Título: El espíritu de rebelión
Autor/a: Piotr Kropotkin
Fecha: 1914
Tema: Rebelión
Fuente: Envío directo.
Notas: Traducido al español por Ediciones Marginales a partir de versión disponible en kropot.free.fr. Publicado originalmente en el número 42 de Les Temps Nouveaux.

        I

        II

        III

I

En la vida de las sociedades, hay épocas en que la Revolución llega a ser una necesidad imperiosa, en que ésta se impone de una manera absoluta. Las nuevas ideas germinan por todas partes, buscando salir a la luz y encontrar su aplicación en la vida, pero chocan continuamente con la inercia de aquellos interesados en mantener el antiguo régimen y ahogar estas ideas en la atmósfera sofocante de los antiguos prejuicios y tradiciones. Las ideas heredadas sobre la constitución de los Estados, sobre las leyes del equilibrio social, sobre las relaciones políticas y económicas de los ciudadanos entre sí, se enfrentan a la crítica severa que las debilita cada día, en cada ocasión, tanto en el salón como en el cabaret, en las obras de filosofía como en la conversación cotidiana. Las instituciones políticas, económicas y sociales decaen; el edificio ha llegado a ser inhabitable e impide el desarrollo de los brotes que crecen entre sus muros agrietados.

La necesidad de una vida nueva se hace sentir. El código de moralidad establecido, que rige a la mayor parte de los hombres en su vida cotidiana, no parece ser suficiente. Se percibe que tal cosa, considerada anteriormente la más justa, no era más que una irritante injusticia: la moralidad de ayer es vista hoy como una inmoralidad indignante. El conflicto entre las ideas nuevas y las viejas tradiciones estalla en todas las clases sociales. El hijo entra en lucha con su padre, encontrando indignante lo que este consideró natural durante toda su vida; la hija se rebela contra los principios que su madre le transmitió como fruto de una larga experiencia. La conciencia popular se subleva cada día contra los escándalos que se producen en el seno de la clase privilegiada y ociosa, contra los crímenes que se cometen en nombre del derecho del más fuerte, para mantener sus privilegios. Aquellos que quieren el triunfo de la justicia, que quieren poner en práctica las ideas nuevas, se ven forzados a reconocer que la realización de sus ideas generosas, humanitarias, regeneradoras, no puede tener lugar en la sociedad tal como está constituida: comprenden la necesidad de una tormenta revolucionaria que barra todo este moho, que dé aliento a los corazones entumecidos y aporte a la humanidad el sacrificio, la abnegación, el heroísmo, sin los cuales una sociedad se envilece, se degrada, se descompone.

La máquina gubernamental, encargada de mantener el orden existente, funciona todavía bien. Pero, con cada giro de sus ruedas destartaladas, tropieza y se detiene. Su funcionamiento se vuelve cada vez más difícil, y el descontento excitado por sus defectos es creciente. Cada día le surgen nuevas exigencias. “¡Reforma aquí, reforma allá!” se grita por todos lados. “Guerra, finanzas, impuestos, tribunales, policía, todo para reorganizar, retocar, construir sobre nuevas bases”, dicen los reformadores. Y sin embargo, todos comprenden que es imposible rehacer, arreglar una sola parte, ya que forma parte de un todo; todo debe rehacerse a la vez; ¿y como rehacerse cuando la sociedad está dividida en dos bandos abiertamente hostiles? Satisfacer a los descontentos sería crear nuevos descontentos.

Incapaces de lanzarse a la vía de las reformas, ya que esto sería impulsar la Revolución, y al mismo tiempo, demasiado impotentes para entregarse tranquilamente a la reacción, los gobiernos se aplican en aprobar “semi–medidas” que no satisfacen a nadie y no hacen más que suscitar nuevos descontentos. Las mediocridades que se encargan en estas épocas transitorias de llevar la barca gubernamental, no aspiran más que a una sola cosa: enriquecerse, en previsión de la próxima derrota. Atacados por todos lados, se defienden desmañadamente, van a la deriva, haciendo tontería tras tontería, y logrando pronto cortar la última cuerda de salvación, ahogan el prestigio gubernamental en el ridículo de su incompetencia.

En estas épocas, la Revolución se impone y llega a ser una necesidad social; la situación es una situación revolucionaria.

Cuando estudiamos en nuestros mejores historiadores la génesis y el desarrollo de los grandes sucesos revolucionarios nos encontramos normalmente bajo este título: “Las causas de la Revolución”, un cuadro conmovedor de la situación en la víspera de los acontecimientos. La miseria del pueblo, la inseguridad general, las medidas vejatorias del gobierno, los odiosos escándalos que muestran los grandes vicios de la sociedad, las ideas nuevas buscando hacerse sitio y chocando contra la incapacidad de los secuaces del antiguo régimen; nada falta. Contemplando este cuadro, se llega a la convicción de que la Revolución era en efecto inevitable, que no había otra salida que la vía de los actos insurreccionales.

Tomemos como ejemplo la situación que precede a 1789, tal como nos la muestran los historiadores. Casi podemos oír al campesino lamentarse del impuesto de la sal, de los impuestos feudales, y ver en su corazón un odio implacable al señor, al fraile, al acaparador, al intendente. Nos parece ver a los burgueses lamentarse de haber perdido sus libertades municipales y abrumar al rey con el peso de sus maldiciones. Escuchamos al pueblo reprobar a la reina, sublevarse ante lo que hacen los ministros, y decirse a cada instante que los impuestos son intolerables y desorbitantes, que las cosechas son malas y el invierno demasiado riguroso, que los abogados de las ciudades consumen la cosecha de los campesinos, que los guardias rurales juegan a ser reyezuelos, que el correo mismo está mal organizado y los empleados son demasiado perezosos. En pocas palabras, nada funciona, todos protestan. “¡Esto no puede durar, esto acabará mal!” se oye por todas partes.

Pero, de estos razonamientos favorables a la insurrección, a la rebelión propiamente dicha, hay todo un abismo, que es el que separa en la mayor parte de la humanidad el razonamiento de la acción, el pensamiento de la voluntad, de la necesidad de actuar.¿Cómo pues este abismo puede ser franqueado? ¿Cómo los hombres que todavía ayer mismo se lamentaban mansamente de su suerte, fumando sus pipas, y que, un momento después saludaban humildemente al mismo guardia rural, al mismo gendarme del que hace un momento hablaban mal, ¿cómo unos días más tarde, estos mismo hombres cogieron sus guadañas y sus garrotes y fueron a atacar al señor en su castillo, hasta ayer tan terrible? ¿Por qué arte de encantamiento, estos hombres que eran tratados con razón de cobardes por sus mujeres se transforman de pronto en héroes que marchan bajo las balas y la metralla a la conquista de sus derechos? ¿Cómo estas palabras, tantas veces pronunciadas antaño y que se perdían en el aire como el sonido de las campanas, son por fin transformadas en actos?

La respuesta es fácil.

Es la acción, la acción continuada, renovada sin cesar de las minorías la que obra esta transformación. El coraje, la abnegación, el espíritu de sacrificio son tan contagiosos como la poltronería, la sumisión y el pánico.

¿Qué formas tomará la agitación?

Pues bien, tomará las formas más variadas, que le serán dictadas por las circunstancias, los medios, los temperamentos. Unas veces sombría, otras alegre, pero siempre valiente, unas veces colectiva, otras veces puramente individual, la agitación no descuida ninguno de los medios que tiene a mano, ninguna circunstancia de la vida pública, para mantener siempre el espíritu alerta, para propagar el descontento, para excitar el odio contra los explotadores, ridiculizar a los gobernantes, demostrar su debilidad, y sobre todo y siempre, despertar la audacia, el espíritu de rebelión, predicando con el ejemplo.

II

Cuando en un país se produce una situación revolucionaria, sin que el espíritu de rebelión esté todavía lo suficientemente despierto en las masas para traducirse en manifestaciones tumultuosas en las calles, o en motines y levantamientos, es por su acción que las minorías consiguen despertar ese sentimiento de independencia y ese soplo de audacia sin los cuales ninguna revolución podrá realizarse.

Hombres de buen corazón que no se contentan solo con palabras, y que buscan llevarlas a la práctica, personas íntegras para las que la acción y la idea son la misma cosa, para quienes la prisión, el exilio o la muerte son preferibles a una vida en desacuerdo con sus principios; hombres intrépidos que saben que es necesario arriesgar para salir triunfante, que son los valientes centinelas que entablan el combate, por delante de las masas, siendo un estímulo para levantar resueltamente la bandera de la insurrección y marchar, con las armas en la mano, a la conquista de sus derechos.

En medio de las quejas, de las charlas, de las discusiones teóricas, un acto de rebelión, individual o colectivo, se produce, aglutinando las aspiraciones dominantes. Es posible que en un primer momento la masa sea indiferente aunque admire el coraje del individuo o del grupo iniciador; es posible que la masa prefiera antes seguir a los sabios, a los prudentes, que se apresuran en tachar este acto de “locura” y en decir que “los locos, los cabezas calientes nos van a comprometer a todos”. Estos sabios lo tienen tan bien calculado, que su partido,[1] prosiguiendo lentamente su obra, conseguirá en cien años, doscientos años, trescientos años conquistar el mundo entero. Pero he aquí que lo imprevisto entra en juego; lo imprevisto, en realidad, es lo que no ha sido previsto por ellos, por los sabios y los prudentes. Cualquiera que conozca un poco la historia y tenga un cerebro un poco ordenado, sabrá perfectamente que una propaganda teórica de la Revolución se traduce necesariamente en actos antes de que los teóricos hayan decidido que el momento de actuar ha llegado; sin embargo, los sabios teóricos se enfadan con los locos, los excomulgan y anatemizan. Pero los locos encuentran simpatías, las masas populares aplauden secretamente su audacia y encuentran imitadores. A medida que los mejores de entre ellos llenan las cárceles y los penales, otros llegan para continuar su obra; los actos de protesta ilegal, de rebelión y de venganza se multiplican.

La indiferencia es en adelante imposible. Aquellos que, al principio, no se preocupaban de lo que querían los “locos” se ven forzados a prestarles atención, a discutir sus ideas, a tomar partido a favor o en contra. Pero los hechos que se imponen a la atención general, las nuevas ideas se meten en los cerebros y conquistan seguidores. Una acción hace a menudo más propaganda que miles de folletos.

Pero sobre todo, se despierta el espíritu de revuelta y empieza a germinar la audacia. El antiguo régimen, armado con policías, magistrados, gendarmes y soldados parecía invencible, así como los viejos muros de la Bastilla parecían también inexpugnables ante los ojos del pueblo desarmado, reunido bajo sus altas murallas guarnecidas de cañones prestos a abrir fuego. Pero pronto se vio que el régimen establecido no tenía la fuerza que se le suponía. Algunos actos de valentía bastaron para trastornar durante unos días la máquina gubernamental, para sacudir al coloso; esta revuelta puso en desorden toda una provincia, y la tropa, siempre tan imponente, reculó ante un puñado de campesinos armados con piedras y palos; el pueblo se dio cuenta de que el monstruo no era tan temible como parecía, y comenzó a entrever que bastarían algunos esfuerzos enérgicos para derribarlo. La esperanza creció en sus corazones, y recordemos que si la exasperación impulsa a menudo las revueltas, es siempre la esperanza de vencer lo que hace las revoluciones.

El gobierno resiste y reprime con furia. Pero si, en otro tiempo la represión acababa con la energía de los oprimidos, ahora en los momentos de efervescencia, produce el efecto contrario. La represión provoca nuevos actos de rebelión, individual y colectiva; mueve las rebeliones al heroísmo, y poco a poco esos actos se asientan, se generalizan, se desarrollan. El partido revolucionario se refuerza con elementos que hasta entonces le eran hostiles, o se encenagaban en la indiferencia. La descomposición alcanza al gobierno, a las clases dirigentes, a los privilegiados: los unos empujan a la resistencia a ultranza, los otros se pronuncian por las concesiones, y otros aún se ven dispuestos a renunciar por el momento a sus privilegios para apaciguar el espíritu de rebelión, libres de aplicar la represión más tarde. La cohesión del gobierno y de los privilegiados se rompe.

Las clases dirigentes todavía pueden intentar recurrir a una reacción furiosa. Pero ya no es el momento; la lucha se agudiza, y la Revolución que se anuncia será más sangrienta. Por otro lado las pequeñas concesiones de parte de las clases dirigentes, puesto que llegan demasiado tarde, puesto que son arrancadas por la lucha, no hacen más que despertar el espíritu revolucionario. El pueblo, que en otro momento se contentaría con estas concesiones, se da cuenta de que el enemigo flaquea: prevé la victoria, siente crecer su audacia y los mismos hombres que antiguamente, aplastados por la miseria, se contentaban con suspirar en su escondrijo, levantan ahora la cabeza y marchan fieramente a la conquista de un futuro mejor.

Finalmente, la Revolución estalla, tanto más violenta cuanto más encarnizada ha sido la lucha precedente.

La dirección que tomará la Revolución depende de toda la suma de circunstancias que han determinado la llegada del cataclismo. Pero puede ser prevista de antemano según la fuerza de acción revolucionaria desplegada en el periodo preparatorio por los partidos más adelantados.

Tal partido habrá elaborado mejor las teorías que preconiza y el programa que es necesario realizar, y lo habrá propagado mejor por la palabra y por la pluma. Pero no habrá afirmado quizá suficientemente sus aspiraciones para el gran día, en la calle, por los actos que serán la realización de su pensamiento; ha tenido la potencia teórica, pero no tiene la potencia de acción; o quizá no ha actuado contra quienes son sus principales enemigos, no ha golpeado a las instituciones que aspira a demoler; no ha contribuido a despertar el espíritu de rebelión, o ha descuidado dirigirlo contra quien intentará reaccionar a la Revolución. Pues bien, este partido es poco conocido; sus afirmaciones no han sido afirmadas continuadamente, día a día, por los actos cuya resonancia alcanzaría hasta las cabañas más aisladas, no están suficientemente mezclados en la masa del pueblo; no han pasado por el crisol de la calle y no han encontrado su enunciado más simple, que se resume en una sola palabra, llegar a ser popular. Los más activos escritores del partido son conocidos por sus lectores como pensadores de mérito, pero no tienen ni la reputación ni las capacidades del hombre acción; y el día en que las masas bajen a la calle, seguirán muchos de los consejos de aquellos que tengan, quizá, las ideas teóricas menos nítidas y las aspiraciones de menos alcance, pero que sean más conocidos, ya que les han visto actuar.

El partido que haga más acciones de agitación revolucionaria, que manifieste más vida y valentía, será el más escuchado el día en que sea necesario actuar, en que haya que marchar delante para hacer la Revolución. Aquellos que no tengan la valentía de afirmarse con sus acciones revolucionarias en el periodo de preparación, aquellos que no tengan una fuerza impulsora lo bastante pujante como para inspirar a los individuos y a los grupos el sentimiento de abnegación, el anhelo irresistible de poner sus ideas en práctica (si este anhelo existe, será traducido en acciones mucho antes de que la muchedumbre entera baje a las calles), aquellos que no han logrado darse a conocer y cuyas aspiraciones sean menos palpables y comprensibles, ese partido no tendrá más que una pequeña oportunidad de realizar una pequeña parte de su programa. Será desbordado por los partidos de acción.

He aquí lo que nos enseña la historia de los periodos que precedieron las grandes revoluciones. La burguesía revolucionaria lo ha comprendido perfectamente y no ha descuidado ningún medio de agitación para despertar el espíritu de rebelión cuando buscaba derribar el régimen monárquico; el campesino francés del siglo pasado lo comprendía bastante instintivamente cuando se agitó para abolir los derechos feudales, y la Internacional, al menos una parte de la Asociación, actuó de acuerdo con estos mismos principios cuando buscaba despertar el espíritu de rebelión en el seno de los trabajadores de las ciudades, y dirigirlo contra el enemigo natural del asalariado, el acaparador de los instrumentos de trabajo y de las materias primas.

III

Un estudio está por hacer, interesante en alto grado, atrayente, y sobre todo instructivo, un estudio sobre los diferentes medios de agitación a los cuales los revolucionarios han recurrido en las diferentes épocas, para acelerar la eclosión de la revolución, para dar a las masas la conciencia de los acontecimientos que se avecinan, para señalar mejor al pueblo sus principales enemigos, para despertar la audacia y el espíritu de rebelión. Todos nosotros sabemos muy bien porqué tal revolución es necesaria, pero no es más que por instinto y a tientas que llegamos a adivinar cómo germinan las revoluciones.

El estado mayor prusiano ha publicado recientemente un trabajo para uso del ejército, sobre el arte de vencer las insurrecciones populares, y enseña en este escrito cómo el ejército debe actuar para dispersar las fuerzas populares. Se quiere ir sobre seguro y degollar al pueblo según todas las reglas del arte. Pues bien, el estudio del que hablamos sería una respuesta a esta publicación y a muchas otras que traten el mismo tema, aunque claro está, con menos cinismo. Este estudio mostraría como se desorganiza un gobierno, como se levanta la moral del pueblo, hundido, deprimido por la miseria y la opresión que ha sufrido.

Hasta el presente, semejante estudio no ha sido realizado. Los historiadores nos han narrado bien las grandes etapas por las cuales la humanidad ha marchado hacia su emancipación, pero han prestado poca atención a los períodos que precedieron a las revoluciones. Absorbidos por los grandes dramas que trataron de relatar, han echado un vistazo demasiado rápido sobre el prólogo, pero es este prólogo lo que sobre todo nos interesa.

Y sin embargo, ¡qué cuadro más conmovedor, más sublime y más bello el de los esfuerzos realizados por los precursores de las revoluciones! ¡Qué serie incesante de esfuerzos por parte de los campesinos y los hombres de acción de la burguesía antes de 1789; qué lucha perseverante por parte de los republicanos, después de la restauración de los Borbones en 1815, hasta su caída en 1830; qué actividad por parte de las sociedades secretas durante el reinado del gran burgués Luis–Felipe! ¡Qué cuadro desgarrador el de las conspiraciones realizadas por los Italianos para sacudirse el yugo de los Austrias, de sus tentativas heroicas, de los padecimientos inenarrables de sus mártires! ¡Qué tragedia lúgubre y grandiosa la que narra todas las peripecias del trabajo secreto emprendido por la juventud rusa contra el gobierno y el régimen propietario y capitalista, desde 1880 hasta nuestros días!

Qué nobles figuras surgirían ante el socialista moderno ante la lectura de estos dramas; qué sacrificio y abnegación sublimes y, al mismo tiempo, qué enseñanza revolucionaria no tanto teórica como práctica, de ejemplos a seguir.

No es este el lugar para emprender semejante estudio. El folleto no se presta a un trabajo de historia. Debemos pues limitarnos a escoger algunos ejemplos a fin de mostrar cómo se lo tomaron nuestros padres para hacer la agitación revolucionaria y que género de conclusiones pueden ser extraídas de los estudios en cuestión.

Echaremos un vistazo a estos periodos que precedieron a 1789 y, dejando de lado el análisis de las circunstancias que han creado hacia el fin del siglo pasado una situación revolucionaria, nos limitaremos a recoger algunos métodos de agitación empleados por nuestros padres.

Dos grandes hechos se desprendieron como resultado de la Revolución de 1789–1793. De una parte, la abolición de la autocracia real y el advenimiento de la burguesía al poder; de otra parte, la abolición definitiva de la servidumbre y los impuestos feudales en los campos. Los dos están íntimamente ligados entre sí, y, el uno sin el otro no habría podido tener lugar. Las dos corrientes se encuentran ya en la agitación que precedió a la Revolución: la agitación contra la realeza en el seno de la burguesía y la agitación contra los derechos de los señores en el seno de los campesinos.

Echemos un vistazo sobre los dos.

El periódico, en esta época, no tenía la importancia que ha adquirido hoy, y es el folleto, el panfleto, el libelo de tres o cuatro páginas los que lo sustituían. En consecuencia, el libelo, el panfleto, el folleto proliferan. El folleto lleva a la gran masa las ideas de los precursores, filósofos y economistas de la Revolución; el panfleto y el libelo hacen la agitación, atacando directamente al enemigo. No se pierden en teorías: atacan mediante lo odioso y lo ridículo.

Miles de libelos relatan los vicios de la corte, la miseria de sus decorados tramposos, poniendo al descubierto todos sus vicios, su disipación, su perversidad, su estupidez. Los amores reales, los escándalos de la corte, los gastos locos, el Pacto del hambre, esa alianza de los poderosos con los acaparadores de trigo para enriquecerse matando de hambre al pueblo, he ahí el objeto de estos libelos. Los libelos están siempre en la brecha y no descuidan ninguna circunstancia de la vida pública para golpear al enemigo. Siempre que se habla de cualquier hecho, el panfleto y el libelo están ahí para tratarlo sin embarazo, a su manera. Y se prestan más que el periódico a este género de agitación. El periódico es una empresa, y tiene buen cuidado de no irse a pique; su caída molesta a menudo a todo un partido. El panfleto y el libelo no comprometen más que a su autor o al impresor, y aún así, ¡ponte a buscar al uno o al otro!...

Es evidente que los autores de estos libelos y panfletos comienzan, sobre todo, emancipándose de la censura; porque en esta época, si no se hubiera inventado este bonito instrumento de jesuitismo contemporáneo llamado “proceso de difamación”, que aniquila toda libertad de prensa, existía para meter en prisión a los autores e impresores “la lettre de cachet”,[2] brutal, es verdad, pero franca en todo caso. Por esto los autores empiezan por emanciparse del censor e imprimen sus libelos, sea en Amsterdam, sea no importa donde, “a cien leguas de la Bastilla, bajo el árbol de la Libertad”. Asimismo no se contienen de golpear, de vilipendiar al rey, la reina y sus amantes, a los grandes de la corte, a los aristócratas. Con la prensa clandestina, la policía se esforzaba en vano para investigar a los libreros, arrestar a los propagadores y los desconocidos autores escapaban a las persecuciones y continuaban su obra.

La canción, que es demasiado ligera para ser impresa, pero que rueda por Francia y se transmite de memoria, ha sido siempre uno de los medios de propaganda más eficaces. La canción caía sobre las autoridades establecidas, ridiculizaba las cabezas coronadas y hacía llegar hasta el hogar el desprecio a la realeza, el odio contra el clero y la aristocracia, y la esperanza de ver llegar pronto el día de la Revolución.

Pero es sobre todo en el cartel donde los agitadores tienen un gran recurso. El cartel habla mejor y hace más agitación que un panfleto o un folleto. También los carteles, impresos o escritos a mano aparecen cada vez que se produce un hecho que interesa al público. Arrancado hoy, se repone mañana, haciendo rabiar a los gobiernos y sus esbirros. “¡Hemos fallado a vuestros abuelos, nosotros no os fallaremos!” lee hoy el rey en una hoja colgada en los muros de su palacio. Mañana es la reina la que llora de rabia leyendo como cuelgan de las paredes los sucios detalles de su vida vergonzosa. Es así como se preparaba ya este odio, consagrado más tarde por el pueblo, a la mujer que habría exterminado fríamente París para seguir siendo reina y autócrata. Los cortesanos se proponen festejar el nacimiento de un delfín, los carteles amenazan con prender fuego en las cuatro esquinas de la ciudad, y sembrando así el terror, preparan los espíritus para cualquier cosa extraordinaria. O bien, anuncian que el día de las celebraciones “el rey y la reina serán conducidos con una fuerte escolta a la Plaza de Grève, después irán al Hotel de la ciudad a confesar sus crímenes y subirán al cadalso para ser quemados vivos.” El rey convoca entonces a la Asamblea de Notables, inmediatamente los carteles anuncian que “la nueva tropa de comediantes, reclutada por el señor de Calonne (primer ministro), comenzará las representaciones el 29 de este mes y ofrecerá un ballet alegórico titulado El Tonel de las Danaides. O bien, volviéndose más y más amenazante, el cartel llega hasta el palco de la reina anunciándole que los tiranos serán ejecutados.

Pero los carteles resultan útiles sobre todo contra los acaparadores del trigo, contra los arrendadores, contra los intendentes. Cada vez que hay una efervescencia popular, los carteles anuncian la San Bartolomé para los intendentes y los arrendadores. Tal mercader de trigo, tal fabricante, tal intendente es detestados por el pueblo y los carteles los condenan a muerte “en nombre del Consejo del pueblo, etc., y más tarde, cuando se presenta la ocasión de hacer una revuelta, el furor popular irá dirigido contra los explotadores cuyos nombres han sido tan a menudo pronunciados.

Si se pudieran juntar los innumerables carteles que se pusieron durante los diez, quince años que precedieron a la Revolución, se comprendería que papel inmenso ha jugado este género de agitación para preparar la sacudida revolucionaria. Jovial y burlón al principio, más y más amenazador a medida que se aproxima el desenlace, siempre presto a responder a cada suceso político y a las disposiciones del espíritu de las masas; excita la cólera, el desprecio, nombra a los verdaderos enemigos del pueblo, despierta en el seno de los campesinos, de los obreros y de la burguesía el odio contra sus explotadores; anuncia la proximidad del día de la liberación y de la venganza.

Colgar o descuartizar en efigie, era una costumbre habitual en el siglo pasado. También era uno de los medios de agitación más populares. Cada vez que se producía la efervescencia de los espíritus, se formaban tumultos que llevaban un muñeco representando al enemigo del momento, y colgaban, quemaban o descuartizaban este muñeco. “¡Chiquilladas!” dirán los ancianos que se creen tan razonables. Pues bien, la horca de Réveillon durante las elecciones de 1789, la de Foulon y de Berthier, que cambiaron completamente el carácter de la Revolución que se anunciaba, no fueron más que la ejecución real de lo que había sido preparado tiempo atrás, con la ejecución de los muñecos de paja.

He aquí algunos ejemplos sobre mil.

El pueblo de París no amaba a Maupéou, uno de los ministros más queridos por Luis XVI. Pues bien, se reúne un día; la muchedumbre grita: “¡Decreto del Parlamento que condene al señor Maupéou, canciller de Francia, a ser quemado vivo y las cenizas lanzadas al viento!” Después de lo cual, en efecto, la muchedumbre marcha hacia la estatua de Enrique IV con un muñeco del canciller, revestido de todas sus insignias, y el muñeco es quemado entre las aclamaciones de la muchedumbre. Otro día, se cuelga de un farol el muñeco del abad Terray con traje eclesiástico y guantes blancos.

¡Que buena propaganda con estos muñecos! Y una propaganda mucho más eficaz que la propaganda abstracta que no se dirige más que a un pequeño número de convencidos.

Lo esencial era que el pueblo se habituara a bajar a la calle, a manifestar sus opiniones en la plaza pública, que se habituara a desafiar a la policía, al ejército, a la caballería. Esta es la razón por la que los revolucionarios de la época no descuidaron ningún medio para atraer a la muchedumbre a las calles.

Cada circunstancia de la vida pública en París y en las provincias era utilizada de esta manera. La opinión pública ha obtenido del rey la destitución de un ministro detestado, y ya están aquí las celebraciones sin fin. Para llamar la atención del mundo, se encienden petardos, se lanzan cohetes “en tal cantidad que en ciertos lugares se camina sobre cartón”. Y si hace falta dinero, se detiene a los viandantes y se les pide “cortésmente pero con firmeza”, lo que sea “para divertir al pueblo”. Después, cuando la masa está bien compacta, los oradores toman la palabra para explicar y comentar los acontecimientos, y las asambleas se reúnen al aire libre. Y si la caballería o la tropa llega para dispersar a la muchedumbre, duda en emplear la violencia contra los hombres y mujeres pacíficos, mientras los cohetes estallan ante los caballos y los infantes en medio de las aclamaciones y risas del público, que calman la fogosidad de los soldados.

En las ciudades, algunas veces se ve en las calles a los deshollinadores, parodiando el lecho de justicia del rey;[3] y todos estallan en carcajadas viendo al hombre con la cara tiznada representando al rey o su mujer. Los acróbatas, los juglares reúnen en la plaza a miles de espectadores para lanzar, en forma de poemas humorísticos, sus flechas dirigidas a los poderosos y los ricos. Se forma una aglomeración de gente, los propósitos se vuelven más y más amenazadores, y entonces, ¡atención al aristócrata cuyo coche haga aparición en la escena!: seguramente será maltratado por la muchedumbre.

Que el espíritu trabaje únicamente en esta vía, que los hombres inteligentes encontrarán oportunidades para provocar manifestaciones, compuestas primero de hombres riendo, pero después dispuestos a actuar en un momento de efervescencia.

Todo está en marcha ya: por una parte, la situación revolucionaria, el descontento general, y por otra parte, los carteles, los panfletos, las canciones, las ejecuciones en efigie; todo eso enardecía a la población y pronto las manifestaciones se volvían más y más amenazadoras. Hoy, es el arzobispo de París el que es asaltado en una esquina; mañana, es un duque o un conde que ha estado a punto de ser arrojado al agua; otro día, la muchedumbre se ha divertido abucheando a su paso a los miembros del gobierno, etc.; los actos de rebelión varían hasta el infinito, hasta el día en que bastará una chispa para que la manifestación se transforme en revuelta, y la revuelta en Revolución.

“Es la escoria del pueblo, son los desalmados, los holgazanes los que se sublevan”, dicen hoy nuestros pedantes historiadores. Pues bien, sí, en efecto, no es entre la gente acomodada donde los revolucionarios buscan a sus aliados. Pero mientras que así se limitan a criticar en los salones, es en las tabernas de mala fama donde podemos buscar a los camaradas, armados con garrotes, para abuchear a Monseñor el arzobispo de París, lo cual desagradará a los prohombres, demasiado delicados para comprometerse en semejantes empresas.

Si la acción se hubiera limitado a atacar a los hombres e instituciones del gobierno, ¿la gran Revolución hubiera sido lo que fue en realidad, es decir, un levantamiento general de las masas populares, campesinos y obreros, contra las clases privilegiadas?¿Hubiera durado la Revolución cuatro años?¿hubiera removido a Francia hasta las entrañas?¿hubiera encontrado ese aliento invencible que le dio la fuerza para resistir a los “reyes conjurados”?

¡Ciertamente que no! Que los historiadores cuenten como quieran las glorias de los “señores de Tiers”, de la Constituyente o de la Convención, nosotros sabemos la verdad. Nosotros sabemos que la Revolución no hubiera logrado más que una microscópica limitación constitucional del poder real, sin tocar el régimen feudal, si la Francia campesina no se hubiera sublevado y hubiera mantenido durante cuatro años la anarquía y la acción revolucionaria espontánea de los grupos e individuos, emancipados de toda tutela gubernamental. Sabemos que el campesino habría continuado siendo la bestia de carga del señor, si la jacquerie[4] no hubiera causado estragos desde 1788 hasta 1793, hasta la época en que la Convención fue forzada a consagrar por la ley, lo que los campesinos querían cumplir en hechos: la abolición sin vuelta atrás de todos los privilegios feudales y la restitución a las Comunas de los bienes que les habían sido robados por los ricos bajo el antiguo régimen. En lo que se refiere a las Asambleas, si los descamisados y los sans–culottes no hubieran puesto en la balanza parlamentaria el peso de sus garrotes y de sus picas, el resultado hubiera sido una engañifa.

Pero no es gracias a la agitación dirigida contra los ministros, ni a los carteles puestos en París contra la reina, que el levantamiento en los pequeños pueblos pudo ser preparado. Este levantamiento fue ciertamente el resultado de la situación general del país, pero tuvo lugar también por la agitación realizada en el seno del pueblo y dirigida contra sus enemigos inmediatos: el señor, el sagrado propietario, el acaparador de trigo, el gran burgués.

Este género de agitación es bastante menos conocido que el precedente. La historia de Francia ya esta escrita, la de los pueblos todavía no ha sido comenzada seriamente: y sin embargo, esta es la agitación que realizó la Jacquerie, sin la cual la Revolución hubiera sido imposible.

El panfleto, el libelo apenas llegó a los pueblos: el campesino en esta época no leía demasiado. La propaganda se hacía mediante la imagen impresa, a menudo pintarrajeada a mano, simple y comprensible. Algunas palabras trazadas por allí, y toda una novela se forjaba con estas estampas populares concernientes al rey, la reina, el conde de Artopis, Madame de Lamballe, el pacto del hambre, los señores “vampiros chupando la sangre del pueblo”; esto recorría los pueblos y preparaba los espíritus. En los pueblos era un cartel hecho a mano, colgado de un árbol, lo que excitaba a la rebelión, prometiendo la llegada de tiempos mejores y narrando las revueltas que habían estallado en otras provincias, en la otra punta de Francia.

Con el nombre de los “Jacques” se constituyeron grupos secretos en los pueblos, fuera para prender fuego al granero del señor, para destruir sus cosechas o su caza o fuera para ejecutarlo; y, cuantas veces no se encontró en el castillo un cadáver atravesado por un cuchillo, portando esta inscripción: ¡De parte de los Jacques! Un pesado coche de lujo bajaba una cuesta escarpada, llevando al señor a sus dominios. Pero dos viandantes, ayudados de un postillón, le agarrotaban y le echaban rodando al fondo del barranco; en su bolsillo se encontraba un papel que decía: ¡De parte de los Jacques! O bien, un día en un cruce de caminos, se veía una horca con esta inscripción: ¡Si el señor osa recaudar los impuestos, será colgado en esta horca. Cualquiera que ose pagarlos sufrirá la misma suerte! y el campesino no pagó más, a no ser que fuera forzado por los gendarmes, dichoso en el fondo de haber encontrado un pretexto para no hacerlo más. Sentía que había una fuerza oculta que le apoyaba, se habituaba a la idea de no pagar, de rebelarse contra el señor, y pronto, en efecto, no pagaba más y conseguía que el señor amenazado, renunciara a todos los impuestos.

Continuamente se veían en los pueblos carteles anunciando que en adelante no se pagarán más impuestos, que hay que quemar los palacios y los “libros terriers”,[5] que el Consejo del Pueblo acaba de lanzar un decreto en este sentido, etc., etc. “¡Por el pan! ¡No más impuestos ni tasas!” he aquí la consigna que se hacía correr por los campos. Consignas comprensibles para todos, yendo directamente al corazón de la madre cuyos hijos no habían comido en tres días, directo al cerebro del campesino acosado por la gendarmería, para librarle de pagar los impuestos. “¡Abajo el acaparador!” y sus almacenes eran forzados, sus caravanas de trigo prendidas y la revuelta se desencadenaba en la provincia. “¡Abajo las concesiones!” y las barreras eran quemadas, los empleados molidos a palos, y las ciudades, faltando el dinero, se rebelaban contra el poder central que lo requería. “¡Al fuego los registros de impuestos, los libros de cuentas, los archivos municipales!” y el papeleo ardía en julio de 1789, el poder se desorganizaba, los señores huían, y la Revolución extendía más su radio de acción.

Todo lo que se jugaba en el gran escenario de París no era más que un reflejo de lo que pasaba en las provincias, de la Revolución que, durante cuatro años, resonó en cada ciudad, en cada aldea, y en la cual el pueblo se interesó menos de las intrigas de la corte que de sus enemigos más próximos: los explotadores, las sanguijuelas del lugar.

Resumamos. La Revolución de 1788-1793, que nos ofrece la desorganización del Estado POR la Revolución popular (evidentemente económica, como toda Revolución verdaderamente popular), nos sirve así de preciosa enseñanza.

Bastante antes de 1789, Francia presentaba ya una situación revolucionaria. Pero el espíritu de rebelión no había todavía madurado lo suficiente para que la Revolución estallase. Es pues hacia el desarrollo de este espíritu de insubordinación, de audacia, de odio contra el orden social donde se dirigieron los esfuerzos de los revolucionarios. Mientras los revolucionarios de la burguesía dirigían sus ataques contra el gobierno, los revolucionarios populares, aquellos de los que la historia no ha conservado sus nombres, los hombres del pueblo, preparaban su levantamiento, su Revolución, mediante actos de rebelión dirigidos contra los señores, los agentes del fisco y los explotadores de toda índole.

En 1788, mientras la proximidad de la Revolución se anunciaba por las serias revueltas de las masas populares, la realeza y la burguesía buscaron controlarla con algunas concesiones; ¿pero se podía apaciguar la marea popular por los Estados Generales, con el simulacro de concesiones jesuíticas del 4 de agosto, o con los actos miserables de la Legislativa? Se apaciguaba así una revuelta política, pero con tan poco no había razón para apaciguar una rebelión popular. Y la marea seguía creciendo y atacando a la propiedad, al mismo tiempo se desorganizaba al Estado. Todo gobierno se volvía absolutamente imposible, y la rebelión popular, dirigida contra los señores y los ricos en general, acabó, como se sabe, al cabo de cuatro años, barriendo la realeza y el absolutismo.

Este camino, es el camino de todas las grandes Revoluciones. Este será el desarrollo y el camino de la próxima Revolución, si debe ser, como nosotros creemos, no un simple cambio de gobierno, sino una verdadera Revolución popular, un cataclismo que transformará de arriba abajo el régimen de propiedad.

[1] Kropotkin usa partido como conjunto de individuos con un fin común.

[2] En un sentido general, se trata de una especie de carta cerrada (por oposición a la carta patente, es decir, abierta), cerrada por el sello del secreto. A partir del siglo XVIII, la lettre de cachet pasa a ser una orden que privaba de libertad, que requería encarcelamiento, expulsión o destierro de alguien. La carta tiene origen en la justicia retenida por el rey: cortocircuita el sistema judicial ordinario. En efecto, las personas que reciben estas cartas no son juzgadas, sino que van directamente a una prisión estatal (Bastilla, fortaleza de Vincennes) o manicomio.

[3] El lecho de justicia era en Francia durante el Antiguo Régimen una sesión extraordinaria del Parlamento de París, presidida por el rey para el registro obligatorio de los edictos reales. Fue llamado así porque en vez de sentarse en el trono, el rey se tumbaba en una improvisada “cama” adornada con cuatro cojines.

[4] Una jacquerie es un término empleado en la historia de Francia para referirse a las revueltas de campesinos que tuvieron lugar en Francia durante la Edad Media, el Antiguo Régimen y durante la Revolución francesa.

[5] Libros terriers: libros en los que los nobles inscribían ante notario las servidumbres, obligaciones, deudas e impuestos a los que estaba sometidos los campesinos de sus señoríos. Como estos libros legitimaban el régimen feudal, al destruirlos los campesinos materializaban un deseo expresado en los Cuadernos de quejas: la supresión de los privilegios de la nobleza.