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      II

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Benjamin R. Tucker ha publicado la primera traducción al inglés de “Der Einzige und sein Eigentum”, escrito en 1845 por el ingenioso pensador alemán Kaspar Schmidt bajo el seudónimo de Max Stirner. El libro ha sido traducido por Steven T. Byington, con la asistencia de Emma Heller Schumm y George Schumm. El Sr. Tucker, sin embargo, nos informa en su Prefacio al libro que “la responsabilidad por errores e imperfecciones especiales” descansa sobre sus hombros. Él es por lo tanto responsable también por la Introducción del fallecido Dr. J. L. Walker, cuya concepción estrecha de mente sobre Stirner es sugerente de una idolatría individualista.

Stirner dijo: “Ich hab’ mein’ Sach’ auf Nichts gestellt”. (“He puesto mi causa en la nada”.)[1] Pareciera que los anarquistas individualistas han puesto su causa en Stirner. Ya han enviado dinero a Bayreuth y Berlín, con el propósito de clavar las acostumbradas placas memoriales en los lugares de nacimiento y muerte de Stirner. Como los devotos peregrinos que se ponen en marcha hacia Bayreuth, perdidos en admiración por el genio musical de Richard Wagner, así también los adoradores de Stirner pronto comenzarán a infestar Bayreuth y provocar incidentalmente un alza en los precios hoteleros. Los publicadores de Baedeker harán bien en tomar nota de esta profecía, que la atención de la multitud itinerante será convocada a los altares de Stirner.

Un culto burgués inofensivo. Involuntariamente me recuerdo de otro teórico anarquista individualista, P. J. Proudhon, quien escribió tras la Revolución de París de Febrero: “Quiérase o no, hemos ahora de resignarnos a ser Filisteos”.

Posiblemente el Dr. J. L. Walker tuvo en mente tal resignación cuando se refirió con desdén en su Introducción al libro de Stirner al “supuesto movimiento revolucionario” de 1848. Lamentamos que el ilustrado doctor esté muerto; quizás pudimos haberle demostrado con éxito que esta revolución —en tanto fue agresivamente activa— probó ser del mayor beneficio para al menos un país, barriendo, como lo hizo, con la mayor parte de los restos de feudalismo en Prusia.

No fueron los revolucionarios quienes comprometieron la revolución y causaron la reacción; la responsabilidad por esto último la tienen en vez los campeones de la resistencia pasiva, á la Tucker y Mackay.

Walker no tuvo escrúpulos en insinuar que Nietzsche había leído a Stirner y posiblemente robado sus ideas para engalanarse con ellas; y que, sin embargo, omitió mencionar a Stirner. ¿Por qué? Para que el mundo no descubriera su plagio. El discípulo Walker prueba estar no poco obsesionado con los atributos divinos de su maestro, cuando exclama con sospechas: “Nietzsche cita veintenas o cientos de autores. Había leído todo, ¿y no a Stirner?”

Buenas razones psicológicas denotan a esta imputación como indigna de credibilidad.

Nietzsche se refleja en sus obras como el más fanático de la veracidad respecto a sí mismo. La sinceridad y la franqueza son su pasión —no en el sentido de querer “justificarse” ante otros: él hubiese despreciado eso, como también Stirner— es su ternura y pureza interior lo que le propulsa imperiosamente a ser veraz consigo mismo. Con mayor justicia que ninguno de sus contemporáneos literarios pudo Nietzsche decir de sí mismo: “Ich wohne in meinem eignen Haus”,[2] y ¿qué razón tenía él para plagiar? ¿Estaba él necesitado de ideas robadas — él, cuya mismísima abundancia de ideas probaron ser fatales para él mismo?

Añadir a este hecho que mientras más adelante y más alto fue Nietzsche en su heroica ruta, más solo se sintió. No solo como el misántropo, sino como quien, rebosante de riqueza, en vano daría maravillosos regalos, pero no hallaría oídos que escucharan, ni manos capaces de recibir.

Cuán terriblemente sufrió en su aislamiento mental se evidencia en numerosos pasajes de sus obras. Buscó en el pasado y el presente por acuerdos armoniosos, por ideas y sentimientos que congeniaran con su naturaleza. ¡Con cuánto ardor reverencia a Richard Wagner y cuán profundo es su pesar por encontrar sus caminos tan separados! En sus últimas obras Nietzsche se volvió el más inflexible oponente de la filosofía Schopenhauer; no obstante eso no le frenó a rendir sincero tributo al pensador Schopenhauer, cuando exclama:

“<em>Seht ihn euch an — 


Niemandem war er untertan</em>”.[3]

Si Nietzsche hubiese conocido el libro de Stirner, le habría rendido con dicha —podemos asumir con justicia— el tributo al reconocimiento apreciativo, como lo hizo en el caso de Stendhal y Dostoyevsky, en quienes vio espíritus afines. De este último Nietzsche dice que aprendió más psicología que de todos los textos existentes. Eso por cierto no parece ser un encubrimiento estudiado de sus fuentes literarias.

En mi estimación no hay gran afinidad intelectual entre Stirner y Nietzsche. Cierto, ambos luchan por la liberación de la individualidad. Ambos proclaman el derecho del individuo al desarrollo ilimitado, como también contra toda “santidad”, toda pretensión sacrosanta de abnegación, toda moral cristiana y puritana; y sin embargo ¡cuán distinto es el individualismo de Nietzsche al de Stirner!

El individualismo de Stirner está cercado. Al interior acecha el demasiado abstracto Yo, que es como el individuo visto tras rayos-X. “¡No perturben mi círculo!” clama este Yo a las personas fuera de la cerca. Es de algún modo un Yo forzado. Karl Marx parodia al Einzigkeit de Stirner señalando que vio por primera vez la luz en la estrecha callejuela de Berlín, la Kupfergraben. Eso fue malicioso. En verdad, sin embargo, no se puede negar que el Individualismo de Stirner no está libre de cierta inflexibilidad y rigidez. El Individualismo de Nietzsche, por otro lado, es una consigna en regocijo, un jubiloso grito de guerra; es más, abraza dichosamente a la humanidad y al mundo entero, les absorbe, y, así enriquecido, penetra a su vez la vida con fuerza elemental.

Pero ¿por qué contrastar a estas dos grandes personalidades? Repitamos en vez con M. Messer —quien escribió un ensayo sobre Stirner— el dicho de Goethe respecto a sí mismo y a Schiller: “Seid froh, dass ihr solche zwei Kerle habt”.[4]

Que los campeones del Individualismo puro-y-simple puedan ser tan quisquillosos y mezquinos para con otras individualidades como el moralista promedio se comprueba con la observación extremadamente carente de tacto en el Prefacio de Tucker sobre la novia de Stirner, Marie Daehnhardt. Stirner dedicó su libro a ella; por ello debe ahora ser censurado por Mackay-Tucker en el siguiente modo:

Las investigaciones de Mackay han traído a la luz que Marie Daehnhardt no tenía nada en común con Stirner, y por ende era indigna del honor conferido a ella. Ella no era un Eigene. Por lo tanto reproduzco la dedicación meramente en el interés de la precisión histórica”.

No hay duda que Tucker está firmemente convencido de que Individualismo y Einzigkeit son sinónimos con el Tuckerismo. Afortunadamente, eso es un error.

Max Stirner y Marie Daehnhardt seguramente sabían mejor lo que tenían en común en el momento de la dedicación de lo que Tucker-Mackay saben ahora.

Pero no debemos tomar el asunto con tanta seriedad. Stirner pertenece a aquellos quienes ni siquiera sus admiradores ni sus testamentarios pueden matar. El señor Traubel y el Conservator no han logrado aún disgustarme con Walt Whitman; ni pueden tampoco los Anarquistas Individualistas lograr robarme a Stirner.

Una gran falta en la traducción es el no describir la atmósfera intelectual contemporánea de Alemania en el tiempo de Stirner. El lector norteamericano queda en total ignorancia en cuanto a las condiciones y personalidades contra las que las ideas de Stirner estaban dirigidas. Esto es, además, deshonesto —sin pretensión, no hay duda— para con los comunistas. La controversia de Stirner era específicamente con Wilhelm Weitling — quien, a propósito, es probablemente muy desconocido para la mayoría de los lectores norteamericanos; hubiese sido por lo tanto no más que honestidad común señalar que el comunismo de Weitling no tiene sino una mera semejanza externa con el comunismo expuesto, entre otros, por Kropotkin y Reclus. El comunismo moderno ha dejado de ser una mera invención, para pasar a serle forzado a la sociedad; es en vez un Weltanschauung fundado sobre la biología, la psicología y la economía.

La edición inglesa de “El Único y su Propiedad” da la impresión de que el traductor no escatimó en esfuerzos para ofrecer una obra adecuada y completa; desafortunadamente, no lo ha logrado tanto. Es un caso de demasiada filología y muy poca percepción intuitiva. Stirner mismo es en parte responsable por esto, puesto que a pesar de su rebelión contra todo fantasma, es un maestro consumado en el juego con abstracciones.

II

El “Der Einzige und sein Eigentum” de Stirner fue un acto revolucionario. Es la rebelión del individuo contra aquellos “principios sagrados” en el nombre de los que él siempre fue oprimido y sometido. Stirner expone, por así decirlo, la metafísica de las fuerzas tiránicas. Lutero clavó sus noventa y cinco acusaciones contra el Papismo en la puerta del Schlosskirche en Wittenberg; la declaración de independencia del individuo de Stirner lanza el desafío a TODO lo “sagrado” —en la moral, la familia y el Estado. Le arranca la máscara a nuestras “inviolables instituciones” y descubre tras ellas nada sino fantasmas. DIOS, ESPÍRITU, IDEAS, VERDAD, HUMANIDAD, PATRIOTISMO, todos esto son para Stirner meras máscaras, tras las cuales —como si desde la montaña sagrada— emanan mandamientos, los imperativos categóricos Kantianos, todos indicados a suprimir la individualidad, a entrenarla y taladrarla y por ende a robarle toda iniciativa, independencia y Eigenheit. Todas estas cosas claman ser buenas en sí mismas, a ser cultivadas para su propio bien y todas exigen respeto y sumisión, todas demandan admiración, veneración y la humillación del individuo.

Contra todo esto se dirige la rebelión del Yo y su Eigenheit y Einzigkeit. Detiene el respeto y la obediencia. Sacude desde los pies el polvo de las “verdades eternas” y proclama la emancipación del individuo de la dominación de los ideales y las ideas; desde entonces el Único libre y auto-determinado debe dominarles a ellos. Ya no está más pasmado por lo “bueno”; ni condena lo “malo”. Es sin religión, sin moral, sin Estado. La concepción de Justicia, Derecho, Bien General ya no le atan; cuando mucho, él les usa para sus propios fines.

Para Stirner, el Único es el centro del mundo; donde sea que mire, halla que el mundo le es propio — en la medida de su poder. Si este Único pudiese apropiarse del mundo entero, establecería entonces su derecho a ello. Sería el monopolista universal. Stirner no dice que quiera que su libertad esté limitada por la igual libertad de los otros; por el contrario, él cree que su libertad y Eigenheit están delimitados solo por su poder de logro. Si Napoleón usa a la humanidad como balón de fútbol, ¿por qué no se rebela ésta?

La libertad demandada por sus contemporáneos democráticos y liberales era para Stirner como meras limosnas arrojadas a un vagabundo.

J. L. Walker malentiende por completo el mismísimo espíritu de Stirner cuando señala en su Introducción: “En Stirner tenemos el cimiento filosófico para la libertad política”. Stirner no tiene nada más que desprecio por la libertad política. La considera un dudoso favor que los poderosos conceden a los sin poder. Él, como Eigener despreciaría aceptar la libertad política si se le diese opción. Se mofa de quienes piden derechos humanos y ruegan por libertad e independencia, en vez de tomar lo que les pertenece por virtud de su poder.

Es esta misma crítica de la libertad política lo que constituye una de las partes más ingeniosas del libro de Stirner. Esto se comprueba mejor con la siguiente cita:[5]

“‘Libertad política,’ ¿qué es lo que debemos entender por eso? ¿Quizás la independencia del individuo del Estado y sus leyes? No; por el contrario, la sujeción del individuo en el Estado y las leyes estatales. Pero ¿por qué ‘libertad’? Porque uno ya no está separado del Estado por intermediarios, sino que se sitúa en directa e inmediata relación con él; pues uno es un ciudadano, no el súbdito de otro, ni siquiera del rey como persona, sino solo en su calidad de ‘suprema cabeza del Estado.’ ...

“La libertad política significa que la polis, el Estado, es libre; la libertad de religión que la religión es libre, así como la libertad de consciencia significa que la consciencia es libre; no, por lo tanto, que Yo soy libre del Estado, de la religión, de la consciencia, o que me he deshecho de éstos. No quiere decir mi libertad, sino la libertad de un poder que me gobierna y me somete; quiere decir que uno de mis déspotas, Estado, religión, consciencia, es libre. Estado, religión, consciencia, estos déspotas, me vuelven un esclavo”.

Stirner es anti-democrático como también anti-moral. No creía que el individuo se liberase de sus cadenas morales “humanizando la divinidad”, como lo afirmaba Ludwig Feuerbach; que no harían más que sustituir al despotismo religioso por el moral. Lo divino se había vuelto senil y débil; algo más potente se requería para mantener al hombre en sometimiento.

Al encarnar la “idea de dios” en el hombre, los mandatos morales se transforman en su mismísima esencia mental, esclavizándole entonces a su propia mente en vez de a algo externo; así sería suplantada la anterior esclavitud meramente externa por una interna mediante su temor ético a ser inmoral. Nos podríamos rebelar contra un mero dios externo; la moral, sin embargo, haciéndose sinónimo con el humano, se torna inerradicable. La dependencia y servidumbre del hombre alcanzan en esta humanización de lo divino su máximo triunfo — liberado de la esclavitud de una fuerza externa ahora es con más intensidad esclavo de su propia “necesidad moral interior”.

Todo buen cristiano lleva a dios en su corazón; todo buen moralista y puritano, su gendarme moral.

Los librepensadores han abolido al dios personal y luego absorbieron el microbio ético, inoculándose con escrófula moral. Proclamaron con orgullo su habilidad de ser morales sin ayuda divina, nunca sospechando que es esta misma moral la que forja las cadenas del sometimiento humano. Los gobernantes ignorarían con vítores la creencia en dios si estuviesen convencidos de que los mandatos morales serían suficientes para perpetuar al hombre en su esclavitud.

Mientras el “infierno de una consciencia enferma” esté en ti —en tus huesos y sangre— tu esclavitud está garantizada.

En conexión con esto Stirner dice:

“¿Adonde se puede mirar sin descubrir alguna víctima de la renuncia de sí? Frente a mi casa vive una joven que desde hace cerca de diez años ofrece a su alma sacrificios sangrientos. Era tiempo atrás una adorable criatura, pero hoy la palidez mortal cubre su frente, y su juventud se desangra y muere lentamente bajo sus mejillas pálidas. ¡Pobre niña, cuántas veces las pasiones habrán palpitado en su corazón y el impulso de la juventud habrá reclamado su derecho! Cuando ponía su cabeza en la almohada, ¡cómo se estremecía la naturaleza despertándose en todos sus miembros, cómo fluía la sangre en sus arterias! Ella sola sabe y sólo ella podría contar las ardientes fantasías que encendían en sus ojos la llama del deseo. Entonces, apareció el espectro del alma y de su santidad. ¡Espantada juntaba las manos, elevaba al cielo su torturada mirada, rezaba! El tumulto de la naturaleza se apaciguaba y la calma inmensa del mar ahogaba el océano de sus deseos. Poco a poco, la vida se extinguía en sus ojos, cerraba sus párpados pálidos, se hacía silencio en su corazón, sus manos juntas volvían a caer inertes sobre unos pechos sin resistencias; un último suspiro se escapaba de sus labios, y el alma quedaba apaciguada. Pero se dormía para despertar al día siguiente con nuevas luchas y nuevas oraciones. Hoy, la costumbre de la renuncia congeló el ardor de sus deseos y las rosas de su primavera palidecen frente al viento envenenador de la Bienaventuranza. El alma está salvada, el cuerpo puede morir. ¡Cuánta razón tuvieron Lais y Ninon en despreciar esa pálida virtud! ¡Una mujer libre y alegre, por mil solteronas encanecidas por la virtud!”

Así las cadenas caen una a una desde el Yo soberano. Se eleva éste cada vez más alto sobre todo “mandato sagrado” que haya tejido su camisa de fuerza.

Ese es el gran acto liberador de Stirner.

Considerado abstractamente, el Único es ahora einzig; ¿pero qué hay de su Eigentum?[6] Hemos llegado ahora al punto en la filosofía de Stirner donde las meras abstracciones no son suficientes.

La resolución de la sociedad en individuos einzig conduce, considerado económicamente, a la negación. La vida de Stirner es la mejor prueba de la impotencia del individuo forzado a llevar una batalla solitaria en oposición a las condiciones existentes.

Stirner, demuele todos los fantasmas; mas, forzado por necesidad material a contraer deudas que no puede pagar, el poder de los “fantasmas” prueba ser mayor que el de su Eigenheit: sus prestamistas le envían a prisión. Stirner mismo declara la libre competencia como una mera apuesta, la que solo puede acentuar la artificial superioridad de chupamedias y zánganos por sobre los menos aptos. Pero también se opone al Comunismo que, en su opinión, haría de todos nosotros unos bribones, al privar de su propiedad al individuo.

Esta objeción, no obstante, no aplica para un número muy grande de individuos, que no poseen propiedad de todos modos; se vuelven bribones por que son forzados continuamente a batallar por la propiedad y la existencia, sacrificando así su Eigenheit y Einzigkeit.

¿Por qué las vidas de la mayoría de nuestros poetas, pensadores, artistas e inventores fueron un martirio? Porque sus individualidades eran tan eigen y einzig que no podían competir exitosamente en la lucha por la propiedad y la existencia. En esa lucha tuvieron que mercantilizar su individualidad para asegurarse un medio de sustento. ¿Cuál es la causa de nuestra corrupción del carácter y nuestra hipócrita supresión de convicciones? Se debe a que el individuo no se posee a sí mismo, y no se le permite ser su verdadero sí mismo. Se ha vuelto una mera mercancía del mercado, un instrumento para la acumulación de capital — para otros.

Qué hace un individuo, un Stirneriano, un Eigener en una oficina de un diario, por ejemplo, donde la habilidad y poder intelectual son prostituidos para el enriquecimiento del editor y los accionistas. La individualidad se recuesta sobre la cama de Procusto del negocio; en el intento de asegurar su sustento —muy a menudo del modo menos agradable— sacrifica su Eigenheit, sufriendo así la pérdida de la mismísima cosa que valora tan en alto y que mejor disfruta.

Si a nuestra individualidad le fuese puesto el precio de respirar, ¡qué lío habría por la violencia ejercida hacia la personalidad! Y sin embargo nuestro solo derecho a alimento, bebida y refugio está con mucha frecuencia condicionado por nuestra pérdida de individualidad. Estas cosas les son ofrecidas (y cuán escasamente) a los millones sin propiedad a cambio de su individualidad — se vuelven meros instrumentos de la industria.

Stirner ignora sublimemente el hecho de que la propiedad es el enemigo de la individualidad, — que el grado de éxito en la lucha competitiva es proporcional a la medida en que desconocemos y nos tornamos traidores de nuestra individualidad. Quizás pudiésemos exceptuar solo a quienes son ricos por herencia; tales personas pueden, hasta cierto punto, vivir a su propia manera. Pero eso no expresa en modo alguno el poder, el Eigenheit de la individualidad del heredero. El privilegio de heredar podría, por cierto, pertenecer a los más zopencos llenos de prejuicio y a los fantasmas, así como también al Eigener. Esto conduce a un Individualismo pequeño burgués y arribista que vuelve más estrecho en vez de más amplio el horizonte del Eigener.

Los comunistas modernos son más individualistas que Stirner. Para ellos, no solo la religión, la moral, la familia y el Estado son fantasmas, sino la propiedad también no es más que un fantasma, en cuyo nombre el individuo es esclavizado — ¡y cuán esclavizado! La individualidad es hoy por hoy contenida con ataduras mucho más fuertes por la propiedad que por el poder combinado del Estado, la religión y la moral.

Los comunistas modernos no dicen que el individuo deba hacer esto o lo otro en nombre de la Sociedad. Dicen: “La libertad y Eigenheit del individuo demandan que las condiciones económicas —producción y distribución de los medios de existencia— deban ser organizadas así y asá por su bien”. La condición principal es que el individuo no debe ser forzado a humillarse o rebajarse por la propiedad y la subsistencia. El comunismo crea entonces una base para la libertad y Eigenheit del individuo. Yo soy Comunista porque soy Individualista.

Tanto plena como efusivamente los Comunistas concurren con Stirner cuando pone la palabra tomar en lugar de demandar — eso conduce a la disolución de la propiedad, a la expropiación.

Individualismo y Comunismo van de la mano.

[1] Erróneamente traducido por Byington: “Todas las cosas para mí son nada”.

[2] Literalmente, “Yo vivo en mi propia casa”.

[3] “Observadlo — él es por nadie dominado”.

[4] “Regocíjate de tener dos compañeros tan mayúsculos”.

[5] Citamos la versión de Byington.

[6] Queriendo decir, en esta conexión, la propiedad.