En memoria de Carlos Torres

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La peste, la bestia y el monstruo

Por Aníbal D’Auria

la Iglesia, el Estado y la bolsa, ‘santísima trinidad’ que hay que destronar si en verdad se quiere abrir el paso a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad".

(Johann Most, El Monstruo social)

1. Breves apuntes biográficos de Johann Most[1]

Johann Most nació en Ausburg (Alemania) en 1846. Su origen familiar era modesto y de niño sufrió el duro maltrato de una crianza violenta y autoritaria. En los inicios de la adolescencia una operación del rostro lo desfiguró de por vida.[2] Para ganarse la vida aprendió el oficio de encuadernador. Viajó por varios países de Europa y en 1867, en Suiza, se unió a la Primera Internacional. Luego participó activamente en el Movimiento Obrero Socialista Austríaco. En 1870 sufrió su primera prisión en Viena, pero fue indultado al año siguiente. Volvió a Alemania y se afilió al Partido Socialdemócrata. Allí dirigió su primer periódico y organizó una huelga metalúrgica. Su periódico, Freie Presse,[3] fue clausurado más de una vez. En 1874 y en 1877 Most fue elegido diputado en el Reichstag (Parlamento alemán), dirigiendo a su vez, durante estos años, dos periódicos obreros revolucionarios. No obstante sus fueros parlamentarios, fue condenado nuevamente a prisión por atacar a Dios y a la patria en un discurso conmemorativo sobre la Comuna de París. Aprovechó la prisión para escribir mucho y leer aún más. Salió de la cárcel como un entusiasta seguidor de las ideas de Eugen Dühring, cuyos textos había leído fascinado mientras purgaba su pena. Su admiración por Dühring y su crítica al Anti-Dühring de Friedrich Engels le valieron la dura enemistad eterna de este último y de su amigo Karl Marx.[4]

Por la ley anti-socialista de 1878, Most, tras sufrir nuevas experiencias en prisión, debió salir de Alemania. Pasó a Francia, pero fue nuevamente desterrado en 1879. Pasó entonces a Inglaterra, donde fundó su legendario periódico Freiheit,[5] órgano que ante la feroz persecución que Bismarck implementaba contra los socialistas en su país se transformó en la voz de los grupos obreros alemanes más radicales y disgustados con la cobarde actitud asumida por la socialdemocracia de aquel país. Cuando el Partido Socialdemócrata alemán lo expulsó de sus filas en 1880, Johann Most ya era todo un anarquista. En Londres fue encarcelado por festejar y aplaudir desde su diario el asesinato del Zar Alejandro II de Rusia. También justificó los atentados del Partido Agrario Irlandés contra funcionarios del imperio británico. Después de cumplir casi un año y medio de prisión emigró a los Estados Unidos, donde continuó publicando Freiheit durante dos décadas y media.[6] Allí en 1883 y gracias a su impulso personal se fundó, en Chicago, la Asociación Internacional del Pueblo Trabajador.

Es interesante detenerse un segundo en unas breves palabras de Nettlau sobre los principios de esa asociación para evitar un error común respecto del supuesto anarcocomunismo de Most:

“La Freiheit (Londres, a partir de 1879) radicalizó a muchos trabajadores de lengua alemana; la agitación personal de Johann Most (1846-1906), a partir de diciembre de 1882 hizo anarquistas a esos socialistas revolucionarios que se organizaron en último lugar en Pittsburgh, en el otoño de 1883, aceptando los principios formulados por Most, que fueron los del colectivismo anarquista. Most los expresó en detalle en Die freie Gessellschaft, folleto que apareció en Nueva York en julio de 1884, 85 págs. El subtítulo es ‘Un estudio sobre los principios y la táctica de los anarquistas comunistas’, pero Most empleó ese término como lo había empleado en 1877 en Berlín, porque el término colectivista no era familiar a los lectores alemanes.

Fue vivamente criticado por comunistas anarquistas alemanes en Londres, que conocían la diferencia, pero como eran enemigos personales, no admitió el error y no propagó las verdaderas ideas comunistas anarquistas (ateniéndose a las de Kropotkin) más que a partir de 1888”.[7]

Es decir, el anarquismo que profesaba Most, al menos hasta 1888 no era de signo comunista (a pesar de que el autor empleara ese término) sino de signo colectivista.[8]

Desde su llegada a los Estados Unidos hasta la entrada del siglo XX, Johann Most se caracterizó por la virulencia de sus planteos, siendo uno de los más importantes propulsores de la “propaganda por lo hechos”. Esta táctica, junto con la “acción directa” y el “ilegalismo insurreccional”, habían sido aprobadas por el congreso anarquista de Londres de 1881, en el contexto de la feroz represión que ya se venía llevando a cabo contra todos los revolucionarios de todas partes.[9] Sin renunciar a esas tácticas, que ya eran cuestionadas por parte del movimiento en la década del ’90, Most también simpatizó con la corriente anarcosindicalista surgida a partir de 1894.[10]

Si bien ya desde finales del siglo XIX Most parecía atenuar sus posiciones, dejando de lado su antigua predilección exclusiva por las vías del hecho[11] y a favor ahora de una mayor confianza en la educación, en la organización obrera y en la difusión doctrinaria, en 1902 fue enviado dos meses a prisión acusado de incitar el asesinato del presidente norteamericano McKinley, perpetrado en septiembre de 1901 por el anarquista León Czolgosz.[12]

Most gozó de gran popularidad entre los inmigrantes alemanes, rusos e italianos de los Estados Unidos, pero nunca pudo calar bien entre los elementos obreros americanos.[13] Sin embargo, sobre el final de su vida se sentía abandonado incluso por sus antiguos compañeros y seguidores.[14] Murió prácticamente solo en 1906; sin embargo hubo actos multitudinarios en su homenaje en varias ciudades de los Estados Unidos.

2. La relación de Most con Alexander Berkman y Emma Goldman

Alexander Berkman llegó a los Estados Unidos proveniente de Rusia en 1888; tenía entonces tan sólo dieciocho años de edad. En Estados Unidos conoció a Emma Goldman, que era un año mayor que él y había llegado de Rusia en 1885. Ambos jóvenes se sintieron profundamente atraídos por la prédica anarquista de Johann Most, que para entonces ya era la figura más representativa del movimiento en Norteamérica.

Juntos, Berkman y Goldman, iniciaron su militancia anarquista participando activamente con Most en la campaña por la liberación de los anarquistas acusados y encarcelados por la explosión que había tenido lugar en Haymarket en 1886. Los dos jóvenes rusos siguieron desde entonces las doctrinas anarquistas de Most, adoptando plenamente la propaganda por los hechos que pregonaba el veterano revolucionario alemán. Berkman incluso llegó a ser tipógrafo de Freiheit, la legendaria hoja anarquista que dirigía Most. Pero al tiempo que Goldman y Berkman se habían vuelto amantes, éste rompió con Most y abandonó Freiheit para pasarse a Die Autonomie, publicación que también se alineaba con la propaganda por los hechos, pero que era editada por un grupo enemistado con Most.

El distanciamiento entre Most y la joven pareja se acentuaría más tras el frustrado atentado de Berkman contra el magnate empresario Henry Clay Frick en 1892.[15] Berkman fue encarcelado y Most, que toda la vida había defendido ese tipo de “propaganda por los hechos”, esta vez lo impugnó. Sin embargo, a pesar de impugnar ese atentado, desde Freiheit Most mostró su solidaridad con el acusado y criticó la severidad de la sentencia. Lo cierto es que por estos años, Most ya comenzaba a mostrar ciertas reservas (aunque no demasiadas) frente al recurso indiscriminado e irreflexivo de este tipo de “actos revolucionarios”. Así narra Marc Plana la ruptura definitiva entre Most y sus dos ex-discípulos:

“La condena de Berkman significó el principio de la carrera política de Goldman, que viajó por todo el mapa de Estados Unidos defendiendo el acto revolucionario de su cómplice a la vez que protestaba por tan desmesurada condena (una semana después, Frick volvía a estar en su oficina para seguir explotando obreros), que habría sido de pocos años de no haber estado aquella bala imbuida de las doctrinas de Bakunin. Una de sus primeras actuaciones fue asistir, armada con un látigo, a una conferencia de Most —con quien había tenido algún tipo de relación sentimental en el pasado—, para recriminarle que tras haber estado predicando la bondad de la dinamita durante más de una década como único remedio para la salud de los obreros, se calmara justo a tiempo para desaprobar el acto de Berkman (con lo cual muchos historiadores han querido ver un signo de resentimiento o celos). Llegada la ocasión, Emma se levantó interpelando a Most sobre su extraña postura, y al no recibir una respuesta satisfactoria, disciplinó a su antiguo mentor con dos adustos correazos que provocaron la expulsión inmediata de la espontánea, tanto de la sala como del círculo de amigos de Most”.[16]

El movimiento anarquista en Estados Unidos decaía a causa tanto de las disensiones internas como de las persecuciones cada vez más implacables del aparato estatal. En ese clima de desilusión, en 1893, a los cuarenta y siete años, Most formó pareja con Helen Minkin, de diecinueve años. Tuvieron dos hijos, John y Lucifer Most. Pero su actividad agitadora y propagandística no decayó en ningún momento.

Most murió en marzo de 1906; Berkman salió de la prisión, tras cumplir catorce años de su condena, en mayo del mismo año. Una coincidencia de fechas que resulta todo un símbolo: moría el viejo referente del anarquismo en Estados Unidos y “renacía” a la libertad, para ocupar ese lugar vacante, Alexander Berkman, quien junto a Emma Goldman tomaban la posta de su antiguo mentor. A pesar de los desencuentros, diecisiete años después de la muerte de Johann Most, Alexander Berkman seguía considerándolo su “maestro y amigo”.[17]

3. La peste, la bestia y el monstruo

Desde el punto de vista doctrinario, Johann Most fue más un difusor que un creador de ideas. En sus escritos rara vez se encuentran argumentos de cuño propio; en todo caso lo que se ve es la aplicación a casos concretos de argumentos y doctrinas provenientes de otras fuentes anarquistas o socialistas en general. Sin embargo, sus escritos no carecen de originalidad, debido particularmente a cuatro factores: la claridad y sencillez; la plasticidad y riqueza de imágenes; una más que respetable erudición y cultura; y un estilo encendido que por momentos alcanza los niveles de la furia. Todo ello se resume en la pintura que de él hizo Berkman en 1923 a pedido de Rudolf Rocker:

“Naturaleza combativa de nacimiento, inspirada por el celo revolucionario, franca en sus simpatías y en su antipatías, tanto sociales como individuales. Most fue una personalidad poderosa y sobresaliente. En un sentido severamente definido era el símbolo de una nueva Era. Anunciador de tempestades y profeta de una nueva humanidad, fue la personificación viviente de la lucha áspera del porvenir contra lo existente. Most era ante todo un rebelde. Su vida entera y su energía jamás agotada, su don extraordinario de la elocuencia y su fuerza inimitable para hallar expresiones ricas en colorido y vigorosas, todo eso le sirvió para propagar la revolución”.[18]

Retengamos la anteúltima oración de ese párrafo: “... su fuerza inimitable para hallar expresiones ricas en colorido y vigorosas...”. Creo que ya los títulos de los tres principales folletos que integran esta selección confirman esa apreciación de Berkman sobre Most. Estoy hablando de La peste de Dios (Die Gottestpest, 1883), La bestia de la Propiedad (Die Eigentumbestie, 1884) y El Monstruo Social (The Social Monster, 1890).

Si bien son textos independientes entre sí, los tres pueden leerse como una trilogía; es más, como La Trilogía típicamente anarquista, pero al modo plástico de la elocuencia de Most.

Me explico:

Es más que conocido el lema que orientó a los revolucionarios franceses de 1789: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y ese lema no fue sólo el grito de lucha de la Francia revolucionaria, sino la esperanza en el amanecer de un mundo nuevo para toda la humanidad. Sin embargo, no resulta menos sabido el triste hecho de que esas esperanzas quedaron desairadas y desdibujadas por las contradicciones entre el discurso y la realidad social del nuevo orden surgido tras el fervor revolucionario en todos los países. En pocas palabras: en el nuevo orden burgués, aquella trilogía revolucionaria quedó proclamada en los textos políticos y jurídicos, pero sin concreción definitiva en la realidad social. Todo el socialismo del siglo XIX puede y debe ser comprendido como un intento por retomar y llevar a la práctica efectiva esos principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Específicamente dentro del anarquismo, que es la versión más pura y radical de aquel movimiento socialista, esa trilogía fue reformulada, sin tapujos ni medias tintas, en la no menos famosa fórmula de ni Dios, ni patrón, ni Estado. Esta es la traducción anarquista de la libertad, la igualdad y la fraternidad. En la idea de Dios radica el prejuicio de autoridad y jerarquía (por lo tanto, la superstición religiosa es el principal obstáculo para la libertad). En la relación patronal radica la explotación del hombre por el hombre (por lo tanto, mientras haya hombres que vivan del trabajo ajeno no puede haber igualdad). En la existencia del Estado radica la voracidad, la ambición y la violencia de los hombres (por lo tanto, mientras haya Estado no habrá fraternidad universal). Dios es no-libertad; patrón es no-igualdad; Estado es no-fraternidad. Y no se trata aquí de tres términos meramente puestos uno al lado del otro; la superstición religiosa, la explotación económica y la dominación política son para el anarquismo tres piezas de un todo perverso: los tres elementos se apoyan recíprocamente.[19]

Ahora bien, la prosa elocuente de Most, con “su fuerza inimitable para hallar expresiones ricas en colorido y vigorosas” pinta a cada uno de esos tres elementos, respectivamente, con los rasgos de la “peste”, de una “bestia” y de un “monstruo”.

La Peste de Dios (en Alemán, Die Gottestpest, mal traducida al inglés como The God Pestilence) ha sido traducido como La peste religiosa en algunas versiones en castellano que pueden encontrarse en Internet.[20] Si bien esa traducción al español no responde muy fielmente al título del folleto de Most, sí responde perfectamente a su contenido. En efecto, para el anarquista, Dios no existe, por lo cual lo que verdaderamente es una peste es la creencia en él, es decir, la religión. Como sabemos, la peste es una de las enfermedades pandémicas más antiguas, llegando a constituirse en el paradigma de la enfermedad contagiosa. Y al igual que el cristianismo, se encuentra estrechamente asociada al imaginario medieval: la referencia histórica más clara respecto de la peste se refiere al siglo VI en Alejandría y Constantinopla, pero la propagación mejor conocida data del siglo XIV cuando infectó a muchas ciudades de Europa. Al emplear esta imagen retórica, Most está equiparando los efectos de la enfermedad letal y pandémica con los efectos de la religión, ambas resabios medievales: aquélla aniquila masivamente cuerpos como ésta aniquila masivamente inteligencias: “De todas las enfermedades mentales con que el hombre ha infectado sistemáticamente su propia cabeza, la peste religiosa es la más abominable”. Es por lo tanto una enfermedad que resulta imperioso tratar y curar para bien de la Humanidad. A lo largo de todo este folleto se deja entrever la influencia del antiteologismo de Bakunin.

La Bestia de la Propiedad es traducción literal del título en alemán Die Eigentumbestie (y traducido también literalmente al inglés como The Beast of Property). Pero al leer el folleto de Most no queda claro si la “bestia” es la institución de la propiedad en sí o el hombre propietario. Creo que la ambigüedad es deliberada: Most quiere decir que la institución de la propiedad “bestializa” al hombre, es decir, lo vuelve un ser antisocial, devorador de sus semejantes. La idea tiene indudables resonancias aristotélicas: “el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero vitupera: ‘sin tribu, sin ley, sin hogar’; porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de damas”.[21] Y quien ama la guerra por la guerra misma, desconociendo el valor de la amistad, es para Aristóteles un hombre pervertido, un asesino.[22] Ahora bien, ese motivo aristotélico se combina en Most con la idea proudhoniana de que la propiedad es una institución antisocial: “Propiedad y sociedad son dos conceptos que se rechazan recíprocamente: es tan difícil asociarlos como unir dos imanes por sus polos semejantes. Por eso, o la sociedad mata a la propiedad o ésta a aquélla”.[23] En términos de Most, entonces, es preciso matar a la bestia devoradora de hombres: “Cuanto más rico es un hombre, mayor es su codicia. Podemos llamar a este monstruo la ‘bestia de la propiedad’. Actualmente ella gobierna al mundo, haciendo miserable a la humanidad y lucrando cruel y vorazmente con el progreso de nuestra llamada ‘civilización’. En lo que sigue, caracterizaremos a este monstruo y recomendaremos su exterminio”.

Por último, El Monstruo Social (The Social Monster) completa la clásica trilogía anarquista, pues el “monstruo” es nada menos que el Estado, es decir, la maquinaria gubernativa. Es evidente que la figura del “monstruo” para caracterizar al Estado no es original de Most. En verdad ya se la encuentra en el siglo XVII, aunque sin connotación negativa (más bien todo lo contrario), en el primer gran teórico moderno del Estado, Thomas Hobbes. El famoso filósofo inglés presentaba al Estado, al mismo tiempo, como un “gran hombre artificial”, como “un Dios terreno” y como “artefacto”, todo ello resumido en la imagen del monstruo bíblico Leviatán. Hobbes mismo es un abogado de ese “monstruo”, y no es inoportuno recordar que su filosofía política es en el fondo una apología de la obediencia a la autoridad fundada en el temor.[24] En cambio, a finales del siglo XIX, Nietzsche retoma la imagen hobbesiana del Estado como “monstruo”, pero invierte la connotación valorativa del inglés. En efecto, la filosofía de Nietzsche puede ser muchas cosas, pero nunca una apología de la obediencia; y en consecuencia, presenta al Estado como el “más frío de todos los monstruos fríos” asesino de pueblos.[25] Most, por su parte, sin ser original con esta metáfora, la retoma con la connotación negativa nietzscheana, pero desde una óptica socialista: “el Estado ha sido siempre, y sigue siendo, un mero instrumento de represión empleado siempre por la clase dominante para proteger sus privilegios y someter a la masa del pueblo. Pero como en un país libre ya no habría privilegios que proteger ni oprimidos que intimidar, ¿qué sentido podría tener en él semejante instrumento represivo?”. Es decir, el Estado, como todo monstruo “intimida”; esa es su nota característica y definitoria: se funda en el temor y lo promueve. Para Most, el Estado, en tanto “monstruo”, también es una “bestia”, como la propiedad: ambos son inhumanos, y por ello, deben ser aniquilados por el hombre.

En suma, curar la peste que idiotiza y aniquilar a la bestia que devora y al monstruo que intimida es la manera en que Most traduce el principio anarquista de ni Dios, ni patrón, ni Estado, principio que a su vez es la traducción libertaria y cruda del lema proclamado en 1789 de Libertad, Igualdad, Fraternidad.

4. Acerca de los textos aquí traducidos y compilados

La presente compilación de escritos de Johann Most comprende la trilogía brevemente comentada en el apartado anterior (La Peste de Dios, La Bestia de la Propiedad y El Monstruo Social), más otros cinco textos menos extensos: La acción como propaganda, El comunismo anarquista, El ataque es la mejor defensa, La proclama de Pittsburg y ¿Cuándo se halla el pueblo “preparado" para la libertad? Creo que La Peste de Dios debe ser el texto más conocido de Most, y ha gozado de cierta popularidad en su momento, mereciendo su traducción a diversas lenguas. Si bien de este texto, como de algunos de los demás aquí incluidos, pueden hallarse por Internet algunas versiones en castellano, su formato en papel impreso es prácticamente inhallable en el mundo de habla hispana. De cualquier modo, las versiones aquí reunidas han sido totalmente traducidas por mí para la edición de este libro. Para ello me he valido de las versiones coleccionadas en la biblioteca virtual de los Anarchy Archives. An Online Research Center on the History and Theory of Anarchism (http://dwardmarc.pitzer.edu). Ahí, todos estos textos se encuentran en su versión en inglés, excepto La Peste de Dios, que se encuentra tanto en inglés como en alemán; en este caso he trabajado con ambas versiones. De la misma fuente provienen los dos Apéndices que cierran el volumen.

Aníbal D’Auria
Barrio de Florida, otoño de 2013

Textos de Johann Most

Selección, traducción y notas de Aníbal D'Auria

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La peste de Dios[26]

De todas las enfermedades mentales con que el hombre ha infectado sistemáticamente su propia cabeza, la peste religiosa es la más abominable.

Como cualquier otra cosa, esta enfermedad tiene una historia; sólo que en este caso, lamentablemente, no se constata el progreso de la razón que generalmente se suele atribuir al devenir de la historia.

Si se compara la estirpe del antiguo Zeus, o la de su doble Júpiter, con la ulterior novedad de la Trinidad divina, que podría competir con Vitzliputzli en brutalidad y crueldad, veremos que aquéllos todavía eran algo decentes, alegres, e incluso ilustrados.[27]

No vamos a discutir en absoluto sobre aquellos dioses ya jubilados o destronados, porque ya no hacen daño alguno; pero sí criticaremos, denunciaremos y venceremos al más despreciable, que es el más moderno, mezcla de nubes tronantes y terror infernal.

Los cristianos tienen un Dios de tres pliegues; sus antepasados, los judíos, se contentaban con uno solo y simplón. Como fuere, ambas especies son una gran humorada. El Antiguo y el Nuevo Testamento son para ellos las fuentes de todo conocimiento; por lo tanto, queramos o no, se deben leer esas Sagradas Escrituras si se quiere sondear bajo su superficie y aprender a burlarse de ellas.

Con sólo tomar el aspecto histórico de esas obras sagradas ya tendríamos suficiente material para juzgarlas en su totalidad. Su versión resumida sería la siguiente:

Al principio Dios creó el Cielo y la Tierra porque el vacío total en que se encontraba a sí mismo era tan aburrido que incluso podía entristecer a un dios; como para él resulta tan fácil hacer magia y conjurar mundos de la nada, igual que un ilusionista que extrae huevos o monedas de plata de las mangas de su chaqueta, dios creó el Cielo y la Tierra. Un poco más tarde moldeó también a su gusto la luna y las estrellas.

Es verdad que ciertos herejes, llamados astrónomos, han demostrado hace tiempo que la Tierra no es ni podría haber sido el centro del universo, y que tampoco su existencia podría ser anterior a la del sol, alrededor del cual gira. Esta gente ha probado que es puro divague sostener con suspiros que la Tierra, comparada con el sol, la luna y las estrellas, es algo especial y de gran preponderancia. Han enseñado a todos los escolares que el sol es sólo una estrella, la Tierra uno de sus satélites, y la luna un satélite de la Tierra aún más pequeño; y además, que la Tierra, en comparación con el universo, lejos de jugar un rol fundamental, es sólo un átomo, parecido a una lluvia de polvo.

¿Pero por qué debería un dios involucrarse con la astronomía? Él hace lo que le plazca, incluso mandar a la mierda a la ciencia y a la lógica. Por ello, después de fabricar a la Tierra, hizo primero la luz y después el sol. Hoy, incluso un hotentote comprendería que no puede existir la luz en la Tierra sin nada que la alimente, pero Dios... Bueno, él no es un hotentote.

Pero sigamos investigando. Hasta ahora, la creación había sido todo un éxito, pero aún faltaba algo: las cosas no estaban suficientemente animadas. El creador quería entretenerse y finalmente hizo al hombre. Resulta curioso que ahora haya cambiado totalmente el método aplicado previamente. En lugar de recurrir al simple e imperativo “¡así sea!”, hizo ahora algo mucho más complicado. Tomó un trozo de arcilla común y corriente en sus manos, le imprimió la figura de un hombre según su propia imagen, y le sopló por su nariz el aliento de vida. Como Dios es sabiduría y bondad infinitas (en pocas palabras: es la amabilidad misma), pensó que este solitario Adán (así llamó a su flamante obra) encontraría la vida muy tediosa, y así (quizá recordando su propia existencia anterior, solitaria en medio de la Nada), decidió hacerle una pequeña pero muy bella y tentadora Eva. Sin embargo, como la experiencia reciente le había enseñado claramente que manipular arcilla era una actividad sucia, especialmente para un dios, recurrió una vez más a otro método de fabricación: le rompió una costilla al cuerpo de Adán (pues la habilidad no es brujería, y menos aún para un dios) y la transformó en una encantadora mujer. El prudente historiador nada nos dice acerca de si a Adán le fue luego restaurada esa costilla o si tuvo que andar por el mundo como un individuo incompleto después de la operación.

La ciencia natural moderna ha demostrado que los animales y las plantas alcanzaron sus formas actuales, evolucionando a lo largo de millones de años, desde la simple materia de los moluscos y a través de muy variadas ramificaciones. El hombre sólo es la forma más perfecta de ese proceso, y no sólo tuvo una apariencia brutal hace miles de años cuando carecía de lenguaje, sino que también él ha evolucionado a partir de las especies animales inferiores (cualquier otra hipótesis se anularía a sí misma).

Por lo tanto, la ciencia natural hace de Dios (y de su supuesta creación del hombre) un enorme ridículo. Pero ¿de qué sirve todo esto? Dios no haría payasadas. Tengan sustento científico o suenen como cháchara tonta, él ordena creer en sus cuentos; si no lo haces, dejará que venga el diablo, su competidor, y te tome entre sus garras, supuestamente muy incómodas. Porque en el infierno no sólo hay quejidos y rechinar de dientes, sino que arde un fuego eterno, un incansable gusano roe tu alma y todo el aire huele terriblemente a azufre y brea quemada. Se supone que el hombre, ya sin cuerpo, es expuesto a todas estas molestias. No posee ya carne, pero su carne es horneada; ya se le han caído o podrido sus dientes, pero igual rechinan; no tiene garganta ni pulmones, pero aúlla; carece de nariz, pero tiene olfato; y todo ello por el resto de la eternidad. ¡Un diablo de dios!

Considerado todo esto, y según nos lo informa él mismo en la Biblia, que es algo así como su autobiografía cronológica, Dios es muy caprichoso y vengativo; de hecho, constituye el arquetipo ideal del déspota.

Apenas Adán y Eva entraron en la existencia, Dios presupuso que esa chusma debía ser gobernada. Decretó un código penal que decía categóricamente: “¡No comerás del fruto del árbol del conocimiento!”. Desde entonces, en todas partes, no existió tirano que no haya establecido el mismo decreto para el pueblo.

Adán y Eva no respetaron esa prohibición, por lo que fueron exiliados y condenados de por vida a trabajos forzados, ellos y sus descendientes, y para todos los tiempos. Como si esto fuera poco, estableció “derechos civiles” sobre Eva, declarándola sierva de Adán, a quien debía obedecer. Además, ambos quedarían bajo la eterna y divina vigilancia policial. En verdad, ni siquiera Guillermo (el emperador alemán) ha llegado a constituirse a sí mismo como tal artífice de los asuntos humanos.

Pero a pesar de toda esa inútil severidad de Dios con la humanidad, ésta siguió haciéndolo enojar cada vez más a medida que se multiplicaba. La historia de Caín y Abel prueba la velocidad con que se dio esa multiplicación. Después de matar a su hermano, Caín marchó a tierra extranjera donde tomó una esposa. Con todo el trabajo que Dios tenía entonces, no debe sorprendernos que haya olvidado mencionar dónde quedaba aquella tierra extranjera y de dónde salieron las mujeres que la habitaban.

Finalmente la gota rebalsó la copa. Dios resolvió destruir a toda la humanidad por medio del agua. Sólo se salvaron unos pocos ejemplares de cada especie para poder intentar luego un nuevo ensayo. Pero a pesar de toda su sabiduría, desafortunadamente hizo Dios una mala elección, porque Noé, jefe de los salvados, pronto se mostró como un borracho consumado de quien se burlaba hasta su propio hijo Allotria. ¿Podía esperarse algo bueno de una familia tan degradada?

Y una vez más se expandió la humanidad; y una vez más los hombres, tan tontos y bribones, cayeron en el pecado (con tal perversidad como canta el mal afamado cancionero religioso de Mecklenburg[28]). Entonces Dios estalló de ira celestial al ver que todos sus castigos puntuales ejemplificadores, como la destrucción de ciudades enteras con fuego y azufre, habían resultado totalmente inútiles e infructuosos. Ya había resuelto destruir a la chusma entera, de la raíz a las ramas, cuando un acontecimiento realmente extraordinario ocurrió y lo calmó considerablemente. De lo contrario la humanidad habría sucumbido desde hace mucho tiempo.

Ocurrió que de repente, un lindo día, un tal “espíritu santo” apareció en el escenario. Llegó como un extraño en la noche, nadie supo de donde. Los escritores de la Biblia (o sea, Dios) sólo dicen que Él mismo era el Espíritu Santo. Por lo que ahora nos encontramos con una deidad dual. Ese Espíritu Santo tuvo la idea de descender en forma de paloma e intimar con una oscura mujer llamada María. En una dulce hora se posó sobre la elegida por su corazón, y según afirma categóricamente Dios en la Biblia, ella —¡oh, sorpresa!— dio a luz a un niño sin siquiera verse tocada en su virginidad. Ahora bien, este niño no sólo era humano; por ser hijo de Dios (o del Espíritu Santo), también era Dios. Ahora, el Dios primeramente mencionado pasó a llamarse a sí mismo “Dios padre”, al mismo tiempo que nos aseguraba su identidad no sólo con el Espíritu Santo, sino también con el “Dios hijo”. El padre es su propio hijo, el hijo es su propio padre, y cada uno o ambos son el Espíritu Santo. Así se formó la “Santísima Trinidad”.

Y ahora, pobre cerebro humano, mantente firme, pues lo que sigue es suficiente como para desmayar a un burro. Sabemos que Dios padre había decidido aniquilar a la chusma humana. Esta decisión llenó al Hijo de insoportable dolor. Él (que era su propio padre), cargó con toda la culpa del hombre y permitió aplacar sobre sí mismo la furia de su Padre (que era su propio Hijo), siendo cruelmente condenado a muerte por la chusma que sería redimida por él, por supuesto, ascendiendo luego sano y salvo al cielo. Este sacrificio del Hijo (que es uno con el Padre), le hizo cosquillas al Padre (que es uno con el Hijo), de tal modo que inmediatamente proclamó una amnistía general bajo ciertas condiciones que, en parte, siguen vigentes hoy en día.

Ese es el aspecto “histórico” de la Sagrada Escritura. La grosería con que se recurre al absurdo y al sinsentido explica por qué resultan tan vulnerables a las más locas alucinaciones quienes ya han sido lo bastante idiotas como para tragarse estas cosas. La primera y principal de esas groserías es la doctrina de la recompensa y el castigo de la humanidad en un “fabuloso más allá”. Hace tiempo que se ha probado científicamente que no existe un alma independiente del cuerpo. Aquello que los embusteros religiosos denominan “alma” no es ni más ni menos que el asiento del pensamiento, el cerebro, que recibe impresiones que lo activan a través de los sentidos vitales, y consecuentemente, esa acción tiene que cesar al momento de la disolución del cuerpo. ¿Pero qué les puede importar a los enemigos mortales de la razón humana los resultados de la investigación científica? Apenas lo necesario como para impedir que se divulguen entre el pueblo.

Y por ello predican la inmortalidad del alma. En el más allá... ¡Pobre de quien no haya cumplido puntillosamente en vida con el código penal de Dios! Por lo que aseguran estas personas, su Dios todo-generoso, todo-justo, todo-benévolo y todo-misericordioso, ha de ser una inmensa y súper desarrollada nariz que olfatea en los más mínimos y minuciosos asuntos de todos y cada uno, llevando la cuenta de todas sus faltas en su lista negra. Sea como fuere, es alguien muy singular. Desea que, para su gloria, los niños recién nacidos sean empapados en agua (lo que se llama bautismo), aún a riesgo de provocarles un fuerte resfrío.

Se regocija amablemente cuando oye el monótono balido de su gran rebaño de numerosas y fieles ovejas en los locales eclesiásticos consagrados a tales prácticas; o cuando el más devoto de sus seguidores le envía vía aérea sus maullidos y ruegos de todo tipo (o sea, cuando se le reza); o mejor aún: cuando le ruegan por cualquier cosa posible o imposible, mientras él participa en sangrientas guerras recibiendo el agradecimiento y el homenaje de los vencedores como Dios de las batallas.

Se pone como loco furioso cuando alguien duda de su existencia; o cuando un católico come carne el viernes, o no asiste regularmente al confesionario a lavar sus pecados; o cuando un protestante no cumple la regla de despreciar los huesos de los santos y todas las imágenes que adoran los católicos; o cuando no camina por el mundo con la cara larga (como para detener un reloj), con los ojos mirando al cielo, con la espalda encorvada y con las manos entrecruzadas.

Si cierta persona muere impenitente, entonces su Todo-misericordioso Dios le impone un castigo, comparado con el cual serían simples cosquillas todos los azotes y latigazos, todos los dolores y sufrimientos de la prisión, todas las privaciones de la deportación y el exilio, todas los terrores del cadalso y todos los dolores del cepo y otros instrumentos de tortura que hayan inventado nunca los tiranos humanos. La crueldad brutal de este Dios excede cualquier cosa maligna que conozcamos sobre la Tierra. Su prisión es un infierno, su verdugo es el diablo, y sus castigos son eternos. Emplea gusanos que nunca dejan de roer, fuegos que nunca se apagan, y otros miles de castigos diabólicos; sólo muestra misericordia ante transgresiones menores y después de largos períodos de tiempo, siempre que el infractor fallecido fuera católico; para estos, en ciertas circunstancias, Dios ha previsto un purgatorio, que difiere del infierno tanto como la cárcel difiere de la prisión. Se lo ha previsto sólo para los reclusos relativamente transitorios, con normas algo más indulgentes; sin embargo, aún en el purgatorio serás chamuscado sin piedad.

Los llamados “pecados capitales” nunca se castigan con el purgatorio, sino siempre con el infierno. Entre ellos se incluye la “blasfemia”, oral, escrita o pensada. Por lo tanto, en este sentido Dios no admite ni la libertad de prensa ni la libertad de expresión; ni siquiera la libertad del pensamiento no expresado. Con esto basta para catalogarlo de entrada como un exitosamente cruel competidor entre los más viles déspotas y tiranos de todos los tiempos; pero los instrumentos, la naturaleza y la duración de sus castigos alcanzan mayor bajeza. En consecuencia, este Dios es el monstruo más atroz que podamos concebir.

El mismo autoriza decir que todo lo que ocurre en el mundo, y especialmente las acciones humanas, está gobernado por su omnipotente y divina providencia; y esta es su actitud más infame: maltrata al hombre por las acciones de las cuales él mismo es origen o causa primera. En comparación con este monstruo, ¡qué amables resultan los tiranos de la tierra del tiempo pasado y el actual! Si alguien, no obstante, pudiera vivir y morir felizmente según las prescripciones de Dios, éste lo maltrataría aún más, pues el Cielo prometido, si se lo mira bien, es una institución mucho peor que el infierno mismo; en efecto, en el Cielo uno carece de todo deseo, siempre está conforme, sin ninguna Eva que le reclame nada. Y como sin el deseo ni su satisfacción ya no hay gratificación posible, entonces la existencia en el Cielo carece de goce alguno. Eternamente consagrado a contemplar al Señor, oyendo eternamente los monótonos acordes de las arpas y eternamente entonando la misma canción, seguramente no se hallará allí nada más estimulante que la trompeta de Gabriel sonando por la mañana.[29]

Después de la efímera vida terrenal, aquello sería el mayor grado de aburrimiento y tedio. La aislada vida de la prisión sería decididamente preferible. No resulta sorprendente, entonces, que quienes son tan ricos y poderosos como para disfrutar del paraíso en la tierra, proclamen risueñamente con Heine:

Dejemos el Cielo
A los ángeles y a los pájaros[30]

Y sin embargo, el rico y el poderoso fomentan la idiotez divina y la estupidez religiosa. De hecho, eso es parte de su negocio. Que el pueblo en general quede o no sugestionado religiosamente es una cuestión de vida o muerte para las clases dominantes y explotadoras. Su poder se eleva o cae junto con la locura religiosa. Cuanto más se apega el hombre a la religión, más crédulo se vuelve; cuanto más crédulo se vuelve, menos sabe; cuanto menos sabe, más estúpido se vuelve; cuanto más estúpido se vuelve, más fácil es gobernarlo; cuanto más fácil es gobernarlo, mejor puede ser explotado; cuanto más se lo explota, más pobre se vuelve; cuanto más pobre se vuelve, más ricas y poderosas se vuelven las clases dominantes; cuanto más poder y riquezas ellas acumulan, más pesado es el yugo sobre los hombros del pueblo.

Los tiranos de todos los tiempos y de todos los países siempre han comulgado con esta idea, y por esa razón siempre estuvieron en buenos términos con la clerecía de todos los credos. Las ocasionales peleas entre estas dos clases de enemigos de la humanidad fueron siempre de carácter doméstico: una simple lucha por la supremacía. Sacerdotes o predicadores saben que, a menos que ocupen la cima, están hechos para apuntalarla. Para el rico y el poderoso no es ningún secreto que la humanidad sólo puede ser esclavizada y explotada si los nigromantes de las iglesias injertan una suficiente cuota de servilismo en los corazones de las masas del pueblo para hacerles ver la tierra como un valle de lágrimas, para imbuir en sus mentes el juicioso decreto divino: “sirve a tu señor” (o sea, a los que tienen autoridad), con el supuesto consuelo de que beberán sopa en el Cielo del más allá, del que nadie sabe nada.

En cierta ocasión, el señor Windthorst,[31] miembro del Parlamento alemán, archi-jesuita y campeón de la facción clerical, dio claramente a entender cómo piensan sobre este asunto los embaucadores y charlatanes de la sociedad. Dijo: “Si el pueblo pierde la fe, entonces no soportará más su intolerable miseria y se rebelará”. En efecto, ese era el punto; y si de hecho la inmensa mayoría del pueblo trabajador no estuviera hoy tan idiotizada por la religión que ya ni puede comprender una idea tan sencilla, aquel comentario hubiera servido como un desafío para que su inteligencia reflexionara seriamente sobre el asunto.

No en vano todos los personajes del clero —que es la “gendarmería negra” del despotismo— se han esforzado siempre enérgicamente por evitar que decayera el sentimiento religioso, aunque sea harto sabido que ellos mismos revientan de risa por las cosas que predican por dinero contante y sonante.

Por miles de años, estos atrofiadores de cerebros han instituido un reino de terror, sin el cual la locura de las religiones habría sido abolida hace mucho tiempo. El cadalso y la espada, la mazmorra y las cadenas, el veneno y los puñales, el asesinato y la pena de muerte, fueron los medios con que se sostuvo la demencia religiosa, mancha de vergüenza eterna en la historia de la raza humana. Cientos de miles han sido lentamente asados en la hoguera “en nombre de Dios” porque se atrevieron a rechazar el hedor del chiquero bíblico. En tediosas guerras, millones han sido obligados a aplastar cráneos, a quemar y a saquear países enteros; y a propagar las enfermedades y las pestes tras la muerte generalizada y los incendios. Todo ello sólo para mantener la religión. Fueron los sacerdotes y sus cómplices quienes inventaron las torturas más dolorosas, para reincorporar a la religión con el terror de estas diabluras terrenales a quienes habían dejado de temer a Dios.

Se llama criminal al hombre que mutila las manos o los pies de otro. ¿Cómo podemos entonces llamar a quienes le mutilan el intelecto y que, si fallan en el intento, le destruyen su cuerpo con refinada crueldad, centímetro a centímetro?

Es cierto que hoy en día ya no pueden llevar a cabo este infame bandolerismo divino del mismo modo en que lo hacían antes; pero en lugar de ello se introducen como parásitos en los asuntos domésticos de las familias, influyendo sobre las mujeres, secuestrando a los niños y pervirtiendo la enseñanza escolar para la promoción de sus fines. Su hipocresía ha aumentado en vez de disminuir. Tras fracasar rotundamente en sus intentos de abolir, apenas descubierto, el arte de la imprenta, lo utilizaron con su habitual astucia y sagacidad, y gradualmente llegaron a poner ampliamente la prensa de hoy al servicio de su causa.

Un viejo refrán dice que “donde ha pisado un sacerdote, ya no crecerá el césped”. Lo cual significa, en otras palabras, que si una persona cae una vez en las garras de los sacerdotes, su intelecto se vuelve estéril, sus funciones intelectuales dejan de funcionar de manera normal; gusanos sagrados y lombrices divinas le carcomen el cerebro. El individuo queda transformado en una suerte de oveja tambaleante.

Estas ingenuas y miserables personas han sido engañadas con respecto al auténtico sentido de la vida, y lo que es peor, forman la gran masa de enemigos de la ciencia y la razón, de la evolución y la libertad. Cada vez que puedan forjarse nuevas cadenas para la humanidad, ellos están dispuestos a trabajar en el yunque, como poseídos por los demonios. Cada vez que puedan ponerse obstáculos al avance del progreso, estos cafres forman un gran frente común contra el espíritu de la época.[32] Tratar de curar a estos imbéciles no sólo sería un bien para ellos, sino que realmente sería un intento de sanación de un cáncer que hace sufrir a todo el pueblo, y que en última instancia, debería ser extirpado sin miramientos para hacer de esta tierra una morada digna de la humanidad, en lugar de un abismo en que dioses y demonios juegan a atormentarnos.

¡Saquemos, entonces, la religión de la cabeza de la gente y derroquemos a los sacerdotes! Estos suelen decir que “el fin justifica los medios”.[33] Muy bien, apliquemos el mismo precepto contra ellos. Nuestro fin es liberar a la humanidad de todas las condiciones que la esclavizan, es decir, del yugo de la servidumbre social y de las cadenas de la tiranía política como de todo el extravío del oscurantismo religioso. Toda auténtica filantropía reconocerá como correctos y justos todos los medios y todas las oportunidades que se ofrezcan para alcanzar este fin.

Toda persona con sentido común y libre de la locura religiosa, elude una obligación humanitaria si deja de hacer todo lo posible y en todo momento por combatir la religión. Cualquiera que esté libre de la superstición deísta y no se oponga al sacerdocio siempre que pueda hacerlo, es un traidor a su causa. Por lo tanto ¡guerra a esos oscuros perros de caza! ¡Guerra implacable contra esa guadaña! ¡Hay que incitar a los hombres contra sus seductores! ¡Hay que iluminar a los seducidos! Recurramos a todos los medios útiles para esta lucha: el azote de la burla y del escarnio, la antorcha de la ciencia y del conocimiento; y cuando esto no baste, hagamos sentir argumentos más contundentes.

Para quienes conserven algo de sentido, a pesar de la ignorancia en que astutamente se los ha sumido y mantenido, pueden resultar adecuadas las siguientes preguntas:

“Si Dios quiere que nosotros lo conozcamos, lo amemos y le temamos, ¿por qué no se muestra por sí mismo?”; “Si Dios es tan bueno como dicen los sacerdotes, ¿qué razón hay para temerle?”; “Si Dios es omnisciente, ¿para qué molestarlo con asuntos privados y oraciones?”; “Si Dios es omnipresente, ¿para qué construirle iglesias?”; “Si Dios es justo y él mismo creó al hombre pecador, ¿por qué habrá de castigarlo?; “Si el hombre hace el bien sólo por la gracia de Dios, ¿por qué debería ser recompensado?”; “Si Dios es omnipotente, ¿por qué permite que blasfememos?”; “Si Dios no puede ser comprendido, ¿por qué nos ocupamos de él?; Si nos resulta imprescindible conocerlo, ¿por qué permanece en la oscuridad?”. Para ellos, estas preguntas son enigmas.

Toda persona pensante debe admitir que nunca se ha encontrado la más simple prueba de la existencia de un Dios; y es más: que no hay la menor necesidad de la existencia de un Dios. En tanto que podamos conocer las propiedades inherentes de la naturaleza y sus leyes, la presencia de un Dios, ya sea inmanente o trascendente a esta naturaleza, es realmente un disparate, bastante superfluo y evidentemente insostenible. Y en el plano de la moral, su existencia resulta aún más innecesaria.

Imaginemos un inmenso imperio gobernado por un Gran Señor que fomenta el conflicto entre sus súbditos. Un Gran Señor que quiere ser conocido, amado, honrado y obedecido por todos, pero que nunca se muestra. Los pueblos sujetos a su poder sólo conocen los mandatos y las órdenes que imparten sus ministros, aunque éstos admiten, al mismo tiempo, que son incapaces por sí mismos de formarse una idea de su Señor, pues su voluntad es inescrutable y sus atributos son insondables; incluso sus servidores ni se ponen de acuerdo sobre los decretos que el Señor les envía: como las leyes son diferentes en cada región de su imperio, ellos se acusan mutuamente de haberlas alterado y falsificado. Ellos pretenden tener autoridad para promulgar oscurísimos y misteriosos decretos en beneficio de los súbditos, aunque éstos nunca alcancen a comprenderlos. Las leyes de este oculto monarca requieren ser explicadas, pero sus intérpretes siempre difieren entre sí. Todo lo que dicen acerca de su oculto soberano es una confusa masa de contradicciones. Puede demostrarse la falsedad de cada palabra que pronuncian. Dicen que Dios es inmensamente bueno, pero no hay nadie que no se queje de sus mandatos. Dicen que Dios es infinitamente sabio, pero en su reino todo se opone al sentido común y a la razón. Alaban su justicia, pero el mejor de sus súbditos es, por regla, el menos favorecido. Nos aseguran que todo lo ve, pero su omnipresencia no alivia el dolor. Dice que es amigo del orden, pero en sus dominios todo es confusión y desorden. Todas sus acciones están planeadas, pero rara vez acontecen según sus planes. Dios puede sondear el futuro, pero no sabe qué ocurrirá efectivamente. No tolera que se lo insulte impunemente, pero aún así se somete a los insultos de todos. Su sabiduría es admirable, pero sus obras son imperfectas y de corta duración, porque él crea, destruye y constantemente mejora lo que ya ha hecho, sin siquiera quedar satisfecho con sus propias producciones. Todas sus empresas son para su propia gloria, aunque nunca alcanza su propósito de ser universalmente glorificado. Trabaja incesantemente por el bienestar de sus súbditos, pero la mayoría de ellos se encuentran en terribles dificultades ante las necesidades de la vida. Quienes aparentemente gozan más de su favor, son los menos satisfechos con su suerte. Se los ve a todos ellos prácticamente como refractarios al Señor cuya grandeza admiran, cuya sabiduría alaban, cuya benevolencia honran, cuya justicia temen y cuyos mandamientos veneran, aunque nunca cumplen. El imperio del que hablamos es la Tierra; el soberano es Dios; sus ministros son los sacerdotes; sus súbditos son todos los seres humanos; todo un bello conjunto.

El Dios de los cristianos, según hemos visto, hace promesas sólo para romperlas; envía pestes y enfermedades con la finalidad de sanarlas; y desmoraliza a la humanidad para mejorarla. Se trata de un Dios que creó al hombre “según su propia imagen”, y sin embargo no se le imputa el origen del mal. Se trata de un Dios que vio que todas sus obras eran buenas, y poco después descubrió que estaban mal; que sabía que el hombre comería del fruto prohibido, y aún así lo condenó eternamente por eso. Se trata de un Dios que es tan aburrido como para dejar que el diablo sea más listo que él; un Dios tan cruel que ningún tirano de la tierra puede comparársele. Este es el Dios de la teología judeo-cristiana. Un sabelotodo chapucero que creó perfectamente a la humanidad, y que no pudo luego mantenerla en ese estado; que creó al diablo, y no pudo mantenerlo bajo control; un Dios omnipresente que sin embargo descendió del Cielo para ver qué hacía la humanidad; un Dios misericordioso que sin embargo permitió en ocasiones la masacre de millones. Un Dios Todopoderoso que condenó a millones de inocentes por las faltas de unos pocos; que causó el diluvio para destruir a la humanidad exceptuando a unos pocos para iniciar una nueva generación que no sería mejor que la anterior; que ha creado un Paraíso para los tontos que creen en el “evangelio”, y un infierno para los ilustrados que lo repudian. Un divino charlatán que se creó a sí mismo por medio del Espíritu Santo, y luego se envió a sí mismo como mediador entre él mismo y otros, y que despreciado y ridiculizado por sus enemigos, fue clavado en una cruz, como un murciélago en la puerta de un granero; que fue sepultado, se levantó de entre los muertos, descendió a los infiernos, ascendió al Cielo, y desde entonces por 1800 años ha permanecido sentado a su propia derecha para juzgar a los vivos y a los muertos, cuando los vivos hayan dejado de existir. ¡Un déspota terrible, cuya historia debería estar escrita con letras de sangre, porque es una religión de terror!

¡Repudiemos entonces la teología cristiana! Repudiemos ese Dios inventado por los predicadores de la fe sangrienta. Con el avance de la razón, esos predicadores se quedarán sin la Nada majestuosa con que pretenden explicarlo todo y serán arrojados al olvido más profundo, pues ya no podrán deleitarse en la fatuidad, ni podrán glorificar la pobreza ajena mientras ellos viven en la lujuria, ni podrán predicar la sumisión ajena mientras ellos practican la arrogancia.

¡Repudiemos entonces la maligna Trinidad: el padre asesino, el hijo contra natura y el espíritu lascivo! Repudiemos todos los fantasmas envilecedores con que se ha rebajado al hombre a una miserable esclavitud, esperanzándolo con la omnipotente mentira de goces celestiales a cambio de sus miserias terrenales. Repudiemos entonces a quienes, con sus santas alucinaciones, son la maldición de la libertad y de la felicidad: ¡repudiemos toda clase de sacerdocio!

Dios es sólo un fantasma inventado por sinvergüenzas ingeniosos para tiranizar a la humanidad y mantenerla siempre atemorizada. Pero este fantasma se disuelve instantáneamente en cuanto se lo examina con la lente de la sobria reflexión. Cuando ello ocurra, las masas embaucadas se impacientarán y dejarán de temer a su propia pesadilla, oponiendo al sacerdocio las palabras del poeta:

Una maldición para el ídolo al que hemos rezado,
En invierno, frío y hambre;
En vano hemos esperado y aguardado;
El nos ha burlado, embaucado y engañado[34]

Es de esperar que las masas no sigan siendo embaucadas y engañadas por mucho tiempo más, y que llegue el hermoso día en que arrojen al fuego sus crucifijos y sus santos; que conviertan sus crucifijos y cálices en objetos útiles; que transformen sus iglesias en teatros, auditorios y salas de discusión (o si no fueran aptas para ello, en galpones o en establos); que le encuentren un empleo útil a los curas y a las monjas; y que luego, esas mismas masas se sorprendan a sí mismas por no haber hecho todo esto mucho tiempo antes.

Este método simple y sencillo, por supuesto, sólo se consumará en la tormenta de la próxima revolución social; es decir, en el momento en que todos los conjurados (el sacerdocio, los príncipes, los terratenientes, los burócratas, los capitalistas y los explotadores de todo tipo) sean violentamente barridos con una escoba de hierro que limpie el lodo acumulado durante siglos por el Estado y por la Iglesia.

La bestia de la propiedad[35]

Entre los animales de presa, el hombre es sin duda el peor": esta expresión, muy común hoy en día, es meramente una verdad relativa. No es el hombre como tal una bestia de presa, sino el hombre atado a la riqueza. Cuanto más rico es un hombre, mayor es su codicia. Podemos llamar a este monstruo la “bestia de la propiedad”. Actualmente ella gobierna al mundo, haciendo miserable a la humanidad y lucrando cruel y vorazmente con el progreso de nuestra llamada “civilización”. En lo que sigue, caracterizaremos a este monstruo y recomendaremos su exterminio.

¡Observen a su alrededor! En todos los denominados países “civilizados”, de cada 100 hombres hay más o menos unos 95 indigentes y unos cinco con los bolsillos llenos de dinero.

No es necesario profundizar en las diversas triquiñuelas con que han conquistado sus posesiones. El hecho de que ellos sean dueños de todo mientras que los otros apenas subsisten, o más bien, vegetan, no admite duda de que esos pocos se han enriquecido a costa de los muchos.

Ya sea por la fuerza bruta directa, por la astucia o por el fraude, esta horda se ha apoderado desde hace mucho tiempo del suelo con todas sus riquezas. Las leyes sucesorias y sus derivadas, junto con las leyes del intercambio, han dado un barniz “venerable” a este robo, y por lo tanto han mistificado y ocultado el carácter de tales acciones. Por esta razón, la “bestia de la propiedad” no es reconocida como tal (es decir, como una aberración bestial), sino que, por el contrario, es adorada con santo temor.

Y sin embargo, todos los que no pertenecen a esa clase son sus víctimas. Cada descendiente de un desposeído (el hombre pobre) encuentra ya todos los rincones de la tierra ocupados cuando llega al mundo. No hay nada libre de “señorío”. Nada se produce sin trabajo, y para trabajar no sólo se precisa habilidad y voluntad, sino también espacio para hacerlo, herramientas, materias primas y medios de subsistencia. El hombre pobre, por lo tanto, por fuerza de la necesidad, debe ofrecerse a aquellos que poseen estas cosas en abundancia. ¡Y acá aparece la bestia! El rico le permite continuar existiendo. Pero a cambio de esto el pobre debe entregarle su habilidad y su fuerza. A partir de ahí, sus supuestos “salvadores” emplean esas cualidades para sí mismos. Lo ponen bajo el yugo laboral; lo fuerzan al máximo de su capacidad mental y física para producir nuevos tesoros, cuya propiedad les será negada. A quien pretenda tomarse el tiempo para pensarlo bien antes de concretar tan desigual contrato, su estómago quejoso pronto lo convencerá de que no hay tiempo para el pobre, porque hay millones en su misma situación y corre el riesgo de que, mientras él lo piensa, se presenten otros cientos para el puesto; habrá perdido su oportunidad y quedará nuevamente librado a donde lo lleve el viento.

Es el azote del hambre lo que obliga al pobre a someterse. Para vivir debe vender. Y “voluntariamente” se vende a sí mismo cada día y hora a la “bestia de la propiedad”.

En otros tiempos ya pasados, las clases dominantes cazaban a sus esclavos, los encadenaban y los obligaban a trabajar en beneficio de los gobernantes; aquellos tiempos en que los ladrones cristiano-germanos saqueaban países enteros, privaban del suelo a los habitantes y los exprimían en el servicio feudal, eran en de hecho bastante terribles, pero el punto culminante de la infamia se ha logrado con nuestro actual sistema de “ley y orden”, porque ha arrebatado a más de nueve décimas partes de la humanidad de sus medios de existencia, las ha reducido a la dependencia de una minoría insignificante y las ha condenado a inmolarse. Al mismo tiempo, se ha disfrazado esta relación con todo tipo de artificios, de modo que el esclavo actual —el esclavo asalariado— no sólo no reconoce su situación de servidumbre y desamparo ante la ley, sino que incluso tiende a atribuirlas a los caprichos del destino.

El único objetivo de las clases “dominantes” es perpetuar este estado de cosas. Aunque no siempre esas clases están unidas entre sí (pues unos buscan sacar ventaja sobre los otros por medio de tretas comerciales, engaños especulativos y diversas formas de distorsión de la competencia), sin embargo, frente al proletariado se mantienen unidas en una hostil falange. Por lo tanto y a despecho de toda la verborragia liberal, su ideal político es un gobierno siempre más poderoso, centralizado y controlador.

Si por un momento el pobre recurre a la mendicidad porque no encuentra un explotador a quien venderse o porque la “bestia de la propiedad” ya lo ha reducido totalmente a la impotencia, entonces, el burgués bien satisfecho denomina a eso “vagancia”, llama a la policía y exige la cárcel y la picota para el pobre diablo que se niega a morir de hambre entre montañas de comida.

El desempleado podría practicar un poco el tan proclamado ayudarse-a-sí-mismo, esto es, podría hacer algo de lo que el rico hace diariamente con impunidad y a gran escala: debería, de hecho, robar para vivir. Pero entonces la burguesía le arroja encima todas sus brazas de “indignación moral”, y con rostro adusto lo entrega implacablemente al Estado para que se haga cargo, pues en sus prisiones podrá ser esquilmado más eficazmente, es decir, le resultará más barato.

Si los trabajadores se asocian para obtener mejores salarios, menos horas de trabajo u otras mejoras por el estilo, entonces los adinerados los critican inmediatamente como promotores de una “conspiración” que debe ser eliminada.

Si los trabajadores se organizan políticamente, se los denuncia por oponerse al orden “divino” de las cosas, y se los neutraliza con leyes especiales o de excepción.

Llegará al fin la hora en que el pueblo habrá de considerar la vía de la rebelión; y su aullido incesante de rabia, generado por los “tigres del oro”, se dejará oír en el mundo entero: ya jadea por sus dolores, y su sed de sangre es insaciable.

La vida de los pobres no vale nada para el rico. Si éste es propietario de embarcaciones, pone en peligro la vida de tripulaciones enteras cuando obtiene seguros fraudulentos para sus cascos semipodridos. La mala ventilación, las excavaciones profundas, los tirantes defectuosos, etcétera, llevan a la muerte a miles de mineros todos los años; pero a los propietarios de minas, este estado de cosas no les preocupa, pues les permite ahorrar gastos operativos y, por lo tanto, aumentar sus ganancias. El pashá industrial tampoco se preocupa porque sus obreros sean triturados y desgarrados por las máquinas, sean envenenados por las sustancias químicas, o sean lentamente sofocados por la suciedad y el polvo. Lo principal es el beneficio.

Como las mujeres son más baratas que los hombres, los vampiros capitalistas buscan su sangre con rapacidad insaciable. Además, el trabajo femenino les procura amantes baratas.

La carne del niño es la más barata: ¿qué puede sorprender entonces que los caníbales de la sociedad moderna continuamente se den un festín con sus jóvenes víctimas? ¿Qué les importa que los pobrecitos queden corporalmente lisiados y mentalmente arruinados de por vida, y que miles de ellos, miserables y acabados en tierna edad, se hundan en sus tumbas? Las acciones bursátiles suben y con eso basta.

Como la burguesía monopoliza completamente cada nuevo invento por medio de su capital, toda máquina novedosa, en vez de disminuir la jornada laboral y aumentar la felicidad de todos, ocasiona, por el contrario, la pérdida del empleo para algunos, la reducción del salario para otros, y la pauperización del proletariado en su totalidad.

Cuando la producción aumenta al mismo ritmo que aumenta la pauperización de las masas, también el consumo disminuye y se produce estancamiento y crisis. La sobreabundancia de riqueza real en manos de pocos ha de generar hambre, tifus y otras epidemias para muchos. La injusticia (por no decir: la idiotez) de este estado de cosas es evidente. Quienes tienen sus bolsillos llenos, por supuesto, simplemente se encogen de hombros. Y lo seguirán haciendo hasta que una cuerda bien ajustada en sus cuellos ponga fin a toda indiferencia.

El trabajador no sólo es ampliamente esquilmado como productor, sino también como consumidor. Varios parásitos tratan de arrebatarle sus magros ingresos.

Después de atravesar varias etapas de intercambio y almacenamiento, y cuando los precios ya se han incrementado por las comisiones de agentes y corredores, por impuestos y derechos de aduana, los productos finalmente llegan a los comerciantes minoristas, cuyos clientes son casi exclusivamente los proletarios. Si los comerciantes mayoristas ‘hacen’ (es decir, obtienen fraudulentamente) tal vez de un 10% a un 20% de los beneficios por sus transacciones, el comerciante minorista no se satisface con menos del 100%. Para obtener ese resultado recurre a todo tipo de trucos, especialmente a la más desvergonzada adulteración de los alimentos. En estrecha relación con estos estafadores se encuentran los incontables envenenadores de cerveza, licores, vino, etcétera, que con su nefasto tráfico inundan las inseguras calles de todas nuestras grandes ciudades y centros industriales. También están los propietarios de inquilinatos, que incesantemente buscan la manera de amargar la existencia del pobre. El estado de las habitaciones empeora día a día, los alquileres aumentan y los contratos son cada vez más mortificantes. Los trabajadores viven cada vez más hacinados en los fondos, áticos y sótanos de las casas, llenos de bichos y humedad. Frecuentemente las celdas de una prisión son mucho más saludables que estos agujeros pestilentes.

Cuando el trabajador no tiene empleo, queda a merced de otras hordas de especuladores del hambre, listas para abalanzarse sobre él y completar su ruina. Toda una calaña de prestamistas usureros le adelantan pequeñas sumas de dinero a elevado interés, previo gravamen sobre las últimas posesiones del pobre. Las condiciones de esos contratos casi nunca pueden ser cumplidas, de modo que el pobre desgraciado pierde los objetos empeñados y cae aún más abajo. Pero los ávidos cazadores de cabezas amasan fortunas en poco tiempo. Algunos tiburones ven al mendigo como un buen pagador. Cada cobre que éste ha juntado de forma poco envidiable despierta la codicia de quienes regentean sucios agujeros y viles antros. También los ladrones están sujetos a esta expoliación capitalista. Ellos son esclavos de ocultos protectores que les cobran “peajes” y reciben los objetos robados a cambio de no “cantar”. Sí; incluso aquellas desafortunadas mujeres, llevadas a la prostitución por este maldito sistema, son expoliadas desvergonzadamente por quienes regentean los burdeles y las casas de mala fama.

Esta es la suerte del pobre desde la cuna a la tumba. Produzca o consuma, exista o meramente vegete, siempre está rodeado de voraces vampiros sedientos de su última gota de sangre. Por otra parte, el rico nunca detiene su obra de explotación, aunque no pueda dar razón alguna para su codicia. El que tiene $1.000.000, quiere tener $10.000.000; el que tiene $100.000.000 quiere tener $ 1.000.000.000.

La codicia de riqueza está estrechamente vinculada a la codicia del poder. La riqueza no sólo genera más riqueza, sino también poder político. En el actual sistema capitalista la venalidad es un vicio que todo lo invade. Como si se tratara de un simple asunto de precio, ella comprará para la “bestia de la propiedad”, que con su imperio aurífero es la divinidad absoluta y omnipotente, cualquier servicio que ésta requiera: la palabra, el silencio, la pluma, la prensa, los actos de violencia o cualquier otro recurso.

En Europa y América hay muchos cientos de miles de sacerdotes y ministros, especialmente preparados para envenenar el sentido común de las masas. Incontables misioneros recorren casa por casa difundiendo folletos sin sentido, o cometiendo otras andadas “espirituales”. En las escuelas se realizan incansables esfuerzos para anular el pequeño bien que provee el aprendizaje de la lectura, la escritura y la aritmética. Una idiota malversación de la “historia” excita descarados prejuicios que dividen a los pueblos y les impide ver que sus opresores se han coaligado contra ellos, y que toda política, pasada y presente, sólo persigue un objetivo: consolidar el poder de los gobernantes y asegurar así la explotación del pobre por el rico.

El tráfico camandulero es asistido con “lealtad y toxicicidad” por cagatintas de la prensa diaria, diversos falsificadores de la historia escrita, operadores políticos de las camarillas corporativas dominantes, diputados charlatanes con sonrisa seductora, bocas llenas de promesas y corazón traicionero, y por cientos de otros tipos de políticos con distintos matices de maldad.

La cuestión social es particularmente mistificada por regimientos enteros de vendedores de humo. Los profesores de economía política, por ejemplo, hacen de lacayos de la burguesía ensalzando al becerro de oro como al verdadero sol de la vida y recurriendo “científicamente” a la falsedad y a la picardía del sofisma para demostrar que la dura vida de los trabajadores constituye un beneficio para la humanidad. Algunos de esos charlatanes recomiendan la reforma social, es decir, un cambio gradual basado en el principio de hacer una tortilla sin romper huevos[36] (por no mencionar sus festejadas recetas del ahorro y la educación).

Y así, embaucando a las masas, los ladrones caballeros capitalistas siguen perfeccionando la maquinaria de su poder. Crean nuevas funciones públicas en que los cargos más altos son cubiertos en Europa por descendientes de viejos asaltantes de caminos (hoy “nobles”), y en América, por cazadores de puestos y astutísimos ladrones que combinan su propósito original de exprimir autoritariamente al proletariado, con el muy placentero negocio del robo de hormiga y la falsificación a gran escala. Ellos mandan sobre ejércitos de soldados, gendarmes, policías, espías, jueces, carceleros, recaudadores de impuestos, rematadores, etcétera. La clase baja de los vigilantes son casi totalmente reclutados de las filas de los desposeídos, y rara vez se encuentran mejor pagos que éstos. Y por ello mismo despliegan gran celo como espías, confidentes, alcahuetes, fieras y chupamedias del Estado, institución que evidentemente es, ni más ni menos, que la organización política de una horda de expoliadores estafadores; horda que sin esa maquinaria tiránica no podría subsistir un solo día ante la ira y la condena de los pueblos oprimidos.

En la mayoría de los países viejos, la forma exterior de este sistema ha alcanzado naturalmente su punto culminante. Todo el aparato disciplinario del Estado se concentra en un poder monárquico. De este modo, sus representantes “por la gracia de Dios” son la quintaesencia de la villanía. Allí todos los vicios y los crímenes propios de las clases dominantes llegan a niveles monstruosos. La ocupación que más disfrutan es el asesinato en masa (la guerra); siempre que roban, y lo hacen a menudo, roban cientos de millones (incluso miles de millones) a países enteros. Iluminan sus bestialidades con incendios a gran escala. Para ellos, la humanidad sólo existe para patearla, golpearla y escupirla. A lo sumo sólo la valoran cuando seleccionan entre sus “súbditos” a las mujeres y niñas más atractivas para saciar sus pasiones bestiales. A los demás les queda el derecho de morir “muy obedientemente” como los perros.

Estos asesinos coronados de Europa, se embolsan, por medio del chantaje directo, $50.000.000 al año. El militarismo, su retoño preferido, cuesta anualmente $1.000.000, sin tomar en consideración la pérdida de vidas y trabajo. Una suma equivalente se paga como intereses sobre $20.000.000.000 de deuda del Estado, que los sinvergüenzas han contraído en tiempo considerablemente breve. La monarquía en Europa, entonces, cuesta $2.050.000 000 anuales, es decir, más de lo que al mismo tiempo ganan como salario 10.000.000 de trabajadores, mantenedores de 50.000.000 de personas.

En América los monopolistas ocupan el lugar de los monarcas. En la supuesta “libertad” de los Estados Unidos, con la tasa de desarrollo de monopolios que tuvo en el último cuarto de siglo, pronto no quedará libre de monopolio más que la luz del día y el aire. Quinientos millones de acres de tierra en los Estados Unidos, casi seis veces el espacio que ocupan Gran Bretaña e Irlanda, han sido repartidos en una sola generación entre las compañías de ferrocarriles y los grandes terratenientes aristocráticos de origen europeo. En unas pocas décadas, Vanderbilt amasó, él solo, $200.000.000, y en esa feria del robo, docenas de sus competidores intentan superarlo.[37]

San Francisco fue poblada apenas hace treinta años ¡y hoy alberga a ochenta y cinco millonarios! Toda la riqueza de esta gran república, aunque establecida hace apenas un siglo, sus minas, sus yacimientos de carbón, sus pozos de petróleo, etcétera, ha sido “sustraída” al pueblo y es propiedad de un puñado de audaces aventureros y astutos maquinadores.

La “soberanía del pueblo” se postra rendida ante la influencia de estos reyes del dinero, magnates del ferrocarril, barones del carbón y señores de la industria. Estos iguales tienen a los Estados Unidos totalmente en sus bolsillos, haciendo de la alabada legislación libre y sin trabas una farsa, un engaño y una trampa.

¡Y si así es la madera verde, qué no podemos esperar de la podrida! Si el sistema capitalista ha dañado y arruinado tan fatalmente y en tan breve tiempo a esta joven república americana, de territorio y recursos naturales casi ilimitados, ¿qué puede sorprender de los resultados que produzcan en la servil y podrida Europa los mismos y prolongados abusos?

En efecto, pareciera que esta joven república americana sólo tuviera actualmente una misión histórica: demostrarle a los pueblos de ambos lados del Atlántico, más allá de toda discusión y con hechos crudos y palpables, la monstruosidad atroz de la “bestia de la propiedad”, animal de presa cuya ferocidad no puede ser alterada ni por la condición del suelo, ni por la vastedad del territorio, ni por las formas políticas de la sociedad; por el contrario, cuanto menos natural es su necesidad de codicia y su rapacidad individual, más peligrosa y problemática se torna para la sociedad. No es voraz para satisfacer sus deseos: ¡es voraz por el solo afán de voracidad!

Quienes trabajan para vivir deben comprender que este monstruo no puede ser domesticado, ni amansado ni utilizable por el hombre. Enseñémosles nosotros que sólo hay un remedio seguro contra esa bestia: ¡la guerra de exterminio, implacable, despiadada y a fondo! Las propuestas tibias no sirven; si por medio de petitorios, elecciones o cualquier otra clase de recursos ingenuos el proletariado espera ganar el respeto de sus enemigos conjurados, sólo logrará el escarnio y la burla.

Algunos dicen que la educación general traerá el cambio; pero como bandera, ese consejo es una mera frase sedativa. La educación del pueblo sólo será posible cuando los obstáculos que la impiden hayan sido removidos. Y ello sólo ocurrirá cuando el actual sistema haya sido destruido en su totalidad.

Pero esto no debe entenderse como que nada puede hacerse por medio de la educación. Lejos de ello. Quienquiera que haya comprendido la vileza de las condiciones actuales tiene la obligación de alzar la voz para ponerlas en evidencia y abrir los ojos del pueblo. Sólo hay que evitar hacerlo mediante reflexiones hipercientíficas. Dejemos esto a los científicos bien intencionados, que de esta manera arrancan lágrimas a la máscara humanitaria de la “mejor clase” y descubren el horrible rostro de la bestia de presa.

El lenguaje de y para el proletariado debe ser claro y contundente.

Quienquiera que recurra a la palabra de este modo será acusado por la chusma gobernante de instigar disturbios; será amargamente odiado y perseguido. Esto demuestra que la única educación posible y práctica debe ser de naturaleza instigadora. ¡Instiguemos, entonces!

Mostremos al pueblo cómo los capitalistas del campo y de la ciudad le roban su fuerza de trabajo; mostrémosle cómo los tenderos, los caseros y otros caballeros lo despojan de su magro salario; mostrémosle como los sacerdotes del púlpito, de la prensa y de los partidos políticos tratan de destruir su inteligencia; mostrémosle cómo siempre hay una policía brutal lista para maltratarlo, tiranizarlo y derramar su sangre entre la soldadesca. ¡Finalmente, la paciencia se acabará! ¡El pueblo se rebelará y aplastará a sus enemigos! ¡La revolución del proletariado, la guerra de los pobres contra los ricos, es la única vía para liberarse de la opresión!

¡Pero algunos objetan que no se pueden fabricar las revoluciones! Ciertamente que no, pero pueden ser preparadas dirigiendo la atención del pueblo hacia el hecho de que tales acontecimientos son inminentes, y alertarlo para que esté listo ante cualquier eventualidad.

Muchos teóricos sostienen que el desarrollo capitalista debe primero extinguir a toda la clase media (pequeña burguesía) para generar las condiciones favorables a una revolución social; sin embargo, ha alcanzado ya tal punto de perfección, que casi resulta imposible que pueda ir más allá. En los países civilizados, la producción general, tanto agrícola como industrial, sólo podría realizarse a mayor escala si la sociedad fuera organizada sobre bases comunistas y si (lo que entonces sería una obviedad) las horas de trabajo se redujeran al compás del desarrollo de las ventajas tecnológicas y el consumo aumentara a la par con la producción.

Esto se comprende fácilmente. La producción en serie puede más que centuplicar lo que los productores necesitan en bienes de valor equivalente, y ahí radica la cuestión. Hasta ahora, esta plusvalía apenas ha sido notada, porque su mayor parte ha sido capitalizada nuevamente, es decir, ha sido utilizada en nuevas empresas capitalistas, y porque los países industrialmente más avanzados (la “bestia de la propiedad” en esos países) exportan enormes cantidades de mercaderías. Ahora, sin embargo, la cosa comienza a flaquear marcadamente. El industrialismo ha hecho grandes progresos en el mundo, equilibrando cada vez más las exportaciones y las importaciones, razón por la cual las nuevas inversiones de capital se vuelven menos rentables, y bajo tales circunstancias pronto se mostrarán totalmente no redituables. Una crisis universal habrá de producirse y pondrá en evidencia estas incongruencias.

Por lo tanto, todo está maduro para el comunismo; sólo se precisa remover los viejos intereses que lo obstaculizan: los capitalistas y sus cómplices. Durante esa crisis, el pueblo estará suficientemente preparado para la lucha. Entonces, todo dependerá de la presencia de un núcleo revolucionario bien entrenado en todos los aspectos, capaz de reunir en torno suyo a las masas populares llevadas a la rebelión por su miseria y su anhelo de trabajo, y que pueda dirigir su poderosa fuerza hacia la destrucción de todas las instituciones enemigas existentes.

¡Por lo tanto, antes que sea demasiado tarde hay que organizar y extender por todos lados el partido socialista revolucionario! La victoria del pueblo sobre sus tiranos y vampiros entonces será segura.

Dadas las condiciones actuales, antes que desarrollar aquí un “programa”, es mucho más importante esbozar lo que el proletariado probablemente deberá llevar a cabo inmediatamente después de la victoriosa batalla para asegurar su supremacía.

Muy probablemente habrá de hacerse lo siguiente:

Se constituirán comités revolucionarios en cada localidad donde el pueblo haya obtenido una victoria; estos comités ejecutarán los decretos del ejército revolucionario, que, reforzado por los trabajadores armados, gobernará así como un nuevo conquistador del mundo.

El viejo sistema (o sea, el ahora vigente) será abolido del modo más expeditivo y completo con la aniquilación de sus sostenedores: las “bestias de la propiedad” y su horda de secuaces. La cosa es así: o el pueblo los aplasta a ellos, o ellos aplastarán al pueblo, ahogarán la revolución en la sangre de los mejores, y reforzarán las cadenas de la esclavitud con más firmeza que nunca. Matar o morir es la alternativa. Por lo tanto, deberá instituirse la matanza de los enemigos del pueblo. Todas las comunidades libres integrarán una alianza ofensiva y defensiva mientras dure el combate. Las comunas revolucionarias deberán instigar la rebelión en los distritos adyacentes. La guerra no estará terminada hasta que el enemigo (la bestia “de la propiedad”) haya sido perseguido hasta su última guarida y totalmente destruido.

Para proceder a fondo en el aspecto económico, todas las tierras y los llamados bienes raíces, con todo lo que haya dentro de ellos, así como todos los capitales mobiliarios, serán declarados propiedad de las comunas respectivas.

Mientras se efectivice la profunda y armoniosa reorganización de la sociedad, puede resultar satisfactoria la proclama de los siguientes principios y medidas:

Toda deuda pendiente quedará liquidada. Los objetos de uso personal que hayan sido empeñados o hipotecados serán devueltos gratuitamente. No se pagarán alquileres. Se establecerán comités locales permanentes de vivienda, que asignarán albergue a quienes carezcan de hogar o a quienes vivan en cuartos no aptos e insalubres; tras la gran purificación no habrá necesidad de buscar un hogar digno.

Hasta que cada uno pueda obtener un empleo conveniente, la Comuna garantizará a todos la satisfacción de las necesidades vitales. La distribución de los bienes confiscados será regulada por comités de suministros. Podría haber carencia de alimentos, por lo que para adquirirlos habrá que recurrir a operaciones de expropiación. La forma más expeditiva de proveerse de ellos será tomándolos, con columnas armadas, de las grandes fincas lugareñas.

Los aprovisionamientos serán efectuados por asociaciones comunales de trabajadores organizados para tal fin.

Las bases de la nueva sociedad estarán formadas por la organización inmediata de los trabajadores en cooperativas de producción según las diferentes ramas del comercio y según su disposición en relación a la localización de las fábricas, máquinas, materias primas, etcétera.

Se supone que la Comuna —al menos transitoriamente— mediará y regulará el consumo. Ella, por lo tanto, hará acuerdos con las asociaciones de trabajadores individuales, las proveerá periódicamente de informes o borradores sobre las mercancías comunitarias recogidas y almacenadas, dándole así el golpe de muerte al viejo sistema monetario.

Deberán fundarse sin demora buenas escuelas, jardines de infantes y otras instituciones educativas. La educación de los adultos, que entonces sí será posible, no deberá ser desatendida ni pospuesta. La verdad y el conocimiento serán enseñados en todas las iglesias, donde no se tolerará nada sacerdotal. Todas las imprentas deberán ser puestas en funcionamiento para producir millones de libros, textos y folletos de valor educativo, para ser distribuidos por todas partes, particularmente en las regiones que aún no se hayan liberado de la esclavitud.

Todos los códigos legales, los archivos judiciales y policiales, los registros hipotecarios, las escrituras, los bonos, y todos los denominados “títulos de valor” deberán ser quemados.

Estas indicaciones sirven sólo para mostrar que el período de transición no tendrá necesariamente un carácter enervante, como suele ocurrir a quienes se desaniman por considerar que una reorganización enérgica de la sociedad sería difícil y ardua.

Y ahora echemos un vistazo al ideal de nuestras aspiraciones.

La sociedad libre estaría formada de Comunas autónomas, es decir, independientes. Una red de federaciones, resultantes de contratos sociales libremente efectuados y no de un gobierno o una tutela autoritarios, las abarcaría a todas. Los asuntos comunes se tratarían mediante la libre deliberación y el libre juicio de las Comunas o asociaciones interesadas. El pueblo, sin distinción de sexo, se reuniría con frecuencia en los parques o salones adecuados, de hecho, no para hacer leyes o restringir su libertad de acción, sino para decidir caso por caso todas las cuestiones referidas a los asuntos públicos, o para designar a los individuos que ejecutarán sus resoluciones, y escuchar sus informes.

El aspecto exterior de estas comunas será totalmente diferente al de las actuales ciudades y pueblos. Las calles estrechas habrán desaparecido; las viviendas-celdas habrán sido derribadas, y en su lugar se habrán levantado amplios y bien provistos palacios rodeados de jardines y parques como sedes para las sociedades, grandes o pequeñas, que habrán de reunirse por identidad de intereses, llevando el confort a un grado tal que no podría lograr por su cuenta un individuo o una familia.

En el campo la gente estará más concentrada. Una comunidad agrícola con las comodidades de una ciudad remplazará a muchas aldeas. La unión de granjas hasta ahora separadas, la aplicación general y la mejora constante de los implementos agrícolas y de los fertilizantes químicos, la perfección cada vez mayor de los medios de comunicación y transporte, etcétera, simplificarán este proceso de concentración. El viejo contraste entre la ciudad y el campo habrá desaparecido, y el principio de igualdad en las ganancias obtendrá uno de sus más importantes triunfos.

La propiedad privada ya no existirá. Toda la riqueza pertenecerá al pueblo o a las ligas comunales. Todos, capacitados o no para trabajar, podrán obtener de allí los artículos necesarios que puedan requerir. La suma total de la demanda de necesidades y comodidades regulará la cantidad de la producción.

El tiempo de trabajo del individuo quedará limitado a unas pocas horas diarias, porque participarán en la producción todos aquellos que estén capacitados para trabajar, sin distinción de sexo; porque ya no se trabajará en actividades inútiles, dañinas o similares; y porque los medios de producción auxiliares, como los químicos, los recursos técnicos y otros por el estilo, estarán altamente desarrollados y serán universalmente aplicados. La mayor parte del día, por lejos, será empleada en disfrutar de la vida.

La gratificación más grande se hallará en actividades intelectuales libremente elegidas. Algunos emplearán su ocio sirviendo al prójimo, ocupados en el bien común. Otros estarán en las bibliotecas, dedicados a propósitos literarios, o reuniendo material para conferencias educativas, o simplemente para sus estudios privados. Otros correrán nuevamente a los liceos, abiertos a todos, para oír a la ciencia. Academias de pintura, escultura, música, etc. ofrecerán oportunidades para la educación de quienes sigan las bellas artes.

Los amantes de la niñez, especialmente los de sexo femenino, se concentrarán en los sitios educacionales, donde bajo la dirección de los auténticos mentores de la juventud, ayudarán a criar y cultivar a las nuevas generaciones.

La enseñanza sólo se realizará en espacios bien ventilados y luminosos, y al aire libre, cuando el clima sea favorable. Y para asegurar un desarrollo parejo de la mente y el cuerpo, se alternarán el juego alegre, la gimnasia y el trabajo con la aguda aplicación de la mente.

Los teatros y las salas de conciertos tendrán lugar para todos.

No se conocerán los matrimonios forzados o interesados; la humanidad habrá retornado al estado natural y el amor gobernará sin restricciones.

El vicio y el crimen habrán desaparecido con las causas que los provocan: la propiedad privada y la miseria general.

En gran medida, las enfermedades habrán desaparecido, porque ya no se conocerá la mala vivienda, ni los mortales talleres, ni las comidas y bebidas contaminadas, ni los trabajos inhumanos.

El hombre podrá por fin disfrutar de la vida. ¡La “bestia de la propiedad” ya no existirá!

El monstruo social[38]

Una daga en una mano, una antorcha en la otra, y todos los bolsillos repletos de dinamita: esa es la imagen del anarquista tal como la han delineado sus enemigos. Lo ven simplemente como una mezcla de estúpido y criminal, cuyo propósito es subvertir el orden universal, y cuyo único medio para ello es aniquilar a quien se le oponga.

Esa imagen es una horrible caricatura, pero no debe extrañarnos su generalizada aceptación, pues desde hace años todos los documentos antianarquistas se han empeñado en hacerla circular. Incluso en ciertos órganos de prensa obrera se puede encontrar al anarquista representado simplemente como un hombre violento, sin ninguna aspiración noble; allí se hallan las versiones más absurdas acerca de los principios anarquistas.

En cuanto a la violencia, que la gente considera como característica específica del anarquista, no se puede y no se debe negar que la mayoría de los anarquistas están convencidos de que el desarrollo del orden social actual no puede ser reencausado adecuadamente sólo por medios pacíficos. Pero esto es una cuestión de táctica que nada tiene que ver con los principios.

El anarquismo en sí mismo significa un nuevo orden social, y cualquiera que conozca la vida humana en toda su extensión y tenga el coraje de despreciar toda solución superficial, toda transacción y toda complicidad con el statu quo, y que se atreva a sacar las conclusiones necesarias de la evolución recorrida, debe arribar al gran principio sobre el cual se edificará ese nuevo orden. Nuestro principio es el siguiente: evitar todo dominio del hombre sobre sus semejantes, para establecer la plena libertad y tornar vetustos al Estado, al gobierno, a las leyes y a toda forma de coacción existentes. Anarquismo significa, antes que nada y sobre todo, independencia de cualquier gobierno.

Pero ¿es eso realmente deseable? Es obvio que quienes gobiernan responderán que no. Pero ¿qué responderán los que deben obedecerles? Hace ya casi cincuenta años que Marx demostró que todas las luchas políticas de la historia fueron luchas entre clases. La clase dominante siempre se esforzó por conservar el gobierno (arquía), porque con el gobierno se alimentaba; en tanto que la clase dominada siempre se esforzó por destruir al gobierno (anarquía), porque con el gobierno se la mataba de hambre.

Las etiquetas variaban de caso en caso, pero los principios enfrentados eran siempre los mismos: la anarquía contra la arquía. Si esto es así, entonces, ¿por qué la idea del anarquismo sigue siendo tan incomprendida y por qué no se ha realizado ya hace tiempo? Algún día esta pregunta tendrá una respuesta apropiada.

Pero por el momento basta con recordarle al lector que las ideas pueden salirse del camino sin perderse. Miremos desde arriba esa larga serie de luchas. Sus resultados son evidentes. El reclamo popular de libertad es hoy más fuerte y claro que nunca antes, y las condiciones a largo plazo para alcanzar la meta son actualmente más favorables. Parece que estamos más cerca del anarquismo en este momento de lo que nadie pudo soñarlo un siglo atrás. Es evidente que a lo largo de toda la historia se da una evolución que va destruyendo toda forma de esclavitud, de coacción y de gobierno (arquía); una evolución por la cual se va realizando la libertad completa e ilimitada de todos y para todos (anarquía). Porque el anarquismo no es una idea fantasiosa ni una utopía.

No, de ninguna manera. La anarquía es un hito natural y necesario del mismo progreso civilizatorio. Es la meta hacia la cual apuntan lógicamente todas las aspiraciones humanas. Y por supuesto, cuando un determinado estadio del desarrollo social se define de ese modo, es decir, a la vez como deseable y como resultado lógico y necesario de la evolución, entonces cuestionar su posibilidad, como hacen ciertos filósofos políticos más débiles que cautos, se transforma en un fútil planteo.

De aquí también se infiere que el anarquismo no puede ser un movimiento retrógrado, como cuando se insinúa con malicia que los anarquistas marchan en sentido opuesto al de las huestes de la libertad; y también se infiere que es evidentemente absurda la repetida cantinela de la supuesta oposición entre socialistas y anarquistas.

La palabra socialismo, en su más amplio sentido, comprende cualquier doctrina o tendencia aplicada a la sociedad humana. En un sentido más específico, la palabra se refiere a cierto sistema específico y claramente definido de orden social.

Pero aún en este último sentido existen muchos tipos de socialistas, porque hoy día casi todo el mundo parlotea sobre las reformas sociales. Incluso, hasta hay socialistas monárquicos, aristocráticos, cristianos, etc. Guillermo I predicó recurrentemente la reforma social, según él la entendía.[39] A veces, Bismarck se autodenomina socialista.[40] El pastor Stoecker también propuso numerosas e indescifrables ideas sobre el asunto.[41] Todo este amasijo es ciertamente bastante heterogéneo. Y por ello, los socialistas más serios ya hace tiempo que advirtieron la necesidad de remarcar alguna característica que especifique sus intenciones. Estos se autodenominaron comunistas, señalando así su intención de hacer común la tierra y todo lo que se encuentre en ella. No se dejaron arrastrar por aspiraciones religiosas ni especulaciones fantásticas, sino por la sobria observación de la situación actual de la sociedad, que reclama y exige, necesaria y absolutamente, una transformación en esa dirección.

La burguesía, clase hoy dominante, ha reformulado completamente todo el mecanismo de la producción y del intercambio.

El capitalista desplazó primero al maestro mecánico independiente. Luego, a su turno, los capitalistas se vieron desplazados por las sociedades anónimas. Pero ni siquiera las sociedades anónimas pudieron resistir el avance de los monopolios, los trusts, los cárteles, etc. Y hoy en día ya podemos hablar de corporaciones globales en lugar de simples ramas de la industria.

La meta manifiesta de ese movimiento —ya alcanzada en grado considerable— fue producir la mayor cantidad de bienes posibles con el mínimo esfuerzo humano posible.

Pero en su avance también dejaba otra experiencia. La masa del pueblo pasó de la carencia a la pobreza, de la pobreza a la miseria, y ahora se hace evidente que, si lo dejamos avanzar más, la raza humana, totalmente degrada moralmente, terminará muriendo de inanición en medio de un mundo de abundancia.

Como este estado de cosas es lisa y llanamente una locura, resulta perentorio reorganizar profundamente el orden social, estableciendo un sistema completamente nuevo.

Pero ya no es posible volver a la pequeña industria de los tiempos pasados. Las ventajas de la producción en serie y de la división del trabajo son demasiado evidentes como para ignorarlas.

En consecuencia, no hay otra salida que el comunismo, esto es, hacer común la propiedad de todos los bienes de producción e intercambio.

En esto coinciden todos los que se sienten insatisfechos con el orden vigente y anhelan otro en que todos los hombres puedan ser libres, iguales y felices. Por lo tanto, quienes digan que los anarquistas difieren de esta postura, simplemente mienten maliciosa o estúpidamente.

Los anarquistas son socialistas porque desean una reforma social radical; y son comunistas porque están convencidos de que esa reforma sólo puede lograrse sobre la base de la propiedad comunitaria. Pero aún hay algo más. Los anarquistas también tienen una característica que es exclusiva de ellos; y el socialismo y el comunismo no llegarán jamás a concretarse en tanto no se impregnen con ese espíritu del anarquismo y adopten su sello.

Es muy importante para el anarquismo conservar su sello característico, que está inscripto en su propio nombre, pues existen hoy muchos comunistas que piensan al orden futuro como un Estado (“Estado del futuro”, “Estado del Pueblo”, etc.), es decir, como una monstruosa máquina gubernamental fundada en las leyes más oprobiosas (como si la sociedad comunista debiera estar conformada por una inmensa masa de imbéciles bajo el cuidado de un reducido número de mandarines).

Los socialistas y los comunistas coherentes, por supuesto, no tienen nada que ver con tal idea. Saben bien que el Estado ha sido siempre, y sigue siendo, un mero instrumento de represión empleado siempre por la clase dominante para proteger sus privilegios y someter a la masa del pueblo. Pero como en un país libre ya no habría privilegios que proteger ni oprimidos que intimidar, ¿qué sentido podría tener en él semejante instrumento represivo?

El establecimiento del comunismo es inconcebible sin la abolición de la presente esclavitud. ¿Habrá que establecer acaso algún otro tipo de esclavitud? Si ya no habrá más esclavitud de ningún tipo, entonces, cualquier clase de gobierno será inútil, pues un gobierno que no gobierne a nadie es como un puñal sin hoja, es decir, un sinsentido. Así, si para establecer verdaderamente la libertad y la igualdad el comunismo debe prescindir de cualquier tipo de gobierno, entonces ya estamos ante el anarquismo.

Cuando ya no haya Estado ni gobierno, tampoco habrá leyes. Quienes hablan de “leyes” de la sociedad comunista quizás estén pensando simplemente en aquellas reglas generales de conducta noble y sensible que cualquier hombre bueno puede cumplir fácilmente. Pero en tal caso están empleando una palabra incorrecta. Una ley es una norma respaldada en una maquinaria de obediencia compulsiva: detrás de la ley se yergue el tribunal, el comisario, la policía, el verdugo, etc. ¿Y quién puede desear todo eso? Nadie, suponemos.

En el plano moral, el Estado, el gobierno y las leyes son las principales causas de vicio y de crimen. Pero cuando desaparezcan esas causas también desaparecerán sus efectos.

En el plano de la Industria, el Estado, el gobierno y las leyes son los principales obstáculos para la eficiencia y la abundancia, pues la experiencia directa de lo útil y lo necesario enseña mejor qué y cómo producir que cualquier burocracia instalada en las cumbres de la ceguera.

Entonces, si pensáramos que incluso en la sociedad comunista las acciones del hombre quedarían sujetas a la coacción, habría que renunciar al comunismo, y con ello, a toda esperanza respecto de la humanidad.

Sin embargo y afortunadamente, sería un error pensar así. La humanidad no es igual hoy de lo que será mañana. De modo que no hay necesidad de caer en ensoñaciones para hablar de las futuras generaciones.

Es la sobriedad de la experiencia la que tiene algo que decir al respecto. Siempre que ocurre un acontecimiento grandioso y magnífico, todos los involucrados en él, de cerca o de lejos, experimentan algún tipo de cambio personal: en ciertos casos puede ser un cambio ligero; en otros, una completa transformación. Con poder irresistible, algo cambia en todos ellos, borrando antiguos rasgos y apareciendo otros nuevos.

Ahora bien, si se quita del hombre el yugo de la esclavitud que pesa sobre su espalda y se lo ubica en una esfera de plena libertad, se verá cómo naturalmente ella lo lleva a comportarse como hermano de sus semejantes. Porque el hombre no es malo por naturaleza. Ha llegado a ser lo que es actualmente sólo porque es parte de una sociedad en la que cada quien se ocupa de sí mismo sin velar por los demás.[42]

Desde que se instituyó la propiedad privada surgió la envidia, la avaricia, la rapiña, el orgullo insolente, la voluntad de engañar, la perversidad de la opresión, en fin, todos los vicios más comunes y viles;[43] y esos vicios también desaparecerán cuando caiga aquella misma institución y se deje lugar para el amor fraternal, un fuerte sentido de responsabilidad común orientado al bien general.

Pero ese tipo humano nunca podrá surgir dentro del estrecho marco de un Estado; y cuando los comunistas retroceden ante el anarquismo, es porque los asusta la palabra, no el principio. Es sólo un fantasma lo que los asusta.

Tampoco hay razón alguna para que los otros comunistas se mantengan separados de los anarquistas en cuanto a sus tácticas.

Toda persona que se oponga radicalmente al actual orden social, y que trabaje para reformarlo sobre la base de la comunidad de bienes, debe ser un revolucionario de corazón.

La diferencia entre los anarquistas y aquellos compañeros que puedan sentirse algo más moderados, radica simplemente en que estos últimos practican un tipo de política oportunista.

¿Pero de qué sirve esa política oportunista? No es que los anarquistas busquen sangre, ni que sean asesinos o incendiarios perversos. Pero llevan adelante una agitación revolucionaria porque saben que nunca el poder de una clase privilegiada ha podido quebrarse por medios pacíficos, y están convencidos que la burguesía tampoco podrá ser desplazada sino por la fuerza.

Por lo tanto, los anarquistas consideran absolutamente necesario que la masa del pueblo no olvide ni por un instante la gran contienda que deberá producirse antes de que sus ideas puedan verse realizadas; y por eso, para acelerar el proceso revolucionario, emplean todos los medios a su alcance (la palabra, la prensa, la escritura).

Si se toma el asunto seriamente ¿quién puede acusarlos por esto?

Queda sentado de una vez por todas, entonces, que el bien futuro de la humanidad depende del comunismo; que el auténtico sistema del comunismo significa anarquismo, pues excluye lógicamente cualquier relación entre amos y siervos; y que la revolución social es el camino que conduce a la meta.

Entendemos perfectamente por qué nos odian de corazón los capitalistas, los políticos de pacotilla, la prensa y los charlatanes del púlpito, filisteos y decrépitos oscurantistas. Más de una vez hemos tenido la oportunidad de mostrarles a todos estos sacerdotes sociales, políticos y celestiales lo bien que comprendemos sus sentimientos.

Pero no podemos entender los ataques que nos dirigen ciertos agitadores obreros, ataques que algunas veces encierran una increíble malicia, muchas veces un pétreo fanatismo y casi siempre una lamentable falta de juicio. Toda vez que hemos pretendido exponer nuestros puntos de vista sobre el moderno comunismo anarquista, hemos sido criticados simultáneamente en dos sentidos opuestos.

Por un lado se nos dice que vamos demasiado lejos, que pasamos por alto las formas necesarias de transición para la evolución social, que sustituimos subrepticiamente el socialismo por el anarquismo. Y cuando intentamos explicar que el anarquismo no es otra cosa que un orden social sin gobierno, tal como debería ser para todo socialista coherente en su lucha por la libertad y la igualdad, no se nos escucha y se nos insiste con la anterior afirmación de que el socialismo y el anarquismo se excluyen recíprocamente.

Por otro lado, se nos dice, y esto muy recientemente, que nuestras tendencias son completamente retrógradas y que perseguimos la fata Morgana[44] de un ya superado individualismo de pequeña industria, etc.

¿Pero cómo sería posible para nosotros o cualquiera perseguir a la vez el ideal antediluviano de la pequeña industria y no obstante hacer propaganda de ciertas ideas tan avanzadas sobre el futuro? ¡Nos gustaría que realmente algún “científico” resolviese este enigma parecido al del Conde de Oerindur![45]

La verdad del caso es esta: nuestros adversarios simplemente mienten cuando dicen a sus seguidores que nuestras ideas corresponden a las de la ya anacrónica pequeña industria; y mienten todavía más cuando refuerzan su argumento citando el ejemplo de Benjamin Tucker.[46]

El señor Tucker es un discípulo de la escuela de Manchester que ha llegado demasiado tarde al mercado. Al colocarse por fuera del moderno y masivo movimiento clasista, muestra su desconocimiento acerca de las leyes que rigen el desarrollo social de nuestro tiempo.[47]

Ignora las tendencias de nuestra vida industrial tanto como sus logros técnicos; y cuando habla de anarquismo, no se representa en realidad algún tipo de orden social comprensible, sino que esboza simplemente las líneas de una fantasía surgida de su cerebro.

En Europa no es nadie, y en América sólo lo es dentro de algunos círculos literarios que, sin comprensión real del asunto, anhelan reformar el mundo movidos sólo por buenos sentimientos y un ideal sin anclaje.

Recurrir a su nombre para refutarnos es simplemente una chicana; pero las chicanas no son armas legítimas en una discusión seria.

En ocasiones también se cita contra nosotros a Kropotkin,[48] considerándolo como “el verdadero anarquista”, y siempre dando por supuesto que él, como Tucker, rechaza el comunismo.

Pero eso es una gran equivocación. Kropotkin es precisamente el más decidido comunista que jamás haya existido. Se debe a él que los anarquistas de países como Francia, España y Bélgica ostenten enfáticamente su posición comunista cada vez que pueden.

Para él como para nosotros, el comunismo es lo principal, y el anarquismo, su toque final. Hace unos diez años, en el congreso anarquista de la Federación del Jura, reunido en Saint Imier, Kropotkin llegó a proponer que, en virtud del prejuicio gubernamental, sería conveniente sacrificar el nombre de “anarquistas” y reemplazarlo por el de “comunistas libres”. Su propuesta no tuvo curso, pero muestra no obstante que Kropotkin es ante todo un comunista. De hecho dista tanto de oponerse al anarquismo comunista que más bien puede ser considerado el padre de esta tendencia.

En todas las objeciones anteriores no hay más que malicia o ignorancia. Pero a menudo los ataques de nuestros adversarios expresan otro aspecto no menos dañino para la causa: las disputas personales. Estas disputas, que no tienen otra razón que la rivalidad personal y las cuestiones de estrategia partidaria, no pueden justificarse, pero al menos hallarían una excusa natural si se las confinara a Europa, que es la tierra en que surgieron.

Pero es completamente absurdo importarlas a América y continuarlas aquí. ¿Qué interés pueden tener los americanos en estas futilidades?

Uno podría pensar que el inmigrante socialista quiere romper con su pasado al cruzar el océano; y que al llegar al menos trataría de adaptarse a las exigencias de la propaganda americana.

¡Pero no! Parece compelido a trasplantar las raíces de la tierra de sus padres. Y conscientemente retoma aquí cada hilo de lo que abandonó allá.

En el contexto americano copia con minuciosa precisión todas las tendencias de la socialdemocracia de Alemania, sin siquiera mosquearse por el hecho de que se halla en otro ambiente. Pero eso ya es basura, cuando no algo peor.

Al no ver que casi no existen diferencias de principio entre los diversos grupos del movimiento, y que ni siquiera las divergencias tácticas son totalmente irremediables, él obstaculiza la acción y crea divisiones sin excusa ni justificación.

Y después de muchos fracasos por actuar de ese modo, él se vuelve hacia nosotros y, curiosamente, nos reprocha que nuestro método “no es americano”.

Ocurre que para nosotros, ningún país del mundo está hoy en mejores condiciones que América para la agitación.

En los países monárquicos de Europa, el pueblo todavía se entusiasma demasiado con lo que llama Estado del Pueblo (o sea, la República), y fantasea con que su establecimiento resolverá los problemas sociales que le oprimen.

Ese entusiasmo habrá de agotarse en algún momento, y esa fantasía se esfumará rápidamente, dando lugar a una agitación anarquista realmente eficaz; pero dicha oportunidad difícilmente se presente antes de que la fantasía haya sido ensayada en la práctica.

En Francia, el trabajador ya vio en 1848 lo que puede esperar del Estado del Pueblo; y la experiencia no fue grata. En 1871 ya había aprendido algo, y trató de establecer la Comuna independiente en oposición al Estado. Pero el plan fue insuficiente y el intento fracasó.

Desde entonces, el gobierno “republicano” viene apagando en el pecho del trabajador toda chispa de fe en un Estado del Pueblo. Y aún Francia no ha concluido este experimento.

En cambio, en América, el Estado en que todo se hace “por el pueblo y para el pueblo” existe desde hace más de un siglo: ¿y quién no ve hoy la terrible enseñanza histórica que este gran experimento brinda a todo futuro hombre de Estado?

Dejar todo al cuidado del gobierno potencia la corrupción, el egoísmo y la intriga; ello sólo significa sumisión y nada más: triste herencia represiva transmitida a través de generaciones. Los corazones nobles y las cabezas bien pensantes hace ya tiempo que se han apartado con asco de la máquina gubernativa, a la que odian como a una plaga.

Ahora bien, ¿quién puede suponer que tales hombres no están ya suficientemente preparados, de una u otra manera, quizás inconscientemente, para las ideas del anarquismo?

¡Claro que lo están! Hace tiempo que ellos han renunciado a la frívola y supersticiosa fe en la bondad, el poder, la sabiduría y la justicia del Estado; y ahora sólo les resta elegir entre un pesimismo antihumanitario o el anarquismo.

Esta es la verdadera razón del odio terrible que el partido conservador o reaccionario profesa aquí contra los anarquistas, odio que en Chicago llegó a cometer uno de los más grandes crímenes políticos de la historia.

Esta clase de observaciones son las que nos han dictado nuestro método de agitación, observaciones que nuestros adversarios internos, nuestros hermanos, deberían examinar antes de condenarlas como antiamericanas.

Si así lo hicieran, probablemente se nos unirían inmediatamente en nuestra lucha contra la Iglesia, el Estado y la bolsa, “santísima trinidad” que hay que destronar si en verdad se quiere abrir el paso a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad.

La objeción favorita de los socialistas no anarquistas contra el anarquismo se refiere a la doctrina de los “contratos libres”.

Cuando los anarquistas proclaman con insistencia que todos los miembros de una sociedad libre sólo pueden entablar relaciones recíprocas sobre la base de acuerdos libres, los socialistas no anarquistas sonríen con escepticismo y defienden la coacción social.

Su argumento sostiene que un sistema de coacción general igual para todos no podría perjudicar a ningún individuo en particular.[49] Pero este argumento es inútil y carece de sentido.

Las personas no son todas iguales, ni sienten las mismas cosas de la misma manera. Y aún si fuera así, en vez de proponer tal orden social restrictivo de la misma libertad, lo que ellos deberían defender es cuando menos la forma más atenuada de coacción. Su constante reclamo por el sufragio universal tampoco brinda salida alguna. O bien todo el pueblo es lo bastante sagaz como para saber lo que es correcto en cada caso, y entonces cualquier gobierno político es completamente superfluo; o bien todo el pueblo no es lo bastante sagaz para evitar la formación de una hábil casta de demagogos, con lo que volvemos a la vieja historia de siempre.

Pero para hacerse una idea clara de cómo funcionarían los contratos libres que propone el anarquismo no es necesario elevarse a las regiones desconocidas de la divagación.

Ya existe, por ejemplo, la unión postal mundial. Cada organización postal particular entra a esa organización general por medio de un simple acuerdo respecto de los servicios que prestará y recibirá.

No se prevé ningún tribunal internacional con poder para citar y obligar a ninguna parte que haya quebrado el acuerdo; cuando ocurren irregularidades o desinteligencias, sólo existen audiencias de mediación.

Sin embargo, el acuerdo nunca se ha roto, por la simple razón de que la parte que lo hiciera se perjudicaría a sí misma.

Y esa institución, modelo a imitar en las más diversas áreas de la vida humana por toda organización libre, no es para nada la única. Incluso quienes no se mueven por lo general según un fino sentido del bien común forman organizaciones como los trusts, los pools, etc.

En la mayoría de los países, las organizaciones de este tipo son ilegales, por lo que no existe ley alguna que pueda obligar a los miembros que las integran a cumplir con el contrato. Y sin embargo, rara vez se rompe ese contrato, por la misma razón ya apuntada en el caso anterior: por interés propio de las partes.

Además, hay otros cientos y cientos de organizaciones que hoy funcionan con gran éxito y muy armoniosamente, sin otra coacción que el sentimiento moral individual de sus integrantes: coros, sociedades de artesanos, clubes deportivos, asociaciones con fines políticos, o literarios, o científicos, o artísticos, etc. Y en todos estos casos hay que advertir que siempre que el gobierno intervino en la obra de estas asociaciones, ello nunca significó una ayuda sino más bien un obstáculo.

Y si el contrato libre ya ha conquistado tantos espacios en una sociedad tan poblada de egoístas como la presente, ¿cuántas más cosas podría realizar en una orden social como el que pretendemos, basado en el comunismo y sin la propiedad privada alimentando el germen del egoísmo? En ese sentido, en una sociedad integrada por hombres libres e iguales en el auténtico significado de las palabras, ya no existiría otro medio de relacionarse y organizarse que los contratos libres. Dentro de un orden justo de libertad e igualdad, todo tipo de leyes coactivas estaría absolutamente excluido.

A veces oímos el elegante argumento de que en la esfera económica esa misma libertad muestra sus resultados negativos, pues el gobierno nunca interfiere directamente en los negocios de la producción y el intercambio.

Pero ese argumento se basa en una descripción algo peculiar, pues contiene una pata de palo que nos propones amputar.

En efecto, cuando en la sociedad actual el libre juego de la economía genera grandes problemas sociales que deben enfrentarse con imperiosa urgencia, la verdadera causa de esa peligrosa situación no radica en la aplicación del principio de la libertad, sino en la institución de la propiedad privada, respaldada por el mismo gobierno.

Es esa institución la que hace de los pobres esclavos de los ricos; y es el poder del Estado lo que asegura ese cautiverio.

El problema allí nunca es la libertad económica, sino la propiedad privada respaldada siempre en el poder del Estado: la primera, debería ser abolida, y el segundo, debería ser destruido.

No puede haber desacuerdo respecto de las leyes y legisladores en el futuro orden social. El asunto se esclarece cuando se advierte que cada generación considera inevitablemente como erradas, por no decir algo peor, a las leyes de su antecesora. En efecto la historia de la legislación es la historia de las mayores extravagancias concebibles.

¿Acaso no nos parecen hoy aberraciones dementes las leyes que en otros tiempos castigaban con bárbara crueldad la magia, la herejía y otras cosas por estilo, cosas que hoy resultan completamente indiferentes? ¿Y no nos parece hoy una locura total recurrir al potro, a la asfixia u otras técnicas de tortura para demostrar la culpabilidad o la inocencia de un hombre?

Y entonces, ¿podemos estar seguros de que una generación venidera tendrá una mirada indulgente hacia nuestras leyes, con sus horcas y verdugos, sus celdas y sus grilletes? ¡No! Buckle[50] tenía razón cuando decía que las mejores leyes son simplemente las que derogan leyes anteriores.

Queda aún otro punto por aclarar en la disputa con nuestros adversarios. Se trata de determinar si las organizaciones acordadas libremente en la sociedad comunista estarán centralizadas o conformarán federaciones.

De acuerdo a la experiencia, nosotros pensamos que la centralización siempre, tarde o temprano, termina concentrando mucho poder en pocas manos, lo que lleva nuevamente, por un lado, a la formación de un sistema de dominación, y por otro lado, a la pérdida de libertad. Y creemos que cuando el problema social haya sido resuelto por medio del comunismo mundial, la idea de centralización será vista por todos como una monstruosidad. Imagínese un comité central general de panaderos con sede en Washington prescribiendo a los panaderos de Pekín y de Melbourne el tipo y las características de los panes que deben producir. Eso sería una esclavitud peor que cualquier otra que pudiera haber elucubrado un mandarín. No, todas las relaciones se regirán por sí mismas según la práctica y la experiencia, tal como lo reclama el principio anarquista del no-gobierno.

Y aquí podemos detenernos, habiendo llegado aún más lejos de nuestra disputa con los otros grupos tradicionales del partido del trabajo ubicados a nuestra derecha. Hemos considerado una por una las diversas cuestiones de principio y de táctica que nos diferencian, incluso tocando el lamentable aspecto personal que el debate ha asumido ocasionalmente.

Punto por punto, hemos demostrado la verdadera relación entre anarquismo y comunismo, entre Estado y contrato libre, entre centralización y federación, corrigiendo lo que una crítica maliciosa e incoherente ha confundido. Por supuesto, nuestro propósito no ha sido trazar mayores divisiones entre nosotros y nuestros adversarios; por el contrario, esperamos haber tendido un puente entre ellos y nosotros. No esperamos una armonía inmediata y completa con ellos, pero nos parece que con suficiente buena voluntad de ambas partes sería posible cerrar filas y reunir a todos los diferentes grupos. La importancia de esta unión para lograr el objetivo final de nuestras luchas debe resultar evidente para todos.

En ese sentido, es lamentable que todos los sectores exijan la adhesión a cierto estrecho programa como requisito de admisión. La doctrina no es la vida. Hay algo por encima de todo dogma, y es una pena que el mundo no lo haya notado antes. Acaso las palabras, incluso las bellas palabras, han causado más discordia en la vida humana que cualquier otra cosa. Sin embargo, en cuanto a nuestra anterior distinción entre centralización y federación, no nos parece imposible hallar algunas fórmulas simples que puedan abarcar a todos de manera general dejando incluso a cada organización sectorial los detalles de decisión.

Ahí está como ejemplo la Proclama de Pittsburgh, declaración de principios de los anarcocomunistas de América.[51] Al final de la misma se puede hallar un resumen de sus contenidos generales. Los dos primeros párrafos contienen, al menos aproximadamente, todo lo que tienen en común todos los comunistas. Dicen así:

Primero: Destruir la existente dominación de clase por cualquier medio, es decir, por medio de una enérgica acción revolucionaria internacional sin tregua.

Segundo: Establecer una sociedad libre basada en la cooperativización de los medios de producción.

Algo así podría emplearse como consigna general de batalla que convoque a todos los socialistas y anarquistas. La solución de las demás cuestiones podría dejarse a quienes después del triunfo deban dedicar sus fuerzas al desarrollo de una comunidad libre, una comunidad en que todas las formas de esclavitud quedarán definitivamente abolidas.

La acción como propaganda[52]

Cientos de veces hemos dicho que cuando los revolucionarios modernos llevan a cabo sus acciones, lo importante no son únicamente esas acciones por sí mismas sino también el efecto de propaganda que ellas tengan. Por lo tanto, no sólo predicamos la acción en y por sí misma, sino también la acción como propaganda.

Aunque el asunto es muy sencillo, una y otra vez nos topamos con gente, incluso con gente muy cercana a nuestro movimiento, que no lo entiende o no quiere entenderlo. De ello hemos tenido recientemente una muestra muy clara en el caso Lieske.[53]

Entonces, la cuestión es la siguiente: ¿de qué sirven las amenazas anarquistas de “ojo por ojo y diente por diente”, si no se las acompaña de la acción consecuente?

¿Son acaso sólo la versión plebeya de la “administración de justicia”?[54] ¿Son quizás meras canalladas resonantes ejecutadas anónimamente para que nadie sepa por qué ni para qué se las realiza?

Ciertamente si así fuera, ello sería una forma de acción, pero no de acción como propaganda.

Lo importante de la amenaza anarquista es que proclame fuerte y claramente a todo el que pueda oír, que cierto hombre debe morir por tal o cual razón; y que en la primera ocasión que se presente, la amenaza será ejecutada mandando realmente al bribón al otro mundo.

Eso es lo que efectivamente se hizo con Alejandro Romanov, con Messenzoff, con Sudeikin, con Bloch y Hlubeck, con Rumpff y con otros. Y una vez que la acción hubo sido ejecutada, es importante que los revolucionarios hagan conocer sus motivos a todo el mundo.[55]

La gran impresión que estas acciones revolucionarias provocan, quedan demostradas con los reiterados intentos de los reaccionarios por acallarlas o distorsionar su sentido. Esto ha ocurrido particularmente en Rusia debido a las restricciones que allí imperan sobre la prensa.

Para obtener el mayor rédito posible de estas acciones, inmediatamente después de ser ejecutadas, y especialmente en la misma ciudad del hecho, hubo que pegar carteles explicativos de las razones que las motivaron.

En los casos que esto no se hizo, fue simplemente porque hubieran quedado involucradas muchas personas, o porque se carecía de dinero. Para la prensa anarquista, en estos casos nada hubiera sido más natural que glorificar y explicar los hechos en cuanto hubiera oportunidad de hacerlo. Porque haberse desentendido de esas acciones, o incluso haber renegado de ellas, hubiera significado una estúpida y completa traición.

Freiheit siempre ha seguido esta política.[56] Sólo por envidia insípida y cetrina, los demagogos, y otros que siempre nos dicen burlonamente “háganlo”, condenan nuestra conducta como un crimen cada vez que pueden.

Esa miserable estirpe es muy consciente de que ninguna acción anarquista puede alcanzar su adecuado efecto propagandístico si los órganos de prensa que tienen la responsabilidad de hacerla no dan la debida importancia a dichas acciones haciéndolas aceptables por el pueblo.

Es eso, sobre todo, lo que enfurece a los reaccionarios.

El comunismo anarquista[57]

El anarquismo es una visión del mundo, una filosofía de la sociedad; de hecho, es LA filosofía de la sociedad, y todo aquel que considere al mundo y a la vida humana en su más profundo sentido y en su más completo desarrollo, decidiéndose en consecuencia a favor de la forma social más deseable, no puede dejar de decidirse por el anarquismo. Cualquier otra forma es una media tinta o un parche.

¿Es deseable el anarquismo? Bueno, ¿quién no desea la libertad? ¿Qué hombre, a menos que desee reconocerse a sí mismo como esclavo, llamaría “agradable” a alguna forma de control? ¡Piénsalo!

¿Es posible el anarquismo? Que los intentos por alcanzar la libertad fracasen no significa que la causa esté perdida. El hecho de que hoy la lucha por la libertad sea más clara y más fuerte que nunca antes; el hecho de que hoy existan varias precondiciones para lograr el objetivo; y el hecho de que por lo tanto estemos más cerca de la anarquía de lo que hubiéramos esperado tiempo atrás: todo esto demuestra que ha crecido el deseo de borrar todo autoritarismo de la faz de la Tierra.

Los anarquistas son socialistas porque quieren la mejora de la sociedad, y son comunistas porque están convencidos de que tal transformación de la sociedad sólo puede resultar del establecimiento de una comunidad de bienes.

Los objetivos de los anarquistas y de los verdaderos comunistas son idénticos. ¿Por qué, entonces, a los anarquistas no les basta con llamarse a sí mismos socialistas o comunistas? Porque no quieren ser confundidos con las personas que falsifican esas palabras, como muchos de hoy en día, y porque creen que el comunismo, sin el espíritu del anarquismo, sería un sistema incompleto, menos que deseable.

Comunistas y anarquistas también están de acuerdo en las tácticas. Cualquiera que rechace la sociedad presente buscando condiciones sociales basadas en la distribución de la propiedad es un revolucionario, se llame a sí mismo anarquista o comunista. Pero los anarquistas no son perros sanguinarios que hablan livianamente de revolución para asesinar e incendiar. Hacen propaganda revolucionaria porque saben que la clase privilegiada no puede ser derrocada pacíficamente.

Por lo tanto, para bien del proletariado los anarquistas consideran necesario mostrarle a éste que antes de lograr sus objetivos tendrá que ganar una batalla gigantesca. Los anarquistas se preparan para la revolución social y emplean todos los medios (orales, escritos, e incluso los de hecho) para acelerar el desarrollo revolucionario.

¿Puede alguien que honestamente apoye al proletariado acusarlos por ello? En consecuencia, podemos comprender fácilmente que los capitalistas, la policía, la prensa, el clero y otros hipócritas y filisteos ocupen todo su tiempo en odiarnos con todo su corazón, con toda su mente, con toda su alma y con toda su fuerza.

Pero lo que no parece natural es que dentro del movimiento obrero nos encontremos a cada paso con una hostilidad fanática acompañada de una obstinada estupidez. El mayor obstáculo para el anarquismo entre los socialistas no anarquistas, causante de gran discordia, es el “contrato libre”. Aún así, no es necesario volar hacia un mundo fantástico —sea en Marte, sea en Utopía— para ver cómo operaría el contrato libre. Tomemos, por ejemplo, la Unión Postal Internacional. Las organizaciones postales nacionales que se unen por su propia voluntad pueden retirarse de la misma manera. Las partes contratantes acuerdan lo que se proveerán recíprocamente unas a otras, en orden a lograr un servicio de la más alta practicidad y de la mayor eficiencia. No hay jurisprudencia de derecho internacional que pueda violentar judicialmente al incumplidor.

Sin embargo, el “contrato libre” funciona; en efecto, como el incumplimiento de la promesa implicaría un perjuicio para el incumplidor, cada una de las partes contratantes está interesada en no violar el contrato. Si surgen irregularidades, se discuten y se acuerdan los ajustes entre todos. Esta institución, modelo de la asociación libre, no es un ejemplo aislado. En todos los países, gente que tiene entre sí muy pocas cosas en común forma grupos, asociaciones y sociedades (organizaciones musicales, gimnásticas, comerciales, de ayuda mutua, educativas y políticas; también asociaciones para la promoción de las artes y la ciencia); y todo ello no obstante la naturaleza contradictoria de los asociados y no obstante la imposibilidad de que los asociados puedan ser forzados a cumplir los acuerdos. En estos convenios todo lo que se hace es a causa de la ventaja que obtiene cada miembro.

¡Es absurdo afirmar que estas organizaciones no podrían funcionar sin el control de un poder superior! De hecho, siempre que el gobierno se ha metido con ellas, ha sido sólo para perturbarlas y obstaculizarlas. Más aún, cuando esta clase de intervención tiene lugar, las organizaciones se movilizan enérgicamente para ponerle fin.

En una sociedad libre e igualitaria no puede haber otra cosa que el contrato libre; la cooperación forzada viola la libertad y la igualdad. La cuestión central es si en una sociedad futura las diversas organizaciones (creadas y funcionando de acuerdo a los contratos libres) estarán centralizadas o tendrán un carácter federativo. Sostenemos que lo correcto y necesario es el federalismo, porque la experiencia nos ha enseñado que la centralización lleva inexorablemente a una monstruosa acumulación del poder total en pocas manos; la centralización genera el abuso de poder, la dominación de unos pocos y la pérdida de la libertad de muchos. Además, no vemos nada útil o necesario en la centralización. Si esperamos, e incluso asumimos, que la cuestión social se solucionará a través del comunismo (y no sólo en tal o cual país, sino en el mundo entero), cualquier idea de centralización ha de ser una monstruosidad. Piénsese en una comisión central de panaderos, reunidos en Washington, prescribiendo a los panaderos de Pekín y Melbourne el tamaño y la cantidad de bollos que deben hornear.

Como los hombres del futuro ya no serán anacrónicamente tontos, no cometerán ese absurdo. Regularán sus asuntos tal como la práctica y la experiencia se lo señalen. Los miopes objetan que hoy ya existe esa libertad en los asuntos económicos, y que si el gobierno no interfiriera, ella provocaría abusos. Recogemos este argumento de nuestros adversarios y se lo devolvemos corregido para enseñarles algo: lo que genera la cuestión social es el abuso que hace la propiedad de la libertad económica. La propiedad privada, resguardada por el Estado, explota de manera creciente al pobre; y los pobres cada vez menos pueden gozar de lo que producen. Si el gobierno no sostuviera esta estafa con todo su corazón, las masas no la sufrirían.

Sí, el Estado es el poder organizado de la propiedad. Por lo tanto, el desposeído debe destruir al Estado, eliminar la propiedad privada y establecer la propiedad en común.

A diferencia de la tradición liberal-burguesa, el comunismo no necesita del Estado para lograr su libertad y su igualdad. Para el comunismo, la fuerza del Estado es perturbadora y restrictiva.

Llegamos así a la principal objeción que se le hace al comunismo: que en él, se nos dice, el individuo quedaría preso de la colectividad y ya no podría dirigir su propia existencia. Esta objeción está pensada para espantar a toda personalidad original (y también a todo vulgar filisteo) con la eventual pérdida de su individualidad. Nosotros sólo debemos repetir que únicamente bajo el comunismo el individuo puede realizarse propiamente como tal y dirigir su propia vida. Y a la inversa, también se nos cuestiona que el anarquismo aísla a las personas y disuelve la sociedad. No es así, respondemos. Nuestras argumentaciones lo demuestran: el individuo se desarrolla completamente en el sistema de la propiedad-en-común. Tampoco impide el anarquismo la cooperación entre algunos, muchos o todos, según se quiera, para el logro de los objetivos comunes.

Después de todo, ¿qué socialista sostendría sin ruborizarse que no es revolucionario? Nosotros decimos: ¡ninguno!

Y todo revolucionario favorece siempre la propagación de sus principios. Hemos dicho que un hecho puede hacer más propaganda que cientos de discursos, miles de artículos y decenas de miles de folletos, pero también afirmamos que un acto arbitrario de violencia no necesariamente surte ese efecto.

En resumen, la propaganda por el hecho no es un caballito de batalla que montamos para dejar de lado otros tipos de propaganda. Por un lado, si bien no nos estancamos con la ilusión de ilustrar al proletariado entero antes de concurrir a la batalla, por otro lado, tampoco tenemos duda de que debe hacerse la mayor ilustración posible a través de la agitación oral y escrita.

Afortunadamente, hoy en día ningún país está más apto para la agitación anarquista que América.[58] Aquí ya nadie quiere seguir experimentando con el Estado del pueblo. Tras más de un siglo de experimento, el resultado ha sido el más rotundo fracaso (la guerra civil), y los futuros constructores de Estados han aprendido bien su lección. Cualquiera que mire hacia América verá que el barco navega impulsado por la estupidez, la corrupción o el prejuicio. Hace ya tiempo que las personalidades nobles e inteligentes se han desilusionado con el gobierno; ahora éstas evitan votar, y aunque no lo sepan, son anarquistas.

Tanto el observador agudo y elevado como el pensador independiente ven en el Estado del pueblo una burda superstición y ya están listos para escuchar a los anarquistas. Por último, dígase lo que se diga, una cosa es segura: el bienestar de la humanidad, que el futuro puede y debe traer, depende del comunismo. Esto excluye lógicamente toda autoridad y servidumbre, y por lo tanto, equivale a la anarquía. El camino que lleva a esa meta es la revolución social. Por medio de una acción internacional enérgica y sin tregua, ella eliminará la dominación de clase y establecerá una sociedad libre basada en la organización cooperativa de la producción. ¡Viva la Revolución Social!

El ataque es la mejor forma de defensa[59]

Al creer como creemos en el recurso de la propaganda por los hechos, debemos estar preparados para aceptar cualquier circunstancia que ello involucre.

Hoy ya todo el mundo sabe por experiencia que tanto más alta es la jerarquía del objetivo contra el que se dirija el disparo o la bomba, y cuanto mayor precisión alcance la ejecución del atentado, mayor será el efecto propagandístico.

Las precondiciones básicas para el éxito son la preparación metódica, la sorpresa del enemigo en cuestión y la superación de los obstáculos interpuestos entre quien va a ejecutar el hecho y el enemigo.

Por regla, el gasto invertido en tales empresas es bastante considerable. De hecho, se podría decir que la probabilidad de éxito en tal acción depende de la disposición de medios financieros suficientes para superar las dificultades. Hoy en día, el dinero abre muchas puertas que no podrían romperse con una barra de hierro. El persuasivo tintinear de las monedas vuelve a los hombres ciegos y mudos. El poder de la cuenta bancaria impera por todas partes.

Un hombre sin dinero no puede siquiera poner un pie en la “alta sociedad” sin volverse “sospechoso”, puesto bajo vigilancia y arrestado sumariamente, o por lo menos, sin verse impedido de algún modo en llevar a cabo su intento revolucionario. Por el contrario, si se muestra elegante y “distinguido”, el mismo hombre puede circular libremente y sin despertar sospechas, incluso, posiblemente, puede dar el golpe decisivo o activar alguna bomba escondida de antemano en algún lugar oculto.

Por lo tanto, si algunos compañeros se inspiran en ideas como éstas; si se deciden por arriesgar sus vidas llevando a cabo alguna acción revolucionaria; y si confiscan los medios necesarios para realizar un hecho determinado porque se dan cuenta que las contribuciones de los trabajadores son apenas una gota en el océano; entonces, en nuestra opinión, sus acciones son totalmente correctas y para nada anormales.

En efecto, estamos firmemente convencidos de que no se puede realizar ninguna operación de peso si no se confiscan de antemano al enemigo los fondos necesarios.

Por lo tanto, quien apruebe cualquier operación dirigida contra algún representante del actual “régimen de ladrones”, pero al mismo tiempo rechace el modo en que se obtienen los fondos necesarios, es culpable de la más grosera incongruencia. Nadie que considere correcto al hecho en sí puede escandalizarse por el modo en que se adquieren los fondos para realizarlo, pues sería como si un hombre se regocijara de existir al mismo tiempo que maldice su nacimiento. Por lo tanto, ya no queremos seguir oyendo esa cháchara idiota de la “indignación moral” frente al “robo” y al “hurto” en boca de los socialistas; esta clase de tonterías es realmente el sinsentido más estúpido que pueda imaginarse. Mientras que año tras año el pueblo trabajador siga siendo robado hasta su desnudez más absoluta y privado de sus necesidades vitales básicas, quien quiera llevar a cabo alguna acción en interés del proletariado y contra sus enemigos está obligado a mezclarse con los ladrones privilegiados para confiscar al menos tanto como pueda de lo que ha sido creado por los trabajadores y emplearlo para los fines correctos. En tales casos, ya no estamos ante el robo y el hurto, sino precisamente ante lo opuesto.

Por lo tanto, quienes condenan esta manera de financiar las operaciones que venimos discutiendo, también están en contra de los actos revolucionarios individuales; aquellos que aborrecen tales actos no son serios, se engañan a sí mismos al llamarse revolucionarios, desconciertan a los miembros más avanzados, activos y dedicados del proletariado, tratan como a una puta al movimiento obrero y, si se mira bien, no son mejores que un traidor canalla.

Además, toda acción “ilegal” (sea o no preparatoria para alguna otra acción directa revolucionaria) puede precipitar inesperada y fácilmente las circunstancias que por su naturaleza sólo aparecen en medio de una situación crítica.

Se sigue de nuestra argumentación que esas circunstancias secundarias (oportunidades fortuitas) no pueden diferenciarse de la acción misma y deben ser juzgadas según criterios especiales.

Por ejemplo, si al ejecutar un acto de justicia vindicativa o un acto de confiscación de los medios necesarios para tal acto (como dinero, armas, veneno, explosivos) un revolucionario se topa repentinamente con alguien que obstruye su camino poniéndolo en gravísimo peligro, entonces el revolucionario no sólo tiene el normal derecho de autodefenderse y autopreservarse destruyendo a quien lo traicione interfiriendo en su camino (porque su interferencia puede enviarlo a la cárcel o la horca) sino que incluso tiene el deber, por el bien de la causa por la que está luchando, de barrer de su camino al inesperado obstáculo.

Proclama de Pittsburg[60]

¡Compañeros!

En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, leemos: “Cuando tras una larga sucesión de abusos y usurpaciones orientada invariablemente al mismo objetivo se pone en evidencia el designio de reducir a los pueblos a un despotismo absoluto, es su derecho y su deber derrocar a ese gobierno y proveerse de nuevos custodios para su futura seguridad”.

¿No es hora de prestar atención a ese consejo de Thomas Jefferson,[61] verdadero fundador de la república americana? ¿No se ha transformado ya el gobierno en opresión?

¿Es acaso nuestro gobierno otra cosa que una conspiración de las clases dominantes contra el pueblo, o sea, contra ustedes?

¡Compañeros! Escuchen lo que tenemos para decir. Lean éste, nuestro manifiesto, escrito en interés de ustedes, por el bienestar de sus esposas e hijos y orientado por el bien de la humanidad y del progreso.

Nuestra sociedad actual está fundada en la explotación de la clase desposeída por parte de la clase propietaria. Esta explotación es tal que los propietarios (capitalistas) compran la fuerza de trabajo, el cuerpo y el alma de los desposeídos, al precio del mero costo de su existencia (salarios) y toman para sí mismos, es decir, roban, la cantidad de nuevos valores (productos) que exceden ese precio, según el cual los salarios representan las necesidades del trabajador asalariado en lugar de sus ganancias.

Empujadas por su pobreza, las clases desposeídas venden su fuerza de trabajo a los propietarios; la actual producción a gran escala, impulsada por un acelerado desarrollo técnico, requiere cada vez menos trabajo humano para crear cada más productos; de este modo, entonces, crece constantemente la oferta de trabajo en proporción inversa a la disminución de su demanda. Por esta razón, los trabajadores compiten entre ellos cada vez más intensamente para venderse, provocando así la caída de sus salarios a un mínimo nivel apenas suficiente para mantener intacta su capacidad laboral.

En este modo, mientras los desposeídos, a pesar de sus tenaces esfuerzos, quedan totalmente impedidos de volverse propietarios, por otro lado, éstos se hacen más ricos día a día sin producir nada ellos mismos y extrayendo su creciente botín de la clase trabajadora.

Si por casualidad algún desposeído se hace rico, esto no es a causa de su propio trabajo sino por haber tenido la oportunidad de especular con el trabajo productivo de otros y aprovecharse del mismo.

Junto con la acumulación individual de la riqueza crecen la codicia y el poder de los propietarios. Estos recurren a cualquier medio en su mutua competencia por robar al pueblo. Por lo general, la pequeña propiedad (la clase media) se ve superada en esta lucha, en tanto que los grandes capitalistas incrementan notablemente su riqueza y se convierten en monopolistas al concentrar en sus manos ramas enteras de la producción, del comercio y de las comunicaciones. Cuando la miseria de los trabajadores llega al extremo, el aumento de la producción paralelo a la caída de los salarios obreros lleva a las conocidas “crisis comerciales o empresariales”.

Tomemos un ejemplo. Según el último censo de Estados Unidos, una vez descontado el costo de las materias primas, los intereses, las rentas, los riesgos, etc., la clase propietaria absorbe (es decir: roba) más de cinco octavas partes de los bienes producidos, quedando sólo para los productores tres octavos de los mismos. Con todos sus lujos y extravagancias, la clase propietaria no alcanza a consumir todos sus enormes “beneficios”; tampoco los productores pueden consumir más de los tres octavos de la producción que reciben. Por lo tanto, debe ocurrir necesariamente lo que se conoce como “exceso de producción”. Las terribles y escalofriantes consecuencias de ello son bien conocidas.

La masiva salida del mercado laboral incrementa el porcentaje de población desposeída, pauperizándola y llevándola al “crimen”, a la vagancia, a la prostitución, al suicidio, al hambre y a la depravación en general. Este sistema es injusto, demente y asesino. Por lo tanto, es preciso destruirlo totalmente y por cualquier medio, poniendo en ello la mayor energía de todos los que lo sufren y de todos los que no quieren sentirse culpables por no hacer nada ante tal estado de cosas.

Hay que hacer agitación para lograr organizarse, y hay que organizarse para poder rebelarse. Estas pocas palabras señalan el camino que deben seguir los trabajadores para liberarse de sus cadenas. Como la situación económica es igual en todos los países llamados “civilizados”; y como todos los gobiernos, tanto los monárquicos como los republicanos, trabajan mancomunados para oponerse a cualquier movimiento surgido de los sectores trabajadores pensantes; y por último, como la victoria final de los proletarios contra sus opresores sólo puede alcanzarse presentando lucha simultáneamente en todos los frentes de la sociedad burguesa (capitalista); entonces, por lo tanto y tal como lo expresó la Asociación Internacional del Pueblo Trabajador, la fraternidad internacional de los pueblos resulta evidentemente necesaria por sí misma.

Hay que instaurar un orden nuevo. Esto sólo podrá lograrse cuando todos los implementos de trabajo, la tierra y otros medios de producción como el capital producido por el trabajo sean socializados. Sólo con esa condición se imposibilita toda eventual explotación del hombre por el hombre. Sólo con la comunidad indivisa del capital todos podrán disfrutar plenamente los frutos del común esfuerzo. Sólo impidiendo la acumulación personal (privada) de ese capital puede lograrse que trabaje todo el que pretenda ganarse la vida.

En un orden de cosas así la producción se regularía por sí misma de acuerdo a la demanda de todo el pueblo, de modo que nadie deba trabajar más que unas pocas horas diarias y no obstante satisfaga todas sus necesidades. De esa manera el pueblo tendría tiempo y oportunidad de acceder a lo más elevado de la civilización; las diferencias intelectuales desaparecen junto con los privilegios de nacimiento. Pero la organización política de las clases capitalistas, tanto en las monarquías como en las repúblicas, constituye un obstáculo para el advenimiento de ese sistema. Estas estructuras políticas de los propietarios (llamadas Estados) no tienen más objeto que la conservación del actual desorden expoliador.

No hay ley que no se dirija contra el pueblo trabajador. Incluso en los casos que parece lo contrario, las leyes sirven para cegar al trabajador mientras que al mismo tiempo se las incumple. Aun la escuela tiene el único objetivo de dotar a los hijos de los ricos con las cualidades necesarias para conservar su dominación de clase. Los hijos de los pobres apenas reciben información básica formal, centrada en la reproducción de prejuicios, la docilidad y el servilismo; en fin, en la anulación del sentido. Finalmente la Iglesia trata de volver completamente imbéciles a las masas para que renuncien al paraíso en la Tierra en pos de un Cielo ficticio. Por su parte, la prensa capitalista se encarga de confundir los espíritus en la vida pública. Todas estas instituciones, lejos de contribuir a la educación de las masas, tienen por objeto mantener al pueblo en su ignorancia. Todas ellas están bajo control directo de las clases capitalistas que pagan sus sueldos. Por lo tanto, en su lucha contra el actual sistema los trabajadores no pueden esperar ayuda alguna de ningún partido capitalista. Deben alcanzar su propia emancipación con sus propios esfuerzos.

Así como en tiempos pasados nunca la clase privilegiada renunció por sí misma a la tiranía, tampoco se puede esperar que los capitalistas actuales renuncien a su dominio si no se los obliga a ello.

Tal vez hubo un tiempo en que pudo dudarse de ello, pero las brutalidades que la burguesía comete constantemente en todos los países cada vez que el proletariado se moviliza en procura de mejores condiciones de vida —y esto tanto en América como en Europa— ya hace rato que han disipado toda duda al respecto. Por lo tanto, se ha hecho evidente que la lucha del proletariado contra la burguesía ha de tener el sello de la violencia revolucionaria.

Ya hemos aprendido con sobrados ejemplos del pasado que es inútil todo intento de reformar este sistema monstruoso por medio del sufragio u otras vías pacíficas; y si se insiste con ellos en el futuro, necesariamente volverán a ser inútiles, por las siguientes razones:

Las instituciones políticas de nuestro tiempo son agencias de la clase propietaria; su misión es conservar los privilegios de sus amos; cualquier reforma disminuiría esos privilegios. Y no consentirán ni pueden consentir en ello porque sería como suicidarse.

Sabemos que no van a renunciar voluntariamente a sus privilegios; también sabemos que no nos harán concesiones.

Entonces, si no podemos esperar nada de la bondad de nuestros amos porque sabemos que de ellos nada bueno se puede esperar, no nos queda más que un recurso: ¡la fuerza! Nuestros antepasados no solamente nos han enseñado con palabras que contra los déspotas la fuerza queda justificada por ser el único medio disponible; también nos han dado el ejemplo memorable de ello.

Por la fuerza nuestros antepasados se liberaron de la opresión política; por la fuerza sus hijos tendrán que liberarse de la esclavitud económica. “Por lo tanto, es su derecho y es su deber”, dice Jefferson. “¡A las armas!”.

De ese modo, hemos de conseguir simple y sencillamente lo siguiente:

Primero. La destrucción de la dominación de clase existente por cualquier medio, es decir, a través de una enérgica acción revolucionaria internacional y sin tregua.

Segundo. El establecimiento de una sociedad libre basada en la cooperativización de los medios de producción.

Tercero. El libre intercambio de productos equivalentes a través de las organizaciones productivas, sin comercio ni beneficio especulativos.

Cuarto. La organización de la educación sobre una base laica, científica e igualitaria para ambos sexos.

Quinto. La igualdad de derechos para todos, sin distinción de sexo o raza.

Sexto. La regulación de todos los asuntos públicos mediante contratos libres entre comunas y asociaciones autónomas (independientes) sobre una base federalista.

Extendamos nuestras manos fraternas a todo el que esté de acuerdo con este ideal.

¡Proletario de todos los países, libérate! ¡Compañeros trabajadores, todo lo que necesitamos para alcanzar esta gran meta final es ORGANIZACIÓN Y UNIDAD!

No existe actualmente ningún obstáculo importante para esta unidad. La obra de la educación pacífica y de la conspiración revolucionaria bien pueden y deben marchar juntas.

Ha llegado la hora de la solidaridad. ¡Súmate a nuestras filas! Escucha el tambor desafiante que llama a la batalla: ¡“Obreros de todos los países, únanse. No tienen nada que perder más que sus cadenas; y tienen un mundo que ganar”!

¡Tiemblen los opresores del mundo! Más allá de su miopía, el resplandor de las armas ya anuncia el amanecer del día del Juicio!

¿Cuándo se halla el pueblo “preparado” para la libertad?[62]

“¡Aún no, falta mucho!” han respondido desde siempre todos los sinvergüenzas del mundo. En este sentido, hoy en día las cosas no mejoraron ni empeoraron mucho, pues nos encontramos con gente que comparte ese sentimiento, aunque se comporta como si trabajara en favor de la mayor felicidad humana.

Se entiende fácilmente que algún príncipe coronado, u otro tipo de personaje similar, declare que el pueblo no está “preparado” para la libertad; después de todo, si dijera lo contrario, estaría reconociendo su propia inutilidad y estaría firmando su propia sentencia de muerte.

Como no pueden renunciar a su propia existencia, no hay aristócrata, burócrata, abogado ni mandarín del gobierno o de la “ley”, que pueda admitir que el pueblo esté “preparado”. Es verdad que un refrán nos enseña que el mundo está regido con muy poca sabiduría, pero por estúpidos que puedan ser, esos holgazanes del Estado aún son suficientemente listos para advertir que un pueblo apto para la libertad rápidamente pondrá término a su esclavitud.

Todos los predicadores clericales y literatos, cuya existencia de hecho depende enteramente de seguir siendo guardianes del pueblo, siempre se esforzarán al máximo en aturdir la razón humana con charlatanerías sobre la Biblia y el Talmud, con periódicos falaces y basura teatral, con sofismas y novelas baratas, con falsificaciones historiográficas y porquerías filosóficas, en fin, con cientos y cientos de diversas tonterías, para poder sacar a relucir la cantinela de la “inmadurez” del pueblo.

Aunque se pueda leer la estupidez en sus rostros, todos los filisteos de caras regordetas, en su condición de parásitos explotadores y ladrones protegidos por el Estado, se sienten tan felices como cerdos en el lodo ante la falta de libertad; y naturalmente se frotan las manos de alegría y aprobación cuando sus voceros de los púlpitos, los atriles, las oficinas y los estrados procuran demostrar al pueblo que aún no está “preparado” para la libertad, y que por lo tanto debe ser estafado, saqueado y esquilmado.

El hombre medio de la calle tendría algo de mono o loro. Esto explica por qué cientos de miles van por ahí degollándose unos a otros para probar lo que esas astutas mentes maquinadoras ya han proclamado. Somos muy estúpidos para la libertad; ¡ay! Qué increíblemente estúpidos somos.

Todo eso es perfectamente comprensible. Sin embargo, lo que no puede comprenderse es que personas que se presentan a sí mismas como defensoras del proletariado levanten esta vetusta leyenda de la “incapacidad” del pueblo y su subsecuente conclusión de que está momentáneamente imposibilitado para adquirir su libertad.

¿Es ello sólo ignorancia o un crimen deliberado?

Dejemos que esta gente hable por sí misma y mostrará con suficiente claridad y distinción, tanto en sus discursos orales como escritos, lo siguiente:

  1. Que la sociedad moderna conlleva en sí misma su propia destrucción.

  2. Que una de las consecuencias más terribles del sistema actual es el creciente deterioro de amplios sectores de la población, su enervación física y su desmoralización espiritual.

  3. Que la actual situación de esclavitud será sucedida por una situación de libertad.

En otras palabras, lo que están diciendo es esto: en primer lugar, que la sociedad que ahora tenemos se encamina hacia un colapso inevitable, y en segundo lugar, que la miseria del pueblo crece constantemente, más y más, cuanto más dura el estado actual de cosas (es decir, el pueblo resulta cada vez menos “preparado” para la libertad).

Por lo tanto y a pesar de sus dichos, cuando aquellos filósofos exclaman con variada modulación que el pueblo aún no está “maduro” para la libertad, deberían reconocer, según su propia doctrina, que esa “madurez” faltará cada vez más.

¿Acaso esa gente es incapaz de sacar la conclusión resultante de su propio pensamiento? Si este fuera el caso, serían unos cabezas-huecas y, cuando menos, no estarían ellos lo suficientemente “maduros” para instituirse a sí mismos como educadores del pueblo. ¿O su lógica paralítica es perfectamente clara para ellos y su propósito es danzar con muletas para prostituir al pueblo? Si el caso fuera éste, entonces serían canallas criminales.

Se oye un alegato compungido: “¡Momento! Nosotros hemos encontrado el modo de contrarrestar los efectos corruptores del capitalismo y de preparar al pueblo para su libertad. Nosotros ilustramos”. ¡Todo eso está muy bien! Pero ¿quién les ha dicho que la velocidad con que evolucionan las cosas les dará el tiempo suficiente para realizar la consabida ilustración de manera sistemática? Ustedes mismos descreen de esa clase de magia.

Bueno, ¿qué es lo que quieren ustedes?

Nosotros provocamos; avivamos el fuego de la revolución para incitar la rebelión del pueblo de todos los modos posibles. El pueblo siempre ha estado “preparado” para la libertad; simplemente le ha faltado el coraje de reclamarla por sí mismo.

Estamos convencidos de que la necesidad es y seguirá siendo el principal factor en la lucha por la libertad, y que por lo tanto cientos de miles de hombres y mujeres aparecerán en escena a tiempo como luchadores por la libertad sin haber escuchado nuestro llamado a las armas; y nos contentamos con constituir lo que hemos llegado a ser ahora: una suerte de esclusas que podrán servir para orientar hacia canales prácticos el flujo natural de la lava de la revolución social.

Como ha ocurrido siempre en todos los grandes cataclismos sociales, la “preparación” del pueblo se revelará por sí misma en toda su majestuosidad al momento del conflicto, ni antes, ni después.

Y entonces, también como siempre ha ocurrido, se hará evidente que no será la teorética e “ilustrada” erudición la que pueda proveer de un fundamento sólido a la decadente sociedad, sino esas mismas fuerzas milagrosas surgidas de la necesidad. Progenie práctica de la naturaleza que, hasta ese momento, existía tranquila y modestamente, llega inesperadamente a tomar medidas que ningún filósofo del mundo habría soñado en cien años. La preparación para la libertad queda entonces acreditada recurrentemente y de la manera más asombrosa.

Por lo tanto, todo socialista que sostenga que el pueblo aún no está “preparado” para la libertad sólo está dando muestra de una monstruosa idiotez.

Cualquiera que no se cuente entre los explotadores se queja de que otros son privilegiados. Es más que evidente que por todos lados el pueblo está insatisfecho con la suerte que le toca. Y si aún no sabe qué orden habrá de reemplazar al actual, lo descubrirá en el momento en que se actúe prácticamente en ese sentido; es decir: inmediatamente.

Apéndice

In memoriam de Johann Most. Por Stephen Daniels[63]

El nombre de Johann Most es conocido en todos los Estados Unidos. Pero del hombre mismo, de su personalidad, sus ideas y sus luchas, persiste la concepción más errada y grotesca. La sola mención del nombre representa para el ciudadano común la imagen de la “anarquía criminal”, y evoca para el filisteo la imagen de un peligroso conspirador contra Dios, los reyes, los presidentes y los capitalistas; un hombre entregado al demonio de la dinamita y la nitroglicerina; un malvado que para ser mantenido dentro de la ley y el orden ocasionó gastos al aparato represivo del gobierno americano. ¿Acaso no publicó la prensa durante la última campaña electoral que “Most era el personaje más peligroso que había pisado jamás los Estados Unidos”, agregando que, sin embargo, Roosevelt era aún peor (comparación, de paso, que no hacía demasiado honor a Roosevelt)?[64]

Esa imagen de Most se debe al simple hecho de que él fue el pionero más vigoroso del anarcocomunismo en los Estados Unidos. Como tal, era inevitable que se convirtiera en blanco de todos los maliciosos ataques de quienes defienden al gobierno organizado, cuyo verdadero nombre debería ser Violencia. Siempre es duro dar los primeros pasos por senderos vírgenes. El pionero debe estar preparado para lo peor. Él podrá dedicar toda su energía y consagrar toda su vida para abrir un nuevo camino a la civilización; pero por lo general sólo recibirá el reconocimiento después de muerto.

Cuando Most llegó a los Estados Unidos (en el otoño de 1882), este país, comparado con lo que es hoy, era apenas un desierto para la propaganda de sus ideas e ideales. Entonces no era evidente como ahora la futilidad y esterilidad de nuestras libertades políticas como medio para una necesaria reconstrucción de la vida social y económica. La fe en el poder milagroso de la “libre competencia”, que hoy la gran mayoría ve como un juguete en manos de los monopolios del dinero y otros trusts, era absoluta. Se creía firmemente en el mito de que en este país todo trabajador capaz podía alcanzar un cómodo nivel de vida; a pesar de toda la miseria a la vista, se descartaba con una sonrisa burlona la afirmación de que aquí existían clases explotadas y oprimidas como en los demás países capitalistas. Se sostenía popularmente que la cuestión social, un movimiento obrero combativo, el proletariado y la Revolución Social, podían hallar justificación en los países de la decadente Europa, pero que acá sólo podían ser considerados como frases huecas en boca de elementos extranjeros descontentos, inquietos e incompetentes.

Los Estados Unidos han ido abandonando gradualmente ese aire de superioridad. Hoy la cuestión social es tan vital en esta república como en Europa. Cada vez más gente empieza a advertir que un país que produce principalmente multimillonarios y pobres, corrupción política y miseria económica, no puede vanagloriarse de constituir la mejor sociedad del mundo.

Antes de llegar a este país como petrel de la Revolución Social[65] para continuar publicando Freiheit, Most ya contaba con una experiencia considerable. El periódico ya no podía seguir saliendo en Inglaterra debido a la persecución de las autoridades británicas, presionadas por las diplomacias rusa y alemana para eliminar a Most. Un artículo de marzo de 1881 sobre la ejecución de Alejandro II le acarreó a Most una condena de dieciséis meses de trabajos forzados. Dos compañeros tipógrafos de Freiheit también fueron arrestados y llevados a juicio. La cacareada libertad de prensa británica se evidenció tan vacía como la de Alemania y Austria, países donde Most ya había sido encarcelado varias veces por artículos publicados en los periódicos socialdemócratas. Pero la prisión inglesa fue incluso más severa y brutal.

Most había partido de Alemania a Inglaterra a consecuencia de las leyes antisocialistas bismarckianas. Opinaba que el partido no debía someterse a una ley que amordazaba toda libertad de expresión, y consideraba que podría hacerse una propaganda más consecuente y enérgica desde fuera de la misma Alemania, donde las draconianas regulaciones policiales suprimían toda publicación socialdemócrata y disolvía todo acto socialista.

Esta actitud puso a nuestro compañero en conflicto con los dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán, que consideraban más “práctico” adaptarse a la ley de Bismarck. De hecho, esa diplomacia contribuyó mucho a hacer del socialismo en Alemania lo que es hoy: un socialismo estatista, cómplice, burocrático y estéril.

A estas decepciones de Most con en el Partido Socialdemócrata Alemán hay que sumar su experiencia como miembro del Reichstag. Allí, en medio de todas las triquiñuelas legislativas, vio en acción la maquinaria del parlamentarismo. Se dio cuenta de que el parlamentarismo resultaba inútil como medio de emancipación del proletariado, y su espíritu vigoroso y revolucionario sólo precisó familiarizarse con las ideas de Bakunin, Kropotkin y Reclus para despertar al anarquismo.

Aunque tuviera alguna predilección por una tierra de republicanismo, Most seguramente no esperaba hallar El Dorado cuando llegó a los Estados Unidos. Aún pervivían las tradiciones de los exiliados del ’48, muchos de los cuales habían hallado refugio en Estados Unidos. Pero los hombres y los tiempos habían cambiado. Un hombre como Carl Schurz[66] podía alcanzar exitosamente la cima de la política. Pero Most traía consigo un ideal social que no podrían llevar a cabo ningún gobierno ni partido político; sólo podría hacerlo el pueblo revolucionario amante de la libertad. Esa es la diferencia que media entre quien terminó en prisión y quien fue coronado con laureles políticos.

Most fue un orador popular, convincente y efectivo; y como escritor poseía gran originalidad e ingenio rabelesiano, ingenio que siempre daba en el blanco.

Único y muy entretenido en el contacto personal, ganó muchos amigos. No obstante, debió abrirse paso trabajosamente, porque tenía un tipo de carácter de por sí inadaptable al espíritu mecanicista de un partido centralizado.

A causa de su fuerte y original personalidad, los principales círculos socialistas alemanes en Estados Unidos excomulgaron rápidamente a Most del mismo modo que ya lo habían hecho los dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán con los que había confrontado anteriormente. Su camino entonces debió ser espinoso, lleno de luchas y dificultades. Debió enfrentar constantemente a una opinión pública incitada contra él por la denuncia y la tergiversación de la prensa capitalista hostil, y pronto la policía se dedicó especialmente a arrestar a Most para enviarlo a juicio en cuanta ocasión pudiera. Los reporteros y periodistas, cuya capacidad de comprensión era más que dudosa, acostumbraban a poner en su boca las expresiones más ridículas, contribuyendo con eficacia a fomentar la estupidez del público y de los tribunales. Fue difamado, perseguido y encarcelado sólo por sus amplios principios, es decir, porque era “El Anarquista Most”.

Relataremos un par de incidentes para mostrarles a los “americanos nativos” la naturaleza y la estupidez de esa persecución.

Los trabajadores de origen alemán de una localidad de Long Island habían organizado un picnic al cual Most fue invitado. La presencia del peligroso individuo alertó a las autoridades, siempre prontas a salvar al país. La policía, tras atacar brutalmente a la asamblea de comensales, detuvo a muchos participantes, entre ellos, especialmente, Most. En la comisaría, el jefe de policía reunió a todos sus hombres y les dio un discurso en el que caracterizó a Most como la peor escoria del infierno, y terminó con esta orden: “Cada vez que vean a este hombre por el distrito, lo arrestan y me lo traen”. En otra ocasión, apenas Most había llegado a St. Louis para dar una valiente conferencia, la policía se abalanzó sobre él, lo arrestó sin razón ni orden judicial alguna y lo trasladó forzosamente hasta la frontera de Illinois.

Podemos imaginar que sus reiteradas estadías en comisarías, cárceles y prisiones, no contribuyeron a acrecentar el amor de nuestro compañero por la República ni el respeto por sus instituciones. El hecho de que estas persecuciones, en lugar de realizarse en nombre del Kaiser y la Corona, como en Alemania o Austria, se hicieran en Estados Unidos bajo el disfraz de la “soberanía del pueblo”, sólo sirvió para acentuar la hipocresía del sistema americano de represión y tiranía.

A pesar de todas estas condiciones miserables, agudizadas por la pobreza y la necesidad, Most mantuvo en alto la bandera de la anarquía hasta el final de sus días. Murió a la edad de 60 años el 17 de marzo de 1906, en Cincinnati, mientras realizaba una gira de conferencias. Su memoria dentro del movimiento internacional revolucionario, en la gran lucha por la justicia social y la libertad, permanecerá aún fresca cuando el último vestigio de sus mezquinos y crueles perseguidores ya se haya extinguido.

Cronología de la vida de Johann Most[67]

1846. El 15 de febrero, nace Johann Most en Ausburg, Alemania.

1856. Como consecuencia de la epidemia de cólera, mueren la madre, una hermana y los dos abuelos maternos de Most. En el mismo año, Most termina sus estudios primarios e ingresa a la escuela industrial, donde padecerá los castigos de un profesor autoritario.

1857. El padre de Most se casa nuevamente con una mujer que se lleva muy mal con Most y su hermana. Por no querer asistir a la Iglesia, Most sufre 24 horas de arresto. Ese mismo año se inicia como aprendiz de encuadernación.

1859. Most es intervenido quirúrgicamente en el rostro, quedando desfigurado de por vida.

1863. Most termina su aprendizaje como encuadernador y halla empleo en Frankfurt, donde hace su primer contacto con las sociedades de instrucción obrera.

1866. El inicio de la guerra franco-prusiana lo encuentra trabajando como encuadernador en Tessino, Suiza.

1867. En Locle (Suiza) toma contacto con el movimiento obrero internacionalista y conoce las ideas socialistas. Es nombrado secretario de la Sociedad Alemana de Instrucción Obrera, y en el verano, en un viaje a La Chaud-des-Fonds, se afilia a la Internacional.

1868. En Zürich, Most se integra a la sociedad obrera Armonía. De regreso a su ciudad natal se lo exceptúa del servicio militar por su deformación facial. En octubre viaja a Viena y comienza su participación dentro del socialismo parlamentarista.

1869. Por su participación como orador y agitador en mitines de protesta, Most es arrestado y condenado a un mes de prisión.

1870. Es arrestado nuevamente y condenado a cinco años de prisión. Durante su encierro escribe su famosa Canción a los proletarios.

1871. Es amnistiado junto con otros 93 presos. Como continúa con su actividad agitadora, el gobierno austríaco lo expulsa. En junio, en Chemnitz, Most se hace cargo del periódico socialista Freie Presse. Conoce a Wilhelm Liebknecht.

1872. Pasa la mayor parte del año en prisión por sus ideas.

1873. Escribe y publica Capital y trabajo, resumen de Das Kapital, de Karl Marx. Es expulsado de Chemnitz y se traslada a Mainz con su nueva compañera, Klara Hansh. Allí edita El diario del Pueblo.

1874. A pesar de haber sido expulsado de la ciudad por las autoridades municipales, los obreros de Chemnitz lo eligen como diputado en el parlamento federal (Reichstag). A pesar de su condición de diputado, Most es procesado una vez más por un discurso suyo pronunciado en Berlín en celebración de la Comuna de París. Es sentenciado a más de dos años de cárcel en la prisión de Ploetzensee.

1875. Escribe en prisión, además de otros folletos, los siguientes textos: “Los movimientos sociales de la vieja Roma y el cesarismo”; “Un nuevo filósofo”; “Los viejos prusianos” y “Esbozo histórico sobre la compañía inglesa de las Indias Orientales”.

1876. Tras salir de prisión, sus críticas al Anti-Dühring, de Friedrich Engels, le valen la eterna enemistad de éste y de Karl Marx. En tanto Most, a través de la influencia que ejerció en él la obra de Eugen Dühring, se acerca cada vez más a las tesis del socialismo libertario (anarquismo). También publica en ese año La Bastilla de Ploetzensee.

1877. Gran actividad de Most como orador, polemista y propagandista. En octubre es condenado nuevamente a dos meses de prisión por sus publicaciones antirreligiosas.

1878. Continúa su actividad oratoria. Es condenado nuevamente a prisión por cinco meses en relación a un atentado contra el Kaiser, hecho del cual Most era totalmente ajeno. Trasladado por diversas prisiones, finalmente es liberado en diciembre y decide embarcarse rumbo a Inglaterra.

1879. El 3 de enero aparece en Londres el primer número de la más importante y legendaria publicación periódica de Johann Most: Freiheit. Dicho periódico está originalmente dirigido al proletariado de habla alemana, y debe ser introducido en Europa continental de manera clandestina. Los dirigentes socialistas de Zürich, para contrarrestar la influencia de Freiheit en los trabajadores, fundan en octubre el Sozialdemokrat. Most en persona viaja varias veces al continente (París y Bruselas) para hablar a los trabajadores.

1880. Se separa de Klara Hansh y viaja reiteradamente al continente. En Suiza conoce al anarquista alemán August Reinsdorf, quien publica en Freiheit “Sobre organización”. Ese artículo de Reinsdorf es el primero de tono claramente anarquista del periódico dirigido por Most.

1881. El partido Socialdemócrata de Zürich lo expulsa de sus filas. Most les responde desde Freiheit con un artículo titulado “Táctica contra Freiheit”. Por otro artículo titulado “Finalmente”, donde celebra el asesinato del Zar de Rusia, Most es arrestado y condenado en Londres a trabajos forzados.

1882. Las autoridades inglesas clausuran Freiheit. En octubre, Most sale de la prisión, y en diciembre emigra a los Estados Unidos, donde lo reciben miles de trabajadores. En Nueva York reaparece Freiheit.

1883. Alexander Berkman conoce a Most. Éste publica Die Gottespest (La peste de Dios), el folleto de su autoría que adquiriría mayor difusión. Del Congreso de Pittsburg, al que asisten Most, Albert Parsons y August Spies entre otros, surge la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT).

1884. Polemiza con el socialdemócrata Grottkau acerca de “¿Anarquismo o comunismo?”.

1885. La AIT ya cuenta con 80 grupos federados, más de 5.000 miembros y varios órganos periodísticos en diversos idiomas. Se publica su famoso manual Revolutionäre Kriegswissenschaft: Eine Handbüchlein zur Anleitung Betreffend Gebrauches und Herstellung von Nitro-Glycerin, Dynamit, Schiessbaumwolle, Knallquecksilber, Bomben, Brandsätzen, Giften, usw. (La ciencia de la guerra revolucionaria. Un manual de instrucción en el uso y preparación de nitroglicerina, dinamita, algodón explosivo, fulminato de mercurio, bombas, espoletas, venenos, etcétera). New York: Internationaler Zeitung-Verein, 1885.

1886. Tienen lugar en Chicago los tristes y cruentos sucesos de Haymarket. Most es arrestado y procesado una vez más por expresar sus ideas: es condenado a un año de prisión en la penitenciaría de Blackwells Island.

1887. En abril Most sale de prisión y publica El infierno de Blackwells Island. Funda la Biblioteca Internacional. En noviembre el estado de Illinois ejecuta a los mártires de Chicago. Most vuelve a tomar la palabra en público para denunciar ese asesinato “legal” y es nuevamente sentenciado a prisión en Blackwells Island. Pero gracias a la intervención de un amigo sale bajo fianza en libertad condicional.

1888. Edita Albatros (un cancionero revolucionario) y publica un folleto titulado La Anarquía.

1889. Emma Goldman conoce a Most en Nueva York.

1890. Most publica su folleto Nuestra posición en el movimiento obrero.

1891. Es condenado nuevamente a prisión en Blackwells Island por un discurso. Eso no impide que Freiheit continúe su tarea propagandística. Se edita en inglés su folleto The Social Monster (El monstruo social).

1892. En abril sale de prisión y es homenajeado por el proletariado neoyorquino en un multitudinario acto. En julio, Alexander Berkman atenta contra el magnate empresario Frick y es condenado a 22 años de prisión. Most publica un duro alegato contra Frick.

1893. Otros anarquistas son condenados también por el caso Frick, incluida Emma Goldman, quien cumple un año de cárcel. Most escribe en defensa de sus compañeros.

1894. Most inicia una campaña en favor de la liberación de John Neve, arrestado en Europa en 1887.

1895. Adhiere a las tesis del anarcosindicalismo en pleno crecimiento en Francia.

1897. Se traslada a la ciudad de Buffalo, donde recibe la visita de Kropotkin. A finales del año Most retorna a Nueva York.

1899. Publica su folleto El comunismo libertario.[68]

1901. Kropotkin visita nuevamente a Most en Nueva York. Un joven inmigrante atenta contra el presidente McKinley, y la autoridades americanas desatan una cacería contra los anarquistas. Most es condenado una vez más a prisión.

1902. Most comienza a escribir sus memorias, que quedarán inconclusas (estaban proyectados diez tomos de los cuales sólo salieron cuatro).

1903. En abril sale en libertad y su liberación es celebrada por una multitud.

1904. Con un número especial, Freiheit celebra los 25 años de existencia.

1906. En plena gira propagandística, Most sufre un ataque y fallece el 17 de marzo.

[1] La mayor parte de los datos de esta reseña biográfica los he tomado de la página www.antorcha.net. Allí, en su biblioteca virtual, también puede encontrarse el trabajo de Johann Most, previo a su período anarquista, Capital y trabajo (1873), resumen de Das Kapital (1867) de Karl Marx. Dicha edición contiene una Brevísima semblanza de Johann Most a modo de noticia sobre el autor. Dicha semblanza no da cuenta de quién la ha escrito.

[2] Para ocultar esa deformidad en el rostro, Most usaría toda su vida una espesa barba. Alexander Berkman, en su “prólogo” al libro de Rudolf Rocker, Johann Most. La vida de un rebelde (La Protesta, Buenos Aires 1927), cuenta que cuando Most fue encarcelado en Estados Unidos, las autoridades carcelarias de Blackwells Island lo obligaron a afeitarse para ser mostrado a los visitantes de la prisión como “el monstruo anarquista”. El escrito de Berkman sobre Most puede leerse en los Anarchy Archives. An Online Research Center on the History and Theory of Anarchism, en el sector dedicado a los escritos de Rudolf Rocker. Ref. http://dwardmarc.pitzer.edu

[3] Prensa libre en castellano.

[4] Véase al respecto, Nettlau, M., La anarquía a través de los tiempos, Biblioteca Jucar, Gijón, 1978, p. 58.

[5] Libertad en castellano.

[6] Según Avrich, Freiheit “se situó en los primeros puestos de la literatura revolucionaria de expresión alemana”. AVRICH, P., Voces anarquistas. Historia oral del anarquismo en Estados Unidos, Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid, 2004, p. 18.

[7] Nettlau, M., op.cit., p. 170. En el mismo sentido, Avrich, P., op. cit., p.18.

[8] Para la diferencia teórica entre estas diversas corrientes internas del anarquismo, me remito a D’Auria, A., “El anarquismo ante la propiedad”, en Grupo de Estudio sobre el Anarquismo, El anarquismo frente al derecho, Libros de Anarres / Terramar Ediciones, Buenos Aires 2007.

[9] Véase D’Auria, A., Contra los jueces, Libros de Anarres, Terramar Ediciones, Buenos Aires, 2009, pp. 12-18.

[10] Ibid. p.14.

[11] Esta transformación en sus tácticas era paralela a su abandono del anarco-colectivismo por el anarcocomunismo. Cf. Avrich, P. op. cit. p. 18. Hay que agregar que esas evoluciones de su pensamiento anarquista también aparecen a partir de 1890 con la derogación en Alemania de la Ley Antisocialista. Cf. La cronología de la vida de Most que hizo Vladimiro Muñoz en 1968 (Reconstruir n° 55, Buenos Aires, julio-agosto 1968), y que aparece en el número 217 de Tierra y Libertad. Periódico anarquista, www.nodo50.org/tierraylibertad/217.html

[12] La acusación era totalmente falsa. Por la misma razón fue procesada también Emma Goldman.

[13] Véase el “prólogo” de Alexander Berkman citado supra (nota 2). Avrich cuenta que todavía una década después de la muerte de Most, los trabajadores alemanes más radicalizados de Europa y Estados Unidos seguían cantando “su magnífico Himno del proletariado”. Avrich, P., op. cit., p. 18.

[14] El siguiente es el testimonio de John Most (h) acerca de los últimos días de su padre: “Mi padre se sintió traicionado por sus propios compañeros anarquistas, Justus Schawb, Max Baginski y los demás. August Lott tuvo una aventura con mi madre cuando él todavía vivía. Alexander Berkman era más falso que Judas. Mi padre pensaba que era un hipócrita; llamaba a Berkman y a Emma Goldman anarquistas financieros porque vivían del movimiento. No le gustaba nada que los tres vivieran juntos —Berkman, Goldman y su amigo el artista (Modest Stein)— como un trío. Degenerados, así les llamaba. Pensaba que Emma tenía coraje, y cerebro, pero que le faltaba carácter. Nunca la perdonó”. Avrich, P., op. cit., p. 40.

[15] El magnate empresario Henry Clay Frick era conocido como “el hombre más odiado de Estados Unidos”. Había logrado triste fama tanto por la ostentación de su riqueza como por su dureza e intransigencia frente a los huelguistas de una de las empresas de las cuales era socio-gerente. De esas huelgas, con intervención tanto de represores privados pagos como de la policía, salieron muertos diez obreros.

[16] Véase el breve texto de Marc Plana, “En defensa de un magnicidio frustrado”, que sirve de Introducción a Berkman, A., Memorias de un anarquista en prisión, Editorial Melusina, España, 2007, p. 16.

[17] Así lo hace, en efecto, en el “prólogo” que escribió en 1923 a pedido de Rudolf Rocker para encabezar la biografía que éste escribiera sobre el mítico anarquista alemán. Véase referencias en la nota 2.

[18] Véase referencia en la nota 2.

[19] Esta es una de las diferencias importantes respecto del marxismo que da al elemento económico el rol principal que determina (bedinget) a los otros, religión y Estado, como superestructura (Uberbau). Cf. Marx, K.: Introducción general a la crítica de la economía política / 1857, Siglo Veintiuno, México, 1996. Esta edición en español incluye el “Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política”, que estoy citando; pp. 66.

[20] Así por ejemplo, en el Portal Libertario Oaca, www.portaloaca.com

[21] Aristóteles, Pol. 1253a.

[22] Aristóteles, Et. Nic. 1177b, 5 y ss.

[23] Proudhon, P. J., ¿Qué es la propiedad?, Ediciones Orbis, Buenos Aires, 1983, p. 59.

[24] Hobbes, Th., Leviathan, Penguin Classics, London 1985; especialmente la Introducción y los capítulos XVII y XVIII.

[25] Nietzsche F., Así habló Zaratustra, Sarpe, Madrid, 1983, p. 66 y ss.

[26] En la versión en inglés de los Anarchy Archives simplemente se consigna que este texto fue publicado por Freiheit Publishing Association, Nueva York. En la versión en alemán, incluida en el mismo sitio, el mismo escrito va precedido de una breve Introducción anónima fechada en Nueva York, 1906. Seguramente esa publicación en alemán se hizo en recordatorio del propio Johann Most, fallecido ese mismo año en Cincinnati, EE.UU.

[27] Zeus era la divinidad principal de los griegos, padre y jefe del Olimpo. Júpiter era más o menos la misma divinidad, pero en el mundo romano latino. La Trinidad divina alude al dogma cristiano que postula un solo dios de tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Vitzliputzli (o Huitzilopochtli) era la principal divinidad de los mexicas (más conocidos como aztecas).

[28] Literalmente, en alemán, Most escribió Mecklenburger Gesangbuch. Hasta donde pude averiguar, podría tratarse de un libro de la comunidad evangélica luterana, Gesangbuch zum Gottesdienstlichen Gebrauch für die Evangelischen Gemeinen in Mecklenburg-Strelitz (1832). Como su título dice, se trata de un compendio de himnos de adoración divina para las congregaciones evangélicas de Mecklenburg.

[29] Se refiere seguramente al Arcángel Gabriel, mensajero divino según los libros religiosos de judíos, cristianos y musulmanes.

[30] Literalmente en alemán: “Den Himmel überlassen wir /Den Engeln und den Spatzen”, Heinrich Heine (1797-1856), Deutschland. Ein Wintermärchen (Alemania. Un cuento de invierno), 1844.

[31] Ludwig Windthorst (1812-1891) fue un importante político alemán del Partido de Centro, de tendencia católica y opositor de Bismarck.

[32] Cafre (en inglés Kaffir) era el nombre con que se denominaba a las tribus sudafricanas no civilizadas. En castellano actual tiene la acepción de rústico o primitivo.

[33] Aunque no figura en sus libros, esta frase suele atribuirse equivocadamente a Maquiavelo. También Pierre Joseph Proudhon sostiene que esa frase en realidad es de origen jesuita. En efecto, su autor sería el teólogo Hermann Busenbaum, quien en Medulla Theologiae Moralis (1645) escribió: “cuando los fines son lícitos, los medios también lo son”.

[34] Literalmente en alemán: “Ein Fluch dem G ötzen, zu dem wir gebeten / In Winterkälte und Hungersnöten; / Wir haben vergebens gehofft und geharrt; / Er hat uns geäfft, gefoppt und genarrt”. Heinrich Heine, Die Weber (El tejedor).

[35] Según los Anarchy Archives, este folleto data de 1884.

[36] La traducción literal de la expresión de Most sería “lavar sin mojar”, pero me pareció oportuno recurrir a la popular expresión en castellano de “hacer una tortilla sin romper los huevos”.

[37] Cornelius Vanderbilt (1794-1877) fue un legendario empresario norteamericano que amasó una inmensa fortuna con el negocio del transporte fluvial y ferroviario.

[38] En la versión de los Anarchy Archives, este escrito aparece con el siguiente subtítulo: “Un documento sobre el comunismo y el anarquismo”. Y va acompañado con la siguiente referencia: Nueva York, Bernhard & Schenck, 167 William Street, 1890.

[39] Wilhelm Friedrich Ludwig (1797-1888), rey de Prusia en 1861 y emperador (Kaiser) de Alemania en 1871.

[40] Otto Eduard Leopold von Bismarck Schonhausen (1815-1898), político y militar prusiano, Canciller del Kaiser Guillermo I y artífice del Estado alemán (o Segundo Reich) en 1871. Se caracterizó por sus persecuciones contra el socialismo.

[41] Adolf Stoecker (1835-1909), sacerdote alemán luterano y político antisemita que promovió la formación de un partido obrero socialcristiano. Su fuerte antisemitismo puede considerarse un antecedente del nazismo del siglo XX.

[42] Vemos acá una tesis de antropología filosófica de clara procedencia roussoniana. Cf. Rousseau, J. J., El Contrato Social.

[43] Vemos acá otra tesis de raíces roussonianas: la institución de la propiedad privada como origen de todos los males sociales. Cf. Rousseau, J. J., Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

[44] Fata Morgana (hada Morgana) es una expresión que se emplea para aludir a la sugestión de una ilusión o espejismo. En las zagas artúricas el hada Morgana era una hechicera de formas cambiantes, hermanastra del Rey Arturo.

[45] El Conde de Oerindur es un personaje de ficción de una intrincada tragedia en cuatro actos de Adolf Müllner (1774-1829) titulada Die Schuld (La culpa).

[46] Benjamin Tucker (1854-1939) ha sido tal vez el más importante teórico del anarquismo individualista en los EE.UU. Se advierten en su pensamiento una pareja influencia de Pierre J. Proudhon y de Max Stirner. Sus contribuciones teóricas fueron realizadas totalmente a través de artículos periodísticos publicados en Liberty. Esos artículos fueron reunidos por él mismo en un volumen titulado Instead of a book, by a man too busy to write one. A philosophical exposition of philosophical anarchism (En lugar de un libro, por un hombre demasiado ocupado como para escribir uno. Una exposición filosófica del anarquismo filosófico). La edición más citada es la segunda, New York, 1897. No tengo noticias de que este interesantísimo libro haya sido traducido nunca al castellano, aunque sí existe la traducción de dos de sus artículos en una compilación de textos de diversos pensadores titulada Liberalismo de avanzada, Proyección, Buenos Aires, 1973.

[47] A principios de 1886, Most y Tucker sostuvieron una dura polémica acerca de la propaganda por los hechos, polémica donde no faltaron los insultos y las acusaciones recíprocas de todo tipo.

[48] Piotr Kropotkin (1842-1921) es sin duda, junto a P. Proudhon, M. Bakunin y E. Malatesta, uno de los máximos teóricos del anarquismo. Y como correctamente dice Most, Kropotkin no sólo defendía el comunismo, sino que es el fundador de la vertiente comunista del anarquismo. Hacer un racconto de su vida y su pensamiento excedería las posibilidades que ofrece una simple nota a pie de página, pero podemos mencionar algunas de sus obras más importantes: La morale anarchiste (1891); La conquéte du pain (1892); Fields, Factories and Workshops (1899); Mutual Aid (1901). Todas estas obras, y muchas más, se encuentran en versión castellana de numerosas ediciones y traducciones.

[49] Acá Most atribuye una tesis roussoniana a los socialistas no anarquistas defensores de un Estado popular.

[50] Henry Thomas Buckle (1821-1862), historiador, ensayista y ajedrecista inglés, precursor de la sociología y autor de una influyente aunque inconclusa Historia de la Civilización en Inglaterra.

[51] Esta proclama está incluida en esta misma selección de textos de Johann Most.

[52] Según Anarchy Archives, este artículo fue publicado en Freiheit el 25 de julio de 1885.

[53] Most se refiere a Julius Lieske, anarquista alemán condenado a muerte en 1885 con pruebas meramente circunstanciales por el asesinato de Carl L. Rumpff, eficiente represor del socialismo y jefe de la policía de Frankfurt.

[54] La expresión literal de Most en inglés no es “justice” sino “law and order”.

[55] Alejandro Romanov es Alejandro II, zar de Rusia asesinado en 1881. Sudeikin fue un coronel del ejército ruso asesinado por Delgaieff. Hlubeck fue un inspector de policía asesinado en Viena en 1883. Rumpff fue jefe de la policía de Franckfurt, asesinado en 1885. De Bloch y de Messenzoff no he logrado averiguar nada.

[56] Freiheit, como ya se ha dicho, era la publicación anarquista que orientaba Johann Most, y en la cual se publicó este mismo artículo.

[57] Los Anarchy Archives especifican que este artículo data de 1889, sin ningún otro dato adicional.

[58] Cada vez que Most escribe “América” se está refiriendo concretamente a los Estados Unidos, pero preferí dejar la palabra “América” por la rica ambigüedad que puede tener para los lectores latinoamericanos.

[59] Según los Anarchy Archives, este artículo fue publicado en Freiheit, el 13 de septiembre de 1884.

[60] En los Anarchy Archives este texto lleva el siguiente encabezado: Proclama del Congreso de la “Asociación Internacional del Pueblo Trabajador” de 1883. Tomada de la edición en Inglés de Freiheit, 27 de diciembre de 1890.

[61] Thomas Jefferson (1743-1826) fue el principal redactor del acta de Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776. Fue un político embebido en los ideales de la Ilustración, hombre de gran erudición que llegó a ser el tercer presidente de su país.

[62] En los Anarchy Archives este artículo figura como publicado en Freiheit, 15 de noviembre de 1884.

[63] El presente recordatorio de la figura de Johann Most, firmado por Stephen Daniels, apareció en Madre Tierra, célebre publicación libertaria orientada por Emma Goldman y Alexander Berkman. Mi fuente ha sido una vez más los Anarchy Archives; allí figuran las siguientes referencias: Madre Tierra, Volumen 8, N° 1, marzo de 1913, pp. 10-14.

[64] Se refiere a Theodor Roosevelt, líder del Partido Republicano que fue Presidente de los EE.UU. entre 1901 y 1909 (No hay que confundirlo con Franklin D. Roosevelt, dirigente del Partido Demócrata que fue Presidente de los EE.UU. entre 1932 y 1945).

[65] El petrel es un ave marina migratoria de climas fríos.

[66] Carl Schurz (1829-1906) fue un revolucionario alemán que al emigrar a los Estados Unidos hizo una gran carrera política institucional, siendo el primer senador americano nacido en Alemania.

[67] La siguiente cronología es básicamente un resumen de la elaborada por V. Muñoz (Reconstruir n° 55, Buenos Aires, julio-agosto, 1968), pero es necesario aclarar que el autor prefirió citar muchos de los títulos de escritos y publicaciones de Most en su traducción al castellano, idioma que éste nunca utilizó.

[68] En este trabajo (véase pág. 73) ha sido traducido como El comunismo anarquista ya que en esos años no se utilizaba aún la expresión “comunismo libertario” que fuera popularizada por los anarquistas españoles en los años treinta del siglo XX.