Características

Un amigo mío escribió recientemente que: «nadie necesita otro -ismo del siglo XIX, otra palabra que aprisione y fije un significado, otra palabra que seduzca a un número de personas en la claridad y el confort de una caja sectaria y lleve a otros frente al pelotón de fusilamiento o a un juicio-espectáculo. Las etiquetas conducen con demasiada facilidad al fundamentalismo, generan inevitablemente la intolerancia, delineando doctrinas, definiendo dogmas y limitando la posibilidad de cambio».

Es muy difícil no estar de acuerdo con esta actitud. Sin embargo, hoy, mi grata tarea es precisamente presentar un — ismo, y este — ismo, que es la perspectiva dominante del movimiento social posmarxista que se observa en el mundo actual, es el anarquismo. Esta idea, la idea de anarquismo, ha influido en la sensibilidad del «movimiento de movimientos» del que participamos, y lo ha marcado con una inscripción esencial. El anarquismo, su paradigma ético, representa hoy la inspiración básica de nuestro movimiento, que no trata de tomar el poder del Estado sino de exponer, deslegitimar y desmantelar los mecanismos de dominio en tanto se conquistan espacios más amplios de autonomía.

Mi intención, en estos minutos a mi disposición, es presentar en forma breve la historia del anarquismo para sugerir, a continuación, un modelo de anarquismo moderno y las implicaciones estratégicas derivadas de la aceptación de dicho modelo.

Me inclino a coincidir con aquellos que ven el anarquismo como una tendencia en la historia de la práctica y el pensamiento humano; una tendencia que no puede ser abarcada por una teoría ideológica general que se esfuerza por identificar las estructuras sociales jerárquicas impuestas y autoritarias, cuestionando su legitimidad: si, como es frecuente, no se puede responder este desafío, entonces el anarquismo se convierte en un esfuerzo por limitar su poder y ampliar el alcance de la libertad.

El anarquismo es, por ende, un fenómeno social y tanto sus contenidos como sus manifestaciones en la actividad política cambian con el tiempo.

Característica distintiva del anarquismo es que, a diferencia de las principales ideologías, nunca ha podido tener una existencia estable y continua a través de un gobierno o como parte de un sistema de partido. Sus características históricas y contemporáneas están, por tanto, determinadas por otro factor: los ciclos de lucha política. Como resultado, el anarquismo tiene una tendencia «generacional», en el sentido de que se pueden identificar fases sutiles de su historia de acuerdo con el período de lucha en el que se enmarcan. Naturalmente, como cualquier otro intento por conceptualizar, éste también está condenado a ser simplificado. Espero que, a pesar de todo, sea útil para la comprensión de este fenómeno social.

Históricamente, la primera fase tomó forma bajo las luchas de clase de finales del siglo XIX en Europa y se ejemplifica tanto en la teoría como en la práctica con la facción bakuninista de la Primera Internacional. Empieza en el período anterior a 1848, llega a su apogeo con la Comuna de París (1871) y mengua en los años ochenta.

Es una forma de anarquismo bastante embrionaria que mezcla tendencias antiestatales, anticapitalistas y ateas, mientras conserva una dependencia esencial en la capacidad del proletariado urbano como agente revolucionario.

Bakunin, aquél maravilloso soñador, aquél «dinamita, no hombre», que en 1848, gritara: «la Novena Sinfonía de Beethoven debería salvarse de los fuegos venideros de la revolución mundial a costa de la propia vida», nos ha legado una de las descripciones más bellas y, quizás, más precisas de una idea seminal en la tradición anarquista: «soy un amante fanático de la libertad, considerándola como la única condición bajo la que la inteligencia, dignidad y felicidad humana pueden desarrollarse y crecer; no la pura libertad formal concedida, medida y regulada por el Estado, una mentira eterna que en realidad no representa más que el privilegio de algunos a costa de la esclavitud del resto; no la libertad individualista, egoísta, mezquina y ficticia ensalzada por la Escuela de J.-J. Rousseau y otras escuelas de liberalismo burgués, que considera los supuestos derechos de todos los hombres, representados por el Estado que limita los derechos de cada individuo: una idea que conduce inevitablemente a la reducción de los derechos de cada uno a cero. No, me refiero a la única libertad que merece tal nombre, una libertad que consiste en el pleno desarrollo de todos los poderes materiales, intelectuales y morales latentes en cada persona; la libertad que no reconoce otras restricciones que las determinadas por las leyes de nuestra propia naturaleza, que no pueden ser totalmente consideradas como restricciones, puesto que estas leyes no las impone legislador externo alguno, bien sea junto o por encima de nosotros, sino que son leyes inmanentes e inherentes que forman la verdadera base de nuestro ser material, intelectual y moral; no nos limitan pero son las condiciones inmediatas y reales de nuestra libertad».

La segunda fase, a partir de la guerra civil rusa de 1890, contempla un cambio considerable en Europa del Este y es, por tanto, claramente agraria.

En teoría es aquí donde el anarco-comunismo de Kropotkin se convierte en el rasgo dominante. Culmina con el ejército de Makhno y, tras la victoria bolchevique, lleva hacia una corriente centroeuropea. La tercera fase, de los años veinte a los cuarenta, se enfoca, de nuevo, en la Europa Central y Occidental y también se orienta a la industria.

Teóricamente es el apogeo del anarco-sindicalismo, con la mayoría del trabajo hecho por exiliados de Rusia. En este momento, la diferencia entre las dos tradiciones básicas en la historia del anarquismo se hacen claramente visibles: el anarco-comunismo —con Kropotkin como su mejor representante— y, por otro lado, el anarco-sindicalismo que se limitó a tomar las ideas anarquistas como medio ideal para organizar sociedades altamente complejas e industrialmente avanzadas. Y esa tendencia en el anarquismo se funde, o interrelaciona, con una variante del marxismo de ala izquierda, a la manera del observado en, digamos, el Consejo Comunista que creció en una tradición luxemburguista y que es representada más tarde, de un modo muy apasionante, por teóricos marxistas como Anton Pannekoek.

Tras la segunda guerra mundial, el anarquismo sufrió un revés importante debido a la reconstrucción económica; sólo se vislumbró de manera marginal en luchas antiimperialistas que, no obstante librarse en el sur, estuvieron bajo una marcada influencia pro-soviética. Las luchas de los años sesenta y setenta no contuvieron ningún resurgimiento serio del anarquismo, que todavía cargaba el peso muerto de su historia y aún no podía adaptarse a un nuevo lenguaje político que no se orientara a las clases. Así podéis encontrar tendencias anarquistas en grupos muy diversos que van desde los movimientos pacifistas, feministas, situacionistas, el black power, etc., pero nada que tuviera una clara identificación con el anarquismo. Los grupos «anarquistas» explícitos de este período fueron, a grandes rasgos, una repetición de las dos fases previas (comunista y sindicalista revolucionaria), bastante sectarias; en lugar de enfrentarse a las nuevas formas de expresión política, se cerraron en sí mismos, con tendencia a la adopción de estatutos muy rígidos como el anarquista de la llamada tradición «plataformista» de Maknoist. Por tanto, ésta es una cuarta generación «fantasma».

Al revisar el presente, se observan dos generaciones coexistentes dentro del anarquismo: aquella cuya formación política tuvo lugar en los sesentas y setentas (reencarnaciones de la segunda y tercera generación), y otros más jóvenes y mucho mejor informados, gracias a las corrientes de pensamiento indígena, feminista, ecológico y de crítica cultural, entre otras. La primera existe en varias federaciones anarquistas, como la IWW, la IWA, la NEFAC y otras. La última es más prominente en las redes del nuevo movimiento social. Desde mi perspectiva, People Global Action es el órgano principal de esta quinta generación de anarquismo. Lo que resulta a veces confuso es que una de las características del anarquismo actual es que los individuos y grupos que lo adoptan se autodenominan, generalmente, anarquistas. Hay quienes toman los principios anarquistas de antisectarismo y apertura de miras tan seriamente, que se muestran reacios a llamarse anarquistas por esa misma razón.

Pero los tres elementos esenciales que acompañan todas las manifestaciones de ideología anarquista están definitivamente ahí: antiestatismo, anticapitalismo y políticas prefigurativas (modos de organización que se asemejen conscientemente al mundo que se desea crear. O, como dijo un historiador anarquista de la guerra civil española «un esfuerzo por pensar no sólo las ideas sino los mismos hechos del futuro»). Esto está presente en cualquiera, desde colectivos de interferencia hasta en Indymedia, todos los cuales pueden ser denominados anarquistas, entendiendo que nos referimos a una nueva forma de anarquismo. El grado de confluencia entre ambas generaciones coexistentes es bastante limitado, y se manifiesta, sobre todo, en seguir lo que el otro hace, pero no mucho más.

El dilema básico que impregna al anarquismo contemporáneo, por tanto, es entre la concepción tradicional y la moderna de anarquismo. En ambos casos se observa un «escape de la tradición», cada uno a su manera.

Quizá los «anarquistas tradicionales» no han comprendido totalmente la tradición. La misma palabra «tradición» tiene dos significados históricos: a saber, el más frecuente y extendido, es el significado de folclore (cuentos, creencias, costumbres y normas de comportamiento), mientras que el otro significado es menos usual, y se interpreta como «contagiar, transmitir, articular, conferir, recomendar». ¿Por qué llamo la atención, a la vez que enfatizo, esta diferencia en el significado de la palabra «tradición»?

Exactamente por la posibilidad de que el término pueda ser comprendido, en la historia de las ideas, de dos maneras diferentes. Una forma (tal vez la más común) es que «tradición» se acepta como una estructura completa que no puede o no debe ser mudada en el futuro, sino que debería ser preservada y transmitida en su estado sólido e inmutable en el futuro. Dicha interpretación está conectada a esa parte de la naturaleza humana conservadora, propensa a un tipo de comportamiento estereotípico. Freud la llamaría, incluso, la «repetición a la compulsión». El otro significado de tradición, por el que abogo aquí, se refiere a la nueva forma creativa de revivir la experiencia de la tradición.

Esa forma de transmisión positiva —digámoslo con claridad— ha ejercido influencia sobre la otra cara de la naturaleza humana, provisionalmente considerada revolucionaria, en el orden de ideas de una verdad paradójica: el deseo de cambio y, al mismo tiempo, la sana necesidad de permanecer igual.

Otra forma de «escapar de la tradición» es aquella que se refugia en varias interpretaciones posmodernas del anarquismo.

Creo que es hora, por citar a Max Weber, de una cierta «des-ilusión» por el anarquismo, un despertar del sueño del nihilismo, antirracionalismo, neoprimitivismo, terrorismo cultural y otros «simulacros» posmodernos. Es hora de restaurar el anarquismo en su contexto intelectual y político del proyecto Ilustrado que no es más que entender que «el conocimiento objetivo es una herramienta para usarse, de tal manera que los individuos puedan tomar sus propias decisiones informadas». La razón, dice el famoso cuadro de Goya, no produce monstruos cuando sueña, sino cuando duerme.

Yo diría que, hoy, el diálogo entre las diferentes generaciones del anarquismo moderno es necesario. El anarquismo moderno está imbuido de innumerables contradicciones. No basta con renunciar al hábito de la mayoría de los pensadores anarquistas contemporáneos que insisten en las dicotomías.

Convendría abandonar la exclusividad del modo de pensamiento dicotómico y debatir, en búsqueda de síntesis. ¿Es este modelo sintético posible? A mí me parece que sí.

Un modelo distinto de anarquismo moderno, que se puede percibir dentro del nuevo movimiento social de nuestros días postula ampliar el enfoque antiautoritario, y abandonar el reduccionismo de clases. Tal modelo procura reconocer la «totalidad de la dominación», es decir, «destacar no sólo el Estado sino también las relaciones de género; no sólo la economía sino también las relaciones culturales, la ecología, sexualidad y libertad, de tal suerte que cada elemento pueda ser visto, no sólo a través del prisma único de las relaciones de autoridad, sino con conocimientos más ricos y diversos. Este modelo no sólo no condena la tecnología per se sino que se familiariza con ésta y emplea los diversos tipos de tecnología apropiados.

No sólo no critica las instituciones per se, o las formas políticas per se, sino que intenta concebir nuevas instituciones y formas políticas para el activismo y para una nueva sociedad, incluidas las nuevas formas de encuentro, de toma de decisiones y de coordinación, entre otras; y, más recientemente, incluye grupos de afinidad revitalizada y estructuras discursivas nuevas. No sólo no condena las reformas per se, sino que lucha por definir y obtener innovaciones no reformistas, atento a las necesidades y bienestar inmediatos de la gente, y atento a las movilizaciones encaminadas a mayores objetivos y, con el tiempo, a logros transformacionales en el futuro».

El anarquismo puede ser eficaz sólo si contiene y abarca tres componentes: organización de trabajadores, de activistas y de investigadores. ¿Cómo crear una base para un anarquismo moderno a nivel popular, sindical e intelectual?

Hay varias intervenciones en favor de otro anarquismo que sería capaz de promover los valores arriba mencionados. Primero, creo que es necesario para el anarquismo hacerse reflexivo. ¿Qué quiero decir con esto? La lucha intelectual debe reafirmar su posición en el anarquismo moderno. Al parecer, una de las debilidades básicas del movimiento anarquista actual, con respecto al de Kropotkin, Reclus o Herbert Read, es precisamente el descuido de lo simbólico y el soslayar la eficacia de la teoría.

En lugar de que los anarquistas critiquen el popular cuento de hadas sobre el «imperio» de los marxistas posmodernos, se debería escribir sobre el imperio anarquista. La religión marxista se ha referido, durante mucho tiempo, a la teoría; por eso se ha revestido de una apariencia científica y de la posibilidad de actuar como teoría. Lo que el anarquismo actual necesita es superar los extremos de antiintelectualismo e intelectualismo.

Al igual que Noam Chomsky, yo tampoco simpatizo ni tengo paciencia para tales ideas. Creo que el antagonismo entre ciencia y anarquismo no debería existir. «En la tradición anarquista ha habido un cierto sentimiento de que hay algo opresivo o rígido en la propia ciencia. No conozco argumento alguno que defienda la irracionalidad; los métodos de la ciencia son, simplemente, razonables y no veo por qué el anarquismo no deba ser razonable». Como Chomsky, tengo aún menos paciencia con respecto a una tendencia extraña que se ha extendido, en varias manifestaciones, dentro del anarquismo: «me indigna que, hoy, intelectuales de izquierda pretendan despojar al pueblo oprimido, no sólo de la satisfacción del conocimiento y la perspicacia, sino también de las herramientas de emancipación, diciendo que el proyecto de la Ilustración está muerto, que debemos abandonar las ilusiones de ciencia y racionalidad: un mensaje que agradecerán los poderosos...».

Más aún, ante nosotros yace la tarea de imaginar un tipo de investigador anarquista. ¿Cuál sería su papel? No el de pontificar, como lo hacen los viejos intelectuales de izquierda. No debería ser profesor, sino alguien que previese un papel nuevo y muy difícil: el de escuchar, explorar y descubrir.

Su papel es exponer los intereses de la élite dominante, muy ocultos tras los discursos supuestamente objetivos.

Debe ayudar al activismo y facilitarles hechos. Es necesario inventar una nueva forma de comunicación entre activistas y activistas académicos. Es necesario crear un mecanismo colectivo que vincule a científicos libertarios, trabajadores y activistas. Es necesario fundar institutos anarquistas, revistas y comunidades científicas internacionales. Creo que el sectarismo, un fenómeno por desgracia muy extendido en el anarquismo moderno, perdería poder como consecuencia de dicho esfuerzo. Uno de los intentos organizados de resistir el sectarismo en el anarquismo moderno es el esbozo de la nueva internacional anarquista, que recibí hace poco, y que leeré a continuación.

LA INTERNACIONAL ANARQUISTA es una iniciativa cuyo propósito es proporcionar un escenario para los anarquistas en todo el mundo, que deseen expresar su solidaridad con los otros, facilitar la comunicación y coordinación, aprender de los esfuerzos y experiencias de los demás y fortalecer una voz y una perspectiva anarquista más poderosa en la política radical en el mundo entero, pero que, al mismo tiempo, desee rechazar todo indicio de sectarismo, vanguardismo y elitismo revolucionario. No vemos el anarquismo como una filosofía inventada en Europa en el siglo XIX, sino como la misma teoría y práctica de la libertad —esa libertad genuina que no está construida sobre los hombros de otros—, un ideal redescubierto continuamente, soñado; un ideal por el que se ha luchado en cada continente y en cada período de la historia de la humanidad. El anarquismo tendrá siempre miles de líneas, porque la diversidad será siempre parte de la esencia de la libertad pero, al crear redes de solidaridad, esas líneas serán más poderosas.

Características
  1. Somos anarquistas porque creemos que la felicidad y libertad humanas estarían mejor garantizadas por una sociedad basada en los principios de autogestión, asociación voluntaria y ayuda mutua; y porque rechazamos todas las formas de relaciones sociales basadas en la violencia sistemática, como el Estado o el capitalismo.

  2. Somos, sin embargo, profundamente antisectarios, lo que significa dos cosas:

    1. No intentamos imponer ninguna forma particular de anarquismo sobre otra: plataformista, sindicalista, primitivista, insurreccionista o cualquier otra. No deseamos excluir a nadie, pues partimos de valorar la diversidad como un principio en sí mismo, limitado sólo por nuestro rechazo común a las estructuras de dominación, como racismo, sexismo, fundamentalismo, etcétera.

    2. Al no ver el anarquismo como una doctrina sino más bien como un proceso de movimiento hacia una sociedad libre, justa y sostenible, creemos que los anarquistas no deberían limitarse a cooperar únicamente con aquellos que se identifican a sí mismos como anarquistas, sino que deberían procurar la cooperación activa con cualquiera que trabaje por un mundo basado en los mismos principios liberadores amplios, y, de hecho, aprender de éstos. Uno de los propósitos de la Internacional es facilitar lo siguiente: atraer a algunos de esos millones de personas alrededor del mundo que son, efectivamente, anarquistas sin saberlo y ponerlos en contacto con los pensamientos de otros que han trabajado en la misma tradición, y, al mismo tiempo, enriquecer la propia tradición anarquista mediante el contacto con sus experiencias.

  3. Rechazamos todas las formas de vanguardismo y creemos que el papel propio del intelectual anarquista (papel que debería estar abierto a todo el mundo) es tomar parte en un diálogo continuo: aprender de la experiencia de la construcción de comunidades populares, y ofrecer los frutos de la reflexión sobre esa experiencia no con espíritu de pontificar sino de dar.

  4. Cualquiera que acepte estos principios es un miembro de la Internacional Anarquista y todo miembro de la Internacional Anarquista está autorizado para actuar como portavoz si lo desea. Porque valoramos la diversidad, no esperamos puntos de vista uniformes más que aquellos que aceptan los mismos principios (y, por supuesto, reconocer que dicha diversidad existe).

  5. La organización no es un valor ni un defecto en sí mismo; el nivel de la estructura organizacional apropiada para cualquier proyecto o tarea no debe dictarse de antemano sino que debe ser determinada por aquellos que se ocupan de ella en ese momento. Por tanto, determinar la forma y el nivel de organización de cualquier proyecto iniciado dentro de la Internacional debe estar en manos de quienes asumen el proyecto de marras. En este momento, no hay necesidad de crear una estructura para la toma de decisiones de la Internacional, pero si en el futuro los miembros la consideran necesaria, deberá ser el propio grupo el encargado de determinar el funcionamiento de dicho proceso, siempre que mantenga el amplio espíritu de la descentralización y la democracia directa.

Además, el anarquismo debe estudiar las experiencias de otros movimientos sociales. Debe ser incluido en los cursos de ciencia social progresista.

Debe estar en connivencia con ideas que provienen de círculos cercanos al anarquismo. Un ejemplo es la idea de la economía participativa que representa la visión de la economía anarquista por excelencia y que suple y rectifica la economía anarquista tradicional. También sería inteligente escuchar aquellas voces que advierten de la existencia de tres clases principales en el capitalismo avanzado, no sólo dos. Dichos teóricos definen esa tercera clase como la clase coordinadora. Su papel es el de controlar la labor de la clase trabajadora. Esta es la clase que incluye la jerarquía de gestión, de consultores profesionales y de consejeros centrales del sistema de control, como abogados, ingenieros clave, contables, etc. Deben su posición social a su relativo monopolio de conocimientos, destrezas y conexiones, todo lo cual les permite obtener acceso a las posiciones que ocupan en las jerarquías corporativas y gubernamentales.

Otro aspecto que vale la pena tener en cuenta sobre la clase coordinadora es su capacidad para ser una clase dirigente. En esto radica, de hecho, el verdadero significado histórico de la Unión Soviética y de otras naciones llamadas comunistas. Son sistemas que dan poder a la clase coordinadora.

Por último, creo que el anarquismo moderno debe esforzarse por tener una visión política.

Esto no quiere decir que las diversas escuelas de anarquismo no abogaran por formas específicas de organización social, aunque, a menudo, en marcado desacuerdo una con otra. En esencia, sin embargo, el anarquismo, en general, planteó por primera vez lo que los liberales llamarían «libertad negativa», es decir, una «libertad (formal) de», más que una «libertad (sustantiva) para».

En efecto, el anarquismo solía preciarse de su compromiso con la libertad negativa como muestra de pluralismo, tolerancia ideológica o creatividad.

Medjutim, fracaso del anarquismo al enunciar las circunstancias históricas que harían posible una sociedad anárquica sin Estado, produjo problemas en el pensamiento anarquista que aún permanecen sin resolver. Un amigo me dijo, no hace mucho tiempo: «vosotros lo anarquistas siempre os esforzáis por mantener las manos limpias, por eso, al final acabáis sin manos». Creo que este comentario se relaciona claramente con la carencia de pensamiento más serio sobre visión política.

Pierre Joseph Proudhon intentó formular una imagen concreta de una sociedad libertaria. Su intento fracasó, y visto desde mi perspectiva, fue completamente insatisfactorio. Sin embargo, este fracaso no debería desalentarnos, sino apuntar hacia el camino que siguen, por ejemplo, los ecologistas sociales en Norteamérica: un camino que conduce a la formulación de una visión política anarquista seria. Asimismo, el modelo anarquista debe abarcar el intento por responder la pregunta: «¿cuáles son las series de alternativas institucionales positivas que proponen los anarquistas frente a las legislaturas contemporáneas, los tribunales, la policía y diversas agencias ejecutivas?». «Ofrecer una visión política que abarque la legislación, implementación, adjudicación y aplicación [de leyes] y que muestre cómo podrían ser cumplidas con eficacia de un modo no autoritario; promover soluciones positivas no sólo proveería a nuestro activismo de la muy necesaria esperanza a largo plazo, también daría cuenta de nuestras reacciones inmediatas a los actuales sistemas electorales, legislativos y judiciales y, por ende, de muchas de nuestras opciones estratégicas».

Por último, ¿cuáles serían las implicaciones estratégicas de promover dicho modelo?

En varias ocasiones, en mi contacto con activistas anarquistas, he escuchado una propuesta estratégica por la que no tengo simpatía ni explicación.

Propone que deberíamos hacer un esfuerzo por vivir peor para mejorar las cosas. En contraste con esta lógica extraordinaria, que se resume en «cuanto peor, mejor», creo que sería más inteligente, y aun más sensato, escuchar el consejo de los anarquistas argentinos que apuestan por una estrategia de «ampliar el suelo de la jaula». Tal estrategia propone que es posible luchar por reformas y conseguirlas hasta un punto menos que la revolución, de tal suerte que mejoren tanto las condiciones como las opciones de la gente de forma inmediata y que, al mismo tiempo, propicien oportunidades para victorias futuras. Se entiende que esta estrategia se basa en que, ser partidario de una nueva sociedad no implica ignorar el dolor y sufrimiento actual de la gente, pero sí implica que, al trabajar para erradicar los males y mejorar las cosas inmediatas, es necesario actuar de tal manera que aumente nuestra conciencia, dé poder a los partidarios y fortalezca nuestras organizaciones para enfilarnos por una trayectoria de cambios consecutivos que culmine en nuevas estructuras económicas y sociales. Ampliar el suelo de la jaula no significa ignorar las pequeñas luchas salariales de la gente; poner fin a una guerra; u obtener acción afirmativa, mejores condiciones laborales, presupuestos participativos, tasas progresistas o radicales, jornadas laborales más cortas con paga completa, la abolición del FMI, o cualquier otro objetivo, pues implica respetar la realidad acerca del desarrollo de la conciencia de la gente y las organizaciones, a través de la lucha, y evita en forma tajante el desprecio que a veces surge entre los activistas por los valientes esfuerzos de la gente para mejorar la calidad de su vida.

Para concluir, creo que dicho modelo de anarquismo moderno podría tener un papel significativo: el de construir, frente a los actuales horrores del capitalismo, un movimiento posmarxista que reivindique los valores de la Ilustración para, por fin, comprenderlos en todo su potencial.

Gracias.

Me gustaría agradecer a mis amigos David Graeber, Uri Gordon y Michael Albert. Las ideas aquí leídas bien pudieran haber sido concebidas por cualesquiera de ellos.

«Esta falta de moderación, esta desobediencia, esta rebeldía del espíritu humano contra todo límite impuesto ora en nombre de dios, ora en nombre de la ciencia, constituyen su honor, el secreto de su poder y de su libertad.

Al buscar lo imposible el hombre ha realizado y reconocido lo posible, y aquellos que sabiamente se han limitado a lo que les parecía que era lo posible jamás han dado un paso adelante».

Miguel Bakunin, 1870