I.

      II.

      III.

      IV.

      V.

      VI.

      VII.

      VIII.

      IX.

I.

No es poco frecuente que escuchemos, cuando se habla de las diferencias entre el anarquismo con las otras corrientes de izquierda, que el anarquismo es una corriente “libre de dogmas”, “no cerrada sobre sí misma” y “abierta al desarrollo mediante la libre crítica”. Esto se ha repetido hasta el hartazgo, insaciablemente, y de común se asume tal cosa como una virtud suprema del anarquismo. Sin embargo, el menor contacto con la realidad de los círculos anarquistas nos entrega una realidad bien diferente a estas autocomplacientes declaraciones. Pese a todo lo que se diga de la falta de “dogmatismo” en el anarquismo, lo que frecuentemente encontramos es falta de reflexión sistemática mezclada con el más recalcitrante de los dogmatismos, donde el análisis sereno de la realidad es reemplazado por una serie de categorías apriorísticas e incontrastables con la realidad. Lejos de encontrar un ambiente favorable al desarrollo de la crítica, encontramos un movimiento paranoico que tiende a tomar la crítica por ataque o que es demasiado tímido como para discutir en términos efectivos las diferencias reales en su seno. Y encontramos a un movimiento que, lejos de aceptar las diferencias, discutiéndolas con altura de miras, está siempre presto a excomulgar. Tal cosa no es defecto de tal o cual publicación o de tal o cual personaje en el movimiento (aunque claramente haya quienes llevan esta tendencia a niveles patológicos), sino que es un defecto profundamente engranado en el movimiento libertario que permea a prácticamente todos los sectores y corrientes de éste.

En verdad, el anarquismo tiene aún muchas falencias. Adolecemos como movimiento de bastantes cosas, somos aún un movimiento en ciernes, pese a nuestra larga historia. Pero una de las carencias que más duele es la ausencia de una tradición auténtica de debate. Pues ahí donde no hay discusión hay dogmatismo, y donde hay dogmatismo hay ignorancia. Donde la discusión no vuela libremente, lo que impera es la falta de dinamismo en las ideas y el desfase con la realidad. En semejante ambiente no puede propiciarse el desarrollo de un movimiento sano, con ambiciones de transformar el mundo actual.

II.

Carecemos de una tradición de discusión. Estamos demasiado acostumbrados a “denunciarnos” en vez de discutir. Hay muchos en nuestro movimiento más cercanos al espíritu de Torquemada que al espíritu de Bakunin. Hay muchos que prefieren desperdiciar su tiempo “vigilando” los pasos de otros anarquistas y denunciando lo que sea que ellos consideren una desviación, en lugar de aportar a la construcción concreta de un movimiento. El anarquismo aparece así, más que como una herramienta de transformación del mundo, como un conjunto de dogmas elementales, de rudimentos políticos mal digeridos, de consignas vagas y generales que reemplazan la reflexión política seria. El simplismo quita espacio al pensamiento articulado. Tenemos demasiados auto-proclamados defensores de la fe y demasiados pocos anarquistas dispuestos a desafiar lo presente para explorar nuevos caminos para el anarquismo ante un mundo que no deja de girar.

En vez de aceptar las diferencias de opinión como tales y proceder a intercambiar, respetuosamente, enérgicamente, pero siempre con ánimo constructivo, denunciamos y descalificamos. No sabemos debatir y frecuentemente nuestras discusiones se han entrampado en cuestiones de principios y todas las divergencias tácticas son elevadas a la categoría de discusiones de los principios eternos del anarquismo. Pierre Monatte, el viejo anarquista sindicalista francés, se quejaba en el Congreso de Ámsterdam (¡en 1907!) de que “Existen camaradas que, por todo, incluso por las más futiles cosas, sienten la necesidad de levantar cuestiones de principio[1]. Con ello, parece que a cada diferencia nos estamos jugando la razón del ser anarquistas y las posiciones divergentes son caricaturizadas como “autoritarias”, “totalitarias”, “marxistas”, “reformistas”, etc... Rótulos bastante útiles para evitar abordar las discusiones de manera política y no histérica. En nuestro movimiento, lamentablemente, se tiende a adornar, cualquier argumentación, con un sinnúmero de adjetivos calificativos que no aportan nada, absolutamente nada, al esclarecimiento del asunto a debatir. Así, cada debate en torno al anarquismo termina en una pugna por ver quién es el “más” anarquista, quién es el que conserva la línea sagrada... y no quién tiene la razón a la luz de la realidad.

Pareciera ser que en este ambiente de “denuncias” y ausencia de debate, la realidad misma no fuera sino un aspecto secundario que poco o nada aporta a cualquier materia que está en el tapete.

III.

Este sectarismo y dogmatismo también se ven reflejados en nuestra propaganda. Incluso hemos llegado al extremo que publicaciones completas del anarquismo gastan una cantidad enorme de tinta y papel en atacar a otros anarquistas, en vez de discutir sanamente o atacar a aquellos que realmente joden la vida a millones de personas en este mundo[2]. Quienes obran de esta manera hacen un enorme daño al movimiento: no solamente alimentan las tendencias centrípetas en el anarquismo, sino que además persuaden a los lectores no familiarizados con nuestras ideas, de que el anarquismo es un movimiento de espíritu mezquino, estrecho y pequeño, encandilado en sus propias vanidades e insensible a los verdaderos problemas de nuestro tiempo. ¿Para qué unirse a un movimiento que está demasiado ocupado con las tareas inquisitoriales como para ocuparse de la problemática cotidiana del conjunto de los oprimidos, de los pobres, de los explotados, de los marginados?[3]

Esta virulencia en los ataques a quienes piensan u obran de manera diferente y este sectarismo, han llegado al paroxismo con las posibilidades abiertas por internet y la comunicación virtual. Cualquiera puede hoy en día insultar gratuitamente y cobardemente, desde la comodidad de su hogar y con la protección brindada por el anonimato, a organizaciones o referentes del movimiento libertario que están dando la cara y la pelea. Cualquiera puede dar rienda suelta a sus ánimos destructivos y a su espíritu miserable para despreciar los esfuerzos levantados, muchas veces con enormes sacrificios por compañeros que sí se están mojando la espalda para levantar en los hechos una alternativa libertaria. Con todas las posibilidades abiertas por internet para intercambiar experiencias y discutir, es decidor que la mayoría de los foros sean pobrísimos y que donde más tráfico de comentarios hay, sea solamente para insultarse o para descalificarse. Esto es una realidad extremadamente triste y dolorosa para quienquiera sea honesto en la lucha.

Esto es propio de movimientos alejados de la realidad, y en verdad, aún en las filas del anarquismo hay muchos quienes carecen de contacto –en un sentido orgánico, obviamente- con el mundo popular o carecen de cualquier esfuerzo por levantar un trabajo constructivo en medio de los explotados. A la lucha no basta conocerla por los libros de historia, sino que debe saber hacerse carne en el día a día. Con gente desarraigada de las luchas y organizaciones populares creemos que es difícil un debate efectivamente constructivo, pues al carecer de experiencia práctica, son incapaces de mantener la discusión en el plano de la realidad y fácilmente son arrastrados al Olimpo de las abstracciones principistas. Y de ahí a las denuncias de “traición al anarquismo”. Ese es su verdadero terreno, y por eso ante las diferencias su natural reacción es refugiarse en la seguridad de su propio grupúsculo, un puñado de guardianes de la fe.

IV.

Estos problemas a los que hago referencia no son, para nada, un asunto nuevo. Hace 85 años ya eran señalados incisivamente por Camilo Berneri en un artículo cuyo tono, a cualquiera que lleve ya un buen tiempo militando en el movimiento anarquista, le sonará tristemente actual y familiar:

(...) Somos inmaduros. Lo demuestra el que se haya discutido la Unión Anarquista haciendo sutilezas sobre las palabras partido, movimiento, sin entender que la cuestión no es de forma sino de sustancia, y que lo que nos falta no es la exterioridad del partido sino la conciencia de partido.

¿Qué entiendo por conciencia de partido?

Entiendo algo más que el fermento pasional de una idea, que la genérica exaltación de ideales. Entiendo el contenido específico de un programa partidario. Estamos desprovistos de conciencia política en el sentido que no tenemos conciencia de los problemas actuales y continuamos difundiendo soluciones adquiridas en nuestra literatura de propaganda. Somos utópicos y basta. Que haya editores nuestros que sigan reeditando los escritos de los maestros sin añadirles nunca una nota crítica demuestra que nuestra cultura y nuestra propaganda están en manos de gente que intenta mantener en pie el propio tinglado en vez de empujar al movimiento a salir de lo ya pensado para esforzarse en la crítica, en lo que está por pensar. Que haya polemistas que intenten embotellar al adversario en vez de buscar la verdad, demuestra que entre nosotros hay masones, en sentido intelectual. Añadamos a los grafómanos para quienes el artículo es un desahogo o una vanidad y tendremos un conjunto de elementos que entorpecen el trabajo de renovación iniciado por un puñado de independientes que prometen.

El anarquismo debe ser amplio en sus concepciones, audaz, insaciable. Si quiere vivir y cumplir su misión de vanguardia debe diferenciarse y conservar en alto su bandera aunque esto pueda aislarle en el restringido círculo de los suyos. Pero esta especificidad de su carácter y de su misión no excluye una mayor incrustación de su acción en las fracturas de la sociedad que muere y no en las construcciones apriorísticas de los arquitectos del futuro. Al igual que en las investigaciones científicas la hipótesis puede iluminar el camino de la indagación pero se cierra esa luz cuando resulta falsa, el anarquismo debe conservar aquel conjunto de principios generales que constituyen la base de su pensamiento y el alimento pasional de su acción, pero debe saber afrontar el complicado mecanismo de la sociedad actual sin anteojos doctrinales y sin excesivos apegos a la integridad de su fe (...)

Ha llegado la hora de acabar con los farmacéuticos de las formulitas complicadas que no ven más allá de sus tarros llenos de humo; ha llegado la hora de acabar con los charlatanes que embriagan al público con bellas frases altisonantes; ha llegado la hora de acabar con los simplones que tienen tres o cuatro ideas clavadas en la cabeza y ejercen como vestales del fuego sagrado del Ideal distribuyendo excomuniones (...)

El que tenga un grano de inteligencia y de buena voluntad que se esfuerce con su propio pensamiento, que trate de leer en la realidad algo más que lo que lee en los libros y periódicos. Estudiar los problemas de hoy quiere decir erradicar las ideas no pensadas, quiere decir ampliar la esfera de la propia influencia como propagandista, quiere decir hacerle dar un paso adelante, incluso un buen salto de longitud, a nuestro movimiento.

Es preciso buscar las soluciones enfrentándose a los problemas. Es preciso que adoptemos nuevos hábitos mentales. Al igual que el naturalismo superó la escolástica medieval leyendo el gran libro de la naturaleza en vez de los textos aristotélicos, el anarquismo superará al pedante socialismo científico, al comunismo doctrinario cerrado en sus casillas apriorísticas y a todas las demás ideologías cristalizadas.

Yo entiendo por anarquismo crítico un anarquismo que, sin ser escéptico, no se contente con las verdades adquiridas, con las fórmulas simplistas; un anarquismo idealista y al mismo tiempo realista; un anarquismo, en definitiva, que injerte verdades nuevas en el tronco de sus verdades fundamentales, que sepa podar las ramas viejas.

No un trabajo de fácil demolición, de nihilismo hipercrítico, sino de renovación que enriquezca el patrimonio original y le añada fuerzas y bellezas nuevas. Este trabajo hemos de hacerlo ahora, porque mañana deberemos reemprender la lucha, que no encaja bien con el pensamiento, especialmente para nosotros que nunca podemos retirarnos a los pabellones cuando recrudece la batalla.

Camillo Berneri

(Pagine Libertarie, Milán, 20 de noviembre de 1922)[4]

Las palabras de Berneri nos hieren por su agudeza, pero ante todo, por su dolorosa actualidad. Aún prima, en la discusión, el ánimo de derrotar al adversario más que el de avanzar y aprender. Aun priman el espíritu de secta por sobre el espíritu de partido. Esto hace que, a la menor diferencia, los grupos se dividan. No es que seamos partidarios de la unidad a toda costa; la unidad solamente tiene sentido cuando hay prácticas e ideas fundamentales que son convergentes (no idénticas, ya que las diferencias son fundamentales para el desarrollo de una línea política). Pero somos enconados adversarios del sectarismo y de la división por nimiedades.

V.

El artículo citado de Berneri no solamente es importantísimo por la crítica que del movimiento hace, sino que además por poner en su correcto lugar la importancia del desarrollo del pensamiento crítico en nuestro movimiento. Creo que aún nuestro movimiento no sabe tomarle el pulso a la importancia del desarrollo de la crítica y la discusión en su seno.

Hay una relación directa entre el nivel de discusión en un movimiento político y su dinamismo. Y solamente un movimiento dinámico toma la iniciativa política y sabe incidir en la realidad. Este factor, el dinamismo, deja bastante que desear en los medios anarquistas. Estamos demasiado acostumbrados a tratar la divergencia de opiniones de dos maneras aparentemente opuestas: o nos insultamos, tratando a quienes piensan diferente de no ser verdaderos anarquistas, o ignoramos las diferencias diciendo que al final en el anarquismo todo vale (hasta la idea más disparatada). El resultado de estos dos mecanismos para enfrentar el disenso es idéntico, empero, y es que a fin de cuentas no hay discusión. O nos encerramos en capillas diferentes, o armamos un solo gran circo donde todos coexisten pero donde nadie toca los temas candentes para no herir “susceptibilidades”.

Aunque superficialmente parezcan extremos diametralmente opuestos, el “todo vale” en el anarquismo y el sectarismo dogmático son idénticos en el hecho de que ambos frustran la discusión y el avance de las ideas.

VI.

Creo que, sin saber discutir entre nosotros, menos sabremos discutir entonces con otros sectores del mundo popular y como resultado, cambiamos la lucha política (el intercambio y el cuestionamiento de ideas y prácticas) por una incansable e insufrible prédica entre los convencidos. Resulta bastante decidor que la gran mayoría de publicaciones de “divulgación” anarquista parezcan dirigidas a otros anarquistas más que a quienes debieran divulgarse nuestras ideas: a esa amplia masa de personas que no piensan ni actúan anárquicamente[5].

De igual manera que entre nosotros las diferencia de opinión o de práctica es sinónimo de anatema, hacia el resto del movimiento revolucionario o de la izquierda, o incluso del pueblo, mostramos la misma cerrazón. “Reformistas”, “Fascistas Rojos”, “Autoritarios” son términos abusados que significan poco o nada a estas alturas, precisamente, por estar tan prostituidos. Términos que, en lugar de ayudarnos a esclarecer las divergencias y tender puentes en la discusión, nos aíslan, sin ayudarnos ni a persuadir ni a esclarecer los puntos reales de discusión. Todos los problemas de métodos y concepciones con el resto de la izquierda son reducidos a la simple fórmula “ustedes quieren el poder y nosotros no”. Siempre he pensado en el absurdo de este planteo: cualquiera que realmente esté enceguecido por la obsesión de tener poder haría mejor en aliarse a los partidos de gobierno o de la burguesía, en vez de militar en un partido comunista o de inspiración socialista, lo que indudablemente le puede traer más problemas que beneficios materiales en lo inmediato. Otra cosa es lo que sucede cuando estos partidos llegan a tener algo de poder en sus manos, o cuando logran desarrollar una burocracia con algunas parcelas dentro de algún movimiento influyente. Pero insisto, esto es un problema de métodos más que de siniestras intenciones originales.

Esto no excluye que en la izquierda, como en cualquier parte, no haya gente deshonesta, gente oportunista, gente con espíritu pequeño e incapaces de entender la realidad más allá de sus estrechas anteojeras partisanas, o peor aún, gente que antepone los intereses de su secta a los del conjunto del pueblo. Pero de aceptar esto a suponer que nosotros somos el único sector revolucionario bien intencionado, puro o abnegado, hay una enorme diferencia.

VII.

Luigi Fabbri, en su fundamental documento “Influencias Burguesas en el Anarquismo” ya por 1918 se quejaba del problema del lenguaje utilizado entre anarquistas para discutir, pero también hacia otros sectores populares o de izquierda. Su queja es particularmente relevante para todo cuanto he tratado de exponer. Nos dice Fabbri:

El fin de la propaganda y de la polémica es convencer y persuadir. Ahora bien: no se convence y no se persuade con violencias en el lenguaje, con insultos e invectivas, sino con la cortesía y la educación de los modales. [6]

Y continúa:

“(...)<em>Pero la violencia del lenguaje en la polémica y en la propaganda, la violencia verbal y escrita, que a veces se ha resuelto dolorosamente en hechos de violencia material contra las personas, la violencia que, sobre todo, deploro, es la que se emplea contra otros partidos progresistas, más o menos revolucionarios, que esto poco importa, que están compuestos de oprimidos y explotados como nosotros, de gentes que como nosotros están animadas por el deseo de cambiar hacia un estado mejor la situación política y social presente. Aquellos partidos, que aspiran al poder, cuando a él lleguen, indudablemente serán enemigos de los anarquistas, pero como esto está aún lejos de ser, como que su intención puede ser buena y muchos males de los que quieren eliminar también queremos nosotros verlos suprimidos, y como que tenemos muchos enemigos comunes y en común tendremos, sin duda, que librar más de una batalla, es inútil, cuando no perjudicial, tratarlos violentamente, dado que por ahora lo que nos divide es una diferencia de opinión, y tratar violentamente a alguno porque no piensa u obra como nosotros es una prepotencia, es un acto antisocial.

La propaganda y la polémica que hacemos entre los elementos de los demás partidos, tiende a persuadirles de la bondad de nuestras razones, a atraerlos a nuestro ambiente. Lo que hemos dicho anteriormente en líneas generales, es decir, que se persuade mal al que se trata mal, es más aplicable en línea particular tratándose de elementos asimilables: de obreros, de jóvenes, de inteligencias ya despiertas, de hombres que ya están en camino hacia la verdad. El choque de la violencia, al contrario, lejos de empujarles, los detiene en este camino, por reacción. Algunos de sus jefes pueden obrar de mala fe, pero decidme: ¿estamos seguros de que entre nosotros no haya también personas que obren del mismo modo? Debemos procurar atacarles cogiéndoles, como suele decirse, en el garlito, cuando realmente se ve que obran de mala fe, y no involucrar en el ataque a todo el partido. Ciertamente que muchas doctrinas suyas son erróneas, pero para demostrar su error no son necesarios los insultos; algunos de sus métodos son nocivos a la causa revolucionaria, pero obrando nosotros de modo diferente y propagando con el ejemplo y la demostración razonada, les enseñaremos que nuestros métodos son mejores.

Todas las consideraciones de este trabajo me han sido sugeridas por la constatación de un fenómeno que he observado en nuestro campo. Nos hemos acostumbrado tanto a ahuecar la voz siempre y en todo, que hemos ido perdiendo gradualmente el valor de las palabras y de su relatividad. Los mismos adjetivos despreciativos nos sirven de igual modo para atacar de frente al cura, al monárquico, al republicano, al socialista y hasta al anarquista que no piense como nosotros. Y eso es un defecto primordial. Si alguna diferencia se establece, más bien es en beneficio de nuestros peores enemigos. Se puede decir que los anarquistas y los socialistas no hemos dicho nunca tantas insolencias a los curas y a los monárquicos como a los republicanos, y que los anarquistas nunca dijeron tantas a los burgueses como llevan dichas a los socialistas. Más diré todavía: especialmente en los últimos tiempos, ha habido anarquistas que han tratado a otros anarquistas, que no pensaban exactamente como ellos, como jamás trataron a los clericales, explotadores y policías juntos.

(...) creo que sería mejor que procurásemos conocernos, y, sobre todo, trabajar sin perder nunca de vista que en frente tenemos al enemigo, al verdadero enemigo que acecha el momento de nuestra debilidad para asestarnos sus golpes. Porque nunca como en medio de los partidos en que la acción es la única razón de vida, se puede decir con mayor motivo que el ocio es el peor de todos los vicios y el primero de éstos es el de la discordia.</em>”[7]

No se puede ser más lapidario y certero que en este juicio. Y nuevamente se nos demuestra que, en 90 años hemos aprendido extraordinariamente poco y que aún nos falta mucho por avanzar en la construcción de un espacio sano de debate, donde podamos aprender y avanzar.

VIII.

Para nosotros, la crítica y el debate deben ser herramientas para la construcción, ante todo. No nos interesa el debate para demostrar “quién tiene la razón”, ni el debate por fines puramente deportivos, sino que para tratar de buscar el camino más acertado para enfrentar los problemas que enfrenta nuestro movimiento y dentro de un espíritu verdaderamente constructivo. Ciertamente, tal forma de discusión debe tener por punto de partida la práctica, pues creemos que la discusión debe estar firmemente anclada en la realidad para así evitar las distorsiones propias del desconocimiento práctico o del idealismo consiguiente. Además, solamente la discusión que se fundamenta en experiencias equivalentes puede generar un lenguaje común y productivo. Pues si se critica a una organización por su manera de hacer las cosas, ciertamente, debemos ser capaces de mostrar que hay otra manera de hacerlas o que al menos podemos sugerir alternativas. Aunque es necesario tener presente en todo momento que rara vez una posición es enteramente acertada y que, a fin de cuentas, es la misma práctica, el desarrollo de la realidad, la cual se dedica a dirimir las posiciones más acertadas de las menos acertadas.

Entonces, otro punto importante, es que si la crítica revolucionaria no va acompañada de una práctica, entonces se vuelve irrelevante. Pues, ¿qué sentido tiene una crítica que se presume de revolucionaria si ésta no está dispuesta a convertirse en verbo, en la acción imprescindible para que haya un efectivo movimiento revolucionario y no puro diletantismo intelectual? El revolucionario, a diferencia del politicastro, no habla desde la platea, desde la condición de espectador: el revolucionario debe hablar siempre desde la acción y desde el esfuerzo, por humilde que éste pueda parecer, de convertirse en alternativa al presente. Yo tiendo a ser mas bien escéptico de los hipercríticos y de los ultra-revolucionarios que nunca se les ve en ninguna experiencia concreta y que nunca se han ensuciado las manos. Esto es una visión constructiva de la crítica: una que se forje al calor de la construcción concreta y no del mero ánimo de destruir el esfuerzo ajeno.

La discusión debe, además, ser puesta al servicio de la práctica pues el dinamismo que genera debe servir para enriquecer nuestras experiencias. Y viceversa, la práctica luego entrega elementos nuevos para poder avanzar en la teoría, y como decía Berneri, hacia un anarquismo que sepa podar las ramas viejas, que sepa insertar verdades nuevas a sus verdades fundamentales y que sepa renovarse, pues es el inmovilismo intelectual el principal factor de nuestra incapacidad para comprender a cabalidad los fenómenos de un mundo que está en permanente transformación.

Pero la crítica no solamente tiene un rol para ayudarnos a comprender mejor nuestra realidad y a desarrollar conceptos, preceptos y propuestas más acertadas a las necesidades de nuestra época. La discusión es también importante para avanzar y deshacerse de ideas erróneas, mal formuladas o insuficientes. Como me decía alguna vez un compañero: “con nuestra discusión no lograste convencerme, pero al menos, me sirvió para descubrir mis propias debilidades y reforzar entonces mis ideas”. Tal cosa no es caer en un diálogo de sordos, en la medida en que respondemos y escuchamos los argumentos del otro. Mas bien, es una ayuda crucial para avanzar, pues da solidez a las ideas y aparecen entonces mejor argumentadas, más convincentes y más acabadas. A la vez que nos deshacemos de las ideas erróneas o disparatadas.

Por ultimo, la crítica y el debate son importantísimos para tender puentes con otras corrientes. Mediante el desarrollo de ésta podemos acercar a quienes se han visto atraídos a otras corrientes, podemos ganar a otras organizaciones a nuestras posiciones o podemos aprender de ellas y darnos cuenta que, en algún aspecto determinado de nuestra política, hemos estado errados. Solamente donde se ha establecido este puente de sana discusión, puede darse una práctica libre de sectarismo que, respetando las diferencias, sea capaz de aunar esfuerzos donde haya unidad de criterios.

IX.

Estas palabras no están escritas con el ánimo de denunciar o señalar a tal o cual compañero de sectario. Ni creo que haya corriente libre de vicios que se han convertido en costumbre en nuestros círculos. Muchas veces es tan culpable quien provoca como quien se deja provocar y sigue la corriente. Todos sabemos que hay “masones en un sentido intelectual” en el movimiento; todos sabemos que hay devotos del “Santo Oficio”; ellos nos tienen sin el menor cuidado. No les paramos bola, como se dice, pues sabemos que nada de lo que es fundamental para lograr una sociedad libre se zanja por ese lado. Pero lo que sí preocupa, es que ellos logren arrastrar a otros compañeros u organizaciones que sí son valiosos a ese pantano. Y peor aún, que la cultura de debate tenga su referente común trazado por este espíritu nimio. Y aún peor: que los compañeros que, desde distintas vertientes o perspectivas, estén presentes en la lucha y la construcción no hayan aprendido aún a generar estas dinámicas de intercambio saludable. Esto es lo que verdaderamente preocupa.

La izquierda tradicional ha sido sectaria, ha sido dogmática y ha frecuentemente ignorado la realidad a su alrededor. No creo que los anarquistas, en general, hayan sido mucho mejores. Es hora de dar el ejemplo. A lo que debemos apuntar es a construir espacios de discusión y cambiar hábitos malsanos en nuestro movimiento, que no aportan al debate y que más bien entorpecen el desarrollo del necesario espíritu crítico que tanto necesita el movimiento revolucionario para hacer frente a las difíciles tareas de regeneración social que tenemos por delante.

[1] En “‘Anarchisme & Syndicalisme’ Le Congrès Anarchiste International d’Amsterdam (1907)” Ed. Nautilus-Monde Libertaire, 1997, p.161.

[2] Esta debilidad por la denuncia ha llegado, lamentablemente, a extremos mórbidos en los medios argentinos y españoles.

[3] Luigi Fabbri, el famoso anarquista italiano, dice que la primera vez que vio periódicos anarquistas dice que éstos no le persuadían y que de ser por la propaganda escrita de los anarquistas, él jamás se hubiera acercado al movimiento. Lamentablemente, mucha de nuestra prensa hoy, en su virulencia contra el resto del anarquismo y de la izquierda cumplen más un rol de contra-propaganda que de propaganda propiamente dicha.

[4] En “Camillo Berneri: Humanismo y Anarquismo” Ed. por Ernest Cañada, ed. Los libros de la Catarata, 1998, pp.43-46.

[5] Obviamente, hay artículos (como este mismo que escribo) o publicaciones que están dirigidas principalmente al público libertario, siendo éste su verdadero auditorio. Ciertamente no me refiero en este artículo a esta clase de publicaciones, sino a aquellas que explícitamente se dicen de “propaganda”, de “difusión”, de “divulgación”, etc...

[6] Luigi Fabbri, “Influencias Burgesas en el Anarquismo”, ed. Solidaridad Obrera (París), 1959, p.53.

[7] Ibid. pp.56-59.