en los cinco o seis años que precedieron a la Comuna, una cuestión sobre todo preocupaba a los teóricos de la próxima revolución social. Era la cuestión de saber cual sería el modo de agrupación política de las sociedades más favorable a esta gran revolución económica que el desarrollo actual de la industra impone a nuestra generación y que debe ser la abolición de la propiedad individual y la puesta en común de todo el capital acumulado por las generaciones precedentes.

La Asociación Internacional de Trabajadores dio esta respuesta. La agrupación, dijo, no debe limitarse a una sola nación: debe extenderse por encima de las fronteras artificiales. Inmediatamente esta gran idea penetró el corazón de los pueblos, se apoderó de los espíritus. Perseguida después por la liga de todas las reacciones, ha sobrevivido sin embargo y, cuando los obstáculos puestos a su desarrollo sean destruidos a la voz de los pueblos insurgentes, renacerá más fuerte que nunca.

Pero quedaba por saber cuáles iban aser las partes integrantes de esta vasta Asociación. Entonces dos grandes corrientes de ideas se enfrentaron para responder esta pregunta: el Estado popular, de una parte, de la otra, la anarquía.

Según los socialistas alemanes, el Estado debería tomar posesión de todas las riquezas acumuladas y darlas a las asociaciones obreras, organizar la producción y el intercambio, velar por la vida y el funcionamiento de la sociedad.

A esto, la mayor parte de los socialistas de raza latina, a partir de su experiencia, respondían que semejante Estado, aún admitiendo que pudiera existir, sería la peor de las tiranías y oponían a este ideal, tomado del pasado, un nuevo ideal: la anarquía. Es decir, la completa abolición de los Estados y la organizaciónde lo simple a lo compuesto por la libre federación de las fuerzas populares, de los productores y los consumidores.

Pronto se admitió, incluso por algunos “estatalistas”, los menos imbuidos de prejuicios gubernamentalistas, que ciertamente la anarquía representa una organización con mucho superior a la apuntada por el Estado popular, pero, dicen, el ideal anarquista está tan lejos de nosotros que no hace falta preocuparnos por él de momento. Por otra parte, falta a la anarquía una fórmula concreta y simple a la vez para precisar su punto de partida, para dar cuerpo a sus ideas, para demostrar que éstas se apoyan en una tendencia con existencia real en el pueblo. La federación de las corporaciones de oficio y de grupos de consumidores por encima de la fronteras y al margen de los Estados actuales parece todavía muy vago y es fácil ver al mismo tiempo que no puede comprender toda la diversidad de las manifestaciones humanas. Hacía falta encontrar una fórmula más neta, más aprehensible, con sus elementos primarios en la realidad de las cosas.

Si se hubiera tratado simplemente de elaborar una teoría, habríamos dicho: «¡Qué importan las teorías!» Pero, en tanto que una idea nueva no encuentra su enunciado neto, preciso y derivado de las cosas existentes, no se apodera de los espíritus, no los inspira hasta el punto de lanzarlos en una lucha decisiva. El pueblo no se lanza a lo desconocido sin apoyarse en una idea cierta y netamente formulada que le sirva, por así decirlo, de trampolín en su punto de partida.

Fue la vida misma quien se encargó de mostrar este punto de partida.

Durante cinco meses, París, aislado por el sitio, había vivido su propia vida y había aprendido a conocer los inmensos recursos económicos, intelectuales y morales de que disponía; había entrevisto y comprendido su fuerza de iniciativa. Al mismo tiempo, había visto que la banda de bribones que se había hecho con el poder no sabían organizar nada, ni la defensa de Francia ni el desarrollo del interior. Había visto a este gobierno contral ponerse en contra de todo aquello que la inteligencia de una gran ciudad podía dar a luz. Había comprendido más que eso: la impotencia de un gobierno, sea el que sea, para detener los grandes desastres, para facilitar la evolución a punto de ocurrir. Sufrió durante un sitio una miseria horrorosa, la miseria de los trabajadores y de los defensores de la ciudad, al lado el lujo insolente de los zánganos y había visto fracasar, gracias al poder central, todas sus tentativas por poner fin a este régimen escandaloso. Cada vez que el pueblo quería tomar un impulso libre, el gobierno acudía a engrosar las cadenas, a fijar su bola, y la idea nació con toda naturalidad: ¡París debía constituirse en comuna independiente, pudiendo realizar entre sus muros lo que le dictara el pensamiento del pueblo!

Esta palabra: la comuna, se escapó entonces de todas las gargantas.

La Comuna de 1871 no podía ser más que un primer esbozo. Nacida al final de una guerra, rodeada por dos ejércitos dispuestos a darse la mano para aplastar al pueblo, no osó lanzarse completamente a la vía de la revolución económica, no se declaró francamente socialista, no procedió ni a la expropiación de los capitales ni a la organización del trabajo, ni siquiera al censo general de todos los recursos de la ciudad. Tampoco rompió con la tradición del Estado, del gobierno representativo, y no intentó realizar en la Comuna esa organización de lo simple a lo complejo que inauguró proclamando la independencia y la libre federación de las Comunas. Pero es seguro que, si la Comuna de París hubiese vivido algunos meses más, habría sido empujada inevitablemente, por la fuerza de las cosas, hacia estas dos revoluciones. No olvidemos que la burguesía ha precisado de cuatro años de período revolucionario para llegar de la monarquía moderada a la república burguesa y no nos asombraremos de ver que el pueblo de París no haya franqueado de un solo salto el espacio que separa la comuna anarquista delgobierno de los granujas. Y sabremos también que la próxima revolución, en Francia y ciertamente también en España, será comunalista, retomará la obra de la Comuna de París allí donde la han detenido los asesinatos de los versalleses.

La Comuna sucumbió y la burguesía se vengó –sabemos como– del miedo que el pueblo le hizo sentir al sacudir el yugo de sus gobernantes. Demostró que realmente hay dos clases en la sociedad moderna: de una parte, el hombre que trabaja, que da al burgués más de la mitad de lo que produce y que, sin embargo, consiente con excesiva facilidad los crímenes de sus amos; por otra parte, el ocioso, el glotón, animado con los instintos de la bestia salvaje, odiando a su esclavo, dispuesto a descuartizarlo como una pieza de caza.

Después de encerrar al pueblo de París y de taponar todas las salidas, lanzaron a los soldados, embrutecidos por el cuartel y el vino, diciéndoles en plena Asamblea: «¡Matad a esos lobos, a esas lobas y a esos lobeznos!» Y al pueblo le dijeron:

Hagas lo que hagas, perecerás. Si te cogemos con las armas en la mano, ¡la muerte!; si depones las armas, la muerte; si golpeas, la muerte. Si suplicas, ¡la muerte! Hacia donde gires los ojos: a la derecha, a la izquierda, hacia adelante, hacia atrás, hacia arriba, hacia abajo, ¡la muerte! Tú no sólo estás fuera de la ley, sino fuera de la humanidad. Ni la edad, ni el sexo te salvarán, ni a ti ni a los tuyos. Vas a morir, pero antes conocerás la agonía de tu mujer, de tu hermana, de tu madre, de tus hijas, de tus hijos, ¡incluso en la cuna! Se irá, bajo tu mirada, a tomar al herido de la ambulancia para despedazarlo a golpe de bayoneta, para aplastarlo a golpe de culata. Se lo tomará, vivo aún, por su pierna rota o por su brazo ensangrentado y se lo arrojará al río como a un paquete de basura que grita y sufre.

¡La muerte! ¡La muerte! ¡La muerte!

Y luego, tras la orgía desenfrenada sobre los montones de cadáveres, tras el exterminio masivo, la venganza mezquina y, sin embargo atroz, que todavía perdura: el gato de siete colas, los grilletes, los raspadores, los latigazos y la porra de los funcionarios de prisiones, los insultos, el hambre, todos los refinamientos de la crueldad.

¿Olvidará el pueblo estas elevadas obras?

«Derribada, mas no vencida», la Comuna renace hoy. No se trata sólo de un sueño de vencidos que acarician en su imaginación un bello espejismo de esperanza; ¡no! “La Comuna” se convierte hoy en el objetivo preciso y visible de la revolución que crece ya junto a nosotros. La idea penetra las masas, les da una bandera y contamos firmemente con la presente generación para realizar la revolución social en la Comuna, para poner fin a la innoble explotación burguesa, liberar a los pueblos de la tutela del Estado, inaugurar en la evolución de la especie humana una nueva era de libertad, de igualdad, de solidaridad.

II

Diez años nos separan ya del día, en que el pueblo de París, derrocando el gobierno de los traidores que se hicieron con el poder a la caída del Imperio, se constituyó en Comuna y proclamó su independencia absoluta. Y, sin embargo, es todavía hacia esa fecha del 18 de marzo de 1871, hacia donde se dirigen nuestras miradas, es a ella, donde están ligados nuestros mejores recuerdos; es el aniversario de esa jornada memorable lo que el proletariado de dos mundos se propone festejar solemnemente, y, mañana por la tarde, centenares de miles de corazones obreros latirán al unísono, hermanándose a través de fronteras y océanos, en Europa, en los Estados Unidos, en América del Sur, al recuerdo de la revuelta del proletariado parisino.

Porque la idea, por la que el proletariado francés vertió su sangre en París y por la que ha sufrido las plagas de Nueva Caledonia, es una de esas ideas que, por sí mismas, contienen toda una revolución, una idea amplia que puede acoger bajo los pliegues de su bandera todas las tendencias revolucionarias de los pueblos que marchan hacia su liberación.

Ciertamente, si nos limitamos a observar sólo los logros reales y tangibles alcanzados por la Comuna de París, deberemos decir que esta idea no fue suficientemente amplia, que sólo abarcó una parte mínima del programa revolucionario. Pero, si observamos, por el contrario, el espíritu que inspiró a las masas del pueblo, en el movimiento del 18 de marzo, las tendencias que intentaron salir a la luz y que no tuvieron tiempo para pasar al campo de la realidad, porque, antes de florecer, fueron asfixiadas bajo montones de cadáveres, entonces comprederemos toda la importancia del movimiento y las simpatías que inspira en el seno de las clases obreras de los dos mundos. La Comuna entusiasma los corazones, no por lo que hizo, sino por lo que promete hacer un día.

¿De dónde viene esa fuerza irresistible que atrae hacia el movimiento de 1871 las simpatías de todas las masas oprimidas? ¿Qué idea representa la Comuna de París? Y, ¿por qué esa idea es tan atractiva para los proletarios de todos los países, de toda nacionalidad?

La respuesta es fácil. La revolución de 1871 fue un movimiento eminentemente popular. Hecho por el pueblo mismo, nacido espontáneamente en el seno de las masas, es en la gran masa popular, donde encontró sus defensores, sus héroes, sus mártires y sobre todo ese carácter “canalla” que la burguesía no le perdonará jamás. Y, al mismo tiempo, la idea generatriz de esa revolución, vaga, es verdad; inconsciente, quizá, pero, no obstante, bien enunciada a través de todos sus actos, es la idea de la revolución social que intenta establecer al fin, después de tantos siglos de lucha, la verdadera libertad y la verdadera igualdad para todos.

Fue la revolución de la “canalla” yendo a la conquista de sus derechos.

Se ha intentado, es cierto, se intenta aún, desnaturalizar el verdadero sentido de esta revolución y presentarla como una simple tentativa de reconquistar la independencia de París y de constituir un pequeño Estado dentro de Francia. Pero nada de esto es cierto. París no buscaba aislarse de Francia, como no buscaba conquistarla por las armas; no pretendía encerrarse entre sus muros, como un benedictino en su claustro; no se inspiró en un espíritu estrecho de sacristía. Si reclamó su independencia, si quiso impedir la intrusión en sus asuntos de todo poder central, fue porque veía en esa independencia una medio para elaborar tranquilamente las bases de la organización futura y de realizar en su seno la revolución social, una revolución que habría transformado completamente el régimen de producción y de intercambio, basándolo en la justicia, que habría modificado completamente las relaciones humanas, basándolas en la igualdad, y que habría rehecho la moral de nuestra sociedad, basándola en los principios de la equidad y de la solidaridad.

La independencia comunal no era, pues, para el pueblo de París más que medio y la revolución social era el fin.

Este fin se habría alcanzado, ciertamente, si la revolución del 18 de marzo hubiese podido seguir su curso libremente, si el pueblo de París no hubiese sido despedazado, sableado, ametrallado, destripado por los asesinos de Versalles. Encontrar una idea neta, precisa, comprensible para todo el mundo y que resumiera en pocas palabras lo que había que hacer para realizar la revolución, ésa fue, en efecto, la preocupación del pueblo de París desde los primeros días de su independencia. Pero una gran idea no germina en un día, por muy rápida que sea la elaboración y la propagación de las ideas en los períodos revolucionarios. Necesita siempre un cierto tiempo para desarrollarse, para penetrar en las masas y para traducirse en actos, y este tiempo le faltó a la Comuna de París.

Tanto más le faltó, cuanto que, hace diez años, las ideas mismas del socialismo moderno pasaban por un período transitorio. La Comuna nació, por decirlo así, entre dos etapas de desarrollo del socialismo moderno. En 1871, el comunismo autoritario, gubernamental y más o menos religioso de 1848 ya no tenía gancho para los espíritus prácticos y libertarios de nuestra época. ¿Dónde encontrar hoy un parisino que consienta en encerrarse en un falansterio? Por otra parte, el colectivismo, que quiere atar al mismo carro el trabajo asalariado y la propiedad colectiva, era incomprensible, poco atractivo, erizado de dificultades en su aplicación práctica. Y el comunismo libre, el comunismo anarquista, apenas nacía, apenas osaba afrontar los ataques de los adoradores del gubernamentalismo.

La indecisión reinaba en los espíritus y los mismos socialistas no se sentían capaces de lanzarse a la demolición de la propiedad privada al no tener ante ellos un objetivo bien determinado. Entonces uno se dejaba engañar por este razonamiento que los embaucadores repiten desde hace siglos: «Asegurémonos primero la victoria, después ya se verá lo que puede hacerse».

¡Asegurarse primero la victoria! ¡Como si hubiese manera de constituirse en comuna libre sin tocar la propiedad! ¡Como si hubiese manera de vencer a los enemigos, sin que la gran masa del pueblo esté interesada directamente en el triunfo de la revolución, viendo llegar el bienestar material, intelectual y moral para todos! ¡Se buscaba consolidar primero la Comuna dejando para más tarde la revolución social, mientras que la única manera de proceder era consolidar la Comuna por medio de la revolución social!

Ocurrió lo mismo con el principio gubernamental. Proclamando la Comuna libre, el pueblo de París proclamó un principio esencialmente anarquista; pero, como en esa época la idea anarquista había penetrado poco en los espíritus, se detuvo a medio camino y, en el seno de la Comuna, todavía se pronunció por el viejo principio autoritario dándose un Consejo de la Comuna copiado de los consejos municipales.

Si, efectivamente, admitimos que un gobierno central es absolutamente inútil para regir las relaciones de las comunas entre ellas, ¿por qué deberíamos admitir su necesidad para regir las relaciones mutuas de los grupos que constituyen la Comuna? Y, si confiamos a la libre iniciativa de las comunas la tarea de entenderse entre ellas para las empresas que conciernen a varias ciudades al mismo tiempo, ¿por qué refusar esta misma iniciativa a los grupos de que se compone una comuna? Un gobierno en la Comuna no tiene más razón de ser que un gobierno por encima de la Comuna.

Pero, en 1871, el pueblo de París, que ha derribado tantos gobiernos, sólo estaba en su primer ensayo de rebelión contra el sistema gubernamental en sí mismo: se dejó llevar, pues, por el fetichismo gubernamentalista y se dotó de un gobierno. Se conocen las consecuencias. Envió a sus más abnegados hijos al Hôtel-de-Ville. Allí, inmovilizados en medio del papeleo, forzados a gobernar cuando sus instintos les mandaban estar y marchar con el pueblo; forzados a discutir, cuando se precisaba actuar, y perdiendo la inspiración que procede del contacto continuo con las masas, se vieron reducidos a la impotencia. Paralizados por su alejamiento del foco de las revoluciones, el pueblo, paralizaron a su vez la iniciativa popular.

Nacida durante un período de transición, en que las ideas de socialismo y de autoridad sufrían una profunda modificación; nacida al final de una guerra, en un foco aislado, bajo los cañones de los prusianos, la Comuna de París debía sucumbir.

Pero, por su carácter eminentemente popular, comenzó una era nueva en la serie de las revoluciones y, por sus ideas, fue la precursora de la gran revolución social. Las masacres inauditas, cobardes y feroces con las que la burguesía celebró su caída, la venganza innoble que los verdugos han ejercido durante nueve años en sus prisioneros, estas orgías de caníbales han abierto un abismo entre la burguesía y el proletariado que jamás será rellenado. En la próxima revolución, el pueblo sabrá qué debe hacer; sabrá lo que le espera si no logra una victoria decisiva y actuará en consecuencia.

En efecto, ahora sabemos que el día en que Francia se llenará de comunas insurgentes, el pueblo no deberá volver a darse un gobierno y esperar de ese gobierno la iniciativa de medidas revolucionarias. Después de haber barrido los parásitos que lo roen, se apoderará de toda la riqueza social para ponerla en común, según los principios del comunismo anarquista. Y, cuando habrá abolido completamente la propiedad, el gobierno y el Estado, se constituirá libremente según las necesidades que le serán dictadas por la vida misma. Rompiendo sus cadenas y derribando sus ídolos, la humanidad avanzará entonces hacia un futuro mejor, sin conocer ya ni amos ni esclavos, no guardando veneración más que por los nobles mártires que han pagado con su sangre y sus sufrimientos estos primeros intentos de emancipación que nos han iluminado en nuestra marcha hacia la conquista de la libertad.

III

Las celebraciones y reuniones públicas organizadas el 18 de marzo en todas las ciudades donde hay grupos socialistas constituidos merecen toda nuestra atención, no sólo como una manifestación del ejército de los proletarios, sino más aún como expresión de los sentimientos que animan a los socialistas de los dos mundos. Uno “se cuenta” así mejor que por todos los boletines imaginables y uno formula sus aspiraciones en total libertad, sin dejarse influenciar por consideraciones de táctica electoral.

En efecto, los proletarios reunidos ese día en los mítines ya no se limitan a elogiar el heroísmo del proletariado parisiense, ni a clamar venganza contra las masacres de mayo. Reafirmándose en el recuerdo de la lucha heroica de París, van más lejos. Discuten las enseñanzas que hay que extraer de la Comuna de 1871 para la próxima revolución; se preguntan cuáles fueron los errores de la Comuna y ello no por criticar a los hombres, sino para hacer resaltar como los prejuicios sobre la propiedad y la autoridad que reinaban en ese momento impidieron a la idea revolucionaria florecer, desarrollarse e iluminar el mundo entero con sus luces vivificadoras.

La enseñanza de 1871 ha aprovechado al proletariado del mundo entero y, rompiendo con los viejos prejuicios, los proletarios han dicho clara y simplemente como entienden su revolución.

A partir de ahora es seguro que la próxima sublevación de las comunas ya no será simplemente un movimiento comunalista. Los que aún piensan que hay que establecer la comuna independiente y después, en esa comuna, ensayar reformas económicas, han sido sobrepasados por el desarrollo del espíritu popular. Es por actos revolucionarios socialistas, aboliendo la propiedad individual, como las comunas de la próxima revolución afirmarán y constituirán su independencia.

El día en que, como consecuencia del desarrollo de la situación revolucionaria, los gobiernos sean barridos por el pueblo y la desorganización arrojada a los campos de la burguesía, que no se mantienen más que por la protección del Estado, ese día –y no está lejos– el pueblo insurgente no esperará a que un gobierno cualquiera decrete en su sabiduría inaudita unas reformas económicas. Él mismo abolirá la propiedad individual por medio de la expropiación violenta, tomando posesión, en nombre del pueblo entero, de toda la riqueza social acumulada por el trabajo de las generaciones precedentes. No se limitará a expropiar a los detentadores del capital social por un decreto que sería letra muerta: tomará posesión de él sobre la marcha y establecerá sus derechos utilizándolo sin demora. Se organizará él mismo en el taller para hacerlo funcionar; cambiará su cuchitril por un alojamiento saludable en la casa de un burgués; se organizará para utilizar inmediatamente toda la riqueza acumuladada en las ciudades; tomará posesión de la misma como si esta riqueza nunca le hubiese sido robada por la burguesía. Una vez desposeído el barón industrial que extrae su botín del obrero, la producción continuará, desembarazándose de las trabas que la dificultan, aboliendo las especulaciones que la matan y los enredos que la desorganizan y, tranformándose conforme a las necesidades del momento bajo el impulso que le proporcionará el trabajo libre. «Jamás volverá a cultivarse en Francia como en 1783, después de que la tierra fuese arrebatada de manos de los señores», escribió Michelet. Jamás se ha trabajado como se trabajará el día en que el trabajo sea libre, en que cada progreso del trabajador sea una fuente de bienestar para toda la Comuna.

Respecto a la riqueza social, se ha intentado establecer una distinción y se ha llegado incluso a dividir al partido socialista a propósito de esta distinción. La escuela que hoy en día se llama colectivista, substituyendo el colectivismo de la antigua Internacional (que no era sino el comunismo antiautoritario) por una especie de colectivismo doctrinario, ha intentado distinguir entre el capital que sirve a la producción y la riqueza que sirve a las necesidades de la vida. La máquina, la fábrica, la materia prima, las vías de comunicación y el suelo de una parte, las viviendas, los productos manufacturados, los vestidos, los artículos, de otra. Los unos se convierten en propiedad colectiva, los otros están destinados, según los doctos representantes de esta escuela, a permanecer propiedad individual.

Se ha intentado establecer esta distinción. Pero el buen sentido popular ha dado cuenta de ella rápidamente. Errónea en teoría, ha sucumbido ante la práctica de la vida. Los trabajadores han comprendido que la casa que nos refugia, el carbón y el gas que quemamos, los alimentos que quema la máquina humana para mantener la vida, los vestidos con que el hombre se cubre para preservar su existencia, el libro que lee para instruirse, incluso el adorno que se procura son partes integrantes de su existencia, tan necesarias para el éxito de la producción y para el desarrollo progresivo de la humanidad como las máquinas, las manufacturas, las materias primas y los otros agentes de la producción. Han comprendido que mantener la propiedad individual para estas riquezas sería mantener la desigualdad, la opresión, la explotación, paralizar por adelantado los resultados de la expropiación parcial. Pasando sobre las alambradas puestas en su camino por el colectivismo de los teóricos, marchan directamente a la forma más simple y más práctica del comuninismo antiautoritario.

En efecto, en sus reuniones los proletarios revolucionarios afirman claramente su derecho a toda la riqueza social y la necesidad de abolir la propiedad individual tanto sobre los medios de consumo como sobre los de producción. «El día de la revolución, nos apoderaremos de toda la riqueza, de todos los valores acumulados en las ciudades y los pondremos en común» dicen los portavoces de la masa obrera y los oyentes lo confirman asintiendo unánimemente.

«Que cada cual coja del montón lo que necesite y estemos seguros de que en los graneros de nuestras ciudades habrá alimentos suficientes para alimentar a todo el mundo hasta el día en que la producción libre emprenderá su nueva marcha. En los almacenes de nuestras ciudades, hay suficientes vestidos para vestir a todo el mundo, acumulados allí, sin encontrar salida, al lado de la miseria general. Hay incluso suficientes objetos de lujo para que todo el mundo elija a su gusto».

He aquí como, a juzgar por lo que dice en las reuniones, la masa proletaria afronta la revolución: introducción inmediata del comunismo anarquista y libre organización de la producción. Son dos puntos fijados y, a este respecto, las comunas de la revolución que ruge a nuestras puertas no repetirán los errores de sus predecesoras que, vertiendo generosamente su sangre, han despejado el camino para el futuro.

Un tal acuerdo no se ha establecido todavía, sin estar no obstante lejos de establecerse, sobre otro punto, no menos importante: sobre la cuestión del gobierno.

Es sabido que, respecto a esta cuestión, se enfrentan dos escuelas. «Es necesario» –dicen los unos– «constituir el mismo día de la revolución un gobierno que se apodere del poder. Este gobierno, fuerte, poderoso y resuelto, hará la revolución decretando aquí y allá y obligando a obedecer sus decretos.»

«¡Triste ilusión!», dicen los otros. «Todo gobierno central, encargándose de gobernar una nación, estando formado necesariamente por elementos dispares y siendo conservador, por su esencia gubernamental, no será más que un obstáculo para la revolución. No hará más que frenar la revolución en las comunas dispuestas a avanzar, sin ser capaz de aportar aliento revolucionario a las comunas atrasadas. Igualmente en el seno de una comuna insurgente. O bien el gobierno comunal no hará más que sancionar los hechos consumados, y entonces será un elemento inútil y peligroso, o bien querrá ponerse a su cabeza: reglamentará lo que debe ser elaborado libremente por el pueblo mismo para que resulte viable, aplicará teorías donde es preciso que toda la sociedad elabore nuevas formas de vida comunitaria, con esa fuerza creativa que surge en el organismo social cuando rompe las cadenas y ve abrirse ante sí nuevos y amplios horizontes. Los hombres en el poder generarán este impulso, sin producir nada ellos mismos, si permanecen en el seno del pueblo para elaborar con él la nueva organización, en lugar de encerrarse en las cancillerías y agotarse en debates ociosos. Será un estorbo y un peligro, impotente para el bien, formidable para el mal, así pues, no tiene razón de ser».

Por muy natural y justo que sea este razonamiento, se enfrenta aún, no obstante, a los prejuicios seculares acumulados, acreditados por aquellos que tienen interés en mantener la religión del gobierno junto a la religión de la propiedad y la religión divina.

Este prejuicio, el último de la serie: Dios, Propiedad, Gobierno, existe aún y es un peligro para la próxima revolución. Pero puede constatarse que ya se está socavando. «Haremos nosotros mismos nuestros asuntos, sin esperar las órdenes de ningún gobierno y pasaremos por encima de aquellos que vengan a imponérsenos sea bajo la forma de sacerdote, de propietario o de gobernante», dicen ya los proletarios. Hay que esperar, pues, que, si el partido anarquista sigue combatiendo vigorosamente la religión del gubernamentalismo y si no se desvía él mismo de su camino dejándose enredar en las luchas por el poder, decimo que hay que esperar que en los años que nos quedan aún hasta la revolución, el prejuicio gubernamental será suficientemente socavado como para ya no sea capaz de llevar a las masas proletarias por un camino falso.

Hay, sin embargo, una laguna lamentable en las reuniones populares que debemos señalar. Ésta es que nada, o casi nada, se ha hecho por el campo. Todo gira en torno a las ciudades. El campo parece no existir para los trabajadores de la ciudad. Incluso los oradores que hablan del carácter de la próxima revolución evitan mencionar el campo y el suelo. No conocen al campesino ni sus deseos y no se atreven a hablar en su nombre. ¿Es preciso insistir mucho en el peligro que resulta de esto? La emancipación del proletariado no será posible mientras el movimiento revolucionario no abarque las aldeas. Las comunas insurgentes no lograrán mantenerse siquiera un año, si la insurrección no se propaga al mismo tiempo por la campiña. Cuando los impuestos, la hipoteca, la renta serán abolidos, cuando las instituciones que los recaudan serán disueltas, es seguro que el campo comprenderá las ventajas de esta revolución. Pero, en cualquier caso, sería imprudente contar con la difusión de las ideas revolucionarias en el campo sin preparar previamente las ideas. Es preciso saber desde ahora ya que es lo que quiere el campesino, como se entiende la revolución en las aldeas, como se piensa resolver la cuestión tan espinosa de la propiedad agraria. Es preciso decirle al campesino qué es lo que se propone hacer el proletario del campo y de su aliado, que no debe temer de aquél medidas perjudiciales para el agricultor. Es preciso que, por su parte, el obrero de las ciudades se acostumbre a respetar al campesino y a marchar de común acuerdo con él.

Pero, para esto, los trabajadores deben imponerse el deber de extender la propaganda en las aldeas. Es importante que en cada ciudad haya una pequeña organización especial, una rama de la Liga Agraria, para la propaganda entre los campesinos. Es preciso que este tipo de propaganda sea considerado como un deber, con el mismo rango que la propaganda en los centros industriales.

Los inicios serán difíciles, pero recordemos que de ello depende el éxito de la revolución. Ésta no será victoriosa hasta el día en que el trabajador de las fábricas y el cultivador de los campos marchen juntos a la conquista de la igualdad para todos, llevando la felicidad tanto a la cabaña como a los edificios de las grandes aglomeraciones industriales.