Título: Anarquismo, insurrecciones e insurreccionalismo
Autor/a: Andrew Flood
Fecha: 2006
Fuente: Recuperado el 21 de abril de 2013 desde anarchism.pageabode.com
Notas: Publicado originalmente en Red & Black Revolution Nº 11, 2006.

La insurrección —el levantamiento armado del pueblo— ha estado siempre rondando al corazón del anarquismo. Los primeros documentos programáticos del movimiento anarquista, fueron redactados por Bakunin y por un grupo de republicanos europeos de izquierda insurgente en transición al anarquismo en la Italia del 1860. En ellos, no rompían con el insurreccionalismo, sino que con el republicanismo de izquierda; poco después, Bakunin tomaría parte en una insurrección en Lyon, en 1870.

La política radical europea de los cien años previos, había estado dominada por insurrecciones diversas, desde que la exitosa insurrección de 1789, en Francia, desencadenó el proceso que llevó al derrocamiento global del orden feudal. El asalto a la Bastilla del 14 de Julio de 1789 demostró el poder del pueblo en armas; este movimiento insurrecional que cambiaría la historia de Europa, probablemente fue llevado a cabo por tan sólo mil personas.

Insurrección y política de clases

1789 también impuso el patrón de que, siendo la clase trabajadora la que constituía la masa insurgente, fue la burguesía la que cosechó los beneficios —suprimiendo a las masas en el proceso de introducir su dominio de clase. Esta lección no pasó desapercibida para quienes vieron la libertad como algo que involucraba la liberación económica y social de todos, y no el derecho de una nueva clase a explotar “democráticamente” a las masas.

En las insurrecciones republicanas que estallaron en Europa en el siglo siguiente, y particularmente en 1848, el conflicto entre las clases de capitalistas y pequeños capitalistas republicanos con las masas republicanas, se agudizó más y más. Hacia 1860, este conflicto llevó a la emergencia de un movimiento específicamente socialista que crecientemente fue percatándose de que la libertad para todos es algo que la burguesía republicana combatiría —del lado del viejo orden de ser necesario. Para Bakunin, fue la experiencia de la insurrección polaca de 1863 la cual le aclaró definitivamente que la burguesía republicana temía a una insurrección campesina más que al Zar. Entonces, la lucha por la libertad tendría que realizarse bajo una nueva bandera —una que buscase la organización de las masas trabajadoras según sus intereses exclusivos.

Estos anarquistas tempranos, acogieron las nuevas formas emergentes de organización obrera, y en particular, la Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional. Pero pese a que vislumbraron el poder de la clase obrera organizada en sus sindicatos, a diferencia de la mayoría de los marxistas, no entendieron esto como señal de que el capitalismo podría ser reformado. Los anarquistas insistían en que la insurrección sería aún necesaria para derrocar a la vieja clase dominante.

Insurrecciones anarquistas tempranas

Los intentos insurreccionalistas anarquistas se desarrollaron junto al crecimiento del movimiento. De hecho, incluso antes del alzamiento de Lyon, el anarquista Chávez López ya había estado envuelto en un movimiento insurgente indígena en México en abril de 1869, proclamando un manifiesto que llamaba a «reemplazar con el principio de gobiernos comunales autónomos,la soberanía del gobierno nacional, ya conocido como el corrupto colaborador de los hacendados».[1] En España en los 1870s, los intentos de los obreros de formar sindicatos enfrentaron una fuerte represión, con los anarquistas involucrados en múltiples insurrecciones, las que en el caso de algunos pequeños centros industriales durante las insurrecciones de 1873, fueron localmente exitosas. En Alcoy, por ejemplo, luego de que los obreros papeleros en huelga por una jornada de ocho horas fueran reprimidos, “los obreros ocuparon e incendiaron las fábricas, asesinaron al alcalde, y marcharon por las calles con las cabezas de los policías que habían masacrado”[2] En España se verían muchas insurrecciones lideradas por los anarquistas, antes de llegar a la más exitosa —aquella que enfrentó y casi derrotó al golpe fascista de Julio de 1936.

En Italia en 1877, Malatesta, Costa y Cafiero lideraron una banda armada en dos poblados de la Campania. Ahí quemaron los registros de impuestos y declararon el fin del reinado de Víctor Emmanuel —sin embargo, sus esperanzas de despertar la insurrección fracasaron y las tropas no tardaron en llegar. Bakunin ya había estado involucrado en un intento de insurrección en Boloña, en 1874.

Los límites de las insurrecciones

Muchos de estos intentos insurreccionales tempranos, llevaron a una severa represión estatal. En España, el movimiento fue forzado a la clandestinidad a mediados de los 1870. Esto llevó al movimiento al período de la “Propaganda por el Hecho”, en el que algunos anarquistas reaccionaron a esta represión con el asesinato de elementos de la clase dominante, incluídos algunos reyes y presidentes. El Estado, a su vez, escaló la represión, luego de algunos bombazos en Barcelona en 1892, y alrededor de 400 personas fueron llevadas a las mazmorras de Montjuich, donde fueron torturadas. Se les arrancaron las uñas, los hombres colgaban de los techos y sus genitales les eran torcidos y quemados. Muchos murieron a causa de la tortura antes de ser llevados a juicio y cinco serían luego ejecutados.

Se puede argumentar que la falla teórica fatal durante este período, fue la creencia de que los trabajadores en todas partes estaban prestos a rebelarse y por tanto, todo lo que los grupos anarquistas debían hacer era encender este reguero de pólvora con una insurrección. Esta debilidad teórica, no sólo era exclusiva del anarquismo —como ya hemos visto, tal era también el enfoque del republicanismo radical, lo que significó que a veces, como en España y en Cuba, anarquistas y republicanos se encontraron luchando juntos en contra de las fuerzas estatales. En otros lugares, la izquierda también jugó tal rol —la Rebelión de Pascuas de 1916 en Irlanda vio una alianza militar entre sindicalistas revolucionarios y nacionalistas.

Sin embargo, la aproximación organizativa original de los anarquistas del círculo de Bakunin no se limitaba a organizar intentos insurreccionales, sino que además, incluía el involucramiento de los anarquistas en las luchas de las masas obreras. Si bien algunos anarquistas respondieron a las circunstancias generando una ideología alrededor del “ilegalismo”, la mayoría comenzaba a orientarse hacia estas luchas de masas y, en particular, formaban y entraban a los sindicatos de masas, sobre bases sindicalistas revolucionarias. En los primeros años del siglo XX, los anarquistas participaban, o sencillamente formaron, la mayoría de los sindicatos revolucionarios que dominaron la arena de la política radical hasta la Revolución Rusa. Muchas veces, estos mismos sindicatos se veían ellos mismos envueltos en insurrecciones, como en 1919 en Argentina y Chile, que incluyó en Chile a trabajadores que “tomaron posesión de la ciudad patagónica de Puerto Natales, bajo las banderas rojas y los principios anarco-sindicalistas”.[3] Anteriormente, en 1911, los anarquistas mexicanos del PLM, con ayuda de muchos miembros de la IWW de los EEUU, “organizaron batallones... en Baja California y tomaron posesión de la ciudad de Mexicali y de las áreas circundantes”.

Insurrecciones y Comunistas Anárquicos

La tradición organizativa de los anarco-comunistas en el anarquismo, puede ser rastreada hasta Bakunin y los primeros documentos programáticos producidos por el emergente movimiento anarquista de los 1860s. Pero estas ideas organizativas no fueron desarrolladas de ninguna manera colectiva, sino hasta la década del 1920. Aún había individuos y grupos que defendían los principios claves del anarco-comunismo organizado; presencia en la lucha de masas del pueblo obrero y necesidad de una organización y propaganda anarquistas específicas.

El anarco-comunismo se perfiló claramente en 1926 cuando un grupo de revolucionarios exiliados analizaron el por qué del fracaso de sus esfuerzos hasta la fecha. El resultado de este proceso fue la publicación de un documento conocido como la “Plataforma Organizativa de los Comunistas Libertarios”, que ya hemos en otras ocasiones analizado en detalle.[4]

Lo relevante en este caso, es llamar la atención de que, al igual que sus predecesores de 1860, este grupo de anarco-comunistas trataban de aprender de la participación de los anarquistas en las insurrecciones y revolución del período de 1917-1921. En este grupo se encontraba Nestor Makhnó, figura clave de la masiva insurrección conducida por los anarquistas en la Ucrania occidental. El Ejército Insurgente Revolucionario de Ucrania luchó durante esos años contra los austro-húngaros, contra los pogrom anti-semitas, varios ejércitos blancos y contra el Ejército Rojo controlado por los bolcheviques.

Los “plataformistas”, como se les llamaría después, escribieron “El principio de la esclavitud y de la explotación de las masas por la violencia, constituye la base de la sociedad moderna. Todas las manifestaciones de su existencia: economía, política, relaciones sociales, descansan sobre la violencia de clase, cuyos órganos de los que sirve son: Autoridad, la policía, el ejército, los juzgados... El progreso de la sociedad moderna: la evolución del Capital y el perfeccionamiento de su sistema político, fortalece el poder de la clase dominante, y hace la lucha en contra de ellos más difícil... El análisis de la sociedad moderna nos lleva a la conclusión que la única vía para transformar la sociedad capitalista en una sociedad de trabajadores libres, es la vía de la Revolución Social violenta”.[5]

La experiencia española

El siguiente desarrollo del comunismo anárquico, una vez más, iba de la mano de quienes habían estado al centro de una experiencia insurreccional — esta vez, el grupo “Los Amigos de Durruti”, activos en la insurrección de Barcelona de Mayo de 1937. Los “miembros y simpatizantes (de los Amigos de Durruti) eran camaradas prominentes del frente de batalla de Gelsa”.[6]

Los Amigos de Durruti estaba compuesto de miembros de la CNT que eran altamente críticos del rol jugado pro esta organización en 1936: “No se supo valorizar la C.N.T. No se quiso llevar adelante la revolución con todas sus consecuencias. Se temieron las escuadras extranjeras... ¿Es que se ha hecho alguna revolución sin tener que afrontar innúmeras dificultades? ¿Es que hay alguna revolución en el mundo de tipo avanzado que haya podido eludir la intervención extranjera?... Partiendo del temor y dejándose influenciar por la pusilanimidad no se llega nunca a la cima. Solamente los audaces, los decididos, los hombres de corazón, pueden aventurarse a las grandes conquistas. Los temerosos no tienen derecho a dirigir las multitudes... La C.N.T. debía encaramarse en lo alto de la dirección del país, dando una solemne patada a todo lo arcaico, a todo lo vetusto, y de esta manera hubiésemos ganado la guerra y hubiéramos salvado la revolución... Pero se procedió de una manera opuesta... Se inyectó un balón de oxígeno a una burguesía anémica y atemorizada”.[7]

A lo largo y ancho del mundo, el anarquismo había sido aplastado en el período previo, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Los anarquistas se vieron participando en los movimientos guerrilleros anti-fascistas de Europa durante la Guerra, pero después, fueron reprimidos tanto por el “comunismo” oriental, así como por la “democracia” occidental. En Uruguay, uno de los pocos lugares donde un significativo movimiento anarquista sobrevivió, la FAU libró una lucha armada clandestina en contra de la dictadura militar en los 70s. Los anarco-sindicalistas cubanos, en particular los obreros tabacaleros, jugaron un significativo rol en la Revolución Cubana, sólo para ser reprimidos posteriormente por el nuevo régimen.

La ideología del insurreccionalismo

Hay una larga tradición en el anarquismo de construir ideologías alrededor de una táctica. No sorprende, entonces, que a larga y honda participación de anarquistas en insurrecciones ha dado origen a una ideología anarquista insurreccionalista.

Una definición temprana del insurreccionalismo (en inglés) la encontramos en esta traducción de 1993: “Consideramos como la forma de lucha más adecuada en el presente estado del conflicto de clases, en casi todas las situaciones, a la lucha insurreccional, y esto es particularmente cierto en el área mediterránea. Por práctica insurreccionalista, nos referimos a la actividad revolucionaria que intenta recuperar la iniciativa en la acción y no se limita a esperar o a simples respuestas defensivas para atacar a las estructuras de poder. Los insurreccionalistas, no se suscriben a las prácticas cuantitativas de esperar, por ejemplo, a los proyectos organizativos cuyo primer objetivo es crecer en números antes de intervenir en las luchas, y que, durante este período de espera, se limitan al proselitismo y a la propaganda, o a la tan estéril como inocua contrainformación”.[8]

Como ideología, el insurreccionalismo se origina en las peculiares condiciones de Italia y Grecia en la post-guerra. Hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, había una posibilidad revolucionaria real en ambos países. En muchas áreas, los partisanos de izquierda expulsaron a los fascistas antes de que las fuerzas aliadas llegaran. Pero según los acuerdos de Yalta, Stalin instruyó a la izquierda revolucionaria oficial en el Partido Comunista, que contuvieran la lucha. Como resultado de ello, Grecia pasaría décadas bajo dictaduras militares, mientras que en Italia, el Partido Comunista, continuaba conteniendo las luchas. El insurreccionalismo fue una entre muchas ideologías socialistas nuevas que nacieron debido a estas particulares circunstancias. El desarrollo del insurreccionalismo en ambos países, empero, está más allá del enfoque de este artículo. Lo que más nos interesa, es el desarrollo de la ideología insurreccionalista en el mundo angloparlante.

Insurreccionalismo en el mundo angloparlante

Un insurreccionalista ha descrito cómo las ideas llegaron desde Italia, “El anarquismo insurreccionalista se ha desarrollado en el movimiento anarquista de habla inglesa desde los 80s, gracias a las traducciones y escritos de Jean Weir en sus ‘Ediciones Elephant’ y en su revista ‘Insurrection’... En Vancouver, Canadá, los camaradas que participaban en la Cruz Negra Anarquista, así como en el Centro Social Anarquista local, y en las revistas ‘No Picnic’ y ‘Endless Struggle’ fueron influenciados por los proyectos de Jean y esto conllevó a la práctica siempre en desarrollo de los anarquistas insurreccionalistas de esa región hoy día... La revista anarquista ‘Demolition Derby’ en Montreal también hablaba de algunas noticias anarquistas insurreccionalistas en aquellos días”.[9]

Que ese insurreccionalismo surgiera como una tendencia más distinguible en el anarquismo angloparlante en este período, tampoco debiera sorprendernos. El masivo rebrote que el anarquismo experimentó con los movimientos de protestas a los foros globalizadores fue en parte debido al gran grado de visibilidad de las tácticas del Bloque Negro. Luego de las protestas al Foro de Praga en el 2000, el Estado aprendió cómo reducir enormemente la efectividad de tales tácticas. Poco después de las desastrozas experiencias de Génova y de un número de Blooques controlados en los EEUU, surgieron argumentos que enfatizaban una mayor militancia y una organización de carácter más clandestino , por una parte, así como alejarse del espectáculo de las protestas en los foros, por otra.

A la vez, muchos jóvenes que entraban a la política anarquista por vez primera, frecuentemente, asumían de manera incorrecta que la imagen militante que les había llamado la atención por vez primera en las noticias, era producto del insurreccionalismo en particular. De hecho, la mayor parte de las variantes de anarquismo clasista, incluyendo los anarco-comunistas y sindicalistas revolucionarios, habían participado en protestas al estilo del Bloque Negro en estos foros. Como todas estas variantes consideran que la insurrección es una parte significativa para alcanzar la sociedad anarquista, no hay nada de sorprendente en que se hayan involucrado en un poco de lucha callejera en las ocasiones en que tales tácticas tenían sentido. Para el foro de Génova, cuando el Estado ya había, obviamente, aumentado los niveles represivos a su disposición, los anarco-comunistas debatían si tales tácticas tendrían futuro, en las columnas de revistas como ‘Red & Black Revolution’ y otras.

Las ideas del insurreccionalismo

Es probablemente de utilidad el aclarar ciertos mitos sobre el insurreccionalismo desde el comienzo. El insurreccionalismo no se limita a la lucha armada, pese a que pueda incluir la lucha armada, y la mayoría de los insurreccionalistas son bastante críticos del elitismo de las vanguardias armadas. Ni tampoco quiere decir que están constantemente tratando de comenzar insurrecciones; la mayoría de los insurreccionalistas son los bastante inteligentes como para darse cuenta de que el programa máximo no es siempre posible, aún cuando estén siempre dispuestos a condenar a otros anarquistas por esperar.

¿Qué es entonces el insurreccionalismo? “Do or Die” n.10, publicó una introducción útil[10], con el título de “Anarquismo Insurreccionalista: ¡Organizándonos para Atacar!”.[11] Usaré citas de manera sustantiva de esta artículo en la discusión que sigue.

El concepto de “ataque” está en el corazón de la ideología insurreccionalista, el cual se explica como sigue:

“El ataque es el rechazo de la mediación, de la pacificación, del sacrificio, de la acomodación, de tranzar en la lucha. Es mediante la acción y el aprendizaje para la acción, no mediante la propaganda, como abriremos el camino a la insurrección, pese a que el análisis y la discusión tengan un rol en la clarificación acerca del cómo actuar. Esperar sólo enseña a esperar; al actuar, se aprende a actuar”.

Este ensayo se basa en varios trabajos insurreccionalistas previamente publicados, uno de ellos “Con el Cuchillo Listo”, explica que:

“La fuerza de una insurrección es social, no militar. La rebelión generalizada no se mide con los encuentros armados, sino que con el grado en que la economía se paraliza, los lugares de producción y distribución son tomados, la circulación gratuita que consume a todo cálculo... Ningún grupo guerrillero, sin importar cuán efectivo sea, puede reemplazar a este movimiento grandioso de destrucción y transformación”.[12]

La noción insurreccionalista del ataque no se basa en una vanguardia que logre la liberación para la clase obrera. En cambio, están claros de que “a lo que el sistema teme, no es tanto a estos actos de sabotaje en sí, sino que a que se propaguen socialmente”.[13] En otras palabras, las acciones directas de pequeños grupos sólo pueden ser exitosas si son asumidas por la clase obrera. Esta es una manera más útil de discutir la acción directa que el debate más convencional de la izquierda que polariza en dos extremos, “grupos de acción directa”, que ven a sus acciones como objetivos en sí mismas, versus organizaciones revolucionarias que rechazan pasar de la propaganda para la acción de masas —y que frecuentemente, condenan las acciones de los grupos pequeños como “elitistas”.

Revueltas y lucha de clases

Los insurreccionalistas, frecuentemente, reconocen la lucha de clases donde la izquierda reformista se niega a verla. Escribiendo sobre la Inglaterra de comienzos de los 80, Jean Weir observaba que “las luchas que tienen lugar en los ghettos del centro, son frecuentemente malinterpretados como violencia vandálica. Los jóvenes que luchan contra la exclusión y el aburrimiento son elementos de avanzada del choque de clases. Los muros del ghetto deben caer, no reforzarse”.[14]

La idea de que tal tipo de acciones deban propagarse por toda la clase obrera, es también vista por los insurreccionalistas como una importante respuesta al argumento de que el Estado puede, simplemente, reprimir a los grupos pequeños. Se señala que “es materialmente imposible para el Estado y el Capital, controlar todo el terreno social”.[15]

Como podría imaginarse, los deseos individuales son centrales al insurreccionalismo, pero no como en el individualismo de la “derecha libertaria”. Más bien, “el deseo de la auto-determinación individual y de la auto-realización conlleva a la necesidad de un análisis de clase y a la lucha de clases”.[16]

La mayoría de la teoría insurreccionalista que hemos revisado hasta ahora no presenta, hasta ahora, ningún problema real de principios para los anarco-comunistas. A nivel teórico, los problemas surgen con la ideología organizativa que los insurreccionalistas han elaborado en paralelo. Gran parte de ésta, ha sido elaborada como una crítica ideológica hacia el resto del movimiento anarquista.

El organizador

La crítica insurreccionalista del “organizador”, si bien es útil para advertir de los peligros que surgen con tal rol, se ha expandido hasta ser una posición ideológica que presenta tales riesgos como inevitables. Se nos dice que “es la labor del organizador el transformar a la multitud en una masa controlable y representar a esa masa en los medios o las instituciones estatales” y “para el organizador... la acción real siempre debe estar en el último vagón para mantener la imagen ante los medios”.

Probablemente, la mayoría de nosotros estamos habituados a campañas de izquierda, conducidas por algún partido en particular, en donde exactamente esto que se ha descrito es lo que ocurre. Pero nuestra experiencia nos demuestra que tal cosa no es inevitable. Es bastante factible que individuos colaboren en la organización de una lucha sin que esto ocurra. Un camarada que tiene más tiempo que el resto, toma más tareas que deben ser llevadas a cabo —¿no es entonces un organizador?

El problema con esta aparente condena a priori de los “organizadores” es que no permite un análisis de qué hace que ocurra esta clase de problemas y, por consiguiente, como puede prevenirse tal cosa.

En el caso de los medios, no hay misterio. Cualquiera que haga trabajo mediático para una lucha controvertida, será bombardeado con preguntas acerca de la eventualidad de la violencia —en términos mediáticos, esta es una historia que “vende”. Si sufren de esto todos los días, todas las semanas, entonces comenzarán a amoldar la lucha en función de esta agenda de los medios.

La solución es simple. Este problema sucede porque la izquierda tiende a tener a sus “líderes”, que hacen el trabajo clave de organización en las protestas, también como el contacto mediático de la protesta. Nuestra experiencia muestra que, al dividirse los dos roles, cosa que los organizadores de un evento específico no sea la misma gente que habla a los medios, entonces este problema se reduce bastante, si no completamente. Los organizadores reales están aislados de los medios, pero transmiten toda la información a quien sea nominado como vocero ante los medios. Ese vocero ante los medios no tiene, sin embargo, voto en cuanto a la organización de la protesta.

Los medios y la opinión popular

Esto nos lleva a la definición insurreccionalista de los medios: “Una opinión no es algo que primero se dé en medio del público en general y que, luego, sea reproducido en los medios, como un simple reportaje de la opinión pública. Una opinión existe primero siempre en los medios. Luego, los medios reproducen la opinión un millón de veces asociando la opinión a ciertos tipos de personas (los conservadores piensan x, los liberales piensan y). La opinión pública se produce como una serie de simples elecciones o soluciones (‘Yo estoy a favor de la globalización y del libre comercio’ o ‘yo estoy a favor de mayor control nacional y del proteccionismo’). Se supone que todos debemos elegir —como elegimos líderes o hamburguesas— en lugar de pensar nosotros mismos”.

Esto suena bastante bien —y hay un grado considerable de verdad en esto. Pero este análisis generalizador, nuevamente, previene la discusión respecto a cómo superar estos problemas. Hasta la hora en que tengamos nuestros propios medios alternativos — y aún así, muchos de los problemas mencionados seguirán ocurriendo— estaríamos dementes si no usáramos aquellas secciones de los medios mediante los cuales podemos llegar a millones de personas a las cuales la falta de recursos nos impide llegar.

Y si bien los medios gustan de simplificar las historias reduciéndolas a elecciones binarias, esto no significa que todos los que reciben la información a través de estos medios aceptan esta división. Mucha, si es que no toda la gente, tiene cierta comprensión de que los medios no son perfectos y por tanto tienden a no aceptar estas divisiones binarias.

¿Esperando la revolución?

Se nos dice que la izquierda, en general, y el resto del movimiento anarquista, en particular, esperan.

“Una critica de separación y representación que justifica la espera y acepta el rol crítico. Con el pretexto de no separarse del ‘movimiento social’, se termina denunciando cualquier práctica de ataque como ‘arranque de tarros’ o como mera ‘propaganda armada’. Una vez más, los revolucionarios son llamados a ‘desenmascarar’ las reales condiciones de los explotados, esta vez por su propia inacción. No hay, por tanto, rebelión posible sino en un movimiento social visible. Entonces, todo quien actúe debe, necesariamente, querer suplantar al proletariado. El único patrimonio a defender pasa a ser la ‘crítica radical’, la ‘lucidez revolucionaria’. La vida es miserable, entonces, no se puede más que teorizar la miseria”.[17]

Aquí encontramos la principal debilidad del insurreccionalismo —su falta de discusión seria de otras tendencias anarquistas. Se nos quiere hacer creer que otros revolucionarios, incluyendo todos los otros anarquistas, favorecen el esperar mientras se predica sobre los males del capitalismo, en vez de tomar la acción. Hay algunos pocos grupos para quienes esto pueda ser cierto, pero la cierto es que, incluyendo al movimiento revolucionario no anarquista, la mayoría de las organizaciones se involucran en formas de acción directa cuando creen que éstas tienen sentido táctico. En realidad, este es un juicio que también hacen los insurreccionalistas —como todos los demás, reconocen la necesidad de esperar hasta el momento preciso. Ellos reconocen que mañana no será hora de tomar por asalto la Casa Blanca.

Crítica de la organización

Otro aspecto en el que afloran las fallas de la ideología insurreccionalista es cuando se trata de la cuestión de la organización. El insurreccionalismo se declara a sí mismo en contra de la “organización formal” y a favor de la “organización informal”. Frecuentemente esto no queda muy claro, ya que por organización “formal” se refieren como una chapa, simplemente, para todo lo que pueda salir mal en una organización.

Los insurreccionalistas intentan definir la organización formal como “organizaciones permanentes que sintetizan todas las luchas en una única organización, y organizaciones que median las luchas con la instituciones de dominación. Las organizaciones permanentes tienden a transformarse en instituciones que se erigen encima de la multitud en lucha. Tienden a desarrollar una jerarquía formal o informal y a quitar el poder a la multitud... La constitución jerárquica de las relaciones de poder remueve las decisiones del momento en que es necesario tomarlas y las ubica dentro de la organización... las organizaciones permanentes tienden a tomar decisiones sin basarse en las necesidades de algún objetivo o acción específico, sino que en las necesidades de la organización, especialmente, de su preservación. La organización se convierte en un fin en sí mismo”.

Si bien esta puede ser una buena crítica del leninismo o de las formas social-demócratas de organización, no describe, en realidad, las formas anarquistas de organización existentes —en particular, la organización anarco-comunista. Los anarco-comunistas, por ejemplo, no pretenden “sintetizar todas las luchas en una organización única”. Mas bien, creemos que la organización específicamente anarquista deben involucrarse en las luchas de la clase obrera, y estas luchas deben ser dirigidas por la misma clase —no dirigidas por una organización cualquiera, sea anarquista o no.

Soluciones para el problema de la organización

Lejos de desarrollar las jerarquías, nuestra constitución no sólo prohíbe la jerarquía formal, sino que además contiene previsiones diseñadas para prevenir la emergencia de jerarquías informales. Por ejemplo, un considerable poder informal puede recaer sobre quien sea el único que pueda desarrollar algún tipo de tarea particular y que esté en esa posición durante varios años. Por esto, la constitución del WSM dice que ningún miembro puede permanecer en un cargo particular por más de tres años. Pasado ese tiempo, deben abandonar el cargo.

Esta clase de mecanismos formales para prevenir el desarrollo de jerarquías informales, son comunes en las organizaciones anarco-comunistas. De hecho, es un ejemplo de que la organización formal es una mayor protección en contra de la jerarquía, ya que nuestro método de organización formal también nos permite acordar reglas para prevenir el desarrollo de las jerarquías informales. El insurreccionalismo carece de una crítica seria de las jerarquías informales pero, como cualquiera activo en el movimiento anarquista en el mundo angloparlante lo sabe, la falta de organizaciones formales de alguna envergadura significa que los problemas de jerarquía en el movimiento son más que nada, problemas de jerarquía informal.

Si dejamos de lado todo aquello que es una desviación en la organización, entonces, el concepto insurreccionalista de organización “formal” se reduce a una organización que permanece entre y a lo largo de las luchas. Pero incluso en estas circunstancias su distinción se obscurece, pues los insurreccionalistas también preven que, a veces, las organizaciones informales puedan involucrarse en más de una lucha, o pasar de una lucha a la siguiente.

Desde una perspectiva anarco-comunista, el mayor fuerte de una organización, es que ayuda a crear comunicación, objetivos comunes y unidad entre y a lo largo de las luchas. No en el sentido formal de que todas las luchas sean forzadas en un programa y bajo un único mando. Sino que en el sentido informal de que la organización anarco-comunista actúe como un canal de comunicación, movimiento y debate entre las luchas que permite una mejor comunicación y aumenta, así, las posibilidades de la victoria.

La alternativa insurreccionalista —la organización informal

El método de organización favorecido por los insurreccionalistas se orienta según el principio de que “el mínimo de organización necesario para alcanzar nuestros objetivos es siempre lo mejor para maximizar nuestros esfuerzos”. Lo que esto significa es pequeños grupos de compañeros que se conocen bien y que tienen bastante tiempo disponible entre ellos para discutir diversas cuestiones o la acción —es decir, grupos de afinidad.

Se nos dice que “tener una afinidad con un camarada significa conocerle, haber profundizado el conocimiento sobre él. En la medida en que ese conocimiento crezca, la afinidad se acrecienta al punto de hacer la acción conjunta posible”.[18]

Por supuesto, los insurreccionalistas saben que los grupos pequeños son frecuentemente demasiado pequeños como para alcanzar un objetivo propio, y por ello plantean que estos grupos pueden federarse temporalmente para alcanzar un fin específico.

Ha habido intentos de extender esto a un plano internacional.

“La Internacional Insurreccionalista Anti-Autoritaria tiene por fin ser una organización informal... que se basa, por tanto, en la profundización progresiva del conocimiento recíproco de todos sus adherentes... para este fin, todos los adherentes deben enviar documentación que consideren necesaria para hacer su actividad conocida... al grupo promotor”.[19]

Los núcleos autónomos de base.

Es obvio que una revolución libertaria exitosa requiere de una masa de gente organizada. Los insurreccionalistas admiten esto, y han intentado construir modelos de organización de masas que se ajusten a sus principios ideológicos. Los núcleos autónomos de base, como se les llama, se basan originalmente en el Movimiento Autónomo de Obreros Ferroviarios de Turín y las ligas autogestionadas en contra de la base de misiles de Comiso.

Alfredo Bonnano en “La Tensión Anarquista”, describió la experiencia de Comiso de la siguiente manera: “un modelo teórico de esta naturaleza fue usado a fin de prevenir la construcción de la base de misiles norteamericana de Comiso a comienzos de los 80s. Los anarquistas que intervinieron durante dos años, formaron ‘ligas autogestionadas’”.[20]

Él las describe así, “Estos grupos no debieran estar compuestos exclusivamente de anarquistas. Todos quienes pretendan luchas para alcanzar los objetivos dados, incluso objetivos circunscritos, pueden participar siempre y cuando tomen en cuenta algunas condiciones esenciales. Primero que nada, el ‘conflicto permanente’, esto es, grupos que se caractericen en atacar la realidad en que se encuentran, sin esperar órdenes externas. Luego, la característica de ser ‘autónomos’, esto es, que no dependan ni tengan relaciones de ninguna clase con los partidos políticos o las organizaciones sindicales. Finalmente, que enfrenten a los problemas uno por uno, y que no propongan plataformas con demandas genéricas que inevitablemente terminarían transformándose en administradores, como un mini-partido o como una diminuta alternativa a los sindicatos”.[21]

Por más que tengan el título de autogestionadas, estas ligas, de hecho, se parecen mucho a los referentes usados para vincular y controlar las luchas sociales de diversas organizaciones leninistas. ¿Por qué? Pues porque la definición entregada es de una organización que, a la vez que busca organizar a las masas, lo hace según los lineamientos definidos por los grupos informales de anarquistas. De ser verdaderamente autogestionada, ciertamente, sería la misma Liga la que definiría su método de operación y qué cuestiones serían en torno a las cuales lucharía. Pero desde los inicios, la Liga excluye no sólo a todas las otras organizaciones que pudieran hacer la competencia, sino que incluso, las relaciones con partidos politicos u organizaciones sindicales. Insistimos, cualquier lucha realmente autogestionada, decidirá ella misma con quien mantener relaciones y no seguirá, sencillamente, los dictados de una minoría ideológica organizada.

Otro insurreccionalista, O.V., define a las ligas como “el elemento que vincula a la organización específica informal anarquista a las luchas sociales”, y dice de ellas, “los ataques son organizados por los núcleos, en colaboración con las estructuras específicas anarquistas que proveen del apoyo práctico y teórico, desarrollando la búsqueda de los medios requeridos para la acción, señalando las estructuras y los individuos responsables de la represión, y ofreciendo un mínimo de defensa en contra de los intentos de recuperación política o ideológica del poder o en contra de la represión pura y simple”.[22]

En todo caso, esto termina siendo peor —las estructuras anarquistas específicas reciben el rol de determinar ellas mismas cualquier decisión significativa para la Liga. Esto convierte en un sinsentido cualquier declaración sobre autogestión y transforma a tal liga en una criatura manipulada por cuadros autoproclamados de auténticos revolucionarios, supuestamente, capaces de tratar con aquellas cuestiones que los otros miembros no pueden. Esto parece contradecir tanto lo que los insurreccionalistas predican, que es necesario que nos detengamos a considerar por qué terminan en semejante posición.

La cuestión del acuerdo

La razón subyace en el hecho de que la acción común precisa, obviamente, de un cierto nivel de acuerdo en común. La aproximación insurreccionalista a esto, es muy difícil de comprender, y es la razón por la cual tan curiosas contradicciones emergieron en las ligas autogestionadas defendidas por ellos. El problema es que para alcanzar acuerdo, se requiere de tomar decisiones, y en el proceso de tomar decisiones, se abre la posibilidad de que una decisión mayoritaria contravenga lo que piensan los cuadros informales.

El artículo de ”Do or Die” intenta definir este evidente problema de la siguiente manera: “la autonomía permite que se tomen decisiones cuando sea necesario, en vez de predeterminarlas o retrasarlas con las decisiones de un comité o de una asamblea. Esto no significa , sin embargo, que no debiéramos pensar estratégicamente acerca del futuro ni tener acuerdos o planes. Al contrario, los planes y acuerdos son útiles e importantes. Lo que enfatizamos, es la flexibilidad que permita a la gente el desembarazarse de los planes, cuando éstos se vuelvan inútiles. Los planes debieran ser adaptables a los eventos en la medida en que se desencadenan”.

Esto nos plantea más interrogantes que lo que intentaba responder —¿cómo es posible planificar sin predeterminar algo?, si un grupo de gente piensa estratégicamente acerca del futuro ¿no ese grupo, entonces, un comité o una asamblea, aunque no utilice tal nombre? ¿hay realmente quien se empecine con planes que no sean adaptables en la medida en que los eventos se desencadenen?

Desde una perspectiva anarco-comunista, el punto del pensamiento estratégico acerca del futuro, es utilizar ese pensamiento para la planificación a futuro. Los planes requieren de la toma de decisiones por adelantado —predeterminadamente, por lo menos hasta cierto punto. Y los planes deben ser acordados y elaborados formalmente, lo que, ciertamente, implica asambleas y, posiblemente, reuniones de algún comité. ¿Para qué negar todo esto?

Negociación

Al igual que los más ideologizados anarco-sindicalistas, los insurreccionalistas toman una posición ideológica en contra de las negociaciones. “Los compromisos sólo hacen al Estado y al Capital más fuertes”, nos dicen. Pero esta consigna sólo funciona cuando se es un grupo reducido sin ninguna influencia sobre las luchas. A menos que sea en un contexto revolucionario, resulta inusual ganar de lleno una lucha; por tanto, si queremos que a nuestras ideas se les ponga atención, una y otra vez, nos veremos enfrentados, ora a una victoria limitada, y consecuentemente, negociada, o arriesgamos la derrota en las puertas de la victoria, por plantear la lucha más allá de lo que sabemos puede obtenerse. Ciertamente, nuestro objetivo ha de ser ganar todo cuanto nos sea posible, ¿o ha de ser sucumbir en gloriosas derrotas?

Aparentemente para ellos, la cuestión no sería ganar. Un insurreccionalista, entusiasta, describe cómo “los obreros que, durante una huelga ilegal, llevaban un cartel que decía, ‘No pedimos nada’, comprendían que la derrota está implícita en su reclamo”.[23] Esto sólo tiene sentido si los obreros en cuestión ya son revolucionarios. Si esta es una lucha social , digamos, por reducción en las rentas o por un aumento de salarios, tal cartel es un insulto a las necesidades de los que están luchando.

A menos que sea durante la revolución, la cuestión no es si negociar o no negociar, sino mas bien, quién negocia, con qué mandato y sujeto a qué procedimientos. La realidad es que, de evadirse estas cuestiones, el vacío resultante será llenado por los autoritarios, quienes estarán felices de negociar en sus términos, de manera de minimizar su responsabilidad ante las bases.

Represión y debate

Sin entrar en los detalles de cada controversia, un problema grave en todos los países en donde los insurreccionalistas llevan sus palabras a los hechos, es que frecuentemente esto significa ataques que logran poco o nada, excepto proveer de una excusa para la represión estatal y aislar al conjunto de los anarquistas, no sólo a aquellos responsables, del movimiento social más amplio.

Los insurreccionalistas plantean estar abiertos a debatir tácticas, pero la realidad de la represión estatal significa que, en la práctica, cualquier crítica de esas acciones sea presentada como alinearse con el Estado. Casi hace 30 años, Bonnano intentó definir a todos los que piensan que tales acciones son prematuras o contra-productivas como partidarios del Estado, cuando escribió en el “Placer Armado” que,

“Cuando decimos que el tiempo no ha llegado para atacar con las armas al Estado, estamos abriendo las puertas del manicomio para aquellos camaradas que realizan tales acciones; cuando decimos que no ha llegado la hora de la revolución, estamos ajustando la camisa de fuerza, cuando decimos que, objetivamente, tales acciones son una provocación, ponemos su traje blanco a los torturadores”.[24]

La realidad es que, muchas de las acciones adjudicadas por los insurreccionalistas, no están más allá de las críticas —y si a los trabajadores no se les permite criticar tales acciones, ¿no quedan entonces reducidos al rol de meros observadores pasivos en una lucha entre el Estado y la minoría revolucionaria? Si, como nos dice Bonnano implícitamente, no se pudiera criticar aún las más descabelladas de las acciones, entonces, no hay ninguna clase de discusión táctica.

Hacia una teoría anarco-comunista

Los anarquistas comunistas han adoptado una aproximación diferente para probar la cordura de alguna accion militante. Esta significa que, cuando se dice actuar a favor de algún grupo en particular, entonces hay primero que demostrar que este grupo está de acuerdo con la clase de tácticas que se proponen utilizar. Esta cuestión es mucho más importante para la práctica anarquista que la cuestión de si lo que algún grupo anarquista decide es una táctica apropiada o no.

Como hemos visto, los anarco-comunistas no tienen objeciones de principio hacia las insurrecciones, ya que nuestro movimiento se ha forjado en una tradición de insurrecciones y se ha inspirado en muchos de los protagonistas de tales insurrecciones. En el presente, continuamos desafiando las limitaciones que el Estado busca imponer a la protesta cuando esto conlleva llevar las luchas hacia adelante. Pero insistimos, este no es un juicio que nos corresponde a nosotros tomar solos —en casos en que planteamos solidarizar con algún grupo (ej, trabajadores en huelga), debe ser entonces ese grupo el que dicte los limites de las tácticas que se puedan usar en sus luchas.

El insurreccionalismo ofrece una crítica útil de bastante de lo que ha sido una práctica común en la izquierda. Pero, falazamente, intenta extender tal crítica a todas las formas de organización anarquista. Y en ciertos casos, las soluciones propuestas para superar problemas reales de la organización resultan peores que los problemas que se proponían resolver. Los anarco-comunistas, ciertamente, pueden encontrar los textos insurreccionalistas instructivos, pero la solución a los problemas de la organización revolucionaria no serán encontrados en ellos.

[1] John M Hart’s «Anarchism and the Mexican Working Class».

[2] James Joll, The Anarchists, 229.

[3] Agradezco a Pepe por la información en los eventos de Argentina y Chile.

[4] Revisar los números 8 y 10 de Hombre y Sociedad (N. del E.).

[5] Organisational Platform of the Libertarian Communists, Dielo Trouda (Workers’ Cause), 1926 ver http://struggle.ws/platform/plat_preface.html

[6] Jaime Balius (secretario de los Amigos de Durruti), Hacia una Nueva Revolución, ver http://struggle.ws/fod/towardsintro.html

[7] Hacia una Nueva Revolución.

[8] For an Anti-authoritarian Insurrectionist International-Proposal for a Debate, Anti-authoritarian Insurrectionalist International, (Promoting Group), Elephant Editions 1993 ver http://www.geocities.com/cordobakaf/inter.html

[9] Andy en respuesta a una versión preliminar de este artículo en el foro anti-politics, ver http://www.anti-politics.net/forum/viewtopic.php?t=1052

[10] La cual contiene, sin embargo, un error básico, el de describir, curiosamente a la Federación Anarquista Italiana sintetista como “una organización plataformista”, lo que sugiere que los autores hicieron nulo o muy poco esfuerzo por comprender lo que el plataformismo es antes de rechazarlo.

[11] Do or Die 10, 2003, online at http://www.eco-action.org/dod/no10/anarchy.htm

[12] Anon., At Daggers Drawn with the Existent, its Defenders and its False Critics, Elephant Editions ver http://www.geocities.com/kk_abacus/ioaa/dagger.html

[13] Do or Die 10 , «Insurrectionary Anarchism and the Organization of Attack».

[14] J.W., Insurrection, online at http://www.geocities.com/kk_abacus/insurr5.html

[15] Do or Die 10 , «Insurrectionary Anarchism and the Organization of Attack».

[16] Do or Die 10 , «Insurrectionary Anarchism and the Organization of Attack».

[17] Anon., At Daggers Drawn with the Existent, its Defenders and its False Critics, Elephant Editions ver http://www.geocities.com/kk_abacus/ioaa/dagger.html

[18] O.V.,Insurrection, online at http://www.geocities.com/kk_abacus/insurr3.html

[19] For An Anti-authoritarian Insurrectionalist International, Elephant Editions 1993 ver http://www.geocities.com/kk_abacus/ioaa/insurint.html

[20] Alfredo Bonanno, The Anarchist Tension, Original, La Tensione anarchica. Traducido por Jean Weir, 1996, ver http://www.geocities.com/kk_abacus/ioaa/tension.html

[21] Alfredo Bonanno, The Anarchist Tension, Original, La Tensione anarchica. Traducido por Jean Weir, 1996, vert http://www.geocities.com/kk_abacus/ioaa/tension.html

[22] O.V.,Insurrection, ver http://www.geocities.com/kk_abacus/insurr2.html

[23] Anon., At Daggers Drawn with the Existent, its Defenders and its False Critics, Elephant Editions ver http://www.geocities.com/kk_abacus/ioaa/dagger.html

[24] Alfredo Bonanno, Armed Joy, Traducido por Jean Weir, Original, La gioia armata, 1977 Edizioni Anarchismo, Catania, 1998 Elephant Editions, Londres ver http://www.geocities.com/kk_abacus/ioaa/a_joy.html