Ha pasado un año desde la muerte de Francisco Ferrer. Su martirio ha llamado a la indignación casi universal contra la camarilla de sacerdotes y dominadores que condenaron a un noble hombre a la muerte. Los elementos pensantes y progresivos de todo el mundo han vociferado su protesta sin ambigüedades. En todas partes se ha manifestado simpatía por Ferrer, víctima moderna de la Inquisición Española, y se ha expresado profundo aprecio por su obra y propósito. En resumen, la muerte de Ferrer ha tenido éxito —como probablemente ningún otro martirio de la historia reciente— en despertar la consciencia social de las personas. Ha esclarecido la actitud eternamente inalterable de la iglesia como enemiga del progreso; ha expuesto convincentemente al Estado como el calculador rival del avance popular; ha, finalmente, despertado profundo interés en el destino de los infantes y la necesidad de la educación racional.

Sería ciertamente una lástima si las energías intelectuales u emocionales despiertas de este modo hubieren de extinguirse en la mera indignación y en la especulación infructífera respecto a detalles sin importancia de la personalidad y la vida de Ferrer. Las congregaciones de protesta y las conmemoraciones aniversarias son muy necesarias y útiles, a su debido tiempo y lugar. Han satisfecho ya, en cuanto al mundo en toda su extensión se refiere, una gran labor educativa. Por medio de éstas se ha conducido a la consciencia social a comprender la enormidad del crimen cometido por la Iglesia y el Estado de España. Pero no es fácil de mover al “mundo en toda su extensión” a la acción; se requieren muchos martirios terribles para perturbar su equilibrio de estupefacción; e incluso cuando es perturbado, tiende rápidamente a reanudar su inmovilidad usual. Son los elementos pensantes y radicales los que son, literalmente, impulsores del mundo, los perturbadores intelectuales y emocionales de su insulsa ecuanimidad. No se debe permitir nunca que se tornen inactivos, pues también ellos están en peligro de ensimismarse en la mera adulación del mártir y la admiración retórica de su gran obra. Como el mismo Ferrer nos advirtió sabiamente: “Los ídolos se crean cuando se elogia a las personas, y esto es muy malo para el futuro de la especie humana. El tiempo dedicado al muerto sería mejor emplearlo en mejorar la condición de los vivos, la mayor parte de los cuales tienen gran necesidad de esto”.

Estas palabras de Francisco Ferrer debiesen ser destacadas en nuestras mentes. Los radicales, especialmente, —de cualquier credo— tienen mucho que reparar a este respecto. Le hemos dado demasiado tiempo a los muertos, y no suficiente a los vivos. Hemos idealizado a nuestros mártires al grado de descuidar las necesidades prácticas de la causa por la que murieron. Hemos idealizado nuestros ideales hasta la exclusión de su aplicación en la vida real. La causa de esto fue una apreciación inmadura de nuestros ideales. Eran demasiado sagrados para el uso cotidiano. El resultado es evidente, y bastante desalentador. Luego de un cuarto de siglo —y más— de propaganda radical, no podemos señalar a ningún logro muy particular. Algún progreso, sin duda, se ha logrado; pero en absoluto proporcional a los realmente tremendos esfuerzos realizados. Este fracaso comparativo, a su vez, produce un efecto aún más desilusionante: los radicales de antaño se salen de las filas, descorazonados; los más activos obreros se vuelven indiferentes, desalentados por la falta de resultados.

Es esta la historia de toda idea que revoluciona al mundo de nuestros tiempos. Pero especialmente es cierto del movimiento anarquista. Y necesariamente lo es, dado que por su naturaleza misma no es un movimiento que pueda conquistar resultados tangibles inmediatos, como los que un movimiento político, por ejemplo, puede lograr. Se podría decir que la diferencia entre incluso el movimiento político más avanzado, como el socialismo, y el anarquismo es esta: el primero busca la transformación de las condiciones políticas y económicas, mientras que la finalidad del segundo incluye una trasvaloración completa de las concepciones individuales y sociales. Una labor así de gigantesca es necesariamente de lento progreso; y tampoco su avance puede ser contado en votos. Es el fracaso en comprender totalmente la enormidad de la labor lo parcialmente responsable por el pesimismo que tan a menudo abruma a los espíritus activos del movimiento. A ello se añade la falta de claridad en cuanto al modo de avanzar la sociedad.

Lo antiguo ha de dar nacimiento a lo nuevo. ¿Cómo ocurren tales cosas?, como pregunta la pequeña Wendla a su madre en Frühlings Erwachen de Wedekind. Hemos dejado atrás a la cigüeña de la Revolución Social que nos entregará al bebé recién nacido de la igualdad, fraternidad y libertad ya hechos. Ahora concebimos la vida social venidera como una condición en vez de un sistema. Una condición mental, primordialmente; basada en la solidaridad de intereses que surge desde la comprensión social y el cultivado interés propio. Un sistema puede organizarse, hacerse. Una condición debe ser desarrollada. Este desarrollo está determinado por el ambiente existente y las tendencias intelectuales de los tiempos. La causalidad de ambos es sin duda mutua e interdependiente, pero el factor del esfuerzo individual y propagandístico no debe ser subestimado.

La vida social del ser humano es un centro, por así decirlo, desde donde irradian numerosas tendencias intelectuales, cruzándose y zigzagueándose, retrocediendo y acercándose unas con otras en sucesión interminable. Los puntos de convergencia crean nuevos centros, ejerciendo diversas influencias sobre el centro mayor, la vida general de la humanidad. Así se establecen nuevas atmósferas intelectuales y éticas, el grado de su influencia depende, primeramente, del activo entusiasmo de los adherentes; y finalmente, de la afinidad entre el nuevo ideal y los requerimientos de la naturaleza humana. Al tocar esta cuerda verdadera, el nuevo ideal afectará a cada vez más centros intelectuales que gradualmente comienzan a interpretarse a sí mismos en la vida y a transvalorar los valores del gran centro general, la vida social de los seres humanos.

El anarquismo es una atmósfera intelectual y ética como tal. Con mano segura ha tocado el corazón de la humanidad, influyendo en las más destacadas mentes del mundo en literatura, arte, y filosofía. Ha resucitado al individuo desde las ruinas de la debacle social. Estando a la punta del avance humano, su progreso es, necesariamente, dolorosamente lento: el plúmbeo peso de las eras de ignorancia y superstición cuelga fuertemente en sus talones. Pero su lento progreso en absoluto debiese resultar desalentador. Por el contrario: evidencia la necesidad de mayor esfuerzo, de solidificar los centros libertarios existentes, y de actividad sin cesar por crear nuevos.

La inmadurez del pasado ha cegado nuestra visión de los reales requerimientos de la situación. El anarquismo fue considerado, incluso por sus adherentes, como un ideal para el futuro. Su aplicación práctica en la vida actual fue ignorado completamente. La propaganda fue circunscrita por la esperanza de guiar en la Revolución Social. La preparación para la nueva vida social no fue considerada necesaria. El desarrollo y crecimiento gradual del día venidero no entró en los conceptos revolucionarios. El alba había sido ignorada. Un error fatal, pues no hay día sin alba.

El martirio de Francisco Ferrer no habrá sido en vano si, mediante él, los anarquistas —así como otros elementos radicales— comprenderán que, en la vida social como en la individual, la concepción precede al nacimiento. La concepción social que necesitamos, y debemos tener, es la creación de centros libertarios que han de irradiar la atmósfera del alba a la vida de la humanidad.

Muchos centros como estos son posibles. Pero lo más importante de todos es la vida joven, la generación creciente. Después de todo, es a ellos que se transferirá la tarea de llevar la labor adelante. Justo en la proporción que la generación joven se torne más ilustrada y libertaria, nos aproximaremos a una sociedad más libre. Sin embargo a este respecto hemos sido, y aún somos, imperdonablemente negligentes; nosotros anarquistas, socialistas, y otros radicales. Protestando contra el sistema educativo reproductor de supersticiones, seguimos no obstante sometiendo a nuestros niños a su nociva influencia. Condenamos la locura de la guerra, pero permitimos que a nuestra prole se le inculque el veneno del patriotismo. Nosotros mismos más o menos emancipados de los falsos estándares burgueses, aún sometemos a nuestros niños a ser corrompidos por la hipocresía de lo establecido. Todo padre así directamente ayuda a la perpetuación de la ignorancia y esclavitud dominantes. ¿Podemos ciertamente esperar que una generación criada en la atmósfera del régimen educativo represivo y autoritario conforme la piedra angular de una humanidad libre y autosuficiente? Tales padres son criminalmente culpables de sí mismos y sus hijos: crían el fantasma que dividirá su hogar en su propia contra, y fortalecen los baluartes de la oscuridad.

Ningún radical inteligente puede fallar en comprender la necesidad de la educación racional de los jóvenes. La crianza de los niños debe convertirse en un proceso de liberación mediante métodos que no habrán de imponer ideas ya hechas, sino que instigarán el auto-despliegue natural del niño. El propósito de una educación como esta no es forzar la adaptación del niño a conceptos aceptados, sino dar libre desarrollo a su originalidad, iniciativa, e individualidad. Sólo al liberar la educación de la obligación y la restricción podemos crear el ambiente para la manifestación del interés e iniciativas interiores espontáneas de parte del niño. Solo así podemos suministrar condiciones racionales favorables al desarrollo de sus tendencias naturales y sus facultades emocionales y mentales latentes. Tales métodos de educación, que esencialmente ayudan a la cualidad imitativa y el ardor por el conocimiento, desarrollarán una generación de independencia intelectual saludable. Producirá mujeres y hombres capaces, en palabras de Francisco Ferrer, “de evolucionar sin parar, de destruir y renovar su entorno sin cesar; de renovarse a sí mismos también; siempre listos a aceptar lo que es mejor, felices en el triunfo de nuevas ideas, aspirantes a vivir múltiples vidas en una”.

Sobre tales mujeres y hombres descansa la esperanza del progreso humano. A ellos pertenece el futuro. Y está, en grado considerable, en nuestro poder pavimentar el camino. La muerte de Francisco Ferrer será en vano, nuestra indignación, simpatía, y admiración no valdrán nada, a menos que traslademos los ideales del educador martirizado a la práctica y la vida, y avancemos así la lucha humana por la ilustración y la libertad.

Un comienzo ya se ha hecho. Varias escuelas, en torno a las líneas de Ferrer, se están conduciendo en Nueva York y Brooklyn; Filadelfia y Chicago también están prontos a abrir clases. En el presente los esfuerzos son limitados, por falta de ayuda y de profesores, a escuelas dominicales. Pero son el núcleo de una gran y trascendental potencialidad. Los elementos radicales de América [sic], y principalmente la Asociación Francisco Ferrer, no podrían crear monumento más digno ni más duradero a la memoria del educador martirizado, Francisco Ferrer, que mediante una respuesta generosa a esta apelación para el establecimiento de la primera Escuela Diurna Francisco Ferrer en América.