Nota introductoria: Anarquismo y lenguaje

      La anarquía

      Fiesta universal

      El deber anárquico

      El Estado

      La autoridad

      El comienzo

      El sable

      Cambio de táctica

      Cosechando el fruto

      En Barcelona

      Ferocidad teutónica

      El primero de mayo

      Necedades

      En la libre Inglaterra

      Socialismo y anarquia

      Las huelgas

      Primero de mayo, 1907

      Rebelión del soldado

      Utilidad de los rebeldes

      Antipolíticos

      La revolución

      Jose Nakens

      Primero de mayo, 1908

      La acción individual

      En España

      El crimen de Chicago

      La policía

      Luisa Michel

      Las dos patrias

      El primero de mayo, 1908

      Fermin Salvochea

      El individuo

      La comuna de París

      Primero de mayo, 1909

      La fuerza

      El autor

Nota introductoria: Anarquismo y lenguaje

Cuando aparece ante nosotros la palabra anarquismo presentimos estar pisando un terreno rizado por todo tipo de obstáculos. Pues la política es el ámbito del discernir humano más expuesto a las ambigüedades del lenguaje. Las palabras y los conceptos toman rumbos insospechados y en ninguna otra área del conocimiento científico se presentan tantas dificultades para hacer coincidir predicado y pensamiento. Vocablos e ideas divergen hacia interpretaciones ajenas al sentido e intención original y, en mayor proporción que en el pensamiento religioso, cobran el valor de anatemas, de oscuras fugas de la mente que debemos eludir para salvaguardia de nuestras conciencias y vidas. Así, el juicio objetivo es impedido por un alud de prejuicios y omisiones, lo que facilita el desborde de las actitudes esquizoides del sujeto que piensa en el deber ser y así mismo es un sujeto al que se le impide pensar.

Palabras como democracia, propiedad privada, igualdad, libertad, oposición, etc., fungen de comodines para toda clase de discursos y propuestas y, al margen de cualquier pudor, reciclan sus sentidos en posiciones contrarias. ley, orden, obediencia, etc., son típicos vocablos destinados a ser congelados en el tiempo, sin posibilidad de evolucionar al compás de la lengua. Otras pasan al ostracismo mental y se las desfigura con toda serie de atributos negativos: rebelión, desobediencia, subversión, etc.

Comunismo, anarquía, revolución, etc., debido a la complejidad conceptual que implican, ocupan el nivel más elevado de distorsión como espacios de discernimiento. Construcciones surgidas a partir del pensamiento de los espíritus más elevados, son hoy, por prodigio de la retórica, ámbitos satanizados que conllevan a condenas de exclusión, censura y extermino de todos aquellos que se atreven a explorarlos.

Todo ello exige que la mente abierta que decide adentrarse en la exploración de estos tópicos y, eventualmente abrazarlos, deba aguzar más que ninguno sus sentidos para poder ser coherente entre lo que predica y lo que hace. Vale esta afirmación, de manera categórica, si se trata de las ideas anarquistas.“... la Anarquía tiende a la concordia universal, a la armonía de los intereses individuales por medio de generosas y mutuas concesiones...” (p.19). Pues si el pensamiento y las ideas devienen y conducen a consideraciones éticas, el Anarquismo se nos presenta como la coyuntura extrema de la ética individual. Podría decirse que el Anarquismo representa la idea sublime de la ética individual en el contexto de las ideas políticas. Exige del individuo una responsabilidad frente a lo otro, mucho más rigurosa y elevada que cualquiera de las construcciones religiosas conocidas, y es congruente con el espíritu ético de todos los grandes reformadores teológicos e ideólogos que han intentado definir la naturaleza absoluta de los juicios de valor.

Estas inferencias se desprenden con facilidad a medida que avanzamos en el discurso de Manuel González Prada que, con la eficiencia de un maestro de escuela, nos conduce con palabras sencillas por los meandros de las ideas políticas y nos descubre los motivos que originan las ideas anarquistas y el campo de exigencias que esta luz impone a quienes la persigan. “Porque no basta adoptar a la ligera una convicción, llevándola a flor de piel, como un objeto de exhibición y lujo: se necesita acariciarla, ponerla en el corazón y unirla con lo más íntimo del ser hasta convertirla en carne de nuestra carne, en vida de nuestra vida” (p.18).

Discursos como el de Manuel González Prada no son simples recursos para eruditos sino obras oportunas y necesarias hoy, cuando las condiciones políticas nos revelan una crisis paradigmática sin precedentes y nuestra ética individual nos impone una participación ineludible, pues permiten penetrarnos del sentido correcto de las ideas que orientan nuestros pasos. Sólo así podremos ser dignos de gozar del atributo de pensar con libertad.

Wilson Rojas

La anarquía

Si a una persona seria le interrogamos qué entiende por Anarquía, nos dirá, como absolviendo la pregunta de un catecismo: “Anarquía es la dislocación social, el estado de guerra permanente, el regreso del hombre a la barbarie primitiva”. Llamará también al anarquista un enemigo jurado de vida y propiedad ajenas, un energúmeno acometido de fobia universal y destructiva, una especie de felino extraviado en el corazón de las ciudades. Para muchas gentes, el anarquista resume sus ideales en hacer el mal por el gusto de hacerle.

No solamente las personas serias y poco instruidas tienen ese modo infantil de ver las cosas: hombres ilustrados, que en otras materias discurren con lucidez y mesura, desbarran lastimosamente al hablar de anarquismo y anarquistas. Siguen a los santos padres cuando trataban de herejías y herejes. Lombroso y Le Bon recuerdan a Tertuliano y san Jerónimo. El autor de El hombre criminal ¿no llegó hasta insinuar que los anarquistas fueran entregados a las muchedumbres, quiere decir, sometidos a la ley de Lynch? Hay, pues, sus Torquemadas laicos, tan feroces y terribles como los sacerdotes.

Quienes juzgan la Anarquía por el revólver de Bresci, el puñal de Caserio y las bombas de Ravachol no se distinguen de los librepensadores vulgares que valorizan el Cristianismo por las hogueras de la Inquisición y los mosquetazos de la Saint-Barthélemy. Para medir el alcance de los denuestos prodigados a enemigos por enemigos, recordemos a paganos y cristianos de los primeros siglos acusándose recíprocamente de asesinos, incendiarios, concupiscentes, incestuosos, corruptores de la infancia, unisexuales, enemigos del Imperio, baldón de la especie humana, etc. Cartago historiada por Roma, Atenas por Esparta, sugieren una idea de la Anarquía juzgada por sus adversarios. La sugieren también nuestros contemporáneos en sus controversias políticas y religiosas. Si para el radical-socialista, un monárquico representa al reo justiciable, para el monárquico, un radical-socialista merece el patíbulo. Para el anglicano, nadie tan depravado como el romanista, para el romanista, nadie tan digno de abominación como el anglicano. Afirmar en discusiones políticas o religiosas que un hombre es un imbécil o un malvado, equivale a decir que ese hombre no piensa como nosotros pensamos.

Anarquía y anarquista encierran lo contrario de lo que pretenden sus detractores. El ideal anárquico se pudiera resumir en dos líneas: la libertad ilimitada y el mayor bienestar posible del individuo, con la abolición del Estado y la propiedad individual. Si ha de censurarse algo al anarquista, censúresele su optimismo y la confianza en la bondad ingénita del hombre. El anarquista, ensanchando la idea cristiana, mira en cada hombre un hermano; pero no un hermano inferior y desvalido a quien otorga caridad, sino un hermano igual a quien debe justicia, protección y defensa. Rechaza la caridad como una falsificación hipócrita de la justicia, como una ironía sangrienta, como el don ínfimo y vejatorio del usurpador al usurpado. No admite soberanía de ninguna especie ni bajo ninguna forma, sin excluir la más absurda de todas: la del pueblo. Niega leyes, religiones y nacionalidades, para reconocer una sola potestad: el individuo. Tan esclavo es el sometido a la voluntad de un rey o de un pontífice, como el enfeudado a la turbamulta de los plebiscitos o a la mayoría de los parlamentos. Autoridad implica abuso, obediencia denuncia abyección, que el hombre verdaderamente emancipado no ambiciona el dominio sobre sus iguales ni acepta más autoridad que la de uno mismo sobre uno mismo.

Sin embargo, esa doctrina de amor y piedad, esa exquisita sublimación de las ideas humanitarias, aparece diseñada en muchos autores como una escuela del mal, como una glorificación del odio y del crimen, hasta como el producto morboso de cerebros desequilibrados. No falta quien halle sinónimos a matoide y anarquista. Pero, ¿sólo contiene insania, crimen y odio la doctrina profesada por un Reclus, un Kropotkin, un Faure y un Grave? La anarquía no surgió del proletariado como una explosión de ira y un simple anhelo de reivindicaciones en beneficio de una sola clase: tranquilamente elaborada por hombres nacidos fuera de la masa popular, viene de arriba, sin conceder a sus iniciadores el derecho de constituir una élite con la misión de iluminar y regir a los demás hombres. Naturalezas de selección, árboles de copa muy elevada, produjeron esa fruta de salvación.

No se llame a la Anarquía un empirismo ni una concepción simplista y anticientífica de las sociedades. Ella no rechaza el positivismo comtiano; le acepta, despojándole del Dios-Humanidad y del sacerdocio educativo, es decir, de todo rezago semiteológico y neocatólico. Augusto Comte mejora a Descartes, ensancha a Condillac, fija el rumbo a Claude Bernard y sirve de correctivo anticipado a los Bergson nacidos y por nacer. Si el darwinismo mal interpretado parecía justificar la dominación de los fuertes y el imperialismo despótico, bien comprendido llega a conclusiones humanitarias, reconociendo el poderoso influjo del auxilio mutuo, el derecho de los débiles a la existencia y la realidad del individuo en contraposición al vago concepto metafísico de especie. La Ciencia contiene afirmaciones anárquicas y la Humanidad tiende a orientarse en dirección de la Anarquía.

Hay épocas en que algunas ideas flotan en el ambiente, hacen parte de la atmósfera y penetran en los organismos más refractarios para recibirlas. Hasta Spencer, hasta el gran apóstol de la evolución antirrevolucionaria y conservadora, tiene ráfagas de anarquismo. Los representantes mismos del saber oficial y universitario suelen emitir ideas tan audaces, que parecen tomadas de un Bakunin o de un Proudhon. Un profesor de la Universidad de Burdeos, Duguit, no vacila en repetir: “Pienso que está en camino de elaborarse una sociedad nueva, de la cual han de rechazarse tanto la noción de un derecho perteneciente a la colectividad para mandar en el individuo como la noción de un derecho del individuo para imponer su personalidad a la colectividad y a los demás individuos. Y si, atendiendo a las necesidades de la exposición, personificamos la colectividad en el Estado, niego lo mismo el derecho subjetivo del Estado que el derecho subjetivo del individuo”. (Las transformaciones del Estado, traducción de A. Posada)

No quiere decir que nos hallemos en vísperas de establecer una sociedad anárquica. Entre la partida y la llegada median ruinas de imperios, lagos de sangre y montañas de víctimas. Nace un nuevo Cristianismo sin Cristo; pero con sus perseguidores y sus mártires. Y si en veinte siglos no ha podido cristianizarse el mundo, ¿cuántos siglos tardará en anarquizarse?

La Anarquía es el punto luminoso y lejano hacia donde nos dirigimos por una intrincada serie de curvas descendentes y ascendentes. Aunque el punto luminoso fuese alejándose a medida que avanzáramos y aunque el establecimiento de una sociedad anárquica se redujera al sueño de un filántropo, nos quedaría la gran satisfacción de haber soñado. ¡Ojalá los hombres tuvieran siempre sueños tan hermosos!

(1907)

Fiesta universal

El 1° de mayo tiende a ser para la Humanidad lo que el 25 de diciembre para el mundo cristiano: una fecha de alegría, de esperanza, de regeneración.

Los cristianos celebran el nacimiento de un hombre que, sin tenerse por Dios, dice lo suficiente para que le juzguen divino: titulándose hijo de un padre que probablemente no existe, viene a redimirnos de una culpa que seguramente no hemos cometido. Según la historia o la leyenda, ese hombre se hace crucificar por nosotros; pero el sacrificio no sirve de mucho, dado que hoy la mayoría de la Humanidad se condena por no conocer el Syllabus ni el catón cristiano. Un redentor que nos hubiera redimido del hambre, dándonos una simple fórmula para transformar los guijarros en pan y el agua en leche, habría hecho más que Jesucristo con todos los sermones y milagrerías del Evangelio.

Los revolucionarios saludan hoy el mañana, el futuro advenimiento de una era en que se realice la liberación de todos los oprimidos y la fraternidad de todas las razas. El creyente y el ateo, el mahometano y el judío, el budista y el bramano, lo mismo que el negro, el amarillo y el blanco, todos, en una palabra, tienen derecho de venir a regocijarse, todos son llamados a cobijarse bajo los pliegues de la bandera roja. Los cristianos guardan un cielo para unos y reservan un infierno para otros; los revolucionarios buscan un paraíso terrestre donde hallen cabida todos, hasta sus implacables enemigos.

El 1° de mayo carecería de importancia y se confundiría con las fechas religiosas y patrióticas, si no significara revolución de todos para emancipar a todos. La revolución de una clase para surgir ella sola y sobreponerse a las otras, no sería más que una parodia de las antiguas convulsiones políticas.

Se ha dicho y diariamente sigue repitiéndose: La emancipación de los obreros tiene que venir de los obreros mismos. Nosotros agregaremos para ensanchar las miras de la revolución social, para humanizarla y universalizarla: la emancipación de la clase obrera debe ser simultánea con la emancipación de las demás clases. No sólo el trabajador sufre la iniquidad de las leyes, las vejaciones del poder y la tiranía del capital; todos somos, más o menos, escarnecidos y explotados, todos nos vemos cogidos por el inmenso pulpo del Estado. Excluyendo a la nube de parásitos que nadan en la opulencia y gozan hoy sin sentir la angustia del mañana, la muchedumbre lucha desesperadamente para cubrir la desnudez y matar el hambre.

A todos nos cumple dar nuestro contingente de luz y de fuerza para que el obrero sacuda el yugo del capitalista; pero al obrero le cumple, también, ayudar a los demás oprimidos para que destrocen las cadenas de otros amos y señores.

Los instintos de los hombres no se transforman súbitamente, merced a convulsiones violentas: con la guillotina se suprimen las cabezas de algunos malos; con las leyes y discursos o con tempestuosos cambios de autoridades, no se improvisan buenos corazones. Hay que sanearse y educarse a sí mismo, para quedar libre de dos plagas igualmente abominables: la costumbre de obedecer y el deseo de mandar. Con almas de esclavos o de mandones, no se va sino a la esclavitud o a la tiranía.

Por eso creemos que una revolución puramente obrera, en beneficio único de los obreros, produciría los mismos resultados que las sediciones de los pretorianos y los movimientos de los políticos. Triunfante la clase obrera y en posesión de los medios opresores, al punto se convertiría en un mandarinato de burgueses tan opresores y egoístas como los señores feudales y los patrones modernos. Se consumaría una regresión al régimen de castas, con una sola diferencia: la inversión en el orden de los oprimidos.

Braceros y no braceros, todos clamamos por una redención, que no pudo venir con el individualismo enseñado por los economistas ni vendrá con el socialismo multiforme, predicado de modo diferente por cada uno de sus innumerables apóstoles. (Pues conviene recordar que así como no hay religión sino muchas religiones, no existe socialismo sino muchos socialismos.)

Pero, ¿nada se vislumbra fuera de individualistas y socialistas? Lejos del socialismo depresor que, sea cual fuere su forma, es una manera de esclavitud o un remedo de la vida monacal; lejos también del individualismo egoísta que profesa el Dejar hacer, dejar pasar, y el Cada uno para sí, cada uno en su casa, divisamos una cumbre lejana donde leemos esta única palabra: Anarquía.

El deber anárquico

Cuando se dice Anarquía, se dice revolución.

Pero hay dos revoluciones: una en el terreno de las ideas, otra en el campo de los hechos. Ninguna prima sobre la otra, que la palabra suele llegar donde no alcanza el rifle, y un libro consigue arrasar fortalezas no derrumbadas por el cañón. Tan revolucionarios resultan, pues, Voltaire, Diderot y Rousseau, como Mirabeau, Dantón y Robespierre. Lutero no cede a Garibaldi, Comte a Bolívar, ni Darwin a Cromwell.

Consciente o inconscientemente, los iniciadores de toda revolución política, social, religiosa, literaria o científica laboran por el advenimiento de la Anarquía: al remover los errores o estorbos del camino, facilitan la marcha del individuo hacia la completa emancipación, haciendo el papel de anarquistas, sin pensarlo ni tal vez quererlo. Ampére, Stephenson y Edison no han realizado obra menos libertaria, con sus descubrimientos, que Bakunin Reclus y Grave con sus libros. Los Jesuitas, merced a su casuistica sublimal, han contribuido a disolver la moral burguesa; y gracias a sus teorías sobre el tiranicidio, justifican la propaganda por el hecho. Mariana no tiene razón de repudiar a Bresci ni a Vaillant.

Al absurdo y clásico dualismo de hombre teórico y hombre práctico se debe el pernicioso antagonismo entre el anarquista de labor cerebral y el de trabajo manual, cuando no hay sino dos viajeros dirigiéndose al mismo lugar por caminos convergentes. La pluma es tan herramienta como el azadón, el escoplo o el badilejo; y si el obrero gasta la fuerza del músculo, el escritor consume la energía del cerebro.

Inútil repetir que la revolución en el terreno de las ideas precede a la revolución en el campo de los hechos. No se recoge sin haber sembrado ni se conquistan adeptos sin haberles convencido. Antes que el mártir, el apóstol; antes que el convencional, el enciclopedista; antes que la barricada, el mitin o el club. Al intentar reformas radicales sin haberlas predicado antes, se corre el peligro de no tener colaboradores y carecer de fuerza para dominar las reacciones inevitables y poderosas. Todo avance impremeditado obliga a retroceder. “Una sola cosa vale —decía Ibsen—: revolucionar las almas”.

Cierto, nada mejor que una rápida revolución mundial para en un solo día y sin efusión de sangre ni tremendas devastaciones, establecer el reinado de la Anarquía. Más ¿cabe en lo posible? La redención instantánea de la Humanidad no se lograría sino por dos fenómenos igualmente irrealizables: que un espíritu de generosidad surgiera, repentinamente, en el corazón de los opresores, obligándoles a deshacerse de todos sus privilegios, o que una explosión de energía consciente se verificara en el ánimo de los oprimidos, lanzándoles a reconquistar lo arrebatado por los opresores.

Lo primero no se concibe en el corazón de seres amamantados con el egoísmo de clase y habituados a ver en los demás unas simples máquinas de producción. Pueden citarse ejemplos aislados, individuos que dieron libertad a sus esclavos, repartieron sus riquezas y hasta dejaron el trono para soterrarse en el claustro; mas no sabemos de sociedades que por un súbito arranque de justicia y conmiseración, se desposeyeran de sus privilegios y otorgaran a los desheredados el medio de vivir cómoda y holgadamente. Después de las revoluciones populares, soplan ráfagas justicieras en el seno de las colectividades (cerniéndose de preferencia sobre los parlamentos), mas cesa de pronto la ráfaga y esas mismas colectividades recuperan uno tras uno los bienes que otorgaron en bloque. Por lo general, tienden a quitar más de lo que dieron. Así, la nobleza y el clero francés que el 4 de agosto habían renunciado magnánimamente a sus privilegios, no tardaron mucho en arrepentirse y declararse enemigos de la Revolución.

Lo segundo no se concibe tampoco. Hay muchos, muchísimos anarquistas diseminados en el mundo: trabajan solitarios o en agrupaciones diminutas; no siempre marchan de acuerdo y hasta se combaten, mas aunque todos se reunieran, se unificaran y quisieran ensayar la revolución rápida y mundial, carecerían de elementos para consumarla. ¿Podemos imaginarnos a Londres, París, Roma, Viena, Berlín, San Petersburgo y Nueva York, repentinamente, cambiados en poblaciones anarquistas? Para esa obra, la más estupenda de la historia, falta la muchedumbre.

Siendo una mezcla de la Humanidad en la infancia con la Humanidad en la decrepitud, la muchedumbre siente como el niño y divaga como el viejo. Sigue prestando cuerpo a los fantasmas de su imaginación y alucinándose con la promesa de felicidades póstumas. Inspira temor y desconfianza por su versatilidad y fácil adaptación al medio ambiente: con la blusa del obrero, se manifiesta indisciplinada y rebelde; con el uniforme del recluta, se vuelve sumisa y pretoriana. El soldado, fusilador del huelguista, ¿de dónde sale? Los grandes ejércitos, ¿están, acaso, formados por capitalistas y nobles? Millones de socialistas alemanes batallan hoy en las legiones del Káiser. Sin embargo, esa muchedumbre corre a luchar y morir por una idea o por un hombre, ya en el campo, ya en la barricada. En las multitudes nunca falta un héroe que se tire al agua por salvar un náufrago, atraviese el fuego por librar un niño y hasta exponga su vida por defender un animal.

Las grandes obras se deben a fuerzas colectivas excitadas por fuerzas individuales: manos inconscientes allegan materiales de construcción; sólo cerebros conscientes logran idear monumentos hermosos y durables. De ahí la conveniencia de instruir a las muchedumbres para transformar al más humilde obrero en colaborador consciente. No quiere decir que la revolución vendrá solamente cuando las multitudes hayan adquirido el saber enciclopédico de un Humboldt o de un Spencer. Las conclusiones generales de la Ciencia, las verdades acreedoras al título de magnas, ofrecen tanta sencillez y claridad que no se necesita llamarse Aristóteles ni Bacon para comprenderlas.

No todos los cristianos fueron un San Pablo ni todos los puritanos un Cromwell; ni todos los conscriptos franceses un Hoche, ni todos los insurgentes sudamericanos un Bolívar. Pero esos primitivos, esos puritanos, esos conscriptos y esos insurgentes, amaban la idea y creyeron en su bondad, aunque tal vez la comprendían a medias. El amor les dio la sed de sacrificio y les tornó invencibles. Porque no basta adoptar a la ligera una convicción, llevándola a flor de piel, como un objeto de exhibición y lujo: se necesita acariciarla, ponerla en el corazón y unirla con lo más íntimo del ser hasta convertirla en carne de nuestra carne, en vida de nuestra vida.

Si en las clases dirigentes o superiores subsiste el espíritu conservador o reaccionario, en los obreros de las ciudades populosas cunde el germen de rebelión, el ansia de ir adelante. Las muchedumbres recuerdan al polluelo del pájaro migratorio en vísperas del primer viaje: no conoce la ruta; pero se agita con el irresistible deseo de partir.

Para destruir en algunas horas el trabajo de la Humanidad en muchos siglos, bastan el fuego, la inundación y los explosivos; mas para levantar edificios milenarios y fundar sociedades anárquicas, se requiere una labor suprema y larguísima. Conviene recordarlo: la Anarquía tiende a la concordia universal, a la armonía de los intereses individuales por medio de generosas y mutuas concesiones; no persigue la lucha de clases para conseguir el predominio de una sola, porque entonces no implicaría la revolución de todos los individuos contra todo lo malo de la sociedad. El proletario mismo, si lograra monopolizar el triunfo y disponer de la fuerza, se convertiría en burgués, como el burgués adinerado sueña en elevarse a noble. Subsistiría el mismo orden social con el mero cambio de personas: nuevo rebaño con nuevos pastores.

Y la Humanidad no quiere pastores o guías, sino faros, antorchas o postes señaladores del camino; y esos postes, esas antorchas y esos faros deben salir de las multitudes mismas, rejuvenecidas y curadas de sus errores seculares.

Si en un solo día y en un solo asalto no se consigue arrasar el fuerte de la sociedad burguesa, se le puede rendir poco a poco, merced a muchos ataques sucesivos. No se trata de una acción campal decisiva, sino de un largo asedio con sus victorias y sus derrotas, sus avances y sus retrocesos. Se requiere, pues, una serie de revoluciones parciales. Como en ningún pueblo ha llegado el hombre al pleno goce de los medios para realizar la vida más intensa y más extensa, siempre sobran motivos suficientes para una revolución. Donde el individuo no sufre la tiranía de un gobierno, soporta la de la ley. Dictada y sancionada por las clases dominadoras, la ley se reduce a la iniquidad justificada por los amos. El rigor excesivo de las penas asignadas a los delitos contra la propiedad revela quiénes animaron el espíritu de los códigos. Duguit afirma: “Se ha podido decir, no sin razón, que el Código de Napoleón es el código de la propiedad y que es preciso sustituirlo por el código del trabajo” (Las transformaciones generales del Derecho privado desde el Código de Napoleón, Traducción de Carlos G. Posada).

Donde los derechos políticos y civiles del individuo se hallan plenamente asegurados por la ley y la costumbre, subsisten las cuestiones sociales, o, mejor dicho, surgen con más intensidad como inevitable consecuencia de la evolución política. Si en Estados Unidos y en Europa hormiguean los socialistas, no creamos que abunden mucho en el Dahomey. Cuando los hombres poseen el derecho de elegir y ser elegidos, cuando gozan de la igualdad civil y de la igualdad política, entonces pretenden borrar las desigualdades económicas.

En naciones mediocremente adelantadas la revolución ofrece el triple carácter de religiosa, política y social, como pasa en algunos Estados sudamericanos, donde se continúa respirando una atmósfera medieval, donde a pesar de constituciones libérrimas se vive en una barbarie política y donde las guerras civiles se reducen a una reproducción de los pronunciamientos españoles.

“No comprendo, decía un autor francés, cómo un republicano no sea un socialista, lo que da lo mismo, un hombre mucho más preocupado de la cuestión humanitaria que de las cuestiones meramente políticas” (Henri Fouquier). Menos se concibe a un anarquista desligado de la cuestión social: la Anarquía persigue el mejoramiento de la clase proletaria en el orden físico, intelectual y moral; concede suma importancia a la organización armónica de la propiedad; más no mira en la evolución de la Historia una serie de luchas económicas. No, el hombre no se resume en el vientre, no ha vivido guerreando eternamente para comer y sólo para comer. La misma Historia lo prueba.

Los profesores de la universidad o voceros de la ciencia oficial no se atreven a decir con Proudhon: “La propiedad es un robo”; mas algunos llegarían a sostener con Duguit: “La propiedad no es un derecho subjetivo, es una función social” (Le Droit Social, etc.). Cómo ejercerán esa función las sociedades futuras —si por las confederaciones comunales; si por los sindicatos profesionales; etc.— no lo sabemos aún: basta saber y constatar que hasta enemigos declarados de la Anarquía niegan hoy al individuo su tradicional y sagrado derecho de propiedad.

Y con razón. La conquista y urbanización de la Tierra, el acopio enorme de capitales (entendiéndose por capital así los bienes materiales como las ciencias, las artes y las industrias) no son obra de un pueblo, de una raza ni de una época, sino el trabajo de la Humanidad en el transcurso de los siglos. Si habitamos hermosas ciudades higiénicas; si rápida y cómodamente viajamos en ferrocarriles y vapores; si aprovechamos de museos y bibliotecas; si disponemos de algunas armas para vencer el dolor y las enfermedades; si, en una palabra, conseguimos saborear la dulzura de vivir, todo lo debemos a la incesante y fecunda labor de nuestros antepasados. La Humanidad de ayer produjo y capitalizó; a la Humanidad de hoy toca recibir la herencia: lo de todos pertenece a todos. ¿Qué derecho tiene, pues, el individuo a monopolizar cosa alguna? Donde un individuo apañe los frutos de un árbol, otro individuo puede hacer lo mismo, porque es tan hijo de la Tierra como él; tan heredero de la Humanidad como él. Nos reiríamos del hombre que dijera mi vapor, mi electricidad, mi Partenón, mi Louvre o mi Museo Británico; pero oímos seriamente al que nos habla de su bosque, de su hacienda, de su fábrica y de sus casas.

Para el vulgo ilustrado (el más temible de los vulgos) los anarquistas piensan resolver el problema social con un solo medio expeditivo: el reparto violento de los bienes y hasta del numerario, a suma igual por cabeza. Los dólares de Morgan, Carnegie, Rockefeller y demás multimillonarios yanquis quedarían divididos entre los granujas, los mendigos y los proletarios de Estados Unidos; la misma suerte correrían en Francia los francos de Rothschild y en todo el mundo el dinero de todos los ricos. Inútil argüir que la Anarquía persigue la organización metódica de la sociedad y que esa repartición violenta implicaría una barbarie científica. Además, entrañaría la negación de los principios anárquicos; destinando al provecho momentáneo del individuo lo perteneciente a la colectividad, se sancionaría el régimen individualista y con el hecho se negaría que la propiedad no fuera sino una función social.

La Anarquía no se declara religiosa ni irreligiosa. Quiere extirpar de los cerebros la religiosidad atávica, ese poderoso factor regresivo.

Obras colosales de ingenio y lógica, pero basadas en axiomas absurdos, las religiones malean al hombre desde la infancia inspirándole un concepto erróneo de la Naturaleza y de la vida: representan las herejías de la Razón. Pueden considerarse como la ciencia rudimentaria de los pueblos ignorantes, como una interpretación fantástica del Universo. Tener hoy por sabio al teólogo, da lo mismo que llamar médico al brujo y astrónomo al astrólogo. El hombre, al arrodillarse en un templo, no hace más que adorar su propia ignorancia.

Para la solución de las cuestiones sociales, el Cristianismo —y de modo especial el Catolicismo— hace las veces de un bloque de granito en una tierra de labor: conviene suprimirle. Al querer resolver en otra vida los problemas terrestres, al ofrecer reparaciones o compensaciones de ultratumba, el Cristianismo siembra la resignación en el ánimo de los oprimidos, con engañadora música celestial adormece el espíritu de rebeldía y contribuye a perpetuar en el mundo el reinado de la injusticia. Al santificar el dolor, las privaciones y la desgracia, se pone en contradicción abierta con el instinto universal de vivir una vida feliz. El derecho a la felicidad no se halla reconocido en biblias ni códigos; pero está grabado en el corazón de los hombres. Religión que niega semejante derecho persigue un fin depresivo, disolvente y antisocial, pues no existen verdaderos vínculos sociales en pueblos donde hay dos clases de hombres —los nacidos para gozar en la Tierra y los nacidos para gozar en el cielo—, donde los graves conflictos se resuelven con la esperanza de una remuneración póstuma, donde el individuo, en lugar de sublevarse contra la iniquidad, apela resignadamente al fallo de un juez divino y problemático.

Nada importaría si los miembros de cada religión se limitaran la creer en sus dogmas, practicar su liturgia y divulgar su doctrina; pero algunos sectarios (señaladamente los católicos) dejan el terreno ideal, refunden la religión en la política y luchan por convertirse enexclusivo elemento avasallador.El sacerdote romanista encarna el principio de autoridad y se alía siempre al rico y al soldado con la intención de gobernarles o suplantarles. No satisfecho con el dominio, sueña el imperio. De ahí que en ciertos países el anarquista deba ser irreligioso batallador y anticlerical agresivo. Léase defensivo, porque la agresión parte las más veces del clero. Mientras el filósofo y el revolucionario dormitan, el sacerdote vela. Figurándose ejecutar una obra divina y creyéndose monopolizador de la verdad, suprimiría la industria, el arte y la ciencia, con tal de imponer al mundo la tiranía de las supersticiones dogmáticas. No acepta más luz que la luz negra del fanatismo.

La política es una religión sólidamente organizada, teniendo su gran fetiche providencial en el Estado, sus dogmas en las constituciones, su liturgia en los reglamentos, su sacerdocio en los funcionarios, sus fieles en la turba ciudadana. Cuenta con sus fanáticos ciegos y ardorosos que alguna vez se transforman en mártires o inquisidores. Hay hombres que matan o se hacen matar por el verbalismo hueco de soberanía popular, sufragio libre, república democrática, sistema parlamentario, etc.

Si algunas gentes lo reducen todo a religión, ciertos individuos lo resumen todo en la política: política las relaciones sociales, política el matrimonio, política la educación de los hijos, política el modo de hablar, de escribir y hasta, de comer, beber y respirar. De ella no salen, en ella viven y mueren como el aerobio en el aire o el infusorio en el líquido. Constituyen una especie en la especie humana: no son hombres como los demás, son políticos.

El verdadero anarquista blasona de lo contrario. Sabe que bajo la acción de la política los caracteres más elevados se empequeñecen y las inteligencias más selectas se vulgarizan acabando por conceder suma importancia a las nimias cuestiones de forma y posponer los intereses humanos a las conveniencias de partido. ¡Cuántos hombres se anularon y hasta se envilecieron al respirar la atmósfera de un parlamento, ese sancta sanctorum de los políticos! Díganlo radicales, radicales-socialistas, socialistas-marxistas, sociales-internacionalistas, socialistas-revolucionarios, etc. No sabemos si algún Hamon ha publicado la Psicología del parlamentario profesional; más, ¿quién no conoce algo la idiosincrasia del senador y del diputado? Encarnan al político refinado, sublimado, quintaesenciado. Nadie tiene derecho a llamarse hombre de Estado, si no ha recibido una lección de cosas en la vida parlamentaria.

Según Spencer, “a la gran superstición política de ayer: el derecho divino de los reyes, ha sucedido la gran superstición política de hoy: el derecho divino de los parlamentos”. En vez de una sola cabeza ungida por el óleo sacerdotal, las naciones tienen algunos cientos de cabezas consagradas por el voto de la muchedumbre. Sin embargo, las asambleas legislativas, desde el Reichstag alemán hasta las Cámaras inglesas y desde el Parlamento francés hasta el Congreso de la última republiquilla hispanoamericana, van perdiendo su aureola divina y convirtiéndose en objetos de aversión y desconfianza, cuando no de vergüenza y ludibrio. Cada día se reduce más el número de los ilusos que de un parlamento aguardan la felicidad pública. Existen pueblos donde se verifica una huelga de electores. Los ciudadanos dejan al gobierno fraguar las elecciones, no importándoles el nombre de los elegidos, sabiendo que del hombre más honrado suele salir el representante menos digno.

Hay exceso de gobierno y plétora de leyes. El individuo no es dueño absoluto de su persona sino esclavo de su condición política o social, y desde la cuna misma tiene señalado el casillero donde ha de funcionar sin esperanza de salir: debe trabajar en el terruño, en la mina o el taller para que otros reporten el beneficio, debe morir en el buque de guerra, en el campo de batalla o quedar invalidado para que otros gocen confiadamente de sus riquezas.

Según Víctor Considerant, “los falansterianos no concedían suma importancia a las formas gubernamentales y consideraban las cuestiones políticas y administrativas como eternas causas de discordia”. Agustín Thierry, escandalizando a los adoradores de mitos y de fraseologías tradicionales, repetía: “Cualquier gobierno, con la mayor suma de garantías y lo menos posible de acción administrativa”. Todo sistema de organización política merece llamarse arquitectura de palabras. Cuestión de formas gubernamentales, simple cuestión de frases: en último resultado, no hay buenas o malas formas de gobierno, sino buenos o malos gobernantes. ¿Quién preferiría la presidencia constitucional de un Nerón a la autocracia de un Marco Aurelio?

Dada la inclinación general de los hombres al abuso de] poder, todo gobierno es malo y toda autoridad quiere decir tiranía, como toda ley se traduce por la sanción de los abusos inveterados. Al combatir formas de gobierno, autoridades y leyes, al erigirse en disolvente de la fuerza política, el libertario allana el camino de la revolución.

El Estado

Esclavizarse por razón de política vale tanto como someterse por causa de religión: esclavos de una casaca o de una levita da lo mismo que siervo de una sotana o de un hábito. Reconocer la omnipotencia de un Parlamento es, acaso, más absurdo que admitir la infalibilidad de un concilio: siquiera en las magnas reuniones de los clérigos ergotizan y fallan hombres que saben latín y cánones, mientras en los congresos divagan y legiferan personajes que a duras penas logran recordar cuántos dedos llevan en cada mano.

En el orden civil se puede ser tan Domingo de Guzmán y Torquemada como en el gobierno eclesiástico. Inquisidores laicos, los políticos mudan la Diosa-Iglesia por el Dios-Estado y rechazan los misterios del Catolicismo para profesar los dogmas de la Ley. El espíritu que anima a los curas no se diferencia mucho del que arrastra a los hombres públicos: tonsurados y no tonsurados, todos proceden o procederían de igual manera. Los políticos no fulminan excomuniones ni encienden hogueras, más declaran fuera de la ley, encarcelan, deportan y fusilan: hacen cuanto el medio social permite, que muy bien excomulgarían y quemarían, si les dejaran excomulgar y quemar.

Antes se negaba la moralidad sin la religión; hoy no se admiten el orden sin las leyes, el individuo sin la autoridad, la fiera sin el domador. Como el amor a Dios y el miedo al infierno se han convertido en entidades despreciables que de nada influyen en la conducta de las personas ingénitamente honradas, así el respeto a las autoridades y el temor a los códigos no engendran la rectitud de los corazones bien puestos: sin alguaciles ni cárceles, los honrados seguirán procediendo honradamente, como a pesar de cárceles y alguaciles, los malos continúan haciendo el mal.

Los que en nuestros días no conciben el movimiento social sin el motor del Estado se parecen a los infelices que en pleno siglo XIX no comprendían cómo un tren pudiera ir y venir sin la tracción animal. Recuerdan también al campesino que se lo explicaba todo en el automóvil menos el cómo pudiera andar sin caballos.

El individuo se ha degradado hasta el punto de convertirse en cuerpo sin alma, incondicionalmente sometido a la fuerza del Estado; para él suda y se agota en la mina, en el terruño y en la fábrica; por él lucha y muere en los campos de batalla. En la Edad Media fuimos un trozo de género para coser una sotana; hoy somos el mismo trozo para hacer una casaca. Y ¡todo lo sufrimos cobarde y ovejunamente! Merced a innumerables siglos de esclavitud y servidumbre, parece que hubiéramos adquirido el miedo de vernos libres y dueños de nosotros mismos: en plena libertad, vacilamos como ciegos sin lazarillo, temblamos como niño en medio de las tinieblas.

Por eso, las mismas víctimas unen su voz a la voz de los verdugos para clamar contra los valerosos reformadores que predican la total emancipación del individuo. Más no creemos que en las muchedumbres dure eternamente esa aberración mental. Las semillas arrojadas por los grandes libertarios de Rusia y Francia van germinando en América y Europa. Los burgueses más espantadizos empiezan a ver en la Anarquía algo que no se resume en las bombas de Vaillant y Ravachol.

Los que vengan mañana, juzgarán a los actuales enemigos del Estado, como nosotros juzgamos a los antiguos adversarios de la Iglesia: verán en anarquistas y rebeldes lo que nosotros vemos hoy en los impíos y herejes de otras épocas.

La autoridad

Según los antiguos, el poderoso Zeus, al arrebatarle la libertad a un hombre, le quitaba la mitad de su virtud. Muy bien: perdemos lo más grande y lo mejor de nuestro ser al sufrir el oprobio de la esclavitud; pero ¿qué ganamos desde el instante que ascendemos al rango de autoridad? Cojamos al ente más inofensivo, otorguémosle la más diminuta fracción de mando, y veremos que instantáneamente, como herido por una vara mágica, se transforma en un déspota insolente y agresivo.

Pocos, poquísimos hombres conservan en el mando las virtudes que revelan en la vida privada. La piedra de toque para valorizar a un alma no debemos buscarla en el infortunio sino en el poder: encumbremos al justo, y en la cima le descubriremos imperfecciones que no le notábamos en el llano.

Nada corrompe ni malea tanto como el ejercicio de la autoridad, por momentánea y reducida que sea. ¿Hay algo más odioso que un niño vigilando a sus condiscípulos, que un sirviente haciendo el papel de mayordomo, que un jornalero desempeñando el oficio de caporal, que un presidiario convirtiéndose en guardián de sus compañeros? Si alguacil, si nada más que sustituto de alguacil pudiéramos nombrar al inerme gusano, al punto lograríamos metamorfosearle en víbora.

Preguntaba un viejo yanqui a un inmigrante recién desembarcado en Nueva York:

—¿Es usted republicano?

—No; yo no soy republicano.

—¿Es usted demócrata?

—No; yo no soy demócrata.

—¿Entonces...?

—Soy de la oposición; siempre contra el Gobierno.

Este dialoguillo resume los sentimientos de un alma libre, rechazando el principio de autoridad y declarándole guerra donde le encuentra. ¡Ojalá todos pensaran como él!

Porque, si en opinión de los fanáticos, el principio de la sabiduría es el temor de Jehovah, en concepto de los hombres libres la cordura de un pueblo estriba en el menosprecio a la autoridad. Eso que llaman desacato y lesa majestad carece de sentido para gentes emancipadas, sólo tiene significación para el enjambre de palaciegos y cortesanos.

¡Qué náuseas sentiríamos si conociéramos el número de crímenes y bajezas que simbolizan la banda de un presidente, la mitra de un obispo, la medalla de un magistrado y las charreteras de un general! ¡Cuántas genuflexiones y curvaturas! ¡Cuántos empeños y chismes! ¡Cuántos perjurios y cohechos! ¡Cuántas prostituciones de las madres, de las hermanas, de las esposas y de las hijas! A mayor encumbramiento, mayor ignominia, pues hubo que arrastrarse más para subir más alto.

Las muchedumbres no deben alucinarse con títulos pomposos ni dejarse deslumbrar con uniformes o vestiduras churriguerescas. Se hallan en la obligación de repetirse noche y día que el mando no implica superioridad sobre la obediencia, que la blusa del jornalero no tiene por qué humillarse al frac del Presidente. Si cabe alguna diferencia entre el Jefe Supremo y el simple ciudadano, ella redunda en honor del segundo: el ciudadano paga; el Jefe Supremo recibe la remuneración: uno es el amo; el otro es el doméstico. Los pequeños y los grandes dignatarios de la nación no pasan de lacayos más o menos serviles; todo uniforme es librea, como todo sueldo es propina.

Odiemos, pues, a las autoridades por la única razón de serio: con el solo hecho de solicitar o ejercer mando, se denuncia la perversidad en los instintos. El que se figura tener alma de rey, posee corazón de esclavo; el que piensa haber sido creado para el señorío, nació para la servidumbre. El hombre verdaderamente bueno y libre no pretende mandar ni quiere obedecer: como no acepta la humillación de reconocer amos ni señores, rechaza la iniquidad de poseer esclavos y siervos.

El comienzo

Por primera vez se ha celebrado la fiesta de mayo, no sólo en Lima sino en algunas otras ciudades o pueblos de la República. Se ha batido por calles y plazas una bandera que simboliza la revolución social, se ha dicho en reuniones públicas y se ha impreso en hojas sueltas o en diarios lo que entre nosotros nunca se había escuchado ni leído. Parece que las autoridades y gente de orden hubieran estado de acuerdo para dejar decir y hacer. El año entrante ¿sucederá lo mismo?

Seguramente, muchos de los que tomaron parte en las manifestaciones verificadas el 1° de mayo no se daban cuenta precisa de todo lo que ellas significaban, pues al lado de las banderas rojas se desplegaban los estandartes de las cofradías y a poco de retumbar los discursos del más puro internacionalismo, salían a resonar la música y los versos de la canción nacional.

Pero el solo hecho de congregarse gratuitamente para asistir a ceremonias que nada tienen de político ni de religioso prueba que todo el pueblo no es la canalla venal de los tabladillos eleccionarios; que hay una gran parte sana y deseosa de orientarse hacia algo nuevo y fecundo. Lo prueba, también, el haberse aplaudido la emisión de ciertas ideas que en años anteriores habrían desencadenado una verdadera tempestad.

En nuestro país se realiza hoy una cosa innegable: la aparición y la propagación de las doctrinas libertarias. Cada día nacen nuevos periódicos donde con más o menos lógica se siguen las huellas de los Kropotkin y de los Reclus: en Lima han aparecido últimamente Simiente Roja, Redención y El Hambriento, que agregados a Los

Parias suman cuatro publicaciones de la misma índole en sólo la capital. Y no debemos admirarnos al ver que en Trujillo salen a luz La antorcha, El Zapatero y El Rebelde. En Chiclayo, Justicia va tomando un color más definido, probablemente por la influencia de Lombardozzi. El Ariete de Arequipa no anda muy lejos de Simiente Roja ni de Redención, pues Francisco Mostajo tiene más de rebelde al estilo de Juan Grave que de político a la moda peruana. La enumeración resultaría larga, si no quisiéramos omitir ninguna de las publicaciones con algún tinte socialista o libertario.

Las huestes seguirán engrosando, las cabezas se irán llenando de luz, y lo que hoy se reduce a la convicción de unos pocos, algún día será la doctrina de muchos: el inconsciente impulso de viajar hacia tierras desconocidas o adivinadas se irá transformando, poco a poco, en marcha consciente hacia regiones divisadas y conocidas.

Si hay un terreno llamado a recibir las ideas libertarias, es indudablemente la América del Sur y de un modo singular el Perú; aquí no existen las arraigadas tradiciones que en las viejas sociedades oponen tanta resistencia a la germinación de todo lo nuevo; aquí la manía de pronunciamientos que agitó a nuestros padres y abuelos se ha trocado en espíritu de rebeldía contra todo poder y toda autoridad; aquí, habiéndose perdido la fe en los hombres públicos y en las instituciones políticas, no queda ni el freno de la religión, porque todas las creencias van desapareciendo con asombrosa rapidez.

Muchos peruanos son anarquistas sin saberlo; profesan la doctrina pero se asustan con el nombre.

El sable

Un general, un tonel vacío; un ejército en marcha, la peste.

(SWIFT, Viajes de Gulliver)

En nadie se palpa tanto la influencia de la autoridad como en el soldado.

El hábito no hace al monje; pero la casaca influye mucho en la formación del tigre. Con sólo embutir a un hombre en el uniforme militar, ya se le infunde la abyección ante los superiores y el despotismo hacia los subordinados. ¡Qué insolente la arrogancia de un coronel en su roce con el humilde recluta! Pero, ¡qué repugnante la bajeza de ese mismo coronel en presencia del infatuado general! El escalafón de un ejército debe representarse por una montaña donde ascienden hombres que besan las posaderas del que va adelante y son besados en idéntico sitio por el que viene detrás.

Y sin embargo, muchos sociólogos nos preconizan el servicio militar obligatorio como el medio más rápido y más seguro de civilizar a las naciones. Así: en lugar del maestro con el silabario, el caporal con la vara de membrillo; en vez del aula donde se desbroza la inteligencia, el canchón o patio donde se atrofia el cerebro al grado de convertirle en mero propulsor de evoluciones automáticas. Para conocer la acción civilizadora de los cuarteles, basta comparar al conscripto en el momento de enrolarse con ese mismo hombre al terminar los años de servicio: el que partió honrado, compasivo y trabajador, regresa bribón, inhumano y holgazán, En las poblaciones abunda un tipo de ociosidad y truhanería, un resumen de todos los vicios y nulidades, el antiguo soldado. Una metamorfosis a la inversa, una mariposa transformándose en oruga, nos ofrecería la muestra de un paisano volviéndose militar.

Hace muchos años que el fraile sirve de blanco a poetas burlones y herejes monomaniáticos, pero ¿no merece el soldado tantas pullas y denigraciones como el fraile? Un batallón no difiere mucho de una comunidad: un prior y un coronel se distinguen en que el primero masculla oraciones y el segundo vomita blasfemias. Si el uno traduce a duras penas los latines de su breviario, el otro comprende a medias las jerigonzas de su táctica. En depresión moral, por ahí se las ven casacas y hábitos, pues igualmente degradan el cuartel y el convento, dando lo mismo obedecer al badajo de una campana que a los palitroques de un tambor, someterse a las ordenanzas del ejército que a la regla de la orden. Si frailes y militares se igualan en la obediencia pasiva, divergen mucho en las otras maneras de ser. El fraile glotonea, bebe, juega y seduce mujeres; mas el soldado no sólo comete semejantes fechorías, sino roba, incendia, viola y mata. El fraile asoma con chorreras de vino y lamparones de caldo gordo; el soldado aparece con manchas de lodo y salpicaduras de sangre. En el portador de cerquillo renace Príapo, en el arrastrador de sable resucita Caín. Priapo nos divierte, Caín nos horroriza. Los cerdos tonsurados no causarán nunca el horror que producen las fieras galonadas.

Cierto, del fraile brotan el inquisidor y el guerrillero, como lo prueban Santo Domingo de Guzmán y los mónagos carlistas; pero del soldado sale el jesuíta, como lo manifiesta San Ignacio de Loyola. Si el hábito enuncia el error, la casaca le sostiene. Sin el apoyo de la fuerza bruta o militar, no se habrían consumado las grandes persecuciones religiosas ni los autos de fe: al lado de inquisidores y verdugos, al pie de la hoguera, estuvo siempre el soldado. Hoy mismo, los sables sirven de puntales a la cruz.

Sólo una perversión moral puede hacernos llamar forajidos a seis descamisados que merodean en los alrededores de una ciudad y héroes a seis mil bandoleros uniformados que invaden el territorio del vecino para arrebatar propiedades y vidas, Lo malo en el individuo lo juzgarnos bueno en la colectividad, reduciendo el bien y el mal a simple cuestión de números. La enormidad de un crimen o de un vicio nos le transforma en acción meritoria o en virtud: al robo de millones le titulamos negocio; al degüello de naciones enteras le llamamos hazaña gloriosa. Para un asesino, el cadalso; para un guerrero, la apoteosis. Y, sin embargo, el oscuro jornalero que suprime a su semejante, ya para vengar una injuria, ya para quitarle bolsa o mujer, no merece tanta ignominia ni castigo como el ilustre soldado que mata veinte o cuarenta mil hombres para adquirir gloria o coger el bastón de mariscal.

Examinando bien las cosas y sin prejuicios tradicionales, ¿qué son Alejandro, César, Napoleón, todos los héroes oficiales que por modelo citamos a la juventud en los manuales de instrucción cívica? Degolladores de reses humanas. Más nosotros envilecemos al sacrificador de animales y glorificamos al matador de hombres.

Felizmente, el legendario prestigio de la casaca va desapareciendo. La cuestión Dreyfus ha servido para quitar algunas plumas al grajo, no muy glorioso desde la capitulación de Metz y los fusilamientos de la Comuna. En todas partes surgen espíritus libres que no hallan diferencia entre un Deibler y un Moltke ni entre un Cartouche y un Kitchener. Ya empiezan a causar risa esos famosos generales que pasan muy tiesos por haber trasladado al sombrero de picos las plumas que el salvaje lleva en el taparrabo. Sólo las mujeres, los niños y los papanatas admirarán muy pronto a los sargentones reblandecidos y gotosos.

Cuando el hombre segregue su ferocidad atávica, la guerra será recordada como una barbarie prehistórica, y los famosos guerreros (tan admirados hoy) figurarán en la siniestra galería de las almas rojas, al lado de asesinos, verdugos y matarifes. El cráneo de Napoleón se rozará con la calavera de un gorila; la espalda de Kuropatkine yacerá junto a las flechas de un indio bravo.

El cuartel no ha sido ni será una escuela de civilización: es un pedazo de selva primitiva incrustado en el seno de las ciudades modernas.

Toda la ciencia militar se redujo siempre al arte de embrutecer y salvajizar a los hombres: querer civilizar con el sable da, por consiguiente, lo mismo que desmanchar con el hollín o desinflamar con el ácido sulfúrico.

Cambio de táctica

Cuando los gobiernos temen alguna convulsión política o social, suscitan discordias internacionales o fingen creer en los propósitos bélicos de sus vecinos. Invocando el amor a la patria, arrojan una ducha helada sobre el calor tórrido de los más levantiscos. Naturalmente, el mundo oficial proclama la necesidad de armarse; y como para ello se requiere dinero, vienen en seguida las operaciones financieras. Realizado el armamento de la Nación, se vuelve contra los adversarios interiores el arma traída para servir contra el enemigo exterior: el aumento de la fuerza militar coincide casi siempre con la disminución en las libertades públicas.

Más que para defender la integridad del territorio y el honor de la bandera, los gobiernos fomentan, pues, ejércitos para contener las revoluciones y afianzarse en el poder. Sin compactas legiones de pretorianos, el Sultán yacería en el fondo del Bósforo, el Zar se bambolearía en el extremo de una soga, el Emperador de Alemania bramaría en la jaula de un manicomio, el Rey de España haría de monaguillo en una escuela de hermanos cristianos, el Emperador de Austria serviría de portero en una casa de señoras amables y complacientes.

Al ejército se le encomia, no sólo por ejercer el noble oficio de guardián de las fronteras sino por desempeñar en las ciudades la altísima función de mantener el orden público; es decir, salvaguardar la vida y los intereses de los ciudadanos. Por ciudadanos entiéndase clases privilegiadas, pues a nadie se le ocurriría figurarse que rifles y cañones sirvan para defender el pellejo y los harapos de la muchedumbre: la canalla no vale como persona defendible, sino como fuerza muscular explotable.

(¡El orden público!) Estas palabras encierran la virtud de ser usadas con tanto derecho por un autócrata de Asia como por un presidente de Suiza. El orden público, dice el Sultán, y siembra cien mil o doscientos mil cadáveres en los pueblos de Armenia y Macedonia; el orden público, dice el Zar, y lanza sus cosacos a vengar en el huelguista ruso los golpes recibidos en Manchuria; el orden público, dice el reyezuelo del África Central, y manda empalar al prisionero traidoramente cogido en una razzia; el orden público, dice el grotesco presidente de Bolivia, y se enrojece las manos en la sangre de Lanza, después de habérselas dorado con el oro chileno.

Hay orden público mientras el patrón esquilma desvergonzadamente al proletario; reina el desorden, si el proletario no quiere seguir dejándose sacrificar por los patrones. Si un caldero estalla y produce la muerte de diez o doce operarios, no se altera el orden público; pero si treinta o cuarenta operarios destrozan el motor de una fábrica, el orden público se halla seriamente amenazado.

La amenaza exige medidas de represión cuando los jornaleros suspenden sus faenas para demandar aumento de salario y disminución en las horas de trabajo. Si el grupo rebelde no es numeroso, se le aísla, se le cortan los víveres y se le somete por el hambre. Si la huelga adquiere proporciones alarmantes y posee la fuerza suficiente para arrollar al polizonte o guardia civil, entonces acude el soldado.

Es de verse el heroísmo del ejército para defender al ahíto y despachurrar al hambriento. De general a soldado raso, todos revelan el mismo encono y la misma fiereza con el huelguista. —¿Pides pan?, pues come hierro y plomo. —¿Pides justicia?, pues calla eternamente. Las ciudades se transforman en selvas, los obreros en animales de caza, los militares en sabuesos y galgos. Los que se dejaron arrollar en las fronteras o retrocedieron ante los negros de África marchan de triunfo en triunfo, pisoteando las entrañas de niños, de mujeres y de ancianos. Porque el heroico defensor del orden público descarga el rifle, sin averiguar por qué ni sobre quién, importándole un bledo que la bala hiera al amigo, al hermano, al padre o al hijo. Merced al ambiente degenerador de la caserna, el hombre se transforma en animal adiestrado para embestir a sus compañeros; peor aún: se convierte en máquina para funcionar con rigidez matemática, pulverizando con tanta indiferencia al grano que nada siente como a la carne que gime de dolor.

Y ¡esto nos ofrecen por tema de admiración y ejemplo los glorificadores de la carrera militar! No, no merecen admiración ni pueden servir de modelo los polizontes del rico, los sicarios del obrero, los profesionales del asesinato. ¿Puede haber cerebro más lóbrego ni corazón más duro que el cerebro y el corazón de un hombre encanecido bajo el uniforme? Lo más inteligente y lo más sensible de un viejo inválido es su pata de palo. Por abusivos y despóticos, por inflados y soberbios, por inhumanos y crueles, todos los portadores de sable son igualmente aborrecibles, desde el gran mariscal que llora lágrimas de cocodrilo al divisar el campo de batalla donde acaba de hacer morir a cincuenta mil desgraciados, hasta el cabo instructor que arroja una lluvia de palos sobre el humilde recluta por no haber adquirido el suficiente grado de embrutecimiento para convertirse en autómata de evoluciones militares.

La Humanidad avanza muy lentamente, porque al acelerar el paso, tropieza en las redes de un sacerdote o se hiere en la bayoneta de un soldado. El reino del sacerdocio declina: el imperio de la milicia no da señales de concluir. El hisopo nos arroja de cuando en cuando algún asperges inofensivo aunque mal intencionado; el sable nos quebranta diariamente los huesos o nos desangra las venas. La blusa tiene su peor enemigo en la casaca. La sociedad burguesa puede compararse a un vetusto edificio que amenaza ruina. Los nobles, los capitalistas y los sacerdotes son apolillados y endebles puntales que nada sostienen; las columnas de hierro macizo, los que impiden el derrumbamiento final, son los militares.

Los actuales horrores de Rusia revelan todo lo que saben realizar los defensores del orden público. De una huelga contenida con el rifle, de esa revolución sofocada por el pretoriano, de esa muchedumbre azotada, sableada y fusilada, surge una lección. Se impone un cambio de táctica. El poder destructor de las armas modernas, la velocidad en la transmisión de órdenes por medio del telégrafo, la facilidad de la concentración y movilización de enormes masas aguerridas, hacen muy difícil, si no imposible, el buen éxito de revoluciones populares, sin base en alguna fracción del ejército. Se gira en un círculo vicioso: las revoluciones no triunfan sin soldados, y las revoluciones hechas con militares corren peligro de degenerar en cesarismos o simples cambios de jefes.

Según Rousseau, “ninguna revolución merece llamarse buena si cuesta la vida de un solo hombre”. Resucitaríamos al buen ginebrino para que en Rusia consumara hoy una revolución sin sacrificar algunos miles de hombres, unas cuantas decenas, cuando menos. Mucho dudamos que el Zar, los grandes duques y todos los magnates moscovitas cedieran a los argumentos del filósofo y se despojaran de sus derechos adquiridos. A ciertos felinos no se les arranca la presa sin arrancarles los dientes.

La bondad de una revolución estribaría en sacrificar el menor número de hombres, escogiendo los más culpables y más elevados: un cachetero en la cerviz del toro hace más que diez banderillas o mil alfileres en lomos y patas. Si gracias a la perfección del armamento se dificulta la acción popular, merced al formidable poder de las substancias explosivas se centuplica el radio de la acción individual: un solo hombre consuma la obra que no puede realizar una muchedumbre.

El Zar que no pierde su serenidad ante las carnicerías de la guerra en Asia ni se conmueve con los asesinatos cometidos por la soldadesca en Rusia palidece al oír la muerte de Sergio y tiembla como un niño al pensar que su armazón de huesos y pellejo corre peligro de saltar desmenuzada en mil pedazos.

Cosechando el fruto

Los diarios de Lima publicaron el 12 de agosto el siguiente despacho telegráfico:

“Buenos Aires, agosto 11 de 1905. Señor Ministro argentino. Lima. Oficial. —Un extranjero anarquista atentó esta tarde a las 2 p.m. contra la persona del Presidente de la República. El arma, felizmente, no dio fuego, y el autor del atentado fue detenido. El Presidente está en su despacho, donde recibe las felicitaciones del público y de los miembros del Congreso. Saludo a V.E.—(Firmado). Carlos Rodríguez Larreta, Ministro de Relaciones Exteriores”.

Al concluir de leer el telegrama, se nos ocurrió preguntarnos si se trataría de cosa seria o de una simple comedia tramada por agentes de policía en connivencia con el Gobierno. El Presidente de la Argentina no parece muy simpático a la mayoría de sus conciudadanos, y nada granjea tanta simpatía como figurar de víctimas. ¿Qué no fraguan políticos en unión de policíacos para fabricar reputaciones o recomponer honras averiadas? Recordamos haber leído en La Libre Parole que, con el fin de popularizar a Casimir Périer, los cachacos franceses se disfrazaban de novias y le besaban en las calles de París.

Ese revólver que no da fuego y ese matador que no intenta quemar otra cápsula nos infundían alguna sospecha, sabiendo que los anarquistas usan armas seguras y repiten el golpe cuando falla una vez. Hombres resueltos a sacrificar su vida, la venden caro, sin amilanarse al consumar el acto supremo.

Telegramas posteriores al 12 de agosto confirmaron lo serio del conato, dieron el nombre del anarquista y anunciaron que el buen Quintana se había enfermado (tal vez a causa de la impresión). Desgraciadamente, ningún corresponsal nos reveló si la enfermedad se contaba en el número de las que sanan con bismuto.

Al admitir el homicidio frustrado, conviene explicarle, buscando antecedentes, para no ver crímenes monstruosos o actos impulsivos donde hay sólo consecuencias lógicas, inevitables. Analizar fríamente las cosas vale más que andar con indignaciones cursis y aspavientos monjiles.

Quintana ha dado pruebas de tanto rigor y ferocidad para contener las huelgas y reprimir todas las manifestaciones de la clase obrera, que un periódico norteamericano le llama “el Atila de los trabajadores”. L’Aurora de Ravena le trata de “hiena que con las uñas escarba en la sangre”, y agrega: “En pocos meses de gobierno, este republicano se ha conquistado una fama digna de Abdul-Hamid y de Nicolás el Verdugo. Él ha hecho bajar la bella región del Plata al nivel de una ciudad turca donde se degüella a los armenios”.

Las iniquidades del mandón argentino andan impresas en todos los periódicos honrados de América y Europa, desde Cronaca Sovversiva de Vermont, hasta Les Temps Nouveaux, de París; desde La Battaglia de Sao Paulo, hasta Tierra y Libertad de Madrid, y desde La Agitación de Estación-Dolores hasta ¡Tierra! de La Habana. Este último periódico ha llegado al extremo de escribir en el número correspondiente al 8 de julio:

Obreros europeos, trabajadores de todo el mundo: Boycotead los productos de la Argentina.

Proletarios: No naveguéis a la Rusia sudamericana: la Argentina.

La tenacidad en insistir sobre lo de extranjero anarquista no redunda en favor de Quintana, pues si los extranjeros le odian al punto de querer matarle, ¿cómo le aborrecerán sus compatriotas? Ni los mismos políticos burgueses pueden sufrirle, desde que a menudo nos anuncia el telégrafo, ya el fracaso de un pronunciamiento, ya el próximo estallido de una revuelta. Quintana aparece como la más odiosa encarnación de un régimen nefando, como la edición corregida y aumentada de Juárez Celman, como la digna hechura de Roca, de ese militarote que amalgama en sí la doncellez y la prostitución porque lleva espada virgen y corazón podrido.

En el manifiesto que los directores de la Unión Cívica Radical dirigieron al pueblo argentino el 4 de febrero de 1905 se denuncian todas las iniquidades y malversaciones de Quintana y sus celebérrimos antecesores. “Tan absolutas son las absorciones del poder (dice el Manifiesto) que no existen ley ni garantía seguras; y tan profunda es la depresión del carácter, que dentro del régimen no hay conciencia que resista ni deber que no abdique ante la voluntad del Presidente y del Gobernador”. Basta lo citado para convencernos que en punto a degradación la Argentina se iguala con el Perú.

Muchos tememos que ese tiro no disparado origine una recrudescencia de persecuciones a los rebeldes y de ataques a las imprentas: es nuestro único temor. Respecto al conato de ejecución, ya le tenemos explicado, y sólo agregaremos que quien manda lanzar el plomo contra huelguistas o manifestantes indefensos y pacíficos, se expone a que tarde o temprano le peguen un tiro, le claven un puñal o le arrojen una bomba.

Justicieros y vengadores no nacen por generación espontánea; vienen de semillas arrojadas por los injustos y malvados. De ahí que a muchos no haya sorprendido el suceso, que hasta le hubieran previsto y quizá deseado. Así, una correspondencia dirigida de la República Argentina a El Productor de Barcelona, refiere minuciosamente las matanzas del 21 de mayo en Buenos Aires y concluye con estas palabras: “El ejemplo de los nihilistas rusos es probable que tome una breve carta de ciudadanía entre nosotros”.

La correspondencia se publicó el 1° de julio, Quintana fue asustado el 11 de agosto.

En fin, nosotros no tenemos por qué regocijarnos si el revólver del extranjero anarquista se quedó sin detonar, como no habríamos tenido por qué lagrimear si una bala hubiera perforado la substancia gris o bituminosa del Presidente argentino.

No representamos el papel de Jeremías; pero si lloráramos, guardaríamos nuestras lágrimas para la carne que sufre y sangra, no para el cuchillo que pincha y tasajea.

En Barcelona

Parece que la explosión de la Rambla no ha sido tan inofensiva como la vieja cápsula de Buenos Aires, habiendo producido estragos mayores que la bomba lanzada en París contra el nauseabundo reyezuelo de España.

En Buenos Aires, el Presidente Quintana salió ganando con el susto, pues hizo el ahorro de una limonada purgante. Si peca de avaro, si pertenece a la familia del Caballero de la Tenaza, le enviamos el parabién. En París, hubo un caballo muerto y unos coraceros levemente heridos: nos dolemos del cuadrúpedo y no felicitamos al hombre que le montaba, aunque haya sido condecorado. Ganar condecoraciones a costa de la vida ajena, aunque sea la de un caballo, no lo creemos muy glorioso. Si porque matan a una cabalgadura se premia al jinete, nosotros proponemos que cuando para la mujer de un policía, el policía guarde cama, se perfume con alhucema y tome caldo de gallina.

Todavía no sabemos con exactitud el número de muertos y heridos, a consecuencia de la explosión; pero, resulten pocas o muchas las víctimas de Barcelona, lamentamos la desgracia de los inocentes que recibieron lo que no había sido destinado para ellos.

Aunque no se haya descubierto al autor del hecho, ya se pregona que es un anarquista. En el siglo XVIII, cuando una vieja se caía de bruces, la culpa era de Voltaire; cuando un sochantre reventaba de un cólico miserere, la culpa era de Rousseau. Hoy los anarquistas responden de todo lo malo que sucede en el mundo, y nos admiramos que no les atribuyan la guerra ruso-japonesa ni los terremotos de Calabria.

¿Por qué no sospechar de las manos de la policía o de agentes provocadores? Muy bien sabemos que algunos atentados anarquistas fueron obra de policíacos. Dígalo el complot urdido para dinamitar el monumento de Thiers en Saint-Germain-en-Laye. La policía evoluciona en todas partes, sin excluir el terreno de la calumnia. Hace algunos años que Georges d’Esparbés emprendió una campaña difamatoria contra Sébastien Faure. Reducido d’Esparbés a probar sus afirmaciones, tuvo la llaneza de confesar que los datos (por supuesto calumniosos) le habían sido suministrados en la Prefectura de Policía.

En Tierra y Libertad de Madrid (agosto 4 de 1905), leemos estas líneas edificantes: “Sabida es de todos la represión violenta y brutal de que han sido objeto en esta última época nuestros compañeros de Barcelona; para justificar ascensos, lograr honores y alcanzar recompensas, los esbirros policíacos han inventado terribles complots, han sugestionado a débiles jóvenes y han simulado espantosos cataclismos, con el único propósito de encarcelar a dignos compañeros nuestros que eran un estorbo, en libertad, a la plácida digestión de los vampiros que culebrean en Cataluña con el cinismo más asqueroso”.

¡Cuántos no habrán sido los atropellos y horrores de la policía barcelonesa, cuando hasta los republicanos (quizá los peores enemigos de los anarquistas), vinieron a protestar en el meeting organizado por la Liga de Defensa de los derechos del hombre y celebrado en Barcelona el 26 de julio! Odón de Buen (republicano pero no anarquista), dijo ahí que “a los obreros que están en la cárcel se les debe felicitar por tener ideas, condición indispensable para formar una humanidad progresiva. Censuró la ley de represión del anarquismo, tachándola de vergüenza del parlamento español. Atacó con energía al Comité de Defensa Social, organismo compuesto de insaciables explotadores del pueblo, fundado a raíz de la huelga general de Barcelona para oprimir más al trabajador y ser el constante delator de todos los que se distinguen por sus ideas radicales” (Tierra y Libertad).

No debemos olvidar que en los últimos meses el mundo político de España ha vivido agitándose en la lucha electoral. En época de elecciones y cuando surge una violenta y general oposición contra esa caduca monarquía gobernada por un cretino imberbe, ¿no se considera posible y hasta probable que los hombres del poder fragüen algo terrible para atraer la odiosidad sobre los republicanos? La turbamulta española no diferencia en mucho un republicano de un anarquista: al uno y al otro les engloba en el nombre de revolucionario, es decir, enemigos de Dios y de los hombres, monstruos capaces no sólo de fusilar a frailes y curas, sino de prender fuego a toda España y hasta de suprimir a la Virgen del Pilar.

Tanto debe, pues, atribuirse la explosión de Barcelona a los anarquistas como a los polizontes aleccionados por los hombres públicos, defensores del trono y del altar. A más, recordemos que en el Gabinete español figura Weyler, el Reconcentrador, ese bandido que sabe hacer tragedias, en oposición a su colega Echegaray, que sólo sabe escribirlas.

Ferocidad teutónica

Hará siete u ocho años, una revista alemana —la Neue Deutsche Rundschau—, deseando adquirir informes acerca del régimen más conveniente de implantar en África, se dirigió a muchos exploradores y funcionarios coloniales para pedirles su opinión respecto a la manera de tratar a los naturales: casi todos los consultados estuvieron por la dureza y la inhumanidad.

Para que nuestros lectores vean que la ferocidad teutónica no sólo se manifiesta en la práctica sino en la teoría, vamos a citar algunos fragmentos de las contestaciones dadas por individuos que habían desempeñado notables puestos en la administración pública y hasta gozaban de alguna notoriedad en el mundo científico.

“Cuando se trata de conquista es necesario poner la mira en la victoria, que no se obtiene sino infundiendo terror” (Karl Peters).

“Al negro sólo se le educa con el tiempo y los golpes. Según él, toda mansedumbre denuncia flaqueza; pide látigo” (El Comandante Morgan).

“Imponer el castigo corporal es mejor enseñanza para el negro que apelar a los sentimientos de honor. Para corregirle se requiere algo más tangible que la prisión” (Fritz Langhed).

“El negro es animal de rapiña, sanguinario y feroz, que no se domestica sin el azote del domador. Se ha cometido una falta grave al abolir la esclavitud” (El Mayor August Boschardt).

Cuando el Emperador Guillermo, al despedirse de los soldados que formaban la expedición de China, les ordenaba “no tener piedad con nadie y proceder de modo que dentro de mil o dos mil años los chinos se acordaran de los alemanes”, todas las personas sensatas se imaginaron que barbaridades de tan gordo calibre eran simples desahogos de un insano, pues no concebían que en hombre cuerdo la maldad pudiera subir a punto de aconsejar la matanza de niños y mujeres. Pero, al leer las teorías sentadas por gentes que no llevan apolillado el cerebro, nos convencemos que todos los alemanes no son unos seres románticos que se pasean a los rayos de la luna, suspiran con las baladas de Schiller y sueñan con las sinfonías de Beethoven. Por lo visto, el salchichón y la cerveza no dan sentimientos de gacela.

El alemán, y particularmente el prusiano, causa el efecto de un inglés que no ha concluido de revestir la costra civilizada: a lo mejor suda barbarie. Tomemos al Canciller de hierro, al tipo representativo de la Alemania moderna: ¿qué fue Bismarck? Un hombre de gran talento, a la vez que un bruto cuaternario. El régimen militar ha creado en los alemanes un doble espíritu de obediencia al superior y despotismo al inferior o más débil: el príncipe y el gañán brutalizan a su mujer o la cubren de improperios; el institutor, más parece cabo de escuadra que director de niños; el feld mariscal, ante el amo supremo, tiene lameduras de lebrel y arrastramientos de culebra. Hasta parece que la vida de cuartel va concluyendo de anquilosar el organismo a los descendientes de Arminius, pues en muchas ciudades del Imperio se ven desfilar a cada paso, hombres tiesos e inflexibles, marchando automáticamente, con aire de espíritus encarnados en palos de escoba. El respeto a la autoridad es culto en Alemania, y eso nos dice por qué sigue ciñéndose una corona quien merecería llevar una camisola de fuerza. En ese país la libertad del pensamiento no influye en la emancipación de la vida: así, el filósofo alemán niega a Dios o le amenaza con los puños; mas en seguida se vuelve a lamer la bota del sargentón que le acaba de administrar un puntapié.

Esbozado el alemán, ya se comprende lo que dará de sí en las poblaciones y desiertos de África, donde tiene asegurada la impunidad o sólo se expone a sufrir las penas más leves por los delitos más atroces. Parece que en el Camerón, no corriendo sino el riesgo de pagar una multa de cuatrocientos o quinientos marcos, se puede quemar poblaciones, violar, torturar y fusilar. Díganlo Leist y Wehlan. Actualmente, los súbditos del Káiser tratan a los herreros como los ingleses a los matabeles, los boers a los cafres, los belgas a los congos.

No creemos mucho en las profundas diferencias de raza, y pensamos que todos los hombres se conducen lo mismo al hallarse en circunstancias iguales; pero reconocemos que la vida social ha creado en el blanco muchas necesidades ficticias que le obligan a proceder como el salvaje y el felino. El ansia de lucro, la fiebre del oro hacen del hombre pálido una fiera implacable y sanguinaria. Los asiáticos afirman que el blanco no tiene corazón. No sabemos lo que digan los africanos al ver que, por algunos seres racionales como Livingstone y Savorgnan de Brazza, el Africa recibe manadas de tigres en figura de hombres. Probablemente, dirán que el blanco resume los tres colores, teniendo blanca la piel, amarillo el corazón, negra el alma.

El primero de mayo

La celebración de este día va tomando las proporciones de una fiesta mundial. Ya no son exclusivamente los obreros de las grandes poblaciones norteamericanas y europeas los que se regocijan hoy con la esperanza de una próxima redención y renuevan sus maldiciones a la insaciable rapacidad del capitalismo. En nuestra América del Sur, en casi todos los pueblos civilizados, soplan vientos de rebelión al irradiar el 1° de mayo.

Y se comprende: el proletariado de las sociedades modernas no es más que una prolongación del vasallaje feudal. Donde hay cambio de dinero por fuerza muscular, donde uno paga el salario y el otro le recibe en remuneración de trabajo forzoso, ahí existe un amo y un siervo, un explotador y un explotado. Toda industria legal se reduce a un robo legalmente organizado.

Según la iniciativa que parece emanada de los socialistas franceses, todas las manifestaciones que hagan hoy los obreros deben converger a crear una irresistible agitación para conseguir la jornada de ocho horas. Cierto, para la emancipación integral soñada por la anarquía, eso no vale mucho; pero en relación al estado económico de las naciones y al desarrollo mental de los obreros, significa muchísimo: es un gran salto hacia adelante en un terreno donde no se puede caminar ni a rastras. Si la revolución social ha de verificarse lentamente o palmo a palmo, la conquista de las ocho horas debe mirarse como un gran paso; si ha de realizarse violentamente y en bloque, la disminución del tiempo dedicado a las faenas materiales es una medida preparatoria: algunas de las horas que el proletariado dedica hoy al manejo de sus brazos podría consagrarlas a cultivar su inteligencia, haciéndose hombre consciente, conocedor de sus derechos y, por consiguiente, revolucionario. Si el obrero cuenta con muchos enemigos, el mayor está en su ignorancia.

Desde Nueva York hasta Roma y desde Buenos Aires hasta París, flamearán hoy las banderas rojas y tronarán los gritos de rebeldía. Probablemente, relucirán los sables y detonarán los rifles. Porque si en algunos pueblos las modestas manifestaciones de los obreros provocan la sonrisa de los necios o el chiste de los imbéciles, en otros países el interminable desfile de los desheredados hace temblar y palidecer a las clases dominadoras. Y nada más temible que una sociedad cogida y empujada por el miedo. Ahí está Rusia, donde el miedo tiene quizá más parte en el crimen que la maldad misma, siendo ésta de quilates muy subidos.

Si consideramos el 1° de mayo como una fiesta mundial, anhelemos que ese día, en vez de sólo pregonar la lucha de clases, se predique la revolución humana o para todos. En el largo martirologio de la historia, así como en los actuales dramas de la miseria, los obreros no gozan el triste privilegio de ofrecer las víctimas. La sociedad es una inmensa escala de iniquidades, todos combaten por adquirir el amplio desarrollo de su individualidad. Todos los cerebros piden luz, todos los corazones quieren amor, todos los estómagos exigen pan. Hasta los opresores y explotadores necesitan verse emancipados de sí mismos porque son miserables esclavos sujetos a las preocupaciones de casta y secta.

Para el verdadero anarquista no hay, pues, una simple cuestión obrera, sino un vastísimo problema social; no una guerra de antropófagos entre clases y clases, sino un generoso trabajo de emancipación humana.

(1906)

Necedades

¿Se han fijado los lectores en el cúmulo de necedades (y también de infamias) que nos ha comunicado y sigue comunicándonos el telégrafo con motivo de la última bomba lanzada en Madrid? No han faltado las protestas de los anarquistas y su felicitación al Rey, la cobardía del criminal, la salvación milagrosa niel conato de tragedia.

Algunos se imaginan que los anarquistas, a semejanza de los carbonarios, forman terribles sociedades secretas donde los miembros se sortean para designar al ejecutor de una obra sangrienta. Nada de eso: cuando más, los libertarios constituyen pequeños grupos. Entre ellos abundan los solitarios, los que lejos de toda influencia colectiva, proceden de su cuenta y riesgo. Son los verdaderamente dignos de causar miedo a la sociedad burguesa, porque en el hombre concentrado, en el que no se difunde al exterior, suelen abundar los pensamientos originales y las acciones enérgicas. Los energúmenos, los bullangueros, los vociferadores en reuniones públicas, resultan más de una vez soplones, emisarios de la policía o agentes provocadores. Porque si hay libertarios de verdad, también los hay de pega. Los que felicitan al régulo de España y protestan de la bomba pertenecen a la segunda clase: deben de ser lacayos, guardias civiles, oficiales que rejonean toros o legos y frailes pertenecientes a las mil y una congregaciones fomentadas por la Reina madre. En Los diamantes de la corona, los ladrones se visten de frailes, honrando el hábito; en los ridículos sainetes de la policía madrileña, los frailes toman el disfraz de anarquistas, deshonrando el nombre.

Conque ¿merece llamarse cobarde el individuo que, sobre exponerse a morir como la primera víctima del explosivo, actúa con la seguridad de caer tarde o temprano en poder de la justicia? Cítennos a los lanzadores de bombas que hayan salido ilesos o quedado impunes. Se puede hablar de fiereza o de inhumanidad; pero de cobardía, no. Si consideráramos cobardes a los Henry o a los Vaillant, ya contaríamos en el número de valientes a los poltrones que se desmayan con la detonación de un cohete chino. Cualquiera de los infelices venidos al mundo con el único fin de mantener la especie, tendría sobrada razón para detenernos en la calle y decirnos: “Cuento seis hijos y medio; voy a cumplir sesenta años, y ¡admire usted mi valor!, todavía no he lanzado ninguna bomba”.

Que el pobre Alfonso XIII crea en el milagro y se juzgue digno de que el cielo le defienda, pase; su mentalidad de semigorila no le permite una explicación racional de los hechos. No pasa que otros lo digan de puro bellacos o bribones. Mas creamos en la salvación milagrosa, figurémonos que la divina Providencia haya movido el dedo y hasta las dos manos para evitar que unos cascotes de hierro fueran a incrustarse en algunas molleras de palo. De hoy en adelante, para ser lógico, el reyezuelo de España debe licenciar a todos los agentes de policía y echarse a caminar solo, de noche y de día, tanto por los viveros de Madrid como por los arrabales de París. Antes habíamos pensado que si Dios existía, se hallaba lo suficientemente lejos de nosotros para no vernos ni oírnos; mas ya sabemos que de vez en cuando viene a la Tierra para disminuir la secreción de pus en las orejas del Káiser o para impedir la emasculación de un reyezuelo en la época de la brama.

Los remisores de telegramas llegan a los límites de la necedad cuando no ven sino conato de tragedia en una explosión que produjo veinte muertos y cincuenta o sesenta heridos, solamente porque el Rey y la Reina escaparon sin el más leve rasguño. Si ambos hubieran sido las únicas víctimas, se habría realizado una tragedia horrorosa. Nosotros pensamos que los veinte muertos, por más humildes que hayan sido en su condición social, representaban una fuerza humana muy superior a la contenida en el organismo de un Alfonso XIII. Superior, así en la cantidad como en la calidad. Digan lo que quieran los aduladores, la carne sana y robusta de unos cuantos albañiles o gañanes importa más en la vida del Universo que el aparato fofo y anémico de un noble minado por la tuberculosis y la sífilis.

Sinceramente nos dolemos de los hombres y también de los caballos, muertos por la bomba, que los animales eran, al fin y al cabo, los más inocentes y los que menos voluntad habían manifestado de concurrir a las fiestas. Nadie nos pregunte si habríamos preferido la muerte del Rey al sacrificio de los caballos, porque daríamos una respuesta que sublevaría la cólera de algunos imbéciles. Nos contentaremos con parodiar al humorista Mark Twain y decir: “Cuánto más conocemos a los reyes, más estimación sentimos por los caballos”.

En la libre Inglaterra

Cuando salió de la escena política el último ministerio conservador ingles, uno de los más avanzados periódicos de Londres le consagró en breves palabras la merecida oración fúnebre, llevándose de encuentro a la misma Inglaterra.

“El gobierno de bribones y ganapanes que acaba de dimitir —decía el periódico londinense— nos deja riquísima cosecha de reacción. La Ley sobre Extranjeros (Alien’s Act) habría sido vista en Inglaterra como una vergüenza hace cincuenta años; pero somos hoy un pueblo muy diferente del de entonces: sólo tenemos ojos para el brillo de la moneda; sólo tenemos orejas para el retintín del oro”.

La Ley sobre Extranjeros o, más propiamente hablando, contra la inmigración, ley que desde enero del presente año se ejecuta con severísimo rigor, es la sórdida manifestación del espíritu inhumano y egoísta que va recrudeciendo en todas las naciones, sin exceptuar a las más enorgullecidas con la civilización cristiana. Para introducir sus telas, su opio, su alcohol y su Biblia, las grandes potencias abren a cañonazos Asia y África; pero quieren cerrar sus puertas no sólo al amarillo y al negro, sino también al blanco sin bolsa repleta de oro. Puede afirmarse que existe una confabulación internacional contra el proletariado: se pretende que todo hombre sin bienes de fortuna y sujeto a vivir de un jornal no emigre en busca de aire o pan y muera resignadamente en el cuchitril o el arroyo de su patria.

Esa ley, urdida por los conservadores pero severamente aplicada por los liberales, dificulta si no imposibilita el ingreso a las Islas Británicas de los undesirables o proletarios, pues determina que para desembarcar se necesita buena salud, un pasado sin lacra judicial y medios de subsistir por algún tiempo.Naturalmente, dado el continuo éxodo de los perseguidos por el Zar, las primeras víctimas del Alien’s Act han sido los refugiados rusos que no tenían billetes de banco, libras esterlinas ni crédito abierto en ninguna casa inglesa. Sin dejarles descender a tierra, se les hizo regresar al punto de embarco. Por este motivo, ya ninguna compañía de los vapores que navegan del continente a las Islas Británicas admite pasajeros de tercera clase, si no están provistos con billetes de ida y regreso.

Esta Ley de Extranjeros, muy semejante a la promulgada en Estados Unidos, prueba que [Teodoro] Roosevelt va formando escuela. Verdad que en Inglaterra no se ha visto aún lo ocurrido en América del Norte: vedar el desembarco de dos personas por el delito de vivir maritalmente sin ser casadas; pero ya lo veremos, que la púdica Albión no puede quedarse atrás en achaques de hipocresía.

(1906)

Socialismo y anarquia

Aunque alabemos las buenas intenciones de todos los que hablaron o escribieron en los comienzos de mayo, no dejaremos de lamentar la confusión que algunos han hecho de los hombres y las cosas, dando a ciertos individuos el lugar que no les corresponde y considerando iguales o afines las ideas que se excluyen o se rechazan. Y no pensemos que esto suceda únicamente en el Perú, donde vivimos en una especie de niñez intelectual. En Europa, lo mismo que entre nosotros, muchos buscan de buena fe una orientación fija; pero la sanidad de las intenciones no les impide andar a tientas y sin rumbo: sienten la presencia de la luz, y tienen al crepúsculo por aurora; oyen ruido de alas, y toman por águilas a los buitres.

No pretendemos que de la noche a la mañana broten legiones de libertarios ni que hasta los infelices peones de las haciendas profesen ideas tan definidas como las tienen Pedro Kropotkin o Sebastien Faure. Desearíamos que los ilustradores de nuestras muchedumbres hicieran comprender a los ignorantes la enorme distancia que media entre el hombre público y el verdadero reformador, entre los cambios políticos y las transformaciones sociales, entre el Socialismo y la Anarquía.

Cierto, en un solo día se consuma una revolución y se derriba un imperio secular; pero en muchos años no se educan hombres capaces de efectuar semejantes revoluciones. Cuando la palabra demoledora y el libro anárquico lleguen a las capas sociales donde hoy no penetra más luz que la emitida por frailes ignorantes, políticos logreros y plumíferos venales, entonces las muchedumbres adquirirán ideas claras y definidas, distinguirán unos hombres de otros hombres y procederán con la energía suficiente para derrumbar en unas cuantas horas el edificio levantado en cuatro siglos de iniquidad.

Anarquistas o no, los trabajadores que persiguen un fin elevado se hallan en la necesidad de recurrir a una medida salvadora: desconfiar de los políticos. Desconfiar de todos ellos y particularmente de los histriones que se revisten con los guiñapos del liberalismo y sacuden las sonajas de reforma electoral, sufragio libre, garantías del ciudadano y federalismo. Para evitar el contagio de la tuberculosis por medio de la saliva, las autoridades higiénicas cuelgan en los lugares públicos el siguiente letrero: Se prohíbe escupir. Por razón semejante, pues se trata de precaver una contaminación moral, los obreros están en el caso de fijar en todas sus reuniones públicas unos grandes carteles que digan: Se prohíbe eyacular política.

Los libertarios deben recordar que el Socialismo, en cualquiera de sus múltiples formas, es opresor y reglamentario, diferenciándose mucho de la Anarquía, que es ampliamente libre y rechaza toda reglamentación o sometimiento del individuo a las leyes del mayor número. Entre socialistas y libertarios pueden ocurrir marchas convergentes o acciones en común para un objeto inmediato, como sucede hoy con la jornada de ocho horas; pero nunca una alianza perdurable ni una fusión de principios: al dilucidarse una cuestión vital, surge la divergencia y se entabla la lucha.

Lo vemos hoy. Mientras los anarquistas se declaran enemigos de la patria y por consiguiente del militarismo, los socialistas proceden jesuíticamente queriendo conciliar lo irreconciliable, llamándose intemacionalistas y nacionalistas. Bebel ha dicho en pleno Reichstag, confundiéndose con los brutos galonados a servicio del Emperador: “Nosotros los socialistas lucharemos por la conservación de Alemania y realizaremos el último esfuerzo para defender nuestra patria y nuestras tierras”. Algo parecido podríamos citar de los Millerand, de los Clemenceau y hasta de los Jaurés.

En cuanto a la tolerancia de los socialistas, basta recordar que Liebknecht se opuso constantemente a la admisión de libertarios en los congresos de obreros. “Nosotros —decía— debemos combatirles como a nuestros mayores enemigos, no permitiéndoles entrar en ninguna de nuestras comunidades o reuniones”. El que brutal y francamente reveló todo el amor fraternal que los socialistas profesan a los anarquistas fue el diputado francés Chauvin, cuando en presencia de dos o tres mil ciudadanos lanzó las siguientes palabras: “El primer acto de los socialistas demócratas el día del triunfo debe ser fusilar a todos los anarquistas”.

Medítenlo, pues, y no lo olviden los inocentes libertarios que igualan el Socialismo con la Anarquía y reconocen en cada socialista un hermano caritativo y bonachón.

Las huelgas

Si alguien quisiera saber nuestra opinión sobre las huelgas, nosotros le diríamos: Toda huelga debe ser general y armada. General, para combatir y asediar por todos lados al mundo capitalista y obligarle a rendirse. Armada, para impedir la ingerencia de la autoridad en luchas donde no debe hacer más papel que el de testigo.

Las huelgas parciales no siempre logran beneficiar al obrero, porque los huelguistas, abandonados a sus propias fuerzas, sin el auxilio de sus compañeros, son batidos en detall y tienen que ceder al patrón.

Las huelgas desarmadas fracasan también, porque la decisiva intervención de las autoridades en la lucha de amos y siervos significa siempre alianza con los primeros.

Cuando en una población todos se declaran en huelga, desde el carnicero hasta el farolero, se hace compasivo y razonable el burgués que tiembla a la sola idea de no tener un trozo de carne en la olla ni un farol encendido en la calle. Cuando todos se arman, desde el hombre con un revólver hasta la mujer con unas tijeras, las autoridades se amansan, pues una huelga así, no está muy distante de una revolución.

En el Perú, al declararse la huelga de un gremio o de un grupo de trabajadores, los demás gremios o demás trabajadores se quedan tan impasibles como si se tratara de cosas ajenas no sólo a la clase obrera sino al Planeta: dejan a sus compañeros cogidos entre las garras del patrón y los rifles de la autoridad.

En las huelgas del Callao[Noviembre de 1906] todas las sociedades obreras ven con la mayor indiferencia que en decretos bárbaros se considere a los trabajadores como unos esclavos.

Verdad que actualmente las sociedades obreras de Lima y el Callao tienen dos graves asuntos en que ocuparse: las elecciones municipales y el enrolamiento a la Unión Católica...

Primero de mayo, 1907

Ignorarnos si los trabajadores, no sólo del Perú sino del mundo entero, andan acordes en lo que piensan y hacen hoy. Si conmemoran las rebeliones pasadas y formulan votos por el advenimiento de una transformación radical en todas las esferas de la vida, nada tenemos que decir; pero si únicamente se limitan a celebrar la fiesta del trabajo, figurándose que el desiderátum de las reivindicaciones sociales se condensa en la jornada de ocho horas o en el descanso dominical, entonces no podemos dejar de sonreírnos ni de compadecer la candorosidad de las huestes proletarias.

¡La fiesta del trabajo! ¿Qué significa eso? ¿Por qué ha de regocijarse el trabajador que brega para que otros descansen y produce para que otros disfruten del beneficio? A los dueños de fábricas y de haciendas, a los monopolizadores del capital y de la tierra, a los que se llaman industriales porque ejercen el arte de enriquecerse con el sudor y la sangre de sus prójimos, a solamente ellos les cumpliría organizar manifestaciones callejeras, empavesar edificios, prender cohetes y pronunciar discursos. Sin embargo el obrero es quien hoy se regocija y se congratula, sin pensar que la irónica fiesta del trabajo se reduce a la fiesta de la esclavitud.

En el comienzo de las sociedades, cuando la guerra estallaba entre dos grupos, el vencedor mataba inexorablemente al vencido; más tarde, le reducía a la esclavitud para tener en él una máquina de trabajo; después cambió la esclavitud por la servidumbre; últimamente, ha sustituido la servidumbre por el proletariado. Así que esclavitud, servidumbre y proletariado son la misma cosa, modificada por la acción del tiempo. Si en todas las naciones pudiéramos reconstituir el árbol genealógico de los proletarios, veríamos que descienden de esclavos o de siervos, es decir, de vencidos.

Cierto, a la doble labor del músculo y del cerebro se debe la habitabilidad de la Tierra y el confort de la vida: no opongamos el trabajo a las fuerzas enemigas de la Naturaleza, y ya veremos si la Divina Providencia acude a nuestro auxilio. Jesucristo hablaba, pues, como un insensato al decir “que no nos acongojáramos por lo que habíamos de comer o de beber, y miráramos a las aves del cielo, las cuales no siembran ni siegan ni allegan en graneros porque nuestro Padre Celestial las alimenta”.

Pero al diario y exclusivo empleo del músculo se debe también el embrutecimiento de media Humanidad. Los que desde la mañana hasta la noche conducen una yunta o manejan un martillo, no viven la vida intelectual del hombre, y a fuerza de restringir las funciones cerebrales, acaban por convertir sus actos en un simple automatismo de los centros inferiores. Merced a la constante acción depresiva de los dominadores sobre los dominados, hay verdaderos brutos humanos que sólo poseen inteligencia para anudar los hilos de una devanadera o destripar los terrones de un barbecho. Vienen a ser productos de una selección artificial, como el novillo de carnes o el potro de carreras.

Si el recio trabajo del músculo alegra el corazón, aleja los malos pensamientos y fortifica el organismo, si produce tantos bienes como pregonan los moralizadores de oficio, ¿por qué los hijos de los burgueses, en vez de empuñar el libro y dirigirse a las universidades, no uncen la yunta y salen a surcar la tierra? Porque las sociedades tienen una moral y una higiene para los de arriba, al mismo tiempo que otra moral y otra higiene para los de abajo. Existen dos clases de trabajadores: los que en realidad trabajan, y los que aparentemente lo hacen, llamando trabajo el ver sudar y derrengarse al prójimo. Así, el hacendado que a las ocho de la mañana monta en un hermoso caballo y, por dos o tres horas, recorre los cañaverales donde el jornalero suda la gota gorda, es hombre de trabajo; así también, el industrial que de vez en cuando deja, el mullido sillón de su escritorio y entra a pegar un vistazo en los talleres donde la mujer y el niño permanecen doce y hasta quince horas, es un hombre de trabajo.

Lo repetimos: hoy sólo deberían regocijarse los explotadores de la fuerza humana; podría hacerlo con alguna razón el que labora una tierra, con la esperanza de cosechar los frutos, o el que hila unas cuantas libras de lana, con la seguridad de fabricarse un vestido; pero, ¿qué regocijo le cabe sentir al pobre diablo que de enero a enero y desde el amanecer hasta el anochecer vive aserrando maderos, aguijando bueyes o barreteando minas? El que mañana será proletario como lo es hoy y lo ha sido ayer, el que no abriga ni siquiera la ilusión de mejorar en su desgraciada existencia, ese tiene derecho de arrojar un grito de rebelión y ver en la pacífica fiesta del trabajo una cruel ironía, una manifestación del esclavo para sancionar la esclavitud.

Rebelión del soldado

Hay dos cosas inconciliables, por más sutilezas y argucias que empleemos con el fin de conciliarias: el internacionalismo y el patriotismo. No tenemos patria, si por igual queremos a todas las naciones; no somos patriotas, si dejamos de preferir un conciudadano nuestro a un lapón, a un francés o a un chino.

El socialismo, a pesar de creerse desvinculado de todas las religiones, se funda en una máxima cristiana: todos somos hermanos. Pues bien, si el todos somos hermanos es una verdad grabada en lo más íntimo de nuestro corazón, si por ella debemos regir todas nuestras acciones, tenemos derecho de protestar cuando nos obliguen a violarla para convertirnos en matadores de nuestros hermanos.

La propaganda de los socialistas-internacionalistas, al aconsejar la deserción en caso de una guerra, es la consecuencia más lógica de la doctrina. No lo es la pretensión de algunos socialistas franceses y alemanes al conciliar el internacionalismo con el patriotismo, y la libertad humana con el servicio militar. Semejantes conciliadores nos recuerdan a los teólogos casuísticos y jesuíticos; en teoría, condenan el servicio militar y la guerra; en la práctica, no se oponen a la obediencia pasiva ni admiten la indisciplina o rebelión en el individuo de tropa.

Sin embargo, en la enérgica resolución del recluta, en su rechazo a volverse un simple resorte de la máquina ciega y colectiva, ahí se halla la más pronta resolución del problema. Sólo acabarán los ejércitos y, por consiguiente, las guerras, cuando los hombres no se resignen a sufrir el yugo militar, cuando la mayoría de los llamados al servicio tenga el suficiente valor para rebelarse, invocando el generoso principio de la fraternidad.

Y la protesta en masa o colectiva no puede venir sin haber sido iniciada por una serie de protestas individuales: muchísimos seguirán el ejemplo, cuando algunos empiecen a darle. Algo trabaja por la terminación de las guerras el diplomático bien rentado que urde protocolos en la Conferencia de La Haya, pero seguramente hace más el pobre dukhobor que en una estepa rusa rechaza el servicio militar y, antes de faltar a sus convicciones, soporta el knut, la prisión y el destierro a Siberia.

(1906)

Utilidad de los rebeldes

Cuando la mayoría, dice Reybaud, se entumece en la faena cotidiana, volviéndose incapaz de contribuir a la marcha progresiva de los siglos, surgen hombres organizados para rebelarse contra las ideas aceptadas y promover tempestades, así en el mundo de la inteligencia como en el campo de los hechos. De ahí la agitación incesante, el movimiento que si hoy se puede retardar en un terreno, mañana se acelera en otros, sin dejar punto inmóvil en el dominio del pensamiento, abarcando todas las necesidades humanas, fecundizando la vida, revolucionando el orbe. La existencia de la Humanidad no se reduce, pues, a girar irremediablemente sobre ella misma o agitarse sin esperanza ni objeto alrededor de un círculo fatal: asciende por una escala misteriosa y cada día se acerca más a una cumbre de serenidad y luz.

La oposición de los rebeldes a las opiniones reinantes actúa como factor poderosísimo en las transformaciones sucesivas. Más, aunque la rebeldía no produjera sino alguna desconfianza del presente y el deseo de aislarse para juzgarle con mayor imparcialidad, causaría con ese deseo y con esa desconfianza un gran bien: despertar a los dormidos, sacudir a los perezosos. ¡Con tan buena voluntad seguimos sometiéndonos a los hábitos más viciosos y más funestos! ¡Con tanta dejadez nos abandonamos a la corriente de la rutina, por mucho que proteste el corazón y se subleve la conciencia!

Al condenar lo existente y pedir la subversión total del régimen económico sancionado por el transcurso de los siglos, los reformadores radicales plantean en términos claros el problema de la organización social, circunscriben el campo de la lucha y rompen las líneas de una óptica convencional. Nada tan útil como los gritos de alarma; por exagerados que parezcan, ellos arrancan a la Humanidad de su letargo, la vuelven al sentimiento de su misión, la obligan a proseguir su marcha secular.

Verdad, la mayoría resiste al llamamiento subversivo, no presta mucha fe a las palabras de absoluta denigración y se mantiene en guardia contra los sistemas preconizadores de una súbita renovación social; mas discute a los reformadores, les combate y de la controversia misma hace nacer la duda, duda traducida muy pronto por la necesidad o la conveniencia de efectuar algunas reformas. Gracias a la acción de los rebeldes, resulta, pues, una infiltración incesante de elementos dinámicos en un mundo con visos de inercia, una amalgama de temeridad y prudencia, de quietud y movimiento, lo que constituye la vida y la esencia de las sociedades.

Antipolíticos

Felizmente, en medio de la algarabía formada por intereses mezquinos y rastreros se ha lanzado un grito nuevo, un grito salvador que va repercutiendo en las clases trabajadoras: ¡Guerra a la política!

A más de existir en Lima publicaciones que francamente se llaman antipolíticas, empiezan a tener lugar conferencias o reuniones de índole antipolítica, como por ejemplo, la efectuada en esta ciudad el 19 de mayo.

Diez años ha, una reunión semejante no habría sido posible, tanto por falta de oradores como de público; hoy lo es porque en las agrupaciones obreras han surgido personas conscientes que se afanan por llevar luz al cerebro de sus compañeros, y porque los más ignorantes comienzan a presentir que hay algo luminoso fuera del oscuro subterráneo donde vegetan y mueren.

Nada degradó tanto al obrero nacional, nada le sigue envileciendo tanto como la política: ella le divide, le debilita y le reduce a la impotencia, haciéndole desperdiciar en luchas, no sólo vanas, sino contraproducentes, las fuerzas que debería aprovechar en organizarse y robustecerse. ¿Qué han logrado los trabajadores con ir a depositar su voto en el ánfora de una plazuela? Ni elegir al amo, porque toda elección nacional se decide por el fraude o la violencia.

El interés que el político toma por el obrero siempre que estalla un conflicto grave entre el capital y el trabajo, se ve hoy mismo, no muy lejos de nosotros, con los operarios de la Dársena: ¿qué hacen los partidos mientras los huelguistas del Callao luchan por conseguir un aumento de salario o el cumplimiento de obligaciones solemnemente contraídas? Nada; y tiene que suceder así mañana, como sucede hoy, porque una cosa son los intereses de la política y otra cosa los intereses del proletariado.

Aunque se predique la igualdad y la confraternidad, el mundo sigue dividido en clases enemigas que viven explotándose y despedazándose. En los pueblos que más blasonan de civilizados, el cristianismo brota de los labios, mas no llega hasta el fondo de los corazones. Todos son hermanos, pero unos habitan en alcázares y otros duermen al raso; todos son hermanos, pero unos se abrigan con buenas ropas de lana y otros se mueren de frío; todos son hermanos, pero unos comen y otros ayunan. Y ¿a quiénes les toca el papel de víctimas o hermanos desposeídos de su herencia? A los trabajadores.

Ellos son el derecho; ellos son la justicia; ellos son el número; más, ¿por qué no son el ejército arrollador o la masa de empuje irresistible? Porque viven desunidos; porque frente al bloque homogéneo y compacto de los verdugos y explotadores, forman grupos heterogéneos y fofos, porque se dividen y subdividen en fracciones egoístas y adversas.

Uno de los grandes agitadores del siglo XIX no cesaba de repetir: Trabajadores del mundo, uníos todos. Lo mismo conviene decir a todas horas y en todas partes, lo mismo repetiremos aquí: Desheredados del Perú, uníos todos. Cuando estéis unidos en una gran comunidad y podáis hacer una huelga donde bullan todos —desde el panadero hasta el barredor— ya veréis si habrá guardias civiles y soldados para conteneros y fusilaros.

La revolución

La vida y la muerte de las sociedades obedecen a un determinismo tan inflexible como la germinación de una semilla o la cristalización de una sal; de modo que si los sociólogos hubieran llegado a enunciar leyes semejantes a las formuladas por los astrónomos, ya podríamos anunciar las revoluciones como indicamos la fecha de un eclipse o de un plenilunio.

Todo sigue la ley; pero en este determinismo universal donde actúan innumerables fuerzas desconocidas, ¿sabemos medir la importancia del factor humano? Si podemos ayudar la germinación e impedir la cristalización, ¿no lograremos influir en el desarrollo de los acontecimientos o fenómenos que se refieren a las colectividades? “Las fuerzas sociales —dice Engels— obran lo mismo que las de la Naturaleza, ciega, violenta, destructoramente, mientras no las comprendemos ni contamos con ellas”.

En comprender, o más bien dicho, en hallar las leyes, reside toda la fuerza del hombre. Lo que en la leyenda cristiana se nombra nuestra caída debe llamarse nuestra ascensión, pues al comer el fruto del árbol de la ciencia nos hicimos (como lo había pronosticado la serpiente) iguales a los Dioses.

La voluntad del hombre puede modificarse ella misma o actuar eficazmente en la producción de los fenómenos sociales, activando la evolución, es decir, efectuando revoluciones. Como por medio del calor artificial evaporamos en pocas horas una masa de agua que necesitaría semanas y hasta meses para secarse a los simples rayos del sol, así logramos que los pueblos hagan en unos cuantos días la obra que deberían realizar en muchos años. En evolución y revolución no veamos dos cosas diametralmente opuestas, como luz y obscuridad o reposo y movimiento, sino una misma línea trazada en la misma dirección; pero tomando unas veces la forma de curva y otras veces la de recta. La revolución podría llamarse una evolución acelerada o al escape, algo así como la marcha en línea recta y con la mayor velocidad posible.

No nos asustemos con la palabra. Hombres que nada tuvieron de anarquistas ni soñaron con transformaciones radicales y violentas de la sociedad, han dicho: “Los pueblos se educan en las revoluciones” (Lamartine); “Siempre hay algo bueno en toda revolución” (Chateaubriand); “Lo malo de las revoluciones pasa; lo bueno queda” (?) Semejantes ideas se hallan tan profundamente arraigadas en el cerebro de las muchedumbres, que hasta las insurrecciones de cuartel o los pronunciamientos de caudillos vulgares —por sólo tener visos de revolución— cuentan muchas veces con el aura popular. Fuera de los parásitos que viven a la sombra de un régimen social o político, y fuera también de los rutinarios que en toda purificación de la atmósfera temen un principio de asfixia, las demás gentes miran en las revoluciones un remedio heroico. Se diría que la parte más noble y más generosa de la Humanidad viene al mundo con la intuición de que la Tierra ha de engrandecerse, no por los vaivenes apacibles, sino por las sacudidas violentas. La comparación de las tempestades (que purifican el ambiente) con las revoluciones (que bonifican a un pueblo) carece de novedad, pero no de exactitud.

En todo movimiento popular se sabe dónde se empieza, no dónde se acaba: lo que se inicia con la huelga de unos pocos obreros o el alboroto de unas cuantas mujeres, puede terminar con una liquidación política y social. Los mismos que en 1789 comenzaron por atacar la Bastilla no pensaron tal vez que en 1793 concluirían por guillotinar a Luis XVI. De ahí que nada teman tanto los gobiernos como los estallidos de la calle: a los parlamentarios, a los jueces, a los periodistas y a los mismos adversarios se les compra; a una multitud sublevada, no; un pueblo lanzado a la rebelión incendia, roba o mata; pero no se vende. Hoy, más que nunca, no olvidan los opresores cuánto les conviene adormecer al monstruo popular con las añejas canciones de la religión y la moral, porque si las muchedumbres tienen sueños de marmota, conocen despertamientos de león.

Desde la Reforma y, más aún, desde la Revolución Francesa, el mundo civilizado vive en revolución latente: revolución del filósofo contra los absurdos del Dogma, revolución del individuo contra la omnipotencia del Estado, revolución del obrero contra las explotaciones del Capital, revolución de la mujer contra la tiranía del hombre, revolución de uno y otro sexo contra la esclavitud del amor y la cárcel del matrimonio; en fin, de todos contra todo.

En Rusia y Francia contemplamos hoy dos magníficas explosiones de esa gran revolución latente. Nadie asegurará que la lucha del Estado contra la Iglesia no acabe en Francia por la guerra del proletariado con el capitalista, ni que la insurrección del pueblo contra la autocracia del Zar no concluya en Rusia por la rebelión de ese mismo pueblo contra el fanatismo del pope.

Jose Nakens

El espontáneo y general clamor levantado en Europa y América para conseguir la absolución de Nakens no logró despertar ningún eco en el ánimo de sus jueces: el hombre, absuelto y glorificado por millares de gentes que nada tenían de revolucionarias ni de anarquistas, fue condenado por la justicia española a nueve años de presidio.

Y todo lo que se brega hoy para alcanzar el indulto de ese verdadero delincuente honrado va siendo tan inútil como lo intentado ayer para conseguir la absolución. Los áulicos o directores del repugnante matador de palomas que simula regir el apolillado cetro de la monarquía española, no comprenden, o más bien, fingen no comprender que el indulto de Nakens rodearía la cabeza del pobre reyezuelo con una aureola de humanidad y clemencia, mientras la implacable tenacidad en la ejecución de una sentencia inicua le va convirtiendo en el ser más digno de horror y desprecio. Cada día se engrandece la figura de la víctima y se empequeñece la de su verdugo, que verdugo merece llamarse quien pudiendo indultar a un inocente no quiere hacerlo. Esta sola dureza bastaría para deshonrar a un monarca, si los reyes de España tuvieran honra que perder.

Fácilmente nos explicamos la inflexibilidad de hierro al pensar que nos referimos a una tierra de reyes inquisidores: donde algunas veces hubo conmiseración para asesinos cobardes y alevosos, no la hay para el incrédulo más desinteresado y más generoso. Se trata de un impío, acaso del mayor y más terco de los impíos españoles, del que durante veinticinco o treinta años no cesó de hacer fuego sobre la Iglesia y sus ministros. Connivencias del reo con los libertarios no deben suponerse ni creemos que nadie las haya supuesto.

Si hubo en España un enemigo de los anarquistas, ese enemigo fue Nakens. Por largo tiempo mantuvo en las columnas de El Motín una sección especialmente destinada a combatirles, y guerra tan encarnizada les hizo que, si mal no recordamos, llegó a sostener una enormidad: que los anarquistas eran agentes o colaboradores de los jesuítas.

El exagerado patriotismo de Nakens no pudo avenirse con una doctrina que rechaza las nacionalidades y combate la idea de patria. No hemos olvidado sus furibundos artículos en los días de la guerra hispano-yanqui: a pesar de su gran talento y ofuscado por el amor a España, no vio que los norteamericanos practicaban una obra de humanidad y policía al extirpar en Cuba un gobierno de tigres y urracas. Pues bien: la patria aquélla, tan defendida y amada por él, es la misma que hoy le juzga y le condena sin misericordia. Porque la patria no es sólo el aire que respiramos, el río de que bebemos, el terreno que sembramos, la casa donde vivimos y el cementerio en que duermen nuestros antepasados; es también el soplón que nos delata, el esbirro que nos apercolla, el juez que nos condena, el carcelero que nos guarda y la suprema autoridad a quien debemos obediencia y sumisión, ya esté representada por un general sudamericano que a duras penas sepa leer y escribir, ya por un reyezuelo español que lleve por cerebro un trozo de bacalao frito en el aceite de alguna sacristía.

Al infligir a Nakens nueve años de presidio, no se trata, pues, de castigar al libertario de acción ni al simple afiliado teórico, sino de escarmentar al impío y tal vez al republicano. Porque simultánea y paralelamente a la campaña irreligiosa, el director de El Motín ejercía una valerosa propaganda en favor de la república. Él levantó bandera contra Salmerón por juzgarle incapaz de lanzarse a las vías de hecho. Y tan poco anarquista se revela en su programa revolucionario, que sostuvo (y sigue sosteniendo) la necesidad de un dictador militar para introducir y afianzar en España el régimen republicano.

¡Pobre Nakens! Cogido por las garras de sus enemigos, difícilmente se les escapará. Un soldado se compadece del enemigo y le salva la vida, un hombre cualquiera se apiada del malhechor y le perdona los daños inferidos; pero las gentes de sotana o con hábito no se compadecen ni perdonan: son como la mula del Papa, en el cuento de Alfonso Daudet. Nadie ignora que en la última regencia sufrió la tierra de Felipe II un recrudecimiento del fanatismo, que sobre todas sus poblaciones cayó un formidable chubasco de frailes y clérigos. Nadie ignora tampoco que Alfonso XIII, como buen hijo de su madre, sigue en su reinado las aguas de la regencia, viendo con los ojos de algún capuchino, oyendo con las orejas de algún dominico y no sabemos si engendrando con ayuda de algunos padres jesuitas.

¡Pobre España también! Tierra donde todavía se piensa en matar moros, donde no se deja de creer en los milagros de la Pilarica, donde estoquear un berrendo de jarana se aprecia más que cincelar una Venus de Milo, donde falta pueblo suficientemente viril para barrer con esa descuajaringada Monarquía, tan despreciable y odiosa bajo el ministerio liberal de Sagasta o de un Moret como bajo el gabinete conservador de un Cánovas o de un Maura.

Primero de mayo, 1908

Con la huelga de Iquique sucede todo lo contrario de lo que a menudo pasa con los movimientos de esa índole al estallar un conflicto de los obreros con la fuerza pública. Las primeras noticias resultan casi siempre exageradas y revistiendo los caracteres de una hecatombe, cuando no hubo más que unos pocos heridos leves o contusos. En el presente caso, los sucesos comunicados por el telégrafo a las pocas horas de realizados, fueron más graves y revistieron caracteres más brutales de lo que se había creído en la primera información. Es cosa probada, fuera de la menor duda, que pasa de mil el número de los peones matados por la tropa, sin que hubiese habido ninguna provocación ni amenaza por parte de los huelguistas.

Y para unir el escarnio a la ferocidad, se instaura juicio a los culpables, es decir, a los infelices trabajadores que impelidos por la necesidad y habiendo sido rudamente rechazados por los patrones a quienes pedían un aumento de jornal, se organizan pacíficamente y se dirigen a una población, no para buscar en ella una fortaleza o plaza militar, sino para tener un centro donde reunirse con el fin de acordar la mejor manera de solucionar la espantosa crisis económica. Desprovistos de armas y queriendo evitar desórdenes que dieran achaque para la intervención violenta de los soldados, habían tenido la precaución de impedir la venta de licores. Jamás huelga alguna presentó carácter menos belicoso. Entonces, ¿por qué tanta inhumanidad para sofocarla? Porque se deseaba hacer un escarmiento; porque se quería enseñar al trabajador que debe obedecer y callarse.

Si hoy, 1° de mayo, recordamos la inexcusable matanza de Iquique es para manifestar a los proletarios que en la lucha con los capitalistas no deben esperar justicia ni misericordia. Para el negro de las haciendas había el cepo y el látigo; para el trabajador de las fábricas o de las minas hay el rifle y la ametralladora. A más, si el hacendado respetaba la vida del esclavo porque ella le valía un talego, el industrial de nuestros días no anda con tales remilgos porque nada pierde al sacrificar la existencia de un obrero: desaparecido uno, es sustituido en el acto y quizá ventajosamente.

Lo que se llama la libertad del trabajo no pasa de una sangrienta burla para el hombre que tiene por solo capital la fuerza de sus brazos y deja de comer el día que cesa de trabajar. Al proletario no se le abren sino dos caminos; o trabajar mucho con salario deficiente o sublevarse para caer bajo las balas de la soldadesca.

Sin embargo, no faltan excelentes plumíferos, consagrados a celebrar la dicha del obrero que desempeña su labor sin preocuparse de si el producto será o no vendido; que tranquilamente duerme todos los días de la semana, y el sábado, después de recibir su paga, se va, tarareando, a cenar alegre en unión de su mujer y de sus hijos. ¡Hermoso idilio! Por asociación de las ideas contrarias, esa dicha les hace pensar a los plumíferos en la desdicha del acaudalado patrón que sin descansar un solo instante del día prosigue su trabajo mental, que noches de noches vela, cavilando en sus créditos inaplazables, en el crecido stock de sus almacenes, en la dificultad de las ventas, en la ruinosa competencia de sus rivales, etc. Su pan es amargo y más amarga es su bebida.

Con todo, nunca vemos nosotros (ni probablemente verán nuestros descendientes) que el desdichado patrón se cambie por el dichoso obrero. ¡Qué espectáculo tan bello sería contemplar al multimillonario yanqui despojarse de sus millones para convertirse en el feliz trabajador que mantiene una mujer y seis hijos con el honroso jornal de ochenta centavos!

No, el capitalista no ceja voluntariamente ni un solo palmo en lo que llama sus derechos adquiridos: cuando cede no es en fuerza de las razones sino en virtud de la fuerza. Por eso no hay mejor medio de obtener justicia que apelar a la huelga armada y al sabotaje.

Es lo que hoy, 1° de mayo, conviene repetir a los trabajadores ilusos que siguen confiando en la humanidad del capitalista y figurándose que los arduos conflictos de la vida social han de resolverse por un acuerdo pacífico: el capitalista no da lo que se le pide con ruegos sino lo que se le exige con amenazas.

La acción individual

El prejuicio contra la Anarquía sigue tan arraigado que muchos abrigan ideas anárquicas sin atreverse a confesarlo: tienen miedo de llamarse anarquistas, se asustan con el nombre. Algunos hechos aislados (explicables por la reacción violenta del individuo contra la injusticia social) bastaron no sólo para infundir horror hacia los anarquistas sino para condenar sin apelación las doctrinas anárquicas.

Y ¿qué importaría si los terribles hechos aislados se repitieran a menudo? Probarían únicamente el agravamiento, la intensificación de las iniquidades colectivas. Donde se recurre a la violencia, ahí la opresión y la arbitrariedad llegaron a su máximum, haciendo sobrepasar los límites del sufrimiento humano: hablan el revólver y el puñal, cuando no se dejan oír la razón ni la justicia. Pero gentes que aprueban o disculpan la ejecución legal o parlamentaria de un Carlos I y de un Luis XVI condenan el ajusticiamiento de un Enrique III por Clément y de un Enrique IV por Ravaillac. Y tal vez Luis XVI y Carlos I fueron menos justiciables que el asesino de Guise y el perjuro-sátiro de Saint Denis.

La acción individual o propaganda por el hecho irrita hoy a conservadores y burgueses, como sublevó ayer a los monarcas la justificación del tiranicidio. Y no sólo se irritan ellos. Parodiando a Pascal, a Quinet y a Michelet, muchos liberales, masones y librepensadores (generalmente los más vulgares) reservan los furibundos rayos de su cólera para fulminar a la Compañía de Jesús: toleran al dominico, al mercedario, al agustino, al franciscano: no perdonan al jesuita. El miembro de la Compañía les saca de tino: el color rojo no enfurece más al toro ni al pavo. Y ¿por qué? Porque algunos jesuitas preconizaron el tiranicio; y afirmamos algunos porque no todos pensaron como el padre Mariana. Esos liberales, esos masones y esos librepensadores defienden la causa de los reyes, son regalistas, se erigen en abogados del imperium. Admitiendo que al mal rey se le puede y hasta se le debe matar, se despoja a los monarcas de su carácter sagrado y se da el golpe de gracia a la doctrina del derecho divino. Se anula una tradición venerada por paganos, judíos y cristianos. Hesíodo afirma con la ingenuidad del hombre antiguo que “los reyes vienen de Zeus” y San Pablo (quien probablemente no había leído a Hesíodo) enseña que “toda potestad viene de Dios”, y no sólo viene de Dios, sino sólo a Dios debe rendir cuenta de sus actos. Ya no cabe afirmar que el monarca sea únicamente responsable ante la Divinidad: el súbdito se interpone, erigiéndose en acusador, juez y ejecutor de la sentencia. De ahí que, no los pueblos sino los reyes, se confabularan y suprimieran la Compañía de Jesús.

Cierto, la sangre nos horroriza; pero si ha de verterse alguna, que se vierta la del malvado. Quién sabe si para una justicia menos estrecha que la justicia humana sea mayor crimen herir un animal benéfico que suprimir a un mal hombre. Tal vez podamos afirmar con razón: antes que verter la sangre de la paloma o del cordero, derramar la del tirano. ¿Por qué vacilar en declararlo? Hay sangres que no manchan. Manos incólumes, manos dignas de ser estrechadas por los hombres honrados, las que nos libran de tiranos y tiranuelos. Herir al culpable, solamente a él, sin sacrificar inocentes, realizaría el ideal de la propaganda por el hecho. Los Angiolillo, los Bresci, los matadores del gran duque Sergio y los ejecutores del rey Manuel nos merecen más simpatía que Ravachol, Emile Henry y Morral.

Un prejuicio inveterado nos induce a execrar la supresión del tirano por medio del revólver, el puñal o la dinamita y a no condenar el derrocamiento de ese mismo tirano merced a una revolución devastadora y sangrienta. Quiere decir: el tirano puede asesinar al pueblo, mas el pueblo no debe matar al tirano. Así no pensaban los antiguos al glorificar al tiranicida.

Cuando la organización de los pretorianos hace imposible todo levantamiento popular, cuando el solo medio de acabar con la tiranía es eliminar al tirano, ¿se le debe suprimir o se ha de soportar indefinidamente la opresión ignominiosa y brutal? ¿Vale tanto la vida del que no sabe respetar las ajenas? Verdad, “el hombre debe ser sagrado para el hombre”; mas, que los déspotas den el ejemplo.

Cuando el tiranicio implica el término de un régimen degradante y el ahorro de muchas vidas, su perpetración entra en el número de los actos laudables y benéficos, hasta merece llamarse una manifestación sublime de la bien entendida caridad cristiana. Si un Francia, un Rosas, un García Moreno y un Porfirio Díaz hubieran sido eliminados al iniciar sus dictaduras, ¡cuántos dolores y cuántos crímenes se habrían ahorrado el Paraguay, la Argentina, el Ecuador y México! Hay países donde no basta el simple derrocamiento: en las repúblicas hispanoamericanas el mandón o tiranuelo derrocado suele recuperar el solio o pesar sobre la nación unos veinte y hasta treinta años, convirtiéndose en profesional de la revolución y quién sabe si en reivindicador de las libertades públicas. Al haber tenido su justiciero cada mandón hispanoamericano, no habríamos visto desfilar en nuestra historia la repugnante serie de soldadotes o soldadillos, más o menos burdos y más o menos bárbaros. El excesivo respeto a la vida de gobernantes criminales nos puede convertir en enemigos del pueblo.

Si se da muerte a un perro hidrófobo y a un felino escapado de su jaula, ¿por qué no suprimir al tirano tan amenazador y terrible como el felino y el perro? Ser hombre no consiste en llevar figura humana, sino en abrigar sentimientos de conmiseración y justicia. Hombre con instintos de gorila no es hombre sino gorila. Al matarle no se comete homicidio. Montalvo, ajeno a toda hipocresía, dijo con la mayor franqueza: “La vida de un tiranuelo ruin, sin antecedentes ni virtudes, la vida de uno que engulle carne humana por instinto, sin razón, y quizá sin conocimiento... no vale nada..., se le puede matar como se mata un tigre, una culebra”. Blanco-Fombona, después de constatar lo inútil de las revoluciones y guerras civiles en Venezuela, escribe con una sinceridad digna de todo encarecimiento: “¿Quiere decir que debemos cruzarnos de brazos ante los desbordamientos del despotismo o llorar como mujeres la infausta suerte? No. Quiere decir que debemos abandonar los viejos métodos, que debemos ser de nuestro tiempo, que debemos darnos cuenta de que la dinamita existe. El tiranicidio debe sustituir a la revolución... Que se concrete, que se personifique el castigo en los culpables. Esa es la equidad. Prender la guerra civil para derrocar a un dictador vale como pegar fuego a un palacio para matar un ratón” (Judas Capitolino, Prólogo).

Y lo dicho en el orden político debe aplicarse al orden social. Hay monopolios tan abominables como las dictaduras pretorianas; viven pacíficos millonarios tan aleves y homicidas como el Zar y el Sultán. Los organizadores de los grandes trusts americanos, los reyes del petróleo, del maíz o del acero, no han causado menos víctimas ni hecho derramar menos lágrimas que un Nicolás II y un Abdul-Hamid. La Humanidad gime no sólo en las estepas de Rusia y en las montañas de Armenia. Existe algo peor que el knut del cosaco y el sable del bachi-buzuk. La pluma del negociante —esa ligerísima pluma que apenas se deja oír al correr por el libro de cuentas— sabe producir las resonancias del trueno y derribar murallas como las trompetas de Jericó.

Un patrón en su fábrica suele ser un reyezuelo con sus ministros, sus aduladores, sus espías, sus lacayos y sus favoritas. No gasta dinero en pretorianos ni gendarmes, que dispone de la fuerza pública para sofocar las huelgas y reducir a los rebeldes. Aunque no tenga ojos para ver el harapo de las mujeres ni oídos para escuchar el lamento de los niños, merece consideración, respeto y obediencia. Como el sacerdote y el soldado, representa uno de los puntales de la sociedad. Es persona sagrada, que al derecho divino de los reyes sucede el derecho divino de los patrones.

Se argüirá, tal vez, que el verdadero anarquista debe ceñirse a vulgarizar pacíficamente sus ideas, que tratar de imponerlas a una sociedad burguesa vale tanto como decretar el librepensamiento a una comunidad de monjes. Verdad; no se trata de imponer convicciones sino de oponer hechos a hechos: la sociedad capitalista se reduce a un hecho basado en la fuerza, y por la fuerza tiene que ser derrumbada. El creer o morir de católicos y mahometanos se muda en el dejar la presa o la vida. Para escarmentar a un agresor no se necesita obligarle antes a reconocer lo injusto de la agresión. Y ¿qué se realiza en la sociedad sino una agresión latente de los poseedores contra los desposeídos?

La Humanidad no sacrifica el interés a la convicción sino en rarísimos casos. No basta que las ideas hayan arraigado en el cerebro para la consumación de un cambio radical. Los hombres suelen poseer dos convicciones: una para el fuero interno, otra para la vida exterior. Pascal mismo, el formidable enemigo de los jesuitas, habla como un Láinez o un Loyola cuando dice: “Il faut avoir une pensée de derrière, et juger de tout par là, en parlant cependant comme le peuple” (Pensées, XXIV-91). El mundo occidental pregona hoy su cristianismo; pero ¿cuántos viven cristianamente? Así la anarquía puede estar en los labios y hasta en los cerebros sin haberse convertido en norma de vida. Llegará el momento de apelar a la fuerza: los actos individuales y sangrientos se reducen a preludios de la gran lucha colectiva.

Mas apruébese o repruébese el acto violento, no se dejará de reconocer generosidad y heroísmo en los propagandistas por el hecho, en los vengadores que ofrendan su vida para castigar ultrajes y daños no sufridos por ellos. Hieren sin odio personal hacia la víctima, por sólo el amor a la justicia, con la seguridad de morir en el patíbulo. Acaso yerran; y ¿qué importa? El mérito del sacrificio no estriba en la verdad de la convicción. Los que de buena fe siguieron un error, sacrificándose por la mentira de la patria o por la mentira de la religión, forman hoy la pléyade gloriosa de los héroes y los santos.

Los grandes vengadores de hoy, ¿no serán los cristos de mañana?

En España

Las autoridades españolas continúan valiéndose de medios inicuos y alevosos para sofocar toda manifestación libre de las ideas. Naturalmente, la policía no deja de actuar en las sombras y bajo cuerda, ejerciendo el múltiple oficio de espía, delator, juez, carcelero, torsionario, verdugo, etc.

Verdad que en la mayor parte de los Estados europeos, no excluyendo a la Francia librepensadora y jacobina, se procede excepcionalmente, es decir se recurre a la iniquidad, apenas se ve un recrudecimiento de la propaganda o se teme un estallido de la acción directa; pero verdad también que en España las iniquidades revisten caracteres más repugnantes y más odiosos que en ningún pueblo de la Tierra, salvo quizá Turquía y Rusia. ¿Qué nación tiene un Montjuich?

Por eso han sido en España tan dolorosas y sangrientas las represalias, advirtiendo que, al hablar así, no queremos referirnos a la ejecución de monstruos como Cánovas del Castillo, sino a la muerte de personas inofensivas que recibieron cascos de bombas arrojadas contra verdaderos criminales sentenciados por la justicia universal.

Difícilmente nos formaríamos una idea cabal del envilecimiento y la degradación en que la monarquía española se revuelca feliz, orgullosa, tomando por montaña de oro el montón de basuras donde tiene elevado su trono. Después de sufrir por amo a un mequetrefe degenerado y pútrido como Alfonso XII y por regente o reina madre a una especie de gran tacaño con faldas y confitado en agua bendita, España cuenta hoy por rey a un nuevo Carlos II el Hechizado. Incapaz de todo lo que no sea perseguir mujeres, pescar truchas o cazar palomas, el inconsciente Alfonso XIII no hace más que agitarse maquinalmente, obedeciendo a las cuerdas manejadas por el segundo Cánovas, por el Francia español, por el siete veces canalla de Maura.

Se comprende que en las entrañas de semejante reyezuelo no pueda caber cosa tan noble como la piedad y que ha de saber con indiferencia, si no con regocijo, los tormentos inferidos a los anarquistas. Sin ir muy lejos, ya le vemos insensible a las amarguras y padecimientos de Nakens. Por algo lleva la sangre de la mujer que no tuvo un solo rasgo de conmiseración para las víctimas de Montjuich.

¡Pobre Morral, nunca lamentaremos como se debe tu inmerecido fin ni la mala suerte de tu bomba!

El crimen de Chicago

Enunció una verdadera profecía; tuvo una clara visión del porvenir, el hombre que desde el patíbulo decía en Chicago el 11 de noviembre de 1887: “Salve, ¡oh días en que nuestro silencio será más poderoso que nuestras voces, próximas a quedar ahogadas con la muerte!”.

El silencio de ese hombre y de sus valerosos compañeros habla hoy con tan elocuentes palabras que en América y Europa remueven todos los corazones animados por sentimientos de conmiseración y justicia. Veinte años hace del ajusticiamiento, y lejos de habérsele olvidado en el transcurso de tan largo tiempo, cada día se le ha ido recordando con mayor piedad para las víctimas y con mayor odio contra sus verdugos. Ya puede considerarse su rememoración anual como un deber de todo revolucionario. Más que el 14 de julio, que el 20 de setiembre y que el 1 de mayo, el 11 de noviembre parece destinado a ser una fecha de recordación mundial: tiende a personificar el día de la gran revolución proletaria.

Esos hombres, injustamente sacrificados al miedo cerval de las clases dominadoras, no sólo forman hoy una cabeza de proceso para juzgar a los capitalistas del Illinois, sino constituyen una prueba irrefutable para condenar a los jueces norteamericanos. Fueron sentenciados a muerte; pero reconocidos inocentes cuando ya dormían en la paz de un cementerio. Habían sido enredados y cogidos en un complot donde la policía maniobraba con su perfidia tradicional.

Algo parecido, aunque menos horroroso, acaeció después en Francia con el capitán Dreyfus: condenado por la justicia militar, resultó inocente, a vuelta de sufrir una larga deportación en la Isla del Diablo.

Estos dos errores judiciales nos sirven de fecundísima enseñanza: vienen a decirnos que la justicia militar vale como la justicia civil, y que a todo presunto reo le aprovecha tanto caer en las garras de unos sargentones empenachados como ir a dar en las fauces de unos leguleyos enfraquetados. Esa justicia social, ese monstruo bicéfalo, no tiene más misión que defender al capital (es decir, al robo) y servir al Estado (es decir, a la fuerza); de ahí que no trepide en sacrificar al inocente, si el sacrificio contribuye a mantener el orden social o, lo que significa lo mismo, a consolidar un régimen donde tranquilamente se verifique la explotación del más hábil o más honrado por el más fuerte o más bribón. Justicia cobarde y servil en las cinco partes del mundo, humana y compasiva en ningún lugar de la Tierra, pues aquí mismo, en el Perú, la vemos absolver a los criminales adinerados o poderosos y condenar sin misericordia al negro, al indio desheredado y al desertor inconsciente. Es que bajo la casaca del militar como bajo el frac del abogado, el hombre convertido en juez de otros hombres, a más de conservar las preocupaciones de su casta y de su secta, adquiere con asombrosa rapidez la deformación profesional. Se diría que el aire respirado en un Consejo de guerra o en un Tribunal de justicia poseyera la virtud de oscurecer los cerebros y marmolizar los corazones.

La deportación perpetua de un militar, infundadamente acusado de traición a la patria; la ejecución de algunos rebeldes, también infundadamente culpados de arrojar bombas: he aquí dos injusticias fecundas, que merecerían un aplauso, si los padecimientos y la vida de los hombres debieran tomarse como un medio para conseguir la propagación de las ideas. Injusticias tan enormes siguen sublevando la conciencia universal, convirtiéndose en bandera de combate, sirviendo de pábulo al fuego revolucionario que arde en el corazón de las muchedumbres. Si Chicago dice: ¡Guerra al capital!, la Isla del Diablo responde: ¡Guerra al militarismo!

El capitán Alfredo Dreyfus ha sido y continúa siendo la causa inmediata de un efecto colosal: víctima del antisemitismo católico y militar, ha ocasionado el recrudecimiento del antimilitarismo internacional; más propiamente hablando, produce la eclosión ruidosa de un sentimiento que sordamente se incubaba en Francia —y con mayor motivo en París— desde los fusilamientos de la Comuna. El antimilitarismo, que tanto cunde en los intelectuales del mundo entero y que nos parece una flor nacida para no vivir sino en los grandes cerebros luminosos, germinaba en el pueblo desde 1871.

Hemos juzgado conveniente recordar al reo de París el día que rememoramos a los reos de Chicago: uno y otros deben figurar en la misma página del proceso iniciado a las instituciones sociales, porque ellos fueron devorados por esa Justicia inhumana y vengadora que servía de instrumento a la fuerza hipócrita del capital y a la fuerza bruta del soldado.

Militarismo y capitalismo, calamidades solidarias y tan estrechamente unidas que donde asoma la una, surge la otra, para sostenerse y perpetuar la dominación de la especie humana. ¿Quién más culpable y más digno de execración, el capitalista o el soldado? Quizá el soldado, que sin él, no durarían muchos jueces, sacerdotes, propietarios ni gobernantes. Mas, ya no parece eterno el reinado del soldadote: el monstruo de ferocidades atávicas, el mixto de cuervo y tigre lleva el plomo en las alas y el hierro en los yares. Cayendo los puntales, ¿qué será de toda la fábrica? El edificio está más apolillado de lo que se piensa.

Imitando al moribundo que en el patíbulo de Chicago presagiaba el advenimiento de mejores días, saludemos a la Humanidad futura, a la Humanidad sin víctimas ni verdugos, a la Humanidad sin pobres ni ricos, a la Humanidad regenerada por el amor y la justicia.

La policía

I

Taine, filósofo nada revolucionario ni anarquista, escribió: “Como en Francia abundan tanto los gendarmes y los guardias urbanos, nos inclinaríamos a tenerles por más incómodos que útiles. Cuando algunos transeúntes se agrupan en la calle a ver un perro con la pata rota, llega un hombre de mostachos y les dice: Señores, las agrupaciones están prohibidas; dispersaos” (Philosophie de l’art) Y todos se dispersan en el acto, como cediendo a la impulsión de un resorte. Quien desee conocer un pueblo sumiso a las órdenes de las autoridades, no visite Rusia ni Turquía, sino el pueblo de la gran revolución, Francia. Los guillotinadores de reyes, los vencedores de la Europa coligada, tiemblan y callan a las intimaciones de un simple sergot. Viéndolo bien, les sobra razón, porque ¡ay del rebelde o sordo!, se le viene encima el procés verbal y con el procés verbal la multa o la cárcel. Nada decimos de les passes á tabac o carreras de baqueta; algo saben de ello Baudin, Jaurés y algunos otros diputados franceses. No en vano se ha nacido en “el más hermoso reino, después del cielo”.

Según Georges Sand, si los agentes subalternos de la policía infunden odio al servir las pasiones políticas, suelen granjearse la admiración por su buen sentido y su equidad al ejercer las funciones propias de su institución. Cuando la policía —agrega Sand— deslinde sus atribuciones, confundidas hoy por las discordias humanas, cumplirá misión tan paternal en las severidades mismas, que los hombres blasonarán de pertenecer a ella (La Filleule). No aguardamos el advenimiento de la era en que los agentes de policía se hayan vuelto ángeles de la guarda ni en que las gentes se enorgullezcan de estar enroladas a la más odiosa de las instituciones sociales, a la basada en el espionaje, la delación, el soborno y la tortura, a la encargada de proveer cárceles, penitenciarías, galeras y patíbulos.

Aunque, por efecto de una organización autónoma, la policía lograra constituir el cuarto poder del Estado, no dejaría de ceder al influjo de las pasiones políticas, como obedecen a menudo los Tribunales de Justicia. Difícilmente se concibe sociedad en que el individuo carezca de opiniones y vegete años tras años, ajeno a las luchas de los partidos, guardando su ecuanimidad en las tremendas conmociones sociales. ¿Acaso el egoísmo sirve de escudo invulnerable? El egoísta vive confiado, en las inmediaciones del torrente; pero, cuando menos lo piensa, el torrente desborda y le arrastra. Como donde respiran hombres actúan pasiones, se hace política en universidades, beneficencias, municipios, cuarteles y conventos; mientras haya Estado y gobiernos, se hará política en toda reunión de ciudadanos, aunque se junten con fines científicos, religiosos, artísticos, humanitarios, industriales, financieros o deportivos. Enfermedad no sólo hereditaria sino contagiosa, la política infecciona el organismo del hombre moderno.

¿Cómo soñar, entonces, en el advenimiento de una institución formada por hombres sin flaquezas humanas? Constituyendo la policía un arma tan poderosa como el ejército, siendo algunas veces el gendarme más útil que el soldado, no se concibe que el político deje de aprovechar de guardas y polizontes. Pero, desligados aun de la política, ceñidos a salvaguardar vidas y propiedades, los agentes de policía imitarán a los carabineros de Offenbach, llegarán siempre tarde. Si evitaran accidentes y crímenes, ejercerían una función humanitaria; pero, generalmente, cuidan de sólo perseguir al malhechor, cuando se estrellan en el inocente. Al asesinado, ¿qué le beneficia la captura ni el enjuiciamiento del asesino? A la mujer violada, ¿qué le remedia el castigo del violador? Vindicta pública, sanción moral, escarmiento..., ¿son algo más que palabras?

II

Desde los primeros años, casi desde la cuna misma, el policíaco amarga y entristece la vida del hombre, que si antiguamente asustaban al niño con diablos, aparecidos y brujas, hoy le amenazan con el guardia de la esquina. Al pasar ante una escuela, muchos pueden regocijarse de haber escapado a la férula del, magíster, dómine o pedante; mas, ¿quién vive seguro de terminar el día sin habérselas con un polizonte? Este individuo posee la ubicuidad de la Providencia y la tenacidad de la mosca: no nos deja tranquilos ni a sol ni a sombra. Despiertos y en la calle, vemos a cada paso su estantigua; semidormidos y en nuestra habitación, oímos de hora en hora el silbar de su pito. Ignoramos si muertos y hundidos en el sepulcro, sentiremos el ir y venir de sus botas.

Si en las naciones bien organizadas la policía no merece mucho amor ni mucha simpatía, ¿cómo estimarla en sociedades caóticas y embrionarias? Aquí, en el Perú, desde el Ministro de Gobierno hasta el soplón (sin olvidar a prefectos, intendentes, comisarios, inspectores, guardias ni carceleros), todos valen lo mismo, todos esconden ponzoña de igual virulencia. No sirven para conservar el orden público sino para defender a los gobiernos abusivos; que los presidentes, en vez de entregar ciertos individuos a la justicia, les mandan a ejercer funciones en la policía. El exactor recibe una prefectura; el torsionario, una intendencia; el rufián, una comisaría, etcétera. Corporación tan bien seleccionada, persigue a los adversarios del gobierno, inventa conspiraciones, practica el chantaje, provoca motines, apalea escritores, arrasa imprentas, viola mujeres, tortura presos, hurta lo robado, asesina en los caminos al culpable y al inocente...

No merecen, pues, amor ni simpatía los miembros de semejante corporación, digna de llamarse maffia o camorra. Si poseyéramos el instinto lupal de los nacidos para gendarmes o guardias urbanos, exclamaríamos al saber que la bala de un huelguista o de un revolucionario había cogido a un prefecto: ¡Bendita bala! Mas no poseyendo tan depravados instintos, condenamos la efusión de sangre y nos satisfacemos con escenas menos trágicas. Así, cuando el señor Guignol empuña una tranca y deja como nuevo al comisario, nosotros aplaudimos y nos regocijamos al vernos en comunidad de sentimientos con los niños, las amas, las cocineras, los sirvientes, los obreros, en fin, toda la ingenua masa popular. Un ¡viva el señor Guignol! pugna por salir de nuestros labios. Así también, cuando un mozo de buenos puños menudea mojicones a un guardia, sentimos deseos de gritar, aunque no sepamos quién tenga la razón: ¡Duro al guardia!

El agente de policía, el funcionario conocido en Lima con el apodo de cachaco, representa el último eslabón de la ominosa cadena formada por Ministros de Gobierno, el prefecto, el subprefecto, el comisario, el inspector. Sin embargo, nadie más abusivo, más altanero ni más inexorable que el cachaco: hormiga con presunciones de elefante, rabo con orgullo de cabeza. Sigue por ley: bajeza ante el superior, altivez con el inferior. Todo humildad ante la gran dama y el gran señor, todo soberbia ante la tímida chola, el pobre negro y el infeliz chino. Nace del pueblo, vive en la intimidad con la muchedumbre, conoce las miserias de los desheredados, y se declara su enemigo implacable. ¡Con qué satisfacción enrojece su vara en la cabeza de un borracho inconsciente! ¡Con qué regocijo descarga su rifle contra el pecho de un huelguista inerme! ¡Con qué delicia palomea desde una torre al revolucionario vencido y fugitivo! Palpa el odio justo de las muchedumbres, y se venga.

No comprendemos cómo, habiendo tanta manera de ganar honradamente la vida pueda un hombre afiliarse a la policía. ¿Qué decir del pobre indio motoso, plantado en una esquina y figurándose ejercer una función gloriosa y envidiable? Quisiéramos apercollarle, sacudirle y gritarle: si guardas un resto de pudor y dignidad, si no has perdido el último rezago de vergüenza, sé todo lo que en el mundo pueda ser un hombre, todo, menos agente de policía. Dedícate al oficio más bajo y menos limpio: deshollina chimeneas, barre calles, recoge basuras, guarda cerdos, desatora albañales y conduce abrómicos, porque despidiendo malos olores, chorreando inmundicias, aparecerás menos hediondo y más limpio que instalado en una esquina, con tu vestido caqui, tu gorra blanca y tu vara de la ley.

Luisa Michel

Si los hombres valen por lo que de sí mismos conceden a los demás, muy pocos de nuestros semejantes pueden valer tanto como la virgen roja o la buena Luisa; su existencia se resume en dos palabras: abnegación y sacrificio.

Casi octogenaria, recién salida de una penosa convalecencia, cuando había llegado la hora de reposar algo en la vida antes de ir a descansar eternamente en el sepulcro, realiza un esfuerzo supremo y sale a recorrer el sur de Francia en una gira de conferencias. Atacada por una grave enfermedad, como lo había sido en Tolón el año pasado, no resiste y muere en Marsella a principios de enero. “Se va —según Lucien Descaves— agotada, arruinada, exangüe, con la piel colada a los huesos, como un perro errante, habiendo dado más que cien millonarios empobrecidos a fuerza de liberalidades, habiendo dado toda su existencia a los desgraciados. Indiferente a sus propios y continuos infortunios, insensible a las privaciones, a la fatiga, al frío, a los ayunos, no devuelve a la tierra más que un esqueleto, demasiado tiempo ambulante para no tener en fin derecho al reposo”.

Con ella se desvanece la manifestación más pura del espíritu revolucionario en el alma femenina: representaba en el movimiento social de Francia lo que Georges Sand en la novela, Madame Ackermann en la poesía, Rosa Bonheur en la pintura, Clémence Royer en la ciencia. Pascal se esfuma en un lejano claroscuro, sin fragilidades de sexo, tan consagrado a meditar en Dios que no se da tiempo de amar a las mujeres; Luisa Michel se diseña en una cercana reverberación de incendios, sin debilidades de mujer, tan henchida del amor a la Humanidad que en su corazón no deja sitio para la exclusiva ternura de un hombre. Ama las muchedumbres, o lo que da lo mismo, la desgracia, pues quien dice pueblo dice desgraciados. Sin hijos, no conociendo las vulgares y depresivas faenas de la maternidad, aparece a nuestros ojos con toda “la fría majestad de la mujer estéril”.

Por la serenidad ante el peligro y la muerte, Luisa Michel nos recuerda a las mujeres romanas nacidas en el seno de las familias estoicas; por esa misma serenidad y el menosprecio de todos los bienes, sin excluir la propia dicha ni la salud, nos hace pensar en las mujeres de los primeros siglos cristianos. De las estoicas se distingue por el amor a todos los seres o la caridad en su interpretación más generosa; de las cristianas, por su desinterés en la práctica del bien, pues no considera los buenos actos como letras de cambio pagaderas en el otro mundo.

La estoica romana se revela ante el Consejo de guerra que la juzga por su complicidad en la Comuna de París. Encarándose a sus jueces (o verdugos) les fulmina estas palabras donde se siente revivir el orgullo y la grandeza de las almas antiguas: “Yo no quiero ser defendida, y acepto la responsabilidad de todos mis actos. Lo que yo reclamo de vosotros es el campo de Sartory donde mis hermanos han caído ya. Puesto que todo corazón que late por la libertad, sólo tiene derecho a un poco de plomo, dadme mi parte. Si no sois unos cobardes, ¡matadme!”.

La cristiana de los primeros siglos se descubre en cien historias muy conocidas y recordadas a menudo. Refiramos una sola. En un día de invierno, dos amigos la encuentran casi exánime, tiritando, irrisoriamente abrigada con una ropa viejísima y tan leve, que parecía buscada expresamente para viajar en la zona tórrida.

Compadecidos ambos, la obligan a entrar en un almacén, le ruegan aceptar el obsequio de un vestido más propio de la estación. Después de mil evasivas, ella concluye por ceder, con una condición: que le permitan llevarse la ropa vieja. Naturalmente, los dos amigos no le oponen ninguna dificultad. Al día siguiente, Luisa Michel tirita bajo los mismos trapos viejos de la víspera: ha regalado la ropa nueva.

La que ama tanto (pues de su inmensa ternura no excluye ni a los animales), deja de amar a un solo ser, no se quiere a sí misma. Hubo santo que llegó a lastimarse de su cuerpo, a demandarle perdón por lo mucho que le había martirizado con las penitencias. Ignoramos si Luisa Michel, al verse como hecha de raíces, no sintió piedad de su miseria ni tuvo un arranque de ira contra sus enemigos y sus perseguidores.

Porque esta mujer había sido befada, escarnecida, encarcelada, deportada a Nueva Caledonia y herida por un hombre, quizá por uno de aquellos mismos desheredados que ella amaba y defendía. Sin embargo, no pierde la fe ni la esperanza y sigue luchando por esa muchedumbre que en Versalles, al distinguirla entre un pelotón de soldados, la escarnece, le tira lodo, la escupe y la amenaza de muerte.

En resumen, Luisa Michel nos ofrece el tipo de la mujer batalladora y revolucionaria, sobrepuesta a los instintos del sexo y a las supersticiones de la religión. Practicando el generoso precepto de vivir para los demás, no es una super mujer a lo Nietzsche, sino la mujer fuerte, conforme a la Biblia de la Humanidad. La llamaríamos una especie de San Juan de la Cruz femenino, una cristiana sin Cristo.

Las dos patrias

Liebknecht dijo: “En el mundo no hay sino dos patrias: la de los ricos y la de los pobres”. Se puede afirmar, también, que en toda nación, sea cual fuere su grado de cultura y su forma de gobierno, sólo existen dos clases sociales bien definidas: la de los poseedores y la de los desposeídos. Como el dinero suele separar a los hombres más que la raza, no se carece de razón al asegurar que el pobre es el negro de Europa.

Esa gran división de clases no dejamos de palparla en nuestra América republicana, donde las familias acaudaladas van constituyendo una aristocracia más insolente y más odiosa que la nobleza de los Estados monárquicos: a fuer de advenedizos, nuestros falsos aristócratas llevan a tal grado la presunción y el orgullo que sobrepasan al señor de horca y cuchillo.

Descendientes (por línea torcida) de aquellos españoles que sufrían el mal del oro, nuestros hidalgos de llave maestra y ganzúa no tienen más que un solo deseo: juntar dinero. De ahí que habiendo monopolizado el ejercicio de la autoridad, nos hayan dado unas repúblicas de malversaciones y gatuperios, cuando no de oprobios y sangre.

Pero en ninguna de las antiguas colonias españolas resalta más que en Chile esa división de la sociedad en ricos y pobres: en ninguna parte el hombre de levita ve con más desprecio ni trata con mayor inhumanidad al hombre de blusa o de poncho; en pocas es más dura la dominación. Recurrimos al testimonio de los chilenos. En La Razón de Chañaral, número 8, leemos lo siguiente: “Hemos conocido en Chile, principalmente en los puertos de mar, familias aristocráticas que nacen de tinterillos, abogados, curanderos, despacheros, carpinteros, hojalateros, sastres, cigarreros, zapateros, albañiles, lavanderas y cocineras. Nada tiene de particular que cada cual tenga un oficio; hacemos hincapié en estas últimas proposiciones para buscar pronto el origen de la clase media la cual es más enemiga de los obreros.

“Deducimos que la cuna de la burguesía aristocrática laica y la de la clerical se confecciona en los talleres, en las chicherísa y en las pocilgas de lavanderas y cocineras.

“La clase media en Chile es el producto, pues, de la plebe, la cual tan pronto se educa, toma las maneras cómicas de los aristócratas, aprende como los monos a vestirse regularmente, embriagándose en los humos de la soberbia, del orgullo y de la vanidad y olvidando que sus padres vendían aguachucho por cangalla mineral; vendían percalas por varas, azúcar por cinco, vino falsificado por litros, velas de sebo por ficha y aun habían sido prestamistas, ladrones al tanto por ciento”.

Por lo transcrito de La Razón vemos que en Chile sucede lo mismo que en el Perú: las dos aristocracias de “nuevo cuño —la del Mapocho y la del Rímac— se igualan en el olvido de su origen y en el poco amor a la clase de donde provienen. Así, Vicuña Mackenna, que fue un mestizo de anglosajón y araucano, llegó a decir que el roto chileno lleva en su sangre el instinto del robo y del asesinato”.

Si el tal Vicuña Mackenna resucitara, se vería muy vacilante para contestar a más de una pregunta. ¿Qué instintos guarda en la sangre la seudoaristocracia chilena? ¿Son rotos los que se roban el tesoro fiscal y empujan a la nación hacia un cataclismo financiero? ¿Eran rotos los que fraguaron la Guerra del Pacífico y desencadenaron sobre el vecino una asoladora invasión de bárbaros? Verdad, el roto hecho soldado se mostró en el Perú tan feroz como el genízaro en Armenia y el cosaco en la China; pero a la cabeza del soldado venía el jefe para excitarle, alcoholizarle y lanzarle al robo, al incendio, a la violación, al asesinato. Y el jefe no hacía la guerra por voluntad propia: obedecía la orden dictada por la clase dominadora.[1]

Esta ferocidad del poseedor chileno la acabamos de ver confirmada en la huelga de Iquique. Ahí se ha manifestado por milésima vez que si las leyes valen algo para solucionar las cuestiones de los privilegiados entre sí, no sirven de nada para zanjar las dificultades surgidas entre pobres y ricos, o proletarios y capitalistas; en ese caso, no se admite más ley, más juez ni más árbitro que la fuerza.

No insistiremos en referir la estúpida y cobarde matanza de los peones salitreros (¿quién ignora los sangrientos episodios?) y nos ceñiremos a consignar un hecho muy significativo, pues viene a revelar el estado de alma que se inicia en los trabajadores. En algunas de las salitreras, a raíz de la horrorosa carnicería, los trabajadores chilenos pisotearon, escupieron y quemaron la bandera de Chile.

Así pues, las víctimas de los odios internacionales empiezan a no dejarse alucinar por la grosera farsa del patriotismo y a reconocer que en el mundo no hay sino dos patrias, la de los ricos y la de los pobres. Si de esta verdad se acordaran dos ejércitos enemigos en el instante de romper los fuegos, cambiarían la dirección de sus rifles: proclamarían que sus verdaderos enemigos no están al frente.

El primero de mayo, 1908

En uno de los últimos congresos tenidos por los socialistas se resolvió que el 1 de mayo sería conmemorado como la fiesta del trabajo.

El acuerdo nos parecería muy acertado, si los congresantes hubieran tenido la precaución de señalar quiénes eran los llamados a celebrar con mayor regocijo esa magna fecha.

1Según nuestro parecer, no son los obreros sino los patrones, no los proletarios sino los capitalistas, quienes deberían hacerlo. Porque, ¿en provecho de quién redunda el trabajo? No es, seguramente, del zapatero que anda semidescalzo, del sastre, que va poco menos que desnudo, ni del albañil que habita en chiribitiles sin aire y sin luz.

Los que lucen elegantes botines de chevreau, los que se arropan con magníficos sobretodos de lana, los que moran en verdaderos palacios donde retoza el aire puro y sonríe la luz vivificadora, ésos deben lanzarse hoy a plazas y calles para enaltecer las glorias y excelencias del trabajo.

En cuanto al obrero que empuña la bandera roja como blandiría la cruz alta de su parroquia y que entona un himno al 1 de mayo como salmodiaría el miserere, no nos infunde cólera ni desprecio: nos inspira lástima: es el pavo que se regocija en la Pascua.

El trabajo implica honra y causa orgullo legítimo cuando se ejecuta libremente y en beneficio propio; mas significa humillación y vergüenza cuando se practica en provecho de un extraño y en verdadera esclavitud. No vemos mucha diferencia entre el hombre que por un mísero jornal brega para seguir enriqueciendo al capitalista y entre el buey que por unas cuantas libras de heno suda y se derrenga para concluir de engordar al hacendado.

Felizmente, la Humanidad no se compone hoy de una muchedumbre humilde y resignada que de luz a luz se dobla sobre el terruño y sólo levanta la cabeza para besar la mano de sus caporales. Un gran ejército de proletarios, esparcido en todo el mundo, comprende ya la ironía de conmemorar la fiesta del trabajo y ve en el 1 de mayo el día simbólico en que los oprimidos y los explotados se juntan para contarse, unificar sus aspiraciones y prepararse a la acción demoledora y definitiva.

El obrero consciente celebra hoy la fiesta de la Revolución.

Fermin Salvochea

Este conocido anarquista español ha muerto en Cádiz el 28 de setiembre. Había nacido en esa misma ciudad el 1° de marzo de 1842. Un ataque de parálisis, cinco días de enfermedad y la muerte.

La vida de Salvochea se reduce a una continua lucha, primero como republicano para derribar la monarquía de Isabel II, después como anarquista para echar por tierra el edificio de todas las iniquidades sociales. El, lejos de cristalizarse en el molde estrecho del reformador meramente político, evolucionó en campo libre, llegando a convertirse en ardiente propagador de las ideas anárquicas.

Humano como Luisa Michel, sincero como Pi y Margall, nunca poseyó bien que no fuera de los necesitados ni concibió pensamiento que no expresara sin ambigüedades y sin reticencias, viviendo en contradicción abierta con la España santurrona e hipócrita donde había nacido.

Dado el hombre, se comprenderá fácilmente que no ha podido hundirse en la tumba sin llevar en sus carnes las cicatrices labradas por la Justicia española, tal vez la más inicua y más despreciable de todas las justicias humanas. Condenado por no sabemos qué, a perpetua reclusión en un presidio africano, sólo permaneció siete años en el Peñón de la Gomera, pues logró evadirse, favorecido por unos traficantes moros. Otros seis años de cárcel sufrió en Valladolid y Burgos, no habiendo cumplido los doce de la sentencia, merced al indulto de 1899.

Propagandista, más en los actos que en las palabras, no dejó por eso de manejar la pluma. Colaboró asiduamente en muchos periódicos —de modo brillante en la Revista Blanca— y tradujo del francés o del inglés varias obras, entre las que citaremos las Memorias de Luisa Michel y Campos, fábricas y talleres de Kropotkin.

Amalia Carvia dice en Las Dominicales de Madrid al hablar de Salvochea, poniéndole frente al célebre autor de Ana Karenina:

“Tolstoi, con toda su alma de regenerador, no puede compararse con Fermín. Tolstoi vivió la vida del hombre; disfrutó de todos los placeres de la existencia; se recreó en los goces de la familia, y cuando tomó sobre sus hombros la cruz del redentor, fue cuando había agotado las dichas que el mundo ofrece.

“En cambio, Salvochea no vivió desde niño más que para la piedad humana; los juegos de su infancia, los amores de su juventud, las alegrías de la edad viril, no fueron más que un constante trabajo de redención; sus sufrimientos han sido infinitos, tan grandes como su amor por la humanidad.

“El apostolado de Salvochea no fue inspirado por los desengaños de la vida, por la vista de las injusticias sociales, por la lectura de libros revolucionarios, no, ese apostolado fue inspirado por los besos maternales...”.

Si el fragmento de Amalia Carvia nos pinta a Salvochea en el curso de la vida, la siguiente anécdota nos le retrata en la hora del gran viaje, cuando las máscaras se desprenden de los semblantes y dejan ver a los hombres en toda su belleza o en toda su deformidad. La víspera del fallecimiento hablaba con su madre y algunos amigos; la vida, el más allá, la religión, el porvenir de la Humanidad, la anarquía, etc., eran los temas de la conversación, que nos recuerda el último diálogo de Sócrates con sus discípulos. Alguien —quizá la excelente señora que le había dado el ser— mencionó a Jesús, encareciendo su bondad, su amor al prójimo y recordando la resurrección de Lázaro. Salvochea fijó los ojos en su madre y dijo con la mayor serenidad:

—De ser cierto ese milagro, él te prueba que Jesús no era bueno... Sí, no era bueno, porque debió haber resucitado a todos los muertos del pueblo.

(1908)

El individuo

La Roma clásica nos legó al Dios-Estado: la Roma medioeval nos impuso a la Diosa-Iglesia. Contra esos dos mitos combate hoy el revolucionario en las naciones católicas. Quiere derrumbar a la Iglesia (bamboleante ya con los golpes de la Reforma, de la Enciclopedia y de la Revolución Francesa) para levantar en sus ruinas el monumento de la Ciencia. Quiere destronar al Estado (sacudido ya por los embates de la propaganda anarquista) para establecer la sola autonomía del individuo. En resumen: el revolucionario moderno pretende emancipar al hombre de todo poder humano y divino, sin figurarse con algunos librepensadores que basta someter lo religioso a lo civil o desarraigar del pueblo la religión para alcanzar la suma posible de libertades. Concediendo al Estado lo roído a la Iglesia, disminuimos la tiranía celeste para aumentar la profana, escapamos al fanatismo del sacerdote para caer en la superstición del político, dejamos a la Diosa-Iglesia para idolatrar al Dios-Estado.

A fuerza de mencionar las ideas absolutas, algunos teólogos de la Edad Media concluyeron por creerlas tan realidad como los seres y las cosas tangibles: a fuerza de elucubrar sobre el Estado, los políticos de hoy acaban por reconocerle una personalidad más efectiva que la del individuo. El estadista moderno reproduce al realista medioeval, puede habérselas con Duns Scot. No habiendo más realidad que el individuo, el Estado se reduce a una simple abstracción, a un concepto metafísico; sin embargo, esa abstracción, ese concepto encarnando en algunos hombres, se apodera de nosotros desde la cuna, dispone de nuestra vida, y sólo deja de oprimirnos y explotarnos al vernos convertidos en cosa improductiva, en cadáver. Con su triple organización de caserna, oficina y convento, es nuestro mayor enemigo. El sabio repite: “La especie es nada; el individuo es todo”. El político responde: “El Estado es todo; el individuo es nada”.

La consecuencia de este principio, concepción de la Humanidad como un gran ser, como un organismo viviente donde los individuos hacen el papel de órganos y hasta de simples células puede originar conclusiones monstruosas. Si hay individuos-cerebro e individuos-corazón, ¿por qué no habrá individuos-cabellos e individuos-uñas? Se establecería la división del cuerpo social en partes nobles y partes viles: unas dignas de conservación por necesarias, otras susceptibles de eliminarse por no afectar la vida del gran ser. Los hombres no formamos células inconscientes ni órganos sometidos a la impulsión de un alma central y colectiva: somos organismos descentralizados, con vida propia y voluntad autónoma. Verdad, no podemos existir fuera de la sociedad; estamos organizados para vivir en ella; pero verdad, también, que en medio de los hombres podemos gozar de un aislamiento relativo y ejercer el derecho de segregación.

Sobre todos los poderes y todas las jerarquías, se levanta el individuo, con derecho a desenvolver íntegramente su persona, rechazando el yugo de los fuertes y la superstición de los ignorantes. No tiene por qué someterse a la imposición de las mayorías parlamentarias o populares ni esclavizarse a la servidumbre de una patria. Es dueño absoluto de su yo. “Hay —dice Alfredo Calderón— una propiedad, primaria, espontánea, eterna, que lleva en sí su propia legitimidad, que no necesita para subsistir del reconocimiento social, que nace de las entrañas de la naturaleza humana: la propiedad que cada hombre tiene sobre sí mismo, su cuerpo y su espíritu, sus sentidos y sus potencias, sus manos, sus pies, sus ojos, sus miembros, sus pensamientos y sus afectos” (Palabras). “No —escribe Pompeyo Gener—; esta vida que tenemos no se la debemos a nadie, podemos emplearla como mejor nos plazca. Todo en mí, el pensar, el sentir, el querer, mis energías, mis actos, mis esfuerzos todos me pertenecen, no se los debo a nadie ni a ninguna personificación, ni a ningún fantasma, o concepción impuesta, llámese Virtud, Deber o Superhombre... No quiero ni que me levanten ni que me obliguen a levantarme: quiero levantarme yo mismo; y si me faltan fuerzas, en el momento en que me falten ya pediré yo ayuda” (Inducciones). Yves Guyot condensa en una línea las frases de Gener y Calderón: “Chaque être humain est propiétaire de sa personne”.

No somos, pues, de hombre alguno ni colectividad, en una palabra, de nadie, sino de nosotros mismos o de los seres que amamos y a quienes nos dimos por voluntad propia. Si altruistas, vivimos para los demás y hasta nos sacrificamos por ellos; si egoístas, vivimos idolatrándonos y haciendo de nuestro yo el punto central del Universo.

Más, ¿de qué sirve al individuo poseer en teoría su yo, si carece de medios para mantenerle y perfeccionarle? Al crearnos, la Naturaleza nos impone la obligación de vivir. Tenemos derecho a respirar, no vegetando pobre y lastimosamente, sino realizando la vida más intensa y más extensa. Quien no posee lo necesario ni puede adquirirlo con su trabajo, debe apropiarse lo sobrante o lo superfluo de los privilegiados. Todos bien o todos mal: si los productos de la Tierra bastan al regalo de la Humanidad, que todos se regalen; si no, que todos sufran privaciones. Nadie se lo cuplete ni goce de confort, mientras algunos padecen hambre y desamparo. Al aceptar resignadamente la miseria, al no combatir para obtener un lugar en el festín, el individuo menoscaba su dignidad de hombre y pierde su derecho a lamentarse. ¿No son pocos los detentadores? ¿No son muchos los detentados? ¿Por qué, teniendo la razón y la fuerza, no se conquista la posesión de la Tierra? Porque la Humanidad se compone de plebe innumerable y de aristocracia reducidísima: plebe, los sumisos y resignados; aristocracia, los insumisos y rebeldes.

Proclamar el individualismo bien entendido no equivale a preconizar el renacimiento de la barbarie. El hombre emancipado no venera credos ni respeta códigos, mas profesa una moral: proceder conforme a sus ideas sobre el Universo y la vida. Nadie tiene derecho de argüirnos con lo ineludible de ciertos deberes: al imperativo categórico de Kant podemos responder con otro imperativo diametralmente opuesto. Como el hombre muda con el tiempo y el grado de ilustración, no puede haber una moral inmutable ni para el individuo mismo: a cada época de la vida le cumple su norma de moralidad. De la naturaleza no alcanzamos a inferir obligaciones morales sino a constatar hechos y deducir leyes: prima la fuerza, sucumben los débiles. La protección recíproca entre algunos animales de la misma especie no constituye una ley universal o cósmica. La justicia y la compasión parecen exclusivas al hombre, más exactamente dicho, a ciertos hombres en el estado social.

No hacemos la apología de la especie humana. En el corazón del civilizado se oculta siempre un salvaje, más o menos adormecido: el más apacible no desmiente la selva donde sus abuelos se devoraron unos a otros. Mas ¿la Humanidad no puede existir sin beber sangre? ¿El Estado subsistirá siempre como freno y castigo? ¿Eternamente reinarán el juez, el carcelero, el policía y el verdugo? Con excepción de algunos refractarios, perversos por naturaleza y más enfermos que delincuentes, la especie humana es educable y corregible. Si abunda el atavismo del mal, no puede afirmarse que falta el del bien. Nuestros millares de ascendientes ¿no encierran ninguno bueno? Dada la perfectibilidad humana, cabe en lo posible la existencia de una sociedad basada en la Anarquía, sin más soberano que el individuo. Media más distancia del salvaje prehistórico al hombre moderno que del hombre moderno al individuo de la futura sociedad anárquica.

El Estado con sus leyes penales, la Iglesia con sus amenazas póstumas, no corrigen ni moralizan; la Moral no se alberga en biblias ni códigos, sino en nosotros mismos: hay que sacarla del hombre. El amor a nuestro yo, la repugnancia a padecer y morir, nos infunden el respeto a la vida ajena y el ahorro del dolor, no sólo en el hombre sino en los animales. Por un egoísmo reflejo, el negativo precepto cristiano de “No hacer a otro lo que no quisiéramos que nos hiciera a nosotros”, se sublima en el positivo consejo humano de “Hacer el bien a todos los seres sin aguardar recompensa”.

La comuna de París

Si hay algo que puede hacernos poner en duda la infalibilidad de los fallos históricos es seguramente la rápida modificación de los juicios sobre la Comuna de París. Execrada ayer por casi todos los escritores burgueses como una explosión de las malas pasiones o como la siniestra mascarada de unos bandidos sedientos de sangre y pillaje, es considerada hoy por muchos escritores de esa misma casta como un prematuro ensayo de reivindicaciones sociales o como la insurrección violenta pero justa de hombres animados por ideales generosos. Raros dejan de condenar la implacable saña de los vencedores ni de horrorizarse ante el resultado de una desigual partida en que el ejército de Versalles sufrió unas quinientas bajas mientras los comunistas o confederados tuvieron más de treinta mil víctimas, incluyendo en ellas un considerable número de mujeres, de ancianos y aun de niños.

Hasta los políticos —que fueron y siguen siendo los mixtificadores del pueblo y los monopolizadores de los beneficios causados por las revoluciones—, hasta ellos recurren hoy a los distingos, separan el bien del mal y reconocen que la Comuna de París hizo la república de Francia. Reconocimiento irónico y romántico, pues no les induce a mostrarse más agradecidos ni más humanos con sus benefactores. El obrero sufre bajo el gobierno republicano de Falliéres la misma servidumbre económica que sufría bajo el régimen imperial de Napoleón III. Hoy, como antes, el político es el aliado del patrón; hoy, como antes, el obrero en huelga tiene que ceder ante el arma del pretoriano. Si el comunista de 1871 hizo la República, los republicanos no le hicieron más libre ni más feliz.

Examinando las cosas a la luz de la experiencia y con la perspectiva de la distancia, se ve, actualmente, de qué provino el fracaso y en dónde se hallan las raíces del mal. La Comuna incurrió en la gravísima falta de haber sido un movimiento político, más bien que una revolución social; y si no hubiera muerto ahogada en sangre, habría desaparecido tal vez en un golpe de Estado, como sucedió a la República del 48. Sus hombres, por más temibles y destructores que parecieran a los vecinos honrados, sentían hacia las instituciones sociales y hacia la propiedad un respeto verdaderamente burgués. No atreviéndose a provocar una crisis financiera de amplitudes colosales, se convirtieron en guardianes de la riqueza amontonada en los bancos, defendieron a ese Capital —inhumano y egoísta— que azuzaba y lanzaba contra ellos a la feroz soldadesca de Versalles.

En cuanto a los crímenes y horrores de la Comuna, ¿cuáles fueron, exceptuando el fusilamiento del arzobispo Darboy, del clérigo Deguerry y de unos cuantos frailes dominicos? El acto, no por muy censurable que sea, merece disculpa al tener presente que vino como represalia y fue ejecutado en las últimas horas de la lucha, cuando el despecho de la derrota inevitable y cercana enfurecía los corazones y les ahogaba todo sentimiento de humanidad. ¿Por qué horrorizarse con una decena de ejecuciones hechas por los comunistas y no con los millares de asesinatos cometidos por el ejército del orden? Será, probablemente, por la categoría de las víctimas, pensando que la vida de un obispo vale por la vida de diez mil proletarios. Nosotros no pensamos así; no sabemos por qué la sangre de un clérigo ha de ser más sagrada que la de un albañil. Vida por vida, nos parece más útil la del obrero que la del vendedor de misas y mascullador de latines.

Aunque muchos juzguen una exageración el repetirlo, afirmamos que si en algo pecó la Comuna, fue, seguramente, en la lenidad de sus medidas: amenazó mucho, agredió muy poco. Un testigo, nada favorable a ella, escribía a mediados de mayo, es decir, unos cuantos días antes de la toma de París: “Siete semanas hacía que la Comuna decretaba medidas terroristas y justo el mismo tiempo que esas medidas quedaban sin ejecución. Se comenzaba a creer, de su parte, en una especie de locura dulce, compatible con una sociabilidad relativa... Los solos condenados serios eran los pobres diablos que ella enviaba a las fortificaciones” (Ludovic Hans).

(1909)

Primero de mayo, 1909

Si los proletarios de América y Europa se congregaran hoy para únicamente celebrar la fiesta del trabajo, merecerían ser llamados ingenuos, infelices y hasta inconscientes, pues no harían más que sancionar su miseria y su esclavitud. Examinando bien los hechos, sin dejarnos alucinar por la fraseología de sociólogos oficiales y oficiosos, ¿qué diferencia hay entre el esclavo antiguo (que era la propiedad o la cosa del amo) y el trabajador moderno que sigue siendo el autómata o la máquina del patrón? Vemos una sola diferencia: en la Antigüedad el vencedor esclavizaba al vencido, francamente, proclamando el derecho de la fuerza, sosteniendo que unos habían nacido para mandar y otros para obedecer, mientras en las sociedades modernas el letrado y el capitalista explotan al ignorante y al obrero, hipócritamente, predicando la evangélica máxima del amor al prójimo, hablando de libertad, igualdad y fraternidad.

El trabajo, tal como se halla organizado y tal como desearían conservarle los capitalistas, se reduce a la explotación de muchos por unos pocos, al sometimiento servil de la gran masa bajo la voluntad omnipotente de algunos privilegiados, a la eternización de un verdadero régimen de castas en que los de arriba gozan de luz y bienestar mientras los de abajo vegetan en la ignorancia y las privaciones. Ese trabajo manual (tan encarecido por los traficantes y los ociosos) no siempre dignifica y engrandece. Trabajar para recoger todo el fruto de su labor o hacerlo voluntariamente para transformar el Globo en una morada cómoda y salubre, concediéndose las horas necesarias al solaz, a la instrucción y al sueño, es digno del hombre; pero bregar y esquilmarse para que otros reporten los beneficios o hacerlo obligadamente para sólo dulcificar la vida de los amos, negándose el descanso indispensable, comiendo mal, durmiendo poco, vistiéndose de guiñapos y no conociendo más placeres que el trago de aguardiente y la procreación, es indigno del hombre.

No faltan desgraciados que merced a ese régimen degeneran al punto de transformarse en animales de tracción y de carga, con la circunstancia de tener menos descanso y menos pitanza que el asno y la mula. Pero ¡qué mula ni qué asno! Hombres hay convertidos en algo inferior a las acémilas, en verdaderos aparatos que sólo realizan actos puramente mecánicos. Han perdido todo lo humano y, primero que nada, el instinto de la rebelión. No les hablemos de reclamar sus derechos, de pedir lo suyo, de adquirir la dignidad de hombres: no entenderán nuestras palabras y se volverán contra nosotros para defender a su verdugo ya su Dios: el capitalista.

Felizmente la luz va penetrando en el cerebro de los proletarios y muchos comprenden ya que el 1° de mayo, para no ser una fiesta ridícula o pueril, debe significar algo más que la glorificación del trabajo. Se congregan hoy para recordar a los buenos luchadores que señalaron el camino y para reconocerse, estrechar las filas, cambiar ideas y acelerar el advenimiento del gran día rojo. Y decimos rojo, pues no incurriremos en la ingenuidad o simpleza de imaginarnos que la Humanidad ha de redimirse por un acuerdo amigable entre los ricos y los pobres, entre el patrón y el obrero, entre la soga del verdugo y el cuello del ahorcado. Toda iniquidad se funda en la fuerza, y todo derecho ha sido reivindicado con el palo, el hierro o el plomo. Lo demás es teoría, simple teoría.

La fuerza

Cuando se dijo: La fuerza está sobre el derecho, los sentimentales de ambos mundos lanzaron un grito de horror, como si hubieran nacido en un planeta de rosas sin espinas, de animales sin garras y de hombres sin atavismos de fiera. Sin embargo, la célebre frase (atribuida sin razón a Bismarck) no sancionaba un principio, reconocía un hecho.

Lo mismo ha sucedido últimamente con la afirmación de los chilenos: La victoria es la suprema ley de las naciones. Los sudamericanos, principalmente los hijos del Perú, nos hemos horripilado, hemos proferido clamores de indignación. Si la victoria no es la ley suprema de las naciones, si no concede ningún derecho, ¿qué da, entonces, a los pueblos? ¿Tendrá el victorioso la obligación de cubrir los gastos de guerra, indemnizar los daños y perjuicios, ceder una faja de su territorio y signar el tratado impuesto por el vencido? Desde que el hombre existe, el derecho figura como un lujo de los fuertes, la victoria como la ley suprema.

En el terreno de la realidad, no pasa todo como en el mundo de la imaginación y del sentimentalismo. Los hombres respiramos en una atmósfera de crímenes y abominaciones; y como nos figuramos vivir en una tierra de gloriosa beatitud, confundimos lo real con lo fantástico y queremos hallar en los individuos y en los pueblos lo que sólo existe en las células de nuestro cerebro. Felizmente, la experiencia diaria nos enseña que no basta un silogismo para detener un ataque alevoso, ni que dos beligerantes deponen las armas porque un mediador bien intencionado les predica las excelencias del arbitraje.

Nosotros mismos, las gemebundas y lacrimosas víctimas de hoy, ¿qué hablamos de justicia ni derechos, cuando muy bien nos convertiríamos mañana en los detentadores y verdugos de nuestros vecinos? No somos agresivos ni malos con el extranjero porque la debilidad nos reduce al papel de inofensivos y buenos. Los que en las guerras civiles incendiamos poblaciones y fusilamos prisioneros, los que fríamente flagelamos en los cuarteles y torturamos en las cárceles; los que nos mostramos hienas de nosotros mismos, ¿nos transformaremos en ovejas al mirarnos frente a frente de un pueblo enemigo? Un patriotismo de conveniencia y pacotilla no debe inducirnos a echar un velo sobre las páginas abominables de nuestra historia: si hay la perfidia y la iniquidad chilenas, hubo también la perfidia y la iniquidad peruanas, que no siempre fuimos generosos y leales con Bolivia ni el Ecuador.

Hablemos sin hipocresía ni fórmulas estereotipadas. ¿Por qué figurarse a los hombres más buenos de lo que generalmente son? ¿Por qué imaginarnos a las naciones más civilizadas de lo que en realidad se encuentran? Verdad, convergemos hacia una tierra de paz y misericordia; pero todavía no llegamos: en el viaje nos acometemos, nos herimos y nos devoramos. El hombre, individualmente, suele perfeccionarse hasta el grado de convertirse en una especie de semidiós; colectivamente, no ha pasado hasta hoy de un idiota o de una fiera. La elevación moral no parece un rasgo característico de la especie, sino más bien el don excepcional de unos cuantos individuos. No hubo pueblo —Sócrates ni nación-Aristóteles. En los momentos críticos, las naciones más civilizadas revelan alma de patán: sus más delicadas y graves cuestiones las dilucidan y las zanjan a puñetazos. En la fauna internacional, todas las manos cogen, todas las mandíbulas muerden, aunque la mano se llame Inglaterra, aunque la mandíbula se llame Francia.

No glorifiquemos la debilidad ni la flaqueza, siguiendo las tradiciones de una religión depresiva y envilecedora; por el contrario, volviendo a las buenas épocas del paganismo, ensalcemos el desarrollo simultáneo de la fuerza intelectual y física, y veamos en el equilibrio de ambas el supremo ideal de la perfección. ¿De qué nos sirve la constitución de un Hércules, si poseemos la masa cerebral de un cretino? ¿Qué nos vale la inteligencia de un Platón, si tenemos un organismo degenerado y enfermo?

El débil maldiciendo la fuerza, nos hace pensar en el eunuco renegando de la virilidad. Si la fuerza consuma las iniquidades, sirve también para reivindicar los derechos. Todos los privilegios y todos los abusos se basan en la fuerza; con la fuerza tienen que ser destruidos. ¿Nos figuraremos que un banquero de la Cité se despojará de sus bienes, con sólo estimular la caridad cristiana? ¿Nos imaginaremos que un Zar de Rusia se humanizará, con sólo invocarle los sentimientos filantrópicos? Nada pidamos a la caridad ni a la filantropía: se hallan en bancarrota; esperémoslo todo de la justicia; pero no de la justicia armada con los simples argumentos del sociólogo, sino de la justicia encarnada en el brazo de las muchedumbres.

Lo repetimos: no basta la fuerza del brazo; y la máxima antigua de alma sana en cuerpo sano, debe traducirse hoy por alma fuerte en cuerpo fuerte. Porque fuerza no es únicamente el vapor que mueve la hélice del buque, el hacha que golpea en el tronco del árbol o la dinamita que pulveriza las rocas: fuerza es el escrito razonable y honrado; fuerza, la palabra elocuente y libre; fuerza, la acción desinteresada y generosa. El poder interior del hombre se realza con el prestigio de lo desconocido y misterioso: calculamos la potencia del músculo; pero ¿cómo medimos la fuerza de un cerebro? ¿Cómo podemos saber lo que realizará mañana un pensamiento arrojado a germinar hoy en el cráneo de las multitudes? ¡Cuántas veces la Humanidad se agita y marcha, inconscientemente, al empuje de una idea lanzada hace tres o cuatro mil años!

Como una muestra de la enorme desproporción entre la fuerza del alma y la fuerza del cuerpo, ahí están los obreros de ambos mundos, los siervos del feudalismo capitalista. Llevan el vigor en el músculo; pero como esconden la debilidad en el cerebro, sirven de eterno juguete a los avisados y astutos. En vez de unirse y apresurar la hora de las reivindicaciones sociales, se dividen, se destrozan y se prostituyen en las rastreras luchas de la política; no ejercen derechos de hombre, y rabian por gollerías de ciudadanos; carecen de pan, y reclaman el sufragio; no comen, y votan. ¡Pobre rebaño que se congratula y satisface con la facultad de elegir a sus trasquiladores!

No; los obreros no alcanzan a comprender que si practicaran la solidaridad de clase, si tuvieran un solo arranque de energía, si dieran unos cuantos golpes con la piqueta y el hacha, no tardaría mucho en venir por tierra el edificio de todos los abusos y de todas las iniquidades. Pero no se atreven: el miedo a lo que no debe temerse y el respeto a lo que no merece respetarse, les conserva eternamente inmóviles y sujetos. Más que un rebaño, las muchedumbres son gigantes encadenados con telarañas.

El autor

Manuel González Prada (1844-1918) fue un hombre de grandes rechazos. Nacido en la aristocracia limeña, se apartó de ella para acercarse al obrero. Fue socio del Ateneo de Lima (el Club Literario de Ricardo Palma), pero poco a poco fue desilusionándose con la tradición literaria que predominaba allí. Participó en la fundación del Círculo literario, vehículo para proponer una literatura basada en la ciencia y orientada así hacia el futuro. Se alejó del partido Civilista para fundar con sus amigos del Círculo un partido radical, la Unión Nacional. Este partido lo nombró candidato presidencial, pero él negó su propio caudillaje, huyendo a Europa. En sus ensayos, divulgó las ideas positivistas de Auguste Comte. Sin embargo, terminó convirtiéndose en partidario del anarquismo, el elemento social más criticado por el filósofo francés.

González Prada siempre fue rebelde. Después de la Guerra del Pacífico, salió de su casa (donde había permanecido como signo de protesta contra los chilenos), y se puso a criticar todo lo que fuera conservador, en discursos, en congresos y en el periódico de mayor importancia, El Comercio. Después de poco tiempo, había ofendido a todos. El Comercio negó a publicarlo más, y el joven anarquista se frustró.

Después de su estadía en Europa (1891-1898), vuelve al Perú. No más daría discursos sobre la literatura, ahora se acerca al proletario. Negado sus vínculos con la prensa del Establishment, publica sus ensayos en la prensa efímera.

Al final de su vida tomó por primera vez un trabajo en el gobierno. Como director de la Biblioteca Nacional del Perú, en la Avenida Abancay, reorganizó y elevó las materias. Murió de un infarto cardíaco el 22 de julio de 1918. Su influencia se quedó registrada en escritores y políticos tan diversos como José Santos Chocano, César Vallejo, José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre.

[1] Este artículo fue escrito en las horas más álgidas del fenecido entredicho chileno-peruano, y es bueno recordar que el autor encarnó la protesta de la juventud peruana a raíz de la guerra del 79. La proceridad de González Prada y el significado de la obra total hacen indispensable conservar la integridad de su pensamiento, haciendo presente las circunstancias mencionadas. (Nota de Alfredo González Prada y Luis Alberto Sánchez).