Título: La bestia de la propiedad
Autor/a: Johann Most
Fecha: 1884
Tema: Propiedad
Fuente: Recuperado el 2 de abril de 2015 desde librosdeanarres.com.ar
Notas: Texto extraido del libro “La peste, la bestia y el monstruo” de Aníbal D'Auria, a quien corresponde la traducción y las notas del texto.

Entre los animales de presa, el hombre es sin duda el peor": esta expresión, muy común hoy en día, es meramente una verdad relativa. No es el hombre como tal una bestia de presa, sino el hombre atado a la riqueza. Cuanto más rico es un hombre, mayor es su codicia. Podemos llamar a este monstruo la “bestia de la propiedad”. Actualmente ella gobierna al mundo, haciendo miserable a la humanidad y lucrando cruel y vorazmente con el progreso de nuestra llamada “civilización”. En lo que sigue, caracterizaremos a este monstruo y recomendaremos su exterminio.

¡Observen a su alrededor! En todos los denominados países “civilizados”, de cada 100 hombres hay más o menos unos 95 indigentes y unos cinco con los bolsillos llenos de dinero.

No es necesario profundizar en las diversas triquiñuelas con que han conquistado sus posesiones. El hecho de que ellos sean dueños de todo mientras que los otros apenas subsisten, o más bien, vegetan, no admite duda de que esos pocos se han enriquecido a costa de los muchos.

Ya sea por la fuerza bruta directa, por la astucia o por el fraude, esta horda se ha apoderado desde hace mucho tiempo del suelo con todas sus riquezas. Las leyes sucesorias y sus derivadas, junto con las leyes del intercambio, han dado un barniz “venerable” a este robo, y por lo tanto han mistificado y ocultado el carácter de tales acciones. Por esta razón, la “bestia de la propiedad” no es reconocida como tal (es decir, como una aberración bestial), sino que, por el contrario, es adorada con santo temor.

Y sin embargo, todos los que no pertenecen a esa clase son sus víctimas. Cada descendiente de un desposeído (el hombre pobre) encuentra ya todos los rincones de la tierra ocupados cuando llega al mundo. No hay nada libre de “señorío”. Nada se produce sin trabajo, y para trabajar no sólo se precisa habilidad y voluntad, sino también espacio para hacerlo, herramientas, materias primas y medios de subsistencia. El hombre pobre, por lo tanto, por fuerza de la necesidad, debe ofrecerse a aquellos que poseen estas cosas en abundancia. ¡Y acá aparece la bestia! El rico le permite continuar existiendo. Pero a cambio de esto el pobre debe entregarle su habilidad y su fuerza. A partir de ahí, sus supuestos “salvadores” emplean esas cualidades para sí mismos. Lo ponen bajo el yugo laboral; lo fuerzan al máximo de su capacidad mental y física para producir nuevos tesoros, cuya propiedad les será negada. A quien pretenda tomarse el tiempo para pensarlo bien antes de concretar tan desigual contrato, su estómago quejoso pronto lo convencerá de que no hay tiempo para el pobre, porque hay millones en su misma situación y corre el riesgo de que, mientras él lo piensa, se presenten otros cientos para el puesto; habrá perdido su oportunidad y quedará nuevamente librado a donde lo lleve el viento.

Es el azote del hambre lo que obliga al pobre a someterse. Para vivir debe vender. Y “voluntariamente” se vende a sí mismo cada día y hora a la “bestia de la propiedad”.

En otros tiempos ya pasados, las clases dominantes cazaban a sus esclavos, los encadenaban y los obligaban a trabajar en beneficio de los gobernantes; aquellos tiempos en que los ladrones cristiano-germanos saqueaban países enteros, privaban del suelo a los habitantes y los exprimían en el servicio feudal, eran en de hecho bastante terribles, pero el punto culminante de la infamia se ha logrado con nuestro actual sistema de “ley y orden”, porque ha arrebatado a más de nueve décimas partes de la humanidad de sus medios de existencia, las ha reducido a la dependencia de una minoría insignificante y las ha condenado a inmolarse. Al mismo tiempo, se ha disfrazado esta relación con todo tipo de artificios, de modo que el esclavo actual —el esclavo asalariado— no sólo no reconoce su situación de servidumbre y desamparo ante la ley, sino que incluso tiende a atribuirlas a los caprichos del destino.

El único objetivo de las clases “dominantes” es perpetuar este estado de cosas. Aunque no siempre esas clases están unidas entre sí (pues unos buscan sacar ventaja sobre los otros por medio de tretas comerciales, engaños especulativos y diversas formas de distorsión de la competencia), sin embargo, frente al proletariado se mantienen unidas en una hostil falange. Por lo tanto y a despecho de toda la verborragia liberal, su ideal político es un gobierno siempre más poderoso, centralizado y controlador.

Si por un momento el pobre recurre a la mendicidad porque no encuentra un explotador a quien venderse o porque la “bestia de la propiedad” ya lo ha reducido totalmente a la impotencia, entonces, el burgués bien satisfecho denomina a eso “vagancia”, llama a la policía y exige la cárcel y la picota para el pobre diablo que se niega a morir de hambre entre montañas de comida.

El desempleado podría practicar un poco el tan proclamado ayudarse-a-sí-mismo, esto es, podría hacer algo de lo que el rico hace diariamente con impunidad y a gran escala: debería, de hecho, robar para vivir. Pero entonces la burguesía le arroja encima todas sus brazas de “indignación moral”, y con rostro adusto lo entrega implacablemente al Estado para que se haga cargo, pues en sus prisiones podrá ser esquilmado más eficazmente, es decir, le resultará más barato.

Si los trabajadores se asocian para obtener mejores salarios, menos horas de trabajo u otras mejoras por el estilo, entonces los adinerados los critican inmediatamente como promotores de una “conspiración” que debe ser eliminada.

Si los trabajadores se organizan políticamente, se los denuncia por oponerse al orden “divino” de las cosas, y se los neutraliza con leyes especiales o de excepción.

Llegará al fin la hora en que el pueblo habrá de considerar la vía de la rebelión; y su aullido incesante de rabia, generado por los “tigres del oro”, se dejará oír en el mundo entero: ya jadea por sus dolores, y su sed de sangre es insaciable.

La vida de los pobres no vale nada para el rico. Si éste es propietario de embarcaciones, pone en peligro la vida de tripulaciones enteras cuando obtiene seguros fraudulentos para sus cascos semipodridos. La mala ventilación, las excavaciones profundas, los tirantes defectuosos, etcétera, llevan a la muerte a miles de mineros todos los años; pero a los propietarios de minas, este estado de cosas no les preocupa, pues les permite ahorrar gastos operativos y, por lo tanto, aumentar sus ganancias. El pashá industrial tampoco se preocupa porque sus obreros sean triturados y desgarrados por las máquinas, sean envenenados por las sustancias químicas, o sean lentamente sofocados por la suciedad y el polvo. Lo principal es el beneficio.

Como las mujeres son más baratas que los hombres, los vampiros capitalistas buscan su sangre con rapacidad insaciable. Además, el trabajo femenino les procura amantes baratas.

La carne del niño es la más barata: ¿qué puede sorprender entonces que los caníbales de la sociedad moderna continuamente se den un festín con sus jóvenes víctimas? ¿Qué les importa que los pobrecitos queden corporalmente lisiados y mentalmente arruinados de por vida, y que miles de ellos, miserables y acabados en tierna edad, se hundan en sus tumbas? Las acciones bursátiles suben y con eso basta.

Como la burguesía monopoliza completamente cada nuevo invento por medio de su capital, toda máquina novedosa, en vez de disminuir la jornada laboral y aumentar la felicidad de todos, ocasiona, por el contrario, la pérdida del empleo para algunos, la reducción del salario para otros, y la pauperización del proletariado en su totalidad.

Cuando la producción aumenta al mismo ritmo que aumenta la pauperización de las masas, también el consumo disminuye y se produce estancamiento y crisis. La sobreabundancia de riqueza real en manos de pocos ha de generar hambre, tifus y otras epidemias para muchos. La injusticia (por no decir: la idiotez) de este estado de cosas es evidente. Quienes tienen sus bolsillos llenos, por supuesto, simplemente se encogen de hombros. Y lo seguirán haciendo hasta que una cuerda bien ajustada en sus cuellos ponga fin a toda indiferencia.

El trabajador no sólo es ampliamente esquilmado como productor, sino también como consumidor. Varios parásitos tratan de arrebatarle sus magros ingresos.

Después de atravesar varias etapas de intercambio y almacenamiento, y cuando los precios ya se han incrementado por las comisiones de agentes y corredores, por impuestos y derechos de aduana, los productos finalmente llegan a los comerciantes minoristas, cuyos clientes son casi exclusivamente los proletarios. Si los comerciantes mayoristas ‘hacen’ (es decir, obtienen fraudulentamente) tal vez de un 10% a un 20% de los beneficios por sus transacciones, el comerciante minorista no se satisface con menos del 100%. Para obtener ese resultado recurre a todo tipo de trucos, especialmente a la más desvergonzada adulteración de los alimentos. En estrecha relación con estos estafadores se encuentran los incontables envenenadores de cerveza, licores, vino, etcétera, que con su nefasto tráfico inundan las inseguras calles de todas nuestras grandes ciudades y centros industriales. También están los propietarios de inquilinatos, que incesantemente buscan la manera de amargar la existencia del pobre. El estado de las habitaciones empeora día a día, los alquileres aumentan y los contratos son cada vez más mortificantes. Los trabajadores viven cada vez más hacinados en los fondos, áticos y sótanos de las casas, llenos de bichos y humedad. Frecuentemente las celdas de una prisión son mucho más saludables que estos agujeros pestilentes.

Cuando el trabajador no tiene empleo, queda a merced de otras hordas de especuladores del hambre, listas para abalanzarse sobre él y completar su ruina. Toda una calaña de prestamistas usureros le adelantan pequeñas sumas de dinero a elevado interés, previo gravamen sobre las últimas posesiones del pobre. Las condiciones de esos contratos casi nunca pueden ser cumplidas, de modo que el pobre desgraciado pierde los objetos empeñados y cae aún más abajo. Pero los ávidos cazadores de cabezas amasan fortunas en poco tiempo. Algunos tiburones ven al mendigo como un buen pagador. Cada cobre que éste ha juntado de forma poco envidiable despierta la codicia de quienes regentean sucios agujeros y viles antros. También los ladrones están sujetos a esta expoliación capitalista. Ellos son esclavos de ocultos protectores que les cobran “peajes” y reciben los objetos robados a cambio de no “cantar”. Sí; incluso aquellas desafortunadas mujeres, llevadas a la prostitución por este maldito sistema, son expoliadas desvergonzadamente por quienes regentean los burdeles y las casas de mala fama.

Esta es la suerte del pobre desde la cuna a la tumba. Produzca o consuma, exista o meramente vegete, siempre está rodeado de voraces vampiros sedientos de su última gota de sangre. Por otra parte, el rico nunca detiene su obra de explotación, aunque no pueda dar razón alguna para su codicia. El que tiene $1.000.000, quiere tener $10.000.000; el que tiene $100.000.000 quiere tener $ 1.000.000.000.

La codicia de riqueza está estrechamente vinculada a la codicia del poder. La riqueza no sólo genera más riqueza, sino también poder político. En el actual sistema capitalista la venalidad es un vicio que todo lo invade. Como si se tratara de un simple asunto de precio, ella comprará para la “bestia de la propiedad”, que con su imperio aurífero es la divinidad absoluta y omnipotente, cualquier servicio que ésta requiera: la palabra, el silencio, la pluma, la prensa, los actos de violencia o cualquier otro recurso.

En Europa y América hay muchos cientos de miles de sacerdotes y ministros, especialmente preparados para envenenar el sentido común de las masas. Incontables misioneros recorren casa por casa difundiendo folletos sin sentido, o cometiendo otras andadas “espirituales”. En las escuelas se realizan incansables esfuerzos para anular el pequeño bien que provee el aprendizaje de la lectura, la escritura y la aritmética. Una idiota malversación de la “historia” excita descarados prejuicios que dividen a los pueblos y les impide ver que sus opresores se han coaligado contra ellos, y que toda política, pasada y presente, sólo persigue un objetivo: consolidar el poder de los gobernantes y asegurar así la explotación del pobre por el rico.

El tráfico camandulero es asistido con “lealtad y toxicicidad” por cagatintas de la prensa diaria, diversos falsificadores de la historia escrita, operadores políticos de las camarillas corporativas dominantes, diputados charlatanes con sonrisa seductora, bocas llenas de promesas y corazón traicionero, y por cientos de otros tipos de políticos con distintos matices de maldad.

La cuestión social es particularmente mistificada por regimientos enteros de vendedores de humo. Los profesores de economía política, por ejemplo, hacen de lacayos de la burguesía ensalzando al becerro de oro como al verdadero sol de la vida y recurriendo “científicamente” a la falsedad y a la picardía del sofisma para demostrar que la dura vida de los trabajadores constituye un beneficio para la humanidad. Algunos de esos charlatanes recomiendan la reforma social, es decir, un cambio gradual basado en el principio de hacer una tortilla sin romper huevos[1] (por no mencionar sus festejadas recetas del ahorro y la educación).

Y así, embaucando a las masas, los ladrones caballeros capitalistas siguen perfeccionando la maquinaria de su poder. Crean nuevas funciones públicas en que los cargos más altos son cubiertos en Europa por descendientes de viejos asaltantes de caminos (hoy “nobles”), y en América, por cazadores de puestos y astutísimos ladrones que combinan su propósito original de exprimir autoritariamente al proletariado, con el muy placentero negocio del robo de hormiga y la falsificación a gran escala. Ellos mandan sobre ejércitos de soldados, gendarmes, policías, espías, jueces, carceleros, recaudadores de impuestos, rematadores, etcétera. La clase baja de los vigilantes son casi totalmente reclutados de las filas de los desposeídos, y rara vez se encuentran mejor pagos que éstos. Y por ello mismo despliegan gran celo como espías, confidentes, alcahuetes, fieras y chupamedias del Estado, institución que evidentemente es, ni más ni menos, que la organización política de una horda de expoliadores estafadores; horda que sin esa maquinaria tiránica no podría subsistir un solo día ante la ira y la condena de los pueblos oprimidos.

En la mayoría de los países viejos, la forma exterior de este sistema ha alcanzado naturalmente su punto culminante. Todo el aparato disciplinario del Estado se concentra en un poder monárquico. De este modo, sus representantes “por la gracia de Dios” son la quintaesencia de la villanía. Allí todos los vicios y los crímenes propios de las clases dominantes llegan a niveles monstruosos. La ocupación que más disfrutan es el asesinato en masa (la guerra); siempre que roban, y lo hacen a menudo, roban cientos de millones (incluso miles de millones) a países enteros. Iluminan sus bestialidades con incendios a gran escala. Para ellos, la humanidad sólo existe para patearla, golpearla y escupirla. A lo sumo sólo la valoran cuando seleccionan entre sus “súbditos” a las mujeres y niñas más atractivas para saciar sus pasiones bestiales. A los demás les queda el derecho de morir “muy obedientemente” como los perros.

Estos asesinos coronados de Europa, se embolsan, por medio del chantaje directo, $50.000.000 al año. El militarismo, su retoño preferido, cuesta anualmente $1.000.000, sin tomar en consideración la pérdida de vidas y trabajo. Una suma equivalente se paga como intereses sobre $20.000.000.000 de deuda del Estado, que los sinvergüenzas han contraído en tiempo considerablemente breve. La monarquía en Europa, entonces, cuesta $2.050.000 000 anuales, es decir, más de lo que al mismo tiempo ganan como salario 10.000.000 de trabajadores, mantenedores de 50.000.000 de personas.

En América los monopolistas ocupan el lugar de los monarcas. En la supuesta “libertad” de los Estados Unidos, con la tasa de desarrollo de monopolios que tuvo en el último cuarto de siglo, pronto no quedará libre de monopolio más que la luz del día y el aire. Quinientos millones de acres de tierra en los Estados Unidos, casi seis veces el espacio que ocupan Gran Bretaña e Irlanda, han sido repartidos en una sola generación entre las compañías de ferrocarriles y los grandes terratenientes aristocráticos de origen europeo. En unas pocas décadas, Vanderbilt amasó, él solo, $200.000.000, y en esa feria del robo, docenas de sus competidores intentan superarlo.[2]

San Francisco fue poblada apenas hace treinta años ¡y hoy alberga a ochenta y cinco millonarios! Toda la riqueza de esta gran república, aunque establecida hace apenas un siglo, sus minas, sus yacimientos de carbón, sus pozos de petróleo, etcétera, ha sido “sustraída” al pueblo y es propiedad de un puñado de audaces aventureros y astutos maquinadores.

La “soberanía del pueblo” se postra rendida ante la influencia de estos reyes del dinero, magnates del ferrocarril, barones del carbón y señores de la industria. Estos iguales tienen a los Estados Unidos totalmente en sus bolsillos, haciendo de la alabada legislación libre y sin trabas una farsa, un engaño y una trampa.

¡Y si así es la madera verde, qué no podemos esperar de la podrida! Si el sistema capitalista ha dañado y arruinado tan fatalmente y en tan breve tiempo a esta joven república americana, de territorio y recursos naturales casi ilimitados, ¿qué puede sorprender de los resultados que produzcan en la servil y podrida Europa los mismos y prolongados abusos?

En efecto, pareciera que esta joven república americana sólo tuviera actualmente una misión histórica: demostrarle a los pueblos de ambos lados del Atlántico, más allá de toda discusión y con hechos crudos y palpables, la monstruosidad atroz de la “bestia de la propiedad”, animal de presa cuya ferocidad no puede ser alterada ni por la condición del suelo, ni por la vastedad del territorio, ni por las formas políticas de la sociedad; por el contrario, cuanto menos natural es su necesidad de codicia y su rapacidad individual, más peligrosa y problemática se torna para la sociedad. No es voraz para satisfacer sus deseos: ¡es voraz por el solo afán de voracidad!

Quienes trabajan para vivir deben comprender que este monstruo no puede ser domesticado, ni amansado ni utilizable por el hombre. Enseñémosles nosotros que sólo hay un remedio seguro contra esa bestia: ¡la guerra de exterminio, implacable, despiadada y a fondo! Las propuestas tibias no sirven; si por medio de petitorios, elecciones o cualquier otra clase de recursos ingenuos el proletariado espera ganar el respeto de sus enemigos conjurados, sólo logrará el escarnio y la burla.

Algunos dicen que la educación general traerá el cambio; pero como bandera, ese consejo es una mera frase sedativa. La educación del pueblo sólo será posible cuando los obstáculos que la impiden hayan sido removidos. Y ello sólo ocurrirá cuando el actual sistema haya sido destruido en su totalidad.

Pero esto no debe entenderse como que nada puede hacerse por medio de la educación. Lejos de ello. Quienquiera que haya comprendido la vileza de las condiciones actuales tiene la obligación de alzar la voz para ponerlas en evidencia y abrir los ojos del pueblo. Sólo hay que evitar hacerlo mediante reflexiones hipercientíficas. Dejemos esto a los científicos bien intencionados, que de esta manera arrancan lágrimas a la máscara humanitaria de la “mejor clase” y descubren el horrible rostro de la bestia de presa.

El lenguaje de y para el proletariado debe ser claro y contundente.

Quienquiera que recurra a la palabra de este modo será acusado por la chusma gobernante de instigar disturbios; será amargamente odiado y perseguido. Esto demuestra que la única educación posible y práctica debe ser de naturaleza instigadora. ¡Instiguemos, entonces!

Mostremos al pueblo cómo los capitalistas del campo y de la ciudad le roban su fuerza de trabajo; mostrémosle cómo los tenderos, los caseros y otros caballeros lo despojan de su magro salario; mostrémosle como los sacerdotes del púlpito, de la prensa y de los partidos políticos tratan de destruir su inteligencia; mostrémosle cómo siempre hay una policía brutal lista para maltratarlo, tiranizarlo y derramar su sangre entre la soldadesca. ¡Finalmente, la paciencia se acabará! ¡El pueblo se rebelará y aplastará a sus enemigos! ¡La revolución del proletariado, la guerra de los pobres contra los ricos, es la única vía para liberarse de la opresión!

¡Pero algunos objetan que no se pueden fabricar las revoluciones! Ciertamente que no, pero pueden ser preparadas dirigiendo la atención del pueblo hacia el hecho de que tales acontecimientos son inminentes, y alertarlo para que esté listo ante cualquier eventualidad.

Muchos teóricos sostienen que el desarrollo capitalista debe primero extinguir a toda la clase media (pequeña burguesía) para generar las condiciones favorables a una revolución social; sin embargo, ha alcanzado ya tal punto de perfección, que casi resulta imposible que pueda ir más allá. En los países civilizados, la producción general, tanto agrícola como industrial, sólo podría realizarse a mayor escala si la sociedad fuera organizada sobre bases comunistas y si (lo que entonces sería una obviedad) las horas de trabajo se redujeran al compás del desarrollo de las ventajas tecnológicas y el consumo aumentara a la par con la producción.

Esto se comprende fácilmente. La producción en serie puede más que centuplicar lo que los productores necesitan en bienes de valor equivalente, y ahí radica la cuestión. Hasta ahora, esta plusvalía apenas ha sido notada, porque su mayor parte ha sido capitalizada nuevamente, es decir, ha sido utilizada en nuevas empresas capitalistas, y porque los países industrialmente más avanzados (la “bestia de la propiedad” en esos países) exportan enormes cantidades de mercaderías. Ahora, sin embargo, la cosa comienza a flaquear marcadamente. El industrialismo ha hecho grandes progresos en el mundo, equilibrando cada vez más las exportaciones y las importaciones, razón por la cual las nuevas inversiones de capital se vuelven menos rentables, y bajo tales circunstancias pronto se mostrarán totalmente no redituables. Una crisis universal habrá de producirse y pondrá en evidencia estas incongruencias.

Por lo tanto, todo está maduro para el comunismo; sólo se precisa remover los viejos intereses que lo obstaculizan: los capitalistas y sus cómplices. Durante esa crisis, el pueblo estará suficientemente preparado para la lucha. Entonces, todo dependerá de la presencia de un núcleo revolucionario bien entrenado en todos los aspectos, capaz de reunir en torno suyo a las masas populares llevadas a la rebelión por su miseria y su anhelo de trabajo, y que pueda dirigir su poderosa fuerza hacia la destrucción de todas las instituciones enemigas existentes.

¡Por lo tanto, antes que sea demasiado tarde hay que organizar y extender por todos lados el partido socialista revolucionario! La victoria del pueblo sobre sus tiranos y vampiros entonces será segura.

Dadas las condiciones actuales, antes que desarrollar aquí un “programa”, es mucho más importante esbozar lo que el proletariado probablemente deberá llevar a cabo inmediatamente después de la victoriosa batalla para asegurar su supremacía.

Muy probablemente habrá de hacerse lo siguiente:

Se constituirán comités revolucionarios en cada localidad donde el pueblo haya obtenido una victoria; estos comités ejecutarán los decretos del ejército revolucionario, que, reforzado por los trabajadores armados, gobernará así como un nuevo conquistador del mundo.

El viejo sistema (o sea, el ahora vigente) será abolido del modo más expeditivo y completo con la aniquilación de sus sostenedores: las “bestias de la propiedad” y su horda de secuaces. La cosa es así: o el pueblo los aplasta a ellos, o ellos aplastarán al pueblo, ahogarán la revolución en la sangre de los mejores, y reforzarán las cadenas de la esclavitud con más firmeza que nunca. Matar o morir es la alternativa. Por lo tanto, deberá instituirse la matanza de los enemigos del pueblo. Todas las comunidades libres integrarán una alianza ofensiva y defensiva mientras dure el combate. Las comunas revolucionarias deberán instigar la rebelión en los distritos adyacentes. La guerra no estará terminada hasta que el enemigo (la bestia “de la propiedad”) haya sido perseguido hasta su última guarida y totalmente destruido.

Para proceder a fondo en el aspecto económico, todas las tierras y los llamados bienes raíces, con todo lo que haya dentro de ellos, así como todos los capitales mobiliarios, serán declarados propiedad de las comunas respectivas.

Mientras se efectivice la profunda y armoniosa reorganización de la sociedad, puede resultar satisfactoria la proclama de los siguientes principios y medidas:

Toda deuda pendiente quedará liquidada. Los objetos de uso personal que hayan sido empeñados o hipotecados serán devueltos gratuitamente. No se pagarán alquileres. Se establecerán comités locales permanentes de vivienda, que asignarán albergue a quienes carezcan de hogar o a quienes vivan en cuartos no aptos e insalubres; tras la gran purificación no habrá necesidad de buscar un hogar digno.

Hasta que cada uno pueda obtener un empleo conveniente, la Comuna garantizará a todos la satisfacción de las necesidades vitales. La distribución de los bienes confiscados será regulada por comités de suministros. Podría haber carencia de alimentos, por lo que para adquirirlos habrá que recurrir a operaciones de expropiación. La forma más expeditiva de proveerse de ellos será tomándolos, con columnas armadas, de las grandes fincas lugareñas.

Los aprovisionamientos serán efectuados por asociaciones comunales de trabajadores organizados para tal fin.

Las bases de la nueva sociedad estarán formadas por la organización inmediata de los trabajadores en cooperativas de producción según las diferentes ramas del comercio y según su disposición en relación a la localización de las fábricas, máquinas, materias primas, etcétera.

Se supone que la Comuna —al menos transitoriamente— mediará y regulará el consumo. Ella, por lo tanto, hará acuerdos con las asociaciones de trabajadores individuales, las proveerá periódicamente de informes o borradores sobre las mercancías comunitarias recogidas y almacenadas, dándole así el golpe de muerte al viejo sistema monetario.

Deberán fundarse sin demora buenas escuelas, jardines de infantes y otras instituciones educativas. La educación de los adultos, que entonces sí será posible, no deberá ser desatendida ni pospuesta. La verdad y el conocimiento serán enseñados en todas las iglesias, donde no se tolerará nada sacerdotal. Todas las imprentas deberán ser puestas en funcionamiento para producir millones de libros, textos y folletos de valor educativo, para ser distribuidos por todas partes, particularmente en las regiones que aún no se hayan liberado de la esclavitud.

Todos los códigos legales, los archivos judiciales y policiales, los registros hipotecarios, las escrituras, los bonos, y todos los denominados “títulos de valor” deberán ser quemados.

Estas indicaciones sirven sólo para mostrar que el período de transición no tendrá necesariamente un carácter enervante, como suele ocurrir a quienes se desaniman por considerar que una reorganización enérgica de la sociedad sería difícil y ardua.

Y ahora echemos un vistazo al ideal de nuestras aspiraciones.

La sociedad libre estaría formada de Comunas autónomas, es decir, independientes. Una red de federaciones, resultantes de contratos sociales libremente efectuados y no de un gobierno o una tutela autoritarios, las abarcaría a todas. Los asuntos comunes se tratarían mediante la libre deliberación y el libre juicio de las Comunas o asociaciones interesadas. El pueblo, sin distinción de sexo, se reuniría con frecuencia en los parques o salones adecuados, de hecho, no para hacer leyes o restringir su libertad de acción, sino para decidir caso por caso todas las cuestiones referidas a los asuntos públicos, o para designar a los individuos que ejecutarán sus resoluciones, y escuchar sus informes.

El aspecto exterior de estas comunas será totalmente diferente al de las actuales ciudades y pueblos. Las calles estrechas habrán desaparecido; las viviendas-celdas habrán sido derribadas, y en su lugar se habrán levantado amplios y bien provistos palacios rodeados de jardines y parques como sedes para las sociedades, grandes o pequeñas, que habrán de reunirse por identidad de intereses, llevando el confort a un grado tal que no podría lograr por su cuenta un individuo o una familia.

En el campo la gente estará más concentrada. Una comunidad agrícola con las comodidades de una ciudad remplazará a muchas aldeas. La unión de granjas hasta ahora separadas, la aplicación general y la mejora constante de los implementos agrícolas y de los fertilizantes químicos, la perfección cada vez mayor de los medios de comunicación y transporte, etcétera, simplificarán este proceso de concentración. El viejo contraste entre la ciudad y el campo habrá desaparecido, y el principio de igualdad en las ganancias obtendrá uno de sus más importantes triunfos.

La propiedad privada ya no existirá. Toda la riqueza pertenecerá al pueblo o a las ligas comunales. Todos, capacitados o no para trabajar, podrán obtener de allí los artículos necesarios que puedan requerir. La suma total de la demanda de necesidades y comodidades regulará la cantidad de la producción.

El tiempo de trabajo del individuo quedará limitado a unas pocas horas diarias, porque participarán en la producción todos aquellos que estén capacitados para trabajar, sin distinción de sexo; porque ya no se trabajará en actividades inútiles, dañinas o similares; y porque los medios de producción auxiliares, como los químicos, los recursos técnicos y otros por el estilo, estarán altamente desarrollados y serán universalmente aplicados. La mayor parte del día, por lejos, será empleada en disfrutar de la vida.

La gratificación más grande se hallará en actividades intelectuales libremente elegidas. Algunos emplearán su ocio sirviendo al prójimo, ocupados en el bien común. Otros estarán en las bibliotecas, dedicados a propósitos literarios, o reuniendo material para conferencias educativas, o simplemente para sus estudios privados. Otros correrán nuevamente a los liceos, abiertos a todos, para oír a la ciencia. Academias de pintura, escultura, música, etc. ofrecerán oportunidades para la educación de quienes sigan las bellas artes.

Los amantes de la niñez, especialmente los de sexo femenino, se concentrarán en los sitios educacionales, donde bajo la dirección de los auténticos mentores de la juventud, ayudarán a criar y cultivar a las nuevas generaciones.

La enseñanza sólo se realizará en espacios bien ventilados y luminosos, y al aire libre, cuando el clima sea favorable. Y para asegurar un desarrollo parejo de la mente y el cuerpo, se alternarán el juego alegre, la gimnasia y el trabajo con la aguda aplicación de la mente.

Los teatros y las salas de conciertos tendrán lugar para todos.

No se conocerán los matrimonios forzados o interesados; la humanidad habrá retornado al estado natural y el amor gobernará sin restricciones.

El vicio y el crimen habrán desaparecido con las causas que los provocan: la propiedad privada y la miseria general.

En gran medida, las enfermedades habrán desaparecido, porque ya no se conocerá la mala vivienda, ni los mortales talleres, ni las comidas y bebidas contaminadas, ni los trabajos inhumanos.

El hombre podrá por fin disfrutar de la vida. ¡La “bestia de la propiedad” ya no existirá!

[1] La traducción literal de la expresión de Most sería “lavar sin mojar”, pero me pareció oportuno recurrir a la popular expresión en castellano de “hacer una tortilla sin romper los huevos”.

[2] Cornelius Vanderbilt (1794-1877) fue un legendario empresario norteamericano que amasó una inmensa fortuna con el negocio del transporte fluvial y ferroviario.