Un gran número de gente, sobre todo de izquierda, tienden a considerar el poder «soviético» como un poder de Estado diferente a los otros, presentando estas diferencias como mejores:

«El poder soviético —dicen ellos— es un poder obrero y campesino y, como tal, posee un gran futuro por delante...»

No hay afirmación más absurda. El poder «soviético» no es un poder mejor ni peor que otros. Actualmente, es también inseguro y absurdo como todo poder de Estado en general. Bajo ciertos informes, es hasta más absurdo que los otros. Habiendo conseguido una dominación política total del país, se hizo el dueño indiscutible de sus recursos económico y, sin contentarse con esta situación groseramente explotadora, sintió nacer en él el sentimiento engañoso de una «perfección» espiritual, un sentimiento que procura desarrollar delante del pueblo trabajador y revolucionario del país. Esto hizo su espíritu proletario menos revolucionario, pero más atrevido. Así, quiere imponerse al pueblo engañado como su dueño espiritual; en esto, es fiel a la insolencia ilimitada e irresponsable de todo poder de Estado. No es un secreto para nadie que esta supuesta «perfección» del régimen no es otra que la de su inspirador, el partido bolchevique-comunista. Todo esto es sólo mentira descarada, repugnante hipocresía e impudencia criminal hacia las clases trabajadoras, en nombre de las cuales y gracias a las cuales se cumplió la gran Revolución Rusa, ahora castigada por el poder en provecho de los privilegiados de su partido y de la minoría proletaria que, bajo la influencia de este partido, creyó estaba representada en las etiquetas, apetitosas para los ignorantes, del Estado proletario y de dictadura del «proletariado». Minoría que se deja sin embargo arrastrar por la rienda, por este partido, sin tener participación alguna ni poseer el derecho a ser informada con precisión sobre lo que se preparó y se cumplió traidoramente ayer y lo que todavía se prepara hoy contra sus hermanos proletarios que no quieren ser un instrumento ciego y mudo y los que no creen en las mentiras del partido de máscara proletaria.

No es de extrañar, sin embargo, si este comportamiento del poder bolchevique con respecto a los trabajadores puede mostrarse diferente en el dominio de su educación «espiritual». Pongo como muestra la persistencia de la conciencia revolucionaria en los trabajadores de la URSS, causa de gran preocupación para el régimen, y que el Partido Bolchevique quiere sustituir por una conciencia política fabricada según su programa.

Es esta la circunstancia que explica que el poder bolchevique se encuentre cada vez más dificultades y que quiera estúpidamente completar su despotismo económico y político por una empresa espiritual sobre el pueblo trabajador. No hace falta decir que esta situación actual del régimen condiciona estrechamente su futuro; futuro completamente incierto, por falta de un presente favorable. En efecto, la situación actual es visiblemente desfavorable para millones de trabajadores de los que se puede esperar, de un momento a otro, insurrecciones y revoluciones sangrientas contra el orden bolchevique-comunista. Es muy evidente que este espíritu insurrecional revolucionario de los trabajadores de URSS debe ser sostenido por todos los revolucionarios dondequiera que sea. No obstante, no hará falta que contrarrevolucionarios y enemigos de los trabajadores saquen provecho de esta situación. Los trabajadores y revolucionarios deben pues tener por objetivo destruir el orden actual insensata e irresponsable, instaurada a favor de los privilegios de los miembros del Partido y de sus mercenarios.

La locura de este régimen debe ser eliminada y reemplazada por los principios vitales de los trabajadores explotados, teniendo como base la solidaridad, la libertad y la igualdad de opinión para ellos todos y cada uno, en definitiva, para todos los que se preocupan de una auténtica emancipación. Es un problema que concierne a todos los revolucionarios rusos: todos aquellos que se encuentran exiliados o en URSS deben, a mi parecer preocuparse de eso en primer lugar, así como todos los proletarios y los intelectuales dispuestos revolucionariamente; añadiré a estos todos los opositores y refugiados políticos del régimen bolchevique, a condición de que esto sea por motivos verdaderamente revolucionarios.

He aquí cómo veo el presente y el futuro del «poder soviético», así como la actitud que deben adoptar los revolucionarios rusos de toda tendencia respecto a él. Revolucionarios que no pueden, a mi parecer, plantearse el problema de otro modo. Deben darse cuenta que, para combatir el poder bolchevique, sí hay que tener en gran consideración los valores que utilizó y proclamó para apoderarse del poder; valores que continúa por otra parte defendiendo mentirosamente.

En caso contrario la lucha de los revolucionarios se mostraría, si no contrarrevolucionaria, del menos sí inútil para la causa de los trabajadores engañados, oprimidos y explotados por los bolcheviques-comunistas, los trabajadores a los que los revolucionarios deben ayudar cueste lo que cueste a liberarse de este viejo círculo vicioso de mentira y de opresión.

(Nota de Alexandre Skirda: Este órgano fue redactado por varios tránsfugas soviéticos anti-estalinistas y anti-trotskistas, que se desmarcaron del régimen bolchevique teniendo como base una vuelta al poder de los soviets libres de 1917 y las reivindicaciones de los insurrectos de Kronstadt de 1921. El principal animador de la revista era Gregorio Bessedovsky, ucraniano y exdiplomático soviético habiendo dejado con estruendo la embajada de URSS en París y habiéndose dedicado a denunciar violentamente las infamias del régimen stalinista. Ver su obra: ¡Sí, acuso!, París, 1930. Nota del traductor.)