Título: El culto al obrero
Autor/a: Camillo Berneri
Fecha: 1934
Tema: Crítica
Fuente: Copiado de Camillo Berneri, Humanismo y anarquismo, Los libros de la catarata, Madrid, 1998
Notas: Publicado en forma de opúsculo, Gruppo d’Edizione Libertarie, Brest, octubre de 1934, con el título “Operolatria”. Traducción de Josep Torrell.

Mientras leía el libro de Carlo Rosselli Socialisme Libéral (París, 1930), señalé al margen este paso (traduzco): “El juicio pesimista sobre la masa implica en realidad un juicio pesimista sobre el hombre porque la masa no es más que la suma de concretas individualidades. Desde el momento en que se declara a la masa incapaz de aferrar, aunque sólo fuera mediante intuiciones groseras y primitivas, el valor de una lucha por la libertad, se declara asimismo al hombre cerrado a todo instinto que no sea de naturaleza estrictamente utilitaria. Se corta por las raíces, al mismo tiempo, cualquier sueño de redención social y se sofoca la fe en los instintos democráticos, esta fe basada en la tesis de una identidad fundamental entre los hombres y en un razonable optimismo sobre la naturaleza humana”.

Nunca he soportado sin reaccionar ciertas actitudes... nietzscheanas de algunos individualistas, destinados a terminar como secretarios de las cámaras de trabajo o peor; pero, por otra parte, nunca le he limpiado los zapatos al proletariado “evolucionado y consciente”, ni siquiera en mítines. Y no comprendo el lenguaje áulico de los bonzos bolcheviques. En un artículo —cito un ejemplo entre mil—, de Azione antifascista (junio de 1933), leo que Gramsci es un alma proletaria. ¿Dónde oí esta expresión? Hurgo en la memoria. ¡Ah, aquí está! Fue en Le Pecq, cuando uno de los “responsables” comunistas me sorprendió con ropas y fatigas de peón de albañil. “¡Ahora puedes conocer el alma proletaria, Berneri!” Así me apostrofó. Mientras añadía arena al cemento, reflexioné acerca del “alma proletaria”. Y como me ocurre siempre, de la memoria del corazón surgieron los recuerdos, para esclarecer el problema. Los primeros contactos con el proletario: allí era donde buscaba la materia de la definición. El “alma proletaria” no la encontré. Encontré de nuevo a mis primeros compañeros, los jóvenes socialistas de Reggio Emilia y alrededores. Había corazones generosos, mentes abiertas, voluntades tenaces. Luego conocí a los anarquistas. Torquato Gobbi fue mi maestro, en las noches brumosas, a lo largo de la vía Emilia, bajo los pórticos que resonaban con mis intentos de resistir a su pacata dialéctica. Él era encuadernador de libros, yo un estudiantillo de instituto, todavía, pues, “hijo de papá”, e ignorante de aquella auténtica y gran universidad que es la vida. Y desde entonces, ¡cuántos obreros en mi vida cotidiana! ¡Pero si en uno encontraba la yesca que hacía centellear mi pensamiento, en el otro descubría afinidades electivas, y a un tercero me abría con fraterna intimidad, con cuántos más áridos me encontraba, cuántos me chocaban por su presuntuosa vaciedad, cuántos me daban náuseas por su cinismo! El proletariado era “la gente”: esa burguesía media en la que viví, la masa estudiantil en la que vivía; la multitud, en definitiva. Los amigos y los compañeros obreros más inteligentes y más espontáneos nunca me hablaban del “alma proletaria”. Sabía precisamente a través de ellos cuán lentos eran los progresos de la propaganda y la organización socialista. Luego, ya dentro de la propaganda y la organización, vi el proletariado, que me pareció, en su conjunto, lo mismo que me sigue pareciendo ahora: una enorme fuerza que se desconoce; que cuida, de forma poco inteligente, su propio instrumento; que difícilmente se bate por motivos ideales o por objetivos no inmediatos; sobre el que pesan infinidad de prejuicios, groseras ignorancias, ilusiones pueriles. La función de las elites me parece clara: dar ejemplo de audacia, de sacrificio, de tenacidad; llamar la atención de la masa sobre sí misma, sobre la opresión política, sobre la explotación económica, pero también sobre la inferioridad moral e intelectual de la mayoría. Por ello presentar a la burguesía y al proletariado con la demagógica simplicidad de las caricaturas reductivas de Avanti! Y de los “oradores de mitin” me parece de mal gusto y dañino.

Hubo, y desgraciadamente sigue habiendo todavía, una retórica socialista que es terriblemente ineducativa. Los comunistas contribuyen más que ningún otro partido de vanguardia a perpetuarla. No satisfechos con el “alma proletaria”, han sacado la “cultura proletaria”. Cuando murió Lunacharski se dijo, en algunos periódicos comunistas, que “encarnaba la cultura proletaria”. Cómo un escritor de origen burgués, erudito —la erudición es el capitalismo de la cultura— y tan puntilloso como Lunacharski pueda representar la “cultura proletaria” es un misterio análogo al de la “ginecología marxista”, término que ha escandalizado incluso a Stalin. Le Réveil de Ginebra, sublevándose contra el abuso de la expresión “cultura proletaria”, observaba: “El proletario es, por definición, y muy a menudo en realidad, un ignorante, cuya cultura es necesariamente limitadísima. En todos los campos, el pasado nos hizo herederos de bienes inestimables que no se pueden atribuir a esta o aquella clase. El proletario reivindica ante todo una mayor participación en la cultura, como una de las riquezas de las que no quiere verse privado. Algunos sabios, escritores y artistas burgueses nos han dado obras de una importancia emancipadora; por el contrario, algunos intelectuales sedicentemente proletarios nos cuecen unos platos muchas veces indigestos”.

La “cultura proletaria” existe, pero está restringida a los conocimientos profesionales y a una empanada enciclopédica compuesta por lecturas desordenadas. Es una característica típica de la cultura proletaria el estar retrasada con respecto al progreso de la filosofía de las ciencias y las artes. Hallaréis seguidores fanáticos del monismo de Haeckel, del materialismo de Büchner e incluso del espiritualismo clásico, entre los “autodidactas”, pero no hallaréis entre ellos personas realmente cultas. Si una teoría cualquiera comienza a ser popular, encontrará eco en la “cultura proletaria”, ávida de golosinas. Al igual que la novela popular está llena de príncipes, de marqueses y de recepciones palaciegas, así también un libro es tanto más buscado y degustado por los “autodidactas” cuanto más indigesto y abstruso es.

Muchos de ellos nunca han leído La conquista del pan, o el diálogo Entre campesinos, pero han leído El mundo como voluntad y representación y La crítica de la razón pura. Una persona culta que se ocupe, por ejemplo, de ciencias naturales y que no tenga conocimientos de matemática superior, se guardará mucho de juzgar a Einstein. Un autodidacta, en general, tiene en materia de juicios una temeridad enorme. Dirá de Tizio que es un filosofastro, de Cayo que es un “gran científico”, de Sempronio que no ha entendido “la transformación de la praxis”, ni la “noumenicidad” ni la “hipóstasis”. Porque al autodidacta le gusta siempre hablar difícil.

Fundar una revista, al medioculto no le asusta. No hablemos ya de un semanario. Escribirá sobre la esclavitud en Egipto, las manchas solares, el “ateísmo” de Giordano Bruno, las “pruebas” de la inexistencia de Dios, la dialéctica hegeliana; pero de su taller, de su vida de obrero, de sus experiencias profesionales no dirá ni una palabra.

El autodidacta” deja de ser típicamente así cuando logra hacerse una verdadera cultura. Es decir, cuando tiene ingenio y voluntad. Pero entonces su cultura ya no es obrera. Un obrero culto, como Rudolf Rocker, es como un negro al que de niño le hubieran llevado a Europa y hubiera crecido en una familia culta o en un colegio. El origen, como el color de la piel, no cuenta en estos casos. En Rocker nadie podría imaginar el antiguo guarnicionero, mientras que cuando Grave se sale de la vulgarización kropotkiniana nos recuerda deplorablemente que ha sido zapatero.

La denominada “cultura obrera” es, en definitiva, una simbiosis parasitaria de la verdadera cultura, que todavía es burguesa o medioburguesa. Es más fácil que del proletariado salga un Titta Rulfo, o un Mussolini, que un científico o un filósofo. No porque el ingenio sea monopolio de una clase, sino porque al 99 por 100 de los proletarios, al abandonar la escuela primaria se les niega sistemáticamente la cultura con una vida de trabajo y embrutecimiento. La instrucción y la educación para todos es uno de los más justos cánones del socialismo, y la sociedad comunista dará las elites naturales; pero, por ahora, es grotesco hablar de “cultura proletaria” del filólogo Gramsci o del “alma proletaria” del burgués Terracini. La doctrina socialista es una creación de intelectuales burgueses. Como observa De Man en Au de là du marxisme, “es menos una doctrina del proletariado que una doctrina para el proletariado”. Los principales agitadores y teóricos del anarquismo, de Godwin a Bakunin, de Kropotkin a Cafiero, de Mella a Faure, de Covelli a Malatesta, de Fabbri a Galleani, de Gori a Voltairine de Cleyre, salieron de un ambiente aristocrático o burgués, para ir hacia el pueblo. Proudhon, de origen proletario, es de todos los escritores anarquistas el más influido por la ideología y los sentimientos de la pequeña burguesía. Grave, zapatero, cayó en el chauvinismo democrático más burgués. Y es innegable que los organizadores sindicales de origen obrero, de Rossoni a Meledandri, han dado proporcionalmente el mayor número de integraciones.

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El populismo ruso y el sorelianismo son dos formas de romanticismo obrerista, cuya continuación formal es la demagogia bolchevique. Gorki, que es uno de los escritores que ha vivido más tiempo y más profundamente en medio del proletariado, escribe:

“Cuando [los propagandistas] hablaban del pueblo, sentía de inmediato que lo juzgaban de forma diferente a como yo lo hacía. Eso me sorprendió y me hizo desconfiar de mí mismo. Para ellos, el pueblo era la encarnación de la sabiduría, de la belleza espiritual, de la bondad y del corazón, un ser único y casi divino, depositario de todo aquello que es bello, grande y justo. No era, en efecto, el pueblo que yo conocía”.

Arturo Labriola, del que tomo la cita anterior (Al di là del capitalismo e del socialismo, París, 1931), la acompaña con estos recuerdos:

“Podría añadir mi experiencia personal, al haber nacido en una clase de artesanos-artistas que vivían en contacto inmediato con las clases del trabajo material y eran ellos mismos proletarios. Los trabajadores que yo conocí desde los primeros años de mi vida eran hombres dignos de piedad en todo y para todo, ingenuos e instintivos, crédulos, proclives a la superstición, volcados a la vida material, afectuosos y crédulos al mismo tiempo con los hijos, incapaces de extraer de la propia vida de trabajadores un solo elemento de pensamiento propio sobre su clase. Aquellos que despojándose de la superstición y de las prevenciones de su círculo llegaban al socialismo sólo lo veían bajo su aspecto material de un movimiento destinado a mejorar su suerte. Y naturalmente esta mejora la esperaban de los jefes, que pasaban indistintamente del estado de ídolos al de traidores según los momentos y las ocasiones sin mérito ni demérito de su parte. Es indiscutible que el socialismo les mejoró en todos los aspectos; y me atrevería a decir que mi primer impulso para favorecer este movimiento me vino de la gran piedad que me inspiraba la miseria de los pobres, así como de la experiencia del beneficio que el movimiento les reportaba”.

Malatesta mismo no veía el proletariado a través de las gafas rosas de Kropotkin, y Luigi Fabbri escribía en un artículo suyo refiriéndose al período insurreccional de la postguerra: “Demasiada gente, entre la gente pobre, demasiados trabajadores creían en serio que estuviese a punto de llegar el momento de no trabajar o de hacer trabajar únicamente a los señores”. Quien repase la historia del movimiento obrero verá prevalecer en él una inmadurez moral facilísima de explicar pero capaz de imponer el más evidente desmentido a los ditirámbicos exaltadores de las masas.

El jueguecito de llamar “proletariado” a los núcleos de vanguardia y a las elites obreras es un jueguecito que habría que dejar en el desván. Las alegorías demagógicas lisonjean a la multitud, pero le esconden verdades esenciales para la emancipación real. Una “civilización obrera”, una “sociedad proletaria”, una “dictadura del proletariado”: son fórmulas que deberían desaparecer. No existe una “conciencia obrera” como carácter psíquico típico de toda una clase; no hay una oposición real entre “conciencia obrera” y “conciencia burguesa”. Los griegos no combatieron por la gloria, como pretendía Renan. Y el proletariado no combate por el sentido de lo sublime como se afanaba en sostener Sorel en sus Réflexions sur la violence.

El obrero ideal del marxismo y del socialismo es un personaje mítico. Pertenece a la metafísica del romanticismo socialista, no a la historia. En los Estados Unidos y en Australia las Unions obreras reclaman una política restrictiva para la inmigración. El proletariado americano (véase Mary R. Béard, A short history of the american labour movement, Nueva York, 1928), no ha hecho ni una mísera contribución a la emancipación de los negros de los estados Unidos, y todavía hoy los trabajadores de color están excluidos de casi todas las organizaciones sindicales americanas. Los movimientos de boicot (contra las dictaduras fascistas, los horrores coloniales, etcétera) son escasos y no tiene éxito. Y son rarísimas las huelgas de solidaridad clasista o con objetivos estrictamente políticos.

Este carácter utilitarista, esta avaricia, esta inercia general caracterizan particularmente al proletariado industrial.

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Cada vez que leo u oigo exaltar al proletariado industrial como la elite revolucionaria y comunista, se revuelven en mi interior los recuerdos de vida, es decir, las experiencias personales y las observaciones psicológicas. Esto me induce a sospechar en quienes afirman lo que me parece un mito, o bien una infatuación de “provinciano” recién llegado a una ciudad con algún gran centro industrial, o bien, en otros casos, una infatuación de orden profesional. Cuando leía L’Ordine Nuovo, especialmente en su primer período, cuando era periódico, rechazaba en mí, por consideraciones de orden psicológico, la sugestión de sus continuas exaltaciones de la gran industria como formadora de homogeneidad clasista, de madurez comunista de los obreros del taller, etcétera.

Imaginaba, por ejemplo, a Gramsci, que se planta en Turín desde su Cerdeña natal, totalmente sobrecogido por los engranajes de la metrópoli industrial. Las grandes manifestaciones, las concentraciones de obreros especializados, la enormidad febril del ritmo de la vida sindical de la ciudad industrial le fascinaron, me decía a mí mismo. La literatura bolchevique rusa me parecía que reproducía ese mismo proceso psíquico. En un país como Rusia, donde las masas rurales estaban enormemente atrasadas, Moscú, Petrogrado y los otros centros industriales debían de parecer oasis de la revolución comunista. Los bolcheviques, impulsados por el industrialismo marxista, se vieron abocados, pues, a infatuarse con la fábrica, como los revolucionarios rusos de la época de Bakunin se vieron abocados a infatuarse con la cultura occidental.

En Italia, la mística industrialista de L’Ordine Nuovo me parecía, pues, un fenómeno de reacción análogo al del futurismo.

Otro aspecto que me parecía significativo era el de la tendencia natural que tienen los técnicos industriales, tendencia que tiene equivalentes en todos los campos de la especialización, de ver en el hecho “industria” el alfa y omega del progreso humano. Y me parecía significativo que los ingenieros fuesen numerosos entre los dirigentes del partido comunista.

Mantengo todavía este punto de vista, y encuentro una nueva confirmación en la actitud de algunos de los republicanos que han sido influidos por la ideología de los comunistas.

Es típico el caso de A. Chiodini, que en el número de febrero de 1933 de Problemi della rivoluzione italiana, al criticar la línea rural y meridionalista del programa de Justicia y libertad, proclama:

“El proletariado industrial es la única fuerza objetivamente revolucionaria de la sociedad. Porque sólo el proletariado está en condiciones de liberarse de toda mentalidad cerrada y de alzarse a una dignidad de clase, es decir, de fuerza colectiva que tiene conciencia de un deber histórico que cumplir.

La revolución italiana, como todas las revoluciones, sólo puede ser obra de fuerzas homogéneas y capaces de moverse por grandes ideales.

Por ahora, la única fuerza homogénea que puede combatir por un ideal de libertad concreta y que, para esta batalla, puede estar dispuesta a una acción previsora, no a corto plazo, es la fuerza obrera. Ella es hoy la única que, después de tantas pruebas y tantas tragedias, puede presentar su candidatura como clase dirigente revolucionaria”.

Que el proletariado industrial sea una de las principales fuerzas revolucionarias en sentido comunista es demasiado evidente para que haya algo que discutir al respecto. Pero, por otra parte, también es evidente que la homogeneidad de ese proletariado está más en las cosas que en los espíritus, y más, cabría decir, en la aglomeración de individuos, —que en su inmensa mayoría son asalariados, sin grandes diferencias actuales o posibles entre sí, y en contacto con una propiedad indivisible por naturaleza (por lo tanto, necesariamente apta para convertirse en el capital de un trabajo necesariamente asociado)—, que en su conciencia de clase, de fuerza colectiva destinada a realizar un grandísimo deber histórico.

El particularismo de los obreros de la industria es demasiado evidente para que nos suelten esas genéricas y generalizadoras exaltaciones como hacen algunos marxistas y marxistizantes.

El egoísmo corporativo en los Estados Unidos condujo a una verdadera política xenófoba, y las corporaciones típicamente industriales han aparecido siempre entre las más encarnizadas al exigir al gobierno la prohibición de la inmigración obrera. Ocurre lo mismo en Nueva Zelanda. Pero limitémonos a Italia. Los obreros de la industria han favorecido siempre la potenciación industrial. El libro de G. Salvemini Tendenze vecchie e necessità nuove del movimento operaio italiano (Bolonia, 1922), está lleno de ejemplos en este sentido. Escojo algunos de ellos, que me parecen los más típicos.

En 1914, los obreros de la industria azucarera, que eran 4.500, es decir, una pequeñísima categoría, estaban protegidos por los socialistas reformistas, que pedían al gobierno la protección aduanera del azúcar, sin preocuparse por la industria damnificada por el elevado precio de la materia prima. Esta petición perjudicaba a todos los consumidores italianos, obligados a pagar a precio más alto no sólo el azúcar, sino también las confituras y las mermeladas. No sólo eso, también limitaba el entero consumo de las segundas, impedía su exportación y, por lo tanto, disminuía el trabajo de los obreros de estas industrias. Los obreros de las fábricas azucareras hubieran debido, pues, o pedir la protección de ambas industrias o pedir el libre comercio para el azúcar, con lo que habrían podido ser absorbidos por el desarrollo de la industria de las confituras y las mermeladas. Esto por el interés general. ¿Pero cómo pretender que los obreros de las azucareras que ganan “salarios elevados, desconocidos por otras categorías de trabajadores” (Avanti!, 10 de marzo de 1910) renunciasen a su posición privilegiada?

Otro ejemplo. Antes de la guerra, funcionaban en Italia 37 minerías de lignito, que en 1913 produjeron 700.000 toneladas de combustible. Durante la guerra, al subir el lignito extranjero a precios altísimos, fue conveniente explotar incluso los yacimientos más pobres; y las minerías pasaron a 137, aunque la producción sólo creció en 400.000 toneladas, parte de las cuales provenía de una intensificación de la producción en las viejas minas. Acabada la guerra, descendieron los precios del lignito extranjero, la demanda de lignito menguó hasta que las 37 minerías volvieron a ser suficientes.

Los mineros añadidos, casi todos campesinos de los pueblos de los alrededores, se vieron amenazados con el despido o la disminución de salario. Grandes agitaciones, cuya consigna era “¡Ni un despido!”. Y un diputado socialista, presidente de un consorcio cooperativo minero, pidió al Gobierno que mantuviera la producción de lignito en las cifras del período de guerra, más aún, que las aumentase a cuatro millones de toneladas anuales, que la administración de los ferrocarriles transformase cierto número de locomotoras para adaptarlas al consumo de lignito, que los fogoneros de los ferrocarriles estuviesen mejor pagados para compensarles por el aumento de fatiga causado por el uso del lignito, que el uso del lignito se impusiera por ley en todos los servicios dependientes de las administraciones públicas en todos los casos en los que el lignito pudiera sustituir sin perjuicios al carbón, que el gobierno financiase a las sociedades que se plantearan la instalación de centrales eléctricas a base de lignito, y que tales instalaciones quedasen exentas de la declaración de los beneficios extraordinarios conseguidos durante la guerra.

Es decir, el diputado socialista pedía que se consumieran millones para favorecer a algunos centenares de mineros, muchos de los cuales podían volver a sus campos. ¡Mineros que hubieran trabajado con el pesado pico para consumir los millones conseguidos de don Pantaleón!

Hay que destacar que la agitación de los mineros de la cuenca carbonífera de Valdarno estaba capitaneada por organizadores de la Unión Sindical Italiana. El caso antes citado es, pues, doblemente interesante y requiere reflexión porque nos conduce a un lado descuidado por los anarquistas que operan en las uniones sindicales (el proteccionismo), y porque nos permite entrever qué problemas de este género se nos pueden presentar en un período revolucionario (la tendencia de algunas categorías concretas de trabajadores a hacer sobrevivir industrias no rentables para la economía nacional). ¿Cuál ha sido la actitud de los anarquistas afiliados a la Confederación General del Trabajo y a la Unión Sindical Italiana frente al colaboracionismo socialista-patronal? Cuando los dirigentes de la FIOM antepusieron el interés de 30.000 obreros, empleados en la siderurgia, que vivía a la sombra del proteccionismo aduanero y de la subvención estatal, al interés de 270.000 obreros empleados en industrias del hierro de segunda y tercera elaboración (metalúrgicas y mecánicas), que habrían salido ganando de haber tenido a su disposición la materia prima a buen precio, ¿cuál fue la actitud de los anarquistas organizados en la FIOM? Me parece que no hubo por parte de los anarquistas que forman parte de las organizaciones obreras una clara idea de su función de educadores. Habría sido una obra de educación clasista recordar que los millones destinados a la protección de las industrias parasitarias se usurparon en su mayor parte a una multitud de trabajadores de Italia. Los anarquistas se dejaron desplazar por los socialistas que, por razones demagógicas, renunciaron a aquella justa y bella intransigencia de los tiempos en los que el electoralismo, el mandarinismo y el colaboracionismo con la burguesía aún no habían triunfado. A los industriales ligures, que despedían 3.000 obreros y amenazaban con despedir otros 20.000 dentro de un mes si el gobierno no hubiera renunciado a disminuir las compensaciones a la marina mercante, el Avanti!, dirigido por aquel entonces por el reformista Leonida Bissolati, respondía:

“Los obreros saben que los millones destinados a la protección de la industria naval se usurparon en su mayor parte a una multitud de trabajadores de Italia; y por ello rechazan formular el deseo de que continúe una situación en la que el pan de los obreros de una región se pague con el hambre de los trabajadores del resto de Italia”.

(Avanti!, 24 de enero de 1901).

La degeneración a la que ha llegado la colaboración obrero-patronal en los centros industriales se manifiesta en que los elementos denominados revolucionarios convocan agitaciones para obtener del gobierno trabajo para la industria de guerra. Así lo describía Salvemini, en L’Unità del 11 de julio de 1913:

La Cámara del Trabajo de La Spezia, administrada por sindicalistas, republicanos y socialistas revolucionarios, ha promovido una huelga general.

¿Para protestar contra la muerte de algún obrero?

-No.

¿Para protestar contra una inicua sentencia de clase, dictada por la autoridad judicial?

-No.

¿En solidaridad con algún grupo de obreros en huelga?

-No.

¿Para resistir ante alguna ilegalidad de las autoridades políticas o administrativas?

-No.

Pues, ¿por qué?

-Para protestar contra el Gobierno que amenaza con quitarle a la dársena de La Spezia la construcción del acorazado Andrea Doria.

Se supone que, en cuanto puedan, los subversivos de La Spezia organizarán en su casa algún “solemne mitin” contra los gastos “improductivos”.

Hay que señalar que a la cabeza de este movimiento de protesta... revolucionaria, se hallaba una cooperativa, la de los obreros metalúrgicos (Giornale d’Italia, 24 de abril). Y hay que señalar también que la agitación de La Spezia se produjo al mismo tiempo que el consejo de administración de la Casa Ansaldo lamentaba en su informe anual no tener suficiente trabajo. Al mismo tiempo, los obreros del astillero Orlando de Livorno hacían manifestaciones domesticadas para reclamar que el Estado diese trabajo al astillero Orlando (Avanti!, 14 de mayo de 1913). Y los diputados de Nápoles se dirigían al honorable Giolitti para pedir “nuevos pedidos de afustes, cañones, espoletas y proyectiles” a los establecimientos de Nápoles, para que no hubiera nuevos despidos de obreros metalúrgicos (Il Corriere della Sera, 24 de mayo). Y los periódicos clerical-moderado-nacionalistas impulsaron la campaña para que el Gobierno iniciara la construcción en los astilleros de cuatro nuevos acorazados”.

Durante la semana roja los centros industriales permanecieron quietos. Durante la agitación intervencionista, los centros industriales participaron poco en la campaña de manifestaciones contra la guerra. Durante las agitaciones de postguerra los centros industriales fueron los más lentos en responder. Contra el fascismo ningún centro industrial se sublevó como Parma, como Florencia o como Ancona, y la masa obrera no ha dado ningún episodio colectivo de tenacidad y de espíritu de sacrifico que iguale el de Molinella.

Las huelgas agrarias de las regiones de Módena y de Parma siguen siendo la única página épica de la historia de la guerra de clases italiana. Y las figuras más generosas de organizadores obreros las ha dado la Puglia. Pero todo esto se desconoce. Se escribe y se habla de la ocupación de fábricas, pero se ha olvidado casi la de las tierras, mucho más grandiosa por su importancia. Se exalta al proletariado industrial mientras que ninguno de nosotros, aunque haya vivido y luchado en regiones eminentemente agrícolas, sabe que los campos han alimentado siempre las agitaciones políticas de vanguardia en las ciudades y siempre han dado pruebas, en especial en el campo sindical, de generosa combatividad.

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Fácil previsión: habrá algún mandarín que escribirá que no tengo “alma proletaria”, y habrá algunos lectores que entenderán que he pretendido despreciar al proletariado.

Un eco responde por mí: el de los calurosos aplausos que desde los astilleros y desde los talleres de la industria de guerra saludan el anuncio del submarino que hay que construir o los cañones que hay que fundir.

Responde por mí la táctica comunista que aconseja actuar en el seno de las corporaciones y por reivindicaciones económicas.

Responde por mí, sobre todo, la resignación del proletariado italiano, en particular el industrial. Esperar que el pueblo se despierte, hablar de acción de masas, reducir la lucha antifascista al desarrollo y al mantenimiento de cuadros del partido y del sindicato en vez de concentrar medios y voluntades en la acción revolucionaria que es la única que puede romper la atmósfera de envilecimiento moral en la que el proletariado italiano está corrompiéndose por completo, es vileza, es idiotez, es traición.