Le expresé al jurado en Milán algunas ideas acerca de la lucha de clases y el proletariado que provocaron críticas y asombro. Es mejor que vuelva a aquellas ideas.

Protesté con indignación contra la acusación de incitación al odio; expliqué que en mi propaganda siempre he buscado demostrar que los males sociales no dependen de la maldad de un amo u otro, un gobernador u otro, sino más bien de los amos y los gobiernos como instituciones; por lo tanto, la solución no radica en cambiar de gobernantes, sino que es necesario demoler el principio mismo mediante el cual dominan los hombres sobre los hombres; también expliqué que siempre he resaltado que los proletarios no son individualmente mejores que los burgueses, como lo demuestra el hecho de que un trabajador se comporte como un simple burgués, y peor aún, cuando llega por medio de algún accidente a una posición de riqueza y mando.

Tales declaraciones fueron distorsionadas, falsificadas, puestas en aspecto desfavorable por la prensa burguesa, y la razón es clara. El deber de la prensa pagada para defender los intereses de la policía y los tiburones, es ocultarle al público la verdadera naturaleza del anarquismo, y buscar acreditar el cuento de que los anarquistas están llenos de odio y que son destructores; la prensa hace esto por deber, pero tenemos que reconocer que a menudo lo hacen de buena fe, por pura y simple ignorancia. Desde que el periodismo, que alguna vez fue una vocación, se descompuso en mero trabajo y negocio, los periodistas han perdido no sólo su sentido ético, sino también la honestidad intelectual de abstenerse de hablar de lo que no saben.

Olvidémonos de escritorzuelos, entonces, y hablemos de aquellos que difieren de nosotros en sus ideas y, a menudo sólo en su forma de expresar ideas, pero aún siguen siendo nuestros amigos, porque apuntan sinceramente al mismo objetivo que nosotros.

El asombro en esta gente es completamente inmotivado, tanto es así que yo tiendo a pensar que es fingido. No pueden ignorar que he venido diciendo y escribiendo estas cosas durante cincuenta años, y que las mismas cosas han sido dicho por cientos y miles de anarquistas, en mi propio tiempo y antes que yo.

Hablemos más bien del desacuerdo.

Existen personas “orientadas-al-trabajador”, que consideran que tener manos callosas es algo divinamente imbuido de todos los méritos y todas las virtudes; protestan si alguien se atreve a hablar de las personas y de la humanidad, sin jurar en el nombre sagrado del proletariado.

Ahora, es verdad que la historia ha hecho del proletariado el principal instrumento del próximo cambio social, y que aquellos que luchan por el establecimiento de una sociedad en la que todos los seres humanos sean libres y estén dotados de todos los medios para ejercer su libertad, deben depender principalmente en el proletariado.

Puesto que hoy el acaparamiento de los recursos naturales y del capital creado por el trabajo de generaciones pasadas y presentes es la principal causa de la sujeción de las masas y de todos los males sociales, es natural que aquellos que no tienen nada y, por tanto, de forma más directa y clara están interesados en compartir los medios de producción, sean los principales agentes de la necesaria expropiación. Por eso dirigimos nuestra propaganda con mayor particularidad a los proletarios, cuyas condiciones de vida, por otro lado, les hace a menudo imposible levantarse y concebir un ideal superior. Sin embargo, este no es motivo para convertir al pobre en un fetiche simplemente porque es pobre; ni es una razón para alentarlo a creer que es intrínsecamente superior, y que alguna condición que con seguridad no provenga de su mérito o su voluntad, le da el derecho a hacer mal a los demás porque los otros le hicieron mal a él. La tiranía de las manos callosas (que en la práctica sigue siendo la tiranía de algunos que ya no tienen las manos callosas, aunque alguna vez las tuvieran), no sería menos dura y malvada, y no conllevaría males menos durables que la tiranía de los guantes. Tal vez sería menos ilustrada y más brutal: eso es todo.

La pobreza no sería la cosa horrible que es, si esta no produjera el embrutecimiento moral como también el daño material y la degradación física, cuando se prolonga de generación en generación. El pobre tienen defectos distintos a aquellos producidos en las clases privilegiadas por la riqueza y el poder, pero no mejores.

Si la burguesía produce a unos Giolitti y Graziani y una larga sucesión de torturadores de la humanidad, desde los grandes conquistadores hasta los ávidos y chupasangres ruines patrones, esta también produce a unos Cafiero, Reclus y Kropotkin, y la multitud de personas que, en toda época sacrificaron sus privilegios de clase por un ideal. Si el proletariado ha dado y da tantos héroes y mártires a la causa de la redención humana, también produce a las guardias blancas, a los matarifes, a los traidores de sus propios hermanos, sin los cuales la tiranía burguesa no podría durar un solo día.

¿Cómo puede el odio ser elevado a un principio de justicia, a un ilustrado espíritu de demanda, cuando es claro que el mal está por todas partes, y que depende de causas que van más allá de la voluntad y responsabilidad individual?

Que haya tanta lucha de clases como uno desee, si por lucha de clases entendemos la lucha de los explotados contra los explotadores por la abolición de la explotación. Esa lucha es una forma de elevación moral y material, y es la principal fuerza revolucionaria en la que se pueda tener confianza.

Que no haya odio, sin embargo, porque el amor y la justicia no pueden surgir del odio. El odio trae la venganza, el deseo de estar sobre el enemigo, una necesidad de consolidar la propia superioridad. El odio sólo puede ser el cimiento de nuevos gobiernos, si uno gana, pero no puede ser la base de la anarquía.

Lamentablemente, es fácil comprender el odio de tantos desdichados cuyos cuerpos y sentimientos son atormentados y rentados por la sociedad: sin embargo, tan pronto como el infierno en que viven es iluminado por un ideal, el odio desaparece y se asoma un ardiente deseo de lucha por el bien de todos.

Por esta razón no pueden hallarse personas que realmente odien entre nuestros compañeros, aunque hay muchos retóricos del odio. Son como el poeta, que es un padre bueno y pacífico, pero que canta sobre el odio, porque esto le da la oportunidad de componer buenos versos... o tal vez malos. Hablan de odio, pero su odio está hecho de amor.

Por esta razón los amo, incluso cuando me insultan.