A principios de 2010, se cumplió el cincuenta aniversario de la muerte de Albert Camus, en desgraciado accidente de coche y a temprana edad. Fue un hombre lúcido y honesto que, a diferencia de muchos otros intelectuales de su tiempo, denunció la represión en cualquier régimen y en cualquier ideología. En el campo filosófico, la figura de Camus se asoció al existencialismo cuando esta tendencia se encontraba en un periodo álgido. A ello contribuyó el hecho de que los temas que trató en sus novelas (El extranjero, La peste...) y en sus ensayos (el más conocido es El mito de Sísifo) fueron también tratados por autores existencialistas. Pero los expertos afirman que existen importantes diferencias entre los existencialistas y Camus, ya que éste no trata de hacer filosofía (o, al menos, metafísica). Camus escribió que la metafísica, o cualquier creencia, no entran en la descripción de «un mal del espíritu» en «estado puro». El problema filosófico auténticamente serio para Camus es la posibilidad del suicidio, debido al divorcio que establece el hombre con la vida producido por el absurdo de un mundo sin sentido. Pero Camus niega tal posibilidad, si el hombre desaparece el mundo permanecerá tal como está, por lo que de lo que se trata es de otorgarle sentido.

Para Camus, filósofos como Kierkegaard, los fenomenológicos y Heiddeger han atendido la «llamada» del hombre por un mundo con sentido, pero ante la sinrazón silenciosa del mundo continúa existiendo el absurdo y la tentación del suicidio. Clave resulta también para el francés el imperativo de no sucumbir ante la tentación del nihilismo. El hombre, ante su alienación, debe aceptar dicha situación para salir de ella eludiendo dos peligros: la autoeliminación y la mera creencia. Camus razonó que el suicidio, la tentativa de sucumbir ante esa confrontación desesperada entre la interrogación del hombre y el silencio del mundo, y el crimen, producido también ante esa confrontación, eran la misma cosa, por lo que hay que tomarlas o dejarlas conjuntamente. No habla Camus del suicida que lleva a cabo su acción en soledad, y por tanto preservando algún valor y negando la fuerza sobre los otros, ya que no existe en tal caso una negación absoluta. Dicha negación solo acaba con la destrucción de uno mismo, pero también de los otros, una destrucción absoluta.

Pero el reconocimiento de lo imposible de esa negación absoluta parece conducir a un nuevo absurdo (una nueva contradicción, en suma), a una situación en la que el crimen ni es legitimado ni parece totalmente evitable, lo que Camus describe como una situación (y una época, la que le tocó vivir) «enardecida de nihilismo». Camus se vuelca en negar ese mantenimiento en el absurdo, en pedir que no se niegue su verdadero carácter, que es ser «un paso vivido, un punto de partida, el equivalente, en la existencia, de la duda metódica de Descartes».

Para Camus, lo que diferencia al movimiento de rebeldía de una revolución, es que ésta tiene aspiraciones políticas y económicas. En la teoría, la palabra revolución posee el mismo sentido que en astronomía: «movimiento que se cierra sobre sí mismo, que pasa de un gobierno a otro después de una traslación completa». La revolución empezaría a partir de la idea, con su inserción en la experiencia histórica, mientras que la rebeldía es el movimiento que conduce de la experiencia individual a la idea. Camus afirma que si la rebeldía mata hombres, la revolución eliminará tanto hombres como principios. Tal vez no haya habido una revolución definitiva en la historia, ya que solo podría haber una en este sentido. Con la constitución de un gobierno, el movimiento que quiere cerrar el círculo da lugar a otro nuevo en ese mismo instante. Camus menciona a los anarquistas al asegurar, en la línea antes mencionada, que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. Proudhon dijo que un gobierno revolucionario supone una contradicción debido a su propia condición de gobierno. Un gobierno revolucionario es sinónimo, como la historia ha demostrado, de ambiciones imperialistas y de un estado de guerra permanente. La confianza que existía en el siglo XIX en la emancipación progresiva del género humano hace que se contemplen las revueltas sucesivas que ha dado la historia como un intento de encontrar su forma en la idea, sin que se haya llegado aún a la revolución definitiva (lo que supondría, tal vez, el fin de la historia).

En El hombre rebelde, escrito en 1951, Camus niega la posibilidad de una rebelión «metafísica» o realizada en nombre de la realización de un «ideal», ya que acaba desembocando en una nueva esclavitud. Hay que entender el pensamiento de Camus y situarlo en el contexto de una terminología filosófica. En nombre de un «absoluto» se acaban realizando las mayores injusticias, el hombre debe buscar la rebelión en su nivel, en el plano humano. Por muy nobles que sean los propósitos de una causa, por muy humanista que sea el contenido de una rebelión, el mal llegará cuando se sustituye al hombre real (de carne y hueso) por el hombre abstracto. Los mayores campos de esclavos han invocado a la libertad, los más grandes genocidios se realizan en nombre del amor al «hombre» y por una inclinación a lo superhumano. Se produce así la negación de la rebelión en su intención original, la negación de la vida y la llegada al absurdo y a la destrucción. Camus escribió: «En el mediodía del pensamiento la rebelión rechaza, así, la divinidad para participar de las luchas y el destino comunes».

No se suele resaltar el indudable afecto que este autor librepensador tenía hacia el anarquismo, movimiento que apoyará en no pocas ocasiones. La lucha contra el totalitarismo, adopte el color que adopte, no fue unida en el caso de este autor a una adscripción a un liberalismo sucumbido ante el capitalismo, su talante libertario se lo impidió. La escritura de El hombre rebelde le haría romper definitivamente con el comunismo, la clara distinción que realiza entre socialismo autoritario y socialismo libertario, junto a la simpatía con la que observa a los anarquistas y sindicalistas revolucionarios, le haría comulgar con el movimiento anarquista. A diferencia de la excomunión que había recibido de sus conocidos marxistas y existencialistas, Camus entró en un enriquecedor debate con algunos anarquistas, no exento de discrepancias, y que éstos se identificaran finalmente con el rebelde descrito por Camus. Es conocida la anécdota con Gaston Leval, cuando éste le reprochó no haber realizado un retrato acertado de Bakunin; Camus le contestó en las páginas de Le Libertaire (precedente del actual Le Monde Libertaire), periódico de la Federación Anarquista, que en futuras ediciones de El hombre rebelde corregiría algunos pasajes al respecto.

Desgraciadamente, Camus murió joven, pero su recuerdo y su pensamiento se agrandan con el tiempo. Al igual que a los anarquistas, el tiempo le ha dado la razón en tantas cosas incomprendidas o justificadas en su momento, su enemistad con todo absolutismo en nombre de un humanismo y de una razón con un campo más amplio es de una actualidad innegable. Si su denuncia en El hombre rebelde alcanzaba a toda suerte de teologías e ideologías, justificadoras del peor horror en nombre de su «verdad», hoy continúa siendo un antídoto contra todo autoritarismo que retorna una y otra vez en una época de escasez de valores. Pero la denuncia de Camus, en nombre de una libertad tan pervertida, se convierte también en exigencia de rebelarse contra toda injusticia, explotación económica y desigualdad social, y de trabajar por un mundo sin fronteras. También en sintonía con los ácratas, sostuvo que debían ser los medios los que justificaran el fin, nunca al revés. A cincuenta años de su muerte, Camus merece ser leído una y otra vez.